Hambre de patria - Juan Francisco Fuentes - E-Book

Hambre de patria E-Book

Juan Francisco Fuentes

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Los grandes protagonistas del exilio republicano se mostraron muy críticos con su propia actuación hasta la Guerra Civil y desarrollaron un intenso sentimiento españolista, que cada cual expresó a su manera. Incluso antiguos rivales en el campo de la izquierda coinciden en expresar el temor de no volver a España. «Me aterra […] el tener que dejar aquí mis huesos», le dirá Prieto a su compañero del partido socialista, De los Ríos, en una carta de 1946. Hambre de patria es una historia de la diáspora republicana a partir de los testimonios de muchos de quienes la padecieron. Aquí se exponen los sentimientos más íntimos de los exiliados, escondidos muchas veces en cartas que solo leyeron sus destinatarios de entonces. De sus recuerdos y testimonios, también de sus reproches mutuos, emerge una imagen que nada tiene que ver con la idealización de la República, criticada por algunas de sus figuras más notables por su falta de realismo y de sentido histórico. Esa revisión autocrítica de la España de los años treinta —«la republiqueta de 1931», según Sender— lleva a esbozar un proyecto político para una nueva España, sin exclusiones ni sectarismos, reconocible en la democracia nacida en la Transición.

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Seitenzahl: 339

Veröffentlichungsjahr: 2025

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JUAN FRANCISCO FUENTES

es miembro de la Real Academia de la Historia, del Colegio Libre de Eméritos y catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense. Ha sido profesor visitante en las universidades de Harvard, Université de Paris 3-Sorbonne Nouvelle, Sciences Po (París) y London School of Economics.

Es autor de más de un centenar de artículos en revistas especializadas, de numerosas colaboraciones en prensa y de una veintena de libros, referidos a sus principales temas de investigación: la biografía política e intelectual, la Transición democrática española y la historia de los conceptos y los símbolos políticos en el mundo contemporáneo.

Destaca su labor de alta divulgación en instituciones culturales del mayor prestigio, como la Fundación Ramón Areces, la Cátedra Economía y Sociedad de la Fundación La Caixa, CaixaFórum y la Fundación Mutua Madrileña.

Los grandes protagonistas del exilio republicano se mostraron muy críticos con su propia actuación hasta la Guerra Civil y desarrollaron un intenso sentimiento españolista, que cada cual expresó a su manera. Incluso antiguos rivales en el campo de la izquierda coinciden en expresar el temor de no volver a España. «Me aterra […] el tener que dejar aquí mis huesos», le dirá Prieto a su compañero del partido socialista, De los Ríos, en una carta de 1946.

Hambre de patria es una historia de la diáspora republicana a partir de los testimonios de muchos de quienes la padecieron. Aquí se exponen los sentimientos más íntimos de los exiliados, escondidos muchas veces en cartas que solo leyeron sus destinatarios de entonces. De sus recuerdos y testimonios, también de sus reproches mutuos, emerge una imagen que nada tiene que ver con la idealización de la República, criticada por algunas de sus figuras más notables por su falta de realismo y de sentido histórico.

Esa revisión autocrítica de la España de los años treinta –«la republiqueta de 1931», según Sender– lleva a esbozar un proyecto político para una nueva España, sin exclusiones ni sectarismos, reconocible en la democracia nacida en la Transición.

HAMBRE DE PATRIA

Juan Francisco Fuentes

HAMBRE DE PATRIA

La idea de España en el exilio republicano

 

 

Hambre de patria

La idea de España en el exilio republicano

© 2025, Juan Francisco Fuentes Aragonés

© 2025, Arzalia Ediciones, S. L.

Calle Zurbano, 85, 3.º-1. 28003 Madrid

Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea

ISBN: 978-84-19018-75-5

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.

Producción del ePub: booqlab

Índice

Prólogo

1. La guerra civil como profecía autocumplida

2. Culpa, fatalidad, nostalgia

3. La España peregrina: destierro, patria y literatura

4. Max Aub, La gallina ciega y el exilio irredento

5. Epistolarios del exilio: entre el psicodrama y la catarsis

6. Vislumbres de la Transición. Un nuevo lenguaje para una nueva España

7. Del «patriotismo del dolor» al nacionalismo del exilio

8. Epílogo: manual de transiciones

Notas

Fuentes y bibliografía

 

 

A mi gran amigoJavier Fernández Sebastián

 

 

«Doquiera que estamos lloramos por España;que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural. (…)No hemos conocido el bien hasta que le hemosperdido (…) y agora conozco y experimento lo quesuele decirse: que es dulce el amor de la patria».

MIGUEL DE CERVANTES: Don Quijote de La Mancha,Capítulo LIV, «Que trata de cosas tocantesa esta historia y no a otra alguna».

«¡Nuestra patria! Negar afecto a ella pertenece en cierto modo a una especie de demagogia universalista,sin auténticas raíces. Si entre nosotros alguien creyó no profesárselo, la expatriación le habrá sacado del engaño. Todos sentimos en el áspero destierro, ademásde hambre de justicia, hambre de patria».

Mensaje de Indalecio Prieto al IV Congreso del PSOE en el exilio (1950)

Prólogo

Hambre de patria es una versión adaptada y ampliada de mi discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia el 24 de noviembre de 2024, titulado Numancia errante. La idea de España en el exilio republicano. Me ha parecido que la fórmula que utilizaba entonces para encabezar aquel texto, Numancia errante, aunque bellísima, hacía difícil la identificación del contenido de este ensayo por parte de un público más amplio que aquel al que iba destinado mi discurso. Hay algunas dudas además sobre la autoría de la expresión, atribuida a varias figuras del exilio, aunque yo me inclino a creer que el primero en utilizarla fue el socialista Luis Araquistáin, en una carta escrita en el otoño de 1955. Fue otro miembro histórico del PSOE, nada menos que Indalecio Prieto, quien en 1950, en un mensaje al congreso del partido que iba a celebrarse en Francia, aludió al «hambre de patria» que sentían los socialistas españoles tras más de una década de emigración forzosa. Elegí esta expresión para titular el libro no solo por reflejar un sentimiento muy representativo de la experiencia y de los ambientes de la diáspora republicana, sino por mostrar la importancia que la idea de España tendrá como factor desencadenante de un proyecto político para el futuro.

Lo uno llevará a lo otro. Una reflexión angustiada, saturada de nostalgia, sobre España y su pasado, pero también sobre los errores cometidos en los años treinta, derivará en la búsqueda de fórmulas políticas que hagan posible la libertad y la convivencia cuando la historia les dé a los españoles una nueva oportunidad. Los testimonios que el lector encontrará en estas páginas resultan abrumadores y en mi opinión convenía recuperarlos para que ejercieran una sana influencia en algunos debates que marcan en gran medida la agenda pública en la España del siglo XXI. El relativo a la llamada memoria histórica, en primer lugar. Muy pocos de los principales dirigentes de la izquierda en el exilio estaban pensando en volver a la casilla de salida mediante una restauración de la República del 14 de abril, que muchos de ellos daban ya por finiquitada antes de la Guerra Civil; algunos ni siquiera aspiraban a la instauración de una nueva república. Ya en los años cuarenta se fue abriendo paso la idea de un Gobierno de transición «sin signo institucional» —es decir, ni monárquico ni republicano, al menos de momento— y la posibilidad, en una segunda fase, de un plebiscito sobre la forma de gobierno. Con el paso del tiempo, se irá renunciando progresivamente no ya a una restauración exprés de la república, sino incluso al sometimiento de la monarquía a una consulta popular. Como dirá Largo Caballero en un texto escrito poco antes de morir en París, en marzo de 1946, lo importante era la libertad, «luego que le ponga cada cual el nombre que quiera».

Conviene precisar que en general la izquierda obrera fue más proclive que el republicanismo histórico a esa especie de democracia a la carta, en la que cada uno podría reconocer una parte de su ideario a cambio de renunciar a su programa máximo. Para la mayoría de los dirigentes socialistas, la recuperación de la libertad y el fin del exilio no podían subordinarse a una restauración republicana que exigía un esfuerzo suplementario, probablemente condenado al fracaso, en la lucha contra Franco. Para los republicanos, por el contrario, la república era, por razones comprensibles, irrenunciable, aunque un dirigente de la importancia de Claudio Sánchez Albornoz se mostrara dispuesto a cambiar república por democracia. Como refrendo simbólico y sentimental a la monarquía parlamentaria surgida de la Transición cabe considerar la foto de Dolores Rivas Cherif, viuda de Manuel Azaña, saludando a los reyes Juan Carlos I y Sofía en la embajada española en México en noviembre de 1978. Los abundantes testimonios del último Azaña recogidos en estas páginas dan un especial significado a aquel saludo afectuoso, con el que Dolores Rivas quiso seguramente, además de corresponder al cariñoso gesto de los reyes, respaldar la nueva democracia española desde la legitimidad histórica que personificaba como viuda de Azaña. La foto de aquel encuentro, difundida inmediatamente por la prensa española, era la mejor prueba de que la reconciliación era posible, no solo entre personas de buena voluntad, sino entre instituciones históricamente enfrentadas unidas en un deseo compartido de libertad y concordia. Era la expresión de aquel «asenso común» —lo que nosotros llamamos consenso— que, según Azaña, le había faltado a la Segunda República. No cabía mejor interpretación de su legado político y moral.

Ese legado inspira en gran medida este libro, que en algún lector puede provocar cierta sorpresa e incomodidad. El propio Azaña fue consciente de que sus declaraciones públicas y privadas, en artículos y cartas particulares, posteriores a la derrota en la guerra habían «escandalizado a algunos buenos amigos». Hoy tal vez causen mayor escándalo, en la medida en que sus postulados de entonces chocan frontalmente con una visión idealizada de la Segunda República que ni él ni muchos dirigentes de la izquierda en el exilio compartirían ni comprenderían. Baste recordar que el expresidente de la República advirtió de los peligros que entrañaba eso que él llamó una «memoria putrefacta» y que, frente a la tentación de repetir una experiencia histórica fallida, convocó a los españoles del futuro a «fundar algo nuevo, quemando no solamente las bambalinas y los bastidores, sino la letra y la solfa de las representaciones caducadas». Tal vez la mejor forma de honrar al régimen que presidió y a él mismo como su principal inspirador sea seguir el consejo que dio a las generaciones venideras y aprender la lección de «la musa del escarmiento».

Al texto original de mi discurso de ingreso le he añadido un primer capítulo que no figuraba en él y que he titulado «La guerra civil como profecía autocumplida». Recoge ideas y materiales en los que vengo trabajando desde hace años sobre el uso del concepto en la España contemporánea y el mito en que se convirtió muy al comienzo de la Revolución liberal: la creencia de que una guerra civil no era una catástrofe, sino, como dijo un diputado liberal en 1821, «un don del cielo». He presentado versiones previas de este ensayo, con un enfoque relativamente distinto al que tiene ahora, en algunos seminarios y revistas. La más elaborada fue un texto en inglés que se discutió en el grupo de investigación avanzada From Empire to Nation: The Making of Modern Nations in the Crisis of the Atlantic Empires (17th-20th Centuries) que dirigí en el Real Colegio Complutense en Harvard (Cambridge, Massachusetts) en el verano de 2010. Mi intervención en uno de los seminarios del grupo se tituló «Belle Époque: Myth and Concept of Civil War (Spain, 1898-1939)» y se publicó, ampliada, corregida y traducida al español, en Revista de Occidente en octubre de 2013.

Hay algunos fragmentos e ideas también en las voces «Guerra civil» que redacté para el Diccionario político y social del sigloXXespañol (Alianza Ed., 2008) y en el Diccionario de símbolos políticos y sociales del sigloXXespañol (Alianza Ed., 2021), codirigidos con Javier Fernández Sebastián y José Carlos Rueda Laffond, respectivamente. En el primer caso abordaba el concepto y en el segundo su huella en la iconografía y el imaginario colectivo de la España contemporánea. Al lector le sorprenderá ver que durante décadas la guerra civil fue más popular, y hasta más deseada, que la paz y no digamos que los pactos. En la voz del Diccionario de símbolos planteaba además una idea que retomo al final del primer capítulo de este libro: que Eloísa está debajo de un almendro, la célebre comedia de Enrique Jardiel Poncela estrenada en Madrid en 1940, podría ser una metáfora de la guerra y una forma amable de representar el trauma de los supervivientes.

En el tránsito de la versión original de mi discurso de ingreso en la RAH al libro que el lector tiene en sus manos se han ampliado algunos pasajes, se han corregido otros y se ha suprimido la primera parte, dedicada, como es costumbre y obligada cortesía, a evocar al académico que me precedió en la medalla número 34 de la Academia que hoy tengo el honor de ostentar: el profesor Miguel Artola Gallego, maestro de varias generaciones de contemporaneístas españoles. Era difícil que el azar, siempre caprichoso en la sucesión de vacantes académicas, fuera más generoso conmigo y me hiciera más grato el protocolario elogio a mi predecesor, tanto por su brillante ejecutoria intelectual, que le mereció el Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales en 1991 y el Premio Nacional de Historia en 1992, entre otros reconocimientos, como por los temas e inquietudes que marcaron su larga y prolífica trayectoria historiográfica. Que sea su hijo Ricardo, director de Arzalia, quien publique este libro es otra feliz circunstancia, completamente inesperada, derivada de mi ingreso en la RAH y de la vacante que he tenido el honor de cubrir. Agradezco enormemente a Ricardo Artola su inmediato interés por mi discurso, diría que desde el momento mismo en que escuchó la versión, muy abreviada, que leí en mi recepción por la Academia de aquel texto titulado Numancia errante. La idea de España en el exilio republicano. Tardó muy poco en convencerme de la oportunidad de convertirlo en libro tras ampliar y adaptar el original según los sabios criterios que me sugirió Ricardo. La dedicación y el entusiasmo que ha puesto en este proyecto me han llevado a trabajar en él con la ilusión y el empeño necesarios para no defraudar su fe contagiosa en el libro.

Su publicación ha sido posible gracias a la autorización que la Real Academia de la Historia me concedió para que mi discurso de ingreso viera la luz en formato editorial, de manera que su contenido pueda llegar a un público lo más amplio posible. Agradezco muy especialmente a la directora de la RAH, Carmen Iglesias, y al secretario académico, Feliciano Barrios, el afecto, el apoyo y las facilidades de todo orden que me han dispensado desde mi elección en marzo de 2024. Quiero expresar asimismo mi infinita gratitud a los tres académicos que presentaron mi candidatura, los profesores Luis Ribot, Octavio Ruiz-Manjón y Juan Pablo Fusi, y al pleno de la Academia por votar favorablemente mi ingreso. Mi agradecimiento también al personal de la Academia, en particular a Isabel Ucendo y Ana de Quinto, por su permanente amabilidad y eficiencia.

Con Hambre de patria espero corresponder a todos aquellos amigos, colegas, conocidos y desconocidos que tras leer mi discurso me sugirieron, en algunos casos, con una insistencia irrechazable, la conveniencia de dar la mayor difusión posible a las enseñanzas que de él se desprenden. Así lo aconsejaban tanto razones de actualidad nacional que a nadie se le ocultan como la necesidad de contrarrestar una preocupante tendencia a sustituir el pasado que fue por el que a algunos les hubiera gustado que fuera. La labor del historiador no es escribir cuentos de hadas. Por eso me parecía, y les pareció a muchos lectores de mi discurso, que había que devolver la voz a quienes protagonizaron esta historia, aun a riesgo de que, como le pasó al último Azaña, sus testimonios escandalicen a quienes hoy pretenden ser los custodios de una memoria que ni les pertenece ni en muchos casos conocen.

JUAN FRANCISCO FUENTESMadrid, julio de 2025

1

La guerra civil como profecíaautocumplida

… dijo que doquiera se presentase el despotismose le debía atacar abiertamente, sin que nos arredrasela idea de la guerra civil, pues entonces la guerra civilera un don del cielo que preservaba a los hombresde un mal que con nada puede compararse y quees peor que la misma muerte.Esto es lo que dijo el orador de la Fontana, y tuvo razón.

«La guerra civil es un don del cielo», El Zurriago, núm. 5, 1821

Con los nombres de Duelo a garrotazos y La riña, y antes Dos forasteros y Dos boyeros, se conoce una obra pintada por Francisco de Goya en 1819-1823 para su casa de la Quinta del Sordo que muestra a dos jóvenes de apariencia rústica golpeándose el uno al otro con un garrote o bastón en un paraje solitario. La escena se suele interpretar como metáfora de una fatalidad histórica que condenaba a los españoles a un enfrentamiento sin fin, como el de los dos protagonistas, representados con las piernas semienterradas para que no pudieran escapar a su destino y dejar de pelearse. Esta visión retrospectiva de su significado pasa por alto el hecho de que la tierra que los cubría hasta las rodillas se incorporó al cuadro mucho después de que fuera pintado por Goya como una forma de disimular los desperfectos que sufrió con el paso del tiempo. En la versión que decoraba una de las plantas de la Quinta del Sordo, los personajes tenían sus piernas a la vista y libraban su combate en un llano enmarcado por un agreste paisaje montañoso. Así fue fotografiada la obra por el francés Jean Laurent hacia 1873, cuando se encontraba todavía en la antigua casa de Goya junto a las demás Pinturas negras, de parecida factura. Fue su traslado al Museo del Prado lo que le dio su morfología actual y el título por el que es conocida desde 1900, al consignarse así en el primer catálogo de la pinacoteca: Duelo a garrotazos.

El devenir de la historia de España pareció respaldar la interpretación más tremendista de la escena, aquella que vio en los dos personajes la encarnación de un destino colectivo marcado por los enfrentamientos entre bandos irreconciliables, ya fueran los patriotas y los afrancesados en la guerra de la Independencia o los liberales y los absolutistas durante el reinado de Fernando VII. Afrancesado primero y liberal después, el pintor conocía, y padeció, muy de cerca una realidad que pudo inspirar en él una vaga idea de la predestinación del pueblo español. Los acontecimientos posteriores, sobre todo las guerras carlistas del siglo XIX, hicieron el resto y cuando un restaurador anónimo añadió esa porción de tierra, metáfora de un país amarrado a su destino, su significado cambió para siempre. Era difícil no ver en la obra una advertencia del pintor a sus futuros compatriotas —esto es lo que sois; esto es lo que hay—, no solo por el carácter fratricida de aquella lucha feroz, sino por la sensación de fatalidad que transmite la imagen desde que pasó de las paredes de la Quinta del Sordo a su exhibición pública en el Prado, ya con la tierra aprisionando las extremidades de los dos duelistas.

Se trataba, pues —todo parecía indicarlo así—, de un rito ancestral que permitía resolver por la violencia un pleito que no admitía ni conciliación ni acuerdo. Definitivamente, con esa tierra de más que condenaba a los protagonistas a no moverse del lugar que les servía de palestra, Duelo a garrotazos solo podía ser la genial premonición de las guerras civiles que se sucedieron después de que Goya muriera en el exilio en 1828. Así vieron el cuadro, como la expresión de un inevitable fatum, aquellos españoles del siglo XX que lo contemplaron en su ubicación actual o que se fijaron en él cuando, con frecuencia, ha sido reproducido como una profecía que fue cobrando fuerza a medida que se sucedían las guerras, los pronunciamientos militares y los exilios. Era el trágico destino al que aludirá la dirigente anarquista Federica Montseny en julio de 1938, al cumplirse dos años del comienzo de la última contienda: «Una vez más, España fue esclava de su sino: nada ha podido hacerse en esta tierra nuestra sin sangre».1 Una sangre vertida en guerras y revoluciones que sería el peaje insoslayable de la libertad y del progreso conseguidos en un proceso siempre convulso.

Goya no fue el único español que a principios del siglo XIX tuvo el presentimiento de que la discordia y el enfrentamiento civil marcarían el futuro de España. En una de las primeras sesiones de las Cortes de Cádiz, el diputado liberal Diego Muñoz Torrero señaló que «el pueblo español ha[bía] detestado siempre las guerras civiles, pero quizá tendría desgraciadamente que venir a ellas»,2 y por las mismas fechas el escritor y periodista Bartolomé José Gallardo dejó para la posteridad un vaticinio estremecedor: «Hace mucho tiempo», escribió en 1812, «que veo levantarse de entre las ruinas de la Patria la hidra de la guerra civil, alimentada especialmente por los que se oponen a las reformas útiles, en el nombre de Dios. (…) Yo no he dudado nunca de que triunfaremos de los franceses; pero de nosotros mismos ¿triunfaremos?».3

Llama la atención que en aquel momento, en el fragor de la lucha contra el ejército napoleónico, pudiera presentirse el rumbo que tomaría la historia de España a partir del estallido de la primera guerra carlista en 1833. Pero aún sorprende más que, frente al tono dolorido de Gallardo, hubiera quien pensara en la guerra civil no como una tragedia al acecho, sino como un remedio expeditivo ante los problemas que planteaba el tránsito del Antiguo al Nuevo Régimen en España. Tal sería el sentido de la frase que pronunció en 1821 el diputado Juan Romero Alpuente en una acalorada sesión en La Fontana de Oro, el club liberal que daría título a una novela de Galdós medio siglo después: «La guerra civil es un don del cielo». Sus palabras provocaron el escándalo de los sectores moderados del liberalismo y el entusiasmo de sus oponentes, los llamados «exaltados», ala izquierda del constitucionalismo que abogaba por una especie de jacobinismo a la española. Mientras El Censor, portavoz de los primeros, condenó «tan atroz expresión»,4 su principal rival, El Zurriago, la jaleó como recordatorio de una obviedad: que había que combatir el despotismo por todos los medios, incluidos aquellos que rechazaban los más timoratos.

El hecho es que, tomada como realidad o metáfora, la guerra civil era el símbolo de una política de todo o nada que excluía cualquier posibilidad de pacto de no agresión con el adversario, eso que en el lenguaje de la época se llamó pastel o pasteleo, fruto nefando de cualquier transacción que supusiera renuncia a aplicar el programa máximo de la revolución. De ahí el celebrado mote de Rosita la Pastelera que El Zurriago le puso al ministro liberal Francisco Martínez de la Rosa, bestia negra de los exaltados, que lo veían demasiado propenso a pastelear con los enemigos del liberalismo. Era justo lo contrario de lo que había que hacer. Por si alguien tenía dudas, el propio periódico lo aclaró en unos versos publicados a finales de 1821: «¿Quieres, liberal, eternizar tu memoria? / Pues haz guerra y tendrás gloria».5 Lejos de ser la catástrofe que los más pusilánimes veían en ella, la lucha sangrienta, con las armas en la mano, era una solución encomiable cuando estaba en juego la libertad de un pueblo.

Aunque la frase de Romero Alpuente pudo tener un origen foráneo —«La guerre civile est quelquefois un grand bien», había escrito Mably en Des droits et des dévoirs des citoyens (1789)—, se suele considerar una ocurrencia personal del diputado aragonés, que habría querido dar una expresión rotunda, sin ambigüedades ni medias tintas, a un sentido justiciero de la historia, una suerte de guerracivilismo avant la lettre justificado por la fuerza inusitada del absolutismo español. Como ocurrió con el cambio que experimentó el cuadro de Goya con el paso del tiempo, los acontecimientos posteriores fueron modelando a su imagen y semejanza la consigna lanzada por Romero Alpuente en 1821 y, en cierta forma, confirmaron algo que el orador anticipó entonces: que en España la suerte de la revolución estaba unida a la guerra, un vínculo esbozado ya en 1808, cuando la lucha contra el invasor desencadenó un proceso revolucionario que en otras condiciones hubiera sido impensable.

A partir de 1833, las guerras carlistas, resueltas con la victoria liberal, refrendaron el mito revolucionario de la guerra como gran desatascador de la historia de España y genuina manifestación de la idiosincrasia nacional. Esta última idea resultaba muy atractiva en tiempos en que triunfaba en Europa una visión caracterológica de los pueblos alimentada por el Romanticismo, entonces en boga. Guerra civil, corridas de toros, procesiones religiosas, matanzas de frailes, curas trabucaires… Todo servía para forjar una imagen de España que hacía las delicias del público europeo y que encontramos, por ejemplo, en la crónica de un viajero francés que visitó nuestro país en plena carlistada, poco después de la muerte de Fernando VII: «¡Pueblo elegante y feroz, que hace compatibles el baile y la guerra civil y para quien la muerte y la danza tienen el mismo encanto!».6 Era la pieza que faltaba en el puzle de la España eterna, el engarce entre las viejas tradiciones y las nuevas formas de violencia, un totum revolutum que mezclaba los autos de fe, la tauromaquia, la guerrilla, los pronunciamientos militares y los estallidos de furia anticlerical. Colocada en medio de esa liturgia sangrienta con que dirimían sus diferencias los españoles, la guerra civil devenía así en una versión actualizada de la fiesta nacional, un espectáculo de insuperable verismo que despertaba el interés morboso de la Europa romántica.

A partir de mediados de siglo, con la consolidación del régimen liberal y la modernización material del país, por modesta que fuera —ferrocarriles, industria, ensanches urbanos…—, perdieron fuerza los estereotipos románticos sobre España como país refractario al progreso y a la libertad. Otra cosa era (re)conocer su contribución a la historia del liberalismo universal —la propia palabra había nacido en el Cádiz de las Cortes—, al despertar del sentimiento europeísta y a su concreción política en una Europa federal. «Los Estados Unidos de Europa, que son el ideal de nuestro siglo, pueden y deben comenzar en España»: así lo proclama un manifiesto del republicanismo español en 1869.7 Treinta años antes, un escritor asturiano, Juan Francisco Siñeriz, publicaba una Constitución europea, con cuya observancia se evitarán las guerras civiles, las nacionales y las revoluciones y con cuya sanción se consolidará una paz permanente en Europa (Madrid, 1839). Puede que la conciencia de pertenecer a un país con tendencias autodestructivas explique esta visión de la unidad europea como antídoto frente a las «guerras civiles [y] las nacionales», entre pueblos con un común sustrato geográfico e histórico entregados a la práctica de un cainismo recurrente. Este europeísmo temprano, lo mismo que la consolidación del Estado liberal y el cambio material y cultural que se produjo a su sombra, demuestra que nuestro siglo XIX fue algo más que una sucesión de guerras, golpes militares y fracasos colectivos.

Pero si aquellas décadas dejaron un balance inequívocamente positivo respecto al punto de partida, el desastre del 98 provocó una ola de pesimismo incontenible en unas élites políticas e intelectuales que vieron la pérdida del imperio como síntoma de una decadencia tal vez irreversible. Joaquín Costa pensó dedicar al asunto un ensayo de título elocuente: Si España posee aptitudes para ser una nación moderna.8 El proyecto, que figura en una carta suya de 1908, responde a un estado de opinión muy generalizado en el cambio de siglo, tanto en la oposición al régimen canovista como en los medios oficiales, a los que pertenecía el político conservador Francisco Silvela, que se convirtió en presidente del Gobierno apenas unos meses después de publicar, en agosto de 1898, un resonante artículo titulado «Sin pulso». Llama la atención que las élites dirigentes fueran las primeras en alentar el pesimismo más exacerbado y una especie de caza de brujas generalizada en busca de responsabilidades por lo sucedido en la guerra de Cuba. Por lo mismo, sorprende que el periódico El Socialista, que tenía muchos más motivos para ello, calificara de «dañoso» el pesimismo imperante, y en particular la posición adoptada por Joaquín Costa ante el Desastre.9 Es interesante, y no carece de lógica, el razonamiento que opone El Socialista a los argumentos del escritor aragonés y a los de tantos otros como él, que solían recrearse en un fatalismo histórico desmentido por la realidad. En efecto, a pesar del mal gobierno, afirmaba El Socialista:

España no ha retrogradado, antes al contrario, aunque lentamente, ha dirigido su rumbo por el camino del progreso.

Si no fuera así, no habría aumentado la población española en el último siglo cerca de 8.000.000 de almas; si hubiera caído tan abajo nuestro pueblo como se da a entender, no tendría grande industria, y hoy la tiene en Cataluña, en Vizcaya, en Asturias y comienzos de alguna importancia en otras regiones; si no hubiésemos alcanzado de un siglo acá bastante más instrucción, el clero nos dominaría fácilmente (…); si la masa obrera fuese tan ignorante como era a principios y aun a mediados del siglo pasado, iría a remolque de los defensores del absolutismo o de los partidos burgueses (…); si verdaderamente hubiésemos degenerado, España no existiría ya como nación.

Parecía el mundo al revés. Mientras el portavoz del socialismo español presentaba a España avanzando «por el camino del progreso», destacadas figuras del establishment político dibujaban un sombrío panorama sobre el presente y el futuro del país. Las dos posiciones tenían, sin embargo, su lógica. Los socialistas españoles, imbuidos de una noción muy elemental del marxismo, veían la historia como un proceso imparable hacia la emancipación de la clase trabajadora, que se produciría cuando el capitalismo alcanzara su máximo nivel de desarrollo y sus contradicciones internas acabaran con él. Prisioneros de ese sentido de la predestinación histórica, su mirada sobre la realidad buscaba siempre, y solía encontrar, las pruebas de un cambio social y económico que justificara su optimismo, porque sin esa dosis de progreso la lucha del proletariado estaba condenada al fracaso. Por eso, El Socialista rechazaba el «dañoso pesimismo» de las clases dirigentes, que podía dejar a los trabajadores sin los «bríos» (sic) necesarios para luchar por sus objetivos. Por el contrario, para los sectores más conservadores de la España oficial, la derrota en la guerra de Cuba y la forma estrepitosa en que se produjo ponían en tela de juicio la eficacia del liberalismo como fuerza motriz del sistema. La regeneración del país requería, si no el fin del Estado constitucional, al menos una inyección de autoridad y disciplina que le permitiera salir adelante en un marco histórico cada vez más exigente. El Desastre sería, pues, la gran coartada para el giro autoritario reclamado por la derecha del régimen ante las dudas sembradas sobre la capacidad del pueblo, de los partidos políticos, de la opinión pública y del Parlamento para estar a la altura de las circunstancias.

En el fondo, los «intelectuales» —palabra de moda, de muy reciente acuñación— y la oposición burguesa a la monarquía canovista participaban de ese pesimismo radical, si bien por razones opuestas a las de las élites conservadoras; no para justificar una involución autoritaria del sistema, sino para reclamar su democratización. De su análisis de la situación del país se derivaban graves responsabilidades que dejaban muy malparadas a las principales instituciones, desde los partidos turnantes hasta la Corona y el Ejército. Exigían por ello un cambio sustancial en las reglas del juego y en los usos políticos, sin descartar la opción de una dictadura temporal, una fórmula más próxima a la tradición republicana de lo que se suele creer. No es de extrañar que la figura del «cirujano de hierro», el dictador regeneracionista de hechuras republicanas ideado por Costa, se acabara personificando un cuarto de siglo después en el general Miguel Primo de Rivera, expresión contradictoria de un conservadurismo autoritario cada vez más incómodo en el marco del sistema constitucional.

Así pues, una sensación de agotamiento del régimen de la Restauración se fue apoderando de las élites políticas e intelectuales, que, desde el poder o la oposición, buscaron en distintas direcciones una salida al previsible colapso del canovismo. Entre los sectores más progresistas hubo un cierto renacer del sentimiento republicano tras el clamoroso fracaso de la Primera República en 1874. La necesidad de rentabilizar al máximo los apoyos electorales de la izquierda llevó incluso a la formación, en 1909, de una coalición entre republicanos y socialistas, cuyas relaciones hasta entonces habían sido por lo general poco amistosas. Un año después, gracias a aquella alianza, el PSOE conseguía para su fundador, Pablo Iglesias, su primer escaño en las Cortes, un hecho que desató la euforia de los socialistas, pero que apenas cambió la relación de fuerzas entre el poder y la oposición. Que la monarquía constitucional fundada por Cánovas proseguía, imparable, su declive era cosa admitida por todo el mundo. Que hubiera una alternativa sólida en condiciones de forzar un cambio de régimen, desde dentro o desde fuera del juego político oficial, resultaba mucho más discutible. De ello se desprendía un diagnóstico, también ampliamente compartido, sobre el bloqueo de la vida nacional, atenazada entre un sistema cada vez más inoperante y una oposición —republicanos, reformistas, socialistas, nacionalistas catalanes…— que no conseguía tomar la iniciativa, aunque en la crisis de 1917 estuvo a punto de salirse con la suya.

El clima de frustración creado por el desastre colonial pudo favorecer el regreso del viejo mito de la guerra civil como atajo histórico en situaciones de crisis que requerían soluciones expeditivas. La reivindicación de las propiedades salutíferas de la guerra no era un fenómeno exclusivamente español. Por distintas razones, el escritor italiano y futuro fascista Filippo Tommaso Marinetti y el padre de la Revolución rusa, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, vieron en ella muchas más ventajas que inconvenientes. Marinetti, en su Manifiesto futurista (1909), la calificó de «única higiene del mundo», y Lenin, en un artículo publicado en marzo de 1917, de «poderoso acelerador» de los acontecimientos históricos.10 Así lo afirmó meses antes de hacerse con el poder en unas circunstancias excepcionales creadas por la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial. En España, la idea prometeica de la guerra civil venía, como se ha visto, de tiempo atrás y estuvo presente durante décadas en el imaginario nacional, si damos crédito a lo que escribió en 1863 Antonio Alcalá Galiano, liberal de larga ejecutoria y viejo adversario de Romero Alpuente, a quien señaló como autor del «famoso dicho la guerra civil es un don del cielo».11

Es difícil saber hasta qué punto la frase, cuarenta años después de pronunciada, conservaba intacta su fama, como sugiere Alcalá Galiano, que tenía motivos para guardarla en su memoria. Testimonios posteriores tan distintos como los aportados por Marcelino Menéndez Pelayo y Pío Baroja concuerdan con el del veterano político liberal. El primero de ellos tacha a Romero Alpuente de émulo de Robespierre y le recuerda como «autor de la célebre frase “la guerra civil es un don del cielo”»,12 y el segundo, en la semblanza que le dedicó en su libro Siluetas románticas, le atribuyó haber pasado a la historia por afirmar «que la guerra civil es un don del cielo».13 También Galdós reproduce, algo cambiadas, las palabras del diputado aragonés en su episodio nacional El Grande Oriente, aunque las sitúa en una reunión de la sociedad secreta de los Comuneros, y no en La Fontana de Oro: «Si es preciso la guerra civil, venga la guerra civil». De aquel episodio de Galdós las tomó el político catalanista Francesc Cambó, que en una conversación con su futuro biógrafo, Jesús Pabón, recordó aquella «frase célebre» de Romero Alpuente como expresión de todos los males de la España contemporánea, entre ellos, «la creencia fanática en lo catastrófico».14

«Frase célebre», «dicho famoso»…; lo fuera o no, en las primeras décadas del siglo XX aquel exabrupto encontró una ocasión propicia para brillar con luz propia en la etapa de aparente bloqueo político y búsqueda de soluciones creativas que sucedió al desastre del 98. El más constante en este extraño culto a la guerra como revulsivo fue don Miguel de Unamuno, quien, cinco años antes de morir, reconoció no estar «muy lejano de aquello que decía el viejo Romero Alpuente de que la guerra civil es un don del cielo».15 En realidad, llevaba toda la vida diciéndolo, más o menos con las mismas palabras. «España está muy necesitada de una nueva guerra civil», escribió en 1903;16 a la «necesidad de una nueva guerra civil» se refirió en un artículo publicado al año siguiente;17 «escuela de fraternidad y lazo de amor», la llama en Del sentimiento trágico de la vida (1913). De la Gran Guerra en Europa, recién iniciada, dirá Unamuno que «ha despertado la siempre latente guerra civil española, y ha sido por ello una bendición para nosotros. Porque esa guerra civil, en una u otra forma, no puede ni debe cesar».18 Lo contrario haría de España un hormiguero de gentes movidas por un instinto ciego, sin voluntad ni conciencia, en un pulular constante de acá para allá.

No cabía para Unamuno destino más indigno de un verdadero pueblo, cuya vida «debe ser continua guerra civil y revolución continua».19 Rizando el rizo, en 1917 afirmará que «la paz civil en España no puede hacerse sino merced a la guerra civil».20 Llegar a la paz a través de la guerra: ¿hay quien dé más? Cinco años después, traerá de nuevo a colación las palabras de Romero Alpuente, esta vez sin citarle, en una conferencia en Segovia,21 y ya en plena dictadura de Primo de Rivera, días antes de ser desterrado a Fuerteventura por sus manifestaciones contra el dictador, terminó una larga digresión sobre diversos conceptos —conciencia, civilidad, idiota, «consaber»…— recordando «aquella frase de Romero Alpuente que tanto escandalizó a nuestros padres cuando dijo que “la guerra civil es un don del cielo”».22 Puede que el artículo, más bien deslavazado y críptico, fuera una forma sutil de criticar la falta de reacción cívica ante el golpe de Primo de Rivera y reclamar una sacudida general contra su régimen.

La proclamación de la República, que tanto contribuyó a traer, supuso alcanzar por fin ese estado de plenitud histórica que identificaba con la guerra civil. Lo dijo una vez más en diciembre de 1931, al poco de aprobarse la nueva constitución republicana: «La guerra civil (…) es un don del cielo, como dijo aquel Romero Alpuente que fue alma de la sociedad secreta de los “Comuneros”. Y ¿a qué asustarse de ese don del cielo?».23 Al cumplirse el segundo aniversario del cambio de régimen, Unamuno volverá a ello al reseñar el libro Las dos Españas, del historiador portugués Fidelino de Figueiredo. La obra, efectivamente, se prestaba a nuevas consideraciones sobre la guerra civil como elemento constitutivo de la vida de los españoles, siempre en conflicto consigo mismos, dice Unamuno, y protagonistas de «la permanente revolución española, nuestra guerra civil». No era algo reciente ni reprobable, sino un fenómeno que se remontaba a los orígenes de la España moderna, cuando, ya en el siglo XVI, se encuentran ejemplos de «esta santa guerra civil íntima que nos eterniza en la historia».24

Aun situando el fenómeno en un plano atemporal, más próximo a la antropología que a la historia, don Miguel no ignoraba la decisiva aportación del siglo XIX al mito de las guerras civiles españolas como factor de progreso en la lucha por la libertad. Más de una vez enlazará su propia concepción del fenómeno con su experiencia infantil en el Bilbao sitiado durante la última carlistada, que inspiraría su novela primeriza Paz en la guerra. Lo recordó con ocasión de un triple homenaje tributado a Galdós, a Mariano de Cavia y a él mismo en octubre de 1918 en el hotel Palace de Madrid.25 Quiso empezar su discurso de agradecimiento evocando aquella «fecunda guerra civil» en la que, siendo aún mozo, sentía estallar sobre su cabeza «las bombas con que los trogloditas castigaban inicuamente a la invicta villa de mi cuna natal» mientras leía apasionadamente las grandes obras de Galdós. Aquel doble estallido de bombas y de palabras hizo nacer en él la idea de «patria civil» propia del liberalismo y la vocación de escritor que ya no lo abandonó desde entonces. Hacen mal quienes temen la guerra civil, dirá Unamuno reiterando una idea que le acompañaba desde su juventud: «A mí, que me crie en medio de ella y oyendo su fragor, no me asusta; es más, creo que es una de las cosas que más purifican el alma».

«Guerra y paz» fue el título de un artículo que publicó en abril de 1933, en el que recordó cómo en el Bilbao liberado de 1874, tras un largo asedio carlista, sintió «el primer albur de conciencia civil y liberal, en plena guerra civil». Haber despertado al liberalismo gracias a ella será una poderosa razón para exaltar de nuevo «la fecunda guerra civil» que, según sus propias palabras, llevaba treinta y seis años defendiendo.26 Pero este artículo era algo más que una nueva entrega de aquel viejo topos unamuniano. Si, en cierta forma, cierra el ciclo iniciado con su novela Paz en la guerra, publicada en 1897, al reiterar sus principales argumentos, por otro, resulta inevitable leerlo como premonición de un destino más próximo y real acaso de lo que él se imaginaba. ¿Prevenir la guerra?, se preguntaba retóricamente. En absoluto; lo que había que hacer era utilizarla bien y sacarle el máximo provecho, «ya que la guerra, y sobre todo la guerra civil, era, gracias a Dios, inevitable». El país se acercaba al cumplimiento de aquel designio y Unamuno mantenía su reivindicación del enfrentamiento civil como motor de la historia de España y elemento insoslayable de su identidad nacional. Pero por poco tiempo.