Introducción a la sociohistoria - Gerard Noirel - E-Book

Introducción a la sociohistoria E-Book

Gerard Noirel

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La sociohistoria es una corriente de investigación que se ha desarrollado durante los últimos quince años y que combina los principios fundadores de la historia y de la sociología. Esta monografía rastrea la génesis de las relaciones, largamente tumultuosas, entre estas dos disciplinas, evoca la dimensión histórica de la obra de los grandes sociólogos desde Émile Durkheim a Pierre Bourdieu, pasando por Max Weber y Norbert Elias y destaca la contribución hecha por los historiadores al conocimiento del mundo social, siguiendo la estela de la Escuela de los Annales. Seguidamente, el autor analiza la actividad propia de la sociohistoria, poniendo el acento en dos aspectos esenciales: el estudio del pasado en el presente y el análisis de las relaciones a distancia, que vinculan entre sí a un número cada vez mayor de individuos. Ocupan el centro de la reflexión los grandes problemas actuales, tales como la globalización del capitalismo, la burocratización de los Estados o la influencia que ejercen los medios de comunicación. Asimismo, un número importante de ejemplos relativos a cuestiones económicas, sociales, políticas y culturales permiten abordar los aspectos metodológicos de manera concreta. Clara y sintética, la presente obra constituye una lectura fundamental tanto para estudiosos como para estudiantes de las ciencias sociales y las humanidades.

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Seitenzahl: 202

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Siglo XXI

Gérard Noiriel

Introducción a la sociohistoria

Traducción: Alcira Bixio

La sociohistoria es una corriente de investigación que se ha desarrollado durante los últimos quince años y que combina los principios fundadores de la historia y de la sociología. Esta monografía rastrea la génesis de las relaciones, largamente tumultuosas, entre estas dos disciplinas, evoca la dimensión histórica de la obra de los grandes sociólogos –desde Émile Durkheim a Pierre Bourdieu, pasando por Max Weber y Norbert Elias– y destaca la contribución hecha por los historiadores al conocimiento del mundo social, siguiendo la estela de la Escuela de los Annales.

Seguidamente, el autor analiza la actividad propia de la sociohistoria, poniendo el acento en dos aspectos esenciales: el estudio del pasado en el presente y el análisis de las relaciones a distancia, que vinculan entre sí a un número cada vez mayor de individuos. Ocupan el centro de la reflexión los grandes problemas actuales, tales como la globalización del capitalismo, la burocratización de los Estados o la influencia que ejercen los medios de comunicación. Asimismo, un número importante de ejemplos relativos a cuestiones económicas, sociales, políticas y culturales permiten abordar los aspectos metodológicos de manera concreta.

Clara y sintética, la presente obra constituye una lectura fundamental tanto para estudiosos como para estudiantes de las ciencias sociales y las humanidades.

Gérard Noiriel, director de estudios de la École des hautes études en sciences sociales (EHESS), es autor de numerosos libros sobre la historia de la inmigración, del Estado nación y del mundo intelectual francés. Entre sus publicaciones se encuentran Sobre la crisis de la historia (1997), Qu’est-ce que l’histoire contemporaine? (1999), Penser avec, penser contre (2005), L’identification (2007), Immigration. Nationalisme et racisme en France (2007), Le massacre des Italiens. Aigues-Mortes, 17 août 1893 (2010) y Dire la vérité au pouvoir. Les intellectuels en question (2010).

Diseño de portada

RAG

Motivo de portada

Golden Key (© mipan). Fotolia

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

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Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Traducción de Alcira Bixio, 2011

© Éditions La Découverte, 2006

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2011

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-1746-0

INTRODUCCIÓN

Aparecido hace unos quince años, el término «sociohistoria» hasta ahora se empleaba fundamentalmente como un rótulo para designar aquellos trabajos que se sitúan en la intersección de la historia y la sociología [Buton y Mariot, 2006][*]. En este libro, quise ir más allá de esta lógica de rotulación con el propósito de circunscribir la esfera de investigaciones propia de la sociohistoria. Si queremos caracterizarla, no nos basta con invocar el padrinazgo de la historia y de la sociología. También la historia social, la sociología histórica y la microhistoria reivindican para sí esa doble herencia. La particularidad de la sociohistoria consiste en que esta disciplina combina los principios fundadores de las otras dos, tales como quedaron fijados a comienzos de los siglos XIX y XX respectivamente. Recordar aquellos principios nos permitirá comprender más claramente cuál es la misión que se ha fijado el sociohistoriador.

Crítica de la reificación de las relaciones sociales

La historia y la sociología llegaron a ser disciplinas científicas rechazando, cada una a su manera, la «reificación» del mundo social. Desde comienzos del siglo XIX, la historia alcanzó el rango de esfera autónoma del conocimiento al mostrar que las «cosas» que nos rodean (los edificios, las instituciones, los objetos, los archivos, etcétera) eran las huellas inertes de las actividades humanas del pasado. El método histórico, cuyas grandes lineas datan de esa época, se basa en el examen crítico de tales huellas. El objeto de este método es encontrar a los individuos de carne y hueso ocultos detrás del mundo inanimado de los objetos que dejaron. La sociohistoria retoma por su cuenta este objetivo y por ello se interesa particularmente en la génesis de los fenómenos que estudia. El sociohistoriador quiere revelar la historicidad del mundo en que vivimos para llegar a comprender más cabalmente el peso que tiene el pasado en el presente. Precisemos que esta regla de método también se aplica a periodos más antiguos. En efecto, en todas las sociedades humanas el pasado condiciona el presente. Aun cuando hasta el momento la sociohistoria ha sido practicada principalmente por especialistas en historia contemporánea, su campo de estudios no está sujeto a ningún límite de orden cronológico.

La sociología nació a fines del siglo XIX proponiendo la crítica de otra forma de reificación, inscrita, en este caso, en el lenguaje, y que consiste en abordar las entidades colectivas (la empresa, el Estado, la Iglesia, etcétera) como si se tratara de personas reales. El objeto de la sociología es deconstruir estas entidades con el fin de hallar a los individuos e indagar las relaciones que mantienen entre sí (lo que se llama el «vínculo social»). La sociohistoria persigue el mismo objetivo pero pone el acento en el estudio de las relaciones a distancia. Gracias al invento de la escritura y de la moneda, gracias a los progresos técnicos, los hombres pudieron establecer entre sí vínculos que sobrepasan ampliamente la esfera de los intercambios directos fundados en el interconocimiento. Hoy existen «hilos invisibles» que vinculan a millones de personas que no se conocen. El objeto de la sociohistoria es estudiar estas formas de interdependencia y mostrar cómo afectan las relaciones cara a cara de los individuos.

Reflexión sobre las relaciones de poder

La sociología se desarrolló partiendo de otro principio –que la sociohistoria también retoma y hace suyo– referente al carácter conflictivo de las relaciones que se establecen entre los individuos. La importancia que se le otorga al vínculo social surge de comprobar que la vida en sociedad no es algo que se dé naturalmente. La historia de la humanidad muestra que las luchas competitivas y las rivalidades por adquirir riquezas, poder u honores siempre fueron una dimensión central de las relaciones sociales. La sociohistoria procura comprender en qué medida el desarrollo de los medios de acción a distancia transformó esas relaciones de poder. La reflexión sobre esta cuestión puede desplegarse en varias direcciones muy diferentes.

La primera corresponde al problema de la dominación social. La comunicación escrita desempeñó una parte decisiva en la constitución de las técnicas burocráticas, gracias a las cuales los dirigentes de los Estados pueden exigir obediencia a las poblaciones que viven en el interior de su territorio. Asimismo, el uso de la moneda (principalmente la acumulación del capital) permitió que los directores de empresas impusieran su ley a millones de individuos obligados a ponerse a su servicio para poder sobrevivir.

La segunda dirección que toma la reflexión sociohistórica acerca de las relaciones de poder hace hincapié, por el contrario, en la solidaridad social. Los medios de acción a distancia también fueron poderosos instrumentos de acción colectiva gracias a los cuales los más desheredados pudieron agruparse para defender sus intereses o sus ideales.

La sociohistoria se interesa además en una tercera dimensión de las relaciones de poder, una dimensión que es de orden simbólico y que concierne más particularmente al lenguaje. El estudio de las actividades culturales es el que arroja más luz sobre esta dimensión, pero como todas las relaciones sociales requieren la intermediación del lenguaje, se trata de una cuestión que el sociohistoriador puede encontrar en ámbitos extremadamente diversos. Quienes dominan los medios de comunicación a distancia ejercen un poder de carácter simbólico por cuanto se dirigen a un público, es decir, a una gran cantidad de personas dispersas que no se conocen entre sí, pero que reciben los mismos mensajes. Todo discurso público permite así trazar una línea de demarcación entre realidades que se hacen visibles a los ojos de todos por el mero hecho de que se las enuncia y realidades que permanecen invisibles porque no salen de la esfera del lenguaje «privado». Los individuos que poseen el privilegio de definir las identidades, los problemas y las normas del mundo social imponen así las cuestiones que deben tomar en consideración todos los actores de la sociedad. Es por ello que, entre las preocupaciones de la sociohistoria, las cuestiones de denominación, de designación y de categorización tienen un lugar central.

Hay otro factor que contribuye a explicar la fuerza simbólica del lenguaje. El ejemplo de la literatura muestra que la escritura puede constituir un poderoso medio de acción a distancia cuando logra afectar las emociones de los lectores, como ocurre en el caso de la novela. La inclinación de los lectores a identificarse con las historias que les son contadas es una manera de salvar, simbólicamente, la distancia que separa al que escribe de quienes lo leen. Esta lógica reaparece con formas muy variadas en muchos otros ámbitos. Con gran frecuencia, los individuos interiorizan las etiquetas y los símbolos que designan las categorías o los grupos que integran y se identifican con quienes hablan en su nombre. El lenguaje puede llegar a ser, por el contrario, un factor de estigmatización o de vergüenza de sí mismos para algunos individuos cuando se los designa públicamente de manera negativa o peyorativa. Esta es otra madeja de problemas que la sociohistoria intenta desentrañar.

Una indagación dirigida al estudio de problemas empíricos precisos

El último principio fundador sobre el que se asienta la sociohistoria es de naturaleza epistemológica. A diferencia de la sociología, que desde el comienzo se fijó como objeto supremo elaborar una teoría del mundo social, la sociohistoria se define, antes bien, como una suerte de «método histórico» o, mejor aún, como una «caja de herramientas». Es por ello que, hasta el momento, los sociohistoriadores no han sentido la necesidad de definir rigurosamente su dominio. Dedicada principalmente al análisis de problemas empíricos precisos, la disciplina está impulsada por la inquietud de llegar a comprender más acabadamente el mundo en que vivimos. La elección de los instrumentos que habrá de utilizar y la manera de aplicarlos dependen siempre de las cuestiones precisas que tiene por objeto dilucidar el estudio.

En la actualidad, los caminos abiertos por la sociohistoria han avanzado de manera muy desigual. Los ejemplos que decidí examinar en este libro no tienen el propósito de presentar un estado de situación exhaustivo de la investigación que se desarrolla en esta esfera. Los elegí sobre todo para mostrar cómo puede realizarse concretamente la indagación sociohistórica.

Precisiones sobre el vocabulario de la sociohistoria

La sociohistoria da prioridad a los conceptos que designan relaciones entre los individuos. El término «configuración» puede emplearse para nombrar el tipo de actividad que reúne a actores que participan de una misma com­petición. Por ejemplo, un partido de fútbol puede entenderse como una forma muy simple de configuración, pues cada competencia opone a los miembros de dos equipos que persiguen el mismo objetivo. El término «agrupación» se utiliza para designar un conjunto de personas que tienen intereses comunes pero que, en su mayor parte, no se conocen. Cada agrupación tiene su reglamento y sus representantes. Todos sus miembros son interdependientes, aunque algunos ocupen posiciones dominantes mientras los otros ocupan posiciones dominadas. Según la configuración estudiada, se distinguirán las agrupaciones económicas (la empresa), las políticas (el Estado o el partido) y las culturales (el público). El término «comunidad» quedará reservado para nombrar a conjuntos de individuos vinculados entre sí por relaciones de interconocimiento (como una familia, un poblado pequeño, un barrio, etcétera).

Destaquemos que la sociohistoria no utiliza en modo alguno la expresión «grupo social». Esta pertenece al vocabulario de los historiadores que definen las entidades colectivas partiendo de criterios «objetivos» (como el oficio, los ingresos, etcétera). Para designar los conjuntos de individuos que resultan de la creciente intervención del Estado en la vida económica, el sociohistoriador empleará las expresiones «grupos socioprofesionales» (empleados, personal jerárquico, obreros, etcétera) o «cate­gorías socioprofesionales» (desempleados, retirados, etcé­tera). Cuando estas agrupaciones no son el resultado de una movilización de los actores directamente implicados, sino que han sido impuestas por el poder burocrático, se habla de «categorías socioadministrativas» (por ejemplo, los «inmigrantes»).

[*] Las referencias entre corchetes remiten a la bibliografía que aparece al final del libro.

I. EL ENCUENTRO DE LA HISTORIA Y LA SOCIOLOGÍA

Para llegar a familiarizarse con la actividad propia de la sociohistoria, primero es necesario adquirir un buen conocimiento de la historia y de la sociología. En este capítulo, me remontaré a la génesis de estas dos disciplinas y pondré el acento en los elementos que en cada caso ha retomado el sociohistoriador para forjar sus propias herramientas.

Comprender cómo sucedieron realmente las cosas

En la cuna de la historia

La historia, entendida como disciplina científica, nació a comienzos del siglo XIX, tres cuartos de siglo antes que la sociología. Leopold von Ranke, el padre de la historiografía moderna y profesor de la universidad de Berlín, la primera universidad moderna fundada en 1810 por Wilhelm von Humboldt, definió las reglas básicas del método histórico que los historiadores aplican aún hoy. Von Ranke rechazó el enfoque especulativo defendido por Hegel, quien enseñaba filosofía de la historia en la misma universidad y abogó por un enfoque empírico que reposara en el estudio de los documentos legados por el pasado, a fin de comprender mejor «cómo sucedieron realmente las cosas». Esta fórmula, que fue muy criticada y que hoy parece trivial y hasta ingenua, constituye en realidad el punto de partida de la manera de indagar que el sociohistoriador reivindica para sí.

Aquel enfoque se basaba en la comprobación de que existe un vínculo indirecto que nos relaciona con los hombres y mujeres del pasado. Estos desaparecieron, pero nos dejaron huellas: edificaciones, monumentos, inscripciones, documentos. La investigación histórica consiste en realizar un trabajo de análisis, a fin de catalogar, criticar, comparar y autenticar todos esos vestigios. De ese modo podrán elaborarse datos históricos que luego habrá que reunir e interpretar para comprender la cultura (la personalidad o el espíritu) de una época. En el corazón del método histórico está la comprensión de los seres humanos. Para restituir el sentido que los actores daban a sus actos, debemos tratar de ponernos en su lugar, dejando de lado nuestros juicios de valor y nuestros prejuicios. En el siglo XX, las demás ciencias humanas harán suyo ese mismo principio, pero los primeros en defenderlo fueron los historiadores. La historia, en su condición de disciplina científica, se aleja así de la memoria que juzga (denuncia o rehabilita) a los actores del pasado sin intentar comprenderlos. La historia universitaria nació en la misma época que la novela, lo cual explica la importancia atribuida a la cuestión del estilo. Como el pintor o el poeta que se esfuerzan por «traducir» el color de un paisaje, el historiador debe ser capaz de hacer sentir la atmósfera de una época, los sentimientos de los actores que vivieron en aquel momento [Humboldt, 1821].

También debemos recordar el contexto político para comprender las principales características de la disciplina. La mayor parte de los historiadores universitarios de este periodo integraban las filas de la burguesía cultivada. Atendiendo a tal condición, utilizaban la historia como arma en su combate contra la aristocracia. En Alemania, después de haber luchado contra la ocupación de su país por parte de las tropas napoleónicas, se movilizaron a favor de la unidad alemana, reclamando la libertad de todos los oprimidos. Estos historiadores defendían vigorosamente el «principio de las nacionalidades» indagando el origen de los pueblos y recopilando sus costumbres. El hecho de que, a comienzos del siglo XIX, la política y la ciencia aún no se hubieran separado verdaderamente facilitaba esta tendencia. Los grandes historiadores, como Humboldt en Alemania y Guizot o Thiers en Francia, eran también hombres de Estado, escritores, periodistas, etcétera. De ahí que los problemas que les interesaban, así como el vocabulario empleado (nación, Estado, pueblo, etcétera), surgieran directamente del debate público. Todavía había una profunda brecha que separaba a las elites de las clases populares. Estas últimas, compuestas en su mayoría por campesinos, muchos de los cuales no sabían leer ni escribir, estaban completamente excluidas de toda participación en el debate político.

Las mutaciones de fines del sigloXIX

De todos modos, debemos precisar que sólo después de 1870 se fijarán e institucionalizarán las características esenciales de la historia, en cuanto disciplina científica. Por entonces, el contexto ya no es en modo alguno el de comienzos del siglo. La revolución de los transportes (el ferrocarril), la difusión de la cultura escrita (particularmente de la prensa) y la progresiva instauración del sufragio universal masculino son otros tantos medios puestos a disposición de los ciudadanos de todos los estratos sociales para expresarse en el escenario público. La guerra de 1870 entre Prusia y Francia hizo surgir un nuevo discurso sobre la nación. Para los historiadores ya no se trata de liberar a las naciones oprimidas, sino de defender su Estado nacional contra las amenazas que hacen pender sobre su integridad los Estados vecinos. La importancia que entonces otorgan los gobernantes a la historia responde a la función que se le asigna como medio de reforzar la cohesión nacional. En un contexto marcado además por un apasionamiento general por la ciencia, todos los grandes Estados desarrollan sus universidades y crean nuevos cargos con el propósito de dar un espacio creciente a la investigación. La historia deja pues de ser una disciplina literaria practicada por autores aislados. En toda Europa y en América del Norte, emergen pequeñas comunidades profesionales aglutinadas alrededor de una o varias revistas especializadas [Noiriel, 1996].

En el caso francés, la creación en 1876 de la Revue historique ilustra perfectamente estas mutaciones. El manifiesto que presenta el primer número, redactado por uno de los fundadores de la revista, Gabriel Monod [en Bourdé y Martin, 1983], indica claramente en qué consiste la nueva regla del juego. La era de los historiadores generales ha terminado. Desde aquel momento, para aspirar a un cargo de docente investigador en la universidad habrá que presentar una tesis de varios centenares de páginas y elegir un tema suficientemente específico para permitir una consulta exhaustiva de los archivos disponibles. Algunos años más tarde, Charles Langlois y Charles Seignobos [1898], autores de un famoso manual, Introducción a los estudios históricos, continuamente reeditado, precisarán y codificarán las reglas del método. Desde entonces, la síntesis se concibe, no ya como un ejercicio de estilo, sino como un esfuerzo colectivo que apunta a reunir el conjunto de los conocimientos producidos por la comunidad histórica bajo la égida de sus dirigentes. Tal es el objetivo que se fija explícitamente Ernest Lavisse [1900-1911] al publicar la primera Historia de Francia en varios volúmenes, obra que reúne a toda la elite de los historiadores republicanos «metodistas». El manifiesto de Gabriel Monod indica de manera igualmente clara cómo concebían estos últimos la función cívica de su disciplina. Después de recordar que el único objeto de la Revue historique era «investigar la verdad», el autor precisa que el historiador es el «depositario de las tradiciones de su pueblo y de las de la humanidad». Así como debe esforzarse por «hacerles sentir su solidaridad» a los miembros de la comunidad histórica, debe asimismo poner de manifiesto los lazos que unen a los ciudadanos de su país, de generación en generación. «Esto hará que todos se sientan vástagos de un mismo suelo, hijos de la misma raza y no renieguen de ningún aspecto de la herencia paterna.» De este modo el historiador contribuirá «tanto a la grandeza de la Patria como al progreso del género humano».

En busca del vínculo social

Sociología y socialismo

La sociología, por su parte, sólo llegó a constituirse como disciplina universitaria autónoma en los albores del siglo XX. El hecho principal que explica su aparición deriva de la profunda crisis económica que estremeció a Europa durante la década de 1870. El movimiento obrero recurre a los nuevos medios de comunicación a distancia (sobre todo la prensa) para canalizar y amplificar las protestas populares contra el desempleo y la miseria. El socialismo se impone entonces como una de las principales fuerzas políticas del escenario parlamentario. Sus líderes anuncian una nueva revolución que habrá de poner fin a la explotación del hombre por el hombre y dará nacimiento a una sociedad socialista (comunista). La sociología puede entenderse como la traducción, al campo intelectual, de este nuevo orden político. Sus partidarios quieren elaborar una ciencia de la sociedad con el propósito de resolver la «cuestión social».

Es importante insistir en el hecho de que la sociología comparte los principios sobre los cuales la historia construyó su identidad. También ella se presenta como una ciencia empírica, capaz de producir datos objetivos mediante un trabajo crítico basado en documentos. Como los historiadores, los sociólogos rechazan el enfoque especulativo característico de la filosofía de la época. La mayor parte de ellos repudia el marxismo porque es una doctrina que niega la separación entre el hombre de ciencias y el político, y predica el empleo de la violencia con el objeto de alcanzar el poder. El último gran punto en común entre las dos disciplinas consiste en que, en aquella época, también la sociología se define como una ciencia histórica. Los sociólogos, como los historiadores, tratan de comprender el funcionamiento de las sociedades humanas volviendo la mirada al pasado.

No obstante, rechazan la concepción cronológica del tiempo que defienden los historiadores [Simiand, 1903], quienes afirman que cada época, cada acontecimiento, son únicos y no se reproducirán nunca. Para escapar del anacronismo (pecado capital profesional del historiador), estiman que hay que mirar el pasado con los ojos de quienes lo vivieron. El estudio de la historia no puede, pues, servir para explicar el presente. Los sociólogos, por su parte, creen que toda indagación histórica es tributaria del presente; sólo podemos conocer la vida de los hombres de antaño por intermedio de los archivos que han llegado hasta nosotros, utilizamos el lenguaje de hoy y encaramos nuestras investigaciones impulsados por las curiosidades que dominan nuestra época. Para los sociólogos, los historiadores que se niegan a admitir estas verdades retoman, con frecuencia sin advertirlo, los prejuicios de su época. Por ello le otorgan tanta importancia a los grandes hombres, los grandes acontecimientos y las peripecias de la diplomacia. Para que pueda surgir a la luz una verdadera ciencia de la historia, es pues necesario afrontar los apremios del presente en lugar de rechazarlos y construir los cuestionamientos que luego guiarán el trabajo documental. Valiéndose de esta convicción, los sociólogos elaboran teorías que aspiran a establecer las leyes (o las constantes) de la historia, único modo de explicar el mundo en que vivimos. Este punto de vista justifica la importancia que confieren, tanto a la génesis de los fenómenos observados como a la comparación entre ellos en el tiempo y en el espacio.

La segunda gran divergencia entre las dos disciplinas es de algún modo una prolongación de la primera. Los sociólogos se niegan a apropiarse del lenguaje de los historiadores porque este es un lenguaje que procede del mundo político y no de la ciencia. Para ellos, la Nación, el Estado, lo Social, el Individuo, etcétera, son entidades colectivas que es indispensable «deconstruir» a fin de encontrar los «átomos elementales» (la fórmula es de Max Weber), vale decir, las personas de carne y hueso. Con todo, la sociología no se define como una «ciencia del individuo», puesto que en el momento en que emerge en el escenario universitario ese lugar ya ha sido ocupado por otra disciplina: la psicología. Desde la década de 1870, ésta había adquirido gran prestigio, primero en Alemania y después en Francia, fundamentalmente en virtud de los lazos que había tendido con la medicina.

El objeto propio de la sociología es el estudio de las relaciones que vinculan a los individuos entre sí.