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Desde la segunda mitad de la década de los noventa asistimos al retorno de la crítica social y política. De las manifestaciones altermundialistas a las campañas contra la Constitución europea, pasando por el avance electoral de la extrema izquierda y las movilizaciones contra el empleo precario, la izquierda de la izquierda ha salido de la "gran pesadilla" de los años ochenta con renovados bríos. La crítica, sin embargo, no se halla sólo en la calle, la batalla de las ideas es, si cabe, más fecunda y enriquecedora que la anterior. Desarrollado por autores como Toni Negri, Slavoj Zizek, Alain Badiou, Judith Butler, Giorgio Agamben, Fredric Jameson, Gayatri Spivak o Axel Honneth, el pensamiento radical ha retornado. ¿Cuáles son las teorías que acompañan la aparición de las nuevas luchas sociales? ¿En qué se diferencian de aquellas que caracterizaron tradicionalmente al movimiento obrero? Este libro pretende, desde una perspectiva internacional, cartografiar el nuevo panorama del pensamiento crítico y servir a la vez de brújula para el lector que se introduce en el pensamiento de estos nuevos teóricos de la izquierda. Así, el presente volumen se convierte en una guía esencial para analizar, comprender y profundizar en los trabajos y las teoría de buena parte de los intelectuales más prestigiosos de las ultima dos décadas.
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Seitenzahl: 660
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Siglo XXI
Razmig Keucheyan
Hemisferio izquierda
Un mapa de los nuevos pensamientos críticos
Traducción: Alcira Bixio
Diseño de portada
RAG
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Título original
Hémisphère gauche. Une cartographie des nouvelles pensées critiques
© Éditions La Découverte, 2010
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2013
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-1646-3
«La derrota es una experiencia dolorosa que uno
siempre siente la tentación de sublimar.»
Perry Anderson, Spectrum
INTRODUCCIÓN
En su prefacio a la reedición de Aden Arabie, Jean-Paul Sartre conecta a Paul Nizan con la juventud insurrecta de la década de 1960. Evoca la comunidad de rebelión que reunía subterráneamente a su antiguo condiscípulo de los años treinta con los estudiantes que, tres decenios después, se lanzaban al asalto del viejo mundo. Durante la posguerra, Nizan había sufrido un largo eclipse y, de pronto, resurgía y volvía a ser editado al comienzo de dos décadas revolucionarias, más actual que nunca. «Año tras año –dice Sartre–, su hibernación lo ha rejuvenecido. Ayer era nuestro contemporáneo; hoy es el de estos jóvenes»1. Que una obra pudiese hibernar de tal manera y suscitar el interés de las nuevas generaciones requería condiciones precisas. De un modo u otro, debía «hablarle» a la juventud, es decir, al menos proyectar un esclarecimiento particular en el mundo en el que esa juventud estaba inmersa.
Determinar qué es contemporáneo es uno de los puntos centrales de esta obra. Otro es la relación que mantiene lo contemporáneo con lo que –provisional o definitivamente– ya no lo es. Nuestro análisis se referirá, sin embargo, no a la literatura, sino a la teoría general de la emancipación. Más precisamente, tratará de las nuevas teorías críticas.
La expresión «teoría crítica» tiene una larga historia. Tradicionalmente designa –con la mayor frecuencia en singular y con mayúsculas– la obra de los pensadores de la Escuela de Fráncfort, es decir, de las generaciones de filósofos y de sociólogos que se sucedieron a las órdenes del Institut für Sozialforschung de esa ciudad2. No obstante, en esta obra se utilizará la expresión en un sentido mucho más amplio y siempre en plural. En la acepción que les daremos, las teorías críticas abarcan tanto la teoría queer desarrollada por la feminista estadounidense Judith Butler como la metafísica del acontecimiento propuesta por Alain Badiou, la teoría del posmodernismo de Fredric Jameson, el poscolonialismo de Homi Bhabha y Gayatri Ch. Spivak, el open marxism de John Holloway y hasta el neolacanianismo hegeliano de Slavoj Žižek.
Las nuevas teorías críticas son nuevas por cuanto aparecieron después de la caída del Muro de Berlín, en 1989. Si bien la mayor parte de ellas fue elaborada antes de aquel acontecimiento, todas ellas aparecieron en el espacio público después. Por ejemplo, no podríamos entender nada de la teoría del «imperio» y de la «multitud» de Michael Hardt y Toni Negri3, si no viéramos lo que le debe a la corriente marxista italiana a la que pertenece el segundo, es decir, el operaismo (término trasladado y utilizado por algunos estudiosos como «obrerismo»), que nace a comienzos de los años sesenta4. Sin embargo, esta teoría solo se manifestó, en su forma actual, desde fines de la década de los noventa. La novedad de las teorías críticas está estrechamente vinculada con la renovación de la crítica social y política impulsada a partir de la segunda mitad de ese decenio, en ocasión de acontecimientos tales como las huelgas francesas de noviembre y diciembre de 1995, las manifestaciones contra la Organización Mundial de Comercio de Seattle de 1999 o el primer Foro Social Mundial de Porto Alegre de 2001.
Por supuesto, la cuestión de saber en qué medida un pensamiento es «nuevo» y cuáles son los criterios que permiten juzgar esta novedad es en sí misma compleja. Se trata, por cierto, de una cuestión teórica5. ¿Optamos por el criterio puramente cronológico y decimos que es nuevo sencillamente lo que viene «después»? Pero, en ese caso, deberíamos incluir en lo «nuevo» hasta la más mínima idea que se destaque aunque sea un poco de las corrientes de pensamiento existentes. Está claro que la cronología no basta pues para definir la novedad. ¿«Nuevo» sería por lo tanto sinónimo de importante? ¿Pero «importante» desde qué punto de vista? ¿El intelectual, el político, ambos a la vez? ¿Y quién juzga esa importancia? La hipótesis que proponemos en esta obra es la de que actualmente atravesamos un periodo de transición en el plano político e intelectual y sostenemos que es prematuro responder de manera unívoca a tales cuestiones. La cartografía que proponemos es una cartografía entre otras posibles.
Una nueva teoría crítica es una teoría y no un mero análisis o una explicación. Reflexiona no solamente sobre lo que es, sino también sobre lo que es deseable, y, en este sentido, adquiere una dimensión política. Son críticas las teorías que ponen en tela de juicio el orden social existente de manera global. Las críticas que formulan no apuntan a aspectos limitados de ese orden, como la instauración de un impuesto a las transacciones financieras ni una determinada medida referente a la reforma del régimen de retiro. Independientemente de que las nuevas teorías críticas sean radicales o más moderadas, su dimensión «crítica» estriba en la generalidad de su cuestionamiento del mundo social contemporáneo6.
Hasta la segunda mitad del siglo xx, el centro de gravedad de los pensamientos críticos se situaba en Europa occidental y oriental. Hoy se ha desplazado a Estados Unidos, ya sea porque los autores en cuestión son naturales de ese país, ya sea porque, cuando no lo son, enseñan en universidades estadounidenses. Esta situación representa un vuelco considerable en la geografía del pensamiento que, como se verá, no deja de tener sus efectos sobre la naturaleza de las teorías críticas contemporáneas.
Con todo, solo una visión cultural tendenciosa podría hacernos creer que el futuro de las teorías críticas se decide todavía en los países occidentales. Como lo ha sugerido Perry Anderson, hay grandes posibilidades de que la producción teórica siga el recorrido de la producción a secas o, en todo caso, que la evolución de ambas no sea independiente7. Y esto no se debe, como pensaría un materialismo demasiado simple, a que la economía determina «en última instancia» las ideas, sino a que las nuevas ideas surgen allí donde se plantean los nuevos problemas. Ahora bien, esos problemas se están presentando ya, o han de presentarse en el futuro, en países como China, India o Brasil.
La coyuntura histórica en la que se forman las teorías les imprime sus principales características. El marxismo «clásico», iniciado tras la muerte de Marx por Friedrich Engels –y que incluye principalmente a Kautsky, Lenin, Trotski, Rosa Luxemburg y a Otto Bauer– apareció en un momento de turbulencias políticas y económicas mayores que desembocaron en el primer conflicto mundial y en la Revolución rusa. Por el contrario, el marxismo llamado «occidental», cuyos iniciadores fueron Lukács, Korsh y Gramsci y sus representantes más notables Adorno, Sartre, Althusser, Marcuse y Della Volpe, se elaboró a lo largo de un periodo de relativa estabilidad del capitalismo. Las temáticas abordadas por estos autores, y también su «estilo teórico», lo reflejan claramente. Así, si bien todos ellos corresponden a la tradición marxista, un abismo separa Das Finanzkapital [El capital financiero] de Hilferding (1910) y El estado y la revolución de Lenin (1917) de Minima moralia de Adorno (1951) y L’Idiot de la famille [El idiota de la familia] de Sartre (1971-1972).
¿Qué decir del mundo en el cual se elaboran hoy los nuevos pensamientos críticos? Si la caída del bloque soviético produjo la ilusión de un «nuevo orden mundial» pacificado y próspero, la esperanza –para quienes creían que existía tal cosa– duró poco. Nuestra época se caracteriza, entre otras, por el paro masivo y la precarización generalizada, por la guerra global, por el acrecentamiento de las desigualdades norte/sur y por una crisis ecológica inminente.
Por su fragor, el mundo actual se parece al de la época en que apareció el marxismo clásico. En otros aspectos difiere, sin embargo, sensiblemente y sin duda, sobre todo por la ausencia de un «sujeto de la emancipación» claramente identificado. Los marxistas de comienzos del siglo pasado podían contar con las poderosas organizaciones obreras de las que a menudo eran dirigentes y cuya actividad iba a permitir superar lo que entonces se consideraba una de las crisis finales del capitalismo. En el momento actual no hay nada parecido, ni no lo habrá en un futuro próximo. Una vez comprobada esta realidad, ¿cómo continuar pensando en la transformación social radical? Este es el reto que deben afrontar las teorías críticas contemporáneas8.
1 Jean-Paul Sartre, «Preface» en Paul Nizan, Aden Arabie, París, La Découverte, 2002, p. 13 [ed. cast.: Adén Arabia, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1967].
2 Para una historia de la Escuela de Fráncfort, véase Martin Jay, L’Imagination dialectique. L’école de Francfort 1923-1950, Payot, París, 1989 [ed. cast.: La imaginación dialéctica, Madrid, Taurus, 1986].
3 Véase Michael Hardt y Toni Negri, Empire, Cambridge (Ma.), Harvard University Press, 2000 [ed. cast.: Imperio, Barcelona, Paidós, 2002] y Multitude: War and Democracy in the Age of Empire, Nueva York, Penguin, 2004 [ed. cast.: Multitud, Barcelona, Debate, 2004].
4 Sobre la historia del operaismo, véase Steve Wright, Storming Heaven. Class Composition and Struggle in Italian Autonomist Marxism, Londres, Pluto Press, 2002.
5 Véase Stathis Kouvelakis, «Le marxisme au 21e siècle: formes et sens d’une resilience», en Razmig Keucheyan y Gérald Bronner (comp.), La théorie sociale contemporaine, París, Presses Universitaires de France, 2011.
6 Las nuevas teorías críticas abarcan corrientes antikantianas como las que inspiran las obras de Michel Foucault y Gilles Deleuze. Por ello, sería demasiado restrictivo limitar el alcance de la palabra «crítica» a su sentido kantiano. No obstante, está claro que ese sentido aparece frecuentemente, sobre todo cada vez que está en juego una crítica de «categorías» –sociales, raciales, sexuales–. Por lo demás, la mayor parte de la crítica del sistema que hacen estos pensadores es en sí misma de geometría variable; algunos, como los marxistas, adoptan el punto de vista de la «totalidad», otros, como los postestructuralistas, cuestionan hasta la posibilidad misma de semejante punto de vista.
7 Véase Perry Anderson, In the Tracks of Historical Materialism, Londres, Verso, 1983, p. 24 [ed. cast.: Tras las huellas del materialismo histórico, Madrid, Siglo XXI de España, 22013].
8 Las obras citadas a lo largo del presente texto se refieren siempre a su título original, apareciendo entre corchetes el título de la obra en lengua española en el caso de que exista traducción. [N. del Ed.]
PRIMERA PARTE
CONTEXTOS
I. LA DERROTA DEL PENSAMIENTO CRÍTICO (1977-1993)
La periodización
Todo comienza con una derrota. Quien quiera comprender la naturaleza de los pensamientos críticos contemporáneos debe tomar como punto de partida esa constatación.
Desde la segunda mitad de la década de 1970, los movimientos de protesta nacidos a fines de los años cincuenta –herederos de movimientos muy anteriores– impulsan un proceso de reflujo. Las razones son diversas: el impacto petrolero de 1973 y descenso de la «onda larga» de los trente glorieuses, la ofensiva neoliberal con la elección de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en 1979 y 1980, la decadencia de las antiguas solidaridades obreras, la llegada al poder en Francia de la izquierda en 1981 y las perspectivas ministeriales que favorecieron la reconversión de los militantes izquierdistas, la pérdida definitiva de credibilidad de los bloques soviético y chino… La revolución sandinista de 1979 en Nicaragua es indudablemente el último acontecimiento que presenta los rasgos de una revolución en el sentido tradicional. El mismo año, la revolución islámica iraní es la primera de una serie de objetos políticos difícilmente identificables que abundan en los decenios siguientes.
Este proceso de reflujo alcanza su expresión más clara, si no ya su punto culminante, en el momento de la caída del Muro de Berlín. Se vuelve evidente que algo ha llegado a su fin alrededor de 1989. La cuestión es saber qué es lo que terminó e identificar el momento en que aquello que llegó a su fin había comenzado.
Si queremos establecer periodos, existen varias particiones posibles. Primero, podemos sostener que hemos llegado al término de un ciclo político corto cuyo comienzo se remonta a la segunda mitad de la década de 1950. Es el ciclo de la «nueva izquierda», nombre con que se designa a las organizaciones «izquierdistas», particularmente maoístas, trotskistas y anarquistas, así como a los «nuevos movimientos sociales» tales como el feminismo y la ecología. La «nueva izquierda» aparece alrededor de 1956, el año de la crisis de Suez y el año en que los tanques soviéticos aplastaron la insurrección de Budapest, pero también el año del informe sobre los crímenes de Stalin presentado por Kruschev ante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. En Francia, aquel año, los diputados –entre ellos, los comunistas– votan otorgarle poderes especiales al gobierno de Guy Mollet con la intención de «pacificar» Argelia.
Pertenecer a la «nueva izquierda» es rechazar la alternativa impuesta en 1956 por los dos campos enfrentados, sin dejar de desarrollar una crítica radical del capitalismo. Esto consiste, en otras palabras, en denunciar tanto la política anglofrancesa en relación con Egipto –y el imperialismo en general– como la intervención soviética en Budapest. El apogeo de la «nueva izquierda» puede situarse alrededor de 1968 y en los años siguientes hasta aproximadamente 1977 (movimiento autónomo italiano). Los 1968 francés y mexicano, el mayo larvado italiano y el otoño caliente de 1969, el «cordobazo» argentino (1969)1 y la Primavera de Praga son todos movimientos que participan de esa misma corriente internacional. Un primer intento de marcar los periodos sería pues sostener que lo que llegó a su fin en 1989 es el ciclo abierto en 1956 por las crisis egipcia y húngara y las reacciones que las sucedieron en el seno de la izquierda radical. La Revolución cubana (1959) y la Guerra de Vietnam son otros acontecimientos que contribuyeron a propulsar este ciclo2.
La segunda opción de periodización hace remontar el origen del ciclo político que se cierra alrededor de 1989 a la Revolución rusa de 1917 o a la guerra de 1914. Sería lo que el historiador Eric J. Hobsbawm llama el «corto siglo xx»3. La guerra de 1914 y la revolución bolchevique, de la cual aquella es una condición de posibilidad, se perciben pues como las «matrices» del siglo xx. La barbarie de la época, particularmente durante la Segunda Guerra Mundial, se presenta como una consecuencia de los cambios de modalidad y de intensidad de la violencia colectiva surgidos durante la Primera Guerra Mundial. En esta perspectiva, otros aspectos del siglo transcurrido se vinculan también con esos acontecimientos. El papel que les cupo a las «ideologías», por ejemplo, cuyas campanas de difuntos supuestamente sonaron en 1989 y cuya intrusión «totalitaria» en la historia habría sido la revolución de 19174. En esta segunda hipótesis, la «nueva izquierda» está considerada como un subciclo subordinado al ciclo más amplio desencadenado en 1914 o 1917.
Una tercera posibilidad considera que 1989 cierra un ciclo abierto en el momento de la Revolución francesa de 1789. Se trata de una hipótesis de más largo plazo y más cargada de consecuencias políticas y teóricas. A veces se califica esta hipótesis como «posmoderna», haciendo referencia a los trabajos de –sobre todo– Jean-François Lyotard, Marshall Berman y Fredric Jameson5. El «posmodernismo» se basa en la idea de que la Revolución francesa se encuentra en el principio de la modernidad política. Desde ese punto de vista, las revoluciones que la sucedieron –la rusa y la china, por ejemplo– constituyen continuaciones de aquel acontecimiento. Ahora bien, en la medida en que los regímenes comunistas han fracasado en sus intentos de realizar el proyecto moderno inaugurado por la Revolución francesa, lo que se considera comprometido es el conjunto del proyecto. Esta tercera hipótesis implica que hay que abandonar las categorías intelectuales –razón, ciencia, tiempo, espacio– y políticas –soberanía, ciudadanía, territorio– propias de la política moderna para dar paso a nuevas categorías. La organización en «red», la importancia acordada a las «identidades» minoritarias o la supuesta pérdida de soberanía de los Estados-nación en el marco de la globalización, son cuestiones a las que esta hipótesis presta particular atención.
Tres comienzos –1789, 1914-1917 y 1956– para un único final, es decir, 1989. También es posible hacer otros encuadres y superponerlos a los ya citados. Los estudios «poscoloniales» ponen el acento en los acontecimientos más relevantes de la historia colonial moderna (por ejemplo, el fin de la revolución haitiana en 1804 o las masacres de Setif en Argelia en 1945). Asimismo, a veces suelen invocarse la revolución de 1848 y la Comuna de París como orígenes del ciclo político que llega a su fin en 1989. La importancia relativa asignada a los acontecimientos también varía según las regiones del mundo que se consideren. En América Latina, las independencias nacionales de la primera mitad del siglo xix, la revolución mexicana de 1910 o la revolución cubana de 1959 son centrales. En Europa, el fin de la Segunda Guerra Mundial y los trente glorieuses pueden servir de referentes, así como, en Asia, pesa sobre todo la proclamación de la República Popular China en 1949.
Los nuevos pensamientos críticos están obsesionados con esta cuestión de la periodización. Lo primero que tratan de establecer es su propia situación histórica dentro de los ciclos de luchas políticas y de elaboraciones teóricas. Nunca antes un conjunto de teorías críticas había concedido tal importancia a ese problema. El marxismo, por supuesto, siempre se planteó la cuestión de su relación con la historia en general y con la historia de las ideas en particular. Ese era el único sentido de los incontables debates dedicados a los vínculos existentes entre Marx y Hegel, entre Marx y los economistas clásicos o entre Marx y los socialistas utópicos. Pero el problema se plantea con una agudeza aún mayor cuando, para emplear una expresión shakespeareana cercana a Jacques Derrida, el tiempo parece –como hoy– haberse «salido de sus casillas»6. Es verdad que privilegiar uno u otro de los ciclos que hemos evocado no tiene las mismas implicaciones. La hipótesis posmoderna, lo hemos dicho, tiene una mayor carga de consecuencias, por cuanto supone la desaparición de la forma moderna de la política. Las otras dos opciones, si bien no implican ese tipo de revisión radical, conducen, sin embargo, a una reevaluación muy seria de las doctrinas y de las estrategias defendidas por la izquierda desde los comienzos del siglo xx.
Volveremos luego sobre el problema de la periodización y de las respuestas que han ofrecido los nuevos pensamientos críticos al respecto. Por ahora, es esencial reconocer la importancia que tiene el hecho de que esas teorías se desarrollan en una coyuntura marcada por la derrota de la izquierda de transformación social. Esta derrota se remonta a un ciclo inaugurado por la Revolución francesa o por la Revolución rusa o en la segunda mitad de la década de 1950. Lo que no es discutible, en cualquier caso, es que se ha producido y su amplitud es enorme. Esta realidad es decisiva para comprender los nuevos pensamientos críticos. Les confiere una coloración y un «estilo» particulares.
Hacia una geografía de los pensamientos críticos
En su obra Considerations on Western Marxism [Consideraciones sobre el marxismo occidental], Perry Anderson argumentó que el fracaso de la revolución alemana del periodo 1918-1923 produjo una importante ruptura en el seno del marxismo7. Los marxistas de la generación clásica presentaban dos características principales. En primer lugar, eran historiadores, economistas, sociólogos, en suma, se ocupaban de ciencias empíricas. Sus publicaciones eran, en gran medida, coyunturales y se ajustaban a la actualidad política del momento. Por otra parte, eran dirigentes de partidos, es decir, estrategas que afrontaban problemas políticos reales. Carl Schmitt afirmaba que el acontecimiento más importante de la era moderna era que Lenin hubiera leído a Clausewitz8. La expresión es sin duda exagerada pero la idea subyacente es válida: ser un intelectual marxista a comienzos del siglo xx significaba encontrarse a la cabeza de las organizaciones obreras del propio país. La idea misma de «intelectual marxista» tenía, en realidad, poco sentido pues el término «marxista» bastaba por sí mismo.
Los dos rasgos estaban estrechamente enlazados. Precisamente porque eran estrategas políticos, estos pensadores necesitaban del saber empírico para tomar decisiones. A eso se refería el famoso «análisis concreto de situaciones concretas» evocado por Lenin. En sentido inverso, su papel de estratega nutrió sus reflexiones sobre los conocimientos empíricos de primera mano. Como escribía el mismo Lenin el 30 de noviembre de 1917 en el epílogo de El Estado y la revolución: «Es más útil vivir la “experiencia de una revolución” que escribir sobre ella»9. En ese periodo de la historia del marxismo, la «experiencia» y la «escritura» de la revolución estaban inextricablemente entrelazadas.
El marxismo «occidental» del periodo siguiente nace de la desaparición progresiva de las relaciones que prevalecieron en el seno del marxismo clásico entre intelectuales dirigentes y organizaciones obreras. Al mediar la década de 1920, en todas partes las organizaciones obreras sufren reveses. El fracaso de la revolución alemana de 1923, cuya resolución se percibía como un acontecimiento decisivo para el futuro del movimiento obrero, marca la suspensión de las esperanzas de un derrumbe inmediato del capitalismo. El reflujo que se pone en marcha entonces conduce a la instauración de un nuevo tipo de vínculo entre intelectuales dirigentes y organizaciones obreras. Antonio Gramsci, Karl Korsch y Georg Lukács son los primeros representantes de esta nueva configuración10.
Adorno, Sartre, Althusser, Della Volpe, Marcuse y algunos otros, los marxistas que dominan el ciclo 1924-1968, tienen características que difieren de las de los marxistas del periodo precedente. Primero, ya no mantienen lazos orgánicos con el movimiento obrero ni, sobre todo, con los partidos comunistas. Ya no ocupan funciones directivas en esas organizaciones. En los raros casos en que son miembros de los partidos comunistas (Althusser, Lukács, Della Volpe) mantienen con ellos relaciones complejas. Pueden observarse formas de «camaradería», ilustradas en Francia por Sartre, pero la distancia que existe entre intelectuales y partido es irreducible. Y esa distancia no la establecen necesariamente los intelectuales mismos, respecto de los cuales las direcciones de los partidos a menudo manifiestan gran desconfianza11.
La ruptura entre intelectuales y organizaciones obreras, característica del marxismo occidental, tiene una causa y una consecuencia notables. La causa es que, a partir de la década de 1920, se constituye un marxismo ortodoxo que hace las veces de doctrina oficial de la Unión Soviética y de los partidos hermanos. El periodo clásico del marxismo había sido un periodo de intensos debates dedicados particularmente a la naturaleza del imperialismo, a la cuestión nacional, a la relación entre lo social y lo político o al capital financiero. A partir de la segunda mitad de la década de 1920, el marxismo se petrifica. Esta situación pone a los intelectuales en una posición estructuralmente incómoda, puesto que, a partir de entonces, se les prohíbe la innovación en la esfera del pensamiento. Esta es una de las causas principales de la brecha que los separa desde entonces de los partidos obreros. La nueva situación los coloca ante la alternativa de mantener la lealtad o establecer una distancia en relación con aquellos. Esta separación se acrecentará sin cesar con el tiempo, tanto más porque aparecen otros factores, como la «profesionalización» creciente de la actividad intelectual, que tienden a alejar a los intelectuales marxistas de la política.
Una consecuencia destacable de esta nueva configuración es que los marxistas occidentales, a diferencia de los del periodo anterior, desarrollan saberes abstractos: son, en su mayor parte, filósofos y, a menudo, estetas o epistemólogos. Ahora bien, así como la práctica de ciencias empíricas estaba vinculada con el hecho de que los marxistas del periodo clásico ejercían funciones de dirección en el seno de las organizaciones obreras, el alejamiento de esas funciones provoca en ellos una «fuga hacia la abstracción». Los marxistas producen desde entonces saberes herméticos, inaccesibles al común de los obreros y que corresponden a disciplinas que no tienen relaciones directas con la estrategia política. En ese sentido, el marxismo occidental es poco «clausewitziano».
El caso del marxismo occidental ilustra cómo los acontecimientos históricos pueden influir en el contenido de los pensamientos que quieren hacer la historia. Más precisamente, demuestra de qué manera ese tipo de acontecimiento particular que es la derrota política influye en el curso de la teoría que la ha sufrido12. El fracaso de la revolución alemana, dice Perry Anderson, produjo una ruptura duradera entre los partidos comunistas y los intelectuales revolucionarios. Al separar a estos últimos de la decisión política, esta ruptura los impulsó a producir análisis cada vez más abstractos y cada vez menos útiles en el plano estratégico. El interés de la demostración de Anderson estriba en que explica de manera satisfactoria una propiedad del contenido de la doctrina (la abstracción) en virtud de sus condiciones sociales de elaboración (la derrota).
Partiendo de esa comprobación, la cuestión es determinar de qué manera se establece la relación entre la derrota sufrida por los movimientos sociales durante la segunda mitad de los años setenta y las teorías críticas actuales. Es decir, lo que hay que hacer es interrogarse sobre los modos en que «mutaron» las doctrinas críticas de los años sesenta y setenta en contacto con la derrota, hasta dar lugar a las teorías críticas aparecidas durante la década de 1990. La derrota de la segunda mitad de los setenta, ¿puede compararse con la que sufrió el movimiento obrero a comienzos de los años veinte? Sus efectos sobre las doctrinas críticas, ¿son semejantes a los que experimentó el marxismo en esa época y, en particular, a la «fuga hacia la abstracción» que lo caracterizó?
De una glaciación a otra
Las teorías críticas actuales son herederas del marxismo occidental. Esto no significa, por supuesto, que hayan recibido únicamente la influencia del marxismo puesto que son el producto de múltiples filiaciones, algunas de ellas ajenas al marxismo. Este es el caso, por ejemplo, del nietzscheanismo francés y, sobre todo, de las obras de Michel Foucault y Gilles Deleuze. Pero, uno de los principales orígenes de las nuevas teorías críticas debe buscarse en el marxismo occidental, cuya historia está estrechamente ligada a la de la «nueva izquierda».
El análisis de Perry Anderson demuestra que la distancia, mayor o menor, que separa a los intelectuales críticos de las organizaciones obreras tiene un impacto decisivo en el tipo de teorías que elaboran. Cuando esos intelectuales son miembros de las organizaciones en cuestión y, con mayor razón, cuando son sus dirigentes, en sus publicaciones se perciben claramente las presiones de la actividad política. Cuando ese vínculo se distiende se perciben mucho menos, como en el caso del marxismo occidental. Ser miembro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a comienzos del siglo xx no conllevaba las mismas servidumbres que participar del consejo científico de la Asociación por la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Ayuda a los Ciudadanos (Association pour la taxation des transactions financières et pour l’action citoyenne, ATTAC)13. En el segundo caso, el intelectual en cuestión tiene todo el tiempo libre, fuera de su compromiso político, para desarrollar una carrera universitaria, lo cual, a comienzos del siglo xx, en Rusia o en cualquier otra parte, era incompatible con la adhesión a una organización obrera. Por supuesto, la universidad también se ha transformado –más concretamente, se ha masificado– considerablemente desde la época del marxismo clásico, lo cual influye en la trayectoria potencial de los intelectuales críticos. Actualmente encontramos en la sociedad muchos más universitarios (en toda su diversidad) de los que había antes. A fin de comprender las nuevas teorías críticas es, pues, crucial tomar en consideración la naturaleza de los vínculos que mantienen los intelectuales que las elaboran con las organizaciones actuales. En el capítulo III propondremos una tipología de los intelectuales críticos contemporáneos que intentará responder a esta cuestión.
Hay una geografía del pensamiento, en este caso, del pensamiento crítico. Quienes desarrollaron el marxismo clásico fueron esencialmente pensadores del centro y del este de Europa. La estalinización de esa parte del continente cortó la posibilidad de elaboraciones ulteriores y desplazó el centro de gravedad de esa corriente hacia el oeste de Europa. Este es el espacio social en el que se establece por un tiempo –aproximadamente medio siglo– la producción intelectual crítica. Durante los años ochenta, como consecuencia de la decadencia de la crítica teórica y política en el continente, pero asimismo a causa de la actividad de polos intelectuales dinámicos como las revistas New Left Review, Semiotext(e), Telos, New German Critique, Theory and Society y Critical Inquiry, el hogar de la crítica fue desplazándose progresivamente al mundo anglosajón. Así es como estas teorías adquirieron mayor vivacidad precisamente donde históricamente habían tenido muy poca14. Si bien las viejas regiones de producción continúan engendrando y exportando autores importantes –basta pensar en Alain Badiou, Jacques Rancière, Toni Negri o Giorgio Agamben–, en el curso de los últimos treinta años se ha desencadenado un movimiento de fondo que tiende a desplazar la producción de las teorías críticas hacia nuevas comarcas.
Hay que decir que, a partir de la segunda mitad de los años setenta, en la Europa occidental y particularmente en Francia, el clima intelectual se ha deteriorado considerablemente para la izquierda radical. Ya se ha dicho que el marxismo occidental tomó el relevo del marxismo clásico en el momento en que la glaciación estaliniana se abatió sobre la Europa Central y del Este. Aunque diferentes en muchos aspectos, los efectos de esta glaciación pueden ser objeto de una analogía con lo que Michael Christofferson ha llamado el «momento antitotalitario» francés15. Desde la segunda mitad de los años setenta, tuvo lugar en Francia una ofensiva ideológica y cultural de gran alcance que acompañó en otro terreno el ascenso del poderío de las políticas neoliberales, con las elecciones de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, seguidas de la de François Mitterrand y de la «política de rigor» de 1983. Los movimientos de protesta nacidos en la segunda mitad de los cincuenta estaban en descenso. El primer impacto petrolero de 1973 anunciaba tiempos difíciles en el plano económico y en el social, con la primera alza significativa de la tasa de desempleo. El Programa Común francés, firmado en 1972, hizo concebible la llegada de la izquierda al poder pero, por eso mismo, orientó su actividad en dirección de las instituciones y, en consecuencia, le sustrajo una parte de su vitalidad anterior.
En el frente editorial, L’Archipel du Goulag [El archipiélago Gulag] aparece en traducción francesa en 1974. El clamor mediático que suena alrededor de Solzhenitsyn y de otros disidentes europeos del Este es considerable y su defensa no está exclusivamente a cargo de los intelectuales conservadores. En Francia, en 1977, una recepción organizada en honor de los disidentes soviéticos podía reunir a Jean-Paul Sartre, Michel Foucault y Gilles Deleuze. Otros intelectuales críticos de renombre, como Cornelius Castoriadis y Claude Lefort, entonan el cántico «antitotalitario» y el último hasta dedica a Solzhenitsyn una obra titulada Un homme en trop [Un hombre que sobra]16. Es verdad que Socialisme ou Barbarie fue, desde la década de 1950, una de las primeras revistas en elaborar una crítica sistemática del estalinismo17. El «consenso antitotalitario» que reinó en Francia a partir de la segunda mitad de los setenta se extendía desde Cornelius Castoriadis a Raymond Aron, pasando por Tel Quel y Maurice Clavel (por supuesto, con importantes matices). Del otro lado del escenario, muchos jóvenes «que estaban entrando» en el campo intelectual de la época, los «nuevos filósofos», hicieron del «antitotalitarismo» su comercio. El año 1977 –que hemos elegido como límite del periodo histórico abordado en este capítulo18– es el de su consagración mediática. André Glucksmann y Bernard-Henri Lévy publican, respectivamente, Les Maîtres penseurs [Los maestros pensadores] y La Barbarie à visage humain [La barbarie con rostro humano]19.
La tesis de los «nuevos filósofos» es la de que todo proyecto de transformación de la sociedad conduce al «totalitarismo», es decir, a regímenes fundados en la masacre de las masas, en los que el Estado somete al conjunto del cuerpo social. La imputación de «totalitarismo» se dirige no solo a la Unión Soviética y a los países del «socialismo real», sino también al conjunto del movimiento obrero. La empresa «revisionista» de François Furet en materia de historiografía de la Revolución francesa y luego sus análisis relativos a la «pasión comunista» en el siglo xx, se basan en una idea análoga. A lo largo de la década de 1970, algunos de los «nuevos filósofos» –muchos de los cuales surgieron de la misma organización maoísta, la Izquierda Proletaria– conservan cierta radicalidad política. En Les Maîtres penseurs, Glucksmann opone la plebe al Estado (totalitario) con acentos libertarios de los que no renegarían los adeptos actuales a la «multitud» y que explican en parte el apoyo de Michel Foucault que recibió Glucksmann en la época20. Sin embargo, con el paso del tiempo, esos pensadores se encaminaron progresivamente hacia la defensa de los «derechos del hombre» de la injerencia humanitaria, del liberalismo y de la economía de mercado.
En el corazón de la «nueva filosofía» figura un argumento relativo a la teoría. Este argumento tiene la interesante particularidad de que procede del viejo pensamiento conservador europeo y, especialmente, de Edmund Burke. André Glucksmann lo resume en una fórmula: «Teorizar es aterrorizar». Burke atribuía las consecuencias catastróficas de la Revolución francesa (el Terror) al «espíritu especulativo» de filósofos demasiado desatentos a la complejidad de lo real y a la imperfección de la naturaleza humana. Según Burke, las revoluciones son el producto de intelectuales siempre dispuestos a acordar más importancia a las ideas que a los hechos que han pasado la «prueba del tiempo»21. En una línea semejante, André Glucksmann y sus compañeros someten a crítica la tendencia que, en la historia del pensamiento occidental, pretende capturar la realidad en su «totalidad» y se propone modificarla sobre esa base. Una tendencia que se remonta a Platón y que, vía Leibniz y Hegel, desemboca en Marx y el marxismo. Es interesante señalar que Karl Popper desarrolla una tesis similar desde la década de 1940, particularmente en su obra The Open Society and Its Enemies [La sociedad abierta y sus enemigos]22. La idea de asimilar la «teorización» con el «terror» se sustenta en el siguiente silogismo: comprender lo real en su totalidad equivale a querer someterlo; ahora bien, esta ambición conduce ineluctablemente al gulag. En tales condiciones, se comprende que las teorías críticas hayan desertado de su continente de origen en busca de comarcas más favorables.
El éxito de los «nuevos filósofos» tiene valor de síntoma. Dice mucho de las transformaciones experimentadas por el campo político e intelectual de la época. Aquellos años son los del renunciamiento a la radicalidad de 1968, los del «fin de las ideologías» y de la sustitución de los «intelectuales» por los «expertos»23. La fundación Saint-Simon –que permitió reunir, según la expresión de Pierre Nora, a «gente que tiene las ideas con gente que tiene los medios»– creada por Alain Minc, François Furet, Pierre Rosanvallon y algunos otros, simboliza la aparición de un conocimiento del mundo social supuestamente exento de ideología24. La obra del sociólogo estadounidense Daniel Bell, The End of Ideology [El fin de la ideología] data de 1960, pero solo en los ochenta ese leitmotiv llega a Francia y encuentra una expresión en todas las esferas de la vida social. En el terreno cultural, Jack Lang y Jean-François Bizot –el fundador de Actuel y de Radio Nova– hacen creer que el mayo de 1968 fue una revolución fallida pero una fiesta bien lograda. En el terreno económico, Bernard Tapie, futuro ministro de François Mitterrand, presenta la empresa como el lugar de todas las creaciones. En el terreno intelectual, la revista Le Débat de Pierre Nora y Marcel Gauchet publica su primer número en 1980. En un artículo titulado «Que peuvent les intellectuels?», Nora sugiere que, de ahora en adelante, los intelectuales se mantengan dentro de su estricto sector de competencia y renuncien a intervenir en el campo político25.
La atmósfera de los ochenta no se comprende si no se relaciona con las conmociones «infraestructurales» que afectan a las sociedades industriales desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Una de esas conmociones es la importancia adquirida por los medios en la vida intelectual. Los «nuevos filósofos» fueron la primera corriente filosófica televisada. Es verdad que Sartre y Foucault aparecían también en esta época en las entrevistas filmadas, pero ambos habrían existido, así como sus obras, si no hubiera habido televisión. Pero no puede decirse lo mismo de Bernard-Henry Lévy ni de André Glucksmann. En muchos aspectos, los «nuevos filósofos» son productos mediáticos, puesto que sus obras –además de los signos reconocibles: camisa blanca, mechón rebelde, postura «disidente»– están concebidas teniendo en cuenta los requisitos de la televisión26. La intrusión de los medios en el campo intelectual trastoca las condiciones de elaboración de las teorías críticas y constituye un elemento suplementario que explica el clima hostil que se instaura en Francia a partir de fines de los años setenta. Así es cómo uno de los países en los que más habían prosperado las teorías críticas durante el periodo anterior, particularmente gracias a las contribuciones de Althusser, Lefebvre, Foucault, Deleuze, Bourdieu, Barthes y Lyotard, vio decaer su tradición intelectual. Algunos de estos autores continuaron produciendo obras importantes a lo largo de la década de 1980. Mille Plateaux [Mil mesetas] de Deleuze y Guattari apareció en 1980, Le Différend [La diferencia] de Lyotard, en 1983 y L’Usage des plaisirs [El uso de los placeres] de Foucault, en 1984. Pero el pensamiento crítico francés había perdido entonces la capacidad de innovación que lo había caracterizado anteriormente. Se instauró pues una glaciación teórica de la que, en algunos aspectos, aún no hemos salido.
Ciertamente el fenómeno de los «nuevos filósofos» es típicamente francés, sobre todo porque el perfil sociológico de sus protagonistas está estrechamente ligado al sistema francés de reproducción de las elites. Pero, la tendencia general a renegar de las ideas de 1968 que se advierte desde la segunda mitad de la década de 1970 se registra en el plano internacional, aun cuando adquiera formas diferentes en cada país. Un caso fascinante y que aún espera que se le dedique un estudio en profundidad, es el del italiano Lucio Colletti. Colletti fue uno de los filósofos marxistas más innovadores de los años sesenta y setenta. Miembro del Partido Comunista Italiano desde la década de 1950, decidió permanecer en él en el momento de la insurrección de Budapest de 1956, momento que, como se vio, significó para muchos intelectuales la ruptura con el movimiento comunista (Colletti finalmente lo abandonó en 1964)27. A pesar de aquella fidelidad, el italiano fue haciéndose cada vez más crítico respecto del estalinismo. Como lo hizo en Francia y en la misma época Althusser (con quien mantenía correspondencia y quien lo estimaba mucho), y por influencia de su maestro Galvano Della Volpe, Colletti defiende la idea de que la ruptura operada por Marx con Hegel es más tajante de lo que se admite habitualmente, tesis que desarrolló específicamente en Le marxisme et Hegel [El marxismo y Hegel], una de sus obras más conocidas28. Otra de sus obras que ejerció gran influencia es De Rousseau à Lénine, que da testimonio de la importancia que tuvo el materialismo leniniano en su pensamiento.
Desde mediados de la década de 1970, Colletti se muestra progresivamente más crítico en relación con el marxismo y particularmente respecto del marxismo «occidental», del que fue uno de sus representantes y teóricos. En una entrevista aparecida en aquella época declaraba, con un tono pesimista que anuncia su evolución futura,
la única manera de revivificar el marxismo sería que dejaran de publicarse obras como Le marxisme et Hegel (del mismo Colletti) y se las reemplazara por obras como El capitalismo financiero de Hilferding o La acumulación del capital de Luxemburg, o hasta El imperialismo de Lenin, que era un panfleto popular. En suma, el marxismo debería recuperar la capacidad –ciertamente ese no es mi caso– de producir obras de ese tipo, porque de lo contrario sobrevivirá únicamente como una simple manía de algunos profesores universitarios. Pero, en ese caso, el marxismo estaría en realidad muerto y los profesores en cuestión podrían, de pronto, inventar un nuevo nombre para designar su camarilla de intelectuales29.
Según Colletti, el marxismo, o bien consigue reconciliar la teoría y la práctica y repara así la ruptura provocada por el fracaso de la revolución alemana de la que hemos hablado, o bien deja de existir en cuanto marxismo. El «marxismo occidental» es pues a sus ojos una imposibilidad lógica. En los años ochenta, Colletti se inclina hacia el Partido Socialista italiano, dirigido entonces por Bettino Craxi, cuyo grado de corrupción aumenta de manera vertiginosa con el correr de los años. En la década de 1990, en un último desplazamiento trágico hacia la derecha, Colletti se adhiere a Forza Italia, el partido recientemente creado por Silvio Berlusconi y en 1996 asume el cargo de senador por esa fuerza. Al morir Colletti en 2001, Berlusconi alabó el coraje de que aquel había dado pruebas al rechazar la ideología comunista y recordó el papel que desempeñó en el avance de Forza Italia.
En el otro extremo del planeta, una evolución semejante en algunos aspectos afecta a los «gramscianos argentinos». Las ideas de Gramsci circularon muy tempranamente en Argentina a causa de la proximidad cultural que vincula a ese país con Italia, pero también porque los conceptos de Gramsci explican particularmente bien ese fenómeno político muy original y típicamente argentino que es el peronismo (la noción de «revolución pasiva», por ejemplo)30. Un grupo de jóvenes intelectuales marxistas surgidos del Partido Comunista argentino, liderado por José Aricó y Juan Carlos Portantiero, funda en 1963 la revista Pasado y presente, en referencia a una serie de fragmentos de los Quaderni del carcere [Cuadernos de la cárcel] que llevan ese título31. Es interesante comprobar que diez años antes (1952) se había creado en Gran Bretaña la revista del mismo nombre Past and Present, que reunió a los historiadores marxistas Eric Hobsbawm, Christopher Hill, E. P. Thompson y Rodney Hilton. Como era obligado en los revolucionarios latinoamericanos de esa época, los gramscianos argentinos reciben la influencia de la Revolución Cubana (1959). Así, la hibridación de la obra de Gramsci y de ese acontecimiento condujo a elucubraciones teóricas de gran fecundidad. La revista, al publicar o traducir trabajos de autores como Fanon, Bettelheim, Mao, Guevara o Sartre, e incluso hasta de los representantes de la Escuela de Fráncfort, desempeña igualmente un papel de interfaz entre Argentina y el mundo.
A comienzos de la década de 1970, cuando la lucha de clases adquiere un giro cada vez más violento en Argentina, Aricó y su grupo se acercan a la izquierda revolucionaria peronista y particularmente a la guerrilla de los Montoneros, especie de síntesis de Perón y de Che Guevara. La revista trata de convertirse en el reflejo de las cuestiones estratégicas que se plantean en el movimiento revolucionario, relativas a las condiciones de la lucha armada, el imperialismo o la naturaleza de las clases dominantes argentinas. Con el golpe de Estado de 1976, Aricó se ve obligado a exiliarse en México, como muchos otros intelectuales marxistas latinoamericanos de su generación. A partir de entonces, su trayectoria, así como la de sus compañeros consistirá en un desplazamiento progresivo hacia el centro del campo político. Para empezar, proclaman su apoyo a la ofensiva argentina durante la Guerra de las Malvinas en 1982. Retrospectivamente, algunos de ellos, entre los que se cuenta Emilio de Ípola, lanzaron una mirada muy crítica a ese apoyo. Fervientes defensores de Felipe González y del PSOE español durante los años ochenta, apoyan decididamente al primer presidente elegido democráticamente después de la caída de la dictadura argentina, el radical (de centroderecha) Raúl Alfonsín. Pasan entonces a formar parte de un grupo de consejeros especiales del nuevo presidente conocido con el nombre de «Grupo Esmeralda», que teoriza la idea de «pacto democrático». El apoyo de estos intelectuales a Alfonsín fue lo bastante lejos como para llevarlos a adoptar una actitud en muchos sentidos ambigua con respecto a las odiosas Leyes de Obediencia y Punto Final que amnistiaron los crímenes de la dictadura, y que en la primera década de este siglo fueron revisadas por el presidente Néstor Kirchner32.
Los ejemplos de viraje hacia la derecha de ciertos intelectuales podrían multiplicarse. El giro neoliberal de China, impulsado por Deng Xiaoping a finales de los años ochenta ha producido efectos muy marcados en el pensamiento crítico chino, efectos que condujeron a la apropiación (o reapropiación) de la tradición liberal occidental por parte de sectores importantes de la intelligentsia, y hasta a la aclimatación en tierra china de los debates sobre la «teoría de la justicia» de John Rawls33. Otro caso similar: una parte no desdeñable de los neoconservadores estadounidenses entre los cuales se cuenta Irving Kristol, presentado a menudo como el «padrino del neoconservadurismo», ha surgido de la izquierda no estaliniana. Un documento edificante en este sentido son las Memoirs of a Trotskyist que Kristol publicó en el New York Times34.
Aclarémoslo una vez más, no es cuestión de sostener que todos estos autores –o todas estas corrientes– sean idénticos. Los nuevos filósofos, Colletti y los gramscianos argentinos son intelectuales de un calibre muy diferente. Evidentemente no se trata de situar a los marxistas innovadores como Colletti o Aricó en el mismo plano que un impostor como Bernard-Henri Lévy. Las trayectorias intelectuales se explican en buena medida en virtud de los contextos nacionales en los cuales han evolucionado. Al mismo tiempo, son también la expresión de una evolución hacia la derecha –que puede comprobarse en la escala internacional– de intelectuales que alguna vez fueron revolucionarios.
La conclusión que podemos sacar de todo esto es que la segunda mitad de la década de 1970 y la década de los ochenta fueron un periodo de conmociones en la geografía de los pensamientos críticos. Ese fue el momento en que se instauraron progresivamente las coordenadas políticas de una nueva etapa.
La mundialización del pensamiento crítico
Paralelamente a la «clausura de los posibles» que se da en Francia (y, en general, en Europa), en regiones periféricas del campo intelectual internacional aparecen poderosas corrientes de pensamiento crítico. Con esto no estamos diciendo que la crítica teórica estuviera reservada hasta entonces al mundo occidental. El caso del marxista peruano José Carlos Mariátegui, muerto en 1930, muestra que desde mucho tiempo antes se producían pensamientos críticos innovadores fuera de «Occidente». El interés de Mariátegui estriba en que este autor adaptó una teoría (la marxista) elaborada en la Europa del siglo xix a América Latina y, en particular, al mundo andino de comienzos del siglo xx35. Lo mismo cabe decir del caribeño de Trinidad y Tobago C. L. R. James, cuya obra The Black Jacobins [Los jacobinos negros] (1938), consagrada a la Revolución haitiana, rivaliza en sutileza con los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928) de Mariátegui.
Con todo, los casos de este tipo son relativamente aislados. Hay que esperar al último tercio del siglo xx para ver aparecer un número significativo de teóricos críticos de nivel mundial surgidos de la periferia. Así, comprobamos que algunos de los principales pensadores críticos contemporáneos son originarios de las márgenes del «sistema-mundo». Entre ellos figuran el palestino Edward Said (muerto en 2003), el esloveno Slavoj Žižek, el argentino Ernesto Laclau, la turca Seyla Benhabib, el brasileño Roberto Mangabeira Unger, el mexicano Néstor García Canclini, el japonés Kojin Karatani, el indio Homi Bhabha, el camerunés Achille Mbembe, el chino Wang Hui y también el peruano Aníbal Quijano. No caben dudas de que en el momento actual, la Europa continental ya no es, como lo era hasta los años setenta, el principal productor de teorías críticas. Y hasta es posible que ese centro esté progresivamente más cerca de escapar del mundo occidental en general.
¿Cómo explicar la mundialización que afecta hoy las teorías críticas? Estas teorías están sometidas al régimen general de circulación internacional de las ideas. Si existe, para parafrasear a Pascale Casanova, una «república mundial de las letras»36, existe también una «república mundial de las teorías críticas». Esta república no es homogénea; continúa estando regida por una forma de «desarrollo desigual» en el sentido de que no todas las regiones contribuyen en partes iguales a la producción intelectual. Entre los factores determinantes que influyen en la productividad teórica de una región figuran fundamentalmente la naturaleza de su sistema universitario, su grado de desarrollo económico y el vigor de los movimientos sociales que se dan en el lugar. No obstante, a pesar de la existencia comprobada de disparidades regionales, el problema de las condiciones de producción y de circulación del pensamiento crítico se plantea actualmente en todo el mundo37.
Ahora bien, si el centro de gravedad de las teorías críticas se ha desplazado desde comienzos de los años ochenta al mundo anglosajón, el fenómeno está en gran parte relacionado con la diversificación de las procedencias nacionales de sus autores. A diferencia de la universidad francesa, cuyo encierro en sí misma es notable, la universidad estadounidense se ha abierto al mundo38. Esta apertura tiene como primera explicación el hecho de que Estados Unidos es un país de migraciones y en particular un país de gran migración de intelectuales. Pensemos en los famosos refugee scholars emigrados durante la Segunda Guerra Mundial39: Leo Strauss, Alfred Schültz, Hans Reichenbach, Rudolf Carnap, Erich Auerbach –que fue profesor de Edward Said y de Fredric Jameson–, Theodor Adorno y Herbert Marcuse se instalaron en Estados Unidos en los años treinta y cuarenta. La universidad estadounidense ha conservado aquella extraversión que sin duda se ha acentuado desde entonces y que continúa atrayendo –ya para estancias regulares, ya para residencias permanentes– a numerosos teóricos críticos. Entre ellos, Ernesto Laclau, Walter Mignolo, Yann Moulier-Boutang, Étienne Balibar, Giovanni Arrighi, Edward Said, Robin Blackburn, David Harvey, Roberto Unger, Boaventura de Sousa Santos, Homi Bhabha, Gayatri Ch. Spivak, Achille Mbembe, Alain Badiou, Giorgio Agamben… La lista podría prolongarse indefinidamente. Algunos hicieron toda su carrera en Estados Unidos, otros se instalaron en el país más recientemente. Algunos enseñan además en universidades de otros países, por ejemplo, de los países de donde son originarios. Otros enseñan exclusivamente en Estados Unidos. Pero, en todos los casos, son acogidos por las universidades estadounidenses, algunas de las cuales se cuentan entre las más prestigiosas del mundo.
¿Cuál es la atracción que ejerce Estados Unidos en los teóricos críticos contemporáneos? Y, a la inversa, ¿cómo se explica que las universidades de ese país, cuyos gobiernos recientes no se han caracterizado por su carácter particularmente «progresista», demuestren tal interés por estas teorías? Hoy más que nunca, los pensadores críticos son universitarios. A veces ocurre que sindicalistas, militantes asociativos, periodistas o guerrilleros producen teorías críticas, pero las más veces, quienes las elaboran son profesores y, más precisamente, profesores de ciencias humanas. De esta comprobación se deduce que la disociación entre organizaciones políticas e intelectuales críticos señalada por Perry Anderson a propósito del marxismo occidental se ha acentuado aún más desde los años sesenta y setenta. Los Lenin, Trotski y Rosa Luxemburg contemporáneos son universitarios que a menudo evolucionan en establecimientos muy cotizados en el mercado internacional. Esto equivale a decir que se parecen bastante poco a esas figuras del marxismo clásico de las que se ha dicho que ninguna ocupaba una cátedra. Esto no significa que los intelectuales críticos actuales no estén comprometidos o que sean menos radicales que los marxistas clásicos, sino que independientemente de su compromiso, son universitarios, lo cual no puede dejar de influir en las teorías que producen. En el capítulo III veremos que, entre esos intelectuales, solo unos pocos son miembros verdaderamente activos de organizaciones políticas o sociales.
Ahora bien, desde el momento en que los teóricos críticos se mueven principalmente en el medio universitario, están sometidos a las leyes que rigen ese medio40. Entre esas leyes, hay una sobre la que no caben dudas: en el mercado mundial de la enseñanza superior y de la investigación, las universidades estadounidenses ocupan una posición dominante en materia de financiamientos, de publicaciones y de facilidades infraestructurales. La atracción que ejercen esas universidades en los teóricos críticos es un caso particular que vale de manera general para todos los intelectuales, independientemente de cuál sea su orientación política. El tropismo estadounidense de los teóricos críticos tiene su explicación en el tropismo de los teóricos en general. Los pensadores críticos contemporáneos, plenamente integrados en el sistema universitario, no forman en modo alguno una «contrasociedad» intelectual, como puede haberla constituido a comienzos del siglo xx la escuela de dirigentes de la socialdemocracia alemana o, más tarde, la del Partido Comunista Francés. Tal vez hoy existan instituciones paralelas de ese tipo en estado embrionario41. También se puede considerar que ciertos sitios de Internet ejercen una función de «contrasociedad» intelectual42. Pero, en una perspectiva general, los intelectuales críticos contemporáneos se sitúan en el interior de la «torre de marfil». Y ello implica que se sometan a las reglas y a los recursos que rigen ese campo social y que hacen irresistible la atracción de las instituciones universitarias estadounidenses.
Un factor más específico explica sin embargo la hospitalidad de las universidades estadounidenses para con los nuevos teóricos críticos. Desde los años sesenta, Estados Unidos es el país de las «políticas de la identidad» (identity politics) por excelencia. Esta expresión designa las políticas –gubernamentales o no gubernamentales– que apuntan a promover los intereses, o a luchar contra la estigmatización, de tal o cual categoría de la población. Las «políticas de la identidad» apuntan a rehabilitar la «identidad» de grupos sociales hasta entonces discriminados a causa de la percepción negativa de que son objeto. Las «políticas de la identidad» tienen dos características importantes43. La primera es que concierne a minorías que se asumen como tales, es decir que no tienen vocación de transformarse en mayoría. Desde ese punto de vista, se oponen a entidades tales como el «pueblo» o la «clase obrera» cuya función histórica era coincidir, en un plazo mayor o menor, con el todo de la sociedad. La lucha a favor del reconocimiento de la identidad homosexual, por ejemplo, no apunta necesariamente a generalizar esta identidad. Su objetivo es poner fin a la estigmatización de las personas concernidas. La segunda característica de la «identidad» así concebida es que ya no es una instancia (únicamente) económica. Comprende además una dimensión cultural decisiva.
¿Qué relación mantienen las «políticas de la identidad» con el tropismo estadounidense de las teorías críticas? Como lo ha mostrado François Cusset, autores como Jacques Derrida, Gilles Deleuze y Michel Foucault, a causa de la recepción que tuvieron en Estados Unidos desde la década de 1970, han contribuido en gran medida a alimentar los debates académicos y políticos referentes a las «políticas de la identidad»44. Por supuesto, del otro lado del Atlántico existen tradiciones de pensamiento propias de las minorías oprimidas. Piénsese, por ejemplo, en la importancia de W. E. B. Du Bois (1868-1963) en la constitución de un cuerpo crítico relativo a la condición de los negros o a la potente tradición feminista que continúa desarrollándose en la región45. Sin embargo, se ha operado una ramificación entre, por un lado, el (post)estructuralismo francés y, por el otro, las preocupaciones «de identidad» de muchos intelectuales y de movimientos sociales estadounidenses. Esta ramificación resulta del hecho de que el (post)estructuralismo permite concebir el potencial emancipador de los grupos dominados «minoritarios». En Francia, es probable que el «republicanismo» nacido de la Revolución francesa, redoblado por el carácter central que el Partido Comunista le asignó a la clase obrera industrial en detrimento de otras categorías oprimidas, haya impedido el surgimiento de movimientos sociales análogos. Volveremos a examinar los fundamentos de las «políticas de la identidad» y la importancia que han tenido en la aparición de las nuevas teorías críticas. Veremos pues que el concepto de «identidad» se presenta hoy en el contexto de la crisis del «sujeto de la emancipación» que se gesta desde los años sesenta. En una perspectiva abarcadora, se comprueba que, a partir de la década de 1980, se da una «recodificación» general del mundo social en lo tocante a las «identidades»46.
La abundancia de las referencias
Una característica importante de las nuevas teorías críticas es la pérdida de hegemonía del marxismo en su seno. Contrariamente a la idea tan ampliamente difundida, el marxismo es en el momento actual un paradigma plenamente vigente. Muchos teóricos críticos contemporáneos, entre los más estimulantes, proclaman pertenecer a esta tradición que continúa estando activa no solo en la esfera de las teorías críticas, sino también en las ciencias sociales. Algunos ejemplos que lo atestiguan son los trabajos del economista Robert Brenner, del geógrafo David Harvey, del sociólogo Mike Davis, del historiador Perry Anderson y de su hermano politólogo Benedict Anderson, del sociólogo Erik Olin Wright, entre muchos otros. Al mismo tiempo, está claro que el marxismo ya no puede pretender conservar la centralidad que tuvo. Desde la segunda mitad del siglo xix hasta el comienzo de los años setenta, es decir, durante más de un siglo, el marxismo ha sido la más poderosa de las teorías críticas. Reinó sin competencia aún en regiones donde estaban bien implantadas otras teorías críticas rivales como el anarquismo. A la izquierda, la única doctrina que, en cuanto a difusión e impacto político, puede sostener la comparación con el marxismo es el keynesianismo. A la derecha, está el modelo neoclásico y la generalización al conjunto de las esferas sociales que hicieron de él Friedrich von Hayek, Milton Friedman y Gary Becker.
El éxito del marxismo se explica en virtud de que se trata de un paradigma completo, al cual no escapa ningún aspecto de la vida social y, en un sentido, física. Existe una perspectiva marxista en todas las disciplinas de las ciencias humanas: economía, geografía, sociología, ciencias políticas, filosofía, lingüística, etcétera. Y hasta existen muchas en cada caso. Un sociólogo puede, por ejemplo, adoptar el punto de vista del marxismo «analítico», digamos, el de Erik Olin Wright, o un enfoque inspirado en la Escuela de Fráncfort y en Sartre, como el de Fredric Jameson. En ambos casos, se trata de variantes del marxismo. Otra razón que permite comprender el éxito que ha alcanzado el marxismo a lo largo del siglo pasado es la mezcla sutil de objetividad y normatividad que lo caracteriza. El marxismo ofrece a la vez un análisis del mundo social y un proyecto político que permite imaginar los contornos de otro mundo posible. Esta ambivalencia entre lo fáctico y lo normativo, de la que han sabido sacar buen partido los mejores representantes de esta tradición, da cuenta y razón de la hegemonía que ha alcanzado en la historia de las teorías críticas modernas.
La situación cambió considerablemente en el último tercio del siglo xx y los años setenta representan, en este sentido, un momento crucial, con el ascenso parcialmente opositor del estructuralismo, una corriente que probablemente sea la única además del marxismo que reúne de manera igualmente sutil lo objetivo y lo normativo, lo científico y lo político, y también la única que ofrece un punto de vista «totalizador» del mundo social y natural. Con la aparición del estructuralismo, el marxismo se encontró por primera vez en su historia con un rival digno de ese nombre y perdió la hegemonía teórica que hasta entonces tenía en la izquierda47. Numerosos teóricos críticos reivindican hoy su pertenencia a una forma u otra de estructuralismo o de postestructuralismo.
El marxismo y el estructuralismo distan mucho de ser las únicas tradiciones de pensamiento movilizadas por las nuevas teorías críticas. Este es un momento de abundancia de las referencias más diversas, mientras que en los años sesenta y setenta, el «canon» crítico estaba sin duda más codificado. Más precisamente, en aquellas décadas existía un «canon» y si aparecía acompañado por una profusión de referencias, estas, a diferencia de lo que pasa hoy, se situaban en los márgenes. Este eclecticismo puede interpretarse como una consecuencia suplementaria de la derrota sufrida por la izquierda radical a partir de la segunda mitad de los años setenta. Los defensores de una teoría derrotada a menudo buscan en la obra de pensadores exteriores a ella recursos que sirvan para rearmarla. Perry Anderson ha mostrado que esta era una de las principales operaciones teóricas sobre las cuales se desarrolló el marxismo occidental48. La influencia de Max Weber en Lukács, la de Benedetto Croce en Gramsci, la de Heidegger en Sartre, la de Spinoza en Althusser o la de Hjelmslev en Della Volpe son todas ilustraciones de ese fenómeno. El mismo Marx y el marxismo clásico son inconcebibles si no se toman en consideración sus relaciones con tradiciones exógenas: Hegel y la economía política clásica en el caso de Marx; Clausewitz, Hobson y Ernst Mach, en el caso de Lenin. Y es necesario recurrir a estas fuentes externas porque ellas ocuparon una posición central en los debates de la época considerada. Un intelectual –marxista o no marxista– a quien la obra de Croce no inspirara ninguna opinión en la Italia de los primeros decenios del siglo xx, se aislaría por sí solo de las discusiones más importante de su tiempo. Lo mismo le ocurriría a un pensador francés de los años cuarenta y cincuenta que hiciera abstracción de la fenomenología. A través de esas fuentes externas, los autores implicados tratan de dar nuevo impulso a teorías que se encuentran en dificultades precisamente por la catástrofe sufrida.
