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Las historias que aparecen en Horizontes del cangrejo transcurren en Cuba y Europa y se atribuyen a Cornelius Monteagudo, un enigmático intelectual franco cubano de cuya existencia real se tienen pocas certezas. La aparición en La Habana de una copa robada en la tumba de Nerval en París, las confesiones de un Che Guevara refugiado en las montañas de Córcega y las pesquisas para encontrar un grabado iluminado de Cuba dónde se profetiza la fecha de una cuarta nevada en esta isla del Caribe, son algunos de los relatos del libro. Con un perspicaz manejo del humor que interrumpe la aparente solemnidad de las intrigas, el autor expone su sugestiva visión de una escritura literaria basada en la recreación de situaciones absurdas y fantásticas a través de la coincidencia lúdica de variadas referencias culturales, tales como el imaginario medieval europeo o la popular lotería cubana conocida como la charada china.
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Seitenzahl: 305
Veröffentlichungsjahr: 2022
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UNIVERSIDAD DE GUADALAJARA
Dr. Ricardo Villanueva Lomelí
Rector General
Dr. Héctor Raúl Solís Gadea
Vicerrector Ejecutivo
Mtro. Guillermo Arturo Gómez Mata
Secretario General
Dr. Aristarco Regalado Pinedo
Rector del Centro Universitario de los Lagos
Dr. Francisco Javier González Vallejo
Secretaria Académica
Dra. Rebeca Vanesa García Corzo
División de Estudios de la Cultura Regional
Mtra. Yamile F. Arrieta Rodríguez
Jefa de la Unidad Editorial del Centro Universitario de los Lagos
Primera edición, 2020.
© Armando Valdés-Zamora
ISBN 978-607-547-609-4
D. R. © Universidad de Guadalajara
CENTRO UNIVERSITARIO DE LOS LAGOS
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Se editó para publicación digital en septiembre de 2020.
Para Ariane, Joaquim y Calixte,
nacidos en Francia.
Proserpina extrae la flor
de la raíz moviente del infierno,
y el soterrado cangrejo asciende
a la cantidad mirada del pistilo.
Minerva ciñe y distribuye
y el mar bruñe y desordena.
Y el cangrejo que trae una corona.
(…)
Escalera entre la flor y el espejo,
la araña abriendo el árbol en la noche,
no pudo llegar al mar.
Y el cangrejo que trae una corona.
José Lezama Lima
(“Minerva define el mar”)
Una vez nací en Cuba(Mi cita con Monsieur Goggins)
Después de un tiempo de espera tan fastidioso que de no ser por la insistencia de Caroline, hubiera olvidado la historia y el encuentro que narro aquí; tuve al fin mi cita con Monsieur Goggins en la ciudad de San Sebastián.
Esto de la cita y de San Sebastián se dice fácil, pero no lo fue. Al menos para mí. No es el objetivo de estas líneas contar los detalles de la larga espera, o peor aún, del itinerario por ciudades elegidas para el encuentro durante los años en que traté de sentarme a conversar con este señor. Ciudades por cuyas plazas, cafés y hoteles deambulé en vano a la espera de su aparición. Lisboa, Madrid, Bunos Aires, Bogotá, Río de Janeiro y Ouro Preto, Londres, Praga, y por supuesto París, donde yo vivo, estuvieron en su lista. Porque era él quien elegía las ciudades a través de una infinitud de mensajes. Y era él también quien a última hora cancelaba las citas con pretextos que, eso sí, giraban alrededor de dos razones paradójicas: su precaria salud y los compromisos de su abultada agenda.
Tampoco interesa mucho dar detalles aquí de quién es Monsieur Goggins. Entre otras muchas razones porque son pocas las precisiones que se tienen sobre la persona de este discreto multimillonario y coleccionista de arte. Lo que podría justificar lo que sigue (en todo caso para mí) es la razón por la cual me dispuse a esperarlo como un idiota en cuanto rincón de este mundo se le ocurrió darme cita.
Resumámoslo así: estaba confirmado que el Monsieur Goggins tenía en sus manos informaciones preciosas y atesoraba manuscritos y parte de la colección de arte del no menos misterioso diletante franco-cubano Cornelius Monteagudo (Santa Clara 1928-París ¿1999?) sobre quien yo había comenzado hace tiempo a recopilar manuscritos para escribir una monografía (que se ha ido convirtiendo en una biografía) y era tema de una tesis que Caroline preparaba en la Sorbona desde la época en que nos conocimos.
Hay que aclarar que lo de diletante se lo atribuyo yo después de tanta búsqueda fallida, porque al susodicho Cornelius se le considera poeta, narrador y también coleccionista (entre otras cosas por haberlo dicho él mismo) cuando, a estas alturas, faltan muchas pruebas de su obra, sin contar de su desaparición sin dejar rastros.
Debo admitir que lo que había comenzado por una curiosidad se fue convirtiendo con el tiempo en un capricho. Enfrascado en investigar sobre las huellas de cubanos prominentes en la cultura y la vida de Francia, me encontré un día su nombre en una dedicatoria que le hiciera desde su exilio en Lausana el también franco-cubano Armand Godoy de su libro Traductiones poétiques de 1961: “Al querido compatriota Cornelius, que esconde los misterios de la isla coloreada por el toscano”. Esta intrigante referencia y la decisión de Caroline de hacer una tesis sobre este ilustre desconocido, hicieron el resto.
A principios de junio, en el buzón de mi apartamento, apareció un sobre blanco cerrado en cuyo interior estaba escrito: “24 juin. 15h. Square des Batignolles. Sculpture Les Vautours. M. G”. Me llené una vez más de paciencia, antes de decidir que iría. Debo aclarar que ir a una enésima cita con el Monsieur Goggins en un lugar cuya indicación era una escultura de auras tiñosas no era nada estimulante. Nada dije esta vez a Caroline, quien de manera injusta culpaba a mi incompetencia detectivesca por el retraso de su tesis.
Como era de esperar a esa hora y un día de semana sólo había aislados viejos semidormidos en los bancos. La presencia imponente de la escultura de auras en el medio del estanque -al centro del parque-, me hizo pensar que esta vez no me haría perder mucho tiempo el millonario tratando de dar con el lugar exacto del encuentro. Me di cuenta que las excéntricas ocurrencias de Monsieur Goggins ponían otra vez a prueba no sé si mi intelecto o mi ecuanimidad ¿cómo saber cuál de los bancos que rodean el estanque era el destinado para el encuentro, si en la escultura se pueden contar, una, dos, tres, cuatro auras? Me dije que debería ser la que se posa en la cima de la roca. Seguí su mirada de carroña y tracé una línea imaginaria sobre el agua sucia hasta un solitario banco y me senté a esperar.
Para mi malestar a los pocos minutos vi venir hacia el banco a una muchacha en jeans con un piercing en la nariz y un visible tatuaje en el cuello descubierto. Maldije en silencio que aquella presencia molestara mi cita y me dispuse a irme al mismo tiempo que ella se sentaba a mi lado. Fue entonces cuando escuché decirle en perfecto español: “Mano era sin sangre la seda que borraba”, a lo que de manera automática añadí: “La perfección que muere de rodillas”, antes de concluir ella: “Y en su celo se esconde y se divierte”.
Era la primera vez que alguien con forma humana venía a darme una señal de la existencia de Monsieur Goggins. No estoy seguro pero creo que una confusa satisfacción se imponía en mi espíritu al desconcierto de tratar de adivinar la relación entre esta joven hippie y el coleccionista millonario. Lo que estaba claro es que había introducido la contraseña convenida, y esto disipaba toda duda. Antes de poder responderme a mí mismo el carácter de mi estado, increpando a mi interlocutora, ésta me dijo sin mirarme: “Monsieur Goggins tendrá el placer de esperarlo el 13 de agosto a las 3 de la tarde en el Café Ondarreta de San Sebastián”. “Repito:”, dijo, y repitió, antes de agregar con la misma marcialidad. “Recuerde las instrucciones: tiene que ir solo y con las manos vacías”, agregó en lo que levantaba y se despedía: “Adiós”.
Me quedé unos minutos a solas y estático, al igual que las cuatro auras monumentales de la escultura de Louis de Monard que me miraban fijamente como yo a ellas. Pensé que al mismo tiempo que parecía acercarme por fin al verdadero Monsieur Goggins, como dos desconocidos jugadores nos empezábamos a conocer. Ubi pecora, ibi vultures (“Donde existe el ganado, hay auras”), dice un adagio romano. Interpreté a mi manera el mensaje que me enviaba en esta ocasión, al parecer en el preámbulo de nuestra cita definitiva; asocié esas auras de piedra gris con la vigilancia y la recuperación de los muertos.
Ese día me dije con aplomo que en algo nos parecíamos ese millonario y yo, ambos tratábamos de darle un sentido a la desaparición de un muerto inquieto con quien, por razones para mí desconocidas, teníamos algo en común.
II
Todo parece indicar que Cornelius Monteagudo nació un 13 de abril en la región central de Cuba, a finales de los años 20 –aparentemente en 1928– algunas notas biográficas afirman que en una finca situada en Guayos, cerca de la ciudad colonial de Sancti Spiritus, pero fue inscrito por sus padres en el registro civil de Santa Clara, donde pasó toda su infancia y parte de su adolescencia. Estudió un año de Letras en la Universidad Central de Las Villas, y poco después prosiguió sus estudios en la universidad de La Habana.
Al parecer graduado con una tesis sobre el poeta francófono cubano Augusto de Armas y Colón quien fuera inmortalizado por Rubén Darío en su colección de retratos de “Los raros” y de quien Cornelius se dice conservaba el original del libro inédito en francés Le poème d’un cerveau así como una versión del célebre “Tropicale”, poema sobre la siesta firmado en La Habana. De más está decir que ni la tesis ni los manuscritos han sido hallados, eso sin tomar en serio que algunos afirman que la tesis de Cornelius en realidad se basaba en un estudio sobre los signos alquímicos en las iglesias cubanas.
Lo que sí se sabe es que, por razones desconocidas, él regresa a provincia y trabaja cierto tiempo en la Biblioteca Municipal de Cienfuegos, al sur de Cuba, donde se cuenta se hizo amigo del escritor y pintor naif Samuel Feijóo, antes de partir al extranjero, primero a Madrid, después a Lisboa, y más tarde a París, ciudad donde se instala a mediados de los años 50.
Es aventurado afirmar, de la manera en que aparece en ciertos testimonios, que Cornelius fuera políglota - conocía además del castellano, el francés, el inglés, un poco de ruso, el italiano, el portugués, el latín, nociones de griego, e incluso el corso, de una estancia en Córcega donde vivió con una tal Lucrecia Durante –, pero quedan constancias de algunas traducciones suyas del francés y de su trabajo de intérprete en diferentes organismos de la capital francesa como la Unesco y las Naciones Unidas, antes de fungir, por escasos meses, como consejero cultural de la embajada de Cuba en Luxemburgo.
En la Biblioteca del Arsenal (una de las más importantes de París) se puede consultar una monografía, en francés, escrita por Cornelius y consagrada a Marta Abreu, filántropa cubana originaria de Santa Clara, que muriera en París en 1902. La introducción y dos capítulos de otra, dedicada a la Condesa de Merlin y perteneciente a las colecciones privadas del investigador franco cubano Darío Méndez, hace pensar que ambos textos formaban parte de un proyecto de estudios sobre mujeres cubanas residentes en Francia. Los esbozos del manuscrito de lo que al parecer es una sátira titulada “La Condesa de las chancletas”, sugieren otro posible estudio sobre una escritora cubana residente en la Ciudad Luz, que no se ha podido identificar. Méndez conserva también una carta de Cornelius a su amigo el filósofo André A. Devaux en la cual menciona un artículo suyo titulado “El Proust de Eva” sobre la francesa Eva Fréjaville, primera esposa de Alejo Carpentier.
No menos curioso, si se sabe que no dominaba el alemán, resulta un ensayo en castellano de Monteagudo, que Méndez me permitiera leer, sobre la visión del Nuevo Mundo en ciertos textos de Hegel y Montaigne, titulado “Las vacaciones de Hegel”.
Gracias a la generosidad de un anticuario también franco-cubano, Guy Ruiz de Zárate, hemos podido consultar un estudio de Cornelius, redactado en francés, sobre los orígenes del tabaco, del cual por cierto se le consideró uno de los más serios historiadores como consta en el libro Encyclopedie du tabac et des fumeurs publicado en París en 1975.
Muy curioso también resulta un cuento inédito cuyo manuscrito he podido leer titulado “La distancia de las manzanas verdes” y dedicado al cartero Félix de la Caridad Carvajal y Soto, el cubano que ocupara el cuarto lugar en el maratón de los terceros Juegos Olímpicos de San Luis en 1904, y quien al parecer perdiera la medalla de oro por pararse a comer unas manzanas durante la carrera. Ruiz de Zárate conserva una novela inédita que me ha dejado fotocopiar (Las sombras romanas) dedicada a Calvert Cassey y que tiene como escenario la ciudad de Roma. En otro cuaderno figura el plan detallado de otra novela desaparecida de Cornelius a todas luces inspirada en la leyenda de los argonautas, así como fragmentos de cuentos de un libro no publicado de insólito título (Horizontes del cangrejo) manuscrito, en su conjunto, a todas luces desaparecido.
Se sabe, por un soneto y una décima publicados en la revista Grafos y sobre todo, por un estudio comparativo dado a conocer por Samuel Feijóo en la revista Isla de Santa Clara sobre las influencias francesas en Julián del Casal y Mariano Brull, de la presencia esporádica de Monteagudo en Cuba según una breve nota biográfica.
Se habla también de un ensayo suyo sobre la visita de Alexandre de Humboldt a Trinidad aparecido en una revista de provincia que no ha podido consultarse. De su regreso, por ejemplo, en 1957 a la isla y de sus gestiones ante Samuel Feijóo y Medardo Vitier para la publicación del libro de ensayos de José Lezama Lima –con quien tuviera una activa correspondencia también desaparecida- Tratados en La Habana por la editorial de la Universidad Central de Las Villas en 1958.
La salida del país de manera clandestina de Cornelius –se supone que por mar– se cree fue en 1960. En esta fecha se le localiza con toda exactitud, eso sí, sólo unos meses, primero en Miami y después en Nueva York, antes de que volviera a instalarse en París, aproximadamente en abril de 1961.
Según se infiere de una carta de la papelería de la pintora Gina Pellón que Caroline y yo hemos fotocopiado, en la cual se menciona al célebre Dr. Joaquín Albarrán y su descendencia en Francia, Cornelius tuvo un hijo con cada una de las tres francesas con las que convivió. Aun cuando en varias cartas dispersas insiste sobre su deseo de “pedir permiso” para visitar a Cuba después de su salida de 1961, nada prueba que lo haya hecho.
Se asegura que murió en París el último año del siglo XX y se le supone enterrado con un seudónimo –era adicto al uso de una lista interminable de seudónimos por un miedo, a todas luces infundado, a los servicios secretos cubanos– en el cementerio Père Lachaise. Cementerio al cual, –ironías del destino– él dedicara un desencantado poema que fuera publicado en la revista bilingüe Point de mire.
Hay que señalar que la confusión que crea la extensa lista de seudónimos (masculinos y femeninos) de Monteagudo, ha creado una lógica confusión en la investigación de Caroline y las intrigas que se derivan me han llevado a decidirme a escribir una biografía. Lo más engorroso de esta adicción de Cornelius es que en múltiples ocasiones se apropió de nombres reales y resulta laberíntico descifrar las posibles supercherías. Por sólo citar un ejemplo, se supone que muchas de las traducciones que se publicaron como colaboraciones en la célebre revista Orígenes aparecen firmadas por personas ficticias (a nombre de Roger Ferrán y Carel Pichardo, por ejemplo) al mismo tiempo que firma artículos en Francia, en Bélgica y en Luxemburgo a nombre de personas que si existieron como Emilio Bobadilla (quien a su vez utilizaba el seudónimo de Fray Candil y que muriera en 1921), al cinéfilo Ricardo Vigón (a quien probablemente conociera en la época en que éste vivió en París) e incluso del pintor Ángel Acosta León a quien al parecer admiraba.
Este es el inventario de breves certezas y de las muchas conjeturas que yo disponía sobre Cornelius, hasta mi cita con Monsieur Goggins en este café de la playa Ondarreta de San Sebastián adonde he llegado adelantado y he ordenado servirme un humeante café con leche, con la esperanza de no ser ridiculizado por otra de sus ausencias.
III
Es alto Monsieur Goggins incluso con la leve inclinación de la espalda de alguien que debe haber entrado en la vejez sin querer del todo renunciar a ella. Lo he visto llegar sentado yo en una mesa no lejos de la puerta, caminando lentamente él directamente hacia mí, como si lo guiara una voz, o las señas dadas por la muchacha del parque de Batignolles. Al ponerme de pie para darle la mano me llama la atención su sobria chaqueta de cuadrados grises estilo Príncipe de Galles por encima de una impecable camisa azul cielo. Con una calvicie Monsieur Goggins que luce elegante porque al verlo uno no lo imagina de otra forma; calvo y con unos ojos azules y despiertos, movedizos detrás de los lentes de sus gafas.
Habla despacio y en español, con un acento que trato en vano de ubicar, tal vez porque el eco de muchos orígenes llega como una arena dispersa a la sonoridad de las palabras, a sus cadencias. De vez en cuando, al interrumpir con una sonrisa cada frase, da la impresión de estar repitiendo una convicción. La manera en que deja en suspenso sus frases (mirando alrededor como un depredador que acaba de devorar a su presa, o agregando algún que otro insólito paréntesis) evita el aburrimiento y la monotonía que a veces provoca la madurez, y deja un espacio abierto, un respiro, a quien lo escucha y ya se siente invitado a un diálogo que no llega sin embargo a producirse.
“Debo comenzar confesándole lo que pudiera ser el tema final de esta cita; ninguna conjetura nos convence que el tal Sr. Cornelius Monteagudo esté muerto. Le digo esto porque (detuvo la frase anticipando mi sorpresa) tuve la ocasión de conocer al susodicho (en esta caso el paréntesis y el asombro estuvieron de mi lado como si necesitara al fin la prueba de la verdadera existencia física de Cornelius), y he podido averiguar bastante sobre él, su vida llena de espacios en blanco, y sobre lo que escribiera, o supusiera haber querido escribir.
Lo conocí hace ya tiempo (como todas las cosas fascinantes que me han ocurrido, ahora sólo sé repetirme) en las afueras de París en la casa del pintor y coleccionista alemán Robert Altmann. Le digo esto porque al conocerlo se revelaron ante mí cosas curiosas de su personalidad. Parecía a la vez perdido y apasionado, pero con un temor que no podía ser discreto, a que se intentara saber más de algo que ocultaba. Su ocultación me convence que no llegó a resolver ese desequilibrio, antes ocultaba algo a los otros, ahora quiso hacer igual con él mismo: desaparecerse. Repito: no creo que esté muerto porque no era un suicida, digamos que ha pasado a una dimensión más cómoda para él. Algo así como ser irreconocible. De tal modo que su muerte cuando llegue no sea una noticia, sino la continuación del misterio de su evasión, ¿me hago entender?”
Mi sorpresa, que estaba comenzando a ceder probablemente ante el carismático encanto de Monsieur Goggins, no me impidió hacer un gesto positivo de aprobación con la cabeza. Me doy cuenta ahora que describo este recuento, que ni la sombra de una disculpa por haberme hecho esperar en tantos puntos cardinales por gusto, apareció en el monólogo de mi interlocutor. Pensé que por allí debería haber estado la introducción a nuestra cita. Pero no. Me dio la impresión que para él su presencia bastaba para borrar toda fracasada expectativa anterior, por el mérito ajeno, supongo, de poder tenerlo por fin delante.
Recobrándome del embeleso, le iba a interrumpir preguntándole por los manuscritos, cuando él se adelantó. Con una ligera inclinación extrajo de su portafolio una gruesa carpeta y la puso sobre la mesa.
“Ambos sabemos para qué estamos aquí. Aunque yo conozco más sus motivaciones que usted las mías. Ahí tiene todo lo que he ido adquiriendo del Sr. Monteagudo. Me refiero a cartas, cuadernos de apuntes, varias agendas, recortes de artículos dispersos publicados en sitios diferentes y, lo más importante, manuscritos. Con respecto a sus relaciones con los objetos y al dinero, un hombre como yo pasa por varias etapas. La primera es hacerse de ellos, adquirirlos, más tarde conservarlos, no perderlos. Y uno termina después por donarlos a quienes les hagan más falta, a quienes les darán vida.
Como puede imaginar no soy crítico de arte ni especialista, sólo puedo suponer el valor de esos papeles. Haberlos encontrado, poder adquirirlos y poder ponerlos ahora en manos suyas y de Caroline Ziegler, quizás permitan precisar ciertas justezas. Eso sí, una vez leídos con calma, creo que lo más trascendente de ese individuo es él mismo, más bien, su propia vida. Hasta donde sé, lamentablemente, él no la narró como hubiera debido hacer. Si en vez de haberse dispersado escribiendo monografías, poemas, y cuentos elípticos, hubiera escrito su vida, tendríamos un material insólito. No fue así. Ah, claro, puede publicar esos manuscritos si lo desea (dentro hay una carta firmada por mí donde le cedo todos los derechos), pero dedíquese más bien a su proyecto más reciente: escriba la biografía del Sr. Cornelius Monteagudo. Otro detalle que no debo obviar, he dejado dentro la dirección y los datos de una oficina en París donde usted debe pasar a buscar parte de la colección de Cornelius, está todo ordenado en un catálogo que he editado, eso facilitará su trabajo y el de Mademoiselle Ziegler. Créame, y para serle sincero, le va a llevar mucho tiempo tener los detalles reales de una persona sobre la cual se escribe su vida. Si al principio le afirmé que no se puede concluir que el susodicho esté muerto, ahora agrego que no va a sacar muchas certezas de esos papeles. Tiempo al tiempo”.
La camarera - para mi sorpresa bastante mayor – vino a preguntar qué queríamos tomar. Le iba a decir que otro café con leche pero Monsieur Goggins se adelantó y con un gesto de su dedo índice derecho punteando hacia el techo pidió un Negroni con dos cubos de hielo. Recordé una costumbre aprendida con un viejo amigo cubano y me uní a su pedido, pero marcando una ligera diferencia: un whisky con tres hielos para mí, por favor.
Se hace un silencio entre nosotros. En el fondo se escucha el ruido de las copas que se retiran de las mesas y de las tazas de café. El olor a café con leche hirviente es uno de los encantos que me hacen recordar que estoy en España. Monsieur Goggins, toma un sorbo de su Negroni, y escruta los alrededores de nuestra mesa mientras sólo se escucha el tintineo de los cuadrados de hielo. ¿Qué tiempo dura este receso silencioso? Lo tengo al fin ante mí y basta con que haga una pausa en su monólogo para que yo me quede sin saber qué hacer. Atino a hojear lentamente el contenido de la carpeta y ese gesto lo hace volver a la realidad de nuestras presencias mirándome a los ojos.
“No sé si ha tenido conocimiento de la pasión de Cornelius por los mapas”, interpreté que pronunció esta frase a la vez de una manera interrogativa y de ruptura del silencio, por lo que me limité a una escueta negación para no interrumpirlo. “Por los mapas y por los espías, aunque eso de espía no está muy claro en su vida, es como si esa ambigüedad de ser doble y clandestino, le viniera bien a su propia personalidad, razón que explica sus múltiples seudónimos”.
“Lo de los mapas me desconcertó un poco al principio. Más tarde traté de entenderlo como esa obsesión por los espacios que suelen tener los vagabundos. (Porque sepa que ante todo este Sr. fue un vagabundo, eh. Andar de un lado para otro es como cambiar de nombre, de lengua, de personalidad. En parte es por esa razón que estamos aquí usted y yo, frente a frente). No lo voy a cansar con la historia de los mapas. Pude seguir, gracias a los apuntes de sus cuadernos y agendas, los trazos de los mapas que le fascinaron. No sería elegante agregar –viniendo de alguien como yo, por supuesto- que él no pudo adquirir casi ninguno de ellos. Eso sí, se las arregló para consultar casi todos los originales que le interesaban ver en bibliotecas y colecciones particulares, y se hizo con reproducciones de mucha calidad. Sigo pensando que no fue únicamente un problema de dinero, sino que uno le importaba más que los otros, y ése sí lo quiso tener consigo…¿Le aburro? Discúlpeme entonces si no le interesa esta historia de mapas…”
Más desconcertado que aburrido le comenté que no, con una voz baja que intentaba no interrumpirlo. Y aunque no viene al caso debo decir que pensé en Opicinus, un amigo de allá, de ese allá que por estas tierras mis amigos y yo sabemos que se nombra Cuba.
“Cuando lea los manuscritos entenderá lo que le digo. El mapa que le interesaba era el de Cuba y el Caribe que aparece en el libro L’isola piu famose del mondo de Tommaso Porcacchi con grabados de un tal Giromalo Porro. Es un mapa a precio módico, la verdad, hasta llegué a comprar un ejemplar del libro donde se encuentra después de haber examinado unos cuantos en bibliotecas, pero nunca, óigame bien, nunca encontré lo extraordinario que menciona ahí (dijo señalando la carpeta) el Sr. Monteagudo: en ningún caso aparece coloreado el mapa de Cuba y menos aún con ciudades que se fundarían después de la primera edición de 1572, y cosas por el estilo, que él menciona en su papelería, donde en algún momento hasta menciona algo relativo a la nieve. Podría tratarse de un ejemplar único iluminado, pero me resulta muy raro (de acuerdo a lo que he encontrado en Venecia sobre Porcacchi y Porro) que existiera un solo ejemplar con esas características”.
Es hasta cierto punto lógico que en mis imaginarias citas con este señor me viera a la escucha y pesando cada una de mis palabras, como si su legendaria existencia, de pronto real ante mí (¿o su fortuna?), disminuyeran mi curiosidad, o peor aún mi perspicacia. En tales circunstancias quedaba a la merced de su amabilidad hacia alguien que no volvería a ver, para descifrar el más personal de mis enigmas: ¿por qué un hombre de su reputación se molestaba en interesarse por un tipo como el Cornelius en cuestión?
Digo esto porque mientras bebíamos y escuchábamos las olas que al atardecer suben a golpear con la marea la arena y los muros de la playa de Ondarreta, alguna que otra banalidad de sobremesa nos comentamos sobre la tesis de Caroline, mis proyectos, acercándonos a un tema que me costaba abordar con él: Cuba.
Desconozco si fue el aroma del alcohol, la satisfacción de tener al fin aquellos papeles y al mismísimo Monsieur Goggins ante mis ojos, lo que me impulsó a preguntarle a boca de jarro lo que se me atragantaba en la misma garganta por la cual descendía ahora un cubo de hielo.
Se hizo, por supuesto, otro silencio. Un silencio que ahora mientras escribo mirando el cuerpo dormido de Caroline en el sofá del salón de nuestro minúsculo apartamento de París, veo deslizarse por el aire del café de Ondarreta, un silencio extendido por todo el tiempo preciso en que Monsieur Goggins levanta la vista del vaso de Negroni hasta mis ojos, saca de su chaqueta Príncipe de Galles una petaca de cuero, la abre, toma un tabaco “Romeo y Julieta” después de haberme ofrecido uno a mí; me responde:
—Una vez nací en Cuba…Pero eso ya no tiene mucha importancia. Con el tiempo sólo nos delatan las fidelidades o las obsesiones…que vienen siendo lo mismo, el resto es mejor dejarlo en el olvido. Ah, el olvido…
Las dos copas de nerval
Hubo un rey en Thule,
Quien fue fiel hasta la tumba
A quien su amante, muriendo,
Una copa de oro entregó
(Der Köning un Thule,)
Goethe, Fausto, Parte 2 (2759-2782)
A veces pienso que nunca soy tan libre como durante ese par de horas
en las que troto por el sendero fuera de las verjas y doy vueltas alrededor
de ese roble pelado y barrigón que hay al final.
A mi alrededor todo está muerto, pero para bien,
porque está muerto antes de cobrar vida siquiera,
no muerto tras haber estado vivo. Así es como lo veo yo.
ALAN SILLITOE
La soledad del corredor de fondo
I
La imagen de Melusina saliendo desnuda del agua entre él y la luna, la madrugada en que celebraban en la costa la invitación de Georges a viajar a Bélgica, le confirmó a Sinesio el presentimiento de cuando la conoció en casa de El Argonauta. Ella tenía que ser quien lo ayudaría a escapar de aquel callejón sin salida en que La Habana se había convertido para un tipo como él, destinado a correr un día los principales maratones del mundo y a vivir otra vida diferente a la de aquella isla, donde se había visto incluso obligado a compartir la mujer que le gustaba con tal de cambiar las estrategias salvadoras de su fuga. Fue Aquiles quien después de mucha insistencia había aceptado darle la dirección y la hora de consulta de El Argonauta a Sinesio.
—Habrá que acostumbrarse a la idea de que tú también te vas, le dijo.
Muchos amigos de Aquiles se habían ido gracias a El Argonauta, el último, La serpiente emplumada, era la pareja de Aquiles y vivía con él y el maratonista. La Serpiente enseguida llamó a su amante para decirle que, en cuatro horas había llegado al norte brutal y revuelto, el vuelo por México fue según lo convenido, las plumas me sirvieron para algo, volveré con ellas de Moctezuma conquistador, querido, digo, de Quetzalcóatl reivindicado...
El Argonauta se había convertido en alguien secretamente famoso por organizar a cambio de dólares escapadas marítimas hasta Miami. Sinesio y Melusina esperaban una tarde en la sala de su casa, cuando un resplandor aurífico – según él providencial – que emanaba del pelo de ella y de los músculos bronceados de las piernas, lo impulsaron a la conversación.
Él, que todavía no poseía el tiempo de confianza necesario para contarle que su sueño más urgente era correr el maratón de Nueva York como su amigo Carvajal, le vio, en un gesto de descuido de su pelo sobre el rostro, los ojos verdes y un perfil de casi griega o insular suavidad mediterránea –esto imagino yo, como narrador de la historia, y no Georges, como personaje, por ejemplo, a quien ese tipo de belleza en pleno trópico le llevó a establecer paralelos con las célebres modelos de los Flandres belgas–, le hizo perder su seguridad de seductor callejero.
Ella no le diría hasta una noche en que se encontrarían solos, traicionados por apurados navegantes que se habían tirado al mar sin prevenirlos, que el dinero para intentar irse en un barco lo había reunido tratando de complacer a una selecta colección de amantes; un italiano bombero en Milán, un vasco oficinista en una empresa de cosméticos, un holandés antiguo marinero mercante, y sobre todo Douglas, un fotógrafo canadiense que era el que más corría tras ella. Que no era de La Habana, sino de Santa Clara, que había venido a estudiar danza a la Escuela de Artes donde un novio actor la entusiasmó con el teatro, y decidió probar suerte en los grupos de danza-teatro que florecían en la capital. Tampoco le contaría ese primer día a Sinesio de la traición de su novio César. Durante meses él anduvo con una mexicana y preparó en secreto su partida. Cuando él se fue ella tuvo que arreglárselas para pagar el alquiler que compartían, dejó la danza y el teatro, y a la idea de salir a luchar por cualquier medio los dólares, le siguió la de querer irse.
Poco después, en tardes de jogging y baños en la playa, los dos se fueron revelando entre lenguas entrelazadas y explicaciones prácticas de ejercicios de elasticidad, el secreto de él de vivir en casa de un amigo maricón, de buscar clientes extranjeros para venderles antigüedades, de haber perdido toda esperanza de viajar a otro país con el Equipo Nacional desde que su amigo Carvajal pidiera asilo en Nicaragua y se fuera después a Nueva York, y él pasara a integrar la lista negra de los deportistas aspirantes a quedarse por no haber denunciado las intenciones de su amigo. Ella su quimérico sueño de asistir un día a un concierto de Madonna y verla cantar y bailar “Material Girls”, con el traje rosado y los largos guantes hasta los codos, y un montón de bailarines asediándola, según el video en colores que vio en casa de una amiga cuando aprendía el estilo y los modales de su nuevo oficio.
Hasta que una tarde en la costa, con el sentido práctico que el momento exigía, ella le anunció que estarían quince días sin verse. Daniel, el español de Vizcaya, me avisó anoche que llega mañana, tú sabes que irnos y ganar unos dólares está antes que todo lo demás...
Sinesio no quiso que ella ese día lo acompañara a regresar en bicicleta. Prolongó las horas que pasaba sumergido mirando correr los peces entre las algas y relajando las cargas de kilómetros de sus piernas con el golpeo de las suaves olas del final del crepúsculo.
—Hay plena luna esta noche, dijo Melusina sacudiéndose el pelo, y Sinesio vio unas gotas resistentes formando dos hileras de agua que penetraban en dirección a la entrada de su sexo insinuadamente bermejo.
Georges se había ido por la tarde a Bruselas y el final de lo más difícil había parcialmente terminado. Melusina se puso de rodillas y se inclinó a besarlo. Hilachas del pelo rubio acariciaron la cara y los ojos ahora cerrados de Sinesio que pensó, sintiendo sus labios, que ya faltaba poco, coño, y ella está tan buena, y su viaje y después el mío están ahí, cerca.
Continuaron besándose y aunque cambiaran constantemente de posiciones, Sinesio no pudo ver esa noche, ni siquiera con la luz de la luna, el tatuaje violáceo de una copa que Georges había grabado sobre la nalga izquierda de Melusina.
—La próxima noche la pasaremos juntos en Brujas, le dijo Georges, entonces te grabaré la otra copa y te haré muchas fotos.
La lengua de Sinesio descendía la espalda de Melusina como un diestro depredador de medianoche –hago un esfuerzo por comparar yo, el narrador–, y anunciaba en las sinuosidades claroscuras de su bajada, el asalto a su isla posterior. Cerrando los ojos ella maldijo tener que recordar, en medio del goce trasero de la lengua embarrada de miel de abeja de Sinesio, las punzadas del tatuaje de Georges en una casa colonial de Trinidad.
II
Aquiles y La Serpiente vendían cuadros, muebles, lámparas, jarrones, monedas, espejos, relojes, y todo cuanto pudiera considerarse una antigüedad con hipotético valor artístico. Como la competencia había aumentado a pesar de las prohibiciones oficiales, Sinesio era ideal en la búsqueda callejera de nuevos clientes, tomando además los riesgos de los primeros contactos y de las posibles denuncias de vigías al servicio del gobierno. De esta manera Sinesio fue el primero de los personajes de esta historia en conocer personalmente a Georges.
Sentados en dos sillones muy cerca el uno del otro en una casa elegida para las entrevistas iniciales, Sinesio comenzó los primeros pasos de kilométricos bojeos dirigidos a adivinar si el recién llegado tenía o no un billete largo. Con Aquiles, Sinesio había aprendido a escrutar los detalles indiscretos de la indumentaria de los compradores. Según las instrucciones de su amigo y jefe, esos detalles se denunciaban en tres o cuatro objetos; el metal, los grabados y la figura de la fosforera, la suela y el material de los zapatos, y la forma y la marca del reloj y el bolígrafo, si era el cliente quien escribía algo sobre un papel.
Sinesio se limitó a hacer una introducción sobre el arsenal de piezas con que contaban ese mes. Georges preguntó si podía fumar –claro, claro, sin problemas, dijo el maratonista, así puedo ver la fosforera, pensó–. La fosforera era dorada – ¿de oro? – y el cigarro no era un cigarro, sino un tabaco Romeo y Julieta. Sinesio buscó el reloj. Georges llevaba puesto un pullover blanco con un chaleco de anchos bolsillos de explorador de los años 20 y de un hombro colgaba la correa de una cámara fotográfica. El reloj era pequeño, rectangular y de manilla de cuero. No parece bueno, se dijo Sinesio, pensando en Seikos, Citizens, o el Rolex de pulsera metálica de Augusto, el cubano de Miami que viene a cada rato vía México a comprar los cuadros que queden en la isla de Amelia Pelaéz, Servando Cabrera y otros pintores cubanos.
