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Esta es una colección de columnas del autor Moisés Wasserman, publicadas en el periódico El Tiempo de Bogotá, entre finales del año 2017 y el 2022, agrupadas en cinco capítulos que llevarán al lector en un recorrido profundo, reflexivo y ameno por distintos temas de interés general, como la ciencia, la política y la actualidad nacional.
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Seitenzahl: 362
Veröffentlichungsjahr: 2023
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REFLEXIONES EN CÁPSULAS
© 2023, Moisés Wasserman
© 2023, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, marzo de 2023.
Edición
Cindy Lorena Roa Devia
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico y producción
David Reyes Navarro
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B - 70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
ISBN
978-958-504-129-5
Impresión y encuadernación
XXXXXXXX
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso del editor.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
ÍNDICE DE COLUMNAS
Personas, sus virtudes y sus problemas
2017-11-10Ishiguro y la clonación
2018-01-12¿Se podrá vaticinar el crimen?
2018-03-19Con necesidad de un like
2018-07-06Déficit de empatía
2018-08-10Por qué no nos dejamos convencer
2019-03-22¡No me vengan con más hechos!
2019-03-29Pensar libremente es dudar
2019-04-26Reflexiones sobre un suicidio
2019-05-02Contra Natura
2019-11-15La ley de polarización de grupo
2019-11-22Unicornios rosados y dragones invisibles
2020-02-28Más sobre el aborto
2020-05-15Gente brillante, decisiones no tanto
2020-07-31Petrarca, la peste y los astrólogos
2020-08-21El decálogo de Sagan
2020-08-28Ventana bifocal
2020-12-18¿Toda opinión vale?
2021-01-01Las emociones tristes
2021-08-06‘Inmunidad mental’
2021-11-05La verdad ya no está de moda
2022-02-04Felicidad
2022-09-30El Barrio Santa Fe
Ciencia, conocimiento y buenas ideas
2017-11-03Nobel para el reloj
2017-12-08Dawkins en Colombia
2018-04-06La utilidad de lo inútil
2018-08-01Toca pedirle una ayudita a Sócrates
2018-10-12La evolución y el Nobel de Química
2018-10-19Ahora sí, telepatía
2019-02-01Llegaron los cíborgs
2019-02-22Interpretaciones sobre un informe
2019-07-30Chernóbil y la verdad
2019-10-04Curiosidad, conocimiento y ciencia
2019-12-20PISA y ‘pizza’
2020-07-03Innovación y libertad
2020-10-16Los nobel y las ciencias básicas
2021-01-08Exigir lo imposible
2021-02-05Vacunas de antes y de ahora
2021-10-29Evolución, diversidad y ciencia
2021-11-26Los nobel 2021 y un mensaje más
2022-01-07E.O. Wilson: biodiversidad, sociobiología, consiliencia y más
2022-01-29Políticas construidas con ciencia
2022-07-20Malthus vs Haber
2022-08-12Nueva ciencia para ver el pasado
2022-09-09Prohibir el futuro
Educación, formación y sueños
2017-10-19Esa no es la pelea
2018-04-06Llenar el vaso medio vacío
2018-07-20Para qué sirve la universidad
2018-07-28¿Qué tan bien lo estamos haciendo?
2018-11-02Cómo funcionan los colegios
2019-04-05La educación en ciencias
2019-10-25Opiniones, hechos y definiciones
2020-04-10Las fallas emergentes
2020-07-17Intolerancia en la academia
2020-07-24Regreso a las aulas
2020-09-25Maestros acá y en Singapur
2021-07-16La cuna del español
2021-07-30Los distintos sabores del éxito
2021-08-20¿Derecho al burka y a la seudociencia?
2021-09-24¿Por qué crecer?
2022-01-21La virtud paradójica
2022-04-08Significados perdidos
Política, grupos y ética
2017-11-14Nos inclinamos por las apariencias
2017-11-21Las ventanas rotas y la justicia
2018-03-02Tutela por una eutanasia
2018-08-31Mr Thurnbull en Twitter
2018-10-05Lysenko: la dictadura en la ciencia
2018-10-23Aborto e historia
2018-11-16Linchamiento y cátedra de ética ciudadana
2019-04-12Elogio de la tibieza
2019-06-14Memoria y olvido
2019-08-23Un genocidio revelado 5.000 años después
2019-11-01¿Se nos muere la democracia?
2020-01-17Sabidurías ancestrales
2020-02-07Ancestralidad y seudoancestralidad
2020-06-12Cultos y utopías
2020-07-10Las estatuas de los malos
2020-09-04Uruk y el mayor invento
2020-10-09Kol Nidrei
2020-10-30El círculo en expansión
2021-03-19Identidad e igualdad
2021-11-12A problemas serios, soluciones serias
2021-11-19Costos del ‘costo cero’
2021-12-31Declarar suficiente ilustración
2022-03-25Guerra, alimentos y energía
2022-04-22‘Delirio Americano’
2022-08-19Una mirada a Sri Lanka
Dudas, sofismas y errores
2017-12-15Dawkins: religión y ciencia
2017-12-22Palabras prohibidas, palabras obligadas
2018-04-05Mentiras que vuelan
2018-05-25Pinker y la progresofobia
2019-05-31¡Cuidado, gente conspirando!
2019-06-21Acabar con los humanos
2019-08-02La ira del justo y los indignados
2019-09-06Populismos y utopías
2019-09-20Confabulaciones y conspiraciones
2019-09-27Orwell, el profeta
2020-02-14¿Para qué la verdad?
2020-03-06Bunge vs. los “seudos”
2020-11-06James, el ‘Asombroso’, Randi
2021-09-10Todos fachos
2021-11-12Crisis e historia
2022-02-18Libertad de expresión
2022-03-15Ideas y ocurrencias
2022-05-06Progresistas contra el progreso
2022-07-15‘Ciencia hegemónica’ y ‘justicia epistémica’
2022-08-05Poder y ciencia
2022-09-02El principio precautorio
2022-09-23Abracadabra
A mi nieta Susi.
Tal vez lea estas
columnas en unos años,
y se establezca una
nueva comunicación,
independiente de
tiempo y presencia.
PREFACIO
Esta es una colección de columnas del autor, publicadas en el periódico El Tiempo de Bogotá, entre finales del año 2017 y el 2022. Puede verse como continuación de otra colección publicada el 2018 por el Fondo de Cultura Económica, con el título de Cómo tener siempre la razón.
Las columnas están agrupadas en cinco capítulos, con acentos y en áreas temáticas algo diferentes. Sin embargo, la superposición es muy amplia, tanto que la localización de algunas de las piezas va a parecer arbitraria; hubieran podido estar en otro capítulo con iguales o mejores razones.
En cada capítulo las columnas están ordenadas cronológicamente y llevan la fecha de publicación. Esa fecha le permitirá al lector entenderlas mejor, recordando las circunstancias que se vivían en el país o en el mundo, por esos días.
Una introducción con el título Cómo llegué a ser columnista describe el camino tortuoso para que alguien, formado en las ciencias naturales, y que toda la vida trabajó en ese ámbito, haya asumido los últimos años esa ‘extraña’ tarea de opinador público. El prólogo tiene un tono autobiográfico que se encuentra muy rara vez en las columnas. El lector sabrá perdonarlo, y si no puede hacerlo, podrá omitir su lectura. A algunos curiosos puede parecerles interesante.
CÓMO LLEGUÉ A SER COLUMNISTA
Nunca pensé que iba a ser columnista, menos que lo iba a ser de forma cotidiana y constante, y a una edad en la que normalmente no se descubren nuevos oficios. Varias veces, durante mi vida profesional de bioquímico y profesor universitario me arriesgué a escribir opiniones y a participar en algunas discusiones públicas, e incluso intenté, esporádicamente, explicar algunos temas enredados de la ciencia a públicos sin formación científica. Pero mi actividad principal de escritura fue de artículos en revistas especializadas en mi campo de investigación. Me parece que, con diferencias discretas, es un estilo muy parecido en todas las ciencias naturales.
Esa escritura técnica debe ser parca en sus términos, desprovista de adjetivos casi en forma absoluta, con pocos adverbios, y tan breve como sea posible (pero, como decía Einstein, no más de lo que sea posible). Los pares revisores se encargan de mantenerlo a uno dentro de los cánones aceptables. No debe exagerar en las interpretaciones; si lo hace recibirá una nota del editor señalando que especula demasiado. Tampoco debe ser solo una descripción descarnada de hechos, si sí lo hiciera la nota exigirá más análisis y algo de riesgo en predicciones y aclaraciones. No se aceptará el idioma telegráfico, pero tampoco lo dejarán explayarse.
Ese proceso de escritura es lentísimo y generalmente colectivo. Todo el tiempo hay que leer, es importante reconocer méritos, en forma muy precisa y justa, a quienes hicieron trabajos que antecedieron el propio, a quienes están de acuerdo con lo que uno afirma, y a quienes están en desacuerdo. Si se falla en eso, no solo se incurre en un hecho vergonzoso, mal educado y no ético, sino que se arriesga al rechazo brusco por parte del editor. El peligro es mayor si, por casualidad, el trabajo no citado lo escribió uno de los evaluadores.
Se debe partir del hecho, bastante cierto, de que no existen las ideas tan originales que solo se le ocurren a uno. Hasta la teoría de la relatividad, si no se le hubiera ocurrido a Einstein, habría sido propuesta poco después por otro de su generación; el tiempo estaba maduro. Darwin se vio obligado a publicar su obra engavetada cuando Wallace le escribió, describiendo su misma teoría. Hay que partir del hecho que alguien, en algún lugar, debe estar trabajando en lo mismo. A veces uno sabe muy bien quién y dónde. Todo eso le imprime a la escritura científica el carácter de competencia deportiva. Es importante llegar primero, más alto, más lejos y con más fuerza.
Solo a unos pocos, de gran prestigio, se les permite introducir alguna figura poética, y a los más respetados, de pronto, un chiste. Solo muy recientemente empezó a permitirse la primera persona, en singular o plural, pero domina un ‘bien educado’ alejamiento impersonal. El sistema de evaluación lo mantiene a uno escribiendo ‘como se debe’. Sin embargo, de todas formas, la individualidad se cuela entre las líneas, y el lector experto debe ser capaz de percibir matices personales, hasta inteligencias excepcionales; el brillo pasa a través de los filtros.
Esa forma de escribir, en la que me formé durante el doctorado, y que usé a lo largo de mi vida profesional, inevitablemente influye mi escritura en las columnas semanales que vengo publicando en El Tiempo desde hace más de diez años. Yo quisiera pensar que les imprime algo de rigor; me obliga siempre a leer sobre el tema y otros relacionados, limita la especulación y la interpretación libre, y me mantiene lo más ajustado posible a hechos reales y observables. Si eso fuera cierto lo consideraría un logro en una época en la que se imponen en algunos campos hermenéuticas muy enredadas, teorías que se alimentan de otras teorías en ejercicios de mutuos elogios, siempre auto referenciadas, sin pegarle ni siquiera una miradita al mundo.
La formación profesional, y los años de trabajo en ciencias naturales, han generado en mí algunas antipatías, casi fobias, que no tengo reparo en confesar. Una es mi poca simpatía por los mitos. Para ser más preciso, más bien un reconocimiento muy limitado. Me resulta claro que el mito dice más sobre las personas que lo crearon, y las que creen hoy en él, que sobre el asunto de que se ocupa. Seguramente a los antiguos los atemorizaban el sonido tremendo de los truenos, y los rayos que generaban incendios y a veces quemaban, en un instante, campos, gente y animales. Pero, las explicaciones de que se debían a la furia de Thor para los nórdicos, de Indra para los hindúes y de Zeus para los griegos, eran malas.
Es una muy mala explicación sobre el origen de los humanos, que el primero haya sido moldeado en arcilla y luego donara una costilla para crear la mujer, como nos dice la Biblia, o que las plantas, animales y humanos hayan sido creados por Glooskap de la madre Tierra cuando murió, como creen los algonquinos. Me dicen que hay que ver esos mitos como metáforas, y efectivamente así los veo, pero a veces me siento muy solo en el intento. Las cosmogonías ancestrales están todas equivocadas y el respeto por su ancestralidad es una ingenuidad y un engaño.
Se ha puesto de moda afirmar que la ciencia moderna no es más que otro mito, otro relato. No es cierto; es una aproximación a la verdad de los hechos, llena de dudas y vacilaciones, lo que la hace mucho más poderosa que los mitos, que son siempre dogmáticos, inmodificables por su carácter de verdad revelada.
Me resultan también inaceptables, y me generan antipatía parecida, los relativismos cognitivos y morales, que, escondidos tras una apariencia de tolerancia, en el fondo siempre terminan ejerciendo imposiciones autoritarias. Si no hay verdades a las que uno se puede aproximar, cualquier información es válida, y por tanto, “se impondrá la mía con todo el poder que pueda ejercer”. Si no hay comportamientos que consensualmente sean más morales, “impondré los que me parezcan” (o los que mis antepasados hayan dispuesto).
La actitud científica vacuna contra muchos males que proliferan hoy (y siempre). No respeto las ancestralidades. Ni las mías ni las de otros. Son interesantísimas, proporcionan indicios que nos ayudan a entender la naturaleza humana y sus grandes angustias, pero no pueden ser aceptadas como dogma; se equivocan mucho más de lo que aciertan.
Por otro lado, la naturaleza humana me parece un producto extraordinario de la evolución biológica, que se ha continuado en una evolución cultural. Por tanto, respeto y quiero al humano, con sus cualidades y defectos, aunque discuta sus mitos y sus dogmas. Por estas posiciones algunas personas me han acusado en las redes de “positivista extremo”. Me temo que eso se debe, por un lado, a que no han leído, o entendido, qué fue la escuela positivista, por otro lado, a su excesiva generosidad con el uso del adjetivo ‘extremo’. Espero que mis columnas reflejen de alguna manera la forma de pensar y sentir que esbozo acá.
Pero, todo esto, que tal vez explica cómo pienso y siento, y algo de lo que reflejo en las columnas, no es respuesta a la inquietud con la que empecé estos párrafos: ¿cómo llegué a escribir columnas, y con tanto juicio? Transgrediendo mi costumbre, trataré de explicarlo con algunos fragmentos autobiográficos.
Cuando estaba en la rectoría de la Universidad Nacional de Colombia hicimos varios estudios tratando de indagar las causas de la deserción estudiantil, que es una de las tragedias (tal vez la principal) del sistema educativo. En uno de esos estudios se trató de definir, con encuestas y métodos estadísticos, qué hechos eran predictores del éxito académico. Uno de esos predictores resultó el de ‘tener libros en casa’.
Bastante sorprendente, a primera vista. Solamente haber tenido libros en casa, durante la infancia, había sido suficiente para promover el éxito en los estudios universitarios. Seguramente hay explicaciones más complejas del hecho, y ese factor no está aislado de otros concomitantes, que también influyen, pero, de todas formas, me impresionó mucho la fuerza, en la distancia y en el tiempo, que ejercía en la vida de los estudiantes la presencia temprana del libro.
Los resultados del estudio me impresionaron, además, porque yo siempre estuve rodeado de libros. Mis padres fueron estudiosos, y muy serios y constantes lectores. Mi madre estudió bacteriología en la Universidad Nacional de Colombia, apenas dos años después de que se permitiera el ingreso de mujeres a la universidad, y siendo una joven que había inmigrado muy recientemente. Mi padre estudió medicina en Francia, con enormes dificultades para un joven judío pobre, en la Europa xenofóbica y antisemita, que se acercaba a la guerra y al horror nazi. Ya bastante mayor, y retirado de todo trabajo, volvió a ser estudiante nocturno de filosofía en la Universidad de la Salle. Mi hermana es educadora de niños con necesidades especiales, mi hermano es médico y pintor, mi hijo es profesor de química teórica, mi esposa devora unos tres libros por semana, y no nombraré a tíos y primos, para no volverme pesado.
Empecé a aprender las letras muy pequeño, según me contaron. Parece que les asignaban a los amigos de la casa una letra con la cual yo los conocía y nombraba. Así la jota era de Julio (Julio Guberek), la ele de Leibish (León Waisberg) y no recuerdo qué otras más. Los libros eran un regalo muy preciado, en la categoría del juguete; también los cómics que facilitaron la transición a textos sin dibujos. Todas las semanas recibía un peso con cinco centavos con los cuales compraba tres revistas (desde entonces sabía automáticamente, sin necesidad de calcular, que treinta y cinco por tres da ciento cinco).
La colección Araluce para niños (no sé qué dirán los pedagogos modernos, seguro debe haber algunos muy críticos) fue para mí la entrada a un mundo increíble. Tenían versiones de la Ilíada, la Odisea, y la Eneida, pero también de El Quijote (en dos tomos); otros más ‘locales’ como el Cid Campeador, Till Eulenspiegel, el Lazarillo de Tormes; estaban los cuentos de Hoffman, las historias de Molière y las de Corneille; había biografías de personajes con los que hubiera sido difícil cruzarse de otra forma como Guillermo Tell o Ivanhoe. Leer y conocer se convirtió en una especie de concurso emocionante de acumulación de logros.
Posteriormente llegué a los clásicos infantiles (y no tanto), Dickens, Twain, Salgari, Verne, Andersen, Grimm, Perrault y Swift, entre otros, todos mezclados y en desorden. Quién fuera a pensar lo importantes que eran los dos últimos, en el movimiento de la Ilustración, y cuánto me iban a impactar después por ese hecho. Leí cosas que no eran para mi edad; seguramente muchas no las entendí, o las entendí a mi manera.
Cuando cumplí los trece años, en el bar mitzvá, algunos amigos de los padres regalaban plata. Mis padres no me censuraban, y en la Bogotá de esos tiempos uno podía, a los trece, caminar solo hasta la librería Mundial en el centro de la ciudad. Me compré La montaña mágica de Thomas Mann, creo que por su peso y volumen; la asumí como un reto. La leí de tapa a tapa, aunque seguro debí haberme perdido (o dormido) en las conversaciones entre Castorp y Settembrini.
Lo que quiero señalar con toda esta cháchara, es que, de todas formas, mi llegada muy tardía a columnas desordenadas, y sobre muchos temas, tiene su origen en la primera infancia. No creo que le descubra nada a nadie diciendo que no hay escritura que no empiece en la lectura, y que ‘mágicamente’ las impresiones recibidas quedan latentes en el tiempo, y le asoman a uno cuando las está necesitando.
En mi primer colegio estuve apenas un año, quedaba cerca a la casa, y nuestro patio particular era el gran Parque de la Independencia (todavía entero, no cortado por las vías y puentes de hoy). En mi aula de entonces hoy funciona una lavandería. Solo recuerdo a uno de los niños grandes (como dos o tres años mayor que yo), porque un par de años después lo volví a ver actuando en televisión. Era Bernardo Romero Pereiro, que actuó en uno de los primeros programas que vi en la televisión recién estrenada (dirigido por su padre Bernardo Romero Lozano). Creo que lo único que hacíamos en el kínder (y bien hecho), era jugar en el parque.
En primero primaria entré al Colegio Colombo Hebreo y ahí aprendí a leer oficialmente. Como relaté antes, yo ya sabía leer, pero el colegio oficializó el hecho con la clásica cartilla La Alegría de Leer. Mi maestra, la señora Paulina de Castellanos enseñaba muchísimas cosas. Tuve la oportunidad de verla otra vez, hace unos años. Yo la recordaba como una señora grande, de voz fuerte y muy seria. Cuando la volví a ver era una mujer anciana, dulce y mucho más pequeña que yo.
Tuve muchos maestros más. No todos buenos, la mayoría dejaron huella. La profesora Tulia Garcés irreverente con los próceres de la patria, los profesores Méndez y Meiseles sistemáticos con las historias patria y universal, y además con castellano, gramática, retórica y hasta oratoria. El profesor Manotas nos daba una geometría alegre, verdaderamente inspiradora; Quiroga, el muy serio, dictaba física con su propio libro y el divertido Lolli, química. La profesora de filosofía, madame Marcú, quien, por su forma de enseñar, posiblemente no sería aprobada por un pedagogo moderno, y menos por un filósofo, nos hizo organizar en el curso, juicios a los grandes filósofos y sus escuelas, con fiscal, defensor y jurados; una actividad que, sin ese nombre, y sin ninguna teoría por detrás, fue una verdadera escuela de pensamiento crítico. Tuvimos clases de tres idiomas además del castellano: inglés, hebreo y francés. Hasta hoy lo que puedo leer de francés se lo debo exclusivamente a las clases de madame Messinger. No fueron suficientes para dominar los tres idiomas, pero sí abrieron mundos distintos. No vimos latín, porque era opcional en el currículo oficial, y mi grupo decidió que, en su lugar, tendríamos clases de cálculo diferencial y cálculo integral.
Esas experiencias de colegio y otras posteriores como estudiante y como profesor me han hecho escéptico de escuelas y revoluciones pedagógicas. La innovación en pedagogía, que todos reconocemos debería ser muy importante, está, sin embargo, atrapada en una paradoja que no sé cómo se resuelve. Los verdaderos innovadores fueron educados en los métodos clásicos. Quienes se educaron en los métodos novedosos todavía no han podido demostrar sus capacidades de innovación. Así, la paradoja se resume en que la única pedagogía que uno puede asegurar, con pruebas, que ha generado innovadores, no es una de las nuevas, sino la clásica. Cada vez más pienso que el secreto del éxito está en el buen maestro; y el secreto del buen maestro está en un conocimiento razonable de su asignatura, y en muchísimo entusiasmo.
Me da pena decirlo, pero nuestras grandes reformas (muchas de las cuáles yo he apoyado) tienen en sus orígenes más de pensar con el deseo, que de sustentos fácticos. Eso no quiere decir que no haya que hacer cambios. Sin duda hay que hacerlos. Lo que sugiero es que se deben hacer con mucha cautela, porque en educación los resultados se ven tardíamente. Es mucho más fácil definir qué cosas no hay que hacer, por obviamente inconvenientes, que cuáles sí se deben hacer para mejorar los resultados.
Debo reconocer que, en el camino para llegar a columnista, hubo otros hechos formativos que influyeron además del colegio. Muy joven me afilié a un movimiento juvenil judío, con activismo en la izquierda. En él escribimos, publicamos periódicos, discutimos, discurrimos, e imaginamos un mundo nuevo en el que cambiaríamos todo. Cuando encuentro a un compañero del colegio, o a uno del movimiento juvenil, se renueva inmediatamente la conversación, aunque haya estado suspendida durante 40 o 50 años.
Cuando terminé el colegio vacilé mucho entre no estudiar, estudiar filosofía, o estudiar una ciencia natural. Por suerte mis padres me presionaron y por la insistencia de mi abuelo materno y de mi madre, finalmente estudié química en la Universidad Nacional de Colombia. Esos años también contribuyeron a eso de llegar a ser escribidor de columnas.
El primer año el decano (mi facultad se llamaba de química e ingeniería química, antes de la reforma de José Félix Patiño), era un científico muy reconocido y profundamente religioso, el Dr. Sven Zethelius. Como parte del curso de química general, durante un año reunía una vez por semana a todos los estudiantes recién ingresados, y divagaba sobre muchos temas, pero en todos conducía, poco a poco, a las teorías evolutivas del padre Pierre Teilhard de Chardin. Era bastante convincente, pero nosotros nos esforzábamos por encontrar las grietas de su argumentación, y no era imposible. Fue un curso muy formativo que me dejó el gusto, apenas intuitivo, por la teoría de la evolución, y reforzó mi agnosticismo incipiente, en contra de las intenciones explícitas del profesor.
Hubo maestros buenos y malos. Fue una época formativa. Además de la química, de la que algo aprendí, la universidad me abrió otros campos. Tomé como asistente cursos de literatura americana, de ética y de estética y uno extraordinario de Shakespeare, con el profesor Howard Rochester. Era un jamaiquino con apariencia, modales y lenguaje de lord británico, monarquista convencido en una universidad pública de los años sesenta del siglo XX. No solo nos introdujo a lo mejor de Shakespeare, nos hablaba de arte moderno, nos hacía escuchar a The Beatles (que algunos considerábamos ejemplo de ‘decadencia capitalista’). En alguna discusión dejó una frase que conservo con mucho cariño hasta hoy, cuando por fin la entiendo: “comprendo que ustedes sean así de conservadores, porque son tan jóvenes…”
También los compañeros fueron buenos maestros. Con alguna frecuencia nos escapábamos a un cine cercano. Uno de ellos, especialmente ilustrado e inteligente, me introdujo al boom latinoamericano. Creo que no terminó graduándose, pero las vocaciones surgen siempre, como maleza persistente, y fue editor y librero.
El doctorado en Israel, en la Universidad Hebrea de Jerusalén, fue un paso más de ascenso en libertad intelectual. No solo era un ambiente extraordinariamente libre y abierto, sino que mi trabajo diario de investigación también lo era. Como antecedente de la escritura, recuerdo la sensación de llegar todos los días muy temprano, abrir la bitácora de laboratorio y enfrentar una página en blanco, que me exigía diseñar en ella el experimento del día.
Mis directores de tesis (tenía dos) guiaban, pero no imponían. Preguntaban esperando sinceramente que yo encontrara una respuesta, sin pretender que adoptara la de ellos. Un trabajo experimental intenso en el laboratorio, pero con largos ratos en la biblioteca. En una época en la que no existían las bases de datos computarizadas, la búsqueda era una mezcla de revisión sistemática y de hallazgos serendípicos. Ya estaba casado, pasamos en Israel épocas de paz y de guerra. Nuestro hijo nació en la mitad del doctorado, tocaba madurar. El doctorado, que escribí en hebreo, fue muy técnico, como debía ser, pero me di la libertad de incluir una modesta discusión epistemológica en la introducción. Creo que no era muy usual, no sé si hice bien, pero aprobaron la tesis y no me objetaron ese texto.
Cuando regresé al país, después del doctorado y tras una instancia posdoctoral en Estados Unidos, tuve la suerte de vincularme a dos instituciones nacionales de inmensa importancia. El Instituto Nacional de Salud y la Universidad Nacional de Colombia. Combiné las actividades, creo que positivamente para las dos instituciones, estableciendo un laboratorio de investigación, de avanzada en aquel momento, en el Instituto, y dando clases y reclutando estudiantes de la Universidad, que querían hacer conmigo sus tesis de pregrado, maestría, y al cabo de unos pocos años, de doctorado, en el excelente laboratorio de bioquímica del instituto.
Era bastante pionero en la forma de hacer investigación, en el tema y en las tecnologías usadas que había adquirido, recientemente, en laboratorios del exterior. El grupo se vinculó a varias redes internacionales, lo que me permitió acceder a financiamiento extraordinario. Pero, sobre todo, me dio la posibilidad de ver cómo se hacían las cosas en otros lugares, con mucha frecuencia mejor de como las estábamos haciendo acá. Eso me convirtió, un poco, en un crítico. El origen de un columnista muy probablemente es ese, el de haberse vuelto crítico con las realidades que vive; es algo en verdad necesario, pero para algunos, excesivo.
En el Instituto coincidí, en los primeros años, con un grupo humano muy inquieto; nos autodenominamos los jóvenes (porque éramos jóvenes) y llegamos a escribir un documento, una especie de manifiesto, en el que nos quejábamos de una crónica falta de dirección, y planteábamos cómo se debían hacer las cosas (según pensábamos). Varios de nosotros, después en la vida, ocupamos cargos de dirección en el Instituto. También en la Universidad terminé adoptando posturas críticas. Impulsamos la creación de los doctorados en ciencia, a los que muchos se oponían con el argumento usual de que “no estábamos maduros”.
En las dos instituciones, llegué a la dirección y a la rectoría, sin habérmelo propuesto, por circunstancias que me empujaron (posiblemente, las más importantes fueron esas posiciones críticas). En esos cargos tocaba escribir, ya no solo informes técnicos, sino también discusiones argumentativas. En la rectoría de la Universidad me opuse a dos reformas de la Ley de Educación Superior porque no me parecían buenas (por insuficientes). Con eso tuve que salir a la prensa. En el pasado había escrito algunos artículos de difusión científica, del estilo que publicaba Lecturas Dominicales de El Tiempo, pero las que me tocaron en la rectoría eran de opinión y debate. Me tocó escribir seis columnas seguidas en El Espectador contra la reforma propuesta por la ministra Cecilia María Vélez (a quien respeto y estimo mucho), redactadas con una agresividad que me disgustó siempre, pero que en ese momento sentí necesaria. Tal vez ahí se me ocurrió, por primera vez, la idea de escribir columnas de opinión con más regularidad, y sobre diferentes temas.
Al terminar mi periodo como rector ya pude comprometerme con el periódico a una periodicidad fija; el primer año quincenal, y de ahí en adelante semanal. En el camino hay algunos principios y unas actitudes que se han venido afianzando. Escribir tan corto como para que quepa exactamente en el espacio asignado no es fácil. Dada mi proveniencia (ya explicada acá bastante) de las ciencias naturales, que aborrecen la verborrea, estaba en cierta ventaja. Desde mi primer artículo en el doctorado, escrito en compañía (textualmente) con mi director, aprendí a no usar dos palabras donde una es suficiente, y en los más de 120 artículos científicos que escribí hasta mi jubilación tuve que aplicar ese método. Sin embargo, para este propósito, fue necesario afinarlo aún más. Siempre el primer borrador se sale de los límites, y hay que empezar a eliminar los adjetivos y adverbios inútiles que se hayan pasado, buscar los giros más ahorrativos, y a veces decidir, dolorosamente, excluir alguna frase que parecía absolutamente genial, pero que no aportaba demasiado.
Un principio central que debe, en mi opinión, guiar al columnista responsable, es que si a uno le dan la oportunidad de expresarse, es mejor decir algo que nada. Parece una obviedad, pero hay lectores que coincidirán conmigo en que no siempre se da, y que hay columnistas que escriben cientos de variaciones sobre el mismo artículo.
Además de decir algo, es conveniente que los otros lo entiendan. Esto es un reto significativo, especialmente cuando se abordan asuntos de carácter técnico o científico, pero también cuando se discuten asuntos sensibles y sujetos a interpretaciones contradictorias. Hay quienes se sienten más seguros cuando el lector se queda sin saber cómo piensa quien escribe; me parece una solución poco ética.
Las oraciones cortas y claras pueden hacer que el texto parezca de inferior calidad literaria, pero hay que asumir ese costo. Hay tendencias en los ensayistas modernos a escribir en forma intencionadamente oscura, a veces ininteligible. Muchos de los nombres más citados por los seguidores del posmodernismo usan ese método. Así quien lee no entiende, sino que interpreta, y todos tan contentos, porque a uno le gusta mucho que el escritor piense igual. Pero, nuevamente, mi procedencia de las ciencias naturales me impide usar ese recurso. El idioma en las ciencias es a veces muy formalizado y muy especializado, pero nunca ambiguo. De hecho, la formalización de los lenguajes, en las diferentes disciplinas, tiene el objeto de eliminar ambigüedades. Lo que escribe un físico en Bogotá debe ser entendido perfectamente por otro físico en Tombuctú.
Hay algunos principios, que, aunque no son generales, ni siquiera recomendados por la teoría, son importantes para mí cuando escribo. No me siento bien haciendo ataques personales, ni siquiera en defensa propia, y si alguna vez lo he hecho, después me ha generado bastante remordimiento. Prefiero discutir ideas, y en eso no tengo inconveniente en usar instrumentos variados. Hay lectores que se han quejado de que no entendieron a quién me refería; debo confesar que fue totalmente intencional.
No me gusta usar groserías ni expresiones rudas. Puede que sea generacional (aunque muchos de mis autores preferidos cuando joven usaban un lenguaje bastante profano). Seguro es pasado de moda, y mal calificado por muchos. Pero ya hace un tiempo que no atiendo a las calificaciones.
Tengo la esperanza de que esta colección de columnas resulte interesante. Todas han sido publicadas, pero yo mismo no las recordaba cuando las releí para editarlas, así que supongo que hay otros que tampoco las recuerdan. Por otro lado, si se leen secuencialmente varias del mismo tema, tal vez se genere una visión distinta, con más ángulos, con mayor complejidad. Aspiro más a generar pensamiento sobre los temas que discuto, que a convencer.
ISHIGURO Y LA CLONACIÓN
10 de noviembre de 2017
Este año, el Premio Nobel de Literatura fue para el escritor británico Kazuo Ishiguro. Solo he leído de él la novela Nunca me abandones (Never let me go), pero prometo corregirme y leer las otras. Es una novela de ciencia ficción que debe estar en el mismo estante con Un mundo feliz de Aldous Huxley y 1984 de George Orwell. La crítica inglesa lo calificó como el mejor libro del año y lo introdujo en la lista de los 100 mejores de los últimos 100 años.
Es tan magistral la narrativa que me tocaba volver a la portada para constatar que el autor era un hombre cincuentón y no una mujer joven, su narradora: Kathy H. Aborda un tema de enorme relevancia ética que ha dado y dará para reflexiones importantes: el de la clonación de humanos. No usa la palabra clon en el libro, pero poco a poco uno va entendiendo quiénes son esos niños que se educan en Hailsham, un internado para jóvenes brillantes y abandonados, pero en realidad un lugar en el que los educan, aíslan y maduran. El ambiente es tranquilo, incluso parece amable para los niños. El lector tiene un nudo en la garganta durante toda la lectura.
Los inducen a hacer deporte para que sus cuerpos sean sanos. El sexo es libre, solo muy ocasionalmente ligado con el amor, pero la nicotina está radicalmente prohibida. Sus cuerpos son valiosos para el sistema. En Hailsham el arte y la poesía son importantes. Madame, la dueña de una misteriosa galería que colecciona sus creaciones, es percibida como fría y despectiva al principio, pero Kathy H descubre que en realidad les tiene terror.
Saben que son estériles y no tienen padres ni familia. Lo más cercano es un “posible”, que es como los niños denominan a un humano del que hubieran podido ser copiados. Ruth sueña con ser secretaria y emprende con sus amigos una fallida excursión para encontrar, en una oficina de Norfolk, a una mujer que es su “posible”. Kathy H se explica sus urgencias sexuales imaginando que fue copiada de una mujer muy promiscua.
Tienen claro que su destino es donar sus órganos para que la sociedad de humanos sea más saludable. No hay ningún tinte de dramatismo, no se rebelan contra ese destino, es su razón de ser. Donan, hasta que a la tercera o cuarta donación no sobreviven y entonces “terminan”, ni siquiera lo llaman muerte.
Un rumor generó algo de inquietud: si una pareja llega a amarse, y a demostrar que su amor es sincero, puede solicitar un aplazamiento del inicio de las donaciones; no un cambio de vida o un destino diferente, apenas un aplazamiento de tres años. Explican la colección que hacía Madame de sus obras de arte imaginando que tendrían más posibilidad de lograr el aplazamiento si se reconoce su creatividad. Pero el rumor no era más que fake news.
Cuando estudié el bachillerato usábamos como textos de filosofía los del padre Faría. Muchas veces, refutando la teoría de algún filósofo con quien él no estaba de acuerdo, concluía su alegato con un radical “porque repugna a la razón”. Me parecía entonces un argumento flojo. No veía que hubiera algún sustento lógico en una emoción como la de repugnancia. Mucho más tarde, leyendo a filósofos naturalistas que proponen la existencia (generada por la evolución) de un sentimiento moral innato, empecé a pensar que tal vez en ese contexto tendría algún sentido usar el argumento de Faría.
Este libro sí me hizo sentir ese argumento con mucha fuerza. La clonación ciertamente “repugna a la razón”, al menos esa que generaría un individuo no autónomo supeditado a las necesidades de otros. Creo que este relato, totalmente ficticio, estará siempre presente en las reflexiones de filósofos y científicos que analicen la ética de la clonación, así como 1984, de Orwell, está en las de quienes estudian el totalitarismo.
¿SE PODRÁ VATICINAR EL CRIMEN?
12 de enero de 2018
El médico y psicólogo italiano del siglo XIX Cesare Lombroso es conocido por sus teorías, que supuestamente permitían reconocer a los criminales por rasgos físicos. Signos como una frente inclinada hacia atrás y algunas formas de la mandíbula, de las orejas y de los arcos superciliares eran suficientes, según él, para predecir la tendencia criminal. Volvía con eso irrelevante la imputabilidad, puesto que el crimen estaría genéticamente determinado. Definía además al criminal como irremediable, debía ser aislado de la sociedad. Las teorías de Lombroso eran osadas; su ciencia, poco rigurosa.
Un amigo me llamó la atención sobre un artículo de neurocientíficos de Harvard publicado el pasado noviembre en la prestigiosa revista de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos. Los investigadores describen una red neuronal asociada con el comportamiento criminal. Escogieron 17 casos en los que individuos normales, después de haber sufrido una lesión cerebral, ejecutaron crímenes graves. Las lesiones se dieron en diversos lugares en el cerebro, pero, con métodos modernos que muestran que zonas cerebrales se activan con estímulos en zonas diferentes, encontraron que todas las lesiones estudiadas estaban asociadas a una única red. El mismo circuito cerebral que se activa cuando el individuo toma una decisión de carácter moral.
Ese resultado podría señalar la predisposición al crimen en individuos que presentan anomalías en ese circuito y, por tanto, se podría utilizar como un diagnóstico predictivo del potencial criminal. Pero en este caso, la ciencia sí está hecha con rigor; los autores no se arriesgan a ir tan lejos. La demostración sobre 17 criminales enfermos no implica que toda anomalía en ese circuito va a generar un criminal ni que todos los criminales tienen lesiones igualmente localizadas. No hay razón para suponer que con estos resultados haya llegado el fin de la responsabilidad individual en el crimen.
Hace unos quince años, Steven Spielberg realizó la película de ciencia ficción Minority Report, que aborda un tema similar. Se había desarrollado un sistema computacional muy sofisticado que permitía a la policía prever un crimen antes de que se cometiera. Con el sistema, que dependía de tres hermanos videntes, y muchos algoritmos, la policía de Washington había logrado reducir la criminalidad a cero, deteniendo preventivamente a futuros criminales antes de que realmente lo fueran. Una política aparentemente muy efectiva y que el año 2054 no despertaba las inquietudes éticas que sí despiertan en nosotros los intentos, descritos antes, de condenar a un “potencial criminal”.
El sistema se resquebrajó cuando el jefe de policía se volvió sospechoso de un futuro crimen. Él, Tom Cruise (el bueno de la película), después de arriesgadas peripecias, logra demostrar que el sistema no era tan preciso como pretendía su director, quien ocultó el hecho de que en ciertos casos había una incertidumbre derivada de que los tres hermanos no coincidían en su predicción. En esos casos, el director tomó una decisión basada en la visión de dos de tres y ocultó el hecho en los registros, cambiando la visión discordante con otra de archivo. El sistema fue suspendido, y todos los “criminales” que habían sido detenidos por sus predicciones son liberados.
La película, las teorías de Lombroso y los experimentos de neurociencia, finalmente coinciden en la enorme dificultad que hay para reducir eventos humanos de extraordinaria complejidad a modelos simples. En el fondo, eso tranquiliza. Seguiremos teniendo libre albedrío y responsabilidad plena sobre nuestros actos. La biología condiciona nuestras potencialidades, pero no nos fija destinos ineluctables.
CON NECESIDAD DE UN LIKE
19 de marzo de 2018
La mano con el pulgar hacia arriba, para enviar el mensaje like, ha sido uno de los desarrollos más exitosos de Facebook. Sin embargo, sus cocreadores están arrepentidos. Justin Rosenstein es tan crítico de su invento, que instaló en su teléfono un programa que le limita el ingreso a la red. Leah Pearlman se fue a vivir a Colorado y se dedicó a pintar y escribir cómics. Los dos pertenecen a un grupo contestatario de refuseniks, que desde el Silicon Valley, emporio de las nuevas tecnologías de comunicación, advierten sobre sus peligros.
El lema de la generación de jóvenes programadores era que la tecnología no podía ser vehículo de la maldad. Era lógico, pues, tratar de imbuir optimismo en la gente. El like fue introducido por Facebook como un ejercicio para inyectar positivismo en el mundo. Posteriormente fue imitado por Twitter, que usa un corazoncito, por Amazon que marca satisfacción con estrellitas amarillas, y por otras redes.
Pero, a pesar de esas buenas intenciones, se generaron efectos colaterales no deseados. Facebook y Google se convirtieron en los medios preferidos para anuncios comerciales. El pulgar y los íconos de satisfacción sirvieron para colectar información sobre los gustos de la gente, y las compañías generaron perfiles individuales que les permitían hacer propaganda a la medida de cada uno. Se creó la llamada “economía de la atención”, que se basa precisamente en la generación de incentivos para capturar la atención de la gente e inducirla a comprar, o a actuar de acuerdo con los intereses de quien posee o alquila la base de datos.
Esa información, como se ha visto en eventos mundiales recientes, puede ser indebidamente usada para influir en la gente y hasta modificar los resultados de votaciones cruciales. Facebook, en forma tardía y confusa, admitió que sus plataformas habían servido a la campaña rusa de desinformación malévola, durante las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos. Las agencias y los gobiernos europeos están promoviendo en estos días mecanismos legales de control. Zuckerberg prometió a sus dos mil millones de usuarios que la red iba a desarrollar mecanismos que los protegieran y les aseguraran privacidad.
Otro efecto colateral tiene que ver con la forma como el éxito extraordinario del like modificó la comunicación entre las personas. En verdad no estoy seguro de cuál es acá el huevo y cuál la gallina. ¿Modificó comportamientos por su gran éxito? o ¿tuvo éxito porque respondió a algunos mecanismos innatos que la gente usa para comunicarse?
El hecho es que el like permite manifestar acuerdo o gusto, sin necesidad de un gran esfuerzo intelectual. Es un acuerdo vago, y quienes lo reciben experimentan, en palabras de Rosenstein, “pequeños pulsos de positivismo”. La gente disfruta esos estímulos de corto plazo, en los que dan y reciben muestras de aprobación social.
Lo negativo del asunto es que la comunicación entre las personas se empobrece. Se induce la generación de círculos de mutuo elogio en los que a nadie se le niega un like, sobre todo si no compromete, y a cambio se recibe también una buena dosis de lo mismo. Esta situación privilegia la pasión y los impulsos sobre el razonamiento profundo.
No es raro pues que, si el like es una cara de la moneda, la otra sea la de agresiones no elaboradas, sin contenidos diferentes al insulto, que también abundan en las redes. La indignación acrítica atrae la atención de la gente, no sé si por ser el resultado de una comunicación empobrecida, o por ser su causa. Lo que sí es definitivo, por un mejor mañana, es que debemos empeñarnos en enriquecer la comunicación y llenarla de contenidos reales: hacer del debate un ámbito de construcción de ideas, no una gritería.
DÉFICIT DE EMPATÍA
6 de julio de 2018
Hace algunos días, El Espectador publicó el video de un experimento social interesante. Un grupo de niñas y niños encantadores, algunos colombianos y otros venezolanos, fueron invitados a jugar al teléfono roto. El primero de la cadena recibía las frases que debía pasar al oído del siguiente. Las primeras eran trabalenguas; los niños se divertían y reían mucho. Después empezaron a llegar mensajes xenófobos y ofensivos hacia los venezolanos. La cara de los niños pasó del desconcierto a la vergüenza y finalmente a la indignación. Se negaron a seguir con el juego.
Hace como un año vi en la revista Scientific American
