(h)amor 5: húmedo - Iranzu Varela - E-Book

(h)amor 5: húmedo E-Book

Iranzu Varela

0,0
9,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

«Se podría decir que el universo está en celo […]» Lynn Margulis (h)amor 5_húmedo es una aproximación plural al deseo, al erotismo, a lo que nos pone, desde una perspectiva íntima y personal que nos excita y reivindica la sexualidad de nuestros cuerpos, todo tipo de cuerpos, y de nuestras relaciones, sean cuales sean las que practiquemos. A lo largo de este volumen colaborativo, diez autoras escriben sobre miradas, sudores, fluidos; relatan sin tabúes prácticas propias y ajenas que nos acercan al onanismo, las rupturas, los tríos… hasta dar lugar a una muestra diversa de formas en las que experimentar el deseo por la otra, el otro, las otras y nosotras mismas.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 119

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



VV. AA.

(h)amor5húmedo

VV.AA.,

(h)amor5 húmedo, Editorial Continta Me Tienes,

colección La pasión de Mary Read, Madrid.

Primera edición: octubre de 2020

Edición a cargo de Sandra Cendal

200 pp., 17 x 11

ISBN: 9788419323538

IBIC: JFFK

Continta Me Tienes

C/ Belmonte de Tajo 55, 3º C

28019, Madrid

914693512

www.contintametienes.com

[email protected]

www.facebook.com/ContintaMeTienes

@Continta_mt

Los textos e imágenes son propiedad de sus autoras y autores.

© de esta edición: Continta Me Tienes

Diseño de colección: Marta Azparren

Colección La pasión de Mary Read, 23

Lan honek Nafarroako Gobernuaren dirulaguntza bat izan du, Kultura, Kirol eta Gazteria Departamentuak egiten duen Argitalpenetarako Laguntzen deialdiaren bidez emana.

Esta obra ha contado con una subvención del Gobierno de Navarra concedida a través de la convocatoria de Ayudas a la Edición del Departamento de Cultura, Deporte y Juventud.

Índice

Por accidente

, Irantzu Varela

Yates blancos como servilletas

, Alma López

El traje del astronauta

, Marina Beloki

Jugo

, Luna Miguel

La papitriz, l’enamorade y la loca

, Elena-Urko, O.R.G.I.A y Parole de Queer

Un sentir tan arrabalero

, Tatiana Romero

La masturbadora solitaria

, Dunia Alzard

Atlantic City

, Manuela Partearroyo

Tinta corrida

, La Novia De Mi Novia.

Podría ser cualquiera

, Óscar Romero

Hitos

Cubierta

Índice

Chapter

Página de copyright

Por accidente

Irantzu Varela

Irantzu Varela.Periodista y feminista. Coordinadora de Faktoria Lila, presentadora de Aló IrantzuenPikara Magaziney creadora deEl TornilloenLa Tuerka TV y Público. Lo mejor que le han regalado últimamente es una katana.

Por accidente

Irantzu Varela

Hoy hace cinco años que tuve un accidente de coche en el que podría haberme matado, pero no.

Siempre he pensado que lo mejor que te puede pasar a los cuarenta es no matarte en un accidente de coche. Mucho mejor que no tener el accidente. Ni comparación.

La certeza de la muerte, en el momento en que el coche está dando vueltas, centrifugándote mientras te agarras al volante, como si pudieras conducir el destino, hace tan bien de borrador de la muerte, que te crees –como nunca te has creído que dios exista o que haya algo después– lo de que nos vamos a morir.

Esto es muy útil para decidir que harás todo lo que se te ocurra para que cada día de tu vida quede más o menos dignamente en el caso de que fuera el día de tu muerte.

Salgo de casa ya cachonda. Con esa cachondez de los días en que te sientes un cacho de carne. De carne temblorosa, firme, como compacta, como que todo está en un buen sitio para un mordisco. Llevo un vestido negro de flores. Corto, escotado, de esos que no tienen botones porque se atan –y se sueltan– solo con un lazo enroscado a la cintura, que a veces se suelta sin querer, y te deja en bragas –si las llevas– en medio de la calle. Y que a veces se suelta queriendo y tú finges que ha sido sin querer. Llevo bragas, pero escuetas. Negras, eso ni se pregunta. Y un poco caras.

Llevo alpargatas de cuña, porque los días así necesito el culo, los andares y el daño que hacen unos tacones.

Siempre me ha hecho fantasear quien atiende la tienda de alimentación de enfrente de casa. No es belleza, ni atracción, pero cuando entro, pienso en que me agarra del brazo con esa manaza enorme, oscura, con pelos, pegada a ese brazo enorme, oscuro, con pelos, y me lleva a la trastienda, y –sin quitarse el gorro blanco ni el delantal blanco, un poco manchados de sangre y fruta y aceite de las aceitunas maceradas que vende– me agarra de la cintura para darme la vuelta, me hace apoyar las manos en una mesa vieja, sucia, atravesada de rajas de mil cuchillos de cortar carne y fruta, me levanta el vestido hasta la cintura, me hace abrir las piernas, con unas palmaditas firmes pero suaves en la parte interior de los muslos, me baja las bragas, negras y un poco caras, solo lo justo, justo hasta el final del culo, me da un azote fuerte y por sorpresa, y me mira, buscando aprobación o susto en mi cara. Y me dice «no te muevas».

Quiero más. No sé si se lo digo o lo pienso o se lo digo con los ojos, pero quiero que esa manaza enorme, oscura, con pelos, me azote el culo desnudo, la carne temblorosa.

Abro más las piernas, y pongo el culo más en pompa, por si no lo ha captado. Y lo capta.

Me vuelve a azotar varias veces, despacio, fuerte, siempre en la misma nalga. Y eso me pone muchísimo. Será por esa teoría sobre que un dolor se tapa provocándote otro, pero el hecho de tener un papo del culo ardiendo, picando, rezumando, hace que el otro papo esté hambriento de su parte de azotes. Y la recibe. Sin que nada más cambie, cambia el patrón y el ritmo y empieza a azotarme rápido, de forma alterna, una nalga, la otra, una, la otra, una, la otra. Una. La otra.

Estoy empapada y el coño me arde, como si me hubiera sentado encima de una medusa caliente.

Los azotes paran. Se acerca a mi cuerpo. Me rodea la cintura con el brazo izquierdo, dándome la espalda. Me acerca de un tirón hasta que mi muslo está pegado a su cadera y se lame los dedos de la mano derecha, enrojecida. Y empieza a frotarme el coño con esos dedos enormes, oscuros, con pelos, como si estuviera restregándolos en una fruta viscosa, dulce y templada. Con una suavidad casi quirúrgica restriega los labios, los huecos, los pliegues, los salientes, como si frotara una lámpara mágica y temiera que no hubiera genio dentro.

Me estoy volviendo loca de gusto. Estoy tensa desde la nuca hasta los talones y siento que una corriente me recorre desde la punta de los dedos, arrastrando todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, hasta el coño, donde están ahora todas mis sensaciones.

Salen ruidos guturales de mi boca. Palabras que no existen. Que intentan soltar por las cuerdas vocales aunque sea un poco del estallido de gusto inabarcable que siento en el coño. Intento que no se me oiga, porque hay gente fuera, en la tienda. Los demás tenderos y las personas que vienen a comprar carne, fruta, chucherías, especias. Les oigo, así que deben oírme a mí. Deja de preocuparme, porque esa manaza enorme sigue frotando y encontrando los dobladillos de mi lujuria, y empiezo a chorrear. A la vez que ya no puedo controlar los quejidos guturales, tampoco puedo controlar los chorros que salen disparados de mi coño, las goteras que me recorren las piernas y encharcan el suelo, mojarlo todo, empaparme la cuña de las alpargatas, las bragas recogidas justo al final del culo. Se me cae un poco la baba.

Otra vez la cama empapada y otra vez llego tarde.

Me ducho rápido y me calma poco el chorro de agua en el coño. Casi vuelvo a ponerme otra vez cachonda, pero no hay tiempo.

Me pongo el vestido negro de flores, corto, escotado, ese que no tiene botones porque se ata –y se suelta– solo con un lazo enroscado a la cintura, que a veces se suelta sin querer, y te deja en bragas –si las llevas– en medio de la calle. Me pongo unas bragas escuetas, negras y un poco caras. Y alpargatas de cuña.

Salgo de casa andando con el culo, los andares y el daño que hacen unos tacones. Y con «Smack My Bitch Up» de Prodigy, a tope, en los auriculares del iPhone.

Me cruzo con gente que parece llevar por la calle su vida normal.

Seguro que no tuvieron un accidente, en el que no se mataron, a los cuarenta.

Llego y ya está. Sin cara de reproche por el retraso, sonríe y saluda con la mano desde la mesa que más me gusta, al lado de la ventana, pero sin que nos vea todo el mundo que baja por la calle. Me siento. Tengo mogollón de hambre.

El camarero actúa como si fuéramos su pareja favorita en el mundo, clientela de toda la vida, VIP y de la realeza, cuando menos. Dice que damos buen rollo. Las ganas de follarnos, que se notan y brillan, supongo.

Nunca he visto a nadie comer así edamame. Unas vainas verdes con unos guisantitos verdes dentro, y en esa boca parecen la piruleta de corazón de caramelo de Lolita, el rabito de la guinda haciéndose un nudo en la boca de Audrey Horne en Twin Peaks. Está jugando. Me mira mientras come y está actuando para mí, pero lo está sintiendo. Lo noto. Está sintiendo esos guisantes como siente mi clítoris cuando se lo mete en la boca, entero, abriendo los labios como si fuera mucho más grande de lo que es, y haciéndole una cuna con su lengua, meciéndolo. Cuando lo rodea con los labios y estira un poco, de forma casi imperceptible, pero lo suficiente como para que los millones de cables que lo unen a mi cerebro manden millones de descargas. Cuando lo empuja suave, con la punta de la lengua, como si pudiera derribarlo. Cuando lo abofetea con la lengua, a una velocidad que no me explico, como si tuviera aspas. Abre la vaina con la punta de la lengua, separa las dos láminas y mete la lengua, con mucho cuidado, para sacar la bolita que hay dentro, que es el premio. Como cuando me come el coño.

Bebemos y brindamos con esas copas grandes que ahora ponen en todos los sitios, aunque el vino sea barato. Me gusta porque así parece buen vino, que es lo único que necesita el vino para ser bueno. Y nos reímos mientras comemos, y seguimos comiendo y bebiendo y brindando, con la estupidez que solo se tiene en la adolescencia o cuando empiezas una historia y no te da miedo preguntarte si estás enamorada, porque no te da miedo, ni vergüenza, nada. Nos mira de reojo la gente de las otras mesas y nos encanta. Quieren estar en esta mesa. Todas quisiéramos estar siempre en esta mesa.

Pedimos coulant de chocolate de postre y parece mentira. La cuchara abriendo el bizcocho, hundiéndose en el camino que ella misma traza, el chocolate líquido cayendo, mojando el plato. Ese hueco abierto, oscuro, en el que dan ganas de meter la lengua, la nariz, la cara.

Como si estuviéramos en un programa de citas de la tele, todo nos parece una referencia inequívoca al sexo, como en una despedida de soltera de la Transición. Solo ha faltado pedir, de segundo, conejo.

El camarero se ríe y nos mira y hace chistes cómplices cada vez que nos trae algo. Después del café, y sin haberlos pedido, nos trae unos chupitos. Y hace un chiste sobre que todo el mundo se esté yendo y solo queda nuestra mesa, como si nos diera un salvoconducto a una intimidad imposible en un sitio público, y menos en la mesa de al lado de la ventana, aunque sea la que no ve todo el mundo que baja la calle. Me levanto al baño moviendo el culo con los andares que dan los tacones y echo una última mirada al girar la pared que da a los baños. No tarda en entrar. Nos besamos con las lenguas, las bocas y los dientes del hambre. Como los bebés desesperados por comer teta y las personas desesperadas por comerse. Lenguas, saliva, labios, dientes, que chocan y se encuentran y se siguen buscando. Y empezamos con las manos. Por la cintura, por la espalda, por el cuello, por el pecho, por el culo. Nos pasamos las manos con la precisión de quien pintara una pared y no pudiera dejar sin repasar ni un hueco. Jadeamos. Nos miramos de reojo en el espejo del baño. Nos reímos sin dejar de comernos. Ya tengo el vestido abierto, aunque no hemos tirado del lazo. Las tetas al aire, en punta, duras y en bandeja. Me chupa una mientras sujeta fuerte y con delicadeza el pezón de la otra. Las agarra y las junta y mete entre ellas la cabeza. Mientras no deja de chuparlas, me agarra de la cintura y me apoya la espalda en la puerta. Se agacha, me baja lo que a mí me parece muy despacio las bragas, se arrodilla en el suelo y me abre las piernas. Acerca esa lengua que juega con el edamame y se para un milímetro antes de tocarme con ella. Miro al espejo y veo su cabeza entre mis piernas y quiero que me coma, que me chupe, que juegue a que me muerde. Me da un primer lengüetazo mientras me mira con la boca metida entre mis piernas y sonríe con los ojos mientras se mete mi coño entero en la boca. Lame, sopla, culebrea con esa lengua articulada y tibia. Y yo levanto la pierna y la apoyo en su hombro, para abrir todo lo que puedo las piernas. Me agarra del culo, como si pudiera levantarme, y hunde más la cara entre mis piernas y la lengua y la nariz y la boca y la lujuria en mi coño. Me corro. Me corro tanto que le empapo la cara, y solo se aparta para respirar y seguir lamiendo, soplando, culebreando con esa lengua imposible y tibia. Pero gano yo y tiene que retirarse un poco para no ahogarse con los chorros que salen como un géiser diminuto de mi coño enloquecido. Se ríe y se sienta en el suelo, mientras me mira terminar de correrme. No tengo ni idea de si hemos hecho ruido, pero me pondría a gritar de gusto y de calentón y de ganas de estar en una cama a solas para desvestirnos más y follarnos más. Pero me mira desde el suelo con la cara y la camiseta empapadas, riéndose. Y tengo que secarme con un papel de manos y salir disimulando a coger una sudadera de su silla, para que no se note tanto lo que está claro que se nota que acabamos de hacer. Se queda secando el suelo con los papeles de manos. Guardo las bragas en el bolso. Están empapadas.

De vuelta a casa, me meto sin pensar en la tienda de enfrente. Mi fantasía no está, pero ya estoy dentro y quien la atiende hoy me ha visto, así que pienso en comprar algo de fruta, o especias, o aceitunas maceradas. Me distraigo mirando cosas que comprar, como si necesitara algo, pero no supiera todavía qué.