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De la mano de Intermedio Editores, y luego de que su libro Reflexiones en cápsulas fuera finalista del Premio Nacional de Periodismo CPB 2024, llega una nueva y contundente selección de textos de Moisés Wasserman, para explorar más caminos, desafíos y posibilidades de la dupla ciencia-sociedad. Con su característico estilo de escritura, el autor confronta, cuestiona y reflexiona sobre apasionantes temas de interés nacional e internacional, en un valioso recorrido por los distintos hechos que marcaron el rumbo del país y del mundo en el periodo de tiempo 2018-2024, muchos de los cuales continúan en el centro de la conversación académica, social, cultural y en redes sociales.Agrupadas en cinco capítulos, estas columnas al llevan al lector en un viaje profundo, reflexivo y ameno, por distintos temas de interés general como la ciencia, la excesiva corrección política, la salud y la educación.
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Seitenzahl: 408
Veröffentlichungsjahr: 2024
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HABÍA QUE DECIRLO
© 2024, Moisés Wasserman
© 2024, Círculo de Lectores
© 2024, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, julio de 2024.
Edición
Cindy Lorena Roa Devia
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico y producción
David Reyes Navarro
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B - 70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
ISBN
978-958-080-606-6
Impresión y encuadernación
XXXXXXXX
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso del editor.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Capítulo 1:
Personas, virtudes y problemas
2018 01 16
El paraíso son los otros
2018 07 13
¿Por dónde romper el círculo vicioso?
2018 11 07
Precaución con las redes sociales
2018 11 18
Lo cortés no quita lo valiente
2019 05 17
La palabra nos hace humanos
2019 08 09
Discutir sobre la felicidad
2019 11 29
La psicología caótica de las redes
2020 01 22
Empatía
2020 03 13
Joey y el Laetril
2021 02 09
Síndrome de agotamiento
2021 02 16
Amabilidad con los extraños
2021 05 07
La ‘laurotaxis’
2021 06 21
Saber terminar
2022 01 28
Confianza
2022 05 17
La cárcel de Stanford
2022 05 24
La indignación
2022 11 04
Curiosidad
2022 11 11
Halloween
2022 12 02
Narcisismo y teorías conspiratorias
2023 03 17
La ‘tragedia de los bienes comunales’ y la verdad
2023 04 14
Personas inteligentes, delirios grandes
2023 04 28
Buenos propósitos, malos resultados
2023 05 05
Mis revoluciones
2023 06 09
El pensamiento crítico
2023 06 16
El Unabomber
2023 07 28
Decidir cómo decidir
2023 12 01
Identidades; atrás como el cangrejo
2024 01 12
Malas noticias: hay buenas noticias
2024 02 02
Baudolino
Capítulo 2:
Ciencia, conocimiento y buenas ideas
2018 04 27
Creer y saber
2018 08 24
Fake news
de buena familia
2019 02 12
Lo importante y lo urgente
2019 05 10
Ciencia, en vos confiamos
2019 12 13
Eppur si muove
2020 04 23
Plagas en la antigüedad
2020 09 30
15 años de transgénicos en Colombia
2021 04 14
Mutantes
2022 02 25
Sol y estrellas en la Tierra
2022 10 07
Viajes en el tiempo
2022 10 14
Nobeles a lo imposible
2022 10 21
La transición energética según los expertos
2022 12 16
IA vs, EA
2023 01 05
Recreos de la ciencia
2023 01 20
Deseos de un innovador
2023 02 24
Amor a la ciencia
2023 04 21
El lugar de la ciencia
2023 05 05
Geoingeniería contra cambio climático
2023 05 25
¿Es inteligente la inteligencia artificial?
2023 06 30
Conocimiento, ciencia, definiciones y presupuestos
2023 07 21
Ciencia básica e innovaciones disruptivas
2023 09 29
Energía es vida
2023 10 06
“Lo dice la ciencia”
2023 10 13
Los Nobel 2023
2023 10 27)
Presupuestos para ciencia, 2024
2023 11 24
¿Terapia génica al POS?
2023 12 22
Ciencia chistosa
2024 01 05
Fábricas de vacunas en Colombia
2024 03 22
Leyes para la Inteligencia Artificial
Capítulo 3:
Educación y sueños
2018 02 16
En vos confiamos
2019 02 04
¿Hacia qué educar?
2019 08 16
Nuevos retos y algunos mitos en educación
2023 02 03
Hay Festival y diversidad
2023 02 22
Encuesta de opinión en educación
2023 07 14
Reforma a la Educación Superior
2023 08 04
Reformar sin fracasar en el intento
2023 09 22
Las universidades privadas
2023 11 17
Opiniones fuertes, razonamientos débiles
2023 12 15
Lluvia de malas notas
2024 01 19
Cambiar de opinión
2024 02 23
‘Gomelos’ con doctorado
2024 04 05
El nombramiento de un rector
Capítulo 4:
Política, grupos y ética
2018 06 01
La cuota inicial
2019 08 28
Transición energética
2020 01 08
Crónico y agudo
2020 05 05
Soberanía tecnológica
2020 06 24
Imaginando futuros
2021 01 08
Golpe/contragolpe
2021 04 23
Manifiesto crítico imaginario
2022 03 01
Pirro y Putin
2022 09 16
Ventanas rotas en Bogotá
2022 12 09
El estado de las democracias
2023 01 13
Para qué los expertos
2023 02 10
Sesgos y política
2023 05 19
Putin y su plan B
2023 06 02
Gobierno e intuición
2023 06 23
Asambleas populares y democracia
2023 07 07
Discursos no pronunciados
2023 08 18
El ‘pueblo’ y la ‘opinión pública’
2023 09 01
Los líderes y sus fotos
2023 10 13
La carta fundacional de Hamás
2023 11 03
Proporcionalidad y paz
2023 11 10
Herejes y apostatas
2023 12 08
Dilemas de la libre expresión
2024 01 26
¿Realmente está en crisis la democracia?
2024 03 08
Aprender a pescar
2024 03 15
El cambio y la polarización
Capítulo 5:
Sofismas, errores y dudas
2018 06 06
Diversidad e igualdad en nuestras redes
2018 06 26
Las teorías conspiratorias
2018 12 07
Glaucón, Thaler y las redes
2019 01 18
Polarizar o no polarizar, esa es la cuestión
2020 04 29
Expertos y políticos
2020 09 09
No todo vale
2020 10 23
QAnon, la conspiración
2020 11 27
El voto irracional
2021 04 06
La incertidumbre nuestra de cada día
2021 05 28
Epidemias mentales
2021 10 20
Todos
2022 05 13
¿200 años gobernados por los mismos?
2022 07 20
Discutiendo lo que no se discute
2022 11 18
Más sobre ciencia hegemónica
2023 01 27
Mal, mejor y mejorando
2023 02 17
Paranoias y conspiraciones
2023 03 03
Dahl y los neopuritanos
2023 03 10
El peligro está en la certidumbre
2023 03 24
¡Esa terca realidad!
2023 03 31
Fin del mundo, creencias y opiniones
2023 08 11
El regreso de los ovnis
2023 09 08
Renuncia a convencer
2023 12 29
Adivinos a rendir cuentas
2024 02 09
¿Quién es el dueño de la cultura?
2024 02 16
Creer mentiras
2024 03 01
¡Cuidado, lluvia de
deepfakes
!
A toda mi familia cercana que ha sido soporte en mi vida, y a mi familia extendida, regada por muchos países en el mundo, aunque siempre en contacto: mi anclaje en la realidad y la historia.
Esta es la tercera colección de columnas que publico en formato de libro. Lo considero una oportunidad adicional para expresar mis ideas y comunicarme con mis lectores. Las columnas están en el periódico, y quien las busca las puede encontrar en internet. Trato de que cada una de ellas diga algo que considero importante y trabajo en su escritura para que sean lo más precisas posible. Pero el destino de las columnas es el olvido, máximo un recuerdo vago. Yo mismo revisando el material me he encontrado con que algunas me sorprenden cuando las releo tiempo después, y casi no las reconozco, aunque normalmente encuentro que estoy de acuerdo con ellas; es decir, encuentro que estoy de acuerdo conmigo mismo. Creo que dirán más agrupadas que separadas.
La brevedad es una cualidad importante en la columna, pero esa cualidad tiene un costo; el ‘campo de visión’ resulta necesariamente muy estrecho. En 3.700 caracteres no caben más que dos o tres ideas. Varias columnas sobre temas relacionados, concomitantes o superpuestos, pueden construir un campo más amplio y ofrecer una mejor descripción de la realidad, así como una exposición más clara del pensamiento del autor.
En esta introducción (o algo a manera de introducción) reflexiono un poco sobre mis motivaciones para escribir, sobre mi visión de mundo y sobre algunos de los temas que toco, que son variados, pero están relacionados.
No estoy seguro de si la pregunta que me hago acá es solo retórica o si de verdad requiere una respuesta. Tampoco estoy seguro si la pregunta importante debe ser por qué, o para qué. La verdad es que no estoy seguro de muchas cosas. La edad me llegó, como a muchos, con más reflexión, con menos miedo a contradecir verdades establecidas, pero, en mi caso, con pocas y muy escogidas certidumbres, y con una disposición, creo que sincera, para revisarlas todo el tiempo. Tal vez pueda parecer que algunas columnas no se ajustan en rigor a esto que afirmo, pero en verdad es así.
La pregunta dice “por qué seguir ...”, lo que podría implicar que continúo escribiendo columnas después de un evento que hubiera justificado suspenderlas. El evento que estaba en mi subconsciente cuando me formulé la pregunta, es evidentemente mi jubilación del trabajo como profesor e investigador universitario en bioquímica.
Nunca pensé retirarme. Decía como muchos en mi campo que saldría del laboratorio con los pies por delante. Mi maestro y director de tesis repetía siempre lo mismo. Estuvo en el laboratorio hasta los 85 años, sin embargo, una lesión infortunada en las retinas le impidió cumplir su promesa. Lo mío ha sido más afortunado. Por las extrañas vueltas que da la vida me vi en el último periodo enfrentado al reto de dirigir mi universidad, y lo acepté y cumplí durante seis años. Cuando terminé ya había pasado por mucho la edad de jubilación del estatuto que me cubre; ya varios estudiantes míos se habían pensionado.
Hubiera podido seguir unos años más porque los docentes podemos permanecer en nuestros cargos más que quienes ejercen otras actividades más administrativas. Pero hay una característica muy propia de nuestra universidad pública (tal vez general de nuestra sociedad) que me empujó a salir.
En Estados Unidos, Europa, Asia, casi en todo el mundo, los exrectores, y quienes prestan un servicio a la comunidad universitaria asumiendo labores de dirección, administración y gestión, al terminar sus tareas se constituyen en una especie de consejo de ancianos asesor, no oficial. Entre nosotros no es así. El hecho de asumir esas responsabilidades lo convierte a uno, en forma mágica, en cómplice de los dominadores, patriarca, o cualquier otro término con el cual se nombra a los opresores. A los ojos de una parte de la comunidad los cargos de dirección no vienen con responsabilidades sino con culpas.
A la semana de haberme posesionado como rector, después de más de 30 años como profesor, un representante profesoral me envió una carta abierta que empezaba diciendo “usted que alguna vez fue profesor...”, y de ahí en adelante se declaró mi más fiel enemigo.
Esa culpabilización a quien asume responsabilidades extraordinarias no es nueva: cuando llegué a la universidad después de acabar el doctorado y hacer un posdoctorado, fui recibido con la carga horaria abrumadora de docencia en cinco cursos de la asignatura más básica y menos estimulante entre las que se dictaban en mi sección. Ese era el castigo normal para quienes se salen de la rutina. Puede ser un residuo que queda de esos sentimientos religiosos que llevaban a castigar todo aquello que pueda producir bienestar o felicidad. Esa carga docente que me asignaron la asumí con paciencia, esperando que se cumpliera mi pena y que de nuevo fuera visto como un profesor común y corriente; lo que sucedió, por suerte, poco después.
Pero al terminar la rectoría no tenía ya la paciencia, la juventud, ni las fuerzas, para someterme a un periodo de castigo. Así, y ya teniendo de todas formas doce años más que la edad a la cual se pensionaron la mayoría de mis compañeros de generación, decidí retirarme.
Pero no me retiré de la vida. Por eso decidí, entre otras cosas, seguir escribiendo columnas.
El lector puede pensar que con todo lo anterior estoy evadiendo la pregunta que me hice, así que debo tratar de responderla sin más rodeos. La escritura de columnas, al menos en mi caso, es una revisión continua de posiciones ante el mundo y ante los eventos y desarrollos de cada día. Unos son menores, otros me afectan personalmente, algunos son de relevancia nacional o mundial. Seguramente escribo por una necesidad personal de comunicación. Es un poco pretencioso pensar que uno debe comunicarse con un público amplio y no con el restringido círculo normal de familiares, amigos y conocidos, pero tal vez decidí hacerlo así por superar esa sensación misma de ser pretencioso, o por la época en que vivimos, o simplemente porque me resulta más fácil la comunicación escrita que la oral, y me siento cómodo con la posibilidad de corregir y editar para evitar ambigüedades e interpretaciones equivocadas. Esas razones personales tuvieron además la fortuna de encontrase con un editor de un diario como El Tiempo, dispuesto a colgar esas opiniones en su página de opinión.
Con todo, no me libro de la duda de qué tanta vanidad hay en esto. Al fin y al cabo, la vanidad es una de las características más naturales del humano (hasta Teresa de Calcuta, ocupándose de los más pobres y enfermos entre los enfermos pobres, actuó con evidente vanidad). Pero pienso, sinceramente, que no es mi motivación principal. La verdad es que me motiva más fuertemente la necesidad de señalar contradicciones, errores, digresiones, falacias y mitos.
Posiblemente todo eso sea una deformación profesional, derivada de años trabajando en ciencias naturales y educando a mis estudiantes en la duda, el rigor en la argumentación y el escepticismo. Debo reconocer que me enferman la falta de lógica, las incoherencias, las falacias, los intentos de cambiar argumentos por lemas, los sofismas y todas las maromas retóricas tan propias de nuestra vida intelectual.
A pesar de esta confesión, espero que el lector no quede con la impresión de que me siento un cruzado. La duda me acompaña, y siempre que recibo una crítica (que no sea un insulto excesivo, que hoy tienden a ser frecuentes) me entra la duda de si tiene razón y reviso con cuidado. Me han llamado repetidamente positivista, reduccionista, pseudo-racionalista y algunos ‘istas’ más.
He tratado siempre de ver en qué medida son ciertas esas acusaciones. La de positivista tal vez lo es parcialmente. En verdad le doy una importancia muy grande a los hechos y no puedo dejar de exigir comprobaciones empíricas a casi cualquier afirmación. Pero no creo ser del todo positivista; conozco muy bien el valor de las hipótesis, de las construcciones mentales y de las teorías.
Cuando me llaman reduccionista trato de que me expliquen cuántas variables hay que tener en cuenta simultáneamente para que uno deje de ser reduccionista y se vuelva ‘holista’. No conozco a nadie que tenga la capacidad de considerar todas las variables en un sistema (ni siquiera el ChatGPT y sus colegas de la Inteligencia Artificial), y tampoco sé cómo generar conocimiento si no es sobre un sistema aislado, en alguna medida, de toda la inmensa realidad del Universo. Debo reconocer que sí soy bastante racionalista, abierto, no pseudo, y peor aún, para horror de quienes están en las corrientes de moda, con gran respeto por los logros inmensos de la filosofía y la ciencia de la Ilustración.
No sé si me contesté bien la pregunta, pero como me la hice yo mismo, puedo decidir cuándo terminar la respuesta y eximirme de calificación. Eso temporalmente, porque otro de los aspectos que siempre me motivan es la continuidad y evolución del pensamiento. Cada hallazgo abre varias preguntas más. Eso es muy bueno: nos asegura a quienes comparten conmigo esta manía de opinar que va a haber trabajo, mientras tengamos la capacidad de hacerlo.
He tratado de escribir sobre muchas cosas diferentes. Me sentiría muy mal si los lectores voltearan los ojos diciendo “otra vez con lo mismo”. Pero inevitablemente hay temas que siempre regresan, a veces con contextos diferentes y acompañados de cuentos distintos, aunque en el fondo sigan siendo los mismos temas.
Este libro está dividido en cinco capítulos que más o menos definen lo que me interesa y lo que me obsesiona, pero los límites entre ellos son difusos y se superponen. No me resultó fácil adjudicar una localización a muchos escritos en esa división arbitraria. La mayoría porque hubiera sido válida, casi igualmente, su asignación en dos o más de los capítulos, otras veces porque en justicia trataba temas comunes, y con frecuencia porque la separación de los temas es artificial.
Los cinco capítulos, con esa arbitrariedad que mencionaba, y que parece ser una prerrogativa del autor, los llamé: Personas, virtudes y problemas; Ciencia, conocimiento y buenas ideas; Educación y sueños; Política, ética y grupos, y Dudas, sofismas y errores. Algunos ejemplos mostrarán por qué las dudas en mi propia clasificación.
En el capítulo 5 sobre Dudas incluí la columna Teorías conspiratorias, pero seguro el lector vería justo que la hubiera asociado con las personas y sus problemas, o con la política, o con la educación o, por qué no, con la ciencia.
Pero, a pesar de esas dudas y posibles objeciones, espero, de todas formas, que los capítulos conserven cierta cohesión y que, al leerlos todos, se puedan descubrir las áreas del pensamiento humano que me interesan. Espero también que se puedan encontrar algunas ideas para compartir, o con las cuales disentir. No creo haber sido dogmático en ninguna afirmación o propuesta, más bien al contrario, espero que el lector encuentre argumentos contra algunos de los dogmas cotidianos.
Sin duda, quienes lean esta colección verán evidente, desde muy temprano, que me interesan la ciencia y la educación. He trabajado en eso toda la vida. Profundicé en ciencia, obtuve mi doctorado en Bioquímica el año 1978; había en Colombia menos doctores que ahora, lo que demuestra que hemos progresado y que algunos éxitos ha tenido el país. Eso es bueno repetirlo ahora que lo usual es decir que hemos tenido una historia de fracasos y dolor continuo, y no nos damos ni siquiera la posibilidad de disfrutar los logros.
Hay un cuento frecuente en la academia sobre la discusión entre especialistas y generalistas. Dice que los primeros son los que saben casi todo acerca de nada, y los segundos los que saben nada acerca de casi todo. Como chiste es aceptable, como propósito educativo sería un adefesio. Sin duda el doctorado exige una gran profundidad en un tema específico. La rutina investigativa obliga a leer todo lo relacionado y a estar pendiente de lo nuevo que se publica, pero están muy equivocados quienes piensan que quien hace ese ejercicio de estudio e investigación está ciego para las otras disciplinas de la ciencia, las humanidades, las artes o los desarrollos políticos del mundo. En mi vida he conocido a muchísimos doctores, he tenido el privilegio de formar algunos, y puedo decir con seguridad que son personas muy atentas a la realidad.
En el mundo político ha habido en tiempos recientes un intento para descalificar a los expertos. Por un lado, se argumenta que en realidad hay en todo lo que dicen un trasfondo político. Eso es una trivialidad. No hay actividad que genere relaciones entre humanos que no tenga de alguna forma un sustento en visiones políticas. Eso no quiere decir que es íntegramente política, ni en su sustento ni en sus intenciones. Que alguien pueda, analizando los microfósiles en las arcillas de una perforación, predecir la posible presencia de un depósito de hidrocarburos no implica que esa persona sea un agente de compañías transnacionales, o un activista que niegue el cambio climático. Pero que alguien, como sucedió recientemente con el presidente de la República, afirme que ese geólogo no necesita el cerebro para ejecutar su actividad, es de una fenomenal estulticia.
En muchísimas de estas columnas acudo a opiniones muy expertas en la literatura de diversas ciencias. Creo que son necesarias para entender. Ninguna de ellas se presenta como verdad absoluta. A veces incluso planteo posiciones alternativas y hasta contradictorias. Pero siempre he tratado de que esas opiniones sean ilustradas e interesantes y que den luces en el tema o el problema que se trata. No puedo en resumen negar mi respeto y admiración por los expertos. Han dedicado grandes esfuerzos en saber más y entender mejor.
En contraste con ellos, en muchas columnas soy crítico de las pseudociencias, de los mitos y de las creencias en conocimientos ancestrales que se obtuvieron por revelación o por tradición. También en esta posición crítica voy contra la corriente (no es mi objetivo, simplemente es lo que me convence por su contenido de verdad). Las pseudociencias son una epidemia real; no es reciente, muchas de estas creencias (eso es lo que son exactamente) tienen siglos, hoy resulta difícil entender que aún existan, como es difícil creer que haya casos de sarampión o de poliomielitis porque algunas comunidades rechazan las vacunas.
Son demostrablemente falsas las predicciones de los astrólogos, y todo el lenguaje confuso que acompaña a las “medicinas cuánticas y biónicas o bioenergéticas” no es más que eso, confusión retórica, cháchara sin sustento en la realidad. Los tréboles de cuatro hojas no cambian el curso de la vida, los eclipses se pueden predecir, con precisión, miles de años antes de que sucedan y no vienen acompañados de tragedias. Elvis Presley no está vivo y escondido. Las conspiraciones existen, pero no todo lo malo que sucede en el mundo se debe a una conspiración. Esas creencias no son inofensivas, generalmente producen más daño del que evitan.
Los mitos y los conocimientos (así los llaman) ancestrales se han puesto de moda. Muy curiosamente, hoy para ser reconocido como progresista uno debe declarar su fe en la superioridad del pasado, y más progresista en cuanto más lejano es ese pasado. Si alguien manifiesta dudas sobre la sabiduría ancestral es calificado de retrógrado. El mundo al revés, que a mí me parece inaceptable.
Los mitos y la sabiduría ancestral dicen mucho sobre quienes los imaginaron en un principio y quienes los creen hoy. Hablan de sus temores y de sus emociones, pero dicen muy poco de la realidad física. Los rayos, con todo el pavor que nos producen, no los envían Zeus, ni Thor. Los humanos no descendemos de un hombre fabricado de arcilla que perdió una costilla para que fuera su mujer. Tampoco de estatuas de madera como creen los algonquinos. La ballena no se comió y luego escupió a Job, como tampoco a Gepetto y Pinocho. Son leyendas que reflejan temores, incertidumbres, admiración ante el mundo y sobre todo un profundo desconocimiento.
Yo pertenezco a un pueblo milenario, y me identifico fuertemente con lo que se llama la civilización occidental. Eso no me hace creer en sus mitos; no hay razón entonces para que crea en los mitos de otras culturas y otras civilizaciones. Creo en lo que hemos podido conocer gracias a la ciencia, al pensamiento, a la reflexión. Todo eso aparece constantemente en estas columnas. Esos son los temas que me obsesionan.
Ciencia y educación son temas recurrentes en estas columnas. No podía ser de otra forma, esos son mis oficios verdaderos, aquellos para los que me formé y en los que ejercí toda la vida. Me interesa y quisiera escribir más sobre ciencia de lo que hago, pero reconozco que es muy difícil abordar sus temas con seriedad, en los 3.700 caracteres que tienen mis columnas. La limitación en extensión me ha parecido una ventaja en muchos temas. Me obliga a no divagar, a expresarme con el menor número de palabras posible sin perder claridad y sin ambigüedades, pero en la mayoría de los temas puedo suponer que el lector tiene una ilustración básica. No así en ciencia.
Precisamente, para evitar la ambigüedad cada una de las ramas de la ciencia ha desarrollado su propio lenguaje, extraordinariamente formalizado, que no se adquiere sino a través de estudios bastante prolongados. Nadie los domina todos, pero incluso aquellos que logro dominar, o al menos comprender, son de difícil traducción al público general. Sería un irrespeto con el lector construir caricaturas o analogías imperfectas, o peor dejarlo intencionalmente en penumbras para dar la impresión de profundidad. Por eso me he limitado a aquellos casos que puedo explicar con suficiente claridad y manteniendo un mínimo rigor (reconozco que a veces, aun así, puedo estar excluyendo a algunos lectores).
Los temas en educación son más fáciles de explicar, pero sucede a veces que, teniendo solo una columna semanal, cuando llega el día de someter la columna ya muchos otros han abordado el tema y solo se justifica hacerlo si hay algo adicional, o un enfoque muy diferente que presentar.
Aunque hay dos capítulos en los que se recogen columnas relacionadas con ciencia y con educación, creo que el lector percibirá en los otros, en la mayoría de las columnas, un trasfondo de esas disciplinas, a veces, por libros que se mencionan o autores que se citan, otras veces, por implicaciones bastante obvias.
Muchas veces estas columnas surgen de lecturas. En el caso de ciencia hay algunas revistas que no son específicamente de mi especialidad (sería terriblemente aburridor si me limitara a mi propia disciplina) y que cubren campos diversos de la ciencia con mucha seriedad y en forma accesible a lectores que no son súper especialistas. Por interés y disciplina siempre recurro a algunas de ellas, para mi ilustración e interés personal, y para estar ‘al día’ con los desarrollos. Ahora, suelo también tomar notas y archivar algunos artículos, pensando que podrán servirme para sustentar alguna de las futuras columnas.
Los libros que leo me llegan de diversas formas. Una muy natural es siguiendo autores y temas que me interesan. Debo confesar que el mundo del ‘big data’ me ha resultado útil. Con frecuencia recibo avisos de librerías (físicas, en papel y virtuales; leo en forma combinada los dos medios) que dicen algo así como: “Con base en sus pasadas lecturas, este libro puede interesarle...” y casi siempre la computadora que produce esos mensajes acierta. De vez en cuando uno de los muchos podcasts tan interesantes que llegan por las redes también me guían a una lectura. Finalmente, está también el recurso extraordinario de la serendipia.
Serendipia, seguro muchos lectores lo saben, hace referencia a una historia persa sobre el rey de Serendip que tenía tres hijos con muy buena educación y los mandó a recorrer el mundo a ver cómo se las arreglaban. Parece que los príncipes tenían encuentros afortunados todo el tiempo. Era suerte, pero también algo de sagacidad para reconocer oportunidades. Reconozco que me ha pasado que, en alguna biblioteca, o en una librería de usados, sin que tuviera la intención, me ha caído en la mano exactamente el libro que necesitaba. No es un mal método; complementa a los otros.
Siendo un columnista relativamente recién llegado al ruedo de la prensa, pero ya algo mayor de edad, me encontré con algunos fenómenos novedosos con los cuales debía lidiar. Estos están presentes en este libro por todas partes. Mucha gente ha decidido que se entera de lo que pasa a través de las redes. Algunos les dan a los ‘influenciadores’ el título elegante (y engañoso) de medios alternativos. No veo ninguna razón para creerles a quienes explícitamente reconocen sus sesgos y un activismo comprometido con una posición política sectaria, más que a la prensa profesional, que se rige por normas y compromisos éticos expresos, que es manejada por personas que estudiaron en las universidades la profesión de informar, y que están formalmente dedicadas, de tiempo completo, a explorar las noticias y las reacciones de la gente.
En las redes se puede inventar cualquier cosa; no hay nada que lo impida. La prensa, en cambio, está sometida a leyes y a vigilancia por parte de autoridades y organismos de control. Sin embargo, ha tomado mucha fuerza el desprecio por ella. Las afirmaciones de que la prensa dice mentiras son corrientes y ni siquiera exigen pruebas mínimas mientras que quienes afirman eso con toda la seguridad, aceptan y leen a personas que pueden estar inventando las noticias más descabelladas sin que nadie pueda reclamarles.
Los medios que ‘chequean’ la veracidad de las noticias no dan abasto con la avalancha que les toca analizar, y ahora también son víctimas de los mismos esfuerzos de desprestigio; sus hallazgos de falsedades son acusados también de falsedad. No quiero decir con esto que la prensa es neutral. Tiene posiciones definidas, pero están expuestas, y su disciplina le permite a uno enterarse de lo que pasa, aunque tenga todas las dudas y objeciones sobre algunas interpretaciones.
En alguna ocasión se preguntaba en una encuesta entre estudiantes de la Universidad Nacional, acerca de quién pensaban que está bien informado de los asuntos de la Universidad. La respuesta fue mayoritariamente que profesores y directivas. Casi todos coincidieron en la afirmación de que los estudiantes estaban muy mal informados. Posteriormente se les preguntó a quién le piden información sobre lo que pasa, y la respuesta abrumadoramente mayoritaria fue ‘a los compañeros estudiantes’. Es decir, reconocen que sus compañeros están muy mal informados, pero afirman que es a ellos a quienes recurren por información.
Esa extraña contradicción lógica entre los estudiantes es la misma que prevalece en gran parte de la sociedad. La gente reconoce que los influenciadores son superficiales, que no tienen los medios para enterarse de las noticias y que están llenos de sesgos; incluso, que conforman grupos que desinforman intencionalmente, a veces pagados. Sin embargo, les creen a ellos más que a la prensa profesional.
Sin duda los periodistas tienen una visión de mundo y una posición política propia. Pero ella es explícita, y un ejercicio de contrastación entre varios medios (que hoy en día debería ser rutinario) le permite a uno estar informado razonablemente bien. Las páginas de opinión de los medios, en cambio, son lo que dice su nombre, y no pueden ocultar cuál es la posición de cada columnista, puesto que está explícita en sus mismas columnas. Es un sistema mucho más transparente que la difusión acrítica de noticias inventadas, imágenes intencionalmente trastocadas y opiniones que se hacen pasar por hechos.
En estas columnas yo transmito mis opiniones, pero hago todo el esfuerzo para que los hechos que relato sean comprobadamente ciertos, que mis deducciones sean lógicamente rigurosas y que planteen una discusión con ideas, tratando de nunca ridiculizar a las personas.
En algunas columnas critico la excesiva ‘corrección política’. Ese también es un término nuevo y extraño para columnistas de mi generación (y algo menores también). Toda mi vida me precié de tender a la izquierda (diferentemente en distintas épocas), en los reclamos de igualdad y justicia social, y he tenido siempre una visión liberal con respecto a los derechos de los individuos y a su autonomía, así que me siento identificado con movimientos como el feminismo, que creo es uno de los más grandes avances sociales modernos, y rechazo cualquier discriminación por sexo, género, raza, nacionalidad u otra circunstancia entre las muchas que diferencian a los humanos.
Precisamente, por eso me sorprende y disgusta que en nombre de la libertad se prohíba hablar de algunos temas, y que quienes piensen distinto sean excluidos de algunos foros de discusión. Que la igualdad sea reclamada luchando por el predominio de algunos considerados oprimidos históricamente, y no que se exija para todos sin distinciones. Es decir, que para sustentar la igualdad deben resaltarse las diferencias, no los parecidos, aquello que nos hace humanos iguales. Repudio las ‘cancelaciones’ (otro término novedoso) a quienes no se ajustan a esos cánones recientemente establecidos. Me resulta grotesca la crítica a personajes del pasado por no cumplir normas que se han establecido solo en el presente, o al menos mucho después de que ellos fallecieran.
Todo eso es lo que llamo la extremada corrección política, y contra la que hablo y satirizo, cuando puedo.
Una de las afirmaciones que encuentro con mucha frecuencia entre mis colegas columnistas es que la democracia está en crisis. En realidad, creo que siempre lo ha estado; es natural en un sistema político que se permite cambios, que no pretende haber llegado a la perfección, y que no habla, como muchos de los autoritarismos antiguos y modernos, de su ‘milenio’, de los mil años en los que va a prevalecer, incambiable, su utopía.
En Atenas la democracia surgió, estuvo en crisis, y se extinguió. Solo hay que recordarle a los nostálgicos que en la democracia ateniense tenían derechos solamente los ciudadanos, es decir, quienes eran varones, hijos de padre y madre ateniense, libres y con patrimonio. Eran menos del 10% de quienes habitaban Atenas; ni mujeres, ni siervos, ni extranjeros, ni pobres votaban. En algunas votaciones, interesantemente, tampoco podían participar los directamente involucrados. Por ejemplo, en decisiones sobre guerra no participaban quienes vivían en los límites de la ciudad, porque si llegaban las fuerzas enemigas ellos serían los primeros perjudicados. Sus intereses implicaban entonces un sesgo que los inhabilitaba.
La Revolución Francesa fue uno de los grandes eventos (con las independencias de Estados Unidos y de Latinoamérica) que marcaron el renacimiento moderno de la democracia. Pero hay que recordar que apenas diez años después de ella, Francia se convirtió en el autoritario Consulado Francés, y en cinco años más Napoleón Bonaparte la volvió su imperio.
Las democracias están sujetas a oscilaciones, crecen y decrecen, pero quienes las critican lo hacen siempre señalando que son insuficientes, imperfectamente democráticas. En cambio, quienes critican (y sufren) a los regímenes autoritarios, lo hacen porque son excesivos, por ser demasiado autoritarios. Siempre será preferible hacer parte de un sistema que cambia y es imperfecto en su benevolencia, que a otro que es inmutable, y perfecto en su maldad.
Las crisis que se anuncian todo el tiempo para la democracia implican también que se dan cambios permanentes, y eso es muy positivo. Las sociedades son heterogéneas, muy diversas, y el ideal democrático es que toda esa complejidad esté de alguna forma representada en el gobierno.
De ahí la importancia que le doy, cuando toco el tema, a la representatividad. Yo sé que hay quienes pretenden pasar de una democracia representativa a una participativa. La participación siempre será importante, pero si toda la población no está debidamente representada, el régimen resultante no será democrático, responderá solo a intereses de grupos y será excluyente en su naturaleza. Nadie le cree a una encuesta que no demuestra ser estadísticamente representativa de la población general. No hay razón para creer en un sistema que descarta la necesidad de una amplia representación y manifiestamente desconoce a una parte de la población.
El cambio no será positivo si es excluyente. En la historia hemos sido testigos de grandes procesos de cambio. Creo que han sido más exitosos aquellos que se apoyan en las mayorías que los que se imponen con la fuerza y con la intimidación.
Es mejor que deje de hablar sobre las columnas y les permita a ellas defenderse solas (mejor aún, por grupos). Las personas que leen siempre, en cualquier libro, hasta en la Biblia, son libres de leer las páginas que quieran y saltarse las que no les atraen. Este libro, que es mucho más modesto, les ofrece, por eso mismo, una libertad aún mayor para hacerlo, porque a pesar de que las columnas agrupadas generan un paisaje más completo, ninguna de ellas es realmente indispensable para entender las demás. No se pierde el hilo, porque el hilo acá viene en ovillos un poco enredados, no hay recorridos lineales.
Moisés Wasserman
16 de enero de 2018
El título de esta columna recuerda a Sartre, quien en su drama A puerta cerrada propuso que “el infierno son los otros”. Se han escrito centenares de páginas interpretando lo que quiso decir. Pienso que probablemente quien mejor sabía qué quiso decir Sartre fue Sartre, quien afirmó, unos veinte años después del estreno de la obra, que “los otros son, en el fondo, aquello que hay más importante para nuestra propia conciencia de nosotros mismos” ¿Pero entonces por qué son el infierno? Voces importantes en la psicología moral moderna opinan lo contrario.
Dan Sperber y Hugo Mercier, investigadores del CNRS en Francia, y Jonathan Haidt de la Universidad de Nueva York, se preguntan por qué los humanos somos tan buenos razonando en algunos contextos y tan malos en otros ¿Por qué el “sesgo de confirmación” es una tendencia tan fuerte (casi una constante) que lleva a que la gente en forma automática busque las evidencias que soportan sus creencias iniciales y no indague sincera y objetivamente la verdad, sea cual fuere? ¿Por qué no hay un sistema que sea capaz de enseñar el pensamiento crítico de forma que las personas se planteen automáticamente dudas sobre su propia posición? ¿Por qué el razonamiento está tan generalmente sesgado cuando los intereses propios están en juego?
La respuesta que se dan es que el razonamiento no fue diseñado por la evolución para buscar la verdad, sino para ayudarnos a ganar discusiones. Así se nos permitió explotar, con ventajas, el rico ambiente social, único en los humanos. Esa interpretación, que se basa en el potencial de la razón para generar interacciones con los otros, explicaría por qué ella evolucionó y cómo encaja con otros mecanismos cognitivos y por qué, aunque ha llevado a ideas terribles, ha permitido también difundir las que son buenas. En verdad, todo esto no es totalmente novedoso. Ya David Hume en el siglo XVIII decía que “la razón es, y debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que servirles y obedecerles”.
El hecho de que el método científico se base en la crítica descarnada de las nuevas ideas parecería contradecir las afirmaciones anteriores. Pero, hay que reconocer que en la construcción de consensos en ciencia es más frecuente la crítica de los pares que la de quien propone la nueva idea. No somos muy buenos para encontrar las fallas que hay en nuestro razonamiento. Pero para eso están los otros. Entre todos podemos acercarnos a la verdad. El paraíso, pues, son los otros.
Estas teorías, de ser ciertas, tienen implicaciones importantes en las discusiones políticas este año. Por un lado, explican las dificultades tan grandes que hay para que las personas con posiciones divergentes se escuchen. Todos quieren imponer su posición. Los mismos hechos son valorados en forma diametralmente opuesta si los comete alguien amigo, o alguien del campamento contrario. Los hechos son interpretados, en forma torcidamente imaginativa, para que justifiquen las opiniones propias. Se critica con absoluta intransigencia a la intransigencia del otro.
En el pasado afirmé que las universidades se equivocan menos que los gobiernos, y que eso se debe a que en ellas existen, por su naturaleza, una amplia diversidad de pensamientos y un ámbito de debate razonablemente respetuoso. Sus peores momentos han sido aquellos en los que una posición hegemónica ha predominado. Tal vez, la salida a nuestro momento político esté en un modelo en el que predominen las alianzas entre pensamientos diversos. En esos ámbitos, cada uno defendería sus posiciones (como lo estaría ordenando la naturaleza humana), pero estaría sometido a la crítica de los otros. Valdría la pena probar, tal vez lo que creíamos infierno resulta siendo paraíso.
13 de julio de 2018
Las últimas encuestas reportan un aumento en el optimismo de la gente. Yo, que me mantuve optimista cuando el país era pesimista, tengo hoy más dudas y siento más temor por nuestro futuro inmediato. Me parece que uno de los problemas más graves que tenemos es la desconfianza en la justicia. Desconfianza que, aunque se justifique con ejemplos, constituye por sí misma un mal mayor, porque da una especie de licencia a la gente para actuar de cualquier forma. Algunos, los peores, simplemente dejan de hacerle caso a la Ley y tratan de enriquecerse como sea, confiando en que van a estar dentro de ese universo de impunidad que describen las noticias.
Otros, utilizan esa desconfianza para erigirse en jueces de los demás. Así quien quiera, mientras se toma un café, se puede dedicar a condenar a quien le parezca que debe condenar. ¡Cuáles principios básicos del derecho si ya demostraron que no sirven! Eso de que nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario, que quien acusa debe demostrar con evidencias, que las obligaciones no se presumen, en fin, toda esa inútil cháchara que ha desarrollado la humanidad durante siglos, no tiene ninguna importancia porque “yo sí sé cómo son las cosas, a mí no me engañan con cuentos”.
A ese ambiente de desmoralización, debo decirlo, han contribuido algunos periodistas y políticos que en forma irresponsable actúan al mismo tiempo de fiscales, testigos, jueces y hasta verdugos. Una cosa es denunciar y destapar responsablemente hechos para que la justicia defina si son delitos; otra, pretender reemplazarla, usando indicios de los que sacan conclusiones exorbitantes.
Esa actitud irresponsable, que presumiblemente se deriva de la falta de la credibilidad general en la justicia, nos mantiene en un círculo vicioso en el que con cada vuelta que da, la desconfianza aumenta. Problemas tan terribles como los asesinatos de líderes sociales (y de no líderes también) se abordan sin tratar de entenderlos verdaderamente, como si estuvieran todos en una bolsa amorfa de la cual cada quien extrae los casos que le convienen para demostrar sus supuestos. Sin una justicia confiable que indague en las causas, que conozca a todos los grupos involucrados y que castigue a los culpables, se mantendrá una indefinición que redundará en más violencia.
En su libro La sociedad decente el filósofo Avishai Margalit distingue entre sociedad civilizada que es aquella en la que sus miembros no se humillan los unos a los otros, y sociedad decente en la que las instituciones no humillan a las personas, ¿por cuál comenzamos para romper ese círculo vicioso en el que, por no creerle a las instituciones, humillamos a las personas, y porque las personas son humilladas dejamos de creer en las instituciones?
La sociedad civilizada se podría lograr si hiciéramos un pacto ciudadano para no humillarnos mutuamente. Hay naciones que lo han hecho, a veces después de grandes guerras y crisis. Pero sería muy ingenuo decir que eso es factible hoy. Los odios y los rencores han sido llevados a extremos que, al menos en las actuales circunstancias, no parecen reversibles.
El cambio en la institucionalidad debería lograrse con la tan esperada reforma de la justicia. En ella sin duda será necesario disminuir radicalmente la impunidad, los tiempos que duran los procesos, los atrasos y todo aquello que depende de la mecánica jurídica. Pero, aunque necesario, no va a ser suficiente. Ojalá nuestros gobernantes, legisladores y juristas tengan la visión y la fortaleza para producir un giro radical y una depuración, que recuperen la credibilidad en los jueces y nos quiten a los demás ciudadanos la autoasumida facultad de juzgar, condenar y humillar a los otros.
7 de noviembre de 2018
He sido defensor de las redes sociales por su potencial para difundir opiniones que de otra forma no se escucharían. Sin embargo, cada día es más evidente la necesidad de usarlas con responsabilidad. Su capacidad de amplificación es de tal magnitud que pueden convertir un hecho de importancia limitada en una catástrofe universal.
Acá va un ejemplo: el 12 de octubre una caravana de hondureños inició una caminata de más de 3.000 km hacia la frontera de Estados Unidos con México. En ese mismo momento surgió en las redes una teoría conspiratoria que pretendía explicar lo que realmente había tras esa caravana. Según esa teoría, el multimillonario filántropo judío George Soros estaba organizando, financiando y promoviendo la marcha. Lo hacía no solo porque él fue un migrante que escapó de su natal Hungría, sino porque iba a lograr que esos hondureños votaran por el Partido Demócrata en las elecciones de noviembre. Uno de los primeros mensajes sobre esa descabellada teoría surgió de un periodista en Dakota del Norte que alertaba contra el “genocidio blanco” promovido por judíos, ayudados por una fuerza invasora. En uno de sus tuits introdujo el meme “gracioso” sobre los ‘demoncratas’, que serían los que promueven el gobierno del demonio, en lugar de los demócratas, que promueven el del pueblo.
Las teorías sobre Soros no eran nuevas. Pero la combinación de elecciones decisivas con redes sociales, en las cuales se puede decir cualquier cosa, logró una amplificación sin precedentes. En 20 minutos ya se habían enviado mensajes a 165.000 seguidores. El 16 de octubre ya habían recibido estos mensajes más de dos millones. El 17 de octubre, un miembro del Congreso envió por Twitter un video en que se veía gente entregando pequeñas sumas de dinero a personas que marchaban, y lo convirtió en prueba del financiamiento de Soros. Posteriormente se demostró que ese video no era de la marcha, ni siquiera había sido filmado en Honduras, pero (característico de las redes) siguió rodando.
Importantes políticos difundieron los mensajes. El hijo del presidente entre ellos. Un comentarista de prensa que durante la campaña presidencial había promovido la ‘noticia’ de que Hillary Clinton era pedófila y tenía niños secuestrados en el sótano de una pizzería en Washington (hecho que terminó con la irrupción de un loco armado que venía a salvar a los niños), pasó un video de camiones transportando la gente. El video fue ampliamente difundido, incluso por varios congresistas. Por supuesto, era falso.
Para el 29 de octubre habían recibido esos mensajes 587,7 millones de seguidores en Twitter y 267,8 millones en Facebook. Hay, por supuesto, seguidores repetidos, pero los números son asombrosos y suficientemente ilustrativos de algo que supera lo que llaman ‘tendencia’.
No sorprendió a nadie que entre los activos difusores de estos mensajes se encontraran Cesar Sayoc, quien por esos mismos días envió bombas a Soros, CNN y a otros que criticaron al presidente Trump, y Robert Bowers, quien el 27 de octubre irrumpió en una sinagoga en Pittsburgh asesinando a once judíos que rezaban.
Seguro hasta acá los lectores estarán de acuerdo en condenar los hechos relatados. Ahora los invito a mirar nuestro comportamiento en redes y ver si somos capaces de criticarlo igualmente. Las mentiras en forma de meme y enviadas por un tuit no son ‘mentiras veniales’; el insulto no se disminuye porque vaya a través del ciberespacio; de derecha y de izquierda llueven memes infames que pretenden engañar, no enseñar; tal vez se debería exigir que para ingresar a las redes se tome un curso de inducción en el que se reflexione sobre el significado de conceptos como verdad, honestidad intelectual y respeto.
18 de noviembre de 2018
El título de esta columna es un refrán que pasó de moda. Se ha impuesto lo contrario; lo cortés es ingenuo, es pusilánime, es pequeñoburgués. En las discusiones hay que ir a la yugular del contendor: ¿para qué perder el tiempo con argumentos, si un buen insulto termina el trabajo más rápido? En todos los ámbitos, a veces incluso en la academia, se volvió una virtud ser intolerante con el contendor, quien por sus ideas debe pertenecer a uno de dos grupos: o es imbécil, o es corrupto.
La norma hoy es la de ser un crítico despiadado. Crítico que, según lo que decía Mark Twain, tiene como símbolo al escarabajo pelotero, cuyos huevos no dan fruto si no los entierra en el estiércol de otro. Aquel que comparte las ideas del crítico, pero no su actitud agresiva, tal vez no sea calificado de corrupto, pero sí de imbécil.
Esa forma de discutir es, en mi opinión, equivocada e ineficiente. Equivocada, porque parte de la base dudosa de que uno tiene toda la razón y no hay nada aprovechable en los pensamientos del otro. Muy ineficiente porque conduce inevitablemente a un callejón sin salida. No hay forma de convencer a alguien a quien se desprecia y maltrata, no hay forma de llegar a consensos pacíficos; se impondrá la fuerza. En la democracia, el intolerante empezará con votos, pero al final, de todas formas, empleará la fuerza. Quien va a la discusión con la intención de aplastarle la cabeza al contendor no estará en buena posición para protestar cuando un poderoso decida aplastar la suya. Está cayendo en la trampa de volver normal aquello que debe ser condenable.
Esta forma de discutir no es exclusivamente nuestra, la vemos por todas partes. Se ha escrito bastante al respecto, y no son ingenuos ni pusilánimes los que lo han hecho. Un filósofo reconocido hoy, Daniel C. Dennett, aborda el problema en su libro Bombas de intuición y otras herramientas para pensar. Se pregunta qué tan caritativo debe ser uno criticando la visión del oponente y plantea vías para ser crítico no queriendo aplastar, sino tratando de acercarse a la verdad. No para estar en lo correcto a todo costo, sino para comprender y avanzar en un entendimiento colectivo. Propone cuatro pasos para construir la crítica: 1) describir la posición de quien se quiere refutar en forma tan precisa que el oponente diga que no podía haberlo expresado mejor; 2) decir en qué está de acuerdo con su contendor; 3) mencionar lo que haya podido aprender de él, y 4) ahora sí refutar sus ideas convincentemente. Los puntos de Dennett, más que una ingenuidad utópica, son una estrategia psicológica para que el oponente sea receptivo a su crítica y la discusión avance.
