Italia y Venezuela: 20 testimonios - Guadalupe Burelli - E-Book

Italia y Venezuela: 20 testimonios E-Book

Guadalupe Burelli

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Con gran satisfacción entregamos a los lectores este libro, Italia y Venezuela: 20 testimonios, fruto de la eficiente investigación y escritura de Guadalupe Burelli y de la destreza fotográfica de Gianni Dal Maso. Avanzamos en el propósito de indagar en los orígenes de la venezolanidad, especialmente en aquella que fue macerándose en nuestro territorio, después de haberse originado en otras latitudes. Los veinte venezolanos de origen italiano entrevistados han contribuido de manera sustancial con la construcción del país. El lector podrá tomarles el pulso a una veintena de historias personales, cuyo corolario ha sido el éxito en sus ámbitos profesionales, así como la manifestación de una fervorosa gratitud hacia Venezuela. Esta obra de espíritu italo-venezolano ha sido coeditada con el Istituto Italiano de Cultura de Venezuela y la Embajada de Italia en nuestro país. Para ambas entidades, vaya nuestro agradecimiento.

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Seitenzahl: 563

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Facebook: Fundación para la Cultura Urbana

Italia y Venezuela: 20 testimonios.

© 2006 Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana

© 2022 Fundación para la Cultura Urbana

ISBN edición impresa: 978-980-6553-44-6

ISBN edición digital: 978-84-124858-3-7

Producción editorial: Diajanida Hernández

Fotografías: Gianni Dal Maso

Diseño de portada: John Lange

Diseño de colección: ProduGráfica

Número 45

Italia y Venezuela:

20 testimonios

Guadalupe Burelli

Giacomo Clerico, Corrado Galzio, Gaetano Bafile, Graziano Gasparini, Mario Zilianti, Antonio Pasquali, Filippo Sindoni, Marisa Vannini, Guido Olivieri, Eddo Polesel, Giuseppe Domingo, Piera Ferrari, Franco Rubartelli, Antonio Costante, Victoria De Stefano, Rosita Di Geronimo, Gioia Lombardini, Egidio Romano, Nica Novielli, Giuseppe Gianetto

Índice

Presentación

Guadalupe burelli

Prólogo

Giacomo Clerico el constructor

Infatigable voluntad

Corrado Galzio el músico

Los sonidos virtuosos

Gaetano Bafile el periodista

La voce d’Italia en Venezuela

Graziano Gasparini el arquitecto

El historiador de la arquitectura colonial venezolana

Mario Zilianti el médico

A la vanguardia

Antonio Pasquali el comunicólogo

La vida sin nostalgia

Filippo Sindoni el industrial

Primero fue la pasta

Marisa Vannini la investigadora

La profesora no se cansa

Guido Olivieri el restaurador

La receta del éxito

Eddo Polesel el comerciante

Entre la empresa y las cámaras

Giuseppe Domingo el cronista

«Esto soy yo»

Piera Ferrari la alta costura

Entre telas

Franco Rubartelli el fotógrafo

La siempre azarosa vida de Franco Rubartelli

Antonio Costante el hombre de teatro

Un pez entre dos aguas

Victoria De Stefano la escritora

Literatura y vida de Victoria De Stefano

Rosita Di Geronimo la filántropo

La sensibilidad social de Rosita Di Geronimo

Gioia Lombardini la actriz

Hada, malvada, mamá

Egidio Romano el científico

Buscando el porqué de las cosas

Nica Novielli la peluquera

Una vida con las manos en la cabeza

Giuseppe Gianetto el rector

La fuerza del designio

Gianni Dal Maso

Presentación

Con gran satisfacción entregamos a los lectores este libro, Italia y Venezuela: 20 testimonios, fruto de la eficiente investigación y escritura de Guadalupe Burelli y de la destreza fotográfica de Gianni Dal Maso. Avanzamos en el propósito de indagar en los orígenes de la venezolanidad, especialmente en aquella que fue macerándose en nuestro territorio, después de haberse originado en otras latitudes.

Los veinte venezolanos de origen italiano entrevistados han contribuido de manera sustancial con la construcción del país. El lector podrá tomarles el pulso a una veintena de historias personales, cuyo corolario ha sido el éxito en sus ámbitos profesionales, así como la manifestación de una fervorosa gratitud hacia Venezuela.

Esta obra de espíritu italo-venezolano ha sido coeditada con el Istituto Italiano de Cultura de Venezuela y la Embajada de Italia en nuestro país. Para ambas entidades, vaya nuestro agradecimiento.

Fundación para la Cultura Urbana

Guadalupe burelli

Nació en Mérida (1955). Estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela. Se ha desempeñado en el campo de la gerencia cultural: coordinadora general del Instituto de Arquitectura Urbana (1978-1980); coordinadora de programación de la Galería de Arte Nacional (1980-1984); investigadora en la Oficina de Investigaciones Históricas y Políticas del Congreso Nacional (1986-1988); coordinadora de artes plásticas del Centro Cultural Consolidado (1991-95); directora ejecutiva de la Fundación Corp Group (1995-2000); gerente de Latincollector de Venezuela (2000-2001). En años recientes ha participado en la producción de diversos proyectos editoriales.

Prólogo

En la tarea de construir el país que hoy somos, la presencia italiana en nuestro territorio ha dejado una marca profunda. A la intrepidez de un genovés debemos la revelación de esta tierra de gracia al resto del mundo; a la evocación que hace de Venecia Américo Vespucci, frente a la laguna de Sinamaica, debemos el nombre que nuestro país tiene, Venezuela: pequeña Venecia; y a la acuciosa dedicación de Agustín Codazzi, quien inicia en 1832 sus trabajos topográficos, tenemos que agradecer las primeras cartografías del país.

A partir de entonces, son incontables los que desde la península han venido al país por distintas causas, y es ya imposible deslindar el aporte de lo italiano en la construcción de la venezolanidad.

Desde los tiempos de la conquista y luego de la colonia, la cultura italiana fue alimento en la formación del cuerpo cultural de nuestra nación, al tiempo que el nuevo mundo ejercía una fascinación sobre algunos espíritus aventureros que se lanzaron a ver con sus propios ojos lo que los cronistas describían, a veces con sorprendentes dosis de fantasía. Desde allá vinieron algunos atraídos por la empresa colonizadora y participaron en la fundación de nuevas ciudades como lo hizo Francisco Graterolo, antepasado de Simón Bolívar, en Barquisimeto y Trujillo. Hacia allá viajaron otros en búsqueda de ideas que reforzaran sus inquietudes como fue el caso del padre Sojo, iniciador de la actividad musical en este país, y de Francisco deMiranda y Simón Bolívar, cuyas ideas libertarias atrajeron a numerosos italianos a sumarse a las luchas independentistas. Entre ellos resalta el nombre de Castelli, militar muy destacado, cuyos restos descansan, como los de Codazzi, en el Panteón Nacional. Pero trazar la historia de esta sostenida presencia es tarea que se propusieron otros y acometieron con gran éxito. Lo que este libro ofrece es el testimonio de las peripecias vitales de veinte inmigrantes que llegaron a este país provenientes de su Italia natal en la segunda mitad del siglo XX, y lo hicieron su patria.

La historia de la inmigración italiana en Venezuela tiene dos grandes momentos. El primero se registra alrededor de 1860 y coincide con el período del resurgimiento italiano cuando la península buscaba la unificación de su territorio y la libertad, y descollaba la figura de Giuseppe Garibaldi como factor aglutinante de las tentativas revolucionarias. Se presume que esta circunstancia política que incidió en la economía, motivó el que muchas familias se vinieran a Venezuela y se instalaran mayoritariamente en los Andes. Muchos se han preguntado por qué escogieron ese destino y la respuesta podría ser, como en la mayoría de los casos de inmigración, porque ya tenían personas conocidas viviendo en la zona, y porque esa región ofrecía la posibilidad de desarrollarse plenamente en la agricultura, que era lo que mejor sabían hacer. A la región trujillana llegaron numerosas familias provenientes de la isla de Elba que habían visto sus vides perecer a causa de la filoxera. Como parte de ese grupo llegaron mis tatarabuelos, Cristino y Enriqueta Burelli, quienes además de mejorar sus circunstancias económicas buscaban alejar a su hijo, Giuseppe, mi bisabuelo, un romántico y rebelde sin remedio, de las filas garibaldinas. En Valera establecieron un negocio de víveres y en una oportunidad en que viajaban a Italia, en busca de mercancía para surtirlo, el barco que los transportaba naufragó y perecieron, un destino trágico bastante frecuente en aquellos días.

La otra oleada importante, y la que nos ocupa en esta oportunidad, es aquella que se da de manera organizada y sistemática a partir de 1946, luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, y que concluye como tal alrededor de 1956. En aquel momento, la Italia empobrecida y desolada contó con una generosa alternativa que ofrecía trabajo y bienestar a aquellos conciudadanos que estuviesen dispuestos a buscar futuro en este joven país que estaba haciéndose. La imagen casi arquetipal del inmigrante que lo deja todo, o lo poco que tiene, paralanzarse esperanzado en la aventura de recomenzar una vida en territorio desconocido, irrumpe ahora en toda su intensidad dramática, y casi se convierte en heroica. Son verdaderamente admirables el valor, la entereza y el optimismo que trajeron para hacerse un destino en este país que los recibió, eso sí, con los brazos abiertos. Esta gente que se vino con la idea de triunfar, de integrarse, y no voltear para atrás, logró en buena medida lo que se propuso. Y no deja de ser paradójico el hecho de que quizás ya no signifiquen mucho en su país de origen mientras que, sin su aporte, este país estaría incompleto.

Italianos llegaron de todas las edades, condiciones sociales y niveles educativos, con un rasgo común y definitorio: la voluntad de trabajar. El empuje y la necesidad de no fracasar los llevaron a perfeccionar sus habilidades y poco a poco fueron copando todos los espacios, al punto que sería difícil encontrar uno donde no haya destacado alguno. El comercio, la industria, la cultura, la arquitectura, la construcción, la banca, la academia, la estética, la moda, la ciencia, la medicina, la agricultura, la ganadería, en fin, todas las áreas donde es posible el desempeño del hombre han sido terreno fértil para estos nuevos venezolanos. Justamente eso es lo que nos propusimos mostrar en las entrevistas que conforman este libro, que si alguna dificultad tuvo en su realización fue la de tener que ajustar la lista a tan sólo veinte como exige el formato de la colección, y, además, limitarnos a los que residen en Caracas por razones de logística, porque la italiana es una colonia demasiado generosa en gente valiosa que se ha regado por todo el territorio. Creo que queda pendiente para un futuro cercano una continuación de este proyecto que haga justicia a tantos otros que, tan sólo por esos motivos, no se incluyen en esta publicación.

El acercamiento a estos personajes me permitió establecer algunas características comunes que quizás merece la pena destacar. Una, fundamental, es que el italiano se propuso desde un principio integrarse al venezolano, y este hecho, que podría parecer obvio, no lo es necesariamente. En ellos destaca una expresa voluntad de compartir con «el criollo», aprender su idioma y asimilarse a su modo de vida. El carácter afable y expresivo del italiano en general se aviene muy bien con el temperamento del venezolano, y ello facilitó el mutuo acercamiento que fructificó en miles de familias mixtas y en el intercambio de costumbres entre las que destaca, inevitablemente, la gastronomía. Basta un dato simple, doméstico, para advertir la magnitud de la influencia italiana en nuestra dieta diaria: una sola fábrica, de mediano tamaño, produce diariamente ciento ochenta mil kilogramos de pasta. Y creo que no es exagerado decir que hasta en el rincón más lejano de Venezuela se consigue una versión de «espaguetti boloñesa» y que cualquier localidad exhibe una pizzería.

Otra característica común es que no están dominados por la nostalgia hacia la patria de origen, sino que, agradecidos, han fundido su destino con el de este país, mientras ven a Italia con afectuosa cercanía y admiración. Estoy segura de que las difíciles circunstancias actuales de Venezuela, en contraste con el fortalecimiento de la Comunidad Europea, han hecho que surja en uno que otro la inevitable tentación de hacer el viaje inverso, y probablemente lo harán algunos de sus descendientes, pero no es un rasgo generalizado, y por lo menos esta generación de inmigrantes más bien vislumbra su final aquí, donde han podido hacer su vida y establecido sus afectos.

Por último, quisiera agradecer a todos los entrevistados por su amable disposición al diálogo y a compartir sus historias. Además de lo gratos que fueron todos y cada uno de los encuentros, de ellos salí llena de admiración y optimismo. Agradezco también a la Fundación para la Cultura Urbana el que me haya escogido para realizar este trabajo. No sabían la oportunidad tan inesperada que me dieron de acercarme, a través de estas personas, a un gentilicio del que también me siento orgullosamente parte. Ello me reveló claves de comportamientos y costumbres familiares cuyos orígenes ignoraba y tengo ahora más claros. Finalizo celebrando la iniciativa de la Fundación de realizar estos libros que ponen de relieve no sólo la importancia de la inmigración para un país como el nuestro, sino el valor de estos héroes civiles, hombres y mujeres sin rangos ni uniformes, que con su trabajo han aportado tanto a Venezuela.

Guadalupe Burelli

Fant

A la memoria de mi padre, Miguel Ángel Burelli Rivas, trujillano de abuelos toscanos, de quien aprendí que nada es más fascinante que la aventura del hombre en la tierra

Giacomo Clerico el constructor

Infatigable voluntad

Giacomo Clerico era un hombre grande. Así lo veían los italianos y también los venezolanos que lo conocieron y admiraron. Lo era por su tamaño y por la magnitud de las obras que su voluntad se empeñó en construir. También era discreto y austero, y estas virtudes en su caso cobran, por tanto, una dimensión aún más admirable. No es común que estas características armonicen entre sí.

Cuando comenzó a gestarse este libro su salud ya se había resentido enormemente y estaba recluido en su apartamento, lejos de toda actividad. Aun así, estuvo dispuesto a conversar y algo de ese encuentro quedó grabado.

***

Soy de un pueblo de Italia llamado Gotasecca en la provincia de Cunio, en la región de Langhe, al norte de Italia. Nací en 1921 y tenía veintiséis años cuando me vine, solo, en 1947.

¿Y cómo se te ocurrió venir a Venezuela?

Es que hay gente que comete errores en la vida.

¿De verdad crees que haber venido para Venezuela fue un error?

No.

¿Llegaste directamente a Valera?

A La Puerta, porque empecé a hacer el estudio de la carretera que va de allí a Valera y de allí a Timotes. Empecé a vivir en La Puerta en un hotelito de un señor que se llamaba Grisales. Recuerdo muy bien que estaba ahí el día que mataron a Gaitán, el 9 de abril de 1948 y ese señor Grisales lloraba, y gritaba, hacía de todo, desesperado, porque era colombiano.

¿Cómo es que te fuiste directo a los Andes, ya tenías algún contacto?

¡Alguna vaina debía hacer! A mí me gustaba hacer ese estudio de la carretera, y eso ayudó a que yo me sintiese venezolano, porque aquí estaba haciendo lo que sabía hacer.

¿Te hiciste venezolano?

Eso sí, me hice venezolano, pero mucho después, cuando el gobierno de Carlos Andrés Pérez...

¿Para quién trabajabas en aquel momento?

Para el Ministerio de Obras Públicas.

¿Cuándo nació la empresa Vinccler?

En 1956. Yo le iba a poner el nombre de Clerico, pero le puse Vinccler, que quiere decir Venezolana de Inversiones Clerico.

¿Con cuántas personas comienza la empresa?

Los primeros que empezaron a trabajar conmigo eran mis empleados del ministerio, y han trabajado allí, desde entonces, como veintidós mil personas. No sé cómo va a ser ahora…

Es que la Venezuela que tú encontraste no tiene nada que ver con lo que es hoy.

No.

Bueno Giácomo, vamos a dejarlo por hoy y seguimos otro día. ¿Te parece, estás de acuerdo?

Bueno, aunque yo no estoy cansado.

Estar cansado seguramente no fue un estado frecuente en nuestro entrevistado, pero lamentablemente no hubo otro día para continuar conversando porque hubiera sido un abuso de mi parte con sus menguadas fuerzas. Sin embargo,semanas después, varias gravedades y recuperaciones mediante, nos recibió una tarde al fotógrafo Gianni Dal Maso y a mí para hacerle el retrato para el libro. Solamente un espíritu con la determinación del suyo es capaz de hacer lo que él hizo: levantarse y acicalarse para sentarse a posar cuatro días después de salir de un estado de semi coma. Incluso nos sorprendió con salidas cargadas de su humor muy particular, y también nos conmovió la paciencia con que atendió a nuestras indicaciones: otra toma más, una última vez, por favor, mire hacia la cámara, una sonrisa… Las fotos que resultaron, presumo que las últimas que se le hicieron, son un testimonio elocuente de su entereza y de su dignidad. Mes y medio después murió. En la funeraria compartimos con cientos de personas la pena por su partida y se recordó, con afecto y admiración, lo que fue una vida verdaderamente útil y generosa. Para completar su entrevista conversé entonces con su hijo Juan Francisco y, juntos, volvimos sobre el personaje desde la perspectiva de quien fue quizás la razón principal de su vida ya que una desconsiderada viudez, cuando era aún joven, lo signó en lo personal para siempre como un hombre solo, con un hijo.

Cuando a papá le preguntan por mí él comenta: No me puedo quejar, o lo traduce al italiano: Non posso lamentare. Y sabiendo que mi papá es de Langhe, que es una zona digamos dura, donde los sentimientos no se expresan, decir: «no me puedo quejar» es así como la máxima alabanza. En esa zona, y en la época que le tocó a mi papá, la gente creció con muchas limitaciones y la vida era muy dura, por lo que era común escuchar siempre un lamento, una queja, o quizás una manera de expresarse que apunta menos a lo positivo sino que se expresa en un «no puedo quejarme».

Tu papá me contó que al quedar viudo de tu mamá, que murió en tu parto, te mandó a vivir a su tierra natal para que te criaran tus abuelos paternos.

Sí, fui a Italia cuando tenía quince meses a raíz de que mi mamá murió en la cesárea. Hasta ese momento estuve aquí atendido por unas enfermeras, pero mi papá vio que en realidad no estaba creciendo con suficiente vigor, a pesar de que él trataba de darme toda la atención posible –hasta mandó a comprar una cabra para que tuviera la leche fresca–, entonces decidió mandarme a vivir con mis abuelos.

¿Y hasta qué edad estuviste en Italia con ellos?

Hasta los once años. Cuando terminé quinto grado me vine para Venezuela, hice sexto grado y después empecé a estudiar en el Liceo San José de Los Teques el bachillerato.

Tu papá me comentó que durante esos años en que estabas en Italia, iba con muchísima frecuencia a verte.

Él iba casi todos los años, porque no te olvides que el viaje entre Venezuela e Italia era un vuelo de veinticuatro horas. Lo que sí había era mucha comunicación por cartas, él me escribía, yo le escribía. La primera carta se la mandé cuando estaba en primer grado y creo que fue emocionante para él recibirla.

Tuviste la infancia de un niño italiano. ¿En todos esos años allá no viniste a Venezuela?

Sí, regresé una vez cuando tenía cinco o seis años con un primo que iba a pasar unas vacaciones en Mendoza. Después, cuando me vine, todos los veranos en las vacaciones iba a visitar a mis abuelos, hasta que se murieron.

¿Siempre tuviste la conciencia de que ibas a volver a Venezuela donde estaba tu papá?

No, en absoluto, cuando mi papá me lo dijo fue una sorpresa, pero me pareció una sorpresa interesante, claro está que separarme de mis abuelos fue duro, pero yo tenía claro que tenía que estar con mi papá en Venezuela.

¿Y hablabas español?

En absoluto, mi papá me mandó unos libros para que aprendiera y mi abuela me ponía a leer, pero tuve el primer problema cuando en la lectura apareció la palabra mango y no tenía idea de qué era un mango, hasta que mi papá me explicó en una carta que era una fruta, cosa que yo presumía porque el texto decía: el niño se resbaló sobre la concha del mango.

¿Desde que viniste tu papá te empezó a formar para que continuaras lo que él ya había empezado? ¿Cómo recuerdas esa etapa?

Fue una formación indirecta, él no me dijo «tú tienes que hacerte cargo de la empresa, del grupo o de lo que vamos hacer», sino que yo lo acompañaba a ver los trabajos, lo acompañaba a la hacienda, y quizás por esa influencia es que yo me encaminé hacia esto, pero nunca me dijo que yo debía acometer una carrera para incorporarme a la empresa, nunca. Inclusive en las vacaciones iba yo a sus trabajos a hacer algún tipo de actividad, porque nuestra relación fue siempre muy cercana a la problemática del trabajo, con lo que él estaba totalmente comprometido, y era lo que de alguna manera nos unía, siempre estábamos hablando de esos asuntos porque siempre había un problema que discutir y resolver. En realidad, nuestros temas de conversación eran el trabajo o la política nacional e internacional.

No temas personales.

No, por decir, no hablábamos de las Olimpíadas o del fútbol o qué sé yo, porque esos eran temas considerados superfluos…

La pasión de Clerico era hacer cosas, grandes cosas…

Sí, y quizás también su gran distracción. El hecho de tener familia, hijos, te lleva a otras obligaciones, mientras que él no tenía ninguna otra obligación sino trabajar y como buen italiano, trabajar para la familia, pero la familia era yo solo. Entonces se dedicó a hacer lo que le gustaba, y buscó la manera de hacerlo conmigo. La relación con mi papá siempre fue madura porque quienes me criaron fueron mis abuelos.

Tu padre era un hombre asombrosamente austero, a pesar de haber logrado una holgura económica considerable.

Porque creció en medio de mucha austeridad y no sentía necesidad de tener otra cosa. Yo se lo atribuyo también a la falta de una mujer y de una familia más numerosa que le hubieran podido hacer otros requerimientos, porque él sentía que podía vivir muy cómodamente sin gastos superfluos. Él tenía, por ejemplo, su avioneta para movilizarse en su trabajo cómodamente, no era que se privaba, pero a lo mejor, si hubiera tenido una mujer al lado que le hubiese dicho un momentito, aquí están los muchachos, los tienes que llevar a la playa o los tienes que llevar a Disneyworld, hubiera sido distinto. La mujer trae al seno familiar otros intereses y otros compromisos y obligaciones que él no tenía. Por eso su esquema de vida fue austero pero cómodo.

La vida de un hombre solo, con un solo hijo, moldeada de acuerdo a sus intereses. ¿Cuáles fueron las grandes enseñanzas que te dejó tu padre?

Trabajar, porque eso ennoblece al hombre; no hacer gastos superfluos, pero vivir cómodamente en la medida de lo posible, y ejercer la bondad, porque una de las características fundamentales que yo vi en mi papá, y que creo haber aprendido, es la bondad. Mi papá fue un hombre esencialmente bueno, tanto así que en sus exequias yo pedí a quienes me acompañaban, un aplauso para un hombre bueno. Yo creo que eso es un resumen de las enseñanzas fundamentales que me dejó mi papá a través de su propia vida, aparte de sus otras cualidades que admiro, como son las de haber sido un hombre muy inteligente, emprendedor, con gran visión política, toda una serie de otras cualidades, pero lo más importante es que era una buena persona, una persona que tenía buenos sentimientos.

Además, era un filántropo que ayudaba a muchísima gente y, como debe hacerse: calladito la boca.

Sí, tenía su manera particular de ejercer la filantropía, sin necesidad de hacer grandes promociones. Hasta en eso diría yo que él fue un personaje típico del Langhe italiano, del piemonte, de esa zona de vida austera, de vida difícil.

Era de origen campesino.

Claro, por supuesto, de origen campesino. Yo entendí mi realidad, su realidad, la realidad de mis abuelos cuando leí un libro que se llama La malora, La mala hora –de un famoso escritor italiano de esa región que se llama Giuseppe Fenoglio–, sobre la vida de los campesinos en la zona del Langhe, sus realidades, sus sentimientos, sus querencias. A partir de esa lectura entendí mucho mejor a mi papá y después yo se lo di para que lo leyera y él también se sintió muy identificado con aquello, tanto así que me reconoció: fue la realidad de mi vida.

Que lo marcó definitivamente, porque se vino para acá a los veintisiete años.

Sí, veintisiete años porque él nació en el 21. Se vino después de que participó en la Segunda Guerra Mundial como carabinero.

¿Y qué te contaba él de la guerra, de qué manera lo marcó esa experiencia?

Me hablaba del hambre que pasó y del conflicto ideológico que significaba una Italia que estaba en guerra, pero que no quería estar en guerra, y también me hablaba de la guerra civil italiana, después del 8 de septiembre del 43, cuando Italia estuvo dividida en dos y tres grandes bandos, los fascistas, los comunistas y los del general Badoglio. Lo cierto es que Italia nunca estuvo convencida de la guerra, él me hablaba mucho de ese tema. Su decisión de emigrar fue consecuencia de los desastres que ocasionó la guerra, él se fue para resolverse su vida él solo y que la familia no tuviera tantos problemas. Hay que dar gracias a Dios por la oportunidad que hubo en Venezuela, que en ese momento estaba abierta a la inmigración.

¿Cómo fue que vino a este país?

Había una solicitud de Venezuela y creo que de Ecuador, buscando profesionales para que se incorporaran en esos países y él vino a Venezuela porque tenía oportunidad de trabajo, tanto así que su primer trabajo fue en el Ministerio de Obras Públicas como topógrafo geómetra.

¿Por qué vino a Trujillo?

Porque el ministerio lo mandó a trabajar a Trujillo, a trazar la carretera que va de Valera a La Puerta, pasando por Mendoza Fría, ese fue su primer trabajo.

¿Y ahí conoció a tu mamá, también?

Sí, y se casó en el año 53.

Desde siempre Los Andes fue la zona de trabajo de tu papá.

Siempre esa fue su zona de trabajo, Trujillo, su base era Valera y Mendoza Fría. Ahí fue donde él creó su vida venezolana, ahí fue donde se casó, donde nací yo, donde hizo sus amigos, porque aunque tuvo conocidos a lo largo y ancho de Venezuela, sus verdaderos amigos son los trujillanos.

Luego de comenzar a trabajar para el MOP se independizó muy rápidamente. Eso habla de su empuje.

A los dos, tres años de estar aquí empezó a trabajar por su cuenta como subcontratista de empresas de construcción y poco a poco fue armando su empresa hasta que en el año 56 funda Vinccler, que es hoy la empresa que estamos recordando.

¿Cuáles son las principales obras públicas que acometió la empresa?

Son muchas y de distinta índole. Te voy a dar un ejemplo de cada área para no extendernos demasiado: entre las obras hidráulicas se pueden mencionar los trabajos en la represa «Raúl Leoni», en Guri; como ambientales: el aislamiento de efluentes mercuriales, en el Complejo Petroquímico Morón; como preparación del sitio: el Hipódromo de Santa Rita, en el estado Zulia; entre los trabajos en plantas industriales del sector petroquímico: la ampliación de la Refinería El Palito en el estado Carabobo. Entre las obras marinas: plataformas para localizaciones petroleras en el Lago de Maracaibo; ejemplo de montaje mecánico: la central Hidroeléctrica Peña Larga en el estado Portuguesa; y eléctrico: la subestación Arecuna y Dobokubi 115/13.8 KV, en Anzoátegui. Por último, en vialidad: el tramo Chivacoa-San Felipe de la Autopista Centro Occidental en el estado Yaracuy.

¿Siempre pensaba en grande?

No, él siempre pensaba en crecer, pero de acuerdo con sus posibilidades, no era una persona que tomara riesgos sin medirlos.

¿Muy realista?

Exacto, no era una persona que tomaba riesgos más allá de lo que él se sentía capaz de enfrentar, aunque sí está claro que era emprendedor, pero no era audaz, digamos que era un emprendedor conservador. Apostaba más bien al crecimiento sostenido.

¿Y qué significaba Italia para tu papá?

Más que Italia, el pueblo de él era una referencia de cómo era la vida, y eso fue lo que lo marcó fundamentalmente.

¿Con nostalgia?

No, no, Italia era un sitio para ir de vacaciones, para comer bien, una gran referencia cultural histórica, muy importante, pero que sintiese nostalgia de Italia no, su país fue Venezuela, él se sentía bien viviendo en Venezuela y bien en Italia pasando unos días de descanso, pero no era el sitio para volver.

¿Tú crees que tu papá se sentía satisfecho de la vida que había tenido y lo que había podido hacer?

Yo creo que él estaba satisfecho. Creo que llevó una vida completa, quizás lo que le faltó, pero él lo asumió como su destino, fue tener una familia acompañado por una mujer, y se decía: yo llevé la vida como la llevé pero ¿cómo hubiese sido de otra manera? Ahora, esa interrogante era más una curiosidad que un lamento.

Fue sin duda una decisión muy personal, y radical también. ¿Qué la habrá motivado?

Pienso que estaba enmarcada dentro de su carácter independiente y a lo mejor no encontró nunca una persona que le acompañase y que pudiera llenar la ausencia de mi mamá, porque el tema de la falta de mi mamá fue un tema realmente muy traumático. Mi mamá, por referencias que tengo, era una persona muy cariñosa, amable, inteligente, con carácter, bien plantada, no fuerte, sino con una visión de futuro, es decir, era una mujer cosmopolita para la época, que había estado en varias oportunidades en Estados Unidos, que a lo mejor no hablaba inglés pero sí entendía, que conocía el mundo fuera del ámbito rural venezolano. Por todas las cosas que yo conocí de mi mamá: sus viajes, sus escritos, sus pinturas –porque pintaba–, sé que era una mujer realmente interesante y de avanzada, y a lo mejor mi papá no consiguió la persona con quien rehacer su vida familiar, de modo que el trabajo lo absorbió totalmente. Cuando se casaron él era ya un hombre de 34 y ella una mujer de 32 años, eran ambos, a mi modo de ver, dos caracteres volcánicos que se juntaron…

Yo siempre percibí a tu papá como un hombre bastante solitario, y al ver la enorme manifestación de amistad y admiración que significó su entierro pienso que quizás era una visión errónea de mi parte…

Ese tema del entierro de mi papá me hizo sentir muy bien, me contentó muchísimo, por la cantidad de gente que fue, por la cantidad de coronas de flores que enviaron. Inclusive tú sabes que cuando en esos momentos uno piensa, que no manden flores para que hagan una donación, no, mi mejor decisión fue que todo el mundo se expresara como lo sintiera, y el suyo fue un entierro alegre. Por lo menos para mí fue una cosa que me hizo sentir muy bien, y lo que sucedió durante esos días me confirmó mi sentimiento de que mi papá era un hombre bueno y querido.

Había muchas personas que en aquel momento lo estaban recordando con alguna anécdota suya, por lo general graciosa, que revelaba el gran sentido del humor que tenía a pesar de su apariencia un tanto hosca. Allí escuché muchos cuentos que me lo dibujaron muy bien en algunos aspectos de su personalidad que me eran desconocidos, pero esencialmente se hablaba de su humor, de su discreta generosidad y de su relación con los demás.

Él era en el fondo un hombre solitario, pero con grandísimas relaciones, que dio un poco de sí a cada quien; antes se lo daba todo a mi mamá y después quizás ese trauma hizo que él diera un poquito de él a mucha gente, pero no se atrevió a dar todo a otra persona.

Muchas conversaciones tuve con mi papá sobre ese tema de aferrarse a los muertos, una idea italiana muy del Langhe, por cierto. Te muestro esta dedicatoria puesta en una estampita con motivo del aniversario de la muerte de mi mamá: «A la inmemorable memoria de Elda Avendaño de Clerico, esposa sublime y amabilísima, modelo de abnegación y piedad, quien sacrificó su joven existencia en aras de la noble finalidad de ser madre. Su esposo e hijo le dedican este recordatorio». Entonces, fíjate tú, se sacrificó por darme la vida mía… eso también explica la relación madura que siempre tuvimos, porque te aseguro que aquello no fue fácil para mi papá.

Ahora que te toca a ti asumir solo la conducción de la empresa, que es algo para lo que te has preparado, ¿cómo te sientes?

Me siento capaz de llevar adelante el reto que tengo entre mis manos gracias a las enseñanzas que recibí de él. Soy optimista.

Corrado Galzio el músico

Los sonidos virtuosos

El nombre de Corrado Galzio está indisolublemente ligado a la música. Cuesta hacerlo hablar de cosas que no estén relacionadas con la actividad intensa y constructiva que ha desarrollado en torno a ella en Venezuela, en Italia y en los muchísimos países donde ha dejado la impronta de su tenacidad y de sus sonidos virtuosos. Aún se mantiene entre Venezuela e Italia –«embajador de dos mundos» lo han llamado– generando proyectos que contribuyan a difundir lo mejor del talento cultural de nuestros países, y prueba de ello es que hace poco tiempo su indoblegable tenacidad inauguró, para felicidad de los caraqueños, el Centro Cultural Montesacro desde donde seguirá apostando por lo que ha sido su pasión vital: la creación artística.

***

¿Dónde naciste, donde transcurrieron tus primeros años de vida?

Nací en Sicilia y Noto, mi ciudad natal, ya se ha vuelto muy conocida por los venezolanos porque tiene una gran plaza llamada Piazza Simón Bolívar Libertador, que hice crear en el año 1964. Ahí van muchos venezolanos cuando están de paso por Italia a rendir homenaje a la estatua, y eso me llena de orgullo.

¿Hiciste tus estudios en Sicilia?

Me fui a Roma cuando tenía más o menos 10 años, allí era discípulo del Conservatorio Santa Cecilia donde estudiaba música mientras, paralelamente, hacía otros estudios, llegué hasta la universidad, pero ahí me tranqué...

¿Tú tenías esa clara vocación musical, o fue tu familia la que te empujó a proseguirla?

Sí que me empujaron, no era tan estudioso. Me gradué muy bien, estuve en una cátedra y luego, como era bastante cabeza caliente, fui a la guerra de voluntario.

Estamos en ¿qué año?

1941-42. Fui a Grecia, fui por aquí, por allá, menos mal que salí indemne.

¿En qué fuerza estabas alistado?

Infantería. Termino eso y luego, en 1947, con un amigo recibimos una invitación para ir a Brasil, a Curitiba… y todavía no he podido conocer Curitiba.

¿Por qué no fuiste?

Porque en el camino tropezamos con Venezuela y aquí nos quedamos.

Tu intención de ir a Curitiba era por una invitación de origen ¿musical?

Claro, musical. Parte de lo que implica la vocación de un músico italiano en toda la historia de la música, es irse afuera. Si nos remontamos hasta la corte de Catalina de Rusia o donde sea, vemos que estuvo siempre cuajada de músicos italianos que eran exportadores de la música, y de ellos mismos.

¿Y por qué te quedaste aquí? ¿Por qué te bajaste en este país?

Porque me ofrecieron trabajo y estuve contento.

¿Quién te ofreció trabajo?

Empecé en Maracaibo y luego aquí en Caracas y en San Cristóbal donde me quedé haciendo una obra que creo muy positiva. Durante un par de años fui director de la Academia de Músicos y me relacioné tanto con esa sociedad, que inspiró una frase de Ramón J. Velásquez que a mí me gusta mucho: «Corrado Galzio, es un tachirense nacido en Sicilia». Eso es. De ahí me mudé para Caracas y aquí comencé a trabajar en la radio, la televisión y sobre todo dando conciertos con mi Cuarteto.

¿Cuándo formaste tu Cuarteto?

En 1953, el Cuarteto Galzio. Di la vuelta a todo el país, todo el interior y luego al exterior a todos esos países, tienes aquí la lista.

Ciertamente han recorrido el mundo: Argentina, Austria, Bélgica, Brazil, Dinamarca, Cuba, Francia, Túnez, Uruguay, México, España, Estados Unidos, China, entre otros….

Aquí hay de todo. Lo importante también, desde el punto de vista de la labor en este momento, es que tratamos en cada programa de poner una pieza de algún compositor venezolano. Esto es tan así que, no sé ahora en qué año, El Universal dijo que el primer exportador de la música venezolana era el Cuarteto Galzio, y lo cuento sin mucha modestia porque me encanta recordar este asunto.

Además, durante años, a través de tu programa de radio, has sido un difusor de la música y la cultura en general en Venezuela.

El programa radiofónico Monte Sacro, reseña de cultura y actualidades, que es el que más se conoce,comenzó en 1954 en Radio Caracas y celebró 50 años este año. Pero también hice diez años de televisión directa, nada de grabación, y en esa época no tenía patrocinantes. Es que lo mío fue siempre así, por amor a la música, no fui un buen organizador económicamente hablando, pero no me quejo.

No te interesó el tema del dinero.

No mayormente. He hecho las cosas con pasión. Creo de verdad que me siento ciudadano de este país, tanto así, que continúo actualmente en Italia con un festival de cierto peso que hace 29 años, en 1975, fundé en mi terruño, Sicilia: Notomusica Festival Internazionale. Allí cada año participa uno de los concertistas venezolanos y también, si se puede incluir en la programación, se presentan obras de compositores venezolanos. Esto es, en síntesis, la cosa más importante que yo pude hacer.

Desde que llegaste a Venezuela, ¿sentiste que podías desarrollar lo que querías?

Sí, porque aquí la gente es buena, somos del mismo origen, y me trataron muy bien. Yo tengo agradecimiento por esta tierra que nos ha recibido y más que a mí, a todos los otros de menos preparación, digamos, obreros, que por otra parte han construido, creo, buena parte del país y también han desarrollado bastantes lazos a través de uniones familiares. Actualmente hay, de origen italiano, una juventud creciente que ya no son solamente obreros, sino artesanos y estudiantes de la universidad, y eso es positivo.

Sí, los jóvenes de origen italiano, en su inmensa mayoría, son gente con mucho empuje que, pienso yo, han heredado el espíritu de trabajo de los abuelos o padres inmigrantes.

Me interesa también subrayar que tengo dos hijas que se graduaron en Italia, pero hicieron su primaria en Venezuela, en el Instituto Escuela, y una, incluso, entró en la Universidad Central. Eso, digamos, fue la base para seguir interesadas en este país. Ahora, aquí, la Casa de Bello publicó en bilingüe un trabajo suyo sobre Teresa de la Parra.

¿Y qué se sienten ellas?

Dicen que cuando hacían la operación de levantar la bandera de Venezuela en la escuela, de niñitas, eso les daba escalofríos y eso lo siguen sintiendo. Les emociona.

¿Te hiciste venezolano en algún momento?

Sí, como no, a los treinta años de estar aquí, el señor Director de Extranjería, Ramón Ignacio Velásquez, me dijo: Acaban de nombrarme Director de Extranjería y usted va a hacerme el honor de ser el primer musiú que yo nacionalizo.

Has sido un embajador de la música venezolana, y tú te sientes de las dos partes.

Seguro, y la verdad es que cuando estoy allá, en Italia, pienso en cuándo me vengo y cuando estoy aquí también pienso en volver allá...

Ahora tú vives casi más tiempo en Italia que en Venezuela.

El año pasado empecé a cambiar y ahorita estoy aquí porque tengo esta criatura que se llama Centro Cultural Monte Sacro, que existió siempre, pero ahora tiene una sede grande, hermosa, que pienso que va a ser la obra mejor, si la vida me da esa posibilidad, pues eso es lo verdadero. Un poco modestamente debo decir que aquí, como en muchos países, la cultura italiana ha sido difundida principalmente por los italianos residentes. Italia no es como Francia o la misma Inglaterra o Alemania, que tienen instituciones grandes y de mucho poder económico; nosotros no, la cultura italiana en el exterior ha sido principalmente difundida por los italianos particulares, no por el Estado. No es culpa de nadie, los otros países tienen mucho presupuesto, muchísimo.

Es cierto, los inmigrantes han sido fundamentales en este aspecto.

Exacto.

Y pienso que han hecho algo muy particular que es el relacionarse con el país, de una manera no excluyente, o exclusiva de los italianos, sino siempre ítalo-venezolana…

Lamento decir esto, precisamente yo que he sido gran amigo de los directores de cultura que vinieron aquí, pero en el fondo, por mucho que le hayan puesto interés, son siempre personas que se quedan unos cuantos años y se van, y ese cambio repercute en la obra. Hay quien privilegia los actos externos; otros, en cambio, a quienes solamente les interesa la enseñanza del idioma; los hay que quieren solamente un tipo de manifestaciones, y por último el que no hace nada porque cree que vino aquí para turistear. ¿Por qué ocurre todo esto? Porque nosotros, los italianos que tenemos inmigraciones por todas partes, hemos sido los ejecutores de la política cultural.

Es muy admirable porque no todas las inmigraciones son iguales en ese sentido.

El italiano se mete y se queda, en la guerra fue también así. Yo estuve en Grecia y había que ver la diferencia entre la tropa de ocupación alemana y las tropas italianas. Los alemanes eran muy firmes, muy eficientes y organizados; el italiano fallaba desde el punto de vista bélico, pero estaban en todas las casas de los griegos y se enamoraban, se casaban, y todo: era otro tipo de ocupación, y hoy en día se ve cuántos ítalo-griegos hay.El italianobusca el contacto.

¿Será ese rasgo, que compartimos, el que hizo que tantos italianos se sintieran a gusto aquí inmediatamente?

Claro, sí, se sienten a gusto y con un gran sentimiento de gratitud, no hay sentido ni de superioridad ni de egoísmo, no, el italiano sabe valorar lo que ha recibido y se hace partícipe de la vida del país.

¿Estuviste involucrado en actividades desarrolladas por la Casa de Italia?

Sí, claro, conocí la Casa de Italia cuando estaba en el Parque Carabobo, en una sede provisional. Luego alquilaron una quinta en los Palos Grandes, mientras se construía la sede en San Bernardino abajo. Yo fui miembro de la junta directiva y principalmente fui el director, llamémoslo, artístico. ¿Por qué? Porque propuse que invitaran a tocar a los grandes músicos italianos. Grandes violinistas como Salvatore Accardo, Uto Ughi y los hermanos Bonucci, vinieron a Venezuela porque la Casa de Italia los invitó, en la época cuando tenía un presupuesto para eso. Nosotros propusimos traer lo mejor que Italia podía mostrar en materia de talento...

¿Cuál era el sentido de la Casa de Italia y qué la diferenciaba del Istituto de cultura italiana?

Fue el adalid, digamos, fue la primera criatura válida para estrechar más todavía los vínculos porque ahí, aparte de las actividades culturales, las exposiciones, conferencias y la música que acabo de decir, había reuniones para celebrar los noviazgos y los matrimonios de la colectividad y era hermosísimo, porque una de las aspiraciones más grandes del más humilde de los inmigrantes, era que su hija o su hijo se casara ahí. Y ese fue un punto de encuentro formidable entre las dos nacionalidades. También fue la sede de actividades de un organismo, Quadriglio –donde estaba precisamente tu padre, Miguel Angel Burelli Rivas– que era la asociación de graduados universitarios y artísticos italianos y venezolanos por las universidades italianas. Eso fue formidable, tuvimos grandes reuniones, cenas culturales, y todas las figuras más grandes fueron allá porque se sentían honrados de ser invitados por este grupo tan selecto de intelectuales. Es importante ¿no?

Claro, muy importante. ¿Y qué ha pasado en el tiempo con eso?

En el tiempo eso –claro, en eso tenemos culpa también un poco nosotros, porque por las ausencias no se ha podido seguir empujando–, desapareció. Aunque tal vez sí hubo una razón poco simpática, y es que había algunos que querían aprovecharse de la institución para hacer sus negocios, y entonces preferimos que desapareciera para guardar un ejemplo.

¿En qué año creaste el Conservatorio?

El Conservatorio Italiano de Música se creó en 1953, yo venía de San Cristóbal donde había estado un par de años de director de la Academia de Música del Táchira, y al volver lo inicié junto con el programa en la radio y la televisión. Era una de las tantas actividades que realizaba, como casi todas, sin fines de lucro, porque realmente yo vivía de las clases particulares. Soy pianista.

El Cuarteto Galzio…

Mi Cuarteto fue lo que más se conoció porque tuvo mucha actividad en todas las ciudades del país. Es importante, por ejemplo, decir que hubo un concierto por primera vez en el IVIC, gracias a que allí estaba Marcel Roche, quien compró un piano que fui a tocar. Por primera vez en el Museo de Bellas Artes hubo conciertos, porque, también con Marcel Roche, cuando Armando Barrios estaba de Director, se hicieron tres conciertos estupendos en un ciclo llamado Un siglo de música de cámara de Brahms. Fueron iniciativas hechas con amor y un gran empeño, además de que eran un motivo para explorar nuevos terrenos.

Y encontraste con quién hacerlas.

El país era un país joven, con gran voluntad de superación y deseos de contar también culturalmente en el mundo, y esto tuvo en nosotros unos convencidos entusiastas. Por ejemplo, con Fedora Alemán estuve recorriendo América Latina como pianista de esta gran soprano. En esa época todavía tenía el pasaporte italiano, entonces nos recibían los embajadores, los cónsules, y se extrañaban de ver un pasaporte mío distinto al resto porque yo formaba parte de una misión diplomática cultural venezolana, pero a mí siempre me trataron como un miembro de la sociedad venezolana.

¿A partir de qué momento empezaste a sentir la necesidad de desarrollar actividad cultural en Italia?

En Italia lo que hago es el Festival Notomusica, y en mi tierra natal hace ocho años abrí una escuela de cuerdas, de violoncello, no de piano, porque estoy convencido de que en una sociedad pequeña un grupo de cuerdas es lo que crea de verdad el ambiente; el pianista puede hacer muchas cosas, pero no crea ambiente de verdad, mientras que tres, cuatro, cinco, seis, siete muchachos que tocan cuerdas, sí lo logran. Esta escuela de cuerdas la he sostenido yo de mi peculio y lo digo sin modestia, aunque por fin parece que el próximo año la municipalidad va a colaborar. Pienso que si puedo rasguñar algo de dinero de mis actividades, parte de eso sirve para dar a mi pueblo –que es una ciudad muy importante culturalmente porque es una de las joyas del barroco, con reconocimiento de la Unesco–, una pequeña escuela que no existía. Allí imparten clases profesores locales y también hay una rusa, de Letonia, porque en Italia hay muchos emigrantes de la Europa del Este.

Es digno de admiración el que tengas ese gesto con tu pueblo de origen. Aunque desarrollas toda esa actividad en Sicilia, ¿vives en Roma cuando estás en Italia?

En Roma y en mi pueblo también. En Roma siempre tuve casa, desde cuando estaba en el Conservatorio Santa Cecilia de Roma yo tenía casa.

¿Qué edad tenías cuando viniste?

Yo tenía 26 años, vine formadito. Este era un país joven, una tierra joven y la gente era muy amable.

Era abierta a los cambios, a las nuevas cosas.

Sí. Lo que hice yo en San Cristóbal de verdad fue mucho.

¿Sigues teniendo vinculación con San Cristóbal?

Sí, y también con los tachirenses de Caracas. Me dieron el reconocimiento de Hijo Ilustre –en una oportunidad en que estuve allá con mi Cuarteto– en el Salón de Lectura de la Municipalidad, con la presencia de las autoridades civiles y militares y el señor Obispo. Uno se siente satisfecho. Por cierto, en esa misma región yo hice tres conciertos en períodos distintos con mi Cuarteto, en la represa de Uribante-Caparo donde había ingenieros y obreros, venezolanos e italianos, porque esa represa la hicieron las firmas italianas. ¡Yo considero formidable eso de llevar la Fuga Criolla de Plaza a ese ambiente magnífico! Hasta compraron un piano para eso los señores de la empresa Imprechilo, gran empresa, por cierto.

Has sido un difusor de la música como pocos…

Entre las cosas que merecen destacarse, está la gira que hizo a Europa la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas en 1981. Era la primera vez que una orquesta sinfónica venezolana iba a Europa y en el primer sitio que se presentó fue en Sicilia, en mi pueblo. Estaba dirigida por Carlos Riazuelo y los solistas eran Judith Jaimes, pianista, y Alirio Díaz, guitarrista. Haber logrado eso fue para mí motivo de gran orgullo.

Se dice que los abruzzeses, con los sicilianos, son los grupos regionales italianos que tienen más fuerte presencia en Venezuela. Oyéndote hablar, me imagino que has contribuido con todo esto de llevar de vuelta parte de lo que ha sido esa experiencia de integración de los sicilianos aquí. ¿Para los sicilianos hoy en día Venezuela es algo que le es cercano, familiar, digamos? Porque habrán muchos que han vuelto y otros que aún tienen a sus familias allá.

A ese respecto tengo que volver a hablar de mi pueblo, que se llama Noto. Cuando se inauguró la Plaza Bolívar, el embajador de Venezuela, Víctor Manuel Giménez Landínez con su familia, el cónsul, el vicecónsul y seis obispos venezolanos estaban presentes, y fue muy importante ver a estos prelados atendiendo a los familiares de muchos inmigrantes que les entregaban cartas. Aquellas eran cartas donde cada uno de estos familiares –casi todas viejas– solicitaban la intervención de estos obispos en su región, que si Valencia, que si Ciudad Bolívar, para que las ayudaran, por ejemplo, a tener noticias de su marido que había desaparecido, o para la repatriación de los restos de un hijo que se había muerto. En fin, casos humanos que daban la idea exacta de lo que era la relación. Un señor viejito, me dijo a mí: Mire maestro ¿por qué tanto zaperoco aquí con estas señoras, por qué tanta acogida, tanta cosa? Yo le dije: Mire caballero, lo que pasa es que en Venezuela hay muchos italianos, muchos sicilianos, y allá los tratan mejor.

Debe ser algo parecido a la relación que tienen los canarios con Venezuela.

Esa fue más antigua, desde Cristóbal Colón. Pero ha sido más variada la inmigración italiana porque la mayoría de los canarios han sido, digamos, gente trabajadora de la tierra o artesanos, mientras que la italiana incluye en cambio, además de eso, también profesores universitarios, médicos. Fíjese bien, en el barco donde yo llegué en 1947, había 50 médicos italianos que habían sido contratados por el gobierno de Venezuela y llegando aquí se desparramaron por todo el país. Y en otro barco vinieron más de 50 músicos de Milán: José Antonio Ríos Reyna los había contratado para formar parte de la Orquesta Sinfónica Venezuela que tenía unos pocos integrantes, lo que quiere decir que la verdadera fundación de la Orquesta Sinfónica Venezuela fue con la llegada de ellos. O sea, en un barco llegaban 50 médicos, en otro llegaban 50 músicos de la Scala de Milán en su mayoría, porque había crisis.

Claro, era la posguerra.

Eso. Entonces Antonio Ríos Reyna fue encargado por el maestro Vicente Emilio Sojo de formar una comisión que los escuchara antes de ser contratados; los canarios no tuvieron ese nivel tan elevado.

Eran unos trabajadores insignes con una preparación menor.

La otra inmigración española importante, fue con la República... Ahí sí vinieron muchos intelectuales, ése fue otro nivel, y asombra cuando uno piensa en quienes vinieron: profesores universitarios, fundadores aquí de cátedras universitarias, filósofos con un nivel increíble… una maravilla. De Italia también vinieron personas de alta formación intelectual, aparte de los que hicieron los puentes.

No hemos hablado de tu familia, ¿se quedó toda en Italia?

Tengo un hermano que estuvo 50 años de veterinario en Venezuela. Enseguida después que yo llegué aquí conocí a Felipe Hernández, un gobernador del Zulia y le dije: Gobernador, tengo un hermano veterinario que quisiera que encontrara trabajo aquí. Ah sí, me dijo, yo mañana voy a recibir a mi amigo Montilla, ministro de Agricultura y Cría. ¿Cómo se llama tu hermano? Se llama Salvatore. Ah, muy bien, me voy a acordar de él porque si es bueno como usted, debe ser buen veterinario. Y, efectivamente, le dio trabajo a mi hermano. Al tiempo, cuando iba a nacer en Italia mi segunda hija, le pedí a Hernández que fuera el padrino. Cuando cayó AD, en el 48, yo fui a la cárcel para visitarlo y por poco me ponen preso a mí también, pero yo quería demostrarle que mi amistad continuaba, a pesar de que él estaba caído.

Como debe ser, y así lo has demostrado. Me consta que eres un amigo de tus amigos a toda prueba.

Gaetano Bafile el periodista

La voce d’Italia en Venezuela

¿Qué habría sido de la colonia italiana en Venezuela sin un órgano de comunicación como La Voce d’Italia? La pregunta, que podría parecer retórica, no lo es, si tomamos en cuenta que ningún país con una inmigración italiana importante, como la que tenemos en Venezuela, ha contado con un medio de comunicación tan persistente como el que ha creado, dirigido y mantenido Gaetano Bafile, contra viento y marea. De hecho, es frecuente en la RAI italiana ver la portada de este periódico, y la referencia de los locutores a alguna noticia que de él emana. La Voce ha cumplido su misión como órgano de comunicación y apoyo, y también se ha destacado por sus posiciones firmes frente a temas sensibles para la comunidad de origen italiano en Venezuela. Bafile, un hombre con un sentido del humor envidiable para su edad, tiene historias personales maravillosas en las que resaltan su valentía, su capacidad de observación y análisis, y la perspicacia que hacen de él un periodista muy especial.

***

Señor Bafile, entiendo que le acaban de dar una distinción muy im portante en su país natal y me gustaría que me hablara sobre eso.

Sí, me la concedió el Ministerio de los italianos en el exterior. Es que el ministro, Mirko Tremaglia, perdió un hijo a quien estaba ligado muy fuertemente, entonces, en su memoria se ha desarrollado una Fundación que lleva su nombre: Marzio Tremaglia, que anualmente otorga un premio a los italianos que en el mundo hacen honor a su país. Es un premio dado a los italianos en el exterior. Este año, en la parte de periodismo me escogieron a mí, e incluso se dieron premios a la memoria de algunos ilustres que han muerto, como es el caso de Primo Carnera, que fue un boxeador famoso, y a los escaladores que, en 1954, pusieron la bandera italiana sobre la montaña K2, que es la segunda más alta del mundo.

Muy merecido reconocimiento.

Yo no lo esperaba porque hay cosas que no he esperado en mi vida, como cuando en 1965 gané el Premio Nacional de Periodismo cuando era sólo yo La Voce d’Italia, no había más gente.Otra vez, de repente me llamó el ministro de Relaciones Interiores y me dijo: Mire, Bafile, se le va a entregar la Orden del Libertador.

La más alta que tiene Venezuela.

Después, ahora, no hace un año, me dieron la más alta condecoración que da la Universidad Central; después vino la de los italianos, y cuando terminó el acto en Roma, donde me quedé un día, me fui a mi tierra natal donde las autoridades, el Alcalde y el Presidente de la provincia, me declararon ciudadano ilustre y me entregaron las llaves de la ciudad. Ahora yo no sé qué otra cosa vamos a tener…

Quizás sigan llegando sorpresas, y qué justo que la labor suya, tan sostenida e importante, se reconozca tanto aquí como en Italia. ¿Cuál es su tierra natal?

Abruzzo. Así se llama la región, la capital es L’Aquila, se llamaba Aquila, pero parece que el poeta Gabriele D’Annunzio quiso llamarla L’Aquila y así cambió el nombre. Yo nací en 1924 en la provincia de L’Aquila, en la ciudad de Avezzano, pero viví en L’Aquila, allí me formé, y allí hice periodismo. Ahora, cuando estuve en Abruzzo, en un periódico local hacían una reseña, quizás un poco exagerada, en la que se me llamaba «Bafile: el héroe de los inmigrantes», y cuentan que, cuando muchacho –como todos los muchachos escribía poesías– D’Annunzio me corrigió una poesía y me hizo una nota en la que me recomendaba que siguiera el camino de la poesía.

¿Cómo fue eso? ¿Conoció personalmente al poeta?

Yo era discípulo del director de la Biblioteca de L’Aquila quien a su vez, era poeta y escritor, y también amigo de D´Annunzio. El fue quien le mostró al poeta la carpeta con nuestros trabajos y al leer lo míos, me recomendó que no me apartara de ese camino.

¿Cuándo se vino a Venezuela?

En 1949. Me vine a Venezuela dejando Il Messaggero del cual era corresponsal y representante en mi región.

¿Había estudiado periodismo?

No. Estudié con los salesianos y tuve una formación particular, porque ellos tenían una editorial y tenían contactos con un periódico que se llamaba, creo, Il Vittorioso. En esa época había otro que se llamaba L’Avventuroso, que era más audaz. Por esta razón salió Il Vittorioso que era más conservador. Estando en el colegio tuve la buena suerte de tener como maestro a un eminente sacerdote, don Mario Brusca, que era poeta, escritor, pintor, artista, escultor. Él tenía un grupo de jóvenes, entre ellos había quien pintaba, quien escribía poesías, cuentos, teatro, y allí estaba yo. Con don Mario que escribió la música y yo los versos, ganamos un concurso para canciones dialectales.

¿Era don Mario Brusca sacerdote salesiano?

Sacerdote, lo tuve como maestro. Él me fue formando y puedo decir que yo soy un producto de este padre salesiano que me corregía lo que escribía y me pedía que escribiera también para el teatro. Claro, el teatro de los salesianos era un teatro sin mujeres. Escribí textos teatrales sobre la historia de la revolución francesa y la vida florentina.

Empecé a escribir también en el periódico IlVittorioso y, con un muchacho compañero de este grupo que pintaba muy bien –era un verdadero artista– hicimos una pareja de trabajo en la que yo escribía la historia y los diálogos, y él hacia las imágenes. Recuerdo una sobre la guerra de Italia en África que era la historia de un muchacho y todas las semanas tenía un capítulo nuevo.

¿Eran como historietas?

Sí, yo las escribía y después las leía, porque en los salesianos había en ese tiempo una lectura a la hora de la cena. Leía el capítulo escrito y todo el colegio intervenía opinando y dando consejos que yo recibía adaptándome a las ideas que surgían.

Algo parecido a medir el «rating», interpretando qué es lo que quiere el público que suceda...

Sí, había una participación colectiva y tuvo mucho éxito. Luego, cuando salí del colegio me busqué un empleo y después vino la guerra. En ese momento había que escoger entre estar con los fascistas o enrolarse con los partisanos de la resistencia. Yo me fui con los partisanos, a la montaña, e hicimos allá un periódico clandestino. Era un semanario pequeño distribuido por los estudiantes.

Seguramente fue su idea.

No sólo mía. Lo soñé con un grupo de amigos, y en particular con Atilio Cecchini, un amigo con el cual, entre otras cosas, compartí los ideales y los riesgos de la resistencia. Es una historia larga. Yo fui a una reunión con ex compañeros de estudios y otros de la ciudad, para discutir qué íbamos a hacer frente a la guerra: si nos íbamos con los alemanes o a la resistencia, porque había que escoger un camino, no se podía estar neutro.

Decidí ir a la resistencia, y en la montaña me asignaron ocuparme de la comida para lo que tenía que ir regularmente a la aldea que estaba abajo. Para facilitar esta misión establecimos un acuerdo con el carabinero –quien aunque era del comando que controlaba la policía, y llevaba el emblema del fascismo, no simpatizaba con ellos–, de que no haríamos locuras que pudieran poner en riesgo la vida de todos los pobladores de esa aldea. Hubo momentos muy difíciles y son muchos los recuerdos dolorosos.

Una mañana, empezando el día, yo iba en un burro con los alimentos cuando de repente oí ráfagas de ametralladoras y corrí a esconderme al bosque que estaba lejos de nosotros. Buscaba orientarme cuando vi unas manchas de sangre en el suelo y decidí seguirles el rastro hasta que fui a parar a una cabaña de pastores, donde encontré a un prisionero inglés herido que se había fugado. Estaba asustado y la herida sangraba. Le hice un torniquete con mi camisa para que aguantara mientras buscaba ayuda. Él me dio un sweater de esos que llevaban los ingleses color caqui. Me lo puse porque hacía frío, y salí. Todavía se oían las metrallas de los alemanes, de manera que avanzaba buscando dónde esconderme cuando puse un pie en falso, me caí y rodé hasta terminar en una gruta de piedra donde estaba un refugio antiaéreo de los alemanes. ¡Prácticamente les caí en brazos y la escena era tan absurda que todos se rieron!

Es una escena como de película… ¡italiana!

Sí. Viendo mi sweater inglés me metieron en el grupo donde estaban los extranjeros que habían desertado del ejército. Hacían interrogatorios para decidir qué hacer con nosotros y cuando me llegó mi turno tuve que explicar que era italiano. Les dije que era un estudiante y que me había escondido en la montaña porque corría la voz de que los alemanes estaban rastreando a los jóvenes para llevarlos a trabajar en Alemania. Un militar fascista empezó a pegarme, me hubiera matado si en mi ayuda no sale un oficial alemán que me preguntó qué sabía hacer. Le respondí que sabía mecanografía. En esa época era un oficio importante y eso me salvó la vida porque el alemán que me interpeló necesitaba alguien que pasara a máquina sus informes.

¡Un verdadero golpe de suerte!

Sí. Me llevaron al distrito militar italiano donde estaban también los alemanes, me dieron una máquina de escribir y un escritorio frente a la ventana. Entre las otras tareas, me asignaron la de avisar si llegaba una llamada dando alarma de ataque aéreo. Me hicieron responsable con ello de la suerte de como mil soldados. La vida suya está en tus manos, me advirtieron. Y entre tanto, yo, seguro como estaba de que nadie se enteraría, empecé a escribir para el periódico clandestino de la resistencia.

Pero ¿cómo?

Lo escribía allá, en el mismo comando, nadie iba a pensar que yo escribía eso.

Clandestino totalmente, y peligroso además…

El oficial alemán con el cual trabajé durante un tiempo era una persona con amplia cultura. Hablábamos de Beethoven, de artistas italianos, de poesía. Me decía: Hay tantas cosas de que hablar. Bafile, tú eres joven, somos amigos, el hecho de que yo sea alemán y tú italiano es una circunstancia, yo te caigo bien a ti, tú me caes bien, así que no vamos a tener problemas, y así fue. Un día él me trajo un afiche hecho por el comando alemán, en italiano, en el que se hacía del conocimiento de la ciudadanía que estaba circulando un periódico escrito por traidores comunistas, y se advertía que cualquier persona a quien se sorprendiera leyendo o distribuyendo esa obra, le sería aplicada la ley de guerra. Eso me lo dijo él, porque, a raíz de nuestras conversaciones, intuía que yo algo tenía que ver con ese periódico.

Posiblemente lo sabía perfectamente…