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La pandemia del covid-19 ha representado una sacudida sin precedentes en nuestras vidas. Ante hechos incuestionables y pérdidas irreparables, hemos reaccionado de muy distinta manera. A algunos -tal vez demasiados- nos ha dado por escribir, dando rienda suelta a nuestra imaginación. La colección de relatos que tienes ante tu vista constituye el fruto de la necesidad de transmitir ideas ajustadas al estado de ánimo de cada momento. Por eso los cuentos son tan diferentes unos de otros. Algunos, como el que da título a la colección y Unisfera, entran en el terreno de lo fantástico; otros son más realistas (La brecha digital) y tratan de la política bancaria del "hágaselo usted mismo", reflejando la dolorosa situación que aflige a las personas de más edad ante el abuso de quienes los avasallan desde el poder del dinero, seguido de una venganza bien elaborada por la Doctora Falopio; los hay que reflejan situaciones irreales, oníricas, destinadas al más puro entretenimiento (Sol de otoño, Los fantasmas del wasap, Revelaciones en coma), y algunos en los que se relatan hechos desde la perspectiva de que eventualmente pudieron haber ocurrido (Una cabra en mi jardín, Carlota la pencona, Llamada desde Oriente); hay uno clasificable como thriller (Finados virales), y varios relatos que constituyen auténticas distopías sobre el incierto futuro que parecía cernirse sobre la humanidad azotada por la pandemia (Efecto colateral, Aislada en La Sabina, Formica electrophylla). En conjunto me parece que constituyen una colección notable de cuentos que probablemente vayan a interesar a quienes tengan la generosidad de dedicarles su tiempo. Prometo que su lectura será, cuanto menos, entretenida.
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Seitenzahl: 235
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Bonifacio Nicolás Diaz Chico
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-208-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Durante el duro confinamiento que siguió al primer estado de alarma por la pandemia del COVID-19 (marzo a junio de 2020), experimenté una sensación que me pareció cercana a la pérdida de libertad, algo que carecía de precedentes en mi vida anterior.
La sensación de impotencia ante el avance de la pandemia, la lejanía de una posible vacuna, y la extraña situación de que solo era posible salir al supermercado y a la farmacia me suponían una sensación de agobio vital que desconocía. En particular, los enfrentamientos vividos en el supermercado, en el que personas educadas competían por mercancías antes triviales, como el papel higiénico, carecían de cualquier precedente y me parecieron a todas luces inexplicables en pleno siglo XXI, como el presagio de un retorno a la Edad Media.
Algunas de las situaciones experimentadas no serían muy distintas de una dictadura cuya excusa fuera salvarnos de la infección viral (las dictaduras siempre encuentran excusas para suprimir la libertad). Pero en esas circunstancias la imaginación se torna exuberante y genera extrapolaciones de la realidad sobre las que decidí escribir.
Lo que me ha salido es el conjunto de relatos, cuentos y fantasías que ahora tienes a la vista. Son muy diversos en su contenido y no están ordenados según la secuencia temporal en que fueron escritos. Pero por el contenido se percibe el estado de ánimo con el que cada uno fue redactado. En conjunto rozan lo más paranoico que yo haya escrito nunca.
Espero que estos relatos le entretengan y le ayuden en la recuperación de la libertad, pues solo quienes hayan experimentado su pérdida podrán acogerse sanamente a la convivencia que nos espera con este y con futuros virus; los que ya están y los que vendrán a nuestro encuentro.
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Va para todos los amigos y familiares con quienes compartí las penas del confinamiento.
Hotel de las Glicinas
Para Luna Díaz di Vona
—¡Qué bonito es este lugar, y qué bien huele! —exclamó Germana, la más locuaz del grupo de dos parejas que ocupaban el coche, aspirando ruidosamente el aire que entraba por la ventanilla.
La pista de grava por la que estaban accediendo al hotel se deslizaba serpenteando colina abajo entre árboles frondosos, con una temperatura fresca y suave. El chubasco caído aquella mañana mantenía el lugar con una fragancia natural indescriptible.
—A mí me huele a tierra mojada mezclado con el olor intenso de unas flores que no consigo identificar —añadió Zenón, el marido de Germana, que conducía el vehículo.
—Yo, con el mareo del ferry, las curvas y este olor tan fuerte estoy para vomitar —agregó Eutropia, con tono desabrido.
—¡Tú siempre tan positiva! —le respondió Esiquio, su esposo.
—¿Y qué quieres? Si no te hubieras olvidado de la Biodramina, no estaría mareada y tendría mejor humor.
—¿Y por qué tengo yo que acordarme de tus medicinas?
—¡A ver! Déjense de peleas, que esto es una maravilla —cortó Germana, dando mentalmente la razón a su marido, que no quería viajar con aquella pareja de pesados que se pasaban la vida peleando.
Tras una nueva curva, la pista se ensanchaba y terminaba en el Hotel de las Glicinas. Cuando la casona quedó a la vista, Zenón frenó el coche e hizo una seña con la mano para abarcar todo el parabrisas; se había quedado con la boca abierta sin poder articular palabra, porque la visión era sobrecogedora.
Lo primero que le impactó fue el perfume, tan penetrante, suave y envolvente que emanaba de aquella mansión completamente cubierta de flores. Millares de ramilletes de flores pequeñas de color malva suave, degradado hacia el blanco en su base, salpicadas con una mínima cantidad de hojas de un verde brillante que emergían de unas plantas con unos tallos del grueso del tronco de una persona y trepaban por las columnas de la casa hasta la planta alta y la azotea.
La mansión tenía amplias verandas en las dos plantas a las que daban las ventanas y puertas de las habitaciones que apenas se adivinaban tras la espléndida floración que los cubría. Durante unos instantes todos quedaron en silencio admirando aquella belleza, escuchando el ronroneo de los miles de abejas y los trinos de los innumerables pájaros.
Ninguno de ellos conocía aquella bellísima planta, por lo que Germana rápidamente le hizo una foto y la envió por WhatsApp a su amiga farmacéutica.
—¡Son glicinas! —exclamó jubilosa al recibir la respuesta casi instantánea a su wasap.
—Qué maravilla.
—Nunca habíamos estado en un lugar como este.
—Lo que la casona nos muestra es como una catarata de flores.
—¡Cierra las ventanas, que me van a picar las abejas! —exclamó Eutropia en tono apremiante—. Seguro que si lo consiguen me dará un choque anafiláctico y me moriré aquí mismo.
—Eso, tú sigue a lo tuyo.
—Vaya viaje que nos vas a dar.
—Voy a ver si encuentro la recepción del hotel —resolvió Germana bajándose del coche, siempre más decidida que el resto de viajeros.
La recepción del hotel no estaba a la vista, por lo que tuvo que rodear la mansión, en la que le pareció no había nadie. Hacia el lado opuesto al que llegaron, la casa tenía tres plantas, ya que estaba situada en la ladera de una colina. La planta baja, que ella supuso que sería la parte destinada originalmente a la servidumbre, daba a un ancho patio y tenía la puerta abierta.
Un gato negro salió a recibirla. Maulló y vino a frotarse el lomo con su pierna, mientras ronroneaba, levantaba la cola y estiraba las patas cuanto podía. Ella le hizo una caricia, que el animal agradeció. Después admiró los abundantes rosales que llenaban los parterres aquel espacioso patio. Tenían unas rosas grandes, lustrosas, como ella no había visto en su vida; las había de todos los colores imaginables y la saturación de color de sus pétalos era realmente remarcable.
Como la puerta estaba abierta y nadie salía a recibirla, Germana tocó las palmas y gritó: «¡Quién vive!». Mientras tanto, siguió admirando las glicinas, que por aquella parte de la casa eran aún mayores y abarcaban las tres plantas completas de la casa.
—¡Qué explosión de belleza primaveral hay en esta mansión! —dijo sin poderse contener.
Pero nadie respondía a su llamada. Cuando ya estaba a punto de volver sobre sus pasos, dando por hecho que allí no había nadie, se asomó por la puerta una mujer de aspecto cadavérico. Iba apoyada en un bastón, con unas ojeras más abarrancadas que profundas, un pañuelo que le cubría malamente una melena grisácea enmarañada, que parecía no haber visto un peine en mucho tiempo. A pesar de su aspecto desaliñado, a ella le pareció que de joven debió tener el porte de una mujer elegante.
—Buenas tardes, señora.
—Buenas tardes. El hotel está cerrado, ¿no lo ha visto en nuestra web?
—Lo siento, pero no lo comprobamos. Es que estamos aquí dos matrimonios que habíamos reservado hace quince días para este primer viaje tras la pandemia…
—¡Quince días! —dijo la señora con una mueca que quiso ser una sonrisa triste—. Ha sido un tiempo suficiente para que se me haya caído el mundo encima.
—¿Qué le ha pasado?
—Mi compañero falleció hace diez días por la COVID, y a mí se me ha reproducido el cáncer de ovarios. Estoy recibiendo quimioterapia y casi no me puedo mover.
En efecto, la señora tuvo que apoyarse en una silla para no caerse, y tan pronto se sentó, experimentó unas fuertes arcadas. El contraste entre aquella señora tan decrépita y la formidable primavera de las glicinas y las rosas del patio era impactante.
—Ya no me queda nada que vomitar —dijo cuando se recuperó mínimamente—. Por cierto, me llamo Bárbara, y soy la dueña del hotel.
—¡Es una mansión preciosa! La verdad es que me daría una pena enorme no poder quedarme aquí siquiera una noche, bajo el perfume de las glicinas.
—Sí, ahora las flores están en su mejor momento. Pero no va a poder ser. Si me lo permite, llamaré a un par de hoteles de la zona, a ver si les encuentro alojamiento.
Mientras Bárbara llamaba por teléfono, Germana recorrió la parte trasera de la casa y se dio cuenta de que la finca seguía colina abajo con una gran cantidad de árboles frutales. A la izquierda, la colina era aún más abrupta y formaba un risco en el que se abría una enorme cavidad natural orientada hacia la mansión, cuyo fondo no se veía desde donde ella miraba.
Caminó alejándose entre los frutales y se fijó que a aquella distancia la casona aparecía completamente cubierta de flores de un malva suave, como si la primavera se hubiera confabulado para dar lugar a una exuberancia como ella no había visto nunca en una casa particular.
—¿Cómo consigue usted tantas flores y tan bonitas? —preguntó a Bárbara que ya venía a su encuentro.
—Es por la tierra, que aquí es excelente. Un reducto de lo que en otro tiempo fue un frondoso bosque de laurisilva. Mis antepasados lo talaron para fabricar carbón y venderlo a los barcos ingleses. De ahí viene la fortuna de la familia.
—¿Y no está usted de acuerdo con lo que ellos hicieron?
—En absoluto. Ni la naturaleza tampoco; por eso se ha vengado.
—¿Qué quiere decir?
—Después de aquel destrozo causado a la naturaleza para hacerse ricos, todos los miembros de la familia acabarían por volverse locos.
Germana la miró asombrada, pero Bárbara no apartaba la vista de la cueva del barranco, como si estuviera observando algo. Se le agolpaban las preguntas, pero no quiso insistir ya que su interlocutora no parecía disfrutar de la conversación. Juntas y en silencio admiraron un rato al paisaje.
—¿Ha conseguido acomodo para que podamos pasar la noche en la zona?
—No. Todos los alojamientos rurales de la zona están a rebosar. Parece que a la gente le ha dado por volver a viajar una vez que ha pasado lo peor de la pandemia.
—¿Y que nos propone para pasar la noche?
—Solo he podido encontrar un hotel en la zona turística del sur en el que se podrán alojar los días que quieran.
—¡Llevo toda la vida trabajando en hoteles para turistas! Lo que menos desearía para estas vacaciones es ir a uno de ellos.
—¿Y qué más puedo hacer yo? —inquirió Bárbara mirándola con tristeza, como diciéndole «ya me gustaría, pero no tengo fuerzas ni para atender mis propias necesidades».
Germana se quedó pensando en posibles alternativas. Cada vez que se imaginaba a sí misma alejándose de aquel precioso lugar, algo en su interior lo rechazaba, diciéndole que tenía que hacer lo posible por pasar allí al menos una noche.
—¿Está usted sola en la casa?
—Si. Al morir mi pareja, decidí que esto era demasiado para mí y despedí a las dos personas que trabajaban en el hotel.
—Me gusta tanto este lugar que no me perdonaría tener que marcharme sin tratar de convencerla de que nos deje pasar aquí la noche. ¿Qué tal si usted me deja la llave para que podamos quedarnos y se olvida de nosotros? Le prometo que no la molestaremos en absoluto y mañana le dejaremos recogidas las habitaciones que ocupemos.
Bárbara la miró desde la profundidad de sus ojeras y esbozó una mínima sonrisa. ¡Era persistente y determinada aquella señora! Por otra parte, pensó que esa noche la tendría que pasar sola en la casona, porque su nieta, que era quien más o menos se ocupaba de ella, se había marchado con su novio y a saber cuándo regresaba. No sería la primera vez que no aparecía hasta dos o tres días después.
Concluyó que estaría mejor acompañada de aquella determinada señora, por si le ocurría algo y necesitaba ayuda.
—Las habitaciones están preparadas, de modo que, si quieren, pueden quedarse. Pero no estoy en condiciones de ofrecerles un mejor servicio.
—¡Muchas gracias! El lugar es tan maravilloso que no me podría perdonar el haber renunciado a pasar una noche en él.
—Si quieren pueden hacer una barbacoa para cenar.
—No hemos venido preparados.
—Yo tengo todo lo que puedan necesitar. Se lo dejo gratis, así voy descargando las neveras.
—¡Muchas gracias!
Una sonriente Germana llegó a donde estaba el coche con los tres ocupantes aún dentro, con las ventanillas subidas para evitar las abejas para hacer el gusto a Eutropia.
—El hotel está cerrado, pero podremos pasar aquí la noche.
—¿Cerrado dices?
—Sí, la señora está enferma de cáncer y su pareja falleció de COVID. Han cerrado y despedido a los empleados.
—¿Y cómo nos vamos a quedar en un hotel cerrado? —preguntó Eutropia—. ¿Te has vuelto loca?
—¡Pues quedándonos! Aquí tengo las llaves para ocupar las habitaciones que más nos gusten. Además, la señora me ha propuesto que hagamos una barbacoa, que nos va a dejar gratis todo lo necesario.
—¡Una barbacoa! —exclamó Esiquio—. Yo la haré. Me gusta la idea mucho más que ir a cenar en un restaurante y volver en el coche con Zenón borracho por estas curvas.
—¡Si tú quieres, haz la barbacoa, pero conmigo no cuentes! —replicó Eutropia—. Yo no pienso bajar para ahumarme, con lo bonito que me dejó el pelo mi peluquera.
—Es que ustedes no han visto la maravilla de jardín que tiene la señora ahí abajo. Las rosas son como coles y tienen unos colores tan intensos como yo no he visto nunca.
Como todos sabían que hacer el gusto a Eutropia era imposible, decidieron quedarse aquella noche en el hotel, aunque tuvieran que soportar sus protestas. Total ya todos estaban más que acostumbrados a sus sermones.
Las habitaciones eran espléndidas y muy bien decoradas, con muebles de estilo clásico que en su día debieron costar una fortuna. Tan pronto como la inmensa mole de Eutropia entró en su habitación, se dirigió a la cama, se acostó y se tapó la cara con la sábana, por miedo a las abejas. Desde aquella seguridad relativa se la oyó despotricar de aquel «olor a burdel barato» que desprendían las glicinas.
Pero los demás se dedicaron a pasear por los balcones que rodeaban la casa admirando el paisaje, los jardines, la arboleda de laureles, tiles, barbusanos y otros ejemplares centenarios y las infinitas flores que había por todas partes.
Cuando ya iba cayendo la tarde, Esiquio bajó para dar con Bárbara y preparar la barbacoa. Ella había sacado una abundante provisión de carnes de varios tipos y de chorizos parrilleros, además de una cesta de verduras «de la casa», especificó.
—¿Quiere acompañarme a tomar un vino antes de iniciar la barbacoa? —propuso a Esiquio.
—¡Claro! Me encantará tomarme con usted uno o los vinos que haga falta.
Bárbara trajo una botella de un vino francés de una marca que él desconocía. Hábilmente metió por los lados del corcho las lamas de un abridor que giró con suavidad y lo sacó limpiamente. Lo olió muy seria, con expresión profesional. Luego sonrió, dando su aprobación, y sirvió dos copas.
—Hay que esperara un par de minutos hasta que el vino respire —advirtió a Esiquio, que se había acercado ya la copa a los labios.
—¿Siempre ha vivido aquí, Bárbara?
—Viví de pequeña en esta casa, pero de joven ya solo veníamos durante los veranos. Hace unos diez años compré la parte de la herencia de mis hermanas y reconvertimos la mansión en hotel. Mi pareja y yo hemos vivido aquí, en la planta baja, todo ese tiempo.
—¿Siempre es tan bonito este lugar? Cuesta imaginarlo sin esta profusión de flores.
—Siempre es bonito, pero ahora en junio es el mejor momento del año. No me importaría morirme en estos días para llevarme a la tumba este hermoso recuerdo.
—¡No diga esas cosas, por favor!
—Lo diga o no, está claro que no duraré mucho. Es la tercera vez que me ponen quimioterapia para el cáncer de ovarios y presiento que esta vez será la definitiva. Será cuestión de días; semanas tal vez.
—¡Cuánto lo siento!
—¡Oh, no debe sentirlo! No moriré con magua, porque he tenido una vida muy satisfactoria. Nada realmente importante me queda ya por hacer. Vamos a disfrutar de este vino, que me trajo el novio de mi nieta.
Esiquio chocó su copa con la de Bárbara y ella lo miró a los ojos con una profundidad que él nunca había experimentado. Tanto que le hizo sentir un escalofrío y notó cómo el vello de la espalda se le erizaba. Tomaron un sorbo; tras paladearlo, supo que nunca había probado un vino tan delicioso. Así se lo dijo, tras probar otro sorbo y hacer una cata casi profesional. Bárbara asintió y siguió mirándolo con aquellos ojos intensos, que parecían pertenecer a otra dimensión.
—Esiquio, creo que eres un buen hombre. Pero estás atrapado en un matrimonio desgraciado.
—¿Cómo lo sabe? ¿Acaso conoce a Eutropia?
—Ni falta que me hace. Para mi desgracia tengo el don de percibir los estados de ánimo, sobre todo la infelicidad de las personas con quienes hablo. En tu caso es tan flagrante que hasta has pensado en una solución violenta para librarte de ella.
—¿Le importa si dejamos esta conversación? —dijo Esiquio completamente lívido—. Se me hace tarde para preparar la barbacoa.
Las palabras de Bárbara le habían dejado el cuerpo tembloroso. Cogió las astillas y la hierba seca que ella le había dejado junto al carbón y se dirigió a encender la barbacoa, mientras pensaba que aquella mujer tenía que ser una bruja, ya que le había adivinado el pensamiento.
Los últimos meses, de manera recurrente, había estado pensado en encontrar un método para librarse de Eutropia, que le hacía la vida imposible. Había descartado la separación, porque ella era la rica de la casa y suyos los bienes de los que disfrutaban, ya que él solo ganaba un mísero sueldo de empleado del Ayuntamiento.
Ella se había encaprichado con él cuando eran jóvenes, pero hacía mucho que lo despreciaba, en privado y en público. Ahora no dejaba pasar una ocasión para ponerlo en evidencia y se mofaba de él a todas horas. Además, Eutropia abusaba de su bondad. Debido a su escasa movilidad, por la obesidad mórbida que padecía, le tenía echado el cargo de todo lo referente a los asuntos domésticos. Lo único ágil en aquella arpía era su incansable lengua, capaz de despellejar cuantas personas encontraba a su paso. No sabía cómo la soportaban Germana y Zenón; tal vez por una gratitud mal entendida, ya que había sido ella quien les había presentado.
Media hora después ya estaban perfectas las brasas y Esiquio se acercó a donde estaba Bárbara a buscar los pimientos, cebolletas y berenjenas para asarlos y preparar una escalibada, que era una de sus especialidades. Se llevaba también los chorizos parrilleros cuando observó que Bárbara se había tomado más de la mitad de la botella de vino. Le ofreció otra copa y de nuevo brindaron por la vida. Mientras, lo miraba fijamente.
—Sabes, Esiquio, me has caído bien. Creo que mereces una vida mejor.
Él la miró sin decir nada, pero de nuevo sintió aquella ola de inquietud que le despertaban sus palabras. Entonces ella se levantó y se dirigió renqueante a su cocina. Al cruzar por delante de la puerta, Esiquio vio cómo sacaba una bandeja de setas de la nevera.
—¡A ver, todo el mundo a comer, que se enfría la cena! —gritó Esiquio cuando todo estuvo preparado.
—¡Seguro que se te ha quemado la carne, como siempre! —le espetó Eutropia nada más llegar a la mesa, apoyándose en Germana y su marido que la ayudaban a andar.
Esiquio no dijo nada, pero observó cómo Bárbara sonreía malévolamente. A pesar de las predicciones de Eutropia, el asado estaba excelente y así lo reconocieron los demás comensales. Varias botellas de vino cayeron aquella noche, buena parte de las cuales las había ingerido la que más protestaba de todo, que no obstante se deshizo en elogios hacia el vino, mientras engullía una parte más que considerable de la carne y los chorizos supuestamente quemados.
Nada más ponerse el sol, el ambiente comenzó a enfriarse y Bárbara trajo mantas para todos, afirmando que la noche solo acababa de comenzar. Eutropia, que tanto temía ahumarse, pidió a Germana que le pusiera una silla para sentarse al lado de las brasas, porque no soportaba aquel frío.
Pronto una miríada de estrellas comenzó a brillar en un cielo oscuro y despejado.
—Es la primera luna nueva de la primavera; la mejor noche para contemplar las estrellas —explicó Benide—. Los antiguos decían que esta noche es cuando los dioses celebran el comienzo de la primavera y que cualquier cosa puede suceder, si uno la desea con suficiente intensidad.
—¿Qué tipo de cosas?
—Engendrar niños, curar enfermedades, recibir grandes noticias… cosas así.
—¿Perder setenta kilos? —preguntó Eutropia.
—Supongo que también eso cabría. Pero la verdad es que no conozco ningún caso.
—¿Y de los demás prodigios, conoce casos.
-Sí, de todos. El único que no ha funcionado en nuestra familia es el de curar la locura. Pero yo pienso que ese es el castigo que la naturaleza nos ha dedicado por haber acabado con el bosque sagrado de los aborígenes canarios, del que solo quedan estos pocos árboles alrededor de la casa.
En aquel momento apareció por allí una personita delgada, rubia y de ojos azules, con aire infantil y muy sonriente. La acompañaba un joven mucho más alto que ella, con barba y pelo largo.
—¡Hola Abuela! —dijo la muchacha—. Que alegría verte acompañada por estas personas. Creí que estarías sola en la cama, con dolores.
—Esta es mi nieta Ayla. Él, su novio, Jondalar.
Los recién llegados saludaron a los comensales y un atento Esiquio se ofreció a reactivar la barbacoa. Ellos argumentaron que ya habían cenado, pero aceptaron las copas de vino que les ofreció.
—Abuela, tengo que decirte algo.
—Habla. Estas son personas civilizadas.
—He conseguido convencer a otras seis parejas para hacer la ceremonia de la luna nueva esta noche.
—¡No estás preparada aún, Ayla! Te lo he dicho muchas veces.
—¡Pero no podemos esperar a la luna nueva de la próxima primavera, porque igual te has muerto antes!
Bárbara abrió mucho los ojos mientras lo pensaba. Las palabras de su nieta claramente la habían impactado. Había dicho que no temía la muerte, pero en aquel momento parecía aterrada ante la idea que le trasmitió su nieta.
Reflexionó y no tuvo más remedio que darle la razón a Ayla. Si en pocas semanas estaría muerta por su cáncer de ovarios, ¿por qué no intentar la ceremonia esa noche? Total, si algo no salía bien, no se perdería nada.
—Vale. Te ayudaré a prepararla y trataremos de que todo salga bien. ¿Has traído un animal negro?
—Hemos estado toda la tarde tratando de atrapar un gato negro en la zona turística. Pero no hemos podido hacernos con aquel esquivo animal.
—Al final unos alemanes llamaron a la policía y tuvimos que salir a toda velocidad —agregó Jondalar.
—Pero tu gato negro servirá.
—¡Ya sabes que eso no se debe hacer! Quiero muchísimo a Trump y eso es suficiente para estropear la ceremonia. No me gusta la idea.
—Pues no hay alternativa.
Bárbara se quedó pensativa un buen rato. Calibró los pros y los contras de usar su gato en la ceremonia y decidió que, si ella se concentraba lo suficiente en la ceremonia, aún podría funcionar.
—Sí, lo haremos con Trump —dijo lacónicamente.
—¡Gracias, abuela! —dijo Ayla, besando ruidosamente la mejilla de Bárbara—. ¡No sabes la ilusión que nos hace!
—Lleva la silla de bronce, el agua con hielo y prepara la hoguera. Yo iré en seguida con el gato.
—¡Gracias por darme esta oportunidad! Te quiero muchísimo.
Los visitantes se habían quedado de piedra escuchando aquella extraña conversación, pero nadie les dio explicaciones y procedieron con los preparativos como si ellos no estuvieran presentes. Al poco rato vieron cómo brillaba un intenso fuego que iluminaba todo el barranco. Lo habían hecho los jóvenes en la enorme cueva que se abría a la izquierda de la casona. Siete parejas se hallaban dispuestas alrededor de la fogata, cubiertas con sábanas blancas de las que emergía solo la cabeza por un hueco practicado en el centro y comenzaban a danzar cogidos de las manos.
Bárbara pasó junto a los comensales como si estuviera en trance. Iba cubierta con una túnica blanca con capucha, bastante lujosa, con el gato en una mano y el bastón en la otra. Parecía tan absorta en la tarea que había emprendido que ni siquiera los miró. Directamente se dirigió a donde estaban los jóvenes y se sentó en la silla de bronce situada en el fondo de la cueva, frente al fuego. Su nieta había enterrado parcialmente en el suelo las patas de la silla y las había humedecido con agua helada.
Desde donde estaban los comensales se veía una inmensa cavidad iluminada con la fogata. Ahora las siete parejas soltaron sus manos y se colocaron en orden simétrico alrededor del fuego. Un poco más alejada, al fondo de la cueva, estaba Bárbara, que se había levantado de la silla y estaba de pie delante del fuego con el gato negro en brazos. De vez en cuando le daba a Trump algo parecido a un biberón que el animal chupaba con fruición.
Después los jóvenes iniciaron un largo murmullo de intensidad creciente que incluía muchos ayes. Bárbara levantó un brazo y todos callaron. Entonces ella inició una letanía larguísima de canto a la madre Tierra, que a Esiquio —persona bastante leída— le sonó conocida.
Las parejas de jóvenes comenzaron a danzar agitando las sábanas, que reflejaban el color del fuego de manera intensa, creando un sobrecogedor espectáculo visual. La letanía duró varios minutos. Cada párrafo que Bárbara pronunciaba era seguido de estrepitosos ayes y lamentos del grupo de jóvenes.
Finalmente calló y los jóvenes reiniciaron el murmullo de nuevo con una intensidad mucho más potente que llegaba con claridad a donde estaban los comensales, amplificada con tonos misteriosos por el eco de la cueva.
Entonces Bárbara se quitó la túnica, se quedó completamente desnuda y se sentó en la silla semienterrada. Mantuvo al gato negro en su regazo e hizo una señal a las parejas, que se quitaron las sábanas, se tumbaron sobre ellas y comenzaron a copular.
Bárbara levantó sobre su cabeza un jarro que había llenado del cubo con agua y hielo y lo fue vertiendo alternativa y lentamente sobre su cabeza y sobre el gato negro, que seguía en su regazo; Trumo debía de estar drogado, porque recibió sin moverse aquel baño de agua helada.
Después reinició un canto de intensidad creciente que era secundado por los movimientos de las parejas copulantes. Terminó el canto con un grito y movió su brazo derecho en sentido contrario a las agujas de reloj, señalando cada vez a una pareja, que incrementaba el ritmo hasta culminar. Entonces pasaba a la siguiente pareja, que hacía lo propio, y así hasta llegar a la que formaban Ayla y su novio, que fueron los últimos en terminar su parte de la ceremonia.
Bárbara hizo un movimiento con los dos brazos hacia arriba, que las parejas entendieron como que debían ponerse en pie, permaneciendo desnudos. Entonces se puso de pie y levantó al gato negro con ambas manos por encima de su cabeza, e hizo las invocaciones:
—¡Madre Tierra, acepta el sacrificio de este animal negro!
»¡Madre Tierra, acepta que un ser vivo negro muera para que algo nuevo pueda ser fecundado!
»¡Madre Tierra, haz que nuestros deseos se cumplan esta noche!
»¡Madre Tierra, compadécete de mí y líbrame del cáncer que me aflige!
»¡Madre Tierra, no dejes morir a esta, tu sierva, que tanto y tan bien te ha servido!
Después se aproximó al fuego, elevó el gato al cielo con ambas manos, hizo una última advocación a la madre Tierra y arrojó con fuerza al animal en la hoguera.
Todos los jóvenes se reunieron en torno a Bárbara, que se había sentado de nuevo en la silla, pusieron sus manos sobre ella y quedaron expectantes unos segundos, observando el fuego.
De pronto sonó un fortísimo maullido y una bola de fuego emergió de la hoguera. ¡Trump salió corriendo colina abajo con sus negros pelos en llamas!
—Esiquio, dame una copa de vino, por favor —dijo Bárbara nada más llegar donde estaban los comensales, cubierta de nuevo con su túnica blanca.
—¿Qué ha ocurrido? —le pregunto él mientras le servía el vino.
—La madre Tierra no ha aceptado nuestro sacrificio.
—¿Quieres decir que el gato negro tenía que haber ardido en la hoguera?
