Inteligencia - Roberto Colom - E-Book

Inteligencia E-Book

Roberto Colom

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Beschreibung

Roberto Colom, uno de los mayores especialistas mundiales en inteligencia, nos descubre lo que la ciencia sabe sobre esta capacidad, a la vez que desmonta los mitos que la rodean.

Somos humanos porque la inteligencia nos capacita para hacer cosas que ningún otro ser vivo puede llevar a cabo: conocernos a nosotros mismos, preguntarnos por el sentido de la vida o construir máquinas con la finalidad de abandonar el planeta y explorar otros mundos. Probablemente sea la capacidad más ambicionada, aquella que todos queremos (o creemos) reconocer tanto en nosotros como en nuestros seres queridos. Por eso, no es de extrañar que hayan proliferado infinidad de teorías que pretenden explicar en qué consiste y cómo medirla, y no menos métodos que nos ofrecen la posibilidad de desarrollarla a placer. Pero ¿qué hay de verdad en todo ello?

En este libro, Roberto Colom, uno de los mayores especialistas mundiales en inteligencia, aborda lo que la ciencia sabe actualmente sobre qué es y dónde reside la inteligencia, cuáles son los sistemas para evaluarla de forma rigurosa, a la vez que se desmontan muchos de los mitos que la rodean.

El profesor Colom posee una habilidad única para estimular la curiosidad y examinar cada una de las preguntas más intrigantes sobre la inteligencia con una claridad brillante, una narrativa cautivadora y una capacidad excepcional para sintetizar la ciencia de forma que los lectores la asimilen con facilidad. Tomas Chamorro-Premuzic, Profesor de Psicología Empresarial en University College London.

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Seitenzahl: 242

Veröffentlichungsjahr: 2024

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INTELIGENCIA

INTELIGENCIA

Lo que de verdad sabemos sobre la inteligencia: evidencias y mitos

ROBERTO COLOM

Inteligencia. Lo que de verdad sabemos sobre la inteligencia: evidencias y mitos

© Roberto Colom, 2021.

© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2024

@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S. L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Diseño: Kira Riera

Maquetación (edición papel): reverté-aguilar

Conversión a ebook: Iglú ebooks

© Fotografías (las referencias a las páginas corresponden a la edición en papel): todas las imágenes son de dominio público excepto las de las páginas 15 (Wellcome Library London, CC BY 4.0 / Wikimedia Commons y Bichelashvili, CC BY 4.0 / Wikimedia Commons); 44 (Everett Collection Inc / Alamy Stock Photo); 104 (The Faces / Shutterstock.com; Tom Wang / Shutterstock.com).

© Gráficos (las referencias a las páginas corresponden a la edición en papel): Todos los gráficos son de dominio público, excepto los de las páginas 63 (Iamnee / Shutterstock.com); 142 (Erhan Genc), 186 (Jakob Pietsching); el resto, son creación del autor.

ISBN: 978-84-1361-346-8

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice de contenido

Prólogo
Introducción
Qué es la inteligencia
Legos y expertos
¿Cuántas «inteligencias» hay?
Integra y vencerás
Tomando medidas
¿Cómo se mide la inteligencia?
¿Son las evaluaciones de PISA un test de inteligencia encubierto?
El origen de los test de inteligencia
No se deje seducir por las apariencias
La campana de Gauss y el orden de las capacidades intelectuales
Conectando con la realidad
La vida es un test de inteligencia
¿Por qué sabemos que la vida es un test de inteligencia?
El papel estelar de la inteligencia en la educación
Trabajar pone a prueba nuestra inteligencia
Salud, longevidad e inteligencia
La maldición de las burbujas sociales
De tal palo, ¿tal astilla?
La influencia de la genética
¿Quién sube y baja en la jerarquía social?
Mirar el ADN para encontrar los genes de la inteligencia
Heredable y moldeable
Hurgando en el cerebro
Cómo es y cómo funciona nuestro cerebro
El cerebro de los más y el de los menos inteligentes
No hay dos cerebros iguales
El ciclo de la vida
¿Todo cambia y nada permanece?
Unidad central de procesamiento (CPU) y conocimiento
Super-agers
Prevenir desde el realismo
Mejora de la inteligencia
¿El error de Cajal?
¿Se puede mejorar la inteligencia de la humanidad?
Hackear el cerebro
Editando genomas
Epílogo
AVA
Temor a las máquinas inteligentes
Reproduzca nuestra neocorteza y lo demás vendrá por añadidura
ChatGPT
¿Un mito?
Apéndices
Bibliografía consultada

Agradecimientos

Agradezco a Sergio Escorial, Kenia Martínez y F. Javier ­Román su ayuda con las figuras del texto. Gracias al doctor Juan Álvarez-Linera por su contribución al informe radiológico del capítu­lo «Hurgando en el cerebro». También quiero expresar mi enorme agradecimiento a Cristina Pérez Payá por su entusiasta apoyo y por su exquisita revisión del manuscrito. Finalmente, gracias al permiso sabático que me concedió la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) para el curso 23-24, pude dedicar el tiempo de calidad que requiere un libro de esta envergadura.

Prólogo

El estudio de la inteligencia humana se encuentra entre las áreas más investigadas, ampliamente replicadas y sustanciales, no solo de la psicología académica, sino de las ciencias sociales en general. Preguntas del tipo «¿cómo pensamos?», «¿por qué algunas personas son más inteligentes que otras?» o «¿cuáles son las consecuencias prácticas y reales de niveles más altos o bajos de inteligencia?» han sido tan sistemáticamente exploradas, que no hay, se podría argumentar, otro ámbito del comportamiento y del carácter humanos que haya sido tan brillante e iluminado por la evidencia académica y empírica.

Y, sin embargo, el público general, e incluso los propios psicólogos, tienen un entendimiento muy vago, erróneo e inexacto, lo que contribuye a un pensamiento defectuoso y a la toma de decisiones problemáticas sobre individuos y su capacidad para pensar, aprender y razonar. Tanto es así, que parece haber un muro impenetrable que separa la ciencia de la práctica en relación con la inteligencia humana, incluyendo cómo detectamos el potencial y las vulnerabilidades tempranas en habilidades de aprendizaje, cómo juzgamos el potencial de los candidatos para diferentes trabajos y carreras y, lo que es aún peor, intervenciones bien intencionadas, pero erróneas, para ayudar a mejorar el rendimiento y las capacidades de aprendizaje de las personas.

En este contexto se debe celebrar este último libro de Roberto Colom, uno de los mayores expertos mundiales en inteligencia humana. Un científico que ha explorado cada posible faceta de la inteligencia, aprovechando una amplia gama de herramientas interdisciplinarias para avanzar en nuestro entendimiento de qué es la inteligencia, cómo se desarrolla y cuáles son sus causas y consecuencias. El profesor Colom también posee una habilidad única para estimular la curiosidad de audiencias más amplias y examinar cada una de las preguntas más intrigantes sobre este rasgo psicológico con una claridad brillante, una narrativa cautivadora y una capacidad excepcional de sintetizar la ciencia para que los lectores la asimilen con facilidad.

Como alguien que estudia y trabaja en el área de la evaluación, no solo de la inteligencia humana en general, sino de sus dimensiones y aptitudes específicas, siempre me encuentro volviendo al profesor Colom, tanto en busca de respuestas confiables y esclarecedoras, como para clarificar la naturaleza de algunas desconcertantes preguntas.

Este último libro es, quizás, su contribución más importante a la divulgación de la sabiduría respaldada por la ciencia sobre la inteligencia humana. El texto desmiente mitos y concepciones erróneas, recurriendo a pruebas convincentes sobre nuestra inteligencia, desde cómo funciona y se estructura en nuestro cerebro, hasta cómo se desarrolla y se aplica para aumentar nuestra adaptación a la vida cotidiana, con todos sus desafíos y complejidades.

En resumen, este vigorizante y estimulante tour de force intelectual, desde nuestros orígenes evolutivos hasta algunas de las mentes más brillantes de la historia humana, pasando por definiciones, medición, desarrollo y consecuencias prácticas de la herramienta adaptativa más importante en nuestro arsenal cognitivo, es un deleite de leer, y una excelente manera de disfrutar aprendiendo sobre lo que se necesita saber de la inteligencia humana. Es difícil alcanzar un entendimiento informado por los datos acumulados con métodos científicos sobre nuestra inteligencia, pero será mucho más fácil para quienes se decidan a leer este libro.

Con los avances actuales en inteligencia artificial, y el auge de la IA y la IA generativa en cada área de trabajo y en nuestras vidas en general, nunca hubo un mejor momento para entender y aprovechar lo que se conoce sobre la inteligencia humana. Si, como el profesor Colom señala astutamente, «la vida es en sí misma una prueba de inteligencia», podemos considerar este brillante libro como una guía práctica para dominar los principales desafíos adaptativos que la vida nos presenta, y para apreciar el recurso mental más valioso —y subestimado— para avanzar y evolucionar, no solo como individuos, sino también como especie.

Tomas Chamorro-Premuzic

Profesor de Psicología Empresarial en University College London

Director

https://drtomas.com

Introducción

Desde su origen hace más de 4000 millones de años, el planeta Tierra ha experimentado cambios profundos. Con él también hemos ido cambiando nosotros, los humanos. En este libro hablaremos de un viaje en el tiempo y en el espacio que arranca hace 250 000 años en el Valle del Rift de África, una travesía que nos ha convertido en la única especie capaz de construir máquinas para contemplar nuestro hogar, la Tierra, desde el espacio ­exterior.

Los geólogos que han estudiado las transformaciones sufridas por el planeta durante esos miles de millones años, han llegado a la conclusión de que la modificación climática en esa región sureste del continente africano, ubicada entre Yibuti y Mozambique, pudo espolear el salto evolucionista que nos trajo hasta la actualidad.

¿Qué supuso ese cambio climático?

El gigantesco valle, con una extensión de casi 5000 kilómetros, se transformó en una región montañosa con, a su vez, múltiples valles y mesetas. Los bosques adornados por las nubes se mezclaron con desérticas sabanas: «el escenario pasó del que puede verse en Tarzán al representado en El Rey León. La desecación a largo plazo, que redujo y fragmentó el hábitat forestal y lo sustituyó por la sabana, fue uno de los principales factores que impulsaron la divergencia de los homininos a partir de los simios arborícolas. El valle del Rift se convirtió en un ambiente muy complejo, con una serie de diferentes entornos muy próximos entre sí».1

Es irresistible la tentación de fantasear con que ese profundo y sobrevenido cambio impuso unas exigencias para sobrevivir que estimularon un paso hacia delante del intelecto de nuestros ancestros nunca visto. Aunque atrevido, sería razonable concluir que nos convertimos en sapiens al resolver con éxito el rompecabezas que impusieron las sorprendentes modificaciones de aquel pequeño mundo.

El comportamiento versátil que facilita nuestra inteligencia permite resolver los variados retos con los que se encuentra el individuo a lo largo de su vida. Cuando esos retos cambian demasiado deprisa para el ritmo al que acostumbra a trabajar la selección natural, el desarrollo de la inteligencia se convierte en una prioridad, en una cuestión de vida o muerte.

Pertrechados con esa herramienta mental (la inteligencia), gracias a la que superaron el test que supuso sobrevivir a esas sobrevenidas condiciones ambientales, los sapiens se dispusieron a colonizar el planeta. Hace 100 000 años subieron al valle del Nilo, llegando a Oriente próximo al atravesar la península del Sinaí. 40 000 años después arribaron a la India, el sur de Asia y Australia. 60 000 años después se dirigieron al norte de África para alcanzar Europa, moviéndose también desde el sur al este de Asia. Hace 10 000 años, cruzaron a Alaska por Siberia, poblando desde ahí el resto del continente americano.

Las modernas técnicas de análisis de nuestro genoma permiten rastrear con precisión las migraciones descritas.2 Nuestro pasado está escrito en nuestros genes.3 Además, y aquí va un mensaje esencial de este libro, ni hubo, ni hay, ni habrá dos genomas iguales. Todos los sapiens fuimos, somos y seremos diferentes, únicos, irrepetibles. Compartimos una misma naturaleza humana, somos parientes, pero cada uno de nosotros es, también, un individuo único. Se puede identificar inequívocamente a cada sapiens examinando su genoma. Los cálcu­los hechos por los científicos señalan que los humanos compartimos el 99 % del libro de la vida consignado en nuestro ADN. Es en el 1 % restante en el que se centran los esfuerzos por entender las leves diferencias que nos separan. Leves, pero de ningún modo insignificantes, ni física ni psicológicamente.4 Entender por qué algunos son más inte­ligentes que otros exige prestar atención a esas diferencias genéticas.

Hay 3000 millones de escalones o segmentos que componen la secuencia del ADN (el genoma). Como hemos visto, el 99 % de esos millones de escalones es igual en todos nosotros. El 1 % restante, en el que diferimos, supone una cifra de 30 millones de escalones. Más que suficiente para asegurar combinaciones únicas en cada individuo del pasado, del presente y del futuro. La próxima vez que se mire en el espejo, déjese impresionar por el hecho de que no hubo antes nadie igual que usted, no lo hay ahora, ni lo habrá en el futuro.5

Esa variabilidad, piedra angular de la teoría de la evolución de Charles Darwin, contribuyó a garantizar nuestra supervivencia como especie. Ahora, además, también posee un papel significativo para entender nuestras diferencias físicas y psicológicas, así como nuestros impresionantes logros.

El hecho es que, a través de los siglos, hemos resuelto innumerables retos. Aunque el plural no hace justicia a la realidad porque solamente un puñado de sapiens cobijaron en sus mentes las ideas que fueron transformando el mundo en el que vivimos, que mejoraron nuestras condiciones con, por supuesto, la colaboración del resto de la humanidad.

Algunos gigantes de la humanidad: Newton, Darwin, Aristóteles, Pasteur, Beethoven, Galileo, Miguel Ángel, Shakespeare y Edison.

En su análisis sobre los logros de la humanidad,6 el sociólogo estadounidense Charles Murray consideró, al explorar los datos registrados en numerosas enciclopedias internacionales, las personalidades eminentes de las ciencias y las artes desde el siglo VIII antes de Cristo hasta mediados del siglo XX. Su equipo de investigación calcu­ló un valor de eminencia, entre un mínimo de 1 y un máximo de 100, según la atención y el espacio que los encargados de redactar esas enciclopedias les dedicaron.7 Tan solo dieciocho personalidades lograron la máxima puntuación: Aristóteles, Beethoven, Darwin, Edison, Einstein, Euler, Galileo, Hipócrates, Kepler, Koch, Lavoisier, Lyell, Miguel Ángel, Mozart, Newton, Pasteur, Shakespeare y Watt.

¿Qué puede explicar que algunos de nuestros semejantes tengan ideas que logran transformar el mundo en el que vivimos?

La pregunta ya contiene parte de la respuesta. No es, en realidad, algo que suceda en ese mundo, sino que, sea lo que sea, debe ocurrir en sus mentes. John Steinbeck, Nobel de Literatura, intuyó la respuesta probablemente correcta. En su novela Al Este del Edén (1952) escribió:

Nuestra especie es la única capaz de crear, y posee solamente un instrumento de creación: la mente individual de cada humano.

Algunas de esas dieciocho personalidades eminentes contribuyeron a desarrollar los denominados metainventos, es decir, nuevas herramientas mentales de carácter general con las que gestionar el mundo que habitamos. Esos metainventos son ideas, no cosas, que nos ayudan a trabajar con múltiples variables y, quizá lo que es aún más importante, a transformarlas.

Escribía el ensayista británico Matt Ridley:8

Los más sencillos ingredientes, que siempre estuvieron delante de nuestras narices, pueden producir el resultado más improbable al combinarse de un modo ingenioso.

Fuimos capaces de reordenar el mundo de modo altamente improbable y de servirnos de él para nuestros propósitos, para facilitarnos la vida innovando. Algunos científicos pensamos que eso es precisamente la quintaesencia del intelecto: la transformación del mundo.

En su análisis sobre la eminencia, Murray identificó los siguientes metainventos: el realismo en el arte, la perspectiva lineal, la abstracción en el arte, la polifonía, el drama, la novela, la meditación, la lógica, la ética, los números arábigos, la demostración matemática, la calibración de la incertidumbre, la observación secu­lar de la naturaleza y el método científico.

Hace tiempo me impuse la tarea de reunir, usando distintas fuentes documentales,9 signos objetivos que pudieran ayudar a estimar el nivel intelectual de esos dieciocho gigantes de la humanidad. En el libro explicaré los detalles sobre cómo los psicólogos calcu­lamos ese nivel intelectual en la actualidad, pero, para entender lo que ahora quiero subrayar, es suficiente con saber que el nivel promedio de la población general es de 100 puntos de CI (capacidad o cociente intelectual). El valor promedio estimado para esos gigantes fue de 180 puntos, desde los 165 de Darwin a los 200 de Aristóteles. Para imaginar lo que significan esas cifras, considérese que solamente una de cada mil personas logra una puntuación de 145 puntos y solo una entre un millón obtiene 170 puntos. Fueron, por tanto, individuos extraordinariamente inteligentes, aunque conviene aclarar que ese intelecto fue solo uno de los ingredientes de sus geniales mentes. Genial e inteligente no son equivalentes.

Los logros que hemos alcanzado los humanos pueden atribuirse, en buena medida, a que supimos sacarle partido a la capacidad que desarrollamos hace 250 000 años para resolver el complejo test de inteligencia que supuso sobrevivir en el mundo hostil del Valle del Rift africano. Una vez dotados de esa capacidad, pudimos usarla para modificar ese mundo a nuestra medida, y a partir de ese momento, fue inadecuado equiparar nuestra adaptación a la del resto de seres vivos. Por lo que parece, solamente nosotros alcanzamos a comprender las leyes de la naturaleza, incluyendo las que operan en nosotros, y nos servimos de ellas para alcanzar determinadas metas y logros. Conocernos, preguntarnos por el sentido de la vida o construir máquinas con la finalidad de abandonar el planeta y explorar otros mundos, produce una diferencia cualitativa entre nosotros y el resto del reino animal.

Este libro presenta lo que la ciencia sabe actualmente sobre nuestra inteligencia, el principal atributo de la humanidad, y lo hace con un lenguaje asequible y respetuoso con la evidencia acumulada durante más de un siglo. Comenzaremos por responder a la pregunta «¿qué es la inteligencia?» Revelaremos los detalles sobre cómo se mide (tomando medidas). Exploraremos su relevancia social (porque la vida es un test de inteligencia). Descubriremos cómo influyen nuestros genes y las circunstancias vitales sobre el hecho de que haya personas más y menos inteligentes (de tal palo, ¿tal astilla?). El papel del cerebro y cómo cambia nuestra inteligencia durante el ciclo de la vida nos llevarán a la última parte, donde expondré lo que se ha aprendido acerca de la mejora de la inteligencia. Y dejaremos para el final la pregunta sobre si los humanos seremos capaces de diseñar máquinas inteligentes que materialicen algo que nunca antes sucedió, es decir, que seres no humanos puedan razonar, resolver problemas y aprender por sí mismos.

Qué es la inteligencia

Legos y expertos

Como científico, si hay algo que me incomoda son las estériles discusiones sobre si los psicólogos estamos de acuerdo en la respuesta a la pregunta acerca de qué es la inteligencia. La psicología es una disciplina con múltiples ramificaciones y especialidades, por lo que carece de sentido suponer que cualquier psicólogo dispone del criterio adecuado para ofrecer una respuesta informada por la evidencia científica actualmente disponible.

Si se desea saber qué es la inteligencia según la ciencia, se debe preguntar a quienes llevan más de un siglo dedicados a su estudio, dándole vueltas y acumulando millares de resultados que se usan para entender nuestra conducta cuando ese factor psicológico posee un papel protagonista.

¿Tendría sentido preguntarle a un podólogo sobre los últimos avances en neurociencia? No. Preguntarle a un psicólogo especializado en trastornos depresivos o en programas de prevención de violencia en la pareja sobre la definición de inteligencia tampoco es adecuado. El hecho de que sea frecuente que esos psicólogos carezcan de reparos al opinar sobre este factor psicológico me produce desazón porque alimenta una confusión evitable.

Al buscar respuestas en el lugar adecuado comprobaremos que hay consenso entre los científicos sobre qué es la inteligencia. Enseguida veremos cuál es, pero antes comentaré, brevemente, que ese consenso sobre qué es la inteligencia, desde una perspectiva científica, se parece de modo asombroso a la concepción que tienen los legos en la materia.

Hay estudios que se diseñaron para preguntar al público lego no especializado por su idea sobre la inteligencia humana. Y esa pregunta no solamente se hizo en Occidente, sino que se registró información a lo largo y ancho del planeta. ¿Qué revelaron esos estudios?

Esta es la respuesta que se obtuvo: La inteligencia es lo que los humanos usamos para resolver problemas con distinta eficacia.

Destacaron los siguientes atributos que, según ellos, caracterizaban a una persona inteligente: habla con claridad, habla con fluidez, es buen conversador, razona con lógica, identifica las relaciones entre ideas, ve todas las variantes de un problema, posee conocimientos, mantiene su mente abierta y le interesan las cosas del mundo en general.

Es condición necesaria que se presenten todos esos atributos en un solo individuo. Ser solo «buen conversador» o presentar una «habilidad exquisita para el dibujo» serían rasgos insuficientes para ser considerado inteligente, pues son todas esas características, entre otras, funcionando de modo orquestado, coordinado, integrado, las que contribuyen a ofrecer un cuadro bastante completo de qué es un humano inteligente.

¿Y cuál es la definición que ofrecen, en la que concuerdan, los psicólogos que se dedican al estudio científico de la inteligencia?

Una capacidad mental muy general para razonar, planificar, resolver problemas, pensar de modo abstracto, comprender ideas complejas y aprender con rapidez a partir de la experiencia.

He subrayado el término «general» porque es clave para entender los contenidos que iremos trayendo a colación en este libro. Los científicos han demostrado lo que acertadamente suponen los legos, es decir, que inteligente no es el que usa mejor el lenguaje para comunicarse verbalmente o por escrito, no es quien es capaz de memorizar grandes cantidades de información para utilizarla de manera adecuada cuando sea necesario, no es aquel que capta las señales relevantes presentes en una escena ignorando las irrelevantes, ni quien es capaz de resolver un complejo problema matemático, ni quien encuentra eficientemente su destino en una ciudad desconocida.

Inteligente es el individuo capaz de coordinar todas esas cosas.

Los legos son conscientes de que algunos de sus semejantes resuelven con relativa facilidad problemas que a ellos les resultan inalcanzables. Aunque no dispongan de ningún dispositivo de medida para valorar esa capacidad, sabrán quién la posee en mayor o menor cuantía, al igual que sabemos que el mago Gandalf tiene mayor estatura que el hobbit Frodo. Esas experiencias provienen de sus primeros pasos en el colegio, se extienden a su vida cotidiana más allá de las aulas y cristalizan en las profesiones hacia las que terminan gravitando una vez concluida su formación.

En efecto, durante la infancia vieron que algunos de sus compañeros de clase absorbían conocimientos con suma facilidad, mientras que otros luchaban a brazo partido para retener los contenidos más elementales. Algunos se pasaban el día en la calle para evitar hacer los deberes que les había encomendado su profesor, mientras que otros solamente salían a jugar cuando habían cumplido con sus obligaciones o incluso optaban por quedarse en casa a menudo leyendo versiones anotadas de la Odisea de Homero o resolviendo ecuaciones de segundo grado por simple diversión.

Al reunirse veinte años después para celebrar un señalado aniversario de su antiguo centro educativo, pudieron comprobar dónde habían ido a parar, a qué se dedicaban, dónde vivían, cómo se había desarrollado su vida personal y familiar, si habían logrado lo que ­deseaban.

La ciencia ha comprobado que esos distintos derroteros vitales se encuentran conectados, de un modo revelador, con esa inteligencia cuya caracterización es bastante similar en legos y expertos. Al igual que es innecesario disponer de una cinta métrica para saber al mirarlos, sin ningún género de dudas, que Frodo es más bajo que Gandalf, suele ser evidente que el segundo es más inteligente, en general, que el primero.

A partir de esa clase de observaciones cotidianas, de esos hechos, los psicólogos que han dedicado sus carreras al estudio científico de nuestra inteligencia han desarrollado métodos objetivos para valorar el nivel intelectual de los individuos, cintas métricas que han permitido ir bastante más allá de una evaluación casual. Esa cinta métrica corresponde a los test estandarizados de los que hablaremos con detalle en el siguiente capítulo.

¿Cuántas «inteligencias» hay?

Confieso que la siguiente pregunta es retórica, pero debo hacerla ahora: ¿Cuántos cerebros tenemos cada uno de nosotros?

Salvo que seamos mutantes, la respuesta es evidente: solo tenemos un cerebro del que nos servimos para hacer numerosas cosas. Ese cerebro nos permite, por ejemplo, prestar atención a los objetos presentes en una habitación y memorizarlos. También describe esos objetos usando la capacidad para hablar. O escribe un relato coherente sobre el tipo de sucesos que pueden tener lugar en la habitación. Incluso podría reordenar los objetos de la habitación para que ofreciesen un aspecto distinto, novedoso.

Ser capaces de hacer todas esas actividades diferentes es solamente posible porque nuestro único cerebro actúa de un modo integrado. Es la segunda vez que subrayo un término y lo hago movido por un buen motivo. Antes comentamos que nuestra inteligencia es una capacidad mental muy general. Ahora apuntalaremos la idea de que esa capacidad general nos permite integrar las distintas capacidades que poseemos. Nuestras capacidades para percibir y atender, para memorizar, para usar el lenguaje, en su forma hablada o escrita, para recordar o para orientarnos y manipular objetos en un espacio conocido o desconocido, no van por libre, se encuentran conectadas. Y debe ser así para que podamos actuar de un modo generalmente coherente, una manera de conducirnos de la que nos alejamos solamente cuando algo va mal, cuando el sistema no funciona como debiera.

Ahora bien ¿de cuántas capacidades mentales estamos hablando? ¿Seis, doce, veinticuatro, cuarenta y ocho, miles? Es una interesante pregunta para la que los psicólogos buscamos respuesta desde hace décadas. Y la encontramos al persistir en su búsqueda, pero antes de que ofrezca el resultado de esas pesquisas, permítanme remontarme al origen de la historia.

A comienzos del siglo XX, un psicólogo británico, cuya formación de origen era la ingeniería, pero que decidió dedicarse a la psicología, visitó una escuela situada cerca de su domicilio. Se llevó un cuaderno para anotar las calificaciones escolares de los estudiantes en una serie de asignaturas: lenguas clásicas, francés, inglés, matemáticas y música. También advirtió la eficacia con la que los alumnos eran capaces de reproducir fielmente melodías musicales.

Con esa información, se preguntó —vaya usted a saber por qué— si había algún tipo de orden en las calificaciones que había registrado. Los números eran los números y él nada había tenido que ver en el proceso de calificación. Fueron los profesores quienes las otorgaron a cada uno de sus alumnos. Después de buscar patrones en estos números durante algún tiempo, se le iluminó la bombilla. Observó que los alumnos podían ordenarse, de modo bastante coherente, dependiendo de si obtenían calificaciones altas, moderadas o bajas. Quienes presentaban mejores notas en lenguas clásicas también solían obtener puntuaciones elevadas en el resto de las asignaturas.

Charles Spearman, ese era el nombre de ese psicólogo-­ingeniero, ordenó en una tabla las calificaciones que había recogido en el colegio. Cada fila de esa tabla correspondía a cada uno de los alumnos y cada columna, a cada una de las asignaturas. Es decir, cada alumno tenía una calificación en cada una de las cinco asignaturas, además de la puntuación alcanzada en la prueba de melodías musicales. En consecuencia, la tabla estuvo formada por tantas filas como alumnos y por tantas columnas como asignaturas.

Quiso ir un paso más allá de esa observación casual y se puso a buscar un modo de calcu­lar la fuerza matemática de esa relación, es decir, del hecho de que los alumnos pudieran ordenarse según su nivel general de de­sem­peño académico (sí, lo he vuelto a hacer, he subrayado de nuevo «general»).

Estaba buscando la fórmula que le permitiese hacer el cálcu­lo que le interesaba y la encontró curioseando en el trabajo previo de otro británico, Sir Francis Galton. Por aquel entonces, a ese interesante personaje le quedaba más o menos una década de vida y era conocido en Gran Bretaña, entre otras cosas, por ser primo del célebre naturalista Charles Darwin.

La fórmula de marras corresponde al conocido como «índice de correlación», cuyos valores oscilan entre +1 y –1 pasando por 0. Permite calcu­lar cuánto se relacionan dos variables. ¿Cómo funciona? Es bastante sencillo, pero importante para lo que veremos después, así que describiremos ahora un ejemplo.

Si el Instituto Nacional de Estadística enviase a uno de sus empleados a la Puerta del Sol para medir la estatura y el peso de mil personas elegidas al azar que estuvieran visitando ese emblemático lugar, se podrían usar los valores obtenidos para calcu­lar la correlación entre esas dos variables. Al hacerlo se comprobaría que cuanto mayor fuese la estatura mayor sería el peso, aunque habría excepciones porque el valor no sería de +1. El valor de correlación para esas dos variables suele ser de +0,5.

En segundo lugar, si se midiese cuántos pasos necesitan dar esas personas para recorrer 20 metros, y se calcu­lase la correlación entre el número de pasos y la estatura, se comprobaría que cuanto mayor fuese la estatura, menor sería el número de pasos necesario para recorrer esa distancia. Un valor habitual de correlación, en este caso negativo, es –0,5.

Finalmente, si se valorase la longitud del cabello de esas personas y se calcu­lase la correlación de los valores obtenidos con los de su estatura, el resultado sería de 0 porque sus diferencias de estatura no tienen ninguna ­relación con sus diferencias en lo corto o largo que sea su cabello.

En resumen, una correlación indica si algo (una variable X) se relaciona positiva o negativamente con otra cosa (una variable Y), o si no presentan ninguna relación.

En ciencia es muy infrecuente encontrar valores de correlación mayores de 0,5, de modo que se ha consensuado que valores menores de 0,1 son débiles, entre 0,2 y 0,3 son moderados y por encima de 0,3 son grandes. Un valor de 0,4, o mayor, se considera muy grande.10

Aunque es correcto el mensaje que transmite el mantra de que «correlación no implica necesariamente causalidad», el hecho es que las correlaciones tienen causas, aunque se tarde en averiguar cuáles son. Solamente un valor de correlación de 0 permitiría concluir que las dos variables no están conectadas causalmente. Cualquier otro valor distinto de cero, sea positivo o negativo, permitiría preguntarse si X causa Y, Y causa X, o ambas se encuentran correlacionadas por el efecto de una tercera variable.

El valor práctico del índice de correlación

Hasta algunos de mis colegas caen en el error de valorar inadecuadamente la relevancia en la práctica de la correlación calcu­lada entre dos variables. En un informe firmado por un equipo de psicólogos11 se clarificó la cuestión.

El equipo señaló que los procesos psicológicos con un efecto estadístico pequeño o moderado pueden acarrear importantes efectos en la vida de las personas dependiendo de cuál sea la conducta, así como de si esos efectos tienen un impacto acumulativo a lo largo de sus vidas.