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Cuando se analiza la historia de las ideas, todo sucede como si, desde la invención de la imprenta, la oralidad hubiera perdido parte de su valor. A la vez que el saber se pone bajo el signo fundamental y hasta exclusivo del escrito, los actos de habla desaparecen de la escena. Cursos, conferencias, seminarios, congresos, discusiones en los laboratorios –es decir un sector considerable de la actividad intelectual–, no se disciernen en su dimensión oral. Al describir las prácticas y las formas de la comunicación científica entre los siglos XVI y XX, Françoise Waquet reconstruye un universo de lenguaje denso y variado, y nos entrega una historia cultural de la oralidad en el ámbito académico. Desde las lecciones inaugurales a las clases magistrales, muestra el lugar preponderante del habla que se funda en el modelo del diálogo de los filósofos antiguos y de esta manera recuerda, como lo imaginó Rafael en su pintura sobre la Escuela de Atenas, la importancia de la conversación para la humanidad culta. "[Waquet] restituye el rol que desempeñó la oralidad no solo en el marco de la transmisión del saber sino más directamente en el proceso de producción o de creación" (Stéphane Van Damme, Revue d'Histoire Moderne & Contemporaine).
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Seitenzahl: 760
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Françoise Waquet
Traducción de Horacio Pons
Waquet, Françoise
Hablar como un libro. La oralidad y el saber entre los siglos XVI y XX / Françoise Waquet. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ampersand, 2021.
Archivo Digital: descargaTraducción de: Horacio Pons. ISBN 978-987-4161-61-1
1. Oralidad. 2. Sociología del Conocimiento. 3. Historia de la Cultura. I. Pons, Horacio, trad. II. Título.
CDD 306.42
Colección Scripta Manent
Primera edición, Ampersand, 2021
Cavia 2985, piso 1
C1425CFF – Ciudad Autónoma de Buenos Aires
www.edicionesampersand.com
Título original: Parler comme un livre
©2003 Editions Albin Michel
©2003 Françoise Waquet
©2021 de la traducción, Horacio Pons
©2021 Esperluette SRL, para su sello editorial Ampersand
Edición al cuidado de Diego Erlan
Traducción del francés: Horacio Pons
Corrección: María Nochteff
Diseño de colección y de tapa: Gustavo Wojciechowski
Maquetación: Silvana Ferraro
Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’aide à la publication Victoria Ocampo, a bénéficié du soutien de l’Institut français d’Argentine.
Esta obra, publicada en el marco del Programa de ayuda a la publicación Victoria Ocampo, cuenta con el apoyo del Institut français d’Argentine.
Digitalización: Proyecto451
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización del editor. El infractor se hará acreedor a las sanciones establecidas en las leyes sobre la materia. Si desea reproducir contenido de la presente obra, escriba a: [email protected]
ISBN edición digital (ePub): 978-987-4161-61-1
Scripta Manent
Colección dirigida por Antonio Castillo Gómez
Parecería que, con la invención de la imprenta, la tradición oral hubiera perdido su valor. Una observación semejante –a decir verdad, un mero inciso– aparece en una carta de Sigmund Freud, en relación con consideraciones de orden práctico ligadas a la organización del segundo Congreso Internacional de Psicoanálisis. (1)Aunque apresurada y circunstancial, esta puntualización no dejó de llamarme la atención, por su coincidencia con una constatación aún más radical que me había visto en la necesidad de hacer sobre la base de la historiografía del mundo occidental en las épocas moderna y contemporánea. Si se leen los trabajos dedicados a los medios intelectuales, todo sucede como si desde la invención de la imprenta la oralidad no solo hubiese perdido su valor sino, más aún, desaparecido por completo. Sin embargo, científicos y eruditos han enseñado, sesionado en academias, participado en coloquios, conversado entre sí; aún hoy, ¿cómo imaginar el mundo intelectual –“nuestro” mundo– sin la oralidad, la de los cursos y las conferencias, los seminarios y los congresos, las interminables charlas en los pasillos y por teléfono? Ahora bien, esas actividades de habla que constituyen una parte notable –aunque solo sea desde un punto de vista cuantitativo– del uso del tiempo científico han quedado historiográficamente confinadas en el contexto mudo de la vida intelectual, el de las instituciones del saber, cuando no se las rebajó al nivel anecdótico de detalle pintoresco que adorna un relato biográfico. Así, un sector considerable del mundo científico ha desaparecido de la historia.
Hay un contraste llamativo y esclarecedor con el favor del que disfrutó la oralidad en los estudios referidos a las formas de la cultura calificadas de populares, desde los trabajos de los folclorólogos hasta los de historiadores con antecedentes en la antropología cultural. En este ámbito, a partir de la observación misma de las realidades ambientes, se llegó a la conclusión de que la cultura de las clases subalternas era en gran medida una cultura oral, y lo que se veía en la actualidad valía además, a fortiori, para los siglos pasados. (2)Es cierto que, al considerar la llamada civilización de la imprenta, se advierte que había una oposición manifiesta entre hombres que, sin ignorar la existencia de los libros, a menudo no tenían ninguno, y otros que no solo vivían rodeados de ellos sino que también los escribían; había un enorme abismo entre quienes leían ocasionalmente y con esfuerzo y aquellos para los cuales la existencia se confundía con los libros, como Gian Francesco Soli Muratori, gran erudito italiano del siglo XVIII, que confesaba que “de estar exilado en un lugar donde le faltaran los libros y se le prohibiera escribirlos, moriría”. (3)Con la difusión de los libros y los progresos de la alfabetización que iban a la par, la historiografía de la Europa moderna podía efectuar con toda naturalidad una suerte de “gran divisoria”: de un lado, quienes dominaban la escritura y la lectura, y de otro, quienes tenían poco o ningún acceso a ellas. Por añadidura, en la perspectiva progresiva de los estudios en la materia, la oralidad no solo se contraía de manera inexorable con el tiempo, sino que, además, aparecía únicamente de manera negativa: aquello que la escritura no había conquistado. No es nada sorprendente, por lo tanto, que se haya impuesto una doble ecuación –en la que no faltan los implícitos– que asimiló, por un lado, lo escrito a lo cultivado y docto, y por otro, y de manera aún más excluyente, lo oral a lo popular, lo iletrado, lo inculto. De ello se dedujo una consecuencia natural: las personas del libro por excelencia, los doctos, los científicos, los eruditos, no se plantearon la cuestión de la oralidad. Así, al poner el mundo intelectual bajo el gran signo del escrito y del impreso, y reducir las obras del espíritu a textos por leer, se olvidó lo que hacía que el saber circulara y aún circule en su nivel más alto: el habla.
Un magnífico texto de Jules Michelet referido a una situación particular de oralidad permitirá precisar la naturaleza del problema general que está en el centro de este trabajo. El 29 de diciembre de 1842, el historiador francés recusaba desde lo alto de su estrado en el Collège de France la versión taquigráfica de sus clases y, al mismo tiempo, demostraba la especificidad radical de la enseñanza oral, la alteridad profunda entre la clase y el libro y, más allá, la superioridad del habla.
Debo agradecer a las amables personas que recogen mis lecciones, pero al mismo tiempo les ruego que no den a esto ninguna publicidad. Les hablo con confianza a ustedes, y solo a ustedes, y no a quienes están afuera. No les confío solo mi ciencia sino mi pensamiento más íntimo sobre el tema más vital […]. De mí a ustedes, del hombre al hombre, puede decirse todo.
Al parecer, aquí habla uno solo: error, ustedes también hablan. Yo actúo y ustedes reaccionan, yo enseño y ustedes me enseñan. Sus objeciones y sus aprobaciones me resultan muy sensibles. ¿Cómo? No es posible decirlo. Tal es el misterio de las grandes asambleas, el intercambio rápido, la acción, la reacción de la mente. La enseñanza no es, como suele creerse, un discurso académico, una exhibición: es la comunicación mutua, doblemente fecunda, de un hombre y una asamblea que buscan juntos.
La estenografía más completa, la más exacta, ¿reproducirá el diálogo? ¡No! Solo reproducirá lo que yo haya dicho, y ni siquiera lo que haya dicho. Hablo también con la mirada y el gesto; mi presencia y mi persona son una parte considerable de mi enseñanza. La mejor estenografía parecerá ridícula, porque reproducirá párrafos de relleno, repeticiones muy útiles aquí, las respuestas que doy a menudo a las objeciones que veo en sus ojos, las exposiciones que hago sobre un punto, donde la aprobación de tal o cual persona me indica que querría interrumpirme.
Esto, para la lección completa. ¡Qué decir de los resúmenes! ¡Cuánta incertidumbre, cuánta arbitrariedad! El hombre más inteligente y que, terminada la lección, haya visto muy bien el punto esencial recoge en su transcurso una multitud de elementos accesorios que no querrá borrar a continuación, y bajo los cuales se borraría la idea importante.
Si el habla y el impreso están en un mismo nivel, ¿por qué seguimos hablando? ¿Por qué no bajar de este estrado y escribir e imprimir? Puesto que, en definitiva, el impreso es mucho más duradero y está mucho más difundido. Sin embargo, no es así. El habla es la persona: mi persona, sobre todo. De fijársela, de cortarle las alas a esa palabra alada, ¿qué encontraremos? ¿Hechos? Pocos. ¿Fórmulas, teorías estereotipadas? Menos aún. Lo que hay en ella es justamente lo más fluido, lo menos asible: un espíritu. Hay que dejar volar, pues, esas palabras aladas, epea pteroenta (Ilíada, I, 20). ¡Que se pierdan, en buena hora! Que se borren de vuestra memoria. Si su espíritu permanece, está bien. Ahí está lo que la enseñanza tiene de conmovedor y sagrado. Que sea un sacrificio, que no quede nada material; pero que todos salgan fuertes de ella, lo bastante fuertes para olvidar ese débil punto de partida.
En cuanto a mí, si creyera que mis palabras corren el riesgo de congelarse en el aire y ser reproducidas así, aisladas de aquel por quien ustedes sienten alguna benevolencia, ya no me atrevería a hablar. Les enseñaría algún cuadro cronológico, alguna fórmula árida y trivial, pero me cuidaría de traer aquí, como lo hago, a mí mismo, mi vida, mi pensamiento más íntimo. (4)
Figuran en estos párrafos muchas de las palabras que reaparecerán a lo largo de este libro y que serán incluso términos de análisis. De todos modos, si este texto despertó mi atención lo hizo en un comienzo de manera más inmediata. Por un lado, dejaba ver, en la diferencia marcada con el “impreso”, la existencia misma del habla, y por otro, manifestaba una elevada conciencia de la importancia fecunda de la oralidad, las “palabras aladas”, desmintiendo al mismo tiempo la visión habitual de un libro triunfante, aquí reducido a la categoría de “palabras congeladas”. En ese aspecto, fue una especie de aval para la empresa que yo me proponía: escribir una historia cultural de la oralidad en la civilización de la imprenta, y más precisamente en las esferas más altas de esa civilización, y, por eso mismo, devolver a la oralidad su lugar en la historia intelectual.
A ese efecto, era importante ante todo discernir lo que pasaba por invisible o inmaterial. Ese es el propósito de la primera parte: un recorrido por la historiografía explica la “indiferencia” de los historiadores hacia un objeto que es, sin embargo, familiar, habida cuenta de que el inventario de las formas suscitadas por la oralidad en la esfera intelectual muestra que hay en ellas un universo de lenguaje. Una investigación llevada hasta las estructuras de ese mundo de palabras induce, en una segunda parte de naturaleza descriptiva, a refutar una visión bastante común de las cosas que hace de lo oral una realidad inferior: de ello resulta que un marco de reglas rige la economía de la palabra científica y que las formas de la comunicación oral recurren a los modelos más elevados de la civilización occidental. Un trabajo de inventario y descripción ya ponía de manifiesto la importancia tanto cuantitativa como cualitativa de la oralidad en el mundo intelectual. Reveladas por un enfoque externo, esas enseñanzas tienen su confirmación en los testimonios proporcionados por los hombres de la época, desde sus reflexiones sobre la naturaleza y el valor de la oralidad hasta los paralelos que trazaron entre lo oral y lo escrito. Del grueso dossier documental que reuní para una tercera parte de orden normativo, se desprende que el mundo científico otorgó a la oralidad un estatus por lo menos igual al del escrito, le reconoció virtudes de primer orden y llegó incluso a atribuirle un valor cognitivo superior. En esa etapa se imponía la adopción de una perspectiva funcional, si la pretensión era evitar que los resultados revelados por el inventario y la descripción se resumieran en una simple colección de curiosidades, y que los datos suministrados por el análisis normativo desembocaran en una argumentación acaso razonada, pero sin objeto. De ahí una cuarta parte que, al proponer una visión dinámica de las cosas, se refiere a la puesta en juego de la oralidad y a su contribución a las operaciones corrientes de la vida intelectual y, más allá, al avance del saber.
En este punto, es conveniente hacer algunas precisiones sobre los límites cronológicos y geográficos del presente trabajo y, en primer lugar, sobre el mundo que es aquí objeto de historia. Para hablar en términos de las categorías actuales, ese mundo está compuesto mayoritariamente de profesores, investigadores y estudiantes. Y responde a dos criterios: una familiaridad extrema con el escrito y el libro, y una buena homogeneidad bajo el signo de un alto nivel de intelectualidad. Fue posible discernirlo con bastante facilidad a partir de algunos lugares donde el habla se hace oír en la comunicación del saber, sea cual fuere la disciplina: las universidades, así como, hasta una época relativamente reciente, las clases superiores de los liceos (los colegios secundarios del sistema educativo francés), donde se impartió y se imparte una enseñanza superior; las academias, desde su restauración en el Renacimiento, y en particular las grandes instituciones científicas; los laboratorios e institutos donde se lleva adelante una actividad de investigación, y los congresos y otros tipos de encuentros que, desde el siglo XIX, reúnen al mundo de la ciencia. Deliberadamente dejé de lado otros lugares –y por ende otras poblaciones– a los que, no obstante, se alude de manera bastante espontánea cuando se menciona el habla, esto es, para ser breve, la cátedra, el estrado y el foro. (5)Si, por ejemplo, había sin duda un abismo entre Enrico Fermi y sus estudiantes de la Universidad de Chicago, y hoy, en el seminario general de física teórica, los tesistas confiesan “quedarse en ayunas” al cabo de quince minutos, (6)el mundo de la universidad y la investigación exhibe no obstante cierta coherencia en el orden intelectual, que no encontramos necesariamente en el auditorio, a veces mezclado al extremo, del predicador, del orador político o del abogado. Tomar en consideración esos tres campos hubiera obligado ya sea a aislar dentro de ellos conjuntos homogéneos, ya sea a trazar fronteras muy zigzagueantes entre niveles de cultura, para distinguir, en la oralidad, lo que compete a lo popular y lo que incumbe a un orden de cosas diferente. Uno y otro proceder, ninguno de ellos sencillo, habrían estado rodeados de muchas reservas que, a su vez, hubieran hipotecado las conclusiones. Por añadidura, para mi demostración era importante considerar situaciones en las que el saber se daba, pero también se producía. Esto explica asimismo que no me haya detenido en los salones mundanos o las lecturas públicas, para citar otras dos realidades también siempre invocadas: en ellas, el rasgo dominante tiene más que ver con la divulgación del saber, su vulgarización, que con su invención. (7)Lo que he escogido es pues un “pequeño mundo”; su “pequeñez”, sin embargo, es de un orden de magnitud muy respetable: recuerdo que los coloquios científicos internacionales reúnen a varios miles de investigadores.
Los límites cronológicos marcados por los siglos XVI y XX son los de la civilización de la imprenta, cuando el libro vive, aunque solo sea ya desde el punto de vista de la producción y la difusión, un triunfo muy real. Son también aquellos en que la historiografía, al tomar ese libro por emblema y los libros por objeto, ensordeció y hasta redujo a la nada, por una consecuencia involuntaria, el habla de los doctos. No es que se la oyera tanto, lo admito, en el pasado. Pero, al menos, se recordaba su existencia e importancia, desde los numerosos estudios sobre la naturaleza de la poesía homérica hasta los trabajos de los medievalistas sobre la transmisión oral de los textos en las universidades. Con posterioridad, pareció necesario llegar hasta la época contemporánea, aunque solo fuera para evaluar, conforme a un proceder usual, no tanto la competencia que las tecnologías modernas de reproducción y difusión del habla representaron para el libro, como la incidencia que esas mismas tecnologías pudieron tener sobre las prácticas orales del mundo intelectual. Por lo tanto, cinco siglos de historia que, si se sitúan bajo el denominador común del impreso, no constituyen de todos modos un bloque homogéneo. En el orden intelectual, en efecto, durante ese extenso período se produjeron muchas modificaciones que no podían dejar de afectar los intercambios orales tanto en su naturaleza como en su realidad: por ejemplo, nuevas concepciones del saber, nuevas disciplinas, nuevas estructuras institucionales, nuevas técnicas de comunicación audiovisual. Me he esforzado por tener en cuenta todas estas “novedades”, sin olvidar los cambios muy concretos inducidos por los medios modernos de transporte –el tren, el avión– que, al facilitar los desplazamientos, dieron a los hombres de ciencia posibilidades adicionales de encontrarse y hablar. Esta obra se refiere al mundo occidental en su conjunto. Era necesario superar el marco nacional, si bien las formas orales cuya historia cuento nacieron en países diferentes. Esta perspectiva supranacional permitía también hacer observaciones comparativas: hay estilos nacionales del habla científica. Con todo, no se trataba de decir algo acerca de cada país en cada época, sino, de manera muy distinta, de escoger, en un vasto espacio y en un tiempo prolongado, materiales y situaciones que constituyeran un conjunto coherente y significativo. Para terminar, me pareció conveniente dar numerosos ejemplos concretos. Estos son también lugares de análisis. En algunos casos, proporcionan la respuesta a más de una pregunta y los encontramos entonces en varios capítulos; de todos modos, solo su primera aparición conlleva una presentación detallada: es preferible, por tanto, una lectura lineal de la obra.
Este estudio se ocupa de un mundo donde el impreso y el libro están fuertemente presentes y son incluso invasivos, y desde muy temprano. Pensemos en el grito de espanto del gran bibliógrafo Conrad Gesner cuando, en la década de 1540, se afanaba por inventariar la producción impresa: res plane infinita est (‘la materia es absolutamente infinita’). (8)Nos enfrentamos pues a situaciones orales radicalmente diferentes de las consideradas por los antropólogos o los historiadores cuando estudian civilizaciones sin escritura o que apenas han accedido a esta. Por “la fuerza de las cosas”, lo escrito y lo oral están estrechamente ligados, y si tendiéramos a olvidarlo, no pocas realidades nos lo recordarían, como esas fotos, numerosas, que representan a un conferenciante o un profesor que se dirigen muy libremente a su auditorio, pero tienen notas desplegadas frente a ellos. Esos mismos documentos que corresponden a situaciones eminentemente concretas dejan entrever una división de funciones que se habría establecido entre lo oral y lo escrito, consagrada, al parecer, por la imprenta. La escritura –es sabido– no solo permitió la acumulación, la conservación y la transmisión de los conocimientos, sino que transformó los comportamientos cognitivos de los individuos y dio acceso a formas de razonamiento desconocidas para las sociedades sin escritura. (9)Sin embargo, en contra de la expresión de Victor Hugo, una cosa no mató la otra. Todo lo contrario. No faltan pruebas de la vitalidad fecunda que la oralidad poseyó en las más altas esferas de la civilización de la imprenta, de la confianza notable de la que disfrutó y del elevado valor cognitivo que se le reconoció. Y, lejos de disminuir, vitalidad, confianza y valor se incrementaron con el paso del tiempo. La escritura y la imprenta, al ocuparse, y cada vez mejor, del registro y la conservación de los conocimientos, ¿no le hicieron el juego a la oralidad, al permitir hablar sin que fuera necesario memorizar?
En este ensayo, para pensar la oralidad en la civilización de la imprenta, me ha sido de ayuda un texto que se remonta a la época clásica: el pasaje del Fedro de Platón en el que Sócrates, luego de relatar el mito de la invención de la escritura por el dios egipcio Theuth, afirma la superioridad del habla sobre el escrito y, por lo tanto, de la instrucción oral sobre la impartida por los libros.
Puesto que este conocimiento [mediante el escrito] tornará, en quienes lo hayan adquirido, olvidadiza el alma, porque dejarán de ejercer su memoria: en efecto, al confiar en lo escrito, rememorarán las cosas desde afuera, gracias a huellas ajenas, y ya no desde adentro y gracias a sí mismos. Has encontrado un remedio, por tanto, no para la memoria, sino para la rememoración. En cuanto a la instrucción, procuras a tus alumnos la apariencia y no la realidad: en efecto, cuando con tu ayuda rebosen de conocimientos sin haber recibido una enseñanza, parecerán aptos para juzgar mil cosas, cuando, en verdad, están casi siempre desprovistos de todo juicio; y serán además insoportables, porque han de ser hombres en apariencia instruidos, en vez de serlo realmente.
Lejos de fundar un saber auténtico, el escrito, mero recordatorio de las cosas tratadas, solo genera pues una ilusión de ciencia; en ese sentido, no vale más que la pintura que solo ofrece una apariencia engañosa de la realidad.
Los seres que esta [la pintura] alumbra tienen el aspecto de seres vivos, pero, de hacérseles alguna pregunta, ¡callarán, llenos de dignidad! Ocurre otro tanto, asimismo, con los escritos: se creería que el pensamiento anima lo que dicen; sin embargo, si se les dirige la palabra con la intención de esclarecerse acerca de uno de sus dichos, ¡se conforman con representar una única cosa, y siempre la misma!
De hecho, el escrito no es más que el “simulacro” de “otro discurso”, su “hermano”: el “discurso vivo y animado”. Y Sócrates muestra entonces los efectos fecundos del habla para la comunicación del saber, muy en particular cuando se da en la conversación entre el maestro y el alumno, esto es, en el diálogo:
… cuando mediante el uso del arte dialéctico y una vez tomada en nuestras manos el alma que es idónea para ello, plantamos y sembramos en ella discursos acompañados por el saber; discursos que son capaces de brindarse ayuda a sí mismos, así como a quienes los han plantado, y que, en vez de ser estériles, tienen en sí una semilla de la cual, en otras naturalezas, crecerán otros discursos, en condiciones de producir siempre, y de manera imperecedera, ese mismo efecto.
De tal modo, al escrito, simple reflejo de las cosas conocidas, se opone lo oral, modo por antonomasia tanto de la transmisión como de la invención del saber, e incluso de su perpetuación. (10)
La intención, al recordar estos pasajes del Fedro, no era esbozar un programa que consistiera en verificar, para el mundo intelectual de la época moderna y contemporánea, la tesis de un logocentrismo inmutable y eterno. Se haría así poco caso de muchos siglos de historia. Simplemente, encontré en ellos elementos estructurales capaces de permitirme explicar situaciones concretas de oralidad que yo estudiaba: ya se tratara de la voluntad de instaurar un cara a cara que está en el centro de las múltiples formas orales que describiré; de la búsqueda de un saber auténtico que inspira los numerosos debates sobre los méritos comparados de lo oral y lo escrito, o de la función de invención del saber que se ha asociado, a veces estrechamente, a la oralidad. En el camino, comenzó a plantearse con insistencia un interrogante: ¿no correspondía a una civilización que había sacralizado el escrito, pero que midió los límites del libro, otorgar al “discurso vivo y animado” el primer lugar en la comunicación del saber? En otras palabras: ¿la civilización de la imprenta, en sus más altas esferas, no será igualmente una civilización oral, que traduce con sus prácticas mismas una gran confianza en la fuerza cognitiva de la oralidad? Así, la historia intelectual de los siglos XVI a XX ratificaría el planteo general del lingüista Claude Hagège, para quien “la invención de la escritura […] no puso […] en entredicho el imperio de la oralidad”. Hay en el hombre, escribe Hagège, “una aptitud obstinada para el diálogo con su semejante, una vocación por practicar el intercambio. Empezando por el que funda todos los otros y los hace posibles, a saber, el intercambio de las palabras. Si el hombre es homo sapiens, lo es ante todo en cuanto homo loquens, hombre de palabras”. (11)Subiré la apuesta y mostraré que aptitud y vocación se conjugan con la convicción de una acción eficaz del diálogo, del intercambio de palabras en la comunicación del saber, no solo su transmisión sino también su invención. De ese modo resultará visible y manifiesta una “tecnología de la inteligencia” que la historia ha pasado por alto o ignorado. (12)
Durante los cuatro años consagrados a esta obra, me beneficié con numerosas ayudas, y tengo ahora el placentero deber de agradecer a todos los que facilitaron mis investigaciones: las instituciones que me recibieron –el Max-Planck-Institut für Geschichte de Gotinga y el Internationales Forschungszentrum Kulturwissenschaften de Viena– y los amigos y colegas que me indicaron documentos o me hicieron precisiones sobre situaciones con las que no estaba familiarizada. Quiero expresar mi profundo agradecimiento a quienes tuvieron a bien conversar de este trabajo y transmitirme sus observaciones: Peter Burke, Étienne François, Martin Gierl, Jack Goody, Huri Islamoglu, Françoise Jouffroy, Pierre Legendre, Alain Lemaréchal, David Olson, Orest Ranum, Daniel Roche, Jürgen Schlumbohm, Catherine Secrétan, Alain Supiot, Maria Gioia Tavoni y Hermann Wellenreuther. Tengo una inmensa deuda con Philippe Boutry, que me alentó vivamente en relación con este proyecto de investigación; con Anne-Christine y Gilles Pécout, que me cobijaron con su amistad fraternal y docta, y con Perry Anderson, que siguió el progreso de este libro con una rigurosa benevolencia.
1- Sigmund Freud, carta a Carl Gustav Jung, 2 de enero de 1910, en Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, Correspondance, ed. de William McGuire, trad. del alemán y el inglés de Ruth Fivaz-Silbermann, vol. 2, París, Gallimard, 1975, p. 10 [trad. esp.: Correspondencia, trad. de Alfredo Guéra Miralles, Madrid, Trotta, 2012].
2- Carlo Ginzburg, Il formaggio e i vermi: il cosmo di un mugnaio del ’500, Turín, Einaudi, 1976, p. xiii [trad. esp.: El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI, trad. de Francisco Martín, Barcelona, Península, 2001].
3- Gian Francesco Soli Muratori, Vita del proposto Lodovico Antonio Muratori…, Venecia, Giambattista Pasquali, 1758, p. 162.
4- Jules Michelet, Cours au Collège de France, vol. 1, 1838-1844, publicado por Paul Viallaneix con la colaboración de Oscar A. Haac e Irène Tieder, París, Gallimard, 1995, pp. 519-520; las bastardillas son nuestras. Sobre la actitud de Michelet en lo relacionado con la publicación de sus clases, véase ibid., pp. 57-58.
5- No faltan trabajos en este ámbito, aunque se consagren, salvo excepciones, a la elocuencia, el arte y el estilo del habla, y no a la oralidad. Volveré sobre este aspecto en el primer capítulo. Señalo, a título de ejemplos, dos estudios que no se limitaron a un enfoque de orden retórico: en el dominio jurídico, Gérard Cornu, Linguistique juridique, segunda edición, París, Montchrestien, 2000, en especial pp. 248-260, y en el dominio político, Patrick Brasart, Paroles de la Révolution: les assemblées parlementaires, 1789-1794, París, Minerve, 1988.
6- Valentine L. Telegdi, “Enrico Fermi”, en Edward Shils (comp.), Remembering the University of Chicago: teachers, scientists, and scholars, Chicago, University of Chicago Press, 1991, pp. 110-129, en p. 124, y Josette F. de la Vega, La Communication scientifique à l’épreuve de l’Internet: l’émergence d’un nouveau modèle, Villeurbanne, Presses de l’Enssib, 2000, pp. 151-152.
7- Hay una creciente bibliografía sobre las lecturas públicas y la divulgación científica. Señalo, a título de ejemplo, para el período temprano de la primera mitad del siglo XVIII, la obra de Alan Q. Morton y Jane A. Wess, Public and private science: The King George III Collection, Oxford, Oxford University Press, 1993; en lo que respecta a los ejemplos de orden literario, recuerdo la admirable edición crítica de las conferencias de Coleridge a cargo de Reginald A. Foakes: Samuel Coleridge, The collected works of Samuel Taylor Coleridge, tomo 5, vols. 1-2, Lectures 1808-1819 on literature, Londres-Princeton, Routledge and Kegan Paul-Princeton University Press, 1987. Sobre los salones parisinos de los siglos XVII y XVIII, esperamos el estudio de Antoine Lilti. [Ese estudio, publicado con posterioridad a la aparición del presente libro, es Antoine Lilti, Le Monde des salons: sociabilité et mondanité à Paris au XVIIIe siècle, París, Fayard, 2005. (N. del T.)].
8- Maria Cochetti, Repertori bibliografici del Cinquecento, Roma, Bulzoni, 1987, p. 13.
9- Los escritos principales en la materia son los de Jack Goody, en especial: “The consequences of literacy” (con Ian Watt), en Jack Goody (comp.), Literacy in traditional societies, Cambridge, Cambridge University Press, 1968, pp. 27-68 [trad. esp.: “Las consecuencias de la cultura escrita”, en Cultura escrita en sociedades tradicionales, trad. de Gloria Vitale y Patricia Willson, Barcelona, Gedisa, 1996, pp. 39-82]; The domestication of the savage mind, Cambridge, Cambridge University Press, 1977 [trad. esp.: La domesticación del pensamiento salvaje, trad. de Marco Virgilio García Pineda, Madrid, Akal, 1985], y The interface between the written and the oral, Cambridge, Cambridge University Press, 1987.
10- Platón, Phèdre, en Œuvres complètes, tomo 4, tercera parte, texto establecido y traducido por Léon Robin, París, Les Belles Lettres, 1954, pp. 87-92 [trad. esp.: Fedro, en Diálogos, vol. 3, trad., int. y notas de Carlos García Gual, Marcos Martínez Hernández y Emilio Lledó Íñigo, Madrid, Gredos, 1992, entre otras ediciones].
11- Claude Hagège, L’Homme de paroles: contribution linguistique aux sciences humaines, París, Fayard, 1986 [1985], pp. 9-10 [trad. esp.: El hombre de palabras: contribución lingüística a las ciencias humanas, trad. de Rodrigo Zapata Cano, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 2010].
12- Véanse las justas observaciones de Pierre Lévy, Les Technologies de l’intelligence: l’avenir de la pensée à l’ère informatique, París, La Découverte, 1990, pp. 16-17 [trad. esp.: Las tecnologías de la inteligencia: el futuro del pensamiento en la era informática, trad. de María Marta García Negroni, Buenos Aires, Edicial, 1999].
“Reflexionar sobre la historicidad de lo que constituye la trama de nuestra vida corriente”: esta invitación al estudio de la cultura y la civilización material (2) vale también, y a fortiori, para el de la vida intelectual. Sucede que aquí, en lo que fue durante mucho tiempo el reino exclusivo de las ideas, las “cosas triviales”, los objetos habituales y las prácticas corrientes apenas despertaron atención. Por añadidura, todo pasa como si, cuanto más nos elevamos en el mundo del espíritu, más perdieran las realidades materiales –historiográficamente, se entiende– el derecho de ciudadanía. Bastará con un ejemplo, el de un objeto que, no obstante, atrae automáticamente la mirada tan pronto como uno entra a un salón de clases o de conferencias: el pizarrón [tableau noir], que, por lo demás, hoy suele ser verde o blanco. Si la historia de esta herramienta pedagógica es conocida en el caso de la enseñanza primaria y secundaria, aún está casi íntegramente por escribirse en el de la enseñanza superior. (3)
La observación muy general que acaba de hacerse con referencia a una “ceguera” de la historia intelectual en lo tocante a los objetos y las prácticas corrientes exige, desde el comienzo, una doble corrección dictada por las enseñanzas recientes transmitidas por dos de las disciplinas aplicadas al estudio del mundo del espíritu: la historia de las ciencias y la historia de las universidades. En estos últimos años surgió una “nueva historia de las ciencias” fuertemente influenciada por la sociología y por la antropología cultural, y deseosa de “reintegrar el conjunto de las problemáticas históricas”, que ya no se propone únicamente la historia de las ideas y de los métodos, de las teorías y de los conceptos, sino que se interesa en las prácticas, los procedimientos y las organizaciones. De tal modo, esa “historia social y cultural de las ciencias” ha incluido en su campo epistemológico nuevos objetos, y para decirlo con más precisión, objetos que “hasta ese momento no se habían tomado en cuenta, ya fuera porque eran ‘invisibles’ para una historia que seguía siendo en principio una historia de las ideas […], ya fuera porque a menudo se los percibía como banales y carentes de nobleza”: de ahí la existencia de trabajos, ya muy numerosos, que se consagraron a las sociabilidades de la prueba, las tecnologías literarias y gráficas, los instrumentos y las máquinas, los lugares donde se construyen los saberes, los gestos realizados por los científicos, etc. (4) Movidos por las mismas influencias, historiadores de las universidades entraron a los salones de clase y a los laboratorios y, además de los reglamentos y los programas, las obras de los profesores y los planes de estudio ofrecidos a los estudiantes, tomaron en consideración nuevos objetos o, para decirlo con mayor exactitud, dirigieron nuevas miradas a los modos de transmisión y validación del saber y a los usos y comportamientos universitarios: de ahí estudios sobre las disciplinas tal como se las enseñaba realmente, las elecciones efectuadas por los estudiantes, los rituales de las tesis, etc. (5) Por otra parte, en su interés por prácticas usuales, por objetos invisibilizados e incluso por las “pequeñas herramientas del saber”, esos “nuevos” trabajos de historia de las ciencias y de las universidades rompieron con una “historia sin cuestionamiento” que, en el orden de la vida intelectual, exhibe los mismos rasgos que las historias de la vida cotidiana que, en relación con un lugar, un período o un grupo social, proponen catálogos de hechos, a menudo sólidamente establecidos, por lo demás, pero donde lo pintoresco, lo anecdótico y lo excepcional prevalecen sobre el análisis. (6) Dichos trabajos, al contrario, al observar prácticas y gestos individuales y colectivos, han procurado discernir las relaciones que los hombres mantienen con los objetos que los rodean y, por eso mismo, se afanaron en reconstruir el sentido que debe darse a un mundo intelectual que ya no se reduzca a un conjunto de textos ordenados a posteriori. Así, “cosas triviales” en el orden del saber se convirtieron en objetos de historia. En ese sentido, no resulta sorprendente que un “objeto” tan habitual como la oralidad haya podido permanecer invisible o no suscitar más que indiferencia.
Hablar es, en efecto, una de las cosas más comunes en el mundo intelectual, de la universidad y de la investigación. Si en la enseñanza secundaria el profesor destina el 66 % del tiempo asignado a su clase a hablar, en la universidad esa proporción se eleva al 90 %. (7) Esos porcentajes corroboran la descripción que los sociólogos dieron de la enseñanza superior como un “universo de lenguaje” y ratifican plenamente su constatación: “El profesor es alguien de quien podría decirse, con Platón: ‘no es un hombre, es una palabra’”. (8) Esa situación de hecho se convalidó oficialmente en Francia mediante el decreto del 6 de junio de 1984, que rige aún hoy para los profesores y catedráticos de la universidad, cuya única obligación estatutaria se expresa en cargas docentes, es decir en tiempos de habla o, para decirlo exactamente en el vocabulario administrativo: “192 horas anuales de trabajos tutelados o equivalentes”.
Múltiples testimonios dan fe del papel de la oralidad en el uso del tiempo de un “docente-investigador”. Citaremos, por su brevedad, el de un eminente matemático americano que, en el marco de una investigación sobre la comunidad científica, explicaba: “No investigo mucho en la universidad misma, pero sí hablo, enseño, voy a reuniones, etc. […] En promedio, paso cuatro días enteros por semana en la universidad, en clases, reuniones de departamento, seminarios, conferencias, etc.”. (9) Habría que contar además otras actividades orales, formales y excepcionales, como los coloquios, o informales y cotidianas, como las conversaciones en los pasillos, con un café de por medio o por teléfono. Respecto de este último aspecto, un estudio dedicado a un laboratorio universitario, tras enumerar el conjunto de las formas de comunicación, fuera cual fuese su ámbito –oficina, salón de reuniones, pasillo, cafetería, etc.–, estableció que el 38 % de los investigadores participan, en algún momento de la jornada, en una conversación cara a cara, ya se trate de un encuentro programado o producto del azar. (10) De manera empírica, cualquiera que haya frecuentado la Biblioteca Nacional de Francia (calle de Richelieu) recordará las horas que pasó en conversaciones en el pasillo central de la sala Labrouste o en las escaleras que llevan a la sala de catálogos. Para terminar, ya en el “umbral” mismo de muchos de los escritos, libros o artículos, desde la primera página o la primera nota, se nos introduce en un mundo de oralidad: el autor agradece a todos los que lo han ayudado, aquellos que, durante una conferencia, un coloquio, un seminario o una discusión amistosa, le han hecho observaciones o preguntas o le han dado consejos; en síntesis, aquellos que, mediante palabras, han contribuido al éxito de su trabajo.
Lo que se observa en el presente vale también para el pasado. Las actividades de habla cuentan mucho en los usos del tiempo intelectual. Bastará aquí con algunos ejemplos. Herman Boerhaave, cuya fama atraería a Leiden a estudiantes de medicina de toda Europa, dictaba a comienzos del siglo XVIII cinco clases por día cinco veces por semana, y a ellas se agregaba su célebre enseñanza clínica. (11) En el siglo siguiente, los profesores alemanes tenían una carga docente muy pesada, lo que llevó a un testigo extranjero a comparar la universidad del otro lado del Rin con una “inmensa máquina de lecciones”: se estaba allí en medio de la “ciencia hablada”, podía escribir dicho testigo en el informe de misión que redactó. (12) La invención de los coloquios internacionales introdujo otras oportunidades de habla, no solo la lectura de comunicaciones o informes seguida de comentarios o preguntas, sino también múltiples discusiones al margen de las actividades programadas. Se apreciará su medida si se lee esta carta de Niels Bohr, escrita desde Leiden, donde lo habían invitado a participar en un coloquio:
Después de mi conferencia de anteayer […], tuve una larga conversación con Lorentz […]. Tras ella, Ehrenfest y yo fuimos con Heike Kamerlingh Onnes a ver helio líquido, que él ha sido el primero en producir. […] Después hubo una reunión de físicos en lo de Ehrenfest, donde se discutieron ininterrumpidamente cuestiones relativas a la teoría cuántica durante toda la tarde y hasta el anochecer […]. Al día siguiente, el congreso continuó por la mañana y terminó por la tarde, tras lo cual tuve una larga conversación con el profesor Zernet de Gotinga. Por la noche […], al volver, tuve una larga charla filosófica con Ehrenfest hasta bastante tarde. Hoy, mantuve en primer lugar una conversación de cuatro horas con el profesor Burger, al que expuse mis puntos de vista, y después una charla similar con un tal señor Lenluwien, que se interesa en los espectros desde un punto de vista empírico. Aprendo mucho de todo eso. (13)
Si dejamos las alturas de la ciencia y descendemos a la vida estudiantil, comprobamos que los usos del tiempo conceden un gran papel a las actividades orales. Así, el joven Alexander Lesassier, estudiante de medicina en Edimburgo en los comienzos mismos del siglo XIX, anotaba en su diario:
A las nueve estoy en la clase del doctor Gregory. De diez a once escucho al doctor Hope hablar de química. De once a doce, al doctor Barclay sobre anatomía. A continuación, desde el mediodía hasta la una, estoy en el hospital [para asistir a la enseñanza clínica]. De una a dos, el célebre doctor Monro. De dos a tres, voy a casa y tomo un tazón de sopa. De tres a cuatro, las lecciones de mi tío sobre obstetricia. A continuación, de cuatro a cinco, cena. De cinco a seis y media, estudio y revisión de lo que he escuchado durante el día. Té poco después de las siete y vuelvo al hospital para hacer una ronda. (14)
Ya se hable o se escuche hablar, en el mundo intelectual se asigna una considerable carga horaria a múltiples actividades de habla. Por añadidura, el tiempo dedicado a ellas se acompaña de la viva sensación de su utilidad: “aprendo mucho”, escribe Bohr en la carta que citamos unas líneas antes, y los agradecimientos que se han mencionado son en sí mismos la prueba del beneficio que se extrae de un intercambio oral. Si hablar es pues algo trivial, también es algo valioso. De ahí el deseo de publicar los cursos de los maestros desaparecidos, y de ahí, también, la reivindicación, en algunos, de una alta dignidad de los hombres de palabras. Así, Paul Ricœur, en un artículo titulado “La parole est mon royaume”, declara desde el comienzo: “¿Qué hago cuando enseño? Hablo. […] La palabra es mi trabajo; la palabra es mi reino. […] Esta comunicación por la palabra de un saber adquirido y una investigación en movimiento es mi razón de ser: mi oficio y mi honor. […] Mi real y mi vida es el imperio de las palabras, las frases y los discursos”. (15) Ahora bien, ese vasto reino no ha sido objeto de historia: hasta el día de hoy permanece en gran medida inexplorado. ¿Por qué?
Ese desinterés no es privativo de los historiadores. Los lingüistas, si bien apuntan al lenguaje oral, hasta fecha reciente trabajaron exclusivamente sobre el escrito. Las explicaciones que Eliseo Verón ha dado de esta práctica competen tanto a la lingüística como a una condición general de las investigaciones en ciencias humanas: la necesidad de disponer de objetivos repetibles y estables; en otras palabras, escritos, como ha sido durante mucho tiempo. De todos modos, esas explicaciones no deben haber parecido del todo convincentes para el mismo que las enunció, porque sigue a ellas una observación tan elíptica como elocuente: “y probablemente también por otras razones”. (16) Como el lingüista, el historiador de la oralidad necesita documentos “estables”; también él se pregunta cómo captar lo inmaterial, y lo hace en términos mucho más agudos, dado que trabaja sobre el pasado, un pasado, además, con frecuencia muy remoto. En ese punto, antes de abordar el estado de las fuentes, se impone un recorrido historiográfico para intentar descubrir en el orden histórico esas “otras razones” invocadas por Eliseo Verón, para comprender por qué se otorgó al escrito un privilegio de hecho y por qué el objeto histórico bien real que es la oralidad en el mundo del saber no suscitó un interés a la altura del que se prestó a los textos escritos.
La “indiferencia” que los historiadores han mostrado a ese respecto sorprenderá mucho más por el hecho de que están en la primera fila entre los hombres de palabras. En su mayor parte se trata de docentes, y muchos de ellos, para limitarse al caso de Francia, comenzaron su carrera en los liceos. Ahora bien, de dar crédito a las Instructions de 1954, que en este aspecto repetían la opinión formulada por Ernest Lavisse medio siglo antes: “La de historia es, con la de filosofía, la clase donde el profesor más habla”. (17) Junto con las sugerencias que el ejercicio mismo del oficio de profesor podía inspirar, la investigación histórica, en algunas de sus orientaciones, métodos y problemáticas, habría podido dirigir la atención hacia formas y prácticas de la oralidad dentro del mundo científico e inducir a reflexionar sobre la historicidad de estas.
La historia oral experimentó, sobre todo desde la década de 1960, un desarrollo considerable. Por añadidura, quienes la practican, aunque solo sea para responder a algunos ataques, se han visto en la necesidad de interrogarse sobre la naturaleza y el valor del testimonio oral, así como sobre el papel desempeñado por el historiador, tanto en su búsqueda como en su tratamiento. El resultado de ello es una producción metodológica tan abundante como diversa: basta con pensar en las posiciones de Paul Thompson y Luisa Passerini. Sin embargo, esos trabajos, descriptivos o críticos, no han impulsado a los historiadores a emprender, respecto del pasado, el estudio de formas, situaciones y prácticas de oralidad en el mundo científico. Lo cierto es que la historia oral, debido a su fuerte compromiso “democrático” inicial –se trataba de dar la palabra a los “excluidos” de la historia, las clases populares, y luego las minorías étnicas y las mujeres–, no era propicia para interesar a quienes se dedicaban en general a la historia, empezando por los historiadores. Además, cuando las investigaciones tomaron por objeto a los “elegidos” de la historia –políticos desde los años treinta en los Estados Unidos, y más adelante hombres de ciencia–, o bien se apuntó al elogio, o bien se buscó únicamente completar lo que los documentos escritos no decían. Esta última tendencia, además, tuvo particular fuerza en Francia, donde, a diferencia de los países anglosajones, los historiadores se sintieron muy poco inclinados a ver en la historia oral una historia con todas las de la ley y optaron más bien por considerar las fuentes orales como fuentes “banales” que debían cotejarse con las escritas. (18)
En la historia oral, la recolección de las informaciones y los debates que suscita remiten a problemas, de orden similar, que movilizaron a antropólogos, etnólogos y sociólogos. En el marco de su trabajo sobre el terreno, estos han discutido ampliamente la búsqueda del testimonio y, con ella, las formas y los modos de la recopilación de datos y de la entrevista. La implementación de procedimientos de investigación extremadamente sofisticados se acompañó de ricos debates metodológicos referidos, entre otras cosas, a la actitud de un investigador que es a la vez “portaplumas” y “portavoz”. Los numerosos trabajos que fueron su resultado habrían podido estimular la atención de los historiadores hacia una oralidad persistente entre los científicos: en su trabajo de investigación, ¿no son el antropólogo, el etnólogo o el sociólogo, en buena medida, sujetos de oralidad? Esta misma bibliografía sobre la entrevista en ciencias sociales habría podido también invitar a realizar, con respecto al pasado, estudios sobre las prácticas orales de los hombres de saber. Que yo sepa, no ha sido en modo alguno así. Probablemente por razones bastante similares a las que se desprenden de la exposición precedente sobre la historia oral. (19)
El concepto de sociabilidad representa, en lo que respecta a mi tema, otra oportunidad fallida, quizás en razón misma de su tradición historiográfica y, más precisamente, del contenido que se le dio en su origen. Esta noción, tomada de la sociología, fue “puesta […] en el mercado del vocabulario histórico” por Maurice Agulhon a mediados de los años sesenta, en su estudio Pénitents et francs-maçons de l’ancienne Provence, donde se apuntaba a un doble objetivo: de historia social –estudiar las aptitudes asociativas en la Francia meridional– y de historia política, comprender el paso del Antiguo Régimen a la Revolución. La sociabilidad tuvo una fortuna extraordinaria: utilizada en un principio en lo concerniente a asociaciones voluntarias, se extendió a las formas de concurso espontáneo e incluso a todos los tipos de relación social. Por añadidura, la “importación” de los conceptos de civilidad y espacio público teorizados por Norbert Elias y Jürgen Habermas estimuló los estudios en la materia. Si los siglos XVIII y XIX fueron y siguieron siendo épocas privilegiadas, la noción invistió con éxito, hacia atrás, el tiempo de la revolución científica, y hacia adelante, el siglo XX de los intelectuales. De atenerse a los medios ilustrados y solo a ellos, el resultado fue una bibliografía considerable sobre los grupos institucionales o informales, su identidad, su estructuración, sus lugares, sus estrategias, sus modos de legitimación, su funcionamiento: una producción tan abundante como diversa que llevó no solo a un mejor conocimiento del mundo intelectual en su dimensión social, sino además a una relectura de las relaciones múltiples entre saber y poder. En esos trabajos, aptitudes asociativas de las personas y funciones políticas de los grupos se mantuvieron como los grandes ejes de interrogación. El habla –que constituye también el lazo social– jamás tuvo lugar en esas investigaciones; no lo tenía en un inicio y no lo encontró después. El consenso y las negociaciones para alcanzarlo fueron operaciones mudas, y las contadas generalidades que vemos aquí o allá sobre la conversación –entendida las más de las veces como arte, además– no pueden hacer las veces de interrogación sobre el tema. De hecho, hablar no era el problema ni llegó a serlo. (20)
Lo era o, al menos, figuraba en el orden del día de otras disciplinas con las que la historia hizo bastante más que codearse. Orality y literacy generaron, desde los años sesenta, una bibliografía sumamente abundante en los estudios clásicos, la antropología, la psicología y las ciencias cognitivas, (21) y eso sin contar las obras y los artículos, monográficos o de síntesis, que desde su título presentan estas dos palabras. Dichos trabajos se han ocupado principalmente de la “aparición” de la escritura, el ingreso a la escritura y las consecuencias culturales y cognitivas ocasionadas por esta nueva tecnología; a partir de culturas orales o situaciones de oralidad, se interesaron sobre todo en el paso de lo oral a lo escrito, la adquisición de la escritura y sus implicaciones, y, en consecuencia, prestaron muy poca atención a las formas y las prácticas orales que persistían una vez dado ese paso. Es cierto que, en el seno mismo de esas disciplinas, se hicieron oír advertencias en contrario. Se discutieron y revisaron juicios que relacionaban con la escritura el desarrollo de un pensamiento lógico y abstracto. (22) Se insistió en la complejidad de la palabra “oral” y se destacó su sentido doble de “no escrito” y “verbal”; se puso sobre aviso contra las polarizaciones sumarias y artificiales –oral/escrito– y se invitó a pensar esos fenómenos no en términos de oposición sino de coexistencia. En esta última perspectiva, se recordó que, en el mundo del escrito, la oralidad había conservado durante mucho tiempo, y conserva aún, vastos territorios. Así, Ruth Finnegan, después de señalar que con esas grandes oposiciones historiográficas entre lo oral y lo escrito se valora en poco la experiencia propia, prosigue:
En este enfoque por dicotomías, se ha considerado con frecuencia que el modo esencial de comunicación y transmisión en Europa Occidental, durante los últimos siglos, es la escritura (y más especialmente la impresión), tal vez con una tercera “nueva” fase de las comunicaciones electrónicas que reemplazarían al resto. Pero este modelo oculta muchas complejidades. Basta con mencionar la importancia persistente de la comunicación oral en el mundo moderno. (23)
No por ello deja de ser cierto que la palabra “oralidad” sigue definiéndose habitualmente por su oposición a lo escrito (basta con consultar un diccionario de la lengua: así, en la entrada “oral”, el diccionario Robert da como primera acepción “opuesto a lo escrito”); que remite en general a un estado de cultura anterior al representado por lo escrito, y, por último, que las sugerencias dictadas por la experiencia han sido letra muerta. Ni siquiera el concepto de “oralidad secundaria” forjado por Walter J. Ong en relación con los medios modernos de registro y difusión de la palabra humana impulsó a interrogarse sobre lo que pudo ser, antes de este nuevo estadio tecnológico, la oralidad en sociedades y medios que habían superado –y con mucho– la “oralidad primaria”. (24)
En una historia –aquí entendida como disciplina– que sigue siendo en gran medida una ciencia de las “sociedades de la escritura”, (25) los trabajos que acaban de mencionarse encontraron un lugar natural y acudieron en apoyo de estudios sobre la alfabetización de las sociedades tradicionales y, luego, de las clases populares. En la perspectiva progresiva que se adoptó, el dominio de la lectura y la escritura ganaba inexorablemente terreno con el tiempo. En virtud de un movimiento contrario y en consecuencia natural, la oralidad, por su parte, lo perdía, y en ese proceso ya solo aparecía por defecto: lo que todavía no había sido conquistado por el escrito. No debe sorprender en nada el hecho de que las formas de oralidad en el mundo del saber solo se hayan mencionado en muy contadas ocasiones. (26) Para terminar, en tanto que las conquistas de la escritura y la lectura podían datarse y medirse con precisión, la oralidad, aunque solo fuera por contraste, se convertía en un conjunto vago: impresión confirmada por la enumeración frecuente en una misma línea de prácticas de oralidad que, sin embargo, son muy diversas entre sí: las representaciones teatrales, el recitado de cuentos o poesías, las lecturas a la hora de acostarse, las oraciones y los sermones, las arengas políticas. (27)
Para los medios letrados, la oralidad distó de constituir un tema de estudios retrospectivos: en los casos en que se superaba la fase de la mera mención, se seguía adelante en dos direcciones. O bien las situaciones orales se consideraban como prácticas de sociabilidad y se las analizaba en cuanto tales: por ejemplo, la lectura en voz alta en la Europa moderna, (28) y en este punto son valederas las conclusiones precedentes sobre el tema de la sociabilidad. O bien –y esta es la tendencia dominante– los trabajos de historia literaria, en el linaje de estudios muy célebres sobre la poesía homérica, se dedicaban a buscar las marcas de oralidad en textos “literarios”. En estos estudios, que dan un gran lugar a los modos de composición, se manifiesta a veces una nostalgia por un habla viva ahora perdida, sentimiento fundamentalmente respetable pero que no puede hacer las veces de análisis histórico. (29)
Volvamos a las teorías de los antropólogos y los lingüistas acerca de los cambios cognitivos inducidos por el paso de lo oral a lo escrito: a pesar de críticas internas, dichas teorías se adoptaron en general como una vulgata. Un historiador, no obstante, las sometió a la prueba de los hechos. Keith Thomas tomó en consideración la Inglaterra de los años 1500-1700 y, en un estudio sólidamente documentado, llegó a conclusiones que son otras tantas correcciones o, por lo menos, matices que deben tenerse en cuenta. Lo que nos interesa aquí, más que los resultados concernientes a la adquisición de la lectura y la escritura, sus razones y sus consecuencias, es el modo de proceder. Rompiendo con una visión a priori de la noción de literacy, Thomas planteó desde el comienzo las siguientes preguntas: ¿qué significaba leer y escribir en la Inglaterra de los siglos XVI a XVIII? ¿Por qué adquirir esas competencias, y con qué efectos? La demostración lo llevó, entre otras cosas, a recordar, junto con el “potencial imperialista del escrito y el impreso”, el lugar conservado por la oralidad en todos los órdenes de la sociedad y todos los ámbitos de la vida. Respecto de la oralidad, y con pruebas que lo respaldan, Thomas señala que los analfabetos de la Inglaterra de la época moderna no vivían en una “oscuridad mental” y que, en su ignorancia de la lectura y la escritura, no podía tachárselos de “candidez intelectual” ni confundírselos con los miembros de sociedades puramente orales. Su artículo también abunda en enseñanzas metodológicas. El autor previene contra la importación mecánica, en un campo disciplinario, de nociones que se han construido en otra parte. Demuestra, mediante el análisis de prácticas orales extremadamente diversificadas, hasta qué punto es reduccionista ver en la oralidad el mero opuesto del escrito. Y se plantea la cuestión de la oralidad en el caso de todos aquellos que, sin estar en el terreno de la “oralidad primaria” ni de la “oralidad secundaria”, fueron relegados a una especie de limbo. (30) Como los doctos que constituyen el tema de mi libro. ¿Qué significaba para ellos la oralidad? ¿Qué lugar le asignaban? La oralidad de esa gente ya no es la de los analfabetos de la Inglaterra moderna, así como la oralidad de los analfabetos de la Inglaterra moderna no es la de los integrantes de sociedades sin escritura. Con referencia a quienes la practican, doy a esta oralidad el calificativo de “científica”, una forma cómoda de llamarla que no apunta al concepto.
Si bien por su oficio, por su estatus, por los conocimientos adquiridos mediante la investigación en ciencias sociales y por algunas orientaciones de su disciplina, los historiadores habrían podido sentirse en la necesidad de reflexionar sobre la historicidad de las prácticas orales de los doctos, no sucedió nada parecido. ¿Cómo explicar esa “indiferencia” por un objeto histórico que, sin embargo, era muy real? ¿Por qué investigadores que se ocupaban en gran medida de la oralidad no se interrogaron retrospectivamente sobre ese tema? Al parecer, las razones pueden relacionarse con tres órdenes de cosas: orientaciones de la investigación histórica que, por sus métodos, temáticas y problemáticas, no invitaban a tomar en cuenta un objeto semejante, cuando no lo excluían, al menos en forma implícita; el habitus profesional, comprendido aquí como el ejercicio del oficio de historiador y las condiciones “disciplinarias” de la actividad de investigación, y un clima epistemológico general, propio del mundo intelectual en su conjunto, que durante mucho tiempo compartió un prejuicio antirretórico y que comulga aún en la sacralidad reconocida al escrito. Esas razones, múltiples, también son, como lo veremos, variopintas y a veces antiguas, lo que no deja de explicar su arraigo. La exposición sucesiva que haremos de ellas no debe inducir a pensar en la existencia, entre estas, de un vínculo causal o jerárquico, y, sobre todo, no debe hacer olvidar las interacciones que se producen, por ejemplo, entre la práctica del historiador y sus “creencias” de intelectual. Por sí sola, “la configuración lineal de la lengua” (31) fuerza a enumerar, una tras otra, razones que participan de hecho de un sistema. Conviene, pues, pensar que esas diversas razones, lejos de sumarse sin más, acumulan sus efectos en una dinámica cuya descripción, forzosamente estática, no es más que una traducción empobrecida.
A partir de los años sesenta, lo cuantitativo irrumpió con fuerza en la historia y llegó a aparecer incluso como el modo de legitimación científica de la disciplina. (32) “En el límite […], solo hay historia científica de lo cuantificable”, escribía Emmanuel Le Roy Ladurie en 1973, retomando las palabras de Adeline Daumard y François Furet, que en 1959 habían dictaminado: “Científicamente, no hay otra historia social que la cuantitativa”. Pese a las reservas de algunos frente a una “ilusión de cientificidad” dada en apariencia por la cifra, la historia de los fenómenos culturales –para no ir aquí más allá de nuestro ámbito– midió, contó y cuantificó mucho, y el desarrollo de la informática favoreció enormemente su “embriaguez estadística”. Todo lo que podía ponerse en porcentajes se puso. El cuantitativismo constituyó así una de las grandes tendencias de la investigación histórica francesa hasta comienzos de la década de 1990, y, aun cuando haya habido un reflujo, la disciplina de la cifra dista de haber desaparecido de los trabajos de los historiadores. El escrito se prestaba particularmente bien a las enumeraciones: se contaron las signaturas, la producción de libros, los fondos de las bibliotecas y hasta las líneas, los blancos y los signos de los artículos periodísticos. En comparación, lo oral era mucho menos numerable, mensurable, cuantificable: a falta de materiales reducibles a series y porcentajes, se veía implícitamente relegado al universo opuesto y entonces deshonroso, el de lo descriptivo o, peor, lo cualitativo, cuando no era, como sucedía con frecuencia, lisa y llanamente ignorado. De modo que, cuando se contaron las formas orales de comunicación del saber, como las academias, y se elaboró la estadística de sus fundaciones, se cuantificó su reclutamiento y se cartografió su irradiación, no fue para tener una aproximación numérica a un fenómeno de oralidad reivindicada, sino para escribir una historia social de la cultura. (33)
El “retorno al relato” y un desplazamiento “de la cuantificación del grupo a lo individual”, “de lo analítico a lo descriptivo” y “de lo científico a lo literario”, para recordar las palabras del historiador inglés Lawrence Stone, habrían podido inducir la consideración de un objeto de orden cualitativo como la oralidad de las elites intelectuales. No sucedió nada de eso. En efecto, en una historia social que se procuraba reformular, los trabajos más ambiciosos –los de la microstoria italiana y la Alltagsgeschichte alemana– privilegiaron las realidades “de abajo”; en esa historia “a ras del suelo”, para citar la justa expresión de Jacques Revel, la “cotidianidad” de los intelectuales distó de encontrar su lugar. Por añadidura, esos trabajos se destacan por una reducción deliberada de la escala en el orden geográfico: se refieren a un espacio limitado, una aldea, una comunidad, un “fragmento minúsculo de territorio”. (34) En líneas más generales, este último rasgo –si bien no siempre tiene el alcance metodológico y casi experimental postulado por los microhistoriadores– podría caracterizar una buena parte de la producción histórica contemporánea: a la hora de la europeización y la globalización, los horizontes geográficos se reducen de buena gana –y tienen al Estado nacional como uno de los principales marcos–, y no siempre existe la certeza de que un comparatismo fundado en una pequeña cantidad de ejemplos equivalga a una visión global. Además, de observar la misma producción, se deduce que las cronologías adoptadas son más bien breves y el siglo constituye en muchos casos un límite del que no siempre se sabe si lo dictan la naturaleza misma del tema o recortes del campo universitario. Si se excluyen los manuales –a veces obra de varias manos– y las obras enciclopédicas del tipo de la Cambridge history
