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José de Moldes fue un verdadero precursor de la Revolución de Mayo desde sus años juveniles en Europa y luego en territorio argentino, a donde regresó en 1809. Ya en Salta, lideró un grupo de partidarios de la causa americana. Su accionar se extendió al Alto Perú, en donde dejó el terreno abonado para el proceso libertador. En el Ejército Auxiliar del Perú actuó al lado de Belgrano, en la gloriosa batalla de Tucumán. Fue diputado por Salta en el Congreso de 1816. El lector encontrará en esta obra las primeras actuaciones y desempeños de Moldes, su papel en la Batalla de Tucumán, su exposición en la causa pública, la creación de la escarapela y su papel como inspector general de Infantería y Caballería. Esta obra forma parte de la colección "Salta en la historia política y cultural de la Argentina", que responde a un propósito cultural y educativo de gran proyección: presentar un conjunto de obras breves que rescatan del olvido a una serie de personalidades de la Provincia, que realizaron un aporte significativo a la conformación del pensamiento y la historia política, social y cultural de nuestro país.
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Seitenzahl: 127
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Torino, Luis Arturo
José de Moldes / Luis Arturo Torino. - 1a ed. - Salta : Universidad Católica de Salta. Eucasa ; Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, 2021.
Libro digital, EPUB - (Salta en la historia política y cultural de la Argentina)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-950-623-233-7
1. Historia. 2. Historia Argentina. I. Título.
CDD 982
© 2021, por EUCASA (EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA)
Colección: Salta en la historia política y cultural de la Argentina
Resolución Rectoral: 529/2020
© 2021, por INSTITUTO SAN FELIPE Y SANTIAGO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE SALTA
Diseño interior: Flavio Burstein STEREOTYPO (www.stereotypo.com.ar)
Arte de tapa: D.G. Carolina Ísola ([email protected])
Domicilio editorial: Campus Universitario Castañares - 4400 Salta, Argentina
Web: www.ucasal.edu.ar/eucasa
Tel./fax: (54-387) 426 8607
e-mail: [email protected]
Depósito Ley 11.723
ISBN: 978-950-623-233-7
Primera edición en formato digital:
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Este libro no puede ser reproducido
total o parcialmente,
sin autorización escrita del editor.
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In memoriam
Luis Arturo Torino Usandivaras
(1942-2021)
Luis Arturo Torino Usandivaras nació en Salta el 1 de abril de 1942 y falleció en la misma ciudad el 26 de enero de 2021.
Por su trayectoria como historiador, ocupó el Sillón N° 1 «Monseñor Roberto José Tavella» del Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, y fue un distinguido miembro de la Academia Güemesiana de Salta.
Entre sus obras publicadas, sobresalen las siguientes: Semblanza del Coronel José Moldes, Los Gorriti en la gesta güemesiana, Coronel Luis Burela y Saavedra y la Gesta de Güemes, y Salta de 1821 a 1825. Escribió, además, gran cantidad de artículos y ensayos que profundizan en el conocimiento de la historia de Salta.
La educación no es posible sin que se ofrezca al espíritu una imagen del hombre tal como debe ser. (…) Lo fundamental en ella es Kalós, es decir, la belleza en el sentido normativo de la imagen, imagen anhelada, del ideal.
(Werner Jaeger. Paideia: Los ideales de la cultura griega)
La colección denominada Salta en la historia política y cultural de la Argentina, que el Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos y la Universidad Católica de Salta han decidido editar en conjunto, responde a un propósito cultural y educativo de gran proyección: presentar un conjunto de obras breves que rescatan del olvido a una pléyade de salteños prominentes, quienes a lo largo del tiempo construyeron una tradición virtuosa y permanente; esta tradición modeló la peculiar forma mentis que caracteriza al hombre salteño orientando su peregrinar hacia el futuro, y además, contribuyó a forjar, en gran medida, la personalidad, los estilos y la singularidad propia de la comunidad provincial.
Los insignes hijos de Salta —hombres y mujeres que actuaron en los tiempos complejos de las guerras por la independencia— abrazaron nobles ideales y sirvieron a su país, aun a costa de sacrificios personales, cuando la patria requirió sus talentos y sus servicios.
El ejemplo más relevante de esta vocación patriótica lo encarnó MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES, militar que lideró una gesta que puede ser calificada sin exageración como homérica; cumplida en defensa de la patria y de la libertad de América de Sud, comenzó en el momento crítico en que el gobierno de Buenos Aires se hallaba ante el inminente peligro de sucumbir, tras las dramáticas derrotas de los ejércitos argentinos en el Alto Perú. Tal actuación le valió ser considerado por el Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield como uno de los grandes libertadores de América.
La Guerra Gaucha, a su vez, permitió el afloramiento de brillantes talentos guerreros, ciudadanos distinguidos que el desafío histórico convirtió en los «capitanes de Güemes». Entre ellos se destacó especialmente don LUIS BURELA, valiente estanciero que, despojándose de sus intereses personales, se puso a la cabeza de sus gauchos e inauguró en Chicoana la guerra de recursos. Otros lugartenientes de Güemes, fueron: JOSÉ IGNACIO GORRITI, DIONISIO PUCH, BONIFACIO RUIZ DE LOS LLANOS, APOLINARIO SARAVIA, JUAN GALO LEGUIZAMÓN, JUAN ANTONIO ROJAS, JOSÉ IGNACIO SIERRA Y JOSÉ ENRIQUE VIDT —un militar francés del ejército de Napoleón—, y entre las heroínas de esta gesta libertadora cabe recordar a MACACHA GÜEMES, quien lideró a las salteñas que sobresalieron por su devoción a la causa de la patria y por su eficacia en las tareas de inteligencia que requería imprescindiblemente la original y vigorosa estrategia güemesiana.
Hubo muchos otros temperamentos heroicos acuñados en la actitud de Salta que actuó como una «firme columna de la libertad», en el momento en que nacía la patria. En rápida revista podemos mencionar a CALIXTO GAUNA, el cabildante elegido por sus pares para viajar a matacaballos a Buenos Aires e informar al gobierno patrio de los manejos realistas del gobernador don Severo Isasi de Isasmendi. Fue también un estrecho colaborador civil de Güemes en el gobierno de la provincia.
El coronel JOSÉ MOLDES fue un relevante precursor del movimiento de Mayo y militar de actuación distinguida en el Ejército del Norte al lado del Gral. Belgrano; integrante de la sociedad secreta de los «Caballeros Racionales» que, junto a otros americanos —como JOSÉ y FRANCISCO DE GURRUCHAGA (1), Juan Martín de Pueyrredón, Carlos Alvear, José María Zapiola—, tenía el propósito de promover la emancipación de la América hispánica.
Los salteños tuvieron una presencia especialmente activa en el largo trayecto que el país transitó hasta lograr la organización nacional. Entre ellos sobresalen las figuras del Dr. MANUEL ANTONIO DE CASTRO, quien presidió el Congreso Nacional de 1824 y fue el fundador de la Academia Nacional de Jurisprudencia; el Dr. MARIANO BOEDO diputado al Congreso de Tucumán en el que ejerció la vicepresidencia cuando se declaró la Independencia. En el momento de sancionar la Constitución Nacional en 1853, el Dr. FACUNDO DE ZUVIRÍA, reconocido jurista salteño, fue elegido por sus pares en forma unánime para presidir el Congreso General Constituyente.
En el ámbito de la cultura nacional, es notable también la presencia de figuras salteñas de gran jerarquía que realizan un innegable aporte a la identidad y la singularidad genuinamente argentinos con sus estilos diversos. El listado es muy extenso, por esa razón y brevitatis causa solo mencionamos algunos nombres: JUANA MANUELA GORRITI, notable escritora; JUAN CARLOS DÁVALOS, quien dio origen a un fecundo linaje de poetas y artistas; LOLA MORA, la insuperable escultora clásica de trascendencia internacional; BERNARDO FRÍAS y ATILIO CORNEJO, máximos y prolíficos historiadores de Salta; y el Dr. CARLOS IBARGUREN, quien presidió tres Academias Nacionales, fue un escritor y jurista eminente y se desempeñó con especial brillo como Ministro de Instrucción Pública y Justicia del presidente Roque Sáenz Peña.
En uno de los momentos más dramáticos del siglo XX, cuando se desató la Primera Guerra Mundial, la República Argentina contó con la conducción sabia y firme del Dr. VICTORINO DE LA PLAZA —un distinguido hijo de Salta—. Este estadista afrontó decisiones complejas en un escenario bélico mundial lleno de asechanzas e incertidumbres y decidió mantener la neutralidad argentina a ultranza ante las naciones participantes en el conflicto.
Esta posición fue continuada por el presidente Hipólito Yrigoyen quien, siguiendo el ideario pacifista de don Victorino, al término de la guerra pidió un trato justo para los vencidos luego de proclamar: «Los hombres son sagrados para los hombres y los pueblos son sagrados para los pueblos».
En esa época de esplendor argentino, don INDALECIO GÓMEZ —otro notable político salteño— fue el alma y nervio que hizo posible la sanción de la célebre «Ley Sáenz Peña», que permitiría al país alcanzar el desideratum de la democracia plena.
El testimonio de estas vidas virtuosas nos permite afirmar que los pueblos solo cumplen su misión histórica cuando quienes los conducen poseen un temple sereno y enérgico, una acrisolada moral, una gran vocación de servicio, un claro programa prospectivo y una gran fe en el destino de su patria.
Los editores
Salta, febrero de 2021
1. José de Gurruchaga presidió en sus inicios la sociedad secreta de los «Caballeros Racionales» de Cádiz; Francisco de Gurruchaga fue diputado por Salta en la Asamblea del Año XIII. Él aportó el dinero y su experiencia de marino para crear la primera escuadra de guerra argentina.
Don José de Moldes nació en la ciudad de Salta el día 1 de enero de 1785. Según el historiador Bernardo Frías, su padre fue don Juan Antonio Moldes y González, alcalde y regidor del Cabildo, hidalgo gallego que se presumía descendiente de los duques de Patiño, y que llegó a la ciudad de Lerma en busca de fortuna. Allí formó su hogar con doña María Antonia Fernández y Sánchez de Loria, cuyo segundo apellido pertenecía a una familia procedente de la ciudad de Córdoba.
Constituyó don José Antonio una de las casas comerciales más poderosas de este extremo de América, a cuya importancia solamente se acercaba la de Gurruchaga. Ambos establecimientos importaban mercadería directamente desde la plaza de Cádiz, por lo que recibían la denominación de «casas introductoras», ya que lo hacían sin intermediarios y repartían sus efectos a todos los puntos del vasto virreinato del Río de la Plata, incluida la misma ciudad de Buenos Aires en cuyo puerto se desembarcaban. Sus influencias llegaban hasta el Perú; El Callao había perdido su primitiva importancia pues el nuevo puerto habilitado en Buenos Aires quedaba frente a las costas europeas, en cambio aquel estaba muy a trasmano, lo que hacía más costoso el flete de las mercancías.
Otro de los ramos que explotaban aquellas dos opulentas casas comerciales era la venta de esclavos negros, hoy justicieramente reprobada por todas las naciones del planeta, pero que en aquellas épocas era negocio común y reportaba pingües ganancias. Por tal razón, las relaciones entabladas por la actividad de don José Antonio Moldes abarcaban desde España hasta Perú y Chile.
Porvenir seguro para la fortuna de los jóvenes nobles, y sobre todo ricos de América, ofrecían los empleos públicos del gobierno del Rey en la Península que, en razón de tener que ser comprados, eran adquiridos y ocupados fácilmente por ellos y cuyo desempeño les daba rango y la posibilidad de acercarse al monarca. Paradójicamente, la nobleza española se desplazaba a las tierras coloniales para hacer fortuna y méritos. De allí que casi todos los cargos administrativos de América, desde el de virrey para abajo, eran ejercidos por españoles peninsulares.
En aquel siglo corrompido todo se compraba, todo se vendía, incluidos los títulos de nobleza, con una ligereza y venalidad absolutas. De tal forma nació la nobleza de «nuevo cuño», como la llamaban para distinguirla de la antigua, concedida por grandes servicios prestados a la nación.
Don Juan Antonio Moldes tenía esas afecciones de los sujetos enriquecidos en Indias y, procediendo de este modo, casó a sus hijas con españoles de alcurnia establecidos en Salta. A doña María Josefa —que posteriormente enloqueció—, con San Miguel; a doña Manuela Antonia, con Chavarría; a doña Celestina, con Tejada. Y a doña Francisca y doña Juana, respectivamente, con criollos de no menor lustre social, como eran los cordobeses don Pedro Funes y don Eduardo Bulnes. Dos de las mujeres quedaron para vestir santos.
Por su parte, a los hijos varones los mandó a estudiar en el Colegio de Monserrat, donde el mayor, José Antonio, perdió un ojo realizando un experimento con pólvora, lo que le valió para siempre el mote de «Tuerto Moldes». Tiempo después, en 1797, haciendo uso de los cuantiosos caudales de que disponía, los envió a España. Eran tres los hermanos: Juan Antonio; José, apodado «Pepe», y Eustoquio. De ellos, José de Moldes superó en significación e importancia a los otros dos, aunque ellos también tuvieron destacada actuación en el ámbito de su provincia.
José era arrogante, orgulloso, despectivo en general del comportamiento ajeno y muy pagado de su propia importancia y valer. Unía a estas no muy favorables cualidades, un carácter austero, una firme moral y un corazón bien puesto, valeroso hasta lo temerario, reforzado por un espíritu heroico, que no retrocedía jamás cuando debía sostener sus, a veces, poco discretas expresiones. No vacilaba en decir la verdad y obviaba generalmente la diplomacia en sus modales, era rudamente franco cuando emitía opiniones sobre alguna persona o empresa, lo que le atrajo un sinnúmero de peligrosos enemigos durante su agitada vida, y hasta le acarreó la muerte, provocada por secretos adversarios que lo envenenaron cobardemente, según todas las evidencias.
Casa del coronel José de Moldes. Actual sede de la Secretaría de Turismo de la Municipalidad de Salta.
Según sus parciales, en cambio, lo adornaban todos los principios de nobleza, grandeza y rectitud ya desvanecidos en el siglo y en el medio que le tocó en suerte actuar.
Había, en el ámbito militar de la corte española, dos cuerpos considerados de élite, que estaban formados por los miembros socialmente más importantes de las familias allegadas a la Corona y del imperio colonial hispano. Eran estos las Guardias de Corps, la española y la americana. A esta última ingresó José de Moldes, con el grado de alférez.
Se formó en el Colegio de Nobles, en donde se distinguió como eximio maestro en la esgrima del sable, circunstancia que le permitiría salir airoso en más de un lance, provocado por su conocida tendencia a expresarse acre y desfavorablemente acerca de la conducta de sus semejantes, cuando la juzgaba incorrecta.
Aprendió los principios y doctrinas militares más avanzados de la época, siendo considerado por algunos de sus contemporáneos americanos, y dentro de ese teatro de la guerra, como el primer táctico de su tiempo, apreciación que juzgamos exagerada, pues, a todas vistas, no es posible compararlo con el general San Martín; ni siquiera, guardando las diferencias de escuelas y el tipo de lucha que llevaron a cabo, con el mismo Güemes, su famoso comprovinciano.
Mientras desempeñaba su oficio militar lo sorprendieron los graves acontecimientos que más adelante provocarían la invasión de los franceses. Terminada victoriosamente su campaña contra Portugal que, en realidad, dada la debilidad del adversario, fue un paseo militar, las tropas napoleónicas se quedaron en España, ocupando las fortificaciones y plazas fuertes de esta nación. La marina española, aliada con la francesa en 1805, resultó destruida en la batalla de Trafalgar por los ingleses, y el desorden, la anarquía y la miseria en el orden militar y político hicieron presa del país.
El favorito Godoy, conocido como «Príncipe de la Paz», escandaloso amante de la corrompida reina doña María Luisa, gobernaba la nación en nombre del rey Carlos IV, acarreando sobre su persona todo el odio y el desprecio del pueblo y sus opositores políticos, que hallaban su apoyo nada menos que en el príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII. Fuera de estos dos acérrimos bandos enemigos, comenzaba a formarse un tercero, que también entraría a tallar, pues en él se apoyaría la prepotente usurpación gala: se lo llamaba el de los afrancesados.
Napoleón quería apoderarse de España en el carácter de monarquía tributaria del poderoso imperio francés, incorporándola con sus colonias para usufructuarlas a gusto y placer. Con tal fin, felonamente, se aprovechaba de las discordias que dividían a la familia real.
