Jaime I y su reinado - Ernest Belenguer - E-Book

Jaime I y su reinado E-Book

Ernest Belenguer

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Beschreibung

Del rey Jaime I se puede hablar como el soberano que dio un gran impulso a la Corona de Aragón. Antes había solamente una unión dinástica del reino de Aragón con los contados catalanes, el de Barcelona sobre todo. Más tarde, las conquistas de las islas -especialmente Mallorca- y de Valencia, transformada en un reino propio, facilitaron la creación de aquella corona tan compleja. En 2008 celebramos el octavo centenario del nacimiento, en 1208, del Rey Conquistador en Montpellier. Este libro, de un historiador que ya trabaja sobre Jaime I desde 1984, no se puede considerar cualquier biografía o unos simples comentarios de la crónica del rei, es decir, del Llibre des feits. Con una síntesis de ágil prosa, Ernest Belenguer presenta la historia del rey y de su reinado en todas sus vertientes, con un libro que no cansa al lector, un libro riguroso, completo y gratificante en su lectura. Jaime I y su reinado no es una novela del pasado, afortunadamente es un libro de historia, en el cual el autor ha conseguido una narración tan estimulante como verdadera, sin traicionar, inventar o manipular los hechos. El texto se acompaña de cinco planos y treinta-y-cuatro imágenes en color sobre la vida de Jaime I.

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Seitenzahl: 788

Veröffentlichungsjahr: 2010

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ErnestBelenguer Cebrià

JAIME I Y SU REINADO

Editorial Milenio

Lleida

© del texto: Ernest Belenguer Cebrià, 2007

© (Imagen de la cubierta): Cantigas de Alfonso X el Sabio, Real Biblioteca del Escorial.

© de la edición impresa: Editorial Milenio, 2008

Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida (España)

[email protected]

www.edmilenio.com

Primera edición: enero de 2008

Depósito legal: L- 1-2008

ISBN: 978-84-9743-246-7

Impreso en Arts Gràfiques Bobalà, S L

© de la edición digital: Editorial Milenio, 2010

Primera edición digital: mayo de 2010

ISBN digital (e-pub): 978-84-9743-373-0

Conversión Digital: O.B. Pressgraf, S L

Jaume Balmes, 52, bxs.

08810 Sant Pere de Ribes

A la memoria de mi madre

Vicenta Cebrià Estellés que,

cuando yo era niño,

en el Parterre valenciano

me habló de Jaime I.

Índice

I. Nota de prólogo

II. Un preámbulo general a modo de enmarque

III. Necesarias precisiones a este preámbulo

Capítulo I. La primera época de Jaime I: de niño a verdadero rey

1. El “milagroso” nacimiento de Jaime I

2. El drama del niño Jaime: de Montpellier a Carcasona

3. Los padres de Jaime en el candelero: el matrimonio en crisis

4. Hacia la tragedia: la muerte de los reyes y la destrucción de la Occitania catalana

5. El símbolo esperanzado del retorno del niño-rey a sus reinos (1214)

a) La petición de la Corona y la decisión vigilante del papa: Pedro Douai

b) Razones para caminar

6. Jaime I en Monzón: interrogantes a dilucidar

a) ¿Aislamiento y soledad del rey?

b) ¿Abandono cultural o educación templaria?: la personalidad creciente del rey Jaime

7. En la encrucijada de una procuración general: el conde Sancho

8. La problemática constante de unos asuntos por resolver

a) Los problemas nobiliarios

b) Nueva paz y tregua en Cataluña

c) Acuerdos entre bandos poco fiables

d) La obstinación en Occitania: vuelta al fracaso y triunfo de la oposición

9. Unos epígrafes que se inspiran en la Crónica (1218-1222)

a) Jaime I sin verdadero Consejo Real

b) Un matrimonio sin tener aún la edad: Jaime I y Leonor de Castilla

10. Jaime I vencido por su nobleza. Humillaciones a los reyes (1222-1225)

11. El rey ha de enfrentarse a la nobleza

a) El primer intento: de Peñíscola a Barcelona. El retorno al Al-Andalus peninsular

b) El segundo intento hacia Al-Andalus: conflictos con Aragón

12. La victoria definitiva de Jaime I: la consolidación de la monarquía

13. Urgell, Aurembiaix y Jaime I: entre la política y el amor

Capítulo II. El período de las brillantes conquistas

I. El primer paso: Mallorca y el resto de las Baleares

1.El momento inicial

2. Las circunstancias favorables: la resolución de una disyuntiva

3. Del Al-Andalus mallorquín a la recuperada potencialidad catalano-aragonesa

4. La lucha por la Conquista

a) De la salida hacia Mallorca a la batalla de Porto Pi

b) El cerco a la capital y los intentos de capitulación

c) De la conquista de la ciudad a la pretendida consolidación del reino

d) Entre la península y Mallorca: las idas y venidas de Jaime I

e) Las conquistas de Ibiza y Formentera

5. Las nuevas bases jurídicas, sociales y económicas del mundo baleárico

a) Las cartas de franquesa: Mallorca e Ibiza

b) Los libros de Repartiment, también en Mallorca e Ibiza

II. El segundo paso: la conquista del emirato valenciano y su transformación en reino

1. La primera etapa: en torno a la conflictiva planificación de la conquista

a) La discutida toma de Morella

b) Las imprevistas dificultades de Burriana

2. La segunda etapa: un momento culminante de Jaime I

a) La verdadera luna de miel de Jaime I: Violante de Hungría

b) El objetivo de Valencia: la previa batalla del Puig

c) La caída de Valencia tras la frustrada ayuda tunecina

3. La tercera etapa: hacia el término de la conquista del país

a) De la consolidación en las tierras conquistadas a las primeras expediciones al sur del Júcar

b) Una trampa: los sucesos de Murcia y sus repercusiones en el proceso conquistador

c) El final oficial de la conquista: de Játiva a Biar

4. La cuarta etapa: la ordenación inicial del reino

a) Los lógicos lamentos de uan sociedad vencida

b) En torno al Repartiment de Valencia: realidad y ficción

c) Los primeros pasos para hacer leyes: el Costum de Valencia

d) La difícil problemática en torno a las cartas pueblas

Capítulo III. Entre el eclipse de sol de la juventud y los primeros años de la madurez

I. Los intentos de restauración de la Occitania nacional

1. El apaciguamiento en Montpellier

2. La diversificación política ante el peligro francés

3. Un erróneo punto de unión: guerra y poesía en Occitania

4. ¿El fin justifica los medios? El pragmatismo de Jaime I

5. Un descalabro casi divino, pero no atendido

a) A vueltas con Occitania: entre la guerra y la paz

b) El sólido prestigio del rey Conquistador

c) La frustración del segundo intento: Occitania sin Beatriz y sin Jaime

II. Al comienzo de los problemas familiares

1. La numerosa prole del rey Conquistador y sus consecuencias

2. Entre la pasión y la ofuscación: Berenguer de Castellbisbal

3. Entre testamentos y muertes: los difíciles acuerdos con el infante Alfonso

III. Algunos pasos adelante del Rey en éstos y posteriores años

1. El inicio de la legislación en el mundo urbano y su evolución

a) Una prueba previa: el caso valenciano

b) La similitud buscada en Mallorca

c) El indiscutible poder de la oligarquía barcelonesa y sus consecuencias

d) Un epílogo no logrado: la Zaragoza de Jaime I

2. Los intentos de Jaime I en las reformas forales de sus legislaciones territoriales

a) Las Cortes de Huesca y los primeros fueros de Aragón

b) Entre la ciudad y el reino de Valencia: del Costum a los fueros

c) Una falsa paradoja con esperanza de éxito: entre los Usatges y las Conmemoraciones de Pere Albert

d) Un epílogo: la realidad de Mallorca en estos años

IV. Más que una institución. La Iglesia en tiempos de Jaime I

1. El rey y sus parroquias

2. Intentos de reformas clericales según el concilio de Letrán

3. Los problemas de la consolidación de nuevos obispados

a) El incidente más que secular del obispado “romano”: Mallorca

b) Los intentos castellanistas de Toledo: la victoria de Jaime I

c) Ciertas discusiones económicas que duraron tres décadas

d) Como conclusión: entre símbolos culturales y religiosos

Capítulo IV. La continuidad de las dificultades en la plena madurez del rey

I. El mudejarismo: un dilema debatido e irresoluto. Su vastedad valenciana

1. La pérdida progresiva de la economía mudéjar

2. En medio de un sueño inalcanzable: la pretendida conversión de los mudéjares

3. La muralla de la lengua

4. ¿Continuidad de la conquista o revueltas islámicas?

a) El indómito Al-Azraq

b) Causas y consecuencias de las revueltas

5. Epílogo: el Repartiment valenciano de los años cuarenta

II. Jaime I y los judíos

1. Una pretendida excepcionalidad que marcó una época: los judíos en el largo reinado de Jaime I

2. Razones de la Corona en su apoyo a los judíos

III. En el retorno de problemas políticos y familiares

1. Entre cincuentones anda el juego: Jaime I, Montpellier y el tratado de Corbeil

2. En el seno de una intimidad demasiado pública

a) Alfonso de Aragón: un príncipe en desgracia

b) La otra familia de Jaime I: entre amantes y esposa privada

Capítulo V. Los largos años de una senilidad todavía vital

I. Jaime I hacia una política exterior nueva

1. El porqué del matrimonio siciliano

2. Los problemas de los matrimonios

a) Sugerencias de herencias y testamento de las mismas en medio del problema matrimonial

3. Un giro que parecía romperse: el poder angevino toma las riendas

II. Epílogo de amores de Jaime I

III. El rejuvenecimiento de Jaime I: los hechos de Murcia

1. Murcia entre el vasallaje y la rebelión

2. La efectividad de Jaime I en Murcia

a) La lentitud de los dimes y diretes en la Corona de Aragón

b) La rápida conquista de Murcia

IV. Hacia la verdadera senilidad: la Cruzada a Tierra Santa

1. Un conocimiento necesario

2. Entre la ilusión y el realismo: el fracaso de la divina cruzada

V. El sentido común en medio de la senilidad

1. Las relaciones, al fin cordiales, entre Jaime I y Alfonso X

2. Los primeros intentos de gobierno del infante Pedro: de la ayuda a la revuelta

3. La prudencia del viejo rey: de los halagos pontificios a las posibles herencias territoriales

a) Efímeros sueños de una nueva cruzada

b) Unas palabras sobre la fugaz estrella de Navarra

4. La aceptación de un realismo desesperante: del incremento de las revueltas a la muerte de Sánchez de Castro

VI. El último bienio

1. Una suma de problemas

2. La serena muerte de Jaime I

Epílogo

Apéndice fotográfico

Bibliografía.

I. Nota de prólogo

Por estas fechas hace ya veinticuatro años que se publicó un libro mío sobre Jaime I, aunque la obra ya se había depositado en la editorial casi dos años antes. Por tanto, si hago la media entre la entrega del manuscrito y su impresión, me voy al cuarto de siglo. Una diferencia ya importante entre el Jaume I a través de la Història de 1984 y este Jaime I y su reinado que sale a la luz en el octavo centenario del nacimiento del Conquistador. Digo esto porque personalmente creo que estoy cumpliendo con un deber que dejé pendiente en aquel entonces. Jaume I a través de la Història tuvo como finalidad estudiar las distintas posiciones de los historiadores —fundamentalmente valencianos— a lo largo de los siglos. Su lectura permitía una comprobación de una verdad que, no por sospechada, tenía que ser ratificada.

Porque ese Jaime I no era un personaje real, objetivo, sin que sobre él no recayera ningún guiño ideológico de quien se acercaba a aquella época. Más bien al revés: el pobre rey, aquél que de viva boca dictó sus hechos para dejarlos en el futuro con su propio barniz, sucumbió a su intento. Jaimes aparecieron muchos en los más de setecientos años que intenté revisar porque según el historiador que lo escribía, así era el rey. En el fondo, aquel libro mío era una denuncia a la pretendida objetividad de la historia en un momento en el que crecía en Europa el interés por la historia de la historiografía.

Pero, salvo unas breves páginas de la conquista de Valencia, yo no había escrito nada sobre la vida y reinado del rey Conquistador que es de lo que se trata ahora. Recuerdo entonces, en 1984, que mi presentador, el excelente medievalista Coll Alentorn, habló de la importancia de volver a aquellos años del siglo xiii sin las revisiones historiográficas que acababa de realizar.

Lo cierto es que ya ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, síntesis sobre este tema existen pocas. Por el contrario la investigación en cuestiones económicas, institucionales, sociales, de relaciones con el exterior, ha avanzado bastante. Evidentemente la última síntesis con rigor metodológico, a la que hay que referirse hoy día, todavía es la de Ferran Soldevila de 1958. Después el mismo autor se planteó escribir una biografía de Jaime I dividida en tres partes con toda una aportación investigadora de sólido puntal. Su muerte le impidió llegar hasta el final dejándonos sólo la primera etapa: esa aportación de Els primers temps de Jaume I, publicada en Barcelona en 1968.

No hubo más, aunque insisto en el hecho de que la investigación jaimina ha continuado y en el apéndice bibliográfico aparecerán los títulos que considero más importantes, incluido el de José Luis Villacañas. Sólo éstos, fundamentalmente, porque en ningún momento quiero que ésta sea una obra exhaustiva. No deseo que el lector pueda cansarse ante una erudición desproporcionada o que se descentre del objetivo del libro por otros caminos que se le muestren dispersando su atención y ofuscándole en su comprensión. Más bien debe procurarse que el conocimiento sea claro, no tedioso, grato de leer y a la vez absolutamente fiel a todo aquello que amplíe de verdad y no con sofismas filosóficos los horizontes de Jaime I y su época.

No obstante, podría citar alguna que otra obra mucho más actual que los trabajos de Soldevila, ya señalados, pero no con la rigurosidad del gran historiador catalán. Prefiero, sin embargo, evitar en este momento críticas a aquéllas que se centrarían justamente en lo que mi libro desde el párrafo anterior está rechazando. En todo caso ya se verá a lo largo de los capítulos que siguen las causas de tales ausencias en este prólogo.

Dicho esto, espero que este Jaime I y su reinado llene huecos, antes existentes, y resulte atractivo. Creo que es el primer libro que recupera en activo mucha de la investigación realizada en los últimos años comenzando por el gran hispanista que es Robert Burns cuyos estudios, leídos todos, han sido citados como corresponde.

Antes de acabar no puedo olvidarme de la persona que ha facilitado su construcción y publicación. Me refiero a Josep Maria Sans i Travé, director del Arxiu Nacional de Catalunya, pero sobre todo experto medievalista y gran especialista de este siglo además de ser el mejor conocedor en nuestras tierras de las órdenes militares y fundamentalmente la del Temple. Es decir, aquélla que arropó a Jaime I en los peores años de su vida. Por último agradezco la confianza que ha tenido conmigo Pagès Editors. Tiempo atrás se empezó a pensar deliberadamente en un libro de tamaño medio, sin notas a pie de página. Pero la alternativa del método anglosajón, con paréntesis en la propia línea de cita, salva la enumeración de la misma y escapa a la excesiva erudición que pueden plantear los abundantes comentarios de las notas. Al fin y al cabo el lector puede ir a la bibliografía para conocer al detalle la obra de la que se habla. Sí quiero señalar, además, que éste es un libro que no es sólo una biografía fácil de hacer como tantas podrán verse posiblemente en el 2008. Tampoco se cede aquí al oportunismo de un centenario. En una palabra, este Jaime I y su reinado pretende ser más que un aporte biográfico sin menospreciar el mismo. Es, sin embargo, superior porque abarca todas las áreas de un largo y brillante reinado en cuyo epicentro en todo caso se sitúa al mismo rey.

Y, para finalizar, quiero recordar expresiones de Jaime I como ésta: “Y porque este libro es tal que pequeñas cosas no deben de escribirse, dejamos de contar muchos sucesos que fueron, y queremos decir los mayores para que este libro no se alargue más, pero de las cosas que fueron grandes y buenas, de éstas queremos hablar”(Jaime I, 1971, párrafo 270, p. 110). Aunque esta síntesis quiere ser amplia en lo posible, ojalá pueda acercarse al concepto de nuestro rey y cronista. En este supuesto el público y las críticas dirán si su autor y sus apoyos han superado el problema que siempre plantea una obra como ésta. En ella hasta las citas del Llibre dels feits han sido traducidas al publicarse, casi simultáneamente, la versión catalana. Pues no quisiera que al existir una conexión indudable entre la redacción y, sobre todo, las citas de Jaime I, el lector no pudiera relacionarla adecuadamente.

II. Un preámbulo general a modo de enmarque

Siempre se ha dicho que hay dos pilares básicos en la historia. Y los hay con independencia de evoluciones, cambios y modas que suelen percibirse en las aproximaciones históricas. Uno es el espacio, es decir el paisaje geográfico —y no sólo eso— y también social, político, económico, cultural incluso, en donde se desarrollan los hechos. El otro es el tiempo porque —como es ya tradicional— pasado, presente y futuro conforman la historia. Lo hacen continuamente pues lo que es hoy presente en poco será pasado y el futuro, que viene, se convierte sin más en presente y acaba también en pasado.

Al lector, que espera una visión de una época y un rey, no quiero confundirle con vanas disquisiciones sobre conceptos históricos. Sí quiero, en cambio, que entienda que, para situar el marco temporal y espacial del rey Jaime I, he de partir de antes, aunque por ese antes pase sólo de puntillas y con leves pinceladas. Y a la vez, dado que el historiador juega con la ventaja de conocer la continuidad de los hechos que describe, debe subrayarse el futuro que apareció gracias, en parte, al reinado de Jaime I. Por todo esto, y sin caer en la necedad de querer dar ahora lecciones de historia o de cómo ésta ha de ser narrada —narraciones las hay muy diversas—, se ha de situar el reinado de Jaime I en la impresionante encrucijada que existió tanto en el antes como en el después.

Vayamos con el antes. Ese antes que debía de arrancar, muchos siglos atrás, con la fragmentación del Imperio de Carlomagno que quiso ser un freno al avance islámico en todo el Mediterráneo y más de media Europa, salvo el Imperio bizantino. Pues como dijo Ibn Khaldun: “los cristianos no logran que flote en el Mediterráneo ni una tabla”(Pirenne, 1939, p. 10), en ese Mare más bien musulmán que Nostrum (siglos viii-xi). Ese antes que fue evolucionando a favor de estos últimos a partir de finales del siglo xi, cuando la maduración social y económica del feudalismo cristiano dio paso al intento religioso, pero también mercantil, del comienzo de las Cruzadas. De unas Cruzadas dirigidas al Mediterráneo oriental y al rescate de los Santos Lugares a cargo de los máximos magnates cristianos bajo la cruz del Pontificado. El Imperio y la Iglesia —el sol y la luna, o viceversa— dieron luz, día y noche, a las distintas tierras cristianas todavía bajo un manto socio-económico feudal del que emergieron ciudades nuevas, clases renovadas. Y como suele ocurrir cuando hay más de una potencia —por decirlo de alguna manera—, éstas aun siendo del mismo universo —sea terrenal o espiritual— llegaron a contraponerse. De hecho el primer gran conflicto entre ambos poderes se produjo, antes de las Cruzadas o en medio de ellas, durante la lucha por las Investiduras entre 1075 y 1122.

Las Investiduras, aquel intento imperial de continuar nombrando obispos y abades, porque unos y otros tenían feudos a su servicio. Este proceso enfrentó a emperadores y a papas desde finales del siglo xi y hasta el primer tercio del siglo xii. Y, en realidad, el mayor perdedor fue el emperador —fuera quien fuese— si bien ya destacó en 1077 la sumisión del excomulgado Enrique iv pidiendo perdón en Canosa al papa Gregorio vii. Fue éste un paso favorable al Pontificado, paso al que también se sumaron los jefes de poblaciones cristianas —áreas cada vez mayores— que atendieron las peticiones del papado en pro de las cruzadas.

A fin de cuentas sin el descenso del Imperio, que por supuesto se recuperaría más tarde, difícil era el ascenso de reinos más o menos independientes de aquél. Éstos eran más propicios a pretender dominios temporales que, por pequeños que fuesen, habían de unificarse frente a un mundo momentáneamente también en retroceso: el islámico, ya fuera éste en el Próximo Oriente, ya en la Hispania occidental.

A lo largo del siglo xii hubo hechos importantes: el crecimiento urbano siguió adelante; el feudalismo no por ello había caído y sabía y podía adecuarse a los nuevos retos y aun ponerlos a su servicio. Y los territorios —reinos, si se quiere condados, baronías, ciudades independientes con un hinterland de apoyo posicional— se iban modelando. Paulatinamente parecía que el enfrentamiento Imperio-papado de años atrás no sería el único, aunque continuaría siendo el más importante. Hay que recordar que en la Hispania, romana y visigoda hasta su hundimiento en Guadalete (711), los pocos lugares cristianos que aguantaron ese desastre sufrieron el dominio aplastante del Al-Andalus musulmán, al menos hasta el siglo xi. La caída de Toledo en 1085 —en tiempos de Alfonso VI de León y Castilla y del Cid— desequilibraba a favor del cristianismo la hegemonía islámica. No más allá de siglo y medio aquél estaba en fase de triunfo total: la batalla de las Navas de Tolosa en 1212 había unido a todos los reinos peninsulares, ya creados, en una acción decisiva, sobre todo, para la que iba a ser la Corona de Castilla.

Pero aunque Castilla, ocupando el centro de la Meseta, el norte cantábrico y pronto la baja Andalucía, fuera sin discusión la Corona más firme de la península, no era la única. Al oeste le quedaba Portugal, llamada a empresas mayores más allá del tiempo de Jaime I. Por decisión de la realeza castellana y por el pago de parias —impuestos a los musulmanes todavía independientes tras 1212, pero conquistadas ya Córdoba (1236) y Sevilla (1248)— aún se mantuvo durante más de doscientos largos años el emirato granadino. Al noreste se situaba Navarra, viejo reino peninsular cuya elegante hegemonía se había ido perdiendo, limitada al norte por unos señoríos vascos, al oeste por la ancha Castilla, y en el Ebro y más al este por la Corona de Aragón, el jalón decisivo de este estudio que ahora comienza.

¿Qué era eso de la Corona de Aragón llevada al siglo xii? Hay quien opina —Lalinde Abadía, que se cita en bibliografía— que no se puede hablar de este término, por mucho que desde 1137 el antiguo reino de Aragón y los condados catalanes, al frente el barcelonés, se hubieran conjuntado. Lo hicieron tras la muerte de Alfonso el Batallador en 1134 y la decisión de su nobleza de no destruir el reino aragonés, como parece que absurdamente quiso el testamento del belicoso rey. Nadie aceptó —el poder entonces no era en absoluto sólo de la monarquía— semejante disparate: lo que hubiese consistido en ceder sus tierras a órdenes militares. Disparate, por supuesto, para los propietarios de muchos señoríos nobiliarios. En consecuencia la nobleza pidió al único hermano que tenía Alfonso, a Ramiro llamado el Monje porque por vocación religiosa residía en un convento, que saliera del mismo. Ramiro tuvo que hacerlo; fue rey y casó con Inés de Poitou y engendró una hija con ella: Petronila. Y, deseoso el monje de volver al monasterio haciendo entrar en otro similar a su joven esposa Inés, desposó a su hija. Era ésta una pequeña niña de dos años que se enlazaba con Ramón Berenguer IV, el conde de Barcelona, que ya había pasado la veintena. Éste, ya príncipe por el matrimonio que fue efectivo cuando la niña se hizo mujer, se vio capacitado para ir unificando tierras alrededor de su mejor condado y su mejor ciudad. Incluso para conquistarlas a los musulmanes, yendo mucho más hacia el sur cuando cayeron en sus manos Tortosa y Lérida (1148-1149).

Ciertamente hablar de Corona de Aragón en toda su plenitud, tal como suena, puede ser un concepto excesivamente arriesgado. No lo sería ya en el siglo xiv, tras el reinado de Jaime I a quien tanto debió esta Corona en pro —ya se verá— y en contra —también se comentará—. En aquel tiempo —y me refiero a la antigua unión de Aragón y Cataluña, conservando cada uno su propia legislación, moneda y economía— la monarquía era muy débil. Seguramente por varias causas la unión, no obstante, se mantenía: el temor a otras coronas, más fuertes y peligrosas, y una posición política transpirenaica que podían compartir. En el primer sentido Joan Reglá expuso sus ideas hace ya muchos años cuando llegó a decir, por un lado, que Aragón temía su absorción por Castilla. Por el otro, Cataluña y sus condados pirenaicos veían demasiado cerca a Francia. Si esta unión quería ser una protección, lo fue pero con bastantes errores.

Porque, avanzado el siglo xii, para la prematura Corona de Aragón los problemas no venían, sobre todo, de Castilla. Antes aparecían en Occitania, en todo ese territorio transpirenaico que, desde la Aquitania y la Gascuña, llegaba hasta el Languedoc y la Provenza. Esa Occitania que abarcaba tierras tan conocidas entonces para los catalanes como el condado de Tolosa, Bearn y Bigorre. Alfonso II con el sobrenombre del Casto, hijo de Petronila y de Ramón Berenguer IV, había logrado controlar dominios hasta Provenza, porque el Rosellón ya era suyo. Muchos de los condados catalanes tenían contactos en Occitania en general. Eran tierras que no estaban bajo la supremacía del reino de la Ille de France. De una monarquía que, para obtener su ansiado exágono, aspiraba tanto a expulsar a los ingleses del noroeste atlántico como lograr la posesión de gran parte de los territorios occitanos. De una monarquía, además, que era la del cristianísimo rey de Francia, llamado así por ser los francos los primeros de todos los pueblos, conocidos como bárbaros, en convertirse a la Iglesia de Roma tras invadir el Bajo Imperio.

La Ille de France era entonces, sin duda, el bastión de mayor fuerza con el que podía contar la Iglesia de Roma. Porque el santo padre, con independencia hasta cierto punto de quien fuera en cada momento, se encontró con dificultades en los condados occitanos. En el siglo xii hasta allí había llegado el contagio de una heterodoxia más que peligrosa para Roma, cuyo brote precisamente procedía de la Europa oriental, de regiones incluso bizantinas. Era una reproducción a escala más amplia de la religión de Manes, de un maniqueismo con un dios bueno y otro malo. Y esta herejía se desarrollaba principalmente en el Mediodía transpirenaico al son de la pobreza, de la castidad, de la saña contra todo aquello que se asemejase a corrupción: un dinero fácil y propiedades robadas, incluso como feudos, por la Iglesia romana. Sobre todo el obispado de Narbona, siempre en ausencia su representación episcopal y siempre en presencia su enriquecimiento pecaminoso a todos los efectos —sexo y bolsillo—, era el modelo a no seguir. O, mejor dicho, aquél que aceleraba, por el contrario, la herejía. La Iglesia romana estaba perdiendo facultades. Si seguía así, la lucha de las Investiduras iba a no ser nada ante el incremento herético de parte de las tierras de la Galia de siglos atrás.

Pero en 1198 el milagro se produjo en la elección de papa, dando el cónclave la persona idónea para cambiar los papeles. Inocencio III iba a ser el papa de la hegemonía pontifical, el defensor del dominium mundi teocrático. Aquel pontífice no dudó en enfrentarse a herejes albigenses, conocidos así por la ciudad de Albí, y que respondían también al nombre de cátaros. Y, si hiciera falta, lo haría también contra todos aquellos que les apoyaban o que no perseguían a sus vasallos con la inquina necesaria. No había engaño: Inocencio III sabía que existían condados, como el de Tolosa con Raimundo VI, que no se esforzaban en detener a los albigenses. Pues el conde de Tolosa tenía más miedo al rey francés, Felipe Augusto, que a sus vasallos cátaros.

En realidad no hubo neta alianza entre nobles y cátaros. Sí hubo una resistencia condal a cualquier filtración francesa bajo la excusa de la represión herética. Y como el legado del pontificado, Pedro de Castelnau, fue alanceado en 1207 en pleno suelo provenzal, Inocencio III pasó a la ofensiva: la cruzada, aquélla que se había llevado a los Santos Lugares, debía trasladarse a Occitania. Es más, al frente de la misma se puso un caudillo que tiempo atrás había formado parte de cruzadas orientales: el francés Simón de Montfort. Un personaje que, casado con la condesa de Leicester, lo ambicionaba todo como nadie.

Además, este deseo era en él mucho mayor que su angustia por la defensa del cristianismo. A estas alturas los condes pirenaicos, el de Tolosa el primero, comenzaron a pensar en la ayuda del rey de Aragón, del conde de Barcelona, del señor de Montpellier, Pedro el Católico, que era padre de Jaime I. Se dieron muchos pasos, que ya explicaré. Pero el resultado final de toda esta conflictividad fue la casi expulsión de Cataluña y Aragón de sus tierras occitanas, aprovechando la minoría —nunca mejor dicho— de un niño-rey tras la muerte de su padre en 1213.

Los primeros tiempos de la vida del rey Jaime I no fueron fáciles y este infante, príncipe y muchacho a la vez, tuvo que imponerse a los nobles de sus tierras. Debió, luego, girar en redondo respecto a la expansión provenzal y languedociana de su padre y de su abuelo. Y, al dar la vuelta, se encontró el sur y más allá del horizonte marítimo tierras para conquistar. Debía hacerlo si quería consolidarse como rey. También quería, como buen religioso, cumplir las órdenes dadas por su Dios que le había salvado de todos los males. Y este mandato no era sino la cristianización —oficial, al menos— de aquellos emiratos. Éstos, además, eran islas o se hallaban situados más al sur de la estricta Cataluña, en plena costa mediterránea. Allí donde las ciudades —algunas con entornos hortícolas de la época musulmana— proliferaban más que los señoríos de secano. Sus burgueses —hombres nacidos en los burgos de la ciudad— querían lanzarse, cuando pudieran, al gran comercio de un Mediterráneo que ya no era el monopolio islámico de siglos atrás.

A la etapa de los difíciles años juveniles de Jaime I le siguió una segunda en la que el rey —sin perder esa, ahora ya, alegre juventud— fue el gran Conquistador. Pero no sólo el Conquistador porque, tanto en Mallorca como en Valencia, se fundaron reinos vinculados todos inicialmente a la creciente Corona de Aragón. En esta Corona, en la que iba imponiéndose un criterio de conjunción que, más que federativo, obedecía a una mantenida independencia sólo suplida por la cima de la máxima institución: la monarquía. Una monarquía que, con ciertos altibajos, comenzaba a tomar conciencia —sólo eso— de su posible poder en el futuro.

Para ello el rey no podía estar rodeado únicamente de sus ricos-hombres aragoneses o de su nobleza catalana. Más que con Aragón, el primero de sus reinos, Jaime I tuvo que ir contando con el poder de sus ciudades. De sus antiguas ciudades colindantes con el mar como Perpiñán y, ante todo, Barcelona, con puerto, muy cercanas al Mediterráneo o tocándolo de lleno. Pero por pura lógica de la realeza, que ya buscaba contrapesos a su nobleza, debía contar también con las nuevas urbes que obtenía y que tanto eran de mar. A la islámica Madina-Mayurca o a la Valencia musulmana se les otorgaban, en menos de diez años, leyes y privilegios para concurrir ellas a la plenitud catalano-aragonesa con sus nuevos reinos. Ciutat de Mallorca ya desde 1230 tuvo que contar con la Carta de Franquesa. Valencia desde 1238, al tiempo que la conquista cristiana continuaba hacia el sur, aceptó la promulgación de un abanico de leyes —el Costum— que, de inicial fuero municipal, se convirtió en fueros del Reino con el paso del tiempo.

Otra cosa sería lo que había que hacer con las poblaciones que se veían invadidas por las fuerzas cristianas del rey. La pequeñez de las mismas en Mallorca, la difícil defensa de ésta en un mar cuya confrontación cristiano-islámica continuaría produciéndose, fue clave para la decisión. El mundo islámico balear marchó al exilio, antes o después. Porque la más grande de sus islas no admitía más allá de 50.000 habitantes. Muy pocos para todos aquéllos, sobre todo catalanes, que —si podían— buscaban tierra y libertad en los nuevos espacios, lejos de los malos usos feudales que aun corrían sobre el viejo campesinado del Principado.

No sucedió lo mismo en Valencia. Por mucho que hasta allí llegasen aragoneses y catalanes, por mucho que el Repartiment otorgara parcelas territoriales a todo aquél que fuese a repoblarlas, consolidando así el país vencido, el nuevo reino era mucho más extenso. Pues su crecimiento seguiría al alza según la conquista bajase hacia el sur y, en un lance con Castilla, intentara penetrar en Murcia.

Jaime I al filo de 1250 pasaba de su plenitud conquistadora a una tercera y larga etapa en la que —a veces subdividida— el rey cumplió con muchos de sus objetivos, aun cuando en algunos tuvo que retroceder. Fue así, con la renuncia a casi toda la huella catalana en la Francia meridional, cuando se aceptó esta retirada tras el tratado de Corbeil de 1258. No obstante el Rosellón, plenamente catalán, y Montpellier, ciudad de su nacimiento, se mantuvieron en su cabeza y en sus manos. Fue así, también, con la ayuda prestada a su yerno Alfonso X el Sabio por la posesión castellana de la revoltosa Murcia, que aún respiraba islamismo por todos sus poros. Fue así en sus intentos, no logrados totalmente en este caso, de mantener la paz en sus reinos conquistados. Con todo, en el de Valencia revueltas islámicas se dieron en más de una ocasión, alguna ya casi a las puertas de su muerte.

Fue así en el hecho de que, queriendo trazar una política en el exterior que diese mejor salida mediterránea a la corona más allá de los límites baleáricos, Jaime I pareció pasarse de la raya. Ya mayor, su espíritu religioso, su creencia en Dios al que nunca abandonó a lo largo de toda su vida, pareció obligarle a marchar a una cruzada de las típicas del Próximo Oriente. El rey tuvo que desistir. Demasiadas cuestiones se suscitaban en sus reinos. En esos a los que él quería transformar en una unidad coherente a la vez que plural, presididos por la monarquía. En aquel antes de Jaime I su voluntad todavía parecía moderna, adaptada a los nuevos tiempos que venían, al futuro que le seguiría.

Pero, yendo hacia el después, el rey se equivocó o lo equivocaron las disputas nacidas entre sus hijos. Muerto en 1260 aquel primogénito, que engendrara con su primera y pronto olvidada mujer Leonor de Castilla —el príncipe Alfonso—, correspondía a Pedro toda la herencia. Pero por las presiones de sus herederos y por el patrimonialismo de Jaime I, aún no olvidado, cometió un grave error para la Corona de Aragón del que se hablará y se matizará según aquella época. Error para ese después que siguió al reinado de Jaime I.

Aragón, Cataluña y Valencia serían para Pedro, el posterior Pedro el Grande. Pero las Baleares —a excepción de Menorca que aún se mantenía infeudada bajo poder musulmán—, el Rosellón y las tierras transpirenaicas, que quedaban de la antigua Cataluña, con Montpellier a la cabeza, formaron un nuevo reino. Iba a ser una dinastía, no absolutamente independiente de la Corona de Aragón, sino vasalla de la misma. Una dinastía que quiso la total independencia, que a veces se situó frente a su hermano mayor y al lado de la ya para siempre odiada Francia. Una dinastía propia de Mallorca que se reintegró a la gran Corona por la fuerza militar, sin cortesías palatinas, de Pedro el Ceremonioso en 1349. Pero esto ya pertenece a ese después que arrancó de Jaime I. Ya habrá tiempo y espacio para exponer con más detalle lo enmarcado ahora.

III. Necesarias precisiones a este preámbulo

Si ya he dedicado algunas páginas al mundo europeo para situarse en el tiempo de este libro, no creo que sea erróneo ampliar aquéllas un poco más antes de entrar en la narración de uno de los reinados más largos y cambiantes de la historia peninsular. Porque o se hace ya o no se entenderán muchas cosas. La primera es la neta oposición, mayoritariamente nobiliaria, de los súbditos al crecimiento de la monarquía. Una oposición —sea catalana o aragonesa— que proviene de años anteriores al rey Jaime, pero que aprovecha la minoridad del mismo para evitar cualquier enaltecimiento suyo.

Si se comienza por Cataluña, Flocel Sabaté ha escrito sobre un período que él denomina “Conspiración feudal” entre 1162 y 1283. Es decir desde el reinado de Alfonso el Casto —el abuelo de Jaime I— hasta la explosión final con Pedro el Grande —el hijo del rey Jaime—, siendo el Conquistador el núcleo fundamental de todo. Y valga este ejemplo que Sabaté toma de la obra de Carreras Candi: “Al muy amado y honrado y noble señor D. Jacme por la gracia de Dios rey de Aragón… etc. de mi D. Ramón de Cardona por la gracia de Dios vizconde de Cardona” (Carreras Candi, 1905-1906, vol. II, p. 494).

Este ejemplo realmente es muy sui géneris. Nada menos que el vizconde de Cardona se sitúa al mismo nivel que el rey al ser también él ungido por la gracia de Dios. ¿Dónde está, pues, la monarquía? ¿Qué relaciones mantiene con sus nobles feudales? Éstas y otras preguntas se hace Flocel Sabaté y es conveniente tenerlas presentes para aclarar muchos de los problemas del valeroso Jaime I.

En cuanto a la primera pregunta es obvio que la monarquía, que acoge ya a Aragón y Cataluña bajo su manto desde Alfonso II, quiere situarse en un acomodo cada vez superior. Eso quiere decir: clarificar sus rentas, mejorar sus instituciones para poder controlarlas, crear representantes territoriales, contar con asesores regios, tener en boca un discurso de preeminencia real.

Pero todo eso, que suena muy bien, tiene más de un desafino en la música. Porque la realeza cuenta con limitadas bases fiscales y jurisdiccionales. Fiscales porque, por los créditos obtenidos de sus barones feudales o de sus ciudades emergentes, debe más dinero del que ingresa. Así se ve obligada a pignorar o, como mínimo, hipotecar parte de su patrimonio real. Esto que ya ocurre con Alfonso II, sin que la aportación de la Cataluña nueva compensara los gastos de la conquista en tiempos de Ramón Berenguer IV, sucede después con mayor repercusión. A fin de cuentas Pedro el Católico fue conocido por lo dadivoso, gastador y poco preocupado por su hacienda. Jaime I, que no fue como su padre, no pudo llegar tampoco a un saneamiento total porque media Mallorca —o más—, al igual que pasó en Valencia, se transfirió a los acompañantes del Conquistador. Daba igual que éstos fueran nobles, eclesiásticos, ciudadanos o miembros de órdenes religiosas. Y todas esas cesiones se hicieron en gran parte a nivel feudal, añadiendo más leña a la hoguera que ya ardía en la mitad de sus territorios.

Si esto puede verse en la fiscalidad, la perspectiva es peor si se observa cómo las jurisdicciones reales se entrecruzan con las señoriales, provocando alteraciones incluso en el ámbito judicial. Porque la nobleza estaba bien situada. Más aún, en 1202 por el derecho del ius maletractandi (Freedman, 1988 y 1993) conseguía atar a sus vasallos a la tierra, hacerlos payeses de remensa impidiendo —en lo posible— su huida hacia ciudades (debate sobre Freedman: Salrach, Laliena, To. 1995).

Con rentas altas y con jurisdicciones elevadas la nobleza, por el contrario, poco tenía que perder y mucho que ganar si se enfrentaba a la monarquía. Además los usatges —legislación quizás más feudal que real— podían tener diversas lecturas. Y más de una facilitaba que “los caballeros tienen privilegio o usanza de guerrear los unos con los otros” (Sabaté, 2005, vol. 91, p. 485). Que al lado figurase el usatgesimili modo (Bastardas, 1991, p. 98), que remarcaba la preeminencia real para establecer acuerdos entre nobles enfrentados, tanto daba. ¡Pero si al final los nobles cariacontecidos guerrearían con el propio rey! Porque en base al orden feudal podía argumentarse hasta que el rey no era leal con sus vasallos y, consecuentemente, éstos desistían del cumplimiento de su fidelidad.

Así fue como se actuó contra Pedro el Católico, contra el propio Jaime I. Mejor aún se pudo hacer cuando éste fue un pequeño infante, aprovechando el hecho de que la autoridad real podía desdibujarse con mayor facilidad. En el capítulo que sigue se habla del primer caso. En la mitad de este libro o más allá, y pese a las Conmemoraciones influenciadas por el derecho romano de Pere Albert —ya se tratará—, la conspiración volverá a los mayores desafíos. Fácil se lo ponía a ésta toda la problemática familiar y de herencia dinástica que planteó Jaime I a mediados y finales de su reinado.

Además había en el principado un punto nuclear que deshacía la autoridad del conde-rey. ¿Podía alguien olvidar que el origen del país se iniciaba con una suma de condados, desgajados de la matriz carolingia, que habían convergido hacia la supremacía del titular de Barcelona? En consecuencia todos aquellos condados, vizcondados y dominios baroniales, que no habían revertido en el condado barcelonés, por herencia familiar —matrimonial— o por cesión personal, querían tener un trato de igualdad con el rey. Y si éste no lo aceptaba o no cumplía sus pactos, la revuelta estaba cantada y acompañada por un coro de vasallos de sus señores feudales directos. Éstos solían lamentarse ante el rey de no poder hacer nada más. Pero ellos debían seguir a su señor directo —decían— aunque, sabedores de la ordenación feudal que se quería jerarquizar, no querían ser luego castigados por desobediencia a su último príncipe natural: el rey.

De hecho, no se puede afirmar que la nobleza feudal quisiera destronar, en este caso, a Jaime I. No, lo que quería era una amplia autonomía que la hiciera totalmente libre para ayudar o no al rey según le conviniera. Por esa razón, casi al final de los días de Jaime I, el vizconde de Cardona se negó a asistir a una convocatoria real en Valencia llegando a manifestar “que no hemos querido ir a corte fuera del condado de Barcelona” (Serra i Vilaró, 1966, vol. I, pp. 216-217). Y si esto es así, también lo es la negativa nobiliaria a devolver castillos al rey que fueron concedidos a feudo.

Pero como todos —nobles y rey— saben que sus acciones tienen unos límites, una vez puestas las cartas sobre la mesa —incluso con desafíos extemporáneos— tienden a retirarlas y a buscar nuevos pactos que es de lo que se trata. Por esto al penetrar en los entresijos de este reinado, al igual que en el anterior y no tanto en el posterior, se ve cómo abundan los cambios de alianza. Se nota cómo aquellos, que 24 horas antes eran amigos del rey, se transforman en sus adversarios o a la inversa. Porque en el fondo aún se está ante una sociedad con gruesas pinceladas feudales en la que también participa la Iglesia, aunque algo menos. Menos, por supuesto, si la monarquía frente al pontificado de Roma logra obtener la posibilidad de nombramientos episcopales. En este caso, aunque existan excepciones como el obispo de Zaragoza, Sancho Ahones, durante la juventud de Jaime I, el clero quiso figurar como más partidario del rey. A veces sólo figurar porque problemas siempre los hubo, como se verá más adelante en el suceso del obispo Berenguer de Castellbisbal a quien Jaime I dio la orden de cortarle la lengua.

“Son gente que Dios ama más que a los caballeros” (Jaume I, 1271, párrafo 498, p. 173). Jaime I confiaba mucho en las ciudades porque éstas sí solían en Cataluña serle fieles. Una aclaración, no obstante: siempre que a ellas les interesase. Lo que ocurre es que en Cataluña y en Valencia, es decir en las costas mediterráneas, las ciudades van a vivir más del comercio y de una oligarquía que se incrementa. Por tanto, de una clase social que prefiere ayudar al rey antes que favorecer a su alternativa de poder: la feudal. Pero no nos engañemos. Si hiciera falta, también se enfrentarían a la monarquía, aunque menos o con diferencias respecto a las aragonesas. Algo que no sucede tanto entre la nobleza aragonesa y la catalana que se parecen entre sí mucho más que sus respectivas ciudades. Porque Aragón, desde luego, no es Cataluña.

Pasemos, pues, al reino por antonomasia, porque de esto en parte es de lo que se trata. Ante todo —ya se ha insinuado antes—no hay tanta diferencia entre opiniones aragonesas y catalanas de signo nobiliario. No la hay por mucho que, después de la época de Jaime I —se verá más adelante—, se llegara a señalar que en Aragón hubo antes leyes que reyes. Parece ser que así se afirmaba en los fueros de Sobrarbe jamás encontrados. En todo caso, esto no es otra cosa que una alusión más a esa pretendida igualdad entre los ricos-hombres aragoneses y su propio rey al que se le atribuía un origen electivo.

Pero a toda esta supuesta paridad, que provenía de una interpretación sesgada del sistema feudal a favor de los nobles y en perjuicio del rey, se le añadió un problema más en Aragón. Porque ese rey, hipotéticamente electo y que se debía a su nobleza, se les escapaba a los nobles aragoneses de sus manos. Éste daba la impresión de decantarse más hacia uno de los dos territorios que desde 1162 —Alfonso II— regentaba el mismo y único rey, el hijo de Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV. Ya con este último, conde catalán y príncipe de Aragón, se había recuperado la Cataluña Nueva, con Tortosa y Lérida, antes de reconstruir Teruel hacia 1170 bajo Alfonso II. Pero este otro, girando hacia la Provenza, y también su hijo, Pedro el Católico, habían puesto además sus ojos en la Occitania pirenaica.

Parecía que la visión de los ya condes-reyes era más catalana que aragonesa y con esta mirada Pedro el Católico marchó a Roma en 1204. Sin olvidar todas las constantes de un feudalismo nobiliario, que se hacía egoísta y cauto ante cualquier incremento real, Bonifacio Palacios subrayó hace años la importancia de la coronación del rey Pedro en Roma (Palacios, 1975). Este historiador ya tenía constancia de que más de un rey aragonés, como Sancho Ramírez, llegó a infeudarse al papa Urbano II en 1089. También el mismo autor conoce los lazos de dependencia que hubo entre Ramón Berenguer IV y Alfonso VII de León y Castilla. Y para terminar los que se intentó que existieran con el emperador alemán, Federico Barbarroja, para defender las tierras nobiliarias que la casa condal tenía en el sur de Francia.

Pero para Bonifacio Palacios, y seguramente para la nobleza aragonesa, todo eso era pasado. Obedecía a necesidades circunstanciales de reinos y condados pequeños que se tenían que defender de posibles amenazas de vecinos mucho más fuertes. Incluso hasta de la peligrosa encrucijada de los poderes universales, ya fuera el papado o el imperio.

Ahora bien, ¿a qué venía la coronación de Pedro el Católico en Roma? En 1204 el problema cátaro ya existía, por supuesto. Pero el conde-rey Pedro aún no había infligido ninguna norma anti-romana. Es más, se ofreció para intentar estabilizar la amplia región languedociana. Y, por otra parte, la Cruzada religiosa, de la que se habla en el capítulo primero, no comenzó hasta 1208 con Simón de Monfort tras el homicidio del legado papal, Castelnau, ya mencionado. Por tanto, por mucho que se hable de la cuestión albigense —y así lo hace Soldevila, como se verá—, el viaje de Pedro el Católico se realizó en 1204 por otras cuestiones.

Para Bonifacio Palacios el papa, Inocencio III, recibió al rey Pedro buscando en él un apoyo más frente a los problemas que se le planteaban por el control de Sicilia con la dinastía Hohenstaufen. El papa pensó en casar a la hermana de Pedro el Católico, Constanza, con el futuro emperador y soberano de Sicilia: Federico II. Esto era una cuestión importante de poderes universales. Otra era la que tenía Pedro el Católico en su pensamiento: la conquista de Mallorca, el sí pontificio a la misma para establecer una sede episcopal allí, y la posible ayuda de Génova y Pisa. Esta idea era un precedente de aquello que después haría Jaime I. Pero en un inesperado intermedio tuvo que pasar toda la coyuntura histórica, que se narra en el capítulo I de este libro. Por esta razón nada de lo pensado antes llegó a cuajar.

No obstante un asunto se manifiesta claro. Ni el tema siciliano —imperial o pontifical—, ni el tema mallorquín importaban mucho a los aragoneses continentales. En todo caso, de no haber estallado todo el conflicto albigense, determinadas cuestiones podrían haberse adelantado. Pero para los nobles aragoneses, que no acompañaban al rey a Roma —allí sólo son reconocidos catalanes y provenzales—, ¿qué intereses lograban de este viaje? Su rey, su vanidoso soberano, podía ser feliz con la coronación que le ofreció Inocencio III en Roma. Incluso se le dio el pomo y la mitra, tratándole como a rey casi imperial, con lo que además el papa humillaba al emperador. Así Inocencio III se frotaba las manos al colocar sobre las sienes de Pedro el Católico su corona. Con todo, más mano izquierda tuvo cuando, a cambio de esta coronación, Inocencio III recibió la infeudación de los territorios de Pedro el Católico. Por ella el Sumo Pontífice no sólo obtenía el vasallaje del rey sino además un pago anual de 250 mancusos y, evidentemente, el patronato de todas las iglesias de la Corona de Aragón.

Hasta cierto punto Cataluña podía pagar los posibles beneficios que esperaba conseguir en el Mediterráneo. Pero ¿qué lograba Aragón?, ¿qué adquirían sus nobles y aún sus ciudades? Por culpa de esta infeudación les podían caer impuestos sin nada a cambio, más a las ciudades incluso que a los nobles. El monedaje sería una realidad que estudió Pedro López Elum a quien se cita en la bibliografía. La pérdida de rentas en las iglesias de jurisdicción señorial se planteaba, además, como un escollo verdadero. Y, sobre todo, ese conde-rey, su rey, se había enredado en una tela de araña internacional en cuyo interior podía caer la nobleza feudal. El rey no había preguntado nada. El rey había pasado de su séquito aragonés, de su Consejo nobiliario. El rey no había hecho caso a los fueros, tanto para la nobleza aragonesa como para unas ciudades escasas de oligarquías potentes y comerciales. El rey se iba a enterar. Si en Cataluña hubo una conspiración feudal, como ya se ha dicho, en Aragón la oposición a la monarquía se disparó durante más de cien años llegando hasta las Uniones aragonesas de mediados del siglo xiv.

Ni por asomo se podía pensar que el pequeño Jaime de cinco años, huérfano —como veremos— de padre y madre, pudiera escapar de este acoso. En breve se comprobará hasta dónde llegó el acorralamiento del rey Jaime desde sus primeros años. Pues como señaló Zurita respecto a Pedro el Católico: “de este censo y reconocimiento que el rey hizo al papa, vuelto a su reino mostraron los ricos-hombres y caballeros muy gran descontentamiento, y protestaron que no se les pudiese causar perjuicio. Y según en la historia general se refiere el rey se excusó con decir que él solamente había renunciado su derecho y no el de ellos” (Zurita, 1967, vol. I, pp. 311-312). Así, no pueden olvidarse todas las disputas señoriales, que sobre honores y tenencias de tierras mantuvo la nobleza aragonesa con la monarquía. Tampoco las punciones de renta feudal sobre vasallos que también han sido tratadas por ser importantes (Laliena, 1987). Y así pueden entenderse algunas cosas. Fue la primera la que obligó a Jaime I a no poderse coronar, aunque no por falta de ganas. Varias veces lo intentó. Una en 1229 pero, sobre todo, en 1274 cuando su estrella, ya anciana, brillaba con majestuosa luz en media Europa. Fue ésta la ocasión en que el papa pidió al gran conquistador que encabezase una cruzada al Próximo Oriente para liberar los Santos Lugares.

Ahora le llegaba su oportunidad. Jaime I estaba dispuesto a repetir sus gestas. A cambio le pidió al papa una coronación sin infeudación de ningún tipo. Es más, quería liberarse para siempre de estos yugos. El viejo rey pensó que le correspondía y, además, no entraría en batallas feudales con sus nobles, cansado como estaba. Se equivocó pues el papa le pidió lo de siempre, recalcándole que en todo su reinado no había pagado las rentas de su vasallaje. Jaime I se decepcionó y como señala en su Crónica “le dijimos que no habíamos venido a su corte para meternos en problemas, sino por franquezas que él dio; y, ya que él no lo quería, queríamos volver no coronado pero con la corona. Y sobre esto queda por qué no nos hemos coronado” (Jaume I, 1971, párrafo 538, p. 183). El ya vetusto Jaime I no era entonces el niño o el joven que siempre estaba al servicio del pontificado.

No, la coronación no iba a ser el símbolo habitual en aquel tiempo y aún más allá. Ni siquiera en ciudades episcopales de la Corona de Aragón a las que se les dio credenciales para sustituir a Roma. Hubo un símbolo más preciado, más independiente y más noble para un rey conquistador. Para un rey que se armó caballero en Tarazona a poco de casarse con su primera esposa. Para un chicuelo, diría yo, que supo no obstante ceñirse él solo su gran espada. Esa que a la hora de su muerte dio, como prenda de soberanía, a su heredero: el Gran Pedro como así se llegó a contar (Zurita, 1967, vol. I, p. 770). Pero hasta llegar aquí queda todo un libro: el que ahora comienza.

Capítulo I. La primera época de Jaime I: de niño a verdadero rey

1. El “milagroso” nacimiento de Jaime I

Nuestro padre el rey D. Pedro no quería a nuestra madre la reina, y sucedió que una vez

nuestro padre fue a Llates y nuestra madre la reina a Miravalls. Y se acercó al rey un rico-hombre,

por nombre Guillem de Alcalá, y le rogó que fuera a Miravalls donde estaba nuestra madre. Y

aquella noche en que ambos se unieron en Miravalls, quiso nuestro Señor que fuera engendrado.

(Jaume I, 1971, párrafo 5, p. 5)

Podrá discutirse si el llamado Llibre dels feits es auténticamente una Crónica de Jaume I. Una inmensa mayoría de historiadores así lo señalan; también, por supuesto, un especialista tan notable como Ferran Soldevila. No obstante, nadie duda de que existan aquí influencias de un poema trobadoresco o de elementos épicos de la leyenda del rey inglés Arturo. Pero en su conjunto se acepta que el Llibre dels feits fuera escrito, o mejor dictado, por un viejo rey muchos años después de que sucedieran estos hechos. Comentados unos por personas de su entorno que lo sabían de otras anteriores. Desarrollados otros según le placía al rey que subrayaba todo aquello que más podía favorecerle.

No estamos hablando de unas memorias de un político actual. En absoluto, a tanto no llegaba Jaime I. Él era —valga la expresión— más objetivo a la vez que más personal y entre sobrio y emotivo en todo aquello que exponía. Por eso un historiador de hoy día no puede olvidarse del Llibre dels feits: sería como enfangar ya de entrada toda su historia. Un historiador tiene, claro está, que establecer comparaciones, analizar pasajes del Llibre con documentos de la época, después conocidos, y aplicar a aquel tiempo todo lo que se sabe ahora a través de la investigación. Pero a veces la sencillez y la sobriedad del Llibre dels feits se revela como una fuente inagotable.

Por eso he querido comenzar este apartado —el primero de todos, el que da luz al engendramiento de Jaime I, tan difícil como casi milagroso— por el Llibre dels feits. Y en éste, por otra parte, se dice poco por lo que al mismo se refiere. Que Pedro, llamado ya entonces el Católico, no quería a su mujer, María de Montpellier, era harto conocido por las mismas personas que, junto a los reyes, vivieron en aquel entonces. El rey, casado con María de Montpellier desde 1204, había llegado a tener una hija de ella, Sancha (1205), que murió poco después. El rey se separó más tarde de María pidiendo ya la anulación del matrimonio al papa desde 1206. Por eso casi fue un milagro aquella noche —digamos de amor— al encontrarse muy cerca los que todavía eran marido y mujer. Lates, uno, Miravalls, el otro, Montpellier al fondo: éste es el escenario del engendramiento de Jaime I. Parece que se aprovechó la más larga estancia de Pedro en aquella región en 1207, tras abandonar a su esposa María.

Pero, ¿qué significaba María para Pedro? Soldevila, recogiendo el testimonio del segundo gran cronista medieval que fue Bernat Desclot, da razones por las que Pedro el Católico pronto se desencantó de ese matrimonio. Al fin y al cabo él era rey e importante y ella sólo señora de Montpellier, no hija de rey. Se olvidaba Pedro el Católico que lo que él había querido era Montpellier, y así se lo dio plenamente María y para siempre tras su unión. Tal vez por la irregular conducta de su padre y, sin llegar a tantas explicaciones, el Llibre dels feits defiende a la madre. Se tenía presente, además, que así Jaime I procedía incluso de un linaje imperial y bien que lo subrayó éste en su Crónica. Porque su abuela materna, Eudoxia, podía ser hija, si no sobrina, de Manuel Comnenos, emperador de Bizancio entre 1143 y 1180. Hacia Cataluña se la envió para casarla con su abuelo paterno, Alfonso II, tras formular pactos entre el bizantino y un rey que en ese momento parecía pasarse de Casto. Sobre este tema Szabolcs de Vajay aclara el entorno familiar (Szabolcs de Vajay, 1980, vol. II, pp. 611-631).

Llegada Eudoxia a la península se encontró a su posible marido casado con Sancha de Castilla, hija del rey Alfonso VII. La política también tenía entonces incumplimientos de palabra. Y Eudoxia se desposó después, como pudo, con Guillermo VIII de Montpellier, pareja que procreó a María de Montpellier, la madre de Jaime I. Pero si no al mismo tiempo, antes o después, Alfonso II y Sancha fueron los padres de Pedro el Católico. Y cosas del destino, en aquel momento sin duda alguna éste era de Dios: Pedro el Católico se enlazó con María de Montpellier. Las decisiones de Dios pueden tal vez retrasarse. Esto ocurrió en una generación. Pero ya después no pueden dejar de realizarse.

Jaime I fue así un designio de Dios. Ya fue un milagro ese encuentro de sus padres y más aún que sólo en aquél quedase su madre embarazada. Y, tras separarse del marido, la preñada María en la noche del 1 al 2 de febrero de 1208 entró en la iglesia de Santa María de Montpellier llevando en sus brazos al recién nacido Jaime. Entonces cánticos del Te Deum Laudamus ratificaban el hecho excepcional, como mínimo. Cuando prosiguió su marcha hacia la iglesia de San Fermín, esa expresión santa fue cambiada ahora por el Benedictus Dominus DeusIsrael. Sin duda alguna Jaime I era un milagro de Dios, de ese Dios que quiso también que su nombre fuera éste, un nombre especial poco o nada utilizado en las dinastías europeas. Pero lo impuso el cirio que se mantuvo más tiempo encendido después de apagarse los once restantes, ya que cada uno llevaba el nombre de los apóstoles del Evangelio. También Dios quiso que el apóstol mayor de España, que ya había consolidado el camino de Santiago, se vinculase al infante rey.

El lector me perdonará que me haya explayado en estas cuestiones y espero que lo haga porque, en un esfuerzo de síntesis, casi voy a eliminar todo aquello que sigue a la sobriedad milagrosa del engendramiento en el Llibre dels feits. Sólo citaré alguna cosa del mismo: así Bernat Desclot va más allá tal vez por los rumores, más o menos poéticos de la época. Para Desclot la relación contada existió pero fue producto de una trampa que tendió María de Montpellier. Pedro el Católico, a través de un tercero ya citado en el Llibre dels feits como Guillem de Alcalá, se dejó llevar por su pasión hasta perniciosa para el mismo. Guillem de Alcalá habló al rey de un amorío que allí tenía y por el que el Católico fue a Miravalls. María de Montpellier sustituyó a oscuras en la cama a la amante, con el sí previo de Alcalá a la petición de la reina.