Hablando con caballos - Lula Baena - E-Book

Hablando con caballos E-Book

Lula Baena

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Beschreibung

Hablando con caballos es un paseo «pie a tierra» por una especialidad profesional que incorpora a los equinos como compañeros de equipo y grandes facilitadores en el abordaje de las necesidades de desarrollo personal y bienestar físico y mental. El tono familiar y cercano del libro hace que arraigue el conocimiento acompañado del afecto. 

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Seitenzahl: 199

Veröffentlichungsjahr: 2024

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HABLANDO CON CABALLOS

© Lula Baena

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2023.

Editado por: ExLibric

c/ Cueva de Viera, 2, Local 3

Centro Negocios CADI

29200 Antequera (Málaga)

Teléfono: 952 70 60 04

Fax: 952 84 55 03

Correo electrónico: [email protected]

Internet: www.exlibric.com

Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.

Según el Código Penal vigente ninguna parte de este o cualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en alguno de los sistemas de almacenamiento existentes o transmitida por cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico, reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorización previa y por escrito de EXLIBRIC; su contenido está protegido por la Ley vigente que establece penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica.

ISBN: 978-84-10076-37-2

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 271 04 47)

LULA BAENA

HABLANDO CON CABALLOS

—¡Ah! ¿Tú eres de esas personas que susurran a los caballos?—No, son ellos los que me susurran…

Índice

Introducción

UN PASEO PREVIO

1. Pie a tierra

1.1. La pregunta del millón: ¿por qué con caballos?

1.2. Intervenciones Asistidas con Caballos «pie a tierra». Concepto y praxis

2. Al paso

2.1. Etología

2.2. Comunicación interespecies. El papel de la sensación en la conducta

2.3. Psicopatología «normal»

2.4. Los mecanismos de defensa

2.5. El proceso personal: ámbito de intervención

2.6. Población diana: target

2.7. ¿Dónde tengo puesto el foco?

2.8. El proceso de intervención

3. Al trote

3.1. Las prácticas: locos por las actividades

3.2. PAE, AAE y CAC: Psicocoaching Asistido con Equinos

3.3. El equipo

3.4. Los materiales

3.5. El entorno y la zona de trabajo

3.6. El estilo profesional

4. Al galope

4.1. Periodicidad/temporalización de las sesiones

4.2. La ética, la buena praxis

4.3. El intrusismo, la confidencialidad

4.4. Transformando la evidencia

4.5. El tratamiento de la ansiedad con PAC: la aplicación del modelo EAGALA

4.6. El efecto etiqueta del psicodiagnóstico

4.6. El tiempo caballo

FIN DEL PASEO

Epílogo

Carta a Vera

Bibliografía

Agradecimientos

Instantes

Introducción

Este conjunto de títulos, subtítulos y párrafos no pretende ser más que un intento de dar forma, más o menos estructurada, a un tema y una práctica profesional, que, si bien está cada vez más enraizada y por la que aumenta el interés de usuarios y profesionales, no deja de ser un «oficio» al que aún le queda mucho trayecto hasta llegar a convertirse en una profesión social y académicamente reconocida.

Hablaba una de mis maestras del «pensamiento catedral»: cuando los constructores y arquitectos del pasado iniciaban la construcción de una catedral, eran conscientes de que no llegarían a verla concluida, pero no dejaban de poner piedras, no dejaban de visualizarla, no dejaban de soñarla…

Parto de la base de que mi deseo es compartir conocimientos y experiencias, deseos, fantasías y realidades aún sin contrastar, simplemente aportar algo, y sólo por si a alguien le sirve. Por eso, para empezar quisiera plantear algunas reflexiones.

No cabe duda de que hay sobre la palestra un montón de debates, orientaciones que, como los icebergs, por el momento apenas asoman una pequeña parte de sus dimensiones a la superficie, y respecto a los cuales cada uno tiene su propio discurso, indudablemente teñidos de egos, los necesarios para poder afianzarse en lo que uno cree, y repercutidos por las necesidades más comunes.

Si uno de los puntales de la práctica profesional con caballos es facilitar la toma de consciencia individual, no podemos por menos que plantearnos el ser conscientes de dónde estamos, y si repasamos, aunque no sea más que por encima, la trayectoria de cualquiera de las Intervenciones Asistidas con Caballos «pie a tierra»1, en cualquiera de sus especialidades, Psicoterapia Asistida con Equinos, Aprendizaje Asistido con Equinos y Coaching Asistido por Caballos2, podemos apreciar que están simplemente en los inicios. Hemos llegado a escuchar aquello de que son «oficios emergentes». Por lo tanto, y es mi convencimiento, estamos creando una profesión —espero no repetir mucho esta frase—.

Uno de los elementos fundamentales que intervienen en el éxito de los procesos de PAE, AEE y CAC es lograr que la persona3 adquiera un alto grado de consciencia desde la sinceridad y la honestidad consigo mismo —cosa nada fácil—. No podemos por menos que ser sinceros en el análisis del contexto en el que nos movemos, reconocer aquellos factores que inciden directamente en nuestra actividad, y por no mencionar más que aquellos que nos parecen indiscutibles, podemos hablar de nuestro propio ego y nuestras necesidades, la de ganar dinero, reconocimiento y valoración social (profesional), por ejemplo, o la necesidad de hacernos con el mercado y un hueco en el reconocimiento, como poco.

1 En lo sucesivo, IAC «pie a tierra».

2 De ahora en adelante, PAE, AAE y CAC, respectivamente.

3 Hablaremos de «personas» refiriéndonos a cliente, paciente, usuario, beneficiario, etc. de las IAC, ya que la nomenclatura que se utiliza para referirnos a las personas con las que trabajamos sólo depende del contexto y el referente/entorno profesional en el que se utilicen.

Un paseo previo

Hace apenas unos días, en Navarra, rodeada de amigos, cómplices y buena gente, me he reencontrado con la primera vivencia que tuve con los caballos —estaba oculta entre las vivencias más recientes—. Visualicé desde el corazón el primer caballo de mi vida. No debíamos de tener más de tres años, y mi madre nos llevaba a cortar el pelo a la vuelta de la esquina de nuestra casa de Madrid. Allí nos subían a un caballito/silla que nos distraía de los temores frente a la tijera y al peluquero de gesto adusto —eso supongo, eso me vino a la memoria de la sensación—. Aquel caballo/silla siempre me atrajo, me encantaba mirarlo a través del escaparate. Era de madera con una silla de color rojo de la que se balanceaban multitud de abalorios de colores. Sólo he podido recordar su sonrisa pintada, la sensación de balanceo y el sonido como de cascabeles… Desde que puedo decidir cómo llevar el pelo, lo llevo corto. Hilo y… ¿será casualidad?

Aunque nací en 1958, hasta 1979 no sentí que hice lo que consideré la primera cosa importante en mi vida. Viajé a Pretoria (Sudáfrica) para aprender inglés. Así era mi padre: «Nada de Londres, que está lleno de españoles». Y aprendí inglés, pero no sólo tuve la oportunidad de coexistir con el apartheid en primera persona. Nunca olvidaré aquel cartel en monumentos y centros oficiales: «Monday for non white people only». Tuve la oportunidad de visitar Soweto y recuerdo cómo me preguntaban por ETA con espanto. Visité los laboratorios de experimentación animal de la Facultad de Medicina, y sentí sobre mi piel las miradas de los primates en sus jaulas… Cuando Mandela fue excarcelado en 1990, simplemente gimoteé pensando en un «¡por fin!».

Esas experiencias fueron aderezadas por otra de insólita potencia. Viví durante aproximadamente un mes en el Kruger National Park, donde, al salir de la zona de seguridad, lo primero que hacían era pender un rifle de tu hombro: «Welcome to the bush, Lula». Allí aprendí que rebautizaban a las personas de color que trabajaban para los blancos con los nombres de las distintas partes del cuerpo: Face, Hand, Ear… Y también tuve la oportunidad de convivir algunos días en un árbol sobre un abrevadero para poder saborear la sensación de vivir la naturaleza en su más puro estado.

Viví la caza de una jirafa por una pareja de leonas y cómo se tuvo que sacrificar a la cría de la jirafa. Las hienas manchadas en plena noche… Si hay algo atronador en la noche, no es la oscuridad, son los gemidos cortando el silencio. Aprendí lo que es el «desconcierto». Una noche, armada con mi linterna, salí a dar un paseo y me quedé sorprendida al iluminar tres ojos. ¡Qué recelo! Dos búfalos que venían a beber al arroyo y uno, pobre, era tuerto.

Impresionante fue admitir la caza del antílope africano, el kudú, compensada por la sonrisa, que me cautivaba, de la gente de color, su amabilidad y su cuidado. Pero allí no había caballos, no, o yo no los conocí…

Cuando allá por 1982 acabé la carrera, me licencié, compré una bicicleta, una maravillosa Orbea de color blanco, para ir al hospital. Nos metimos en la tesis: «Psicoprofilaxis quirúrgica en traumatología infantil». En el hospital, la Ciudad Sanitaria Francisco Franco, hoy Hospital General Universitario Gregorio Marañón, nos iniciamos por un «enchufe» de mi padre —médico oncólogo—. Nunca supe cómo logró, pero lo imagino: «Oye, fulanito, mira, que la chica quiere hacer la tesis con una compañera, que si les dais cabida, si en principio sólo van a observar…». Acabamos con bata y con despacho.

Durante dos años fui y volví en bicicleta a diario, trece kilómetros atravesando El Retiro, el rato más inusitado del trayecto, que nunca era igual. Pero no es eso lo importante. Aquel quehacer me absorbía, me encantaba, me satisfacía en extremo.

En una ocasión vino a verme un amigo que empezaba como periodista en un medio de ámbito nacional. Quería hacer un reportaje de nuestro trabajo. Al llegar, yo andaba liada con una madre cuyo bebé tenía una luxación de cadera y estaba escayolado de cintura para abajo. Ella me preguntaba: «¿Y cómo lo cojo si está duro y frío?». Hice esperar a mi amigo hasta que logramos que la madre meciese a su bebé a pesar de la dureza y frialdad de la escayola.

Salí, desenganché la bici de su árbol y me dispuse a pedalear camino a casa. A mitad de camino me di cuenta de que me había dejado a Carlitos, el periodista amigo, esperando. Lo encontré sentado en un banco, repleto de paciencia, destilando respeto. Ese gran amigo murió pocos años después en un accidente aéreo haciendo un reportaje, pero no sé si llegó a salir en las noticias —el silencio—.

Nos echaron del hospital por razones laborales: «No podéis seguir viniendo más, porque podríais tener derecho a reclamar un puesto de trabajo». Creo, en serio, que esa fue mi primera experiencia sindical; perdimos la batalla. Ya estábamos en 1984. La tesis no se pudo acabar y yo seguía con mi bicicleta. Mi primer paro, ¿o debería decir parón?

Ese mismo año, tras el revolcón y la pérdida de expectativas, me llamaron de «mi» colegio, aquel en el que me había educado, aquel en el que había hecho teatro como extraescolar y en el que me era imposible entender la métrica de la poesía o el enigmático griego. Aquel en el que lo que me apasionaba eran las clases de modelado —meter las manos en el barro y crear—, y en el que mi profesor de Filosofía (don José) me llamaba Platón, aquel en el que la primera vez que me llevaron a dirección fue por arrancar una hoja de un árbol. Allí donde había pasado los años más penosos y maravillosos de mi vida.

Una entrevista con la directora:

—Oye, vente por aquí, que hablamos. Verás, necesitamos una persona que se haga cargo de la biblioteca, que hay que cubrir una baja prolongada y hemos pensado que tú…

—Vale, Pepa, pero yo no sé nada de bibliotecas, excepto usarlas. Soy psicóloga.

—¡Ahhh! Ya, bueno, no importa. Seguro que te apañas…

El mismo despacho en el que me embroncaron la primera vez era ahora aquel en el que me acogían. ¿Casualidad?

De aquel colegio, no sólo salimos mis hermanos y yo, salió un nuevo compañero de vida: Fusco, pequeño como un granito de arena y negro como la pez, que nos cortejó durante diecisiete años, y acabó siendo el compañero de mi abuela, que, por cierto, no quería perros. Aún conservo muy viva la imagen de los dos en el sofá viendo la tele.

Empecé el 15 de noviembre de 1984 a sustituir a una compañera que no conocía —María Jesús, la bibliotecaria— y que, cuando conocí, ay, resultó que había sido diagnosticada de meningitis por mi propio padre. ¡Qué casualidad!

Ese mismo año me independicé. En plena movida madrileña, fui a recalar en Lavapiés, en un 4º sin ascensor. Evoco ahora al viejo profesor Tierno Galván y sus bandos, virtuoso de la lengua y la vida:

«… viene muy a propósito todo cuanto antecede si consideramos el descuido, si no malicia, con que muchos vecinos dejan coches y carricoches en el lugar que mejor les peta, sin mirar si es recodo, rincón, esquina o entrada de zaguán, con razón prohibidos por el Concejo (…). Adviértase también por el presente Bando que algunas calles y plazas de la parte más antigua de Madrid, que llaman de los Austrias, se están convirtiendo en plazas y calles de sólo andar, que en tiempos de incuria y atrevimiento dieron en llamar peatonales, para que sin perjuicio de hacer más fácil el tránsito de quienes por ella discurren, los vecinos huelguen y en honesta ociosidad disfruten de tertulias, corros y mentideros, a los que tan aficionados son los moradores de esta Villa (…). Apercíbase también por el presente Bando al vecindario de esta ilustre Corte y Villa que por la aplicación de la sagaz industria de la grúa, que permite transportar un coche a cuestas de otro, ingenioso método que los madrileños odian, se retirarán de la vía pública, con implacable rigor, cuantos medios mecánicos de traslación o transporte estorben el ordenado transcurrir de los discretos vecinos de esta ciudad por sus calles…».

Cuando la bibliotecaria —mi compañera desconocida— se restableció y pudo volver a trabajar, sentí un poco el vértigo causado por la perspectiva de vacío, pero no por quedarme sin trabajo, sino por dejar de disfrutar y convivir.

Me entristecí antes de tiempo, aún no sabía vivir el «aquí y ahora». Cuando volví al despacho de dirección, esperando el despido, me plantearon continuar. Cuáles no serían mis destrezas, que me propusieron el puesto de responsable de actividades extraescolares. Cambiaba todo, el sueldo, los horarios, la disponibilidad… Pero dije «sí» y ahí comenzaron algunos de los mejores años de mi vida, siete exactamente.

Los viernes y sábados, finalizado el horario escolar, el colegio seguía repleto de alumnos y alumnas. La sensación era de colmena y el sonido de enjambre: deportes, atletismo, teatro, fotografía, informática, coro… Mi centro de operaciones estaba en el aula de informática. Así, de paso, vigilaba a los que a ella asistían. Pronto, y no recuerdo cómo, nos propusimos hacer un periódico escolar: El Kaos, de tirada trimestral, y pronto rebosó aquella aula, si cabe aún más, no por los ordenadores, sino por la creatividad y las ganas de expresar que rezumaban aquellas personitas.

Un buen día apareció Malik. La habían encontrado hurgando en la basura en busca de comida. Yo no me quería implicar y, sin darme cuenta, me encontré en secretaría con aquel pequeño ser de color canela y orejas descomunales, descansando sobre el sofá rojo, confiada y mirándome. No quería mirarla porque sabía que, si nuestras miradas coincidían, no habría escapatoria, pero me encontré cediendo a la presión sin resistencia. Hicieron una colecta para el veterinario y la mirada tierna de la perra se imprimió en la mirada de todos los humanos que rodearon el complot. Esa perra estuvo a mi lado durante trece años, participando incluso en mi trabajo, porque me dieron autorización para llevarla al centro. Nos acompañó a los campamentos, hizo de modelo en el curso de fotografía…

En realidad, en ese colegio siempre hubo animales: perros, loros, pájaros… Recuerdo que también compartía con nosotros los recreos la mona Virginia. Virginia tenía su árbol en el jardín, tenía su zona privada. Ella se encargaba de recordarnos de dónde veníamos.

Desde que Virginia murió, la broma era que todas las albóndigas que comíamos en el colegio eran la consecuencia de su fallecimiento, hasta que un día pensé que era imposible que tal cantidad de carne procediera de un ser tan pequeño. Se acabó la broma.

En 1988 Malik y yo nos mudamos a vivir a un pueblecito a las afueras de Madrid; encontramos un alquiler que podíamos pagar, y un día, cuando estaba en la labor de pintar la casa, una vecina me avisó de que el Ayuntamiento contrataba psicólogas. Rebusqué entre las cajas y encontré el ansiado currículum. Lo presenté, era un concurso de méritos: «Por probar no se pierde nada, el “no” ya lo tengo», pensé. Allá que fui disfrazada de pintora con el currículum bajo del brazo.

Desde 1988 a 1992 trabajé a media jornada compatibilizando el colegio y el Ayuntamiento. Me debatía entre lo creativo, lo lúdico y las realidades más ásperas que se puedan imaginar; el ser humano en estado puro.

Interrumpiendo el fluir de mi quehacer, una inoportuna operación en 1991 me mantuvo al margen de la vida más de seis meses. Era la segunda vez que hurgaban en mis entrañas en menos de dos años. En el mismo hospital al que iba en bicicleta. ¿Casualidad?

En 1992 me nombraron responsable de Servicios Sociales del Ayuntamiento. Eso incluía la jornada completa y el reto de dejar de trabajar en el colegio. Me costó hacerme a la idea de que no volvería a trabajar con aquellas personitas cargadas de futuro.

Un año más tarde volví a hacer algo que sentí era la segunda cosa importante que hacía en mi vida. Nos compramos tres hectáreas de terreno en Pastrana (Guadalajara), un lugar privilegiado en el que no había ni agua ni luz, y construimos una casa de madera. En el pueblo nos llamaban «los de extramuros».

Mi padre preguntaba qué iba a hacer con eso. «No sé, papá, creo que he comprado simplemente una posibilidad». Fueron seis años intensos de aventura —que algunos calificaban de inconsciente—.

«Aprender a querer la vida, cuando la vida hace daño. He ahí el viejo secreto, aprender» (Lluís Llach).

Allí aprendí a hacer cemento, fontanería, tiro al arco (sólo un poco); aprendí a moverme con suavidad si quería disfrutar observando jabalíes y de un amigo del amanecer, un zorrillo que venía a visitarnos; aprendí a moverme con coraje si quería mover rocalla, a integrar un tiempo distinto como posible —aún no le había puesto nombre, simplemente era otro, hoy «tiempo caballo»—. Aprendí lo que son las ganas de matar: un agosto, a cuarenta y cinco grados, tuve ganas de matar por agua y aprendí a robarla; aprendí que el teorema de Pitágoras sirve para algo y me impregné del síndrome de Diógenes: todo, absolutamente todo, servía para algo. Y, desde luego, aprendí que es inútil poner vallas al campo.

Por allí apareció el primer caballo cercano a mi vida —uno de verdad—. Unos vecinos de finca y amigos nos lo presentaron y, si he de ser sincera, me encantó, pero no le hice mucho caso. La verdad es que entonces no sabía lo que era el «simplemente estar» y andaba con la cabeza llena de proyectos y objetivos.

Allí, ayudé a criar un corderito, Norit de nombre, que saltaba de alegría cuando veía el biberón. Un día de fiesta, engañada, claro, nos lo comimos. Sentí una especial repugnancia cuando pregunté: «Por cierto, ¿dónde está Norit?». Percibí un denso silencio entre los comensales y, sobre todo, descubrí mi especial incapacidad de perdonar la traición. Descubrí que, al ponerles nombre, dejamos de cosificar a los animales, con todo lo que eso implica.

También asistí al parto de una gata y la indeleble línea que separa la vida de la muerte: «Sólo le dejaremos una cría».

Aprendí hasta que volvió a llegar la muerte, el silencio. Nuestro vecino Carlos se electrocutó allí mismo, a la entrada de las fincas intentando arreglar un transformador, y aquello me alentó a dejar de aprender tan ásperamente durante un tiempo. Otra casualidad: se llamaba igual que mi amigo el periodista y mi hermano el mayor.

A la realización de cualquier deseo no puedes meterle prisa, los deseos —que ahora los llamamos objetivos— tienen su ritmo propio.

En ese ínterin seguía trabajando en el Ayuntamiento de lunes a viernes y vivía en Pastrana de viernes a domingo. Allí aprendí de la gata un ritmo diferente, se desaparece a las horas de calor, y de mi perra aprendí a confiar un poco más en la intuición: la perra Malik le mordía textualmente los testículos al tipo que nos surtía de madera y que, a la larga, nos timó un millón de pesetas en el material contratado.

En 1994, mis padres estaban de viaje de descanso en Murcia en casa de unos amigos, y un día, uno cualquiera, que acabó siendo vital, mi hermano Javier me llamó a altas horas de la madrugada diciendo: «Papá ha sido ingresado, está pendiente de una operación a vida o muerte por un aneurisma de aorta. Carlos y yo nos vamos, ya te iremos contando. Tú quédate pendiente de la abuela».

Una vez más, la lucha de género. Durante mucho tiempo me consideré feminista. Con el tiempo me declaro más abolicionista1, que es otra cosa.

A eso de las cuatro de la madrugada, después de una ducha, sabiendo que mi abuela estaba controlada y sin decir ni consultar nada a nadie, agarré el camino adelante y marché a Murcia. No sabía a dónde iba, sólo sabía que mi padre estaba allí, al borde del silencio… Un lugar ignoto para mí —había leído que allí se cultivaban alcachofas, planta fea y de flor exquisita donde las haya—, desconocido hasta que resultó ser vital. Algo me empujó a ir, a conducir, a acercarme…

Durante el trayecto, creí haber tenido una visión, sentí cómo me estrellaba contra un camión. Fue un sueño, pero la sensación fue tan fuerte que recuperé la vigilia con estupor y fuerza.

A la mañana, operaban a mi padre a vida o muerte y, casi sin dormir, tuve la oportunidad de estar con él en el prequirófano y contemplar su última mirada, acompañada de palabras: «Hija, haz lo que tengas que hacer, pero siempre con honestidad». Sólo fueron un par de minutos, pero no hizo falta más.

Después apareció el cura del hospital y escuché sus últimas palabras: «Venga, padre, no se entretenga mucho conmigo, que yo estoy preparado y aquí debe tener mucho trabajo».

Una semana duró aquel encierro hospitalario con las visitas tasadas a la UCI. Hice una única salida para comprarme ropa, había ido con lo puesto. Es de ahí de donde vienen los colores de Hablando Con CaballosTM: un pantalón gris, una sudadera amarilla y zapatillas de deporte blancas. ¿Casualidad?

No volví a escuchar su voz, ni a sentir su gesto. Otra vez el silencio… Volví a acariciarlo un domingo, frío en una bolsa de plástico, casi sin poder reconocerlo.

Las cenizas de mi padre fueron esparcidas en el puerto de Navacerrada. Hoy trabajo con la manada en Ortigosa del Monte. En línea recta y equidistante entre los dos lugares se encuentra la sierra de la Mujer Muerta. ¿Casualidad?

El 21 de enero de 1997, a eso de las tres de la tarde, en el Ayuntamiento me notifican un despido por impuntual. Era una notificación extensa en la que se especificaban los horarios de entrada a mi puesto de trabajo con intervalos de entre seis y diez minutos de retraso durante todos los días de un año entero. Las fichas eran de cartón y lo automatizado era simplemente que, si fichabas cinco minutos más allá de la hora de entrada, se reflejaba en tinta roja.

Recuerdo que lo primero que pensé fue a qué pobre compañero/a le habría tocado realizar semejante relación. Lo siguiente me concilió con la realidad: «Aquí pone que hoy no debería haber trabajado». Después, simplemente salieron de mi garganta un montón de exabruptos. El alcalde que por aquel entonces firmaba el decreto de despido era uno cuyo apellido coincidía con el de un ínclito inquisidor.