Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La migraña es un tipo de dolor crónico que afecta a amplios sectores de la población y, al mismo tiempo, pone en cuestión los modos de reconocer y legitimar socialmente un malestar ya que carece de evidencias empíricas, de respuestas certeras desde los saberes biomédicos, y su diagnóstico emerge luego de realizar estudios que dan bien y de descartar algo grave. De esta forma, es en la intersección entre las narrativas de quienes padecen en los intentos por poner en palabras dicha experiencia, de sus vínculos cercanos y de los médicos, que la migraña se constituye como un idioma heterogéneo y múltiple. Dentro de este universo de dolor se articulan y tensionan regulaciones corporales/emocionales, de géneros, modos de transitar con dolor diferentes ámbitos laborales y modificaciones en las relaciones yo-otros. Romina Del Mónaco, con su estudio sobre dolores crónicos, aporta nuevas dimensiones para incluir teóricamente y analizar la complejidad de los modos de padecer en la vida cotidiana y las características del sistema de salud y de cuidado en contextos urbanos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 419
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
La migraña es un tipo de dolor crónico que afecta a amplios sectores de la población y, al mismo tiempo, pone en cuestión los modos de reconocer y legitimar socialmente un malestar ya que carece de evidencias empíricas, de respuestas certeras desde los saberes biomédicos, y su diagnóstico emerge luego de realizar estudios que dan bien y de descartar “algo grave”. De esta forma, es en la intersección entre las narrativas de quienes padecen –en los intentos por poner en palabras dicha experiencia–, de sus vínculos cercanos y de los médicos, que la migraña se constituye como un idioma heterogéneo y múltiple. Dentro de este universo de dolor se articulan y tensionan regulaciones corporales/emocionales, de géneros, modos de transitar con dolor diferentes ámbitos laborales y modificaciones en las relaciones yo-otros.
Romina Del Monaco, con su estudio sobre dolores crónicos, aporta nuevas dimensiones para incluir teóricamente y analizar la complejidad de los modos de padecer en la vida cotidiana y las características del sistema de salud y de cuidado en contextos urbanos.
Romina Del Monaco. Socióloga, magíster en Antropología Social y Política (Flacso) y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Investigadora del Conicet y del Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA). Docente de grado en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y de posgrado (Flacso). Es autora de capítulos de libros y diversas publicaciones en revistas nacionales e internacionales sobre antropología y sociología de la salud (específicamente, dolor crónico, cuerpos/emociones, trayectorias de cuidado y migraña).
ROMINA DEL MONACO
IDIOMAS DEL DOLOR CRÓNICO
Experiencias y saberes a partir de la migraña
A mis padres, Rita y José.
Enfrentémoslo. Los otros nos desintegran. Y si no fuera así, algo nos falta.
Judith Butler, Vida Precaria: el poder del duelo y la violencia
Si usted compadece a alguien que tiene dolores, es indudable que usted tiene que creer por lo menos que tiene dolores. ¿Pero cómo puedo yo siquiera creerlo? ¿Cómo pueden tener sentido para mí estas palabras? ¿Cómo podría haber llegado yo siquiera a la idea de la experiencia de otro si no hay posibilidad de evidencia alguna sobre ella? Pero ¿no sería extraño hacer esta pregunta? ¿Es que no puedo yo creer que alguien más tenga dolores? ¿No resulta bastante fácil creerlo?
Ludwig Wittgenstein, Los cuadernos azul y marrón
Este libro, resultado de mi tesis doctoral, es producto de una investigación que comenzó en 2010. Desde ese momento, este proceso estuvo en constante relación con otros, con personas que, directa o indirectamente, acompañaron y son parte de este trabajo, y a las que quiero agradecer.
Hace un tiempo, Virginia Cano –a quien agradezco, entre otras cosas, por la persona que es, por la potencia de sus palabras y por crear un taller de teoría cuir y feminismo que trascendió y se convirtió en un grupo de amistad y de compartir mucho con hermosas personas a las que también tengo muchísimo que agradecer– me dijo: “Hay una frase de Píndaro que retoma Nietzsche que es: cómo se llega a ser lo que se es”.
Este recorrido, con algunos momentos de incertidumbre, miedo, dolor, pero sobre todo de mucha honestidad, verdad y alegría incluye modos de sentir/pensar(me), decir y vivir en pos de intentar y llegar a “ser lo que se es”, y, en ese sentido, agradezco haberme encontrado y encontrarme con personas y situaciones que me enseñan, atraviesan y forman parte de este proceso y de quien soy; a todas ellas, muchas gracias.
María Epele ocupa un lugar central en este trabajo porque mi formación académica en la investigación, docencia y en el aprendizaje en la escritura a través de sus lecturas y comentarios en esa búsqueda de particularidad y creatividad fueron guiadas y acompañadas desde un inicio por ella, quien como una gran maestra me alentó, entre otras cosas, en la realización de este libro. Estoy muy agradecida por su confianza, generosidad y por los encuentros en los que se combinaban discusiones de capítulos de tesis con charlas sobre música, cine y la vida en general.
Quiero agradecer muy especialmente a mi familia, fundamentales para mí; a mis padres, Rita y José, a mis hermanos, Darío y Luciana, y a mis abuelas, Lidia, Ida y Asunta. Muchas gracias por el amor, por el cuidado, por lo compartido, por las enseñanzas y por la presencia y acompañamiento en cada una de las cosas que decido y hago.
Muchas gracias infinitas a cada una de mis amigas, por su compañía, por las escuchas atentas, por insistir, por las risas, por compartir tanto y porque estos lazos de reciprocidad y amor que tenemos ocupan un lugar muy importante en mi vida.
Los inicios de esta investigación (y durante ella) coincidieron con comenzar a estudiar teatro y por eso quiero agradecerles a Soledad Villamil y Federico Olivera porque la actuación se convirtió en un espacio muy especial en el que, a través de improvisaciones, escenas y devoluciones generosas y precisas aprendí de teatro pero, sobre todo, de mí misma, y conocí grandes personas y amigas/os.
Muchas gracias a Paula Lobariñas, gran fotógrafa, por permitirme incluir en la tapa de este libro su hermosa y significativa foto titulada “Tu tiempo es ahora una mariposa”. También, gracias por escuchar, por compartir y por ser parte de un momento importante para mí.
Quiero agradecer a otros investigadores y grupos en los que he participado durante estos años y que me han dado su apoyo. A Patricia Schwarz por las charlas, por su generosidad y estímulos constantes tanto en lo personal como en lo académico, entre otras cosas, para publicar este libro. También a las integrantes del grupo de estudios sobre tecnologías psi, malestares y capitalismo dirigido por María Epele. Muchas gracias a Adrián Scribano y al grupo de estudios sobre sociología de las emociones y los cuerpos por los diálogos, intercambios y trabajos colectivos durante todos estos años.
Finalmente, quisiera agradecer a las personas entrevistadas –pacientes y familiares– por su tiempo y por compartir conmigo experiencias de sus vidas cotidianas que me permitieron desarrollar esta investigación, y a los médicos por la información brindada.
María Epele
La interrogación sobre el sufrimiento social y el subjetivo irrumpió abruptamente para conmover de forma indeleble los modelos de inteligibilidad contemporánea en ciencias sociales y antropología en general, y en salud en particular. En lugar de ser un neologismo o una noción técnica dentro de un horizonte teórico inédito y en emergencia, la diversidad de aproximaciones al sufrimiento está marcada por las ambigüedades y las vaguedades que arrastra de sus cargadas y diversas genealogías en la vida cotidiana, en el sentido común.
Por un lado, la multiplicación y la diversificación de desarrollos sobre el sufrimiento social y el subjetivo han transformado las aproximaciones teóricas, los métodos y las técnicas, y la agenda de las intervenciones sobre los padecimientos. Por otro lado, el ingreso del sufrimiento en las coordenadas de inteligibilidad de las sociedades contemporáneas no se ha restringido al dominio académico. Desde un primer momento, el sufrimiento social viene participando de los discursos y los programas políticos que buscan mitigar las consecuencias de las transformaciones del capitalismo, la violencia rutinaria y extraordinaria, y las crisis económicas, políticas en diferentes regiones del mundo. Al categorizar como sufrimiento una diversidad de experiencias y prácticas, el repertorio de acciones e intervenciones políticas, sanitarias y sociales ha modificado sus características y sus objetivos. Además, la multiplicación de imágenes de sufrimiento y dolor en lugares cercanos o lejanos, a través de los medios de comunicación, viene promoviendo no sólo su mercantilización y su naturalización. También, viene modificando las sensibilidades, los umbrales y las categorías emocionales, de sentido y de respuestas sociales y políticas.
Como parte del mismo proceso de proliferación de estudios sobre el sufrimiento social, se han ido diversificando las perspectivas de abordaje. Por un lado, se encuentran aquellos que consideran el sufrimiento como experiencias reales, padecidas por los sujetos colectivos e individuales y que se corresponden vis a vis con procesos y experiencias dominantes en las sociedades contemporáneas (desigualdad, pobreza, violencia, guerras, etc.). Desde esta perspectiva, los desarrollos académicos –y políticos– sobre el sufrimiento no hacen otra cosa que representar las experiencias reales de padecimiento y las realidades sociales. Es decir, algo (características, intensidad, etc.) en las experiencias de sufrimiento se ha modificado en nuestras sociedades, y estas modificaciones encuentran su expresión –y su interpretación– en los desarrollos teóricos sobre él.
Por otro lado, se encuentran aquellos para los que la creciente relevancia del sufrimiento puede ser considerada una suerte de espejismo producido por cambios en las economías simbólicas, las lógicas discursivas y de los idiomas del dolor, que se corresponden con procesos complejos de traducción y encubrimiento de la desigualdad, la pobreza y la injusticia en contextos históricos particulares. Desde esta perspectiva, se privilegian las lógicas de poder, las economías de la marginación, los discursos y las emociones que se producen y reproducen en las sociedades, diluyendo el estatuto de realidad de las experiencias y sus categorizaciones por parte de los sujetos y las poblaciones.
En este ya complejo laberinto, lleno de bifurcaciones, espejismos, atajos, malentendidos, traducciones y callejones sin salida, en el sufrimiento social y las experiencias del dolor convergen desafíos teóricos, otras metodologías y análisis, revisiones críticas de las lógicas de poder, de las economías simbólicas y de las formas inéditas de desposesión en las periferias del capitalismo. Dentro de este laberinto, sin embargo, todavía son escasos los estudios en sociología y antropología de la salud que asuman estos desafíos, los confronten y, a su vez, abran nuevos interrogantes y problemas en términos de la vida urbana en las grandes metrópolis de Latinoamérica y del sur global.
La investigación de Romina Del Monaco sobre los dolores crónicos en contextos urbanos del Área Metropolitana de Buenos Aires no sólo responde a esta necesaria y –ya ineludible– agenda teórica. También, aporta nuevas y complejas dimensiones y categorías, y a la vez regionaliza geográfica y temporalmente dichas modelizaciones. Respetando su genealogía terminológica del siglo XX (tercer mundo, subdesarrollo, etc.), pareciera a primera vista que, en nuestros países del denominado sur global, no hubiera más lugar conceptual y simbólico que para las grandes catástrofes sanitarias, epidemias, hambre y desnutrición, dolencias y muertes relacionadas con la salud sexual y reproductiva, uso de drogas de mala calidad, lesiones y muertes por violencia de género, cotidiana, por accidentes e inseguridad. No obstante, Del Monaco, con su estudio sobre dolores crónicos, abre el espacio conceptual, para que nuestra mirada pueda incluir la complejidad de modos de padecer en la vida cotidiana, para explorar sus particularidades, y para sistematizar las características que el sistema de salud y de cuidado adopta en sus tratamientos, en contextos urbanos de esta área metropolitana.
Focalizando en el caso de la migraña, la autora examina y problematiza, con claridad, profundidad y en detalle, la cartografía contemporánea de padecimientos y dolencias en la que el dolor crónico emerge como categoría inédita. A diferencia de las enfermedades crónicas por un lado, y los dolores agudos por el otro, el dolor crónico asume dos características centrales: la ausencia de lesiones o problemas fisiológicos ciertos y validados por la medicina basada en la evidencia; y la falta de tratamiento biomédico efectivo que “cure”, o bien que permita contrarrestar por completo los síntomas del dolor de cabeza categorizado como migraña. La combinación de estas dos dimensiones promueve ciertas particularidades inéditas en el dominio del sufrimiento. En primer lugar, este tipo de dolor no sólo carece de las coordenadas de legitimidad para los padecimientos en las sociedades occidentales. También, y por esta misma razón, erosiona las bases de credibilidad que requieren los padeceres para ser reconocidos por otros en la vida cotidiana, en su estatuto social de realidad y verdad. Finalmente, al prolongarse en el tiempo, aunque con intermitencia, este tipo de dolor, en el caso de la migraña, además, se entrelaza con las actividades rutinarias y contamina los vínculos próximos, de soporte y cuidado que producen, para aquellas personas que los padecen, modos de sociabilidad y de subjetivación marcados por movimientos de apertura y clausura con el mundo vivido.
Confrontando las cargas y las neblinas semánticas que hacen del dolor de cabeza migrañoso un problema invisibilizado, la investigación adopta la aproximación metodológica cualitativa, específicamente la técnica analítica de la narrativa, que tiene un poder de resolución privilegiado para el estudio de las experiencias de padecer y sus sentidos. Con el análisis de las narrativas sobre las características acerca de la migraña, sus tratamientos y sus modos de vivirlo cotidianamente, Del Monaco ha podido desentrañar, a través de la compleja madeja de palabras, sonidos, expresiones, cuerpos, movimientos y sentidos, un repertorio de áreas sensibles y relevantes, cuya exploración convierten a este libro en un viaje original e inédito por las experiencias de dolor crónico en nuestros contextos sociales.
Del mismo modo que la investigación de los dolores crónicos hace visible e ilumina dominios que de otro modo quedarían interdictos a la mirada, al análisis y a la crítica, el recorrido de este libro explora procesos, experiencias y realidades de malestar que generalmente quedan ocultos o no dichos, bajo la dominancia y la urgencia de las grandes catástrofes de la salud en las cíclicas y devastadoras crisis económicas y políticas de la historia reciente de la Argentina.
El recorrido del libro se inicia con la problematización en detalle de las particularidades del diagnóstico y los modos en que el dolor crónico expone los límites, las insuficiencias y las ineficacias de sus fundamentos clásicos y los abordajes terapéuticos tradicionales de la biomedicina. La autora examina los modos en que “la palabra y la descripción de los síntomas” se transforman en la base de la construcción diagnóstica y terapéutica en los centros de atención de los sistemas públicos de salud. El problema de la palabra, los recursos para sortear las dificultades de su expresión, las coordenadas de su credibilidad y sus estatutos de realidad, legitimidad y verdad en las diferentes áreas de la vida cotidiana se convierten en centrales para la inteligibilidad de la convivencia con este tipo de padecimiento. En lugar de ser una sofisticación intelectual, la relevancia de este análisis se demuestra en los modos en que el dolor dificulta el desarrollo de las actividades laborales, modifica y deteriora los modos de sociabilidad, de habitar los espacios cotidianos, y los vínculos con las redes sociales.
A su vez, la exploración de esta forma de padecer se enriquece con la interrogación sobre los procesos de corporización progresiva de los malestares en la vida urbana, y sus vínculos con los modelos emocionales que emergen en su experiencia y en sus patrones de simbolización. De este modo, la diversidad y la dominancia de ciertos modelos de inteligibilidad varían de acuerdo con género, clase social, trayectorias terapéuticas y de cuidado de sí y por parte de otros.
A través de este recorrido por las principales zonas de fricción que el dolor crónico de migraña produce en la cotidianidad bajo las coordenadas del capitalismo contemporáneo, la autora resuelve de forma creativa las modificaciones que estos procesos producen en la subjetivación, en la microdinámica yo-otro, y en sus sentidos.
Finalmente, al hacer visible los laberintos, las fricciones, las encrucijadas y las transformaciones que los dolores crónicos, como la migraña, producen en sujetos colectivos e individuales, abre también a la mirada y al análisis crítico los modos en que la vida urbana, bajo las coordenadas del capitalismo contemporáneo, produce malestares y dolencias, corroe los cuerpos, modifica las sensibilidades, los modos de sociabilidad, de bienestar y de salud en estas poblaciones.
Conocí a Gilda en septiembre de 2012. Ella tenía veintitrés años y fuertes dolores de cabeza. Después de diferentes consultas y exámenes, finalmente una médica le había diagnosticado algo que, de algún modo, ella ya sabía: migraña. Gilda recordaba que en la consulta:
La médica, neuróloga, dijo que la única solución es que lleve una vida normal y saludable, dormir y comer bien, porque es algo con lo que voy a tener que convivir… la migraña es crónica. Yo le pregunté de dónde venían estos dolores. Me explicó que no se sabe bien, puede ser por la vida que llevás, si comés mal, no hacés ejercicio, problemas hormonales, circulatorios… Depende. A veces, se hereda de los padres o de algún familiar cercano. Por eso me preguntó si yo tenía algún familiar con migraña, y la verdad que dudé, porque dolores de cabeza uno siempre escucha… pero… ¿migraña?
En ese momento, Gilda intentó buscar algún motivo que conectara sus dolores de cabeza con algo “importante” de su vida, y le fue difícil. En la conversación, mencionó posibles causas de sus dolores que no habían sido mencionadas por la profesional y se asociaban, según ella, a “las dificultades de llevar una vida normal”.
En la búsqueda de explicaciones generales sobre las “causas” que originan estos dolores, expresaba:
Yo tengo un amigo que también tiene migraña, y él pasa por situaciones de nervios igual que yo. Si se pelea en la casa, le agarra un dolor tan zarpado que se pone loco. En mi caso, a veces, me doy cuenta que me provoca el dolor. Cuando yo me pongo nerviosa… qué sé yo, me pongo a escribir mucho, o cuando llego tarde a algún lado, llego corriendo el colectivo, ¿viste?… En general, el dolor se me genera por los nervios que son previos… No sé qué otra palabra usar pero nervios, ansiedad, preocupación, ¿viste?
La falta de estabilidad laboral, familiar y “hacerse cargo de todo” son motivos que desencadenan sus dolores de cabeza. Gilda comentaba que siempre la aconsejaban y molestaban con frases como “las preocupaciones no deberían existir, porque vos deberías ocuparte y no preocuparte”. Sin embargo, insiste en que “hay situaciones que a una la superan… Entonces estás convencida de que querés cambiar algo, no podés y te das la cabeza contra la pared. Y así toda tu vida, ¿viste? Imaginate toda la vida dándote la cabeza contra la pared”.
Este “darse la cabeza contra la pared” no siempre se asocia a grandes problemas, sino que, en la mayoría de las personas entrevistadas, tiene que ver con pequeñas cosas que se suman hasta que “la cabeza estalla y no va más”. En algunos casos, estos “estallidos” dificultan “proyectar de aquí a una semana”. En otros, es la falta de proyectos o la imposibilidad de concretarlos lo que produce “estallidos de dolor”.
Ante consejos como “no tenés que preocuparte”, Gilda reconoce y expresa una particular forma de violencia envasada en un mandato imposible de cumplir:
Es fácil decirle a otro “no te preocupes, no tenés que preocuparte”, pero es difícil hacerlo en tu propia vida, a menos que me vaya al Congo… el tema es que yo siempre fui de quedarme y de hacerme cargo, y ninguno de mis problemas se arreglan, ni la migraña [sonríe], así que entro en un círculo vicioso y es como que el final ya está escrito.
La mayoría de las personas entrevistadas, como Gilda, hacen referencia al carácter crónico e incurable de los dolores de cabeza. Dicen que, en las consultas, los médicos señalan que “esto es crónico, así que hay que tratar de reducir la frecuencia e intensidad del dolor pero todavía no hay cura para la migraña”. Y mencionan que los dolores crónicos se asocian con otros malestares cotidianos que repercuten y crean condiciones para la aparición y la permanencia del malestar. En palabras de Gilda:
El tema de la cura yo interpreto que sería… no es que es una cura, sino… Hay algo en tu cuerpo que está… gritando porque vos no estás tratándolo bien, imagino. O sea, yo las podría resolver, por ejemplo, previniendo, teniendo una vida tranquila. Yo si tuviese mi casa propia, no tendría tampoco ese tipo de preocupación. Si tuviera un trabajo mejor y pudiera terminar el profesorado, ya está.
La “ansiedad, porque una tiene tantas cosas que hacer, tantas preocupaciones entre el trabajo, la familia… que te vas de mambo y no podés parar, entonces seguís hasta que te aparece el dolor”, que expresaba Gilda, es recurrente en distintas personas.
En otros casos, en las explicaciones acerca de cómo se producen los dolores, refieren también a “cansancios”, “nervios”, “angustias”, que se asocian con problemas familiares, económicos, laborales, etc. De esta forma, más allá de los relatos, son situaciones que involucran a otros, se trata de vínculos que se modifican, alteran y suspenden.
Al mismo tiempo, estos dolores de cabeza, que irrumpen en distintos momentos y de forma imprevista en las rutinas diarias, “anulan”, “retrasan”; “inmovilizan” a quienes los padecen. De hecho, para la mayoría, son frecuentes experiencias de dolor en las que “se pone todo negro”, “pierdo la memoria”, “se complica la visión”, “tengo mareos”. Gilda, casi al pasar, comenta:
Te acostumbrás al dolor y a que te aparezca en cualquier lado. Yo me acostumbré a que estoy en la calle y, si aparece, se me nubla la vista y me tengo que quedar quieta… Es un problema, porque te podés llevar puesta cualquier cosa… pero te vas acostumbrando, y yo me acostumbré.
Frente a este “acostumbramiento” por convivir con estos dolores desde hace años, reconoce que una de las mayores dificultades es cuando tiene que describir el dolor, transmitir a otros las características de la experiencia de malestar:
Yo les digo que me dan puntadas acá y como que me aprieta toda la cabeza y me hace bolsa, y no… no captan. Incluso ni mi mamá lo capta. Mi papá es como que ya de por sí es… es abierto, es una persona abierta. Entonces vos, cuando le explicás algo, no importa si él no lo siente o lo siente. No importa, como que ya lo entendió. Mi mamá, no. Ella quiere que vos sientas lo que ella piensa. Vos le decís: “Yo siento esto”, ¡y ella interpretó lo contrario!
El problema del “dolor” y las constantes referencias a una multiplicidad de malestares y sufrimientos cotidianos atraviesan distintos relatos, experiencias y situaciones que exceden la migraña y requieren problematizar esta categoría. Es decir, cuando las personas hablan de “dolor”, no necesariamente se refieren en forma exclusiva al de cabeza. Las descripciones de las experiencias sobre la migraña se entremezclan con las de otros sufrimientos asociados a distintas situaciones, vínculos y malestares de la vida cotidiana.
Hay dolores que, desde la biomedicina, se categorizan como síntomas y están delimitados por diagnósticos precisos y tratamientos. En cambio, otros dolores, como la migraña, tienen un estatuto diferente. Si bien son reconocidos por la biomedicina, están rodeados de incertidumbre, ya que no sólo se desconocen los motivos de su aparición, sino que, en general, los tratamientos no tienen los efectos esperados.
También, hay otros dolores que surgen de los relatos pero que no están categorizados, reconocidos o delimitados por el saber biomédico, sino que son sufrimientos vinculados con situaciones ordinarias de la cotidianidad y las relaciones con otros, que producen malestares. Se describen “mal humores”, “discusiones”, “peleas”, “frustraciones”, que generan sufrimiento y que son relacionados (aunque no necesariamente) con los dolores de cabeza.
De esta forma, el dolor es una categoría presente en distintos espacios, disciplinas y conversaciones. Se recurre a esta palabra para hablar de diferentes situaciones, experiencias y sensaciones. El dolor puede ser la causa o el resultado de problemas de salud, padecimientos y enfermedades, pero también está presente cuando se habla de problemas personales, vinculares, laborales, económicos. Por ejemplo, indistintamente, se utiliza esta categoría para hacer referencia a “me duele está situación”, “me duele esta persona” o “me duele la cabeza”.
Desde la antropología médica, Arthur Kleinman (1997) ha descripto cómo las continuas situaciones de sufrimiento a las que estamos expuestos nos vuelven indiferentes ante el dolor de los otros. Es decir, el incremento de diferentes modos de padecer viene acompañado de tendencias que llevan a la indiferencia y el acostumbramiento ante situaciones de dolor.
Teniendo en cuenta los cruces, las articulaciones y las tensiones entre la diversidad de padecimientos, sufrimientos y malestares, el objetivo del libro es centrarse en un tipo particular de dolor crónico “específico”, “delimitado” y categorizado como “migraña”.
Hablar de dolores crónicos, en general, requiere tener en cuenta que se trata de malestares que carecen de respuestas unívocas o tratamientos específicos desde los saberes expertos biomédicos. En el caso de la migraña, se trata de dolores de cabeza que, además de cronificarse y perdurar en el tiempo, provocan distintas modificaciones en la vida cotidiana. Incluso, requieren preguntarse: ¿cuáles son las implicancias de este tipo de padecimientos crónicos en las sociedades capitalistas actuales?, ¿cómo intervienen en los ámbitos laborales, en los ritmos de trabajo y de descanso?, ¿cómo es la relación entre lenguaje y experiencia para categorizar y dar cuenta de un dolor que “no se ve”?, ¿hay diferencias de acuerdo con el género en los modos de padecer? Por último, teniendo en cuenta el carácter social de los padecimientos, ¿cómo son las relaciones vinculares y los modos de sociabilidad a partir del dolor?
Desde los saberes biomédicos, se diferencian las enfermedades agudas de las crónicas. En el caso de las enfermedades agudas, las causas y las etiologías suelen ser claras (es decir, hay lesiones orgánicas o tisulares, o problemas fisiológicos), y los tratamientos se orientan a la curación. En cambio, las enfermedades crónicas se prolongan indefinidamente en el tiempo y, en general, carecen de etiologías precisas; los tratamientos destinados a ellas tienen por objetivo la regulación de los síntomas, del malestar y el alivio, pero no la curación (algunas de ellas son la diabetes, el VIH, el hipotiroidismo, el hipertiroidismo, entre otras).
Tanto en las enfermedades agudas como en las crónicas, los síntomas o los malestares tienen un correlato biológico; es decir, se realizan estudios cuyos resultados se encuentran por fuera de los parámetros considerados “normales” por parte de la biomedicina.
Asimismo, los dolores son considerados síntomas de las enfermedades porque son indicadores, señales o alarmas de que algo no está bien. También los saberes biomédicos los diferencian en agudos y crónicos.
Los dolores agudos son definidos por los saberes expertos como una constelación de sensaciones displacenteras y expresiones emocionales asociadas al mal funcionamiento, la fisiología o el daño tisular, ya sea por inflamación o por lesión de tejidos o estructuras nerviosas, que se desarrollan en un intervalo de tiempo (Finkel, 2008: 20). Frente a estos dolores, las personas concurren a los profesionales, que los estudian para brindar un diagnóstico y un tratamiento adecuado.
En cambio, de acuerdo con la perspectiva biomédica, los dolores crónicos son cuadros que reaparecen en el tiempo y persisten más allá de los seis meses (Finkel, 2008). Algunos de estos dolores se pueden prolongar en el tiempo sin motivos certeros y sin indicadores biológicos claros acerca de su etiología (es decir, indicadores de alteraciones estructurales, orgánicas y fisiológicas). Este aspecto los convierte en “enigmas” para la biomedicina, porque las explicaciones respecto de sus causas son heterogéneas, contradictorias y poco coherentes entre sí. A diferencia de los dolores agudos, los crónicos tienen un estatus incierto dentro de los saberes expertos biomédicos, por su carácter atípico y por las dificultades que presentan para ser diagnosticados y tratados (Hilbert, 1984; Good, 1994a). Al mismo tiempo, estos dolores pueden adquirir altos grados de intensidad y modificar significativamente las vidas cotidianas de quienes los padecen.
En algunos casos, desde la biomedicina, se categorizan estas dolencias como “enfermedad”; mientras que, en otros, se resisten a ser subsumidas en categorizaciones médicas, por la falta de consistencia clínica.
Estos malestares que se prolongan en el tiempo, y que por sus características se resisten a ser considerados como enfermedades agudas o crónicas, han sido categorizados –desde las ciencias sociales y la antropología que investiga los procesos de salud, enfermedad y atención– como “dolores crónicos”.
En los estudios sociales sobre dolores crónicos, se sugieren distintas teorías sobre sus posibles orígenes, que dan cuenta de la importancia de las historias de vida y las biografías particulares dentro de contextos sociales, económicos, políticos, morales, entre otros.
A su vez, Kleinman (1994) refiere a la dimensión política y moral del sufrimiento cuando distingue la legitimidad que ciertos dolores tienen de acuerdo con las variables de género, las connotaciones morales y los contextos locales en los que se expresan. Por ejemplo, así como en determinados contextos hay dolores que pueden convertirse en resistencias, a modo de opresión y condiciones vulnerables, en otros contextos el mismo malestar puede ser deslegitimado por otros.
Asimismo, las experiencias con estos malestares crónicos suponen modificaciones corporales, transformaciones emocionales, implicancias sociales (Good, 1994a) y, por momentos, la pérdida de confianza y de la sensación de normalidad respecto del propio cuerpo (Kleinman, 1988). Algunos dolores incluidos en esta categoría son la fatiga crónica, el dolor de espalda, el dolor mandibular, el dolor de pecho, y una serie de dolores de cabeza dentro de los cuales se encuentra la migraña.
En los padecimientos crónicos, se hacen visibles particularidades relativas a los modos de construcción de diagnóstico, el estatuto de la realidad biológica y la importancia del sistema biomédico para la legitimación de la enfermedad, incluso por fuera de los contextos institucionales. Cada uno de estos aspectos modifica, directa o indirectamente, las vidas cotidianas de quienes padecen; diversos autores han descripto y analizado los modos en que los tratamientos biomédicos para dolores crónicos permean distintos ámbitos de la cotidianidad de las personas y se traducen en términos de trayectorias de cuidado y atención. Se trata de convivir con una serie de prescripciones y prácticas médicas sobre las que tienen que ajustar su vida diaria en pos del cuidado de la salud.
En el mapa de dolencias y sufrimientos abordados por las ciencias sociales y la antropología, la migraña ha sido objeto de poco interés. Son escasos los estudios sociales, tanto locales como a nivel global, que abordan la temática.
En nuestro país, la mayoría de las investigaciones sobre cronicidad se han concentrado en enfermedades crónicas y refieren a padecimientos como el VIH (Epele, 1997a; Grimberg, 1999, 2000, 2003; Domínguez Mon, 1997; Kornblit, 2000; Margulies, Barber y Recoder, 2006; Margulies, 2010; Pecheny, Manzelli y Jones, 2002), diabetes (Saslavsky, 2007) y otras enfermedades crónicas no transmisibles (Domínguez Mon, 2012; Mendes Diz, 2012; Schwarz, 2012a).
En cambio, la migraña es un tipo de dolor crónico cuyas apariciones pueden ser recurrentes, aunque se desconocen la frecuencia y el momento en que se desencadenará. Puede estar acompañada de nauseas, vómitos, molestias e intolerancia a la luz, al ruido, a los olores; y, generalmente, afecta la mitad de la cabeza. Otros síntomas que la acompañan con cierta frecuencia son: molestias en las articulaciones, mareos, sensaciones de cosquilleo, y una sensación particular denominada “aura” que, según los dichos de los pacientes, se trata de alteraciones visuales (destellos de luz, rayos) y, ocasionalmente, pérdidas temporarias y breves de memoria.
A pesar de que los estudios epidemiológicos con cifras tanto a nivel mundial como local son escasos, de acuerdo con profesionales especialistas en el estudio de la migraña este dolor afecta al 14% de los individuos en países occidentales; además, en promedio, al 16% de las mujeres y al 7% de los varones, a nivel mundial. Se trata de dolores que constituyen uno de los motivos más frecuentes de consulta neurológica y de asistencia a las guardias (Sevillano, Manso Calderón y Cacabelos Pérez, 2007).
Estudios realizados por la Organización Mundial de la Salud (OMS)1 señalan que la prevalencia mundial de la cefalea2 (al menos, una vez en el último año) en los adultos es de aproximadamente 50%. Entre la mitad y las tres cuartas partes de las personas de dieciocho a sesenta y cinco años han sufrido una cefalea en el último año, y el 30% o más de este grupo han padecido migraña. De acuerdo con esta organización, con variaciones regionales, la migraña es un problema que afecta a personas de todas las edades, niveles de ingresos y zonas geográficas en todo el mundo. Incluso, para la OMS, la migraña genera amplias consecuencias en distintos ámbitos de la vida, y con incidencias tanto a nivel físico como emocional, que afectan el desempeño laboral y dificultan el normal desarrollo social3 (no obstante, se dejan de lado otras cuestiones que hacen a la convivencia con el dolor y su variabilidad de acuerdo con niveles socioeconómicos).
Desde una perspectiva epidemiológica, se plantea el carácter problemático de estos dolores de cabeza, debido a las repercusiones que tienen en los sistemas productivos. Algunos de los factores que mencionan son las frecuentes ausencias a los lugares de trabajo y el aumento de gastos en servicios de salud por consultas reiteradas. De hecho, la OMS ha calificado la migraña como una de las veinte enfermedades más discapacitantes.
Desde la biomedicina, en la última revisión del manual de Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10), la migraña se encuentra en la categoría de “enfermedades del sistema nervioso”, dentro del subgrupo “trastornos episódicos y paroxísticos”, junto con la epilepsia, otras cefaleas, trastornos del sueño, entre otras.
En la Argentina, estudios realizados en pequeños grupos poblacionales y acotados a regiones particulares señalan que algunas de las consecuencias del padecimiento de la migraña son consumo excesivo de fármacos, suspensión de tareas diarias varias veces al mes, sensaciones de insatisfacción, ansiedad y depresión, deterioro de las actividades sociales y disminución del rendimiento académico (Zavala y Saravia, 2003; Buonanotte, Fernández y Enders, 2008).
Como puede verse, la migraña constituye una dolencia altamente recurrente en distintos conjuntos sociales; pero, al no poner en juego la vida de los pacientes, se ha convertido en una forma rutinizada de sufrimiento, que pierde importancia ante otros padecimientos asociados a “catástrofes de salud” y que tienen directas consecuencias en la supervivencia de determinados conjuntos y poblaciones.
Sin embargo, desde una perspectiva social, se cuestiona la categorización medicalizadora de la migraña como enfermedad. Su extraño estatuto queda expuesto al examinar diferentes dimensiones que incluyen la estructura de las consultas médicas. En ellas se efectúan exámenes (tomografías, electroencefalogramas, resonancias) para descartar distintas enfermedades (tumores, esclerosis, anomalías en el cerebro, accidentes cerebrovasculares); pero, si los resultados se encuentran dentro de lo esperado, es decir, dentro de los parámetros “normales” según los profesionales, se diagnostica “migraña”.
De esta forma, el análisis de los dolores crónicos en general, y de la migraña en particular, cobra relevancia en la actualidad debido a las transformaciones socioeconómicas relacionadas con el despliegue del capitalismo contemporáneo y la implementación del neoliberalismo (Harvey, 2005, 2007). Además, el lugar protagónico que adquiere el trabajo en las sociedades occidentales y capitalistas hace que las enfermedades y los dolores, en especial aquellos que se prolongan indefinidamente en el tiempo, amenacen la continuidad laboral.
En dolores crónicos como la migraña, se da un vínculo dialéctico entre experiencia y lenguaje, a partir del análisis de las percepciones y las vivencias de quienes padecen, dado que hay experiencias que llevar al lenguaje, pero también el lenguaje es el que les da forma a esas experiencias (Turner, 1986).
Esta relación, desde la perspectiva de la antropología médica, es un modo de acceder a la convivencia con malestares que se prolongan en el tiempo, a través del registro de los relatos. Tanto Byron Good (1994a) como Linda Garro (1994) han señalado que las narrativas de pacientes crónicos siguen una estructura similar, que se inicia con el momento de origen del dolor, y continúa con las trayectorias por distintos profesionales en búsqueda de alivio y diagnóstico, la realización de varios tratamientos, y las descripciones sobre los vínculos entre el padecimiento y las experiencias de la vida cotidiana. En la misma línea, los estudios realizados por Kleinman, en clases sociales medias y bajas, proponen explorar la diversidad de experiencias teniendo en cuenta los contextos sociales y económicos, a fin de que dichos malestares no sean reducidos a aspectos físicos y biológicos (Kleinman, 1988; Epele, 2001a). Desde este enfoque, se sostiene que la convivencia con dolores crónicos hace que las experiencias sean polisémicas y tengan distintos significados, que van más allá de los eventos asociados a la enfermedad (Kleinman, 1988, 1994). Es decir, hay dimensiones que rodean la convivencia con el dolor y dan cuenta de modos diferenciales de padecer.
Analizar estos dolores de cabeza teniendo en cuenta diferentes conjuntos sociales visibiliza cómo, a partir de los relatos, los modos de padecer adquieren distintas formas que responden a mayores o menores condiciones de fragilidad de las personas involucradas. El carácter contextual de la relación entre lenguaje y experiencia se da a partir de cómo los individuos se sitúan, comportan y dan sentidos a dolencias que se constituyen socialmente, y remiten a creencias, prácticas y valores compartidos (Alves, 1995). Dicha narración de los distintos eventos se configura como una trama que permite que los fragmentos de experiencias adquieran un sentido como un todo (Ricœur, 2000, 2009). Por eso, y en discusión con estudios de la lingüística tradicional, que parte de un carácter ahistórico y arbitrario del signo y la lengua (Saussure, 2008), en las narraciones sobre estos dolores es fundamental dar cuenta del carácter histórico ligado a procesos sociales que modelan el proceso de enunciación, el hablar y los dichos de los propios actores sociales. Es decir, los intercambios lingüísticos son también relaciones de poder simbólico, en las que se actualizan las relaciones de fuerza entre los locutores y sus respectivos grupos (Bourdieu, 2001: 11).
En estrecha vinculación con las discusiones sobre el lugar del lenguaje en los usos cotidianos, Wittgenstein (1968: 31) elude la tentación de suponer que tiene que haber un proceso mental de pensar, creer, esperar o desear, independientemente del proceso de expresar, hablar. Es decir, no existe una conexión oculta entre la mente y una palabra, porque los significados del lenguaje dependen de las distintas acciones en las que se involucra y adquiere sentidos.
A modo de ejemplo, en distintos estudios sobre procesos de dolor y sufrimiento, se hace referencia a las metáforas como la conexión entre cuestiones conceptuales con prácticas corporales, donde el significado surge de esa capacidad de usar la experiencia para pensar metafóricamente y viceversa (Kirmayer, 1992, 2001; Jenkins y Valiente, 1994; Lowe, 1995; Bonet y Tavares, 2007). Es decir, en la búsqueda de transmitir ciertas sensaciones y situaciones, las experiencias pueden traducirse en metáforas y en distintas formas de expresión. En este sentido, retomando los debates sobre la relación entre lenguaje y experiencia, los estudios de George Lakoff y Mark Johnson (2009) parten del lugar privilegiado que tienen las metáforas en la vida cotidiana, tanto en el lenguaje como en el pensamiento –conceptual– y la acción. Señalan que los conceptos que rigen nuestro pensamiento y tienen consecuencias en las realidades cotidianas están estructurados, en gran medida, por metáforas. Por lo tanto, las metáforas estructuran tanto las maneras en que pensamos como nuestras experiencias y acciones (Lakoff y Johnson, 2009).
De este modo, las experiencias se convierten en procesos variables que están situados dentro de relaciones intersubjetivas y que se construyen a partir de diversas dimensiones (cognitivas, normativo-valorativas, emotivas, etc.) (Grimberg, 2003: 81). Desde una perspectiva fenomenológica, Merleau-Ponty (2003) enfatiza el carácter vivencial de la experiencia cuando señala que la “experiencia de vivir en el mundo” no es algo pensado, sino vivido. Es decir, el mundo se encuentra en la intersección de mis experiencias y las del otro. Además, es inseparable de la subjetividad y de la intersubjetividad, porque su unidad está integrada por la reasunción de mis experiencias presentes, de las experiencias del otro y de las experiencias del otro en las mías.
Así, las narrativas se convierten en la forma de traducir y analizar las intersecciones entre lenguaje y experiencia a partir de problemáticas asociadas a dolencias y malestares. En este sentido, dichos trabajos visibilizan el lugar privilegiado que adquieren los relatos en las investigaciones sobre enfermedades crónicas (Grimberg, 2001, 2003; Margulies, Barber y Recoder, 2006; Margulies, 2010; Epele, 2001a, 2002, 2010).
En síntesis, los relatos permiten acceder a los modos en que los sujetos organizan y dan un orden a acontecimientos vividos como fragmentarios (Grimberg, 2009). Se trata de procesos de construcción de sentido y de significación a partir de los cuales, y en interacción con otros, quienes padecen organizan tanto la convivencia con el malestar como su visión de sí y de los otros (Margulies, Barber y Recoder, 2006).
Preguntarse por los modos de padecer requiere tener en cuenta las particularidades de los cuerpos y las emociones en las sociedades actuales, bajo el régimen capitalista, ya que en estos dolores participan dominios heterogéneos de saberes, experiencias y prácticas que modelan y que, a su vez, son modelados por la dolencia.
Diferentes emociones que se vinculan con la vida urbana son sistematizadas por las personas con migraña como elementos centrales de este malestar. Se trata de un padecimiento en el que se articulan y tensionan los saberes expertos, las regulaciones del sentir en y con los cuerpos –específicamente, los involucramientos, los aguantes y las resistencias corporales–, las modificaciones en las relaciones sociales y los vínculos próximos, cambios en la apropiación del espacio, particularidades adjudicadas y vividas de acuerdo con el género, y modos de transitar con dolor diferentes ámbitos laborales.
No es lo mismo una mujer de clase media que trabaja en una oficina y padece migraña que un varón empleado en una fábrica o una empleada doméstica. Los tres pueden tener dolores de cabeza, pero es el análisis de sus relatos y las distintas situaciones en las que conviven los que darán forma a un tipo de dolor que incluye consultas a profesionales, aislamientos, expresión/regulación de emociones y problemas vinculares.
De esta forma, los modos de padecer migraña pueden ser analizados a partir de diferentes abordajes teóricos sobre los cuerpos y las emociones. Dichas perspectivas parten de distintos niveles de análisis que relacionan los cuerpos con: poder y dominación, articulaciones y tensiones entre lo natural/biológico y lo social, situaciones de vulnerabilidad social. Las emociones también se ubican en un mapa de relaciones sociales, prácticas corporales, discursivas y técnicas de subjetivación dentro de contextos particulares, que hace posible historizarlas y ponerlas en relación con procesos económicos y políticos estableciendo una suerte de “economía política de las emociones” (Scheper Hughes, 1992; Fassin y D’Halluin, 2005; Epele, 2010).
A comienzos del siglo XX, mediante la teoría de las técnicas corporales, se formula la noción de habitus como aquello de naturaleza social que se adquiere a través de la educación. Mediante distintos ejemplos, Marcel Mauss (1979) llama la atención sobre el carácter social de los cuerpos y el disciplinamiento emocional a través de las instituciones sociales. Desde esta perspectiva, las actividades mundanas –como trabajar, comer, descansar, dormir o enfermarse y padecer– son formas de expresividad y praxis que representan dinámicas sociales, culturales y relaciones políticas. El habitus es retomado luego por Pierre Bourdieu para analizar los efectos que las clases sociales y la posesión de diferentes capitales ejercen sobre los cuerpos al punto de diferenciar las hexis teniendo en cuenta el lugar que ocupan los agentes en la estructura social (Bourdieu, 2001, 2007).
Frente al habitus como algo socialmente adquirido, el embodiment parte de un punto de vista fenomenológico en el que se introduce al otro como necesario para la construcción intersubjetiva del ser en el mundo, pero se deja en un segundo plano el aspecto contextual e histórico al que se hacía referencia previamente. La noción de “ser en el mundo” implica el reconocimiento de una dimensión “preobjetiva” del ser, de la cual el cuerpo es el dominio de experiencia (Merleau-Ponty, 2003). De esta forma, retomando esta perspectiva fenomenológica, el embodiment se propone como un campo metodológico indeterminado que está definido por experiencias perceptuales y por el modo de presencia y compromiso con el mundo (Csordas, 1994, 1999, 2008a, 2008b).
Desde otro lugar, se cuestiona el embodiment y se señala que las formas de representar los cuerpos dependen de dimensiones políticas, históricas, científicas y lingüísticas locales, que están implicadas en la experiencia corporal. En otras palabras, lo biológico y lo social se coproducen y reproducen dialécticamente; y, en un primer momento, esta relación toma lugar en la experiencia subjetiva, en el cuerpo socializado (Lock, 2001). Si se sigue y se profundiza en esta línea de análisis, hay condiciones materiales y de producción que se imprimen en las corporalidades, y por eso es necesario tener en cuenta, para su análisis, la interacción entre el cuerpo político, el social y el individual (Scheper Hughes, 1992). De esta forma, los cuerpos son objetos de disciplinamiento, control y regulación (Foucault, 2008a), dominios de experiencias y de procesos materiales, simbólicos, individuales, sociales, políticos, con una base de resistencias y reconstituciones identitarias (Scheper Hughes y Lock, 1987).
Teniendo en cuenta las diferencias entre los abordajes, en estas perspectivas no es posible escindir lo corporal de lo emocional, porque las emociones incluyen sentimientos y orientaciones cognitivas, moralidades públicas, ideologías culturales (Scheper Hughes y Lock, 1987: 28). De acuerdo con Catherine Lutz y Lila Abu-Lughod (1990), las emociones son “invenciones históricas” y “estrategias retóricas” que utilizan los individuos para expresarse, hacer reclamos a otros y promover determinados comportamientos. A modo de ejemplo, hay estudios que retoman la cuestión de género en relación con lo emocional, y sostienen que las tradiciones biomédicas justifican las diferencias entre varones y mujeres (Lutz, 1986, 1990).
Asimismo, la articulación entre emociones y géneros4 deriva, entre otras cosas, de los estereotipos por medio de los cuales se asocian ciertos estados del sentir, dentro de la matriz heterosexual, algunos a las mujeres y otros a los varones. En otras palabras, las emociones son discursos que se construyen y producen en el lenguaje y en las interacciones humanas (Scheper Hughes, 1992: 431).
Por eso, a diferencia de las perspectivas que hacen de las emociones algo irracional, interno y natural, el sentir en su diversidad y complejidad es indisociable de los vínculos con otros (Epele, 2010: 230). A su vez, el carácter histórico de los estados emocionales hace que se regulen sensaciones y emociones de acuerdo con los grupos y las personas involucradas, ya que en cada uno de estos controles están implícitas las búsquedas de reconocimiento, escucha y permanencia en los vínculos. En este sentido, Judith Butler (2009b) analiza cómo las personas se encuentran expuestas a los otros. Se trata de un yo dinámico que no sólo es narrado, sino también posicionado corporal y emocionalmente de diferentes maneras y con distintos propósitos. De acuerdo con la autora, los lazos que nos ligan con otros nos componen, y es en este sentido como los cuerpos y las emociones tienen un rol central en las interacciones con otros, en búsqueda de reconocimiento.
Adrián Scribano enfatiza que los cuerpos y las emociones son dos aspectos entrelazados y dialécticos. De esta forma, una sociología de los cuerpos y las emociones involucra la aceptación del supuesto de que, si se pretende conocer los patrones de dominación vigentes en una sociedad determinada, hay que analizar cuáles son las distancias que esa misma sociedad impone sobre sus propios cuerpos, de qué manera los marca y de qué modo se hallan disponibles sus energías sociales (Scribano, 2007, 2009, 2010). Estos cuerpos, inscriptos en contextos determinados, adquieren distintos sentidos dependiendo de las situaciones en las que están inmersos. Distintas perspectivas mencionadas son retomadas y problematizadas por los estudios sobre dolores y sufrimientos, con el objetivo de señalar el carácter social de las situaciones de dolor atravesadas por formas de opresión económica, política y social que intervienen en cómo se describen dichas experiencias y prácticas (Singer, 1990; Bonet, 2003; Epele, 2010).
La perspectiva teórico-metodológica de la investigación en la que este libro se basa se inscribe en el dominio de la sociología y antropología de la salud, siguiendo los lineamientos de la investigación cualitativa. Como técnica, se utiliza el análisis de narrativas desde un abordaje sobre procesos de salud y enfermedad que discute con las pretensiones de neutralidad moral y objetividad científica. Asimismo, se señala que las prácticas y los saberes sobre padecimientos y malestares están mediados por procesos sociales, económicos, políticos, morales y de género (Scheper Hughes, 1992; Farmer, 2003; Epele, 2010).
Esta perspectiva permite determinar los modos en que dichos procesos toman forma, fragilizan, modelan y son modelados, se hacen evidentes, se ocultan o naturalizan; es decir, son vividos, corporizados, padecidos, resistidos y simbolizados por estos conjuntos sociales. El seguimiento y la lectura de estos procesos, a través de padecimientos crónicos como la migraña, imponen un recorrido que privilegia e ilumina determinadas prácticas, vínculos, emociones, experiencias y sentidos que, desde otra aproximación y otra temática, quedarían oscurecidos o desdibujados (Epele, 2010: 39).
Los fundamentos teórico-metodológicos de la investigación se orientaron hacia una perspectiva fenomenológica crítica en la que se reconocen las relaciones del yo con los otros, teniendo en cuenta los contextos y las situaciones locales en que se producen dichas interacciones y experiencias (Scheper Hughes y Lock, 1987). Este abordaje se articuló con una perspectiva hermenéutica que permite estudiar los relatos de los distintos conjuntos sociales investigados.
La elección del análisis de narrativas desde una perspectiva que combina la fenomenología con la hermenéutica se ubica dentro de una trayectoria de estudios sobre procesos de padecimiento, enfermedad y sufrimiento que recurren a esta metodología para acceder a las experiencias de las personas mediante el relato de situaciones y eventos vividos con el dolor. Esto no implica reducir la vida a la dimensión del discurso, ya que la experiencia excede siempre las posibilidades de su narrativización. No obstante, narrar y contar se vuelven una dimensión fundamental en la vida de las personas y en el significado de sus experiencias (Margulies, Barber y Recoder, 2006).
Los dolores de cabeza adquieren características diversas de acuerdo con los conjuntos entrevistados; no sólo se identifican diferencias entre pacientes, profesionales y entorno, sino también dentro de cada uno de estos grupos. A modo de ejemplo, no todos aquellos que dicen tener migraña concurren a los servicios de salud; consecuentemente, las trayectorias y las convivencias con estos dolores requieren un estudio que no quede reducido a la institución hospitalaria.
