Fernando el Católico - Ernest Belenguer - E-Book

Fernando el Católico E-Book

Ernest Belenguer

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La cara oculta, tras la larga sombra de Isabel, del reinado que reconfiguró el mapa político del mundo e inauguró el Renacimiento. En 1469, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón contrajeron matrimonio tras firmar las Capitulaciones de Cervera, mucho más favorables para Isabel que para Fernando. De alguna manera, el espíritu de ese acuerdo ha llegado hasta la historiografía contemporánea: se ha escrito mucho más sobre Isabel la Católica que sobre Fernando. La presente biografía a cargo de Ernest Belenguer, uno de los mayores expertos en su figura, establece las líneas maestras que guiaron la trayectoria política y vital del Rey Católico. Profusamente documentado y apoyado en abundantes fuentes primarias, la lectura de este libro supone un viaje estimulante a los entresijos de la acción de gobierno del príncipe que sirvió de modelo a Maquiavelo

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Ernest Belenguer

Fernando el Católico

Índice

Prólogo

Introducción

1. Los primeros y difíciles años de Fernando el Católico (1452-1469)

2. La estabilidad de la monarquía dual (1479-1492)

3. En torno a la política internacional de los Reyes Católicos (1479-1504)

4. Los años del apogeo del rey Fernando (1504-1512)

5. En el ocaso del reinado del rey Fernando (1512-1516)

6. El rey Fernando en Italia. Su política interior

7. Religiosidad y cultura

Un breve epílogo

Bibliografía

Créditos

Prólogo

El 27 de febrero de 2023 recibí de Alianza Editorial la propuesta de que escribiera para su colección «El libro de bolsillo» sobre el rey Fernando el Católico. Alianza pensó en Fernando porque en general en España se ha escrito mucho más sobre Isabel. La editorial no me decía nada nuevo: yo ya sabía esto en 1999, cuando publiqué en Península, de Edicions 62 de Barcelona, un amplio estudio sobre el Rey Católico que en 2001 alcanzó su tercera edición y fue traducido incluso al italiano. No obstante, Alianza se dirigió a mí y les contesté afirmativamente, porque de 2001 a 2023 han pasado veintidós años que se notan en el cúmulo de artículos y pequeños libros que desde entonces podían intercalarse en este libro que se me pedía ahora. La idea era acertada, pero para mí tenía un problema. Al autor del rey Fernando de 1999 se le sugería otro trabajo sobre el mismo monarca y su época. Durante el tiempo de escritura de esta aportación en la colección de bolsillo siempre tuve en la mente alejarme en lo posible de mi primera creación de 1999, consciente de que estaba escribiendo de nuevo sobre Fernando.

Por lo demás, creo haber conseguido mi propósito. No solo por las citas a nuevos autores que han aparecido en las dos primeras décadas del presente siglo, sino porque las conexiones de mi primera obra y de esta actual son mínimas en cuanto a la redacción y la utilización de notas a pie de página. Estas citas son mayoritariamente de cronistas, textos de aquella época, documentos y fuentes archivísticas que no se utilizaron en 1999. Por cierto, todas ellas se han escrito tal como aparecen en su original documental, respetándolo y sin modernizarlo. Es más, en algún documento aparece en ocasiones la misma palabra con distinta ortografía en menos de tres líneas. Las he copiado tal cual por ser fiel al texto original. Además, he tratado de escribir en un estilo atractivo y jamás pesado para el lector. Para acabar estas pequeñas explicaciones, conviene saber que la presentación del mapa, que no es de toda Europa, quiere reflejar los territorios o Estados que se citan en el libro. La genealogía de los Trastámara aragoneses, por otra parte, no se duplica con la presencia de los castellanos, ya que, como mínimo, aumentaría en más del doble su descripción. Esto no es necesario ya que ellos son los que inician la dinastía y son explicados adecuadamente a lo largo de la obra.

No quiero terminar este prólogo sin dedicárselo a las dos personas que humanamente han hecho mi vida más grata. Me refiero a mi hija Cristina Belenguer Pla y a mi esposa Marga Pla. Sobre todo ella me ha estado ayudando día a día para que no desfalleciera en la elaboración de un libro, ligero a la vez que denso, escrito por un autor que ahora ya ha pasado de los setenta años. Además, quiero recordar a mi cariñosa Nera de la que tanta compañía felina tuve en mis largas tardes de escritura.

Finalmente agradezco a Alianza Editorial que haya pensado en mí. Y creo que no se ha equivocado, porque conozco la Corona de Castilla, siempre más subrayada por la mayoría de historiadores, pero también la Corona de Aragón. Esta aparece más debilitada desde el punto de vista historiográfico, así como su propio rey Fernando, tan alabado en 1513 por Nicolás Maquiavelo.

Ernest Belenguer

Introducción

«Haziendo cortesía a sus retratos añadía a este lo devemos todo». Dicha frase se la atribuyó Baltasar Gracián a Felipe II en su libro El Político D. Fernando el Católico1. Y no es nada extraño que el rey más universal de la historia de España, del que se decía que en sus dominios jamás se ponía el sol, admirase tanto a su precedente Fernando II de Aragón, que ya se vislumbraba similar a su nieto el emperador Carlos V2. Le interesaba tanto a Felipe II que en una carta a su secretario Gonzalo Pérez le pedía que se escribiese a Jerónimo Zurita. Quería darle prisa a este último para que terminase, no ya los Anales,que los conocía, sino la Historia del Rey D. Hernando el Católico que estaba narrando el célebre historiador aragonés.

Si empiezo este libro de esta manera es porque quiero mostrar el nombre y el prestigio del rey Fernando que desde su tiempo y a lo largo de los siglos ha tenido, aunque en ocasiones con demasiados nubarrones. En todo caso habrá que distinguir entre su periodo y sin duda alguna los siglos xvi y xvii, con alguna aportación importante del xviii, de aquellos otros: siglos xix y xx, incluyendo en parte los primeros años del siglo xxi.

En su época los elogios fueron constantes, si bien —ya se ha hablado de Zurita— solo señalaré la espléndida descripción que hizo el cronista castellano Hernando del Pulgar, quien dijo del rey Fernando que era

home de mediana estatura, bien proporcionado en sus miembros, en las facciones de su rostro bien compuesto, los ojos rientes, los cabellos prietos e llanos, e hombre bien complisionado. Tenía la fabla igual, ni presurosa ni mucho espaciosa. Era de buen entendimiento e muy templado en su comer e beber y en los movimientos de su persona porque ni la ira ni el placer facían en él alteración. Cabalgaba muy bien a caballo, en silla de la guisa e de la gineta; justaba sueltamente e con tanta destreza que ninguno en todos sus reynos lo facía mejor. Era gran cazador de aves, e home de buen esfuerzo, e gran trabajador en las guerras. De su natural condición era inclinado a fazer justicia, e también era piadoso, e compadeciase de los miserables que veía en alguna angustia. E había una gracia singular, que qualquiera que con él fablese luego le amaba e luego le deseaba servir, porque tenía la comunicación amigable […]. E ansimesmo, remitido a consejo, en especial de la reina su muger, porque conocía su gran suficiencia3.

La realidad es que el pensador y político que más influyó a nivel europeo a la hora de presentar al rey Fernando fue el florentino Nicolás Maquiavelo. Y lo hizo tanto en su conocidísima obra de El Príncipe, en 1513, como en su Epistolarioprivado con Francesco Vettori. Se ha de decir que cuando Maquiavelo escribió estas obras ya había perdido la mayoría de sus cargos, porque Florencia volvió a ser controlada por la familia Médicis a la que había ayudado el rey Fernando. Motivo todavía más importante para entender las perspectivas positivas y a veces también negativas del citado escritor, que tenía una visión bastante laicista y, por tanto, renacentista de la razón de Estado. Del Príncipe salen estas elogiosas palabras: «De un rey débil que era ha venido a ser, en la forma y en la gloria, el primer rey de los cristianos […]. Ha hecho y tramado cosas grandes, las cuales siempre han tenido suspensos y admirados los ánimos de los súbditos»4.

Pero más amplia fue la descripción que hizo Maquiavelo del rey en su Epistolarioprivado:

Este rey, como sabéis, ha llegado a la actual grandeza partiendo de una baja y débil fortuna, y ha tenido siempre que combatir contando con Estados nuevos y súbditos vacilantes. Y uno de los modos con los que se conservan los nuevos Estados y se sujetan los ánimos vacilantes, o se los tiene en suspenso e irresolutos, consiste en crear una gran expectación en torno a sí, teniendo siempre a los hombres con los ánimos intranquilos, pendientes del fin que tendrán las nuevas resoluciones y empresas. Este rey ha sabido ver esta necesidad y la ha empleado bien; de aquí nacieron las incursiones en África, la entrada del reino de Nápoles y todas las otras empresas de las que no se ve el fin, porque su finalidad no es la conquista y la victoria, sino ganar prestigio entre sus pueblos, y mantenerlos aturdidos con la multiplicidad de sus acciones5.

En otra ocasión Maquiavelo llegó a afirmar sin decir el nombre del rey, pero conociéndole todos, que «cierto príncipe de nuestro tiempo al que no es oportuno nombrar, no predica más que paz y lealtad, cuando de una y de la otra es acérrimo enemigo; y tanto la una como la otra, de haberlos observado, le habría arrebatado o la reputación o el Estado»6.

No obstante estos últimos comentarios, como dijo Rus Rufino —del que hablaré—, el Rey Católico y Maquiavelo tuvieron una misma intuición desde distintos puntos de vista: los reinos integrados y estructurados jurídica y políticamente, con una autoridad del rey reforzada e indiscutida, darían lugar a un nuevo mapa político en Europa que superaría la dualidad y la tensión dialéctica entre el Imperio y el papado. Es decir, entrábamos en la época del Renacimiento.

Todavía, sin embargo, pueden encontrarse determinadas expresiones mayoritariamente de extranjeros que habían estado en la corte y conocían al rey Fernando. De entre ellos destacaré los siguientes. Ante todo, Lucio Marineo Sículo en su Obra de las cosas memorables de España, en la que describe al futuro rey desde su niñez, como persona inteligente y estudiosa pero apartada de todo ello por la guerra civil catalana.

Y assí fue quitado de las letras y de su estudio, y aun no aviendo diez años començó a tratar las armas y officio militar. Por su poca edad y por no tener título de dignidad tenia poca augtoridad. Por lo qual hizole su padre duque de Monblaque: porque gozase de alguna honra y fuesse acatado de todos. Y criado assi entre caballeros y hombres de guerra, siendo ya grande y no pudiendo darse a las letras, caresció dellas. Mas ayudandose las grandes fuerças de su ingenio y la conversación que tuvo de hombres sabios, assi salió prudente y sabio como si fuera enseñado de muy doctos maestros7.

Por esta razón no es sorprendente que Jerónimo Münzer, en un discurso ante los soberanos en 1495, dijera:

Vemos ahora, digo, a los reyes por medio de los cuales la mano del Señor regeneró a las naciones, subyugó los reinos y encontró nuevos hombres […]. ¡Oh Señor, deja ir en paz a tus servidores alemanes pues hemos visto a los salvadores de toda España! Hemos visto a los luminares que descubrieron las desconocidas razas índicas, que agregareis a la unidad de nuestra fe8.

Este discurso fue entre elogioso y político, ya que a Münzer se le envió a España por decisión del emperador Maximiliano. Se ha de pensar que poco tiempo después la hija de los Reyes Católicos, Juana, casaría con el hijo de Maximiliano, Felipe el Hermoso. Münzer además sabía que el muy joven rey Fernando, con catorce años, tenía experiencia relacionada con los ejércitos.

Por su parte Francesco Guicciardini, embajador florentino en 1512, opinaba de Fernando:

Es un rey muy notable y con muchas y grandes prendas; y solo se le acusa, sea o no cierto, de no ser liberal ni buen guardador de su palabra; en todo lo demás brillan su urbanidad y consideración. No es jactancioso, ni sus labios pronuncian nunca sino palabras pensadas y propias de hombres prudentes y rectos9.

Para colmo, el rey llegó a tener su propio retrato —idealizado, por supuesto— en Roma (en las estancias de la basílica de San Pedro y pintado por Giulio Romano en 1515-1516). Es bien significativa la consideración en la que se le tenía y cómo había conseguido también asociar el poder temporal del cristianismo como uno más de sus instrumentos de habilidad política, tal como expresa Redondo Veintemillas.

El mismo rey escribía en una carta a su secretario Pedro Quintana en 1514: «Una sola cosa havéys de responder que ha más de 700 años que nunqua la corona d’España estuvo tan acrecentada ni tan grande como agora, assi en poniente como en levante, y todo después de Dios, por mi obra y trabajo»10. Y de hecho esta afirmación ya tenía la garantía de su esposa, la reina Isabel, que diez años antes en su testamento dijo de Fernando:

E porque los fechos grandes e señalados quel rey mi señor ha fecho desde el comienço de nuestro reynado, la Corona real de Castilla es tanto augmentada, que debemos dar a Nuestro Sennor muchas gracias e loores, especialmente segund es notorio avernos su sennoria ayudado con muchos trabajos e peligro de su real persona a cobrar estos mis reynos, que tan enagenados estavan al tiempo que yo en ellos suçedi, e el dicho reyno de Granada, segund dicho es, demás del gran cuidado e vigilancia que su sennoria siempre ha tenido e tiene en la administración dellos […] aunque no pueda ser tanto como su sennoria mereçe e yo deseo, es mi merced e voluntad, e mando, que por obligación e debda que estos mis reynos deven e son obligados a su sennoria por tanto bienes e mercedes que de su sennoria han reçebido, que además de los maestradgos […] le sean dados e pagados […] para toda su vida […] la mitad de lo que rentaren las Islas e Tierra Firme del Mar Oceano11.

En el siglo xvii también hubo cronistas muy favorables al rey, como Saavedra Fajardo o Blázquez Mayoralgo, pero, sobre todo, Baltasar Gracián, ya citado. Este comenzó el Político con una expresión ya de por sí muy contundente: «Pongo un Rey a todos los passados, propongo un Rey a todos los venideros. Don Fernando el Catholico, aquel gran Maestro del arte de reynar, el Oráculo mayor de la Razón de Estado»12. El problema de Baltasar Gracián es que su libro no es real, es un ideal del buen rey. Esto lo ha señalado en 2022 Agustín Palomar, y además se ha dicho en el propio original de Gracián: en las censuras anteriores al texto que se pedían entonces. Así, tanto Juan Francisco Andrés de Uztarroz como Pedro de Abella coincidían en el hecho de que Gracián no había compuesto una realidad del Rey Católico, sino una imagen que «podría servir de exemplo a los Príncipes y de idea a los mayores Monarcas»13.

Es tanta la devoción de Gracián por Fernando que incluso defendió lo imposible. Por ejemplo, se sabe que la escritura del Rey Católico no era pura caligrafía. Pues bien, Gracián dijo de ella que son «deformes caracteres, pero informados de mucho espíritu, Oráculo dos veces por lo arcano de la inscripción, y más por lo profundo del pensamiento»14. O también el carácter de unidad de su obra porque «la Monarquía de España donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, assi como es menester gran capacidad para conservar, assi mucha para unir»15.

Todos estos cronistas-historiadores del Barroco peninsular veían en Fernando el Católico un príncipe que mantenía la verdadera razón cristiana de Estado. Pero esta no era la más laicista que se estaba divulgando por toda Europa, aunque ciertamente aquellos la conocían al igual que a Maquiavelo. Por eso ellos no atacaron el regalismo del Patronato regio —ya se verá en los capítulos 2 y 7—, que exigió Fernando y sí secundaron su carácter de unidad social y política. Este le llevó al rey a mantener la Inquisición no queriendo minorías religiosas en su unitario catolicismo; a reprimir las revueltas granadinas de 1502; o a conquistar en el norte de África plazas fuertes con Orán como referente inicial.

Ya en el siglo xviii las perspectivas comenzaron a cambiar. La reina Isabel empezó a ser más homologada. Es cierto que en el siglo xvi hubo alguna mujer con poder y gobierno patrimoniales como la inglesa Isabel Tudor. El siglo xviii, más galante y culto, tuvo hasta emperatrices como la austriaca María Teresa. En el caso de Isabel la Católica ya contamos con más de un historiador isabelino, como fue el caso del padre Flórez y sus Memorias de las reinas católicas de 1761. Todavía en esa centuria hubo cierta igualdad entre ambos reyes. Es el caso de Pietro Giannone, quien defendió la valía del rey Fernando en su viaje a Nápoles. Por su parte Cadalso, en sus Cartas marruecas, señaló que nunca la monarquía española había sido tan respetada como en la época de Fernando el Católico. De toda una corriente de cronistas catalanes en los siglos xvi y xvii en general más volcados en la ciudad de Barcelona que no se señalan, cabe citar al último catalán que hasta Vicens Vives defendió al Rey Católico. Se ha de destacar la obra de Antoni de Capmany i de Montpalau, publicada en Madrid en 1779 en cuatro volúmenes y citada en la bibliografía. Siendo un estudio sobre el comercio barcelonés, no deja de sorprender cómo Capmany se dio cuenta del incremento económico del país en el último tercio del siglo xviii. Al mismo tiempo destacó el gran concepto que tenía del rey Fernando y de sus relaciones afectuosas con Barcelona, a pesar de las discusiones que pudo haber entre ellos. Incluso elogió el tema de la insaculación, que ya se verá, a la hora de escoger a los dirigentes de la Ciudad Condal.

El siglo xix ya fue otra cosa muy distinta gracias sobre todo al Elogio de Isabel la Católica de Diego de Clemencín pronunciado en 1804 con ocasión del tercer centenario de su muerte. En 1820 amplió su obra con las Instrucciones sobre varios asuntos del reinado de doña Isabel, que pueden servir de pruebas a su Elogio. Sin citar aquí su afirmación de que a Isabel se le debe todo, los ataques a Fernando fueron constantes. El rey se había ensañado con el arzobispo don Hernando de Talavera, el primero que lo fue en Granada. El monarca despojó al gran Gonzalo de Córdoba de sus heroicidades italianas en Nápoles, y tenía razón Fernando como señalo más adelante. El soberano relevó al descubridor de las Indias Cristóbal Colón y en este caso no hace falta opinión contraria ya que se había hecho lo justo. Finalmente, Fernando debilitó la justicia y contrajo nuevas nupcias para romper la sucesión de los reinos de Aragón y Castilla, según Clemencín.

La aportación de este pretendido historiador se alargó durante todo el siglo xix, incluidos los años de la reina española Isabel II. Porque «la centralización es la civilización», como dijo Cánovas del Castillo en una línea claramente españolista. Pero es que en los territorios patrimoniales de Fernando la negación del rey iba unida al nacionalismo periférico, básicamente en los años de la Renaixença. Por ejemplo, los Bofarull, Sanpere i Miquel y Carreras Candi. En el primer caso, el de Bofarull i Broca, en su Historia crítica… que se cita en la bibliografía, ya no aceptó al rey Fernando. Lo hizo porque siguió demasiado a la información documentada que conocía del Dietari de la Generalitat,o sea de la Diputación del General de Cataluña. Esta era totalmente contraria al rey Fernando y Bofarull, por no matizar sus impresiones, se alejó de la aportación de Capmany que ya existía. Según Sanpere i Miquel, que escribió su Alsament de Mieres —premio de los Juegos Florales de 1879— y dio una conferencia sobre la Barcelona en 1492 en el cuarto centenario del descubrimiento de América, tampoco puede decirse nada bueno sobre el monarca Fernando. Increpó su Sentencia Arbitral de Guadalupe de 1486, casi contraria a los remensas según él, criticó la Inquisición y mostró el forcejeo real contra las instituciones catalanas, ya fueran las municipales o las de la Generalitat. A Carreras Candi solo le bastó el tema converso y la expulsión de los judíos para penalizar al soberano Fernando.

Ya en el siglo xx Antoni Rovira i Virgili (1935) e incluso Ferran Soldevila, citados en la bibliografía, son ejemplos de visiones negativas ante el rey. Porque este casó con una castellana y además en el pacto previo a la boda se comprometió a vivir prácticamente en Castilla. Lo fue tanto que hasta murió en Madrigalejo, o sea en Extremadura, lejos de sus tierras. Soldevila en todo caso bajó la presión sobre el rey cuando Fernando se desposó con Germana de Foix en 1506 y la pareja tuvo un hijo en 1509 que se hubiese llamado Juan III. Pero el niño murió un día después de nacer.

Se debe a Jaume Vicens Vives el auténtico renacer de Fernando el Católico a final de los años treinta del siglo xx. Ya no solo por su tesis doctoral Ferran II i la ciutat de Barcelona, sino por la mayor parte de su obra enfocada fundamentalmente en el reinado del rey Fernando, como se verá en la bibliografía del final. Hasta cierto punto el gran historiador gerundense ayudó bastante en la creación del V Congreso de Historia de la Corona de Aragón de 1952, dedicado al Rey Católico. No podía ser para Isabel porque ella solo era reina consorte, pero en absoluto reina patrimonial en la Corona de Aragón. Después se han escrito libros interesantes sobre Fernando el Católico, como, por ejemplo, el de Ángel Ferrari, el de Ángel Sesma, el de Suárez Fernández o el mío propio, citados todos ellos en la bibliografía general.

Pero, salvo el de Ferdinandus Rex Hispaniarum. Príncipe del Renacimiento ya señalado, se observa después un cierto aislamiento del Rey Católico. Se ve algo más preocupante en comparación con la reina Isabel, su primera y querida esposa. Porque en el año 2004, cuando se cumplió el V centenario de la muerte de Isabel la Católica, se hizo en su homenaje un gran congreso internacional del 15 al 20 de noviembre. Era el de Isabel la Católica y su época,con dos volúmenes y tres ciudades que lo acogieron día y medio cada una. Valladolid, donde comenzó el congreso y se casaron los reyes; Barcelona, el lugar en el que a punto estuvo de fallecer el rey; y Granada, por la guerra y conquista del último emirato musulmán.

Ahora bien, esto no ocurrió en 2016 cuando tuvo lugar el V centenario de la muerte del Rey Católico. Es cierto que antes se puede citar algún que otro estudio-exposición importante, como el de Carmen Morte García (et al.), que lo titularon Fernando II de Aragón. El rey que imaginó España y la abrió a Europa, publicado en Zaragoza en 2015 casi como precedente. Pero en 2016 no hubo casi nada. Se quiso hacer un congreso en Salamanca en septiembre de 2016, pero realmente no lo era. De cuatro días, solamente el primero (lunes por la tarde) se habló del Rey Católico. Y lo sé porque participé en él. Se publicó bajo el título Modernidad de España. Apertura europea e integración atlántica, y llegaba hasta finales del siglo xvi. Hubo más de algún ciclo de conferencias en determinadas universidades, y sobre todo se expusieron conocimientos alrededor de Madrigalejo en un pequeño libro con distintos artículos como Fernando el Católico rey, presentado por Antonio Miguel Bernal. En Barcelona, en fin, se organizó un congreso en octubre de 2016 titulado Ferran II i la Corona d’Aragó en el que colaboraron catalanes, valencianos, mallorquines y algún aragonés, y cuyas actas se publicaron en 2018.

En todo caso sí que apareció un libro de un solo autor en la editorial Tecnos en 2016, escrito por Salvador Rus Rufino y titulado: Una biografía política de Fernando el Católico. La constitución de una monarquía universal. V centenario de su muerte 1516-2016. Esta es una de las dos únicas obras que atendió auténticamente al centenario. Hasta cierto punto la de Rus Rufino puede ser útil, pero el problema es que el autor parece enamorarse del personaje. Casi puede comparársele en este aspecto con Baltasar Gracián. Rus Rufino en muchas ocasiones habla más de los pensamientos que pueda tener el rey en relación con los hechos que hace, y a veces eso puede crear dificultades. Un ejemplo lo resume todo. En su obra Rus Rufino no para de decir que el concepto de unidad fue consustancial a las ideas del rey. Así señala que «en el proyecto de integración territorial se imponía la unidad política, social, económica, legal y, por supuesto, religiosa. Esta actitud excluía la existencia de minorías en el reino»16.

Con estos conceptos es lógico que Rus Rufino recalque que no va a hablar de la religión, ya que se ha escrito mucho y no es un tema que se trate con profundidad. Igual ocurre con la expulsión de los judíos que subraya que existe en otros lugares de Europa, o también con la Inquisición. Porque como él defiende, «devaluar una figura histórica mediante unos juicios fundamentados en los valores del presente, es un anacronismo y un error de perspectiva que sería grave […]. La biografía de Fernando el Católico no debemos encasillarla con los parámetros de la situación actual, sino intentar aprehenderla en su ámbito histórico y tratar de comprender»17. Y el autor no deja de tener razón. Pero ¿lo entenderían igual todos aquellos que fueron víctimas de la pretendida unidad? Es bueno que el historiador piense así. Pero también es bueno que piense en el pueblo de entonces que depende de los reyes y políticos del gobierno.

En 2016 también se publicó otro libro, muy superior al anterior porque además hay una investigación detrás más que importante. Se trata de Los últimos años de Fernando el Católico, 1505-1517. Ahora no hablaré mucho de esta obra porque la trataré en este libro mío como corresponde a un trabajo bien realizado. Es el de Miguel Ángel Ladero Quesada. En todo caso si hay que hacerle alguna crítica es que el objeto estudiado es más Castilla e incluso Navarra que la propia Corona de Aragón. Pero ya me gustaría tener más obras así.

Para terminar esta breve introducción, historiadores y periodistas han denunciado la realidad del Olvidado Rey Católico,como señala en el diario El País del 3 de septiembre de 2016 Joaquim Coll: «Llama la atención el silencio que envuelve el quinto centenario del fallecimiento de Fernando el Católico, cuando se trata de una buena oportunidad para comprender mejor el arranque de nuestra historia compartida». Ahora bien, he de decir que, en plena redacción de este libro, en diciembre del año 2023 se publicó una obra sobre Fernando el Católico de Ángel Sesma de más de 600 páginas. El trabajo, con detalles, se escribe como una aportación para especialistas de esta área. Aunque aún faltan investigaciones, este es un título más a añadir.

1. B. Gracián, El Político D. Fernando el Católico, Zaragoza, 2000, p. 204 en versión facsímil.

2. G. Redondo Veintemillas, «Fernando II de Aragón. Rasgos de un soberano con vocación universal (1452-1516)», Ferdinandus Rex Hispaniarum. Príncipe del Renacimiento (Zaragoza, 2006), pp. 111-120.

3. H. del Pulgar, Crónica de los muy altos é muy poderosos don Fernando e doña Isabel, Rey é Reyna de Castilla, de León, Madrid, 1953, LXX, cap. III, p. 256.

4. N. Maquiavelo, Il Principe,cap. XXI, Turín, 1997, vol. I, p. 179.

5. N. Maquiavelo, Epistolario privado,Madrid, 2007, p. 195, carta 38.

6. N. Maquiavelo, Il Principe…, op. cit., cap. XVIII.

7. L. Marineo Sículo, Obra de las cosas memorables de España,Alcalá de Henares, 1533, libro XIX, f. 153 v.

8. J. Münzer, Viaje por España y Portugal (1494-1495),Madrid, 1991, pp. 269-271.

9. Viaje a España de Francesco Guicciardini. Embajador de Florencia ante el Rey Católico,Valencia, 1952, p. 214.

10. J. M. Doussinague, El testamento político de Fernando el Católico,Madrid, 1950, p. 212

11. Testamento de Isabel la Católica, Archivo General de Simancas (Valladolid, 1947).

12. B. Gracián, El Político…, op. cit., pp. 1-2.

13. Ibídem, la afirmación de Pedro de Abella en p. 2 de su censura.

14. B. Gracián, El Político…, op. cit., p. 4.

15. Ibídem, p. 14.

16. S. Rus Rufino, Una biografía política, p. 25.

17. Ibídem, pp. 18-19.

1. Los primeros y difíciles años de Fernando el Católico (1452-1469)

1.1. Niñez y juventud del infante Fernando

El 10 de marzo de 1452 en la villa aragonesa de Sos, próxima a la frontera con Navarra, nació el infante Fernando, hijo en realidad de dos castellanos. Su padre fue el infante Juan Trastámara, antaño duque de Peñafiel que llegaría a ser rey de la Corona de Aragón. Por su parte su madre, Juana Enríquez, era hija del almirante de Castilla Fadrique Enríquez. Ya una anécdota inicial revela que la vida de Fernando no iba a ser un camino de rosas. En aquellos tiempos de indudable religiosidad el pequeño bebé tuvo que esperar varios meses para ser bautizado en los primeros días de 1453. Durante los años de su infancia el niño pudo ver, si no comprender, las duras contiendas entre su padre Juan, irregular rey de Navarra, y su hermano mayor de más de treinta años Carlos, el príncipe de Viana, con razón disgustado. Para entenderlo es necesario desplazarse a principios del siglo xv y aún más allá. Entonces el regente de Castilla Fernando, tío del pequeño rey que después sería Juan II de Castilla, tras conquistar Antequera en 1410 consiguió ser monarca de la Corona de Aragón en el Compromiso de Caspe de 1412, cuya bibliografía bastante polémica se encuentra al final.

Una comisión de nueve representantes de los tres reinos importantes de la Corona de Aragón eligió al soberano que debía ser su monarca, muerto el último rey catalano-aragonés que fue Martín el Humano en 1410. Fernando de Antequera fue elegido rey porque era sobrino carnal del Humano, ya que la hermana de este último, Elionor de Aragón, había casado con Juan I, rey de Castilla. Además, en este momento no se hizo caso a la ley sálica que existía en aquella Corona porque la herencia del de Antequera era por parte femenina, no como el derrotado Jaume de Urgel, que provenía de línea masculina. La monarquía Trastámara, que consiguió su poder en Castilla al acabar con la vida de Pedro I el Cruel a manos de su hermano bastardo Enrique II en el drama de Montiel en 1369, también lograba entrar en la Corona de Aragón. ¿Había sido todo ello un éxito de la nueva dinastía? Para los reyes castellanos por supuesto que no.

A fin de cuentas, en la Corona de Aragón se habían establecido, como reyes, familiares suyos que albergaban ambiciones sin límite. No fue este el caso de su fundador castellano en Aragón, Fernando de Antequera (1412-1416). Pero sus hijos ya no necesitaban la prudencia del padre. Alfonso V el Magnánimo (1416-1458), su primogénito, heredó la Corona de Aragón, pero desde 1443 conquistó el reino de Nápoles, sin volver más a la península ibérica. El segundo, Juan, el ya citado duque de Peñafiel, casó en 1420 con solo veinte años con la reina de Navarra Blanca. Esta, una señora mayor que su marido, con treinta y dos años, le aportó tres hijos: Carlos en 1421, Blanca en 1422 y Leonor en 1424. Evidentemente el rey consorte Juan solo era eso —consorte— según la legislación navarra, hasta que la reina Blanca murió en 1441. Su testamento, que fue según Juan Jesús Virto quizás el documento más relevante de toda la historia de Navarra a lo largo del siglo xv, dijo lo siguiente:

Y aunque el dicho príncipe, nuestro muy caro y muy amado hijo, pueda, después de nuestra muerte, por causa de herencia y derecho reconocido intitularse y nombrarse rey de Navarra y duque de Nemours, empero por guardar la honor del dicho sennor rey, su padre, rogamosle caramente que los dichos títulos quiera tomar con la venibolençia e vendición del dicho sennor rey, su padre.

Este párrafo es una copia del que interpretó Vicens Vives en su obra18. Pero hay muchas otras interpretaciones porque el manuscrito verdadero, escrito en pergamino y guardado en el Archivo General de Navarra, no se encuentra en perfecto estado. Por esto, desde franceses como Georges Desdevises du Dezert hasta españoles de siglos anteriores al xx como Yanguas y Miranda o Idoate Iragui, matizan más de una línea del original, como señala Juan Jesús Virto recordando a todos ellos19.

Fuera como fuese, parece ser que lo cierto es que Blanca dejó como heredero real a su hijo Carlos, quien no podía gobernar mientras su padre, ahora llamado Juan de Navarra, siguiese como rey hasta cuando él quisiera. Pero la ambición de Juan era inmensa y aceptó ese testamento por muy antiforal que fuese. No obstante, no se explicaría esta confrontación entre el padre viudo y su hijo sin conocer las bases político-sociales en las que vivía la Navarra de aquella época. Solo hay que señalar que Navarra mantenía abiertos dos caminos comerciales por los que debían salir sus productos: los laneros de la montaña ganadera al noroeste vía el País Vasco; y los agrarios de la llanura y la ribera, vía el Ebro hacia el populoso Mediterráneo. Y en una y en otra zona dominaban grupos sociales bastante antagónicos: los beamonteses de la familia de los hermanos Beaumont y los agramonteses, centrados en la familia de Peralta con Pierres llamado el Viejo. Los primeros apoyaban a Carlos de Viana y los segundos a Juan de Navarra.

El conflicto civil y familiar estaba servido, aunque durante un cierto tiempo pareció tranquilo entre 1441 y 1445 como mínimo. Porque Carlos de Viana gobernó en Navarra con apoyo de los beamonteses, que le aconsejaron cierta paciencia ya que en el fondo gestionaba el poder. Su padre Juan no estaba en Navarra, sino en Castilla. Al fin y al cabo, era un gran noble castellano, con propiedades territoriales importantes, y sobre todo ejercía de líder de los llamados infantes de Aragón. Es decir, de todos aquellos Trastámara que habían pasado a esta última corona incluidos los hermanos de Juan, como, por ejemplo, el infante Enrique. Ellos buscaban también atar corto al débil Juan II de Castilla o incluso sustituirlo. Esto último sería casi un sueño, mas no lo era controlarle política y económicamente. Pero en 1445 la batalla de Olmedo, que enfrentó a las tropas reales castellanas con el pretendido ejército de los infantes de Aragón que lo perdieron todo, fue favorable a Juan II de Castilla. Su valido de antaño Álvaro de Luna volvió al poder y en las Cortes castellanas de Olmedo de aquel año se impuso el pretendido autoritarismo monárquico cuando se dijo en público: «Nadie sea osado de alzar la mano sobre el rey ni pensar mal de él porque ha recibido la unción divina; se le debe tener por vicario de Dios […] resistir al rey es como resistir las órdenes de Dios»20.

Así las cosas, Juan de Navarra marchó de Castilla y volvió a Navarra. Además, dos años después (en 1447) casó con Juana Enríquez, hija —como se ha dicho— del almirante de Castilla, gran aristócrata castellano. Era esta una mujer que no llegaba a la veintena pero sabía aprovechar su belleza y sus encantos para lograr sus propósitos, embelesando a su marido siempre travieso en cuestión de faldas. Además, con ella al lado el derrotado Juan no abandonaba Castilla, a la vez que volvía a someter a su hijo Carlos de Viana, quien poco antes había cometido un error de primera magnitud. Porque desde finales de 1451 tropas castellanas atacaron Navarra. En este momento el príncipe de Viana no defendió a su padre, y aliado con los beamonteses arrinconó a don Juan. Fue esta la razón por la que don Juan sugirió a Juana Enríquez que marchara en enero de 1452 a Aragón. Y allí en Sos la reina tuvo el parto por el que nació Fernando. Ahora el conflicto entre don Juan y Carlos de Viana, que ya existía desde 1450, renació con fuerza hasta el punto de que Carlos fue cercado por su padre en 1452, además de preocuparse el primogénito por la existencia de su hermanastro Fernando.

Sin embargo, hacia 1453 —año en que fue bautizado Fernando—, Juan de Navarra y Carlos de Viana llegaron a unos acuerdos en los que ambos se repartían equitativamente las rentas del país. Pero la concordia se rompió por el irresoluto ánimo del príncipe de Viana, por el apasionamiento de los beamonteses y también por la monarquía castellana que siempre jugaba a impedir cualquier acuerdo definitivo entre el padre Juan y el hijo Carlos. En 1455 la tensión entre ellos había vuelto a crecer y ambos solo contaban con el arbitraje del pater familias que en aquel año era Alfonso V, el rey de la Corona de Aragón y del reino de Nápoles. Porque el Magnánimo entre otras muchas preocupaciones suyas se encontraba con el drama paterno-filial navarro. Él sabía que su hermano Juan en 1455 había desheredado a sus hijos Carlos y Blanca, concediendo la herencia de Navarra a su tercera hija Leonor, casada con Gastón IV de Foix. Entonces Carlos de Viana fue a Nápoles para hablar con su tío Alfonso y su primo Ferrante, hijo natural del Magnánimo y heredero del reino napolitano. Uno y otro convencieron a Carlos para que volviese a la península, aunque este se detuvo en Sicilia y después en Mallorca. Por su parte el Magnánimo aconsejó a su hermano Juan que llegase a pactos con su hijo Carlos, a la vez que le pidió que fuera a Barcelona con su familia.

La complejidad de las relaciones políticas y sociales en aquellos años era tremenda y Cataluña no se quedaba al margen. Hacía tiempo que los catalanes habían enviado embajadas a Nápoles para rogarle a su rey que regresase al Principado. Pero jamás lo consiguieron por mucho que en el campo catalán y en la propia capital barcelonesa la situación se iba complicando cada vez más. María de Aragón, la lugarteniente general-virreina en Cataluña y esposa abandonada de Alfonso V, ya no podía hacer frente a toda la problemática que allí se le planteaba. Porque la conflictividad del campesinado remensa, que se había iniciado en una revuelta contra el feudalismo señorial en 1388 al grito de «quel temps de la servitut […] és ja passat»21 y el más bíblico de «el pare Adam morí intestat»22, se incendiaba de nuevo desde 1448. Los remensas habían logrado que el rey Magnánimo les reconociese el Gran Sindicato remensa, una unión de campesinos, a la vez que prometían al monarca pagarle una subvención de 100000 florines23. Fue esta el precedente de su pretensión de que los malos usos señoriales se disolviesen, entre ellos el primero el derecho de pernada que ya no solía ejercerse. Los señores hicieron piña para impedir que cualquier petición remensa fuera efectiva, aunque precisamente en 1455 Alfonso V liberó a los remensas de los seis malos usos señoriales.

Por su parte la Ciudad Condal tenía enormes dificultades. Durante siglo y medio había estado gobernada por el gran patriciado barcelonés que representaba el conservadurismo bajomedieval. Ciudadanos y altos mercaderes se beneficiaban de su personal programa político y económico. Se basaba en la renta, en la especulación y en negocios de importación de productos preciosos y caros del Mediterráneo oriental. Mantenían además una moneda fuerte, el croat de plata, y un librecambismo mercantil. Era la Biga. Pero frente a ella pequeños mercaderes, menestrales y oficiales gremiales defendían los intereses de la manufactura textil y de la devaluación de la moneda que facilitaría desde fuera la compra de artículos catalanes. Además, vindicaban la presencia de un proteccionismo mercantil en favor de la exportación de mercancías y no de la importación. Era la Busca. En 1453 «Mossèn Galceran de Requesens, portantveus de governador de Cathalunya… trencant [rompiendo] los privilegis de Barchinona… elegí e nomenà per consellers e regidors de la ciutat de Barchinona los següents, qui.s eren agabellats [reunidos] ab los pobles menuts, vulgarment apellats [llamados] de la Buscha»24.

En este párrafo se encuentra la esencia de las discusiones de las Cortes catalanas de 1454-1458, ya que los pequeños pueblos eran los remensas unidos a la Busca. En su contra tenían a la nobleza, parte de la Iglesia y los bigaires. En una palabra, los primeros podían acercarse más a la soberanía real de la monarquía, mientras los segundos con la Diputación permanente a la cabeza amparaban el pactismo constitucionalista catalán en las Cortes. Ante esta dualidad el discurso inicial en Cortes del lugarteniente general Juan, el hermano del rey —que sustituyó a María, la esposa legal de Alfonso que se quedó en Cataluña y presidió anteriores Cortes—, parecía no tener desperdicio alguno. Prometió reparar la justicia, enmendar y reformar los greuges (agravios) que por oficiales de su majestad se hubieran hecho en general o en particular a cualquiera de sus súbditos.

Pero la respuesta del obispo de Elna Joan Margarit en el Rosellón, hombre moderado donde los haya, ya frenó el optimismo del lugarteniente Juan. Porque Margarit, que quería conservar las libertades otorgadas por los gloriosos reyes del pasado, enumeró territorio por territorio «l’imperi e senyoria de la casa de Aragó»25. Pero se olvidó deliberadamente del reino de Nápoles. Se puede pensar que eso sucedía porque Nápoles ya tenía heredero en el hijo bastardo del rey, Ferrante, que fue legitimado por el papa. No obstante, también se observa en ello la reacción generalizada de una parte del mundo catalán que había culpado a Alfonso el Magnánimo de su lejanía del Principado. Ya desde este comienzo se veía que las Cortes no iban a tener una evolución favorable. Juan de Navarra estuvo más de tres años en tamañas Cortes, mientras su pequeño hijo Fernando correteaba en los patios adyacentes al palacio donde se celebraban. Es más, los representantes de estas Cortes ofrecieron ayuda a Juan para intentar que se reconciliara con su hijo el príncipe de Viana, ya que este último era, sin duda, el heredero de la Corona de Aragón y no solo de Navarra.

Pero Juan no hizo caso a sus propuestas y en 1458 cerró unas Cortes que indirectamente fueron el precedente de la crisis política en Cataluña. Él ya tenía un hijo varón con Juana Enríquez. Eso no quería decir que en este momento Juan pensase en desheredar totalmente al primogénito Carlos, pero el futuro iba por esa línea. Sin proponérselo Fernando, que aún no había llegado a los seis años, ya empezaba a ser una carta en el juego de las disputas políticas de Castilla, Aragón y Navarra. En este sentido Juan de Navarra en 1457 salió de Cataluña y se entrevistó con Enrique IV en Corella. Ambos líderes se prometieron amistad sin interferirse ninguno de los dos en los asuntos del otro. Y sellaron ese pacto, más simbólico que real, con el hipotético matrimonio de Fernando y Juana, hijos de Juan, con Isabel y Alfonso, los hermanastros castellanos de Enrique IV. Por primera vez los nombres de Fernando e Isabel se habían unido. Pero solo era un farol en medio de los cambios políticos que solían hacer estos personajes reales.

No obstante, tal hecho ya apuntaba maneras sobre todo a partir del fallecimiento de Alfonso V en el comienzo del verano de 1458. Ahora Juan II de la Corona de Aragón, el mismo día en que juró en Zaragoza su cargo real —25 de julio de 1458 —, nombró a su hijo Fernando con seis años de edad duque de Montblanch, conde de Ribagorza y señor de Balaguer. Se veía bien a las claras que el rey se iba decantando por su hijo Fernando frente al primogénito Carlos, al que Juan acusaba de no apaciguar las revueltas navarras. Hasta cierto punto Juan pensaba que tenía razón. Pero también la tenía Carlos, que creía que su padre no revocaría sus últimos pasos por los que no le perdonó ni a él ni a su hermana Blanca. Tampoco eliminó la herencia dada a Leonor y Gastón de Foix. ¿Qué quería su padre que además no cedía en la concesión de la primogenitura en su favor?

Hacia 1460 Juan insistió con Enrique IV en el acuerdo del pacto de Corella, pero no parecía un farol sino más bien un deseo de la neutralización castellana en Navarra. Pero si Juan podía hacer eso, Carlos también jugó en el mismo campo, ya que Enrique IV de Castilla no se fiaba de Juan. Desde Castilla el rey le ofreció al príncipe de Viana su posible matrimonio con la hermanastra de Enrique, la infanta Isabel, a cambio de apoyarle en su reino de Navarra. Parecía que la política de entonces se llevaba a cabo en un casino que además era público. Porque el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, informó a su hija Juana Enríquez acusando falsamente a Carlos de Viana de querer asesinar a su padre. La respuesta de Juan II de Aragón, bajo presión de su joven esposa, fue violenta. El 2 de diciembre de 1460 a Carlos de Viana se le detuvo en Lérida por orden del rey, y la noticia corrió como un reguero de pólvora por toda Cataluña. Pero ¿qué había hecho el rey? Hasta los consellers de Barcelona en 1460 habían recibido a Carlos como el primogénito heredero. Eso no se podía tolerar.

En consecuencia, las instituciones catalanas defendieron la liberación de Carlos, no tanto por la autoridad del preso como «per la reintegració dels usatges de Barchinona, constitucions, privilegis e libertats de Catalunya, les quals prenien gran lesió en la seva detenció»26. Ahora ya no era un choque personal entre familiares; ahora el prendimiento se había transformado en un agravio contra Cataluña. Y esta y sus instituciones respondieron de inmediato, a la vez que buscaron protestas en los aragoneses, los valencianos y, por supuesto, en los beamonteses navarros. Ante tan cálida reacción el rey, que huyó a Fraga, aceptó la capitulación de Vilafranca del Penedés (junio de 1461). Por esta el monarca liberó a su primogénito y le nombró lugarteniente general de Cataluña. Además, asumió que como rey no podía entrar en el Principado sin el consentimiento de la ciudad de Barcelona, de la Diputación-Generalitat y de un Consejo del Principado que se había creado para ello, velando por la seguridad constitucional y política del país.

El fracaso del rey fue absoluto pero el destino le tendió la mano. El 23 de septiembre de 1461 murió en Barcelona el príncipe de Viana, posiblemente por una insuficiencia pulmonar, aunque llegó a decirse que fue envenenado por su madrastra Juana Enríquez, lo que de ninguna manera era cierto. No obstante, la muerte de Carlos de Viana fue incluso mitificada: poco después Jaume Safont, el primer cronista de la Generalitat de Cataluña, lo nombró Sant Karles, primogènit d’Aragó e Sicília27. El mito continuó durante cierto tiempo y llegó incluso a Aragón, en donde su figura no tenía tanto calado como en Cataluña, cuyos diputados de la Generalitat hasta pensaron en santificarlo28. En Aragón a Carlos de Viana se le calificó de «lucero de España… cuyo consuelo» tras su pérdida era ver «los muchos señales y favores que Dios muestra do están sus huesos»29.

Pese a todo ello la defunción de Carlos benefició totalmente a su padre Juan II de la Corona de Aragón. Este comunicó a las capitales de sus diversos reinos la noticia, pero sobre todo el monarca se dio mucha prisa para favorecer a su segundo hijo, el infante Fernando, que solo tenía entonces nueve años. Para ello Juan II convocó Cortes en el reino de Aragón que se realizaron desde el 7 de octubre en Calatayud. En pocos días, el 11, el príncipe heredero Fernando juró como primogénito. Horas después Juan II hizo otra petición en esas Cortes de Calatayud al solicitar a estas que, pese a su corta edad, le hicieran efectivo al infante el cargo de gobernador general de Aragón con jurisdicción civil y criminal. La respuesta fue negativa, aunque el 15 de octubre en carta a las autoridades y municipios valencianos el monarca les había asegurado que había nombrado al primogénito para el oficio de gobernador general de todas sus tierras. Cuestión que también intentó hacerles creer a los sicilianos, si bien ninguno de sus deseos prosperó.

Curiosamente allí donde el rey veía mayores problemas, o sea en Cataluña, que tan enérgica se había puesto en el tema de Carlos de Viana, la sorpresa fue enorme. A fin de cuentas, la propia capitulación de Vilafranca había especificado que, en el caso de morir Carlos de Viana —situación que no se esperaba—, el segundogénito Fernando fuera como lugarteniente al Principado, como se dijo en el capítulo XIV de aquella Concordia.

Supliquen humilment los dits diputats e Consell sia mercè de Vostra Gran Altesa atorgar que si’s seguia cas, lo que a Déu no plàcia, que lo dit illustrissimo don Carlos, primogènit, moria sens infants […] lo dit ilustrissimo infant don Ferrando fos e sia en aquell punt [en lo] regiment e loctinencia e administració e exercici que es dit e scrit en los precedents capítols de la persona del dit illustrissimo primogènit30.

La razón era obvia: la estructura constitucional catalana así lo necesitaba. En consecuencia, el mundo oligárquico reconocía al niño Fernando los nombramientos de duque de Montblanch, conde de Ribagorza y señor de Balaguer, todos ellos hechos por el rey. Incluso, aunque se utilizó muy poco en su minoría, se le concedió la dignidad de príncipe de Gerona. Un título que un siglo antes creó Pedro el Ceremonioso en 1351 para dárselo a su heredero, Juan I de Aragón31. Ahora bien, ese poder catalán pedía al rey que su hijo Fernando fuese a Cataluña. Le enviarían embajadores a Calatayud para llevarlo a su territorio porque los mandamases catalanes pensaban manejarlo y educarlo de acuerdo con las constituciones y los privilegios de su país.

Pero el rey no era hombre débil ni de pocas luces. Pronto se dio cuenta de las trampas constitucionalistas que le estaban tendiendo. O el niño iba con su madre Juana Enríquez o no iba. Fernando era muy pequeño y en cualquier momento podía necesitar a su madre. Además, ¿qué familia acogería a su hijo? Eso solo podía provocar según el rey celos y pasiones entre los catalanes, ya que el descontento sobrevolaría entre los grupos no favorecidos en la custodia del príncipe. En esta ocasión el triunfo del rey fue real. Puestos en el dilema de aceptar a la madre, pese a los rumores de envenenamiento de Carlos de Viana, o de quedarse sin la pieza clave de la estructura catalana, las autoridades del país dieron su sí a la reina. Ya se vería qué es lo que se hacía cuando madre e hijo estuvieran en Cataluña.

El 29 de octubre de 1461 Juana Enríquez y su hijo Fernando, con una comitiva principesca numerosa, salieron de Calatayud y el viaje hacia Barcelona fue acelerándose cada día. El 7 de noviembre ya se encontraban en Lérida, donde fueron recibidos con gran entusiasmo. Pasaron después por Cervera, Montserrat y en poco tiempo podían llegar a Barcelona. Todo se realizaba en contra de los consejos de su rey y marido Juan II, que le dijo a Juana Enríquez que en su ánimo no veía con buenos ojos que ella fuera pronto a Barcelona, ya que la ciudad aún no estaba calmada. Pero la esposa tenía prisa y pensaba que los problemas podían arreglarse con cierta rapidez. El 21 de noviembre ya entraba en la Ciudad Condal, tras lograr que se le reconociese la tutoría, «tudriu», capaz de ejercer y administrar la justicia en nombre del primogénito hasta que este tuviera la edad de catorce años. Al día siguiente madre e hijo juraron guardar las estipulaciones de la Capitulación de Vilafranca.

Dos meses y medio después —6 de febrero de 1462— tuvo lugar en el Palacio Real la solemne jura general del primogénito-lugarteniente. Todo parecía marchar sobre ruedas, pero era falso. La ciudad estaba dividida y los realistas, hartos de aquel gobierno, ya tenían contactos secretos con la reina Juana. El ejemplo más contundente fue el llamado Complot de San Matías del 24 de febrero de 1462. En él los representantes del llamado Sindicato de los tres estamentos de la ciudad, obviamente buscaire, se entrevistaron con Juana Enríquez. Tres fueron sus peticiones: que el rey volviera al país, que Juana Enríquez se quedase en Barcelona y que el sindicato en cuestión fuese legitimado.

No obstante, era difícil conseguirlas. Todavía hoy se especula sobre dicho complot, sobre quién lo dirigió. Se cree que la reina tiraba de los hilos de esta posible agitación. Pero si lo hacía, curiosamente era por mandato del rey que antes tanta prudencia había mostrado con su mujer. Zurita lo tiene claro cuando afirma:

Toda la esperanza del rey era que los del syndicato tuviesen tales fuerzas en el pueblo, que se apoderassen de la ciudad con voz y título de la yda del rey a Cataluña. Y para esto se dio orden a la reyna que, si tuviesse tan violentas y ciertas conjeturas que el syndicato hallase disposición de prevalecer contra los otros, se avisasse al rey para que apresuradamente pusiesse en orden su partida32.

La negativa bigaire y la de la Generalitat fueron rotundas en la cuestión del retorno del rey. Juana Enríquez comenzaba a darse cuenta de que su marido tenía razón y ya pensaba en marcharse de Barcelona, cuyo suelo se agrietaba por momentos.

La reina quería desplazarse hacia el norte, hacia Gerona, alejada de la Ciudad Condal, próxima al Rosellón y cercana a la frontera francesa. Además, por aquella zona se había producido un nuevo levantamiento remensa esta vez provocado por los señores territoriales. Estos, descontentos con la política filorremensa del Magnánimo y de su hermano Juan, contraatacaron a sus vasallos. Reclamaban los censos y pretensiones de los títulos de propiedad de la tierra, pero también los malos usos. Juana Enríquez, que consiguió con su hijo zafarse del control bigaire, partió a la Cataluña septentrional y entró en Gerona el 15 de marzo de 1462. La reina no perdió el tiempo y logró que muchas de sus propuestas fueran aceptadas por Francesc Verntallat, el líder remensa.

Pero los señores extremaron las posturas de la Generalitat y del Consejo del Principado. Se creó un ejército al mando del conde de Pallars que subió hacia el norte y cercó Gerona. La reina y Fernando fueron defendidos por grupos reales, por remensas, por eclesiásticos a cargo de Joan Margarit, por ampurdaneses y roselloneses y aun por conversos y judíos que vivían en el call de la fortaleza vieja: La Força. No bastaba. Fue más eficiente el acuerdo de Juan II y Luis XI de Francia. Con el Tratado de Bayona (9 de mayo de 1462) Juan II logró el apoyo total de Francia, previa entrega del Rosellón y la Cerdaña a París. Mientras no se pagasen las enormes sumas de dinero que pedía el francés, los condados catalanes del norte no serían devueltos, que era el objetivo galo fundamental. Ahora Gastón IV de Foix intervino frente al conde de Pallars, que había llegado a bombardear Gerona. El ejército catalán se marchó. Al mismo tiempo la oligarquía gubernamental de Cataluña desposeyó de sus cargos a la «tudriu» Juana Enríquez y al pequeño lugarteniente general, sin hacer caso a una embajada valenciana. Esta llegó a Barcelona a finales de julio, cuando las tropas del conde de Pallars se habían ido de Gerona. Días después se entrevistaron con los consellers de la Ciudad Condal y con la Diputación. Ambas desoyeron a los representantes valencianos que buscaban la creación de un consejo de tutores formado por aragoneses, valencianos y catalanes para lograr la paz y mantener a Fernando como heredero. La guerra civil catalana se había iniciado mientras que la Familia Real se dirigía hacia Zaragoza. Allí, casi durante dos años, entre las Navidades de 1462 y el mes de noviembre de 1464, Fernando evolucionaba hacia la adolescencia.

Seguramente en este tiempo fue cuando el príncipe recibió más cultura. El gran historiador Vicens Vives señaló que el príncipe no fue un hombre de letras, en la misma línea que en su tiempo el humanista Marineo Sículo apuntó al afirmar que su conocimiento del latín y de los escritores clásicos de la antigüedad era poco profundo. Ahora bien, para Vicens todo esto no quiere decir que Fernando no tuviera conocimientos similares a los de otros ilustres contemporáneos del Estado laico, entre ellos la que años después será su esposa Isabel (mejor dotada en cuanto a su enseñanza).

En realidad sí se puede hablar de preceptores que enseñaron a Fernando desde que tenía siete años. El primero fue Miquel de Morer, que, como máximo, le facilitó la posibilidad de que el infante pudiera leer y escribir. Después, desde finales de 1461 y ya con toda seguridad en 1462, Antoni Vaquer de Tarragona elevó al príncipe a más altas especulaciones culturales. Pero hubo otros con más talla, como Francisco Vidal de Noya, que ya lo escogió en 1466 el propio Fernando en Zaragoza. Aquel además era poeta, y otros humanistas también lo eran, como Gauberto de Vagad, zaragozano, de quien se conoce un poema que celebra la inminente rendición de Barcelona en 1472, de la que se hablará. Más tarde en Castilla el ya rey creó hasta una biblioteca personal. No obstante, Fernando fue un hombre educado en circunstancias excesivamente bélicas y cuyo ingenio y carácter se aceleraron sobre todo en los aspectos militares y políticos (véase la Introducción de este libro).

Al fin y al cabo, la guerra civil catalana ya había empezado. En ella nobles cortesanos vinculados a la familia regia, gran parte de los remensas y elementos buscaires se enfrentaban a la Generalitat rebelde, los señores propietarios de la tierra y la prepotente Biga. Casi en una sola línea puede decirse que era el inicio de un cierto autoritarismo real y la oposición del pactismo constitucionalista catalán. Los segundos, al destituir al príncipe Fernando se encontraron con el hecho de que la pieza clave de la estructura territorial se había perdido y buscaron su sustituto. Fue el primero el rey de Castilla, Enrique IV, que actuó en Cataluña como tal lugarteniente general desde septiembre de 1462 hasta abril de 1463. Eso sí, Enrique IV tuvo que jurar las leyes catalanas y la Capitulación de Vilafranca, además de poder aportar al conflicto el potencial castellano con el que se soñaba. Antes, en Cataluña, sonó en algún momento la palabra república dado el modelo veneciano y genovés, pero la propuesta no alcanzó suficiente eco. Tampoco lo tuvo Enrique IV ante la paradoja de defender a sus votantes catalanes para oponerse a Francia, su tradicional aliado de la Castilla Trastámara. Esa Francia que ahora apoyaba a Juan II de Aragón. Al final, contando con la diplomacia del rey aragonés y el sí francés, Enrique IV aceptó marcharse a cambio de que Juan de Navarra y Aragón le cediera Estella y su merindad. Era una importante zona de Navarra incorporada entonces a Castilla.

Si Enrique IV se había interferido en los problemas catalanes, Juan II de la Corona de Aragón —el antiguo líder de los infantes de Aragón— hizo lo mismo en Castilla. Se dio cuenta de que grandes nobles castellanos como el arzobispo de Toledo, Carrillo, o Pacheco, el marqués de Villena, empezaban a abandonar la nave de la monarquía castellana. Es más, en menos de dos años se atacó a la segunda esposa de Enrique IV, Juana de Portugal, acusada de adulterio con el valido del rey Beltrán de la Cueva. También corrió el rumor, cada vez más flagrante, de la impotencia de Enrique IV, lo que explicaría la primera denuncia. La tercera aún fue peor: en 1465 se produjo en Castilla la farsa de Ávila, un simbólico destronamiento de un muñeco que representaba a Enrique IV.

Castilla también estaba dividida entre nobles realistas y otros contrarios al monarca, como lo era Fadrique Enríquez, el padre de Juana Enríquez. Además, Enrique IV tenía dos hermanastros hijos de su padre Juan II de Castilla y de su segunda esposa, Isabel de Portugal. Eran Isabel y Alfonso, y se habían educado en la corte de su hermano Enrique IV, pero sin serles fieles con seguridad. Juan II de la Corona de Aragón volvió a utilizar la persona de su hijo Fernando. Propuso el matrimonio de este con Beatriz Pacheco, la hija del marqués de Villena, cuestión tan solo hipotética. Sin duda quería destrozar aún más a su enemigo de antaño.