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Este libro es una guía turística, aunque no una cualquiera, pues no se va a ocupar de los sitios más bellos o más concurridos o que mejores recuerdos han dejado a sus visitantes. Muy por el contrario, se ocupa de otro tipo de lugares, de lugares mágicos, tenebrosos, llenos de misterio y dramas, donde se dan cita los más espeluznantes fenómenos paranormales. De la mano del reconocido Rafa Taibo, el lector podrá adaptarse en el misterio y el horror que ocultan estos lugares, en los que la trayectoria histórica y viral ha dejado unas improntas que solo pueden entenderse gracias a la investigación paranormal, que ha sido abordada in situ por el autor y en la que lleva de la mano al lector, como si fuera el protagonista de una película de horror pero documental, de la vida real, pues finalmente el interés es tratar de dar respuesta a los fenómenos presentes en estos lugares Este estilo único de enfrentar lo desconocido queda plasmado en esta guía, en la que el lector además de encontrar información útil de los lugares que se describen, se verá inmerso en las estremecedoras experiencias allí vividas por Rafa y sus compañeros de aventura y sabrá qué esperar si decide visitarlos. Bienvenido a una experiencia sin paragón en la que se abrirán las puertas a lo desconocido. ¿Cruzamos el portal?
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Seitenzahl: 259
Veröffentlichungsjahr: 2021
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¿Hay alguien aquí?
© 2020, Rafa Taibo Calenti
© 2020, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, junio de 2020
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
Edición, diseño y diagramación
Equipo editorial Intermedio Editores
Diseño de portada
Alexánder Cuéllar Burgos
Fotografía de portada
Alejandra Sandoval
@yoalejasandoval
Carolina Corredor
@carocorrefoto
Ilustraciones capítulos
Alejandro Osorio Garcés
@larionelrottweiler
Fotografías ilustraciones
Alejandra Sandoval
Carolina Corredor
Fotografías capítulos
RCN Televisión S.A.
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68 B 70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
ISBN:
978-958-757-931-4
Impresión y encuadernación
A B C D E F G H I J
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
El principio
El Ferrol, Galicia, España
Hoy
El hospital del terror
Antiguo hospital de San Rafael, Facatativá
El hospital del terror
Lo que allí habita
Lo que debes saber
Armero
Ecos del apocalipsis
La mano invisible
Lo que allí habita
Lo que debes saber
Panópticus
El grito de los condenados. Ibagué
Se abren los portales
Lo que allí habita
Lo que debes saber
Una noche en el museo
Museo Naval del Caribe, Cartagena
Las sombras cobran vida
Lo que allí habita
Lo que debes saber
Hacienda Cuernavaca
La guarida de la bestia. Pacho
Lo que allí habita
Lo que debes saber
La ciudad de los muertos
Cementerio Central de Bogotá
Las criptas del terror
Brujería en el Cementerio Central de Bogotá
Lo que allí habita
Lo que debes saber
¿El final?
¿Hay alguien aquí?
Mis compañeros de aventuras
Glosario
[que es más que un glosario]
Notas al pie
Julio de 1970
La enorme mansión de su abuelo era para él un auténtico parque de diversiones en el que agotaba cada día hasta su última gota de energía, algo casi impensable en un niño de diez años. Por algún motivo, disfrutaba especialmente la hora de ir a dormir, su habitación estaba en la última planta del caserón, nada más terminar la señorial escalera por cuya gruesa baranda se deslizaba cada mañana para atender la llamada al desayuno. Insistió e insistió hasta que convenció a mamá de que le permitiera dormir sólo en la última planta, en un lugar diferente a donde lo hacía el resto de la familia, en parte por la sensación de independencia que le otorgaba y en parte por la necesidad un tanto infantil de reafirmarse como el primogénito de la familia, el hermano mayor de Manen y Vicky. Pero también porque sentía una fascinación especial por el último piso y el largo corredor lleno de puertas a ambos lados que se abrían a pequeñas habitaciones abuhardilladas plagadas de objetos mágicos. Una contenía docenas de enormes maletas y baúles tan grandes que cabía dentro, por eso era de sus favoritas a la hora de jugar a las escondidas con Manen y Vicky; otra contenía viejos maniquíes de extraño aspecto y perchas de las que colgaban antiguos ropajes que parecían sacados de las novelas de Verne o Salgari que devoraba con avidez. Allí vivía con sus hermanas apasionantes aventuras disfrazándose de personajes que inventaban. Pero una habitación en especial llamaba su atención: era la más grande y la llamaban “el cuarto de la plancha”. Cuando la mansión vivía sus tiempos de esplendor, allí era donde las mujeres del servicio, esgrimiendo pesadas y humeantes planchas de carbón, alisaban con esmero el ajuar de finas sábanas de hilo egipcio. “El cuarto de la plancha” era la única habitación que, junto a la de su abuelo, tenía su baño propio y para Víctor eso representaba un enorme atractivo, ya que lo salvaba de recorrer los fríos y húmedos corredores cuando en la noche se despertaba con ganas de ir al baño.
Aquella noche, tras disfrutar de la cena en torno a la señorial mesa del comedor en la primera planta, con candelabros de plata y una ajada vajilla de Sargadelos que vivió tiempos mejores, todos se dispusieron a acostarse temprano: al día siguiente disfrutarían de una temprana excursión a Valdoviño, la playa favorita de la familia.
En el rellano de la segunda planta, Víctor dio las buenas noches al abuelo, papá, mamá, Manen y Vicky, que se repartieron hacia sus habitaciones, y enfiló el tramo final de las escaleras rumbo a la suya. Se detuvo un instante ante el reloj de péndulo que adornaba el último descansillo, le encantaba aquel armatoste y el sonido metálico de su oscilante péndulo de bronce (“clonk, pausa, clonk”) y con los escasos restos de energía que le quedaban, subió de dos en dos los últimos escalones hasta su habitación. Se puso rápidamente el pijama dejando su ropa hecha un bulto sobre el suelo, y se arropó hasta la barbilla. En segundos se sumergió en un profundo sueño.
La vejiga de Víctor lo despertó: tenía que orinar con urgencia. Medio dormido, se destapó apartando a un lado las pesadas mantas, buscó a tientas el interruptor de la lámpara de su mesilla de noche y se sentó en el borde de la cama, pero su mano no encontraba el maldito interruptor… Levantó la mirada y quedó congelado durante un latido que le pareció eterno: frente a él había una señora mirándolo.
Instintivamente, se cubrió de nuevo con las cobijas haciéndose un ovillo bajo ellas. Su corazón latía desbocado, y sus ojos desorbitados por la impresión, buscaban inútilmente una pizca de luz bajo las gruesas mantas. Esperó, crispado e inmóvil, a que en cualquier momento las cobijas le fueran arrancadas y desapareciera su mágica protección. Pero nada sucedió.
Víctor permaneció muy quieto, casi evitando respirar, durante lo que le parecieron horas, hasta que empezaron a trinar las primeras aves y la luz del alba comenzó a filtrarse a través de sus cobijas. Muy despacio, fue asomando la cabeza bajando las mantas que le cubrían y vio con alivio que ya no había nadie junto a su cama. Pegó un brinco y en segundos bajaba a toda velocidad las escaleras. Irrumpió en la habitación de sus padres y sacudió a mamá hasta que se despertó. Atropelladamente le contó lo que le había pasado. Mamá sonrió y le alborotó el cabello, se calzó sus zapatillas de felpa, se puso una bata y, tomando a Víctor de la mano, lo llevó hacia la biblioteca de la casona. Se dirigió a una de las vitrinas llenas de viejos libros y eligió un pesado tomo encuadernado en piel. Lo puso sobre la gran mesa de caoba y lo abrió: era un álbum de fotografías. Desde una foto en blanco y negro, la mujer que esa noche contemplaba dormir a Víctor, le devolvió la mirada.
A estas alturas, seguramente habrás deducido que Víctor era yo. Cambié legalmente mi nombre a Rafael un par de años después de este episodio, pero esa es otra historia.
Sí: mi primer episodio inexplicable lo viví con apenas diez años.
Esa mañana mi madre me explicó pausadamente que la mujer de la foto, la misma que yo había visto al lado de mi cama, era mi abuela Inés, mi abuela paterna, fallecida de cáncer antes de que yo cumpliera mi primer año de vida. Fue la primera conversación que mantuve sobre los misterios que nos rodean y hoy, muchos años después, aún agradezco a mi madre la atinada forma en que me abrió la puerta al misterio, presentándolo ante mí como algo natural y a lo que no hay que temer, y haciéndome llegar por mí mismo a la conclusión de que, fuera del susto que me dio, no existía amenaza alguna en la presencia fantasmal de mi abuela mirándome dormir: había amor.
Hasta aquel día, yo era un niño sin miedos y, gracias a mi madre, continué siéndolo. Sin embargo, se despertó en mi un sano interés por lo desconocido, interés que fue yendo y viniendo a lo largo de mi existencia sin alcanzar jamás a imaginar que llegaría un día en el que crearía un programa de investigación paranormal que me brindaría la oportunidad de vivir increíbles aventuras en lugares mágicos, en busca de respuestas a las preguntas que me acompañan desde aquella noche de julio en la mansión de mi abuelo.
Esta es una guía que se sale de lo normal en el sentido de que no está basada en recopilar las experiencias de otros con objeto de ilustrar al lector, sino que relata mis vivencias personales enfrentando lo desconocido en aquellos lugares de Colombia que están envueltos en algún tipo de misterio. El Canal RCN me permitió iniciar este camino soñado por cualquiera al que interese tratar de encontrar explicación a lo inexplicable, al aprobar mi proyecto de realizar un programa dedicado a la investigación paranormal. Tras casi cinco años de investigaciones y cuatro temporadas al aire –si incluimos la que llamo “temporada cero”–, puedo decir que he vivido incontables fenómenos a los que no he logrado dar una explicación racional. A través de estas páginas quiero contártelos y ofrecerte la oportunidad de que tú mismo los vivas, ya que muchos de los lugares que conocerás con esta guía pueden ser visitados. Además, conocerás los dispositivos de comunicación extrasensorial orgánicos y electrónicos que han pasado por mis manos, los métodos de investigación que he desarrollado como las “trampas de sal” o el escalofriante reto de “la hora muerta”, te presentaré a los expertos de diferentes disciplinas que he conocido, las experiencias de nuestros invitados, las de mi círculo más cercano de colaboradores y lo mejor: podrás revivir a mi lado cada aventura visitando con los vínculos que encontrarás en cada capítulo la web del Canal RCN o su página de YouTube, con los episodios emitidos de cada uno de los lugares que te describo.
En esta guía, al abrir conmigo las puertas de cada lugar que incluye, encontrarás en primera instancia el relato de mi experiencia. A continuación, y bajo el título “Lo que allí habita”, un sucinto pero vital comentario de Ayda Luz Valencia sobre el lugar en cuestión desde la perspectiva de alguien que posee diversos dones místicos, entre los que destaca la clarividencia y, por último “Lo que debes saber”: las claves de la historia, antecedentes paranormales, bibliografía y datos útiles para el visitante, gracias a la colaboración de Eduardo Escoto, investigador paranormal.
Además, al final encontrarás un glosario en el que explico puntualmente toda referencia a objetos, fenómenos o personas que considero merecen una aclaración especial.
Los lugares que vas a conocer no siguen el orden cronológico de mis investigaciones, pero si te fijas, encierran un esquema que trasciende al yugo del tiempo tal como lo concebimos en el momentum que atravesamos como especie… espero lo detectes.
No quiero entretenerte más. Pasa la página y cruza conmigo el portal a lo desconocido, pero recuerda: una vez des el paso, no hay forma de saber lo que te espera al otro lado.
Antiguo hospital de San Rafael, Facatativá
Facatativá es una activa localidad cercana a Bogotá. Cuando entras desde Bogotá por la carretera principal en dirección al pueblo, justo antes del centro urbano, a tu derecha podrás ver un enorme edificio de arquitectura republicana y hermoso aspecto, es el antiguo hospital de San Rafael. Inaugurado a principios de 1900, llevaba ya unos diez años abandonado, cuando tuve la oportunidad de conocerlo. A su espalda se erige un moderno hospital: el que lo jubiló; y ahora, en los desiertos corredores, dormitorios y quirófanos, se acumulan enseres obsoletos, archivos olvidados y viejos dispositivos que algún día fueron los más avanzados de la época y hoy sólo sirven para que las arañas tejan sus filigranas de seda pegajosa. Muchos de los habitantes del pueblo cambian de anden si tienen que pasar por allí, sobre todo en horas de la noche, para evitar escuchar los lamentos que, aseguran, salen del viejo hospital, o ver las extrañas siluetas con forma humana que se recortan en sus ventanas.
Por aquel entonces, el programa de televisión Ellos Están Aquí daba sus primeros pasos, apenas era una sección de diez o doce minutos dentro del programa “Cuatro Caminos” que emitía RCN Televisión. De hecho, esta fue nuestra segunda investigación de la que conocemos como temporada cero, algún día hablaremos de la primera investigación, pero esa es otra historia. También, en esta investigación conocí por vez primera a Ayda Luz Valencia, no podía imaginar entonces las aventuras que compartiríamos y la profunda huella que este ser de luz dejaría en mi vida.
Puedes imaginar con cuanta emoción enfrentaba este primer reto. Tras el éxito en pantalla de la primera investigación, “Los fantasmas de Nuestra Tele” –que hicimos prácticamente con las uñas–, esta vez contaba con un presupuesto modesto pero que me permitía disponer de mejores recursos técnicos.
Por supuesto, invité a Xavier Piñeros y Edwin Robles, que me habían acompañado semanas atrás en la primera investigación. Xavier es médium y clarividente y, sin lugar a dudas, es dueño de una sensibilidad especial que estoy convencido le permite ver cosas que a los demás nos pasan desapercibidas. Edwin me pareció un auténtico apasionado por lo desconocido y un estudioso de todos los aspectos de lo paranormal. Ambos colaboran con programas de investigación o debate en diversos medios y, sin lugar a dudas, forman parte de la pequeña élite de personas con renombre en el universo mediático del esoterismo y sus artes; puedes encontrarlos en diversas redes sociales y juzgar por ti mismo.
Dada mi inexperiencia en estas lides, opté por depositar en ellos mi confianza y observar cómo se desarrollaban los acontecimientos. Debo reconocer que siempre he guardado un prudente escepticismo en relación a los expertos que me acompañan. Al fin y al cabo en esto no existen verdades absolutas y todo parte de la especulación. Ya desde entonces, mi propósito fundamental cobraba fuerza en mi interior: rodearme de expertos de todas las disciplinas posibles y experimentar con ellos, tratando de obtener una prueba irrefutable de la existencia o no de un más allá. Continúo: Camilo Romero es una pieza clave en mis investigaciones pasadas y futuras, mi hombre en la sombra, el que organiza, convoca y pulsa las teclas para que nuestros proyectos se conviertan en una realidad. Y también Ayda y su equipo: David y Mónica. Esa fue la noche en que los conocí. De quien no te he hablado es de Lina Pulido, una periodista arrojada y luchadora, guapa y frentera, que invité para que me acompañara en este bautismo de fuego: quería una mente clara y poco sugestionable a mi lado… Sin saber que, a ella como a mí, los acontecimientos nos superarían, dejándonos boquiabiertos, por no decir aterrados.
Bienvenidos a la noche que significó para mí el inicio de una búsqueda apasionante, bienvenidos a:
Heryka Solano fue mi productora. Con su característica energía y profesionalidad, organizó, cerró acuerdos, armó el equipo técnico, instaló la base, dejó todo listo y a las diez de la noche se fue a su casa: “Rafa, hago esto porque te quiero. Te acompaño hasta que arranques tu investigación y ahí me vuelo”. Entiendo que hay personas que, por diferentes motivos, no quieren que algunas facetas de lo inexplicable rocen sus vidas y lo respeto.
Gracias Heryka, de corazón.
La base quedó establecida en la amplia capilla del edificio, en la segunda planta. Y, sobre las diez de la noche arrancamos la investigación. En esta ocasión te voy a narrar en orden cronológico los acontecimientos más relevantes que se desarrollaron, para que sientas el ritmo creciente de la acción y, si tienes la oportunidad de visitar el viejo hospital, te fijes especialmente en aquellos lugares que te describo, en los que lo inexplicable tomó el control de la situación.
Carne podrida
Como siempre al caer la noche, el ambiente en el viejo hospital se transformó. Pasó de interesante a sobrecogedor. Sin embargo, en la base reinaba un ambiente eléctrico mientras discutíamos cómo organizar la investigación. De pronto, un olor fétido inundó la capilla. Literalmente nauseabundo, era un penetrante olor a carne podrida que comenzó a crecer de la nada. Podía tratarse del cadáver en descomposición de un gato o una paloma, habitantes naturales de los lugares abandonados, pero no provenía de un lugar específico: nos envolvía. Edwin inmediatamente achacó el suceso a un fenómeno conocido como osmogénesis*, consistente en aromas que salen de la nada, agradables o desagradables, y que tienen un origen espectral.
A los pocos minutos, tal como apareció, el olor se disipó. Con el tiempo, aprendería a reconocer casi de forma automática este tipo de señales y muchas, muchísimas cosas más, que espero tú también aprendas acompañándome desde estas páginas.
Decidimos hacer un primer recorrido en grupo. Al salir de la base en la capilla, descubrimos unas curiosas huellas de manos infantiles impresas en la pared que antes nos habían pasado desapercibidas. Los expertos las analizaron superficialmente, sin darles mayor importancia y sin sospechar que más tarde, otras huellas similares nos dejarían perplejos.
Un par de días después de esta noche, Camilo regresó a Facatativá para recabar testimonios de los lugareños sobre el viejo hospital y todos nos sorprendimos al escuchar el testimonio de un antiguo empleado: esas huellas aparecieron de un día para otro cuando el hospital se clausuró.
Plano general del antiguo hospital de San Rafael, con el nuevo al fondo.Foto cortesía Canal RCN
Huellas misteriosas en la pared del hospital.Foto cortesía RCN.
El personal de aseo las limpió varias veces, pero volvieron a aparecer una y otra vez… hasta que decidieron dejarlas donde estaban.
Al arrancar el recorrido inicial, vi por vez primera a Ayda esgrimir las varas de radiestesia*, un dispositivo orgánico basado en las técnicas utilizadas ancestralmente por los zahories, que permite detectar la presencia de energías, determinar si son positivas o negativas e incluso comunicarse con ellas.
También en esta ocasión, estrené las que entre nosotros llamamos trampas cazafantasmas*, y que con el tiempo iríamos perfeccionando: en dos lugares diferentes colocamos varios objetos con una cámara grabandolos ininterrumpidamente, con la intención de “tentar” a las energías a tocarlo y ojalá moverlos. En una habitación de la planta superior distribuimos ante la cámara varias cartas de baraja y un tablero de ajedrez. En otra habitación de la planta baja, algunos muñecos, una guitarra, y diversos juguetes. Al revisar posteriormente en edición lo grabado, comprobamos que en esta ocasión las trampas no funcionaron. Sin embargo, la cámara que grababa la segunda trampa registró el escalofriante sonido del llanto de un niño. Aunque si extremamos nuestro nivel de escepticismo, la verdad es que podría haber sido un gato… con un maullido muy humano, pero podría haber sido. De tratarse de un sonido del más allá, esta sería una de las primeras psicofonías* que logramos registrar, ya que de haber sido un gato seguramente lo hubiésemos escuchado in situ, sin necesidad de revisar la grabación, dado el volumen del llanto o maullido. Lo cierto es que en edición nos estremecimos y felicitamos por el hito conseguido, sin saber que, con el paso del tiempo, increíbles psicofonías nos acompañarían con una frecuencia inimaginable en nuestras futuras investigaciones, llegaríamos a grabar auténticas conversaciones entre espectros y batiríamos un récord con la psicofonía más larga y clara de la historia, que registraríamos en el Museo Naval de Cartagena, pero a eso llegaremos más adelante. Este primer hallazgo que tanto nos emocionó pasaría a la lista de los olvidables o dudosos. Pero fue el primero.
Por el recinto del viejo hospital distribuimos, además, diversos montículos de sal a modo de trampa en la que las energías pudieran dejar su huella.
Tras un primer recorrido superficial midiendo energías, reconociendo el lugar y ubicando cámaras y trampas, decidimos dividirnos en dos. Lina, Edwin y Xavier recorrerían la segunda planta y yo, con el equipo de Ayda, la primera.
Los niños
No voy a negar que observaba a Ayda con cierta reserva. No podía quitar ojo a esa mujer jovial y exuberante, rebosante de energía, pero al tiempo rodeada por un aura de firmeza y dignidad, con pelo de colores y acompañada por dos asistentes tímidos y callados, que daban la inquietante sensación de saber algo que uno ignoraba. Sin embargo, mi confianza en ella se sembró esa noche e iría creciendo a medida que vivimos juntos más y más experiencias, mutando de un sano escepticismo a una sólida fe en su singularidad, cimentada en los sorprendentes acontecimientos que viviría de su mano año tras año.
La noche avanza. Recorro con Ayda y su equipo la planta baja del hospital abandonado. Las sombras se ciernen sobre nosotros mientras atravesamos estancias y corredores. Empiezo a conocer al que llegará a convertirse en un íntimo amigo: el miedo.
De pronto, dejamos el pasillo principal de la planta baja y desembocamos en lo que parecía un ala aparte: una sucesión de estancias de tamaño medio se extendía ante nosotros. Caminamos entre un ordenado desorden por un estrecho sendero entre muebles apilados hasta el techo. De pronto, Ayda se para en seco: con la mayor tranquilidad empieza a hablar de niños que corrían a nuestro alrededor. Se concentra, sonríe, interpreto que ellos también la ven y no quiere asustarlos.
–Son muchos –me dice, sonriente.
Tras uno de los muebles que reposa sobre otro que a su vez descansa sobre otro, veo la esquina de un cartel en la pared. Corro el mueble que lo tapa. La sangre se hiela en mis venas cuando leo lo que está escrito en él: Orfanato.
Vuelvo a la realidad cuando Ayda dice que uno de los niños trata de hablarle.
–Se le traba la lengua –dice sin dejar de sonreír–. Uno está abrazando mi pierna. También me habla, pero como con “legua de trapo”.
Mientras según Ayda los niños corretean a su alrededor, muevo una puerta. Tras ella aparece otro cartel que reza: Terapia de Lenguaje. Otro escalofrío me recorre. Ayda, como yo antes de descubrir los carteles, no tenía la menor idea de a qué se encomendaban esas estancias.
De pronto, Ayda deja de sonreír. Ahora con tristeza nos dice que ve a un niño postrado en una cama, parece en coma, la mira sin verla. Ayda lo describe: es de color, unos doce años, tiene casi toda la cabeza vendada… La muerte está a su lado.
Un par de días más tarde, cuando Camilo volvió a Facatativá para recabar testimonios, el mismo antiguo empleado del hospital le contó que uno de los acontecimientos más traumáticos que recuerda fue la llegada de los heridos en un accidente de bus. Un niño de color, de unos doce años, llegó con el tubo del pasamanos incrustado en la cabeza. Nunca recobró la conciencia y a los pocos días murió.
“Silencio, por favor”
Mientras tanto desde la base, algunos responsables del hospital ven desde dos computadores lo que transmiten los celulares que ambos grupos llevamos en el pecho.
Lina con Xavier y Edwin recorren la planta superior, en la base todos dan un respingo: al pasar cerca de una puerta, se ve claramente como ésta se abre sola. Lina no se ha dado cuenta.
Inmediatamente todos los dispositivos de comunicación enloquecen y comienza a sonar fuerte interferencia. De repente, se oye una frase con claridad, una frase que se repite en carteles repartidos por todos los hospitales del mundo: “Silencio, por favor”.
No logramos identificar cual es su origen. El grupo de Lina y quienes están en la base la escuchan claramente. Antes de que puedan reaccionar, Edwin da un respingo: asegura ha sentido un contacto físico.
Ajenos a los acontecimientos que se desarrollan en el grupo de Lina, Xavier y Edwin, el grupo de Ayda y yo penetramos otra zona de la planta baja. De repente, caigo en cuenta de que “alguien” está guiando a Ayda, que nos va describiendo cada lugar que atravesamos como si lo conociera:
–Es que hay una enfermera muerta que me está llevando y me está mostrando lo que ellos hacían.
Yo no doy crédito, y de repente, antes de sobreponerme a la frase de Ayda, ante nosotros estalla una musiquilla escalofriante: quedamos paralizados. Avanzo y descubro a la vuelta del pasillo un sensor que se activa al detectar movimiento y lo advierte con una inocente melodía como de caja de música pero que, en esas circunstancias, suena como la banda sonora de una película de terror. Lo instalaron Edwin y Xavier en algún momento, sin advertirnos.
Te puedes imaginar el sobresalto que nos llevamos. Es imposible que lo activara nuestro movimiento ya que estaba colocado muchos metros delante de nosotros y a la vuelta del corredor. No encontramos una explicación racional y regresamos sobre nuestros pasos para salir de allí, cuando de repente, a mucha más distancia que cuando se activó por vez primera, la musiquilla suena de nuevo. Tal vez detectó a la enfermera que guiaba a Ayda.
Las huellas
Debían ser cerca de las dos de la noche cuando decido revisar la trampas de sal que repartimos por varios rincones del viejo hospital. Todas aparecen intactas, excepto una: en uno de los montículos se distinguen marcas de pequeños dedos. Pero ¿es una prueba?, al no haber registrado con una cámara fija cómo se formó la marca, hoy la descartaría como prueba. En realidad, las marcas que aparecerían en futuras investigaciones, hoy las descarto como prueba: no puedo considerarlas como tales sin haber logrado grabar cómo se formaron. Pero eso llegaría con el tiempo, más adelante lo descubrirás en el capítulo titulado “Panópticus” (Ver p. 89).
Las huellas que sí me parecieron aterradoras fueron las que descubrimos poco después.
Recorro luego la planta superior con Ayda y sus asistentes. Al ingresar a una de las habitaciones, sentimos un brusco cambio de temperatura, de pronto hace frío en medio de una cálida noche. Ayda comienza a mencionar que vuelve a ver niños, pero se comportan de forma diferente, ahora no corretean a su alrededor: flotan. Me doy cuenta de que en la pared hay marcas de huellas, como las que vimos a la salida de la capilla, huellas pequeñas, de manos infantiles. Las sigo con la mirada y me sorprende que las huellas alcanzan el techo. Continúo siguiendo su rastro y descubro que el techo de la habitación, a un par de metros sobre mi cabeza, está lleno de huellas de niños.
La noche avanza y los acontecimientos empiezan a tornarse pesados, la emoción del inicio va dando paso en mí a una especie sobrecogimiento anímico: mi mente trata de procesar los fenómenos de los que soy testigo y que hoy, con mucha más experiencia a mis espaldas, seguramente habría digerido y manejado de otra forma. Me doy cuenta de que voy perdiendo la pelea contra la sugestión, y trato de sobreponerme pero no es fácil, el cansancio y las emociones fuertes resultan ser un cóctel extenuante… Y lo más sobrecogedor estaba por llegar.
Xavier y Edwin abren un portal de comunicación con fuego.Foto cortesía RCN Televisión SA.
Mi rostro marcado con huellas inexplicables.Foto cortesía RCN Televisión SA.
Videncias y evidencias
Estoy con Lina, Ayda y su equipo en otra sala de quirófanos de la planta baja. De pronto, algo sucede a Mónica: se transfigura, parece ausente, llora. Está sufriendo un episodio de canalización*, una entidad está usando su cuerpo para manifestarse, somos testigos de cómo “alguien” se está muriendo ante nuestros ojos, y no quiere. A través del cuerpo de Mónica podemos ver el dolor y la angustia de ese ser, seguramente con mayor intensidad incluso que quienes estuvieron presentes en el instante de su partida, ya que nosotros podemos escuchar sus pensamientos. Es la primera vez que soy testigo directo de una canalización. Resulta escalofriante.
Mientras, en la planta superior, Camilo acompaña a Xavier y Edwin. Xavier escucha interiormente cómo una energía lo llama, la busca, sigue su rastro y finalmente encuentra el lugar en el que supuestamente está. Una amplia habitación ahora vacía, pero que seguramente albergó en el pasado varias camas con pacientes. La entidad dice a Xavier que su nombre es Jorge, y le expresa con desesperación que necesita a su mamá y quiere ver a sus dos hijos. Edwin y Xavier deciden abrir un portal de comunicación con fuego. Allí mismo trazan en el suelo un círculo con alcohol. Repentinamente, un impresionante remolino de fuego se eleva hasta tocar la mano de Xavier, que mantiene extendida ante él. También fue la primera vez que vi algo así.
Abajo, en el quirófano, Ayda somatiza el dolor de la presencia, es un fenómeno diferente a la canalización: mientras que Mónica pierde su propia consciencia y el control de su cuerpo y voz al canalizar, lo que Ayda siente es el dolor físico que alguien sufrió en aquel lugar en el pasado. Ayda empieza a somatizar una sensación de ahogo y un punzante dolor estalla en su pecho y vientre. A su lado, unos espasmos comienzan a sacudir a Mónica. De pronto su voz se transforma, suena grave y profunda: masculina. Ayda trata de establecer comunicación con la entidad.
–¿Que necesitas? –pregunta.
El ente parece tratar de hablar usando el cuerpo de Mónica, pero solo emite sonidos guturales y aterradores. Lina y yo estamos paralizados. Repentinamente, una oleada de olor fétido y penetrante nos azota: Orines y carne podrida. Mónica comienza a ahogarse y súbitamente sale de su canalización, al tiempo Ayda comienza a recuperarse. Nos comentan que ambas visualizaron a un anciano. El olor se desvanece. Fuerte: muy fuerte.
“No estás solo”
Llegan las tres de la mañana. Todos estamos exhaustos. Sin embargo, decido dar una vuelta de tuerca más: salir solo. No tengo como explicarte la sensación de recorrer en solitario el viejo hospital mientras los demás esperan en la base, ese acto impulsivo marcaría a fuego mis acciones futuras a lo largo de los años: cuando el miedo te atenaza, toca dar un paso al frente. Si retrocedes, habrá vencido y podrá dominarte en cualquier momento, cuando menos lo esperes.
La verdad es que recuerdo como una ensoñación aquel recorrido en solitario. En mi memoria resuenan ruidos de pasos y muebles que se mueven, sombras que se escurren por los muros y susurros extraños que llegan a mis oídos. Recuerdo vagamente que fallaron los dispositivos y mi cámara dejó de grabar, pero continúo conectado a la base por el celular. De pronto, Ayda me grita:
–¡Sal de ahí!
A través del celular, los expertos me dicen que las energías negativas están llegando. Desde la base, me ordenan que regrese. No quiero. Siento que algo revelador está a punto de suceder. De pronto escucho la voz calmada de Edwin que me dice: “no estás solo” y en ese instante suena un fuerte golpe metálico a mi lado, y mi cámara y la luz portátil que lleva adosada comienzan a encenderse y apagarse sin control. Hasta ahí llego. Regreso a la base.
Al entrar, todo el mundo queda en silencio con todas las miradas clavadas en mí.
–¿Qué sucede? –pregunto.
Alguien me pasa un espejo.
Miro mi reflejo.
Tengo algo en mi cara: la huella de una pequeña mano negra.
Amanece
Ayda insistió en hacer una ceremonia de cierre y luz antes de que abandonáramos el viejo hospital. Más tarde entendería la importancia de dar paz y tratar de ayudar a las energías que habitan los lugares que visitamos, también la de cerrar los portales que consciente o inconscientemente abriéramos. Cada vez que visites un lugar con ánimo de descubrir si algo intangible lo habita, recuerda pedir permiso al entrar y tratar de transmitir paz al despedirte. Quién sabe si algún día seas tú quien esté al otro lado.
Ya sabes que puedes ser testigo directo de esta y de las demás investigaciones en el canal de Youtube de RCN. Los dos episodios que surgieron de esta experiencia, los encuentras bajo el sugerente título de “El hospital del terror”. No es muy imaginativo, pero comunica exactamente lo que sentí aquella noche de la que salí con muchas más preguntas que respuestas y que fue el detonante para iniciar una búsqueda que nos conduciría a los lugares más inquietantes de Colombia.
[Ayda Luz Valencia]
