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Nos hicieron creer que la felicidad estaba en el éxito, el dinero o la pareja ideal, pero ¿y si, al tenerlo todo, nos seguimos sintiendo vacíos? En In(Felicidad), Magdalena Martin desmonta estos mitos y nos guía en un viaje de transformación. A través de su historia y con base en la psicología positiva, la neurociencia y su método Felicidad MEC, nos brinda herramientas para dejar de buscar afuera lo que siempre ha estado dentro de nosotros.
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Seitenzahl: 204
Veröffentlichungsjahr: 2025
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I.S.B.N: 978-956-12-3793-3
I.S.B.N. digital: 978-956-12-3795-7
1ª edición: marzo de 2025
Diseño de interior y portada:
Juan Manuel Neira
© 2025 por Magdalena María Martin Cuadrado
Inscripción N° 2025-A-1117.
© De la presente edición por Empresa Editora Zig-Zag S.A. Santiago de Chile.
Derechos exclusivos para todos los países.
Editado por Empresa Editora Zig-Zag S.A.
Isidora Goyenechea 3365, oficina 902,
Las Condes. Santiago de Chile.
El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, micro_lmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Por un mundo mejor para Manuel, Gaspar y Elisa.
Índice
Prólogo
Introducción
Mi historia: De la quiebra al redescubrimiento de la felicidad
Capítulo 1: ¿De dónde viene nuestra felicidad?
Desmontando mitos
Mito 1: “Estoy en busca de la felicidad”
Mito 2: “Estoy alegre, estoy feliz”
Mito 3: “El dinero hace la felicidad”
Mito 4: “El amor verdadero trae la felicidad”
Mito 5: “La felicidad viene del éxito”
Superando la gratificación instantánea: El peligro de perseguir la felicidad rápida
Felicidad MEC
Capítulo 2: Mente
Gratitud
Vivir en el presente
Evaluando tu estanque mental
Capítulo 3: Espíritu
Relaciones
Amabilidad
Propósito
Evaluando tu estanque espiritual
Capítulo 4: Cuerpo
Ejercicio
Nutrición
Descanso
Evaluando tu estanque corporal
Capítulo 5: Comenzar el camino
El camino
Capítulo 6: ¡Bonus track!
Hacia una felicidad colectiva:Sociedad y políticas públicas
Bután y la Felicidad Nacional Bruta (FNB)
Día Mundial de la Felicidad
El Informe Mundial de la Felicidad
La soledad: Un desafío global
¿Quieres saber más?
Prólogo
Dice una leyenda que Dios, en su sabiduría, escondió la felicidad en el único lugar donde nunca la buscaríamos: en el corazón del ser humano.
A lo largo de la historia, las personas hemos buscado afuera esa sensación que, además, nos confunde en su misma definición. Parece estar relacionada con la alegría y, por lo tanto, nos esforzamos por estar siempre contentos. Sin embargo, al encontrarnos con nuestra amiga la tristeza, automáticamente nos definimos como infelices y caemos en un pozo que, si se prolonga, puede llevarnos a la depresión.
La verdad es que sí se puede ser feliz estando triste. Este concepto, tan debatido en estos tiempos, tiene más que ver con una alegría serena que con la euforia. También parece estar relacionado con el tener, porque el sistema de consumo que nos gobierna nos hace sentir que la felicidad se refiere a acumular la mayor cantidad de cosas, personas o situaciones posibles para sentir que tenemos una valía especial. Sin embargo, de acuerdo con mis investigaciones, tiene más que ver con necesitar menos y no con tener más.
En mi vida profesional y en mis 15 estudios de campo, solo en uno me propuse encontrar una definición de la felicidad y dedicarme a estudiarla con esa intención. En los otros, he tenido la agradable sorpresa de encontrarme con el concepto, como si me viniera a visitar para enseñarme cada vez más sobre la vida. En este estudio, donde salí en búsqueda del concepto, lo primero que descubrí y que se mantiene hasta hoy es que ser feliz es una decisión y se trabaja todos los días y a cada segundo. La felicidad tiene más que ver con la paz y el silencio que con el ruido. Es un viaje hacia adentro más que una búsqueda externa de algo que creemos haber perdido.
Son brutales las frases sobre cómo encontrarla, cómo buscarla y alcanzarla. Siempre nos muestran que somos como un conejo persiguiendo una zanahoria, en busca de “ese algo” que, cuando creemos alcanzar, se aleja nuevamente, y en ese intento se nos va la vida.
El libro de Mane nos propone tomar un camino de introspección y autoconocimiento. Nos invita a regresar al origen, a mirar hacia adentro y comprender que la felicidad es una construcción personal que requiere trabajo y compromiso. Habrá días en los que podremos avanzar más y otros en los que podremos menos, dependerá de lo que estemos viviendo en cada momento. Pero el esfuerzo de mantenernos en conexión con nuestro mundo interior será siempre un trabajo de un día a la vez.
Hoy, en un mundo dominado por la comparación constante con los demás y la insatisfacción de nunca llegar a todo lo que supuestamente debemos hacer en el día a día, se hace cada vez más relevante leer un libro como este. Es una invitación a retornar a nosotros mismos y a darle un sentido distinto a nuestras vidas.
Estamos rodeados de frases y libros sobre este tema, y creo que nunca serán suficientes, ya que cada persona necesita diferentes pautas y experiencias para encontrar su propio camino en este viaje de introspección. Nuestros errores, mal llamados fracasos, pero mejor entendidos como aprendizajes, nos demuestran que este viaje duele, nos hace perder el sentido y nos hace sentir que no encajamos. El crecimiento no es lineal. Sube y baja, y lo importante es el avance constante diario, porque no somos lo que hacemos de vez en cuando, sino aquello que hacemos la mayor parte del tiempo.
Cada libro, al igual que la vida, es un viaje. Y como todo viaje, tiene momentos de lucidez y momentos de oscuridad. Sin embargo, incluso el túnel más largo nos recuerda que, aunque no podemos retroceder, siempre hay una salida. Solo debemos avanzar a nuestro propio ritmo hasta encontrar la luz al final.
Seguramente se verán reflejados en este libro, como si fuera un espejo que los invita a un viaje de retorno a lo esencial, a aquello que hoy resulta tan difícil de percibir porque todo nos empuja hacia el exterior. Por eso, ser feliz es un acto de valentía. Requiere tomar decisiones que, muchas veces, son complejas y desafiantes, pero necesarias para encontrar la paz y darle un verdadero sentido a nuestras vidas.
Lean este libro precioso, apréndanlo y, sobre todo, permítanse sentir. A través de la honestidad y sencillez con que la autora desnuda su vida y su camino, nos ofrece una invitación generosa a reencontrarnos con nosotros mismos y los nuestros. Y nos recuerda que la felicidad siempre ha estado en el mismo lugar, esperando ser descubierta. Solo hay que trabajar para descubrir que encontrarla es más fácil de lo que parece o de lo que nos han querido hacer creer.
Pilar Sordo
Introducción
Mi historia: De la quiebra al redescubrimiento dela felicidad
“Mane, hay que dejar de nadar”.
Esa frase fue como un martillazo en el pecho. Por un instante, el ruido en mi cabeza —todas las preocupaciones, las soluciones desesperadas, los “quizás si hago esto”— se apagó. Sentí una mezcla de incredulidad, derrota y un alivio que no quería admitir. ¿De verdad tenía que rendirme? ¿Soltar todo por lo que había luchado durante nueve años?
Sentada en el living de mi casa, junto a mi marido, mi cuñado y un amigo, miré sus rostros llenos de seriedad y cariño. Sabía que tenían razón, pero qué difícil es aceptar que algo en lo que pusiste todo tu ser está llegando a su fin. Me sentía como si estuviera a punto de hundirme, y aunque siempre he sido una luchadora, ese martes supe que ya no podía más.
El inicio de un sueño
Retrocedamos unos años, hasta el 2014. Un amigo muy querido se casaba en Italia, y mi marido y yo aprovechamos para hacer un viaje también unos días a España. En Barcelona, paseando por una tienda fascinante, me encontré con objetos únicos y creativos. Me encantó todo: el tipo de cosas distintas que vendía, la decoración, y en especial unos mapas pineables que compré emocionada y que hasta el día de hoy tengo colgados en mi casa. Fue uno de esos momentos que te encienden una chispa.
“Esto es lo que quiero hacer”, pensé. Al regresar a Chile, decidí contactar a la marca de los mapas y proponerles que me dejaran representarlos. Ellos, por supuesto, querían ver un proyecto formal, con un equipo sólido detrás. ¿Equipo? ¡Solo estaba yo! Pero eso no me detuvo. Hice una presentación en la que mi hermana era la gerente comercial, mi prima lideraba las ventas, y algunos amigos ocupaban otros cargos clave.
Así nació Clicker, un emprendimiento que comenzó muy pequeño, vendiendo online desde mi casa. Recuerdo nuestra primera Navidad: vendimos 2.000 dólares y yo saltaba de alegría como si hubiera ganado la lotería. Era solo el comienzo.
Clicker crecía, pero algo faltaba. Sentía que era “una tienda más,” un lugar donde la gente compraba cosas bonitas, pero sin un propósito claro que me llenara. Todo cambió el día que Ignacia compró un reloj. Un día recibimos su pedido, el 2887. Todo fue pickeado, empaquetado y entregado perfecto con un solo “pequeño” problema: no habíamos mandado el mensaje que venía adjunto, el típico “de: / para: / mensaje:”. Llamamos a Ignacia para advertirle de nuestro error, disculparnos y ofrecerle una solución. Estaba furiosa, y su respuesta fue devastadora: “¡me cagaron la vida! ¡no hagan nada!”. Colgó antes de que pudiera decir algo más.
Con el corazón en la garganta, fui a revisar el mensaje que había enviado. Decía:
No te vayas de mi vida. Los problemas son para superarlos. Es de valientes. Nuestro futuro de familia es más importante. Recuerda que no hay tanto tiempo.
Me quedé sin palabras. Ese reloj era más que un regalo cualquiera, el reloj era el mensaje del tiempo, la forma de transmitir sus sentimientos. Fue un momento revelador: me di cuenta de que Clicker no despachaba productos, despachaba emociones. Esas emociones eran lo que hacía que nuestro trabajo fuera importante y tuviera sentido.
A partir de ese día, todo cambió. Redefinimos nuestra visión y propósito: “Conectar a las personas a través de los regalos”. Era un propósito sencillo, pero poderoso. Ya no éramos una tienda más. Nos convertimos en la primera tienda 100% especializada en regalos de Chile, y cada decisión giraba en torno a ese propósito. Se transformó en la cultura de la empresa, todo giraba en torno a que las personas sacaran una sonrisa, un perdón, una lágrima a sus seres queridos, con regalos que fueran pensados y un mensaje que llenara el corazón.
Los años siguientes fueron un torbellino de crecimiento. Abrimos tiendas físicas, llegamos a tener tres locales, contratamos un equipo de veintidós personas, y logramos ventas de más de un millón de dólares anuales. La comunidad de clientes y seguidores creció junto con nosotros, y cada día me levantaba con una energía indescriptible. Pese a los problemas que existían como en todo emprendimiento, estaba convencida de mi negocio y propósito. Me llenaba el alma disfrutar así mi trabajo; ese propósito me hacía levantarme todas las mañanas con unas ganas que realmente eran un gran privilegio.
Siempre pensé que el propósito de una empresa debía ser grandioso: salvar el planeta, terminar con la pobreza o mejorar la educación. Pero descubrí que un propósito no tiene que cambiar el mundo entero para ser válido. Si logras impactar una sola vida, ya valió la pena. Y eso era lo que hacíamos en Clicker: ayudábamos a las personas a expresar amor, gratitud, perdón o celebración a través de un regalo, y no un regalo cualquiera, debía ser “el regalo perfecto” con su envoltorio perfecto, el mensaje perfecto y el despacho perfecto.
Como todo en la vida, lo bueno también tiene sus desafíos. Clicker, ese proyecto al que dediqué nueve años de mi vida, que había crecido con tanto amor y esfuerzo, finalmente quebró en 2023. Las razones fueron varias: circunstancias del mercado que no pude controlar, errores que cometí al no tomar decisiones clave a tiempo y un crecimiento desmedido que, aunque emocionante, terminó por sobrepasarnos. No fue algo que sucedió de la noche a la mañana, pero cuando llegó, me golpeó con la fuerza de un huracán. Cierro los ojos y puedo revivir ese momento. Nueve años dándolo todo: mi energía, mi tiempo, incluso sacrificando momentos con mi familia. Y de repente, todo llegaba a su fin. Ha sido uno de los golpes más duros que he enfrentado en mi vida.
Estuve al borde de perder mi casa. Ese hogar por el que trabajé tanto, el lugar donde mis hijos se sienten seguros. Ver desaparecer todos los ahorros de una década, todo lo que juntamos en bienes y recursos personales para tratar de salvar Clicker y pagar los sueldos de los últimos meses. Hice todo lo que pude, y aun así no fue suficiente.
Quedé marcada por una deuda gigantesca, una sombra que me perseguía todos los días. Recibía llamadas constantes de proveedores preocupados por sus pagos, personas que tenían toda la razón del mundo para exigirme respuestas. Pero yo no las tenía. No había de dónde sacar un peso más. Y ese, para mí, fue el aspecto más devastador: sentir que estaba fallándole a todos, a mi equipo, a mis clientes, a mi familia. Sentía que los había defraudado.
Una vez que se procesó la quiebra quedé en la lista negra de todo el sistema financiero, bloquearon mis tarjetas bancarias y hasta el día de hoy —que estoy escribiendo estas páginas— no puedo sacar una cuenta corriente en ningún banco.
De un día para otro, todo era incertidumbre. No sabía cómo iba a ser mi futuro ni el de mi familia. Mi marido y yo pasábamos noches enteras tratando de descifrar cómo íbamos a pagar el colegio de nuestros hijos, las cuentas básicas o, peor aún, cómo íbamos a devolver el dinero que nos habían prestado familiares cercanos con las mejores intenciones. No puedo describir con palabras la presión que sentía.
Pero más allá de las cifras y los balances, lo más duro fue enfrentar el sentimiento de derrota, de vergüenza, de culpa; la dura aceptación de que, a pesar de todos mis esfuerzos y mis ganas, simplemente no pude lograrlo. Esa pesada carga que me hacía preguntarme, una y otra vez: “¿Qué hice mal? ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué más pude haber hecho?”.
Fue un golpe directo a mi identidad, a mi autoestima. Por mucho tiempo no pude mirarme al espejo sin sentir que había fallado, no solo como emprendedora, sino como madre, como esposa, como persona. Había perdido algo más que un negocio: había perdido una parte de mí misma. Pero, como descubriría más adelante, a veces es necesario tocar fondo para redescubrir quién eres y qué te mueve de verdad.
Intenté salvar Clicker con todas mis fuerzas. Mi cuñado y un amigo confiaron en el negocio, ayudándome a reestructurarlo. Hicimos ajustes dolorosos: despedimos personas, cerramos tiendas, recortamos gastos. Los números mejoraron, pero faltaba capital. Necesitábamos doscientos mil dólares en un plazo de tres meses y mi empresa podría sobrevivir. La cifra parecía alcanzable. Pero marzo llegó y solo había reunido un tercio de esa cantidad.
Con cada día que pasaba, sentía la presión acumulándose en mi pecho. Me aferraba a cualquier señal de esperanza, a cualquier posible “sí” de algún socio o inversor. Pero las semanas se convirtieron en meses, y llegó un punto en el que me enfrenté a la verdad: había agotado todas las opciones.
Decidí gastar lo último que tenía para mantenernos a flote unos meses más. No era solo cuestión de salvar el negocio, sino de cumplir con los pagos que aún tenía pendientes, de asegurar que el equipo que me había acompañado durante años no se quedara sin su sueldo. Fueron decisiones desesperadas, manotazos de ahogado que, aunque necesarios, solo prolongaban lo inevitable.
Finalmente, llegó esa noche junto a mi cuñado, un amigo y mi marido. Yo intentaba explicarles, casi con ansiedad, todo lo que había hecho: cómo me había reunido con inversores, cómo había recortado costos, cómo todavía había una mínima posibilidad de salvar el negocio. Pero sus miradas me decían lo que yo ya sabía en el fondo de mi corazón: “Mane, hay que dejar de nadar”.
Esas palabras me atravesaron como una daga. Mi mente se resistía a aceptarlo. ¿Cómo iba a rendirme después de todo lo que había luchado? ¿Cómo iba a soltar algo que me había definido durante los últimos nueve años? Mi cuerpo temblaba, mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no podía negar la verdad: habían llegado al límite. Yo había llegado al límite.
Pero qué difícil es tomar la decisión de hundirse. Soltar no se siente como una opción; se siente como fracaso, como rendirse, como admitir que no fuiste lo suficientemente fuerte. Lloré mucho esa noche, y las noches siguientes. Siempre trataba de que mis hijos no me vieran en ese estado, porque, a pesar de todo, quería protegerlos de mi dolor. Pero por dentro sentía que me estaba desmoronando.
El miedo se apoderó de mí. Miedo al futuro, miedo a lo desconocido, miedo a cómo íbamos a salir adelante. Sentía vergüenza, una vergüenza que me quemaba por dentro. Vergüenza de no haber podido salvar el negocio, de no haber logrado todo lo que prometí. Y culpa, una culpa insoportable. Culpa por haber fallado a mi equipo, a mis clientes, a mi familia.
Esa fue la parte más difícil: aceptar que, a pesar de todo, no lo había logrado. No importa cuánto lo intentes, cuánta pasión le pongas, a veces la vida simplemente no resulta como la planeaste. Pero aceptar eso fue un proceso que me tomó tiempo, lágrimas y un trabajo interno que no había imaginado que tendría que hacer.
Pasaba mis días en un loop de emociones confusas: tristeza, culpa, cansancio y, por supuesto, miedo. Mi refugio eran juegos de puzzle del celular y las redes sociales que me hacían parar la cabeza rumiante, y aunque no me hacían sentir mejor, me permitían desconectarme de la realidad, incluso si eso significaba llenar mi cabeza de noticias catastróficas, imágenes de vidas perfectas y momentos felices que sentía tan lejanos a mi propia realidad. Mi dedo deslizaba la pantalla de Instagram sin rumbo, como si buscara algo que no sabía definir. Y ahí, en medio de ese eterno scroll, apareció un estudio que llamó mi atención: el Harvard Study of Adult Development. Recuerdo detenerme a leer la descripción, algo poco común en ese estado casi hipnótico en el que me encontraba. Es el estudio más largo que existe sobre la felicidad humana, un proyecto que ha seguido la vida de generaciones de familias —más de setecientas cincuenta personas— durante ochenta años. Lo que más me impresionó fue su propósito, responder la pregunta más importante de todas: ¿Qué nos hace felices? Leí con curiosidad y, al mismo tiempo, con escepticismo. La respuesta que encontré fue tan simple como contundente: las buenas relaciones. No importa el nivel socioeconómico, la edad o el lugar en el que vivas; las personas más conectadas con su familia, amigos y comunidad son más felices y están físicamente más sanas que aquellas que carecen de estas conexiones.
Esa conclusión resonó profundamente en mí, como si hubiera sido escrita para recordarme algo que había olvidado. Me vino a la mente el propósito de Clicker, el que me había levantado durante nueve años: conectar a las personas a través de los regalos. Recordé las emociones que transmitíamos con cada pedido, los mensajes de amor, gratitud y reconciliación que ayudábamos a expresar. De repente, comprendí que, aunque mi negocio había desaparecido, mi propósito no lo había hecho.
Fue un momento revelador, uno de esos instantes en los que el engranaje de la vida parece encajar perfectamente. Respiré profundo, por primera vez en semanas. Entendí que no podía abandonar mi propósito, incluso si el medio ya no era Clicker. En un mundo lleno de soledad y desconexión, tenía que seguir ayudando a las personas a reconectar, a construir esos vínculos que, según la ciencia, son la clave de una vida plena.
Esa noche me miré al espejo y me hice una pregunta: “Mane, ¿qué hacemos ahora?”. Podía seguir llorando y lamentándome por lo que había perdido, o podía exprimir hasta la última gota de sabiduría de esta experiencia. Decidí aprender. Empecé por documentar todo. Lo que había hecho bien, lo que había hecho mal, los errores que no quería volver a cometer y las lecciones que podían servir a otros emprendedores. Cada reflexión era un paso hacia adelante, una pequeña victoria en medio del caos.
Fue entonces cuando mi curiosidad por el estudio de Harvard se transformó en algo más profundo. Quise entender qué nos hace felices, y también cómo lograrlo. Comencé a leer compulsivamente, a sumergirme en la ciencia de la felicidad como si mi vida dependiera de ello, porque, en cierto sentido, así era.
Me di cuenta de que esta no era una guía de autoayuda llena de frases vacías, sino una ciencia tan rigurosa como cualquier otra, con estudios, evidencia y conclusiones que podían cambiar vidas. Y no pude evitar pensar en Aristóteles, quien hace más de dos mil años dijo que la felicidad es el fin último y el bien supremo del ser humano. Todo comenzaba a tener sentido.
No paré más. Hice cursos, devoré libros, me sumergí en los trabajos de los grandes exponentes de la felicidad. Nunca más compré algo que no fuera un libro que pudiera ayudarme a entender este tema. Cada página que leía me abría un poco más la mente y el corazón. Poco a poco, comencé a aplicar lo que aprendía.
No fue fácil. Cambiar mis creencias y reconfigurar mi mente fue un trabajo duro, lleno de momentos en los que casi me rendía. Pero mientras avanzaba, sentía cómo mi vida cambiaba. Empecé a encontrar gratitud en lo que tenía, en vez de lamentarme por lo que había perdido. Redescubrí la importancia de las relaciones, no solo con los demás, sino conmigo misma.
Fue la ciencia de la felicidad la que realmente me sacó del hoyo. En solo un año, me sentí transformada. No digo que todo sea perfecto ahora, pero puedo decir con certeza que soy más feliz que antes de quebrar. Más agradecida, más consciente, más conectada con lo que realmente importa.
Esto no es una fórmula mágica, porque no existe. Cambiar no es fácil, y salir del fondo requiere esfuerzo, paciencia y compromiso. Pero lo que sí puedo decirte, desde mi experiencia personal, es que lo que leerás en este libro funciona y la ciencia lo avala. No promete ni pretende eliminar tus problemas (porque la vida es con problemas y son necesarios para tener una buena vida), pero sí te ayudará a enfrentarlos con una perspectiva diferente. Aplicar lo que aprendí con la ciencia de la felicidad me permitió viajar más ligera de equipaje, encontrar significado en los momentos difíciles y disfrutar más profundamente los momentos buenos.
¿Te hará la persona más feliz del mundo? Probablemente no. Pero sí te hará un poco más feliz de lo que eres hoy. Y créeme, a veces, eso es todo lo que necesitamos para transformar nuestra vida.
En el estudio de la ciencia de la felicidad el término “bienestar” se utiliza de igual forma que “felicidad” por lo que durante el libro te encontrarás con ambos términos escritos indistintamente.
Desmontando mitos
Vivimos en una sociedad que nos dice, una y otra vez, dónde debemos buscar la felicidad. “Sé exitoso”, “compra eso”, “alcanza esto”, “sé perfecto”. Estos mensajes se nos graban desde pequeños, reforzados por la publicidad, redes sociales, incluso por las personas que más nos quieren. Parece que todos estamos persiguiendo el mismo sueño: una vida ideal, llena de logros, cosas materiales y reconocimiento. Pero ¿qué pasa cuando llegamos ahí y seguimos con la sensación de vacío?
Uno de los mayores desafíos para vivir la felicidad es que muchas de las ideas que hemos adoptado sobre lo que nos hará felices son incorrectas. Estas creencias —repetidas hasta el cansancio por quienes nos rodean, reforzadas por nuestras familias, modelos a seguir y los mensajes constantes de la cultura y la sociedad— se han convertido en verdades incuestionables. Parecen tan obvias y convincentes que rara vez las ponemos en duda.
Lo cierto es que muchas de las formas en que buscamos felicidad están equivocadas. Nos enfocamos en cosas que nos prometen satisfacción instantánea, pero no nos ofrecen bienestar duradero, y el gran problema es que estas falsas promesas de felicidad nos mantienen en un estado de búsqueda constante, persiguiendo metas y deseos que, cuando alcanzamos, no nos satisfacen como esperábamos.
