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Desde su creación en 1861, Italia se ha esforzado por crear un sistema político eficaz y consolidar un sentimiento de identidad nacional. En esta nueva edición, que cubre el periodo transcurrido desde la caída del Imperio romano de Occidente hasta nuestros días, Duggan pone el énfasis en las dificultades a las que Italia ha tenido que enfrentarse durante los dos últimos siglos en su intento de forjar una nación. Los primeros capítulos revisan los largos siglos de fragmentación política de la península Itálica desde el siglo vi para explicar los obstáculos geográficos y culturales por los que pasó la unidad. El libro entrelaza los factores políticos, económicos, sociales y culturales que conforman la historia de Italia, poniendo de relieve la alternancia de los programas materialistas e idealistas a la hora de constituirse como país. Esta segunda edición ha sido profusamente revisada para poner al día todos los acontecimientos vividos en Italia durante los siglos xix y xx y ofrecer un nuevo apartado sobre los inicios del siglo xxi. Igualmente, se ha añadido un nuevo ensayo bibliográfico y una detallada cronología que hacen de la obra una fuente ideal para quienes busquen una historia de Italia rigurosa y concisa.
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Seitenzahl: 641
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Akal / Historias
Christopher Duggan
Historia de Italia
2.ª edición
Traducción: Adrián Fuentes Luque
Actualización de la traducción de la presente edición: Alfredo Brotons Muñoz
Desde su unificación en 1861, Italia se ha esforzado por crear un sistema político eficaz y consolidar un sentimiento de identidad nacional. En esta nueva edición, que cubre el periodo transcurrido desde la caída del Imperio romano de Occidente hasta nuestros días, Duggan pone el énfasis en las dificultades a las que Italia ha tenido que enfrentarse durante los dos últimos siglos en su intento de forjar una nación. Los primeros capítulos revisan los largos siglos de fragmentación política de la península Itálica desde el siglo VI para explicar los obstáculos geográficos y culturales por los que pasó hasta alcanzar la unidad. El libro entrelaza los factores políticos, económicos, sociales y culturales que conforman la historia de Italia, poniendo de relieve la alternancia entre programas materialistas e idealistas a la hora de constituirse como país. Esta segunda edición ha sido profundamente revisada para poner al día todos los acontecimientos vividos en Italia durante los siglos XIX y XX y ofrecer un nuevo apartado sobre los inicios del siglo XXI. Igualmente, se ha añadido un nuevo ensayo bibliográfico y una detallada cronología que hacen de la obra una fuente ideal para quienes busquen una historia de Italia rigurosa y concisa.
CHRISTOPHER DUGGAN, es profesor de Historia de la Italia moderna en la Universidad de Reading. Entre sus obras destacan A History of Sicily, con M. I. Finley y D. Mack Smith (1986), Fascism and the Mafia (1989), Francesco Crispi. From Nation to Nationalism (2002) y The Force of Destiny. A History of Italy since 1796 (2007). Su libro Fascist Voices. An Intimate History of Mussolini’s Italy (2012) fue elegido como «Libro de historia política del año» por los Political Book Awards de 2013.
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RAG
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Nota editorial:
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Nota a la edición digital:
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Título original
A Concise History of Italic (Second Edition)
1.ª edición, 1996
2.ª edición, 2017
© Ediciones Akal, S. A., 2017
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4263-1
Prefacio
Una historia de Italia a esta escala no puede pretender ser original ni exhaustiva. Mi intención es ofrecer un estudio sucinto, y espero que claro, de algunos de los principales aspectos que han tenido lugar en la península italiana desde la época de los romanos. Me he apoyado en gran medida en el trabajo realizado por otros, especialmente en los primeros capítulos y en los últimos pasajes del libro. Espero que los autores implicados hagan uso de su paciencia y acepten colectivamente mi agradecimiento más afectuoso. Por otra parte, debido a las limitaciones de espacio, no he podido evitar centrar mi exposición de manera primordial en temas políticos; sin embargo, y en contra de mi intención original, los acontecimientos han sido objeto de una atención especial. No obstante, he procurado introducir, en algunos puntos, la discusión sobre asuntos económicos, sociales y culturales, y en la introducción he atendido brevemente a la localización de Italia en Europa, su suelo, clima, recursos minerales y geografía física, así como la influencia de estos factores en su historia.
El principal problema de un trabajo como este es encontrar un hilo temático, lo cual resulta particularmente difícil en el caso de Italia, ya que el inicio de su corta vida se remonta a 1861 y, hablando con rigor, la historia de este país comienza entonces y no antes. Con anterioridad a esta fecha la península era un mosaico de Estados, cada uno con su propia historia y tradiciones. Una solución que se ha adoptado ocasionalmente ante esta dificultad ha sido dejar de lado la narrativa política y en cambio considerar a «Italia» de manera esencial como una «expresión geográfica», una unidad territorial a cuya historia podemos dotar de coherencia centrándonos en amplios temas socioeconómicos y culturales. Sin embargo, todo esto no resulta satisfactorio, ya que la unidad territorial es todavía la nacional-política y, en general, mantiene pocas relaciones manifiestas o naturales con tales temas.
Si existe un hilo temático en este libro, ese es el problema de la «construcción de la nación». Italia surgió entre 1859 y 1860 como fruto tanto del azar como de la planificación. Antes de 1860 sólo una insignificante minoría de personas creía en serio que Italia constituía una nación y que debería integrar un Estado unitario. Sin embargo, incluso esta minoría tuvo que admitir que a primera vista eran pocos los factores que justificaban su creencia: ni la historia ni la lengua, por ejemplo, apoyaban su caso. El resultado fue que, después de que se hubiera logrado la unidad, los gobernantes de Italia hubieron de enfrentarse a la difícil tarea de crear un sentido de identidad colectiva y someter a la población de la península a las nuevas instituciones nacionales. Con este fin alternaron soluciones «materialistas» e «idealistas», pero, en general, fracasaron en la empresa de encontrar una fórmula satisfactoria.
Los dos primeros capítulos del libro pretenden fundamentalmente poner de manifiesto los obstáculos, tanto naturales como históricos, que hicieron tan difícil la tarea de configurar una nación en Italia después de 1860. La función básica de estos capítulos no es otra que la de ofrecer una introducción a la parte principal del libro, que abarca los últimos doscientos años. Por consiguiente, las secciones que incluyen la Edad Media y el Renacimiento resultan superficiales en extremo. Comenzaremos con la caída del Imperio romano, ya que fue entonces cuando se inició la fragmentación política de la península. El capítulo final nos traslada directamente al momento presente. Sin embargo, Italia está atravesando en la actualidad una profunda crisis moral y política y esto hace que toda conclusión o veredicto sea más arriesgado que de costumbre. A decir verdad, no descarto la posibilidad de haber incurrido en un exceso de pesimismo.
El capítulo final llega hasta el presente. En la actualidad, Italia tiene ante sí enormes desafíos económicos. Aunque el resultado, en términos políticos, es muy difícil de predecir, las tensiones entre las identidades local, nacional y supranacional por las que tan a menudo se ha caracterizado la historia moderna del país van probablemente a hacer de Italia un barómetro de las tendencias europeas futuras..., como en muchas ocasiones importantes de los últimos dos siglos.
La primera edición de este libro apareció en la primavera de 1994, cuando Italia parecía estar en una encrucijada. Silvio Berlusconi acababa de ser elegido primer ministro, y los partidos políticos que llevaban dominando el país desde hacía casi medio siglo estaban siendo barridos por las secuelas de un enorme escándalo de corrupción y una muy aplaudida ofensiva de la judicatura. Casi veinte años después, las esperanzas generadas en esa época de cambio radical en la cultura política parece que no estaban justificadas. En muchos aspectos fundamentales, la llamada «Segunda República» ha resultado ser muy similar a la «Primera». Para la segunda edición, he puesto al día el último capítulo a fin de abarcar la extraordinaria era de Silvio Berlusconi, que ha dejado al país lidiando con problemas posiblemente mucho más graves que cuando asumió el poder por primera vez. También he hecho algunas pequeñas modificaciones en los capítulos anteriores a fin de reflejar recientes cambios en la investigación..., especialmente en relación con el Risorgimento y el periodo fascista.
Muchas personas tuvieron la amabilidad de revisar los borradores de la primera edición de este libro. Al hilo de esto, he de decir que estoy especialmente agradecido al profesor Adrian Lyttelton por haber leído el texto completo y haber realizado comentarios de suma perceptividad. Por su parte, Denis Mack Smith y los profesores Donald Matthew y John A. Davis leyeron capítulos concretos y me aportaron un extraordinario caudal de valiosísimas sugerencias. También leyeron capítulos específicos la doctora Shirley Vinall, el profesor Percy Alum, el doctor Jonathan Morris y la doctora Patricia Morison, a cuyos oportunos consejos quedo igualmente agradecido. Asimismo, el profesor Giulio Lepschy realizó cuantiosas mejoras a la primera sección y ayudó también con el mapa lingüístico de Italia, así como con la tabla de ejemplos lingüísticos. Quiero hacer llegar, por tanto, mi más sincero agradecimiento a todos aquellos que aportaron su inestimable ayuda en la confección de este libro, sin que ello me libre de toda responsabilidad derivada de los errores que en él puedan quedar.
Introducción
Hacia finales de la primavera de 1860, Giuseppe Garibaldi, un soldado extravagante e irregular que había pasado gran parte de su vida luchando en el extranjero al frente de una guerrilla, zarpó desde un puerto próximo a Génova rumbo a Sicilia. Lideraba a un abigarrado grupo de estudiantes y aventureros, de los cuales muchos no eran más que chiquillos que pretendían unificar Italia a bordo de dos pequeños barcos. Las perspectivas de éxito eran escasas, ya que el grupo estaba mal armado y muy pocos tenían experiencia en el arte de la guerra o la administración. Es más, estos personajes no constituían un paradigma prometedor de lo que debía ser la nación. Entre los mil combatientes se contaban húngaros y polacos y el contingente italiano incluía a un número desproporcionado de soldados procedentes de la pequeña ciudad septentrional de Bérgamo. Sin embargo, en el espacio de unos meses consiguieron conquistar Sicilia y las tierras del sur a los Borbones, y en marzo de 1861 Víctor Manuel II, rey del Piamonte-Cerdeña, fue proclamado primer rey de la Italia unificada.
El éxito de Garibaldi y los Mil fue tan destacable como inesperado e incluso, una vez que la euforia se hubo aplacado, muchos observadores moderados se preguntaron si el Estado italiano sobreviviría. Además, las dos grandes potencias continentales de aquel momento, Francia y Austria, amenazaban con invadir el nuevo reino, parcelarlo y reconstituir los Estados Pontificios, que durante el curso de la unificación habían sido anexionados por Víctor Manuel. Sin embargo, la más insidiosa amenaza a largo plazo para la supervivencia del nuevo Estado fue la ausencia de todo sentido real de compromiso o lealtad hacia el reino por parte de todos, excepto de una insignificante minoría de la población. Los nuevos gobernantes de la nación justificaban la exigencia de impuestos más duros, la realización del servicio militar (medidas a menudo severas y represivas) y la existencia de instituciones poco familiares, apelando a la santidad e inviolabilidad de la «nación» italiana, pero para la gran mayoría de los italianos la «nación italiana», «Italia» en sí misma, no significaba nada en absoluto.
Durante muchos años después de 1860, los intelectuales del país se mostraron obsesionados por la falta de lealtad al nuevo Estado. En un principio cabía la esperanza de que la introducción tanto de instituciones liberales como del libre comercio diera rienda suelta a toda la energía y a todo el talento aprisionado de un pueblo que le había aportado al mundo las civilizaciones de la antigua Roma y el Renacimiento. Todos imaginaban que esta nueva prosperidad iba a ser el embrión de un cierto apoyo al orden liberal y a sus líderes, pero en poco tiempo todo resultó ilusorio. A finales de la década de 1870 el desasosiego socioeconómico había empezado a corroer las viejas certezas; la desilusión aumentaba y, por si esto no fuera suficiente, comenzaron a aflorar nuevas ideas políticas de índole menos liberal que exigían soluciones al problema de cómo fomentar entre los italianos sentimientos de compromiso con el Estado. Estas ideas culminaron en el experimento fascista de las décadas de los veinte y treinta. La catástrofe de la Segunda Guerra Mundial dotó a Italia de sus valores más consistentes desde 1860. Nos referimos, claro está, a los valores antifascistas. Pero a partir de la década de los noventa estos fueron cambiando.
Una de las causas por las que la tarea de fraguar una «identidad nacional» colectiva resultaba tan difícil fue la ausencia, antes del siglo XIX, de cualquier sustrato político que apoyase la idea de una Italia unificada. Historiadores y propagandistas patriotas reclamaban el reconocimiento de una conciencia nacional en los conflictos acontecidos en las ciudades medievales (o «comunas») contra los sagrados emperadores romanos, o en el llamamiento de Maquiavelo para la expulsión de los invasores «bárbaros» en los albores del siglo XVI, pero todas estas interpretaciones cayeron en saco vacío. La historia de la península después de la caída del Imperio romano constituyó un episodio de confusión y división, un «tumulto de gentes, Estados e instituciones», según afirmó el filósofo Giuseppe Ferrari en 1858. En la misma línea, el historiador Arnold Toynbee apuntó que en la Italia central del siglo XIV había más Estados independientes que en todo el mundo en 1934. Dada esta tradición de fragmentación política, no resulta en modo alguno sorprendente que el común de los italianos se mostrara reacio a identificarse con el reino unificado después de 1860.
No queremos decir con esto que la idea de Italia careciera de todo sentido político antes del siglo XIX. En tiempos de Gregorio VII, en las postrimerías del siglo XI, el papado había instado a «todos los italianos» a resistir las pretensiones de soberanía en la península por parte de los emperadores alemanes, y ya en el siglo XIII Manfredo, el gobernador Hohenstaufen de Sicilia, había utilizado «Italia» como un varapalo con el que golpear a sus oponentes franceses. Sin embargo, el concepto no se empleó con amplitud y el llamamiento original alcanzó a escritores y poetas en detrimento de los políticos. Los humanistas del Renacimiento se mostraron especialmente entusiasmados con la idea, aunque es conveniente resellar que gran parte de su entusiasmo por el término Italia derivaba del extenso uso que los autores latinos, a los que ellos querían emular, habían hecho de dicho vocablo. En el transcurso del Risorgimento, el movimiento de reavivación nacional que tuvo lugar en la primera mitad del siglo XIX, un gran número de patriotas insignes eran, como Alessandro Manzoni, escritores profesionales o, cuando menos, se sentían fuertemente atraídos por la literatura, como Massimo d’Azeglio o Giuseppe Mazzini, por citar un par de ejemplos. Del mismo modo, una cantidad considerable de los componentes de los «Mil» de Garibaldi dieron cuenta de sus hazañas en 1860 e incluso el propio Garibaldi escribía poesía.
Si bien es cierto que la idea de Italia floreció con fuerza entre los hombres de letras, es justo decir también que los pensamientos de los expatriados y exiliados durante la Edad Media y las épocas posteriores aportaron mucho a la consolidación de esta noción. Es probable que ninguna otra región de Europa haya engendrado tantos emigrantes a través de los siglos, en parte porque la población de la península siempre ha tenido tendencia a superar los recursos disponibles y en parte también porque durante mucho tiempo el destierro fue el castigo común para los agitadores políticos. Bajo la influencia de la nostalgia y quizá juntos por primera vez, napolitanos y sicilianos, piamonteses y venecianos, pudieron poner punto final a sus diferencias y evocar una comunidad imaginaria de la que todos eran miembros. Brunetto Latini, el retórico florentino del siglo XIII, concluyó mientras se encontraba en el exilio que «Italia es mejor país que Francia». Por otra parte, Petrarca descubrió su gran amor por Italia en Aviñón y la devoción de Mazzini por la causa de la unidad italiana tomó cuerpo durante treinta años en los barrios londinenses.
Es verdad que el contacto con el mundo exterior generaba una conciencia de ser italiano, pero esta conciencia también descansaba sobre determinadas premisas culturales reales, al menos desde la Edad Media. Dante se quejaba de que la Italia de su época albergaba alrededor de un millar de lenguas diferentes, pero es bien cierto que comerciantes, mercenarios, artesanos, frailes y mendigos habitaron juntos en la península y presumiblemente se hicieron entender sin demasiadas dificultades. El desarrollo a partir del siglo XIV de una lengua literaria común basada en el toscano escrito reunió a las personas más ilustradas, mientras que los logros culturales y artísticos del Renacimiento, así como la enorme riqueza de las ciudades-Estado, dieron a muchos italianos un sentimiento de distinción y superioridad. El escritor del siglo XVI Matteo Bandello declaró, aludiendo a los logros conseguidos por exploradores como Cristóbal Colón o Américo Vespucio, que «nos pasamos los días enteros oyendo que el Nuevo Mundo ha sido descubierto por los españoles y los portugueses, cuando fuimos nosotros, los italianos, los que les mostramos el camino».
Sin embargo, estos destellos de nacionalismo cultural contrastaban en gran medida con la fragmentación política que había sufrido la península desde el siglo VI. Las sucesivas invasiones extranjeras, la plétora de Estados, las disputas sobre soberanía y las interminables guerras intestinas hicieron que la idea de Italia resultase difícil de concretar desde un punto de vista intelectual. Giuseppe Ferrari se aventuró a preguntar: «¿En qué consiste Italia? ¿Qué es lo que une a las repúblicas, a los tiranos, a los papas, a los emperadores? [...] Los eruditos no nos ofrecen respuestas; es más, lejos de guiarnos, su función se limita a dar fe del caos». La ausencia de todo rasgo unificador de claridad en el pasado de la península dio pie a una narrativa histórica italiana que pretendía ser coherente; una narrativa que dotaría de sustancia a la idea de Italia, pero que por otra parte resultaba extremadamente difícil de escribir, como pone de manifiesto el hecho de que ninguno de los intentos llevados a cabo por los eruditos humanistas en los siglos XV y XVI estuviera próximo al éxito, a excepción de Francesco Guicciardini. La primera Historia de Italia en inglés, escrita por el galés William Thomas en 1549, tenía un subtítulo revelador: Un libro de lectura sumamente provechosa, porque trata de la naturaleza de los muchos y diversos Estados, de cómo fueron y cómo son ahora gobernados.
La moda de los escritos históricos que tuvo lugar en Italia durante el Renacimiento declinó en el siglo XVII y nadie intentó continuar el propósito de Guicciardini de realizar una historia coherente de la península. Esto fue así en parte porque desapareció la preeminencia cultural de Italia sobre la que se había cimentado tanto sentimiento «nacional» durante el ocaso de la Edad Media. Además, los eruditos ya no contaban con mucho fundamento para considerar la península como un todo distintivo. No obstante, la aparición a principios del siglo XVIII de un movimiento intelectual conocido como la Ilustración comenzó a cambiar el panorama. Entre los ilustrados arraigó la idea de que los Estados italianos se habían quedado rezagados con respecto al resto de Europa, y esta idea, combinada con un nuevo interés por los temas económicos y sociales, motivó una vez más a los escritores a atender a la península como una unidad. En el trabajo histórico más destacable de este periodo, el Antiquitates Italicae Medii Aevi (1738-1742) de Ludovico Antonio Muratori, se logró una visión integrada de Italia en la Edad Media mediante el abandono del marco convencional de la narrativa política al centrarse, por el contrario, en amplias categorías tales como el derecho, el comercio y la guerra.
Sin embargo, los eruditos italianos de la Ilustración pertenecían a un movimiento cosmopolita y, consecuentemente, su preocupación no era tanto establecer una identidad italiana específica como poner a la península en sintonía con el resto de Europa mediante la supresión de anacronismos y privilegios feudales. Algún tiempo después, la Revolución francesa y el nacimiento de un nacionalismo romántico dieron al traste con este cosmopolitismo. En este momento la idea de Italia había adquirido una nueva complexión radical, ya que surgió la creencia de que la península no sólo era distinta, sino que constituía una «nación» que merecía ser tan independiente como Francia o Gran Bretaña. Los propagandistas recorrieron el pasado de Italia en busca de evidencias que respaldaran esta creencia, conscientes de que, tal como escribiera en 1850 el aristócrata piamontés Cesare Balbo, «en ausencia de un comportamiento virtuoso (y desafortunadamente este es el caso de los italianos), la historia se presta a un uso excepcional, puesto que constituye el mejor fundamento posible para un programa político nacional».
De cualquier modo el problema permanecía: ¿cuál era la esencia de Italia? Aquellos como Giuseppe Ferrari, que se mostraban a favor de una solución federal a la cuestión nacional, hacían énfasis en los conflictos que acontecieron en las comunas durante la Edad Media para lograr la independencia del Sacro Imperio Romano. Según este punto de vista Italia era la suma de todas sus partes autónomas. Por el contrario, aquellos como Cesare Balbo que esperaban que el papado asumiera un papel destacado en la forja de una nueva nación preferían hacer hincapié en la postura que los papas medievales adoptaron frente a los emperadores alemanes, restando importancia al hecho de que con frecuencia el papado y las comunas también se encontraban enfrentados. A veces, lo que en realidad no era más que una revuelta social o un conflicto local se consideraba como de índole «nacional». Michele Amari, gran historiador siciliano y futuro ministro de Educación, redactó un informe sobre el brutal levantamiento contra los franceses conocido como las Vísperas Sicilianas, que tuvo lugar en Palermo en 1282. Amari presentó el levantamiento como un episodio de nacionalismo revolucionario en vez de como una jacquerie[1], lo cual habría sido más prosaico y apropiado.
Las distorsiones a las que se vio sometido el registro histórico en tiempos de la causa nacional dan idea de hasta qué punto la prosperidad de la idea de unidad dependía de una bienintencionada suspensión de la incredulidad. Sin lugar a dudas, algunos patriotas veían la unificación como un medio para lograr objetivos económicos racionales del tipo de un mercado interno más amplio o una moneda uniforme. El problema es que estos patriotas no integraban una mayoría y además no resultaban especialmente influyentes. En líneas generales, el Risorgimento apelaba de manera prioritaria a las secciones de la clase media (profesionales, estudiantes o burguesía provincial) entre las cuales la idea de Italia despertaba fuertes y vagas emociones a la vez que no dejaban espacio para la reflexión. Eran ellos quienes aplaudían con entusiasmo cualquier alusión patriótica en las óperas de Giuseppe Verdi. El coro inicial de La battaglia di Legnano [La batalla de Legnano, 1849], por ejemplo («¡Viva Italia! Un pacto sagrado une a todos sus hijos»), fue acogida en su estreno con gritos enfervorecidos de «¡Viva Italia!». El tema de dicha ópera, la derrota del emperador Barbarroja a manos de la Liga Lombarda en 1176, constituyó uno de los episodios clave de la historiografía nacionalista.
Algunos patriotas se mostraron preocupados por la forma desmedida en que se utilizaba la retórica para ocultar la realidad de la situación italiana. El liberal piamontés Giacomo Durando, que apostaba por una solución federal a la cuestión italiana, afirmaba con amargura que «un poco de idolatría hacia el pasado, mezclada con sueños dorados de un futuro remoto, impide atender a la realidad del presente». Sin embargo, incluso los más sensatos sucumbieron a la creación de mitos y cábalas. El gran escritor católico Alessandro Manzoni calificó la Edad Media como un periodo de violencia y división más que como una era de protonacionalismo glorioso, y aun así sintió la necesidad de crear un mito histórico alternativo basado en la supuesta paciencia y humildad de los italianos corrientes a través de los siglos. A su entender, la esencia de Italia se encontraba en los momentos más oscuros y sosegados del pasado, como los tiempos que siguieron a las invasiones lombardas del siglo VI, o durante la ocupación española del siglo XVII, que sirvió de escenario para su obra más célebre, I promessi sposi[Los novios], novela histórica publicada por primera vez en 1827.
En la década de 1840, tanto el movimiento nacional como el deseo de ignorar las divisiones del pasado cobraron ímpetu. En abril de 1848 Manzoni preguntaba a Alphonse de Lamartine: «¿Acaso no has oído [...] que el peor de los agravios que se puede arrojar sobre este país es el de “diversidad” y que este [...] compendia una larga historia de sufrimiento y degradación?». Sin embargo, la visión humilde de unidad de Manzoni gozaba de muy poco favor por parte del público. Mucho más sugerentes parecían las difusas y al mismo tiempo grandiosas pretensiones de una magnificencia italiana encontradas en el programa democrático de Mazzini (con su noción gloriosa de una «Tercera Roma» que liberaría a toda Europa) y en los escritos de nacionalistas moderados como el sacerdote piamontés Vincenzo Gioberti. La obra de Gioberti Del primato morale e civile degli italiani [Sobre la preeminencia moral y civil de los italianos, 1843] gozó de una aceptación sorprendente a pesar de su pedestrismo y desaliento, en gran parte debido al mensaje bastante crudo sobre la superioridad cultural de la antigua y la moderna Italia.
El incremento de la producción literaria y retórica que se desprendió de la idea de Italia desempeñó un papel principal en la generación de un entusiasmo unificador, pero también supuso un lastre importante para el nuevo reino. La realidad de una Italia unida cayó en el ámbito de las expectativas, lo cual era inevitable ya que no resultaba fácil superar siglos de división política y atraso socioeconómico. Sin embargo, esta verdad dolorosa resultaba difícil de confesar y aún más difícil de aceptar. Un gran número de personas pertenecientes a todos los estratos sociales, desde terratenientes e intelectuales hasta obreros de las fábricas y campesinos, descargaron su ira sobre el nuevo régimen y sus líderes. Bajo amenazas y con una fe decreciente en lo conseguido, los gobernantes italianos comenzaron a jugar con medidas y métodos políticos que sólo contribuyeron a debilitar aún más la credibilidad del Estado liberal. El resultado fue una crisis de legitimidad que concluyó en 1922 con el nombramiento de Mussolini como primer ministro.
El régimen fascista trató de infundir deliberadamente un sentimiento de identidad nacional entre la población y vencer de este modo las discordantes lealtades locales, sectoriales y de clase que habían traído al país a la antesala de la ingobernabilidad en numerosas ocasiones desde 1860. Una vez desligado de las trabas ideológicas del liberalismo, el fascismo aprovechó el poder del Estado para ejercer la coacción y la manipulación. La propaganda, la educación y la guerra constituyeron sus principales armas de adoctrinamiento, mientras la antigua Roma fue elevada a la categoría de reserva histórica de la moral nacional y los valores políticos. Sin embargo, la funesta alianza que realizó Mussolini con el nazismo, unido a su empeño de importar doctrinas tan palpablemente ajenas como el antisemitismo, agotaron gran parte de la credibilidad del régimen. El fiasco que supuso la Segunda Guerra Mundial hizo el resto.
El declive del fascismo restó crédito a la retórica de la grandeza nacional (y, hasta cierto punto, a la misma idea de «nación») que había secundado el régimen de Mussolini. Sin embargo y de forma paradójica, este hecho ayudó a descifrar la identidad política del país. Sin lugar a dudas, la realidad de la derrota de 1945 no dejaba a los italianos más opción que integrarse en el marco del capitalismo democrático occidental. Sin embargo, la cuestión más general de la «identidad nacional» seguía vigente. La flamante República había nacido bajo la bandera del «antifascismo», pero la exclusión de la coalición de gobierno de 1947 de los comunistas, que era de todas las facciones la que con más claridad abominaba del fascismo, acabó con este concepto como principio unificador. La Iglesia, bajo el papado de Pío XII, procuró durante algún tiempo convertir a Italia en el buque insignia de la «Civilización Cristiana», pero el intento quedó en nada como consecuencia del auge del consumismo.
A partir de mediados de la década de los cincuenta, Italia se mostró como un país desprovisto de principios morales. Los democristianos, que dominaban el gobierno y en gran medida el Estado también, alabaron los valores católicos de cara a la galería y explotaron el temor al comunismo, pero paulatinamente se evidenció que su razón de ser no era otra que la conservación del poder en su propio beneficio. No en vano, su irrupción se debía en gran parte al enorme crecimiento económico experimentado tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en vista de la ausencia de un liderazgo moral manifiesto, la prosperidad material comenzó a generar expectativas que cada vez resultaron más difíciles de controlar. A principios de la década de los noventa, la República ha tenido que hacer frente a una crisis de autoridad desatada por la mala gestión de los fondos públicos, la presión para la integración europea, la corrupción y el terremoto ideológico que siguió a la caída del comunismo.
De la confusión generada por el desmoronamiento de lo que no tardó en llamarse la «Primera República» surgieron una serie de nuevos partidos políticos. El de más éxito fue Forza Italia, liderado por el hombre que dominó la política italiana durante casi dos décadas: Silvio Berlusconi. El extraordinario populismo de Berlusconi, entremezclado con acusadas vetas autoritarias, tal vez aportó cierto grado de estabilidad gubernamental. Pero el continuo desdibujamiento entre los intereses públicos y privados durante sus periodos de mandato no contribuyó en nada a aumentar la credibilidad de las instituciones. Cuando en la segunda década del siglo XX Europa se sumió en una galopante crisis financiera, la persistente debilidad moral y estructural del Estado italiano hizo tanto más difícil el reto de encontrar soluciones viables a las dificultades del país. En estas circunstancias, la probabilidad de que la ira popular pudiera –como tantas veces en el pasado– convertirse en el impredecible árbitro de la suerte política del país aumentó.
[1]Jacquerie: levantamiento campesino en Francia en 1358 cuyo nombre procede del de «Jacques Bonhomme», que se utilizaba familiarmente en la Francia medieval para designar a un campesino. Los campesinos asesinaron indiscriminadamente a todos los que se negaron a sumárseles y quemaron 200 castillos; su derrota fue seguida por represalias igual de crueles. [N. del T.]
1
Determinantes geográficos de la desunión
LA VULNERABILIDAD DE UNA LARGA PENÍNSULA
La historia de Italia está íntimamente ligada a su posición geográfica. Esto viene probado por el hecho de que durante siglos Italia constituyó la encrucijada de Europa. Al norte, los Alpes jamás fueron una cordillera tan infranqueable como sugería su altura, ya que de los 23 pasos principales, 17 ya habían sido utilizados con asiduidad en tiempos de los romanos. Los Alpes Cárnicos y Julianos al nordeste, de altura relativamente baja, suponían un punto de fácil acceso para los ejércitos invasores. Fue precisamente a través de ellos por donde entraron los visigodos, los hunos, los lombardos y otras tribus centroeuropeas en los siglos posteriores a la caída de Roma. En el curso de la Edad Media, el denso flujo comercial que circuló a través de los pasos Simplon, Brennero y San Gotardo resultó crucial para la prosperidad de Génova, Milán, Venecia y muchas pequeñas ciudades del valle del Po. Asimismo, la buena accesibilidad del paso Brennero para las carretas alemanas resultó especialmente importante para la economía veneciana.
La ubicación de Italia en el centro del Mediterráneo no fue menos importante que esta íntima conexión con el territorio continental europeo. Con su extenso litoral, sus playas de pendientes suaves y sus numerosos diques naturales, la península resultaba muy atractiva para los colonos de ultramar. Los griegos, procedentes de Corinto, Eubea y otros lugares de la península helénica, viajaron hacia el oeste aprovechando las corrientes, desembarcaron en Sicilia y en territorio meridional a partir del siglo VIII a.C. Los asentamientos comenzaron a aflorar y ya en el siglo IV Siracusa era la ciudad-Estado más importante del Mediterráneo. La corta distancia que separaba a Sicilia del norte de África (unos 160 kilómetros entre los dos puntos más próximos) hizo a esta isla especialmente propensa a los ataques procedentes del sur. Así, los cartagineses la invadieron en muchas ocasiones entre los siglos V y III a.C., y en el siglo IX d.C. fueron los árabes quienes irrumpieron en ella. En julio de 1943, Sicilia fue el primer territorio del Eje en ser conquistado por los aliados tras la victoria en la Campaña del Desierto.
Si bien esta posición central hacía la península vulnerable a los ataques, también es cierto que le ofrecía excelentes oportunidades para el comercio. Esto se produjo de modo muy especial durante la Edad Media, cuando el Mediterráneo era el centro de la vida comercial en Europa. Nápoles, Pisa, Génova y Venecia se enriquecieron básicamente porque supieron sacar partido a su posición a medio camino entre las rutas de las caravanas asiáticas y africanas y los mercados del norte de Europa, y se aseguraron un seudomonopolio en el tráfico de especias, colorantes y minerales preciosos. Los comerciantes italianos unieron España con el mar Negro y las factorías italianas comenzaron a aparecer en puntos tan lejanos como el mar de Azov. Las ingentes cantidades de madera sustentaron, al menos hasta el siglo XVI en que el roble comenzó a escasear, una vigorosa industria naval. Los buques genoveses en particular gozaron de renombre por su tamaño y navegabilidad, mientras que ya en el siglo XIII las galeras genovesas abrieron la ruta del Atlántico Norte.
El hecho de que Italia cortara el Mediterráneo en dos implicaba que las partes orientales y occidentales de la península tendieran a tener orientaciones diferentes. Hasta el siglo XV Venecia miró a Oriente Medio, cuyo arte y cultura, caracterizados por su gusto por el ornamento y el ritual, llevaban la huella de Bizancio. Por otra parte, la amenaza del islam, así como el desafío ortodoxo de los Balcanes, otorgó al catolicismo en Friuli y el Véneto un ambiente militante de distinción. Apulia, más al sur, miraba a Albania y Grecia y durante largos periodos su historia estuvo más ligada a sus vecinos que a la península. El litoral occidental se movía en una esfera diferente. En Roma, el papado fue forjado por fuerzas que emanaban de Francia y Alemania. Nápoles y Sicilia, por su parte, fueron durante siglos objeto de la codicia española, y el hecho de que el Renacimiento emergiera en las ciudades del oeste de la península se debió en parte a sus lazos económicos con los grandes centros culturales de Flandes y Borgoña.
Mapa 1. Posición de Italia en el Mediterráneo.
Mientras la posición de Italia en el Mediterráneo constituyó una ventaja durante la Edad Media, en el periodo moderno resultó más bien un obstáculo. La apertura de rutas en el Atlántico durante el siglo XVI y el avance del islam hacia el oeste, desplazaron el eje del comercio europeo hacia el norte. Como consecuencia, Gran Bretaña, Holanda y Francia se erigieron en las nuevas potencias dominantes. El declive económico de Italia se vio acompañado por la marginación política, como lo prueba el que durante el curso de los siglos XVII y XVIII los hechos acontecidos en la península dependieran de los asuntos de los grandes Estados del norte y el oeste de Europa. Asimismo, los cambios de dinastía y gobierno que se produjeron se vieron motivados por tratos compensatorios llevados a cabo en una mesa de negociación diplomática donde los propios Estados italianos tuvieron poco que decir sobre el asunto. Ahora bien, los intereses extranjeros en la península tenían más que ver con el ámbito cultural que con el económico. De este modo los habitantes del norte se vieron obligados a descender sobre el territorio de la península para salvar las ruinas de la antigua Roma o las obras de arte de Bolonia, Florencia y Nápoles.
Durante la primera mitad del siglo XIX, la cuestión del equilibrio de poder en Europa y las ambiciones de Francia en particular dieron a Italia una nueva significación geopolítica, lo que contribuyó en gran medida al proceso de unificación nacional. En los años transcurridos entre 1806 y 1815, durante las guerras contra Napoleón, Gran Bretaña ocupó Sicilia para mantener el Mediterráneo abierto al transporte marítimo y contener a la Armada francesa. Además, el hecho de que Italia fuese paso obligado hacia Egipto y la colonia inglesa más preciada, la India, concedió a la península una importancia añadida. Durante el decenio de 1850, cuando una vez más Francia parecía amenazar la estabilidad de Europa, el gobierno británico consideró con prudente benevolencia el movimiento patriótico en Italia. La idea de una potencia importante en el Mediterráneo que actuase como contrapeso a Francia resultaba atractiva. Es más, con Rusia y Austria compitiendo en los Balcanes y África atrayendo todos los intereses colonialistas, Italia se encontraba en una posición estratégica clave.
La situación de Italia en el Mediterráneo determinó en gran medida los parámetros de su política exterior en los años posteriores a 1860. Con un extenso litoral salpicado de ciudades que podían ser atacadas desde el mar (Génova, Nápoles, Palermo, Bari, Venecia e incluso Roma), parecía de vital importancia establecer relaciones armoniosas con Gran Bretaña, la más importante potencia marítima. Además, las principales líneas telegráficas y de ferrocarriles se extendían a lo largo de las llanuras costeras y, en caso de guerra, las comunicaciones entre el norte y el sur podrían ser fácilmente dañadas mediante bombardeos. Sin embargo, debido a sus características orográficas, Italia no pudo permitirse el lujo de concentrarse únicamente en la defensa naval, puesto que la presencia de dos potencias de primer orden y a menudo hostiles como Francia y Austria en sus fronteras septentrionales exigía el mantenimiento de un gran ejército. Esto se tradujo en un presupuesto militar descomunal y el proceder más inteligente por parte de Italia (y en general el más buscado) fue evitar compromisos que pudieran conducir a la guerra. Consecuentemente, los gobernantes de la península intentaron establecer responsabilidades defensivas con otros países.
Muchos creyeron, invadidos por la euforia originada por la prosperidad industrial y agrícola que tuvo lugar a mediados del siglo XIX, que la posición geográfica de la península podría redundar una vez más en su beneficio económico. El conde de Cavour describió en 1846 cómo la construcción de una red europea de ferrocarriles convertiría a Italia en «la más corta y fácil ruta de Oriente a Occidente» y cómo de este modo «la península recuperaría el esplendor comercial del que gozó durante la Edad Media». La apertura en 1869 del canal de Suez y del túnel de Fréjus bajo los Alpes un poco más tarde alentó esta idea. Se pensaba que Brindisi iba a tomar el relevo de Marsella como puerto más importante hacia la India y que tanto la marina mercante como los ferrocarriles italianos se verían transformados por el nuevo tráfico transcontinental. Sin embargo tales esperanzas no se vieron cumplidas, ya que las elevadas tarifas exigidas para cruzar el canal de Suez redujeron el volumen de entrada de artículos por este paso. Además, la flota italiana contaba con escasos barcos de vapor para beneficiarse de las nuevas rutas.
Una de las consecuencias de que el Mediterráneo no lograra emerger de nuevo como el eje central del comercio internacional fue el distanciamiento, cada vez mayor, entre el norte y el sur de Italia. En los albores de la Edad Media, la mitad meridional de la península se había beneficiado de los estrechos lazos que la unían a Bizancio y al mundo árabe. Además había disfrutado de un buen gobierno y un saludable grado de autonomía política. Como resultado, ciudades como Nápoles, Salerno, Amalfi y Palermo se convirtieron en excelentes centros de actividad comercial y cultural. No obstante, a partir del siglo XIII la situación comenzó a alterarse y el sur se distanció de África y Oriente Medio y mediante la conquista penetraron en la órbita de Francia y España. Relegados a la periferia del mercado europeo, jamás recuperaron la prosperidad que disfrutaron en siglos anteriores. Incluso los más arduos empeños del Estado italiano tras 1860 no lograron hacer que la economía del sur resultase competitiva o al menos autosuficiente.
Pero la geografía por sí sola no basta para explicar las diferencias entre el norte y el sur. No obstante, parece seguro que la proximidad del norte con respecto a los ricos mercados de Francia y Alemania influyó en la vida cultural y económica de esta zona y, por tanto, favoreció la desigualdad entre el norte y el sur de Italia. De hecho, por razones históricas, el valle del Po estaba más estrechamente vinculado al norte de Europa que a la península italiana. Hasta 1860, el Estado piamontés se había extendido a lo largo de los Alpes y con frecuencia sus gobernantes se habían sentido más a gusto en Chambéry que en Turín. Cavour, su primer ministro, conocía bien Francia e Inglaterra, pero todo lo más que se desplazó al sur de la península fue Florencia, a la que por cierto detestaba. La cultura lombarda mantuvo un marcado gusto por lo francés durante el siglo XIX y, por ejemplo, para el escritor Stendhal Milán era como una segunda casa. Por otra parte, Venecia había mantenido tradicionalmente contactos con Austria y el sur de Alemania, como prueba el hecho de que el puente de Rialto estuviera siempre atestado de mercaderes alemanes. Tanto es así que el comerciante y diarista patricio Girolamo Priuli escribió en 1509: «Alemanes y venecianos somos todos uno gracias a nuestra indeleble asociación comercial».
El sur de Italia estaba relacionado con una zona diferente de Europa. Separado de la rica zona comercial del norte por la cordillera de los Apeninos y la escasez de caminos, su cultura fue frecuentemente para los forasteros algo totalmente ajeno y extraño. Durante los siglos XI y XII los gobernantes normandos de Sicilia poseían harenes, tenían representantes islámicos y griegos y desarrollaron una visión hierocrática de la monarquía parecida a la de los emperadores de Constantinopla. A partir del siglo XV prevaleció la influencia española. Nápoles se convirtió en la ciudad de la picaresca, repleta de mendigos y vagabundos, con una Corte y una nobleza españolas y una población obrera que cubría de sobra las necesidades tanto de los más pudientes como del clero. Se perseguían títulos y privilegios con avidez y en todos los estratos sociales se hizo común la vendetta («venganza»). En Sicilia la Inquisición sobrevivió hasta 1782, y en el sur en general el catolicismo adquirió un carácter exuberante que repugnaría a muchos piamonteses y lombardos a su llegada después de 1860.
SUELO Y CLIMA
Si la posición de Italia en Europa y el Mediterráneo ha marcado la pauta de gran parte de su historia, la geografía interior de la península también ha dictado los aspectos principales de su vida económica y social. La península se encuentra dominada por montañas y altitudes accidentadas. Al norte, los Alpes dan acceso, tras el amplio y fértil valle del Po, a la prolongada cordillera de los Apeninos, una gran franja montañosa que desde Génova se extiende hacia el sur y atraviesa Italia central hasta Calabria y sigue luego hasta Sicilia. También Cerdeña es montañosa casi por completo. En gran parte de la península las montañas se proyectan sobre el mar, lo que genera estrechas llanuras costeras. Además del valle del Po existen otras zonas extensas de tierras bajas. Cabe reseñar que estas (la Maremma Toscana, la Campagna Romana o la llanura de Lentini en Sicilia) han sufrido hasta el presente siglo constantes avenidas de agua que se han precipitado desde las colinas adyacentes, barriendo todo cuanto han encontrado en su camino y formando enormes zonas de pantanos infestados de paludismo.
El carácter montañoso de la mayor parte del paisaje hizo a la península vulnerable desde un punto de vista ecológico. Los bosques que otrora revistieran las lomas hasta altitudes de varios miles de metros (tal como ocurre actualmente en el Parque Nacional de los Abruzos) constituyeron una protección vital contra la erosión del suelo, pero, una vez que los árboles comenzaron a ser talados con fines agrícolas, la capa superficial del suelo quedó expuesta a las lluvias torrenciales de otoño e invierno y fue posteriormente arrastrada. Además, esta no se repuso con rapidez. La maleza leñosa y resinosa que agarra en el Mediterráneo no produce humus fértil tras un proceso de deforestación, a diferencia del forraje de hoja caduca característico del norte de Europa. La deforestación también trajo consigo primaveras muy secas. De este modo parece claro que Italia ha tenido que hacer siempre frente a serios problemas relativos a su tierra. Además, la ausencia de controles concienzudos ha conducido constantemente a la infertilidad.
Figura 1. La desolación de las montañas del sur de Italia. Vista del monte Cammarata en Sicilia occidental. En primer plano, explotación de minas de azufre.
Junto a la vulnerabilidad de su suelo, Italia ha tenido que hacer frente a problemas de tipo climático. El paisaje montañoso ha garantizado siempre lluvia en abundancia incluso en el sur, con medias anuales de entre 600 y 900 milímetros sobre la mayor parte del país, alcanzando niveles superiores en las montañas alpinas y en otras áreas, particularmente en el oeste, expuestas a los vientos costeros. Las principales variantes se producen con respecto a la distribución de las lluvias a lo largo del año. Por ejemplo, el valle del Po tiene un clima de tipo «continental», con inviernos duros y veranos cálidos, siendo el otoño y la primavera las estaciones más lluviosas. Por otra parte, el centro y el sur de la península acogen un clima más «mediterráneo» con al menos el 80 por 100 de la lluvia en los meses de invierno, tierras resecas en verano y el caudal de ríos y arroyos a dos gotas o, en el peor de los casos, ni siquiera eso. Tradicionalmente, la principal preocupación de los agricultores italianos no ha sido tanto la cantidad de lluvia como la forma de almacenarla y beneficiarse de ella.
Este hecho ha requerido la intervención humana a gran escala. Durante siglos el problema en el valle del Po vino marcado por el exceso de agua, ya que los grandes ríos alpinos (Tesino, Adda, Oglio, Adigio, Brenta y Piave) siempre tuvieron tendencia a reventar los márgenes cuando alcanzaban las llanuras. Durante la Edad Media el mismo Po, especialmente en sus niveles más bajos, inundó con regularidad las zonas por las que transcurría. Más tarde, en el siglo XII, su curso se vio completamente alterado a partir de Ferrara como resultado de los desbordamientos, lo que derivó en la creación de un enorme y estéril pantanal. Hasta no hace mucho, fue el sur y no el norte el que gozó de una gran reputación por su riqueza agrícola y, hasta que no se construyeron grandes canales de regadío como el Naviglio Grande y el Martesana durante y después del periodo medieval, no se pudieron controlar las aguas del Po de forma gradual y convertir así la zona en una de las más ricas del continente.
En el centro y sur de la península, la zona rural también se vio sujeta durante siglos a la desmesurada intervención humana, aunque los resultados fueron en general mucho menos satisfactorios que los que se produjeron en el valle del Po. La presión de la población motivó la desaparición paulatina de los bosques, y las tierras comenzaron a cultivarse cada vez más cerca de las cimas de las montañas y colinas. Esto propició que en algunas zonas aparecieran laderas de magnífica disposición, como en la Toscana, donde en el siglo XVI el escritor francés Montaigne quedó atónito al descubrir que se estaban reemplazando bosques de castaños por vides «a lo largo de toda la ladera hasta la cumbre». En otras regiones, especialmente del sur, no se tuvieron en cuenta las consecuencias a largo plazo de la deforestación. Así, sin árboles, la antigua capa superficial del suelo fue arrastrada con facilidad mientras que los incontrolados torrentes de invierno trajeron consigo inundaciones primero y malaria después en las llanuras, impulsando cada vez a más gente hacia las montañas, lo que originó de este modo un círculo vicioso.
El paisaje italiano no ha sido el único factor que ha sufrido cambios dramáticos a través del tiempo; los cultivos y la vegetación también. Algunos árboles frutales de origen asiático como el pistacho, el melocotonero y el almendro hicieron su aparición antes de los romanos, mientras que el algodón, el arroz, el zumaque, las naranjas, los limones y las moreras fueron introducidos, probablemente, por los árabes, en el periodo comprendido entre los siglos V y X. Durante la Edad Media se cultivó la caña de azúcar en el sur y hacia el siglo XV, con un clima aparentemente más cálido, este cultivo podía encontrarse en lugares del norte de la costa oeste como Formia. El descubrimiento de América introdujo otros tipos de cultivos como tomateras, chumberas y el más importante de todos, el maíz, que, si bien distaba bastante de ser el cultivo ideal para el clima del norte de Italia, pronto se convirtió en el más importante cultivo de subsistencia. En el curso de los siglos XVI y XVII, las plantaciones de arroz se extendieron a lo largo del valle del Po, así como las moreras, que constituyeron la base de la tan significativa industria de la seda.
Mientras que una de las características de la agricultura italiana ha sido la transformación de los tipos de cultivos a través de los siglos (el trigo constituye una excepción importante, ya que se ha cultivado asiduamente en las regiones del sur desde los primeros momentos), existe otro rasgo, que aunque negativo ha sido más estacionario. Nos referimos a la ausencia de pastos fértiles y a la carencia, por tanto, de una ganadería de buena calidad, sobre todo de ganado vacuno. La consiguiente escasez de carne en la dieta italiana fue motivo de constante molestia para los europeos de más al norte, que no estaban acostumbrados a comidas compuestas únicamente de verduras y frutas que no incluían la carne de vaca o de cerdo. Montaigne aseguró que «en Italia un banquete es el equivalente a una comida ligera en Francia». La falta de pastos también imposibilitó la crianza de caballos fuertes, lo que se tradujo en que los agricultores hubieron de recurrir a mulas y bueyes para el transporte y arrastre. Esto, en la misma medida que el ínfimo grosor de la capa superficial del suelo o las condiciones de posesión de la tierra, ayuda a explicar por qué muchas de las innovaciones tecnológicas de la «revolución agrícola» no surtieron efecto en Italia.
Otra consecuencia importante derivada de la escasez de ganadería en Italia fue la falta de abono. Sin fertilizante el suelo se empobrecía con facilidad, y esto explica por qué grandes áreas de la península fueron a menudo abandonadas o dejadas sin cultivar. La falta, hasta finales del siglo XIX, de instrucción técnica por parte de la mayoría de los agricultores no mejoró las cosas. Por ejemplo, la rotación de los cultivos no se puso en práctica en algunas zonas de la península hasta el siglo XX y en la década de los cincuenta aún podía encontrarse el estiércol animal apilado en las calles de las ciudades de Sicilia, ya que los campesinos pensaban que «ensuciaría» la tierra. El bajo índice de producción agrícola ponía de manifiesto la pobre calidad del suelo italiano. A mediados del siglo XIX algunas zonas del sur sólo producían cuatro hectolitros de trigo por hectárea, mientras que la media del resto del país se situaba alrededor de los nueve hectolitros. Este dato es especialmente revelador si lo comparamos con las medias de otros países como los 16 hectolitros de Austria, los 19 de Francia o los 25, o quizá más, de Gran Bretaña.
Por supuesto existían zonas de riqueza agrícola, especialmente la Lombardía y el Piamonte, cuyos métodos agrícolas fueron alabados con entusiasmo por el economista Arthur Young en su visita a Italia en vísperas de la Revolución francesa. Sin embargo, el panorama general era desolador. La situación habría sido menos grave si la población se hubiera mantenido equilibrada con los recursos, pero a partir de finales del siglo XVII Italia, al igual que otros países europeos, comenzó a experimentar una aguda caída de los índices de mortalidad. El resultado fue que la población se disparó, pasando de unos 11 millones en 1660 a 18 en 1800 y casi 26 en 1860. Este hecho trajo consigo una crisis de la que los Estados del ancien régime no lograron desligarse. Tampoco la unificación resolvió el problema como revela el hecho de que las producciones agrícolas sólo mejoraran de manera insignificante durante las décadas posteriores a 1860, mientras que los ingresos per cápita comenzaron a descender en muchos lugares, como pueden indicar la incidencia de la enfermedad de la pelagra en el norte o las altas cotas de criminalidad en el sur (véase tabla 1).
Una respuesta tradicional al problema de la superpoblación ha sido la emigración. En el siglo XVI, una vez agudizadas las presiones demográficas, no resultaba difícil encontrar a italianos emprendedores por toda Europa. Estos eran generalmente artesanos que contaban con habilidades específicas que enseñar, como el tejido de brocado, la fabricación del vidrio o la elaboración de la mayólica. Ya en el siglo XIX la situación de desesperanza que cundía en las zonas rurales quedó reflejada en el número creciente de campesinos que emigró al extranjero. Hasta finales de siglo, la mayoría de ellos provenían del norte y normalmente encontraban trabajos temporales en los países de Centroeuropa, o incluso en Argentina donde ayudaban con la cosecha durante el verano austral. Otros se establecieron de forma permanente en Sudamérica, como lo demuestra la hilera de teatros de la ópera ubicados desde Río de Janeiro (donde Toscanini debutó como director de orquesta) hasta las profundidades de los bosques amazónicos. A partir de la década de 1880 los italianos del sur comenzaron a emigrar a gran escala, sobre todo a Norteamérica, ayudados por el abaratamiento de las tarifas transatlánticas que trajeron consigo los barcos de vapor (véase tabla 2).
La emigración alivió los problemas de las zonas rurales, pero no los solventó. La revolución constituía una alternativa posible. La esperanza de transformar el sufrimiento de los trabajadores de Calabria y Sicilia en un gran movimiento político que acabara con el orden vigente inspiró una sucesión de insurrecciones que se iniciaron con los carbonari en los primeros años del siglo XIX y se vieron continuadas a partir del decenio de 1830 por insurgentes republicanos como los hermanos Bandiera y Carlo Pisacane. Tras la unificación, el campesinado italiano continuó atrayendo a revolucionarios y utópicos. Mijaíl Bakunin, el gran anarquista ruso, pasó varios años en Italia intentando instigar levantamientos en las zonas rurales, y a partir de finales de siglo el Partido Socialista Italiano, a pesar de sus reservas ideológicas, encontró la mayor parte de su apoyo entre los jornaleros del valle del Po. Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial la estrategia del Partido Comunista Italiano se conformó en torno a los campesinos del sur.
Una de las razones por las que tantos subversivos creyeron en el potencial revolucionario del campesinado italiano fue el profundo desconocimiento de las peculiaridades de las zonas rurales. La mayoría de los republicanos, anarquistas, socialistas y comunistas más relevantes procedían de familias urbanas de clase media y, casi siempre, su conocimiento de las zonas rurales había llegado de una manera indirecta. Esta ignorancia se vio reforzada por el hecho de que existiera en Italia una división cultural, y hasta cierto punto económica, entre el campo y las ciudades (muchas familias campesinas consumían lo que ellos mismos cultivaban y no vendían sus productos en el mercado). En tales circunstancias, la idea romántica de que «el pueblo» era un ejército de soldados oprimidos en espera de que sus generales los condujeran a la tierra prometida para iniciar allí una vida más grata se hizo común. Además, esta idea sobrevivió a las cuantiosas indicaciones de que la mayoría de los campesinos eran profundamente conservadores, cuando no reaccionarios. El extremo hasta el cual los revolucionarios italianos estaban influidos por el legado «mesiánico» de la Iglesia católica es un asunto que pertenece al ámbito de las conjeturas.
Un grave obstáculo en el camino de los revolucionarios fue que los campesinos, a pesar de sus sufrimientos comunes, no formaban, en absoluto, una fuerza homogénea. Los jornaleros y arrendatarios del sur estaban sujetos a una desconcertante serie de contratos que pretendían evitar la formación de vínculos de clase. Algunos eran simultáneamente propietarios de pequeños terrenos, agricultores arrendatarios y jornaleros. Los privilegios y obligaciones feudales sobrevivieron en muchos lugares al menos hasta finales del siglo XIX y ayudaron a poner al campesinado de parte del orden existente. Tanto es así que, lejos de desarrollar relaciones hostiles, estos campesinos alentaron a los terratenientes locales. En las regiones centrales imperaba la aparcería y también era frecuente que los campesinos mantuvieran relaciones cordiales con los propietarios. A partir de la década de 1880, comenzó a surgir en el valle del Po un creciente ejército de jornaleros militantes, pero junto a ellos, particularmente en las montañas, se encontraba un gran número de minifundistas que a menudo hacían gala de un independentismo, catolicismo y conservadurismo feroces.
Las enormes diferencias de riqueza y posesiones entre el campesinado y el hecho de que la sociedad rural se encontrara frecuentemente dividida por la desconfianza y la competencia hicieron que las posibilidades de organizar un movimiento revolucionario continuo en el campo fueran escasas. Sin embargo eran frecuentes los levantamientos espontáneos y a veces violentos que aterrorizaban a las autoridades. El miedo al hambre y a los campesinos subversivos que incendiaban las oficinas fiscales, asesinaban policías e irrumpían en las prisiones fue una de las razones por las que durante el siglo XVIII los gobiernos italianos se embarcaron en serios programas de reforma social y económica. El éxito relativo de estas reformas sembró la incertidumbre sobre las medidas que habría que tomar en su lugar. Durante la mayor parte del siglo XIX, la represión fue el más común de los instrumentos de control social, sobre todo en los años inmediatamente posteriores a la unificación en 1860. Durante este periodo las autoridades pensaban, y con mucha razón, que el clero, los republicanos y los anarquistas intentaban indisponer al campesinado contra el Estado.
El problema de cómo aliviar las tensiones que se habían originado en las zonas rurales sin destruir o al menos cambiar el orden político y social básico fue motivo de preocupación para los gobiernos italianos durante el siglo XIX y principios del XX. Si Italia hubiera gozado de más recursos minerales, una posible solución habría sido construir la base manufacturera del país y trasladar la población rural sobrante a las ciudades. Sin embargo, la península no poseía carbón y sólo contaba con algunos depósitos aislados de lignito. Este es un factor de crucial importancia para el desarrollo de la economía moderna del país, ya que propició que la península quedara excluida en gran medida de la primera Revolución industrial del siglo XVIII y principios del XIX. De este modo, Italia no pudo superar su relativa desventaja energética hasta los años postreros del siglo XIX mediante la construcción de presas hidroeléctricas en los Alpes.
La escasez de carbón no se vio compensada por la abundancia de otros minerales. En la zona oriental de la isla de Elba se había explotado el mineral de hierro desde la época de los etruscos y los depósitos existentes en la zona de Brescia propiciaron una gran industria armamentística local (la armadura milanesa era especialmente apreciada en el siglo XV), aunque la cantidad producida nunca fue muy importante. La Toscana producía determinadas cantidades de sal, bórax y yeso en el valle de Cecina, además de mercurio y antimonio cerca del monte Amiata y ferromanganeso en el monte Argentario. Sicilia contaba con importantes yacimientos de azufre, que podrían haber proporcionado una mayor fuente de ingresos si hubieran sido explotados de una forma más apropiada. La región más rica en minerales era Cerdeña, que contaba con depósitos de plomo, cinc, plata, bauxita, cobre, arsénico, barita, manganeso y fluorita. Tras la Segunda Guerra Mundial, se descubrió gas metano en el valle del Po y petróleo en la costa siciliana, pero esto no evitó a Italia su dependencia del petróleo importado para la mayoría de sus necesidades energéticas.
Con escasos minerales y una gran cantidad de población rural subempleada, no sorprende que las primeras industrias italianas estuvieran estrechamente vinculadas a la agricultura. La difusión de las moreras por el valle del Po después del siglo XVI, por ejemplo, favoreció el desarrollo de la producción de seda. Los capullos, que eran cultivados principalmente por pequeños campesinos (o, para ser más precisos, por sus mujeres), eran transformados en telas semiacabadas en telares movidos por agua. La gran cantidad de ríos de corriente rápida contribuyó a la prosperidad de esta industria y a finales del siglo XVII Bolonia, con un centenar de fábricas de seda aproximadamente, era la ciudad más mecanizada de Europa. En el Piamonte y la Lombardía, las dos regiones más productivas, las fábricas estaban ligadas a la agricultura de las zonas montañosas menos fértiles y, por lo que a la labor se refiere, dependían principalmente del trabajo temporal proporcionado por el campesinado local y muy en particular por las mujeres.
