Historia escandalosamente breve de la medicina - Jacalyn Duffin - E-Book

Historia escandalosamente breve de la medicina E-Book

Jacalyn Duffin

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Beschreibung

Una historia concisa de la medicina occidental, ordenada conceptualmente en torno a los grandes campos de interés médico: anatomía, farmacología, obstetricia, psiquiatría, medicina familiar... Cada capítulo comienza en la Antigüedad y termina en nuestros días. A lo largo de la narración, la autora muestra que la medicina es un reflejo de la sociedad del momento, y que los asuntos de interés van más allá de los "grandes hombres" y los "grandes descubrimientos" para abarcar también ideas, enfermedades, pacientes, instituciones y grandes equivocaciones. Actualizada hasta los últimos avances y debates sobre la bioética y la perspectiva de género, la experiencia pedagógica de Jacalyn Duffin como historiadora de la medicina en la Universidad de Queen, en Ontario, contribuye a hilar un relato fascinante y sumamente accesible.

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Título original: History of Medicine: A Scandalously Short Introduction

© University of Toronto Press

Original edition published by University of Toronto Press

Toronto, Canada

© De la presente edición: Editorial Melusina srl

© De la traducción del inglés: Albert Fuentes

www.melusina.com

Primera edición, 2018

Edición digital, 2021

Reservados todos los derechos

Diseño e ilustración de cubierta: Juan García

eisbn: 978-84-18403-30-9

Para mis alumnos

pasados, presentes y futuros

Doctor, me duele el oído.

2000 a. de C. Tome. Cómase esta raíz.

1000 a. de C. Comer raíces es cosa de bárbaros. Mejor rece esta plegaria.

1850. Rezar es de supersticiosos. Bébase esta poción.

1930. Esa poción es aceite de serpiente. Engulla esta pastilla.

1970. Esa pastilla no es efectiva. Tómese este antibiótico.

2000. Ese antibiótico es artificial. Tome. Cómase esta raíz.

Anónimo, «Historia de la medicina», texto que circulaba por internet entre 1997 y 1998.

Contenido

Contenido

Prólogo a la segunda edición

Agradecimientos

1. Introducción: Héroes y villanos en la historia de la medicina

2.El cuerpo fabricado: Historia de la anatomía

3.La vida interrogada:Historia de la fisiología

4.Una ciencia del sufrimiento: Historia de la patología

5.Lo primero es no hacer daño: Historia del tratamiento, la farmacología y las farmacéuticas

6.Sobre la formación y carrera de un doctor: Educación habilitación, sueldo y bioética

7.Plagas y pueblos: Historia de las enfermedades epidémicas

8.¿Por qué es especial la sangre? Conceptos cambiantes de un humor vital

9.Tecnología y enfermedad: Estetoscopios, hospitales y otros artilugios

10.Trabajos manuales: Historia de la cirugía

11.Medicina de mujeres y mujeres de medicina: Historia de la obstetricia, la ginecología y las mujeres

12.La lucha con los demonios: Historia de la psiquiatría

13. Sin bebés no hay nación: Historia de la pediatría

14.Una joya polifacética: Decadencia y renacimiento de la medicina de familia

15.Cuando el paciente es plural: Salud pública e internacional

16.El sabueso y la ciencia: Cómo investigar un tema de historia de la medicina

Apéndice. Objetivos didácticos de este libro

Prólogo a la segunda edición

Escribí la primera edición de este libro a finales de la década de 1990 porque mis alumnos de medicina me insistían en que publicara mis lecciones. Dudé durante una larga temporada porque mi experiencia era escasa. Me decían que podía servir como guía para estudiantes, médicos interesados y docentes no historiadores que quisieran incorporar la historia a sus clases de medicina. Por mi parte, tenía la esperanza de que un libro como este pudiera hacer accesible la medicina a alumnos de otros campos, tales como la historia, la filosofía y la sociología —aunque la estructura temática resulte inusual para las carreras de letras—. Sin embargo, cuando me puse a la tarea de transformar mis presentaciones orales, dictadas en la comodidad del ámbito privado, en letra pública, me topé con mi propia falta de erudición (como era de prever) y me vi intimidada por el gran número de trampas (precisamente aquellas que detallo en el capítulo 16) en las que me arriesgaba a caer. Sin poderme proteger tras arbóreas notas a pie de página y el aparato académico de rigor, empecé a sentirme desnuda en territorio enemigo: cada frase se convertía en un campo de minas; cada palabra que elegía era una pequeña bomba de relojería a punto de explotar en cualquier momento.

Las reseñas fueron amables y mi «escandalosa» historia disfrutó de un éxito mayor del que había imaginado. Algunos lectores me escribieron para sugerirme ampliar algunos aspectos o corregir errores. Aunque el libro iba dirigido descaradamente a un público lector canadiense, me sorprendió descubrir (y supongo que a mi editor también) que encontraba lectores, figuraba en planes de estudios, se reeditaba y traducía en el resto de Norteamérica, Europa y Asia.

Esta nueva edición presenta un texto actualizado para incluir las novedades ocurridas en la última década tanto en el campo de la medicina como en el de la historia; asimismo, pretende dirigirse a un público más amplio. Se han revisado todos los capítulos; los ejemplos se han ampliado y se han añadido nuevas secciones sobre múltiples temas, como, por ejemplo, genética, hospitales, bioética, industria farmacéutica, biotecnología, medicina nazi, terapias alternativas, así como un capítulo íntegramente nuevo sobre salud pública e internacional. A los ejemplos canadienses se añaden ahora muchos más procedentes de otros países, en especial de Gran Bretaña y Estados Unidos, pero también de otras latitudes.

Alrededor de 2006 se me planteó otro reto: a algunos estudiantes no les gustaba el libro porque eso era precisamente lo que era, un libro. La metodología pedagógica basada en clases presenciales y lecturas se considera hoy «tradicional». Los depósitos de las bibliotecas son hoy espacios vacíos y cavernosos, y los anaqueles están siendo sustituidos por terminales informáticos. Docentes y médicos —entre los que me cuento— desarrollan sus investigaciones merced a la gratificación instantánea que procura ese milagro que es Google, la información llega en concisos disparos y los períodos de atención son cada vez más breves.

Los expertos en internet pueden estar tranquilos: hay planes para una edición electrónica. De hecho, las «Sugerencias de lecturas complementarias» ya están colgadas en la red. Entretanto, como la historiadora que soy, con alegría os pido que prestéis atención a esta admirable y venerable tecnología que es la impresión sobre papel. Variopintos, duraderos, portátiles y muy agradables de sostener, tocar y oler, los libros pueden acompañarte en excursiones en canoa o en la bañera, sin electricidad ni temor a morir electrocutado. Y al final, a diferencia de lo que ocurre con el flujo desechable de las páginas web, los libros son testimonios de un determinado momento en el tiempo y en el espacio, convirtiéndose en fuentes históricas por sí mismos. Tal vez sea cierto que los libros son una especie en peligro de extinción, pero durante casi seiscientos años han transmitido tanto saber médico que parece razonable emplear unas páginas encuadernadas para vehicular el pasado de la medicina.

Agradecimientos

Las ideas históricas, como las enfermedades, pueden ser hereditarias y contagiosas. En estas páginas, mi mentor, Mirko Grmek, pudo constatar, justo antes de su fallecimiento, en qué medida me había transmitido su formación histórica y médica; soy una agradecida heritière. El entusiasmo infeccioso de mis editores y su confianza en el resultado fueron catalizadores decisivos, en primer lugar, para que mis ideas encontraran acomodo en un libro y, más tarde, para embarcarme en esta segunda edición: vaya, pues, un agradecimiento especial a Gerald Halllowell y Len Husband. Tampoco existiría este libro sin el apoyo de la Queen’s University y las maravillosas oportunidades para la docencia que me brindó la cátedra Hannah, generosamente financiada por Associated Medical Services, una organización canadiense que fomenta la innovación en el campo médico.

Estoy en deuda con muchos precursores cuyas obras, mucho más ambiciosas, me resolvieron numerosos problemas que fui encontrando, y quiero manifestar también mi agradecimiento por los comentarios de profesionales, tanto de la medicina como de la historia, a los que incordié para que leyeran pasajes de este libro en su primera versión.

Muchos fueron los que contribuyeron a esta obra leyendo capítulos, respondiendo a mis preguntas, ofreciéndome sugerencias creativas y aportándome ilustraciones. Para la primera edición, los titulares de la cátedra Hannah Paul Porter y Charles G. Roland, así como Cherrilyn Yalin, Martin Friedland y un revisor anónimo de la editorial, tuvieron la amabilidad de comentar los borradores de todo el manuscrito. Asimismo, por sus excelentes consejos sobre aspectos concretos, estoy en deuda con varios amigos y colegas: Ian Carr, Peter Cruse (ya fallecido), Dale Dotten, Eleanor Enkin, Murray Enkin, Anita Johnston y Felicity Pope. Por motivos parecidos, dejo constancia aquí de la generosidad de mis colegas en el Queen’s College Alex Bryans, Prakash Burra, Gerald Evans, Pamela Frid, Charles Graham, Charles Hayter, R. Neil Hobbs, Steve Iscoe, Gerald Marks, Steven Pang, Terrie Romano, Joan Sherwood, Duncan G. Sinclair, Lucinda Walls y James L. Wilson.

Durante la última década, varios reseñistas y colegas han descrito el uso que le han dado al libro y sus expectativas para una nueva edición. En particular, doy gracias a Melanie Colpitts, Jayne Elliott, Heiner Fangerau, Bert Hansen, Geoff Hudson, Margaret Humphreys, Ross Kilpatrick, Joel Lexchin, Christopher Lyons, Pamela Miller, Sheila Pinchin, Susan Phillips, Roy Porter (ya fallecido), Paul Potter, Ana Cecilia de Romo, Todd Savitt, Anne Smithers, Meryn Stuart, Lewis Tomalty, los maravillosos trabajadores de la Biblioteca Bracken, y una vez más, como siempre, a Robert David Wolfe y Cherrilyn Yalin.

Mis alumnos son también mis maestros, y los críticos más severos. Sus insistentes peticiones de un texto introductorio me decidieron finalmente a hacer algo a lo que durante largo tiempo me había resistido. Para la primera edición, varios de mis alumnos leyeron con alegría juvenil algunos capítulos, en una suerte de prueba de conducción que dejó su impronta en la versión definitiva del libro. Todos ellos antiguos estudiantes de medicina, son hoy doctores: Hershel Berman, Matthew Bowes, Ruttan Bhardwaj, Darryl da Costa, Leigh Eckler, Kymm Feldman, Diana Fort, Fiona Mattatall y Matteus Zurowski; además de los antiguos estudiantes de grado Elaine Berman, Jennifer Marotta y Megan Nichols. Sin su alentadora confianza en la futura utilidad de este libro, la primera edición jamás habría visto la luz.

Para la segunda edición, otra intrépida banda de alumnos de la Queen’s University y jóvenes doctores me brindaron sensatas sugerencias, críticas e inspiración, o leyeron pacientemente los capítulos actualizados. Entre ellos, se cuentan Courtney Casserly, Dan Finnigan, Rebekah Jacques, Raed Joundi, Ahmed Kayssi, Jessica Liauw, Melissa Pickles, Paul Uy, Mary-Clair Yelovich y Julia Cameron Vendrig. Ojalá encuentren utilidad a esta nueva versión (¡aunque esté impresa en papel!). Se la dedico con toda mi gratitud.

Algunos lectores seguirán encontrando errores; otros se quejarán de que continúo omitiendo sus temas favoritos. Espero que me lo hagan saber y me ayuden así a que la siguiente edición sea mejor.

1. Introducción: Héroes y villanos en la historia de la medicina*

Mi recomendación es que el doctor ha de ser, llana e inequívocamente, un humanista.

Robertson Davies, «Can a Doctor Be a Humanist?» (1984).

El juego de los héroes y villanos

A principios de otoño, los alumnos recién matriculados en la facultad de medicina de la Queen’s University juegan a un juego llamado Héroes y Villanos. Como si se tratara de una actividad para romper el hielo en una fiesta, el juego presenta tres de los ingredientes de su futura educación: la biblioteca, la asignatura de alfabetización informacional y la historia de la medicina. Los alumnos se dividen en equipos para colaborar con uno o dos compañeros de su elección. De una tabla colgada en internet, eligen un nombre de la historia de la medicina (véase tabla 1.1). La tarea consiste en encontrar algún texto escrito por esa figura histórica (una fuente primaria) y algo escrito sobre la misma (una fuente secundaria), y decidir si la persona en cuestión es un héroe, un villano o ambas cosas a la vez. A continuación, los estudiantes se preparan para presentar sus hallazgos en clase y redactan un breve informe acompañado de la correspondiente bibliografía. Hay premios en juego.

Tabla 1.1

«Héroes» y «villanos» de la historia de la medicina: Planilla del juego.

Repartid el trabajo entre los distintos miembros del equipo.

Usad el catálogo y los recursos de referencias de la biblioteca (o bibliotecas) para localizar:

1. Por lo menos un texto escrito por cada persona;

2. Algo sobre cada persona.

¿Es la persona un «héroe», un «villano» o ambas cosas? ¿Por qué?

Tened en cuenta los objetivos enumerados (abajo) y entregad unas breves conclusiones por escrito con referencias bibliográficas. La redacción de los informes puede correr a cargo de todo el equipo o de distintos grupos dentro del equipo.

Abbott, Maude

Al-Razi (Abū Bakr

Muhammad ibn Zakarīyā al-Rāzī)

Apgar, Virginia

Areteo de Capadocia

Arnau de Vilanova

Austin, J. L. «Blimey»

Avicena (Ibn Sina)

Baltimore, David

Banting, Frederick

Barry, James Miranda

Beaumont, W. R.

Bernard, Claude

Bethune, Norman

Blackwell, Elizabeth

Caius, John

Carrel, Alexis

Celso

Chadwick, Edwin

Charcot, Jean Martin

Chisholm, Brock

Domagk, Gerhard

Egas-Moniz, A. A. C.

Erasístrato

Esquirol, J. E. Dominique

Freud, Sigmund

Gadjusek, D. Carleton

Galeno

Gallo, Robert

Grenfell, Wilfred

Hahnemann, Samuel

Halsted, William

Harvey, William

Herófilo

Hildegarda de Bingen

Hipócrates

Hunter, John

Hunter, William

Jackson, Mary Percy

Jenner, Edward

Kelsey, Frances Oldham

Koprowski, Hilary

Krugman, Saul

Kubler-Ross, Elisabeth

Lexchin, Joel

Mackenzie, James

MacMurchy, Helen

Maimónides

McBride, William

McKenzie, Robert Tait

Mitchell, Silas Weir

Morgentaler, Henry

Müller, P. H.

Neisser, Albert

Nelles (Pine), Susan

Nightingale, Florence

Olivieri, Nancy

Osler, William

Paracelso

Paré, Ambroise

Pasteur, Louis

Pauling, Linus

Pinel, Philippe

Rush, Benjamin

Sarrazin, Michel

Simpson, James Young

Sims, James Marion

Smith-Shortt, Elizabeth

Sorano de Éfeso

Stopes, Marie

Stowe, Emily

Sydenham, Thomas

Trota de Ruggiero

Trout, Jenny

Vesalio, Andrés

Virchow, Rudolf

Wagner-Jauregg, J.

Watson, James D.

Withering, William

Wright, Almroth

Objetivos didácticos

1. Distinguir entre los distintos tipos de monografías (un solo autor, volumen editado, antología póstuma, traducción, facsímil, etc.).

2. Aprender a buscar en los catálogos en línea para obtener la máxima efectividad (autor, materia, palabras clave).

3. Conocer los rudimentos de los lenguajes de indización.

4. Comprender el significado de las fuentes primarias (obras de los autores) y las se-cundarias (obras sobre los autores).

5. Reconocer que toda historia (incluida la historia de la medicina) es un proceso interpretativo que depende en gran medida del presente.

La lista de posibles héroes y villanos comprende figuras de la Antigüedad, ganadores del premio Nobel, mujeres y glorias locales. La lista no tiene nada de especial: se podría crear un sinfín de alternativas adecuadas a los recursos de otras bibliotecas y lugares. La sesión en la que los alumnos ponen en común sus trabajos —a la que llamamos debriefing— suele realizarse al día siguiente. Si hace bueno, la clase se reúne en el jardín.

—¿Quién quiere empezar? —pregunto. Doy la palabra inmediatamente a los pocos que se presentan voluntarios. A menudo, sin embargo, mi pregunta es recibida con un silencio sepulcral.

—¿Quién ha elegido a Hipócrates? —pruebo a continuación. Murmullos y dedos acusadores identifican a una pareja reacia pero, por lo general, sonriente que comparte con sus compañeros de clase lo que hayan averiguado sobre el médico griego de hace dos mil quinientos años. Cuando concluyen la exposición, les pregunto—: ¿Fue un héroe o un villano?

—Un héroe, desde luego.

—¿Por qué? —Un abanico de respuestas justifican su parecer.

Por mi parte, interpreto el papel de abogado del diablo.

—Se cree que Hipócrates —les digo— prohibió el aborto y el uso del bisturí. Además, solo enseñaba medicina a hombres. —Pero los alumnos no dan su brazo a torcer y pasamos al ejemplo siguiente.

Tras ese par de minipresentaciones forzadas, son muchos los voluntarios que me reclaman ruidosamente la palabra para hablarme del distinguido personaje cuya vida y obra han estudiado. La falta de tiempo no nos permitirá cubrir todos los temas. A veces tengo que interrumpir a uno de los intervinientes para que los demás tengan la oportunidad de participar. (Una vez, dos estudiantes adoptaron por iniciativa propia los personajes que habían elegido y obsequiaron a sus compañeros de clase con una representación teatral de Avicena y Paracelso debatiendo sobre la necesidad simbólica de quemar libros.) La promoción de 2013 acudió al debate con música, poesía, piezas teatrales y disfraces.

La hora pasa volando y cada vez me preocupa más que nadie se lleve el premio y que el juego no sirva para nada. Empiezo a pedir exposiciones sobre villanos que provocaron célebres controversias. Pero por más que intente ventilar las facetas más turbias de algunos casos particulares, los alumnos siguen resistiendo mis embates. Por fin, alguien, quizá una voz anónima en la multitud, terminará respondiendo a la pregunta de «héroe o villano» con un «Depende de cómo se mire».

—¿Qué has dicho? —pregunto—. Más alto. —Entonces se lo pregunto a toda la clase—: ¿Qué ha dicho? —La clase lo repite. Acto seguido, entre las risas y aplausos de sus compañeros, el avergonzado alumno o alumna recibe a la vista de todos el primer premio del concurso, una antología de artículos de William Osler, y empiezo a relajarme.

Con los años he llegado a la conclusión de que los estudiantes de medicina tienen la costumbre de considerar a sus predecesores con una incondicional veneración, muy parecida al temor religioso. «Sí, es posible que Hipócrates recomendara no utilizar en ningún caso el bisturí, pero es un héroe porque sostuvo que las enfermedades tenían un origen natural». «Sí, es posible que Alexis Carrel fuera un filonazi, pero es un héroe porque puso los cimientos del trasplante de órganos». Incluso después de las escandalosas revelaciones que insinúo durante la clase, casi todos los alumnos concluyen sus trabajos esgrimiendo poderosas razones para justificar que su personaje es un héroe. En las dos décadas que llevo planteando este juego, solo un puñado de alumnos ha tenido la osadía de proclamar que sus personajes eran villanos, aunque ese veredicto tampoco les vale un premio en el concurso.

Son pocos los estudiantes que se cuestionan la premisa de establecer juicios de valor sobre el pasado. Pero si uno de ellos me pregunta «¿Por qué hacemos esto?», también gana el premio, al igual que el que responde con un «depende». Como es lógico, los alumnos de primer año quieren encontrar héroes en el pasado. Con el alivio de haber superado un dificilísimo proceso de selección para entrar en la carrera, encaran con optimismo e idealismo cuarenta años o más de trayectoria en la profesión elegida. El día de la graduación, la mayoría de esos alumnos todavía se acuerda del personaje histórico sobre el que investigaron en su primera semana de formación. El juego les ofrece un modelo histórico, pero también llama su atención sobre el presente y futuro de la medicina.

Lo importante

Reviste escasa importancia para el estudiante el saber que un oscuro libro sobre un tema abstruso, firmado por un autor de nombre impronunciable, fue publicado en una fecha u otra. En cambio, reviste gran importancia para el estudiante el estar familiarizado con ... «el clima de opinión» en el que se enmarcan los hechos intelectuales de un período u otro.

Cecilia Mettler, History of Medicine

(Filadelfia y Toronto: Blakiston, 1947), p. xii.

La premisa del juego de Héroes y Villanos coincide con la de este libro. La historia de la medicina, al igual que toda forma de historia y que la práctica y la ciencia médicas, tiene por objeto preguntas y respuestas, pruebas e interpretaciones. Algunas preguntas son mejores que otras; algunas fuentes son más fiables que otras; y algunas interpretaciones son más sólidas que otras. Los buenos historiadores son sabedores del peligro de proyectar sus deseos y valores en coyunturas y textos históricos. La historia invita a los estudiantes a sopesar por qué las cosas han terminado siendo como son y de qué forma han cambiado. Les reta a explicar por qué algo que nos parece hoy absolutamente descabellado pudo parecer antaño perfectamente cabal. Y les recuerda la posibilidad de que en un futuro hayan de renunciar a las mismas ideas y «hechos» que se disponen a estudiar. En consecuencia, la historia es una magnífica maestra en los ideales de un aprendizaje que ha de alargarse durante toda la vida del médico.

Instrucciones de uso de este libro

Este libro tiene su origen en mis clases a alumnos de medicina y se rige por una estructura organizada en torno a unidades didácticas de naturaleza conceptual. Se han escrito numerosos artículos y libros que explican por qué los estudiantes de medicina han de recibir formación en historia y por lo menos otras tantas publicaciones ofrecen consejos sobre cómo hacerlo de forma efectiva. En cierto sentido, este libro representa tan solo uno de los numeroso métodos posibles. En la Queen’s University, en vez de constituirse en una asignatura o seminario independiente, la historia se infiltra en todo el plan de estudios y se enseña como parte integrante de las distintas disciplinas médicas y científicas que se estudian en la carrera.

Pero el público al que aspira este libro va mucho más allá de los estudiantes de medicina e incluye lectores en general y estudiantes de cualquier disciplina, humanidades y ciencias sociales incluidas. A diferencia de los manuales de historia al uso, la estructura no sigue aquí una cronología general; los capítulos se centran en varias disciplinas de la enseñanza médica y se suceden en un orden que refleja la estructura de los estudios de medicina en la Queen’s University. En consecuencia, pueden leerse en cualquier orden. Todos los capítulos ofrecen una cronología, así como una muestra de temas o cuestiones que preocupan a los historiadores y rigen la investigación actual. Algunos acontecimientos se desarrollan conforme a la bibliografía más reciente, mientras que otros se omiten. Aquellos lectores que se dediquen a la enseñanza de las humanidades encontrarán repartidos por todos los capítulos cuestiones de género, raza, clase y periodización histórica.

Los objetivos de nuestro programa de estudios son los mismos que los de este libro: (1) concienciar sobre la importancia de la historia (y de las humanidades en general) como disciplina de investigación que enriquece la comprensión de la medicina actual; y (2) infundir un sano escepticismo con respecto al «dogma» del resto del plan de estudios.

Dichos objetivos han recibido críticas por carecer de fundamento y ambición; a veces también han sido considerados perjudiciales. Pero no nos proponemos convertir a los futuros doctores en historiadores; al contrario, lo que les ofrecemos es una herramienta conceptual suplementaria en su aprendizaje de la medicina. Los alumnos de esta carrera son jóvenes inteligentes. Aunque el último contacto que tuvieron con las humanidades fuera en secundaria, no tardan en captar que un debate en torno a preguntas y contexto es una emocionante aventura intelectual. Con su esfuerzo por alcanzar esos objetivos, los alumnos aprenden, qué duda cabe, algunas cosas sobre el pasado. Sin embargo, pueden elegir los acontecimientos que les resulten más relevantes para sus proyectos vitales y profesionales. Nombres, fechas y factoides son menos importantes que las ideas. La buena historia ha de basarse en referencias precisas a tales detalles, pero es, por encima de todo, una forma de pensar.

Este libro no se propone ser exhaustivo. Aspira a ofrecer una sucinta panorámica de la historia de la medicina occidental basada en la bibliografía académica más reciente y con referencias a problemáticas actuales en la atención sanitaria, siempre dando por supuesto que los facultativos pueden ser de cualquier sexo, religión, raza o nacionalidad. Otros libros, más gruesos, ofrecen mucha más información e imágenes. Las fuentes más antiguas son muy valiosas y no conviene despreciarlas (véase «Sugerencias de lecturas complementarias» en la página web de la bibliografía: http:/histmed.ca).

Tampoco cabe decir que la estructura de este libro en torno a campos de investigación médica sea particularmente original. Hace más de sesenta años, Cecilia Mettler organizó su manual según temas e ideas de la disciplina.

En la primera edición se recurría con frecuencia a ejemplos canadienses, en parte porque no aparecían en otras fuentes; en tanto que ejemplos, son tan ilustrativos como los casos más conocidos de Gran Bretaña y Estados Unidos. Para esta segunda edición se han incluido ejemplos de otros países. Los docentes fuera del ámbito anglosajón no tendrán dificultades para encontrar equivalentes adecuados en sus historias nacionales. Las sugerencias de lecturas complementarias no son exhaustivas, pero guiarán al lector interesado al saber acumulado en buena parte de los temas tratados; las fuentes específicas de ciertos países vienen referidas en listas aparte.

El último capítulo ofrece consejo sobre cómo investigar una cuestión en la historia de la medicina. Una vez más, no es infalible ni tampoco exhaustivo. El apéndice presenta algunos objetivos didácticos para cada capítulo, esenciales en los planes de estudios de la carrera de medicina tal y como se imparte en el siglo xxi. Los recursos en línea incluyen unos pocos puntos de referencia para recabar información sobre períodos históricos, lugares e ideas, así como formas alternativas de cuidados y medicina en otras épocas y culturas. Los alumnos acuden a menudo al historiador en busca de información sobre esos sistemas de creencias médicas. Este libro, siendo como es una historia de nuestra medicina dominante, no los aborda. Una vez más, los recursos en línea proponen algunas vías para subsanar esta carencia.

A lo largo del libro, y conforme a la lección del juego de «Héroes y Villanos», he intentado mostrar que existen múltiples interpretaciones para la mayoría de elementos de nuestro pasado y que los temas de interés trascienden con mucho las «grandes figuras» y los «grandes descubrimientos» para incluir ideas, enfermedades, pacientes, instituciones y grandes errores. Este libro habrá cumplido su objetivo si el lector se queda con algunas preguntas sin respuesta.

Sugerencias de lecturas complementarias

Pueden consultarse en la página web de la bibliografía:

http://histmed.ca

* Los objetivos didácticos de los distintos capítulos de este libro pueden encontrarse en la página 576.

2.El cuerpo fabricado: Historia de la anatomía

La anatomía es a la fisiología lo que la geografía a la historia: describe el escenario de los hechos.

Jean Fernel, On the Natural Part of Medicine (1542); citado en C. Sherrington, The Endeavour of John Fernel (Cambridge: Cambridge University Press, 1946), p. 64.

La anatomía es el estudio de la estructura del cuerpo.Hoy día parece consustancial al estudio de la medicina, pero durante largo tiempo las explicaciones estructurales de la enfermedad se consideraban secundarias con respecto a aquellas que remitían a la función (fisiología). En este capítulo indagaremos sobre el ascenso de la anatomía desde la irrelevancia —e incluso el tabú— hasta el lugar que ocupa como fuerza institucional en la docencia médica.

El término anatomía procede del griego anatome, que significa «disección». Sigue implicando la idea de sección, pero también la de estructura (morfología): la forma, tamaño y relaciones de las partes del cuerpo. Empleado metafóricamente, también puede aludir al análisis de cualquier problema.

La medicina es el estudio de la enfermedad y sus tratamientos. Para comprender la enfermedad, los doctores se centran en las anomalías apreciadas en estructuras y función, que son los objetos de estudio de las disciplinas complementarias de la anatomía y la fisiología. Tradicionalmente, esos dos dominios han competido por horas de enseñanza, espacio de laboratorio y un lugar de privilegio en las mentes de los médicos. Desde luego, se da un considerable solapamiento entre estructura y función: una pierna rota no funciona muy bien; tampoco lo hace un corazón con un agujero en el tabique intraventricular. Pero una estructura anómala no siempre implica enfermedad: por ejemplo, malformaciones congénitas como tener seis dedos en los pies o una gran mancha de nacimiento no están vinculadas intrínsecamente al sufrimiento o a una esperanza de vida reducida. Del mismo modo, una función anómala puede ser compatible con una vida sana; por ejemplo, los estados portadores de enfermedades hereditarias como la talasemia o la anemia de células falciformes pueden detectarse, pero entrañan escasas consecuencias para los individuos afectados.

Las culturas médicas que dieron mayor importancia al estudio de la anatomía tuvieron su apogeo hace siglos, en Alejandría, luego declinaron, luego volvieron a lo más alto durante el Renacimiento para decaer después y, finalmente, brillar de nuevo durante el siglo pasado. La presentación actual de la enseñanza médica sigue reflejando ese último apogeo, pero la supuesta centralidad de la anatomía en la medicina moderna bien podría hallarse una vez más en declive.

Tres temas se repiten a lo largo de la historia de la anatomía:

1. Ambivalencia o «renuencia al contacto». ¿La disección anatómica ha de permitirse o no? El deseo de aprender sobre la enfermedad a menudo colisionaba con aversiones religiosas o culturales ante la idea de cortar en pedazos los cadáveres.

2. «El don del arte a la medicina». La expresión del saber anatómico descansaba en formas visuales de comunicación.

3. Estudio anatómico independiente del saber médico. La indagación sobre la anatomía en arte o ciencia no implicaba una posición equivalente en medicina.

Disección e ideas anatómicas en la Antigüedad

Las elaboradas prácticas funerarias de los antiguos egipcios brindaron frecuentes oportunidades para la observación de las distintas partes del cuerpo humano. Los embalsamadores eran expertos en la localización y extracción de los órganos a través de pequeños orificios y hendiduras en el cuerpo. Las artes gráficas egipcias tal vez fueran estilizadas, pero sus estatuas revelan una fina distinción de las estructuras superficiales e internas. A diferencia de embalsamadores y artistas, empero, todo parece indicar que los médicos no recurrían a la anatomía.

Nuestros conocimientos acerca de la medicina egipcia antigua se basan en un puñado de papiros sobre cirugía (véase capítulo 10). Las explicaciones que daban a la enfermedad probablemente se centraban en la fisiología, pues entendían que el aliento constituía la esencia de la vida. La existencia de los vasos sanguíneos, más que conocida, era conjeturada y solo unos pocos órganos se relacionaban con funciones específicas. Algunos estaban vinculados a ciertas deidades y se empleaban como jeroglíficos. Por ejemplo, un útero estilizado, o sa, representaba la diosa del alumbramiento. Como este símbolo era bicorne (con dos cuernos), los investigadores piensan que se inspiraba en un útero animal en vez de humano. El corazón simbolizaba el alma. En las ilustraciones del Libro de los muertos, el corazón del difunto se pesa en una balanza contra la pluma de la verdad; si ambos se hallan en equilibrio, el alma puede pasar al mundo siguiente (véase figura 2.1).

La escultura griega antigua refleja un interés por la representación rigurosa de la superficie anatómica, con atención a los músculos y huesos subyacentes. Las ofrendas votivas, depositadas en templos por enfermos que esperaban recibir una cura a cambio, estaban fabricadas en arcilla o piedra y representaban la parte del cuerpo aquejada —el útero, los pechos, la vejiga, las extremidades—, a veces con dolencias como venas varicosas.

2.1 El corazón en la balanza. Del Libro de los muertos, antiguo libro funerario egipcio. Papiro de Ani, c. 1420 a. de C. Museo Británico, Londres.

Pese a tales influencias artísticas y la pericia de sus observaciones, a los doctores griegos no les interesaba especialmente la anatomía. La disección de los cuerpos humanos estaba prohibida y las prácticas funerarias giraban alrededor de la cremación. La función era más importante que la estructura. Los cuatro elementos (tierra, aire, fuego y agua) y sus correspondientes cuatro humores (véase capítulo 3) servían para explicar las dolencias. Dadas las leyes y las costumbres funerarias, eran escasas las oportunidades para examinar las estructuras internas del cuerpo humano. Encontramos excepciones en los tratados hipocráticos sobre fracturas y dislocaciones, que revelan un amplio conocimiento sobre huesos y articulaciones.

El empleo de ilustraciones es esencial en la enseñanza de la anatomía y la prohibición no era extensiva a los animales. Aristóteles, filósofo y biólogo del siglo iv a. de C., pudo haber empleado grandes diagramas para enseñar anatomía comparada de animales. Por desgracia no se conserva ninguno de sus dibujos originales.

Entrado ya el siglo iii a. de C., la ciudad de Alejandría permitió la disección de los cuerpos, vivos o muertos, de los criminales. Estas demostraciones públicas tenían el doble objetivo de instruir y horrorizar al público. El hecho de que la práctica estuviera reservada a criminales indica la ambivalencia social con respecto a la disección, pues podía considerarse una suerte de profanación. Herófilo y Erasístratro, ambos alejandrinos, describieron estructuras minúsculas tales como los lacteales linfáticos, las meninges y estructuras vasculares como las tórculas de Herófilo (bautizadas en honor del primero). Como las ilustraciones anteriores, ninguno de sus escritos se ha conservado hasta nuestros días. Las pruebas que conservamos de su labor se hallan en los textos de otros autores que, como Galeno, vivieron unos cuatro siglos más tarde.

Galeno sobre Herófilo

Herófilo «logró el más alto grado de precisión en materias que fueron conocidas a través de la disección, y obtuvo gran parte de su saber, no como la mayoría ... de animales irracionales, sino de los propios seres humanos».

Galeno, siglo ii, según se cita en H. von Staden, Herophilus

(Cambridge University Press, 1989), p. 143.

Galeno nació en el año 129 de nuestra era en Pérgamo, en la costa egea de la actual Turquía, pero pasó gran parte de su vida en Roma. Deploraba las leyes que prohibían la disección humana; por lo menos tres de sus tratados versaban sobre la anatomía humana, presumiblemente tal y como esta era entendida por los sabios alejandrinos. Galeno trabajó como médico de gladiadores y, posiblemente, aprovechó sus heridas abiertas para observar las estructuras internas. Gran experimentador, diseccionó animales, tanto vivos como muertos, siendo sus especímenes predilectos el cerdo y el mono. Extrapoló lo averiguado con esos animales a los humanos y concibió complejas teorías sobre las estructuras anatómicas, el movimiento de la sangre y el origen y sustento de la vida. Algunas de sus observaciones eran certeras para los animales, pero erraban el blanco cuando las aplicaba a los humanos; por ejemplo, atribuyó cinco lóbulos al hígado y una red vascular al cerebro que llamó rete mirabile.

En sus escritos, Galeno hace gala de un tono autoritario y jactancioso. Su perspectiva teleológica le permitió considerar que todas las estructuras del cuerpo tenían una finalidad (véase capítulo 3). Su orgullosa filosofía casaba bien con las ideas del cristianismo. Por ello, sus escritos se convirtieron en textos médicos de referencia durante más de un milenio. Bien pudiera ser que sus sucesores inmediatos tantearan la disección humana, pero las anatomías constituían en aquel tiempo unos ejercicios ritualistas e infrecuentes con los que se pretendía apuntalar la autoridad de Galeno y no perseguir la verdad.

Una lección de anatomía es el tema de un fresco del siglo ivhallado en una catacumba romana (Via Latina) en 1957. El instructor se sitúa a una considerable distancia del cadáver. Ni él ni sus alumnos tocan directamente el cuerpo tendido en el suelo. En vez de ello, lo rozan con una larga vara como si se quisiera recalcar su vulgar naturaleza.

Las ilustraciones anatómicas más antiguas que se han conservado datan de principios de la Edad Media y son obra de eruditos persas y árabes, quienes preservaron y transmitieron el legado de los autores griegos antiguos, ilustrando sus textos con estilizados diagramas. Sus esquemáticas figuras aparecen acuclilladas en una posición de rana para exhibir sus genitales y las caras interiores de las extremidades. En general, los dibujos cierran las series de cinco o seis sistemas: vasos sanguíneos, músculos, nervios, órganos y esqueleto (véase figura 2.2). Esta práctica se difundió hasta llegar a la Europa medieval. El alemán Karl Sudhoff, historiador de la medicina y autor de un estudio sobre estas ilustraciones, llegó a la conclusión de que sus precedentes griegos en la obra de Aristóteles probablemente también se presentaban en series parecidas de cinco o seis sistemas.

2.2 Cinco dibujos anatómicos de un manuscrito bávaro del siglo xii. Son característicos de los que encontramos en varios manuscritos persas y latinos de la Edad Media. Bayerische Staatsbibliothek, clm 120002, f. 2v–3r.

Tratados medievales sobre el cuerpo

En los siglos xiii y xiv, arte y anatomía vivieron un despertar propiciado por cambios legales, un debilitamiento de la enseñanza religiosa y las respuestas ante la violencia criminal y las enfermedades epidémicas. Los municipios, especialmente en Italia, recibieron presiones para permitir la disección a fin de determinar la causa de muerte en casos de asesinato u otras situaciones inusuales (véase tabla 2.1).

Tabla 2.1

Legislación anatómica en Europa entre los siglos xiii y xvi

Año

Lugar

¿Se permitía la disección?

1207

Normandía

1230

Sajonia

No

1238

Sicilia, Nápoles

Salerno (Federico II)

Sí, cada cinco años

1258

Bolonia

Sí, víctimas de violencia

1300

Vaticano (Bonifacio VIII)

No

1302

Bolonia

Sí, autopsia por sospecha de envenenamiento

1308

Venecia

Sí, una vez al año

1315

Padua

Sí, Mondino realizó una disección pública

1319

Bolonia

No, estudiantes detenidos por diseccionar

1366

Montpellier

Sí, disecciones ocasionales

1374

Montpellier

Sí, una o dos veces al año

1391

Lérida

Sí, un criminal cada tres años

1404

Viena

Sí, primera disección pública

1540

Enrique VIII de Inglaterra

Sí, cuatro veces al año

1565

Isabel I de Inglaterra

Sí, delincuentes después de su ejecución

El auge de las universidades laicas también contribuyó al aumento en el número de disecciones. En la tradición cristiana, el cuerpo se relacionaba con el pecado y la existencia temporal del mundo profano. Investigar su funcionamiento interno no solo era innecesario, sino que además podía poner en riesgo la salvación, dado que la interpretación literal de las Sagradas Escrituras prometía la resurrección del alma en el seno de un cuerpo incólume. Por ello, la Iglesia no aprobaba la disección. Las imágenes medievales de disecciones hacen especial hincapié en la brutalidad del acto. A veces, el Papa concedía bulas especiales a algunas escuelas de medicina, como la de Montpellier, en el Mediodía francés, pero los individuos sometidos eran criminales ejecutados o, en rarísimas ocasiones, criminales vivos, acaso condenados a muerte por vivisección. La tensión aumentó cuando las escuelas quisieron practicar la disección y la Iglesia se negó: la desorganización resultante fue un fiel reflejo de las incoherencias que se daban en la estructura de poder de la sociedad a medida que esta evolucionaba. Los aspirantes a anatomistas a veces eran perseguidos.

Las disecciones legales eran ritualistas e infrecuentes; se celebraban una o dos veces al año, por ejemplo, y en algunos lugares solo una cada cinco años. El profesor presidía la escena desde una posición elevada y leía en voz alta una edición latina de Galeno. Los asistentes eran a menudo barberos analfabetos que practicaban la disección siguiendo los pasos de la lección. (A propósito de los barberos cirujanos, véase capítulo 10.) En consecuencia, las palabras de Galeno podían transmitirse sin oposición. Las diferencias entre el cadáver y el ideal galénico se explicaban por la imperfección del mortal, normalmente un delincuente (véase figura 2.3).

Un anatomista que rompió la tradición fue el italiano Mondino dei Luzzi. Insistió en la necesidad de que los anatomistas realizaran ellos mismos la disección, pero sus enseñanzas se apartaban un poco de Galeno. Su tratado Anatomia Mondini, de 1316, se convirtió en la referencia estándar para los ciento cincuenta años siguientes. Sus ediciones manuscritas no venían ilustradas, a diferencia de algunas ediciones posteriores. Sin embargo, cuando su obra fue impresa por vez primera en 1478, ya había empezado a ser superada por nuevos tratados.

El despertar artístico de finales de la Edad Media tuvo su reflejo en la representación del cuerpo en varios tratados anatómicos del siglo xiv. En la Chirurgia de Henry de Mondeville, la imagen del paciente/cadáver es vertical y algo más fluida que en sus hieráticos predecesores, como si fuera la instantánea de un movimiento real (véase también capítulo 10). Las numerosas imágenes recogidas en el tratado de Guido de Vigevano (fechado en 1345, es, en realidad, una edición ilustrada del Mondino) muestran al propio anatomista realizando la disección. Sin embargo, la representación estilizada recuerda a los dibujos de cinco figuras de siglos atrás.

A veces se empleaba la imagen de un «hombre zodiacal» para explicar la relación entre el cuerpo y el mundo exterior, además de indicar los puntos y momentos más propicios para aplicar el tratamiento. Estas figuras sintetizaban una gran cantidad de información. Se introducían modificaciones para ilustrar un buen número de posibles lesiones o enfermedades con los puntos y métodos adecuados de tratamiento: un «hombre de las heridas», un «hombre de las enfermedades» y un «hombre de las sangrías». Podemos hallar ejemplos de esos «hombres» en el tratado Fasciculus medicinae (c. 1491) de Johannes de Ketham (véanse figuras 2.4 y 2.5). Pese a su evidente conservadurismo artístico e intelectual, el Fasciculus se apoyaba en una importante innovación: la imprenta. Así pues, cabría decir que marca el principio simbólico del Renacimiento en anatomía.

2.3 Lección de anatomía del siglo xv. El profesor lee la obra de Galeno desde una posición elevada mientras se procede a la disección. Johannes de Ketman, Fasciculo di medicina, 1493. Yale University Library.

El arte y la anatomía renacentista

El Renacimiento es una etapa de la historia europea occidental —que abarca aproximadamente de 1400 a 1600— en la que coincidieron, por un lado, un despertar artístico e intelectual y, del otro, la recuperación del saber antiguo. Muchas causas —económicas, sociales y demográficas— pueden esgrimirse para explicarlo. Desde la perspectiva de la historia de la medicina, una de las «causas» más curiosas y debatidas es la peste del siglo xiv, que diezmó las poblaciones europeas y transformó radicalmente sus estructuras económicas (véase capítulo 7). La peste alimentó cierto escepticismo a propósito de Galeno, quien no la había descrito, así como con respecto a la Iglesia, porque los «buenos» parecían morir con la misma presteza que los «pecadores». También dejó su impronta en el arte. La gente se habituó al espectáculo de los cadáveres en las calles y el horror ante los restos humanos empezó a desdibujarse. Los ciudadanos más notables se aficionaron a hacerse retratar sobre sus futuras tumbas como cuerpos putrefactos: memento mori, horripilantes recordatorios de la muerte que ni siquiera la Iglesia se atrevía a cuestionar. Aquel resurgimiento o renacimiento vino acompañado de la recuperación de autores, arte y lenguaje clásicos, así como del redescubrimiento de la belleza del cuerpo humano y de sus distintas modalidades de representación. Si cabía glorificar el exterior del cuerpo, extrapolar aquel interés a su interior no era más que cuestión de tiempo.

El arte del Renacimiento contribuyó a la ciencia anatómica y algunos artistas realizaron disecciones. Por ejemplo, Leonardo da Vinci —arquitecto, pintor, ingeniero, científico y filósofo— afirmaba haber diseccionado treinta cadáveres con sus propias manos, aunque el consenso entre especialistas rebaja ese número a menos de diez. Leonardo planeó realizar un tratado sobre anatomía, pues sostenía que para dilucidar la estructura del cuerpo humano había que efectuar varias «anatomías», cada una de ellas centrada en un sistema estructural: huesos, músculos, vasos sanguíneos, nervios y órganos. Se conservan doscientas páginas de esbozos y escritos anatómicos de Da Vinci en la Biblioteca Real del Castillo de Windsor, en Inglaterra. Dibujó su célebre «Hombre de Vitruvio» el mismo año que se imprimieron las figuras de Ketham, mucho más estáticas; el contraste entre ambas representaciones demuestra que el detalle anatómico interesaba más a los artistas que a los médicos.

A Leonardo le interesaban los pormenores de la estructura por razones científicas y artísticas, pero la medicina que le era contemporánea permanecía en la ignorancia a este respecto o carecía de curiosidad, pues los doctores seguían recitando las enseñanzas de Galeno tal y como las había recogido Mondino. Treinta años después de los dibujos de Leonardo, se publicó un nuevo comentario sobre Mondino, en esta ocasión firmado por Giacomo Berengario da Carpi, en el que se incluían unos grabados agradables a la vista pero estilísticamente simples de cadáveres, a veces representados de forma realista en el acto de ayudar a la disección.

¿Por qué a los profesionales de la medicina les interesaba menos el saber anatómico que a sus representantes actuales? Los doctores trataban a los enfermos por enfermedades, padecimientos y disfunciones subjetivas, pero, salvando fracturas y dislocaciones, las alteraciones estructurales eran en su mayoría imposibles de curar. Por ello, tratar de correlacionar la enfermedad con los órganos internos de un muerto, que no se podían visualizar ni tampoco alterar en vida del paciente, se antojaba una pérdida de tiempo (véase capítulo 4). Los médicos no rechazaban la disección como ejercicio intelectual, pero al mismo tiempo no le veían ninguna utilidad práctica.

2.5 «El hombre de las heridas», de Hans Gersdorff, Feldbuch der Wundartznei, 1517, facsímil, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1967, xviii verso.

2.4 El hombre zodiacal, en Johannes de Ketham, Fasciculus medicinae, 1491 [?], facsímil, Karl Sudhoff y Charles Singer, 1924.

Vesalio y la Fabrica (La estructura del cuerpo humano)

La extraordinaria De humani corporis fabrica de Andrés Vesalio apareció en 1543, cincuenta años después de los dibujos de Leonardo. Nacido en Bruselas en 1514, Vesalio estudió medicina en Lovaina, en la actual Bélgica, antes de viajar a Francia. En París fue formado por un profesor que leía la obra de Galeno al estilo renacentista mientras los prosectores diseccionaban debajo. Vesalio afirmaría más tarde haber diseccionado, cocido y vuelto a montar su primer esqueleto a partir del cadáver de un delincuente ejecutado que había robado de una horca. Más tarde se mudó a Padua, cerca de Venecia, donde la anatomía estaba mejor engarzada con los estudios de medicina que en París. Al poco de su llegada, obtuvo su doctorado en medicina. Al día siguiente, según una muy citada leyenda, fue nombrado «profesor» de cirugía a los veintitrés años de edad. A partir de ese día puso todo su empeño en la enseñanza anatómica.

Vesalio no solo efectuaba sus propias disecciones, sino que además trabó amistad con varios artistas de la vecinas ciudades estado de Venecia y Florencia. Algunos especialistas han sugerido que esos contactos se vieron auspiciados por las farmacias, pues en ellas los doctores acudían a buscar sus remedios y los artistas compraban sus pigmentos. De esta forma, Vesalio habría recibido consejos de artistas de talento y ahí residiría la clave de su éxito.

En 1538 publicó su primer libro, una suerte de aperitivo que precedió en cinco años al plato fuerte de su vida. Titulado Tabulae sex (Las seis tablas), este librito se hizo asombrosamente popular porque iba ilustrado con imágenes de gran calidad. Conforme a la inveterada tradición, contenía solo seis ilustraciones para acompañar al texto. Además, siguiendo los ideales renacentistas, se empleaban en él tres lenguas distintas: latín, griego y hebreo. Pese al evidente cuidado que se puso en la presentación artística, algunos rasgos morfológicos y proporciones corporales no parecen del todo acertados; la espina dorsal es tal vez un poco demasiado recta y las costillas aparecen más cortas. Más sorprendente resulta la persistencia de algunos detalles residuales galénicos: ¡un hígado pentalobulado y la rete mirabile! Sin lugar a dudas, con toda la experiencia acumulada, el joven Vesalio sabía que esas estructuras no existían. ¿Por qué las dejó ahí? Algunos historiadores consideran que se trataba de una estratagema para endulzar la acogida que habría de recibir su siguiente obra y ahorrarse así las iras de sus colegas más veteranos. Las Tabulae sex agotaron edición enseguida y fueron leídas con tanta fruición que sus grandes imágenes terminaron colgadas encima de las mesas de disección de sus alumnos. Se han conservado menos ejemplares de las Tabulae que ediciones originales del mucho más famoso y voluminoso Fabrica.

En la portada de la edición de 1543 de la Fabrica, Vesalio se muestra rodeado de una enorme multitud en la facultad de Padua. Mira con atrevimiento al lector mientras disecciona el cadáver de una mujer. Dicho cadáver, nos dice el propio Vesalio, era la amante de un monje; él y sus alumnos han actuado con diligencia para eliminar cualquier rasgo que permitiera identificarla antes de que el afligido monje pudiera llevarse el cadáver. La portada es de una gran densidad simbólica. En la parte inferior vemos a los barberos, apartados de la mesa y en plena riña. Desplazados a ambos laterales de la escena, tenemos a los animales: perros y monos, cobayas de Galeno y fuente de sus errores. Por encima, en la posición que la tradición tenía reservada a Galeno, vemos a un esqueleto. Entre la multitud se hallan los alumnos y colegas de Vesalio, antiguos sabios incluidos, como el barbado Realdo Colombo, quien describió la circulación pulmonar, y un joven que escribe o dibuja en quien algunos historiadores creen ver al autor del grabado. Pese al acento puesto en la innovación, el historiador Andrew Cunningham ha llamado la atención sobre las relaciones con los anatomistas de la Antigüedad. Cunningham encontró varios indicios impresionantes, y no solo en la portada, de que el anatomista en realidad pretendía «emular» a Galeno. Por su método, en el que daba gran importancia a la indagación y vivisección en primera persona, y pese a su refutación de parte de la anatomía galénica, Vesalio «no era más que un Galeno resucitado», un genuino hombre del Renacimiento (Cunningham, 1997, p. 114). El mismo historiador nos recuerda también que la disección en los primeros compases de la Edad Moderna todavía conservaba un valor ritual.

¿Con qué artista trabajó Vesalio? Semejanzas en el estilo manierista con el paisaje al fondo y algunos elementos arquitectónicos han llevado a pensar que quizá se trataba del gran Tiziano. Sin embargo, el candidato más probable, según una carta de Vesalio, sería su compatriota belga Jan Stefan van Calcar, quien trabajó en los talleres de Tiziano. Otro artesano meticuloso fue contratado con toda probabilidad para realizar las matrices de madera a partir del dibujo original. Dichas matrices habrían sido transportadas a través de los Alpes hasta Basilea, en Suiza, para confiarlas a uno de los mejores impresores de aquel tiempo, Johannes Oporinus.

La Fabrica no incluía seis dibujos, sino siete libros con múltiples grabados cada uno. El primer libro estaba dedicado al esqueleto. El segundo presentaba al hombre músculo, la serie más famosa de todo el tratado, y empezaba con seis figuras en vista frontal, entre las que se contaba el échorché, un cuerpo al que solo se le había arrancado la piel (véase figura 2.6). Unos comentarios dan cuenta de lo que se había hecho para crear cada una de las imágenes sucesivas, cortando los músculos por sus orígenes para dejarlos colgando de sus inserciones. Un humor irónico recorre la obra de arte: a medida que se van eliminando las capas de músculo, el pobre cadáver luce cada vez más desmejorado, pasando de una atlética exuberancia a necesitar de cuerdas y paredes para tenerse en pie. La decadencia anatómica tiene eco en el paisaje posterior, que se va volviendo más y más baldío a medida que el verano da paso al invierno. Después de la octava figura, se repite todo el proceso para la vista dorsal del cuerpo.

El tercer libro estaba dedicado a las venas y las arterias; la rete mirabile de 1538 había pasado a mejor vida. El cuarto describía los nervios. El quinto estudiaba los órganos abdominales, con los lóbulos hepáticos reducidos a dos. También incluía disecciones de genitales, que han sido objeto de la curiosidad de los investigadores. La vulva, la vagina y el útero de la amante difunta del monje se reproducen sin añadidos anexiales; la imagen recuerda a un pene, lo que invita a especular que su autor pretendía trasladar la idea de homología (véase figura 2.7). El sexto libro se centraba en los órganos torácicos y el séptimo, en el cerebro.

Pueden identificarse ciertas inexactitudes anatómicas en las imágenes; por ejemplo, el músculo recto abdominal llega mucho más arriba de lo que debería en la caja torácica. Sin embargo, a diferencia de sus predecesores y muchos de sus sucesores, el logro de Vesalio marcó época. La Fabrica se ha convertido en un objeto de veneración; las primeras ediciones siguen siendo muy buscadas y fue traducido a numerosas lenguas. Terence Cavanagh demostró que, si se juntaban las figuras con los músculos invertidos, la imagen resultante ofrecía un paisaje continuo. Algunos especialistas han situado la vista en las Colinas Euganeas, cerca de Padua, adonde han viajado docenas de doctores en busca de la localización exacta.

2.6 El échorché, uno de los hombres desollados de Vesalio. Fabrica[1543], segunda edición, 1555.

2.7 Vagina y vulva de la Fabrica[1543] de Vesalio, segunda edición, 1555.

La semejanza con el órgano masculino no es casualidad. A Vesalio le interesaban

las homologías y las trompas de Falopio todavía no habían sido descubiertas.

Vesalio no tardó en abandonar la vida académica para entrar al servicio de varias testas coronadas: Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico, Felipe II de España y Enrique II de Francia. Luego parece ser que dejó de prestar sus servicios a la realeza para dedicarse a viajar, muriendo de regreso de Tierra Santa, adonde se había dirigido en peregrinación. Se cree que su tumba anónima se halla en la pequeña isla griega de Zante, pero las circunstancias exactas de su desaparición siguen siendo un misterio. Las matrices de madera de los grabados de la Fabrica sobrevivieron hasta el siglo xx y se emplearon en una edición de 1934, pero fueron destruidas en el bombardeo de Múnich durante la Segunda Guerra Mundial.

Después de la Fabrica, los científicos empezaron a prestar más atención a la estructura. Se publicaron a continuación obras parecidas, todas ellas un logro artístico por derecho propio. Una serie de brillantes disecciones deparó el descubrimiento de partes del cuerpo olvidadas o desconocidas hasta entonces. En 1545, Charles Estienne publicó un atlas que dedicaba especial interés a los nervios y los vasos sanguíneos. En 1561, Gabriele Falopio (o Fallopius) describió el oído interno, los nervios craneales y las trompas de Falopio, que no se habían inventariado en la Fabrica. Bartolomeo Eustachio (o Eustachius) identificó las glándulas suprarrenales, la vena cava, los ganglios simpáticos y el oído interno, incluida la trompa que lleva su nombre. Girolamo Fabrizio da Aquapendente (o Hieronymous Fabricius) describió las válvulas de las venas en 1603 y veinte años más tarde Gaspare Aselli descubrió los lacteales linfáticos al diseccionar un animal vivo en plena digestión. En 1747, Bernhard Siegfried Weiss (o Albinus) publicó su célebre atlas, que contenía grabados de esqueletos humanos con músculos y sin ellos en un frondoso bosque junto con otras maravillas exóticas, incluido un rinoceronte. Los anfiteatros anatómicos ofrecían demostraciones a públicos entusiastas y cultivados.

Pese a todos estos logros, la anatomía seguía sin tener demasiada incidencia en la medicina con pacientes. Los anatomistas de los siglos xvi y xvii se centraban ante todo en el descubrimiento y representación artística de la forma humana normal y sana. No relacionaban la estructura con la enfermad. Pero ya a principios del siglo xvii los científicos empezaron a emplear los nuevos conocimientos sobre la estructura del cuerpo para estudiar su función. La fisiología, más que la medicina, fue la primera en encontrar aplicaciones a la nueva investigación anatómica. Por ejemplo, William Harvey descubrió la circulación sanguínea apoyándose en gran medida (pero no exclusivamente) en la identificación de las válvulas de las venas a cargo de su antiguo maestro, Fabrizio da Aquapendente (véase capítulo 3).

Con las excepciones de Antonio Benivieni en el siglo xv y de Jean Fernel en el xvi, pocos autores demostraron interés en la anatomía anómala hasta transcurrido casi siglo y medio después de la publicación de la Fabrica. Théophile Bonet y Giovanni Battista Morgagni redactaron extensísimos compendios de anatomía patológica como base clínica de la enfermedad, pero sus obras no tenían ilustraciones (véase capítulo 4).

Ya en el siglo xviii, la disección se había convertido en una disciplina más respetable. Una nueva filosofía del conocimiento, llamada sensualismo, era predicada apelando a que todo saber procedía de la observación a través de los sentidos; la observación era venerada, mientras que la teorización quedaba supuestamente relegada. Los estudios anatómicos encajaban en aquella nueva tradición. Los artistas retrataban a anatomistas de prestigio en plena faena, rodeados de sus alumnos; magnífico ejemplo de ello lo brinda el famoso cuadro que pintó Rembrandt de una lección del doctor Tulp. Otros artistas creaban figuras de cera, las cuales se convirtieron en una importante herramienta para la formación médica. Se fundaron museos para conservar refinadas disecciones y figuras de cera que habrían de servir para consultas posteriores. Reliquias espectaculares de aquella etapa son las colecciones dieciochescas de John y William Hunter en Londres y Glasgow, la de Honoré Fragonard en Maisons-Alfort, a las afueras de París, la de La Specola en Florencia y la del Mütter Museum en Filadelfia.

Las observaciones durante aquellos comienzos de la Edad Moderna clasificaban la arquitectura del cuerpo en órganos y planos cada vez más pequeños y dependían fundamentalmente de lo que se podía identificar a simple vista. Exámenes meticulosos sentaron las bases de la embriología y la anatomía comparada. Se empezó a tener en cuenta cuál podría ser la «unidad» básica de los seres vivos y durante largos años observadores atentos como Giorgio Baglivi abogaron por conceder dicho honor a la fibra. Una teoría de los tejidos, y no de los órganos o las fibras, empezó a fraguarse a finales del siglo xviii y continuó con la aparición del microscopio, en lo que constituía una muestra más de la retroalimentación entre ideas y tecnología (véase capítulo 9). La idea de la célula como unidad fundamental, a menudo atribuida a Robert Hooke, no emergió como teoría hasta mucho después, con la obra de tres alemanes: el zoólogo Theodor Schwann, el botánico Matthias Schleiden y el patólogo Rudolf Virchow. La teoría celular encontró valerosos oponentes como T. H. Huxley, de cuyas contundentes críticas de 1853 se dice que contribuyeron en mayor medida a difundir la idea en Gran Bretaña que a desacreditarla. Una vez más, el conocimiento y la tecnología del microscopio se reforzaban entre sí; el empleo de dicha herramienta no sirvió por sí mismo para crear la teoría; antes fue necesario imaginar o «concebir» las primeras células.

Desconfianza médica hacia la anatomía

Aun otros ... han tratado pomposa y engañosamente de promocionar este arte escudriñando en las tripas de criaturas muertas y vivas, tanto sanas como enfermas, ... pero el paupérrimo éxito que tales tentativas han cosechado o esperan alcanzar debo hacer constar aquí en cierta medida.

Thomas Syndeham (c. 1668), citado en K. Dewhurst, Medical History,

vol. 2 (1958), p. 3.

Todo cuanto puede hacer la anatomía es mostrarnos las partes groseras y sensibles del cuerpo, o sus jugos insulsos y muertos, todo lo cual, tras la más diligente de las pesquisas, no le servirá a un médico para curar una enfermedad más de lo que le serviría para crear a un hombre. ... Si la anatomía no nos muestra ni las causas ni las curas de la mayoría de enfermedades, no cabe esperar que traiga muchas ventajas en la eliminación de los padecimientos y dolencias que afligen a la humanidad.

John Locke (c. 1668), citado en K. Dewhurst, Medical History,

vol. 2 (1958), pp. 3-4.

Y más de un siglo después...

La anatomía, por más cuidado que se ponga en su estudio, no ha brindado todavía a la medicina ninguna observación verdaderamente importante. Puede examinarse meticulosamente un cadáver, pero las necesidades de las que depende la vida se le escapan a uno. ... La anatomía tal vez pueda curar una herida de espada, pero se demostrará impotente cuando el dardo invisible de una miasma haya penetrado bajo nuestra piel.

Louis Sebastien Mercier, The Picture of Paris before and after the Revolution, 1788 [Tableau de Paris], Londres, Routledge, 1929, p. 97.

Pese a todos estos éxitos científicos, el valor de la anatomía para la medicina seguía sin quedar muy claro. ¿Por qué? En primer lugar, persistía la aversión a los restos humanos. Caricaturistas del siglo xviii como William Hogarth se burlaban de la disección describiéndola como un acto vil, una adecuada «recompensa de la crueldad» (véase figura 2.8). En segundo lugar, incluso aquellos doctores que practicaban anatomías tenían dificultades para imaginarse cómo aplicarla después; el mismo sensualismo que aplaudía la anatomía la convertía en objeto de sospecha cuando había que trasladarla a la praxis médica. Los doctores no podían diagnosticar cambios internos hasta que el paciente había fallecido, y tampoco podían corregirlos. Enfermedades y diagnósticos se basaban en la presencia de síntomas (véase capítulo 4).

La anatomía ingresa en la medicina

A principios del siglo xix, la tecnología, junto con una reconfiguración de los conceptos relativos a la enfermedad, transformaron la mentalidad médica con respecto a la anatomía. Las técnicas diagnósticas de la percusión y la auscultación hicieron posible detectar cambios estructurales en el interior del pecho. Los nombres y conceptos patológicos dejaron de referirse a síntomas subjetivos, tales como la hemoptisis o la dificultar respiratoria, para relacionarse con lesiones anatómicas, como derrame pleural, consolidación pulmonar o enfisema (véanse capítulos 4 y 9).

2.8 La recompensa de la crueldad. Grabado de John Bell (anterior a 1750), a partir de la obra de William Hogarth. Yale University Library.

A medida que las enfermedades se volvían cada vez más anatómicas, la medicina tuvo que moverse en la misma dirección. De pronto, anatomía y disección se volvieron no solo interesantes sino esenciales para la formación médica. Las cátedras de anatomía, que antaño habían sido independientes, se integraron en toda facultad de medicina digna de ese nombre. La anatomía patológica no tardaría en sumarse a la fiesta: la primera cátedra británica de anatomía patológica fue concedida a Robert Carswell en 1828; la primera plaza en la universidad francesa fue a manos de Jean Cruveilhier en 1835. Ya en 1848, veinticinco de las cerca de cuarenta facultades de medicina de Estados Unidos ofrecían asignaturas de disección.

Pronto surgieron nuevos problemas debido a la disponibilidad limitada de cadáveres. Es posible que la disección fuera aceptable para los universitarios, pero la sociedad en su conjunto no estaba muy dispuesta a ver los cuerpos de sus seres queridos abiertos en canal y exhibidos para la formación de nuevos médicos. En pocos lugares se disponía de cauces legales para obtener material anatómico. En las ciudades con grandes hospicios para pobres y hospitales públicos, como el París postrevolucionario y Nueva Orleans, los cuerpos que no eran reclamados se entregaban inmediatamente a los profesores de medicina. En otros sitios, se obtenían de los cementerios o se adquirían bajo cuerda.

Apareció el nuevo oficio de «ladrón de cuerpos». Motivo legendario en canciones y relatos, quien se dedicaba a estas lides satisfacía la demanda en auge de cuerpos frescos con cadáveres recién inhumados de ciudadanos particulares. Se inventaron unas jaulas de hierro, llamadas mortsafe