Homo viator - Humberto González Galván - E-Book

Homo viator E-Book

Humberto González Galván

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Beschreibung

En Homo viator. Bitácora filosófica a la sierra de la Laguna se concentran los andares filósoficos de un grupo de estudiantes universitarios y dos profesores de la carrera de Filosofía de la Universidad Autónoma de Baja Californiar Sur (UABCS), al realizar un viaje a la reserva natural sierra de la Laguna, en 2016, en el marco del curso optativo "Senderismo filosófico", ofrecido en la UABCS a las carreras de Humanidades (Filosofía, Historia, Lenguas Modernas, Lengua y Literatura) y también para la licenciatura en Turismo Alternativo, en una exploración de la idea filosófica de homo viator, cuyo sentido general consiste en ver al viaje y al viajar como notas sustantivas a lo más propiamente humano. Por ello, en esta práctica filosófica se empleó un método teórico-práctico apegado a la subjetividad, donde las conceptualizaciones aprendidas en clase se reflexionaron desde la experiencia personal en un ambiente propio para tales meditaciones filosóficas: la naturaleza. En palabras del profesor encargado del curso, Dr. Humberto González Galván: "Por senderismo filosófico queremos entender una práctica social que articule, de manera peripatética, al pensamiento con la emoción, a la naturaleza con la existencia y a la supervivencia con la cultura personal, entendidos estos términos, en apariencia contrapuestos, como totalidad significativa de experiencia". En ese sentido, los lectores del libro encontrarán en sus páginas diferentes panoramas  filosóficos de un viaje con un mismo punto de partida y una variedad de sendas hacia la consciencia humana.

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Seitenzahl: 178

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Contenido

Bitácora filosófica a la sierra de la Laguna

Humberto González Galván

Mi experiencia en la sierra de la Laguna

Alejandra Guadalupe Ortiz Gaxiola

Mi experiencia en la sierra de la Laguna

José Ramón Payán Trasviña

Mi experiencia en la sierra de la Laguna

Jorge Luis Cuevas

Narrativa de una vida en tres días

Carlos Ríos

Relato-Diario. Sierra de la Laguna. 11-13/04/16

Italia Sinaí Cabanillas Silva

Bitácora-reporte sobre el viaje hecho a la reserva de la biósfera sierra de la Laguna, Baja California Sur: “Darse una pauta para dejar los viajes inmóviles de un citadino”

Paul Alan Cárdenas

Devenir a la sierra de la Laguna

Gabriel Campos

Sierra de la Laguna, BCS

René Moreno Terrazas Troyo

Anexo Homo Viator: Bitácora filosófica a la sierra de la Laguna

Breve cierre filosófico general

Acerca del autor

Landmarks

Cover

Bitácora filosófica a la sierra de la Laguna

Humberto González Galván

Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.1Alejandra Pizarnik

Una particularidad especial de esta manera de andar es el hecho de que el que anda, de un modo tan involuntario como consciente, a intervalos vaya dándose vuelta y mirando hacia atrás, no por miedo a que alguien le persiga, sino por el puro placer que le depara el estar en camino –un placer tanto mayor cuanto que la marcha no tiene meta–, con la seguridad de estar descubriendo a sus espaldas una forma, aunque sólo sea la grieta del asfalto. Sí, la seguridad de haber encontrado una manera de andar…2Peter Handke

Caminar es necesario. Vivir no es necesario3Humberto González Galván

Solidaridad, valor en sí

“Senderismo filosófico” es un curso universitario, optativo para las carreras de Humanidades (Filosofía, Historia, Lenguas Modernas, Lengua y Literatura) y también para la licenciatura en Turismo Alternativo. Su objetivo es ambicioso: explorar la idea filosófica de homo viator, cuyo sentido general consiste en ver al viaje y al viajar como notas sustantivas a lo más propiamente humano. En el programa del curso se lee: “Por senderismo filosófico queremos entender una práctica social que articule, de manera peripatética, al pensamiento con la emoción, a la naturaleza con la existencia y a la supervivencia con la cultura personal, entendidos estos términos, en apariencia contrapuestos, como totalidad significativa de experiencia”. Del día once al trece de abril pasados (2016) tuvimos una salida de prácticas a la sierra de la Laguna. Gestionar esta salida encontró facilidades de todo tipo, ya que se encontraba (pienso yo) bien sustentada en lo académico. Tanto la UABCS como la SEMARNAT (Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales) fueron ágiles en sus respectivas funciones de apoyo. No me detengo en esto, que sin embargo agradezco en todo lo que vale.

Nuestro método, en tanto experiencia de un caminar que luego se reflexiona con/desde las distintas conceptualizaciones homo viator exploradas en clase, guarda cierta semejanza con lo que las ciencias sociales y antropológicas han enfrentado en el rescate del punto de vista subjetivo, presente de manera valiosa en sus investigaciones científicas. De ahí que, al enlazar la experiencia personal en la exploración de sus diversos objetos de estudio, los etnólogos hayan tenido que centrar el encuentro subjetividades en sus reflexiones metodológicas. Harold Garfinkel (1917-2011), utilizando la fenomenología, entrelaza ideas y conceptos sociales, políticos y culturales con sus propias experiencias personales. Ya antes de él, el ahora clásico Tristes Tropiques de Lévi-Strauss (1908-2009) fue condenado, por miopes colegas empiristas de secano, de ser un “clásico de la autobiografía” o de ser “la confesión más íntima” de un científico.4 La historia de las ciencias va poniendo cada cosa en su justo sitio. En este sentido, la doble anticipación hermenéutica que el duplo filosófico Heidegger-Gadamer avala y fundamenta, apoyaría, a su manera, lo que en su momento fue motivo de escándalo epistemológico: la existencia inevitable de la subjetividad presente en todo proceso creativo… y la ciencia es, sin duda, uno de ellos.

Una práctica como la nuestra, es decir, filosófica, hace del camino una experiencia que luego tendrá que reflexionarse de manera conceptual. En este caso, subir a la sierra de la Laguna, como experiencia, tenía que ser vivida como tal, como experiencia. No era el objetivo llegar al “Segundo valle” y tomar ahí la lección, no; la lección era caminar, contemplar sin prisa lo que el camino iba abriendo al horizonte de nuestras miradas, subsistir gozosos en el esfuerzo sostenido de una marcha ardua, como lo es el andar mismo en el tiempo finito de cualquier vida. La lección era exponerse a la prueba de sí en un caminar difícil. Trece horas nos costó alcanzar la cima. Luego encender, al calor de una fogata, nuestras primeras conversaciones, sesgadas por el desigual contraste de nuestros cansancios y nuestras hambres. A fin de cuentas, la experiencia, hasta ese momento, nos había mostrado los muy disparejos calibres con que están marcados nuestros cuerpos. “La Calambrina”, argumentando a favor de su nombre con sus pesadas cuestas, nos puso a todos a prueba. Pero es, sobre todo, otro tipo de prueba, más experiencial que física, la que quisiera resaltar esta vez aquí, en este artículo periodístico: la experiencia de solidaridad. Relato los hechos para luego reflexionar con ellos lo que intento decir acerca de la solidaridad humana en tanto valor en sí.

Los escuetos hechos: el día doce de abril fuimos a “Las Cascadas”, a nadar y comer ahí, para luego regresar al “Segundo valle”, donde habíamos dejado nuestro campamento. A las 4:30 p. m. ya estábamos en él, esperando a dos de nuestros compañeros. Nos alarmó que no llegaran cuando empezaba a hacerse de noche. Es aquí cuando inicia la experiencia solidaria que quiero destacar. Y si menciono demasiados nombres, es debido a la importancia que doy al valor en sí que pongo de manifiesto con el término solidaridad. En el “Segundo valle” hay dos cabañas. En una de ellas se encontraban Fernando Arteche y Jerónimo Cota, del rancho Sierra de la Laguna; en la otra, se hallaban las siguientes personas: Ing. Juan Villareal Pérez, Leonardo Camacho Espinoza, Otón Morgado López, Hernán Santa Ana Cervantes, Rogelio Upalia Bonola y Regino León Villalobos. Todos ellos se encontraban supervisando distintos trabajos vinculados a sus respectivas dependencias (CONANP, CONAFOR, ASAMYFOR). Entre todos formamos las primeras brigadas de búsqueda. Con lámparas, silbatos y gritos, incursionamos lo andado. Quiero resaltar la fortaleza del brigadista Regino que, acompañando por Leonardo, volvieron a las tres de la mañana con las primeras noticias: hallaron las huellas que indicaban el desvío de nuestros compañeros hacia San Dionisio. “Si ellos siguieron esa ruta —nos dijeron Regino y Leonardo— encontrarán ‘la poza de Pepe’, donde podrán avituallarse”. Con esa esperanza y con la certeza que, de momento, nada más podríamos hacer, nos fuimos a dormir. No me extiendo más. Los compañeros fueron encontrados sanos y salvos, dos días después, por Rogelio Rosas y su primo, el guardabosque Ossiel, justo en los alrededores del rancho San Dionisio. Por supuesto que en toda esta odisea no sólo participaron los aquí mencionados. Tanto Protección civil como los familiares de los dos extraviados, hicieron cada quien lo suyo, sin duda. Lo mismo puede decirse de las autoridades universitarias y de SEMARNAT. Todos ellos estuvieron en su sitio. Ahora bien, lo que aquí quiero subrayar, a manera de reflexión filosófica sobre la solidaridad como valor en sí, tiene que ver con una tesis del filósofo Enrique Dussel (16 tesis de economía política. Interpretación filosófica, 2014) que expongo conciso. El valor en sí de las cosas se encuentra a medio camino entre el valor de uso y el valor de cambio e implica, por ello, un sacrificio. Me explico con un ejemplo: cuando se es ser humano, el ser solidario con otro ser humano sólo porque sí, constituye el valor en sí de aquello que se está poniendo en ejecución; la solidaridad en este caso. Eso se dio en la sierra de la Laguna. En nuestra búsqueda no éramos nosotros el sujeto de lo buscado (valor de uso); tampoco se nos gratificaba con nada (valor de cambio). Era la vida misma la que nos ponía en juego, como valor en sí, por vía de actos diversos, a la solidaridad humana. En una época tan desaliñada de humanismo, vale la pena detenerse en el camino cuando se constatan hechos como éste.

¿Qué queda? Aún mucho. Cada uno de los siete estudiantes (Carlos, Italia, Alejandra, Paul, Gabriel, Jorge y José) y dos profesores (René y yo), que realizamos esta experiencia de camino, subir a la sierra de la Laguna, tenemos el compromiso de extender nuestras reflexiones en distintos senderos (éticos, estéticos, metafísicos, epistemológicos) a fin de seguir andando y hacer nuestro el adagio viejo: “Navegar es necesario, vivir no es necesario”. Con ello a cuestas, quizá, pulamos un opúsculo al respecto. Ya se verá.

Vida, valor en sí y valor de uso

Thoreau asiste a ese momento del siglo XIX en el que se abre la era de las grandes producciones en masa, se inician la edad del capitalismo total y la época de las grandes explotaciones industriales. Todo ello acelera la persecución infinita de las ganancias y el saqueo de una Naturaleza que ya sólo se ve como un pozo de beneficios. Y frente al desarrollo de esa ansia de riqueza sin límites, frente a la capitalización ciega de los bienes materiales.Thoreau propone una nueva economía. Su principio es sencillo. Ya no se trata de preguntarse qué rinde tal o cual actividad, sino lo que cuesta en instantes de vida pura.Frédéric Gros.

La tierra que se expande hacia la derecha y [hacia la izquierda,El cuadro viviente, cada una de sus partes bajo [su mejor luz,La música que resuena donde la necesitan, y que cesa donde no la necesitan,La alegre voz del camino real, el sentimiento [gozoso y fresco del camino.Walt Whitman.

Si en el apartado anterior hemos establecido, siguiendo a Dussel, a la solidaridad humana como una forma de valor en sí, querríamos a continuación establecer a la vida misma (sea humana o no) como otra forma de valor en sí, quizás más anchurosa y profunda aún que aquélla. Uno de los muchos filósofos que parece tenerlo claro, es el rebeldísimo Henry David Thoreau (1817-1861). En una vida de sólo cuarenta y cuatro años hizo del caminar casi un concepto filosófico para significar no sólo la vida libre, sino lo que una tal manera de vivir tiene de esencial a la vida misma. Su razonar económico, muy semejante al de Dussel, aunque de estilo por completo ajeno, llega a declarar que…

El costo de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella, de manera inmediata o durante un periodo de tiempo.5

Así como Dussel, a su manera y siguiendo a Marx muy de cerca, distingue al valor en sí de las cosas tanto del valor de uso como del valor de cambio, aunque acercando más los dos primeros y asignando al último (valor de cambio) sólo un sentido histórico transitorio a un sistema determinado (el capitalismo); también Thoreau, quizá en diálogo constante con el poeta Emerson, con quien estuvo muy ligado toda su corta existencia, ve en la vida un valor de uso insobornable a ningún trueque mercantil. Cuando se pregunta por el valor de una larga caminata, razona de la siguiente manera, para distinguir provecho de beneficio:

¿Qué provecho saco de una larga caminata por el bosque? El provecho es nulo: no se ha producido nada que pueda luego venderse, ni se ha realizado algún servicio social que pueda rentarme nada. A este respecto, la marcha es desesperadamente inútil y estéril. En términos de economía tradicional, es tiempo perdido, malgastado, tiempo muerto, sin producción de riqueza. Y sin embargo para mí, para mi vida no diría siquiera interior, sino total, absoluta, el beneficio es inmenso: es un largo momento en el que he estado en la vertical de mí mismo, sin que me invadieran las preocupaciones volátiles, ensordecedoras, ni me alienara el parloteo incesante de los charlatanes. Me he capitalizado de mí mismo durante todo el día. Es un largo momento que he pasado a la escucha o en la contemplación: la Naturaleza entonces me ha dado, sin límite, todos sus colores. Para mí solo. Receptividad de la marcha: no dejo de recibir toneladas de presencia pura. Evidentemente, hay que sopesar todo eso. A fin de cuentas, la marcha habrá sido para mí más beneficiosa que poco provechosa: lo que se me dio, se me dio en abundancia.6

El valor de cambio que Dussel critica como abusivo al sistema capitalista, es el provecho que Thoreau critica como vacío para la vida plena (para la vida buena, diríamos hoy con Dussel y tantos otros). Lo que es beneficioso para mí y para mi vida (valor de uso), sólo lo puedo hacer yo y nadie más: “Lo que me es beneficioso… depende de gestos, de actos, de momentos de vida que me es imposible delegar en otros”.7 Su criterio para saber si tendría o no que hacer algo, estaba determinado por la respuesta que se diera a la siguiente pregunta: “¿Podría hacerlo otra persona en mi lugar?”8:

En el trabajo puede sustituirnos alguien, pero no a la hora de caminar.9

La vida, en tanto valor de uso, es insustituible para sí. Ser solidarios con la vida de los demás, en tanto valor en sí de nuestra propia humanidad, nos hace insustituibles para con un nosotros que nunca dejamos de ser. Saberlo da nacimiento de una conciencia originaria. El paso de un uno estéril a un nosotros generoso es aquí, para esta conciencia, muy natural; no así el paso de estas formas de valoración (valor de uso y valor en sí) a esa otra (valor de cambio) que, de manera histórica, hoy asedia globalmente, con banalidades frívolas y letales, a la vida en cualquiera de sus múltiples y diversas manifestaciones.

Esperanza, valor en sí, valor de uso y valor de cambio

La esperanza es principio, porque el mundo aún no está concluso, porque los hombres estamos siempre en el camino y esperamos que lo mejor esté por llegar. Frente al pesimismo de gran parte del pensamiento contemporáneo, Bloch es partidario de un «partidismo militante», pero teniendo presente siempre que la esperanza en el futuro no significa meramente confianza en él, sino trabajo en el sentido de la construcción de ese horizonte emancipado.Francisco Serra

Anhelo, espera, esperanza necesitan su hermenéutica, el alborear de lo ante-nosotros exige su concepto específico, lo nuevo exige su concepto combativo… bien en el horizonte ya amanecido, bien en el que todavía tiene que amanecer.Ernst Bloch

Comenzar a vivir una vida verdadera es comenzar un gran viaje.Henry David Thoreau

¿Qué se puede dar a cambio por una esperanza, a manera de trueque?; ¿cuánto cuesta tener una esperanza?;¿por qué tener alguna esperanza y no ninguna?; ¿se puede tener esperanza sólo porque sí?; ¿de dónde proceden nuestras esperanzas, de qué realidad vienen?; ¿es posible vivir sin esperanza, sin esperanza alzar el cuerpo de la cama luego del sueño reposado?; ¿se puede enseñar a tener esperanzas con tan sólo practicar un andar propicio? Para Thoreau, la esperanza es “certeza muda… certeza sin inquietud”10. Este filósofo americano liga de manera directa la esperanza con la experiencia de un caminar matutino. La mañana es, para él, el momento del día que, si es transitado al paso del sol, se abre al mañana como un nuevo telos a construir. La mañana del día o la mañana del año son iguales en esto: ambos marcan un principio hacia lo nuevo. También la primavera. Y si se le sintetiza sin prisas se puede decir que, para Thoreau, las auroras de lo nuevo que acompañan a la esperanza se dirigen al oeste:

Nosotros vamos al este a comprender la historia y a estudiar las obras de arte y de la literatura, rehaciendo los pasos de la raza; al oeste, nos dirigimos como hacia el futuro, con espíritu de iniciativa y aventura.11

Al este está el pasado de lo hecho; al oeste el porvenir de lo nuevo, acicateado por frescas esperanzas matutinas. Thoreau vivió la primera mitad de un siglo XIX norteamericano convulso, inserto en una permanente contradicción por parte de sus colonos. Estos quieren construir un paraíso para ellos y entre ellos y, a la par, engendran un infierno para el nativo, al que excluyen de su plan escatológico. En este espasmo colonial, la conciencia de Thoreau asume un platonismo del camino, que no de la caverna12, en el que la naturaleza le marca hacia el oeste la flecha del cuadrante. Casi dos siglos después (2016) será el sur13 el destino de sueños muy semejantes. Marchando al oeste se llega al sur, diríamos ahora nosotros. Se avanza participando de la totalidad que al camino ofrece a nuestros cuerpos:

…en la marcha es más una cuestión de participación: siento en mí lo vegetal, lo mineral y lo animal. Me siento hecho de la misma madera que el árbol cuya corteza toco al pasar, del mismo tejido de las altas hierbas que rozo, y mi respiración entrecortada, cuando me detengo, se acompasa con el jadeo de la liebre que de pronto hace un alto ante mí… andar te llena el espíritu de una consistencia distinta… llena de la presencia del mundo.14

Y es en esta teoría de la participación, o platonismo del camino, como preferimos verla y conceptuarla, en la que lo nuevo brilla en esa precisa dirección ya señalada: hacia un oeste que es sur. Lo nuevo, en tanto tal, a fuerza de desconocido, principia por ser salvaje. Dice Thoreau:

El oeste del que hablo no es sino otro nombre de lo salvaje; y a lo que quería llegar es a que la Naturaleza salvaje es lo que preserva el mundo.15

Sí, yendo al oeste-sur, se principia por ser salvaje pero luego, con una feliz esperanza matutina a cuestas, se alzan los pasos de un ser de suyo renovado:

Caminar, para Thoreau (hacia el oeste, pero siempre se va hacia el oeste cuando se camina bien), no es encontrarse uno mismo, sino darse siempre la posibilidad de reinventarse.

«Comenzar a vivir una vida verdadera es comenzar un gran viaje».16

Solidaridad, vida, esperanza. Tres palabras que juntas hoy caminan al sur. Lo sur es la región de los valores en sí que, volcados al juego del uso que los disfruta y sufre (y no a las casas de cambio que sólo buscan su plus de ganancia monetaria), se renuevan a sí mismos a cada salvaje zancada contumaz. Ascender la sierra de la Laguna fue una puesta en práctica de una manera de andar hacia estas tres cumbres humanas, ¿lo habremos entendido todos?

1 Alejandra Pizarnik (1936-1972), “Caminos del espejo I”.

2 Peter Handke (1942), Lento regreso.

3 Se trata de una construcción paralela a la clásica de Plutarco (Vidas paralelasVII, 50, 2): “...Encargado Pompeyo de la organización y dirección del avituallamiento de Roma, envió legados y amigos a muchos lugares. Él mismo se embarcó hacia Sicilia, Cerdeña y Libia, procediendo a la recogida de cereales. Cuando ya estaban los barcos a punto de zarpar, se desencadenó un viento fuerte y los marineros no se atrevían a hacerse a la mar: Entonces Pompeyo subió el primero a las naves, dio orden de levar ancla y gritó: iTAElVdváYKT) – (T)V OUK dváYKT) (Navegar es necesario-vivir no es necesario). Gracias a su audacia y celo, secundados por la buena suerte, llenó de trigo los mercados y el mar de navíos, de forma que las provisiones fueron suficientes incluso para los pueblos más allá de Roma y de Italia, como una fuente inagotable, cuyas aguas fluyen hasta los extremos de la tierra–”.

4Vid. el “Prólogo de la edición española” en Antropología estructural de Lévi-Strauss (1977, Buenos Aires: EUDEBA, p. IX).

5 Thoreau, H. D., Walden o la vida en los bosques. La idea me la proporcionó Frédéric Gros (2014, Andar. Una filosofía, México: Taurus, pp. 95-111) a quien sigo de cerca en mi tratamiento de esta cuestión.

6 Gros, F. op. cit., p. 97.

7 Ibíd., p. 98.

8 Ídem.

9 Ídem.

10 Ibíd., p. 106.

11 Ibíd., p. 108. El autor, Gros, cita de la obra de Thoreau Caminar (2008, Cádiz, Hurqualya).

12 Para Platón lo real está fuera de la caverna, a espaldas de los seres humanos; en Thoreau la realidad está en el camino mismo, a la vista del viandante que, a medida que lo recorre, descorre sus misterios a plena luz del día.

13 ¿Qué es hoy el sur o, lo sur, como preferimos? Enrique Dussel da una primera clave para esta ubicación: “El Sur del que hablamos, ya hemos indicado, es al menos 1) América Latina (y sus pueblos originarios), 2) el mundo islámico (de Marruecos hasta Mindanao en Filipinas), 3) el África bantú subsahariana y su diáspora, 4) India, 5) el sudeste asiático (en parte indostánico, como Burma, Nepal, y en otra chino, como Corea, Vietnam…) y 6) China”. Dussel, E.(2015), Filosofías del sur. Descolonización y transmodernidad, México: Akal, p. 93, en nota al pie.

14 Gros, F. op. cit., p. 104.

15 Ibíd., p. 109.

16 Ibíd., pp. 110-111.