Jacques Derrida: Democracia y soberanía - Laura Llevadot - E-Book

Jacques Derrida: Democracia y soberanía E-Book

Laura Llevadot

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Beschreibung

El pensamiento político de Jacques Derrida (1930-2004) se articula a partir de la noción de aporía. Su crítica a la soberanía, al Estado nación, a la violencia fundadora de toda ley, a la comunidad excluyente, a logo(falo)centrismo, a la representación... no deriva en un anarquismo ingenuo sino más bien en una exigencia ético-política. Se trata de, a pesar de vivir en los Estados que tenemos y de no haber superado la democracia representativa, permanecer abiertos a la heterogeneidad, a todo aquello que el Estado y su construcción jurídica excluyen. Si algo define la democracia, para Derrida, es el hecho de ser el único sistema abierto, el único capaz de permitir el derecho a la alteridad. Es esta exigencia de justicia la que desborda todo derecho y toda estructura estatal. La relación entre democracia y soberanía deviene así aporética, no tiene salida ni resolución, pero para todo Estado constituido, para todo sistema político que pretende cerrarse sobre sí mismo y legitimarse a partir de un principio fundador, la democracia será aquello tan difícil de realizar como de exorcizar. El resto no es sino totalitarismo.

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Seitenzahl: 131

Veröffentlichungsjahr: 2020

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© Laura Llevadot, 2018

© De la presentación: Joan-Carles Mèlich, 2018

Traducido del catalán por Javier Bassas

Diseño de cubierta: Genís Carreras

Montaje de cubierta: Juan Pablo Venditti

Primera edición: marzo de 2020, Barcelona

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© Editorial Gedisa, S.A.

Avda. Tibidabo, 12, 3º

08022 Barcelona (España)

Tel. 93 253 09 04

[email protected]

http://www.gedisa.com

Preimpresión:

http://www.editorservice.net

e-ISBN: 978-84-18193-02-6

La traducción de esta obra ha contado con una ayuda del Institut Ramon Llull

Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.

Índice

La última palabra delUlises

Joan-Carles Mèlich

Esta lengua que no es mía

Sujetos a la lengua

Hostipitalidad

Democracia inmunda

No hay sino Estados canallas

Tengo un coño que me tapa toda la cara

Afirmad siempre la sobrevida

Breve biografía de Jacques Derrida

Bibliografía

La última palabra delUlises,Joan-Carles Mèlich

¿Cómo explicar el pensamiento de un autor como Jacques Derrida? ¿Cómo interpretarlo, cómo introducirlo a los lectores? ¿Se le puede ser fiel? El pensador de la aporía nos sitúa ante una primera aporía: ¿cómo hablar de su filosofía? ¿No supone eso que Derrida dice algo que puede ser reproducido, algo que puede ser traducido y, lo que resulta todavía más problemático, que puede ser establecido de una vez por todas, que puede ser entendido y, por tanto, clausurado? Quizá leer a Derrida y darlo a leer y presentarlo a alguien que todavía no lo conoce, o que lo ha leído pero no ha acabado de entenderlo, supone ya aprender a leer de otra manera, otramente, diferentemente, diferidamente, porque una de las primeras cosas que se descubre es que, según Derrida, la escritura no es algo marginal, un añadido al pensamiento, un tipo de instrumento, de canal o de medio, sino el pensamiento mismo; y por ello, precisamente, cualquier escrito sobre esa filosofía tiene que serlo también sobre la escritura.

Pues, bien, éste es el reto que Laura Llevadot se propone en este libro. Un reto que, como todo auténtico reto, es un desafío. En este caso, un triple desafío, diría yo. En primer lugar, se nos presenta el pensamiento de un filósofo que rompe con la tradición metafísica occidental con una radicalidad difícil de soportar para muchos. Pero, también, existe la dificultad de transmitir ese pensamiento porque no se puede hablar de Derrida de cualquier manera, como se hablaría de cualquier otro. Y, para acabar, el reto de hacerlo accesible a aquel que quizá no lo ha leído nunca pero querría leerlo, que tiene curiosidad por conocer qué dice ese francés nacido en Argelia, judío y amigo de Lévinas, lector de Husserl y de Heidegger, de Shakespeare, de Kafka y de Joyce.

Abrimos el libro de Laura Llevadot y, desde la primera página, su tono nos llama la atención. En efecto, introducir Derrida al lector no es fácil, no es cosa sencilla. Hay que hacerlo derridianamente, ya que, si no se hiciera así, el texto sería una primera traición al pensamiento del maestro. Hablar de Derrida sólo se puede hacer à la Derrida, y Laura Llevadot lo hace de manera excelente, problematizando la lengua. En el inicio, está el lenguaje y el lector debe saberlo desde el primer momento, porque los seres humanos somos herederos —ésta es una de las primeras lecciones que nos da— y en la lengua que heredamos hay, también, inevitablemente, la herencia de una ley y, por tanto, igualmente de una violencia. Somos herederos porque somos finitos. La finitud no es la muerte, sino la vida misma, una vida que no puede eludir las herencias, con todo lo positivo, pero también lo negativo, que ello comporta, porque también es la herencia de una impropiedad, la de algo que no poseemos del todo, la herencia de una impureza o un mestizaje. Somos en la historia, en la materialidad de los cuerpos, en las situaciones y en las relaciones, y desde aquí (nos) pensamos y (nos) vivimos. Siempre existimos en situación, siempre llegamos demasiado tarde. No empezamos con las manos vacías.

No soy un «experto» en Derrida, sino un lector, un apasionado lector de su obra, y también soy de los que defienden que la filosofía tiene que poder ser leída por no expertos, por no filósofos, por simples lectores. Pues, bien, diría que, para conocer el pensamiento de un autor, es importante plantearse dos preguntas: ¿contra quién piensa? ¿Cuál es su tema fundamental? ¿Qué es lo que le preocupa? En el caso de Derrida, la respuesta a la primera pregunta es clara: piensa contra la «metafísica», contra aquella tradición dominante en Occidente que entiende el ser como «presencia», como un «referente absoluto» que da razón de todo lo que pensamos, decimos o hacemos. No obstante, la respuesta a la segunda pregunta no resulta tan fácil. En alguien como Derrida, que no tiene una obra central, un opus magnum como, por ejemplo, Ser y tiempo de Heidegger o Totalidad e infinito de Lévinas, la respuesta, insisto, no resulta tan sencilla. Laura Llevadot, a mi entender, toca el corazón del pensamiento derridiano cuando lo sitúa en el ámbito de lo político, de la democracia, de la soberanía.

En su conferencia Fuerza de ley, Derrida dice: «La deconstrucción es la justicia». Ésta es una de sus tesis más relevantes, porque la crítica a la metafísica no lo es sólo a su dimensión epistemológica, sino fundamentalmente a su política y ética, ya que un pensamiento metafísico se caracteriza por hacer valer lo Uno por encima de lo único, el modelo por encima de la singularidad. ¿Cómo pensar, desde ahí, lo político: la democracia, la justicia, la hospitalidad o el género? La de Derrida es una filosofía que muestra que no hay política sin mala conciencia, es decir, sin impureza, sin vergüenza, porque no hay nada más antidemocrático o injusto que considerarse demócrata o justo, que afirmar que la democracia o la justicia se han hecho presentes o que vivimos, finalmente, en una democracia y que podemos, por tanto, tener la conciencia tranquila y dormir sin sufrir pesadillas. Leer, pues, a Derrida es atreverse a iniciar una aventura inquietante en torno a sus preocupaciones éticas y políticas, unas preocupaciones que también son las nuestras. Y, entonces, no pensar como Derrida, sino con él y desde él. Éste es el reto.

No es necesario haberlo leído mucho para saber que nos encontramos ante un pensamiento que no quiere, de ningún modo, dar estrategias para orientar la acción, sino que, al contrario, quiere desfundamentarla, inquietarla; porque abrir un libro de Derrida es experimentar la ruptura y el desasosiego, es darse cuenta de lo que Kafka mencionaba en 1904 en su conocida carta a Oskar Pollack: «Si el libro que leemos no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué leerlo?». Nadie lee para ser feliz. Lo que necesitamos son libros que nos hagan sentir desterrados, en el exilio, en un viaje incierto que no sabemos adónde nos conducirá y en el que lo único que sabemos con certeza es que saldremos de él transformados, ¿y quizá deformados? Sí, ese es el riesgo. Nadie vuelve igual después de leer a Derrida. Pensamiento de la justicia y del derecho, de la hospitalidad y de la hostilidad, de la donación y de la economía, Derrida siempre inquieta. El lector tiene una sensación extraña. En las clases de filosofía nos enseñan sistemas en los que todo encaja, en los que siempre hay una respuesta oportuna que, demasiado rápidamente, cierra la pregunta, la elimina, la destruye. No se enseña a leer lentamente, como pedía Nietzsche, y ello significa demorarse en la pregunta, hacer que lo interrogante se convierta en una forma de existencia, en una manera de «ser en el mundo», porque no puede haber ninguna filosofía que pueda ser coherente sin cuestionarse a sí misma, sin reconocer sus presupuestos y prejuicios, las premisas que operan en ella implícitamente.

¿Insatisfacción en la lectura de Derrida? Sí, es verdad, porque las aporías no se han superado nunca, nunca pueden ser superadas. Hoy vivimos en la era de la «resolución de conflictos» y Derrida nos enseña que los verdaderos conflictos no pueden resolverse. En un pensamiento de la extranjeridad y de la diferenzia1—porque, si hay algo que preocupa a Derrida, es el otro, el que no puede ser normalizado ni integrado— la respuesta que cada uno da a ése que le provoca y lo requiere no es —ni podrá ser nunca— suficientemente buena. Porque eso es la deconstrucción: respuesta, afirmación; porque, si algo queda claro en Derrida, es que su filosofía no es un cierre en el vacío y en la nada, sino la abertura a una radical alteridad, una abertura que queda, como él mismo dice, expresada en la última palabra del Ulises de James Joyce: «Sí».

1. En el original catalán, tanto en este prólogo como en el resto del libro, se traduce el neologismo derridiano «différance» por otro neologismo, «diferènzia». Entre las dos traducciones establecidas en castellano, «diferancia» con «a» y «diferenzia» con «z», optamos por esta última para conservar la homofonía que existe entre los términos franceses: la grafía gramatical («différence») y el neologismo derridiano («différance»). Más adelante (cfr. capítulo «Tengo un coño que me tapa toda la cara»), la autora explicita el sentido de este término. [N. del T.]

Esta lengua que no es mía

Empezaremos por el medio.

No se puede escribir o hablar sobre Derrida sin empezar problematizando el primer gesto de toda habla y escritura: la cuestión de la lengua. Escribo en catalán sobre Derrida. Algo extraño. Es poco común escribir en catalán, tanto más si se trata de filosofía, y más insólito todavía si lo hacemos a propósito de la filosofía contemporánea de las últimas décadas. Políticas editoriales, programas de investigación, políticas académicas que priorizan el inglés como único instrumento de comunicación de la comunidad llamada científica; pero, también, pragmática del Capital, leyes del mercado nacional e internacional, edictos ministeriales, políticas pedagógicas, intereses mediáticos, teletecnologías globales que espectacularizan la cultura hasta límites insospechados, estrategias periodísticas y comunicativas en general… todo ello hace de este simple hecho una rareza abocada desde buen principio a la minorización de éste, ya de por sí, pequeño libro. Podría entonces agazaparme en la trinchera y, desde ahí, intentar lanzar algún disparo acertado que sólo unos pocos habrán de entender. Es una cuestión de igualdad, de derecho a mi lengua. Tengo el mismo derecho que tú, que utilizas ese extraño inglés estandarizado que es casi una invención académica y que te llena de prestigio, y que tú, sí, tú, ese de ahí, catedrático en peligro de extinción que conviertes el castellano en la lengua viril de la filosofía seria, de los que leen las fuentes en alemán y nos explican, a los pobres desgraciados que no hemos tenido la suerte o la voluntad de aprenderlo, las grandes aportaciones de Heidegger, pongamos por caso, al pensamiento contemporáneo y a la comprensión del mundo en general. Podría decir, pues, que yo escribo sobre Derrida, sólo un pensador francés, y que lo hago en mi lengua, para aquellos que la hablan y la entienden, la comunidad a la que me dirijo, a vosotros que sois de los míos. Y, no obstante, es justamente Derrida quien me impide apropiarme de ese gesto tan rebelde e ingenuo como clásico y viejo. Derrida, que no ha dejado de denunciar la violencia que implica hacer hablar a alguien en una lengua que no es la suya, que lo hacía cada vez que, invitado por alguna universidad de los Estados Unidos, tenía que iniciar una conferencia ante un público de habla inglesa, él que empezaba siempre por el medio, denunciando que hablar en inglés, por educación y para hacerse entender, era ya una traición a su pensamiento y a lo que tenía que decir; a pesar de todo eso, Derrida no hizo nunca del francés su lengua. Si, con un gesto altamente romántico, dijera que escribo sobre Derrida en catalán porque ésta es mi lengua materna —materna, precisamente, ¡gran ironía!, porque mi madre, de procedencia valenciana y a diferencia de mi padre, me hablaba siempre en castellano, y no entraré aquí a denunciar por qué el valenciano ha desaparecido prácticamente en Valencia, ya que sería volver al mismo punto del que hemos partido—, estaría desdiciendo una de las enseñanzas fundamentales de Derrida: que lengua materna, justamente, no hay. Cuando digo que escribo en catalán, ¿de qué lengua estoy hablando? ¿Del barcelonés mal aprendido en una escuela catalanista de la transición, del catalán de sesIlles, de su variante oriental? ¿De la que se inventó Pompeu Fabra?2 ¿Hay realmente un catalán y sus variantes, que difieren en mayor o menor medida del modelo? Y de igual manera, ¿existe el castellano? ¿Qué es eso que me enseñó mi madre? ¿Cuál era su lengua que hice mía, que me ha hecho? ¿Qué es escribir en catalán y decir que lo hago porque ésta es mi lengua, mi lengua materna? Hablar de lengua materna, diga lo que diga Arendt, es biologizar, naturalizar y endulzar una situación de dominio y de violencia originaria. Las lenguas que hablamos y con las que escribimos nos han sido, desde siempre, impuestas. Las lenguas nunca son nuestras y no son naturales, son del otro. Las aprendemos de nuestros padres, de la escuela, de dispositivos bien coordinados que tienen su centro de acción en políticas estatales bien coloniales y homogeneizadoras. Confiamos en que, si lo hacemos en una lengua minorizada, la violencia se atenuará, pero no es así. Creemos que las madres son buenas y nos quieren por naturaleza, pero tampoco es así. Ellas y nosotras, madres, somos, también, el instrumento a través del cual se propaga la sumisión, en primer lugar mediante el lenguaje del que es inseparable, el lenguaje que no es sino (de) la lengua de la Nación. Al adquirir una lengua, apropiándonosla para decirnos, heredamos también la ley, una forma de pensar presuntamente ordenada, un modelo de decir y de razonar que siempre estará ahí para juzgar las formulaciones desafortunadas, los barbarismos, la extrañeza de un acento. Eso es lo que nos enseñan las madres bajo el tierno velo de su amor, hasta que acabamos amando nuestra lengua como se ama a una madre y hasta que, con ella, aprendemos a amar la ley, el orden, el modelo y la nación. Y es así como aprendemos, también, a odiar todo lo que nos es foráneo como si, en lugar de habernos apropiado de una lengua para poder pensar, fuera ella la que nos hubiera poseído y no pudiéramos ya salir nunca más de la maraña de su sujeción.