Odio y seducción - Margaret Moore - E-Book
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Odio y seducción E-Book

MARGARET MOORE

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Beschreibung

Especial. Aquél no era el matrimonio que Trystan DeLanyea buscaba. La vidente del pueblo quería casarlo no con una hermosa normanda, sino con la sensual y descarada Mair, que se había burlado de él desde la infancia, y que le ofrecía una pasión muy inoportuna de la que no podía escapar. Aunque era libre y directa, Mair de Craig Fawr tenía un secreto. Sir Trystan DeLanyea había mantenido cautivo su corazón desde siempre. Aun así era el hijo de un poderoso barón y ella sólo una fabricante de cerveza. Cualquier amor que compartieran sería fugaz. ¿Pero cómo podía darle la espalda al hombre que sabía que formaba parte de su destino?

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Seitenzahl: 280

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2000 Margaret Wilkins. Todos los derechos reservados.

ODIO Y SEDUCCIÓN, Nº 19 - junio 2011

Título original: A Warrior’s Kiss

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9000-380-0

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

A Tanya Hughes, Margaret Turner, Gail Brodeur y a todas las demás lectoras que se han tomado el tiempo de escribirme. No sabéis lo mucho que vuestras cartas significan para mí, y os doy las gracias desde el fondo de mi corazón por iluminar mis días.

Uno

Aliviado por tener un momento de descanso de las ruidosas celebraciones que tenían lugar en el salón, sir Trystan DeLanyea caminaba por la pasarela de la empalizada del castillo de su padre.

La cosecha había sido buena, y todos los que vivían en Craig Fawr y alrededores estaban celebrándolo y bailando en el salón. A aquella hora de la noche, el aire estaba cargado con olores a humo y a cuerpos sudorosos, mezclado con perfumes caros y especias.

Trystan tomó aire, suspiró y se apoyó en una de las almenas. Su padre había pasado años construyendo aquella fortaleza tras su regreso de las Cruzadas. Ahora era tan fuerte y cómodo como cualquier lord podría desear, así como un tributo imponente a la determinación y a la perspicacia comercial de su padre.

Cuando Trystan contempló el patio interior, divisó el lugar en el que, tres años atrás, había logrado al fin dar en el centro de la diana con su lanza, algo que ni siquiera Griffydd, su hermano mayor, había conseguido jamás. Había sido un día fantástico, hasta que la impertinente de Mair había pasado por allí con un cargamento de cerveza y había arruinado su alegría al decir que las dianas le parecían más grandes cada vez que pasaba por el castillo.

Aunque era el hijo del barón DeLanyea, ella nunca lo había respetado, ni siquiera le caía bien. Mair siempre le tomaba el pelo y se burlaba de él, desde que ambos eran niños.

A Trystan no le cabía duda de que habría sido distinto si él hubiera sido el mayor, como Griffydd, o un barón por derecho, como su primo y hermano de leche, Dylan.

Pero no lo era. Para todos los habitantes de Craig Fawr, Trystan seguía siendo un «chico», como Dylan insistía en dirigirse a él, a pesar de haber sido nombrado caballero.

Aunque algún día eso cambiaría, pensaba Trystan. Él, sir Trystan DeLanyea, iba a convertirse en el DeLanyea más famoso, rico y respetado de todos, más incluso que su padre, que había perdido un ojo luchando con el rey Ricardo en Tierra Santa.

Trystan sonrió al pensar de nuevo en la manera tan agradable en que se había dado cuenta de que podía comenzar su camino hacia la fama y el éxito: se casaría con la mujer adecuada, ¿y quién mejor que la hermosa y deseable noble normanda que había conocido, lady Rosamunde D’Heureux, que estaba de visita allí con su padre?

Aunque sir Edward D’Heureux no detentaba un gran título, su familia tenía mucho más poder e influencia dentro de la corte que muchas otras, incluyendo la de Trystan. Cualquier hombre que se aliara con él tendría tremendas oportunidades de avanzar. De hecho, el hombre que se quedase con la mano de lady Rosamunde, podría esperar hasta el reconocimiento del rey. Y un hombre que tuviera el reconocimiento del rey podría llegar muy lejos, desde luego mucho más que cualquier hermano mayor casado con una mujer del norte, o que un primo instalado en un castillo galés.

La idea de un matrimonio así no le parecía en absoluto imposible al recordar cómo lady Rosamunde le había sonreído y había bailado con él esa noche antes de retirarse.

Él también debería retirarse, pensó mientras bostezaba. Debería estar esperando para acompañar a lady Rosamunde a misa por la mañana.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia las escaleras que conducían al patio interior. Pasó frente al centinela de guardia junto a la primera torre de vigilancia y, sin apenas advertir su rápido saludo, continuó su camino y entró en la parte más apartada de la empalizada. La luz de la luna no llegaba hasta allí.

De pronto dos manos surgieron de la oscuridad, lo agarraron de la túnica y tiraron de él hacia las sombras. Antes de que Trystan pudiera gritar, la persona que lo atacaba presionó su voluptuoso cuerpo contra él y lo besó apasionadamente.

Era el beso con el que cualquier hombre soñaría. El beso perfecto, firme aunque suave; unos labios que se movían con deseo y le quitaban la respiración. Su boca sabía a miel y a especias, y los mechones de su melena le hacían cosquillas en la mejilla.

Un hombre podría emborracharse con un beso así.

A medida que aumentaba su propio deseo y rodeaba a la mujer con los brazos, Trystan se preguntó quién sería.

¿Lady Rosamunde? Ella era demasiado tímida y delicada para una pasión así, y además sabría a vino.

¿Una de las sirvientas? Sí, tal vez, si hubiera alguna tan descarada.

¿Acaso importaba?

El fuerte aroma de la hidromiel parecía mezclarse con el aire de la noche y formar parte de él, y de Trystan, mientras se entregaba al disfrute de aquel momento inesperadamente apasionado.

Entonces, con la misma rapidez con la que el beso había comenzado, la mujer se apartó de él.

—¡No eres Ivor! —exclamó furiosa y con una voz demasiado familiar.

Trystan maldijo en voz baja, pues debería haber sabido quién podía saber y oler a hidromiel.

—¡Santo Dios, Mair! —declaró igual de furioso que ella, mientras la agarraba por los hombros—. ¿Qué diablos estás haciendo?

No podía ver a la joven soltera que elaboraba cerveza e hidromiel para ganarse la vida, pero sabía que había estado en el banquete. ¿Cómo iba a pasar inadvertida, con su vestido de seda escarlata adornado con verde y dorado, tan elegante como cualquier dama? Era un vestido ajustado, sin duda diseñado para realzar su figura y atraer la atención de los hombres. Alrededor de la cabeza llevaba una diadema de cinta escarlata que colgaba por su cuello y se agitaba mientras bailaba.

Sí, Mair había estado en todas partes en el banquete, bailando, sonriendo, riéndose y agitando su melena castaña como si fuera una especie de espíritu de las festividades, flirteando con todos los hombres; salvo con él, porque sabía que no debía.

—Como incluso tú imaginarás, estoy esperando a Ivor —respondió ella, tan descarada y burlona como siempre.

—¿El capitán de la guardia? —preguntó Trystan, pensando en el hombre musculoso de pelo oscuro que su padre había ascendido recientemente a ese puesto.

—No es que sea asunto tuyo —respondió Mair, resopló y se dispuso a pasar frente a él.

Al oír pisadas acercándose, Trystan tiró de ella hacia el rincón y la aprisionó allí con su cuerpo.

—¿Qué te crees…? —protestó ella.

—¡Cállate! Lo último que quiero es que nos vean juntos —gruñó él.

Ella se rió suavemente y en voz baja, para que sólo él pudiera oírlo.

—Oh, no podemos permitir eso, claro, de lo contrario Angharad pensará que su predicción está a punto de cumplirse.

El guardia dio la vuelta y comenzó a regresar hacia su puesto, algo que Trystan sólo advirtió a medias, pues parte de su atención estaba centrada en el comentario sobre Angharad, supuesta vidente que había profetizado que algún día aquella cervecera impertinente y él se casarían.

Sin embargo, la mayor parte de su mente estaba intentando ignorar el roce de su cuerpo contra el de Mair, y el recuerdo de aquel beso.

—Ambos sabemos que Angharad se equivoca en eso —murmuró él—. Nunca me casaría contigo.

—¿Cuál es el problema, sir Trystan? —preguntó Mair en tono burlón—. Parecéis haberos quedado sin respiración.

—No tengo ningún problema —contestó él. Y, para demostrarlo, se acercó más—. ¿Dónde está Arthur? —preguntó por el hijo ilegítimo que ella había tenido diez años atrás—. No puede estar con su padre, pues Dylan no está aquí esta noche.

—No, y tampoco la esposa de Dylan. Qué pena por ti.

Trystan apretó la mandíbula al instante.

—Fuera lo que fuera lo que sentía por Genevieve, eso ha desaparecido. ¿Puedes decir lo mismo de Dylan?

Mair se rió. Era la misma reacción que obtenía siempre que intentaba hablar con ella, como si los asuntos serios no tuvieran importancia si era él quien hablaba de ellos.

—¿Estás celoso?

—¿De ti y de él? Nunca.

—Ah, bien. Teniendo en cuenta que Dylan no ha estado conmigo desde antes de que naciera Arthur, supongo que he de elogiar tu sabiduría.

—He dicho nunca —gruñó él.

—Muy bien. Te creo —contestó Mair—. Y ya que eres lo suficientemente amable como para preguntar, mi hijo está con Trefor y con Angharad esta noche —contestó en referencia al otro hijo bastardo de Dylan y a su madre.

—Al menos Angharad sabe cómo debe comportarse.

—Angharad no tendrá otro amante porque es demasiado arrogante. Tras tener el hijo de un barón, no amará a otro hombre que no sea noble.

—¿Te lo ha dicho ella?

—Ya conoces a Angharad. ¿Lo dudas?

—Tal vez lamente haber tenido un hijo con Dylan.

Mair volvió a reírse.

—No seas tonto. No lo lamenta, y yo tampoco. ¿O es tu influencia normanda la que habla? Sabes que a los galeses no nos importa eso. Somos demasiado sensatos.

—No es ésa la palabra que yo usaría.

—¿Y qué palabra usarías? No, espera, déjame adivinar —respondió ella poniéndole un dedo en los labios—. Pecadores —deslizó el dedo lentamente hasta su barbilla—. Lujuriosos. Lascivos.

Excitado a pesar de su determinación por no estarlo, Trystan le apartó la mano.

—¿No te avergüenza en lo más mínimo tener un hijo fuera del matrimonio?

—Anwyl, ahora sé que has estado demasiado tiempo entre normandos. No, claro que no me avergüenza.

—¿Y no te molesta que Dylan se haya casado con otra?

—¿Por qué iba a molestarme? Nunca hablamos de matrimonio. Además, terminamos mucho antes de que él conociera a Genevieve.

—Nunca te comprenderé.

—Tal vez no quiera que me comprendas.

—Y a mí no me importa lo que hagas, ni con quién —respondió él, casi abrumado por el deseo de saborear de nuevo sus labios dulces y especiados, de abrazar su cuerpo vibrante contra el suyo.

—Me alegro.

—Entonces quédate aquí y reúnete con tu amante.

—Creo que será mejor que vaya a buscarlo, porque llega tarde. Ahora déjame pasar.

—No pienso detenerte.

—Estás en mi camino.

Trystan oía el sonido de sus latidos en los oídos.

—¿Lo estoy?

—Sí.

No se apartó. En vez de eso se rindió a la tentación que no podía resistir más y la tomó entre sus brazos.

Entonces la besó con toda la fuerza y la pasión desencadenadas por el primer roce de sus labios.

Ella pareció ceder, pero sólo por un instante, antes de apartarlo.

—¡Ni siquiera me caes bien! —protestó; y hablaba en serio, a pesar del increíble deseo que había despertado en ella el beso de Trystan DeLanyea.

No, no le caía bien Trystan, con sus ojos grises y fríos que siempre parecían censurarla, como si la condenara por disfrutar de todo lo que la vida tenía que ofrecerle, así como de lo que le ofrecían los hombres.

Era guapo, sí, como todos los DeLanyea, con la melena oscura de su primo y sus labios sensuales. Además vestía bien; su túnica negra y sus pantalones realzaban los músculos que sólo las horas de entrenamiento podían desarrollar.

Pero había otros hombres tan guapos como él, y con mucho más sentido del humor. De hecho, si tenía los mejores rasgos de Dylan, también poseía los ojos grises y severos de su hermano mayor, el rígido y serio Griffydd DeLanyea, que llevaba su honor como una armadura.

—Tú a mí tampoco me caes bien —respondió él.

—Entonces aparta de mi camino.

Él se apartó e hizo un gesto de invitación a pasar. Ella dio un paso al frente.

No, él no era Ivor. No era Dylan, ni Ianto, ni ninguno de los múltiples hombres con los que había hecho el amor en su vida.

Pero sus besos eran los mejores y deseaba más.

Así que tiró de él y lo besó de nuevo. Disfrutó de su sorpresa y de la pasión que sabía que despertaba en él.

Le mostraría a Trystan por qué gustaba a casi todos los hombres.

Él se apartó, jadeante.

—Deberías comportarte como una mujer decente e irte a dormir a casa.

Ella le puso las manos en el pecho, sintió los músculos y los latidos de su corazón acelerado a través de la túnica.

—Puedo hacer lo que desee. Soy una mujer adulta.

Estiró la mano, le desató el lazo del cuello de la túnica y deslizó la mano bajo su camisa para acariciar su piel desnuda.

—Ya lo veo —respondió él con la voz entrecortada, mientras le acariciaba descaradamente el pecho a través de la seda de su vestido.

Mair apartó la mano, pero sólo para deslizarla hacia arriba y volver a meterla bajo su túnica y su camisa. Deseaba sentir más de su cuerpo.

La respiración de Trystan era cada vez más entrecortada mientras le daba otro beso acalorado en los labios. Ella abrió la boca y permitió entrar a su lengua.

Él la colocó con la espalda en la pared y Mair se dio cuenta de que estaba desatando el cordón de su vestido mientras seguía besándola.

No, él no era como los demás hombres. Siempre había imaginado que sería así.

¿Por qué no descubrirlo todo?

Mientras continuaba acariciando su torso, los lazos de su corpiño se desataron. Con una impaciencia apasionada, él tiró de la prenda hacia abajo y Mair le ofreció sus pechos. Cuando Trystan tomó uno de sus pezones entre los labios, Mair estuvo a punto de gritar de placer ante las sensaciones que despertaba en ella. Pero se mantuvo callada por miedo a que el guardia pudiera oírlos.

Necesitaba más, estaba desesperada, y comenzó a mover las caderas contra él.

Para darle permiso. Para preguntarle. Lo deseaba.

Buscó bajo la túnica hasta encontrar el cordón de sus pantalones.

Jadeante, Trystan la aprisionó contra la pared y le levantó la falta antes de alzarla y colocar las manos sobre sus nalgas desnudas.

—Sí, oh, sí —susurró ella mientras le agarraba los hombros y le rodeaba la cintura con las piernas.

Entonces, con una urgencia ferviente y frenética, la penetró.

Mair se mordió el labio para evitar gritar extasiada y recibió cada poderosa embestida. La tensión iba creciendo en su interior y pareció estirarse como la cuerda de un laúd al ser tocado.

Y él era como el juglar que sabía perfectamente cómo tocar sobre su cuerpo como si fuera un instrumento con el que estaba íntimamente familiarizado, hasta que finalmente la tensión explotó y Mair se vio envuelta en un éxtasis de sacudidas de placer.

Con el aliento caliente contra su cara, Trystan apenas hizo sonido en absoluto, ni siquiera cuando se puso rígido y se dejó caer contra ella, agotado.

Mair apoyó la cabeza contra su hombro, exhausta y satisfecha también, mientras su respiración regresaba lentamente a la normalidad.

Mientras todo regresaba lentamente a la normalidad.

Acababa de hacer el amor con Trystan DeLanyea, al que ni siquiera le gustaba.

El remordimiento ocupó entonces el lugar que había ocupado la pasión momentos antes.

A Trystan nunca le había gustado ella, desde que eran niños y él iba a la cervecería de su padre con el barón, su padre. Simplemente se quedaba allí, mirándola con aquellos ojos serios, como si hubiera algo terrible en ella. Desesperada, Mair se burlaba de él hasta obtener una respuesta, incluso aunque lo que él le dijera no fuera siempre agradable de oír.

Mair deslizó las piernas hasta el suelo y se apartó para dejar que la falda cayera y cubriera su desnudez y la evidencia de aquel acto precipitado.

Casi al mismo tiempo, Trystan se dio la vuelta y volvió a abrocharse los pantalones y a colocarse la túnica.

—Lo siento —murmuró—. No quería hacer eso.

—Sí, sí querías —respondió ella con el orgullo herido por aquella actitud avergonzada, mientras intentaba atarse de nuevo el corpiño—. Si no hubieras querido, no lo habrías hecho, así que no intentes negarlo.

Trystan la miró y, cuando habló, su tono era determinante.

—Me arrepiento de esto, y preferiría que ambos olvidásemos que ha ocurrido.

Aunque Mair se dijo a sí misma que no debía sorprenderle, sintió las lágrimas en los ojos.

Pero se moriría mil veces antes que demostrar que le había hecho daño.

—¿Qué? —preguntó—. ¿Qué ha ocurrido? ¡Nada en absoluto!

—Me alegra que estés de acuerdo.

—Oh, estoy de acuerdo, por supuesto. Dylan tenía algo, pero tú no —respondió ella.

Entonces, antes de que pudiera hacerle más daño con sus palabras, Mair pasó frente a él y desapareció escaleras abajo.

Trystan se quedó en la pasarela, suspiró y se pasó una mano por el pelo. ¿Qué diablos había pasado? ¿Cómo podía haberse mostrado tan lujurioso y tan estúpido?

¡Y con Mair, de entre todas las mujeres!

Mair, que siempre parecía estar riéndose de él, como si todo lo que hiciera fuera algún tipo de broma para su divertimento, y que aparentemente se acostaba con cualquier hombre que se lo pidiera.

Que había tenido un hijo con su propio primo fuera del matrimonio.

Tenía que casarse con la dulce e inocente lady Rosamunde, que sin duda reaccionaría con horror si se enterase de su comportamiento lujurioso y deshonroso.

Debería haberse controlado mejor, ¿pero quién podría haberse resistido al beso de Mair? ¿Qué otro mortal podría haberse marchado cuando una mujer apasionada y voluptuosa se apoyaba contra él con un deseo tan desinhibido?

Ningún hombre que conociera, ni siquiera Griffydd.

Al menos sentía remordimientos por su comportamiento lascivo, no como Mair. Si hubiera sido cualquier otra mujer, habría salido huyendo nada más darse cuenta de su error después de besarlo.

Pero Mair no, de modo que él se había entregado a la tentación que ella representaba.

Sí, era culpa de ella por haberlo besado de nuevo, y por ser el tipo de mujer que esperaría a un hombre en un lugar así, por una razón así. Por tanto, no se castigaría a sí mismo. Había sido todo culpa de Mair.

En cualquier caso, le causaría problemas si lady Rosamunde se enteraba de lo ocurrido. Debía asegurarse de que no lo hiciera, incluso si eso significaba tener que hablar en privado con Mair. Teniendo en cuenta la rabia de Mair, sospechaba que estaría tan ansiosa como él por mantener su encuentro en secreto.

Iría a verla al día siguiente. No correría a buscarla nada más amanecer, pues, si abandonaba el castillo demasiado pronto, la gente podría comentar y entonces tendría que dar explicaciones.

No quería tener que mentir.

Mair aceleró el paso mientras atravesaba el patio. No deseaba más que llegar a casa, lejos de Trystan y del resto de los DeLanyea.

¡Debía de estar loca para haber hecho el amor con él!

Y él… tenía mucho descaro al intentar hacer que se sintiese avergonzada por algo que era natural. Estaba orgullosa de ser la madre del hijo de Dylan, y todo el mundo sabía que Trystan había estado enamorado de la esposa de Dylan, Genevieve.

Sonrió sardónicamente. Parecía que Trystan ya había superado ese enamoramiento adolescente.

—¡Mair!

Una forma masculina apareció junto a la puerta y se dirigió hacia ella, armada y con una cota de malla. El pelo oscuro le llegaba hasta los hombros, y el hombre le sacaba una cabeza de altura.

Ivor.

—¿Dónde estabas? —preguntó ella con frialdad, contemplando su rostro anguloso a la luz de la luna.

—Estaba dándoles a los guardias la palabra clave para la noche —contestó él mientras estiraba los brazos para agarrarle las manos—. Estás preciosa con ese vestido, Mair.

Ella se apartó.

—¿Creías que esperaría para siempre?

—Mair —susurró Ivor con aquella voz profunda y aterciopelada, que era la cosa más atractiva que tenía—. Era el deber, nada más. Sólo eso me mantendría alejado de ti. Eso y tu periodo… Ha terminado, ¿verdad?

—Sí.

—No estarás enfadada porque llego un poco tarde. Otras mujeres podrían enfadarse, pero tú no. Eres demasiado buena para disgustarte por algo así.

Ella suspiró. Había hecho lo que había hecho, y no podía culpar a otro.

—No, no estoy enfadada contigo —respondió.

—Me alegra oírlo —dijo Ivor mientras le estrechaba la mano. Comenzó a guiarla hacia los almacenes—. Mis cuarteles están demasiado abarrotados con soldados borrachos esta noche.

Ella apartó la mano.

—Estoy cansada, Ivor. Voy a irme a la cama.

—Puedo ir contigo. He terminado el trabajo por esta noche. Tu hijo está con Angharad, ¿verdad?

—He dicho que estoy cansada, Ivor. Buenas noches.

Mair continuó su camino y dejó a su amante desconcertado y solo a la luz de la luna.

A la mañana siguiente, el barón Emryss DeLanyea suspiró mientras cojeaba hacia la tarima del gran salón de Craig Fawr para reunirse con su hijo pequeño para desayunar. Habían colocado otras mesas alrededor para dar de comer a los sirvientes y a los invitados, y un grupo de sirvientas se apresuró a servir la primera comida del día.

—¡Dios santo! —exclamó el barón al sentarse en su asiento—. Debe de venir el viento del este, porque me duele mucho la pierna.

Se volvió hacia Trystan y lo miró inquisitivamente.

—No has dormido esta noche, ¿verdad? ¿Fue por el exceso de vino, o por una mujer?

—¡Papá! —exclamó Trystan, y miró a su alrededor.

Por fortuna la tímida lady Rosamunde no había regresado de la misa, donde Trystan no había dejado de mirarla. Era como un ángel con su vestido azul claro, y con su melena rubia medio escondida por un velo de seda blanco. Se habría quedado y habría esperado para acompañarla de vuelta al salón, pero temía parecer un hombre desesperado. Por mucho que la deseara, quería mantener la dignidad.

También pensaba que podría hablar mejor con ella después de haber hablado con Mair.

—Muy bien —respondió el barón DeLanyea—. No me lo cuentes. Pero preferiría que fuera una mujer acostumbrada al vino. No tengo paciencia con los borrachos.

—Sí, lo sé —contestó su hijo, y miró el rostro sonriente de su padre.

Entonces advirtió el escrutinio agudo que había en el ojo del barón. Tal vez su padre fuera medio ciego, pero siempre lo veía todo. Y si a él se le pasaba algo por alto, a su esposa no.

Entre sus padres era casi imposible guardar un secreto, pensaba Trystan mientras intentaba no fruncir el ceño.

—Entonces se trata de una mujer. Bueno, eres joven, así que imagino que es lo normal. Incluso Griffydd tenía sus…

—Amantes —concluyó Trystan por él—. Y Dylan, claro. Y siempre y cuando trate a las mujeres con respeto, no es vergonzoso para ellas ni para mí.

Cuando vio la cara de su padre, deseó no haber dicho nada.

—Sí, eso es cierto. Y ocurra lo que ocurra, queda entre la mujer y tú.

En esa ocasión, Trystan mantuvo la boca cerrada.

—Sólo espero que estés coqueteando con una galesa, no con una normanda —remarcó su padre mientras se inclinaba hacia delante para arrancar un pedazo de pan de la barra que tenía enfrente.

Mott, el perro de caza favorito de su padre, una bestia negra y enorme, olisqueó y se acercó, obviamente con la esperanza de recibir las migajas.

—A Gwen le gustas —continuó el barón, y asintió en dirección a la sirvienta, que era ligeramente más joven que Trystan.

Gwen era guapa y con curvas muy sugerentes. Era simpática y amable, algo que todo hombre desearía. Trystan incluso le había robado un beso o dos en la cocina, pero eso era lo más lejos que habían llegado.

—¿No va a casarse con Ianto?

—Oh, sí, lo olvidaba.

—Yo no, y no estoy coqueteando con nadie.

—¿No? —su padre hizo que sonara como un pecado.

—¡No! —exclamó Trystan—. ¿Qué tienen de malo las mujeres normandas? Tú te casaste con una.

La respuesta de su padre fue una carcajada.

—Tu madre es excepcional.

Trystan intentó no poner cara de haber escuchado aquello mil veces. No era ningún secreto que su padre amaba a su excepcional madre de una manera excepcional.

El barón se puso serio.

—Casi todas las normandas son severas y ambiciosas —dijo—, y se toman muy en serio su honor. No es sabio prometerle más a una normanda de lo que estás dispuesto a dar.

Trystan agarró la barra de pan y arrancó un pedazo. Luego procedió a desmigajarlo y a tirarlo al suelo, donde esperaba un ansioso Mott.

—Yo no le he prometido nada a nadie.

—No es más que una advertencia, hijo mío — dijo su padre—. No quiero pasar de nuevo por los problemas que causó la boda de Dylan.

Habiendo perdido el apetito, Trystan echó la silla hacia atrás y se puso en pie.

—Yo tampoco. Te aseguro, papá, que intentaré comportarme con sabiduría y honor, en todos los aspectos.

El barón pareció sorprendido.

—Claro que sí, Trystan. Jamás pensé lo contrario.

Trystan no respondió, simplemente se dio la vuelta y se alejó.

El barón le acarició la cabeza a Mott.

—Creo que debería tener una charla con su madre —murmuró.

Su opinión no cambió al ver a su hijo detenerse junto a la puerta y sonrojarse con placer cuando lady Rosamunde D’Heureux y su padre llegaron para desayunar.

Dos

Trystan sabía que estaba sonrojándose como un chico culpable mientras sonreía a la adorable lady Rosamunde, aun así no podía evitarlo.

A pesar de que era imposible, sentía que debía de notársele alguna señal de su comportamiento lujurioso en la cara, y que eso incomodaría a aquella joven dama.

—Buenos días, sir Trystan —dijo lady Rosamunde suavemente, bajando la mirada, aunque no antes de que Trystan pudiera ver su sonrisa.

Una sonrisa que sin duda nunca volvería a dirigirle si supiera lo que había hecho.

—Saludos, milady, milord —respondió, dirigiéndose también al padre de lady Rosamunde; bajito y rechoncho.

Como casi todos los normandos, sir Edward D’Heureux tenía el pelo gris cortado alrededor de la cabeza y rizado. Aquella mañana fría llevaba una larga túnica oscura con ribetes de piel y tenía una expresión de insatisfacción.

Trystan recordó la enorme cantidad de cerveza que sir Edward había ingerido la noche anterior, así como vino, y se preguntó si tal vez eso explicara su aparente mal humor. Esperaba que fuera eso, y no algo personal.

Se atrevió a mirar a su padre, que siempre había llevado el pelo hasta los hombros y vestía con sencillez. Seguía sentado en la tarima, desayunando y bebiendo cerveza, y observando a su hijo y a sus invitados como un halcón. Por suerte su padre siempre era amable y encantador con sus invitados, así que no tenía por qué temer bochornos en ese aspecto.

—Por favor, sentaos en la mesa alta —les dijo Trystan, decidido a ignorar a su curioso padre y preguntándose si debería cortarse el pelo, pues al igual que su hermano y su primo, emulaba al barón en la forma de vestir y el estilo de pelo.

Sir Edward asintió y caminó hacia la tarima, pero lady Rosamunde colocó la mano suavemente sobre el brazo de Trystan y lo miró con cara de súplica.

—¿Tenemos que hacerlo? —murmuró con su voz dulce.

—Podemos sentarnos por ahí, milady —respondió Trystan con una sonrisa, señalando hacia otra mesa vacía, y satisfecho de ver que ella deseaba estar a solas con él.

—Oh, gracias —dijo ella mientras se apartaban.

Lady Rosamunde se sentó con elegancia y echó su falda a un lado con un gesto especialmente fluido. De nuevo lo miró; sus ojos azules parecían llenos de preocupación.

—Espero que no os ofendáis, señor, pero vuestro padre me resulta algo… intimidante.

Trystan se sentó junto a ella y aspiró el delicado olor de su perfume.

Mair siempre olía a miel y a especias, los ingredientes para la hidromiel y el braggot, una cerveza especial galesa que era una combinación de cerveza tradicional e hidromiel.

Pero no pensaría en Mair.

—No es necesario disculparse, milady. Le pasa a mucha gente, sobre todo a sus enemigos.

—¡Espero que no me consideréis enemiga de vuestro padre! —exclamó lady Rosamunde con las mejillas sonrojadas.

—Claro que no —se apresuró a contestar Trystan.

Lady Rosamunde sonrió.

Era una sonrisa muy agradable, a pesar de no tener…

¡No! A su sonrisa no le faltaba nada. Era una sonrisa maravillosa, y aquella hermosa mujer estaba sonriéndole, y se alegraría, y dejaría de pensar en la sonrisa de Mair y en las pecas de su nariz y en el modo en que sus ojos brillaban con placer.

Y en cómo brillaban con rabia cuando se enfadaba. Y cómo centelleaban cuando se metía con él. ¡Si al menos hubiera seguido enfadada la noche anterior!

—Me alegra mucho saber que somos vuestros amigos —continuó lady Rosamunde mientras Gwen le servía el pan y la cerveza.

La dama no le prestó atención en absoluto a la sirvienta.

—Espero que esto no signifique que tenéis prisa por marcharos —dijo Trystan después de darle las gracias a Gwen, que le dirigió una mirada ligeramente desdeñosa a lady Rosamunde, que ella no vio.

—Oh, yo no tengo ninguna prisa —dijo lady Rosamunde.

Tras mirar a su alrededor y comprobar que nadie estaba mirándolos, ni siquiera su padre, Trystan se atrevió a estirar el brazo bajo la mesa y a estrecharle la mano.

—De nuevo, me alegro.

Ella contempló su mano con una expresión de duda y consternación.

De pronto Trystan se sintió confuso. Si ella no deseaba que le estrechara la mano, ¿por qué no la apartaba? Y si le agradaba, ¿por qué dejaba la mano muerta, como sin vida? ¿Y por qué ponía esa cara?

Era como si estuviera incómoda, pero le faltase la determinación para hacer algo al respecto.

Así que fue él quien apartó la mano, para ahorrarle cualquier incomodidad.

Ella volvió a sonrojarse al dirigirle una mirada tímida, aunque dubitativa.

Trystan comenzó a creerse que era tonto. Se trataba de una dama decente. No podía esperar que reaccionase de manera descarada y decidida.

Ése era un punto a su favor, sin duda.

—Parece que hace un buen día. ¿Queréis salir a montar más tarde? —preguntó él—. Con un guardia, por supuesto —se apresuró a añadir, por miedo a que ella pensara que estaba haciéndole una proposición inapropiada.

—Será un placer, sir Trystan —respondió lady Rosamunde.

El corazón se le llenó de un agradable sentimiento de triunfo. Aquella mujer era un gran premio, el epítome de la feminidad noble y normanda, y no cabía duda de que a ella le gustaba, tal vez lo suficiente para aceptar su proposición de matrimonio.

Casarse con lady Rosamunde demostraría su valía a todos los que lo comparaban con Griffydd, con Dylan y con su padre.

Por tanto tenía que ganarse su afecto, y se aseguraría de que nada se lo impidiese.

—Algo le pasaba —le dijo Emryss DeLanyea a su esposa, que estaba sentada en la sala—. Era como si Trystan no hubiera dormido nada, y estaba tan gruñón como un oso con una espina en la pata.

—Tal vez no le guste que lo interroguen como a un niño. Ya es un hombre, Emryss, después de todo —respondió lady Roanna con esa sonrisa sutil que reservaba sólo para su marido, mientras seguía trabajando en su tapiz.

—Él no dijo eso —respondió el barón mientras daba vueltas de un lado a otro, cojeando como siempre por culpa de la herida que había sufrido años atrás—. No soy ningún vidente para leer su mente. Si no quería que le preguntara, debería habérmelo dicho.

—Y dice esto un hombre que nunca deja que nadie sepa cuándo está preocupado —advirtió lady Roanna con determinación.

El barón se dejó caer en su sillón y sonrió.

—De acuerdo. Ha heredado la reticencia, pero más de ti que de mí.

—Sea de donde sea, se guarda sus sentimientos y siempre lo ha hecho. Aun así, me preocupa que no quiera decir por qué estaba tan cansado esta mañana si no había ningún problema.

—Estoy seguro de que se trata de una mujer.

Roanna frunció el ceño.

—¿Crees que estaba haciendo algo inapropiado con lady Rosamunde? Me di cuenta de cómo la miraba y de cómo bailaba con ella en el banquete, y desde luego ella disfrutaba.

Emryss se rascó bajo el parche.

—Espero que no —murmuró.

—¿No te gusta ella?

Emryss se encogió de hombros; parecía más un niño inseguro que el señor del castillo.

—No especialmente.

—Es muy guapa.

—Supongo. Esperaba que Trystan tuviera más sentido común y no se dejase llevar por una cara bonita.

—No todos los hombres pueden ser sabios. De hecho tú eras mucho mayor de lo que Trystan es ahora cuando me conociste, de lo contrario tal vez te hubieras dejado llevar por la belleza y te habrías casado con otra.

—Después de todos estos años, mi amor, sigues sin creerte que eres hermosa.

—Sólo para ti, cariño, y eso es más que suficiente —respondió ella con otra sonrisa. Entonces se puso seria—. ¿Crees que se está dejando encandilar por lady Rosamunde? ¿Que realmente ella no está interesada?

De nuevo, su marido se encogió de hombros.

—No lo sé. Es demasiado… recatada. Demasiado delicada. Demasiado perfecta. Algo tiene que haber que sea malo.

—¿Porque parece perfecta o porque ha llamado la atención de Trystan?