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En pugna con las presentaciones "biografistas" del romanticismo crítico local pero atento a las derivas del sujeto y a los reflujos de la escritura, Noé Jitrik renueva en 1959 la lectura de Horacio Quiroga y reabre su caso. Considerado hasta entonces un "genio menor adecuado a nuestro provincianismo literario", Quiroga deviene, con la publicación de Los desterrados en 1926, pionero de una literatura de fronteras que abandona al fin los ropajes modernistas y pone en juego una nueva dialéctica entre experiencia, literatura y mundo. Jitrik apela a estudios contemporáneos de Ezequiel Martínez Estrada y Emir Rodríguez Monegal para fracturar la imagen cristalizada de Quiroga y, a la vez, revisar en detalle el derrotero poético del escritor rioplatense. Quiroga fue, en palabras de Jitrik, "un descubridor de mundos, un revelador de zonas escondidas, un escritor que se levanta por sobre sus propias limitaciones y su propia pesadez para proponer nuevas versiones de la realidad".
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Seitenzahl: 194
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Horacio Quiroga. Una obra de experiencia y riesgo y yo tenemos la misma edad, pero no hemos envejecido parejamente. Cualquiera que se acerque por primera vez al libro de Noé Jitrik, que ahora EDUNTREF reedita, comprobará que goza de una vitalidad envidiable.
Casi todo el mundo conoce a Noé, pero los protocolos del género me obligan a una presentación. Nació en 1928 en Rivera, Provincia de Buenos Aires. Estudió Letras, es un reconocido autor de cuentos, novelas y poemas y uno de los más destacados latinoamericanistas.
A partir de 1953 colabora con la revista Contorno, de la que formaban parte David e Ismael Viñas, Oscar Masotta, Carlos Correas, León Rozitchner, Juan José Sebreli y Adelaida Gigli y que constituye uno de los hitos más importantes de la crítica literaria y cultural en Argentina.[1]Contorno publicó solo diez números y dos cuadernos. Dejó de aparecer en 1959, el mismo año en que Jitrik publica su impresionante Horacio Quiroga. Una obra de experiencia y riesgo en Ediciones Culturales Argentinas (editorial dependiente del Ministerio de Educación), con una cronología de Oscar Masotta y Jorge Lafforgue que excede largamente el carácter parasitario del género para convertirse en una suerte de ensayo cronológico.
En 1966, un año antes de la aparición de la segunda edición del Quiroga, Jitrik se instala con Tununa Mercado (a quien había conocido en Córdoba, donde dio clases) en París. Saca provecho de las corrientes de la nouvelle critique, que nunca aplicará mecánicamente sino que traducirá con elegancia a una realidad muy diferente: las letras y la cultura latinoamericana. Son los años, también, de Literatura argentina y realidad política (1964) de David Viñas y Sexo y traición en Roberto Arlt (1965) de Oscar Masotta. El Quiroga, como esos otros libros, apenas si puede relacionarse con lo que la crítica literaria era hasta ese momento.
Durante tres años, Jitrik enseña en Francia sin perder de vista ese otro lado del Atlántico que constituye su obsesión y la nuestra: América Latina. De regreso en Buenos Aires, participa casi clandestinamente de la vida intelectual argentina (son los tiempos de Onganía). Esa clandestinidad se mantiene hasta 1973, cuando se hace cargo de la cátedra de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
En 1974, Jitrik se encuentra en México como profesor visitante. Amenazado por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), decide exiliarse con su familia y trabaja en El Colegio de México, la UNAM y la Universidad Autónoma de Puebla hasta el final de la Dictadura militar, cuando vuelve al país. Los trabajos de este período, todavía de lectura indispensable y obligatoria, conjugan la atención siempre minuciosa por el texto literario con las dimensiones discursiva y semiótica, que permiten a su perspectiva establecer sistemas de reenvío entre la institución literaria y la cultura.
Durante la restauración democrática, Jitrik participa activamente de la vida intelectual y literaria. Retoma sus cursos de Literatura latinoamericana, dirige el Instituto de Literatura Hispanoamericana (desde 1997), integra el CONICET, publica libros de ficción y ensayos, organiza encuentros infatigablemente, colabora con la prensa periódica, funda colecciones: a partir de 1999 aparece su Historia crítica de la literatura argentina en doce volúmenes.
*
El Quiroga de Jitrik es un libro anacrónico. Publicado en 1959, su modernidad (tanto en lo que se refiere a la delimitación del objeto como a la escritura misma) permitiría fecharlo diez años después sin titubeos.
Por un lado, es notable el esfuerzo por reflexionar acerca de los procesos de representación de la realidad en literatura. La misma preocupación puede verificarse en Procedimiento y mensaje en la novela (Córdoba, 1962) y en los prólogos a los libros en los que Jitrik recopila los numerosos artículos que escribe.
En el Quiroga, Jitrik enfatiza las distancias entre el “mundo real” y el “mundo de la obra”, que aparece construido de acuerdo con “leyes que le dan su particularidad” aunque a veces ese mundo sea juzgado en términos de la coherencia del “mundo corriente”. Esto le permite distinguir (y evaluar) dos maneras de escribir:
Una, que se hace cargo del peligroso compromiso personal que significa descubrir el mundo al exclusivo efecto de describirlo, con la clara consecuencia de que por ello el mundo real se conmueve en su peso y queda destruido; y otra [...] [según la] que no hay diferencia entre el mundo de los objetos y el tiempo real y el mundo de la literatura y [según la] que uno y otro poseen el mismo tipo de realidad; lo cual supone que no habrá dificultad en expresar la realidad o cualquiera de sus aspectos.
Esa seguridad reposa en la tradición y en la academia y caracteriza las formas más burdas del realismo. A partir de esta diferenciación, Jitrik esboza su teoría de la experiencia literaria y la experiencia vital. La escritura sería la experiencia límite que permite articular ambos tipos de experiencia y denuncia el carácter artificial y “engañoso” de un realismo:
Superada por aceptación la imposibilidad absoluta de unir ambos planos, los escritores que nos resultan más atrayentes son los que juntan y armonizan los dos tipos de experiencias llevándolas hasta el límite anterior a la muerte y que admiten su incapacidad para cumplir cualquiera de las dos totalmente. Son los escritores que Blanchot llama contemporáneos más porque esta ambigüedad constituye uno de los caracteres primordiales de nuestro tiempo que por razones cronológicas.
Para sostener esa teoría (y esa toma de posición estética), Jitrik recupera la figura de Quiroga en tanto sujeto de esa articulación. Naturalmente, esta recuperación es en realidad una construcción y es notable comprobar hasta qué punto Jitrik (latinoamericanista en ciernes por entonces) capta y formaliza algunos elementos seguramente presentes en el ambiente ideológico de la época y que poco tiempo después cristalizarían en el boom.
Jitrik lee a Quiroga no solo a partir de sus fatigadas influencias (Kipling, Maupassant, London) sino que lo mezcla con Kafka (el Kafka exiliado, desarraigado, desterritorializado diría Deleuze algo después), Hemingway y Graham Greene.
Quiroga aparece reivindicado frente al vanguardismo de los martinfierristas, el esencialismo de Güiraldes y el populismo de Boedo, precisamente porque en sus cuentos es posible ver la adecuación del sujeto textual a su tiempo y las “nuevas realidades” y, sobre todo, por un cambio en la concepción del héroe, que pasa a ser el hombre común (“El hombre común deja de ser masa voluminosa y apagada por el brillo de las acciones del protagonista para entrar en el juego vital con las mismas posibilidades de expresión y producción”). En Quiroga, Jitrik puede leer la aparición de ese hombre común, el sujeto qualunque, y su perspectiva de mundo. Esa perspectiva, que traslada una suerte de “experiencia total” a la descripción, sería la originalidad de Quiroga.
Jitrik descompone la obra de Quiroga en cuatro líneas fundamentales: sentido de la experiencia, presencia de la actividad como forma expresa del hombre contemporáneo, presencia de la soledad como camino para el descubrimiento de los propios límites y presencia de la muerte. Nadie ignora que la soledad, por ejemplo, formaba ya parte del bagaje conceptual de Martínez Estrada (Radiografía de la pampa), pero en el Quiroga aparece en un contexto nuevo, puesta en relación con “la naturaleza cosmogónica”, “la naturaleza maternal” y el “destierro”, e interpretada como dato constitutivo para la articulación del campo de la representación en Quiroga.
Las operaciones discursivas que Jitrik realiza permiten evocar, muchas veces, textos posteriores que, como Cien años de soledad (paradigmáticamente), saturarían el tipo de construcción semántica planteada. Soledad, muerte, desarraigo, naturaleza cosmogónica, actividad del hombre común, mito de la “sinceridad” del escritor, forman una red temática de aplicación masiva (o mejor, cuyo reconocimiento será masivo) en las épocas del boom.
Esta recuperación de Quiroga no es, por lo tanto, casual. Responde a la percepción de una serie de desplazamientos ideológicos y de transformaciones estéticas que algunos años después describiría Ángel Rama, pero que ya estaban insinuados en el Quiroga.
Desde el punto de vista de su escritura, el libro no es menos notable: se trata de una colección de fragmentos casi nunca superiores a las dos páginas, con cierta independencia temática y que se integran en un esquema argumentativo mayor solo por un efecto de montaje. El mismo tipo de formulación que Jitrik recuperará en algunos de los artículos recopilados en Producción literaria y producción social (1975), al servicio de un marco teórico casi excluyentemente devoto del telquelismo (que llevaría la escritura fragmentaria casi a la categoría de monumento).
*
Horacio Quiroga. Una obra de experiencia y riesgo demuestra muchas cosas, pero sobre todo una: que hay una ética de la lectura y la escritura. Los vaivenes de los tiempos y los lugares (Córdoba, París, México, Buenos Aires) pueden acercar tal o cual vocablo de moda. Pero eso es apenas un espolvoreo cosmético que, cuando no hay experiencia (de escritura) y riesgo (vital), sabe a poco: sin una inteligencia, una sensibilidad, una escucha que haga pliegue con el texto, no pasa nada.
Plegarse con y no plegarse a, porque no se trata de una adherencia dogmática o narcisista sino de una de esas articulaciones que invierte las relaciones entre causas y efectos. Una resonancia, si se quiere (y por eso Jitrik llega al boom con su Quiroga ya escrito). Las partes de un pliegue “se dividen hasta el infinito en pliegues cada vez más pequeños que conservan siempre una cierta cohesión”[2] y esa lógica funda una cosmología completa, una hipótesis de mundo, una teoría de la experiencia literaria.
Eso es un pliegue, una resonancia, y su lógica es completamente intempestiva: nada tiene que ver con el demonio de las influencias. Está, por así decirlo, más allá de la historia positiva y de la ciencia burguesa. El ciclo del pliegue incluye una instancia, el despliegue, en la que “el pliegue deja de ser representado para devenir método, operación, acto”.[3] Bien podemos (¡debemos!) plegarnos con este libro para salvarnos al mismo tiempo de la distancia cientificista, de la identificación narcisista y del dictado de las modas. En el Quiroga de Jitrik hay una chispa de vida para que cualquiera (el sujeto qualunque) pueda encender su propio fuego.
Daniel Link
[1] Véase Carlos Mangone y Jorge Warley, “La modernización de la crítica. La Revista Contorno”, en Historia de la literatura argentina, fascículo 122, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1981; y Francine Masiello, “Argentine Literary Journalism: the Production of a Critical Discourse”, en Latin American Research Review, XX.I, 1985 pp. 27-60.
[2] Gilles Deleuze, El pliegue. Leibniz y el Barroco, Barcelona, Paidós, 1989, p. 14.
[3] Ibíd., p. 10.
Esta nueva versión toma como punto de partida la segunda edición del libro de Noé Jitrik (Montevideo, Arca, 1967), que introducía –como él mismo reconoce en el prólogo– modificaciones considerables respecto del texto original (Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1959). Sobre esa base se actualizaron los reenvíos a los textos quiroguianos, que ahora apuntan a ediciones críticas, y se completaron todas las referencias bibliográficas para que el lector pueda acceder sin dificultades a las posiciones citadas, valoradas o discutidas. La “Cronología” elaborada por Oscar Masotta y Jorge Lafforgue y la “Bibliografía” establecida por Horacio J. Becco, si bien minuciosas y completas en su tiempo, han perdido vigencia a la luz de las investigaciones recientes, razón por la que no integran este volumen.
Rodrigo Caresani
Yo sostuve la necesidad en arte de volver a la vida cada vez que transitoriamente aquel pierde su concepto; toda vez que sobre la finísima urdimbre de la emoción se han edificado aplastantes teorías.
Horacio Quiroga, Ante el tribunal.
Desde 1959, año en que se publicó la primera edición de Horacio Quiroga, una obra de experiencia y riesgo, aparecieron numerosos e importantes trabajos sobre el narrador rioplatense. Aparecieron, inclusive, documentos literarios y personales que corrigen anteriores imprecisiones o que corroboran hechos registrados por la crítica anterior, pero, en todos los casos, que sirven para iluminar y completar una obra todavía abierta, todavía susceptible de enriquecer sus perspectivas, todavía capaz de ofrecerse como ejemplo de lucidez y dramatismo.
De entre todas esas obras se destaca por su interés la publicación de las Cartas, uno de cuyos volúmenes trae un estudio de Arturo Sergio Visca que, a mi juicio, ha pasado a ser un elemento imprescindible para el conocimiento de Quiroga. No menos originales y profundos, aunque cubriendo otros sectores, son los trabajos de José E. Etcheverry y Emir Rodríguez Monegal, críticos que siguen proponiendo constantemente nuevas pistas para el conocimiento y la comprensión de una obra tan densa como la de Quiroga. La lectura de estos trabajos tiene como principal consecuencia que el “caso” Quiroga se replantea constantemente y la iluminación que resulta favorece una imagen en constante dinamismo, todo lo contrario de la abundancia que cubre obras más acabadas, a veces puro ejercicio de un profesionalismo que necesita nada más que material sobre el cual ejercerse y, en la mayor parte de los casos, material lo más muerto posible. Lamentablemente, en esta orilla la producción no ha sido tan abundante ni tan profunda. Y no es que se lo sienta extraño; lo que ocurre es que en el Uruguay existe un Instituto de Investigaciones y Archivos Literarios que ha promovido gran parte de los estudios y los ha publicado luego como etapas de un plan mientras que aquí no existe nada de eso, ni sobre Quiroga ni sobre nadie. En estos años se han publicado notas, recordatorios, memorias, algunas veces interesantes, otras superficiales, pero que en cualquier caso representan algo así como el cauce por el que circula un verdadero afecto, una tensión que no decae y que se manifiesta, sobre todo, en la permanente ampliación del campo de los lectores.
Como ejemplo de lo que hubiera podido hacerse aquí y ha sido hecho en Montevideo, debe necesariamente mencionarse la fervorosa evocación de Martínez Estrada, El hermano Quiroga. Martínez Estrada pudo haber escrito ese libro hace tiempo y pudo haberlo publicado aquí, pero a nadie se le ocurrió que el último gran amigo del escritor tuviera algo que decir. Indiferencia, descolocación o abulia que lastiman profundamente. Idéntico sentimiento provoca el hecho de que no se publiquen cuentos de Quiroga aparecidos en revistas y no reunidos hasta ahora en volumen. Pero esta atonía no altera el hecho principal, es decir, que Quiroga es cada vez más leído, que el núcleo conocido de su obra es suficiente para establecer una vinculación que se amplía constantemente y se opone a ideas o tendencias apoyadas por aparatos de real poder de promoción.
Es cierto también que en los últimos años la narrativa rioplatense ha elevado objetivamente su nivel y ha logrado una mayor conexión con su público. Pero esto no solo no dificulta sino que estimula el acercamiento a nuestro autor, permite establecer una filiación gracias a la cual todo lo mejor que se hace hoy día de algún modo se relaciona por lo menos, y no es lo menos importante, con la actitud narrativa de Quiroga de modo tal que es como si a través de las nuevas y calificadas expresiones se reelaborara la tradición literaria, como si se pusiera en evidencia que lo que parecía definitivo como punto de partida se remueve, se modifica, se cambia y encuentra, por lo tanto, otro destino en la medida en que modifica, remueve y cambia también el pasado.
A partir de esta vigencia, hemos creído que no sería inútil volver a presentar a los lectores nuestro libro de 1959. Su inicial aceptación, el hecho de que se hubiera agotado desde hace tiempo, constituyó indudablemente una pauta pero no la única. Creemos que las propuestas formuladas entonces tienen todavía validez no tanto porque resuelvan el “caso” Quiroga, ni siquiera porque lo consideren con una relativa actitud de seriedad, sino porque implican un cierto camino, ofrecen cierto sesgo a nuestro juicio no del todo inhábil para penetrar en una obra compleja. Por eso en esta nueva edición hemos conservado la totalidad de la primitiva estructura y sobre ella hemos impuesto modificaciones en varios planos, todas las que sentimos como incorporables aun a riesgo de tener que admitir anteriores precariedades. Hemos incorporado información y corroboraciones propuestas por otros estudiosos, hemos sugerido variantes de discusión por medio de nuevas notas, hemos modificado la redacción de varios pasajes con cuya forma no estábamos satisfechos, hemos quitado, incluso, cierta rotundidad a afirmaciones que vistas a la distancia y de acuerdo con actuales exigencias metodológicas podían ofender más que ayudar a comprender. Tenemos la idea –la esperanza– de que el propósito de mostrar un Quiroga desde un ángulo no tenido en cuenta se valida mucho más con el ajuste que hemos hecho ahora. Repito: tal vez el esfuerzo actual desmedre el intento anterior pero lo que queda es lo que más importa: un orden de ideas, un tipo de enfoque, un equipo de referencias y, fundamentalmente, un respeto muy grande por el objeto, frecuentado, recorrido, meditado sin cesar durante todos estos años.
Esperamos que viejos lectores de nuestro trabajo lo reconozcan y lo aprecien más en sus modificaciones y que los nuevos lectores que están descubriendo a Quiroga encuentren en este libro alguna luz, alguna ayuda para mejor comprenderlo o sentirlo.
Los retratos o fotografías que quedan de Horacio Quiroga, sobre todo el retrato hecho por Centurión, en el que el pelo y la barba enmarcan un rostro viejísimo y abotagado, con los ojos semiabiertos y la frente arrugada, pero con los labios firmes y duros, tienen algo de engañoso o por lo menos dejan un espacio para el engaño. Ese aspecto exterior, tan característico, ha podido limitar la libertad del juicio literario por la presión que ejerce lo que se supone que se oculta detrás. Un engaño al que Quiroga nunca hubiera incitado ni en imagen, porque otras incitaciones lo apremiaban y, sobre todo, porque más lo debía perturbar una búsqueda de autenticidad que le absorbía todos sus esfuerzos.
El engaño es de los que al verlo juzgan de afuera hacia adentro, dejándose someter por formas externas que entrañan la creencia o la confianza en arquetipos ligados solo en pocos aspectos a la realidad de que puede haber estado compuesto un hombre como Quiroga. Nada más natural, entonces, que se hayan realizado generalizaciones de todo orden a partir de su aspecto físico hasta cubrir lo personal y, desde allí, nada más natural que las generalizaciones literarias que dificultan un acercamiento a la significación de la obra.
Es comprensible que esto haya sucedido pues Quiroga, con su para muchos extraña actitud humana y desconcertante exterioridad, propuso una imagen que comprometía o representaba, si no una época entera, por lo menos una forma de vida excitante y una literatura más enérgica acorde con requerimientos intensos de profundo origen social. Aventura y fuerza, energía y sobriedad, valores de un momento de afirmación que Quiroga moviliza en sus cuentos con inigualable destreza, mejor que nadie, con un talento fuera de lo común. Eso ha hecho, desde luego, que pocos se conformen con tratarlo de algo menos que genial o, cuando este calificativo parece excesivo, de “genial cuentista americano”, con lo que se da por sentado que el cuento es una especie de género chico, no arriesgando por consecuencia una aproximación que implique compromisos más grandes. En el fondo, se resignan a que Quiroga sea una especie de genio menor adecuado a nuestro provincianismo literario, con lo cual se inhiben de considerarnos relacionados con algo que tenga que ver con criterios de universalidad. En general no se discute esta ubicación de Quiroga como una especie de genio consagrado, pero para nuestro uso interno; al dar por aceptada esa categoría se inicia el viaje de regreso hacia la persona: hombre y escritor se unen indisolublemente en esta perspectiva. Luego de haberlo declarado genial como escritor, se llega al convencimiento de que es un genio “humano”, y después, como también hombre y obra están estrecha y necesariamente unidos, se vuelve a demostrar, otra vez más, que la obra es decididamente genial.
El último paso consiste en poner a tono la leyenda del mal carácter y del egoísmo de Quiroga con un Quiroga que resultaría de las comprobaciones anteriores un excelente padre de familia, un ser generoso y bueno, un hombre preocupadísimo de los problemas sociales o, si el punto de vista es otro –telúrico, digamos–, un hombre que se encontró con la naturaleza y por lo tanto con la tierra, Pachamama o su correspondiente guaraní, o bien un lúcido pensador que hubiera podido perfectamente resolver intrincados problemas estéticos, políticos o morales, pero que si no lo hizo no fue por frialdad sino porque lo acuciaban preocupaciones igualmente premiosas.[1]
En esta ilusión que desvirtúa toda crítica cae la mayor parte de los libros o trabajos que existen sobre Quiroga. Se remiten enfáticamente al hombre tratando de justificarlo, de demostrar que lo autobiográfico constituye en sí mismo un valor estimable en cuanto el resultado expreso en la obra se parece fielmente al modelo que es el autor, tratan asimismo de dejarlo bien ubicado socialmente y hallan buenas todas las cosas que ha escrito teniendo, para las decidida e indiscutiblemente malas o por lo menos inmaduras, palabras conciliatorias, como si clasificar con algún rigor lo que hay fuera a menoscabar lo importante, lo positivamente bueno que hay en la obra de Quiroga.
Creo que esta forma de encarar la obra quiroguiana es supervivencia del romanticismo crítico, del cual ni siquiera los más devotos de Quiroga están excluidos aunque traigan en aspectos determinados aportes considerables a la comprensión de su obra.[2]
