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Ante la presión constante por ser productivos, por hacer más, ser más y conseguir más, Madeleine Dore nos invita a bajar la productividad de su pedestal a partir de desmontar los objetivos imposibles y la constante comparación con los demás. Un libro que nos invita a darnos permiso para encontrar nuestro propio camino.
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Seitenzahl: 426
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Título original: I Didn’t Do the Thing Today. On Letting Go of Productivity Guilty, publicado originalmente en 2022 por Murdoch Books, un sello de Allen and Unwin.
Corrección de estilo: Cristina Lizarbe
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
La Editorial no se pronuncia ni expresa ni implícitamente respecto a la exactitud de la información contenida en este libro, razón por la cual no puede asumir ningún tipo de responsabilidad en caso de error u omisión.
© Madeleine Dore, 2022
© de la edición castellana:
Editorial GG, SL, Barcelona, 2023
© de la traducción: María Serrano
Producción del ePub por: booqlab
ISBN: 978-84-252-3414-9 (epub)
La Editorial ha puesto todo su empeño en contactar con aquellas personas que poseen los derechos de autor de los textos publicadas en este volumen, pero en algunos casos su localización no ha sido posible. Por esta razón, sugerimos a los propietarios de tales derechos que se pongan en contacto con la Editorial. Las reclamaciones justificadas se atenderán según los términos de los acuerdos habituales.
Editorial GG, SL
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Dedicado a las cosas que de verdad importan,que casi nunca son cosas, pero que lo son todo.
Lo que ocurre con los consejos
Al empezar el día
1 Cuando la productividad se reduce
2 La expansión de la creatividad
Los tropiezos del día
3 La imposible búsqueda de la rutina ideal
4 La preocupación por el tiempo perdido
5 La ambición es como una portería fantasma
6 El mito del equilibrio
7 El punto muerto de la indecisión
8 El desaliento de la comparación
9 La gran decepción de las expectativas
10 La trampa del “muy liado”
11 La negación de la limitación
12 La estricta regla de la disciplina
13 El tira y afloja de la distracción
14 La agotadora búsqueda de la perfección
Al final del día
15 La generosidad de la bondad
16 La profundidad de la curiosidad
17 Los momentos de disfrute
Agradecimientos
Créditos
HOY NO HE HECHO NADA.
NO ME HE LEVANTADO
ANTES DE LAS SIETE.
NO HE CAMBIADO.
NO ME HE PARADO
A ANOTAR MIS IDEAS.
HOY NO ME
HE DEDICADO UN RATO,
CON UN RITUAL DESTINADO
ESPECÍFICAMENTE A ELLO.
NO HE COMPLETADO TODAS MIS
TAREAS PENDIENTES CON ESMERO.
NO HE PASEADO EXACERBADA
POR EL PARQUE.
HOY NO HE ESCRITO NADA.
NO HE EMPEZADO NADA.
NO HE TERMINADO NADA.
NO HE LOGRADO NADA.
NO HE PROGRESADO.
Y DA IGUAL.
PORQUE LO QUE VA
A DETERMINAR ESTE DÍA
NO ES SI HE HECHO
O NO TODO ESO.
A lo mejor produce cierta extrañeza abrir un libro como este —que, en principio, anuncia que va a explorar cuestiones relacionadas con la productividad, el equilibrio y la autodisciplina— y encontrarse con que la autora no afirma tener esas cuestiones totalmente resueltas. Yo no tengo la clave de cómo ser mejor ni de cómo mejorar la forma en la que lo haces todo, ni de cómo cambiar o cómo arreglar las cosas. Tampoco creo que existan ni un truco secreto ni una estrategia perfecta para solucionar todas esas facetas inestables, desordenadas e imperfectas de la existencia humana. Lo que sí creo, en cambio, es que más que empeñarnos en cambiar todas esas cosas que nos caracterizan, lo que deberíamos hacer es, precisamente, aceptarlas en el transcurso de nuestro día a día.
Por tanto, este libro no pretende ofrecer “el consejo definitivo”. Es la culminación de un proyecto llamado Rutinas extraordinarias que empecé en 2014, y aquí se recogen las lecciones, reflexiones, sensaciones, perspectivas e ideas que saqué a partir de él. Rutinas extraordinarias es un proyecto personal que empecé nada más graduarme, en un momento en el que no tenía idea de por dónde tirar (ni en mi carrera en el mundo del periodismo ni en la construcción de la clase de vida creativa que anhelaba tener). Así que empecé a hablar con mis amistades sobre cómo llevaban ellas la cotidianidad, la vida diaria, y después con las amistades de mis amistades y, finalmente, con gente a la que siempre había admirado a distancia y con la que jamás soñé que tendría la oportunidad de conversar.
El proyecto no tenía ni la inversión ni el rigor ni la metodología de un proceso de investigación académica formal; fue más bien algo que fui dejando y retomando a lo largo de los años, en la medida en que me lo permitían mi tiempo y mi curiosidad. Hablé con quien pude, cuando pude y donde pude, sobre todo en mi ciudad natal, Melbourne, pero también en Nueva York durante las temporadas en las que estuve allí de visita. Con el tiempo, Rutinas extraordinarias se convirtió en un sitio al que recurría para explorar incertidumbres y resolver, por medio de conversaciones, experimentos y cavilaciones, mis propios altibajos con cosas como el sentimiento de culpa respecto a la productividad, el afán perfeccionista o el vicio de compararme con los demás.
Y de ahí, de ese lugar, es de donde parte este libro. En muchos sentidos, es la mismísima definición de “autoayuda”: si escribí el libro fue para plantearme preguntas en voz alta, para poner orden en el archivo de todas las conversaciones que había ido recopilando, para usarlo como una herramienta que me fuera útil en mis rutinas, que me ayudara a ver mis propias contradicciones, errores y limitaciones y a encontrar una forma de trabajar con todo ello a medida que iba entendiéndome mejor y descubriendo mi propio camino. Si bien algunas de las lecciones que extraje pueden generalizarse, lo que se ve en este libro parte de mí: se ve la persona que soy, la gente con la que me pareció interesante hablar, las lecciones que decidí sacar, las interpretaciones que hice, las lagunas que me han quedado, mis puntos ciegos, las opiniones que tenía entonces y que quizás hayan cambiado. Es posible que lo que a mí me ha resultado inspirador, me ha motivado o me ha parecido que tenía sentido, a ti te parezca algo impracticable o incluso aburrido, pues es indudable que mi perspectiva, mis tropiezos y mis experiencias serán distintos de los tuyos. Así que te pido una cosa encarecidamente: que apliques tu propio criterio, que hagas una disección de los temas que se comentan aquí, que pongas en orden tus propias conversaciones. De todo lo que hay en este libro, adopta lo que te resulte útil y descarta lo que no lo sea tanto. Y ten siempre en mente que yo también voy averiguando las cosas sobre la marcha, al mismo tiempo que tú.
Así, con un pequeño empujoncito, te animo a que explores, picoteando de cada capítulo, cuáles son las cosas que te funcionan y cuáles no para que puedas acercarte a tus propias contradicciones, tus cambiantes deseos, tus errores, tus limitaciones…, y aprendas a darte los consejos que necesitas en cada momento. Y permítete cambiar de opinión a medida que lo hacen también tus días.
AL EMPEZAR EL DÍA
“Somos grandes insensatos:‘Ha pasado su vida ocioso’, decimos;‘hoy no he hecho nada’. ¡Cómo! ¿No has vivido?Esta no es solo la fundamental,sino la más ilustre de tus ocupaciones.”
Michel de Montaigne, La experiencia
Habrá días “de esos”. Días en los que no tenemos el día. Días desaprovechados. Días en los que nos hubiera gustado avanzar un poco más. Días que se nos van en pequeños recados. Días que descarrilan. Días en los que dejamos de hacer justo lo que tendríamos que estar haciendo. Días en los que nos preocupa todo lo que se nos está acumulando para mañana. Días en los que vivimos con el convencimiento de que el resto de la gente está teniendo un día mejor que el nuestro.
Y es muy posible que esos días los acabemos con una sensación de bajón. Desconozco cuál es la forma concreta que adoptan tus días, pero sí sé que hay una serie de cosas con las que todas las personas tropezamos en el intento de abrirnos paso en la vida moderna. Independientemente de si trabajas en una oficina de nueve a cinco o curras por turnos, de si eres freelance o miembro de un consejo directivo, de si tu trabajo es cuidar de tus hijos o ya te has jubilado, todos y todas vivimos y operamos en una cultura que calcula nuestro valor en función de nuestra productividad: cuántas cosas conseguimos hacer, cómo de bien las hacemos, para quién las hacemos. Nuestros días se han convertido en recipientes al servicio de un capitalismo internalizado: esa sensación general de que lo que hacemos está directamente vinculado con nuestra valía.
En el momento en el que fusionamos e identificamos la capacidad productiva con la valía personal, lo que hagamos nunca llegará a ser suficiente. Siempre podremos hacer más y siempre habrá más pendiente de hacer. Cosas como poner una lavadora, hacer la compra, ponerse al día con las tareas atrasadas, responder los mensajes de texto, cocinar, limpiar, hacer algo creativo, hacer algo de ejercicio, trabajar, la revisión médica, eso que tendríamos que estar haciendo ahora mismo, eso otro que nos da pereza hacer, aquello que hemos ido posponiendo a pesar de que es lo único importante.
Con frecuencia, de la mano de todo ese montón de cosas sin hacer llega una sensación subyacente de culpa, ansiedad o vergüenza. En vez de tener la capacidad de pararnos un momento a darnos cuenta de cuantísimo varía la cantidad de cosas que solemos llegar a hacer en un día —a veces un poquito, a veces un montón—, acabamos cayendo en el bucle del “si fuera”: si fuera más productiva, si fuera más eficiente, si fuera mejor en esto, si fuera más como tal persona…, entonces sí conseguiría hacerlo todo bien, hacer lo suficiente, ser lo suficiente.
En gran parte, lo de ponernos un montón de objetivos que cumplir cada día está directamente vinculado con la idea de que es posible tenerlo todo optimizado hasta la perfección. A nuestro alrededor encontramos innumerables consejos y promesas que nos invitan a creer que, si adoptamos determinado truquillo cotidiano o seguimos una rutina concreta cada mañana, al final conseguiremos hacerlo todo. De este modo, depositamos nuestra confianza en que esa cosa nueva nos ayude a ponerles remedio a todos los días “de esos” que tengamos. Ir probando todos y cada uno de los últimos truquillos que aparecen con su promesa de mejora puede ser entretenido y disfrutable como práctica. Yo misma lo he convertido en un pasatiempo: me he comprado la última agenda planificadora, he probado la última rutina mañanera milagrosa, he echado mantequilla en el café, he probado el método de “comerse el sapo” y empezar las tareas diarias por lo que me da más pereza, me he puesto recompensas por cumplir los buenos hábitos… Todas estas metodologías populares pueden llegar a resultar útiles, pueden cambiarte la vida incluso, pero, como descubrí al final, también pueden crearte aún más obstáculos con los que tus días tropezarán.
Cuando, al día siguiente, constatamos que ese nuevo truco no ha logrado corregirnos o que no hemos conseguido seguir el método al pie de la letra, volvemos directamente a la primera casilla del bucle del “si fuera”. Empezamos a pensar que somos la única persona que no logra hacer las cosas bien, la única persona a la que se le escapa el truco, que sigue enredándose en complicaciones…, y nos ponemos a buscar el siguiente método milagroso en nuestro afán de convertirnos en esa versión mejorada de nuestra persona. Buscamos una clave nueva que nos asegure la optimización de nuestros días, volvemos a tropezar y a darnos de bruces con la sensación de culpa.
Todo esto es como una carrera sin movernos del sitio, y hemos dejado de distinguir lo importante. Ponemos un enorme empeño en nuestra mejora y lo único que conseguimos es seguir juzgando nuestras imperfecciones. Ese empeño, sin embargo, es misión imposible. La palabra ‘perfecto’ deriva del verbo latino perficere, que significa “terminar, completar, llevar a cabo, lograr”. En esa búsqueda de la perfección de nuestros días —y la propia, la nuestra—, lo que hacemos es crearnos un estándar imposible. Hemos asumido que lo que está incompleto es una prueba de que hay algo que hacemos mal, pero, en realidad, esa imperfección, esa incompletitud, forma parte del ser humano, es inevitable. Nos culpamos por no estar justo en el lugar en el que creemos que deberíamos estar. Nos reprendemos por nuestra inactividad. Nos comparamos con otras personas y nos volvemos chiquititas. Ponemos en duda nuestras decisiones. Nos ahogamos de tal modo con la presión de ser productivos todo el rato que, a veces, acabamos no haciendo nada.
Así que esta “obsesión por hacer”, en vez de hacernos mejores, nos apabulla y nos abruma, nos agota por completo, nos imbuye de una sensación de insatisfacción, de inadecuación, de soledad. Cada vez que vemos a alguien exhibir el montón de cosas que hace como una medalla de honor —hablando de todo el lío que tiene, de que no llega, de que está a tope, de sus éxitos, de los elogios que recibe—, la comparación nos deja con una sensación de insuficiencia y con la presión de tener que imitarlo. Hacer, hacer, hacer, hacer…, solo para no quedarnos atrás, para demostrar que valemos…, pero sin sentir nunca que hayamos llegado a nada.
En medio de ese torbellino, no es fácil darse cuenta de que nuestro empeño está condenado al fracaso. Se nos dice que nos dejemos los cuernos trabajando en una sociedad que subestima nuestro trabajo. Se nos dice que optimicemos nuestras capacidades en una cultura que, al mismo tiempo, nos insiste en que nunca llegaremos a ser lo suficiente. Si queremos tener la más mínima esperanza de alcanzar cierto estado de satisfacción, lo único que podemos hacer, según lo que nos dice esa cultura, es consumir cosas concretas, perseguir una meta concreta, hacer una cosa concreta (y lo único que logramos con todo ello, en realidad, es ir detrás de una sombra).
Pero si nuestro desbordamiento de trabajo, nuestro desbordamiento de actividad, nuestra hiperproductividad no nos están reportando ningún beneficio…, ¿por qué seguimos tan empeñados en condicionar nuestra autoestima al nivel de productividad que lleguemos a demostrar?
Si seguimos deslumbrados ante esa ilusión óptica quizás sea porque resulta más fácil detectar la presencia de esa obsesión por “hacer” que solucionarla. En realidad, no parece demasiado posible ponerle coto por nuestra cuenta, ni a la presión de la productividad ni a la ansiedad, la culpa y la vergüenza que esto nos provoca. Hasta los propios antídotos que nos invitan a tomarnos un descanso, a reducir el estrés o a seguir rituales de autocuidado terminan convirtiéndose en otra cosa más que añadir a la lista de tareas pendientes.
Cal Newport ha acuñado el concepto de “trabajo profundo” para referirse a la capacidad de concentrarse en una tarea sin distracciones. Tal como decía Newport en un artículo de The New Yorker titulado “The Rise and Fall of Getting Things Done” [“Auge y caída del afán de terminar las cosas”], no existe ningún consejo, truco o técnica que aborde específicamente lo que es, en realidad, el problema fundamental: la forma insidiosamente caótica y desordenada en la que se desarrollan hoy en día los procesos de trabajo organizativamente. Lo que tendríamos que hacer, afirma Newport, “es reconocer que intentar domar nuestras frenéticas vidas laborales de forma individual, por nuestra cuenta y riesgo, es un esfuerzo inútil. En cambio, tendríamos que preguntarnos colectivamente si existe una manera mejor de tener las cosas terminadas”.
Es posible que incluso seamos conscientes de que ese afán de productividad nos está llevando a la depresión y, aun así, sigamos sin tener ni idea de cuál es la alternativa que puede llenar nuestros días. Además, con las crisis sanitarias, sociales y climáticas que está atravesando el mundo actual, muchas personas nos sentimos mal por no estar haciendo lo suficiente o por no estar haciéndolo bien y, de este modo, acumulamos otra capa más de culpabilidad sobre nuestras espaldas.
Hay mucha gente para la que esta situación se vio amplificada durante la pandemia de la COVID-19, por el impacto y el efecto dominó que ha tenido en nuestras vidas cotidianas. Para algunos, los cambios han sido mínimos, pero hay otras personas que han visto cómo sus días quedaban vacíos por la pérdida del trabajo. O, al contrario, se han visto sobresaturadas por nuevas responsabilidades o hundidas por el dolor de alguna pérdida. Para alguna gente, la pandemia fue la primera ocasión en la que la organización de sus días empezó a ser cosa suya. Sin unos horarios prefijados de inicio y de fin, sin unos jefes ni equipos a los que hubiera que rendir cuentas en persona. Y fuimos muchas personas las que, sin este deber, nos sentimos como a la deriva.
La pandemia puso patas arriba nuestra cotidianidad de muchas formas distintas, pero una de las lecciones que sí nos enseñó es que siempre estamos más a la deriva de lo que pensamos. Sumidos en nuestra obsesión por hacer cosas, podemos perfectamente dejar de ser conscientes de que la vida tiene su propia forma de interponerse en los planes que hemos establecido para tener un día productivo: habrá distracciones que saltan a primera fila, cosas que no salen bien, responsabilidades inesperadas y, además, nuestra mente y nuestro cuerpo no siempre están dispuestos a cooperar con nuestras expectativas.
Cuando no conseguimos alcanzar el altísimo listón de productividad que nos hemos fijado, nos da el bajón, pero siempre elegimos ignorar el hecho de que, para empezar, ese listón estaba completamente fuera de nuestro alcance. Es una lástima llegar al final de un día y fijarse solo en las cosas que se han quedado sin hacer. En cada uno de nuestros días, podemos encontrar y apreciar más textura y variedad de lo que ninguna lista de temas pendientes conseguirá reflejar jamás. Pueden habernos ocurrido miles de cosas, más allá de las que hayamos hecho o dejado de hacer. Los días fluctuantes, con altibajos, contienen mucha más vitalidad e intensidad que los días optimizados y controlados. Nos olvidamos de que la sinfonía de una orquesta siempre será preferible al sonido plano y sostenido de una única nota.
Del mismo modo que somos capaces de reconocer que la felicidad es solo uno más de los muchos estados emocionales por los que pasamos, también deberíamos aprender a aceptar que la productividad que manifestemos puede variar de un día a otro. Tendremos explosiones de productividad, igual que experimentamos explosiones de felicidad. Esos días ideales en los que todo parece encajar son algo que nos sucede, son reales, igual que los momentos de felicidad.
¿Qué pasaría si en vez de empeñarnos en optimizar nuestros días al máximo para hacer más cosas dejáramos que transcurrieran tal como son? Solemos llenar los días de tareas sin tener en cuenta la cantidad de factores colaterales que también pueden ocuparnos tiempo: por ejemplo, salir a correr durante media hora rara vez nos ocupará treinta minutos exactos. La preparación, hasta el momento en el que por fin salimos por la puerta, puede llevarnos horas. Es posible que tengamos que atender primero alguna tarea urgente y eso sin contar el tiempo que invertiremos después en ducharnos y arreglarnos. Quizás haya entre nosotros personas perfectamente optimizadoras que jamás se entretienen ni se distraen, pero yo aún no he conocido a ninguna. Y si lo hiciera, sospecho que lo que descubriría es que esa persona cuenta con los recursos suficientes —es decir, dinero, el apoyo de alguien o tal vez una cinta de correr en el gimnasio de su casa— como para que los recadillos, las vueltas de un lado a otro y todas esas minucias que interfieren en nuestros días no le supongan demasiado problema. Por lo general, el hecho de que seamos seres humanos falibles significa que hemos de reconocer nuestra tendencia a perder el tiempo, a enredarnos en dar vueltas de acá para allá, a postergar el “hacer” —ya sea porque no queda otra o por hábito—, y que quizás no haya necesidad de añadirle a todo ello un barniz de culpabilidad, de ansiedad ni de vergüenza. Quizás, en vez de intentar optimizar los días, lo que deberíamos hacer es aprender a reconsiderar el sentimiento de culpa, ansiedad y vergüenza que nos provocan los días “de esos” y aceptarnos como personas imperfectas para las que la experiencia de ese día ha consistido, simplemente, en vivirlo, sin más.
Siempre que nos empeñemos en perseguir, atrapar o proyectar —ya sea la felicidad, la productividad o el día ideal— nos quedaremos cortos, es inevitable. Nunca vamos a encontrar el elemento, el truco o el consejo de productividad que nos haga sentir completos como por arte de magia, porque ese deseo de completitud es una fantasía. Sin embargo, cuando le hacemos un hueco a nuestra propia imperfección, cuando le damos espacio al desorden de nuestros días, es posible que acabemos sacando lo mejor de ellos.
No hay duda de que los días en los que conseguimos hacer esa cosa que habíamos proyectado nos sentimos bien. Esos días en los que culminamos algo que llevábamos tiempo postergando resplandecen de una forma especial, nos preguntamos por qué no lo habíamos hecho antes, fuera lo que fuese. Es posible que uno de los mayores obstáculos en este sentido sea la dificultad de mantener un compromiso con la realización de “la cosa” en sí, por eso la sensación de satisfacción derivada de haber sido capaces de impulsar o mantener ese esfuerzo es bien merecida. El “hacer” puede dotar a nuestro día de sentido. Puede centrarnos, darnos un objetivo y un respiro. Le imprime a ese día, y a nuestras vidas, un impulso hacia adelante. Si no hacemos nada, no efectuamos cambios ni en nosotros mismos ni en el mundo que nos rodea. Hacer es predicar con el ejemplo, es acción, es salir al mundo. Por tanto, no se trata de que debamos dejar de hacer cosas, ni de renunciar a la alegría que nos proporcionan los días en los que logramos hacer “eso” que nos propusimos, sino, más bien, de tomar conciencia de que el conjunto de lo que consigamos hacer cada día tendrá aspectos distintos.
Hemos asimilado que la medida de un día bien aprovechado es hacer cosas, ser “productivo”, aunque, en realidad, eso es solo uno de los muchos subproductos de una buena vida. Lo que de verdad exige un cambio es el modo en el que definimos nuestras vidas en función del “hacer”: el modo en el que empleamos ese hacer para determinar nuestro valor, como un distintivo de cuánto importamos, como un sustitutivo del carácter…, y el modo en el que entendemos el no hacer como una marca de la vergüenza.
Al fin y al cabo, definir en qué consiste ser productivo no es fácil. ¿Tiene que ver con la cantidad de horas que trabajas? ¿Con la calidad de ese trabajo? ¿Consiste en estar ocupado durante unos horarios prescritos? ¿Depende de la eficiencia? ¿De la relevancia? ¿Del resultado? ¿Un día productivo es ese tipo de día de permanente ajetreo o ese otro en el que haces algo muy menor pero que tiene mucha importancia? El trabajo productivo no es solo el que nos da dinero. También tiene que ver con las cosas que nos reportan satisfacción emocional o sensación de logro: renovar una casa, cocinar para nuestros seres queridos, estudiar. E, igualmente, la definición de ser improductivo resulta difusa, sobre todo porque es posible que sea justo en los momentos ociosos o de descanso cuando se nos ocurren buenas ideas, o nuestro día cobra sentido o nos sentimos satisfechos.
La palabra ‘productividad’, por sus raíces etimológicas, significa “guiar algo hacia delante”. Su misma definición, por tanto, nos coloca en un estado de perpetuo vaivén: es una lista de tareas pendientes que, una vez tachadas, vuelve a llenarse al día siguiente. En lugar de esforzarnos por corretear detrás de algo que no cesa de moverse delante de nosotros, lo que deberíamos hacer es elaborar una definición propia de “suficiente”. Podemos buscar formas de dejar de dar valor a nuestras vidas en función de lo eficientes, efectivas u organizadas que sean.
Quizás lo que de verdad sería interesante no es que nuestros días fueran más productivos sino más fecundos, es decir, que tuvieran una mayor capacidad para producir un crecimiento nuevo, pero no necesariamente en un sentido productivista. Vistos así, los días serían como fértiles jardines: espacios en los que hace falta preparar la tierra, sembrar, plantar, quitar las malas hierbas, podar, cosechar, recoger, compostar… según la estación. De esta forma, lo que define la fecundidad de un día también será distinto en cada momento: algunos días haremos “eso” que teníamos que hacer y otros no. En el jardín tendremos algunos frutos que están madurando, pero también malas hierbas: distracciones, llamadas inesperadas, retrasos.
Para poder ser fecundos debemos estar nutridos. Esta perspectiva aparta el foco del recuento de la cantidad de cosas que hemos logrado y lo centra en lo que nos alimenta: cómo de bien hemos dormido, el compromiso que mantenemos con algo, cómo somos de amables, de asertivos, de generosos…, lo bien que tratamos a nuestros seres queridos, qué capacidad de aprender tenemos, de resiliencia… Solemos pasar por alto todos esos elementos que forman el día, pero son el abono que necesitamos para poder crecer.
No hace falta que optimicemos nuestros días, sino que, simplemente, los habitemos. Es decir, que los vivamos, los cuidemos con atención, los renovemos. En el ajetreo de la vida cotidiana, puede que nos parezca que es obligatorio aprovechar cada hora, pero habrá momentos que no lograremos apresar, que se nos escapen, y esto resulta inevitable. Me da la sensación de que todas y todos tenemos momentos de perder el tiempo, lo que no es tan habitual es que la gente lo admita.
Pero hasta en los días triviales, los días en los que en vez de hacer lo que nos habíamos propuesto nos entretenemos o distraemos, podremos descubrir que, a lo largo de sus horas, ha acabado anidando algo que merece la pena. Serán, quizás, cosas que ni nos han hecho ganar dinero ni han hecho progresar nuestra carrera pero que, igualmente, pueden dotar de sentido a nuestro día: un pensamiento, una conversación con un amigo tirados en el sofá, probar una receta nueva, un paseo al aire libre, una sonrisa de alguien que no conocemos, una siesta. A veces, hasta una resaca puede ser una señal de que hemos pasado una noche genial con los amigos. ¿Por qué no deberíamos tener en cuenta también esas pequeñas cosas en la suma total de los quehaceres de nuestros días?
Las circunstancias particulares de cada persona serán distintas, pero todas podemos hacer el ejercicio de no ponernos en tela de juicio cada vez que alguno de nuestros días —o incluso alguna de nuestras horas— se nos desvía. Podemos esforzarnos por ver que, con frecuencia, son precisamente las cosas inesperadas, improductivas e imperfectas las que revitalizan nuestros días. Algunas veces, resulta que lo que necesitábamos hacer es justo eso para lo que creíamos que no teníamos tiempo. Quizás haya días en los que no llegamos a hacer justo “eso” que teníamos que hacer, pero hemos hecho “eso otro” que resulta ser igual de importante. Hay días en los que hacemos cosas sin tener demasiado claro por qué, y resulta que todo adquiere sentido después, en un momento futuro.
Por supuesto, hay días en los que hacer lo que tenemos que hacer no es negociable. Solo mantenernos al día ya nos supone un esfuerzo ingente y nos deja con la sensación de estar o bien totalmente sobrepasados o bien al borde de un burnout. Pero, ya sea porque nos molesta todo lo que tenemos que hacer o nos lamentamos por lo que no hemos hecho, tal vez haya espacio para que cambiemos la forma en la que medimos el día. Debemos arrancar de raíz los sofocantes estándares que nos ahogan y plantar, en su lugar, cosas que se muestren mucho más adecuadas en un mundo que exige empatía, flexibilidad y acción. Tenemos que encontrar pequeñas acciones que desafíen la idea de que no existe más medida de nuestra valía que la productividad. Tenemos que adoptar un enfoque que se muestre más amable y tolerante con los vaivenes de nuestra cotidianidad. Debemos encontrar nuestro propio camino.
La forma en la que pasamos los días es la forma en la que pasamos la vida poco a poco vamos descubriendo cómo orientarnos en la vida
Visto desde fuera, quizás tengamos la sensación de que el resto del mundo ha dado con el secreto, todas las personas consiguen hacer más cosas, les va mejor y lo llevan todo bien. Así pues, ¿por qué nosotros no somos capaces de hacer “lo nuestro”?
En 2014, devorada por la intriga que me provocaba saber cómo era posible que hubiera gente que parece transitar sus días sin ningún esfuerzo, empecé a preguntar a personas que admiraba sobre qué hacían, cómo lo hacían y cuándo lo hacían. Los resultados los publiqué en un blog que escribía por amor al arte llamado Rutinas extraordinarias [Extraordinary Routines] y, después, en mi pódcast, Routines & Ruts [Rutinas y caminos trillados]. Con aquel proyecto de entrevistas intentaba encontrar lo reseñable de lo cotidiano, era una colección de pistas y trucos que tenía el objetivo de facilitarme a mí misma la posibilidad de hacer cosas excepcionales en medio del caos de la vida diaria. Hablar con quienes me parecía que tenían las cosas más claras me daría la oportunidad, creía yo, de echar un vistazo a lo que hay detrás de los momentos estelares y de recibir orientación para poder ser yo más productiva y más prolífica, tener más éxito en mis proyectos: para poder hacer más y ser más. Aquellas conversaciones me impulsaron incluso a diseñar experimentos propios, desde probar varias rutinas matutinas hasta apagar mis dispositivos.
Pero, a pesar de mis interrogatorios, no llegué a dar con ninguna receta perfecta para conseguir hacer las cosas. Después de más de media década de entrevistas y experimentos, seguía teniendo la sensación de que ni estaba haciendo las cosas suficientes ni las estaba haciendo bien. Ni lo estaba haciendo bien así en general. En retrospectiva, me doy cuenta de que lo que pasaba es que seguía cayendo en los bucles de “si fuera”, porque estaba buscando respuestas mirando en la dirección equivocada. Cuando le pedía su manual de instrucciones a otra persona, no estaba atendiendo a la necesidad de buscar orientación en mi propia vida.
De todos modos, no es un ejercicio que lamente. Tuve que ir preguntándole a la gente por la realidad cotidiana de sus vidas para darme cuenta de que en ningún caso va a ser posible reproducir la misma receta cuando no tenemos los mismos ingredientes. Cada uno tenemos unas capacidades, energía, aptitudes y privilegios propios, y una cantidad distinta de horas disponibles al día. Y ninguna de esas cosas es igual en todos los casos. La capacidad de optimizar el día es muy distinta si eres freelance, si estás sin empleo, si trabajas “por bolos”, si eres asistente de dirección ejecutiva, si estudias o si tienes hijos y trabajas. Los detallitos de nuestra vida diaria son distintos para cada persona, sin embargo, solemos compararnos con los demás y acabamos sintiéndonos peor.
Sería negligente por mi parte no reconocer que, en cierta medida, ponerme a investigar las rutinas diarias de la gente puede acabar reforzando ese pedestal del hacer cosas. Un texto con un perfil y una conversación en un pódcast solo pueden revelar una cantidad limitada de información, y no hay duda de que no pueden dar cuenta de todos los puntos flacos de una vida. Pero, a mí, todas estas conversaciones me reafirmaron en la convicción de que existe una plétora inmensa de formas en las que podemos pasar nuestros días y, de todas ellas, la más importante es la que es propiamente nuestra, y que podemos ajustar en consecuencia.
Aunque empecé preguntándole a la gente cómo hacen las cosas que hacen, lo que acabó teniendo para mí más interés fue oírlos hablar sobre sus tropiezos. Si saqué alguna idea clara a partir de ese análisis de los días de las personas, es que nadie tiene todas las respuestas, nadie sabe lo que está haciendo, todos miran a los demás, tratando de mantener el nivel, haciendo ajustes cuando es necesario. Todos tropezamos, todos cometemos errores, todos tenemos días en los que no hacemos “eso” que queríamos o teníamos que hacer.
Todos esos fragmentos imperfectos de los días de la gente comenzaron a formar un mosaico ante mí, un recordatorio de que el aspecto que tiene el desorden es distinto para cada uno. Este libro es una celebración de esos fragmentos, de los días llenos de tropiezos en los que, de todos modos, encontramos algo valioso. Es una compilación de las notas que tomé en esas conversaciones, de las ideas luminosas y las palabras de los libros, los discursos de graduación, las películas y las personas que me han ayudado a gestionar los obstáculos que me planteaba la sensación de culpa vinculada a la productividad y de las cosas que me han ayudado a soltarla. Mientras lo escribo sigo trastabillando y tropezando, aprendiendo, intentando intuir, haciendo preguntas… e incluso sigo cambiando mis respuestas. Yo también voy a tientas y deseo compartir lo que he aprendido por el camino.
Aquí otra advertencia importante: como entrevistadora, le doy mi propia perspectiva a cada conversación. Esto resulta obvio por las personas a las que entrevisté, las preguntas que les hice, los temas que me interesaban. El proyecto no es en sí mismo un exhaustivo análisis de la vida diaria: fue un proyecto propio que iba sacando adelante al margen de mi empleo remunerado cuando podía, donde podía, con la gente con la que tenía ocasión de hablar. Lo iba trabajando de vez en cuando, cuando tenía tiempo, espacio y ganas. Todo el proyecto está teñido de mi propia visión (limitada) y de lo privilegiado de mis circunstancias: el privilegio de la educación, de tener la capacidad de escoger mi propia carrera, de poder ahorrar para hacer viajes, de poder elegir trabajar menos y vivir frugalmente para poder desarrollar mi trabajo creativo, de beneficiarme de las mismas estructuras capitalistas que me hacen tropezar.
Las respuestas que recopilé reflejan dónde me encontraba yo respecto a mi propia relación con el hacer. Me fascinaban en particular las personas creativas, a las que veía construyendo sus cotidianidades, ya fuera como autónomas, artistas o emprendedoras. Hacía preguntas en cuyas respuestas deseaba verme reflejada. En distintos momentos, tuve un trabajo a tiempo completo, fui freelance o cogí un trabajo de media jornada, intentando buscar una manera de equilibrar mis propios días que no estuviera determinada por la productividad ni los resultados y, a veces, perdiendo el equilibrio, dependiendo de mis circunstancias.
Con el tiempo, en vez de reunir instrucciones para hacer cosas, empecé a detectar algunos sentimientos compartidos entre las personas a las que entrevistaba: muchas de ellas tenían la sensación de no estar haciendo las cosas suficientes o se sentían inseguras, dudaban de que fueran a lograr alguna vez sus metas. Detectar estos sentimientos en los demás me ha ayudado a sentirme menos sola en mi andadura por este mundo obsesionado con el hacer, y espero que tú puedas encontrar también un consuelo similar en estas páginas.
Este libro no tiene una base científica, sino emocional. Puede que las ideas y circunstancias que expongo no puedan traducirse literalmente a tu experiencia, pero lo único que sé es que he encontrado lecciones de personas que son distintas a mí y que, de todos modos, me resultan significativas. Descubrir algo para compartir con los demás y ampliar nuestra perspectiva puede ser gratificante. Podemos tener interés en saber cómo es ser otra persona y, con frecuencia, también podemos ver en ellos cosas nuestras. Cada capítulo indaga en una de esas piedras en el camino de la productividad con las que podemos tropezar a lo largo del día. No se trata de denunciar esos aspectos de nuestra vida, sino de desentrañar los sentimientos de culpabilidad que pueden despertársenos cuando tropezamos con ellas. Como elementos independientes de un día concreto, quizás nos parezca que cosas como la ambición o el equilibrio no sean algo negativo, pero cuando las perseguimos de forma inflexible, podemos acabar metidos de cabeza en el bucle del “si fuera”. Quizás también descubramos que los tropiezos con esas piedras tienen un efecto en cadena: lo que ambicionamos para el futuro nos obliga a estar más ocupados en el presente, y con ello anhelamos una sensación de equilibrio que es inalcanzable o fugaz, o volcamos sobre el día unas expectativas que no harán más que dejarnos decepcionados.
En lugar de ofrecer una respuesta o una fórmula para minimizar esos tropezones en tus días, espero que este libro pueda servirte de acompañante en esos momentos en los que entres en el bucle del “si fuera”, un acompañante que te encamine hacia tu forma propia de pensar, de sentir y de hacer. Cada uno de los siguientes capítulos puede ser un espacio del que entrar y salir en función de tus zozobras diarias. Quizás puedan servirte como un recordatorio de que los tropezones no tienen por qué ser dolorosos, también pueden ser graciosos. Podemos aprender, podemos examinar lo que estamos sintiendo y podríamos, incluso, disfrutar de la voltereta.
No puedo prometerte que harás más cosas cada día después de leer este libro. Sin embargo, sí espero que te anime a adoptar una forma propia de hacerlas, en vez de seguir otra receta más que solo te llevará a fracasar. Espero que signifique que vas a seguir disfrutando de los días en los que consigues hacer “la cosa esa”, pero también que vas a encontrar algo que celebrar en los días en los que no lo consigues, porque, en el altibajo de nuestras vidas, vamos a seguir teniendo días de ambos tipos.
Aunque otras personas pueden servirnos de inspiración, los únicos que vamos a vivir la experiencia de nuestros días somos nosotros. El modo en el que surcamos nuestra cotidianidad es el modo en el que aprendemos a surcar nuestra vida. Nos lleva mucho tiempo descubrir cómo materializar lo que deseamos, dar con nuestra receta propia del día y no hundirnos cuando vemos que es distinta a la de otra persona. A veces, sin el parachoques que suponen las instrucciones ajenas, podemos sentir que estamos quedándonos cortos, que vamos dando tumbos o que nos hemos salido del camino, pero es justo ahí donde tenemos la oportunidad de encontrar nuestro propio camino. Así es como podemos llegar a conocer todas las facetas del ser humano falible, desordenado e imperfecto que somos: en vez de estar esperando a que alguien nos diga lo que hay que hacer, lo vamos inventando a medida que avanzamos y vamos remodelando las partes de nuestro día.
Si algo me han enseñado todas las conversaciones que he mantenido, es que son precisamente nuestras fisuras las que nos vuelven más interesantes, las que forman el mosaico más hermoso y les permiten a los demás identificarse con nosotros. Esa es la parte que no siempre hace las cosas. La parte que quiere cambiar. La parte que está tratando de sacar los pies del fango de la perpetua necesidad de cambiar algo. La parte que aún está en proceso de entender las cosas. Todas estas partes son las que nos recuerdan que un día contiene muchas más cosas que el hacer.
“Así que, desde mi punto de vista […].Lo que yo veo es que vuestras vidas ya sonartísticas. Están a la espera, ya listas, y soloa la espera de que las convirtáis en arte.”
Toni Morrison, discurso de graduaciónen el Wellesley College, 2004
Si nuestros días han acabado convertidos en contenedores atiborrados de aquello que hemos hecho o dejado de hacer, quizás no nos haga ninguna falta encontrar nuevas formas de ser productivos. Más bien, lo que necesitamos es darle un meneo al contenido.
Yo he tenido tantos días de esos que parecen arrastrarse aplastados bajo el peso de la sensación de culpa productivista que no puedo ni contarlos. Todos siguen el mismo patrón: tengo que hacer equis, y por la razón que sea, resulta que en este momento concreto no lo estoy haciendo, y como no estoy haciendo equis dejo de hacer también todo lo demás: no hago nada. En vez de centrar mi atención en cualquier otra cosa de las que tenga que hacer, parece que el día se me diluye y se me escapa mientras yo permanezco inmóvil bajo el peso de mi propio escarnio, que me repite: hoy tampoco he hecho nada, hoy tampoco he hecho nada. ¿No resultaría más satisfactorio intentar, al menos, disfrutar del día en vez de ahogarlo en culpabilidad?
La productividad es un filtro demasiado limitante para ponérselo a nuestros días. Los deja reducidos a un plan concreto, un solo orden, un único resultado. Y cuando el día adquiere una forma distinta, nos quedamos atrapados girando sobre nosotros mismos y cerrando el filtro cada vez más sobre nuestros propios defectos.
La productividad nos exige una forma de vivir secuencial, pero nuestros días casi nunca se desarrollan en perfecto orden. No solo varía cada día, sino que nosotros también nos transformamos en el transcurso de cada uno de ellos. Estamos constantemente cambiando, creando y recreando distintas partes de nosotros mismos. En lo que a mí respecta, he acabado entendiendo el valor de mostrarse más flexible en cuanto al orden y la forma que adquieren las cosas: puedo ser consciente de lo que he hecho, de lo que puedo hacer de forma distinta y de lo que se puede hacer más adelante. Puedo ver maneras de expandir mis días más allá de una forma concreta de hacer y de definir mi propio proceso.
Si la productividad limita nuestros días, la creatividad los expande. La creatividad no se ciñe a un plan, sino que tiene una forma propia de oscilar en ese sube y baja. En lugar de confinar los días a un único quehacer, nos anima a descubrir formas en las que podemos hacer las cosas de formas distintas.
La creatividad puede ser el mejor antídoto para aplacar esa combinación de ansiedad, culpa y vergüenza, porque, en lugar de prescribir lo que debe suceder en nuestro día a día, más bien responde a lo que va surgiendo. El discurrir del propio proceso creativo refleja en sí mismo este funcionamiento. En su libro The Art of Thought, el psicólogo británico Graham Wallas describió cuatro fases dentro de ese proceso: la fase de preparación, que es la que dedicamos a investigar, documentarnos y recopilar inspiración; la fase de incubación, en la que damos un paso atrás, tomamos perspectiva y permitimos que las conexiones entre unas cosas y otras vayan cuajando; la fase de iluminación, que es esa en la que a menudo aparece espontáneamente una solución en forma de “ajá”; y la fase de verificación, en la que emprendemos la acción necesaria y hacemos las cosas.
No hay una lista de verificación que te lleve a seguir estas fases del proceso creativo como si fueran pasos; se trata más bien de un continuo ir y venir entre estas fases distintas (y, posiblemente, otras muchas más). Este ciclo no lineal de recopilación, perspectiva, iluminación y acción nos permite dejar de juzgarnos respecto a dónde estamos y entregarnos a una oscilación natural. En vez de apresurarnos a llegar a la parte en la que ya hemos “acabado” o en vez de desdeñar algunos momentos de nuestro día solo porque no tienen un vínculo directo con la productividad, la creatividad nos incita a aceptar lo que aún está por hacer. En vez de provocarnos la culpa, la ansiedad o la vergüenza que puede embargarnos cuando hemos dejado de hacer algo, en la creatividad encontraremos una guía más maleable, flexible y abierta para nuestros días.
Si tenemos en mente cómo fluye el proceso creativo, podremos escuchar la llamada de las cosas que hay que hacer en las distintas fases, independientemente de que lo que tengamos que hacer en ellas se considere en sí mismo creativo o no. Esto nos va a permitir cultivar la curiosidad cuando recopilamos información, estar cómodos con la incertidumbre cuando tomamos perspectiva, evitar la impaciencia mientras esperamos a que se nos ocurra una solución y ponernos en marcha cuando hay algo que sí debe hacerse.
El hecho de que no estemos haciendo lo que se supone que deberíamos estar haciendo no significa que no estemos sumidos en el importante trabajo de prepararnos para hacerlo. Aquí podemos ver la importancia de alejarse del escritorio y adentrarse en el mundo. El limitado filtro de la productividad puede provocar que cuando estés haciendo cola en un supermercado lo veas como tiempo ineficiente y malgastado, pero el filtro de la creatividad puede revelarte la importancia de cultivar la paciencia, la tolerancia y la curiosidad en todos esos momentos entre tareas que tiene el día.
A menudo, el hallazgo de una solución no se puede apresurar ni planificar; por el contrario, es posible que las mejores ideas y conexiones entre ellas nos asalten por sorpresa. Cuando estemos atascados con algo, en vez de quedarnos dando vueltas y más vueltas sobre ello, podemos darnos permiso para desplazar nuestra atención hacia otra cosa.
Como vemos, hacer “esa cosa” es solo una parte del proceso y, con frecuencia, sigue una cronología propia. Habrá momentos en los que sentiremos el deseo de ponernos a hacerla como si se tratara de un nuevo romance, y habrá otros momentos en los que nos desenamoraremos o quizás hasta lleguemos a aborrecerla. En el proceso creativo, siempre hay un momento en el que lo que queremos es abandonar, pero ese momento es fundamental si de verdad deseamos crear algo que valga la pena. Solo en ese vaivén de amor y odio podremos llegar a conocer esa cosa en todas sus partes y facetas y transformarla en algo nuevo.
Por tanto, vivir creativamente significa vivir con flexibilidad y apertura, no de forma secuencial. Significa aceptar la tensión creativa porque eso es justo lo que hace que la orquesta sea tan cautivadora: notas, voces, sonidos distintos. Significa reaccionar creativamente a lo que encontramos, incluyendo nuestros tropiezos.
No hace falta tener un “trabajo creativo” para llevar una vida creativa. Aplicar el proceso creativo como filtro con el que contemplamos nuestra vida solo significa que no tenemos por qué dejar que el afán de productividad nos limite los días, podemos observarlos y modularlos en función de lo que tengamos delante, como si estuviéramos ante un torno de ceramista.
A mi juicio, ser una persona creativa tiene menos que ver con la descripción de tu puesto de trabajo o con que tengas o no un proyecto artístico que con cómo le das forma a tu propia vida (cómo, en vez de encallarte lamentándote por lo que no has hecho, eres capaz de desviar tu atención hacia otra cosa). Haberme pasado casi una década entrevistando a gente variada que hace arte, música, diseño, o crítica acerca de sus procesos creativos no me ha convertido en una artista prolífica ni mucho menos —ni me acuerdo de la última vez que usé un pincel—, pero el hecho de que no sea pintora no significa que no pueda vivir como una pintora. La creatividad no está reservada solo para unas pocas personas elegidas: todas tenemos acceso a esta cualidad humana innata. De hecho, limitarla a un subconjunto concreto de gente que ha tenido acceso a un determinado tipo de educación o a los medios —el tiempo, el dinero o la suerte— necesarios para dedicarse a su pasión y a sus metas supone una gran pérdida para todos. Puede que ni siquiera tengamos claro cuáles son nuestras propias pasiones y metas, pero podemos seguir contemplando la creatividad como una aspiración humana accesible a todos.
La creatividad está presente en nuestra forma de conocernos a nosotros mismos, de expresarnos, de cuestionar nuestras creencias, de descubrir qué es lo que queremos: está en nuestra propia forma de vivir. Tal como dijo el escritor Henry Miller: “Hacer de la vida en sí misma un arte, ese es el objetivo”.
Aunque vivimos nuestra vida como si siguiera un guion, en realidad tenemos la posibilidad de improvisar: podemos dejarnos llevar por el momento, podemos encontrar cosas nuevas, podemos darle rienda suelta a nuestra curiosidad ante lo que tenemos delante. Parece que se nos olvida que podemos echarle creatividad a una parte de nuestros horarios, nuestras carreras, nuestras conversaciones o nuestra definición de conceptos como el equilibrio, la ambición y la diversión.
No es necesario que hagamos grandes gestos creativos para encontrar la poesía en nuestra vida diaria, podemos probar algo nuevo o contemplar algo con una mirada distinta, sin más. Quizás se trate solo de apreciar algo que ya está presente en nuestro día a día, o de remodelarlo para adecuarlo a nosotros. Todo en la vida es arte, afirman estas palabras atribuidas a la actriz Helena Bonham Carter: “Lo que haces. Cómo te vistes. La forma en la que quieres a alguien, y cómo hablas. Tu sonrisa y tu personalidad. Tus creencias y todos tus sueños. Tu forma de tomar el té. Cómo decoras tu casa. O una fiesta. Tu lista de la compra. La comida que haces. Tu forma de escribir. Tu forma de sentir. La vida es arte”.
Creamos nuestros días por medio de nuestra forma de interactuar con el mundo, con nosotros mismos y con el resto de la gente. Si consideramos que la creatividad es más una forma de ser que de hacer, podemos tratar de vivir cada día como si nuestra propia vida fuera una obra de arte; podemos ser lo que yo llamo “artistas del día”.
Para mí, ser una artista del día es una afirmación de que la creatividad no es solo algo que hacemos, es cómo vivimos nuestra vida. Cuando uní por primera vez las palabras “artista” y “día”, me entró la risa porque imaginé a alguien trabajando en una cadena de comida rápida y diciendo que es “artista del sándwich”. Habrá quienes afirmen que las dos expresiones se pasan de grandilocuentes: casi cualquier persona es capaz de hacer un sándwich y todo el mundo tiene un día, por tanto, ¿quién te crees para decir que eres artista cuando tu material es tan común? Pero esa es precisamente la idea. Si no jugamos con aquello que tenemos a nuestra disposición, ¿cómo podemos encontrarle el disfrute a lo mundano de nuestra vida diaria? Estamos ya tan acostumbrados a esa maravilla que es cada día que ya lo consideramos algo ordinario. Puede que recordar lo extraordinario que es disponer de un día —un día en el que puede pasar cualquier cosa— sea un objetivo mejor que tratar de optimizarlo y hacerlo perfecto. Como dijo G. K. Chesterton en Tremendous Trifles (Enormes minucias): “El mundo nunca pasará hambre por falta de maravillas; sino por falta de asombro”.
