Hitler - Claude Quétel - E-Book

Hitler E-Book

Claude Quétel

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Beschreibung

Aunque mucho se ha escrito sobre Hitler, faltaba una historia clara y concisa para no especialistas que pusiera al día lo que verdaderamente sabemos sobre su vida y su personalidad: su infancia, sus influencias, su ambigua sexualidad, su actitud ante la religión, así como la verdadera efectividad de sus políticas en una Alemania devastada por el desempleo y la hiperinflación. Pero Claude Quétel también consigue disipar los mitos y mentiras cuidadosamente fabricados en torno a su figura, tales como su verdadero papel en la Primera Guerra Mundial, su mediocridad e inveterada indolencia, su miopía, su verdadera opinión sobre los gerifaltes del Reich o su consumo de drogas.

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Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Hitler. Vérités et légendes

© Perrin, París, 2022

© De la traducción del francés: Carlos Gual Marqués

© De la presente edición: Editorial Melusina, slu

www.melusina.com

Reservados todos los derechos de esta edición

Primera edición: junio 2025

Diseño de cubierta: Silvio García Aguirre

Fotocomposición: Carolina Hernández Terrazas

isbn:978-84-10414-16-7

«Avanzo con la seguridad de un sonámbulo por la senda

que me ha trazado la providencia».

Adolf Hitler (discurso, 14 de marzo de 1936)

Contenido

Prólogo

I. ¿Tuvo Hitler una infancia infeliz?

2.¿Fue Hitler siempre antisemita?

3. ¿Fue Hitler un héroe de la Gran Guerra?

4. ¿Planeaba Hitler escribir Mein Kampf?

5. ¿Era extraordinaria la elocuencia de Hitler?

6. ¿Era irresistible el ascenso de Hitler al poder?

7. ¿Fue Hitler un autodidacta?

8. ¿Era Hitler un adicto al trabajo?

9. ¿Tenía Hitler una vida privada?

10. ¿Era Hitler impotente?

11. ¿Tenía Hitler alma de artista?

12. ¿Mejoró Hitler la condición obrera en Alemania?

13. ¿Favoreció Hitler el estatus de la mujer?

14.¿Tuvo Hitler que contemporizar con las Iglesias alemanas?

15. ¿Fue Hitler víctima de numerosos atentados?

16. ¿Fue Hitler un estratega?

17. ¿Qué sabía Hitler de la bomba atómica?

18. ¿Es falso el Diario de Hitler?

19. ¿Estaba loco Hitler?

20. ¿Es Hitler el nombre de un parque temático?

Bibliografía

Prólogo

¿No se ha escrito ya todo sobre Hitler? Su última biografía (la de Volker Ullrich) tiene 2.000 páginas. Sus predecesoras son famosas e igual de exhaustivas: Fest en 1973, Toland en 1978, Kershaw en 1999-2000. Una búsqueda de «Hitler» en la base de datos sudoc (Sistema Universitario de Documentación) arroja 5.628 resultados (y 7.925 de «nazismo» y 20.798 de «Segunda Guerra Mundial»). ¿Qué más se puede decir? No se trata de decir algo más, sino de decirlo de otra manera. Aunque son excelentes, las principales biografías de Hitler evitan más o menos «las cuestiones molestas». Si bien se examina a fondo la salud física del Führer, con una larga lista de las numerosas drogas que tomaba, no se aborda claramente la cuestión de su locura. En cuanto al capítulo obligatorio sobre la infancia del dictador, no se inscribe en un marco psicosociológico de interrogación: ¿una infancia infeliz o no? ¿Una familia tóxica o no?

Este ensayo se propone examinar lo que resulta problemático en una biografía de Hitler. En este espíritu, no se habla del nazismo, del genocidio de los judíos ni de la guerra total. No se trata de revisar la Segunda Guerra Mundial. Seguiremos el rastro de este triste personaje a menudo basándonos en ideas preconcebidas, pero no siempre. Empezaremos por el principio: ¿tuvo Hitler una infancia infeliz? ¿Fue siempre antisemita? ¿Fue un héroe de la Gran Guerra? Veremos que la escritura de Mein Kampf no fue en absoluto premeditada. ¿Su famosa elocuencia? La practicó ante un público al que ya se había ganado. Su ascenso al poder, que a menudo se describe como irresistible, fue en realidad bastante resistible. Y se benefició de una extraordinaria combinación de circunstancias. Igualmente cuestionables son las nociones preconcebidas de autodidacta y adicto al trabajo. ¿No tenía una vida privada? Podría decirse que una falsa vida privada. ¿Impotente? En cuanto a su alma de artista, apenas había nadie más que él para creérselo.

Hay otras creencias populares, como la de que Hitler mejoró las condiciones de la clase obrera o el estatus de la mujer en Alemania. Del mismo modo, es igualmente falso que escapara a numerosos atentados con bomba (dos, de hecho). En cuanto a un Hitler que no retrocedía ante ningún obstáculo, la verdad es que se echó atrás ante las Iglesias alemanas.

¿Queda algo de la imagen de un Hitler poseído por el genio de la estrategia? Veremos que no fue así y que ningún jefe de Estado ha acumulado tantos errores fatales. Es demasiado fácil decir que no quería la bomba atómica. Se la explicaron mal. La idea de un arma tan destructiva no habría dejado de seducirle.

Tras un breve desvío hacia la rocambolesca historia de su falso Diario, se abordará la cuestión central de su locura. Y terminaremos este insólito paseo «por el interior de Hitler» con una investigación sorprendente: hoy en día, tres cuartos de siglo después de la muerte del dictador, es objeto de un tipo de turismo que cabe denominar «de memoria».

Cuando examinamos a Hitler desde estos diferentes ángulos, uno sólo puede preguntarse cómo una persona de tal mediocridad, inculta y perezosa, de inteligencia más que media, borderline (incluso un poco más) en términos de salud mental, pudo convertirse en el amo absoluto del III Reich y empujar al mundo hacia el más atroz de los conflictos. En 1920, Jacques Bainville, nacionalista y periodista de Action Française, publicó Las consecuencias políticas de la paz, en donde denunciaba lo ridículo del Tratado de Versalles. Fue el único en aquella época que vio a una Alemania que seguía siendo fuerte y cuyo militarismo estaba a punto de despertar: «Sólo faltaba la oportunidad y el hombre para poner en marcha este militarismo».

I. ¿Tuvo Hitler una infancia infeliz?

Hoy en día se emplea más a menudo el término «familia tóxica», pero el planteamiento sigue siendo el mismo: el niño Hitler, privado de todo afecto e incluso martirizado, se vengó de la vida. Al igual que Stalin, que fue golpeado por su padre, un zapatero alcohólico e inculto, en un contexto de miseria. ¿Y qué hay de los padres de Adolf Hitler? ¿Eran «tóxicos» para su hijo, que nació el 20 de abril de 1889 en Braunau am Inn, una pequeña ciudad de tres mil habitantes del Imperio austrohúngaro en la frontera alemana?

Inmediatamente nos fijamos en el padre, Alois, de sesenta y dos años. Hitler fue lo que se solía denominar un «hijo de viejo». Su padre era de filiación desconocida. Esta laguna genealógica dio lugar a la infundada teoría de que Hitler era de origen judío. Nacido en el seno de una familia de campesinos pobres, trabajó y se abrió camino hasta convertirse en funcionario de aduanas. Empleado celoso, por no decir obstinado, y con «buenas notas», si bien no era apreciado por sus colegas. En cambio, su vida privada fue muy inestable, pues fue este su tercer matrimonio, con dos hijos a su cargo: Alois y Angela. Además, Alois era veintitrés años mayor que su nueva esposa, Klara Pölzl.

La nueva esposa tenía veintinueve años y era a la vez la institutriz de los hijos del segundo matrimonio de Alois y su amante. El matrimonio se celebró en 1885, después de que el obispado concediera una dispensa por consanguinidad de «primos hermanos» (primos segundos). El propio apellido fluctúa, lo cual no era infrecuente en la época. Hiedler dio lugar Huetler, lo que llevó a Hitler. En 1885, 1886 y 1887 nacieron tres hijos, todos los cuales murieron en la infancia. Eso es mucho, incluso para una época con un alta tasa de mortalidad infantil. Adolf, en 1889, fue el cuarto. Le siguió un hermano menor, que murió a los seis años, y luego una hermana, Paula. El afecto de Klara se centraba en su pequeño Adolf.

Por razones desconocidas, la familia Hitler se mudó una y otra vez, pero nunca abandonó la región. A los quince años, Adolf Hitler ya se había mudado siete veces y había ido a cinco escuelas diferentes. Esto no ayudó a su escolarización temprana. Por otro lado, su familia no era en absoluto pobre. El sueldo de su padre era bastante decente, más o menos el de un director de escuela. Cuando se jubiló en 1895, compró una pequeña granja en la Alta Austria para dedicarse a su pasión, la apicultura. Con frecuencia leemos que este padre, sin duda autoritario y obtuso, propenso a los arrebatos de cólera, era un tirano doméstico, que a menudo pegaba a sus dos hijos. ¿Hijos golpeados o hijos castigados de vez en cuando con castigos corporales, como era habitual en la época? No es lo mismo, pero la pregunta sigue sin respuesta. En cualquier caso, Alois, hermanastro de Adolf Hitler, abandonó el hogar a los catorce años, en conflicto con su padre, quien lo desheredó.

Se conservan dos fotografías de la época de la escuela primaria. Una muestra a no menos de cuarenta y un alumnos en cinco filas. El alumno Hitler está arriba, en el extremo derecho. En otra, tomada probablemente al año siguiente, con seis filas y cuarenta y ocho alumnos, vuelve a estar arriba, esta vez en el centro. Mira a la cámara con aire confiado, casi provocador. Su carácter parece ya muy asertivo, al contrario que su gusto por el estudio: sus resultados son mediocres en el mejor de los casos. Probablemente es un líder en el recreo y después del colegio, cuando los chicos juegan a indios y vaqueros. Todos ellos, encabezados por el joven Hitler, eran ávidos lectores de Karl May, uno de los escritores alemanes de novelas de aventuras del Salvaje Oeste más vendidas del mundo.

Tenía once años cuando, para el curso escolar en 1900, sus padres le enviaron a la Staats-Realschule de Linz. No era nada más que otro alumno que tenía que vérselas con los hijos de la burguesía de la ciudad. Sus resultados escolares pasaron de mediocres a malos. Veinticuatro años más tarde, uno de sus profesores, Eduard Huemer, lo describió como «delgado y pálido [...] innegablemente dotado, pero testarudo. Le costaba controlarse, o al menos se mostraba recalcitrante, autoritario, siempre quería tener la última palabra, irascible, y le resultaba visiblemente difícil ajustarse al marco de una escuela. Tampoco era un gran trabajador, de lo contrario habría obtenido resultados mucho mejores». Adolf Hitler hizo la primera comunión en la catedral de Linz pero, al igual que abandonó la escuela, también abandonó la religión.

Su padre estaba aún más disgustado porque le hubiera gustado tener un hijo funcionario. Hitler lo señala en Mein Kampf. «No quería ser funcionario, no, cien veces no. [...] Sentía un asco físico ante la idea de permanecer en una oficina, privado de mi libertad». Dotado para el dibujo desde muy joven, se propuso ser pintor para mayor disgusto de su padre: «Cuando se dio cuenta de la seriedad de mis intenciones, se opuso a ellas con toda la fuerza de determinación que poseía». Aunque esta versión está ampliamente aceptada, es la del propio Hitler intentando explicar su fracaso escolar. Es casi como si lo hubiera hecho a propósito para desmoralizar a su padre.

Este último, que veía a su hijo sobre todo como un horrible holgazán, ya había perdido la paciencia con él cuando murió repentinamente de una hemorragia pulmonar el 3 de enero de 1903, a los sesenta y cinco años. Su viuda, de cuarenta y dos años, se instaló en una modesta casa en las afueras de Linz. Unos pocos ahorros y su pequeña pensión de viudedad apenas bastaban para sacar adelante a sus dos hijos, Adolf y Paula. En cuanto a Angela, estaba a punto de casarse. No obstante, la madre hizo el sacrificio de enviar a su hijo a una nueva escuela en Steyr, a cuarenta y cinco kilómetros de distancia. Sólo volvía a casa los domingos. Le acogieron en una familia y se encerró en sí mismo más que nunca. Un profesor señaló que «mostraba una actitud triste y sombría». Sus resultados cayeron en picado y no terminó el tercer curso, inventándose una enfermedad de languidez que llevó a su madre a devolverle al hogar familiar.

Así comenzó lo que Hitler describió en Mein Kampf como «los mejores años de mi vida». Y con razón: no hizo nada. Único hombre de la casa, adorado por su madre, sin intención de aprender un oficio, vagabundea y sueña con su futuro como artista. Y traba amistad con un chico de su edad, August Kubizek. En 1953, Kubizek publicó sus memorias tardías (Adolf Hitler, mein Jugendfreund), que durante mucho tiempo fueron cuestionadas sobre todo por los historiadores estadounidenses, pero que han sido reevaluadas en los últimos años.

August Kubizek trabajaba como aprendiz de tapicero en el negocio de su padre, pero su pasión era la música. Estaba completamente integrado en su familia. Dice que conoció a Adolf Hitler en la ópera de Linz a finales de 1904. A ambos les encantaba Wagner, y en particular Rienzi, una ópera histórica. En la Roma del siglo xiv, desgarrada por los conflictos entre familias patricias, Rienzi, hijo de un carnicero convertido en tribuno, se levanta y llama al pueblo a sublevarse. Pero quizá no debamos creer a Kubizek cuando relata que, invitado por Hitler al Festival de Bayreuth en agosto de 1939, oyó cómo este le confiaba a Winifred Wagner (nuera del compositor y ferviente nazi): «Ahí empezó todo...».1

Kubizek describe así a su camarada de 1905 a 1907: «Se mantenía erguido, tenía una estatura esbelta, un rostro pálido y delgado, casi como el de una tisis, una mirada curiosamente clara, ojos brillantes». También él comenta el resplandor de la mirada que causó a su madre, la primera vez que lo vio, «más miedo que admiración». Pero Kubizek cuenta esto mucho después de la guerra. Y añade: «Yo era tranquilo por naturaleza, muy intuitivo y adaptable y, por tanto, conciliador», mientras que «Hitler tenía un temperamento vehemente y colérico. Cosas sin importancia, como unas palabras irreflexivas, podían desatar en él una profunda ira».

Adolf Hitler visitó Viena por primera vez a principios de 1906. «Ya entonces —escribe Kubizek— sus pensamientos desertaban Linz y se dirigían a la capital». Aunque fuera tibia, su vocación de artista pasaba por la capital austriaca y su Academia de Bellas Artes. Cabe imaginar los sacrificios económicos que esto representó para Klara Hitler. En mayo de 1907 supo que tenía cáncer de mama, pero no le dijo nada a su querido hijo. En octubre de ese año, se presentó al examen de ingreso en la Academia de Bellas Artes. Suspendió.2 La Academia, como su nombre indica, no se contentaba con un ápice de talento. Necesitaba también una «prueba de dibujo», una base, estudio: todas las cosas de las que carecía el candidato Hitler. Este fracaso fue dramático para su ego y para el mundo onírico en el que se complacía. No le dice nada a su madre. ¿Sabía siquiera que se estaba muriendo?

Murió la noche del 21 de diciembre de 1907, a la edad de cuarenta y siete años. El médico de la familia, el doctor Bloch, dio testimonio del dolor de su hijo. Como dice Hitler en Mein Kampf: «Fue un golpe terrible. Yo había respetado a mi padre, pero amaba a mi madre. Su muerte puso fin a mis grandes ambiciones». El joven se marchó a Viena en febrero de 1908. Junto con su hermana, solicitó una pensión de orfandad y dispuso de una parte de la escasa herencia de su padre. Apenas tenía para subsistir, viviendo modestamente con una costurera en un barrio pobre de la capital. No tenía oficio, y las puertas de la Academia de Bellas Artes se le habían cerrado definitivamente tras un segundo intento fallido en otoño de 1908. «Insuficiente», señala el registro de la Academia. Las páginas de la infancia y la primera juventud habían pasado irrevocablemente.

Entonces, ¿una infancia infeliz? ¿Una familia tóxica? Un padre que era, si no abusivo, al menos «poco cariñoso». Una madre excesivamente cariñosa, que hacía de su amado hijo el centro del mundo. Una familia recompuesta que cambiaba constantemente de domicilio y sufría la tiranía paterna, con o sin alcoholismo. Todo ello es cierto, pero no es suficiente para calificar la infancia de Hitler de «infeliz». Lo que marcó la diferencia fue la pereza y la propensión a soñar de un niño que muy pronto perdió el contacto con la realidad.

Ya de niño, Adolf Hitler daba la impresión de ser un marginal veleidoso incapaz de someterse a una actividad regular, al esfuerzo sostenido, incapaz de encajar, incapaz incluso, si hemos de creer a su único amigo de juventud, de mantener una conversación o un intercambio de opiniones sin enfadarse. Ni siquiera tenía veinte años, y ya se había encerrado en sí mismo.

1. La partitura original de Rienzi fue entregada al Führer como regalo de cumpleaños en 1939.

2. ¿Y si el joven Hitler hubiera sido admitido en la Academia de Bellas Artes de Viena? El curso de la historia habría cambiado radicalmente. Probablemente, la Segunda Guerra Mundial nunca habría sucedido. El escritor franco-belga Éric-Emmanuel Schmitt ha plasmado esta idea en una novela ucrónica: La Part de l’autre (Albin Michel, 2001).

2.¿Fue Hitler siempre antisemita?

Se dice que los cinco años que Hitler pasó en Viena, de 1908 a 1913, fueron de soledad y miseria. Él mismo lo subraya en Mein Kampf: «El hambre nunca dejó de hacerme compañía, no me abandonó ni un instante y participó en todo lo que hice». También escribió: «Viena fue y siguió siendo para mí la escuela más dura, aunque más radical, de mi vida. Entré en esta ciudad como un niño; salí de ella como un hombre que se había vuelto tranquilo y serio». Hay que relativizar esta miseria. Ni una sola vez movió a Hitler para que intentara encontrar un trabajo regular. En realidad, contaba con su pensión de orfandad, ciertamente muy modesta, pero a la que añadía su parte de la herencia y algunos subsidios proporcionados por una tía materna, Johanna Pölzl. Suficiente para seguir llevando la vida ociosa y bohemia de sus años en Linz.

Él y Kubizek alquilaron una gran habitación en una casa particular. Kubizek estudiaba música en serio tras ingresar con éxito en el conservatorio, mientras que Hitler salía a pasear, se quedaba despierto hasta tarde y, según su compañero, leía mucho: leyendas germánicas, así como libros de historia del arte y arquitectura. Lo cierto es que difícilmente veremos a Hitler inmerso en un libro tras su etapa vienesa. Kubizek también afirma que su camarada ya era «ferozmente antisemita» antes de llegar a Viena. Nada es menos cierto.

A lo sumo, sus profesores de historia —por lo poco que tuvo la oportunidad de aprender de ellos— le abrieron los horizontes del pangermanismo. Tal vez fuera el caso de su maestro Leopold Poetsch, de quien habla muy bien en Mein Kampf: «Era capaz no sólo de cautivarnos, sino también de arrastrarnos con su deslumbrante elocuencia».

Con más de dos millones de habitantes a principios del siglo xx, Viena era la cuarta ciudad más grande de Europa, después de Londres, París y Berlín. La capital de la antigua monarquía austrohúngara, en la que el emperador Francisco José parecía reinar a perpetuidad, brillaba con luz propia. «Apenas había una ciudad en Europa donde el anhelo de cultura fuera más apasionado que en Viena», recuerda con emoción el escritor vienés Stefan Sweig. Y añade: «Todo ciudadano de esta ciudad recibía de ella una educación cosmopolita, una educación como ciudadano del mundo». Evidentemente, esta no era la Viena que Hitler conoció, con su famoso Ring surcado por brillantes equipamientos, su Burgtheater, su Hotel Imperial, sus cafés de fama mundial: Café Central, Café Mozart, Café Sacher...

En otoño de 1909, Hitler aprovechó una ausencia de su compañero de piso para desaparecer sin dejar una dirección. A partir de entonces, iba de hoteles miserables a albergues, probablemente para eludir sus obligaciones militares, negándose a cumplirlas en un Estado tan multinacional como el de los Habsburgo. Este hombre crónicamente ocioso iba de sórdido café en sórdido café, y adquirió el hábito de leer los periódicos a disposición de los consumidores. No se perdía nada que tuviera que ver con la política. Tres grandes partidos dominaban entonces el país: los socialdemócratas, los socialcristianos y los nacionalistas pangermanistas. Fue esta última causa la que Hitler abrazó de inmediato, la del movimiento völkisch.

Este movimiento intelectual y político apareció en Alemania a finales del siglo xix. Difícil de traducir, völkisch incrementa la noción de nación, de pueblo, la de raza. Este concepto «sustituye una idea política por una concepción biológica relativa al pueblo alemán, su vida, su estructura social y su desarrollo», según el especialista en civilización alemana Edmond Vermeil.1

Compartido por varios teóricos y numerosas asociaciones, el pensamiento völkisch cultivó una obsesión por las antiquísimas raíces del Volk alemán y la «pureza de la raza». Este racialismo, que enseguida se convirtió en un elemento central de la Weltanschauung («concepción», «visión del mundo») de Hitler, se basaba en la premisa de la existencia de razas dentro del género humano. Unas son superiores a otras y, por tanto, merecen su hegemonía histórica. El orientalista y teórico político alemán Paul de Lagarde defendió, entre 1878 y 1881, que el Volk era un todo orgánico único, dislocado por los cambios de la sociedad. ¿Los culpables? Los liberales y los judíos. Lagarde veía a los judíos como otro Volk corruptor.

Muchos ideólogos völkisch desarrollaron y radicalizaron este antisemitismo en nombre de la pureza de la raza germánica. Entre ellos, Julius Langbehn hizo suya la idea de que los judíos constituían un Volk extranjero que el Volk alemán no podía asimilar. En Austria, Georg Ritter von Schönerer, elegido miembro del Reichsrat en 1873 y por entonces a la izquierda del espectro político, profesaba un antisemitismo cada vez más radical. En 1882, junto con sus partidarios, formuló el «programa de Linz», de inspiración social pero también pangermanista, que propugnaba la conservación del carácter germánico de Austria y el establecimiento de vínculos con Alemania. En aquella época, la monarquía dual austrohúngara presentaba la paradoja de que en cada entidad el grupo dominante, alemán o húngaro, era minoritario frente a los demás pueblos: checos, eslovacos, polacos, rumanos y croatas.

Pero quedaba la cuestión de los judíos, que representaban entre el 10 y el 15 % de la población de Viena, y no eran sólo Freud, Klimt y Mahler... Esta población desató el antisemitismo de los racialistas. En 1885, Schönerer hizo que se añadiera una cláusula al programa de Linz en la que se pedía el destierro de los judíos de la vida pública: «La liquidación de la influencia judía de todos los sectores de la vida pública es indispensable para que las reformas previstas puedan llevarse a cabo con éxito». Además del antisemitismo social, existía también el antisemitismo «biológico». Según Schönerer, da igual que un judío se convierta al cristianismo: «La porquería está en la sangre». Hay que proteger la sangre alemana.

Puede que no fuera un movimiento de masas, pero estas ideas impregnaron toda Viena a principios del siglo xx. El propio alcalde de Viena, Karl Lueger,2 muy apreciado por su gestión, era un antisemita declarado. En 1887, votó a favor del proyecto de ley de Schönerer para restringir la inmigración de judíos procedentes de Rumanía y Rusia.

Hitler estaba impregnado de todo este movimiento. En Mein Kampf rindió un vibrante homenaje a Schönerer y Lueger. Hitler hizo suyas estas ideas en las conversaciones de taberna donde adquirió el hábito de despotricar. Carecía de bagaje intelectual, pero ahora tenía uno: la ideología, la fraseología völkisch.

Leía a Schönerer igual que leía en periódicos y revistas al vienés Guido von List, el impulsor del arianismo, la defensa e ilustración de una raza indoeuropea pura y superior, la raza aria. Von List (quien usurpó la preposición) introdujo la esvástica, el antiguo símbolo germánico del sol (en realidad, incluso mucho más antiguo). Hitler también leyó al austriaco Jörg Lanz von Liebenfels, monje exclaustrado y discípulo de List, quien en 1905 fundó la revista racialista y eugenista Ostara, con el evocador subtítulo de «Revista para hombres rubios y viriles». Ese mismo año publicó Die Theozoologie, un aclamado panfleto en el que abogaba por la esterilización de los enfermos mentales y las «razas inferiores». Los arios sólo alcanzarían la «divinidad» tras un periodo de «desmezcla racial». Según Lanz, el Hitler de Viena era un ávido lector de Ostara, y afirmó después de la Segunda Guerra Mundial, durante su proceso de desnazificación, que este le visitó una vez en su casa de Viena para consultar los números que le faltaban.

Hitler tampoco podía dejar de leer fielmente el periódico vienés pangermánico Alldeutsches Volksblatt, que saludaba cada cumpleaños de Schönerer con el titular: «Heil dem Führer» («¡Salve al líder!»). En 1908 conoció a Franz Stein, líder del Movimiento Obrero Pangermanista, diputado notorio por su agresividad en la tribuna y fundador del periódico vienés Der Hammer. Con motivo del décimo aniversario de la muerte de Bismarck, el 30 de julio de 1908, escribió en el Alldeutsches Volksblatt: «Acaso el pueblo alemán tenga la suerte de ver nacer en el siglo xx a un hombre de acción que, igual a Otto von Bismarck en grandeza, fuerza, esplendor y nobleza, sea capaz de completar la obra inacabada».

En todos estos periódicos la raza inferior y antitética a la superior aria era claramente designada como la de los judíos, agentes de la descomposición, la corrupción y la perversión. En la Viena de aquellos años, la gente se inclinaba a ser antisemita, pero sin estar impregnada de las doctrinas del völkisch, si bien Hitler sí se había convertido en völkisch. Este pellejo vacío de cultura y conocimiento, de una inteligencia limitada, se atiborró de esta fantasmagoría ponzoñosa. Hitler afirma en Mein Kampf que fue en Viena donde forjó sus convicciones y, en particular, su antisemitismo. Y así, «los hechos que señalaban a los judíos se acumulaban ante mis ojos». Todo estaba en manos judías: el teatro y el cine, la pintura y la literatura, el Partido Socialdemócrata y sus periódicos, incluso la prostitución... «Por fin conocí el genio maligno de nuestro pueblo. El cosmopolita sin energía que había sido hasta entonces se convirtió en un fanático antisemita».

No es seguro que su antisemitismo fuera tan racionalizado, exacerbado, obsesivo e histérico a partir de los años vieneses. «Karl Lueger —escribió el escritor Stefan Zweig— fue su modelo también en otro sentido, enseñándole la eficacia de la palabra antisemita, que designaba clara y visiblemente a un adversario para el descontento de los pequeños burgueses y al mismo tiempo derivaba, sin que lo pareciera, su odio latente contra los grandes terratenientes y la riqueza feudal». Fue en Viena donde, durante sus años de miseria y vagabundeo, Hitler, el hombre fracasado y amargado, forjó sus odios: a los Habsburgo y su Austria multinacional, a la socialdemocracia y el marxismo, al parlamentarismo, a la Viena moderna y cosmopolita y, por último, a los judíos que, en cierto modo, contenía todos los demás.

A partir de febrero de 1910 encontramos a Hitler en un asilo para hombres, después de haber pasado meses durmiendo en albergues para indigentes. Era una pensión subvencionada por la ciudad, que ofrecía comidas adecuadas a precios muy bajos, un dormitorio dividido con tabiques y una sala común con biblioteca y periódicos. Continúa evitando un empleo regular y permanece allí tres años. Pinta postales y pequeñas acuarelas de paisajes, edificios y calles de Viena, que vende a través de Reinhold Hanisch, un vagabundo con antecedentes penales. Más introvertido que nunca, no tiene amigos y aún menos conocidas. Podría decirse que es un inadaptado social, pero, como hemos visto, ha adoptado el hábito de hablar en los cafés, donde las conversaciones giran inevitablemente en torno a la política. Discurre febrilmente dando a sus lecturas una especie de aplicación práctica. Su primer público fueron los indigentes de los barrios pobres de Viena.

Hitler no veía futuro en la capital austriaca, sobre todo porque seguía eludiendo sus deberes militares. Con veinticuatro años, decidió abandonar Viena para dirigirse a Múnich, es decir, a Alemania, una vez que hubiera cobrado el saldo de su pequeña herencia. Llega a la capital bávara el 24 de mayo de 1913 acompañado por un residente del asilo de Viena, con el que compartirá una pequeña habitación en un vecindario pobre. Sigue pintando sus acuarelas, leyendo los periódicos y apasionándose por la política. Las autoridades austriacas, a través de la policía de Múnich, le pidieron que se presentara a la junta de revisión. Fue declarado exento en Salzburgo: «No apto para el servicio armado y auxiliar demasiado débil. Incapaz de llevar armas».

Pero de repente se declaró la guerra ante el júbilo general (quizá cabría relativizarlo, pero eso es otra historia). Hitler consiguió enseguida alistarse en un regimiento bávaro. «Y así comenzó para mí, y sin duda para todos los alemanes, la época más grande, la más inolvidable de mi vida en la tierra. El pasado ya no importaba ante los acontecimientos provocados por esta inmensa lucha» (Mein Kampf ).

Veremos más adelante lo que le ocurrió a Hitler en la Gran Guerra, pero el hecho es que se quedó estupefacto ante el anuncio del armisticio, un «acontecimiento monstruoso». Fue sin duda una traición, una «puñalada por la espalda» (expresión que iba a ganar muchos adeptos) de los de la retaguardia, los emboscados, los aprovechados, en definitiva, los judíos. A partir de 1916, cuando la guerra había empezado a estancarse, los judíos se habían convertido en los chivos expiatorios del sector de la opinión pública agitado por el movimiento völkisch. En septiembre de 1917 se fundó el ultranacionalista y antisemita Deutsche Vaterlandspartei (Partido de la Patria). Disuelto en diciembre de 1918, contaba con 1.250.000 miembros. El antisemitismo se había convertido en un movimiento de masas.

De vuelta a Múnich, Hitler se habría encontrado de nuevo en una situación precaria si el ejército no le hubiera acogido bajo su protección. Alemania estaba en plena revolución. En Baviera se había proclamado una república libre, preludio de la constitución de una «República de Consejos» bolchevique el 7 de abril de 1919. Como en el caso de la revolución espartaquista de Berlín, la contrarrevolución se apoyó en los freikorps («cuerpos francos») equipados por el ejército del armisticio, la Reichswehr. Las revoluciones comunistas fueron aplastadas en todas partes, especialmente en Baviera, que se convirtió en el bastión de las fuerzas ultranacionalistas.

La Reichswehr necesitaba elementos ideológicamente sólidos. El cabo Hitler era uno de ellos, a pesar de que el capitán Karl Mayr, acérrimo antirrepublicano y antisemita, lo reclutó con desprecio: «La primera vez que lo vi, parecía un perro callejero cansado en busca de amo». En el verano de 1919, Hitler fue enviado por la Reichswehr para asistir a un curso de formación cívica. Uno de sus profesores, Gottfried Feder, le causó una gran impresión. Era miembro de la Sociedad Thule, una sociedad secreta de Múnich fundada en 1918 que abogaba por el antirrepublicanismo, el paganismo, el racismo científico y el antisemitismo. Entre sus miembros figuraban el ocultista Guido von List y el futuro general Lanz, así como completos desconocidos: Hermann Göring, Rudolf Hess, Alfred Rosenberg, Hans Frank, Julius Streicher... Hitler, menos que un don nadie, no era miembro de esta sociedad, pero era invitado regularmente. Es entonces cuando radicaliza su Weltanschauung, su «visión metafísica del mundo, subyacente a una concepción de la vida»,3 y en particular su antisemitismo.

En otoño de 1919, se le encomendó la tarea de reavivar la fe patriótica de los soldados que regresaban de su cautiverio. Sus jefes se deshacen en elogios por su celo y, en particular, por sus dotes de orador, con una «voz excepcionalmente gutural». Comenzó a dar charlas a ligas, asociaciones y sociedades ultranacionalistas, todas ellas más confidenciales, pero que reflejaban el inmenso desconcierto del pueblo alemán tras el Diktat del Tratado de Versalles. Habla de una nueva Alemania, con un nacionalismo radical enraizado en la ideología völkisch. Su antisemitismo (más tarde lo calificaría de «científico») se forjó en el fuego de sus primeras audiencias, como una lucha nacional contra el enemigo de siempre.

En septiembre de 1919, el Ejército le encomendó informarse sobre una de las muchas agrupaciones que habían surgido tras la guerra: el Deutsche Arbeiterpartei (dap, Partido Obrero Alemán), que no tenía nada de «obrero» en el sentido marxista. Fue allí donde coincidió por primera vez con uno de los fundadores, Dietrich Eckart,4 que se convertiría en su mentor. Periodista de talento y dramaturgo fracasado, en diciembre de 1918 fundó un semanario antisemita, Auf gut deutsch («En buen alemán»). En 1919 escribe: «La cuestión judía es el principal problema de la humanidad que, de hecho, contiene todos sus demás problemas». Eckart, que se había dado cuenta del talento como orador de Hitler, lo tomó de la mano, lo desbastó e introdujo a este agitador de tabernas en los salones de la burguesía muniquesa. Alfred Rosenberg le dio a conocer los escritos de Houston Stewart Chamberlain.5 Discípulo de Gobineau,6 Chamberlain retomó el mito de la raza aria, la raza superior que persistiría en estado puro en Alemania, en su muy aclamado Los fundamentos del siglo XIX (1899).

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