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La pandemia mundial desencadenada por la crisis del coronavirus trajo de su mano una inflación de heroísmo, y periodistas y políticos se apresuraron a ensalzar a los héroes y heroínas de la Covid allí donde el esfuerzo individual y colectivo se vio obligado a suplir la precariedad presupuestaria. Sin embargo, las figuras heroicas están hoy en día rodeadas de un halo de sospecha (demasiado pathos, demasiada masculinidad desbordante, demasiada superioridad moral), e incluso se ha llegado a proponer que vivimos en una «época postheroica». A pesar de ello, la conciencia de que atravesamos un tiempo en el que ya no hay espacio para el heroísmo convive con la proliferación de historias sobre héroes y heroínas. Desde esta paradójica concurrencia, Ulrich Bröckling se plantea en Héroes postheroicosla urgente tarea de investigar el significado social de lo heroico y de repensar su función en el mundo contemporáneo, así como su futuro (si es que lo tiene).
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Seitenzahl: 378
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Ulrich Bröckling
HERÓES POSTHEROICOS
UN DIAGNÓSTICO DE NUESTRO TIEMPO
Traducción de Ibon Zubiaur
Prólogo a la edición española
1. Introducción: Simultaneidades antitéticas
2. Elementos para una teoría de lo heroico
3. Heroísmo y Modernidad
4. Perfiles de lo postheroico I: Sujetos
5. Perfiles de lo postheroico II: Gestión empresarial
6. Perfiles de lo postheroico III: Guerras
7. Héroes postheroicos
8. Conclusión: ¿«Desmantelar» lo heroico?
Agradecimientos
Créditos
Para Barbara
Cada época y cada sociedad tiene sus propios héroes y heroínas, cada lengua tiene su propio idioma para hablar de ellos. Pero cada orden cultural tiene también sus propios problemas con las figuras heroicas y desarrolla formas específicas de socavarlas, ignorarlas o reinterpretarlas. Que la fascinación por los héroes y el desdén por los héroes se complementan entre sí es algo que vale especialmente para el presente: el muy fundado escepticismo sobre si todavía puede o debe haber héroes convive con la tendencia sostenida a elegir nuevos o cambiar el disfraz de los antiguos. A esa constelación contradictoria de heroísmos vueltos dudosos pero a la vez perdurables apunta el oxímoron «héroes postheroicos» que da título a este ensayo.
El libro está escrito desde una perspectiva alemana, la perspectiva de un país del que hasta 1945 partieron crímenes sin precedentes ligados a la invocación desaforada de una disposición heroica al sacrificio. Una vez que los aliados pusieron con su victoria fin al horror, el heroísmo militar en particular pareció desacreditado de raíz. La mentalidad postheroica dominante en la Alemania de la posguerra no fue tanto expresión de una depuración moral como efecto de la derrota.
La historia del heroísmo y la de su crítica discurrieron de modo distinto en España. También aquí cabe encontrar sanguinarios héroes de guerra y caudillos, desde el Cid hasta el «Generalísimo» Francisco Franco, pasando por los conquistadores coloniales. A su vez la izquierda, al menos su ala libertaria, venera a mártires rebeldes de la Revolución del tipo Buenaventura Durruti. Hans Magnus Enzensberger le brindó un epitafio literario en 1972:
Los orígenes del héroe son discretos. Emerge de su anonimato como ejemplo de lucha en solitario. Se gana la gloria con su valor, su rectitud, su solidaridad. Se acredita en situaciones desesperadas, en la persecución y el exilio. Una y otra vez sale airoso donde sucumben otros, como si fuera invulnerable. Y sin embargo sólo con su muerte llega a ser enteramente lo que es. Una muerte así encierra siempre algo de enigmático. En el fondo sólo cabe explicarla por la traición. El final del héroe opera como presagio, pero también como obligación. Sólo en ese instante cristaliza la leyenda. Su entierro deriva en manifestación. Se da su nombre a calles, su imagen figura en los muros, en pancartas; se convierte en talismán. El triunfo de su causa conlleva su canonización, lo que significa casi siempre abuso y traición. Durruti habría podido ser el héroe nacional oficial. La derrota de la Revolución española lo libró de esa suerte. Siguió siendo lo que siempre había sido: un héroe proletario, un hombre de los explotados, los oprimidos y perseguidos. Pertenece a la contra-historia, la que no figura en los libros de texto. Su tumba está en las afueras de Barcelona, a la sombra de una fábrica. Sobre la lápida vacía se hallan siempre un par de flores. Ningún cincelador grabó su nombre. Sólo quien se fija atentamente alcanza a leer lo que un desconocido raspó en la piedra con letras torpes con una navaja: la palabra Durruti1*.
Ahora bien, con Don Quijote la literatura española produjo también la novela que puede considerarse el original —avant la lettre— del relato postheroico: su protagonista es todo menos un héroe, pero cree inquebrantablemente serlo a raíz de sus profusas lecturas de historias de caballería, y con sus fantásticas aventuras brinda una formidable parodia de la autoelevación heroica. Quizá el mayor logro de Cervantes sea que desde el Caballero de la Triste Figura todas las aspiraciones heroicas transmiten algo de ridículo.
También el presente libro ensaya una deconstrucción de lo heroico. El momento de su aparición no pudo ser más inoportuno; habent sua fata libelli: la edición alemana llegó a las librerías en febrero de 2020, pocas semanas antes de que la primera ola de la pandemia alcanzara Alemania. De ahí que en las siguientes páginas no se hable aún del coronavirus y de sus efectos. El estado de excepción que perdura hasta hoy ha replanteado la pregunta por el lugar de lo heroico en la actualidad y hecho enmudecer a quienes anunciaban una era postheroica, al menos por un par de meses. Aprovecho este prólogo para un breve estudio de los llamados héroes y heroínas del coronavirus.
No podía sorprender que la pandemia desencadenara un apogeo heroico. También aquí rige la máxima de que los malos tiempos son buenos tiempos para las historias de héroes. Éstas proliferan siempre que la normalidad queda suspendida y se le exige a la gente un esfuerzo especial. Cuanto más estridentes resuenan las sirenas de la crisis, tanto mayor la sed de voluntarios entregados, mandatarios resueltos y luchadores indomables. Su abnegada implicación confirma la gravedad de la situación, pero avala también la confianza en que al final todo acabará bien. Sirven tanto al anhelo de apoyarse en una autoridad en el momento de peligro como al sueño rebelde de no someterse a autoridad alguna. Las historias de héroes han de incitarnos a emular a los modelos; pero inclinarse reverentes ante sus hazañas también exonera a cada uno de abandonar su zona de confort.
Las primeras heroínas y héroes de la Covid aparecieron poco después de imponerse el confinamiento. Se empezó con el médico chino Li Wenliang, que advirtió tempranamente de la existencia del virus, lo que le valió ser amonestado por la policía; poco después, él mismo fallecía a causa del coronavirus. Celebrado al principio en las redes sociales como valeroso filtrador frente a la política de ocultación del gobierno chino, éste se lo apropió tras su muerte como personalidad destacada en la lucha contra el virus. También en las sociedades occidentales el personal médico ocupó pronto el centro del emergente culto a los héroes de la Covid. Las terribles imágenes de ucis abarrotadas ilustraron una amenaza por lo demás invisible. Quienes prestaban servicio en esas salas se veían abocados al heroísmo, al estar directamente envueltos en una lucha a vida o muerte y expuestos a un elevado riesgo de infección. El que a menudo carecieran de mascarillas de protección y prendas de seguridad sólo probaba su valor. Se recurría a menudo a metáforas militares, según las cuales enfermeros y médicos estarían en primera línea de la guerra contra la epidemia; mientras mantuvieran la posición, la batalla no estaba perdida. En Alemania, en España y en muchos otros países se les rendía reverencia con aplausos vespertinos o conciertos de balcón. No dejaba de notarse el alivio que los que aplaudían sentían por permanecer ellos mismos en retaguardia.
Rápidamente se elevó a otras profesiones al estatus heroico: las trabajadoras de supermercado que hacían turnos extra para reponer artículos depredados, los recogedores de basura que se encargaban también durante el confinamiento de vaciar los contenedores, repartidores, policías, camioneros, cuidadoras, por nombrar sólo a algunos. Cualquiera que ejerciese una actividad calificada de esencial y se ocupara de la salud, la seguridad o el suministro de alimentos podía regodearse por una temporada en el aura heroica. A excepción, por supuesto, de los jornaleros migrantes en la agricultura y de los temporeros en la industria cárnica.
El uso inflacionario depreció un título de honor que ya resultaba algo insípido. Las enfermeras recordaron que en los hospitales reinaba desde hacía tiempo la escasez crónica de personal y que ya antes de la pandemia venían trabajando al límite por un escaso sueldo. En vez de laureles, reclamaban mejores salarios y más puestos. El clamor remitió muy pronto. Visto en retrospectiva, en todas las campañas de «sois nuestros héroes» se difuminaron los límites entre una hábil publicidad y el deseo sincero de otorgar el reconocimiento debido a aquellos cuyo trabajo suele merecer poca atención. No resulta fácil distinguir si el elogio estaba viciado por enmascarar un fracaso organizativo consolando a los homenajeados con gratificaciones simbólicas o era sencillamente un gesto amable que invocaba con un guiño fórmulas de pathos.
Si las heroínas y héroes cotidianos encarnaron ante todo la disposición a implicarse y sacrificarse, las autoescenificaciones heroicas del personal político giraron siempre en torno a gestos de autoridad. Ya fuera que pseudohéroes presidenciales minimizaran el peligro, como Jair Bolsonaro, anunciaran con semblante adusto «nous sommes en guerre», como Emmanuel Macron, o pulsaran primero un registro y luego el otro, como Donald Trump, el mensaje venía a ser siempre el mismo: ¡no hay motivo para la alarma, todo está bajo control! Proclamar a voz en grito una soberanía que a todas luces se está lejos de poseer era y es una estrategia arriesgada. La jactancia sin fundamento deriva con facilidad en el desdoro. Los héroes han de acreditarse: de otro modo se extingue su carisma. La pandemia de Covid-19 no se presta a ser campo de acreditación heroico porque al virus le impresiona poco la retórica de la determinación. Para superar la crisis no hacen falta grandes hombres o mujeres, sino un sistema sanitario sólido, investigación coordinada y programas de apoyo económico. Sobre todo, somos necesarios cada uno de nosotros. Lo que se nos pide es muy poco espectacular: quedarse en casa, mantener la distancia, lavarse las manos, llevar mascarilla. Difícilmente cabe destilar de ello epopeyas heroicas.
Las medidas para contener la curva infecciosa hallaron buena aceptación allí donde los responsables renunciaron al estruendo heroico y apelaron al buen juicio y a la solidaridad en vez de señalar enemigos y emplazar a resistir. La gran mayoría de la población estuvo dispuesta a cumplir las normas cuando los gestores políticos basaron sus decisiones en criterios científicos, no banalizaron las exigencias y apelaron tanto más a la cautela cuanto que no cabía prever cómo iba a desarrollarse la pandemia. Tampoco los virólogos, cuya presencia mediática superó por momentos a la de los políticos, encajaban bien en el esquema heroico. Paradójicamente, ganaron autoridad al no ser capaces de responder a todas las preguntas, sino por compartir cuanto aún no sabían y modificar sobre la base de nuevos estudios recomendaciones anteriores. Ya la dirección preventiva de las campañas virológicas encierra algo de postheroico: al proponerse evitar determinados hechos, les falta el dramatismo de la acción salvadora. Tienen éxito cuando no llega a ocurrir lo más temido. La fórmula «There is no glory in prevention» significa también que no puede haber héroes de la profilaxis.
¿Queda entonces vacante el puesto de héroe en la pandemia? Las heroínas y héroes cotidianos no desean serlo; el personal político o bien queda en evidencia por su fanfarronería o asume el papel poco heroico del buen pastor, y el conocimiento científico, por último, no puede transformarse en capital heroico. Una bata blanca no sirve como traje de héroe. A primera vista, la crisis del coronavirus parece confirmar así el diagnóstico de la sociedad postheroica. El boom heroico fue a lo sumo un fuego de paja.
Lo que no ha decrecido es la capacidad polarizante de las narrativas heroicas. Puede que los políticos y expertos ya no sirvan como héroes, pero sin duda funcionan como chivos expiatorios. A la autoridad que recayó sobre ellos al inicio de la pandemia le corresponde el odio que les profesan los eternos ofendidos y los mitólogos de la conspiración. Quienes se escenifican ahora como héroes de la resistencia contra las medidas gubernamentales confirman así la tesis básica de este libro: cuando aparecen héroes en el escenario es que hay motivo de preocupación.
Agradezco a Alianza Editorial que haya acogido el libro en su catálogo. Y le agradezco a Ibon Zubiaur su diestra y esmerada traducción. Ha sido un placer trabajar con él.
Friburgo, abril de 2021Ulrich Bröckling
1 * Hans Magnus Enzensberger, Der kurze Sommer der Anarchie. Buenaventura Durrutis Leben und Tod, Fráncfort del Meno, 1972, pp. 269 s. [Hay traducción española, de Ulrike Hartmann y Julio Forcat: El corto verano de la anarquía: vida y muerte de Durruti, Anagrama, Barcelona, 2010.]
Un ensayo sociológico sobre los héroes, aunque sean postheroicos, requiere justificación. Tanto más cuanto que este ensayo aspira a aportar un diagnóstico de la actualidad. Normalmente asociamos los héroes con figuras combativas, pero también trágicas, que hacen algo excepcional, se enfrentan a enemigos poderosos, evitan catástrofes, se sobreponen a adversidades y asumen riesgos por una buena causa sin preocuparse de reglas y convenciones, y que por todo ello son veneradas y admiradas. Materia más propia de cuentos románticos, prosa de movilización, literatura edificante o de los mitos de la cultura popular que de un enfoque sociológico. De entrada, la sociología casa mal con las heroizaciones. Se interesa más por la gente común que por los grandes hombres, más por distribuciones de frecuencias que por las singularidades, y se concentra en los órdenes de lo social en lugar de en lo extraordinario. Recela no menos de la demanda de héroes o heroínas que de sus mecanismos de fabricación. Tras los heroísmos sospecha una ideología, o los clasifica como reliquias anticuadas sin remedio de un mundo premoderno y jerárquicamente estructurado. Su relevancia para la comprensión del presente le parece en cualquier caso limitada.
Los diagnósticos de actualidad no sólo han de encontrar respuestas adecuadas, sino también plantear las preguntas adecuadas, y para describir las sociedades actuales hay sin duda vías de acercamiento más elementales que la crisis y la evolución de sus modelos de héroe. La misma problematización de lo heroico corre el riesgo de perpetuar, por debajo del gesto desmitificador, esa visión del mundo vertical que sustentan los héroes y las heroínas. En este sentido, la observación de Jürgen Habermas «de que allí donde se veneran “héroes” se plantea la pregunta de quién lo necesita, y por qué»2, debe aplicarse igualmente en la sociología. Y desde luego a la tesis de que vivimos en tiempos postheroicos. Alimenta la ilusión de una sociedad en paz y nivelada, que no necesita ni crea héroes porque ya sólo ve presunción en la grandeza individual, desmenuza los conflictos mediante procesos comunicativos y no está dispuesta al sacrificio voluntario ni es capaz de él. También aquí procede preguntar: ¿quién lo necesita, y por qué?
El hecho de que tanto las narrativas heroicas como sus refracciones postheroicas estén imbuidas de política y se imponga preguntarse por su intención y valor de uso fundamenta al mismo tiempo su potencial esclarecedor del presente: en ellas cabe leer de manera ejemplar qué les exigen los órdenes sociales a sus miembros y qué les autorizan, con qué valores, normas de conducta y reglas emocionales los orientan, qué poder de decisión les otorgan o les deniegan y qué marcos imaginativos inauguran. Se confrontan, entre otras cosas, horizontes de expectativas y rankings normativos, valoraciones de la conformidad y la desviación, invocaciones al sujeto y a la comunidad, la posición del individuo en una sociedad sumamente compleja y tecnificada, modelos de liderazgo, el problema de la disposición al sacrificio, y con él la actitud ante la muerte, pero también los roles de género o el valor de los vínculos religiosos. La pregunta de quién necesita figuras de héroes y por qué, y quién lo desmiente y por qué, remite, entre otras cosas, a percepciones de crisis y deseos de normalización.
Puesto que todos estos temas son controvertidos, en la actualidad no hay un consenso sobre el valor de lo heroico. Las siguientes reflexiones parten de hecho de una observación contradictoria: por un lado, desde la década de 1980 viene apareciendo en diversos contextos el atributo «postheroico» y reclama plausibilidad como diagnóstico epocal; por otro lado, apenas pasa un día en que no se proclamen flamantes héroes y heroínas o se recuperen otros de abolengo. El debilitamiento y la intensificación de las energías heroicas discurren en paralelo. Los ámbitos de desempeño tradicionales van desvaneciéndose mientras nuevos héroes bullen en zonas hasta ahora libres de ellos. Aunque la fuerza apelativa de los relatos heroicos puede debilitarse, su valor como entretenimiento parece inquebrantable. Lo que ya no soportamos como modelo vinculante lo buscamos tanto más apasionadamente en las esferas de la imaginación.
Los primeros en constatar el ingreso en una era postheroica fueron los tratados políticos y de ciencia militar sobre el futuro de la guerra. Su tesis fue que las sociedades occidentales ya no estarían en condiciones de movilizar en masa la disposición al sacrificio y asumir a largo plazo bajas elevadas entre las propias tropas. De ahí que libren guerras asimétricas con armamentos altamente tecnificados, si bien se hacen también vulnerables frente a adversarios que compensan la inferioridad tecnológica mediante el desprecio heroico a la muerte. Los teóricos de la organización y la gestión proclaman entretanto modelos de liderazgo postheroico. Éstos renuncian al optimismo dirigista de la planificación política y a las ilusiones de control de una gestión racionalista en favor de un estilo de liderazgo participativo, orientado a reforzar el potencial de la autodirección, o abogan con humildad realista por transmutar la resolución heroica de problemas en coping postheroico. Los estudios psicológicos a su vez identifican el carácter social contemporáneo de una personalidad postheroica que paga su flexibilidad con la exigencia de una adaptación continua a la transformación social acelerada. Hasta la música pop habría ingresado entretanto en la fase postheroica de un «contraculturalismo sin contracultura»3. No costaría añadir testimonios de otros ámbitos. Aunque las diferentes líneas de discurso se mantienen en buena medida independientes, en conjunto se entrelazan para dar lugar a un diagnóstico de nuestro tiempo.
Llama la atención su empleo casi exclusivamente adjetival: se califica cualquier fenómeno de postheroico, pero en cambio apenas se habla de posthéroes o de postheroísmo. Al igual que otras signaturas de época a las que se provee del epíteto «post-», el atributo no destaca por su precisión conceptual. Unas veces designa una mentalidad o un habitus; otras, una etapa en el proceso de modernización o un modo de hacer la guerra. Pero «postheroico» puede referirse asimismo a una concepción del arte de gobernar que reconoce la complejidad de lo social y por ello prescinde de la hibris del control tecnocrático. Además, suele aplicarse el atributo a talantes y estados de ánimo que reaccionan con alergia a fórmulas de pathos, son insensibles a las apelaciones al sacrificio o las identificaciones sin reservas y mantienen una relación en todo caso irónica con la veneración de los grandes hombres y sus hazañas. Por último, se caracterizan también como postheroicos artefactos y prácticas culturales que van asociados a esas actitudes.
Lo mismo que el discurso sobre la postmodernidad no equivale a despedir a la modernidad, el topos de una era postheroica no significa el final de las orientaciones heroicas, sino su problematización y examen detenido. Los diagnósticos de un presente postheroico remiten ya desde el punto de vista semántico a esas mismas narrativas de héroes cuya fragilidad constatan y de las que se distancian. El potencial de integración y la capacidad de movilización de las invocaciones heroicas ni mucho menos se han agotado. Al contrario, con el diagnóstico de que las figuras de héroes se han vuelto dudosas y anticuadas convive una permanente sed de héroes que resulta profusamente atendida. Héroes recuperados y de nueva creación pueblan los mundos del cómic y los videojuegos, las películas de superhéroes baten récords de recaudación y el deporte de competición suministra de continuo personal heroizable. Se proclama héroes tanto a los bomberos del 11 de septiembre como a activistas contra el cambio climático, denunciantes de prácticas corruptas y luchadores por la libertad política, como aquel anónimo tank man que en 1989 cortaba el paso él solo a los tanques que avanzaban sobre la Plaza de Tiananmén de Pekín. Es significativo que este heroísmo ya no vaya ligado al cumplimiento del deber y a la adhesión; las nuevas heroínas y héroes se distinguen más bien por su inconformismo y por renegar de la obediencia. El heroísmo pasa a ser coraje cívico. En paralelo a ello, lo heroico es democratizado y cotidianizado. A fin de cuentas, cualquiera puede convertirse en héroe o heroína, ya sea just for one day, como prometía David Bowie, o aunque sólo sea durante esos fifteen minutes of fame a los que según Andy Warhol nadie tiene por qué renunciar en la era de los medios de comunicación de masas4.
Con el auge de los líderes populistas, sin embargo, vuelve al escenario otro tipo de héroe: el energúmeno bocazas que llega para cantarle las cuarenta al establishment, limpiar el establo de Augías nacional y guiar a su país a una nueva o antigua grandeza. No es una figura paterna que encarna la autoridad de la ley, sino el cabecilla de una horda fraterna que se rebela contra las autoridades legales porque no le parecen lo bastante autoritarias. Invoca un mundo violento en el que no cuenta más que la fuerza y únicamente tienen una oportunidad quienes no conocen la piedad. En lugar de seguridad y bienestar, les promete a sus partidarios desahogo afectivo y les indica en quién pueden volcar sus iras con impunidad. Al suspender la diferencia entre verdad y mentira, no hace sino subrayar sus ansias de poder: quien se pasa por el arco del triunfo las verificaciones de hechos puede moldearse a su antojo la realidad. La autoescenificación de estos folk heroes incluye no sólo la exhibición ostentosa de la propia riqueza y su estridente habitus entre magnate, tribuno y warlord, sino también un machismo agresivo cuyas poses de masculinidad sexualizadas ni mucho menos se dirigen sólo a las mujeres y han de señalizar que el jefe puede permitírselo todo. Difícilmente cabrá despachar a estas figuras como anacronismos. Su bravuconería altisonante, emparejada con amenazas violentas y desdén por los más débiles, brinda la contraparte al heroísmo justamente nada jactancioso de las valerosas heroínas cotidianas.
En la pugna entre modelos de héroes dispares, y más aún en la colisión entre ideales heroicos y postheroicos, se perfilan las líneas de conflicto de la sociedad actual. En este ensayo atenderé a esas simultaneidades antitéticas y analizaré los frentes discursivos y las zonas mixtas entre las dinámicas contemporáneas de heroización y de desheroización. Se someterán a examen tanto las dimensiones afectivas, morales, legitimatorias y apelativas de las narrativas heroicas (y sus costes) como los aspectos correspondientes de su relativización, crítica y despedida. No partiré, por tanto, de constatar que vivimos en una sociedad postheroica, pero tampoco lo rechazo. Aspiro más bien a un diagnóstico de actualidad de segundo orden que explore lo que revela sobre nuestro tiempo, cuáles de sus rasgos se realzan y cuáles se arrinconan cuando por un lado se lo caracteriza en ámbitos tan diversos como postheroico y por otro la producción de héroes, y en grado creciente también de heroínas, sigue estando en auge (¿o vuelve a estarlo otra vez?). ¿A qué retos responden los heroísmos contemporáneos? ¿Cuáles son las preguntas a las que pretende dar respuesta el atributo «postheroico»?
Los diagnósticos de época tienen fama de elevar ciertas observaciones ejemplares y a veces simplemente anecdóticas a delimitación general, de dramatizar discontinuidades pero relegar en cambio la persistencia de lo antiguo en lo nuevo y otorgar prioridad a etiquetaciones extremas frente a la diferenciación analítica. Pasan por ser «interesantes, pero también un tanto endebles»5. El diagnóstico de la sociedad postheroica que pretendo iluminar críticamente aquí para ubicarlo a su vez como diagnóstico de época existe sólo como acción paralela a la utilización más o menos superficial del mismo rótulo para muy diferentes fenómenos de actualidad. Su alcance y su poder explicativo son inciertos.
Trato de eludir las trampas de la sobregeneralización sociológica enmarcando las exploraciones de diagnóstico en reflexiones analíticas sobre la figura social del héroe y las fuerzas motrices y los efectos de las heroizaciones (capítulo 2). No derivan en una teoría de lo heroico (lo que supondría una tentativa imposible), sino que combinan elementos heterogéneos en una heurística que puede avanzar en la dilucidación teórica de algunos aspectos centrales de lo heroico. Le sigue una sección de historia de las ideas sobre la contradictoria relación entre el culto a los héroes y la sociedad moderna, que repasa reflexiones paradigmáticas —de Hegel a Enzensberger— y pone de manifiesto al mismo tiempo las reprobaciones postheroicas de la «Modernidad heroica»6 (capítulo 3). Con las secciones concebidas como analítica del discurso sobre la psicología social de la personalidad postheroica (capítulo 4), la gestión postheroica (capítulo 5) y la guerra postheroica (capítulo 6), así como sobre la tipología de las heroínas y héroes que admiten y producen las sociedades postheroicas (capítulo 7), cambia la altitud de vuelo y la mirada se vuelve hacia la actualidad. Junto a contribuciones científicas y publicísticas, recurriré también a literatura de autoayuda y a otros fenómenos de la cultura popular, y estudiaré cómo al desplazar del centro a los héroes se los rehabilita al mismo tiempo actualizándolos, asignándoles territorios inocuos, anclando su extracotidianidad en lo cotidiano o poniéndolos en un estado de espera desde el que en cualquier momento pueden volver a ser activados en caso de crisis. La figura paradójica del héroe postheroico se caracteriza sobre todo por su habilidad para alternar con flexibilidad entre los modos on y off.
Entre las características esenciales de las heroizaciones está que no nos dejan indiferentes. Las figuras de héroes afectan; de uno u otro modo. Yo recelo profundamente de ellas: demasiado pathos, demasiadas exudaciones de masculinidad, demasiada admonición moral, demasiada superación de uno mismo, demasiado culto a la muerte. Este afecto antiheroico, que ha acompañado desde el principio mi estudio de los heroísmos, trato de hacerlo fructífero para un cuestionamiento de raíz en la consideración final (capítulo 8).
Si, inspirándome vagamente en un título de Immanuel Wallerstein, propongo aquí «desmantelar»7 lo heroico, no lo hago con la burda esperanza de que sea posible sacudirse de una vez por todas el anhelo de o la receptividad a héroes y heroínas. Eso mismo sería un delirio de grandeza heroico. Mientras los regímenes políticos o religiosos dependan de la disposición al sacrificio, mientras la competencia generalizada fuerce a las personas a sobrepujarse continuamente a sí mismas y las impulse a la rivalidad, mientras las experiencias de impotencia hagan proliferar delirios de grandeza y las reglamentaciones de lo cotidiano aviven el anhelo de transgredir los límites, se buscarán y se encontrarán héroes. Allí donde aparezcan, habrá que entenderlos como indicadores de problemas. Son un índice de lo que la sociedad requiere de cada individuo. Aunque las escenificaciones heroicas propias y ajenas puedan sugerir lo contrario, los héroes son más bien un síntoma de crisis que una instancia capaz de resolverla8.
«Desmantelar» lo heroico no se agota en repasar sus reinterpretaciones postheroicas. Comienza más bien con la negativa a confrontar un heroísmo supuestamente falso con uno supuestamente verdadero y a otorgar a este último la absolución general. Cuestionables no son los hechos mismos, sino su enmarcado heroico: quienes se enfrentan a los poderosos o asumen peligros espontáneamente para salvar vidas ajenas merecen sin duda respeto y admiración. Declararlos héroes o heroínas y reclamar su emulación transforma sin embargo la afección moral en un punto de fuga normativo. Quien con la ayuda de ejemplos heroicos trata de incitar a otros a actos excepcionales y al sacrificio los convierte en medios para sus fines. A la inversa, alejar a los héroes y heroínas hasta el punto de que su obrar aparezca inalcanzable de antemano consolida un orden en el que unos miran hacia arriba y a otros se los contempla desde abajo, en el que éstos están llamados a liderar mientras que aquéllos requieren de liderazgo. En su supererogatorio cumplimiento del deber más allá de lo indicado, los modelos heroicos pueden servir de acicate. Pero sobre todo generan mala conciencia.
«Desmantelar» lo heroico supone en este sentido comprender las formas de heroización como invocaciones a través de las cuales las personas son inducidas y han de inducirse a sí mismas a realizar actos extraordinarios, a reconocer jerarquías, a concebir lo social como una lucha permanente y a postergar su propia suerte en favor de metas superiores. El poder efectivo de estas invocaciones se basa, no en último lugar, en la fuerza de fascinación de los relatos heroicos. Son estas historias tan conmovedoras como intrigantes las que nos llevan a elevar en un pedestal a héroes y heroínas, a querer emularlos o a acomodarnos en su esplendor. Por eso, «desmantelar» lo heroico siempre significa también contar otras historias y contarlas de otro modo.
2 Jürgen Habermas, «Fundamentalismus und Terror. Ein Gespräch», en: Jürgen Habermas y Jacques Derrida, Philosophie in Zeiten des Terrors. Zwei Gespräche, entrevistas, introducción y comentarios de Giovanna Borradori, Hamburgo, 2004, pp. 49-69, cita: p. 69.
3 Diedrich Diederichsen, Über Pop-Musik, Colonia, 2014, p. 390.
4 «We can be heroes just for one day», dice el famoso tema de Bowie «Heroes» (1977). «In the future, everyone will be world-famous for 15 minutes», prometía Andy Warhol en 1968, en: Kasper König, Pontus Hultén y Olle Granath (eds.), Andy Warhol. Catalogue for the Warhol Exhibition at the Moderna Museet Stockholm, 10 de febrero-17 de marzo de 1968, Estocolmo, 1968.
5 Walter Reese-Schäfer, «Zeitdiagnose als wissenschaftliche Aufgabe», en: Berliner Journal für Soziologie 6: 3 (1996), pp. 377-390, cita: p. 377.
6 Heinz Dieter Kittsteiner, «Die heroische Moderne. Skizze einer Epochengliederung», en: Neue Zürcher Zeitung, 10-11-2001.
7 Immanuel Wallerstein, Die Sozialwissenschaft «kaputtdenken». Die Grenzen der Paradigmen des 19. Jahrhunderts, Weinheim, 1995. [Edición original: Unthinking Social Science: The Limits of Nineteenth Century Paradigms, Polity, Cambridge, 1991. Hay traducción al español, de Susana Guardado: Impensar las ciencias sociales: Límites de los paradigmas decimonónicos, Siglo XXI de España, Madrid, 2004. La traducción de unthinking como «impensar» es ingeniosa y oportuna. Para la versión alemana, el propio Wallerstein propuso kaputtdenken, mucho menos neutral y que resalta la dimensión destructiva; su traducción más literal (y perifrástica) sería ‘destrozar pensando’. De acuerdo con Ulrich Bröckling y la editorial, traduzco en lo que sigue kaputtdenken como ‘desmantelar’. N. del T.].
8 Esta distancia con las invocaciones heroicas conlleva una diferencia fundamental entre las siguientes reflexiones y el enfático alegato de Dieter Thomä en favor del héroe democrático, que habría de ser «uno de nosotros» y asimismo «uno para nosotros» (Warum Demokratien Helden brauchen. Plädoyer für einen zeitgemäßen Heroismus [Por qué las democracias necesitan héroes. Alegato para un heroísmo acorde con los tiempos], Berlín, 2019, pp. 175-183). Thomä pasa por alto que no cabe deslindar nítidamente el heroísmo democrático del antidemocrático; a fin de cuentas, también los líderes populistas se presentan como «uno de nosotros» y «para nosotros». Los héroes y heroínas no se vuelven compatibles con la democracia porque al guiarse por una «gran causa» refrenen la tendencia autoritaria del público al culto a la personalidad: se los venera justamente por la desinteresada implicación que se les atribuye. Sin duda, a las democracias les hacen buena falta apasionadas defensoras y valientes paladines, pero necesitan heroínas y héroes como mucho en el sentido en que un yonqui necesita el siguiente chute. El ensayo de Thomä apareció tras finalizarse el manuscrito del presente libro, demasiado tarde para una discusión en profundidad de sus tesis. Confío en que no faltarán oportunidades para ello.
Una teoría de lo heroico sólo puede referirse a narraciones. No hay héroes más allá de lo que se dice sobre ellos y cómo se dice. Ningún acto y ninguna muerte son heroicos si nadie los llama así. También las imágenes de héroes, los monumentos a los héroes o los cultos a los héroes y sus prácticas forman unidades semióticas que remiten a historias. Su significación sólo es accesible en un esfuerzo hermenéutico. El atributo «heroico» puede designar el carácter de una persona, la cualidad moral de un acto o las penas y peligros ligados a su ejecución, o simplemente ser una cifra de algo extraordinario; en cualquier caso, se trata siempre de atribuciones, y necesita una comunidad que las refrende. O que las discuta. Porque el hecho de que los héroes los generen narraciones significa también que lo que los define, y quién ha de ser visto como tal, resulta contingente y controvertido. Aquel que para uno es un héroe es un canalla para el otro, lo que aquí se celebra como heroico se considera normal en otra parte, y quién puede o debe de ser heroico varía entre una época y otra. También resulta poco clara la delimitación con figuras similares como el genio, el grand homme, la estrella o el aventurero, el líder, el gobernante, el santo o el mártir. No cabe decretar un canon de héroes vinculante; allí donde se intenta proliferan también las contrafiguras que no encajan en el esquema. Pero si cada cual venera a su private hero, el culto pierde su fuerza cohesiva y su función orientadora.
Las semánticas de lo heroico, además, van deshilachándose: a los protagonistas del teatro, el cine o la literatura se les llama héroes, se habla de forma metafórica de sinfonías (la Eroica) o paisajes heroicos (un género de la pintura) y en el uso cotidiano del lenguaje el atributo suele indicar poco más que una palmadita en el hombro con la que se pretende reconocer un esfuerzo especial. Hasta las tareas más banales son enaltecidas con el nimbo de lo heroico si requieren capacidad de resistencia o hay que superar adversidades. El concepto queda vaciado del todo en el lenguaje del marketing, donde el producto ha de elevar a héroe a su comprador o viene a ser heroizado él mismo. La marca de lencería Hunkemöller ensalza a sus clientas como sheroes, y Aldi-Süd llegó a otorgarle hace un tiempo a un glaseado para tartas el título de «héroe cotidiano». Desde una crítica de la cultura sería fácil despachar estos ejemplos como trivializaciones, pero también cabe ver en ellos una sana desintoxicación: soltar un poco de aire de esas figuras hinchadas y jugar irónicamente con sus símbolos resulta en cualquier caso más benigno que pregonar consignas heroicas de resistencia. La propia ambigüedad semántica y la ironía se pueden explicar al mismo tiempo como síntomas de una irritación postheroica, con lo que el discurso inauténtico aparece como una forma de problematización.
Lo cierto es que toda esta imprecisión tiene sus consecuencias para una teoría de lo heroico. Queda abierto si realmente puede haber una teoría tal en singular. Siendo como es su objeto tan multiforme, una teoría de lo heroico sólo puede proceder con un método historizante, tiene que partir de un enfoque nominalista y renunciar con plena consecuencia a asertos normativos9. En lugar de aspirar a definir quién es un héroe o una heroína y qué es heroico, pregunta por los patrones narrativos que establecen quién o qué es calificado así en una época determinada y bajo un marco cultural específico, qué experiencias y qué orientaciones de valores subyacen a esas atribuciones, a qué necesidades reaccionan, qué tareas han de cumplir, qué efectos originan y con qué resistencias se ven confrontadas; en suma: una teoría de lo heroico pregunta por los modos y dinámicas de heroización y desheroización.
El alcance de una teoría como ésta es limitado, con respecto tanto a su núcleo temporal como a su anclaje social. En lugar de una sistemática, brinda elementos heurísticos que pueden combinarse de distinto modo, sin pretender un ordenamiento exhaustivo del campo de lo heroico. Las heurísticas tienen una función provisional y una práctica, obtienen sus cauces de los problemas de investigación que habrán de resolverse con su ayuda. Esto significa que preguntas distintas exigen también teorías distintas. Por explotar la metáfora arquitectónica: del edificio a construir no dependen tan sólo los materiales que habrán de emplearse, sino también cómo han de colocarse. No hay un orden universalmente válido o una jerarquía clara, solamente constelaciones cambiantes cuya combinatoria estudia las particularidades del fenómeno y se atiene al interés de cada enfoque. En lugar de definiciones conceptuales concluyentes10, se requiere una forma de exposición que muestre los elementos significativos implicados en relaciones que les permitan esclarecerse mutuamente. No son aconsejables entramados demasiado firmes: dificultan los reagrupamientos necesarios. Conviene pensar más bien en las construcciones de Lego de los niños que en monumentos de piedra, acero y cemento.
Una teoría con pretensiones heurísticas sólo puede ser además perspectivística. Aunque se centra en observaciones de segundo orden, se posiciona con respecto a su objeto. Ya la mera idea de una teoría de lo heroico marca una distancia crítica con la lógica propia de las narrativas heroicas, que aspiran a la identificación y a menudo provocan contraidentificaciones cuya dilucidación analítica aún queda lejos y cuyo excedente estético no esclarecen los intentos de explicación causales y funcionales. Las siguientes reflexiones las perspectiviza no por último el intento de determinar lo heroico en relación con los diagnósticos de un presente postheroico; de ahí que otorguen un peso especial a los retos actuales y a las problematizaciones. Las impulsa una incomodidad tanto hacia los obituarios prematuros como hacia los imperturbables ensayos de relanzamiento. Si bien el asombro ante la persistencia de antiguas historias de héroes y el surgimiento de otras nuevas es mayor que el dolor por la pérdida de su cada vez más frágil poder de convicción. Una tal teoría de lo heroico será contemporánea si puede evidenciar qué es lo que se ha vuelto extemporáneo de su objeto y por qué, pese a ello, las narrativas de héroes pueden seguir contando con resonancia.
Desde este punto de vista, y a pesar de toda la imprecisión semántica, a las transformaciones históricas y a las diferencias culturales, será posible identificar elementos de lo heroico que me servirán a modo de brújula heurística. No siempre concurren todos estos elementos, y en cada caso, además, cambia la ponderación de cada uno de ellos, y ciertamente cabe descubrir aún otros. Pero más de uno es compartido por todas las historias de héroes y en cada deconstrucción postheroica de las historias de héroes. Hay que decir, de entrada, que operan en diferentes niveles de análisis: parte de ellos se refieren a cualidades de las figuras heroicas (excepcionalidad, transgresión, agonalidad, masculinidad, poder de actuación, sacrificio); otros, a particularidades de las narrativas heroicas (carácter trágico, afección moral, escenificación estética, mito), y otros, a territorios del discurso (pedagogía) y modos de abordaje analíticos (tipologías, historiografía).
Las narraciones heroicas giran en torno a figuras humanas o humanoides reales o ficticias que de alguna forma sobresalen en su medio. Si hay algo que distingue a los héroes es su excepcionalidad. En cuanto que excepciones por sus logros, su nacimiento, su misión superior o su kairós, se destacan de la masa, de lo corriente. De ahí que sean raros. Puede haber más de uno, pero si se quisiera elevar a héroes a todos, la condición perdería su fuerza distintiva. El heroísmo ha de seguir siendo un programa de minorías. Está sometido a una economía simbólica de la escasez: su inflación lleva a la depreciación. Con el heroísmo ocurre, dice Jean-Jacques Rousseau en su discurso «Sobre la virtud del héroe», «igual que con esos metales preciados cuyo valor consiste en su rareza y cuya abundancia los haría cargantes o superfluos [...], un pueblo de héroes ocasionaría inexorablemente su declive»11.
Queda abierta la cuestión de si excepcional significa en este contexto únicamente superior a la media o directamente inconmensurable; si hay que ubicar a los héroes al margen, pero a fin de cuentas dentro de la distribución normal de Gauss, o si rebasan el continuo de normalidad. Ambas variantes se dan. A héroe socialista del trabajo se llega con superar las normas de destajo, mientras que para ser una heroína de la ciencia hace falta un invento o un descubrimiento pionero. Pero también ella se alza a hombros de gigantes. El precepto de lo extraordinario vale para los «individuos de la historia universal» de la filosofía de la historia hegeliana tipo César o Napoleón, que al perseguir sus fines particulares actúan a la vez como «gerentes del espíritu del mundo» y ayudan a que se imponga «lo que es necesario y lo que toca»12. Pero vale también para los pequeños héroes de lo cotidiano, que al menos en un punto y por un momento son un poco más grandes que el resto, y rebasan así la zona de lo cotidiano. De acuerdo con Mike Featherstone, cabe definir la vida heroica como un concepto opuesto al de la cotidianidad: «Si la obviedad de la vida cotidiana se refiere a la necesidad de someter lo que se hace y deja de hacer a experiencias prácticas y rutinas cuya variedad y falta de sistematicidad apenas se han esclarecido en lo teórico, la vida heroica abre una vereda a través de esa espesura de facticidad. Remite a una vida formada por el destino o por la propia voluntad, en que se ve lo cotidiano como algo que hay que domar, a lo que hay que resistir o de lo que hay que abjurar, como algo que hay que sojuzgar al servicio de una meta superior»13.
Puesto que la grandeza es relativa, su atribución necesita figuras de contraste a las que se les niega. Junto con los héroes, las narraciones heroicas generan así también no-héroes que quieren o deben alzar la mirada a aquéllos. Las cualidades sobresalientes de los unos confirman la mediocridad de los otros, y a la inversa. La excepcionalidad se basa en un régimen visual asimétrico: quien otea desde el puesto de mando ve masas sin rostro; al gran individuo lo distinguen sólo los que alzan la vista desde la llanura14. La admiración y la veneración hacia los héroes son siempre en ese sentido estrategias para empequeñecerse; no un programa de empoderamiento, sino una escuela de resignación. Como dice Jacob Burckhardt, «grandeza es lo que no somos»; en lo que las figuras de excepción históricas tienen de «únicas» e «irreemplazables» reconocemos nuestra «enanez»15. Las historias de héroes enseñan la mirada humilde hacia arriba; en ello reside también, a fin de cuentas, su sentido pedagógico y político. En el lenguaje fílmico se llama hero shot al ángulo de cámara que muestra al protagonista en primer plano desde abajo, elevando a él la mirada del observador. El autorrebajamiento del admirador de los héroes frente al objeto de su devoción lo equilibra su autoelevación frente a esos viles patanes que ni siquiera reconocen la grandeza y carecen así de sensibilidad para el culto a los héroes16.
Aunque el admirador halle su posición tomando distancia hacia arriba y hacia abajo, el héroe por encima de él tampoco se sustrae del todo a la esfera humana: los héroes pueden poseer poderes sobrehumanos, pero no son dioses. Esto vale también para los héroes antiguos, que a su vez forman una amplia categoría bajo la que se agrupan figuras muy dispares: semidioses como Heracles, personajes de relatos míticos como los héroes homéricos, pero también grandes figuras locales fallecidas o ancestros selectos que tras su muerte eran objeto de veneración cultual debido a una señal divina, aunque sus cultos funerarios quedasen estrictamente separados de los de los dioses17.
Los héroes son mortales, y su muerte es a menudo el requisito de la heroización. Si acaso, su fama es inmortal a nivel póstumo, e incluso ésta suele desvanecerse con el tiempo. Esta posición intermedia de las figuras heroicas, que adopta formas muy variables, explica su peculiar equilibrio entre alteridad y parecido: sirven como modelo sólo en la medida en que se diferencian de los corrientes —su público—, pero para poder identificarse con ellos y emularlos o querer seguirlos la distancia no ha de ser excesiva. Las gradaciones entre el ideal y la imagen de uno mismo se ven reflejadas en los distintos formatos de héroes: desde el héroe semidivino, pasando por aquel que se caracteriza por cualidades superiores pero humanas, hasta el héroe que es «uno de nosotros» y sin embargo extraordinario. Y a éstos les corresponden a su vez géneros y registros diferentes; los mitos y los cuentos hablan de otros héroes, y de otro modo, que las novelas o los reportajes de periódico18. Por lo demás, los héroes no siempre actúan en singular. Junto al solitario hay diversos colectivos heroicos, entre los que cabe encontrar tanto asociaciones de individuos excepcionales (desde los argonautas hasta LosVengadores pasando por los Caballeros de la Mesa Redonda) como sujetos colectivos fusionados en una unidad (la Grande Armée, el proletariado).
De la excepcionalidad de los héroes dimana su demanda de poder. Las leyendas y los atributos heroicos forman parte del repertorio fijo en las escenificaciones de dominio. Los heroísmos instalan así un círculo de autorreafirmación: sólo las figuras excepcionales están predestinadas a liderar, y quien lidera demuestra con ello su capacidad excepcional. Allí donde se invoca a líderes heroicos, la multitud ha de seguirlos. Y a la inversa: quien quiere obedecer buscará razones para ello y proclamará héroe a aquel al que sigue. Independientemente de si fue primero la voluntad de poder o el deseo de someterse, el hecho es que la autoridad del uno depende de la obediencia de los otros. Aunque puede haber héroes republicanos o plebeyos, las narrativas heroicas son de por sí antiigualitarias. Establecen rangos y dividen el mundo en los pocos y los muchos. Durante largo tiempo, en las sociedades occidentales el heroísmo fue de todos modos un privilegio de la nobleza, y al mismo tiempo una norma para los aristócratas varones. Sólo la Ilustración extendió al burgués la oportunidad de acreditarse como héroe19, antes de que en el siglo XIX ingresara en el escenario histórico el working class hero. Pero al margen del estado o clase del que se reclutaran los héroes, siempre implicaron ambiciones colectivas de poder. Quien aportaba los héroes reclamaba llevar también las riendas.
Los relatos heroicos describen un mundo ordenado en vertical de relaciones de poder asimétricas y un espacio narrativo dicotómico en el que sólo unos pocos elegidos logran pasar de un lado al otro, pero los héroes tampoco pueden ser omnipotentes; de lo contrario no brindarían material de historias. «Todo no puede ser posible, y hacer lo imposible ha de constituir la “singularidad” que en mitad de lo posible se destaca como brillantez artística»20
