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Especial. Lady Genevieve estaba desesperada, tanto que incluso el seductor galés Dylan DeLanyea le pareció la respuesta a sus oraciones. Pero mientras decía sus votos frente a los invitados, sólo podía esperar que su guapo marido la perdonase algún día por engañarlo para casarse. Su esposa le pareció a Dylan una mujer con muchos talentos. De hecho, su inesperado matrimonio con aquella hermosa dama estaba resultando ser muy placentero…
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Seitenzahl: 250
Veröffentlichungsjahr: 2011
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Margaret Wilkins. Todos los derechos reservados.
INOCENCIA Y PERDÓN, Nº 18 - mayo 2011
Título original: The Welshman’s Bride
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9000-328-2
Editor responsable: Luis Pugni
ePub: Publidisa
Gracias a mi familia, por sus réplicas agudas y por su ayuda con la casa.
—¡No seas tonto! —exclamó Dylan DeLanyea con una sonrisa pícara, mientras miraba a su primo.
Con la cabeza apoyada en las manos y los pies cruzados a la altura de los tobillos, Dylan se encontraba tumbado en la cama de la habitación que habían habilitado para su uso mientras visitaba a su tío en el castillo de Craig Fawr.
—Yo no voy en serio y ella lo sabe. Podrías haberte ahorrado muchos problemas y haberte quedado en el salón con tu esposa.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de lo que ella piensa? —preguntó Griffydd, con los brazos cruzados a la altura del pecho—. Si no te conociera bien, pensaría que estabas cortejando a Genevieve Perronet con el matrimonio en mente.
Dylan negó con la cabeza.
—Todo el mundo sabe que no estoy preparado para el matrimonio, además soy demasiado joven.
—Puede que no estés preparado, pero eres mayor que yo —le recordó Griffydd, recientemente casado.
—Que tú hayas encontrado esposa no significa que todo el mundo piense en casarse. Yo sólo disfrutaba con la compañía de la joven.
—Lady Genevieve Perronet ya está prometida.
—¡Pues ya está! —exclamó Dylan triunfante mientras se incorporaba sobre la cama—. Ella no puede creer que hablo en serio.
—No es la primera vez que alguien rompe un compromiso, y según he oído, has estado haciendo algo más que hablar con ella —dijo Griffydd mirando a Dylan con intensidad.
Dylan se sonrojó.
—Unos pocos besos castos no pueden considerarse como un intento de romper el compromiso —respondió, preguntándose si alguna de las sirvientas del castillo lo habría visto con ella y habría empezado a chismorrear.
—Para ti tal vez. Pero a lo mejor Genevieve Perronet piensa de otra forma. Ha llevado una vida muy protegida con lady Katherine.
—Y ahora está libre durante un tiempo. No veo nada de malo en entretenerla.
—Díselo a su prometido. Puede que lord Kirkheathe lo vea de otra forma.
—Bueno, como soy un caballero honorable, jamás me interpondría entre un hombre y su futura esposa —dijo Dylan con convicción genuina.
—Y tú estás siendo honorable, ¿verdad?
—Dios, ¿qué se supone que significa eso?
—¿No estás intentando seducirla?
—Lo he pensado.
—¡Dylan!
—Pero sólo lo he pensado —le aseguró a Griffydd jovialmente—. Es una dama de buena familia y prometida por la que siento un gran respeto. Además está su tío. Normando hasta la médula, y muy ambicioso. No quiero ganarme su enemistad.
—Me alegra que te hayas dado cuenta de eso. Su tío no me parece un hombre compasivo, si los planes para su sobrina se vieran truncados.
—Eso no pasará, aunque debo decir que es un desperdicio casar a alguien tan joven con alguien tan viejo. Kirkheathe debe de tener unos… ¿cuántos? ¿Sesenta?
—Cuarenta.
Dylan se estiró con movimientos ágiles como una pantera.
—Estás dándole demasiada importancia a todo esto, Griffydd.
—Y tú le das poca importancia a sus sentimientos —respondió Griffydd—. El corazón de una mujer no es algo con lo que se pueda jugar.
—Los dos estamos disfrutando del juego, nada más —insistió Dylan—. Y si ella se siente un poco triste cuando se marche de aquí, no le veo nada de malo. Yo también me sentiré triste de verla marchar.
—¿Así que te gusta?
—Por supuesto. ¿Cómo no iba a gustarme? Es joven, es guapa y se ríe cuando hago un chiste —Dylan se inclinó hacia delante—. Es la mujer con el mejor cuerpo que jamás he visto. Y sus besos, aunque castos, eran muy agradables.
—No tienes redención —gruñó Griffydd.
—¡Tonterías! No he hecho nada que requiera una redención.
—¿Le has hablado de tus hijos?
Dylan frunció el ceño.
—No hubo ocasión de mencionarlos. Nos estamos divirtiendo un poco antes de que ella se case con ese anciano caballero, nada más.
—¿Estás absolutamente seguro de que ella comprende que te sientes así?
Dylan no fue capaz de aguantarle la mirada a Griffydd.
—Ya te lo he dicho, ¿verdad? No le he dado razones para creer lo contrario.
—Espero que tengas razón. No me gustaría que nada estropease las celebraciones. Es el momento de Trystan. Ha trabajado muy duro para ser caballero y no quiero que las festividades se vean alteradas porque tú seas incapaz de dejarte los pantalones puestos.
—Anwyl, escúchate. Ya te he dicho que no he hecho nada malo. Y hablando de Trystan, ¿no deberías ir a ver si tu pequeño hermano se ha recuperado de su vigilia y de su nombramiento? Es más de mediodía, y todavía estaba dormido la última vez que lo comprobé. Espero que se encuentre bien para el banquete de esta noche.
Griffydd asintió y se levantó del taburete.
—¿Asistirás al banquete?
—¿Adónde iba a ir si no?
Griffydd arqueó una ceja.
—Tal vez tenga intención de ir a ver a Bertha a la taberna del pueblo, por los viejos tiempos.
Griffydd negó con la cabeza.
—No tienes remedio —murmuró mientras salía por la puerta.
—¡Estaba bromeando! —gritó Dylan antes de que la puerta se cerrara de golpe.
Por un instante, una expresión extrañamente seria cruzó el rostro de Dylan, pero, siendo él, la expresión desapareció y fue reemplazada por una sonrisa feliz.
Se levantó de la cama y comenzó a silbar mientras se dirigía a ver si la hermosa lady Genevieve acudía a la cita en el jardín de su tía.
Genevieve se cubrió con su capa de piel mientras esperaba. Temblaba a pesar de la prenda, pues era una mañana fría de principios de marzo. Algunos remanentes de nieve adornaban el sendero de piedra y las camas de flores.
Se preguntaba si habría hecho bien en ir. Tal vez debería haberse quedado en su habitación, donde su tío creía que estaba.
Debería haber estado absorta en sus oraciones en vez de estar sentada en aquel jardín, esperando a un joven.
Un joven muy guapo y encantador.
La primera vez que había visto a Dylan DeLanyea él estaba de pie en el patio en mitad de un grupo de caballeros. Ellos, guerreros todos, se habían dado la vuelta para mirar a la comitiva de su tío.
Ella había mirado directamente al joven, guapo y de ojos oscuros, cuyo pelo negro le rozaba los hombros. Estaba de pie con los brazos cruzados de manera informal y el peso apoyado en una pierna.
De inmediato, Genevieve había recordado los consejos de lady Katherine con respecto a los jóvenes que sólo tenían una cosa en mente cuando se trataba de mujeres. Y a juzgar por el tono de lady Katherine, esa cosa era algo que una dama no debería desear.
Aquel peligroso objetivo había permanecido siendo un misterio hasta la noche en que las chicas mayores que también estaban bajo la tutela de lady Katherine habían decidido instruir a las más jóvenes. Ciertas partes de aquella fascinante conversación habían regresado de inmediato a la cabeza de Genevieve al intentar apartar la mirada de aquel guapo desconocido con sonrisa diabólica y ojos brillantes. Medio temerosa y medio esperanzada, se había preguntado si el joven se acercaría a ella. No lo hizo, pero más tarde había descubierto que se trataba de Dylan DeLanyea, el sobrino del barón DeLanyea, lord de Craig Fawr.
¿Qué diría su tío si la descubriera allí, en aquel jardín apartado, esperando a Dylan?
No podía ni imaginarse el alcance de su ira. Eran invitados de los DeLanyea. Habían interrumpido su viaje al norte en el castillo del barón y habían asistido al nombramiento como caballero del hijo menor de éste. En cualquier caso, estaba segura de que su tío no dudaría en condenarla públicamente si la creía culpable de un comportamiento vergonzoso.
En cuanto a lo que diría lady Katherine, eso era más fácil de imaginar, pues había vivido los últimos ocho años bajo su techo, aprendiendo las habilidades, los deberes y los modales de la señora de un castillo.
Lady Katherine diría que Dylan DeLanyea, a pesar de sus sonrisas y de sus miradas tiernas, no era de fiar.
Genevieve no lo creía. Dylan era noble y caballeroso, y completamente de fiar.
La había besado, incluso sabiendo que ella estaba prometida. Tres veces. Una en la mejilla y dos en los labios.
Se le aceleró el corazón. Durante el tedioso nombramiento de Trystan DeLanyea, primo y hermano de leche de Dylan, Genevieve se había dado cuenta de que Dylan estaba mirándola… a veces. Y sonreía. Siguió haciéndolo durante el banquete de después.
Y luego llegó el baile. Había creído que se desmayaría cuando Dylan se acercó y le pidió bailar con ella. Cuando le había dado la mano, Genevieve apenas había podido respirar.
Por suerte, gracias a las enseñanzas de lady Katherine, fue capaz de bailar, a pesar de costarle mucho trabajo concentrarse.
Después, Dylan DeLanyea la había acompañado de vuelta con su tío. Luego había regresado y le había suplicado que bailase con él de nuevo.
En esa ocasión, cuando terminó el baile, no la llevó de vuelta con su tío, que estaba hablando con el barón y su hijo mayor, Griffydd. En vez de eso, la condujo a una parte más privada del salón, aún a la vista de todos, por supuesto, para que no pudieran acusarlos de falta de decoro.
Al fin y al cabo ella estaba prometida; con un hombre lo suficientemente mayor para ser su padre.
Se sonrojó al pensar en lo que había ocurrido después. De alguna manera, sin saber cómo, se encontró metida entre las sombras. Tampoco podía recordar de lo que estaban hablando, porque de pronto Dylan DeLanyea se había inclinado hacia ella y la había besado.
Ya no tenía frío, pues recordaba la sensación de sus labios calientes rozándole la mejilla y la boca.
—Después de todo hay una rosa que florece aquí.
Genevieve dio un respingo al oír la voz musical de Dylan.
Se puso en pie al verlo entrar por la puerta y cerrarla suavemente tras él antes de girarse hacia ella con una sonrisa.
Su pelo rebelde se agitaba suavemente con la brisa. No parecía tener frío, aunque no llevaba capa. Llevaba una camisa abierta por el cuello bajo una túnica de cuero ceñida por el cinturón de la espada. La túnica le rozaba los muslos, que iban envueltos en unos pantalones. Llevaba las espinillas y las botas cubiertas con pieles.
De hecho, era ropa bastante sencilla, y sin embargo estaba espléndido. No creía que un príncipe pudiera tener mejor aspecto, sobre todo mientras la miraba con aquella sonrisa íntima y esos ojos brillantes.
—Tenía miedo de que no vinieras —dijo mientras se acercaba a ella.
Genevieve miró al suelo helado.
—Tal vez no debería haberlo hecho.
—Me habría entristecido mucho.
Ella se atrevió a mirarlo.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Ven, siéntate a mi lado.
Dylan se sentó en el banco de piedra que ella había ocupado segundos antes. A Genevieve le latía el corazón con tanta fuerza que estaba segura de que él podría oírlo, así que vaciló un instante antes de sentarse en el banco, lo más lejos posible de él.
Aunque había sido incapaz de resistir la tentación de estar a solas con él en el jardín, era una dama y había que tener en cuenta ciertos modales.
Aunque él no parecía tenerlos en cuenta, pues estiró el brazo y le estrechó la mano enguantada.
Genevieve sabía que no debería permitir semejante intimidad, pero no le salían las palabras para protestar.
—El barón DeLanyea me ha dicho que te marchas mañana —dijo él suavemente.
Ella asintió.
—Lo lamentaré mucho cuando te vayas.
Animada por su actitud además de por sus palabras, Genevieve lo miró.
—Yo también.
—¿Te casarás este mes?
—Sí, así es —respondió ella sin molestarse en disimular la tristeza ante su destino—. Con un hombre mayor.
—Suele ocurrir eso —respondió Dylan—. Un hombre mayor y una esposa joven.
—¿Por qué tiene que ser así? No me parece bien.
Genevieve vio que sus palabras le sobresaltaron.
—Sé que una unión así es frecuente, y sé que mi matrimonio con lord Kirkheathe le conviene a mi tío, que ahora es mi tutor, pero aun así desearía no estar prometida.
Cuando Dylan respondió, sonaba tan triste como ella se sentía, y le apretó la mano con fuerza.
—Pero lo estás.
—Ojalá pudiera quedarme.
—Ojalá pudieras —respondió él suavemente, y se acercó para acariciarle la mejilla.
—¿No hay nada que se pueda hacer?
—Me temo que no. Ahora debemos despedirnos. Hagámoslo aquí, donde podamos estar a solas.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—No quiero despedirme.
—Entonces no lo hagas —susurró él mientras inclinaba la cabeza para besarla.
Por un instante, Genevieve pensó que no debería permitir aquella libertad.
Aun así no pudo detenerlo, ni detenerse a sí misma. Lo rodeó con los brazos y se inclinó hacia él mientras se perdía en las maravillosas sensaciones que desencadenaban sus labios.
Dylan se acercó más y deslizó las manos bajo su capa para estrecharla entre sus brazos. Le acarició la espalda mientras la besaba.
Embriagado por el placer de su abrazo, él se dejó arrastrar por el mar de las sensaciones. La suavidad perfecta de sus labios. El ligero arco de su espalda. El roce de la piel de la capa contra sus manos.
Ella separó los labios ligeramente y él no necesitó más invitación para introducir la lengua en su boca. Al hacerlo, deslizó la mano para acariciarle el pecho.
Mientras sus lenguas se encontraban, Genevieve emitió un sonido desde el fondo de la garganta; medio gemido, medio sollozo.
Aquel pequeño sonido rompió el hechizo y le recordó a Dylan quién era ella, así como qué era.
A pesar de sus reacciones, era lady Genevieve Perronet, prometida a lord Kirkheathe, sobrina del severo lord Pomphrey Perronet, y estaba a punto de casarse.
Con más reticencia de la que quería admitir, Dylan se apartó e intentó sonreír mientras la miraba. La corona de rizos rubios que enmarcaba su rostro estaba un poco revuelta. Tenía las mejillas sonrojadas y sus ojos azules parecían atravesarlo y dejarlo sin palabras.
Además de llenarlo de un ardiente deseo.
No deseaba hablar, y mucho menos despedirse.
La sentó en su regazo. En esa ocasión no fue un beso tierno y suave, sino una posesión apasionada de su boca. Ella reaccionó con el mismo fervor y se aferró a él como si no fuese a soltarse nunca. Con deseo creciente, Dylan la acarició y despertó en ella gemidos y suspiros que aumentaron su excitación, así como el movimiento de su cuerpo.
Normalmente prefería tomarse su tiempo y deleitarse con cada paso del camino. Pero allí, con aquella hermosa joven de aspecto inocente que besaba con tanto abandono, simplemente no podía esperar.
Sin dejar de besarla, comenzó a manipular los nudos de su capa, decidido a desabrochársela. Finalmente, con un pequeño gruñido de deseo y de frustración, rasgó las cuerdas y se la quitó de los hombros. Hizo lo mismo con la parte trasera de su corpiño, hasta que quedó lo suficientemente suelto para poder introducir las manos bajo la tela.
Genevieve jadeó cuando la tocó, luego se arqueó y volvió a gemir.
Él le dio un beso en el cuello.
—Dylan —susurró ella con la respiración entrecortada—. Debo… debo irme.
Incluso mientras hablaba, ella le colocó ambas manos a cada lado de la cara y le dio más besos en la mejilla.
—Quédate —murmuró él, y movió las caderas en respuesta a la presión de sus nalgas.
Sacó una mano de debajo de su corpiño y la llevó hasta su tobillo. Comenzó a levantarle la falda lentamente mientras deslizaba la mano por su pierna desnuda.
Tenía que poseerla.
La campana que llamaba a los sirvientes para la cena comenzó a sonar.
Dylan se quedó quieto como una piedra al darse cuenta de lo que había estado a punto de hacer. Con una dama prometida. En el jardín de su tía.
Ni siquiera había pretendido besarla. Había pensado sólo en despedirse brevemente en el jardín antes del banquete de esa noche.
Hablaba en serio con todo lo que le había dicho a Griffydd. Su flirteo con Genevieve Perronet era sólo eso: un flirteo. Un poco de diversión sin importancia mientras estuvieran en Craig Fawr.
Simplemente no había estado preparado para la intensidad de sus ojos mientras lo miraba, ni para la tristeza extrema de su voz mientras hablaba de marcharse. Tampoco había anticipado en absoluto el fuego de la pasión en sus besos.
Él, un hombre que había compartido intimidad con muchas mujeres y había tenido hijos con algunas de ellas, jamás había imaginado que la tímida y decente Genevieve Perronet tuviera el poder de ser tan excitante.
Horrorizado por su falta de dominio de sí, la quitó de encima de su regazo y se puso en pie.
—Perdóname.
Con el pelo más revuelto que nunca, con los labios sonrojados por los besos y con el corpiño suelto, Genevieve lo miró con evidente desconcierto.
Dylan volvió a colocarse la túnica y se dirigió hacia la puerta. Con la mano en el cerrojo, se detuvo, miró hacia atrás y vio que Genevieve había vuelto a ponerse la capa sobre los hombros.
—Adiós —dijo suavemente. Después abrió la puerta y se marchó.
Aquella noche, en el banquete, Genevieve buscó ansiosamente a Dylan DeLanyea con la mirada. Tenía que ser sutil, pues su tío estaba sentado a su lado. Aunque él parecía más interesado en discutir asuntos de tierras con los demás nobles, no la ignoraba.
El salón estaba lleno de hombres con título y de sus esposas, tanto normandos como galeses: el barón DeGuerre, sir Urien Fitzroy, sir Hu Morgan, sir Roger de Montmorency, por nombrar sólo unos pocos. Su anfitrión era bien conocido por derecho propio, y casi daba miedo mirarlo, pensaba Genevieve, con su cara marcada, su único ojo y su cojera.
Las mujeres de Craig Fawr eran simpáticas y parecían amables, salvo tal vez la esposa de Griffydd DeLanyea. Seona estaba embarazada de nuevo, y parecía que lo estaba pasando mal. Tal vez se debiera al hecho de que su segundo embarazo se hubiera producido tan poco después del primero, pues su hijo no tenía aún un año. Aun así, Genevieve la envidiaba y ansiaba que llegara el día en que ella pudiera ser madre.
También envidiaba a su anfitriona, que parecía ser todo lo que lady Katherine decía que debía ser la señora del castillo: amable, competente y complaciente. Todo en Craig Fawr estaba bien organizado y era cómodo. Genevieve suspiró y esperó poder tener tanto éxito cuando le llegase el momento de encargarse de esas tareas.
Sin embargo, el centro de atención aquella noche era Trystan DeLanyea. Como todos los DeLanyea, era guapo. Compartía el pelo oscuro y rizado de Dylan, le llegaba hasta los hombros al igual que a su padre, a su hermano y a su primo, y a Genevieve le recordaban a un grupo de celtas salvajes. Trystan también compartía los labios sensuales de Dylan, aunque no sonreía tanto. Le faltaban los ojos negros de su primo, pero tenía los mismos ojos grises y graves de su hermano mayor.
Así que era joven y guapo, pero no la fascinaba como lo hacía Dylan.
Le había sorprendido descubrir que Dylan aún no estaba casado, aunque tal vez nunca hubiera conocido a la mujer adecuada, pensó con una sonrisa de satisfacción.
Se preguntó dónde estaría. Sabía que seguía en Craig Fawr. Si se hubiera marchado, ella se habría enterado, pues iba con una tropa de diez hombres, aunque su castillo, Beaufort, no estaba muy lejos.
Tenía que ser amor lo que sentía por él, se dijo a sí misma. Era como si se derritiese cada vez que la miraba con aquellos ojos oscuros, y cuando la besaba… no había palabras para describir lo que sentía entonces.
Y él debía de amarla también, para abrazarla como lo había hecho en el jardín.
Por supuesto, tal vez habían ido demasiado lejos, pero eso sólo demostraba que él correspondía a su amor. Había parecido muy triste al parar, y más aún al despedirse. Si no acudía al banquete, sin duda sería porque creía que su situación era imposible, dado que ella estaba prometida a lord Kirkheathe.
—Nos marcharemos a primera hora de la mañana —le dijo su tío, y apartó su atención de su búsqueda silenciosa por un instante—. Espero que estés preparada.
—Sí, tío.
—El viaje a las tierras de lord Kirkheathe debería durar una semana.
Genevieve asintió con la cabeza; entonces el corazón pareció detenérsele, porque Dylan estaba allí, sentado medio escondido por una columna en el salón. No era de extrañar que no hubiera podido verlo antes.
Al ver a Dylan supo que nunca podría casarse con lord Kirkheathe. Levantó la mano para saludar, pero entonces miró a su tío.
Tal vez fuera mejor no hacer ningún gesto.
A pesar de su convicción, su tío era un hombre ambicioso y poco compasivo, que jamás comprendería sus sentimientos; pero tenía que hacer algo para evitar aquel matrimonio.
De nuevo miró hacia el guapo guerrero. Incluso su sonrisa era suficiente para que se le acelerase el corazón y recordara el sabor de sus labios.
Se le cortó la respiración cuando Dylan miró hacia ella, pero no le devolvió la mirada. En vez de eso se giró y frunció ligeramente el ceño.
Sin duda era porque estaba tan triste como ella por su matrimonio con otro. Debía de lamentarlo demasiado como para mirarla.
Sí, tenía que hacer algo para evitar casarse con lord Kirkheathe. Dylan, siendo un hombre honorable, no intentaría hacerlo.
Decidió entonces que debía ser ella.
Y así lo haría.
—¡Por dios, te mataré!
Aún medio dormido y completamente desnudo, Dylan se giró y vio al enfurecido lord Perronet en la puerta de su habitación.
El hombre tenía la cara roja como una cereza y, sorprendentemente, se disponía a desenfundar su espada.
Ahora completamente despierto, Dylan se dispuso a agarrar su arma, que debería haber estado junto a la cama.
Se detuvo sorprendido al tocar con la mano un bulto inesperado.
Que se movió.
—¿Tío? —preguntó Genevieve Perronet mientras se incorporaba, cubierta por las sábanas.
Era evidente que bajo las sábanas ella estaba tan desnuda como él.
—Anwyl! —exclamó Dylan—. ¿Pero qué…?
—¡Bribón! ¡Canalla! ¡Voy a matarte por lo que has hecho! —gritó lord Perronet, que finalmente logró desenfundar la espada.
Al darse cuenta de que pensaba atacarlo, Dylan salió de la cama y buscó su arma.
¿Qué había hecho con ella la noche anterior?
¡Qué había hecho la noche anterior, punto!
Divisó el cinturón de la espada sobre la silla situada en el rincón y se lanzó a por él mientras lord Perronet avanzaba.
Genevieve gritó. Dylan agarró la funda y sacó la espada antes de darse la vuelta y esquivar el golpe de Perronet.
—¡Para! ¡Tío, por favor! ¡Para! —gritó Genevieve.
—¡Calla, mujer! —ordenó Perronet.
Dylan se agachó, ignoró a Genevieve y mantuvo la mirada fija en su oponente. Se daba cuenta de que lord Perronet no había agarrado una espada en mucho tiempo. En cualquier caso, incluso un hombre desacostumbrado podía ser peligroso con una espada en la mano.
—¡Dylan, mi amor, no le hagas daño!
Dylan miró a Genevieve y luego de nuevo a su tío.
—Levantad la espada, milord, pues os advierto que me defenderé.
—¡Deshonras a las mujeres! ¡Maldito cerdo! —gritó Perronet—. ¡Debería haberlo sabido! ¡Tu padre era igual, y su padre antes que él!
Dylan apretó la mandíbula.
—Ten cuidado con lo que dices, anciano. No quiero hacerte daño, pero te mataré si vuelves a insultarme.
—¡Eres tú quien ha insultado el honor de mi familia! —exclamó Perronet—. ¡Tu familia no ha tenido honor desde hace cientos de años!
—Cállate, Perronet, o te atravesaré con la espada.
—¡Dylan! ¡Tío!
—¿Crees que todo el mundo se ha olvidado del canalla de tu padre, bastardo? —respondió Perronet—. ¡Todos conocemos las historias sobre sus violaciones y sus robos! Una sabandija que desciende de sabandijas; y tú eres igual.
Con un grito semejante al de un oso enfurecido, Dylan levantó la espada para atacar.
—¡Por favor, no! —gritó Genevieve.
Dylan vaciló al oír su súplica, y en ese momento Perronet se apartó.
—¿Qué diablos está pasando aquí? —preguntó el barón DeLanyea desde la puerta.
Los combatientes ignoraron al barón y siguieron dando vueltas en círculo.
—¡Barón DeLanyea! —exclamó Genevieve, aliviada por su presencia, pues sin duda su tío y el hombre al que amaba no llegarían a mayores si el barón intercedía.
El barón la miró y arqueó la ceja con sorpresa. Ella se subió las sábanas hasta la barbilla.
Había esperado algún tipo de confrontación entre Dylan y su tío. Eso era necesario, pero jamás había imaginado que su tío intentaría matarlo.
—He dicho —repitió el barón con voz firme y fría como el hierro—, que qué está pasando.
—¡Vuestro sobrino ha seducido a mi sobrina! —respondió Perronet—. ¡Ese bastardo canalla la ha deshonrado!
El barón volvió a mirar a Genevieve, y en esa ocasión ella creyó ver algo más que sorpresa.
¿Falta de respeto, tal vez?
Se sonrojó al pensarlo, pero se dijo a sí misma que no podía evitarlo.
Tenía que romper el compromiso con lord Kirkheathe, y colarse en la cama de Dylan le había parecido la manera más sencilla.
Por supuesto, su reputación sufriría algún daño, pero eso ocurriría de cualquier forma que intentara romper el compromiso.
—¿Dylan, es cierto? —preguntó el barón con una calma asombrosa, dadas las circunstancias.
—¡No! ¡No tengo ni idea de cómo ha llegado hasta mi cama!
—¿No lo sabes?
—¡Maldito bastardo. Eres un mentiroso! —exclamó Perronet.
—Di eso otra vez y te mataré —gruñó Dylan.
Envuelta en las sábanas, pues su ropa reposaba sobre un baúl al otro lado de la habitación, Genevieve salió de la cama.
—Por favor, no peleéis. Esto puede arreglarse…
—¡Mira ahí! ¿Qué más pruebas necesitas? —preguntó Perronet, señalando con su espada las gotas de sangre seca que Genevieve había dejado sobre la sábana bajera tras pincharse la yema del dedo.
—Tendremos que casarnos —dijo ella.
—¿Qué? —preguntó Dylan, bajó la espada y la miró con horror.
Genevieve sintió un vuelco en el estómago.
—Sí. Tú me amas. Yo te amo. Nosotros… hemos pasado la noche juntos. Tenemos que casarnos.
Él negó con la cabeza y la miró con ira.
—Claro que no.
—Tú… me besaste y…
—¡Calla, Genevieve! —ordenó su tío mientras caminaba hacia el barón—. Vuestro sobrino, que según creo también está bajo vuestra tutela, ha utilizado y mentido a mi sobrina. ¿Qué vais a hacer al respecto?
—Nada… de momento —respondió el barón con calma—. Sugiero que los dejemos vestirse y entonces podremos hablar de esta situación de un modo más… racional. Sin espadas.
—Ella tiene razón. Tendrán que casarse —declaró Perronet—. Lord Kirkheathe…
El barón levantó la mano para silenciarlo.
—Por favor, lord Perronet, tomémonos un poco de tiempo para calmarnos. Entonces podremos decidir cómo proceder.
Su tío vaciló y luego guardó su espada sin dejar de mirar a Dylan con desdén.
—Lo haré porque vos me lo pedís, barón. ¡Pero ese canalla pagará por lo que ha hecho!
Sin más, estiró la mano y agarró a Genevieve del brazo.
—¡Vamos, niña! —gruñó mientras la arrastraba hacia la puerta.
—Mi vestido…
—¡Déjalo!
Dylan levantó la espada de nuevo y dio un paso al frente.
—Déjalos ir —ordenó el barón—. ¿Me has oído, Dylan? ¡Déjalos ir!
—¡No puede tratarla así!
—Vístete.
Dylan contempló su cuerpo desnudo. Sin decir palabra, lanzó la espada sobre la cama y recogió sus pantalones, que yacían en el suelo. Buscó su túnica y advirtió aquella prenda desconocida sobre el baúl.
No era desconocida en realidad, pues vio que se trataba del vestido que Genevieve había llevado la noche anterior en el banquete, cuando él había hecho todo lo posible por evitarla.
Divisó la túnica colgada sobre la silla y se la puso.
—No importa lo que haya hecho ella, su tío no debería haber sido tan brusco —murmuró mientras se vestía.
—Su tío tiene derecho a tratarla como crea oportuno —respondió el barón—. ¿Qué habéis estado haciendo?
—¡Nada! No sé cómo se metió en mi cama.
Dylan notó la mueca de escepticismo en los labios del barón mientras se sentaba en la silla. Parecía un rey a punto de emitir un juicio.
De pronto deseó que la esposa del barón estuviera allí. La serenidad de lady Roanna sería bienvenida en un momento así. Por desgracia, la anciana enfermera del barón estaba muy enferma; lady Roanna se encargaba de ella cuando no estaba envuelta en los preparativos de las festividades que rodeaban el nombramiento de Trystan.
—Me ha llamado bastardo —dijo Dylan a la defensiva.
—Eres un bastardo —respondió el barón.
—¡Eso ya lo sé! —exclamó Dylan—. Pero no tenía ningún derecho a impugnar mi honor.
—Él cree que sí, y las pruebas van contra ti.
—¿No crees que me acordaría de haber tenido a una belleza como Genevieve Perronet en mis brazos? —protestó Dylan con los brazos en jarras—. ¡No he hecho el amor con ella!
—Siéntate —ordenó el barón señalando hacia la cama.
A Dylan no le gustaba la frialdad en el tono de su tío.
En cualquier caso, le había pedido que se sentara, y eso le tranquilizaba. Cuando se portaba mal siendo niño, le obligaban a mantenerse de pie mientras lo castigaban.
Por supuesto, aquella situación era muy distinta a robar manzanas o a escaparse del castillo por la noche, y ya no tenía diez años.
