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Son muchas las dudas que hay en torno a las adicciones. ¿Es una enfermedad? ¿Un trastorno? ¿Tiene cura? ¿Por qué los adictos actúan de forma errática? ¿Qué podemos hacer si alguien de nuestro entornoconsume drogas de forma compulsiva? En este libro, Labor explica el trastorno de la adicción de forma que cualquier persona pueda entenderlo. Y lo hace a partir de sus propias memorias y su enorme experiencia como profesional. La autora de ¡J*dida Adicción!, además de ser adicta rehabilitada, es médico especialista en medicina de la adicción.
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Seitenzahl: 229
Veröffentlichungsjahr: 2022
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NICOLE T. LABOR
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
Una explicación tosca pero eficaz sobre la adicción, desde la perspectivade una doctora y adicta en recuperación
Título original: The Addictoholic Deconstructed. An irreverently quick and dirty education by a doctor who says f*ck, a lot.
© Del texto
Nicole T. Labor, D.O.
© De la traducción
María Luisa Rodríguez Tapia
© De las ilustraciones
Kevin Kolankowski
© Next Door Publishers, SL
Primera edición: abril 2022
Authorized translation of the English edition © Laborhood Changed Project, Inc. This translation is published and sold by permission of the Author, the owner of all the rights to publish and sell the same.
Editor: Oihan Iturbide
Diseño: Ex.Estudi
Corrección: NEMO Edición y Comunicación, SL
Next Door Publishers, SL
c/ Emilio Arrieta 5, entlo. dcha., 31002 Pamplona
+34 948 206 200
www.nextdoorpublishers.com
ISBN: 978-84-124894-5-3
DEPÓSITO LEGAL: NA 763-2022
Gráficas Alzate
Impreso en Navarra, España
Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea mecánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
El contenido de este libro únicamente tiene como objetivo informar. En ningún caso debe utilizarse para sustituir la formación y el juicio de un profesional de la salud.
Este libro está dedicado a mis padres, que me enseñaron qué son el amor y el apoyo incondicional.
A mi marido, Lee, que me ha enseñado el verdadero dar y recibir del amor.
A mi hija, Verity, que me ha enseñado qué es ser amor.
En memoria de:
Theresa LaRocco Graham
Isabella LaRocco
Garry M. Ballerini
Prólogo
Introducción
1. ¿Por qué hablar de ello?
2. No es un fenómeno nuevo
3. ¿Es una enfermedad o no?
4. La definición de enfermedad
5. El cerebro…, el instrumento que nunca comprenderemos del todo
6. El mesencéfalo, alias el Tigre
7. El córtex frontal, alias el Superhéroe
8. Espiritualidad sin el bombo que la rodea
9. Neurotransmisores
10. Venga, empecemos ya con el proceso patológico
11. Muy bien, ¿y cómo se explican todas las perrerías?
12. Personas, lugares y cosas ¡Dios mío!
13. El drama del trauma
14. Lo último en genes (que no es lo mismo que lo último enjeans)
15. Las drogas propiamente dichas: breve manual sobre las mierdas que te joden la vida
16. Otras adicciones aparte de las drogas
17. El modelo de enfermedad… Yo no me he olvidado, te has olvidado tú
18. Si me convence la idea de enfermedad, ¿me dirás cómo se cura?
19. Pero, lo primero, no hacer daño… No, espera, hacer menos daño
20. Todo empieza con la desintoxicación
21. Tranquilizar el mesencéfalo
22. Construir el córtex
23. El córtex va al gimnasio
24. No te conformes con sobrevivir… Crece
Epílogo
La página de la que todo el mundo pasa (excepto los editores y quizá algún que otro investigador), alias las Referencias
Agradecimientos
«El principio es la parte más importante del trabajo».
Platón
La curación emocional consiste en relatar historias. Lo hacemos para recordarnos a nosotros mismos y a los demás que el proceso de la enfermedad tiene un principio, un recorrido y un final, y eso contribuye a dar esperanza, a construir determinación y empatía. Desde hace años, cada vez que describo mi trabajo a personas que no saben en qué consiste, digo que me permite oír las mejores historias. Las mejores porque a veces son increíbles —una adicción activa1— y otras conmovedoras —la recuperación—. La historia de la doctora Labor encaja en ambas descripciones. Tengo el privilegio de haberla conocido durante todas las fases de la enfermedad y la salud y estoy encantada de ser su colega después de su médico y profesora. Estoy deseando trabajar con ella en el campo de la medicina de la adicción, pues ya lo hice durante su recuperación y vi cómo se convertía en toda una profesional.
Precisamente, la medicina de la adicción está en una fase activa de su historia. En estos momentos, septiembre de 2019, el campo está en pleno cambio y evolución, con los triunfos y los peligros que puede implicar. Espero y confío en que, a largo plazo, sea un cambio para bien, que permita hacer frente a la enfermedad del cerebro2 que llamamos «adicción» de mejor manera. Pero, hasta llegar ahí, hay turbulencias.
Cuando comencé mi carrera, a principios de los noventa, la droga de moda era la cocaína. Teníamos pocas armas para combatirla; ni la industria farmacéutica ni ninguna gran organización estaban muy interesadas. La subvención de los tratamientos era escasa tanto por parte de los seguros privados como dentro de las prestaciones del Estado, y los grupos que trataban la adicción lo hacían en gran medida por compromiso y dedicación. Casi todos los que trabajaban en ellos, médicos, enfermeros y consejeros, eran toxicómanos rehabilitados que, en su inmensa mayoría, lo habían conseguido mediante los programas de los doce pasos. Aunque había un pequeño grupo de pacientes que tenía dependencia de los opiáceos —así lo llamábamos entonces— y estaban tratándose con metadona, este era un método estigmatizado por quienes habían recurrido a otros tratamientos, por la comunidad médica y la población en general, y no estaba al alcance de todos. En esa época, gran parte de lo que se sabía y se hacía con respecto al tratamiento de las adicciones se basaba en los programas de los doce pasos3.
Estos métodos de los doce pasos, además de la fascinación de la neurociencia, me trajeron a este campo. Tengo la suerte de no haber necesitado acudir a reuniones para construirme una vida razonable, pero he aprendido mucho en aquellas a las que he ido. Al recorrer los doce pasos se percibe una humanidad increíble, cálida y afectuosa. En ocasiones lo hemos comparado con las viñetas de humor de The New Yorker, con las que acabábamos riéndonos porque nos habíamos encontrado en esa situación muchas veces. En mis primeros años de ejercer la profesión, algunas personas preguntaban qué pasaría si hubiera alguna pastilla que permitiera «curar» la adicción, y yo siempre respondía que sería una lástima. Sigo pensando que el programa de los doce pasos, al igual que el trabajo que se hace en una buena psicoterapia, es extraordinario, transformador y es probable que lo más importante que puede hacer una persona en su vida. Aun así, ahora creo que la famosa pastilla tiene un valor considerable.
La doctora Labor subraya que llegar a la abstinencia y la recuperación es un trabajo ímprobo. Hace falta ser muy valiente para hacer un ejercicio de introspección y tomar nota de los defectos, de los puntos débiles. Hay que tener persistencia, determinación y un gran grupo de apoyo para seguir adelante con un esfuerzo que no termina jamás. Es inevitable admirar a quien lo ha logrado, y da igual que se trate de recuperarse de una lesión traumática, un cáncer, una anomalía de nacimiento o una adicción. Respetamos a cualquiera que es valiente, fuerte y humilde porque eso le convierte en una gran persona. Son cualidades de gente con la que queremos estar.
Algo clave que la reciente crisis de los opiáceos ha revelado es que no todas las personas que padecen la enfermedad van a ser capaces de llegar hasta el final. No todos los que pierden una extremidad pueden competir en los Juegos Paralímpicos. En parte porque no hemos contado con un tratamiento accesible y eficaz para todos. Nos hemos acostumbrado a despreciar de inmediato a quienes no consiguen hacer ese esfuerzo, a considerarlos «física y mentalmente incapaces»; es decir, hemos culpado a la víctima. No considero que tengamos aún la posibilidad ni la capacidad de ofrecer un tratamiento a todas las personas a las que se les ha colgado esa etiqueta, pero confío en que estemos avanzando en esa dirección. El hecho de que los grupos que disponen de recursos para influir en los Gobiernos y las grandes organizaciones, en general, consuman alcohol y fármacos recetados hace que siempre haya sido más fácil descartar a los grupos marginales que consumían sustancias ilícitas o ilegales.
Con el tiempo se ha creado una tensión entre los grupos que apoyan distintos tipos de tratamientos. Es absurdo en el sentido de la palabra, aunque es muy humano. Hay algunos que creen que el programa de los doce pasos es la única forma de conseguir una «verdadera» recuperación, otros opinan que cualquiera que tiene una adicción debe estar diagnosticado con un trastorno psiquiátrico y hay quienes creen que los medicamentos son la solución. Es triste ver cómo se palpa entre colegas y pacientes. Esa tensión tiene la culpa de que ciertas personas no reciban el tratamiento que podría curarlas y, en algunos casos, de que algunos de sus amigos se distancien de ellas. Ya sé que es parte indisoluble de cualquier cambio, pero da pena.
Otro aspecto del cambio que se ha puesto de manifiesto es que ahora se gana dinero con el tratamiento de las adicciones y, para ser más concretos, de la adicción a los opiáceos. Este hecho tiene consecuencias positivas para la calidad de vida, aunque también muy desagradables. Las empresas farmacéuticas, informáticas y de la salud, que hace años no estaban interesadas en estos tratamientos, han empezado a elaborarlos y ofrecerlos. Gracias a esto existen nuevos fármacos y tratamientos imaginativos e innovadores, pero también hay algunos que no son eficaces, sobre los que, además, se hacen campañas agresivas y por los que se cobra mucho dinero, lo cual deriva en demandas por fraude, incertidumbre y mala voluntad. Los Gobiernos locales, estatales y federales están tratando de mejorar la situación, aunque el resultado, a veces, es la circulación de dinero sin saber exactamente en qué dirección, lo que, en el mejor de los casos, es un despilfarro.
Estos cambios incluyen un aspecto que me resulta clave, que es el reconocimiento de la medicina de la adicción como subespecialidad. Al comienzo de mi carrera, uno de mis mentores, el doctor Sid Schnoll4, me invitó a trabajar en el comité que preparaba los exámenes de acreditación para la Sociedad Estadounidense de Medicina de la Adicción. En aquella época era una prueba reconocida por los escasos sistemas de salud y seguros médicos, que la consideraban una forma de certificar el nivel de conocimiento sobre la materia. Recuerdo que Sid creía que el examen nunca entraría en la oferta del Consejo de Especialidades Médicas de Estados Unidos —el órgano que toma la decisión definitiva sobre qué se considera una especialidad médica—, que era demasiado difícil debido al estigma y el deseo de los involucrados de que se pudiera aceptar a médicos de todas las especialidades fundamentales —recordemos que muchos médicos que quieren tratar a toxicómanos son, a su vez, toxicómanos rehabilitados; y que, en muchas ocasiones, iniciaron ese proceso cuando ya llevaban mucho tiempo dedicándose a la medicina interna, de familia, la obstetricia, etc. Nosotros queremos que todos puedan tener acceso al examen—. Empecé a trabajar en el examen por el año 2000. En los últimos diecinueve años he visto, primero, cómo se creaba un consejo independiente —el Consejo Estadounidense de Medicina de la Adicción—y, después, cómo adoptaba dicha prueba un comité del Consejo Estadounidense de Medicina Preventiva —que forma parte del Consejo de Especialidades Médicas de Estados Unidos—. Esto permite que, para la medicina organizada, el diagnóstico, el tratamiento y la prevención de las adicciones tengan la misma categoría que las enfermedades cardíacas o el cáncer. Y también significa responsabilidad, reconocimiento y cierta inversión de dinero en formación.
Esto ha provocado que los que llevamos mucho tiempo involucrados en esta lucha veamos resultados que no esperábamos: dinero para formación, citaciones para dar testimonio en el Congreso, muchas oportunidades de trabajo, mucha gente que quiere nuestra opinión como expertos… Pero hay un trabajo desbordante con el deber de atender a los pacientes que ahora tienen acceso al tratamiento: formar a los médicos nuevos y ayudar a redactar las estrategias. Es mucho más de lo que nunca habíamos soñado y hace que estemos llenos de entusiasmo. Como le gusta decir a mi querido amigo el doctor Dave Withers —de quien la doctora Labor cita también otra frase—: «Felicidades. Te has jodido». Es una historia increíble y soy muy afortunada de haber podido participar en ella.
Margaret Jarvis, M. D.
Jefa de Medicina de la Adicción
Geisinger Health System
Miembro distinguido de la Sociedad Estadounidense de Medicina de la Adicción
1. La expresión «adicción activa» se refiere al momento en el que la persona adicta está consumiendo. La adicción es un trastorno que se mantiene durante toda la vida del adicto, es decir, no tiene cura. Generalmente, las personas con trastornos de adicción tienen presente su condición y conciben su proceso de rehabilitación como un continuum. En España utilizamos la expresión «estar en activo» para ese momento en el que la persona está consumiendo. (N. del E.).
2. Existen varios modelos que tratan de explicar los trastornos por abuso de sustancias. Uno de ellos es el modelo biomédico que considera la adicción como una enfermedad cerebral. (N. del E.).
3. El modelo de doce pasos es un programa que se creó en el año 1935, por William Wilson y Robert Smith (Doctor “Bob” Smith), al principio orientado a tratar el alcoholismo, y más tarde, extendido y adaptado a otro tipo de adicciones. (N. del E.).
4. Sidney (Sid) H. Schnoll es un experto en adicciones y manejo del dolor cuya experiencia en el desarrollo, implementación y evaluación de actividades de gestión de riesgos en torno a la comercialización de fármacos, incluido el compromiso con la FDA (U.S. Food and Drug Administration), ha sido reconocida internacionalmente. (N. del E.).
Las adicciones están en todas partes. Es imposible ver la televisión o navegar por las redes sociales sin toparse con algo relacionado con ellas. Con el reciente aumento de las muertes por consumo de opiáceos ya no es posible seguir mirando hacia otro lado, porque la próxima víctima puede ser nuestra madre, nuestro padre, nuestra hermana, nuestra pareja, nuestro hijo. Nadie es inmune. Pero ¿qué es la adicción?
¡J♥dida adicción! es un libro concebido con el propósito de explicar el concepto patológico de la adicción de forma concisa, salpicado de anécdotas de mi propia vida y de mi trabajo con toxicómanos. No es un libro para personas que buscan remedios rápidos o soluciones fáciles a las adicciones ni tampoco para quienes desean una exploración intensa y científica de la neurociencia. Este libro es para la gente normal y corriente que solo quiere comprender por qué los adictos no consiguen dejar de serlo.
Como adicta en rehabilitación y médica especialista en medicina de la adicción, creo que tengo un gran volumen de conocimientos tanto «internos» como «externos» sobre el tema de la adicción. He dedicado la mayor parte de mi carrera a absorber la información que iba adquiriendo y a reformatearla para que cualquiera pudiera comprenderla. Paso miles de horas educando a toxicómanos y a sus familias, a comunidades, profesionales sanitarios y de otros tipos de tratamientos sobre la enfermedad de la adicción. Todos saben que explico las razones de las distintas modalidades que se ofrecen. Y muchos, tanto profesionales como profanos, han asegurado que estos datos son «la mejor información que he oído sobre la adicción». Es probable que esta sea la vez que más voy a «echarme flores» en este libro.
Mi promesa a cada lector es que después de leerlo tendrá un conocimiento cabal de la adicción y tal vez más compasión hacia el toxicómano, aunque sea él mismo.
«A la mierda la Facultad de Medicina, prefiero ser una yonqui lo que me quede de vida».
Yo (en uno de los momentos más estúpidos y profundos de mi vida)
Un día de 2005 estaba sentada en mi coche bajo un paso elevado de Irvington, Nueva Jersey. Mi novio y yo nos habíamos metido una dosis de la droga que nos tenía atrapados. Acababa de sacarme la jeringuilla del brazo, apoyé la cabeza en el respaldo del asiento y pronuncié las palabras más estúpidas y profundas de mi vida: «A la mierda la Facultad de Medicina, prefiero ser una yonqui lo que me quede de vida». Me salió a borbotones este sentimiento tan poco característico de mí porque la heroína solo servía para aliviar las horas de horrible dolor y de síndrome de abstinencia que me provocaba no tenerla. Fue como cuando se apaga un ventilador y la habitación cae de repente en un bendito silencio, sin que ni siquiera nos hubiéramos dado cuenta de que el ruido estaba poniéndonos nerviosos. Ninguna ráfaga de placer o euforia. Ya no. No a esas alturas. No sentía más que alivio. Un alivio tan envolvente, tan de agradecer, que estaba dispuesta a renunciar a una vida de ambición y esfuerzo solo a cambio de aquel instante. No reconocía que el consumo de drogas había creado el problema, solo que lo remediaba. De forma temporal. Ahora podía pensar con claridad. Ahora podía utilizar mi mente, —más— despejada, para la verdadera tarea que me preocupaba, la más importante: encontrar una forma de tener dinero y droga suficientes para no volver a sentirme tan mal. El síndrome de abstinencia de los opiáceos es como la peor gripe posible. Se tienen náuseas, vómitos y diarrea que parecen fuera de control. Los músculos duelen tanto que hasta los más fuertes se sienten débiles e inútiles. Hay un dolor paralizante, como si alguien nos raspara los huesos una y otra vez con un cuchillo de untar mantequilla. Así que, por supuesto, encontrar la forma de no volver a sentirme así era prioritario. Ahora bien, lo que no supe ver en aquel momento es que ese día, con esas palabras, comenzaba el fin de mi adicción activa.
Hay gente que está muriéndose, que está muriéndose de una enfermedad prevenible y tratable. Pero no podemos prevenirla si no la comprendemos. Y no vamos a intentar conocerla ni entender nada si no podemos eliminar el estigma. El estigma que dice que es un problema de malas personas que toman decisiones equivocadas. El estigma que dice que es una enfermedad exclusiva de un determinado tipo de persona que procede de un concreto tipo de hogar o barrio. El estigma que implica, de forma equivocada y con consecuencias letales, que no puede pasarme a mí, no puede pasarte a ti, no puede pasarnos a nosotros.
La adicción es una plaga. Afecta a casi todo el mundo. No discrimina. Da igual que una persona sea rica o pobre, que tenga trabajo o esté en el paro. No importan la raza, la etnia y la religión. Aqueja a ateos y fanáticos religiosos por igual; a jóvenes y a viejos. No están exentos los padres, los hijos, los hermanos ni las parejas. Afecta a jefes y empleados, a albañiles y políticos. Policías, jueces, enfermeros, secretarios, todos pueden padecer una adicción. Es una enfermedad que infecta a amas de casa, directivos de empresas y conductores de autobús. Y, desde luego, atrapa en sus garras mortales a estudiantes de Medicina que son de buena familia.
Hablo de la adicción y el proceso patológico de la adicción por diversos motivos, aparte de por mi propia historia. Una de las razones, que me irrita personal y profesionalmente, es la idea de que la adicción es una enfermedad, aunque, en realidad, no se sabe por qué. Hay quienes —empresas, compañías farmacéuticas, seguros de salud— la llaman «enfermedad» porque pueden ganar dinero a costa de ella, aunque no mucho. Sin embargo, si se les pide que expliquen cómo es la verdadera enfermedad…, Dios mío. Otros la consideran enfermedad porque, almas benditas, necesitan creer que el toxicómano no puede evitar sus jodiendas ni sus tonterías. Y algunos tienen cierta noción de que quizá existe algún factor biológico que influye, que no son solo personas terribles que toman decisiones terribles.
En general, lo que he descubierto durante mi carrera es que, cuando me piden que hable de un aspecto concreto de la adicción, las preguntas que me hacen después de la charla son indicativas de que no acaba de ser comprendida.
Otra razón por la que quiero hablar de este tema es que, en mi opinión, los toxicómanos deben comprender lo que está pasando en su interior. Por mucho que nos guste culpabilizarlos, ellos son los que más se censuran a sí mismos, más que ninguna otra persona. Los adictos se autoflagelan, pero luego vuelven a hacer lo mismo y no saben por qué. Yo quiero que puedan amarse y perdonarse. Quiero que los familiares dejen de tomarse como ofensa personal todo lo que hace una persona adicta. Creo que hablar de la enfermedad puede ayudarles. La adicción es un cambio de configuración en el cerebro que hace que la persona sea incapaz de dejar de consumir sustancias si no recibe ayuda. Los síntomas de esta enfermedad van desde el descenso de la actividad neurológica hasta comportamientos muy visibles. Este cambio no se observa en todos los que consumen drogas, pero, para los que sí sufren esa neuroadaptación biológica, puede ser devastador.
El estigma social relacionado con la adicción es casi insuperable. La representación negativa de los toxicómanos necesitados de tratamiento y comprensión acaba limitando su acceso a los servicios y su capacidad de curarse. Y comienza por nuestras palabras y forma de hablar sobre la adicción.
Decimos que es una enfermedad, pero, cuando se empieza a comparar con otros procesos patológicos, como el cáncer o la diabetes, se convierte en una disputa sobre qué enfermedad es más importante o merece más atención. Como la adicción tiene tantos elementos que dependen de una decisión deliberada, es difícil sentir compasión por los comportamientos asociados. Creo que nunca he visto que alguien diga «tengo esclerosis múltiple» y los presentes hagan muecas de escepticismo, se vayan de la habitación o alguien apunte: «Pues mi madre tiene cáncer y es una buena persona. Eso sí que es una enfermedad». Cada vez que un diabético fallece por una crisis, por cetoacidosis o por un fallo renal debido a que come mal nadie dice que es lo mejor para sus hijos. Sin embargo, siempre que un drogadicto ha muerto de sobredosis aparece alguien opinando qué es lo mejor para sus hijos. Mostramos una compasión selectiva por los familiares y seres queridos de alguien que muere por sus adicciones porque la idea de que es una enfermedad solo nos la creemos a medias.
«El mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años. El segundo mejor momento es ahora».
Proverbio chino
Cuando empecé a correrme unas juergas mayores de lo normal, en torno a los veinte años, había una serie de reglas no escritas. No fumar crack, no consumir heroína y no pincharse jamás. Esas eran las drogas «duras». Era la mierda que consumían quienes tenían un problema. Hasta que empezabas a consumirlas. Entonces la única preocupación era obtenerlas. Sabíamos que eran malas. Quizá gracias al D.A.R.E. Tal vez por los After School Specials. O incluso por la serie Degrassi Junior High5. En mi caso, no recuerdo cuándo se produjo esa transición. Un día estaba quitando la capa que recubría una pastilla de oxicodona de ciento sesenta —era la época en la que estaban de moda— y, de pronto, pasé a manejar una jeringuilla, pincharme heroína y fumar crack.
Es como cuando alguien intenta perder peso. Empieza a comer bien y a hacer ejercicio, pero durante varias semanas no se atreve a mirarse desnudo en el espejo, hasta que un día se despierta y, ¡pam!, el pantalón se le ha quedado grande y se dedica a observar durante veinte minutos y desde todos los ángulos su estupendo físico. Es evidente que la pérdida de peso no se ha producido en una sola noche, pero no notamos los cambios pequeños hasta que no se acumulan y producen la gran transformación. Nuestro cerebro está demasiado ocupado viendo otras cosas.
Recuerdo la primera vez que quedé con un camello para comprar droga —en vez de conseguirlas del amigo de un tipo que conocía un amigo de mi amigo —. Insistí en que nos encontráramos en el aparcamiento de un local de comida rápida a las dos de la tarde porque, joder, era un camello. Los camellos tenían armas. Hacia el final de mi período de adicción activa quedaba con el camello en el callejón más oscuro posible y a las tres de la mañana para que los polis no nos encontraran. Porque, joder, polis. También tenían armas.
Lo que quiero decir es que, en aquella época, la heroína no era algo que se encontrara una en la tienda ni, desde luego, en cualquier fiesta. Ahora, el paso de las pastillas a la heroína es mucho menos detectable porque es una transición más natural. Los jóvenes de hoy no tienen ni idea de lo que nos costaba conseguir nuestra heroína. Hasta dónde teníamos que ir… Cuesta arriba, tanto de ida como de venida, en la nieve…, por así decirlo.
Es importante resaltar que en Estados Unidos existe una epidemia de adicción desde hace mucho tiempo. Los políticos y la sociedad en general tienden a centrarse en el problema de una droga concreta en vez de en la situación global.
A mediados del siglo XIX se recetaba morfina a todo el mundo para cualquier cosa. La morfina es un poderoso opiáceo derivado de la amapola. Es un fármaco estupendo que alivia el dolor y el malestar físico, además del sufrimiento emocional. ¿En aquella época no se diagnosticaban enfermedades psiquiátricas a las mujeres cuando expresaban una opinión? Pues para eso viene bien la morfina. A algunas personas les da la energía necesaria para limpiar el trastero, eso que llevan aplazando veinte años. Permite soportar mejor a la familia política. Pero, con el tiempo, causa problemas, como la dependencia física y el síndrome de abstinencia cuando se interrumpe, problemas económicos por la necesidad de comprar cada vez más y problemas sociales y de relaciones cuando la persona da más importancia a su consumo que a sus seres queridos. Como suele ocurrir con la morfina6.
Después, a principios del siglo XX, la farmacéutica Bayer creó la heroína en un intento de proporcionar un analgésico sin los efectos negativos de la morfina7. Se empezó a comercializar con receta para casi cualquier dolencia: el mismo dolor físico que la morfina, el sufrimiento emocional, la histeria y, en general, la incapacidad de soportar el mundo. Sin embargo, también surgieron problemas, como tiende a ocurrir con la heroína. En las décadas de los sesenta y los setenta hubo una importante epidemia de consumo ilícito de heroína que afectó sobre todo a las minorías y las personas no blancas, así que se ignoró, como solemos hacer siempre los seres humanos8.
Después, en los años ochenta, hubo una epidemia de cocaína que causó un número importante de fallecimientos, incluso de mujeres embarazadas, y casos de muerte fetal —aborto espontáneo—. Si no me creen, pueden leer los datos. No en este libro, sino en algún otro sitio9. Ahora bien, si son tan perezosos como yo, pregunten a cualquier médico o enfermero de urgencias que estuviera en activo en los años ochenta. No se han olvidado. En esa época, la prioridad de legisladores y centros de tratamiento era cómo resolver el problema de la cocaína10.
En 2005 vimos cómo se extendía la metanfetamina y el número de personas que volaban por los aires mientras
