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El primer libro editado por Panenka habla sobre África y su fútbol, intentando iluminar el relato desbordante, feroz y profundo de un continente demasiadas veces eclipsado. El balón es un reflejo de las pulsiones que lo recorren, y traza un sendero a través del cual acercarse a sus gentes, a sus historias y a sus anhelos. La política, la guerra o la religión se entrelazan con el cuero en cada ciudad, en cada estadio y en cada página. Alberto Edjogo-Owono, internacional con Guinea Ecuatorial, debuta en el mundo literario tratando de descubrir de dónde saca las fuerzas esta tierra indomable para levantarse después de que se lo quitaran todo.
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Seitenzahl: 355
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Alberto Edjogo-Owono Montalbán
(Sabadell, 1984) es un exfutbolista que desarrolló su carrera en clubes como el Sabadell, el Sant Andreu o el Olímpic de Xàtiva. Tras colgar las botas en 2014 comenzó a contar el fútbol y lo que trasciende de él desde fuera del césped, como comentarista de televisión y analista en distintas publicaciones. 16 años después de su primer partido con Guinea Ecuatorial, el país en el que nació su padre, vuelve a debutar, esta vez en el mundo literario, con Indomable.
Primera edición: Octubre de 2019
Segunda edición: Noviembre de 2020
© Indomable, 2019
© Alberto Edjogo-Owono
© Prólogo: Frédéric Kanouté
© Ilustración de portada: Joan Negrescolor
Diseño y maquetación: Anna Blanco
© Grupo Editorial Belgrado 76, S.L.
C/Grassot 89, bajos
08025 Barcelona
www.panenka.org
ISBN: 978-84-120735-4-6
Producción del ePub: booqlab
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento sin el permiso expreso de los titulares del copyright.
A nuestra pequeña
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
1. SUDÁFRICA (I)
Mandela, el agitador de árboles
2. EGIPTO
Ecos de la Primavera Árabe
Mi primera experiencia en África
3. ZAMBIA
El fútbol africano tiene memoria
4. MALI
Seydou Keita por la paz
5. NIGERIA
Las ‘Súper Águilas’ vuelan alto
6. TOGO
Sangre y petróleo
La alegría del pueblo
7. CAMERÚN
El instinto del león
8. ARGELIA
¿Fútbol o religión?
9. SUDÁN DEL SUR
El hijo menor de la familia
10. COSTA DE MARFIL
Más goles y menos armas
Una pesadilla en Lagos
11. R.D. DEL CONGO
El balón como propaganda del régimen
12. GUINEA ECUATORIAL
Fútbol, ébola y helicópteros
13. SUDÁFRICA (II)
Senzo Meyiwa, el héroe caído
14. SENEGAL
Un círculo que no se cierra
Odisea en Madagascar
EPÍLOGO
Las raíces africanas del éxito
He nacido y he crecido en Francia, a las afueras de Lyon. Desde pequeño, mi padre me inculcó la cultura africana a través de sus costumbres. Yo siempre mostré interés por saber más acerca de mis raíces en Mali. De hecho, la primera vez que pisé mi territorio de origen fue a los nueve años. Desde entonces, mi contacto con el continente siempre ha estado muy presente en mi vida.
En 2004, mi carrera estaba en un buen momento. Jugaba en la Premier League y formaba parte de una preselección de 30 jugadores que manejaba la federación francesa. Aun así, el sentimiento de pertenencia que tengo con el país de mi familia siempre ha sido muy fuerte, y por eso decidí aceptar la llamada de la selección de Mali para disputar la Copa de África de esa misma temporada. Después de un par de amistosos en Argelia y Marruecos, disputamos el torneo en Túnez y llegamos a semifinales. Fui el máximo goleador de aquel campeonato, así que mi nueva andadura como internacional había empezado de la mejor manera posible.
Sin embargo, después de ese primer gran éxito, entré en un periodo delicado. Aún no había disputado ni un solo partido en Mali, pero las expectativas a mi alrededor eran enormes. El país entero esperaba que marcara goles en todos los partidos y eso es muy complicado. Al tener experiencia en grandes equipos europeos, pensé que todo iba a ser mucho más sencillo, pero en África las cosas nunca son fáciles. Vas a jugar como visitante en entornos hostiles, el césped está muy alto, el balón no te llega tan limpio como en Europa, la exigencia física en cada jugada es increíble... No hay encuentros cómodos. Entré en una etapa difícil, como digo, ya que notaba la presión de un país de más de 14 millones de habitantes que esperaba que yo resolviera todos los partidos. Desgraciadamente, caímos en la fase de clasificación para la Copa de África de 2006, y eso levantó enormes críticas hacia mí y hacia el equipo. Fueron dos años muy duros.
Entonces me di cuenta. Eres tú quien se tiene que adaptar a las circunstancias y no al revés. No puedes esperar que todo el entorno se acople a ti, sino que eres tú quien tiene que dar un paso al frente y ser flexible. Así que asumí ese rol de líder y empecé a canalizar toda esa presión ambiental como una responsabilidad positiva, lo que me ayudó a reencontrar mi mejor nivel.
Muchos me han dicho que estoy loco por haber preferido jugar con la selección de Mali antes que con la francesa. No entienden por qué no esperé a la convocatoria de los ‘Bleus’. Estoy muy contento con esa decisión, porque la tomé desde el convencimiento y el respeto al país de mi padre. Fue la mejor manera de intentar compensar un poco a África por todo lo que la han saqueado y expoliado durante muchos años. Desde la época colonial, muchos recursos naturales han salido de estas tierras hacia Europa. Animo a todos los hijos de la colonización a que le devuelvan algo a África. Que ayuden a que se produzca ese camino inverso.
Cuando juegas un partido para una selección africana te das cuenta de que estás en una misión que trasciende a lo puramente deportivo. Desgraciadamente, las perspectivas de futuro y de desarrollo en buena parte del continente no son muy esperanzadoras, y eso hace que mucha gente esté pendiente del fútbol, que se convierte en una válvula de escape, un modo que ha encontrado la población de evadirse de sus problemas cotidianos. Sobre todo me gusta pensar en la juventud, que necesita referentes para motivarse. Por eso los futbolistas tenemos una gran responsabilidad para con los jóvenes.
La expectación ante un choque de una selección nacional se empieza a generar dos o tres meses antes de que el balón empiece a rodar y aumenta a medida que se acerca el gran día. Si el equipo gana, la gente canta, salta y baila sin descanso durante semanas. Pero si pierde, esas mismas personas pueden rebelarse hasta niveles que en ocasiones alcanzan la violencia.
El fútbol en África tiene un impacto total. A pesar de que es el mismo deporte en todos los rincones del mundo, aquí tiene una dimensión diferente. Cada partido está impregnado de una altísima intensidad y de una creatividad aplastante. Cuando saltas al campo, llevas todo el peso de un país a tus espaldas. No solo compites para ganar, compites para hacer feliz a la gente. Y eso, que es algo que he podido vivir, está por encima de cualquier otra cosa. Es mi gran satisfacción.
Frédéric Kanouté quiere dejar un legado en Mali más allá de sus goles con la selección nacional. La Fundación Kanouté se creó precisamente con ese objetivo. Desde esta plataforma solidaria, se trabaja para la construcción de granjas, el apadrinamiento de niños necesitados y el desarrollo de zonas que atraviesan dificultades. El proyecto más ambicioso de la Fundación es la creación de SAKINA: un gran complejo para acoger a niños huérfanos o desvalidos que reciben una oportunidad para desarrollarse.
En África, el fútbol es mucho más que un simple deporte. Las semanas previas a un partido importante, no se habla de otra cosa. Cómo llegan ambos equipos, cuáles son los precedentes más próximos al duelo. Se destaca cómo tal jugador, hijo de una estirpe de cazadores expertos, tiene la capacidad de reproducir en el césped el instinto depredador que su abuelo exhibía en la sabana con una lanza. O cómo tal centrocampista ha incorporado a su juego la pausa y la destreza de sus antepasados, una saga de ebanistas de mucho prestigio. Este tipo de conversaciones, aderezadas siempre con un punto épico y místico, pueden eternizar debates en cualquier rincón del continente.
Los niños que corretean ágiles por los cuadriculados terrenos de arena que se extienden en los límites de Luanda sueñan con escribir historias de gloria del fútbol angoleño como lo hizo Fabrice Akwa, que llevó a las ‘Palancas Negras’ a la Copa del Mundo de 2006 a fuerza de goles. En Abiyán, ciudad costamarfileña que aún se lame las heridas de una cruda guerra civil, se están plantando las semillas para que florezca el nuevo Drogba. A las afueras de Túnez, huyendo del tráfico infernal y del ruido ensordecedor de los coches que se amontonan en las carreteras, los aspirantes ponen todo su empeño en depurar su técnica para parecerse algún día al ilusionista Youssef Msakni. La sangre en las rodillas y el polvo en la camiseta son las medallas que coleccionan los pequeños porteros por detener un penalti entre dos árboles en Lusaka, intentando recrear las grandes paradas del arquero zambiano Kennedy Mweene. El fútbol permite soñar despiertos a millones de niños y niñas en África, y ese es motivo suficiente para abandonar por un rato Occidente y dirigir la mirada a un continente excepcional.
En cualquier país africano, si juega la selección nacional o el club de la región, todo se paraliza. Durante 90 minutos de pasión y disfrute, se olvidan los problemas territoriales, las injusticias del pasado, los abusos coloniales, las luchas internas entre vecinos, los enfrentamientos tribales e, incluso, los tiempos mejores que están por llegar. Solo interesa lo que ocurre en el terreno de juego, ese oasis rectangular de césped seco y alto. El gol se convierte en el refugio de los atormentados. Los futbolistas lo sienten en sus carnes cuando saborean el ambiente que se respira en uno de esos partidos. Y es por eso que ellos, ya identificados como ídolos, hacen grandes esfuerzos por estar ahí, donde sus raíces les reclaman.
Para comprender mejor el presente del continente sobre el que trata este libro es imprescindible trasladarse al centro de Europa un invierno de finales del siglo XIX. En 1884, con el objetivo de ocupar su territorio y poder de esta manera explotar sus materias primas y controlar sus puntos estratégicos, las grandes potencias europeas decidieron repartirse África a su antojo. En la Conferencia de Berlín, unos cuantos dirigentes que vivían en el norte del planeta adquirieron unilateralmente el derecho a decidir sobre un montón de gente que vivía en el sur. Ningún Estado africano estaba representado en aquellas reuniones. La conclusión fue bien clara: cualquier nación occidental que tuviera presencia efectiva en un territorio africano, podía acceder a la soberanía de dicha superficie. Y así fue como se dibujaron unas nuevas fronteras, trazadas con escuadra y cartabón, que cortaron por la mitad pueblos, etnias y familias sin pedir su consentimiento.
Toda la costa mediterránea de África se la repartieron el Reino Unido y Francia. En la parte más oriental, alemanes y británicos se hicieron con el litoral de arriba abajo, aunque ofrecieron algunas parcelas a los italianos. En la parte occidental, bañada por el Atlántico, belgas y, cómo no, franceses y británicos llegaron a controlar la mayoría de puertas de entrada desde el continente americano, dejando algo para portugueses y españoles. España, precisamente, reafirmó su soberanía sobre Guinea Ecuatorial, denominada así por su ubicación en el golfo de Guinea y a la altura del ecuador. En el interior de esa nación que hoy es una pequeña república, en el poblado de Niefang, para ser más exactos, nació mi padre. Y gracias a esa ascendencia, tuve la posibilidad de jugar partidos internacionales con la selección de mi país de origen. Un manantial inagotable de vivencias que han forjado parte de mi carácter y de mis ideales.
En uno de los viajes que hice con la selección de Guinea Ecuatorial, en 2005, inmersos en la Copa CEMAC de Gabón (torneo que disputan los seis países que comparten mercado común en África Central: Guinea Ecuatorial, Camerún, Chad, República Centroafricana, República Democrática del Congo y Gabón), tuve la oportunidad de entender parte de la idiosincrasia del pueblo africano. Para viajar a aquel torneo tuve que pedir permiso al Sabadell, mi club por aquel entonces, puesto que iba a ausentarme durante una semana de la competición, pero no me pusieron ningún problema. El torneo CEMAC se divide en dos grupos de tres equipos formados por futbolistas que juegan en sus ligas locales y tres futbolistas sub-23 que pueden proceder de una liga extranjera. La duración del campeonato no debe demorarse más de siete días, que se quedan en cuatro si tu conjunto no accede a la final.
Nada más llegar a Libreville, una noticia nos sacudió: el presidente de la República de Togo, Gnassingbé Eyadéma, acababa de morir por un paro cardíaco. Se decretaron cuatro días de luto general en toda África Occidental, algo que retrasó el inicio del certamen. Cuatro días vacíos sin nada que hacer en la capital gabonesa. Como no había instalaciones abiertas para poder entrenar, tuvimos que buscar espacios al aire libre para ejercitarnos. Una mañana, cogimos un saco de balones y unos cuantos conos para preparar una sesión. Encontramos un palacio cuya extensión sobrepasaba los límites de la vista, una mansión extraordinaria que recorría un largo territorio hasta perderse en el horizonte. Una pradera de césped verde y frondoso con animales paseando libremente, coronada con una gran casa de belleza exuberante. Aprovechamos una de las esquinas de césped a las puertas de aquella gran finca para trotar un poco, hacer unos ejercicios de cambio de ritmo y retomar el contacto con el cuero de manera suave, sin grandes despliegues.
A media sesión, sin embargo, entre circuitos de activación y algunas series de pases básicos, unos hombres uniformados, armados y visiblemente enojados salieron vociferando para echarnos de aquel lugar de malas maneras. Lógicamente, obedecimos sin rechistar. Una vez pasado el sobresalto inicial, y después de preguntar por lo ocurrido, me confirmaron que era la casa del entonces jefe de Estado de Gabón, Omar Bongo. “Ningún líder africano puede permitir que su casa no esté a la altura de la de sus países vecinos. Es una forma de mostrar orgullo por el propio país. Demostrar que no somos inferiores a nadie”, me dijeron.
Entonces lo vi claro. Después de siglos de no poder decidir sobre el rumbo de su propio destino a causa de la colonización, los Estados africanos, una vez ya autónomos, buscan constantemente motivos para reivindicarse. Muchas generaciones han vivido bajo el poder del hombre occidental que, con el pretexto de la evangelización, sometió al autóctono en su propia casa y lo rebajó al papel de criado. El irrefrenable movimiento de liberación de finales de la década de 1950, no obstante, desencadenó una cascada de declaraciones de independencia por todo el continente. Esos anhelos de libertad encontraron en el fútbol un gran escenario en el que poder dar rienda suelta, por fin, a ese espíritu indomable.
‘El árbol que se dobla, no se partepor muy fuerte que sople el viento’
La Segunda Guerra Mundial supuso un antes y un después en el devenir de nuestro mundo. No hace falta ser doctor en Historia ni en Geopolítica para lanzar alegremente esta afirmación, pero sí que es necesario poner la lupa para ver las consecuencias colaterales de un enfrentamiento bélico que se llevó por delante la vida de 70 millones de personas.
Después de la resolución de un conflicto que hizo replantearse la ocupación europea en territorio africano, las potencias occidentales utilizaron cada vez con mayor esmero el fútbol como elemento ‘socializador’ en sus colonias, algo que en muchas ocasiones ejercía el efecto contrario: se convertía en un elemento para segregar racialmente a los ciudadanos. En grandes países como Camerún o Etiopía, la población local veía que se formaban competiciones donde solo participaban equipos compuestos por jugadores de raza blanca. Un agravio inaceptable que los nativos fueron subsanando a golpe de esfuerzo y rebeldía contra lo establecido. La creciente separación entre nativos y colonizadores, unida a las dificultades de las fuerzas europeas para rearmar sus ejércitos después de las bajas sufridas durante la Segunda Guerra Mundial, hicieron que el dominio colonial se fuera erosionando poco a poco. Algo que los africanos tardarían al menos una década en detectar.
Esa diferenciación entorpecía gravemente el crecimiento del fútbol en un continente apasionado por el balompié. Las dificultades de acceso a los torneos por parte de la población autóctona ponían freno a una pasión que se adivinaba imparable, aunque las circunstancias no permitieran su evolución. Era imposible organizar nada que tuviera cierto sentido porque, en el momento que se requería la participación de los oriundos, cualquier plan de coordinación se veía disuelto al instante.
En el norte del continente, aun así, las cosas eran diferentes. Más entregados a la idea de la organización como eje central del desarrollo, y con autonomía para llevar a cabo estrategias de crecimiento sostenido, en la zona más septentrional se creó, en la década de 1950, la Copa Regional del Norte de África. Un torneo que aglutinaba a los clubes de Marruecos, Orán, Túnez y Argelia. Un proyecto que se fraguó con la intención de globalizar el deporte más allá de las propias fronteras y que supuso todo un éxito. Una idea revolucionaria que, lejos de separar, tenía la intención de difuminar las barreras en pos del crecimiento y la diversidad alrededor del balón. Seducida por esta propuesta, la FIFA propuso una plaza para las colonias africanas en su Comité Ejecutivo, y otorgó la esperanza de una mayor repercusión mundial al pueblo africano. Una idea con un fondo muy bueno, pero de difícil ejecución debido a la falta de voz que los africanos tenían en su propio territorio. Si no mandas en tu propia casa, difícilmente lo harás fuera.
En 1957, cuando los africanos detectaron la debilidad occidental después de la Segunda Guerra Mundial, en plena efervescencia descolonizadora y panafricanista amplificada por los discursos que clamaban por la soberanía local del ideólogo ghanés Kwame Nkrumah, se llevó a cabo una reunión en Jartum (Sudán) que resultaría decisiva. Sudán, Egipto, Etiopía y Sudáfrica, todas ellas libres de la colonización occidental en ese momento, fundaron la Confederación Africana de Fútbol (CAF). Un acto de unidad que sirvió de inspiración y refuerzo a muchos políticos que reclamaban el fin de las colonias. De hecho, la CAF fue la primera institución que agrupó a varios países africanos con un objetivo común. La primera entidad panafricanista que pretendía usar el fútbol como herramienta de cohesión social. El balón empezaba a insinuar su importancia en el desarrollo de acontecimientos cruciales para los territorios africanos. Si el primer organismo puramente panafricanista giraba alrededor de él, ¿cómo no iba a influir el fútbol en el devenir del continente?
Esta trascendental reunión no solo sentó las bases de una futura confederación de fútbol, sino que propuso la creación del máximo torneo continental, con la esperanza de que, con la descolonización de los territorios, más selecciones ya soberanas se unieran a la competición. ‘Para que un árbol crezca recto, debe enderezarse desde su nacimiento’. Bajo esta premisa, se constituyó la CAF y se empezó a trabajar en la organización de la primera edición de la Copa de África de Naciones (CAN). Se trataba de un momento crucial para el crecimiento del continente, la semilla del árbol del fútbol africano.
Las negociaciones avanzaban a buen ritmo. Había consenso en la mayoría de puntos importantes. Sudán, Etiopía, Egipto y Sudáfrica se preparaban para participar en la primera Copa de África de la historia. Parecía que todo estaba bien atado hasta que Fred Fell, el representante sudafricano, se vio obligado a plantear sus objeciones. A mediados del siglo XX, en Sudáfrica había cuatro federaciones de fútbol distintas: la federación de blancos, la federación de indostanos, la federación bantú y la federación de negros. Los clubes del país no podían mezclarse en un momento en el que, amparados en la Ley de Segregación Racial aprobada en 1950 después de unas elecciones donde el Partido Nacionalista y el Partido Afrikáner (colonos holandeses) se llevaron el triunfo, la discriminación por cuestión de raza era algo que se asumía con normalidad. Esta circunstancia permitía a los ciudadanos de raza blanca (un 20% de la población) dominar todo el país.
Daniel Malan, elegido primer ministro de Sudáfrica en las elecciones de 1948, se encargó de que la segregación racial se instaurara en todos los ámbitos de la vida cotidiana de los ciudadanos sudafricanos: en las playas, en los bares, en el transporte público, en los hospitales, en los colegios. Bajo la premisa de que permitía un mejor crecimiento y desarrollo de cada sector de la población, quedaba terminantemente prohibido el matrimonio entre personas de distintas razas y las relaciones sexuales interraciales eran fuertemente castigadas. El apartheid, que significa ‘la condición de estar separados’ en idioma afrikáans, ya había impregnado la mentalidad de toda la nación. Y ante esta tesitura, Fell propuso algo que enfureció al Comité Ejecutivo de la CAF: Sudáfrica estaba en disposición de presentar un equipo siempre y cuando no hubiera mezcla racial. Es decir: Sudáfrica solo estaba en disposición de presentar un equipo que estuviera compuesto por negros, por blancos, por mestizos o por indostanos.
Lógicamente, no se aceptó la propuesta y el país fue inmediatamente expulsado del Comité y, por elevación, vetado por la FIFA hasta que no se instaurara un régimen igualitario en su territorio. Entre la alegría de algo ilusionante que emergía con fuerza y la tristeza de ver cómo el Gobierno de una gran nación seguía humillando a la población autóctona, se disputó la primera Copa de África de la historia. La única manera de denunciar la segregación racial en Sudáfrica y dejar en evidencia unas prácticas absolutamente deleznables era continuar con la idea de asentar unas buenas bases para la construcción de la fiesta del fútbol continental. En Sudán, Egipto se llevó el triunfo, demostrando que los ‘Faraones’ eran el mejor equipo del continente. Dos años después, en El Cairo, volverían a levantar el título, pero en esta ocasión bajo el nombre de República Árabe Unida.
Poco a poco, con el arranque de la década de 1960, las declaraciones de independencia iban cayendo una tras otra. Un efecto dominó que los colonizadores occidentales no pudieron detener. En 1963, Ghana, ya independizada de los británicos, levantó su primera Copa de África. El presidente del país y padre del movimiento panafricanista, Kwame Nkrumah, sacaba pecho ante el éxito de sus chicos, las ‘Estrellas Negras’, y ensalzaba el poder del pueblo africano cuando luchaba unido por unos ideales comunes. Hasta tal punto llegó su convencimiento que lanzó una campaña de rebelión contra la FIFA de cara a la Copa del Mundo de 1966. Consiguió convencer a todos de que una sola plaza para compartir entre África y Asia era un desprecio más que el pueblo africano ya no debía permitir. Un boicot que retiró a las selecciones africanas de la fase de clasificación. Todo un continente luchando por sus derechos en un acto de rebelión que se había cocinado a fuego lento durante mucho tiempo; demasiado. Ante la falta de representantes, el pueblo africano se unió alrededor de la figura de Eusébio, un mozambiqueño que acabó defendiendo el escudo de Portugal y se elevó como máximo goleador y mejor futbolista del campeonato. Una muestra más del nivel estratégico de Nkrumah, que consiguió fortalecer la unidad africana en un acto de reivindicación.
Por su parte, Sudáfrica seguía inhabilitada por la FIFA para disputar competiciones internacionales. Pero mientras la segregación racial y el desprecio a la población negra, mestiza e indostana ya se habían interiorizado como algo natural en la cultura del país, desde la penumbra, un hombre soñaba con darle a sus compatriotas un futuro más justo. Activista por la causa contra el apartheid, Nelson Mandela abrazó el movimiento anticolonialista cuando cursaba la carrera de Derecho en Johannesburgo. Tras la victoria del Partido Nacionalista, con la inestimable ayuda de los Afrikáners, Mandela se convirtió en un incordio constante contra el régimen establecido. Nombrado presidente regional del Congreso Nacional en la provincia de Transvaal, la región económicamente más potente de Sudáfrica, empezó su carrera política con el claro objetivo de derribar las barreras raciales del país. Paralelamente, mientras se iba empapando de los textos de Marx, Mao o Engels, lideraba ‘la campaña del desafío’: un choque frontal contra las ideas de segregación racial basado en la resistencia no violenta heredada de Gandhi. Un desafío que le saldría muy caro.
En 1964, ante la agitación masiva que estaba provocando, Nelson Mandela fue arrestado y encarcelado por alta traición nacional. En su celda de cuatro metros cuadrados en la prisión de Robben Island, el preso número 46.664 permaneció recluido durante 18 años, alternando horas a la sombra con trabajos forzados picando piedra para extraer gravilla. ‘Madiba’ siempre fue un gran aficionado al fútbol. De hecho, desde su celda de aislamiento debía conformarse con mirar, entre las rejas de su ventana, al patio, donde algunos reclusos tenían el privilegio de jugar partidos entre ellos. Nelson no estaba autorizado a hacerlo. En 1988, un ataque de tuberculosis agravado por la calamitosa condición del húmedo habitáculo permitió que trasladaran al preso más amado del país a una prisión con mayores comodidades.
Despojado de la libertad, Mandela encontraba sosiego en la paz interior. Como si de una metáfora se tratara, los barrotes de su celda simbolizaban la falta de libertades de un pueblo que se ahogaba lentamente en un pozo de racismo. Tanto tiempo enjaulado, lejos de alimentar su odio, consiguió enderezar su idea de la resistencia pacífica. “No se puede combatir al enemigo con sus mismas armas”, solía reflexionar.
Uno de sus poemas favoritos le sirvió para mantenerse fuerte mientras estuvo preso. Una reflexión fantástica que arroja grandes lecciones sobre la resistencia ante la adversidad, la libertad de espíritu, la pureza del alma, la rectitud en el comportamiento y la actitud constructiva sin importar la gravedad de las circunstancias. Unos versos de William Ernest Henley que recitaban:
En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.
En las garras de las circunstancias
no he gemido, ni llorado.
Ante las puñaladas del azar,
si bien he sangrado, jamás me he postrado.
Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.
No obstante, la amenaza de los años me halla,
y me hallará, sin temor.
Ya no importa cuán recto haya sido el camino,
ni cuántos castigos lleve a la espalda:
Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.
Un poema que se convirtió en un símbolo de la lucha pacífica contra la segregación racial.
La posterior caída del Muro de Berlín, en 1989, removió los cimientos de muchos regímenes alrededor del mundo. Sudáfrica no era ajena a la realidad, y se aprobó la legalización del Congreso Nacional Africano (CNA) fundado en 1912 y con actividad en la sombra por su lucha contra el apartheid. El reconocimiento del CNA fue acompañado de la liberación de Mandela, antes miembro del partido y ahora designado líder principal, en febrero de 1990. Después de 27 años de encarcelamiento, el activista abandonó la prisión vestido de traje y corbata de la mano de su esposa, Winnie, y transmitiendo una serenidad impropia en un hombre que había pasado semejantes calamidades. Cualquier otra persona de 72 años de edad habría abandonado su sueño de ser libre. Cualquiera excepto ‘Madiba’.
En 1964 había sido declarado culpable por delitos de traición y sabotaje a la nación con la cadena perpetua como castigo. Después de casi tres décadas entre rejas, ahora se abría un nuevo horizonte para Mandela. La paciencia le había otorgado una segunda oportunidad que quería agarrar con ambas manos. Más viejo que antaño, pero con la misma voluntad de servicio a la comunidad que siempre había tenido, uno de los mayores líderes de la historia de la humanidad decidió que su momento había llegado.
Ya en las elecciones de 1994, con el primer sufragio de carácter universal en la historia sudafricana, el CNA, con Mandela a la cabeza, alcanzó la mayoría absoluta. Nelson ‘Rolihlahla’ (‘Agitador de la rama del árbol’ en lengua xhosa) Mandela, como si de una premonición se tratase, se convirtió en el azote del apartheid y en el primer presidente del Gobierno de raza negra de Sudáfrica.
Desde su llegada al poder, ‘Madiba’ trabajó para encontrar puntos de encuentro entre una población históricamente enfrentada y violentada por una cultura que anteponía la desigualdad a la unión. El Mundial de rugby que el país albergó en 1995 fue un altavoz que Mandela no desaprovechó. Su buena relación con el capitán de los ‘Springboks’, el flanker de raza blanca François Pienaar, y la manera en que los jugadores ganaron esa gran final a Nueva Zelanda, sirvieron para unir a toda la sociedad y dejar a un lado las desigualdades pasadas: el presidente negro del país y el capitán blanco de la selección nacional de rugby perseguían de la mano un mismo objetivo. Blancos y negros juntos levantando un trofeo. Un mensaje muy potente que caló hondo en la mente de los sudafricanos.
“El deporte es la herramienta más poderosa para unir a los pueblos. Nada tiene tanta fuerza como el deporte”, solía repetir ‘Madiba’. Un año después de organizar el Mundial de rugby, Sudáfrica se preparaba para albergar la Copa de África de fútbol. Todo empezó en 1992, cuando la selección fue habilitada de nuevo para disputar partidos oficiales después de cuatro décadas de bloqueo internacional. En el horizonte del balompié sudafricano estaba la Copa de África de 1996, con sede en Kenia. Sin embargo, los keniatas renunciaron a la organización del evento y Mandela, que acababa de llegar a la presidencia, aprovechó esa circunstancia para presentar una candidatura. La CAF dio el visto bueno. El país iba a disfrutar del máximo campeonato continental de fútbol en casa. Alegría desbordada.
Coincidiendo con su mandato y gracias al fin del apartheid, los ‘Bafana Bafana’ (‘Los chicos, los chicos’, en idioma zulú) estaban listos para demostrarle a su gente que no solo podían ser campeones en rugby. Debutaron en aquel torneo arrollando a los cameruneses. En la primera parte asestaron dos golpes durísimos a los ‘Leones Indomables’. El primero de ellos con un gol de una de las grandes estrellas del equipo, el mítico Philemon Masinga, que recogió un balón largo para lanzar un obús directo a la red. El segundo tanto fue obra de Mark Williams, tras aprovechar una serie de rebotes en el área camerunesa. Lo que acabó de encender el ánimo del enjambre de aficionados que abarrotaba las gradas fue una tercera diana que los locales certificaron gracias a una pared de tacón en la cornisa del área entre Masinga y John Moshoeu, que este último remató con suavidad al fondo de las mallas. Una obra de arte que desató la locura de una afición que desbordaba el Soccer City de Johannesburgo, un mastodonte de cemento construido para albergar a 75.000 espectadores. Fueron avanzando los partidos y el equipo sudafricano, compuesto por una mezcla de futbolistas negros y blancos, se fue haciendo cada vez más fuerte. Una fusión de razas que convivían en armonía y que celebraban éxitos conjuntamente daban la bienvenida a la nueva Sudáfrica.
En la gran final contra Túnez, ante casi 80.000 hinchas enfervorecidos, el partido se empezó a espesar hasta límites difíciles de digerir. Las ‘Águilas de Cartago’ estaban llevando el encuentro a donde más cómodos se sentían: ritmo lento y partido brusco. Clive Baker, el técnico sudafricano, lo detectó e introdujo al delantero Mark Williams para que el nuevo héroe nacional marcara un doblete de goles e hiciera estallar de júbilo al Soccer City. Una victoria deportiva histórica. El triunfo de la nueva Sudáfrica multirracial. La sonrisa de Mandela entre el gentío, limpia y profunda, iba mucho más allá del trofeo conseguido.
El último gran servicio de ‘Madiba’ a su país fue colaborar directamente en la campaña para que África albergara por primera vez una Copa del Mundo de fútbol. En una lucha hasta el final con Alemania, fue finalmente el país germano quien se hizo con la organización del Mundial de 2006. Sin embargo, los esfuerzos de Mandela para demostrar al mundo entero la capacidad de su país para recibir un evento de tal calibre dieron sus frutos. La República de Sudáfrica, libre ya de segregación racial, fue la responsable de organizar el Mundial de 2010. Una alegría global. La sonrisa de todo un continente.
La última aparición pública de Nelson Mandela fue la guinda a una trayectoria ejemplar de alguien que luchó por la igualdad de derechos. Fue en el césped del Soccer City, subido a un carrito de golf, donde recibió una ovación en masa de todos los allí presentes. El reconocimiento a un hombre que tendió puentes de convivencia a través del deporte. Anciano y con serios problemas de salud que le atacaban directamente a los pulmones, Mandela había logrado alcanzar aquello que había planeado desde la cárcel de Robben Island: la igualdad entre las razas y el reconocimiento de la comunidad internacional para borrar finalmente la vergüenza del apartheid. Un legado de paz, armonía y tolerancia.
‘Cuando dos elefantes luchan,la hierba es la que sufre’
Cuando el año 2010 estaba a punto de bajar el telón, los ciudadanos de África del Norte dijeron ‘basta’. Después de la descolonización, lejos de vivir una mejoría en sus libertades individuales, los países norteños estaban gobernados por dictadores militares que llevaban demasiado tiempo en el poder. Muchos de estos presidentes, con el respaldo de un ejército que los protegía y con el apoyo de grandes potencias mundiales con intereses económicos en sus países, llegaron a alcanzar la inmunidad. Creían ser semidioses que estaban por encima del bien y del mal. Cometían actos en contra de su propio pueblo que no tenían consecuencias. Hasta que el pueblo se hartó.
Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante que se ganaba la vida comerciando fruta en distintos mercados de Túnez, encendió la llama de la revolución popular. Un día, sin motivo aparente y sin previo aviso, la policía le confiscó el puesto que regentaba y con él la fuente de ingresos de toda su familia. Sin mediar palabra ni dar explicaciones, las fuerzas del orden decidieron unilateralmente cerrar el negocio de un ciudadano que intentaba ganarse la vida de manera honrada. Cuando Mohamed denunció este hecho a las autoridades, se encontró de frente con la cruda realidad: sus derechos no estaban protegidos. Los policías, en la comisaría, se mofaron de él. Le habían quitado el pan de sus hijos y eso es algo que nadie puede tolerar.
La respuesta de Bouazizi fue contundente: se inmoló el 4 de enero de 2011. Se envolvió en llamas para denunciar la ausencia de derechos y libertades para la gente de a pie. A los 26 años, prefirió morir calcinado que soportar el yugo dictatorial de las élites gubernamentales. Este gesto fue la chispa que encendió los anhelos de una población harta de estar sometida bajo promesas de una vida mejor. Se suele decir que un estómago lleno no admite la revolución, pero cuando falta comida en la mesa la rebelión es solo cuestión de tiempo. Las revueltas ciudadanas se esparcieron por los territorios de África Septentrional con la fluidez de una mancha de aceite y la fuerza de un martillo.
Se había desatado un huracán de consecuencias imprevisibles. La sociedad norteafricana, a diferencia de otras, siempre tuvo ese punto de rebeldía para pelear por lo que es suyo. Los jefes de Estado buscaron el apoyo internacional, principalmente de Francia, para intentar evitar lo que se les venía encima. Pero la complicidad con las grandes potencias occidentales, tan fructífera en momentos de calma, se deshizo ante la imponente reacción de todo un pueblo magullado.
El primero en caer, por cercanía e impacto, fue el presidente tunecino. Ben Ali fue un estudiante ejemplar desde que era un niño. Nació en Susa, a orillas del mar Mediterráneo, en el golfo de Hammameth: una zona paradisíaca de arena fina y aguas cristalinas. Se graduó en Ingeniería Electrónica y, coincidiendo con la independencia de Túnez, a finales de la década de 1950, se enroló en las filas del ejército nacional. Hizo un parón en su servicio patriótico para seguir formándose en Estados Unidos, y dejar claro que sus planes eran más ambiciosos. Y cuando regresó a Túnez, rápidamente se convirtió en una persona de confianza del dictador Habib Burguiba, gracias a su trabajo en materia de seguridad nacional, con una prestación de servicios de contraespionaje impecable. Realizó misiones de Estado en Marruecos y en España que dejaron muy satisfecho al primer dirigente de la Túnez ‘libre’, que después de tres décadas en el poder ya empezaba a estar desgastado. Con el paso de los años, Ben Ali se fue posicionando como un hombre fuerte a la sombra de Burguiba, lo cual le elevó a la presidencia cuando este ya se quedó sin fuerzas para continuar.
Nada más llegar al trono, el flamante presidente disolvió el partido único de su antecesor. Todo el entramado socialista que había tejido Burguiba alrededor de un sistema dictatorial quedó hecho pedazos cuando Ben Ali saboreó por primera vez las mieles del poder. De ideología más neoliberal, seguramente alimentada tras su paso por Estados Unidos, Ben Ali encadenó cinco victorias electorales consecutivas y fue el candidato más apoyado con alrededor del 90% de los votos. Una ficticia aprobación popular en las urnas que chocaba frontalmente contra la erosión de los derechos humanos que los ciudadanos tunecinos sufrían día tras día.
Los observadores internacionales detectaron grandes irregularidades en los comicios y la caída del país en el Índice Universal de los Derechos Humanos elaborado por Naciones Unidas no tenía freno. El aumento del paro después de la última reelección en 2009 hizo que el pueblo tunecino se rebelara rotundamente y Ben Ali tuvo que exiliarse a Arabia Saudí el 14 de enero de 2011. Solo transcurrieron diez días entre la inmolación de Bouazizi y la caída del presidente. Un derrocamiento exprés.
Sus colegas más próximos en el poder se pusieron en guardia, pero el efecto dominó ya era imparable. Libia, encajada geográficamente entre Egipto y Túnez, no iba a ser ajena a esta revuelta ciudadana sin precedentes. Para entender mejor la historia reciente de Libia, es necesario trasladarse a principios del siglo XIX, cuando los italianos, con mucho interés en expandirse territorialmente más allá de sus fronteras y con pocos recursos para hacerlo, se adueñaron del cercano territorio libio en un acto de poderío colonial. Con el paso de los años, dado el poco retorno económico que el país magrebí otorgaba a sus arcas, el extensísimo terreno libio dejó de ser una prioridad para Italia. Algo que se acabó de ratificar cuando estalló la Segunda Guerra Mundial.
Durante el conflicto bélico, las tropas alemanas espoleadas por Hitler en el continente africano, las ‘Afrika Korps’, y las fuerzas exteriores británicas encontraron en Libia un terreno propicio para el enfrentamiento cara a cara. Un lustro después del final de la guerra, ante la dificultad de controlar un país con una extensión que quintuplica la italiana, la ONU decidió otorgar la independencia a Libia, uniéndose así a Egipto (en un modelo de protectorado británico) como segundo país libre del control colonial. Algo que Italia lamentaría amargamente años más tarde.
Muhammad Idris, posteriormente conocido como rey Idris, de origen libio-otomano, aprovechó las discusiones en las altas esferas de la ONU para colocarse en la primera línea para gobernar Libia. Y consiguió su propósito. De ideas claramente occidentales, Idris se pasó más tiempo mirando al exterior que solucionando los problemas internos propios de un pueblo que demandaba a gritos la recuperación de su identidad colectiva. Durante la famosa guerra de los Seis Días (1967), en la que el enfrentamiento entre Israel y el Magreb se recrudeció hasta límites insostenibles, decidió que no era prioritario participar en el conflicto. Y su pueblo no se lo perdonó.
Muamar el Gadafi asestó en 1969 un golpe de Estado que Idris no vio venir. Gadafi siempre fue un hombre excéntrico. De ideología política volátil, el nuevo jefe de Estado empezó su mandato de la mano de los franceses para después abrazar las ideas comunistas soviéticas. Gadafi fue encendiendo fuegos por todas partes: una guerra abierta con sus vecinos sureños de Chad, la participación en el conflicto entre Uganda y Tanzania o un enfrentamiento frontal contra los intentos de las fuerzas occidentales por probar el pastel del petróleo descubierto a finales del siglo XIX en suelo libio. Su aguante frente a los bombardeos estadounidenses en Trípoli lo convirtió en un símbolo de resistencia para muchos de sus compatriotas.
El discurso anticolonialista de Gadafi, además, lo llevó a ser uno de los fundadores de la Unión Africana, y se erigió junto al ghanés Kwame Nkrumah en un pilar maestro del panafricanismo. El ‘Che Guevara africano’, le apodaban algunos. Sin embargo, sus excentricidades, así como la privación de la libertad de expresión en su país y la represión que ejerció sobre las ideas que no se ajustaban a los intereses del régimen, le acabaron forjando una imagen de dictador ególatra y déspota. Ser la nación africana con mayor renta per cápita no le sirvió a Muamar el Gadafi para disipar la ira de un pueblo que arrancó a su líder del trono después de 42 años de mandato.
Bashar Al Assad, en Siria, o Abdullah Saleh, en Yemen, fueron otros de los mandatarios próximos que también se vieron obligados a abandonar el cargo a causa de la presión popular. Todos ellos eran víctimas de la fuerza de un pueblo árabe hermanado por una causa común: la libertad.
Especialmente sangrienta fue la revolución en Egipto, una revuelta popular que empezó a gestarse en el núcleo desde el que se vertebra, El Cairo, la capital del país. Con una masa ya enfurecida desde hacía tiempo por el inmovilismo del Gobierno y con la plaza Tahrir como centro de las operaciones de los insurrectos, la situación se fue tensando. Y había un elemento que se repetía con frecuencia en todas las protestas. Muchos de los manifestantes vestían una camiseta roja con el escudo del águila en el pecho; se trataba de la indumentaria de Al Ahly, el club más exitoso de África, el equipo del pueblo en Egipto.
