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Hecho en Chile. Reflexiones en torno al patrimonio cultural. Volumen 2 es una nueva invitación a profundizar la problemática del patrimonio cultural, enriquecer sus múltiples miradas y seguir construyendo bibliografía que reflexione críticamente sobre el patrimonio en y desde Chile. El periplo narrado en este segundo volumen se construye a partir de trece capítulos articulados desde la lógica del territorio. Es ésta la columna vertebral desde donde se escriben estos textos, aportando así a una reflexión descentralizada, diversa y multidisciplinaria. No obstante, hemos querido dar un golpe de timón a la tradicional forma de contar y representar nuestra geografía, comenzando esta vez en el extremo sur y terminando el recorrido en el norte de Chile. En cada uno de estos capítulos se dan a conocer casos de estudio reales y locales, donde las experiencias patrimoniales son aterrizadas a nuestra fascinante y compleja realidad hecha en Chile.
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Seitenzahl: 530
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Índice
Agradecimientos
Introducción
Patrimonio industrial petrolero de la región de Magallanes. Valorizando el legado de una industria que transformó las lógicas productivas en el fin del mundo
Pía Acevedo Méndez
El rescate del patrimonio industrial en el sur de Chile: una experiencia colectiva entre la academia y las comunidades a partir del Proyecto Anillo de ciencias sociales
Alejandra Brito Peña y Yessenia Puentes Sánchez
El patrimonio desde la mirada de los museos de base comunitaria: experiencia en la región de Los Ríos
Karin Weil González
Voces polifónicas en torno a los usos y significaciones del patrimonio industrial en la ciudad del viento, Lebú
Leonel Pérez Bustamante y León Pagola Contreras
Ruka Kimvn Taiñ Volil- Juan Cayupi Huechicura: Análisis de un proceso de mediación del patrimonio
Carmen Menares Armijo
Archivo y patrimonio documental bajo la lupa: el caso de los archivos escolares de Chile
Rodrigo Sandoval Díaz
(De)construyendo el patrimonio desde las niñas y los niños: legados, caminos y potencialidades
Daniela Marsal Cornejo
¿Por qué falla el reconocimiento comunitario y la valoración del patrimonio? El caso de los Canteros de Colina
Joseph Gómez Villar
Historia de una casa: conocer, intervenir y defender el patrimonio arquitectónico
José de Nordenflycht Concha
Valparaíso: memoria del mercado y encuadramiento de la identidad (la patrimonialización como modernización neoliberal)
Pablo Aravena Núñez
Cultura y cambio en Rapa Nui. Contribuciones para la comprensión de lo patrimonial en la Isla de Pascua
Valentina Fajreldin Chuaqui
Patrimonio (arqueológico) atacameño en el Desierto de Atacama. Articulación y pugna de saberes
Fernanda Kalazich Rosales
Patrimonio vivo, patrimonio muerto. Reactivación del tejido Sur Andino como estrategia de salvaguarda del patrimonio cultural
Macarena Peña Tondreau
Colaboradores
Agradecimientos
Primero que todo, agradecer a los autores y autoras por aventurarse en este nuevo volumen del libro. Nunca es fácil hacer espacio en nuestras agitadas y veloces vidas, para reflexionar sobre el quehacer, escribir sobre éste y, además, confiar en un tercero, en este caso yo, que los ha convencido de subirse a la montaña rusa que es hacer un libro. A todos y todas, mis más sinceros agradecimientos.
Del mismo modo, agradezco el apoyo del Fondart Regional, línea Patrimonio Cultural, Modalidad Investigación 2019, cuyo fondo ha permitido la elaboración y publicación de este libro.
Finalmente, este libro no sería el mismo sin la ayuda y apoyo de muchas personas. Entre ellas, agradezco muy especialmente a Bárbara Elmúdesi, por haberme acompañado en este y en tantos otros proyectos a lo largo de los años. Es un orgullo ver cómo la “aprendiz” ha superado, con creces, a su maestra. Asimismo, a todas y todos quienes han trabajado, invertido su tiempo y su granito de arena en este volumen, mil gracias.
Agradezco además a quienes, a través de los años, desde diversos puntos del país, me han hecho saber sus maravillosos comentarios en relación al primer volumen de este libro. Han sido Uds. quienes han motivado esta segunda parte.
Para cerrar, dedico este libro, muy especialmente, a mis hijos, quienes aún no habían nacido para el primer volumen de esta obra.
Introducción
Este segundo volumen, nace, ocho años más tarde, pero con la misma necesidad: seguir construyendo bibliografía que dé cuenta del patrimonio en Chile y desde Chile, esta vez, sin embargo, de modo menos urgente.
Sin duda, han quedado muchas temáticas fuera de este volumen. Aun así, nuevamente hemos podido generar una valiosa compilación de numerosos casos relevantes que recorren nuestro Chile, contándonos de estas experiencias, desde nuestra realidad país.
Este año nos ha desafiado a todas y todos en cuanto a complejidad y retos inimaginables. Junto con ello, han surgido también momentos de reflexión y preguntas en relación a nuestras vidas, nuestros quehaceres y nuestras sociedades. Para el caso del patrimonio, me parece que una de las preguntas más urgentes implica cuestionar su pertinencia en la sociedad actual, ¿cómo el patrimonio cultural tiene sentido hoy? Esta pregunta resuena con aún más fuerza dada la coyuntura nacional e internacional en que escribo esta introducción y donde se instala este texto.
En este sentido, son muchas las reflexiones fundamentales que aquellos que trabajamos, investigamos y/o nos interesamos por el patrimonio nos hemos hecho, estamos haciendo y/o deberíamos hacernos. No solo a raíz de lo que vivenciamos hoy, sino como parte de un largo transitar del patrimonio en nuestro país: ¿Qué rol social le corresponde al patrimonio? ¿Qué imaginarios culturales representa, sostiene y alimenta? ¿Cómo aquellas instituciones patrimoniales existentes hacen eco de la realidad? ¿Acompañan y hacen frente a estas demandas? ¿O más bien perpetúan las desigualdades y estereotipos vigentes?
Todas estas preguntas fundamentales para cualquier sociedad, en el caso de la nuestra cobran una importancia fundacional, sobre todo, cuando nos cuestionamos respecto a cómo se construye y se ha construido el patrimonio en nuestro país, ¿hemos hecho frente a la larga historia del “discurso autorizado del patrimonio”? (Smith, 2006).
Algunas respuestas a estas preguntas se dan, en Chile y el mundo, de forma espontánea desde los espacios públicos. Así como los monumentos han sido cuestionados en múltiples lugares y países, debido a su poca pertinencia e incomodidad como elementos de representación nacional, en Chile, en el contexto de las manifestaciones sociales, varios de los monumentos públicos han cobrado una inusual “vida”. Ya no la vida intencionada en su origen, sino que, intervenidos, destrozados, rayados, graffiteados. Transformados para ser resignificados y apropiados de nuevos modos, expresando nuevos discursos, y haciéndonos ver, por una parte, las discordancias de su intención original en nuestro hoy. Por otra, como un testigo de nuestros tiempos. Muchos de ellos han pasado de ser monumentos muertos, olvidados, naturalizados y ajenos, de ser cadáveres, a ser símbolos para nuestra sociedad. Sus rayas nos cuentan de las necesidades numerosas, de las demandas, de lo que está sucediendo. Como un lienzo, que nos narra que está pasando en nuestras calles. Y que le da voz a aquellos que largamente no han tenido espacio, representación ni participación de los espacios patrimoniales tradicionales.
Son justamente estas voces marginales del relato y discurso autorizado del patrimonio, a las cuales hemos querido dar cabida en este nuevo volumen. Relatos fundamentalmente de regiones, experiencias de sujetos invisibilizados, historias no relevadas, reflexiones a contracorriente. En síntesis, miradas que intentan hacer contrapeso a las versiones tradicionales del patrimonio.
Por ello, en la obra que aquí nos ocupa, se decidió dar un golpe de timón a la tradicional forma de contar y representar nuestro territorio. Rebelarnos frente a la autoridad del Norte a Sur o del mandato eterno del Centro como epicentro y regiones como periferia. En vez, se decidió desordenar esos órdenes instalados, con una lógica diferente: desde el extremo sur hacia el norte.
El periplo narrado a través de trece capítulos comienza en el extremo sur de Chile, para ir subiendo por la Región de Aysén, Los Lagos, Los Ríos y Bío-Bío, la Zona Central, Chile insular, terminando este viaje en las regiones de Antofagasta, Tarapacá y Arica y Parinacota, en el norte. En cada uno de ellos, se darán a conocer casos de estudio reales, locales, donde se aterrizan estas experiencias patrimoniales a nuestra realidad chilena, HECHA en Chile.
Daniela Marsal C.
Santiago, 2020
Patrimonio industrial petrolero de la región de Magallanes. Valorizando el legado de una industria que transformó las lógicas productivas en el fin del mundo
Pía Acevedo Méndez
Presentación
El presente capítulo comprende, desde la tipología del patrimonio industrial, la experiencia petrolera chilena desarrollada en el extremo sur del territorio nacional, específicamente en la región de Magallanes desde la segunda mitad del siglo XX. Esta experiencia, inédita para el país en materia productiva, asentó lo que más tarde sería reconocido como el desarrollo enapino, entendiendo por esto todo lo vinculado a la Empresa Nacional del Petróleo bajo su sigla ENAP. Este despliegue industrial transformó la isla de Tierra del Fuego debido a la instalación de infraestructura petrolera, a la aplicación de nuevas técnicas productivas, a la rearticulación territorial y al asentamiento de hombres, mujeres, niños y niñas que se dedicaron de manera exclusiva a la explotación de petróleo, quienes serían conocidos también como “enapinos”.
A fines de 1970, en el marco de los profundos procesos de desindustrialización que experimentó el país, el devenir petrolero sufrió importantes transformaciones que dieron como resultado el abandono de infraestructura y la desarticulación de parte de la comunidad enapina que habitaba de manera permanente en la isla de Tierra del Fuego. Sin embargo, en el último tiempo se han desarrollado iniciativas tendientes a proteger estos vestigios y a relevar las memorias enapinas, en tanto desde lo patrimonial se ha resignificado esta experiencia productiva otorgándole nuevas oportunidades.
Asimismo, este capítulo revisa de manera exploratoria las posibilidades de gestionar dichos vestigios desde una perspectiva patrimonial integral y de conjunto, considerando sus particularidades y condiciones específicas en la actualidad. Finalmente reflexiona en torno a ciertos lineamientos que podrían considerarse para aplicar la tipología del patrimonial industrial a esta experiencia productiva que es de las más australes del mundo en su tipo y que posee importantes grados de exclusividad que merecen ser resguardados desde lo patrimonial.
Hacia una comprensión de la tipología del patrimonio industrial
La tipología de patrimonio industrial surge a partir de los cuestionamientos en torno a los procesos de desindustrialización ocurridos, primeramente, en Europa y luego en el resto del mundo durante la segunda mitad del siglo XX (Ibarra, 2015). Esta situación propició distintos procesos de valorización y reconocimiento por parte de diversos grupos hacia espacios que ya no tenían un valor productivo/industrial, pero sí un valor de identidad relacionado con algunas actividades productivas. Aquel valor no solo se relacionó con el edificio o los objetos, sino que también con el territorio y los sujetos, proporcionándole un significado a ese espacio, a esos asentamientos que albergaron a trabajadores y sus familias abocadas a faenas industriales, así como también a las experiencias y memorias de los trabajadores en función de estas labores. De acuerdo a Álvarez, la tipología de patrimonio industrial es comprendida de la siguiente manera:
(…) un conjunto de elementos de explotación industrial, generado por las actividades económicas de cada sociedad que responde a un determinado proceso de producción y a un sistema tecnológico concreto (…) y además como un testimonio de lo cotidiano y la memoria del trabajo y del lugar (…). Sin hombres, los edificios y las máquinas resultarían vacíos de contenido (2010:14-15).
Con todo, el patrimonio industrial surgió como tipología integral que comprende la valoración de un conjunto industrial desde una materialidad que no excluye las experiencias colectivas sino que las incorpora al proceso, otorgándoles un valor testimonial que devela el sentido de la existencia de estos espacios, transformándose en un vehículo de transmisión de formas culturales, formas de ver y entender la vida que caben dentro del patrimonio intangible (Álvarez, 2010).
De acuerdo a lo anterior, la paulatina desindustrialización de algunas zonas del mundo generó el abandono, la desarticulación y, en ocasiones, la destrucción de territorios e infraestructura que habían albergado labores industriales. Dentro de este mismo fenómeno, los trabajadores vinculados a las diferentes industrias también se vieron afectados, ya que una cantidad importante de ellos tuvo que abandonar sus fábricas, y junto con esto despojarse de aquella experiencia industrial que les significaba más que ser operador de alguna fábrica; significaba una compleja configuración social y cultural donde los trabajadores articulaban un modo de vida fomentado por la mismas empresas en diferentes lugares de América Latina y, para este caso, de Chile (Almandoz, 2013).
En particular, en nuestro país es sabido que algunas fuentes laborales como la minería en su veta carbonífera, cuprífera, salitrera y petrolera, entre otras, además de las empresas textiles y las de transporte como los ferrocarriles levantaron infraestructura de gran envergadura e importantes asentamientos urbanos o poblaciones en diferentes regiones de Chile. Esta situación ocasionó que los trabajadores pudieran vivir en las cercanías de su fuente laboral y que su entorno urbano estuviera compuesto por sus mismos compañeros de trabajo. El fenómeno antes descrito posibilitó que en estos espacios se desarrollaran formas y lugares específicos de sociabilidad, marcados por los laborales y el encuentro de grupos humanos que se adecuaron a sus formas de trabajo y de vida bajo la lógica industrial.
En este sentido, la desindustrialización no solo generó el término o disminución de algunas actividades productivas, sino que también significó una desarticulación social y comunitaria marcada por el abandono de los asentamientos que habían sido levantados para la explotación de diferentes recursos económicos. De acuerdo a esto, aquel grupo de trabajadores que algunos investigadores han definido como “comunidad sociolaboral” (Horowitz, 1985) o “grandes familias” (Marques, 2008), se vieron expuestos al quiebre de las relaciones sociales que se habían formado en los diferentes asentamientos urbanos industriales. Así, este concepto de un “nosotros”, configurado al alero de distintas industrias, comenzó a desmembrarse y el grupo social a verse desarticulado, llevándose consigo la memoria social e histórica de estos fenómenos a otros lugares. Así, el sujeto colectivo que definía su integración a la sociedad a partir de derechos prescriptos por su pertinencia laboral, comenzó a desagregarse en “individuos” con mayores márgenes de autonomía, pero con crecientes sensaciones de desarraigo (Acevedo y Rojas, 2015). En definitiva, durante el siglo XX la actividad industrial articuló y definió espacios cargados de identidad y memoria que debieron ser rearticulados.
Desde la perspectiva de autores como Lalana y Santos (2009) el fenómeno antes descrito es una condición necesaria para el proceso de patrimonialización de vestigios y experiencias industriales, toda vez que, para que un grupo considere como su patrimonio los restos industriales es requisito, precisamente, que ya no tengan ese fin, y que el grupo ya no se encuentre vinculado a esa actividad industrial de manera productiva. En el momento en que la industria ha dejado de ser necesaria para la sobrevivencia material del grupo, este último pasa a considerar los vestigios materiales desde otra perspectiva, convirtiéndolo en un elemento de identidad colectiva y generando así un proceso de patrimonialización de la experiencia industrial. Hasta antes de esto, siguiendo a los autores:
(…) la fábrica dura, inhumana no despierta el cariño de los trabajadores, sólo y cuando la industria, en su sentido más clásico, ha dejado de ser necesaria se “cosifica” y se convierte en un ícono. Para que el pasado se convierta en patrimonio, primero ha de dejar de estar vivo (Lalana y Santos, 2009:14).
En relación a este argumento, Ibarra manifiesta que para el caso del patrimonio industrial la tendencia ha sido relacionar esta tipología con la industrialización, sin embargo es la desindustrialización “el fenómeno fundamental que explica la protección de estos grandes, y, a veces, poco atractivos volúmenes” (2015: 39). Así, el fenómeno de desindustrialización que afectó a barrios, provincias, ciudades y asentamientos industriales generó un quiebre social en gran parte de sus habitantes. No obstante, la puesta en valor patrimonial de los lugares que fueron significativos para el grupo de trabajadores/habitantes y sus familias puede ser un proceso que permita legitimar aquella identidad colectiva e industrial que se vio afectada por las consecuencias de la desindustrialización.
Considerando lo anterior, resulta interesante analizar un caso específico del desarrollo industrial nacional que haya experimentado un proceso de desindustrialización y comprenderlo a través de la tipología del patrimonio industrial. Uno escasamente explorado es el de la industria petrolera chilena la que se configuró, desde un comienzo, en el extremo sur del territorio nacional, especficamente en la isla de Tierra del Fuego, región de Magallanes. Dicha industria, articulada a través de la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP), comenzó sus faenas en 1945 y continúa en operaciones hasta el día de hoy, sin embargo ha sufrido importantes tranformaciones, sobre todo a partir de 1978, que propiciaron una serie de cambios productivos, abandono y/o cierre de infraestructura y la desarticulación de los grupos sociales, entre otros, pero que han visto una “nueva oportunidad” desde la valoración patrimonial en su variable industrial.
El descubrimiento del petróleo en el extremo sur del Chile y sus perspectivas patrimoniales
Según consigna el diario de la región de Magallanes “La Prensa Austral”, el día 31 de diciembre de 1945, los trabajos que se venían realizando en la región desde fines del siglo XIX con el objetivo de hallar petróleo finalmente se reportaban exitosos gracias al descubrimiento del mineral la madrugada del 29 de diciembre del mismo año en la zona norte de la isla de Tierra del Fuego. Las labores lideradas por la Corporación de Fomento (CORFO) confirmaron lo que por décadas era un incierto y que en varias ocasiones no resultó ser más que intentos fallidos y recursos malgastados: la existencia de hidrocarburos de una calidad tal que permitiera su explotación y comercialización, situación que transformaría radicalmente el futuro del país, pero sobre todo, de la austral y desvinculada zona de Magallanes que vio en este hallazgo posibilidades concretas de desarrollarse económicamente e incluso tener un impacto internacional.
Este hallazgo “de incalculable proyección” propició una serie de transformaciones económicas, productivas, institucionales y culturales en la zona de carácter inédito, sobre todo en lo que se refiere al actuar del Estado. En un principio, la CORFO, particularmente su Departamento de Minas y Petróleos, siguió liderando los trabajos petroleros una vez confirmado el hallazgo, sin embargo, en 1950 se decidió la creación de la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP), organismo que se dedicaría exclusivamente a estas faenas. Lo anterior permitió que esta entidad se hiciera cargo de lo que conllevaba la explotación de hidrocarburos destacándose, entre otras, las labores de exploración, perforación, refinación y comercialización, iniciando un camino hacia la obtención de este afamado recurso para la industria nacional e internacional.
La explotación de petróleo propició en Tierra del Fuego el desarrollo de una determinante industria que demandó infraestructura productiva, social y habitacional, generándose así un espacio en la zona norte de la isla de Tierra del Fuego que podría ser reconocido como el “espacio enapino” (ver imagen 1), en tanto la infraestructura, los trabajadores y las actividades que ahí se realizarían estarían vinculadas exclusivamente a la producción y necesidades de ENAP (Acevedo y Rojas, 2015).
El despliegue descrito anteriormente tuvo, además de un gran impacto en materia industrial, un crucial significado en lo que a soberanía y modernización se refiere, toda vez que la producción de petróleo por parte del Estado implicó, por un lado, el asentamiento definitivo de una entidad productiva de carácter estatal en ese territorio y, por otro, introdujo procedimientos e infraestructura moderna de los que no se tenía registro en aquella zona del país. En relación al carácter soberano de esta industria cabe señalar que, al momento de producirse el descubrimiento de petróleo, Tierra del Fuego estaba sumida en el desarrollo de la ganadería ovina, actividad que desde fines del siglo XIX era llevada a cabo por capitales privados, particularmente extranjeros, quienes controlaban gran parte de la isla y la habían moldeado a la satisfacción de sus intereses (Bascopé, 2015), siendo escasa la participación del Estado en dichas materias. Esto se evidenciaba en que los caminos, la infraestructura y los servicios presentes en la Isla, en su mayoría, solo se relacionaban con la producción ovina, habían sido financiados por privados, pero no habían sido proyectados para el beneficio del resto de los habitantes de esta zona del país, situación que cambió de manera radical una vez que la ENAP se instaló en la zona y comenzó sus operaciones (Martinic, 1983).
Imagen 1:Emplazamiento de los campamentos petroleros instalados por la ENAP en Tierra del Fuego, región de Magallanes, Chile, entre 1950 y 1962 (Elaborado por: Toro, D. 2017. Archivo CNCR).
Respecto del carácter moderno, la denominada “hazaña petrolera” permitió la explotación de un combustible altamente valorado por el mercado nacional e internacional, así como también dotó de conectividad, de apropiadas condiciones productivas y de habitabilidad la zona norte de la isla. En relación a esto último, destaca la labor de la ENAP respecto de la construcción de muelles, plantas refinadoras, estanques de almacenamiento y baterías, entre otros, lo que transformó en términos estructurales el territorio insular magallánico. Asimismo, emergieron los espacios comunitarios construidos en los campamentos, entendidos estos como poblaciones para ser habitadas por los trabajadores petroleros y sus familias, tales como escuelas, gimnasios, cines, hospitales, pulperías-supermercados e iglesias, entre otros. Tanto la infraestructura productiva como la comunitaria dispersa en el territorio de la isla responden, en su mayoría, a un grado de exclusividad respecto de otras actividades industriales presentes en Magallanes, configurándose, a su vez, como las más australes del mundo en su tipo (Acevedo y Rojas, 2015).
Así, para abordar cada uno de los procesos señalados se construyeron los campamentos de Manantiales, Clarencia, Puerto Percy, Cerro Sombrero y Cullen, cada uno con sus poblaciones destinadas a trabajadores que fueran requeridos de manera permanente en las faenas para que se asentaran en estos espacios junto a sus familias. En primer lugar, se levantó contiguo al pozo N° 1 Springhill, desde donde emergió petróleo la madrugada del 29 de diciembre de 1945, Manantiales luego de la puesta en operación de más de una treintena de pozos petroleros en este sector (Martinic, 2000), inaugurándose en 1954 esta población petrolera dotada de gimnasio, escuela, casas y un policlínico para atender las necesidades de los trabajadores. A nivel tecnológico, el rol de Manantiales fue fundamental, sobre todo en la primera etapa de la producción de hidrocarburos en la isla, porque de la refinación del crudo dependía su comercialización y consumo.
Debido a su trascendencia en la trayectoria del petróleo nacional, algunos trabajadores y pobladores han denominado a Manantiales como “la capital del petróleo chileno”, toda vez que fue el primer lugar del país donde se refinó el producto, realizándose los procesos de absorción, compresión, destilación y estabilización del mineral (ENAP, 1952) permitiendo, por primera vez en la historia de Chile, el consumo de este combustible producido íntegramente en los límites nacionales. De estos procesos se obtuvo durante los años de su funcionamiento: gasolina para automóvil, kerosene, petróleo diesel, propano, butano y gasolina natural, los que en su mayoría eran consumidos en el mercado regional y nacional.
Casi en paralelo a la construcción de Manantiales, se acondicionaron los terminales marítimos de Puerto Percy y Clarencia (1950) en la zona norte del estrecho de Magallanes, particularmente en la Bahía de Gente Grande de la isla de Tierra del Fuego (Martinic, 1983). Ambos terminales ocuparon un rol específico dentro de la cadena productiva del petróleo y desde cada uno de ellos se enviaron diferentes productos al resto del país y del mundo. Para el caso del campamento Clarencia, en los inicios de las faenas petroleras cobró vital importancia, en tanto desde este espacio se proyectó, inicialmente, exportar el petróleo nacional extraído de la zona de Manantiales, reconociéndolo como el “puerto petrolero de Tierra del Fuego” (ENAP, 1954).
Ubicado a una distancia de 10 kilómetros respecto de Clarencia, se emplazó el campamento Puerto Percy, y su objetivo también estuvo destinado a las labores de almacenamiento y distribución de petróleo y de gas licuado (ver imagen 2). Para este caso se consideró, sumado a lo anterior, la posibilidad de que el campamento fuera “el punto céntrico de desembarco y distribución de maquinaria, provisiones y cuanto elemento necesario para las labores petrolíferas en Tierra del Fuego” (¿Puerto Percy, seguirá proyectándose como sombra en los destinos de Porvenir?, 12 de noviembre de 1949: 1). En términos productivos, Puerto Percy contó con un muelle de 115 metros en forma de “T” “por el que se movilizaron todos los pedidos de la CORFO” (¿Puerto Percy, seguirá proyectándose como sombra en los destinos de Porvenir?, 12 de noviembre de 1949: 12), además de estanques de almacenamiento para el gas licuado y un campamento destinado a los obreros y empleados que se asentaron ahí con sus familias. Por su parte, este campamento contó con equipamiento comunitario como escuela, gimnasio (ver imagen 3), casino, posta de auxilio y casa para practicante que se construyeron progresivamente entre 1958 y 1960 (ENAP, 1961).
Imagen 2: Ex muelle terminal Clarencia, Tierra del Fuego. Fotografía: Francisco Bravo, 2015.
Imagen 3: Ex gimnasio Campamento Puerto Percy, Tierra del Fuego. Fotografía: Pía Acevedo, 2015.
Luego del reacondicionamiento de estos terminales marítimos, se produjo la construcción del campamento Cerro Sombrero. Este asentamiento estuvo destinado a satisfacer las necesidades administrativas de la ENAP y de todos los trabajadores radicados en Tierra del Fuego, así como también para surtir de instalaciones a las labores petroleras. En su diseño se consideró la existencia de tres grandes áreas: zona habitacional, zona industrial, y el centro cívico. En relación a la zona industrial resulta importante destacar que dicho sector comprende casi un tercio de la totalidad de la superficie del asentamiento y que se diseñó desde un comienzo alejada de la zona residencial y del centro cívico de este campamento enapino (Domínguez, 2011). En tanto, el centro cívico se compone de un cine, una escuela, de un gimnasio (ver imagen 4) con una cancha, piscina, pista de bowling y jardín cubierto o invernadero, de una pulpería, donde funcionó la Cooperativa de los trabajadores y un edificio destinado al casino de trabajadores que acoge también el pabellón de empleados y el pabellón de solteros (Cvitanic y Matus, 2018). En este espacio es posible identificar, además, el policlínico, la iglesia, y el observatorio astronómico que fue inaugurado el 21 de junio de 1962, motivando la creación de la asociación astronómica de Tierra del Fuego (Fugellie, 1995).
Finalmente, en 1962 se construyó el campamento Cullen (ver imagen 5), el que tuvo una posición estratégica en la isla respecto de la ubicación de diversos yacimientos de petróleo y gas, así como también en relación al procesamiento de gas natural para la obtención de productos licuables como propano, butano y gasolina natural. Al igual que en el resto de los campamentos, se consideró un sector habitacional que posibilitó la permanencia de aproximadamente 1000 personas, teniendo en cuenta a los trabajadores y sus familias (ENAP, 1962). Asimismo, se construyó equipamiento comunitario, destacándose la escuela, el gimnasio-cine, la capilla, los locales comerciales, el policlínico y el casino.
Con la construcción del campamento Cullen se consolidó la red de asentamientos construidos y acondicionados por ENAP en Tierra del Fuego, que fue desarrollada en poco más de una década, dando cuenta de la importancia que significó para la producción de petróleo el desarrollo de su infraestructura productiva y habitacional. En definitiva, resulta interesante destacar que durante el periodo de vigencia de los cinco campamentos de manera contemporánea cada uno de estos cumplió un rol específico en las labores productivas petroleras. Partiendo por Manantiales, donde se ubicó la primera refinería de combustible del país, siguiendo por Puerto Percy y Clarencia que eran lugares donde se almacenaba el recurso y se trasladaba desde sus zonas de embarque en medio del Estrecho de Magallanes hacia diferentes lugares del país y del continente, para continuar con Cullen como planta de gas natural y gasolina, y terminando con Cerro Sombrero como espacio administrativo y surtidor de infraestructura industrial que abastecía los distintos procesos productivos vinculados al petróleo.
Imagen 4: Vista exterior gimnasio Cerro Sombrero, Tierra del Fuego. Fotografía: Sebastián Fortune, 2015.
Imagen 5: Vista panorámica planta de producción Campamento Cullen, Tierra del Fuego. Fotografía: Francisco Bravo, 2015.
Todo esto da cuenta de un carácter tecnológico único para el contexto regional y la realidad nacional en materia productiva y petrolera, ya que no se tenía registro de experiencias de este tipo en el país, y se contó con asesoría internacional como la empresa norteamericana United Geophysical Company que fue contratada por el Estado para llevar a cabo estas labores (Martinic, 1983).
Por su parte, desde una perspectiva social, al cabo de unas décadas de funcionamiento de la totalidad de los campamentos petroleros se fortaleció una imbricada relación comunitaria entre los pobladores de cada uno de estos espacios mediante el desarrollo de actividades culturales, artísticas y deportivas fomentadas por la ENAP a través de su departamento de bienestar. Esta organización de la vida en comunidad devino en un profundo sentimiento de pertenencia a la empresa que se materializa en el gentilicio enapino, utilizado para indicar que forman parte de un gran colectivo petrolero. A la vez, gran parte de la memoria de los enapinos y enapinas están mediadas por estas experiencias de carácter comunitario.
En los campamentos existieron, al menos, cuatro instancias que asistieron la conformación de un “nosotros” como comunidad “enapina” en las cuales los trabajadores y sus familias se sentían ampliamente representados (Acevedo y Rojas, 2015). La primera eran las Olimpiadas Enapinas, competencia para la cual cada campamento se preparaba para competir en distintas disciplinas deportivas que iban desde fútbol hasta palitroque. La segunda, era la conmemoración de las fechas relevantes para la propia ENAP, tales como el aniversario del descubrimiento del petróleo cada 29 de diciembre, y el aniversario de la fundación de la empresa cada 19 de junio. La tercera eran las festividades de fiestas patrias y navidad, y la cuarta instancia era especialmente de los niños y niñas en el marco de las escuelas construidas en cada campamento.
Esta situación continuó estable y sin alteraciones hasta 1978. A partir de este año, la dinámica vida social de estos campamentos decayó irremediablemente a raíz de la disminución en la producción de petróleo y los conflictos limítrofes con Argentina (Martinic, 2000). Adicionalmente, la mejora en la conectividad con el continente y la disminución de los tiempos de traslado ocasionó que la empresa tomara la decisión de cerrar paulatinamente estos campamentos y trasladar a los trabajadores y sus familias a distintos lugares de la ciudad de Punta Arenas, terminando para siempre con la condición de “pobladores” que existió en la ENAP por más de 40 años. Actualmente, de los cinco campamentos mencionados, solo Cerro Sombrero sigue habitado, debido a que en 1965 se convirtió en pueblo bajo el Decreto con fuerza de Ley N° 22 (Boletín Infórmese, ENAP, 1965), transformándose en 1980 en la capital de la comuna de Primavera hasta la actualidad.
El rol que cumplieron estos asentamientos en la zona norte de la isla de Tierra del Fuego fue crucial para su desarrollo y, además, fueron objeto de características y atributos que le otorgan una exclusividad no sólo a nivel nacional, sino también internacional. Sin embargo, a pesar del grado de exclusividad en su diseño, arquitectura, tecnología y en las dinámicas sociales y cuturales que ahí se desarrollaron, los espacios que fueron abandonados por la ENAP desde fines de la década de 1970 han sido objeto de un irremediable deterioro que día a día borra parte de su existencia, llevándose consigo los vestigios de importantes transformaciones en la industria nacional. Asimismo, no existen iniciativas que atiendan las memorias enapinas y las experiencias de lo que significó habitar y trabajar en estos espacios, las que resultan fundamentales para dotar de sentido y significado a la materialidad petrolera.
Lo anterior, materialidad e inmaterialidad, son elementos constitutivos de la tipología del patrimonio industrial desde la cual podría ser entendido este fenómeno productivo, en tanto resignifica estos espacios propiciando nuevos procesos simbólicos en torno a ellos. A la vez, siendo los únicos vestigios que dan cuenta de importantes transformaciones petrolero-productivas en el extremo austral del territorio nacional urgen medidas que permitan resguardar lo que a la fecha aún se mantiene en pie, así como también realizar iniciativas que permitan el registro y sistematización de las memorias enapinas dispersas en gran parte de la región de Magallanes y algunos otros lugares del país, dotando de contenido la trayectoria que ha seguido el desarrollo petrolero nacional desde 1945.
Los vestigios petroleros y su valorización patrimonial. Desde la monumentalización hacia la protección integral de este fenómeno industrial
El hallazgo de petróleo en Magallanes y el desarrollo de la industria para su extracción comercial, marcó un hito en el devenir económico de la zona austral, transformando las prácticas productivas y la manera de habitar la zona más extrema del territorio nacional: Tierra del Fuego (Martinic, 2000). La explotación de petróleo conllevó la construcción de infraestructura productiva y habitacional en la zona norte de la isla. Sin embargo, tras el proceso de desindustrialización experimentado en el último cuarto del siglo XX y las transformaciones productivas sufridas por ENAP, parte de su infraestructura habitacional y productiva ha sido abandonada, enfrentando en la actualidad un proceso de irremediable deterioro que los puede llevar a su completa desaparición. Esta desaparición significaría que Chile perdería gran parte de los vestigios existentes que dan cuenta del desarrollo de la industria petrolera.
No obstante, los vestigios que aún existen en pie guardan una relevante significación patrimonial desde la perspectiva industrial, en la medida que son una manifestación de un proceso productivo petrolero único para el país en los confines del territorio nacional que transformó para siempre la isla de Tierra del Fuego. A la vez, posibilitaron condiciones de habitabilidad apropiadas para una óptima calidad de vida de los trabajadores y sus familias, permitiendo forjar lazos de socialización que favoreció autoreconocerse como parte de una comunidad petrolera, situación que se mantiene hasta la actualidad (Acevedo y Rojas, 2015).
Debido a lo exclusivo de este proceso industrial en el extremo austral del territorio nacional y a las características únicas y exclusivas de estos asentamientos petroleros es que resulta relevante, para eventuales procesos de reconocimiento y protección patrimonial, dilucidar los valores y atributos patrimoniales que contiene la experiencia petrolera y, en particular, sus vestigios materiales e inmateriales. En este sentido, una posibilidad es lo establecido por la Carta de Nizhy Tagil (2003) publicada por el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS) y el Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial (TICCIH). En dicho documento se define la tipología del patrimonio industrial y sistematiza las características que deberían tener los vestigios productivos de cualquier experiencia industrial para ser reconocida como tal. Dentro de estas características se pone especial atención a los atributos arquitectónicos, sociales y territoriales los que de manera conjunta podrían ser resignificados desde una perspectiva patrimonial.
De este modo, para el caso de la experiencia petrolera en Tierra del Fuego como primer atributo está su condición arquitectónica, ya que, al decir de Álvarez, el patrimonio industrial es “el conjunto de elementos de explotación industrial, generado por las actividades económicas de cada sociedad que responde a un determinado proceso de producción y a un sistema tecnológico concreto caracterizado por la mecanización dentro de un determinado sistema socioeconómico” (2010:14). Así, cada campamento posee características morfológicas particulares, como su ubicación, diseño e infraestructura que permitieron el desarrollo de una comunidad compuesta por hombres, mujeres, niños y niñas durante más de tres décadas en un territorio que hasta ese entonces estaba aislado, deshabitado y carente de servicios básicos.
En segundo lugar, otro atributo que involucra la tipología del patrimonio industrial es la consideración hacia las identidades que generan las industrias o hacia lo que se podría comprender como la “memoria obrera” (Pardo, 2008). Retomando a Álvarez, el patrimonio industrial es por sobre todo testimonio de la cotidianidad, la memoriadel trabajo y del espacio compartido. Para este caso, lo contemporáneo de la explotación petrolera posibilita que aquellas memorias a las que alude el autor sean de fácil acceso, ya que a la fecha están vivos los primeros habitantes de los distintos campamentos petrolíferos de la ENAP (Acevedo y Rojas, 2015). Esta ventaja respecto de otras industrias permite aumentar el abanico de fuentes y recurrir a los testimonios —considerados para este caso como fuentes primarias— para reconstruir la trayectoria de estos asentamientos y comprender las dinámicas propias de la explotación petrolera magallánica.
Como tercera variable de la tipología, se considera el factor territorial. Evidentemente la ubicación de los campamentos en Tierra del Fuego significó un logro para la industria nacional extractiva. Asimismo, la urbanización y conectividad que logró la ENAP en el sector norte de la isla fue crucial para este territorio, ya que a través de su Departamento de Caminos la empresa construyó 3.300 kilómetros de rutas viales, las que favorecieron a la industria del petróleo, pero también a las actividades ganaderas. En este sentido, el despliegue espacial de esta industria en la isla “hizo posible la densificación de la presencia humana permanente y la diversificación de la producción económica en los distritos septentrionales de Isla Grande” (Martinic, 2013: 70).
Si bien los atributos de los campamentos petroleros nombrados anteriormente pueden resultar atractivos y, eventualmente resguardados, no existen herramientas ni categorías patrimoniales que permitan protegerlos bajo la figura de patrimonio industrial, ya que esta tipología no está tipificada en la Ley de Monumentos 17.288. De otro lado, las categorías disponibles para proteger el patrimonio en Chile como las de Monumento Histórico y Zona Típica tienen una orientación hacia los fenómenos individuales, haciendo imposible que la protección de estos campamentos sea integral y los considere a todos por igual, teniendo necesariamente que “escoger” áreas, edificios o lugares dentro de estos mismos, situación que afectaría la comprensión del impacto de esta industria y su despliegue urbano en la zona norte de Tierra del Fuego.
Como cuarta variable esta tipología patrimonial plantea posibilidades para gestionar y poner en valor los vestigios materiales e inmateriales de las actividades productivas, toda vez que permite establecer vínculos con las categorías que existen a nivel internacional para la protección patrimonial. De esta forma, por ejemplo, pensar el fenómeno petrolero desde una perspectiva patrimonial bajo la lógica de los Paisajes Culturales (Rigol, 2008) abre interesantes posibilidades a esta forma de ocupación llevada a cabo por la ENAP en Tierra del Fuego, toda vez que contempla dentro de sus lineamientos las tres variables del patrimonio industrial que fueron nombradas anteriormente y que están presentes en los campamentos enapinos: lo arquitectónico, lo social y lo territorial.
Sin embargo, a pesar del grado de exclusividad en su diseño, en la actualidad estos campamentos no poseen un grado de reconocimiento que les permita conservarse y disminuir el deterioro al que se ven enfrentados diariamente. A la fecha lo que se ha hecho, en función de las posibilidades que ofrece la Ley 17.288, es declarar Monumento Histórico el pozo nª1 de Springhill en 1979, y a fines de 2014 se declararon algunos edificios y parte del centro cívico del excampamento Cerro Sombrero como Monumento Histórico y Zona Típica, pero el resto de los asentamientos, que permitiría comprender la complejidad y el impacto de esta industria en la zona, continúan a la deriva. A esto se le suma el hecho de que una vez cerrados, la ENAP no adoptó ninguna política de restauración y conservación de sus campamentos petroleros.
Por ello, la situación en materia de conservación que experimentan los únicos campamentos petroleros del país es compleja, porque a la fecha no existe una categoría ni herramienta patrimonial que proteja los vestigios industriales bajo la tipología del patrimonio industrial y menos aún los petroleros. Las características de esta industria y, en particular de sus campamentos, son diferentes a los demás contextos mineros-extractivos, ya que, en el caso del cobre y el salitre, por citar algunos ejemplos, poseen estudios, investigaciones y reconocimientos —a nivel nacional e internacional— que les proporciona un grado de visibilidad mayor que el resto de los complejos industriales en Chile. A mayor abundamiento, la extrema lejanía de estos campamentos petrolíferos respecto del centro del país dificulta su conocimiento y complejiza la indagación por parte de investigadores, perjudicando las acciones que podrían desarrollarse en pos de su resguardo.
Finalmente, lo señalado en este apartado establece posibles lineamientos para abordar la experiencia petrolera, sus vestigios y memorias desde la perspectiva de la gestión patrimonial sostenible, asumiendo lo señalado por Velasco, quien la comprende como un proceso en el que se optimicen y protejan:
(…) los recursos ambientales, respetando los procesos ecológicos y ayudando a conservar los recursos naturales; contribuir al mantenimiento y mejora de los activos culturales singulares de las sociedades receptores y asegurar que las actividades económicas sean viables a largo plazo y generen beneficios distribuidos, en especial a través del empleo (2009: 250).
De esta forma, resulta interesante evaluar como una posibilidad lo que ofrece la categoría de paisaje cultural, toda vez que considera una serie de variables desde la sostenibilidad que permitirían comprender este fenómeno productivo en su totalidad y no de manera parcial o atomizada.
Patrimonio industrial petrolero en el fin del mundo. Oportunidades y desafíos para su gestión y puesta en valor sostenible
El carácter patrimonial desde la perspectiva industrial de los vestigios petroleros en la isla de Tierra del Fuego tiene su origen en sus particularidades arquitectónicas y urbanas, su escala territorial, y en las memorias y recuerdos que aún se mantienen en la mayoría de sus extrabajadores y expobladores, quienes experimentaron su cotidianeidad bajo las estructuras laborales y sociales de la Empresa Nacional del Petróleo, a más de 2.800 km al sur de la capital del país. Hoy en día aquellos vestigios se configuran como un paisaje posindustrial (Álvarez, 2007), cargado de identidad que, producto de su significado en el devenir de la región de Magallanes y su carácter único en la historia productiva del país, debiese ser resguardado. No obstante, estos campamentos carecen de acciones orientadas hacia su protección y puesta en valor.
Ante el irremediable deterioro del que son objeto diariamente cuatro de los cinco campamentos enapinos por las inclemencias climáticas propias de la zona austral de Chile, la falta de seguridad, y vigilancia frente a robos o daños por parte del Estado y ENAP, el panorama resulta complejo y, a la fecha, poco alentador. El legado petrolero magallánico está enfrentado a un escenario que, en el corto plazo, puede significar la desaparición completa de los vestigios petroleros más australes del mundo en su tipo, por lo tanto, urgen acciones que estén vinculadas a impedir esta situación.
A partir de lo revisado y analizado se puede plantear que los orígenes constitutivos del patrimonio industrial enapino tienen como punto de partida el mismo descubrimiento del petróleo en Tierra del Fuego el 29 de diciembre de 1945, hito que provocó cambios estructurales que transformaron la economía de la zona más austral del país, pero que también marcó el comienzo del relato de los denominados “pioneros” como un lugar común de la identidad enapina, de tal manera que el suceso determinó a los sujetos y sus experiencias.
Los trabajadores —que a su vez fueron pobladores— formaron parte indisoluble de este proceso y lentamente comenzaron a transformar sus modos de vida, los que se vincularon al territorio que los acogió y a la industria que les dio sus puestos de trabajo. Así, muchos de los hombres, mujeres, niños y niñas que nacieron y vivieron en estos campamentos pasaron a denominarse enapinos y a ser reconocidos por ello. En estos lugares, el trabajo y los valores definidos por este, impregnaron la vida cotidiana, al punto de que los compañeros de trabajo continuaron siendo interlocutores válidos cuando la tarea terminaba, y casi todas las actividades en los momentos de ocio giraban en torno a los vínculos construidos en el ámbito laboral. Por tanto, la empresa generó, gracias a esta explotación petrolífera, una nueva identidad en la isla y en el continente, la identidad sociolaboral que es reconocida como una “identidad enapina”, lo que da cuenta de los profundos lazos que generaron los grupos ahí asentados con su fuente laboral y con la isla más grande del continente americano.
En la actualidad, todos los campamentos —a excepción de Cerro Sombrero— fueron desalojados y presentan un nivel de deterioro importante en sus infraestructuras. Esta situación a la que se enfrenta el legado petrolero de Chile, el que a su vez es el único en todo el territorio nacional, da cuenta de los vacíos regulatorios y legales, además de una inexistente estrategia metodológica para la protección y valorización de la complejidad de interrelaciones y variables que asisten a la constitución del patrimonio industrial. En particular, este caso refleja el escaso desarrollo de estudios e investigaciones que problematicen la industria del petróleo desde una perspectiva patrimonial, no reconociendo el impacto cultural recién señalado de esta industria en la región, el que perdura hasta la actualidad.
Sin embargo, aún existen posibles acciones que podrían ser ejecutadas para mitigar el daño del legado material petrolero, y para registrar y sistematizar las memorias enapinas que permiten legitimar la existencia de la infraestructura del petróleo en Tierra del Fuego. Estas últimas permiten entender los modos de vida que se generaron en el fin del mundo chileno a partir de la experiencia petrolífera. En esa perspectiva, extrabajadores/expobladores están en la búsqueda de generar un reconocimiento y un posible resguardo de los campamentos y de la infraestructura que permitió la extracción de petróleo en diferentes puntos de la isla, pues consideran que modelos productivos y habitacionales como el que experimentaron tuvo un carácter único e irrepetible.
Los ex enapinos, agrupados en su mayoría en la Asociación de Pensionados de ENAP (APENAP), han planteado abiertamente la necesidad de mejorar la infraestructura de los campamentos y de sus espacios más significativos para que otros puedan conocer lo que significó trabajar y vivir en esos lugares. Como sujetos cargados de experiencia petrolera son conscientes del gran aporte de ENAP y del trabajo de ellos mismos al desarrollo de la región y del país, situación que enfatizan cuando manifiestan que ENAP nació como una empresa del Estado sin intervenciones extranjeras, como el caso del salitre o del cobre, y que no hay otras de aquella envergadura que haya tenido esta característica en la región. Por estas razones buscan que se les reconozca todo el esfuerzo a través del mejoramiento y mantenimiento de los campamentos, permitiéndole a estos gozar de los mismos beneficios que poseen otros espacios patrimoniales más reconocidos tales como algunas oficinas salitreras o excampamentos cupríferos.
Lo anterior implica como desafío impulsar el desarrollo de una política pública que permitan la valoración del patrimonio industrial enapino en Magallanes, a través de instancias que convoquen a múltiples actores (estatales, privados y de la sociedad civil), comprometiendo el desarrollo de una gestión patrimonial sostenible del conjunto de campamentos petroleros y planificando estratégicamente tareas de tipo educativo y turísticas en las que comunidades locales y regionales se vean beneficiadas. Para enfrentar este desafío, por ejemplo, la categoría de paisaje cultural, en el marco de la tipología del patrimonio industrial, brinda la posibilidad de relevar lo material e inmaterial asociado a un proceso productivo y propiciar desarrollo económico para la población local en el marco de la actividad turística de carácter cultural, entre otras.
En primer lugar, entender el fenómeno enapino en la isla de Tierra del Fuego desde la perspectiva señalada anteriormente propiciaría el reconocimiento integral al conjunto petrolero, es decir, considerando su escala territorial y de funcionamiento como cadena productiva en su doble carácter transformador. Otra potencialidad es la inclusión de la experiencia de los sujetos en la legitimación de los territorios industriales como un espacio patrimonial, manifestando ambas, en sus respectivos documentos oficiales, el guiño a lo inmaterial, situación que nuevamente en el contexto de protección patrimonial nacional no se ha considerado. Como tercera potencialidad, se aportaría una nueva escala espacial en la cual entender el patrimonio, ya no solo marcado por lo cuantitativo o material, sino que atendiendo a “dimensiones cualitativas nuevas que incorporan las percepciones sociales, los recursos para el desarrollo territorial y, en definitiva, unas mejores condiciones de calidad de vida de los ciudadanos” (Caravaca, González y Silva, 2005:21).
La categoría de paisaje cultural ha desarrollado instrumentos que contienen variables que deben ser consideradas e identificadas a la hora de pretender proteger un espacio como tal. El acercamiento a los instrumentos de esta categoría permitiría comenzar a comprender la protección de los campamentos enapinos de manera integral, como un conjunto industrial, evitando la individualización que genera la legislación patrimonial nacional con las declaratorias de Monumentos Nacionales o Zonas Típicas y que ha ocurrido en espacios emblemáticos que, teniendo características por ejemplo de paisaje cultural, como las Iglesias de Chiloé, las salitreras en el Norte Grande, el sector de Valparaíso, el campamento Sewell o Rapa Nui no fueron considerados desde estas perspectivas (Cabeza, 2010).
Finalmente, en función del escenario actual de este patrimonio industrial se plantean algunos lineamientos para una gestión integrada del espacio enapino en Tierra del Fuego. Así, surgen las siguientes propuestas:
Propuesta 1. Pensar el patrimonio petrolero magallánico desde la perspectiva de conjunto
Pensar los campamentos del petróleo bajo la categoría de paisaje cultural para su protección patrimonial permitiría evitar el deterioro de la infraestructura que aún permanece en pie en Tierra del Fuego, y la posibilidad de considerar e integrar el patrimonio inmaterial enapino como un recurso legitimador de estos vestigios industriales. Esto último abre la posibilidad de comprender la potencialidad del conjunto petrolero de la isla en cuanto a concebirlo como el primer paisaje cultural de Chile o bien como el primero reconocido como tal de la Patagonia nacional.
Los campamentos petroleros, debido a su origen, su ubicación, su escala territorial en un lugar insular y alejado respecto del centro del país, su capacidad transformadora de su entorno, y su nivel de influencia en el grupo que los habitó, podrían categorizarse como un paisaje cultural en el tipo de paisaje evolutivo u orgánicamente desarrollado que son el resultado de imperativos sociales, económicos, administrativos, y/o religiosos, que se han desarrollado conjuntamente y en respuesta a su medio ambiente natural, permitiendo con esto que se conserven y pongan en valor, tanto para esta generación como para las generaciones futuras (Rigol, 2008).
Si bien existe la posibilidad de analizar y categorizar cada uno de los campamentos como paisaje cultural de manera individual y aislada, esto afectaría la comprensión cabal del fenómeno petrolero en la isla de Tierra del Fuego, y fracturaría el devenir histórico, territorial y social que tuvo esta industria en su más de siete décadas de funcionamiento en el Fin del Mundo. En este sentido y relacionado con el tema patrimonial es fundamental reconocer que los campamentos enapinos Manantiales, Puerto Percy, Clarencia, Cerro Sombrero y Cullen poseen valores y atributos tecnológicos, arquitectónicos y sociales que no pueden ser reconocidos si es que no se comprenden estos campamentos de una manera integral y de conjunto.
A su vez, y a pesar que las condiciones materiales de estos lugares no son tan favorables, debido a que presentan un deterioro importante en sus infraestructuras, sí existen condiciones inmateriales y territoriales que permitirían gestionar algún tipo de protección, ya que tanto en la región de Magallanes como en el resto del país existen memorias enapinas que han legitimado estos espacios a través de su testimonio, documentos y fotografías. La comunidad enapina y, por tanto, quienes trabajaron y vivieron en campamentos pueden transformarse en entes fundamentales para la protección y gestión del pasado petrolero, toda vez que, al decir de Dormaels, “la comunidad es el actor del significado simbólico del patrimonio” (2011:14). El mismo autor enfatiza en que la participación de la comunidad es fundamental, sobre todo en la legitimación de los procesos de patrimonialización, ya que le proporciona una legitimidad al proceso que “sustituye al antiguo valor de los expertos, la autenticidad, convirtiendo al patrimonio en una fuente de poder para las comunidades” (Dormaels, 2011:14).
En este sentido, son diversas las posibilidades que existen para trabajar la gestión de un territorio, como por ejemplo los planes maestros, o bien, la constitución de un archivo oral que permita generar el primer acercamiento a las experiencias de los sujetos para identificar y validar esos testimonios respecto de la producción de petróleo en la zona austral del territorio nacional.
Es así que la situación petrolífera en Magallanes nos permite reflexionar en torno a las herramientas de protección existentes para poder brindar a los sitios industriales posibilidades concretas de ser reconocidos y resguardados como patrimonio. Dada la envergadura de la ocupación, lo intenso y transformador del territorio es que los procesos industriales deberían ser entendidos siempre por su valor de conjunto, ya que no se da cuenta de manera fidedigna de la experiencia productiva —tanto a nivel material como inmaterial— si existe una protección parcial de su infraestructura, de su territorio y de sus valores sociales. De esta manera, la categoría de paisaje cultural permitiría reconocer aquellos espacios enapinos que articularon la zona más austral del mundo como un foco productivo industrial en el cual cada uno de sus hitos urbanos— conocidos como campamentos del petróleo— tuvo un rol específico dentro de la industria en términos productivos, y a su vez en términos sociales y culturales.
Para el caso de estos campamentos, a pesar del abandono y el deterioro que enfrentan en la actualidad, es posible identificar un entorno geográfico particular y único, como también es posible reconocer las trasformaciones humanas a este territorio en pleno siglo XX, todo con el objetivo de dominar la zona y permitir la explotación y comercialización de petróleo. De la misma manera, resulta plausible identificar trazados, intercambios culturales y relaciones territoriales que dan cuenta de un pasado industrial único en la zona y en el país. De esta forma, a la hora de reflexionar en torno a las posibilidades de protección patrimonial de estos vestigios industriales se debiera tomar en cuenta el territorio y la escala de esta industria, la infraestructura productiva y habitacional, y además, las memorias enapinas que dieron vida a estos espacios, logrando relevar tanto la herencia material como inmaterial de la hazaña petrolera, ya que los paisajes culturales son ante todo el resultado de la transformación de la cultura y la naturaleza hecha por hombres y mujeres.
En este sentido, la revisión de la citada categoría propone desarrollar una reflexión que permita visualizar los campamentos enapinos como un patrimonio posible de configurar, como un rompecabezas completo que hasta ahora solo ha sido visto pieza por pieza. Este puzzle armado en su totalidad puede formar un paisaje cultural petrolero magallánico que al articularse participativamente con las comunidades aledañas puede generar una identificación con los espacios, y fomentar la participación efectiva para el resguardo y protección cultural del “sistema petrolero”.
También, se ha observado cómo el giro subjetivo y la emergencia del sujeto en el campo del patrimonio cultural impactó, a la vez, sobre la noción del patrimonio industrial, superando la tradición de la arqueología industrial centrada en lo material, arquitectónico y monumental de la herencia de los procesos productivos para incluir las experiencias colectivas y los modos de vida de los trabajadores y sus memorias laborales, articulando el contexto con las dimensiones sociales, culturales y familiares. De tal manera, siguiendo a Pardo, se entiende que el patrimonio industrial “se hace cargo del esfuerzo obrero, el sindicalismo y las reivindicaciones laborales, siendo además un testimonio ligado a la técnica y a la economía” (2008:15), visión que contribuye a comprender la configuración de la identidad de una región en la que las actividades industriales se muestran como estructurales para su desarrollo. De este modo, el valor social que da sentido y legitimidad a los espacios industriales se explica en tanto este patrimonio “posee parte del registro de vida de mujeres y hombres corrientes y como tal posee un sentido de identidad” (ICOMOS, 2003:3).
Propuesta 2. Potenciar la puesta en valor del patrimonio industrial magallánico desde la perspectiva local
En la actualidad, la gestión del patrimonio exige una participación activa de organismos sociales y políticos —a nivel nacional y local— que trabajen en pos de una buena gestión del territorio, los bienes y las memorias protegidas y resguardadas. En este sentido, uno de los problemas más recurrentes a la hora de pensar la puesta en valor y el resguardo del legado petrolero enapino es la administración de los edificios que aún se mantiene en pie y que lamentablemente es confusa la responsabilidad sobre estos. En este marco, por ejemplo, desde el municipio de Primavera se ha manifestado que uno de los principales conflictos respecto de los campamentos enapinos era que si bien los cinco asentamientos petroleros están bajo la jurisdicción de esta comuna, los edificios y el trazado urbano aún “le pertenece” a la Empresa Nacional del Petróleo, por lo que cualquier acción que este municipio quisiera realizar en pos de mejorar la condición actual de estos espacios requiere de importantes esfuerzos que no necesariamente pueden resultar fructíferos con la empresa.
Esto último se argumenta con hechos como que fue la misma empresa la que abandonó los campamentos y que no realizó ningún tipo de acción que tuviera por objetivo evitar situaciones como robos o saqueos por parte de sujetos ajenos al “mundo enapino”. Así, desconocidos desmantelaron parte de las casas de Puerto Percy, Clarencia y Manantiales como también escuelas y gimnasios quedando, en ocasiones, solo lo estructural de los edificios. Por otro lado, la empresa desarrolló ventas y remates de parte de la infraestructura de los campamentos, tal como sucedió con algunas de las casas del excampamento Cullen del cual se remataron viviendas para crear una nueva villa en la ciudad de Punta Arenas. También, cedió al ejército las instalaciones del excampamento Manantiales, situación que permanece así desde 1978.
A pesar de esta compleja situación, resultaría interesante pensar la posibilidad que, en un futuro no lejano, el municipio tuviera mayores facultades sobre los edificios enapinos, ya que si estos están bajo su administración podría comenzar a desarrollar acciones que estuvieran vinculadas a la obtención de recursos para su posterior restauración y puesta en valor, así como también para la creación de un museo nacional del petróleo en la comuna de Primavera. Esclarecer la administración de estos excampamentos se presenta como un desafío para el municipio, pero también una oportunidad, ya que el legado petrolero podría generar un polo de atracción cultural, potenciando el desarrollo local para los habitantes de la comuna, situación que desde la perspectiva de la gestión patrimonial se presentan como un rasgo positivo, en tanto se lograría un compromiso mayor por parte de la comunidad con los espacios y bienes muebles e inmuebles además de la memorias que se pretenderían resguardar.
En la actualidad, tal como se planteó anteriormente, solo existe protección bajo la figura de Monumento Histórico y Zona Típica a algunos edificios y lugares del excampamento enapino Cerro Sombrero. Sin embargo, Percy, Clarencia, Manantiales y Cullen están a la deriva. De esto se desprende la posibilidad de concertar acciones en conjunto con ENAP, el municipio de Primavera, y el Gobierno Regional de Magallanes que estén orientadas a la protección del resto de los campamentos enapinos, desarrollando inventarios, registros e investigaciones sobre el estado de conservación de los espacios para posteriormente diseñar estrategias destinadas a su restauración y puesta en valor. Asimismo, resulta interesante pensar en que el legado inmaterial de la industria del petróleo como boletines, memorias, fotografías y testimonios sea registrado y sistematizado bajo un organismo que podría denominarse como archivo histórico del petróleo y ubicarse en las dependencias de la ENAP en Punta Arenas, o bien establecer una alianza con instituciones magallánicas como el Instituto de la Patagonia, dependiente de la Universidad de Magallanes, el cual durante años se ha dedicado a la investigación y resguardo del legado material e inmaterial de la zona más austral del territorio nacional. Esto permitiría facilitar la investigación respecto del petróleo, profundizar el conocimiento sobre la influencia que tuvo en la región y, principalmente, comprender la identidad enapina tan característica de esa zona del país.
En virtud de lo expuesto anteriormente, se propone no dejar a la deriva los vestigios petroleros que aún se mantienen en condiciones apropiadas de conservación ni tampoco las memorias enapinas asociadas a ellos. Desde sus orígenes, estos espacios se transformaron en protagonistas del desarrollo y de la evolución de Magallanes dando cuenta que, a pesar de la escasa valoración de la que son objeto, poseen un gran potencial: plantean el desafío de reflexionar e impulsar nuevos modelos de comprensión y conservación del patrimonio industrial del país.
En definitiva, este trabajo plantea una invitación a establecer un nuevo diálogo integrado entre los vestigios petroleros enapinos y la perspectiva patrimonial, en la actualidad inexistente en el escenario nacional hasta hace un tiempo. Comprendiendo estos espacios y sus dinámicas sociales es posible contribuir a su valoración y protección, sobre todo en función de potenciar una revitalización de estos campamentos instalados en el fin del mundo, considerando a la comunidad local, los municipios, el gobierno regional y la comunidad académica, además de la política nacional en materia patrimonial. Teniendo esto en cuenta, la infraestructura petrolera y las experiencias sociales asociadas a ella, podría ser objeto de una nominación futura como el primer paisaje cultural de Chile, particularmente de Magallanes.
Reflexiones finales
Desde fines del siglo XIX en la Isla de Tierra del Fuego se desarrollaron tres grandes ciclos económicos: explotación aurífera (1870), industria ganadera (1876), y explotación de petróleo (1945). Una particularidad de esta última fue que el propio Estado se hizo cargo de todas las faenas de exploración, refinación y comercialización del hidrocarburo, a través de la Empresa Nacional del Petróleo, permitiendo que una cantidad importante de trabajadores con sus familias se vincularan a esta industria y, particularmente, a esta entidad.
En diciembre del año 2015 la petrolera conmemoró setenta años del descubrimiento de este recurso en Tierra del Fuego con una serie de actividades, en las que participaron una cantidad importante de extrabajadores y expobladores de los cinco campamentos petroleros instalados por ENAP en la isla. Este hito conmemorativo permitió la emergencia de muchos recuerdos que otorgan un sentido de pertenencia a la comunidad enapina, entre estos los relacionados con las actividades comunitarias como las competencias deportivas y los respectivos equipos, los grupos folclóricos, el festival de la canción enapina, las olimpiadas enapinas, las escuelas y sus profesores y las diferentes actividades desarrolladas para las mujeres y niños enapinos.
Lo anterior permite reflexionar en cuanto a las posibilidades de patrimonialización de los campamentos enapinos, hoy vestigios representativos de la sociedad petrolera que allí se articuló en base a la experiencia del día a día de hombres, mujeres, niños y niñas. En particular, la reflexión debe posicionarse desde la tipología de patrimonio industrial, lo que se remite —como se ha manifestado a lo largo de este trabajo— a tres grandes dimensiones: lo territorial, lo material y social.
En primer lugar, desde la perspectiva territorial la experiencia enapina transformó el territorio fueguino, el que hasta 1945 carecía de servicios e infraestructura caminera, siendo uno de los lugares más aislados e inhóspitos del país. Esta actividad permitió dinamizar la conectividad a la vez que la habitabilidad de la zona norte de la isla. En segundo lugar, en relación a lo material, la infraestructura de los campamentos son parte fundamental del proceso productivo del petróleo, tal es el caso de bodegas, muelles, plantas refinadoras, estanques de almacenamiento, entre otros. Asimismo, emergen los espacios comunitarios construidos en estos cinco campamentos como escuelas, gimnasios, cines, hospitales, pulperías-supermercados e iglesias, entre otros. Tanto la infraestructura productiva como la comunitaria, dispersa en el territorio de la isla, entre todas las características descritas a lo largo de este texto asociadas, en su mayoría, a un grado de exclusividad respecto de otras actividades industriales presentes en el país, se configuran como las más australes del mundo, situación que convierte a la infraestructura petrolera nacional en un atractivo de carácter industrial, así como también cultural no sólo a nivel nacional, sino también mundial. En tercer lugar, desde lo social, se desarrolló una comunidad en torno a la actividad productiva, generando una identidad para quienes desarrollaron sus historias de vida en los campamentos que articulaba un relato común: la identidad enapina.
