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Descubre los mejores suplementos para aliviar los trastornos relacionados con la edad. Tras el éxito de Antiaging natural, Victoria Baras recoge ahora todo su saber y su experiencia de treinta años de consulta y formación continua en este nuevo libro de salud holística que es, a la vez, un canto a la vida. Happy Aging es el manual imprescindible para entender el comportamiento de células, órganos y sistemas, y cómo se adaptan al paso de los años. En estas páginas encontrarás ideas y consejos para largar y mejorar la calidad de vida tanto en el plano físico como en el ámbito del crecimiento personal, y tratamientos para los temas que más nos interesan —desde el cuidado de la piel al deseo sexual, la fatiga o la memoria— con soluciones para aliviar los trastornos de salud relacionados con el envejecimiento.
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Seitenzahl: 572
Veröffentlichungsjahr: 2023
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NOTA IMPORTANTE: En ocasiones, las opiniones sostenidas en «Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas, hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar decidir responsablemente sobre su propia salud y, en caso de enfermedad, a establecer un diálogo con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso, ser un sustituto de la consulta médica personal.
Aunque se considera que los consejos y la información son exactos y ciertos en el momento de la publicación, ni los autores ni el editor pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error u omisión que se haya podido producir.
© del texto: Victoria Baras, 2023
© del prólogo y de sus aportaciones: Antonio Marco Chover, 2023
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2023
Avda. Diagonal, 189 — 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: marzo de 2023
RBA INTEGRAL
REF:OBDO167
ISBN: 978-84-911-8289-4
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito
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Todos los derechos reservados.
AENRIC TINTORÉ,MARIBEL,ROCÍO Y MIS AMIGOS DE SRF,POR AYUDARME A RECORDAR QUIÉN SOY.
AL DR.ANTONIO MARCO CHOVER,POR REDONDEAR EL LIBRO CON SUS APORTACIONES.
Y, CON TODA LA GRATITUD,A MIS PACIENTES EDITORAS,ANNA PERIAGO Y MONTSE ARMENGOL,SIN CUYO FEEDBACK Y ENTUSIASMO ESTA OBRA NO HABRÍA LLEGADO A TUS MANOS.
Es difícil encontrar la felicidad dentro de uno mismo, pero es imposible encontrarla en otra persona.
Conozco a Victoria desde hace años y, cuando me pidió que prologara su libro y que aportara algunas propuestas de suplementación con medicina ortomolecular, me entusiasmó la idea. Me gusta la manera en que Victoria va desarrollando los temas, su facilidad para dar a conocer al lector grandes ayudas para cuidarse e intentar permanecer en salud, para conseguir una longevidad sana con sugerencias naturales que van desde la alimentación, el ejercicio físico y los cambios en la forma de vida hasta la suplementación con micronutrientes.
Victoria hace un buen repaso de los diversos factores relacionados con el envejecimiento, como pueden ser el estrés, la incidencia del medio ambiente, la radiación, la enfermedad, la inflamación, el tabaco y el consumo de alcohol. Estos factores generan radicales libres en la piel humana y, por lo tanto, pueden disminuir el nivel de antioxidantes, y también favorecen procesos inflamatorios y mutaciones del ADN.
Asimismo, existe una relación de síntomas relacionados con el envejecimiento, como los procesos inflamatorios de baja intensidad, que se relacionan con patologías cardiovasculares, el cáncer, la salud mental y muchas otras afecciones. Victoria busca formas naturales para su control.
Este libro, además, puede ser de referencia para la introducción en la medicina integrativa, que trata a la persona en su totalidad y se apoya tanto en la medicina convencional como en la no convencional. Aquí vemos como los suplementos nutricionales son importantes en nuestra salud. Sin embargo, es importante destacar que no todos los suplementos son iguales. Por ejemplo, tenemos muchas formas de magnesio y no todas funcionan igual; sobre todo, unas formas nos ayudan a laxar, ya que se absorben poco, mientras que otras tienen más capacidad de absorción y actúan sobre los huesos, el cerebro, las alergias, etc.
Las plantas, la farmacia verde, no son sustancias homogéneas. Según dónde hayan crecido habrán disfrutado de un terreno rico en unos nutrientes o en otros, y tendrán unas propiedades en nuestro cuerpo o no las tendrán. Incluso, cómo y cuándo se recolectan, cómo se guardan y conservan, y cómo se preparan nos ayudará en mayor o menor medida.
Los probióticos, tan de moda hoy en día, se destruyen en cuanto pasan por el ácido del estómago, de modo que es necesario prepararlos. Hay probióticos que solo llegan al intestino en un 40 %; otros ya más preparados llegan en un 50 % o 60 %; y otros, incluso, en un 70 %. Lógicamente, sus efectos serán distintos.
Para cada nutriente, es importante considerar su biodisponibilidad, es decir, la capacidad de absorción y de acción en nuestro organismo. Así, mientras que un producto químico es una molécula sintética y siempre se preparará de la misma forma, no sucede lo mismo con los productos llamados «naturales», como plantas, vitaminas, probióticos, omegas, etc.
Además, cada persona es bioquímicamente distinta de otra. No existen fórmulas para todos. Por eso, los productos que recomiendo en este libro y que complementan las propuestas de Victoria deben ser supervisadas por un profesional de la salud. Un especialista en Happy Aging indicará cuál de ellos puede ser útil para el paciente y establecerá su dosis.
Estoy convencido de que la lectura del libro aportará empoderamiento a las personas para prevenir enfermedades, para ayudarlas a tratarlas y para sentirse bien. En definitiva, para tener mejor calidad de vida, para añadir años a la vida y vida a los años.
He tenido una gran satisfacción al leer el libro, he aprendido y espero que los lectores puedan encontrar lo mismo que yo.
Gracias, Victoria, por tu libro. Te deseo lo mejor.
DR.ANTONIO MARCO CHOVER
NOTA: Los productos y las posologías recomendadas en este libro por el Dr. Antonio Marco Chover son orientativos. Todo tratamiento médico debe ser supervisado por un profesional de la salud.
Es un hecho que la vida es un cambio constante; lo podemos observar diariamente con solo subir o bajar las persianas o con cambiar la ropa del armario. Eras un bollycao y ahora resulta que lo es ¡tu hijo, o incluso tu nieto! Las mareas suben y bajan, las olas golpean y se alejan con un reflujo burbujeante; a cada instante, nacen nuevas estrellas y otras se extinguen y apagan universos enteros con ellas. Mucho más cerca, a escala humana, a lo largo de una jornada, podemos percibir los distintos matices del brillo de la luz, desde que amanece, que no es poco, hasta que se pone el sol y tinta el cielo de índigo y de luceros. El día sigue a la noche, el invierno al otoño y este al verano y a la explosión de vida de la primavera. Todo está en perpetuo proceso de cambio; nuestro cuerpo, también. En el fondo lo sabemos, pero preferimos no pensar mucho en ello. Hasta que un día algo pasa en nuestro interior y sentimos que sí, que ya estamos preparadas para tomar conciencia no solo de los pequeños cambios de cada día —de qué rápido crece mi niño, de qué frágil es el amor...—, sino de algo trascendental: el ineludible paso del tiempo. Nos enfrentamos a ello como quien se estampa contra una pared, a menudo, cuando muere un ser querido de mayor edad, mi papá, mi mamá. «Es ley de vida», nos decimos como si eso fuera un consuelo, pero ¡cómo duele! Y seguimos adelante. Sin embargo, ¿no te gustaría saber qué está pasando en tu cuerpo, en tu cabeza, en tu corazón? ¿No sería fantástico conocer ese maravilloso y complejo microcosmos que eres tú misma, las leyes que lo gobiernan, cómo está genéticamente programado para nacer, crecer, madurar y morir? Aunque la estación final sea por todos conocida, ¡existe un gran margen de maniobra! No hay nada predeterminado acerca de cómo vamos a pasar los largos años que nos quedan de vida; existen muchas formas de envejecer y tú tienes la última palabra. Tú puedes decidir acompañarte en este proceso con conocimiento de causa, responsabilizándote para que el entorno sea lo más favorable posible.
Este libro te explica todo lo que puedes hacer al respecto para que, respetando la naturaleza de las cosas y el ciclo de la vida, tú seas protagonista de la película, para que no te sientas víctima, para que en todo momento lideres el cambio.
Seguro que te habrás dado cuenta de que la vida lleva tiempo enviándote avisos, no siempre bien recibidos, muchas veces incluso con enfado. «Vaya, por más que cuido mi dieta, desde la menopausia sigo engordando», te reprochas. «Parece que no puedo correr tanto como antes: el corazón se me desboca». Claro que nos damos cuenta, pero quizá no les ponemos toda la atención que merecen a los cambios que experimentamos en cuerpo, mente y espíritu a los 40, a los 50, a los 60 o a los 70. A nivel mental y espiritual, se da una evolución mucho más sutil, pero igual de fascinante, que vale la pena reconocer. Está relacionada con los ciclos de la vida, con los cambios hormonales y con su influencia en el modo de entender la existencia. A cierta edad, nos sentimos impulsadas a buscar pareja; las mujeres, durante la gestación, centramos toda nuestra atención en nuestro vientre y ese pequeño ser que crece en nuestras entrañas; pasado el climaterio y dejada atrás la etapa de crianza, es posible que nos sintamos diferentes, con ganas de tener más tiempo para nosotras mismas, que surjan nuevas aficiones e intereses y que nos preguntemos cuál es el propósito de nuestra vida más allá de la familia. Para muchas, se trata de un verdadero desarrollo del autoconocimiento e, incluso, de un despertar espiritual. Por eso, en este libro, me he permitido introducir reflexiones y meditaciones, mi granito de arena en tu camino de crecimiento personal.
Desde la publicación de mi primer libro, Antiaging natural: Un programa para regenerar el cuerpo y revitalizar la mente, la inflamación, que ya apuntaba como una de las causas subyacentes en todo tipo de trastornos de salud, ha sido refrendada por la comunidad científica, que ahora la denomina inflammaging; se ha descubierto la relación del envejecimiento con la longitud de los telómeros y se ha desarrollado la epigenética, es decir, de qué manera nuestro entorno y la forma en que vivimos y nos alimentamos impacta en la expresión o no de ciertos genes y, por tanto, en nuestra salud. Se han puesto al alcance del ciudadano de a pie pruebas para detectar metales pesados y otros contaminantes que interfieren con el buen hacer de nuestro organismo; se ha desarrollado la microinmunología, basada en la forma en que nuestras células hablan unas con otras; se ha evidenciado el papel trascendental de las mucosas, así como el de los billones de microorganismos que las habitan: la flora intestinal, ahora llamada «microbiota», ha pasado a un primer plano al reconocerse su papel en el mantenimiento de la salud y al descubrir que puebla no solo los intestinos, sino también la piel, las fosas nasales, el árbol bronquial e, incluso, nuestro cerebro: ¡todo nuestro interior!
Así que me he lanzado a escribir este segundo libro sobre antiaging porque, a pesar de los adelantos de la medicina, cada vez hay más personas con diabetes y con obesidad; las enfermedades autoinmunes, consideradas «raras» hace cincuenta años, han experimentado un crecimiento exponencial; aumentan los casos de fibromialgia y de fatiga crónica, verdaderos cajones de sastre donde van a parar diagnósticos complicados, por no hablar de la explosión del Alzhéimer y todo tipo de enfermedades degenerativas.
Así como en el primer libro (si no lo has leído, te lo recomiendo vivamente) explico cuáles son los pilares de la salud y de la longevidad, los aceleradores del envejecimiento, la gestión de las emociones con flores de Bach y la celebración del ritual de paso hacia la mujer de sabiduría, en la obra que tienes en tus manos profundizo en el conocimiento del organismo y, por primera vez, hago referencia a los trastornos de salud más frecuentes asociados a la edad en cada etapa de la vida, al tiempo que te propongo tratamientos y soluciones para prevenirlos. Aquí menciono los principios activos adecuados para cada problema, pero, además, he pedido a mi profesor y amigo el Dr. Antonio Marco Chover, a quien conocí en uno de los primeros congresos de la Sociedad Española de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad, que comente sus productos favoritos incluyendo dosis, porque ambos creemos que este libro, aparte de para el público en general, puede ser una preciosa herramienta para estudiantes y para médicos integrativos interesados en medicina ortomolecular.
Sí, quizá viviremos 100 años, pero ¿en qué condiciones? Este libro da las claves para que, gracias a la autogestión de tu capital de salud, la respuesta sea: ¡En óptimas condiciones, llenos de alegría y de vitalidad! Es decir, un envejecimiento happy.
Tengo que hacerte una confidencia: en julio de 2021 pasé el COVID, desarrollé una neumonía y, tras unos días ingresada, pude regresar a casa. Me recuperé de forma rápida y satisfactoria, o al menos eso creía yo. Había perdido peso y mucha masa muscular y, en general, seguía fatigada, pero por lo demás me sentía bien y muy orgullosa y agradecida por haber salido airosa de la liza. Nunca dejé que me invadiera el miedo. El cuerpo tiene un maravilloso sistema de defensa gracias al cual, por poco que le ayudes, es capaz de solventar con éxito muchos problemas, y yo confiaba en él. Sin embargo, el enfrentamiento contra un patógeno, sea virus o bacteria, exige a nuestro organismo un gran consumo de energía. Antes era normal que, tras una enfermedad, pasáramos la convalecencia. Ahora, en un mundo donde imperan las prisas y quedarse en cama nos hace sentir culpables, volvemos a nuestros quehaceres cotidianos cuanto antes. Por suerte, tenía por delante el largo mes de agosto, en el que disfruté de días de sol y playa, tras los cuales recuperé mis fuerzas.
Cuál sería mi asombro cuando, a finales de septiembre, empezó a caérseme el cabello a puñados. Entre octubre y noviembre perdí ¡el 90 % de mi masa capilar! Lo he vivido en carne propia, lo he visto también en consulta y lo hemos comentado con colegas que practican medicina integrativa: una de las secuelas de aquella enfermedad es precisamente una brutal caída de cabello. Debido a mi edad, era difícil saber en qué medida podría recuperarse. No worries! En el capítulo 1, explico todo acerca del cabello, pero lo importante es aceptar que puedes enfrentarte a una situación totalmente desconocida que te envejece diez años de golpe. El quid de la cuestión reside en cómo reaccionas.
Esta es una de aquellas experiencias que ponen a prueba tu autoestima y, sobre todo, mi creencia en el Happy Aging. ¿Se puede vivir eso y seguir feliz? Creo que el arte de envejecer con salud es también el de envejecer con sabiduría y, sobre todo, con paz. Mi propuesta es llegar a un acuerdo con nosotros mismos para gestionar nuestra salud con cariño y con seriedad, para eliminar obstáculos que dañan nuestro organismo y que le impiden repararse y regenerarse en la medida de sus capacidades, para apoyarlo además con nutrientes y con un determinado estilo de vida. No obstante, si a pesar de todo la vida pone accidentes en nuestro camino, situaciones difíciles que exigen un sobreesfuerzo o enfermedades, el Happy Aging viene a recordarnos que nuestra paz interior, la alegría de simplemente «ser», no está necesariamente ligada a factores externos ni a los vaivenes de la vida. Ser feliz, o al menos disfrutar de paz y de ese «contento» interior del que hablaba mi querido Antonio Gala, es una decisión basada en la voluntad de aceptar las cosas como son, observar qué podemos hacer para mejorar la situación y volver al centro, al ahora, sin proyectar miedos futuros ni nostalgias del pasado. Si creo que sin mi melenaza no puedo ser feliz, lo tengo crudo. Reivindico el Happy Aging porque creo en los finales felices, porque no somos solo ese cuerpo con el que normalmente nos identificamos, sino la conciencia que lo habita, una conciencia que, a diferencia del cuerpo físico, no deja de crecer y de expandirse con la edad.
VICTORIA BARAS
Envejecemos porque nuestras células pierden eficiencia para realizar las funciones bioquímicas que sostienen la vida. De tanto replicarse, se agotan. Por el simple hecho de respirar, de tomar el sol, de practicar un deporte, nuestro cuerpo se oxida. Esto, dicho así, parece un contrasentido. ¿No dicen que es recomendable caminar al menos 45 minutos al día a paso rápido?, ¿cómo me dices ahora que me oxido?, ¿qué hago, pues?, ¿aguantar la respiración? Que no cunda el pánico. Si bien es cierto que nuestro cuerpo produce constantemente intercambios bioquímicos que generan oxígeno reactivo —un tipo de radicales libres—, también es cierto que nuestro maravilloso organismo tiene su guardia de corps capaz de neutralizarlos produciendo los correspondientes antirradicales libres a fin de mantener el equilibrio. Es el desequilibrio lo que lleva al envejecimiento celular. Y ahí quería llegar: ¿qué es el envejecimiento? Actualmente, hay tres teorías que explican la razón por la cual la célula, o bien un grupo de ellas, organizadas y con una función específica —es decir, convertidas ya en un tejido u órgano determinado, como por ejemplo la piel (¡el órgano más grande de nuestro cuerpo!), el hígado o un ojo—, envejezcan. Al envejecer, la célula y, por ende, el órgano pueden perder funcionalidad, trabajar peor. Las células, siempre en constante regeneración, podrían reproducirse más lentamente o, lo que es más peligroso, hacerlo de forma errática, desordenada, dando lugar a un tumor. ¿Qué dicen los expertos a eso?
La teoría más difundida es que perdemos la capacidad de producir suficientes antirradicales libres para combatir la cantidad de radicales libres por los que nos vemos continuamente bombardeados. Los radicales libres son átomos muy inestables y tremendamente reactivos que tienen un electrón desapareado, y eso de no tener pareja lo llevan muy mal; buscan desesperadamente un electrón al cual unirse. Es decir: tienen la molesta costumbre de engancharse a electrones de nuestras células y tejidos, provocándoles daño, el daño oxidativo. Lo más peligroso es que incluso el ADN puede ser objeto de ataque de radicales libres. Todo el mundo ha visto una manzana oxidada, ¿verdad? Ese color parduzco es un ejemplo de lo que sucede como resultado del sencillo y natural proceso de oxidación.
Bien sea a causa de la edad, al envejecer, o a causa de tóxicos (tabaco, alcohol, medicamentos, alimentos no digeridos correctamente, polución, productos químicos en la comida como plaguicidas, pesticidas, conservantes y colorantes, entre otros) y, sobre todo, a causa del estrés, nuestra capacidad de producir antirradicales libres se ve desbordada. Cuando esto sucede, se produce un desequilibrio entre radicales y antirradicales, lo que provoca en nuestro organismo el famoso daño oxidativo al que antes nos referíamos con la manzana. Quizá lo veamos en forma de arruga, pero quizá no lo veas: puede ser también una pequeña lesión en una arteria en la que luego se deposita un poco de grasa y, sobre ella, calcio hasta formar una capa de ateroma. La oxidación es un hecho y una de las razones aceptadas por los científicos por las cuales es importante tomar antioxidantes. Los escépticos hallarán más de mil publicaciones en revistas científicas con evidencias de lo que aquí expongo.
La buena noticia es que, en contraposición a estos agentes que aceleran tanto el envejecimiento, podemos adoptar un estilo de vida capaz de ayudar a nuestro cuerpo a mantener elevados sus niveles de antioxidantes, como, por ejemplo, respirar aire puro, caminar en la naturaleza, descansar bien y, sobre todo, cuidar dos aspectos fundamentales del Happy Aging: la alimentación y el estrés. La naturaleza nos ofrece eficaces antioxidantes que podemos hacer nuestros a través de la cocina y complementarlos, llegado el momento, con otros nutrientes y vitaminas en forma de suplementos de alta potencia que nos ayuden a mantener a raya el envejecimiento. Nuestros mercados, montes y prados están llenos de alimentos y plantas antioxidantes.
Para valorar la capacidad antioxidante de una sustancia, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos estableció la unidad de medida ORAC (oxigen radical absorbance capacity, es decir: capacidad de absorber radicales de oxígeno). Sin embargo, no te recomiendo que estés pendiente de ese valor. Basta con asegurarte de comer frutas y verduras a diario. En nuestra dieta mediterránea, abundan los alimentos antioxidantes durante todo el año.
Las grasas se oxidan con facilidad. Pon especial atención a los alimentos ricos en lípidos (aceites vegetales y grasas animales) y no los comas nunca si notas sabor rancio, pues significa que se han convertido en veneno. Asegúrate de que los frutos secos que consumes son frescos, de temporada, y rompe tú misma la cáscara. Las nueces son una excelente fuente de omega 3 en plena temporada, pero después del verano, a no ser que sigan en su cáscara, seguramente se habrán vuelto rancias. Cocina con aceite de oliva sin que llegue a humear. Cuando humea, el aceite cambia su estructura molecular, se polimeriza y pasa de ser una grasa saludable a ser un tóxico que genera radicales libres. Toma nota: los alimentos que no digieres bien se convierten en tóxicos.
La segunda teoría asegura que envejecemos porque las células pierden el aliento, la vitalidad, la capacidad de generar energía. El cuerpo humano (es decir, tú) es un organismo complejo que gasta muchísima energía, ¡no te lo puedes imaginar! Aunque estés de vacaciones tumbado sobre la arena y bebiendo un mojito ¡bum, bum! Tu corazón late, levantas la vista del diario y le dedicas una mirada al entorno: el dorado manto de arena que te rodea; el bebé torpón que juega con un enorme balón inflable y que te hace sonreír... En ese pequeño lapso, has movido 17 músculos faciales, has parpadeado unas 20 veces (en total, parpadeamos un millón de veces al día), las lentes de tus ojos han estado trabajando y ajustando continuamente el diámetro de tu pupila para que puedas enfocar y ver nítido mientras se adaptan a la luz y a la distancia. Tumbado al sol relajadamente, tu cerebro ha puesto en marcha el sistema de refrigeración para que no te achicharres. Transpiras y millones de diminutos canales de desagüe dejan ir perlas de sudor. ¿Cómo crees que funciona esa maravillosa obra? ¿Cuál es el combustible que alimenta tanta vida, tanto gasto energético? Se trata de la energía que fabrican las células en su interior, una energía que denominamos ATP. Esta es la unidad de energía que fabrica la mitocondria en la célula. Imagina una célula, parecida a un huevo sin cáscara, con su núcleo (la yema) y el citoplasma (la clara a su alrededor). En el citoplasma, encontramos la fábrica de energía, la mitocondria. Pues bien, con el paso de los años, la mitocondria celular produce menos energía, menos ATP, y le cuesta más autorrepararse, defenderse de intrusos y regenerarse. Todo lo que comemos debería acabar convirtiéndose en ATP que generará desechos, al igual que una chimenea genera calor gracias a la combustión de troncos de leña y deja cenizas que hay que retirar. Cuanto mejor sea el «combustible», más fácilmente se realizará su transformación en energía y originará menos desechos, al igual que el carbón de buena calidad produce más calor durante más tiempo. Si la mitocondria no tiene fuerza para realizar una determinada combustión, o no retiramos las cenizas, la basura se acumula en el interior de la célula y genera radicales libres. Y ahí tenemos dos problemas: menos energía y más basura tóxica.
El tipo de alimentación que seguimos hoy en día, alto en harinas refinadas, hace que se generen muchísimos residuos que enfangan el «alcantarillado», la matriz extracelular en la que se encuentran todas las células. Esta matriz constituye un sistema de comunicación con vías por donde llega el combustible, carreteras por donde circulan enzimas y hormonas, mensajeros de todo tipo que comunican las células entre sí y que entregan los mensajes que desatarán toda una cadena de reacción bioquímica. Un millón de reacciones tienen lugar simultáneamente en todo el cuerpo: es la vida. Si las calles de nuestro organismo se encuentran obstruidas por basura, los mensajeros, esos micro ARN (m-ARN), no llegan a destino o llegan a destiempo y, con ellos, su valiosísima carga: paquetes con información sobre cuál es el siguiente paso que dar para autorrepararte.
Hoy sabemos que una gran mayoría de las condiciones de salud que nos causan problemas son provocadas por la falta de eficiencia de las mitocondrias. ¡Sí! Has oído bien: un bajo número de mitocondrias o un bajo rendimiento de estas es causa de fatiga crónica, demencias e, incluso, cáncer. La buena noticia es que el ejercicio de fuerza realizado de forma regular promueve una explosión de nuevas mitocondrias dispuestas a funcionar a pleno rendimiento. ¡Ponte las zapatillas y empieza a entrenar!
Además, tómate en serio los periodos de cansancio porque te están diciendo algo: quizá debes limpiar los caminos y desatascar tuberías para que la basura generada por las mitocondrias no interfiera su labor y tú vuelvas a encontrarte a tope de energía. Ya ves: ¡no se trata de poner una inyección de penicilina al pez, sino de cambiar el agua de la pecera!
Sustituye las calorías que ingieres a través de hidratos de carbono refinados como el pan, la pasta, la pizza y esos cereales azucarados del desayuno por grasas saludables. Las mitocondrias generan mucho menos desecho al transformar en energía un trozo de aguacate que una galleta.
La tercera teoría sobre la razón por la que envejezcamos tiene que ver con la vida de los genes y, en particular, con una porción del ADN: el telómero. Resulta que nuestros genes pasan por una «fotocopiadora» constantemente (a este fenómeno lo llamamos «replicación»), de manera que una fotocopia vuelve a fotocopiarse y, a su vez, esta última también se fotocopia. En ese proceso de replicarse continuamente se pierde «la letra pequeña», que se ve cada vez más borrosa hasta que queda ilegible. Imagina que fotocopias una araña, con sus patas largas y finas, y que de esa fotocopia haces otra fotocopia, y otra, y otra. Lo quieras o no, el cuerpo central de la araña se seguirá viendo bien, pero las patas cada vez se verán peor y, cuando lleves un millón de fotocopias de fotocopias, la longitud de las patas será un milímetro más corta. Con un poco de imaginación, podemos pensar que nuestro cromosoma es la araña y las terminaciones, los telómeros, sus patas. Con el tiempo, se van acortando sin remedio. ¿Sin remedio? ¡Parece que no! ¡El té verde o la cúrcuma, entre otras sustancias que están siendo objeto de estudio, pueden protegerlas!
La explicación de cuántas veces se replican las células la dio el investigador Leonard Hayflick en un experimento realizado en 1960. Hayflick observó la multiplicación de las células fetales. En principio, se dividieron y doblaron su número; luego, todas ellas se volvieron a dividir y multiplicaron de nuevo su número; y así hasta unas cincuenta veces. A partir de ahí, se ralentizó el proceso; esas mismas células que habían estado alimentándose y dividiéndose como locas perdieron interés por los nutrientes del cultivo y empezaron a deteriorarse; Hayflick llamó a ese punto «senescencia celular». ¿En qué se diferenciaban las primeras células del experimento de las que se habían replicado cincuenta veces? ¡Acertaste! Las patas habían llegado a su capacidad máxima de división celular: los telómeros, ¡tenían la mitad de su tamaño original! La buena noticia es que hoy ya podemos saber la longitud de nuestros telómeros con una analítica genética, y no solo eso, sino que tenemos a nuestro alcance potentes herramientas naturales para incluir en nuestro arsenal de Happy Aging, capaces de alargar la vida de esas células y de la información genética que contienen. Se trata de un producto basado en el astrágalo, una planta muy utilizada en la medicina china. Ahora bien, para que sea efectiva, la concentración ha de ser muy alta.
Reduce tu ingesta calórica un 30 %. Se ha demostrado que comer menos activa una proteína denominada «sirtuina», relacionada con la longevidad. Ratones de laboratorio sometidos a esta especie de ayuno aumentaron sus niveles de sirtuina y vivieron más que los demás. Hasta la fecha, solo se conoce un nutriente capaz de imitar los efectos del ayuno: el resveratrol, que podemos hallar en la uva, entre otros alimentos. Para alcanzar el efecto del ayuno es mejor tomar resveratrol en forma de suplemento ortomolecular.
Teorías aparte, podemos observar señales de envejecimiento en nosotros mismos y en nuestro círculo de familiares y conocidos, y concluir que el envejecimiento no se da igual en todas las personas y que no todo el organismo envejece de igual forma y al mismo tiempo, sino que depende de múltiples factores, entre los cuales está la herencia genética y el estilo de vida que llevamos, que propicia un mayor o menor desgaste. Sin embargo, por encima de todas esas cosas, es nuestra mente la que influye de forma decisiva en la manera como vivimos el proceso de envejecer: como un castigo divino, llenos de rencor y amargura; o de forma activa y comprometida, aceptando la ley de la vida al tiempo que asumimos la responsabilidad de informarnos y hacer cuanto esté a nuestro alcance para ayudar a nuestro cuerpo y a nuestro espíritu a vivir esta nueva etapa con salud, armonía, fluidez y buen humor. Es decir, optar por un Happy Aging.
Una de las cosas más evidentes en el proceso de envejecer es la alteración hormonal y los cambios que desencadena. Al descender las hormonas pregnenolona y DHEA, consideradas las «madres» de todas las demás, se reducen, entre otros, los niveles de estrógenos y progestágenos circulantes en la mujer y de testosterona en el hombre (y, en menor medida, también en la mujer). En ambos, hombres y mujeres, disminuye asimismo la hormona de crecimiento, responsable del crecimiento y de la reparación de tejidos. La glándula tiroides tiende a trabajar más lento y a producir menos hormonas, lo cual puede desembocar en hipotiroidismo y en un consecuente aumento de peso. Otra hormona que declina con la edad es la melatonina, responsable del sueño. Como consecuencia del declive hormonal, sobreviene la menopausia en la mujer y la andropenia en el hombre. La piel se vuelve más fina y los músculos pierden fuerza y turgencia; con la bajada de estrógenos, las mujeres perdemos protección frente a problemas cardiovasculares y los huesos pueden desmineralizarse, lo que produce osteoporosis, responsable de fracturas de fémur y de cadera. Además de estrógenos, la mujer ve reducido su nivel de testosterona, y el descenso de ambas hormonas puede alterar la mucosa vaginal y el deseo sexual. En el hombre, la testosterona vive grandes cambios: por un lado, su nivel se ve progresivamente mermado, lo cual provoca que las erecciones sean menos frecuentes y menos duraderas; y por otro, puede pasar por un proceso llamado «aromatización», que provoca el agrandamiento de la próstata, algo muy frecuente en varones de más de 60 años y casi en todos los que alcanzan los 70 y 80 años. La buena noticia es que el Happy Aging puede colaborar a prevenir este problema tan frecuente en nuestros hombres. Al perder tono la musculatura (verdadero tejido de sostén del esqueleto), el sistema osteoarticular sufre mayor presión y desgaste; pueden presentarse dolorosas inflamaciones e incluso deformaciones. Las vértebras de la columna tienden a comprimirse y a crecer de forma anárquica hacia los lados, por lo que se vuelven más frágiles. Si la musculatura abdominal no se refuerza, el vientre puede volverse prominente y caer hacia abajo, con lo que la espalda pierde su verticalidad y se acentúan las curvas de la espina dorsal; el cuerpo pierde entonces altura. En general, todos los huesos menguan, se retrotraen y se encogen, y el tejido que los cubre se descuelga.
Asimismo, no solo desciende el nivel de hormonas, sino también el de enzimas, factores, cofactores y jugos implicados en la digestión. Si en nuestros hábitos alimentarios predominan los dulces, el páncreas llega agotado a esta etapa de la vida y se produce una resistencia a la insulina (diabetes tipo II). En algunas personas, la producción de ácido clorhídrico en el estómago es insuficiente para digerir las proteínas. En general, todo el sistema digestivo se vuelve más exigente. Pueden aparecer digestiones pesadas, flatulencias, estreñimiento o diarreas. El resultado sería una respuesta inflamatoria a nivel intestinal que puede provocar una gran disminución de absorción de nutrientes; los intestinos inflamados pierden capacidad de realizar su función como parte capital del sistema digestivo, la microbiota se altera y pasa de ser una flora de fermentación a una flora de putrefacción que genera gran cantidad de toxinas y que no absorbe correctamente los nutrientes. En los intestinos sanos, se sintetizan neurotransmisores y células del sistema inmunitario. La producción de estas sustancias se paraliza en unos intestinos irritados e inflamados, con lo que se reduce la capacidad defensiva del organismo. Los órganos emuntorios (órganos excretores, de eliminación de desechos) pierden eficiencia, lo que provoca acumulación de toxinas; a su vez, ello aumenta la oxidación por radicales libres, la inflamación y la acidificación del medio interno. Un pH ácido es terreno de cultivo óptimo para todo tipo de infecciones y para el crecimiento desordenado de células cancerígenas, que el sistema inmunitario había mantenido bajo control hasta entonces. Un sistema inmunitario desequilibrado, sobre todo si encuentra un terreno ácido e inflamado, puede propiciar respuestas caóticas, conocidas como enfermedades autoinmunes: diabetes, lupus, esclerosis y, según el Dr. Seignalet, Alzhéimer y Parkinson, entre muchas otras.
La inflamación interna, verdadero asesino de nuestro tiempo, alcanza el endotelio que recubre el interior de venas y arterias, y propicia la adhesión de placas de ateroma, lo que provoca el endurecimiento de los vasos sanguíneos y aumenta así el riesgo de trastornos cardiovasculares. Frente a estos, las mujeres estábamos mejor protegidas gracias a los estrógenos. La ralentización de la circulación a través de venas y arterias endurecidas provoca una disminución de la oxigenación y nutrición de células, órganos y tejidos de todo el organismo, que, privados de su alimento, pierden su capacidad de autorrepararse y de regenerarse, y disminuye su funcionalidad. Las paredes de los vasos y capilares inflamados pueden volverse más frágiles, lo que propiciaría microinfartos relacionados con la demencia senil. El menor riego sanguíneo propicia trastornos cognitivos como fallos de memoria y de concentración, así como pérdida de agudeza auditiva. El organismo, así debilitado, es más vulnerable a todo tipo de agresiones externas, traumas (golpes, caídas, shocks emocionales) e infecciones.
¡Caramba! ¡Acabo de resumir todo el contenido de este libro en un solo apartado! No, no es cierto: falta analizar qué podemos hacer al respecto.
He dado una explicación de cómo podría darse el proceso de envejecimiento durante los largos años que van desde la madurez hasta la ancianidad. Leído así, de corrido, parece un tanto apocalíptico. Por favor, no te asustes. Es como asistir a la evolución de un precioso árbol a través de las cuatro estaciones, desde que aparecen los botones del cerezo hasta que ofrecen sus brillantes frutos, pasando por la floración que a tantos extasía en un estallido de primavera y pétalos de seda. Lo que nos asusta, a muchos, no es la muerte: sabemos que todo lo que nace muere. Lo que de verdad nos asusta es enfermar; nos asustan, sobre todo, esas enfermedades «asociadas a la edad». Y ahí es donde este libro puede aportar su granito de arena y mi papel como divulgadora cobra todo su significado, ya que muchos trastornos pueden ser evitados, minimizados e, incluso, en algunos casos, revertidos gracias al Happy Aging. Uno puede morirse de viejo sin más: esa es la buena noticia. Seguro que en tu familia tienes abuelos o bisabuelos que sencillamente se fueron apagando hasta que llegaron al fin de sus días. Morir no es ningún drama.
El papel del Happy Aging consiste en ayudarte a descubrir cómo apoyar la desintoxicación del organismo; defenderlo del ataque de los radicales libres; devolverle su medio interno ligeramente alcalino; eliminar la inflamación; mejorar la circulación y, en consecuencia, la oxigenación y nutrición celular; relanzar y reforzar la digestión, si es necesario con suplementos ortomoleculares; aumentar la vitalidad, la elasticidad y la fortaleza de células, órganos y tejidos para que recuperen su función. En los siguientes capítulos, iremos viendo los cambios que experimenta el cuerpo al envejecer, parte por parte, desde lo más externo, la piel, hasta lo más íntimo, las emociones y los estados de ánimo, siempre desde una perspectiva holística, comprendiendo el efecto que las hormonas pueden tener en muchísimos aspectos del envejecimiento, desde las arrugas hasta la depresión. Lo que pretende este libro es aportar luz y conciencia a los cambios que suceden durante la etapa que transcurre entre los 35 y los 75 años, para tomar las medidas oportunas, corregir trastornos que pudieran haberse instalado ya, y protegernos contra las enfermedades degenerativas susceptibles de acecharnos más adelante, para cumplir muchos años con calidad de vida, con alegría íntima y con buen humor. En definitiva, para vivir un Happy Aging.
Los investigadores de la Clínica Mayo de Estados Unidos identificaron recientemente un tipo de células que aceleran el envejecimiento. Aseguran que, si se eliminan, es posible alargar la vida y los años vividos con buena salud. Se trata de células senescentes, que han perdido la capacidad de dividirse y que han dejado de contribuir al buen funcionamiento del organismo. Se descubrieron en un experimento realizado con ratones de laboratorio, no en humanos, pero se cree que puede abrir la puerta de futuras investigaciones sobre el proceso de envejecimiento. De momento, lo que se ha podido apreciar es que, al eliminar las células senescentes, los marcadores de inflamación redujeron drásticamente su nivel y los ratones exhibían un comportamiento más activo. De ello, los científicos deducen que ese procedimiento puede rejuvenecer incluso a nivel cerebral.
La piel es un tejido formado por células especializadas superpuestas en capas. A la exterior la llamamos «epidermis»; sobre ella, aplicamos las cremas, los sueros… Debajo hallamos la dermis, más gruesa; ahí hallamos vasos sanguíneos que la nutren, las terminales nerviosas que constituyen el sentido del tacto, las glándulas sudoríparas, las sebáceas y los folículos pilosos donde enraíza el vello, que, cuando es grueso como en las cejas o en la cabeza, recibe el nombre de «pelo». La última capa es la hipodermis y es el tejido que aloja células de grasa; estas forman una especie de almohadilla, responsable de su turgencia; cuando adelgazamos rápidamente y se pierde grasa sin desarrollar músculo nuevo, la piel aparece flácida.
Para que la epidermis no esté en contacto directo con el exterior, la piel está recubierta por un manto ácido (pH 5,5) formado por agua y aminoácidos, urea, ácido láctico, ácido pirúvico, cloruro de sodio y cloruro potásico. Este manto ácido tiene un papel bactericida y fungicida y no debe ser eliminado con detergentes agresivos. Además, ¡está poblada de microorganismos! Elige un gel de baño que respete el manto ácido de tu piel.
La piel es el mayor órgano de nuestro cuerpo. Sí, órgano. Esta delicada «funda», capaz de estirarse para que nuestro vientre acoja y permita el desarrollo de una nueva vida y de recuperarse tras el parto, es un órgano. Un órgano con función de sostén y, por tanto, rico en una proteína de la que hablaremos extensamente: el colágeno. Además, la piel está llena de terminaciones nerviosas que nos indican la temperatura, si algo está frío o caliente, si su textura nos es agradable o repulsiva. La piel tiene la importantísima misión de mantener la temperatura del cuerpo siguiendo las indicaciones del hipotálamo; así, puede estremecerse de frío o sudar de calor, lo que permite que la evaporación del sudor nos refresque. La piel es al mismo tiempo tejido fuerte y elástico, órgano sensitivo (tacto), órgano emuntorio —es decir, que tiene la función de eliminar toxinas (junto a pulmones, riñones e hígado)— y, finalmente, es nuestra primera línea de defensa: forma parte de nuestro sistema inmunitario.
La elasticidad de la piel va disminuyendo a medida que sus niveles de colágeno y de elastina declinan. Entonces, ¿son las arrugas inevitables? No podemos pretender llegar a nuestro centésimo aniversario luciendo la piel de un niño, pero podemos retrasar la aparición de algunas arrugas y de marcas de expresión. Hazte las siguientes preguntas: ¿cuántas cremas he probado? Crema de día, crema de noche, reafirmante, contorno de ojos… Si te sintieras satisfecha, no cambiarías constantemente de marca. ¿Solo con unas cremas podrá mi piel plantarle cara al paso del tiempo y lucir luminosa y tersa? La respuesta es no. Las cremas cada vez son más sofisticadas y dan mejores resultados, pero ni la más cara del mercado podrá quitarte las arrugas si no ayudas a tu piel desde dentro. Lo que te propongo quizá te suponga cambiar algunos hábitos, suplementar tu alimentación con antioxidantes y complementos, es decir, adoptar el programa Happy Aging. Te aseguro que vale la pena.
Múltiples factores contribuyen al envejecimiento de la piel: los cambios hormonales, los efectos de los radicales libres (especialmente, el daño producido por los rayos solares), la alteración de las proporciones de agua y de grasa presentes en una piel joven y la pérdida de sustancias que dan densidad a las fibras musculares bajo la epidermis: aminoácidos como la prolina, la vitamina C, el ácido hialurónico, el colágeno y la elastina, principalmente. La buena noticia es que ¡podemos tomar esas sustancias como complementos alimenticios!
Todo cambia, y la piel no es una excepción. ¡Qué agradable es agarrar los mofletes de un bebé con su piel tersa, sonrosada y rellenita! Luego, nos hacemos mayores y la vida va dejando sus heridas de guerra. Hachazos recibidos en mil batallas delatan que nuestras mejillas han perdido colágeno; un «código de barras» en nuestro labio superior revela los muchos besos regalados; las «patas de gallo» son un muestrario de todas las risas que lanzamos al viento, con la cabeza echada hacia atrás para que la carcajada resuene por todo el cuerpo. Los embarazos nos hincharon el vientre, nuestros pechos contuvieron leche: seguramente ni uno ni otros volvieron a tener el mismo aspecto, pero a cambio obtuvimos la recompensa de experimentar la maternidad. Quizá hemos engordado, o adelgazado, o ambas cosas, y nos quedan preciosas estrías, como grietas de un edificio noble. Adoradoras del sol, andamos ahora tras la fórmula mágica capaz de engañar a esa memoria que dicen que tiene la piel para calcular las horas durante las cuales nos hemos dejado tostar alegremente en brazos del gran astro, untadas de aceite con limón y de crema de vaca para lucir un bronceado californiano. Por aquel entonces, nadie nos había hablado de los radicales libres…
Además de colágeno, elastina, ácido hialurónico, aminoácidos y vitamina C, la piel necesita agua, tiene que estar constantemente hidratada. Si vivimos en un ambiente seco, deberemos extremar las precauciones. Asegúrate de tener humidificadores en tu casa, al menos en tu dormitorio, en tu despacho, en la sala, donde pases más tiempo. En invierno, coloca cacharros con agua sobre los radiadores y renueva el agua frecuentemente. Y sobre todo: bebe.
Con cada año que pasa, la piel experimenta un cambio en la proporción entre el agua que la hidrata y los lípidos que la protegen. Se vuelve más fina y delicada, aparecen arrugas. De hecho, el espesor de la piel se atenúa. Bajo la piel, hay unos músculos que también acusan el paso de los años. Son esos músculos los que se relajan y permiten que se pierda el fino óvalo de la cara, que las mejillas se hundan. Sin embargo, hay muchas cosas que podemos hacer al respecto. ¿La más importante? ¡Bebe! Bebe agua, té, tisanas (evita refrescos azucarados) e infusiones, ¡bebe!
Un hábito muy recomendable es tomar cada día una pequeña cucharada de agua de mar disuelta en un litro de agua y beberlo durante todo el día. Yo prefiero tomar la cucharada de agua de mar sola y, a continuación, beber agua, y seguir bebiendo agua alcalina a lo largo de la jornada. Existen cantidad de publicaciones que ponen de manifiesto las bondades del agua de mar; incluso, se ha demostrado que, en determinadas condiciones, a sorbitos diminutos y ensalivándola bien, muchos náufragos pudieron subsistir bebiendo tan solo del océano que les rodeaba. Si tienes piedras en el riñón, o tendencia a hacer piedras en la vesícula o en otros órganos internos, no lo hagas. El siglo pasado, René Quinton salvó cientos de vidas utilizando agua de mar en pacientes débiles. Realizó experimentos con animales sustituyendo sangre por agua de mar, con resultados sorprendentes. De hecho, en Francia, hasta la década de 1980, era reconocida su utilidad medicinal y se podía conseguir en la Seguridad Social. No obstante, atención: ¡no te estoy proponiendo que hidrates tu organismo con agua de mar!
Además, las células también se benefician con baños en agua de mar. En invierno, o si la costa te queda lejos, regálate el placer de un baño con sal marina. La encontrarás en las tiendas de dietética. De hecho, es aconsejable sustituir la sal común, cloruro de sodio, por sal marina, que además de sodio contiene una gran riqueza de «minerales traza», minerales que también están presentes en nuestro plasma sanguíneo en diminutas cantidades y en la misma proporción del medio marino de donde provenimos. También son excelentes los baños en sales de magnesio. Las encontrarás en las minas de Almansa.
Añade un buen puñado de sal marina en una bañera y sumérgete al menos veinte minutos con el agua templada. La piel absorbe por ósmosis los iones minerales de forma que todas las células quedan bañadas en un rico medio parecido al mar primigenio. De esta manera, las células se hidratan y se esponjan, y el líquido extracelular se fluidifica. Esta es la razón por la que nos sintamos tan bien después de nadar y de juguetear entre las olas. No solo volvemos a los orígenes, sino que flotamos en el mismo caldo que cultivó y dio luz a la vida, un líquido que se parece muchísimo, en cuanto a proporción de elementos minerales, a la sangre que circula por nuestras venas.
La cantidad de agua que beber es objeto de controversia entre especialistas. He leído que lo fetén es tomar tres litros diarios. Apropiado para una cura de detoxificación, es una cantidad difícilmente alcanzable en nuestro día a día. Yo recomiendo entre litro y medio y dos litros al día, sobre todo porque, si te alimentas como propone el Happy Aging, en tu mesa habrá abundancia de frutas y verduras (con todas sus enzimas vivas y coleando) y de sopas, cremas y gelatinas, además de tés o tisanas para concluir las comidas. Todos esos alimentos contienen agua, y tu cuerpo estará constantemente hidratado. En casa, no bebas agua del grifo. Asegúrate de que el resultado final es «agua viva» con un pH alcalino. Instálate una pequeña depuradora que filtre los tóxicos. La amortizarás enseguida.
Desde que Masaru Emoto mostró al mundo que el agua tiene memoria, sabemos que es algo más que H2O. Tú eres un 70 % de agua. ¡Cuida la que bebes!
El agua, al ser un componente primordial del organismo, tiene una influencia capital sobre la salud. Para entenderlo, fijémonos en su unidad más pequeña: la célula. Las células están bañadas en un líquido que, en su estado original, cuando somos jóvenes y estamos sanos, está limpio y transparente. Lo llamamos «líquido intersticial (o extracelular)», aunque no es totalmente líquido, sino que tiene la consistencia de un gel. En este entorno es donde se da la comunicación entre una célula y otra, la entrega de nutrientes desde los vasos capilares arteriales al interior de la célula y la «basura» que esta excreta para que sea eliminada por los vasos linfáticos.
La célula, como organismo vivo que es, se alimenta y respira. Metaboliza los nutrientes y el oxígeno que le llegan a través de la microcirculación. Al igual que una persona o un animal, la acción de comer o respirar genera desechos. Las personas vamos al baño y excretamos materia fecal. Respiramos oxígeno y exhalamos dióxido de carbono (CO2). Pues bien, todas las células del cuerpo, que flotan en el líquido intersticial (o extracelular), tienen asimismo necesidad de librarse de los desechos metabólicos. También han de deshacerse de los radicales libres. Simplemente los expulsan fuera de la célula hacia el líquido extracelular. Los vasos linfáticos y los capilares venosos, en una persona joven y sana, los recogen y los llevan a los grandes depuradores: hígado, riñones, pulmones y piel. Sucede que este proceso puede verse dificultado por falta de agua. Si nuestro cuerpo no está convenientemente hidratado, en lugar de flotar en una piscina de aguas transparentes, la célula flotará en el fango, ahogada en sus propias toxinas (endotoxinas).
Los desechos metabólicos de la célula son ácidos (ácido carbónico, ácido oxálico, ácido úrico, etc.). Si no son arrastrados rápidamente de su entorno, estos desechos —como cualquier ácido— pueden llegar a dañar y corroer la delicada pared celular. La acumulación de desechos metabólicos crea una barrera de basura que impide que se dé el milagroso proceso de intercambio de nutrientes por residuos, lo que bloquea el saneamiento de la célula. Así, esta queda desnutrida y pierde su capacidad de funcionar exactamente para lo que ha sido creada.
Según el investigador austriaco Alfred Pischinger, la enfermedad se origina en el entorno extracelular. El agua mantiene esponjoso y fluido el líquido extracelular, como una alcantarilla donde el agua corre libremente. Lo contrario es un alcantarillado obstruido y maloliente. El agua alcalina es agua del grifo que pasa por una pequeña depuradora que, mediante un proceso de electrolisis muy avanzado, aparte de filtrar impurezas, le cambia el pH, y eso hace que penetre fácilmente en el interior de la célula para que aumente su hidratación. El agua del grifo tiene entre 12 y 15 moléculas, mientras que el agua alcalinizada está formada por 5 o 6 moléculas. Gracias a este proceso, nuestro organismo absorbe mejor las propiedades del agua, lo cual le permite realizar la tarea de eliminación de radicales libres, de toxinas y de impurezas con mayor eficiencia y agilidad.
Cualquier protocolo Happy Aging empieza por un paso previo ineludible: la depuración y detoxificación del medio. En este sentido, el agua es imprescindible, al ser el mejor disolvente de la naturaleza.
La piel envejece asimismo por la pérdida de su componente lípido (grasa), que como hemos visto se aloja en la hipodermis. A lo largo de su vida, la piel va viendo modificados los elementos que la estructuran. En la adolescencia, es frecuente tener problemas de acné: las glándulas sebáceas, que trabajan a todo trapo, pueden llegar a taponar el conducto hasta que se infecta. Cuando nos hacemos mayores, tenemos menor proporción de grasa en la piel y, por eso, su apariencia es seca y mate; pero no cualquier grasa es buena para el organismo. En nuestra sociedad, consumimos un exceso de grasas saturadas (de fuente animal) y de aceite de girasol y de soja (omega 6), lo cual rompe el equilibrio que debe existir en nuestro organismo entre omega 6 y omega 3. Este último solo se halla en el pescado azul y, en menor proporción, en las semillas de lino y en las nueces. Para evitar este desequilibrio, cocina con aceite de oliva, destierra de tu cocina el aceite de girasol y el de soja, y toma complementos de omega 3. Las grasas animales, como el tocino o la mantequilla, deben ser consumidas en muy pequeña cantidad. Las grasas hidrogenadas como la margarina han de ser eliminadas completamente de tu dieta.
El organismo humano fabrica grasa: el colesterol. Las hormonas necesitan una base de colesterol. Muchas veces, hombres y mujeres que han traspasado la frontera de los 50 años se acercan a mi consulta extrañados porque, aunque siguen una dieta equilibrada, o incluso muy baja en grasa, tienen el colesterol alto. Les explico que el cuerpo, con la edad, produce niveles de hormonas sexuales más bajos: estrógenos y progestágenos en la mujer, testosterona en el hombre, mientras que el hígado sigue sintetizando ingentes cantidades de colesterol que ya no podemos destinar a construir hormonas. Así, durante un tiempo de ajuste, el colesterol se dispara. No te asustes ni creas que no estás haciendo bien tu dieta. Sencillamente, el cuerpo necesita reequilibrar su producción de colesterol endógeno para ajustarlo a las necesidades reales, ya que, en la menopausia y en la andropenia, nuestra tasa hormonal disminuye. Toma nota de los nutrientes Happy Aging que pueden ayudar a bajar el colesterol de forma natural en el capítulo 5. Si tu tasa de colesterol sigue disparada durante tiempo, ve al especialista, pero no te preocupes de buenas a primeras: se ha demonizado al colesterol como la madre de todos los problemas cardiovasculares, pero actualmente se ha demostrado que esta teoría es falsa. Más adelante me referiré al verdadero causante de dichas enfermedades: la inflamación.
La piel también necesita grasas. Incluso en las dietas más estrictas, recomiendo añadir al menos una cucharada de aceite de oliva virgen de primera prensada en frío. Yo lo tomo cada mañana junto al zumo de un limón y acabo de llenar el vaso con agua caliente. Es lo primero que hago al despertar y, entonces, es mejor esperar un ratito antes de desayunar. El aceite de oliva, base de la dieta mediterránea, es un gran antioxidante, rico en vitamina E. Mezclado con limón, es un emoliente para la vesícula biliar y contribuye a alcalinizar el medio. Muchas migrañas de origen hepático se solucionan con esta receta de la abuela. A algunas personas la acidez del limón no les sienta bien, sobre todo si sufren de gastritis o de úlcera de estómago; pueden probar a añadir una punta de bicarbonato, pero, si persisten las molestias, este truco Happy Aging no es para ellas.
Al agua y a los lípidos, hemos de añadir otros elementos constituyentes de la piel, cuya pérdida provoca flacidez y arrugas: colágeno, elastina y ácido hialurónico. El colágeno es una proteína muy abundante en el cuerpo humano. Hay estructuras de colágeno en los músculos, en las articulaciones, en los huesos, en el cabello, en las uñas y, también, en las membranas que rodean los órganos. El colágeno contiene aminoácidos como arginina, lisina y prolina, imprescindibles para el buen tono de la piel.
Aunque consumamos proteína en la comida, pocas veces se han evidenciado grandes cambios y mejoras en la textura de la piel por consumir más carne, pescado o proteína vegetal. Se nota realmente un cambio cuando suplementamos nuestra dieta con complementos de colágeno o de sus precursores, los aminoácidos.
El cuerpo fabrica constantemente colágeno, es cierto; pero, con el tiempo, la producción de esta preciosa proteína desciende. Algunas vitaminas, como la vitamina C, y los pigmentos naturales procedentes de los frutos morados, llamados «antocianidinas», son capaces de relanzar la síntesis de colágeno, de darle un empujón, vamos.
La elastina es asimismo una proteína fundamental para el buen aspecto de la piel. Los expertos aseguran que las arrugas en forma de surcos verticales denotan falta de elastina y los horizontales, falta de colágeno.
Un buen cóctel para la piel debería contener, además, ácido hialurónico. Las propiedades del ácido hialurónico se conocen desde hace décadas en la medicina deportiva. Algunas articulaciones están bañadas en este líquido viscoso que evita la rozadura de dos de ellas entre sí. «Y si es capaz de “engrasar” una rodilla, también podrá devolverle la lozanía a esos pómulos caídos», nos dijimos en el equipo de Happy Aging. Los resultados son evidentes si se combinan varios supernutrientes de la piel como el colágeno, la elastina y el ácido hialurónico con la vitamina C y los aminoácidos prolina, glicina y lisina, sumados a un concentrado de antocianinas, polifenoles, azufre MSM... Sin embargo, los suplementos Happy Aging no podrán ayudarte si tú no te ayudas a ti mismo. ¿Cómo? Manteniendo en buen estado las fibras de colágeno que aún tienes. Para ello, te interesará saber que el peor enemigo del colágeno es el azúcar, que lo degrada, lo carameliza e impide su regeneración y cicatrización.
Hace poco estuve dando charlas sobre Happy Aging en México, invitada por el Instituto Tecnológico de Monterrey y por asociaciones de mujeres empresarias. Tengo familia ahí: mi hijo mayor, su preciosa esposa mexicana ¡y tres nietos! El taller incluía el desayuno: ¡los desayunos en México son dignos de verse! Enormes carritos colmados de pasteles se paseaban entre las mesas, pero en esta ocasión, de acuerdo con la organización, preparamos un desayuno nutritivo: preciosas copas de fruta troceada y unas tortitas de fibra. Se preparan así: en un bol, pon salvado de avena y de trigo, huevos, un poco de leche de avena y estevia; mézclalo todo hasta lograr una pasta y confecciona con ella galletas lo más delgadas posible; hornéalas o tuéstalas en una sartén de cerámica apenas engrasada con aceite y ¡listas! Estas tortitas sustituyeron las típicas «tortillas» de maíz tan comunes en México. Les pusimos varios rellenos: huevos revueltos con jamón, puntas de espárrago con queso fresco, champiñones salteados, etc. Quedaron preciosas, riquísimas y, sobre todo, perfectamente equilibradas desde un punto de vista nutricional.
Comer tortitas de fibra y proteína es una fantástica manera de aportar energía al cuerpo, una energía que el organismo irá utilizando a lo largo de la mañana. No se trata de una energía rápida como la que me daría un pedazo de chocolate o un pastel de crema. Ciertamente, entre los pequeños placeres de la vida, se encuentra el de entrar en una cafetería, con su inconfundible aroma a café recién molido y pan recién horneado, y echar un vistazo a las delicias que se muestran, impúdicas, tras la alacena de cristal. Me encanta, me hace sentir bien para empezar el día; pero sé que, al cabo de unos minutos, todo el azúcar que he ingerido habrá modificado los niveles de glucosa en mi sangre y le habrá pegado una patada a mi pobre páncreas, que, muy cabreado, segregará enormes cantidades de insulina para restaurar los niveles de azúcar. Ese mismo páncreas se verá forzado a segregar más tarde glucagón para eliminar la insulina que corre ya en exceso por mi cuerpo y que produce inflamación de tejidos y de mucosas. Los azúcares que no queme se almacenarán en algún punto de mi cuerpo en forma de grasa, quizá en las caderas, quizá en mi trasero; una vez realizado este proceso, que es muy rápido, la insulina caerá en picado y, al cabo de poco tiempo, volveré a tener ganas de dulce. Si no estuviera informada, me diría a mí misma: «El cuerpo es sabio; si me pide dulce, será porque lo necesito. Ya debo haber digerido el pastel de crema y chocolate, así que puedo pedir otro…». ¡Error! Esos picos de azúcar en la sangre lo que denotan es una pérdida de equilibrio y perjudican tu salud. A continuación, te explico de qué forma lo hacen.
Ansiedad y genética aparte, una gran apetencia por el dulce puede ser el resultado de haber comido un exceso de hidratos de carbono refinados, que habrán provocado un vaivén hormonal entre la insulina y el glucagón. Esta reacción del cuerpo a la insulina es clave para nuestra salud. Si se repite habitualmente, puedes provocarte una enfermedad degenerativa propia de nuestro tiempo, un tiempo de excesos y de consumismo desenfrenado: la temida diabetes tipo II, o su hermana menor, la resistencia a la insulina. Y ¿sabes qué es lo peor de todo? Aparte de ser una enfermedad degenerativa, la diabetes tiene dos efectos secundarios que se llevan muy mal con la salud y con el envejecimiento saludable: una degradación importante del colágeno en todo el cuerpo —incluso en el colágeno que mantiene firme el óvalo de tu rostro y que evita que se formen arrugas— y problemas para cicatrizar heridas. Hablaremos en profundidad de ello en el capítulo dedicado al sistema endocrino. A esta degeneración de las fibras de colágeno por efecto del azúcar, se le llama «glicación».
