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Esta obra hace parte de la colección Primera Temporada, una serie de pequeños ensayos dedicados al rectángulo oscuro que cuelga de las paredes de las habitaciones y, aunque asentado, se extiende en poderío más allá de las cuatro esquinas que observa, donde habita, vigila y desempeña su labor. De todo aquello que transmite, a Rocha lo abstrae la serie estadounidense How I Met Your Mother, del 2005, y su ficción, aquella llamada vida, comienza a tomar forma a partir de su reconocimiento con ese Otro expuesto en pantalla que él no puede parar de rememorar.
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Veröffentlichungsjahr: 2022
How I Met
Your Mother
Nicolás Rocha Cortés
Rey Naranjo Editores
Todo lo escrito es basura.
Antonin Artaud
El primer encuentro
Cuando cumplí veinticuatro años organicé una fiesta canábica. Nada de bares, de alcohol ni de tabaco. Únicamente un par de porros que llevó D, Nutella con marihuana que preparamos con S en el horno de la casa de mis padres, música y cojines en el piso de mi habitación. Nuestra falta de experiencia a la hora de calcular la dosis hizo que, luego de comer de más y creer que el efecto jamás llegaría, pasadas unas dos horas algunos alucináramos y otros durmieran plácidamente en el sofá al ritmo de Mitú y Dani Boom.
Esa noche entendí el amor. En medio del frío de noviembre lloré aferrado a la cintura de A mientras murmuraba que podía ver su alma. Le dije que era una silueta compuesta por polígonos en tonos azules que cambiaba ante el más mínimo movimiento como una suerte de caleidoscopio. No mentía. A pesar de ser producto del tetrahidrocannabidol en mi organismo, esa imagen, la de estar abrazado a un cuerpo en calma que recorría mi rostro con ternura, fue como sumergirme por completo en el océano y mecerme al compás del latido del corazón de ese animal vasto y salvaje que es el alma de A.
Fue la primera vez en la vida que tuve esa sensación. La primera vez que pude experimentar la esencia de una persona y acurrucarme bajo los matices de su forma sin sentir que estaba quebrando algo. Por el contrario, nuestra anatomía poligonal encajaba a la perfección. Creí comprender lo que Ted Mosby buscó durante tantos años en el paraguas amarillo. Ahí estaba A, devolviéndome la sonrisa y secándome las lágrimas mientras me pedía que no llorara. Yo le decía que no podía evitarlo, que no eran lágrimas de tristeza, sino de felicidad y que si muriera en ese preciso instante, lo haría siendo feliz.
Aquella noche también comprendí que cualquier tonto con suerte llama destino al azar. Durante un segundo pude ver que estar ese díaen esa casa riendo y escuchando música con esas personas era completamente gratuito y aleatorio. Nada de eso sucedía por un fin mayor ni tampoco era un paso más en un camino ya trazado. Por el contrario, era el azar el que había juntado al grupo esa noche y dependía de nosotros disfrutar sin querer controlar lo incontrolable; simplemente existir y habitar el momento sin saber qué cambiaría al día siguiente; reír a carcajadas antes de que todo eso que dábamos por sentado se convirtiera en ruinas descascaradas en algún rincón de la memoria.
Esa revelación chocaba directamente con el hecho de que, como muchos, al crecer también creí que mi vida tenía un propósito, una razón de ser, un motivo por el que todo lo que vivía era necesario. Pensaba que cada momento era parte de un plan que justificaba el hecho de nacer bajo el cielo encapotado de Bogotá un miércoles de 1994. Hijo de S y de J. Niño deseado, añorado, gestionado. Producto de la ciencia más que del placer, resultado de tratamientos de fertilidad, ahorros y sexo programado. La idea del destino se había instalado en mi memoria desde muy pequeño gracias a las historias de superhéroes, la religión, la educación y, sobre todo, a la televisión. A fin de cuentas, el simple hecho de existir es completamente aleatorio y entenderlo hace todo mucho más sencillo, como en aquellos versos de Elisa Díaz Castelo: «Creo en el azar todopoderoso, en las cosas / que pasan por ninguna razón, a santo y seña». Sin embargo, en la niñez las cosas fueron muy diferentes.
El final de los noventa —momento del que guardo pocos recuerdos, pero muchos registros— fue el instante en el que me enamoré de la televisión. La ventaja de crecer con un padre al que siempre le ha interesado la tecnología es que, desde que tengo dos años, su voz se esconde detrás de una videocámara. Gracias a eso y al orden de papá con su archivo, el registro de mi familia está clasificado en carpetas desde 1996 en un disco duro del que hace poco hice un respaldo.
A pesar de que también existen fotos de papá durante la primaria en 1968, o de mamá cumpliendo quince años, el primer registro con sonido es de 1995. Son grabaciones de audio en las que mis padres me piden que hable y de mi boca se desprende un sonido baboso e indescifrable. Siguen varias fotografías en casa de los abuelos y más adelante, en la carpeta de 1998, los primeros videos en los que papá desde el asiento de un avión me pide que sonría y luego mientras estoy sentado sobre la cama de un hotel en San Andrés.
En los videos suele haber una constante: la televisión. Ya fuera en Navidad, Año Nuevo o un fin de semana lluvioso en casa de los abuelos, casi siempre estaba viendo caricaturas; cuando no estaba frente a la pantalla, saltaba por la sala inventando monólogos utilizando personajes de mis series preferidas y actuando para la cámara. Ya fuera Hércules, Gokú, Batman, Yoh Asakura, Ash o cualquier otro héroe, siempre daba un gran espectáculo.
El mundo de esas grabaciones ya no existe. Cambió caprichoso, como siempre lo ha hecho, sin importarle las formas o las preguntas de quienes queremos bajarnos en el momento en el que ya no reconocemos la calle por la que andamos. Pero gracias a papá y a su infinita curiosidad por los videos y las fotografías, ese universo del que solo quedan ruinas vuelve a la vida de vez en cuando; más de dos décadas resumidas en unas cuantas horas, la voz de los abuelos, las navidades lejanas, las monerías —como dice él— y la evidencia de que la televisión siempre ha estado ahí.
Lo cierto es que hay días que se sienten como años y años de los que ya no recordamos una hora completa. Si quisiera describir el presente, no habría espacio suficiente ni palabras justas que esbocen una idea de lo que significa. Aunque lo enumerara todo, con el pasar del tiempo puede que solo recuerde la sensación de querer viajar por carretera y huir de mis problemas cuando ‘The funeral’, de Band of Horses, comienza a sonar. Recuerdo que la primera vez que escuché esa canción fue durante el primer episodio de la octava temporada de HIMYM. El instante en el que Klaus, el prometido de Victoria que acaba de ser abandonado en el altar, le explica a Ted los términos lebenslangerschicksalsschatzy beinaheleidenschaftsgegenstand. Luego, tanto Ted como Robin y Barney parecen comprender qué es el amor de la misma manera en la que yo lo hice con A aquella noche de mi cumpleaños número veinticuatro.
A pesar de que describir el presente sea demasiado ambicioso, nombrar las aparentes nimiedades es la mejor manera de imitar a la vida. Decir que estoy sentado frente a un escritorio uno de esos lunes festivos en los que el sentido de la ciudad se desvanece. El café se enfría rápido y escucho a mis padres ver una película. Mi hermana pasea al perro. Los amigos están lejos. El celular callado. La lluvia se acerca. Los recuerdos aparecen sin aviso y tiene lugar una conversación con el pasado. El ritmo lo marca la ausencia y la tarde se consume mientras recorro mi memoria en busca de algo que me sostenga. La lista de reproducción va en ‘It’s good to hear your voice’, de DJ Poolboi, y la luz amarilla de la lámpara ilumina la habitación.
Cada tanto leo los versos de Adam Zagajewski en la pantalla del celular. Me los envió un gran amigo luego de que el polaco muriera hace tan solo unas horas. «Salí a dar largos paseos, / y deseaba tan solo una cosa: / relámpagos, / cambios, / a ti». Podría decir también que ha pasado un mes y dos días desde que A terminó la relación y que, ahora mismo, el presente se planta insoportable sobre la mesa.
Si a eso se le suma el confinamiento producto de la pandemia, con el paso de los días nos convertimos en un mueble más de la habitación y acumulamos polvo como madera de ébano. Nos fundimos con el mobiliario hasta perdernos entre los instantes en los que fuimos felices. Las imágenes se repiten como un zoótropo que gira al compás de un aguacero. Los viajes, las cenas, la música, los juegos, las almas, el amor.
Si algo he aprendido de las grabaciones de papá es que regresar siempre será una opción; lo importante es volver la mirada sobre el recuerdo sin añoranza. La hiel de la melancolía resulta casi tan empalagosa como amarga. Recién cumplí veintiséis años, leyendo Pajarito de Claudia Ulloa, encontré un párrafo que se adentró en una fisura «... hay días en que deseas que la niñez vuelva de golpe, una madrugada cualquiera, cuando tienes veintiséis años y no puedes dormir, cuando estás en pijama y a solas». Esa idea, que se repite constantemente en las conversaciones que tengo con varios amigos, clavó un puñal sin filo en las manos de varias generaciones que se nutren de la nostalgia. Todos queremos volver a momentos específicos en los que la vida se sintió ligera y el dolor era una herida que sanaba sin necesidad de sutura. Sin embargo, la carne envejece, se sabe rígida con el pasar del tiempo y sus fibras se avinagran. Queda un refugio: una serie de televisión, un álbum musical, una novela o un poema.
La televisión es una trinchera infinita en mi vida. No recuerdo una canción que marcara más las vacaciones entre 1998 y 2004 que la introducción de Dragon Ball Z. La amistad en el patio de recreo se construía en torno a Pokemon, Popeye o Los motorratones de Marte. Las franjas de Adult Swim de Cartoon Network en la casa del abuelo en Ciudad Montes. Las tardes con Shaman King en Fox Kids. La preadolescencia junto a RBD, The O. C. y las comedias románticas situadas en secundarias norteamericanas.
Con el estímulo indicado resulta fácil balancearse sobre el péndulo de la niñez o la adolescencia una vez más. Cada serie era un viaje sin hoja de ruta; una vez comenzaba un capítulo, la vida se cerraba de un portazo y la ficción se apoderaba del lugar. Recorrí un largo trayecto desde El Chavo del 8 hasta HIMYM; cambié constantemente y pensé que mi vida también estaba escrita. Me supe protagonista y me encontré en distintos personajes y sus problemas. Desde hablar solo pensando que era Frankie Muniz en Malcolm in the Middle, comer mucha zanahoria después de ver Space Jam o tenerle miedo a la oscuridad por Séptima puerta, hasta creer sinceramente que todo mal trago venía acompañado de un discurso al final del día y, como si fuera Ted Mosby, nunca cerrar los ojos sin que Bob Saget —la voz en off de Ted en el futuro— dijera que todo iba a estar bien.
Al igual que mis compañeros de primaria, creía que el mundo existía por mí. Todos los que me rodeaban cumplían un papel secundario, incluso quienes me trataban mal, en esta gran producción. Soy parte de una generación a la que le repitieron un sinfín de veces que todo lo podía, que el mundo era suyo, que había nacido con un propósito, que su existencia no era gratuita, que si quería tocar el cielo lo podía hacer, y gracias a internet creímos todo eso posible. Mucha adulación y muy poca reflexión. En retrospectiva eso explica muy bien por qué existe tanto miedo al fracaso y tan poca habilidad cuando tenemos que enfrentar la crítica. Somos hijos de Ícaro, tan frágiles como el barro seco y enamorados del sol.
Creo que por eso es tan sencillo que gran parte de mi generación se identifique con Ted a lo largo de la serie. Sobre todo con su insistencia, incluso intensidad, enfocada en una única idea. Esa «resiliencia» que reafirma la premisa de que «el que persevera alcanza» sin importar cuál sea el objetivo. Además de tener varios puntos en común, como la niñez solitaria, las grandes ambiciones profesionales que se desvanecen muy temprano y la idea de que existe un amor romántico para todos en algún lugar del mundo.
Al igual que Ted, no tuve una infancia particularmente extraordinaria. Fui hijo único hasta los diez años, crecí en un hogar en el que la estabilidad económica reemplazó a la estabilidad emocional y eso, en un país como Colombia, es una regla general. No hubo tiempo para lecturas detalladas, planificación o charlas. Mis padres improvisaban sobre la marcha y yo me adaptaba al contexto. Rápidamente pagamos el precio de la independencia laboral y, al contrario de la vida de muchos de los otros niños que crecían a unos cuantos metros, no encontré refugio en la complicidad de los amigos.
Tampoco tuve un globo rojo al cual llamar mejor amigo a los siete años, como Ted en esa escena de ‘Sunrise’, uno de los capítulos más emotivos de la novena temporada en el que finalmente deja ir a Robin al ritmo de una de las joyas de finales de los ochenta: ‘Eternal Flame’ de The Bangles. Mejor amigo que, después de soltarlo durante un segundo, se perdió en el cielo y dejó a Mosby con problemas de confianza. Además, no crecí en una casa con jardín, así que los globos que me acompañaban después de algunos cumpleaños encontraban su límite en el drywall del apartamento 203.
Las paredes estrechas, los cuartos separados por pasos y la ausencia de rincones propios hacían del 203 un territorio ya explorado, sin misterios. Los programas de televisión se presentaban como la mejor opción para habitar otros espacios. En parte porque el hecho de que mis padres tuvieran su propia empresa hizo que el trabajo irrumpiera en cada momento y lugar de nuestras vidas. Nunca hubo límites la oficina estaba a dos pasos del comedor; únicamente había silencio alrededor de una película nueva. Todavía es así.
El hecho de tener televisor en mi cuarto desde los cinco años hizo que esa caja se convirtiera en mi mejor amiga. Solía pasar los dedos o la mejilla por la pantalla para sentir la estática, apretar botones duros para cambiar de canal y aprender el límite matemático del entretenimiento. No más de veinte canales. Cada vez que me iba mal en el colegio o que tenía peleas en casa, papá o mamá me decomisaban el control del televisor o desconectaban el cable que le daba señal. Sin embargo, siempre me las ingenié para poder ver los programas que me gustaban. Ya fuera entendiendo la función de cada cable, quitando el volumen para poder ver Carita de ángel sin que se dieran cuenta en casa o encontrando el ángulo exacto para ver el televisor de mis padres desde el marco de la puerta de su habitación sin ser descubierto.
Con los años los dibujos animados dieron paso a las comedias románticas. Historias de high school, bailes de prom y competencias para entrar al equipo de fútbol americano y salir con una animadora. Los misterios de la pubertad se manifestaban a través de ficciones repetitivas y llenas de estereotipos. Mientras el cuerpo se confundía con facilidad, los cambios eran abruptos y la vida perdía la cualidad de inofensiva; mis compañeros y yo nos sabíamos invencibles, éramos niños llenos de certezas que creían tener la vida resuelta y que encontraban constantemente respuestas y nuevos insultos en la televisión.
MTV, Fox, Sony, HBO. La gloriosa adolescencia en los dos mil. Britney, quien de hecho interpreta a Abby, la secretaria de Stella que está enamorada de Ted, durante la tercera temporada de HIMYM. Punk rock. Crisis de identidad. Pelo de colores. South Park. Grunge. Perforaciones. Paris Hilton. Tatuajes. La muerte de mi abuelo materno. Las peleas en casa. Avril Lavinge. Aislarse. La televisión por cable. La peor época de la moda. Beepers. Ozzy & Drix. Bellsouth. Harry Potter. La soledad y el amor que se erige como un territorio inexplorado. Llamadas al teléfono fijo. La aparición de Messenger y la mensajería instantánea. Los primeros celulares. Y, claro, la fiel presencia de la televisión como respuesta ante las preguntas que surgían casi tan de repente como el acné. En ese segundo encuentro con la vida existía un rumor a voces: el sexo. El misterio se desarrollaba alrededor de esa idea. Mientras el hartazgo familiar y la sed de libertad complicaban la convivencia en casa, para nosotros, los protagonistas de ese drama, el futuro parecía brillar en medio del caos.
De niños, la incertidumbre no nos asustaba y la ilusión era democrática, podíamos ser quienes quisiéramos y siempre elegimos ser dioses hasta que encontramos el placer de la mortalidad de la mano del amor en la adolescencia. Al crecer aprendimos a ser vulnerables más allá de la carne y la familia. El cosquilleo al ver a la persona que nos gustaba, la timidez, los acercamientos y el rechazo fueron los encargados de que cambiara todo de un momento a otro. Arrumar monedas que encontrábamos en el patio para comprar una chocolatina, esperar las dos horas lectivas después del almuerzo y salir corriendo a la ruta de esa persona a la que queríamos regalarle un dulce y, por qué no, recibir un abrazo que duraba meses.
