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¿Quién es Helena Bianco? La respuesta parece sencilla: la cantante de Los Mismos, uno de los tríos más exitosos y vendedores de la historia del pop español. Sin embargo, ¿no es acaso, también, aquella Elena Vázquez Minguela quien siendo todavía una cría era capaz de sorprender a los radioyentes de su Valladolid natal en cada concurso para nuevos talentos en el que participaba? Pero no hay dos sin tres, pues Helena Bianco ha sido y sigue siendo una artista de plena actualidad, aunque en evolución constante. Fue, también, la voz tras la modernidad de Jara o el talento frente al micrófono de unos Bianco ya subidos a la Nueva Ola madrileña. Interpretó en el teatro a la inolvidable Eliza Doolittle de My Fair Lady y se desempeñó como entertainer de la sala de fiestas Casablanca. Ha hecho volar sobre un pentagrama los poemas de su admirado Rafael Alberti o volver a sus raíces probándose frente al público de nuevo, sin rasgarse las vestiduras por partir otra vez desde cero. Así alcanzó el triunfo absoluto en La Voz Senior el año 2019.
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Seitenzahl: 465
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Sinopsis
¿Quién es Helena Bianco? La respuesta parece sencilla: la cantante de Los Mismos, uno de los tríos más exitosos de la historia del pop español. Sin embargo, ¿no es acaso, también, aquella Elena Vázquez Minguela, quien, siendo todavía una cría —decían que a los tres años recién cumplidos cantaba mejor que hablaba—, era capaz de sorprender a los radioyentes de su Valladolid natal en cada concurso para nuevos talentos en el que participaba? Pero no hay dos sin tres, pues Helena Bianco ha sido y sigue siendo una artista de plena actualidad y en evolución constante. Fue la joven que entonaba junto a Los Jolly’s “A Santiago Voy”; la que cruzó “El puente” con Los Mismos, la voz tras la modernidad de Jara o el talento frente al micrófono de unos Bianco ya subidos a la nueva ola madrileña. Interpretó en el teatro a la inolvidable Eliza Doolittle de My Fair Lady y se desempeñó como entertainer de la sala de fiestas Casablanca, siempre dispuesta a montar cuidados espectáculos en los que canción y baile fuesen de la mano. Ha hecho volar sobre un pentagrama los poemas de su admirado Rafael Alberti e, incluso, ya entrado el nuevo milenio, se atrevió a volverse a poner a prueba frente al público, sin rasgarse las vestiduras por partir otra vez desde cero. Así alcanzó el triunfo absoluto en La Voz Senior el año 2019. Y es que la historia de Helena Bianco es la historia de Los Mismos, no obstante, también, la de muchas otras Helenas más, que el lector irá descubriendo a lo largo de las páginas de esta autobiografía, tan sincera como interesante.
Biografía
Elena Vázquez Minguela (Valladolid, 1948), conocida artísticamente como Helena Bianco, comienza su trayectoria profesional a los diecisiete años en el trío pop Los Jolly’s, denominados más tarde Los Mismos, con Benjamín Santos y Antonio Pérez. Juntos lograrán una inmensa popularidad, tanto con sus temas estrella, que les harán alcanzar el éxito en múltiples festivales, como con sus lanzamientos en España de hits internacionales, anticipándose a la aparición de los propios originales foráneos. En su voz han sonado temas tan conocidos como “El Puente”, “Voy a pintar las paredes con tu nombre” o “Ata una cinta alrededor del viejo roble”, entre muchos más, configurando una discografía amplia e imborrable para su público. En 1980, el grupo decide disolverse, aunque sus integrantes regresaron brevemente en 1996. Hacia 1981, Helena lanza su carrera en solitario con proyectos propios, como Bianco y Jara, y graba diversos álbumes y sencillos, entre los que destacan, en 1992, “El mar, la mar”, un homenaje a Rafael Alberti por su noventa aniversario, en formato de quinteto de cámara. En 2003, participa en el programa Vivo cantando, que tuvo gran repercusión y le dio un enorme impulso a su trayectoria musical. En 2007, participó en el concurso Misión Eurovisión de TVE con el dúo Los Amantes junto con su marido Guillermo Antón. Desde finales de 2009, colaboró para Telecinco con María Teresa Campos en ¡Qué tiempo tan feliz!, un espacio dedicado a la evocación de glorias retro de la canción. Volvió a proyectarse mediáticamente en mayo de 2019, durante la primera edición del concurso musical La Voz Senior de Antena 3, en el que se alzó como triunfadora absoluta. En la actualidad, es presidenta de la asociación Pioneros Madrileños del Pop (PMP).
Portada
elena vázquez minguela
Helena Bianco
Entre el cielo y el suelo
Con el asesoramiento de Sergio Guillén
Prólogos de Guillermo Antón y de Alfonso Arteseros
Créditos
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
espai
El editor y el autor se disculpan por cualquier error u omisión.
Si se detectan, serán rectificados en cuanto tengamos oportunidad.
Director de la colección “Música” de Editorial Milenio:
Javier de Castro
es una colección de libros digitales de Editorial Milenio
© del texto: Elena Vázquez Minguela, 2022
© de los prólogos: Guillermo González Antón y Alfonso Arteseros Oliva, 2022
© de la revisión: Sergio Guillén Barrantes, 2022
© de la imagen de la cubierta: Javier Mantrana
© de la imagen de la contracubierta: Horacio Seguí
© de la imagen de la solapa: María Luisa Mendoza
© de las fotos: autores respectivos (colección Helena Bianco)
© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2022
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023
C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: mayo de 2022
Primera edición digital: abril de 2023
DL: L 341-2023
ISBN: 978-84-19884-01-5
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L
www.bobala.cat
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, <www.cedro.org>) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
CréditosDedicatorias
Para Helena, de Guillermo
Sufres este combate extraño de los hombres
e intentas amar, ¡qué difícil!
Nuestros residuos industriales
y nuestro mínimo muestrario del gozo.
Helena, de sal y mar, que elevas
cada mañana a la superficie mi nave
mustia y moribunda sin astros que la guíen,
solo vientos que la atormentan.
Helena, playa donde se dan cita espumas,
palomas y arenas.
Tus ojos, joya imposible, iluminan el espacio
inmóvil de este corazón sin propósitos
por donde deambula mi sangre ciega
de vocablos amorosos.
Helena, mueves tu cuerpo más allá del dolor,
tratando de buscar en el aire jadeante
un tibio acomodo para tus sienes
y tus márgenes de piedra.
Te lanzas a la calle cada mañana
con las venas abiertas y verticales; y no protestas.
De ti deberían aprender los hombres necios
a dormitar en el hondo firmamento de tu cuna.
No te calles nada, porque eres hábito que agiganta
el logos y el ser.
Helena, flor de aliento para mi losa
que solo tú sientes.
Mi cuerpo lo tiene atrapado
el viento de la noche, pero tú me esperas
más allá del mar.
Tus brazos prolongan mi corazón
y empujan hacia el mar,
la última nave que cruzará el mundo.
Prólogo I. Helena, larga vida volando hacia adentro
A mí, que soy una luna congelada, un viento desfavorable, un salvaje empedernido, una lengua de fuego con puños al aire y numerosos desconsuelos, se me pide que hable de esta piedra fundamental, de este ser humano suprasensible, de este incendio cóncavo del alma. Helena Bianco, mujer callada en lo incierto del silencio, mujer sin rodeos ni hipocresías; fiebre, delirio, cuerda que vibra como si quisiera romperse.
Se presentó un día en mi camerino. Quería felicitarme por mi actuación. Abrí la puerta al oír los nudillos suaves. Apareció ella allí, como un misterio saltando a la luz, al gozo sin heridas. Susurró su nombre y se abrió un barranco en la garganta, un volcán en el desierto de mi existencia. Imparable su mirada, ni tumulto ni sosiego; en lenta confianza yo nunca porfié a ninguna mujer. Me estratificaron las vivencias, los años, y nunca di un paso adelante por ninguna. La música era el epicentro de mi vida y las mujeres me alejaban de los enigmas de la misma.
Pero apareció ella desde el tumulto de lo oscuro, con su sed inagotable y con su mirada inacabable, que seguía un vuelo hacia un Dios inexistente. Sin oficio en la mirada, ni paraísos destrozados por otros amores necios o por antiguos rencores trasnochados. Nos miramos y nos quedamos para siempre. Mujer de humilde cuna y de coraje soberano, pulcro, maduro para la revolución y para la inocencia. Vencedora y anónima.
He vivido con ella arcos sin triunfo, noches de llanto, lugares caóticos, impotencia, vaciedad, silencios desnudos, gente desamparada, humillaciones imponentes. ¡Maldecir sería tan fácil! Pero ella, callada, suspira, suspiraba, sonreía, sin guadañas en sus hermosos dientes. Su voz enamoraba las aceradas nieves de los astros. Nunca se desanimaba, aunque su dolor transcendiera la piel que me circunda, y me apresa siempre valiente, polícroma. Siempre flor naciente, su amor como acierto supera el animal de fondo que nos acecha noche y día.
Helena Bianco. Diosa desnuda, claridad abierta. Quien te conoce como yo, no puede dejar de soñarte. Tu cuerpo de luz zigzagueando entre las sombras de los hombres ínfimos. Flor de luz, que la oscuridad de los cerriles pisotea. Ella se entrega a los dioses.
Helena, ¡larga vida volando hacia adentro!
Guillermo Antón
Prólogo II. Helena, que no la de Troya; Helena vallisoletana, Helena Bianco
De un rincón llamado Valladolid, donde nació y luego se convirtió en mujer; donde nacieron sus sueños, unos cumplidos, otros por cumplir, siempre por culpa de un virus que nos acompaña desde tiempos lejanos: la envidia. Valladolid, un lugar de la Castilla leonesa donde comenzaría a hacer lo que mejor se le da y por lo que principalmente se la conoce: la música. Ya con tres años decían que cantaba mejor que hablaba; en la actualidad, demuestra que canta, habla y escribe magníficamente bien: sus tres maneras de comunicar.
Elena Vázquez Minguela, Helena Bianco, comenzaría de niña en aquel Valladolid de los sesenta, coincidiendo con la llegada de The Beatles a España. Después vendrían sus éxitos junto con sus compañeros: primero Los Jolly’s, luego Los Mismos. Helena, en aquella época, decidió no actuar sola, eran tiempos complicados para una jovencita que viajara sola. Cualidades no le faltaban, como ha demostrado hasta el día de hoy, ya como solista, cosechando numerosos éxitos que permanecen en la banda sonora musical de varias generaciones; a pesar de lo cual, a causa de una gran injusticia, padece la falta de reconocimiento por parte de diferentes sectores del medio musical, incluso de algún que otro compañero.
Helena, en este libro, nos sorprende, pues, no solamente nos descubre su vida artística, llena de anécdotas y de vivencias únicas, sino que se atreve a relatarnos su vida personal; desde el seno de su familia, incluso antes de nacer, hasta nuestros días. Helena es una persona valiente, luchadora, audaz e inteligente: yo doy fe de ello. Una magnífica relaciones públicas y un maravilloso ser humano, virtudes revalorizadas con los tiempos que corren.
Este libro sorprenderá al lector, ya que se trata de un documento que refleja magníficamente bien la lucha de una mujer en tiempos difíciles para ellas. A mí, su lectura me sorprendió, a pesar de conocer al personaje; yo ya conocía a Helena Bianco como una magnífica cantante desde hace años, en mi época musical, pero con más profundidad la volví a descubrir y la traté ya a principios de este siglo, compartiendo con ella su lucha y su gran esfuerzo por reivindicar los comienzos y la posterior evolución del pop y del rock en España, una historia tan desconocida como apasionante.
En este texto, el lector encontrará una historia que atrapa y que sorprende, aunque a Helena Bianco se la conozca solamente por su música. Todo un documento literario.
Alfonso Arteseros
Introducción: Voy a salir a la calle
Todos somos iguales, ni más ni menos que nadie; en mi corazón, solo hay lugar para el amor. Así, amando la vida y a las personas, superas el desaliento y continúas luchando. Este libro se titula Helena Bianco. Entre el cielo y el suelo, y se llama así porque hay dos realidades distintas, clarísimas, en mi vida: la Helena que os muestra lo mejor de ella y que, curiosamente, en ese momento frente a vosotros lo siente y lo vive así, en el cielo; y la otra, la que mira hacia adentro, sin miedo y con una realidad descarnada, en el suelo. Ahí aflora el dolor, las humillaciones, la enfermedad vivida en silencio y el llanto a borbotones para vaciar ese pecho de dolor, de congestión, y así sigo después de tantos años.
Parte de ellos los escribí en 1996 y en 1997, pero hay cosas que siguen marcadas a fuego. Siempre me ha salvado mi facilidad para desarrollar por la noche una gran metamorfosis; era tan vital y tan nueva, que durante la noche cubría de rosas todo mis miedos. Al amanecer, todo se había regenerado en mí, y volvía a retomar el día con la misma fuerza e ilusión, había desaparecido todo lo malo del día anterior en el sueño. Pero esas rosas fueron marchitándose cada vez más pronto, mi facilidad de regeneración fue desapareciendo, agotándose.
Realmente, estamos viviendo un momento social, a mi forma de sentirlo, trágico y decadente, erguido sobre la ambición y sobre el poder. El dinero es el centro de todo. Algún día no muy lejano, el planeta gritará y nos hará llorar sin piedad. Seguimos dando la espalda al verdadero sentido de nuestra existencia, somos devastadores y nos giramos ante lo que debería ser el auténtico motor de nuestra vida: el amor.
Llevo muchos años pensando en hacer una autobiografía, pero nunca encontraba el momento: si no eran los viajes por causa de trabajo, era la depresión por falta de ello, y, sobre todo, la falta de luz en mi entorno en general. No hablo de mi hija, ni de mis hermanos, ni de Guillermo; me refiero al mundo, algo que me ha preocupado profundamente desde niña. Los años van pasando y los ideales con los que he ido armando mi vida se disuelven como una nube en una tarde de otoño. Una vez más, a mis setenta y cuatro años, sentí de nuevo el impulso de soñar y de luchar. Mi triunfo en La Voz Senior sirvió como catapulta hacia un nuevo horizonte y hacia la ilusión que ya había perdido. A pesar del resultado, de la vivencia, del entorno cada vez mayor y más apasionado conmigo, de mi gran ilusión y de una realidad que me entusiasmaba, algo en mí provocaba un pequeño vacío que no sabía cómo entender ni definir.
Justo cuando comenzaba a materializar mi sueño, a promocionar mi tema estrella, “Voy a salir a la calle”, que está hecho a mi medida y que me da la oportunidad de mostrar una Helena Bianco en su lugar y momento soñados, hechos por fin realidad. Justo cuando comenzaba a mostrar de nuevo mi carrera, mi forma de ver la música y la vida, a emprender un vuelo soñado y necesario. Justo en ese momento, el mundo se colapsa, se tambalea, el terror se instala en cada uno de nosotros. Un enemigo de la humanidad que nadie esperaba nos pilla de improviso y sacude a todos los habitantes del planeta. La COVID-19, este virus imparable, ha puesto al descubierto la fragilidad del ser humano. Con el único que ha sido generoso y al que ha salvado en alguna medida de seguir siendo destruido, ha sido al planeta Tierra, ya que nos ha obligado a todos a respetarlo con nuestro confinamiento y a darle un pequeño margen de regeneración.
Ahora es el momento de escribir mi biografía, de sumergirme en ella con tiempo para pensar, para navegar en el pasado, para contemplar sin miedo una vez más mi vida, para ahondar en ella, para analizar las veces que me he sentido perdida, para reflexionar sobre mis altibajos profesionales, económicos, personales. Mis setenta y cuatro años, vividos intensamente, dan para mucho.
Antes de empezar, contemplo la calle, mi pequeño jardín recién plantado en la duodécima casa de mi vida. Una tarde vestida por el aire y pintada de gris. La esperada primavera me invita a disfrutar de un minúsculo chaparrón. Sigo el vuelo de las hojas que el leve viento arranca de las ramas de los árboles, y sobre mi mente, al igual que estas hojas, planean los recuerdos de mi vida, junto con pensamientos que a veces pueden llegar a ser obsesivos.
A veces, al despertarme, me siento desubicada y me sobresalto, a la vez que me pregunto para mis adentros: dónde estoy, quién soy, qué hago aquí. No siempre la respuesta es fácil, a veces, incluso, es muy dura, siempre sola. Sola yo, buscando la verdad, al menos, la mía. Intentando tocar el sol, irme muy lejos de aquí, a un nuevo lugar, a un nuevo hogar, donde realmente pueda ser yo misma. Sí, porque cuando estoy mal, pienso en ti; cierro fuertemente mis ojos para estar allí y, de este modo, plasmar tu fuerza en mí y, así, calmar mi sed de ti, y ahogar esta imperiosa necesidad de que me muestres tu mundo. Un mundo que busco incesantemente dentro de mí, para lo cual, a veces, me falta tiempo. Y es que esta sociedad en la que nos ha tocado vivir nos engulle y nos arrastra en la vorágine; la mitad de nuestra existencia la pasamos viviendo la vida de los demás y abandonamos la nuestra propia, asumiendo así el riesgo de irnos de aquí sin haber ejecutado la mitad de las cosas que hemos venido a desarrollar en esta encarnación.
En esta tarde nostálgica, la memoria me arrastra a mis primeros recuerdos. A veces dudo de estos y no estoy segura de si son realmente recuerdos o fruto de esas historias contadas mil veces en la intimidad familiar. Narraciones refrendadas por esas viejas fotos, ajadas y descoloridas en tonos sepia, que durante años pulularon por casa y que, algunas de ellas, conservo hoy en día en uno de mis viejos álbumes. Por un momento, el amplio ventanal de mi salón, entre sorbo y sorbo de la cálida infusión que estoy tomando, se ha convertido en una alargada pantalla de cine y, en ella, como si de una antigua película se tratara, aparece Chancillería y la Cantina El Cuco, como la llamaban fruto del apodo por el que todos conocían a mi padre. Esa vieja cantina fue nuestro “nido”, nuestro hogar en mis primeros años de vida.
LA INFANCIA
1. Cantina El Cuco
Recuerdo el lugar donde se hallaba la cantina como una calle solitaria, muy mal iluminada, apenas un par de farolas que solamente valían para mostrar levemente el camino. En la acera de enfrente de la cantina, había un edificio histórico, un lugar que servía para albergar vidas comprimidas, vocacionales, para generar lealtades a Dios, donde se oían liturgias y plegarias acomodadas a un calendario y a la fe concreta, particular, de cada una de las religiosas. Se trataba de la institución popularmente conocida como La Beneficencia; realmente, el Colegio de la Milagros, uno de la mano de la otra, o, como cuenta el dicho popular: “tanto monta, monta tanto”.
En el interior del edificio, se encontraban unos críos moderadamente felices a pesar de las múltiples segregaciones, ya fueran por sexo o por estatus social, siempre amparados en esa envidiable ingenuidad de su edad. Niños y niñas corrían y hacían travesuras durante todo el día, ya que, en el Colegio de la Milagros, se pasaba la jornada completa: desayuno, comida, merienda y cena, pero nunca juntos. Todas las dependencias estaban separadas: niños por un lado y niñas por el otro. Lo necesario que allí se nos daba, tanto a nosotros como a las monjas, era proporcionado por entidades “misericordiosas”, que, a través de este “noble gesto de la limosna”, lograban así evitar esa plaga generalizada de hambre y de desnutrición que todo el país padecía tras la guerra civil y que por largo tiempo se extendió en la posguerra, hasta los primeros años de la década de los cincuenta —los llamados años del hambre—.
Los parroquianos de la cantina de mi padre narraban cientos de veces, como si de una escena costumbrista se tratara, los acontecimientos del día: un sinfín de noticias que se iban sucediendo sin cesar. La posguerra daba mucho de sí. Entre las paredes de la Cantina El Cuco se acogía y se ayudaba a todo aquel que lo necesitaba. La cárcel estaba muy cerca y mi madre, en ocasiones, abastecía de alimentos a los más solos y necesitados; las veinticuatro horas del día eran bien aprovechadas, no había apenas tiempo para el descanso. El cementerio estaba en esa misma calle, pero a unos dos kilómetros de distancia, ya fuera de la ciudad. La iglesia de San Pedro Apóstol, a una manzana de nuestra cantina, era la parada oficial de todos los carros funerarios. Carros, algunos, de lujo, de madera negra brillante y que iban tirados por caballos, no siempre el mismo número. Si del carro tiraban dos caballos, el difunto era pobre; si lo hacían cuatro, estábamos ya ante una persona acomodada; y si era tirado por seis, el difunto o la difunta era de alta alcurnia. También el atuendo de los caballos era diferente en función de la clase social. En la cantina siempre hacían un alto en el camino los que seguían al féretro, para tomar algo antes de que comenzase la misa, y los conductores de los carruajes, para echar una charla agradable y tomarse un tentempié. Fueron los años de más auge de la Cantina El Cuco.
Ese 5 de enero se notaba la ausencia entre el bullicio de la gente de mi madre, “La Cuca”. En esta narración, debo mencionar el dolor y los gritos ahogados de mi madre mientras sufría las contracciones producidas por mi anunciada llegada a este mundo. Este hecho ya no sorprendía a nadie; en mi caso, fueron casi veinticuatro horas, pero con todos y cada uno de mis hermanos, la situación fue muy similar: partos prolongados en el tiempo y dolorosos por problemas de dilatación. Sí, yo fui testigo, como es natural, de mi propio nacimiento, aún impregnada por el líquido amniótico que durante mi gestación me protegió y unida a mi madre por el cordón umbilical, a la vez que salvaguardada por una legión de ángeles, hasta depositarme dulcemente sobre la tierra. Allí fue donde nací, en la misma Cantina El Cuco, asistida por mi tita Goyitay, la comadrona, y algún otro miembro de la familia o de los amigos; bueno, limitemos el género, amigas, ya que estas cosas, por aquel entonces, eran exclusivas de mujeres. Fue a la una y veinte de la madrugada del 6 de enero de 1948, como si de un regalo más de los Reyes Magos se tratara, cuando llegué a este mundo. “¡Una hermosa niña de casi cuatro kilos!”, gritó alguien.
Era negrita de pelo, de piel resbaladiza, muy morena, y lloraba con tal fuerza que, al oírme desde la tasca, todos se relajaron y celebraron mi nacimiento: “Buenos pulmones”, se escuchó que alguien comentaba. Mientras, abajo en la cantina, mi padre celebraba el nacimiento de su tercer hijo. Lo celebró de tal manera que tardó más de un día en despertarse del festejo. Dicen que se llenaban los vasos de vino a un ritmo imparable; mi padre, ante la felicidad provocada por el final venturoso del parto y por mi nacimiento en buen estado, no era consciente de la velocidad a la que se vaciaban los chatos y los campanillos, como llamábamos por entonces a los chascarrillos en cualquier cantina pucelana. Nos besuqueaba a mi madre y a mí de manera incesante, y entre esto y el tiempo que pasó inconsciente, cuando me fue a registrar habían pasado ya dos días.
A mí siempre me pareció algo peculiar narrar así mi llegada a este mundo, pero, según cuenta mamá, esta fue la tónica generalizada con todos y cada uno de mis hermanos. Sí, fueron tantas las vivencias compartidas en esa cantina, tantas las anécdotas, que para narrarlas todas habría que escribir otro libro; para esto y, sobre todo, para hablar de la familia de mis padres, como más adelante haré. Allí, el trabajo era muy duro y prolongado, muchas horas sin apenas descanso.
De amores vengo,
del vientre donde creció la simiente de sus cuerpos.
Estuve en la oscuridad de ese vientre, callado y quedo.
Volé durante algún tiempo, navegando en el silencio
de un mar cubierto de sombras.
Hasta que sentí en mi pecho, una presión que engullía
mi cuerpo frágil, pequeño, por un túnel muy estrecho.
¿Dónde aire, mar y barca?, ¿dónde paz, dónde silencio?
Siento mi piel encenderse, siento ahogo, siento miedo.
La puerta del mundo se abre ante mis ojos pequeños,
ciegos y desconcertados, cubiertos de velo negro.
En mis oídos golpean mil sonidos que no entiendo.
Cuánta risa, cuánto llanto, después de tanto silencio.
¡Qué añoranza de ese vientre donde se engendró mi cuerpo!
Torbellino de hojas y de vientos,
herida moribunda en las entrañas.
Avenida de lágrimas y de llanto.
Tormenta de guitarras.
Relámpago de ira y desalientos.
Todo, acunando mi alma.
Junto con mis padres, en la Cantina El Cuco vivían algunas tías y, a veces, alguno de mis tíos que, junto con los tres hijos del matrimonio, yo y mis dos hermanos Paco y Pilar, formábamos aquel hogar configurado alrededor del negocio familiar: la cantina. Obviamente, por temas de vecindad, mi madre mantenían buena relación con alguna de las monjas de La Beneficencia; así fue como, a veces, siendo yo muy niña, prácticamente un bebé, me dejaba con alguna de ellas para poder atender su trabajo más libremente. Según me cuenta, de este modo comencé a formar parte del colegio, cuando apenas contaba con tres añitos. En esto ya me habían precedido mis hermanos, Paco y Pili. Como es lógico, no tengo recuerdo alguno de mi estancia en el centro entre los tres y los seis años, pero con mis primeros recuerdos comienzan a aflorar extrañas sensaciones, a esa corta edad empecé a percibir algunas diferencias de trato y de dotaciones. Lo notaba muchísimo, era muy evidente, las compañeras de mi clase me lo recordaban continuamente con sus ironías y con su comportamiento conmigo. Sí, había algunas diferencias con otras compañeras de mi misma clase en el trato, en los actos escolares e, incluso, en los religiosos. Hasta el propio uniforme, paradojas de la vida, era diferente; hasta en la manera de hablarles eran favorecidas de una manera descarada, hecho que ponía de manifiesto la desigualdad en todos los aspectos entre los distintos alumnos. Aunque yo era una niña, esa sensación se me metió en la sangre e hizo que poco a poco me fuera convirtiendo en una niña tímida y retraída.
Los años iban pasando y esa situación, esas bases de la convivencia escolar, para nada cambiaron, por muy injustas y dañinas que fueran; es más, tanto a mi hermana como a mí, con cada día que pasaba, más nos marcaban. De esta época, hay cuatro cosas que me dejaron profundamente afectada.
La comida
Siempre era la misma, eso no me importaba, pero el día de la fiesta del colegio había una algarabía especial, soñábamos con que, por lo menos, ese día nos permitieran salir de la rutina, recibir algún capricho; pues no, ni siquiera en la Fiesta de la Milagrosa. Ni un plato apetitoso ni un dulce. A pesar de ver subir grandes bandejas de ellos a las dependencias de las monjas, nosotros para nada contábamos en ese capítulo del día.
La procesión del Domingo de Ramos
A las niñas nos ponían en dos filas, dos grupos diferenciados y manifiestamente discriminatorios. Dos filas para remarcar bien nuestras diferencias sociales: la fila de “las ricas”, como decíamos nosotras, con su uniforme diferente y, por supuesto, mucho mejor, y “la otra”. Las palmas de las niñas ricas eran altísimas, bellísimas; mientras que nosotras, las niñas pobres, con un sencillo ramito de laurel nos bastaba, ya que, lamentablemente, hecho que se preocupaban mucho por remarcarnos, no había dinero para comprar ni una sola palma en las familias. Me quedaba embelesada mirando a las niñas sujetando sus palmas con emoción y con orgullo, me encantaba su color brillante como el trigo bañado por el sol. Era muy triste para mí, muy triste.
El concurso de catecismo mariano
Este concurso consistía en saberse de memoria un tocho del catecismo. La niña que no cometiese ningún error, aquella que, sin cometer fallo alguno, se lo supiera, ganaba dicho concurso. Si la memoria no me falla, creo que daban regalos y, lo más llamativo, una excursión. A mí no me dejaban participar: “¿Dónde vas tú?” me decía con desprecio sor Carmen. Ella era la monja más desagradable y la más malvada. “¡Tú no puedes participar!, ¡a ti no te corresponde!”. Tuvieron que convencerla sor María y sor Agustina, no sin esfuerzo, para que me dejara presentar al concurso. Me preparé a fondo, me presenté y lo gané. Aún hoy, muchos años después, recordar la cara de esa monja frente a mí, con esa mirada de rencor, con esa falsa sonrisa que la caracterizaba, me sigue produciendo escalofríos. Imaginaos cómo me debí de sentir en aquellos momentos siendo una niña indefensa.
Mi deseo de participar en el coro
Lamentablemente, nunca lo conseguí. Aquí también imperaban las clases sociales. A pesar de que mi voz les llamaba poderosamente la atención cuando cantaba con el resto de las niñas en grupo, esto no era suficiente como para permitirme pertenecer a un coro reservado exclusivamente para las niñas ricas y para alguna favorita; los favoritismos siempre han existido. Eso sí, velé a la Virgen de rodillas cada mes de mayo sin faltar, he cumplido para toda mi vida. Y qué devoción sentía en aquel entonces. Tuvieron que trascurrir muchos años —para entonces, yo ya gozaba de una gran popularidad como cantante— hasta que me pidieron que fuera a cantar en la Fiesta de la Milagrosa. Obviamente, me negué.
En una ocasión, cercana la festividad del Día de la Madre, me encontraba, como el resto de mis compañeras, preparando con esmero e ilusión el correspondiente regalo, algo sencillo hecho por nosotras mismas y, generalmente, para la casa. Ese año, mi hermana y yo hablábamos de que nos gustaría hacer algo en punto de cruz. “Un «tú y yo»”, decía mi hermana; “mejor un «cubrebandejas»”, apostillaba yo. Queríamos algo en esa línea; lamentablemente, como ocurría siempre, no había dinero para una mantelería, que es lo que realmente hubiéramos deseado. “Las dulces monjitas” siempre, siempre nos sacaban a relucir lo pobres que éramos. A mi hermana, sus comentarios al respecto la sacaban de quicio; ellas aprovechaban cualquier ocasión para seguirnos humillando. Sí, mi hermana no tenía pelos en la lengua y no se callaba, por lo que, al final, la multaron con cinco pesetas de sanción. Ella, que tenía mucho carácter, no se amilanó y les respondió: “Con el trabajo que le cuesta a mi padre ganar ese dinero, a usted se lo voy a dar”. El castigo siguiente fue ponernos con la mano cerrada, pero juntando los dedos, colocada boca arriba; entonces, con una regla de madera, nos golpeaban varias veces y con fuerza. Arrojaban sobre nosotras toda su ira, nos hacían ver las estrellas. Era su manera de intentarnos meter en su redil. Todo un despropósito, una guerra sin cuartel, y mi hermana, nuevamente, ante otra injusticia más, arrancó de un tirón la toga a la monja. El tirón fue tal que, de haberla pillado sin toga, le hubiera arrancado el pelo. Para mí, nada de esto tenía sentido. Entonces, empezaron a castigarme en el cuarto oscuro; a veces, unos minutos, otras, lo hacían durante toda la tarde. Después de estos episodios me sobrevino un comprensible miedo a la oscuridad.
Los mejores recuerdos que tengo son el cariño y el apoyo de sor Agustina y de sor Nieves. La segunda de ellas me dejó entrar en su taller para enseñarme a bordar y a coser, y sin tener que pagar absolutamente nada. Aprendí muchísimo y me sentía más útil. Entonces era muy importante para la mujer saber coser. Teníamos que ser mujeres de provecho, preparadas para casarse y llevar una casa. Estudie varios años allí, hasta llegar el momento de hacer mi primera comunión; por supuesto, con una preparación y con una devoción de primera. Fue un día especial, mágico. Misa cantada, todas en fila, vestidas de blanco. Mamá tuvo que ahorrar muchísimo para que mis hermanos y yo disfrutásemos de una comunión engalanados a lo grande. Creo que soy la única que no conservo una foto de primera comunión posando solita, que era la tradición. Siempre se lo reprochaba a mis padres. En la fotografía, estoy con mis monjas favoritas, con mi mamá, con su cara tan bella y radiante, y con mi hermano Javi.
2. Jaramiel
Unos años que recuerdo como muy importantes en mi vida y de los que prácticamente he olvidado muy poco, son mis veranos en Jaramiel —el caserío en el que mi abuelo era capataz de la familia Calero—. Parte de la familia Minguela vivió allí durante mucho tiempo, prácticamente, hasta que comenzaron a hacer la parcelación agraria. A pesar de que los labradores creían que esta nueva concepción del mundo agrario sería beneficiosa para ellos, en realidad, no fue así para todos. Comenzar a luchar por tus tierras en lugar de trabajar para los grandes era toda una nueva forma de inversión y de concepto empresarial agrario.
Cuando yo llegaba al caserío, todo se revolucionaba, era una verdadera inyección de vida. Un niño siempre transmite vitalidad y alegría a pesar del trabajo que supone para los mayores cuidar de él y educarlo. Mis tías Tere y Mari dicen que era tremendamente testaruda, con las cosas claras sobre lo que quería, y que no había forma de hacerme cambiar de idea. Normal, soy fiel a mi signo zodiacal: Capricornio. Todo lo que se me antojaba tenían que conseguirlo al instante y era tan insistente que, por aburrimiento, cedían. Mis tías, como todas las mujeres de la época, cada día, al caer la tarde, cosían y arreglaban la ropa de los hombres, que eran bastantes en la casa: mi abuelo Ceferino, Eusebio, Jesús y, si no recuerdo mal, Félix; el resto de los hermanos estaban en Valladolid, creo que con mis padres. También hacían su propia ropa y la mía. Mi tía Mari me recordó recientemente que era lo primero que hacían cuando llegaba al caserío: comprarme unas alpargatas nuevas y ropa para algún vestido de verano. Las sillas en las que se sentaban me encantaban, y verlas bordar y coser me llamaba mucho la atención. Yo quería hacer lo mismo. Si me sentaba en una silla igual a las de ellas, parecía un muñeco de trapo, con los pies colgando, y era agotador; entonces me enfadaba y lloraba. Ya me costaba gran esfuerzo conseguir que me enseñasen, pero si, encima, la postura no era la apropiada, todo se complicaba. Lloraba y lloraba, protestaba sin cesar. Era tan cansina que, hasta que no conseguí que cortasen las patas de la silla y que las dejasen a mi altura, no paré. Quién me iba a decir a mí entonces que, después, mi primer trabajo remunerado iba a ser de sastra. El caserío constaba de unas diecinueve casitas. La casa grande, donde estaba el despacho de mi abuelo para cuando venía el Sr. Calero, poseía en la parte alta dos espacios inmensos —al menos, bajo mi perspectiva de niña—. Uno de ellos servía de granero, donde, además del grano, se guardaban bajo cobijo los melones, las sandías, los calabacines y las calabazas. En las vigas colgábamos los racimos de uvas para que se mantuviesen comestibles el mayor número de meses, principalmente, hasta Navidad.
Todos mis amigos, niños de mi edad, eran un poco desastre; vestían de cualquier manera y su aseo era mínimo. No había escusa, el río estaba a veinte metros de la puerta de casa y, al igual que bajábamos cientos de veces a coger cangrejos y berros, podían aprovechar y enjabonarse. Los mocos eran una batalla perdida de mis tías contra todos ellos, pues se negaban a limpiarse. A mí me daban verdadero asco, había momentos en los que no aguantaba más y me iba a casa. Y oía, según me alejaba: “¡Qué pasa, finolis! ¿Ya no quieres jugar con nosotros? ¿De dónde crees que eres tú?”. Yo era de agua y jabón, nada más.
Había una gran caballeriza con caballos fuertes y preciosos. Me encantaba ir a verlos y procuraba estar cuando los cepillaban y cuando les limpiaban la cuadra. También me fascinaba la torre de una de ellas, ya que ahí anidaban muchísimas palomas; terminó convirtiéndose en un palomar, al cual yo acudía con frecuencia, empujada por la cuadrilla, para coger huevos de paloma. Esto me costó grandes castigos cada vez que mi abuelo me pillaba. Tortazo y aislamiento; pero no solamente por coger los huevos, sino porque lo consideraba hurto, ya que todo le pertenecía al amo: los Caleros.
Otra de mis peleas ocurría durante las matanzas, una costumbre necesaria para poder mantenernos durante todo el invierno, pero tan dramática, que, cuando asistes a una, tardas muchos años en quitarte el angustioso chillido de los cerdos. Hay que tener mucha sangre fría para poder hacerlo. Había un rito particular: de la vejiga del cerdo se hacían zambombas y balones irregulares pero suficientes; con lo cual, escasos de juegos, la pelea por conseguirlo era tremenda. Recuerdo como una pequeña injusticia infantil que a mí nunca me lo dieron, siempre había una razón para quedarme sin ello. Qué incomprendida y desgraciada me sentía. Sin embargo, a la hora de hacer pan, requesón y quesos, yo estaba en primera fila y no solo me lo permitían, sino que me enseñaban. ¡Qué gozada! Aprovechaba para hacer figuritas de pan. Aquello era pan de verdad, duraba toda la semana en perfectas condiciones y el sabor era diferente al que comemos ahora. Se hacía con masa madre, no había prisa, todo llevaba su tiempo y esos tiempos se cumplían. Me encantaba bajar al río a coger berros y cangrejos. Al amanecer, recogía caracoles, siempre por los caminos donde las cunetas eran verdes y húmedas por el rocío. Los domingos partíamos hacia Villafuerte, uno de los pueblos más cercano. El modo de transporte era, o bien en carro, a caballo, o en burro y, si no te decidías por alguno de ellos, andando. Allí hacíamos la compra para toda la semana, aprovechábamos para ver a algún familiar y, por supuesto, oíamos misa. Nos poníamos nuestras mejores galas: los trajes guardados para los domingos.
Aprovechábamos para recibir clases básicas de mi tita Tere, que era la maestra del caserío. La “escuela” estaba en la casa grande, al lado contrario del granero. Yo era inquieta y muy espabilada, según dicen; iba por delante de lo que me explicaban y más avanzada que los otros niños, motivo por el cual me aburría. Entonces, comenzaba a ser cansina y acababa con la paciencia de mi tita Tere. “Me aburro, me aburro”, repetía. Harta de escucharme día tras día, en una ocasión se levantó, me cogió de las orejas y me castigó a permanecer fuera de la clase durante toda la mañana. Ella cuenta todavía sobrecogida que cuando salieron tenía todo el pelo, que entonces era bastante largo, lleno de trencitas, pero de las africanas. No sabía cómo reaccionar, si castigarme todo el día, darme una bofetada o qué hacer conmigo. Lo que sí tuvo que hacer fue cortarme el pelo. La tita también era la practicante del caserío. Cuando en alguna de las familias uno de sus miembros se ponía enfermo, mi tía les ponía las inyecciones, bien en su casa, si tenían mucha fiebre, o en la casa grande, donde ella guardaba sus cosas. Esto lo tengo que contar porque marcará un miedo posterior en mí. Cuando vi cómo les ponía inyecciones a todos, yo también quise: “Tía, yo quiero, yo quiero”. En una de estas largas insistencias que acababan con su paciencia, me dijo: “Sí, cariño, tú también, ven”, y me pinchó. Todavía hoy tengo pavor a las inyecciones y a extraerme sangre.
Temporada mágica: segar, trillar y beldar el trigo. No era como hoy en día, que una máquina lo hace todo. Trillábamos horas y horas con atuendos de lo más pintorescos y yo siempre estaba allí, en primera fila. Pero la magia se producía por la noche, cuando todo el caserío celebraba el fin de la trilla. Había una gran fiesta, una brasa imponente, vino y alegría por toda la pradera. No había hora límite, la cosecha había sido buena y había que celebrarlo. Me daba mucha pena ver terminar el verano, ya no podía llevar el almuerzo como cada día al abuelo al campo: panceta, chorizo, pan, sopas de ajo y vino. Siempre me tocaba algo. Me encantaba ver cómo partía el chorizo y la panceta sobre el pan, le sabía a gloria.
Pero un año, en invierno, enfermé de neumonía. Según me contaron, estuve muy grave; el médico me visitó una sola vez y, a partir de ahí, mis dos titas, Tere y Mari, se ocuparon de cuidarme. Me recuerdo muy débil, con un parche en los pulmones, la temperatura altísima —como era frecuente en mí— y recibiendo inyecciones sin parar. Me salvaron sus cuidados. Ese mismo año, sin saber la razón —y nunca la supimos—, nos sobresaltó en plena noche el relinchar y los golpes secos de los caballos. La cuadra estaba muy cerca y se escuchaba perfectamente. Nos asomamos y, aterrados, vimos que las cuadras estaban ardiendo. Recuerdo con estupor que me dejaron encerrada en casa para que no fuese, pero yo contemplaba el fuego, el ir y venir de todos los vecinos para intentar apagarlo, los caballos saliendo despavoridos. Sentía verdadero pavor al pensar en la posibilidad de que el fuego llegase a la casa.
Gracias a dios, la cosa no fue a mayores. Las llamas, para mi tranquilidad, no llegaron a prender la casa y, en unas pocas horas que se me hicieron eternas, el incendio quedó sofocado del todo, los animales no sufrieron daño alguno. Unos días más tarde, la normalidad absoluta regresó al caserío.
3. El barrio España
La Cantina El Cuco, esa tasca personalizada, fue la perdición de mi padre. Por aquel entonces, eran cosas que no se tenían en cuenta, pero en la sociedad actual, todos somos conscientes de que regentar un negocio así es todo un riesgo, sobre todo, para aquellas personas con una marcada debilidad por la bebida, con una fuerte dependencia, como diríamos hoy en día. Era un bebedor social en su relación habitual con la clientela, hecho que le llevó, sin percatarte de ello, a un consumo constante de alcohol. Vino siempre, solo vino. El vino que, para un hombre vulnerable y entrañable, débil como mi padre, llegó a ser su perdición —también lo sería para el resto de la familia—. Fue así como mis padres dejaron la cantina. Mi padre se colocó en la empresa Carrión y nos trasladamos a vivir al barrio España.
El tipo de casa donde nos alojamos en el citado barrio no la tenía cualquiera, de hecho, mi abuelo pudo comprarla gracias a su posición social, ya que ser capataz de un caserío, en esa época, estaba bien pagado. La adquirió con la idea de que la habitase la familia, y así fue durante muchos años. Cuando mis tíos fueron yéndose, mamá aprovechó para alquilar las habitaciones que se iban quedando libres. Recuerdo que mi hermana Pili vivió también allí durante un tiempo, pero en el piso de arriba. Allí se crió mi primer sobrino, Tomasín. Curiosamente, nació antes que mi último hermano, Gustavo, con lo cual jugaban juntos y hacían trastadas sin parar. Aquella casa estaba situada en la calle Fátima. Era un edificio de una planta y sótano, dividido en cuatro viviendas. Después, se alquiló la planta superior. Nosotros siempre vivimos en el sótano y disfrutábamos de un gran patio, con huerta incluida, en la que mis padres trabajaban como locos. Como era normal en aquella época, a nosotros, según nos íbamos haciendo mayores, nos tocaba colaborar en la medida de nuestras posibilidades y a nuestra manera. En este caso, regando la huerta, pero siempre siguiendo las instrucciones de mi padre. Hacer un surco es mucho más complicado de lo que parece y todavía lo es más cuando has llenado de agua ese surco. Entonces había que desviarlo al siguiente, cerrando esa pequeña compuerta con una tierra que él había marcado y que no podíamos permitir que el agua arrastrase. Me viene la sonrisa a los labios cuando recuerdo aquellos momentos. Todo está absolutamente vivo todo en mí. Si, por el contrario, lo hacías mal: regañina o bofetada. Eran muy perfeccionistas e implacables; los dos lo eran, tanto mi padre como mi madre.
El agua que se utilizaba para el riego estaba en un gran pilón y, para distribuirla por el terreno, utilizábamos un motor eléctrico, una pequeña bomba hidráulica que nos servía para trasladar el agua de este pilón a los diversos surcos donde estaban sembradas las plantas (tomates, pimientos, patatas, lechugas, escarolas o pepinos). Todo lo correspondiente a una auténtica huerta. Lo que recuerdo con más cariño y con lo que se me sigue haciendo la boca agua, es lo que asiduamente era mi merienda: el cogollo de la lechuga, abierto en cuatro partes sin llegar al tronco; ponía un poco de sal, pimentón y aceite. ¡Qué bueno! Lo mismo hacía con los pepinos; y qué sabor tenían, nada que ver con los de ahora, que no saben a nada. Cuando me tocaba regar, tenía que activar una llave de madera que era muy ancha para poner en marcha el motor. Aquella tarea me aterraba, ya que el interruptor me había sacudido a calambrazos más de una vez —estaba pelado justo por donde tenías que agarrarlo—. “Mamá, no me atrevo”. “¡Te las apañas como puedas, pero le das!”, gritaba mi padre, enfadado. Al final, te las ingeniabas, buscabas un palo resistente para evitar el desastre y que no te diera un calambre. “Tengo un palo, pero se ha roto”, respondía yo de manera ingenua. “Pues búscate uno resistente y lo guardas para otra vez”. Así fue muchas veces, hasta que, por fin, decidí hacer lo que me decían: ser cuidadosa y realizar las cosas como ellos exigían.
Otra odisea aún mayor era sacar agua del pozo. Entonces, casi entraba en pánico. Para ello, tenía que apoyar los piececitos en dos maderas, separadas la una de la otra por un espacio por el que fácilmente podía entrar mi cuerpecito. La acción consistía en lanzar el cubo al pozo con una cuerda que previamente pasaba por una polea y, cuando este se llenaba de agua, tirabas con el peso de tu cuerpo. La meta era elevarlo y vaciarlo en otros cubos, con los que llevábamos agua a los animales. El agua del pozo estaba más limpia que la que se almacenaba en el pilón. Mientras hacía subir el cubo, las maderas crujían, yo entraba en pánico y, muchas veces, gritaba de puro miedo. Lo malo era que, si gritaba, me caía un buen rapapolvo. Para mis hermanos, era una miedosa, y mis padres me gritaban: “¡No vales para nada!”. Lo peor de todo es que, tras la regañina y como método didáctico muy utilizado en la época, me asignaban ese mismo trabajo una y otra vez. Así era. No es que fuese un castigo, es que, según los manuales educativos de la época, esta manera resultaba la más adecuada para hacerte fuerte. El objetivo era conseguir que fueras valiente y obligarte a despojarte de miedos y de inseguridades. A mi manera de entender, y aunque era niña, hoy sigo pensando lo mismo: aquello no era ni mucho menos lógico, era excesivamente arriesgado y, además, carecía de sentido. Hablando de nuestras vivencias y de nuestros recuerdos con mis hermanos, me contaron que a ellos les tocó vivir las mismas situaciones que a mí, y que también pasaron algo de miedo. Menos mal, creí que yo era un bicho raro.
Al contrario de lo que se proponían con estos métodos, mi timidez era grande y mi inseguridad se acrecentaba con el paso de los años. El espejo en el que me reflejaba era el de mamá, y ella, una mujer fuerte —excesivamente fuerte—, exigía que todo lo hiciéramos a su manera. No se le ocurría pensar que los demás no éramos como ella, que yo aún era una niña y que a mis dos hermanos, aunque algo mayores que yo, les ocurría lo mismo. En mi caso, el tema se agravaba por mi sensibilidad, mucho más exacerbada para estas cosas. Esto se acentuaba cuando teníamos que salir a la calle a vender por el barrio frutas y verduras. Iba con una carretilla con la que apenas podía y que, por supuesto, abultaba mucho más que yo. Por esta labor fuimos pasando casi todos los hermanos, a excepción de los más pequeños, que, afortunadamente, se libraron; digo afortunadamente, pues a todos nos daba mucha vergüenza. Otro de los recuerdos que mantengo en mi memoria, en este caso, olfativa, es el de las dalias. Esta flor típica de difuntos la vendíamos por las calles, entre finales de octubre y primeros de noviembre; aún llevo aquel olor clavado en mis sentidos.
En barrio España reviví el miedo a la oscuridad, pero también me encontré con las blasfemias de los borrachos que transitaban por mi calle; siempre recuerdo a alguno metiéndose con nosotros o hablando solos, algo que a mí me sobrecogía. De hecho, conservo esta poesía dedicada a los borrachines del barrio y al terror que pasaba cuando me cruzaba con ellos. Yo creo que la pobreza, la impotencia, la inseguridad y la falta de esperanza inducían, sobre todo, a los hombres, a beber. Esa patología era lo que ahora llamamos depresión, en estos casos, muy justificada.
Como siempre en la esquina,
junto a la oscura cantina
con el cuerpo derrotado;
bajo su vieja pelliza
está sentado el borracho,
el mal ejemplo, el “Polilla”.
Su cara está agrietada,
sus manos llenas de heridas,
su mirada extasiada, perdida.
¿Quién antes de criticarle
le preguntó por su vida?
¿Si tuvo mujer e hijos,
y qué fue de su familia?
¿Qué “señora o solterona”
de las que van siempre a misa,
antes de escandalizarse,
le ofreció una sonrisa?
Si del vino hizo su queja,
de la botella su amiga.
¿Fue la culpa suya o nuestra?
¿Fuimos nosotros o el vino?
Recuerdo vivamente el callejón a oscuras para llegar a la puerta de casa, la calle con una sola farola, la distancia hasta la fuente donde íbamos varias veces al día a coger agua, la precariedad de la casa. En nuestra vivienda, aunque era espaciosa, no había baño, era un lujo que pocas familias se podían permitir, pero mi padre nos hizo un váter —eso sí, en el patio, os podéis imaginar—. Para mí, aquello era un drama: cada vez que oscurecía, la pelea que tenía mi madre conmigo era gorda. “Ven conmigo, mamá”, y ella me respondía: “No seas miedosa y vete sola”. Eso alteró mi organismo para siempre, ya que no iba hasta la mañana siguiente. Todos debían de ser más valientes que yo. En cuanto a bañarse, lo hacíamos dos veces a la semana en la pila grande instalada en la cocina. Esa pila valía para todo y, cuando hacia bueno, nos bañábamos en el pilón. Medía unos diez metros cuadrados y un metro de alto. Una vez, recién llegada al barrio, sufrí un percance en aquella pila. Era yo muy pequeñita todavía y, cuando estaban bañándome, me dejaron sola y resbalé. Sentí que me ahogaba y, hasta el día de hoy, donde no hago pie, no me meto.
Los juegos en la calle eran el marro, el escondite, las canicas, la peonza, los alfileres, las chapas... Sigo y no acabo. Eran fantásticos, ¡qué ingeniosa era nuestra generación! Y, cuando no había pelota, la sustituíamos por una naranja, hasta que reventaba y me tomaba todo el zumo, no se desperdiciaba nada. Eran típicos los bocatas para cenar y los gritos de tu madre, llamándote para que te fueses a acostar —los últimos, ya con amenazas—. Recuerdo como algo especial el de tortilla de patata, era mi favorito. El miedo, sin embargo, seguía instalado en mí y abarcaba otros estados y situaciones. Cuando entraba en casa ya anocheciendo y mi padre no había llegado, la sensación de miedo aumentaba y me paralizaba. Mamá siempre nos tranquilizaba, sin dar demasiada importancia al asunto. Se me saltan las lágrimas visualizando la escena; no sé mis hermanos, yo hablo por mí. Un mal vino en un cuerpo cansado y una mente débil, unos amigos insistiendo, esos eran los culpables de todo: “No te vayas, Cuco”, ese era su ruego interminable mientras mi padre seguía cantando y cantando, apoyado en la barra hasta debilitarse por completo. Un día más recorriendo la orilla del Esgueva, dibujando un camino ondulado sobre su bicicleta carcomida por los años pero aún útil; unas veces solo, pero, en muchas ocasiones, era yo la que lo iba a buscar a la Cantina Pío. Tardaba mucho tiempo en convencerle de que teníamos que irnos. Él no paraba de cantar, era el momento de olvidarse de todo y de embriagarse de sus sueños irrealizados. Entonces venía otro momento de auténtico miedo: me hacía subir a la bicicleta; las rectas no existían y la orilla del Esgueva estaba demasiado cerca, demasiado oscura. Cada día, el vino se instalaba en un lado diferente; uno, en el mal vino —que era lo habitual—, y otro en el bueno, aunque en poquísimas ocasiones se daba el caso. Su llegada al hogar era una incógnita. Cuando pasaba de las ocho de la tarde, parecíamos conejillos asustados. Siempre nos dominaba el miedo.
¿En qué se había convertido mi padre? Apenas lo recuerdo sobrio. Su amargura, su falta de perspectivas, sus problemas de infancia —que siempre han existido— le arrastraron a la bebida. De niño no eres consciente de ello, pero la infancia y el entorno de tus primeros años de vida marcan y marcarán tu existencia, dependiendo de la sensibilidad de cada persona. En él, los recuerdos invadían todo su ser en su día a día, tenía hastío de su propia vida. Mi madre era el centro de todo, el suyo y el nuestro, en ella siempre encontrábamos fuerza y cobijo a pesar de su intransigencia. Ella nos ha convertido en lo que somos, en lo bueno y en lo menos bueno. Describir también la infancia y la vida de ambos nos daría para otros dos libros.
Si mi padre sonreía al entrar, yo asomaba tímidamente la cabeza; si, por el contrario, empezaba a jurar y a insultar a toda una corte celestial, permanecíamos en silencio. Si alguien contestaba, algo salía por los aires. Por eso, el silencio y el pánico era lo que reinaba en casa casi todas las noches. El día amanecía con una nueva luz y la piedad del mismo subconsciente borraba la tormenta de la noche anterior. Pero fueron muchos, muchos los años esperando la suerte en cada atardecer. Mi madre, siempre respetuosa, cauta, llevaba de una manera muy inteligente cada situación. En el barrio, con ese entorno, me fui acostumbrando a rodearme de personas que sufrían las mismas debilidades que mi padre, pero, a esos, los justificaba menos y les tenía más pavor. No obstante, el amor hacía él perdura a través de los años. Nunca lo culpé ni lo culparé, cada ser humano arrastra unas vivencias y unas cargas familiares y sociales. Si nos liberamos de ellas, podemos cambiar nuestra conducta y así iniciar nuestro camino ya libre de esas mochilas que condicionan nuestra conducta diaria. Después de muchos años sumergido en estas tinieblas, acuciado por el miedo a la muerte y por montones de enfermedades, lograste dejar de beber. Al final, te liberaste de esta lacra. Fuiste muy fuerte, papá, comenzabas a ser tú. Tu gran amor nos envolvió a todos. Fuiste un gran ejemplo para tus amigos, que no eran pocos. Mis hermanos disfrutaron de un padre diferente, y yo me sentía feliz de ver cómo iban desapareciendo los fantasmas. Entonces, todo fue muy diferente y convivir contigo resultó mucho más sencillo. Te quiero, papá, como si te tuviera a mi lado; simplemente, porque te entiendo.
