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El libro aborda los procesos identitarios en la configuración socio-espacial del espacio urbano y la identidad como factor catalizador del espacio público, tratando de contribuir al debate abierto, donde las ideas y las culturas no tienen fronteras. Desde un enfoque multidisciplinar este trabajo pretende convertirse en un marco de reflexión sobre la importancia de la identidad y el espacio público ante los nuevos retos de la ciudad moderna del tercer milenio. La obra trata de ofrecer diversas aproximaciones teóricas y metodológicas actualizadas, ampliando ámbitos y prácticas, útiles tanto a arquitectos, urbanistas, geógrafos y otros académicos y estudiantes de las ciencias sociales y humanidades, como a los teóricos, profesionales y políticos implicados en la planificación urbana y la ordenación del territorio. Esta propuesta editorial aglutina 15 autores de diversas disciplinas que alientan a continuar investigando y conceptualizando la identidad y el espacio público, para continuar profundizando en el entendimiento, interpretación y transformación del espacio urbano y, en general, de nuestro mundo.
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Seitenzahl: 573
Veröffentlichungsjahr: 2014
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© Diego Sánchez González, Luis Ángel Domínguez Moreno, 2014
© De la imagen de cubierta: Luis Ángel Domínguez: Mercado de Santa Caterina, Barcelona, 2014
Diseño decubierta: Editor Service, S.L.
Primera edición: septiembre de 2014, Barcelona
Con la colaboración de la Universidad Autónoma de Nuevo León, México
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avda. Tibidabo, 12, 3º
08022 Barcelona (España)
Tel. 93 253 09 04
http://www.gedisa.com
Preimpresión:
Editor Service S.L.
Diagonal 299, entresol 1ª - 08013 Barcelona
www.editorservice.net
eISBN: 978-84-9784-837-4
Depósito legal: B.10310-2014
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.
índice
Prólogo
Aproximaciones a la identidad y el espacio público
Diego Sánchez González y Luis Ángel Domínguez Moreno
PARTE I
Procesos identitarios en la configuración del espacio urbano
Identidades cosmopolitas y territorialidades en las sociedades posmodernas
Daniel Hiernaux-Nicolas
El habitar la ciudad, las redes topológicas del urbanita y la figura del transeúnte
Alicia Lindón
La ciudad como valor e identidad
Nora Livia Rivera Herrera y María Teresa Ledezma Elizondo
La identidad social urbana como instrumento para mejorar el bienestar humano
Sergi Valera
La construcción de la identidad ambiental a partir del urbanismo ecológico
Francisco Javier Toro Sánchez
Identidad del lugar, envejecimiento y presiones ambientales de la ciudad. Reflexiones desde la gerontología ambiental
Diego Sánchez González
Identidad, mito y rito en los no-lugares. Los jóvenes, alcohol y espacio público en Granada
Danú Alberto Fabre Platas y Carmen Egea Jiménez
PARTE II
La identidad como catalizador del espacio público
Identidad y espacio arquitectónico
Luis Ángel Domínguez Moreno
Identidad y diferencia en la «ciudad genérica» y en la «ciudad histórica». Percepción y prácticas espaciales
Pau Pedragosa
Espacio público y calidad urbana
Mario Cerasoli
Los espacios públicos: vacíos con identidad. Lugares con poética
Víctor Neves
El afecto en la arquitectura: la relación entre arquitecto, lugar y habitante a través del proyecto dialógico
Fernando Espósito-Galarce
Educar a la imaginación para la construcción de la ciudad
Adolfo Benito Narváez Tijerina
Autores
Prólogo
Descubrir el espacio público
«Atravesar la calle para salir de casa» escribió en un poema Cesare Pavese. Así fue como descubrí de niño la calle, la aventura de vivir la ciudad. Salir de casa y de la escuela. Para mí la ciudad fue y es ante todo el espacio público.1 Mi vivencia no corresponde al «habitar» de Bachelard, «las sensaciones y emociones que el individuo experimenta con relación al lugar donde está», que cita Alicia Lindón. Estos sentimientos existen y yo también los he sentido, pero tiendo a objetivizar la realidad del espacio público, lo cual no es una crítica, simplemente otra perspectiva.2 La concepción del espacio público como «lugar» en el que habita el individuo y se siente protegido según Heidegger, citado por Lindón, no me resulta del todo convincente. Puede ser protector o puede ser conflictivo, o territorio de aventura, o espectáculo. O como escribe Breton, en cada esquina puede surgir la sorpresa. Pero me temo que mi fuerte no es el discurso filosófico. Tampoco me siento un «ciudadano-turista» como dice Bauman, un prolífico autor hábil en encontrar términos sencillos y curiosos, conceptos un poco tramposos y bastante confusos, para definir por medio del pensamiento «líquido» las realidades posmodernas. Lo cual no deja de ser una cita pertinente incluida en el muy interesante texto de Daniel Hiernaux.3 A pesar de ser un individuo viajero siento que estoy arraigado en un lugar, o mejor dicho en diversos lugares, en diversos barrios de Barcelona, en París, en Buenos Aires, en México, incluso en Nueva York, vivida primero en las películas y novelas y luego en cuerpo y alma viviendo medio año en el Village al que vuelvo siempre que puedo. En estos lugares no me siento ni turista ni transeúnte.
No cuestiono los dos trabajos citados, estimulantes más que polémicos, y siendo los iniciales sitúan muy bien los textos de la primera parte. Pero ocurre que el prologuista, por motivaciones personales y profesionales, se ha interesado por el espacio público a partir de una experiencia forjada en la infancia y juventud y mucho más tarde se convirtió también como una temática de interés político y urbanístico. Es decir, el espacio público no ha sido tanto un tema de reflexión teórica, sino más bien como un ámbito de intervención. Y cuando lo ha hecho, en escritos y conferencias ha sido en el marco de su actividad profesional o política.
Por lo tanto me voy a explicar un poco sobre mi relación con el «espacio público» y procuraré hacer referencias a los diversos textos que se incluyen en el libro, en la medida de lo posible, y por orden de aparición en la obra. Me atrajo la calle y descubrí la ciudad primero como reacción ente el agobio del encierro, en la casa o en la escuela primaria. De la escuela sólo me atraía el patio, el resto era una tortura. Algo parecido era la casa, otro ámbito en el que te sentías controlado, vigilado y reprimido en permanencia. Muy pronto a partir de los 7 u 8 años me acostumbré a la calle y progresivamente fui descubriendo la ciudad. Y para mí la ciudad eran calles y plazas, gentes que iban de un lado para otro y lugares diversos y visibles, comercios y talleres, tranvías y automóviles, monumentos y oficinas, lugares «centrales» y barrios populares, zonas donde la ciudad se perdía, o cambiaba de nombre, como uno de los primeros libros de Paco Candel. A los 10 ó 12 años conocía gran parte de la ciudad, Barcelona, y podía recitar todas las calles del Eixample, me podía mover por el centro histórico y el «barrio chino» y me había aventurado por zonas marginales de la periferia. Unos años después, cuando había ingresado ya en la universidad, leí el Tratado de Geografía Urbana de Pierre George,4 me dije que como el burgués de Molière que hacía prosa sin saberlo, yo me había iniciado a la geografía urbana sin darme cuenta y luego fue mi dedicación universitaria principal.
A partir de los 20 años, después de haber estudiado Derecho, no terminado, me «fueron» a París (1962). Es decir un tribunal militar de la dictadura de la época estaba dispuesto a enviarme unos cuantos años a la cárcel. Opté por cambiar de ciudad y de estudios: París y Geografía y Sociología urbanas. Y tuve como profesor principal a Pierre George. En sus clases y seminarios aprendí, entre otras cosas, a entender y a analizar los espacios públicos. Más tarde a finales de la década de 1960 regresé a Barcelona con títulos académicos y un algo de experiencia en trabajos de urbanismo. Participé en los iniciales movimientos populares barriales y ciudadanos y descubrí el espacio público en dos dimensiones: la urbanística y la política.
La urbanística creo que debe considerar el espacio público como la base estructural de la ciudad, el factor ordenador principal. Determina el entorno, la calidad ambiental, la imagen, la accesibilidad, el potencial atractivo o de centralidad, la movilidad, los espacios de ocio y relacionales, las posibilidades de evolución, los espacios de transición entre el espacio público y el privado, etcétera. El autor de este prólogo desarrolló estos aspectos y analizó numerosos casos en el libro citado anteriormente Espacio público, ciudad…y en un libro posterior, La ciudad conquistada.
La dimensión socio-política puede facilitar o limitar la convivencia y la mezcla sociales, puede regular en un sentido u otro el uso del espacio público por parte de colectivos discriminados o con limitaciones físicas o culturales: inmigrantes, niños, gente mayor, discapacitados físicos o psíquicos. El espacio público es el marco en el que se expresan las aspiraciones o reivindicaciones colectivas, las celebraciones populares, las protestas sociales, las manifestaciones políticas. Los grandes cambios políticos se expresan en los espacios públicos más significantes. Por lo cual, los poderes políticos pretenden siempre ejercer un gran control sobre los espacios públicos, muy visible en los regímenes autoritarios («la calle es mía» gritó en una ocasión un Ministro del Interior del gobierno español) pero también se ejerce en los teóricos estados democráticos (véanse las normas de civismo como las que aprobó el Ayuntamiento de Barcelona en el 2006 o el Proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana que tramita el gobierno de España actualmente).
También, por medio de la práctica del urbanismo y de la gestión pública conocí la importancia económica del espacio. Hay una evidente relación entre espacio público y comercio y en general los equipamientos que en muchos casos pueden ser considerados espacios públicos cerrados o de acceso limitado y sus entornos: terrazas y bares o restaurantes, centros culturales y cívicos, museos y teatros o salas de fiesta, etcétera. Y también las zonas educativas y universitarias, los hospitales, las estaciones ferroviarias o de autobuses, los centros y las galerías comerciales, etcétera. No comparto la idea de Marc Augé, citado en varios textos de la obra prologada, del «no-lugar». Son lugares en transición entre una función específica y de acceso limitado y oneroso a una creciente diversidad de funciones y una extensión de las poblaciones usuarias especialmente en los entornos.
Un aspecto socio-económico de los espacios públicos es su función valorizadora o devaluadora del entorno habitado, de los edificios, de las actividades y de la población habitante y usuaria. En una economía de mercado las operaciones urbanísticas que generan o renuevan espacios públicos cualificantes valorizan las zonas próximas y facilitan operaciones especulativas y substitución de poblaciones, como es el caso de la «gentrification» de centros históricos o barrios populares. O, en sentido contrario, si las dinámicas sociales y la inhibición pública degradan el espacio público, se perciben las calles o plazas como lugares desagradables o inseguros, se deterioran los edificios o la zona pierde funciones de centralidad y es menos accesible, obviamente el resultado es que la actividad económica se reduce y el valor de la zona se devalúa.
Estas reflexiones sobre el espacio público resultan de un recorrido bastante extenso en barrios y ciudades debido tanto a mi práctica profesional y la socio-política. Sin embargo no fue hasta bastantes años después que me ocupé específicamente del espacio público. Primero fue un encargo del CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) para un debate de tres días (octubre de 1997) y dio lugar a un libro colectivo, Ciutat real, ciutat ideal, coordinado por Pep Subirós (1998). Dos años después la Diputació de Barcelona me propuso un libro extenso y de «autor», aunque lo hice con la colaboración de Zaida Muxí. Fue el ya citado Espacio público, ciudad y ciudadanía. Fue un encargo profesional y el libro se publicó en catalán primero y luego fue traducido al castellano. El tema me atraía pero ejercía de consultor y no podía dedicarme uno o dos años a preparar un libro si no correspondía a un encargo como el citado. Como pueden constatar, el prologuista ha ejercido mucho más de profesional del urbanismo o de responsable político que de investigador académico. Afortunadamente me resulta muy difícil pensar sino escribo.
Sobre la obra prologada: Identidad y espacio público
El lector del libro lógicamente debe pensar, en el caso que haya hecho el esfuerzo meritorio de leer hasta aquí, que el prólogo habla muy poco del libro y en cambio habla del espacio público desde la perspectiva personal del prologuista. Es cierto. Puedo argumentar que uno escribe de lo que sabe o le interesa. Y los conocimientos los he adquirido viviendo, viajando y escribiendo, en la calle más que en las aulas, en las reuniones o asambleas más que en laboratorios, más pensando «qué hacer» que no haciendo proyectos de investigación.
Pero hay otra razón: la temática del espacio público es muy compleja, tiene muchas dimensiones y acepciones. Por lo cual me ha parecido más honesto y espero que más útil para los lectores exponer algunas ideas básicas sobre el espacio público desde un punto de vista diferente. No pretendo polemizar ni mucho menos devaluar la obra prologada. Todo lo contrario. He aprendido mucho leyendo cada una de las contribuciones. Para mí ha sido un regalo la oportunidad de conocer otras dimensiones del espacio público y un privilegio leer un conjunto de trabajos como los que componen el libro que transmiten ideas propias y de muchos otros autores y que analizan casos con mucha pertinencia y desde posiciones independientes. El concepto de espacio público es multidimensional, puede abarcar aspectos muy abstractos tratados desde la filosofía y la teoría social, política y jurídica. En el otro extremo se sitúan trabajos muy concretos realizados por geógrafos, antropólogos, etnólogos, sociólogos, activistas políticos, periodistas, psicólogos, etcétera, sobre barrios, colectivos sociales, incluso sobre una esquina, como la obra clásica de W. F. White Street Corner Society.5 Y en otra dimensión se colocan las obras de urbanistas, planificadores, arquitectos y cientistas sociales especializados en lo urbano que analizan el espacio público a partir de la relación entre las formas urbanas y los usos sociales. Y hay muchas otras perspectivas para tratar el espacio público.
Ahora tengo delante de mí libros muy distintos que casualmente están esparcidos en mi mesa. Uno es de Habermas, El espacio público6 donde se cita profusamente a Hegel y a Kant, a Locke y a Max Weber, a Forsthoff (teórico del Derecho) y a Carl Schmitt (teórico de la Política vinculado al nazismo). Muy distintas son las obras sobre «el espacio público digital» (muy numerosas actualmente). De otra naturaleza son los propios de arquitectos y a veces de sociólogos sobre la relación entre la arquitectura urbana y la relaciones sociales como La humanización del espacio público. La vida social entre los edificios de Jean Gehl.7 Y distintos son los que tienen por objeto el tema hoy revalorizado de la calle, como los catálogos derivados de la exposición «La rue est à nous, à nous tous» (La calle es nuestra, es de todos) que ha recorrido muchas de las principales ciudades de Europa y América.8 En ocasiones encontramos obras sobre el espacio público con títulos idénticos cuyos contenidos son muy diferentes.9
Reconozco que hasta ahora no me había planteado en el plano académico o profesional la temática de la obra: la identidad y el espacio público. Por lo menos no de forma sistemática. Sin embargo, leyendo los textos he encontrado en todos ellos ideas novedosas, perspectivas diversas y afán conceptualista sobre el espacio público que me incitan comentar cada texto. O, más exactamente me referiré únicamente a algún aspecto de cada uno, que me haya llamado la atención o me haya suscitado un comentario. El lector que quiere conocer de entrada los contenidos de cada capítulo dispone de una excelente introducción a cargo de los dos coordinadores que sintetizan cada contribución.
Procesos identitarios en la configuración del espacio urbano
Parto del hecho de haber encontrado interesantes y rigurosos todos los trabajos que cito. No me referiré de nuevo a las contribuciones iniciales de Hiernauxy deLindón los que me incitaron a comentarlos de entrada pues fueron los que me estimularon a empezar a escribir este prólogo. Siempre lo más difícil es escribir las primeras líneas de cualquier texto. Y no es frecuente que a uno se le ocurra una frase tan sugerente y un poco inquietante como «Era de noche y sin embargo llovía» para iniciar la descripción de la calle.
El trabajo de Rivera HerrerayLedesma Elizondo se acompaña de un título pleno de ambivalencias. Ciudad como valor e identidad. La construcción de una identidad formalizada como imagen de uso externo o interno puede tener una función integradora de la ciudadanía o atractiva hacia el exterior. La historia, su perfil y su patrimonio arquitectónicos, su especificidad cultural, sus espacios públicos animados, etcétera, puede atribuir un plus o un valor a la ciudad. ¿Pero de qué valor se trata? ¿Valor de uso (para los ciudadanos) o de cambio (una oferta para atraer inversores, turistas, etc.)? Por otra parte tengo algunas dudas sobre cómo precisar la identidad de la ciudad. En parte viene marcada por la historia, pero no solamente. Las ciudades pueden ser multiculturales u homogéneas (cada vez menos), integradoras o comunitaristas. En cada ciudad ni hay un modelo a imitar ni una única identidad. Las ciudades incluyen identidades diversas y entrecruzadas, de clases sociales y de colectivos territoriales, de minorías étnicas, culturales, religiosas o sexuales y de poblaciones tradicionales de arraigo antiguo.
Por otra parte, en algunos momentos parece que las autoras hacen referencia al binomio valor-identidad como un instrumento de marketing, lo cual es un hecho utilizado por muchas ciudades, tengan más o menos valor en el mercado competitivo que las ciudades en la era de la globalización. Creo que deberíamos cuestionar la idea misma de la competencia entre los territorios y las ciudades. Ciudades «competitivas» es un concepto manipulador, que no tiene sentido y que es peligroso. El marketing urbano sólo tiene razón de ser si se sabe lo que se quiere conseguir para el bienestar del conjunto de los ciudadanos presentes y futuros, no para legitimar operaciones especulativas y depredadoras en nombre de la globalización, otro concepto confusionario. En muchos casos lo que se pretende es simplemente poner en venta partes de la ciudad. La identidad se utiliza a veces como valor de cambio y legitimación de operaciones a veces dudosas y otras ostentosas.
La contribución de Sergi Varela, sobre la identidad social urbana, plantea una cuestión especialmente interesante: las dinámicas urbanas actuales tienden a excluir, marginar o desposeer a colectivos sociales que son sustituídos por otros, más solventes, mejor situados en el mercado urbano. Es un tema que estimula el encuentro entre profesionales o investigadores de ámbitos muy diversos, sean de las ciencias sociales o de las disciplinas de intervención sobre la ciudad. Y de éstos con los activistas y colectivos sociales. La apropiación de los espacios urbanos por parte de determinados sectores sociales se da mediante dos procesos complementarios. Unos promueven la privatización de los espacios por parte de sectores de altos o medios ingresos que genera a su vez que se reduzcan o degraden los espacios públicos que subsisten. Estos espacios devienen tierra de nadie y calles o zonas percibidas como desagradables, inseguras. Los otros procesos son los que crean zonas teóricamente públicas, cualificadas, altamente controladas y reservadas a funciones administrativas, turísticas y gentrificadas y excluyen mediante muros invisibles, precios altos sean las viviendas o los comercios y políticas de «represión preventiva destinadas a las consideradas «clases peligrosas». A estas poblaciones los ciudadanos «comme il faut», los aposentados, no desean ver (como decía inicialmente la exposición de motivos de las «normas de civismo» del Ayuntamiento de Barcelona) como los inmigrantes, los jóvenes de sectores populares, marginales, ambulantes, los pobres, etcétera. Excepto si se dedican a trabajos subalternos y de servicios.
Progresivamente la ciudad formal, de calidad, con historia y significantes excluye de facto a las poblaciones no elegidas. La ciudad del capitalismo especulativo crea espacios urbanos que degradan el ejercicio de la ciudadanía. Sin espacio público de todos y para todos no hay ciudadanía, sin ciudadanía no hay ciudad, sin ciudad no hay democracia.
El texto de Francisco Javier Toro analiza el urbanismo ecológico a partir de los actores sociales que construyen «identidades ambientales». A diferencia de la mayoría de los trabajos de la obra, en este caso, el autor expone la relación que se da entre una problemática urbana, los comportamientos de los grupos sociales que intervienen y los efectos que estas acciones generan. En algunos casos, como el «new urbanism», sin menospreciar las intenciones de sus promotores y la calidad de algunas de sus realizaciones, se promueven proyectos que no dejan de ser obras para «pijos» de dudosa sostenibilidad. Es pertinente introducir el carácter clasista del urbanismo práctico, quién lo promueve, quién se beneficia y quién lo sufre. Aunque en los estudios académicos, en España más que en América Latina, se prescinde muchas veces de las clases sociales, éstas aunque se las expulse por la puerta entran por la ventana. El análisis urbano debe recuperar los estudios de estructura y de conflictos sociales. El urbanismo es un campo de batalla.
El análisis social de las problemáticas urbanas no se reducen obviamente a las clases sociales. El género, la edad, el origen (del país en el que se vive o de otras regiones o países), la identidad cultural o religiosa, etcétera. Es muy pertinente. Hay numerosos estudios sobre la relación entre espacio público y mujeres, o los jóvenes. En esta obra encontramos un trabajo de Danú Alberto Fabrey de Carmen Egea sobre los jóvenes y otro sobre la población envejecida que comentamos más adelante. Hay un prejuicio social negativo sobre los jóvenes a pesar de que solamente una ínfima minoría genera comportamientos violentos de carácter expresivo que no tienen capacidad de modificar «el orden (o “desorden”) establecido» como decía Mounier. Los gobiernos, la opinión pública y los medios de comunicación tienen a analizar genéricamente a los jóvenes como un colectivo problemático, conflictivo, incluso peligroso. Este prejuicio tiene como consecuencia «criminalizar» los conflictos sociales y acentuar la represión sobre los movimientos sociales críticos y alternativas en la medida que en muchos casos las acciones en el espacio público y la confrontación con los aparatos represivos tienen una fuerte presencia de jóvenes. Se produce una amalgama que lleva a considerar a los jóvenes como perturbadores del «orden» por su sola presencia en el espacio público. Es pues interesante y saludable que se les analice desde otras perspectivas, más rigurosas, objetivas y que tengan en cuenta su relación con el trabajo, la formación, las expectativas sociales, su vivienda y su entorno familiar, etcétera. En cambio, las instituciones políticas en muchos casos les aplican la «represión preventiva», como a los inmigrantes. En cambio las mujeres, por su mayor fuerza social, se merecen un tratamiento más justo y más pertinente: la seguridad en el espacio público, la importancia de los trayectos y la calidad del entorno más próximo, su preocupación por colectivos sociales más vulnerables (mayores, niños).
El caso de las personas mayores que expone Diego Sánchez González requiere una atención especial. Son colectivos que están fuera del mercado de trabajo y sufren limitaciones varias (físicas, económicas, de menos relaciones sociales, soledad, etcétera). Una atención especial relativamente reciente y que hoy es especialmente relevante pues la tendencia de la urbanización actual genera efectos de escala y de urbanización sin ciudad, empobrecimiento de los espacios y equipamientos públicos así como difícil acceso a los transportes (distancia, coste). Los barrios populares, y los conjuntos de vivienda social especialmente, en muchos casos están lejos de los centros urbanos, hay pérdida o inexistencia de espacios públicos y de animación urbana, los servicios más elementales (como baños) son onerosos. Los jubilados sufren un déficit de ciudadanía. La no adecuación de los medios de transporte y de los servicios a sus posibilidades económicas y físicas acentúa la soledad, la marginación y la atomización sociales. La solución frecuente es relegarles a la vivienda o a una residencia con lo cual se les condena al aislamiento social. Plantearse la relación socializadora entre la vejez y el entorno ambiental es una cuestión que afecta a un tercio de la población. El trabajo, extraordinariamente erudito de Sánchez González «Identidad del lugar, envejecimiento y presiones ambientales de la ciudad» es pues una aportación novedosa.10 Como ocurre en otros trabajos y quizás en éste con más empeño, hay una especial preocupación por desarrollar in extenso los diferentes planteamientos teóricos para después analizar situaciones concretas.
La identidad como catalizador del espacio público
La segunda parte está encabezada por un título que es un desafío: si tenemos identidad tendremos espacio público. O lo contrario quizás también vale: el espacio público genera identidad. O ciudadanía. Pero el título es bueno: el espacio deviene público cuando es de uso colectivo. Algunas veces los urbanistas con sensibilidad ciudadana o formación o en ciencias sociales prefieren referirse al «espacio colectivo» en vez de «público».11 En todo caso la relación identidad y espacio público es muy dialéctica, difícilmente existe lo uno sin lo otro.
El trabajo de Luis Ángel Domínguezexplicita sus buenas fuentes: Jane Jacobs, Sigfried Giedon y Lewis Mumford, autores que también forman parte de mi patrimonio intelectual. Y no es frecuente que un arquitecto centre su reflexión en la «alteridad», en el otro. Se agradece la referencia a M. M. Bajtín, autor poco conocido fuera de círculos especializados. No me resultan tan convincentes las referencias a Castells y a Augé. El primero ha basado su potente construcción teórica en los flujos y tiende a considerar los lugares físicos y significantes como anacrónicos aunque lo lamenta. El segundo ha hecho fortuna con los no-lugares lo cual es muy discutible pues lo que considera no-lugares son lugares en proceso de formación mediante la progresiva diversidad de funciones (comerciales, de ocio, etcétera) y que puede incluso considerarse como conquistas ciudadanas. Ambos, Castells y Augé (muy distintos pero los reunimos por estar citados a la vez en el texto) critican la arquitectura urbana predominante como un hecho desagradable culturalmente cuando es una expresión del capitalismo especulativo y de la ostentación excluyente de las oligarquías políticas y económicas. En sus trabajos relativos a la «globalización» aún siendo críticos no tienen muy en cuenta las resistencias sociales y las alternativas cívicas que reconquistan los espacios para que sean públicos y generadores de ciudadanía, aunque en obras posteriores matizan estas afirmaciones.12
El texto de Domínguez expone primero un análisis crítico de carácter «generalista», en sentido positivo, basado en los conceptos de la «cultura ciudadana» de tradición democrática, muy presentes en el discurso de políticos y profesionales, pero cuando los proyectos se llevan a la práctica resultan deficientes, discutibles incluso con efectos contrarios a los deseados teóricamente. El autor expone tres casos concretos, todos ellos localizados en Barcelona, la Villa Olímpica, el Distrito 22@ (reconversión de la vieja zona industrial del Poblenou) y la operación Fórum de las Culturas. La crítica es aguda y pertinente. Siempre me ha sorprendido como los proyectos planteados con objetivos positivos para la ciudadanía más deficitaria o vulnerable no prevean los posibles efectos perversos debido a la insuficiente regulación del mercado (por ejemplo, el del suelo), a las presiones de grupos sociales y económicos, al divismo de los diseñadores urbanos, a los condicionamientos políticos, etcétera. Me atrevo, sin embargo, a matizar la crítica que en líneas generales comparto. Creo que los casos expuestos tienen también dimensiones positivas, unos más que otros. Es el caso de la Villa Olímpica. El espacio público interno adolece de frigidez debido a la falta de masa crítica poblacional y de actividades diversificadas. Pero en cambio, el frente de mar es una gran conquista ciudadana, de día y de noche, un espacio público de usos masivos por parte de sectores medios y bajos y de números contingentes turísticos principalmente jóvenes. En otros casos es aún pronto para hacer una evaluación definitiva como ocurre con el Poblenou, el llamado Distrito 22@, un título histórico, pretencioso y ridículo. Sin embargo, hay una voluntad de mantener la función residencial para sectores populares y medios mediante programas de vivienda social y mejora del espacio público ciudadano. Lo cual es un efecto positivo producido por la resistencia del movimiento vecinal. Por ahora es una operación ambigua. El Fórum de las Culturas me temo que tardará aún mucho tiempo en ser un espacio ciudadano: por ahora hay que considerarlo un fracaso urbanístico.13 Se trata de una operación mal proyectada, mal integrada en el tejido urbano y que sólo adquiere vida urbana en los espaciados momentos de actividad (algunos grandes congresos, festivales de música).
El trabajo anterior nos lleva al debate sobre la «ciudad genérica» (Koolhaas) y la «ciudad histórica» que plantea Pau Pedragosa. Los referentes teóricos son indiscutibles: Jacobs, Benjamín, Arendt). El texto es tan sugerente como el de su predecesor. Analiza tres momentos de cómo la arquitectura urbana descompone la ciudad: Le Corbusier, Venturi (Las Vegas) y Koolhaas.14 Nos permitimos matizar que el «movimiento moderno» no se define únicamente por las propuestas radicales de Le Corbusier. El proyecto de vivienda obrera del Gatcpac (Sert y Torres Clavé, inspirado por el mismo Corbu no sólo tenía vocación social, también hacía la ciudad (calle con vocación de prolongación de la vivienda).
Los dos textos que acabamos de citar encuadran muy brillantemente la temática de la ciudad actual y las dinámicas disolventes del espacio público y de la identidad colectiva vinculada al territorio. Las contribuciones siguientes desarrollan algunos de los principales aspectos que las han precedido.
Cerasoli nos sugiere que la debilidad o inexistencia de la función integradora que proporciona un espacio público ciudadano da lugar a una fragmentación de la ciudad y una atomización social. Neves nos muestra el fracaso identitario de los «nuevos espacios públicos», residuales, cuyos elementos icónicos son en realidad lacónicos, no legibles para el entorno social. Se caracterizan por la falta de simbolismos significantes y por la pérdida de elementos referenciales y de límites perceptibles. Por omisión, podemos deducir por nuestra parte las condiciones del espacio público ciudadano: la continuidad física y simbólica y el referencialismo de los objetos, la polivalencia y la versatilidad de los usos, la accesibilidad universal y la creación de lugares securizantes, la capacidad evolutiva de las formas y de los elementos físicos, la permeabilidad de los tejidos urbanos por medio de los espacios públicos, la legibilidad del entorno y del propio espacio y la capacidad de ofrecer la mezcla de poblaciones y actividades. Expósito nos propone la relación afectiva con el entorno y la creación de ambientes que contribuyan a aceptar y entender «al otro»15. La globalización genera individuos abstractos, la ciudad los hace concretos y se reconocen a sí mismos en sus relaciones de alteridad. No es preciso estar vinculado a un lugar, hoy tendemos a ser de varios lugares, para no perdernos en los espacios de flujos. Y finalmente, Narváeznos recuerda la necesidad de la construcción compartida de los espacios públicos, el diseño participativo y el planning ciudadano.16 El espacio público es un entorno vivido, nos debe envolver como nuestra vestimenta se adapta al cuerpo.
En el espacio público somos uno y muchos a la vez.
A modo de conclusión
Este obra sobre el espacio público es importante. Nos abre nuevos espacios intelectuales, nos ofrece nuevas dimensiones de los entornos urbanos. Por otros caminos, distintos de las disciplinas vinculadas al urbanismo, se llega a la misma conclusión. No hay ciudad sin ciudadanos, ni ciudadanía sin espacio público, donde todos seamos libres e iguales. El test de la ciudad democrática es el espacio público. Y sólo se ejerce la democracia si hay espacio público.17 El voto, en todo caso, es resultado del debate público y de la acción colectiva, no de la visita cada X años a la mesa electoral para recoger una papeleta entre una masa de sopa de letras.
La perspectiva de los autores parte de una cultura crítica, académica y política a la vez. Puede aducirse que en muchos casos no explicita la relevancia de los actores sociales, las resistencias y las conquistas populares, las propuestas alternativas, los mecanismos perversos de la economía especulativa, las complicidades políticas, las ideologías legitimadoras. Pero, sin embargo, es fácil deducir estos factores de los análisis expuestos, de las referencias teóricas y de los textos germinales de cada una de las dos partes. Sin embargo no está de más enfatizar la intervención colectiva de la ciudadanía para construir dialécticamente identidades y espacios públicos.
El ciudadano no nace, se hace. Se hace ejerciendo sus derechos en el espacio público, conquistando estos espacios frente a los poderes políticos, que los consideran propios, y frente a los poderes económicos, que los consideran un medio de acumulación de capital.
El ciudadano no existe sin convivir con otros ciudadanos. Las identidades individuales se manifiestan aceptando la diversidad de los otros y las identidades colectivas se construyen en el espacio público.
Las dinámicas socio-económicas y político-culturales tienden en el mundo actual a romper lazos físicos y simbólicos, a disolver los espacios públicos y la ciudad integradora y en consecuencia las identidades de las personas. Es la «serialización»18 de los habitantes atomizados, atemorizados por miedos manipulados y por inseguridades ciertas. Las respuestas sociales a la serialización construyen identidades y convierten los espacios lacónicos del poder en espacios en los que arraiga la democracia.19
Frente a estas dinámicas disolventes surge el «derecho a la ciudad», la conquista del espacio público, la construcción de identidades, la insurgencia ciudadana frente a la negación de los derechos ciudadanos.20 Nos confrontamos con una obra estimulante que abre caminos nuevos y que debería incitar a los implicados en lo urbano y a los ciudadanos activos a recorrerlos.
Jordi Borja,21 mayo 2014
Notas:
1. En el inicio de un prólogo, Oriol Bohigas concuerda y afirma como síntesis del libro: «el espacio público es la ciudad». El libro es: Espacio público: ciudad y ciudadanía de Jordi Borja y Zaida Muxí (Editorial Electa, 2003). Y excusen que en un prólogo cite a otro prólogo.
2. Las referencias a Bachelard y a Heidegger corresponden al texto de Alicia Lindón. Confieso que sólo leí un poco a Bachelard (La poétique de l’espace) en mi época de estudiante y me pareció estimulante. ¿Heidegger? Conozco poquísimo su obra filosófica. Su idealismo existencial y sus compromisos con el nazismo contribuyeron supongo a no animarme a leerlo. No cuestiono su importancia en la filosofía pero como urbanista me interesa poco. Además me irrita que sedujera a Hanna Arendt. Debo añadir que el trabajo brillante de la geógrafa Lindón si que me interesa, pues a partir de una reflexión inicial de carácter filosófico muy erudita aterriza en la realidad de una ciudad que tiende a disolverse y unos habitantes caracterizados por una movilidad permanente que les hace más «transeúntes» que «habitantes» arraigados en un lugar.
3. Ver el texto también inicial y muy sugerente de Daniel Herniaux-Nicolas sobre «identidades cosmopolitas y territorialidades en las sociedades posmodernas». Me resultó interesante como expone la distinción entre identidades individuales e identidades colectivas.
4. Pierre George (París, 1909-2006) uno de los más destacados geógrafos europeos del siglo XX, fue a lo largo de 50 años uno de los principales referentes de la Geografía Humana. Sus libros sobre las ciudades y lo urbano, la transversalidad y la integración de las ciencias sociales en sus clases y publicaciones, sus conocimientos basados en los datos concretos y la observación directa y sus posiciones críticas y humanistas de origen marxista, lo han convertido en un «clásico». Sus obras más importantes están publicadas en castellano. La obra citada es Précis de Géographie urbaine (París, 1961, traducida al castellano posteriormente por Ariel). Su otra obra más difundida sobre la cuestión urbana es La ville, le fait urbain à travers le monde (1952).
5. Publicado en 1943 por University Chicago Press y reeditado varias veces.
6. El libro de Habermas fue escrito hace casi medio siglo pero ha sido reeditado varias veces y traducido al francés en 2006 por Payot, París, lo cual hace suponer que es de actualidad.
7. La obra de Jean Gehl se ha publicado en España en 2008 (Editorial Reverté). El original inglés es de 2004.
8. El catálogo original lo publicó l’Institut de la ville en Mouvement (París). Se han publicado versiones distintas en Buenos Aires y en Bogotá.
9. En la librería de la London School of Economics (LSE) ví un libro con el mismo título de la obra citada al inicio de este prólogo, Espacio público, ciudad y ciudadanía.No pude consultarlo en aquel momento pero pocos días después conocí a la autora, investigadora en el programa Cities de LSE. Intercambiamos las obras respectivas. Paradójicamente no sólo los libros tenían contenidos muy distintos por corresponder a materias diferentes, sino que podría parecer un intercambio de roles. La autora, Suzy Hall, es una arquitecta sudafricana que en Londres se ha reconvertido en etnógrafa y ha hecho un trabajo de observación social sobre un pequeño barrio de la periferia de Londres. Mientras que la obra del prologuista es un análisis sobre el rol del espacio público en la ciudad a partir de numerosos casos formales, es decir de diseño urbano.
10. Hay que destacar la inmensidad de referencias bibliográficas.
11. Manuel Solà Morales, arquitecto de formación, licenciado en ciencias económicas y urbanista de profesión defendía fuertemente el concepto de «espacio colectivo»
12. Especialmente Castells. En Local y global (1997) priorizaba la ciudad de flujos mientras que este prologuista y coautor de la obra citada se focalizaba en la ciudad de lugares. En cambio en la trilogía de Castells rectifica el tiro en el segundo volumen titulado El poder de la identidad.
13. El prologuista dedicó el capítulo 5 de Luces y sombras del urbanismo de Barcelona. La ciudad entre la desposesión y la reconquista (capítulo donde comparto las referencias críticas referidas a Barcelona que se encuentran en el texto de Varela y de Luís Angel Domínguez). Sin embargo expongo también los aspectos positivos de las transformaciones urbanas, a veces por parte de los responsables políticos y de los profesionales y, sobre todo, de las resistencias sociales que, en bastantes casos, reorientan los proyectos o introducen garantías protectoras (vivienda social o protegida en el Poblenou, frente de mar cualificante del entorno antes marginal e inaccesible y ahora con 4,5 km de playa de uso público masivo y zonas de ocio popular, etcétera).
14. Ver los trabajos de Graciela Silvetri de crítica a la élite arquitectónica divinizada: Un sublime atardecer. El comercio simbólico entre arquitectos y filósofos (Punto de Vista, diciembre, 2002) y Temas de Arquitectura (en AA.VV., Ciudades una ecuación imposible, Icaria y Café de las ciudades, 2012). Incluso arquitectos y urbanistas teóricamente de izquierdas como Jean Nouvel caen en los excesos del «supremo arquitecto» y exaltan El objeto singular (en diálogo con Jean Baudrillard (París, 2000).
15. En la periferia de Sao Paulo, en una favela precaria al lado del río, una mujer con su nieto me recordó: «No dudo que nos van a mejorar nuestras casas y todo lo demás pero no se olviden que los pobres también tenemos derecho a la vivienda».
16. En la mayoría de libros y artículos sobre el espacio público es muy frecuente que, para bien o para mal, se considera al arquitecto o profesional del diseño como hacedor del espacio público. Como ocurre con las viviendas. Hay más viviendas hechas por los habitantes y las otras, en muchos casos, vienen proyectadas por empresas que las producen como salchichas o por los caprichos o intereses de promotores o compradores. Con los espacios públicos ocurre algo parecido: los espacios públicos y de uso colectivo los hacen las personas con sus comportamientos. Y los casos más ostentosos son obra de los poderes políticos o económicos.
17. El gobierno de España está tramitando un Anteproyecto de Ley de «Seguridad Ciudadana» que pretende evitar, prohibir, reprimir y sancionar duramente a los que expresen la protesta social.
18. La «serialización» de los individuos fue un concepto utilizado por Sartre para definir la homogeneización y la atomización de los ciudadanos desprovistos de sus teóricas cualidades, convertidos en clientes, consumidores, electores, que sobreviven asistidos, controlados, sometidos a los poderes del capital y de las instituciones.
19. Los espacios lacónicos, como las estepas de Lakonia no nos dicen nada, no transmiten ningún sentido.
20. Ver el libro: Revolución urbana y derechos ciudadanos de Jordi Borja (Alianza Editorial, 2013).
21. Geógrafo y urbanista, Director del Programa de Gestión de la Ciudad y Urbanismo de la Universitat Oberta de Catalunya y Presidente del Observatorio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC).
Aproximaciones a la identidad y el espacio público
Diego Sánchez González22y Luis Ángel Domínguez Moreno23
Introducción
La identidad siempre ha formado parte consustancial de las relaciones entre el ser humano y su entorno físico-social, donde el proceso de humanización del espacio público adquiere una importancia capital a la hora de comprender el éxito o el fracaso de las ciudades actuales y venideras.
El insostenible crecimiento urbano tanto en las regiones desarrolladas como en las que se encuentran en vías de desarrollo, en un contexto de globalización económica, ha propiciado nuevas lecturas de la identidad y del espacio público (Ramírez Kuri, 2003; Sánchez González y Egea, 2013). Al respecto, como individuos y comunidad tenemos que responder al desafío de generar un sentido de pertenencia al lugar, a través de espacios materiales y tangibles como la vivienda, el barrio, la calle, la plaza o el parque, entre otros. Estos elementos simbólicos de nuestra historia y cultura, conforman un valioso patrimonio material y también intangible de la memoria colectiva, asociados a la realidad cotidiana de individuos anónimos.
En la compleja sociedad de consumo en la que nos encontramos inmersos, los procesos de construcción o deconstrucción de la identidad, configuran en buena medida nuestra realidad. Si en el siglo pasado una de las características principales fue la atención a los nuevos procesos técnicos en función del hombre: modernidad, en los inicios de este tercer milenio estamos asistiendo a vertiginosos avances con las nuevas tecnologías informáticas que derivan hacia patrones culturales de globalidad, en un proceso teórico que podríamos denominar transmoderno (Domínguez, 2001). La crisis (económica) global contemporánea, se presenta como un marco ideal para debatir sobre el papel de la identidad y el espacio público en el modelo de ciudad actual; reflejo caótico de un sistema económico que agudiza la desigualdad social. En este debate se hacen necesarias nuevas aproximaciones teóricas y metodológicas que propicien la reflexión y aporten nuevas propuestas para una ciudad más humana, siendo el uso de los espacios públicos un fiel reflejo de este aspecto .
La propia naturaleza poliédrica del concepto de identidad, sitúa el tema de estudio en un terreno nutrido por diferentes campos de conocimiento que han aportado investigaciones específicas dependiendo del área epistemológica del enfoque, como la arquitectura, urbanismo, geografía, sociología, psicología, filosofía y antropología, entre otras; si bien, todas ellas complementarias en aras de una comprensión de la compleja relación entre el individuo y su hábitat.
Nos encontramos en un momento crítico de la convivencia en el interior de nuestra sociedad de consumo, ante el surgimiento de conflictos sociales y el desmantelamiento de los espacios públicos. Todo ello, nos hace replantear el actual modelo de convivencia entre las culturas, y entre éstas y la naturaleza. Ante la incertidumbre que despierta la crisis del modelo de desarrollo vertiginoso de globalización económica, se plantean dos alternativas: la alternativa high-tech, vigente en los países industrializados (Kron y Slesin, 1978), que glorifica la fascinación continua por la innovación tecnológica, y la creencia de que todo se resuelve mediante la vía de la tecnología; y, por el contrario, la alternativa low-tech (Minguet, 2011), que plantea cambiar la forma de vida actual, por un modelo de consumo más racional y sostenible, en armonía con la naturaleza y las formas de vida cotidianas, en contacto con los espacios exteriores, donde los espacios públicos adquieren todo el protagonismo, transformados en expresión del diálogo sociocultural y en escenario de la apropiación y la creatividad de la colectividad, así como de su entendimiento con la naturaleza.
A lo largo de la historia de los pueblos hemos aprendido que las aproximaciones y las propuestas sobre el espacio público, y en general, sobre la ciudad, deben partir de formas de vida en la mayor armonía posible con la naturaleza, que propicien la convivencia social y la identidad del lugar. Así, el cambio en el que estamos inmersos, debe favorecer una globalización cultural, no como un proceso homogeneizador, sino como un proceso de diálogo inspirador para individuos y culturas que comparten el espacio urbano, es decir, generar una dialogía urbana o del espacio público (Domínguez, 2002). En este sentido, la geógrafa Doren Massey subraya la importancia del sentido global del lugar (Massey, 1991), y el geógrafo Miltón Santos a través de un profundo estudio sobre el fenómeno de la globalización (Santos, 1996) propone la inserción de lo local como defensa de la diversidad (identidad) y de la propia cultura (patrimonio histórico). Asimismo, la ciudad actual, crisol de culturas e identidades diversas, configura una compleja identidad expresada en términos de mezcla cultural, que no es ajena a actitudes reaccionarias y xenófobas, por lo que es ineludible propiciar espacios públicos para el encuentro y el diálogo (Sánchez-González, 2012).
Entre los vectores principales que orientan los estudios sobre la identidad y el espacio público, podemos encontrar dos enfoques, presentes en este libro:
• Procesos identitarios en la configuración del espacio urbano.• La identidad como elemento catalizador del espacio público.Los procesos identitarios en la configuración del espacio urbano
Ante la creciente fragmentación y desorden de la posmodernidad, que se asocian a nuestra forma de experimentar y comprender los lugares, se establecen nuevas relaciones peculiares y cotidianas que propician una comprensión local del lugar.
En esta creciente incertidumbre urbana, es necesaria la búsqueda de un sentido del lugar, de una identidad de los ciudadanos hacia sus espacios próximos, cercanos y propicios para la vida cotidiana, donde la experiencia espacial adquiera todo su significado. En este contexto espacio-temporal surge la imperiosa necesidad de reflexionar sobre el concepto de lugar, y los factores que conducen a experimentar lo que percibimos y nos permite identificarnos con «lugares cercanos», en contraposición de los «no lugares», en constante auge en los efímeros espacios urbanos de las grandes metrópolis globales, cuyos efectos negativos son escasamente conocidos y tienen una especial incidencia en los grupos vulnerables, como los niños y las personas mayores.
Este apartado retoma el desafío de reconocer, reflexionar y discutir sobre la identidad en los espacios urbanos, germen en muchas ocasiones de un desarrollo desigual, de sistemas interdependientes de dominio y subordinación, así como de especificidad del lugar. Aquí se trata de caracterizar y comprender un sentido global del lugar, imbuido en la movilidad y su influencia en la manera de experimentar nuestro espacio próximo. Hoy nos encontramos en la antesala de una nueva sociedad hiper-moderna que necesita imperiosamente reflexionar sobre el verdadero significado del espacio y del lugar, para comprender, interpretar y poder transformar el mundo que nos rodea.
En el capítulo Identidades cosmopolitas y territorialidades en las sociedades posmodernas, el arquitecto y geógrafo Daniel Hiernaux, de la Universidad Autónoma de Querétaro, aborda la importancia del espacio y de las territorialidades humanas en la construcción de la identidad de los individuos y de los grupos sociales, tanto en las sociedades tradicionales como en las sociedades urbanas «hipermodernas». Aquí se reflexiona sobre el nuevo papel del espacio urbano, como parte del consumo, en la creación, estabilidad eventual y transformación de las identidades cosmopolitas y trasnacionales (Hiernaux y Zárate, 2008). De la misma forma, se discute sobre los posibles conflictos derivados de las transformaciones urbanas, cuyas formas espaciales refuerzan nuevas identidades «nómadas» e inhiben a aquellos grupos, como los indígenas, cuyas identidades se construyen a través del apego al espacio.
La geógrafa Alicia Lindón, de la Universidad Autónoma Metropolitana, nos presenta su capítulo bajo el título: El habitar la ciudad, las redes topológicas del urbanita y la figura del transeúnte, en el que se ahonda en la discusión sobre el desafío de la constante revisión de la ciudad concebida como espacio habitado. En este sentido, el habitar no es ajeno al tema de la identidad y el espacio público, y es entendido como aquel estar en los lugares que configura al sujeto que está allí y, por el cual, los sujetos hacen los lugares. Precisamente, desde una mirada geográfica, la autora se aproxima al tema de la identidad de los sujetos, relacionada con los lugares habitados por el sujeto, y trata de desvelar los interrogantes sobre las identidades emergentes en los actuales estilos de habitar las ciudades de la aceleración y la fragmentación actual. Para ello, comienza abordando el problema del habitar como una unidad indisociable entre el sujeto y su espacio; a continuación, se discute la relación entre el habitar y la identidad; y seguidamente, diferencia dos tipos fundamentales de habitar: el que ocurre en espacios dentro de un recinto y el habitar fuera de un recinto. En la misma línea, Lindón focaliza el análisis de la experiencia urbana por excelencia a través del habitar fuera de un recinto, en el espacio abierto, tal como lo son las calles de la ciudad. En este contexto espacial, la autora se interesa por los diferentes tipos de sujetos habitantes e identidades, en particular se revisan las figuras del peatón y el transeúnte como dos formas particularmente relevantes de sujetos habitantes de las calles de las grandes ciudades actuales. El capítulo concluye preguntándonos si en la ciudad moderna la reducción de las experiencias espaciales cotidianas y de las identificaciones con los lugares, no son acaso la expresión de una escasa conciencia espacial, una débil atención a nuestros lugares. Posiblemente, la atracción que ejerce el consumo, así como el culto del sí mismo, han contribuido a la pérdida de la sensibilidad espacial y así se instaura la miseria de la vida cotidiana, lo que incluye la miseria del habitar y las identificaciones. Por ello, es necesario despertar la sensibilidad espacial de los sujetos que habitan nuestras ciudades (Lindón, 2011).
En el siguiente capítulo, La ciudad como valor e identidad, de las arquitectas Nora Livia Rivera Herrera y María Teresa Ledezma Elizondo, de la Universidad Autónoma de Nuevo León, se realiza una aproximación teórica a diferentes conceptos determinantes en la comprensión de la ciudad moderna, como la identidad y el espacio público. A través de este recorrido por la literatura y estudios de casos, se advierte la importancia del valor cultural de la ciudad en la constitución de su imagen e identidad. Precisamente, la configuración de la imagen urbana intersubjetiva tiene una indudable trascendencia en la construcción de las identidades culturales representativas de la colectividad, proporcionando nuevos horizontes culturales compartidos y de pertenencia de una sociedad. También, los efectos perversos de la globalización económica sobre la urbe y su reflejo en el espacio público, están generando una pérdida del sentido social de hacer ciudad. Como resultado de este proceso de homogeneización urbana, se está produciendo un reconocimiento de la multiculturalidad de la ciudad global y una necesidad de generar nuevos mecanismos de gobierno a través de la participación ciudadana. En otro punto del capítulo, se hace hincapié en la inclusión del patrimonio urbano al estudio de las identidades urbanas, como lugar de memoria y de relaciones simbólicas de las personas, determinante en el arraigo y afán de permanencia, así como en la representación de su identidad. Del mismo modo, se reflexiona sobre la marca ciudad, el citymarketing, y la competencia (por inversores, empresas y clases creativas) entre las ciudades por su inclusión en discutibles rankings a nivel global, pero donde se excluye la participación del ciudadano en el espacio público, su identidad, así como se obvia las heterogéneas formas de vida cotidianas, las expresiones culturales populares, y, en definitiva, su historia y bienestar. Por último, se aboga por revalorizar y reestructurar la imagen de la ciudad, como un trabajo colectivo y necesario para favorecer la identificación de los ciudadanos con sus espacios públicos, sus lugares de encuentro.
La literatura científica ha constatado la importancia del significado a nivel psicológico de la identidad y el espacio público (Lalli, 1992; Vidal y Pol, 2005). Así, las personas, grupos y comunidades desarrollan sus vidas cotidianas y establecen lazos afectivos con sus entornos físico-sociales, sin embargo, cuando éstos se ven afectados o destruidos por factores naturales (inundaciones, terremotos) y antrópicos (guerras, contaminación, alteración, remodelación) (Devine-Wright y Clayton, 2010; White y Frew, 2013), la gente sufre por ello. Precisamente, el psicólogo Sergi Valera, de la Universitat de Barcelona, en el capítulo La identidad social urbana como instrumento para mejorar el bienestar humano, plantea la necesidad de comprender la identidad como un elemento clave de nuestro bienestar subjetivo y social. Para lo cual, desarrolla la concepción psico-socio-ambiental del espacio urbano y su relación con los procesos de identidad social urbana, apego y apropiación del espacio. También, relaciona estas dimensiones con fenómenos, como la percepción de inseguridad, y el papel del espacio urbano como instrumento de mejora de la calidad de vida de la población. Asimismo, el autor nos advierte sobre la desaparición del espacio público, como lugar de encuentro y de descubrimiento, y la posibilidad de gestionar la diversidad y el creciente conflicto social en las grandes urbes.
El capítulo denominado La construcción de la identidad ambiental a partir del urbanismo ecológico, del geógrafo Francisco Javier Toro Sánchez, de la Universidad de Granada, permite un acercamiento teórico y crítico a la identidad ambiental y la conciencia ecológica de los espacios públicos urbanos. En este sentido, el autor ahonda en el discurso de la sostenibilidad urbana bajo la premisa de que es inviable sin una estructura social sólida que permita a las personas identificarse y reconocerse como grupo o comunidad, con atributos comunes y conductas respetuosas con el entorno próximo cotidiano. Asimismo, se analiza las singularidades del urbanismo ecológico neoliberal y sus contradicciones, así como aproximaciones a la gentrificación ambiental, con objeto de reflexionar sobre las alternativas que posibiliten la construcción de identidades mediante la relación cercana y afectiva al medio. De la misma forma, se plantea la necesidad de repensar la identidad urbana en función de la idea de naturaleza, superando la errónea concepción de la naturaleza urbana como ajardinada o simbólica, y asumiendo el restablecimiento de los primitivos vínculos de la ciudad con la naturaleza a través de la inclusión de lo rural, y la conformación de identidades basadas en el arraigo a los lugares de uso cotidiano, como los espacios públicos.
Desde el enfoque de la gerontología ambiental se plantea el capítuloIdentidad del lugar, envejecimiento y presiones ambientales de la ciudad. Reflexiones desde la gerontología ambiental, del geógrafo y gerontólogo Diego Sánchez González, de la Universidad Autónoma de Nuevo León, quien nos propone una aproximación a la construcción de la identidad del lugar en la vejez, a través de su relación con el entorno urbano cotidiano, amenazado por crecientes presiones ambientales asociadas a los procesos de urbanización y globalización. Asimismo, se hace una defensa del entorno cotidiano por su importancia en el bienestar e identidad de las personas mayores. De la misma forma, las principales amenazas de la identidad del lugar están asociadas a los nuevos estilos de vida y rápidos cambios en el espacio urbano, que favorecen el desapego y la estigmatización ambiental, así como deterioran la calidad de vida en la vejez. Al respecto, el autor nos propone el reforzamiento de la identidad prospectiva de la comunidad y su participación activa en la planificación urbana, con objeto de proteger la identidad del lugar y reducir los efectos no deseados de las presiones ambientales. También, se insiste en la necesidad de superar las limitaciones teóricas y metodológicas para abordar la comprensión de la identidad del lugar en la vejez, como argumento para favorecer políticas de envejecimiento activo, así como justificar el mantenimiento y la recuperación de los entornos urbanos cotidianos, como los espacios públicos, que propician el envejecimiento en el lugar.
En el último capítulo de este apartado, titulado Identidad, mito y rito en los no-lugares. Los jóvenes, alcohol y espacio público en Granada, del sociólogo Danú Alberto Fabre Platas, de la Universidad Veracruzana, y la geógrafa Carmen Egea Jiménez, de la Universidad de Granada, nos presentan un acercamiento al fenómeno del «botellón» en las ciudades españolas, donde el espacio público se transforma e identifica con el escenario social improvisado de la cultura urbana juvenil asociada al consumo de alcohol. En este trabajo se aborda el caso de estudio del «Botellódromo» en la ciudad de Granada, un espacio de socialización juvenil donde se concentran estudiantes universitarios y en el que está presente el alcohol. A través de un análisis cualitativo, los autores entienden el lugar y sus actores como escenarios de deconstrucción identitaria de-fragmentada, es decir, como nichos aislantes (institucionales) que buscan controlar y ocultar las manifestaciones y expresiones no deseadas de los jóvenes (alcohol, ruido, desorden). Así, mediante sus narraciones comprendemos que el Botellódromo de Granada favorece modelos de identidad y cultura entre los jóvenes, es decir, mecanismos de congregación social e identidad colectiva de pertenencia al grupo y a la ciudad universitaria.
La identidad como elemento catalizador del espacio público
Probablemente la forma más efectiva de catalizar la identidad de una sociedad en un medio es a través de la configuración del espacio público y desde la propia arquitectura si se trata del individuo. Este apartado va a investigar aquellos aspectos que provenientes del concepto de «identidad» y/o sus derivados, conciernen y determinan de una forma decisiva la concepción y ejecución del proyecto arquitectónico y del espacio público. Detectar y justificar esos elementos, así como descubrir cuáles van a ser los cometidos que van a desempeñar en la construcción y proyectación de la obra arquitectónica y sus nexos con el contexto urbano, además de sus consecuencias futuras, van a ser los argumentos a desarrollar.
A continuación, se discute sobre los efectos de la globalización económica en la ciudad moderna (posmoderna), en contraposición de la ciudad histórica, y materializados en la desaparición de la función social de los espacios públicos y la pérdida de identidad hacia estos lugares, así como el auge de los conflictos sociales urbanos. También, se trata de reflexionar sobre los mecanismos que son necesarios para hacer compatibles la globalización en la que estamos inmersos con la cultura local. A dichas cuestiones capitales, los autores realizan interesantes aportaciones a la discusión teórica, así como incluyen una selección interesante de estudios de caso, para concluir con una serie de recomendaciones como: incrementar el conocimiento de la historia y la cultura de la población, como mecanismo integrador del sentido y significado de los signos urbanos, que definen la identidad de los ciudadanos; emplear el modelo de grilla teórica o manzana para la reorganización y reconfiguración de la estructura espacial, con objeto de mejorar la calidad de vida de la ciudad moderna, potenciando el espacio público y la movilidad urbana; favorecer la comprensión del espacio público y la identidad del arquitecto desde el afecto y la dialogía, a través de la discusión del rol de un arquitecto más humanista; y educar como mecanismo de construcción de espacios públicos más democráticos, que relacionen su identidad con la vida de sus ciudadanos.
Este segundo apartado se inicia con el capítulo Identidad y espacio arquitectónico, del arquitecto Luis Ángel Domínguez, de la Universidad Politécnica de Cataluña, que aborda los conceptos de identidad y alteridad desde una perspectiva epistemológica en el comportamiento humano y, en general, de las comunidades en las metrópolis del siglo XXI, imbuidas y dominadas por una hipertecnologización y una globalización económica. Se aboga por abordar la problemática socio-espacial desde una novedosa perspectiva dialógica, (Bajtín, 1998), que si bien ha despertado gran interés en otros campos, se encuentra aún virgen en su puesta en práctica arquitectónica. Además, se analizan y se reflexiona sobre los impactos y efectos sociales desde las teorías de la globalidad, que afectan de forma quirúrgica, a la escala humana específica arraigada a cada historia y cultura particular, al acrecentar el distanciamiento entre las comunidades locales y los espacios públicos, dominados por un proceso de homogeneización, a través de la sustitución de las huellas identitarias y la eliminación de la memoria del lugar por un inducido sentimiento de globalización comunitaria y de falsa igualdad social. También, el autor desciende de la teoría general a tres casos particulares y paradigmáticos de la configuración de espacios públicos a diferente escala en la ciudad de Barcelona, como son la creación del barrio «Villa Olímpica», escenario de las Olimpiadas del año 1992, la reconversión del barrio Poble Nou en el distrito 22@ y la intervención urbanística en el extremo noreste de la ciudad con la creación del área «Fórum».
Coincidiendo con algunos enfoques anteriores, el filósofo y arquitecto Pau Pedragosa, de la Universidad Politécnica de Cataluña, en su capítulo Identidad y diferencia en la «ciudad genérica» y en la «ciudad histórica». Percepción y prácticas espaciales, nos propone una necesaria reflexión sobre la ciudad contemporánea, dominada por la globalización económica y la homogenización de sus espacios públicos, cuya característica principal es su falta de identidad en una ciudad con atributos intercambiables entre sí. Así, la cultura de consumo ha propiciado la identidad genérica, basada en la percepción de la imagen urbana. Frente a esta identidad inestable y transitoria, surgida en la sociedad posindustrial globalizada, nos encontramos la identidad histórica, generada a partir de la lectura de la ciudad histórica, a través del uso del espacio público por las personas y grupos sociales. Aquí, a través de los postulados de autores como Hannah Arendt (1993) y Walter Benjamin (2008), se realiza un alegato en defensa del espacio público como lugar de encuentro común, de acceso libre, de comunicación, lugar de debate y manifestación de la ciudadanía. Por ello, se hace una defensa del conocimiento de la historia y cultura por los ciudadanos, con objeto de facilitar la asignación del sentido y significado de los signos urbanos, que les informan y forman su identidad.
En el capítulo Espacio público y calidad urbana
