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La fuerza interior del personaje principal Julie Brady es clave para vencer las dificultades que se le presentan. Su lucha es contra las injusticias que se cometieron en una guerra olvidada entre los Estados Unidos de América y Filipinas, acontecida a fines del siglo XIX. A medida que se suscitan los acontecimientos, el lector va conociendo a personajes entrañables, que a veces como en la vida misma tienen solo un paso fugaz, pero su recuerdo nos acompaña por el resto de nuestra existencia. En su obra, Víctor Manuel nos muestra que el odio, la xenofobia y la ignorancia se combaten con el amor.
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Seitenzahl: 187
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Dedico esta obra al Señor Jesucristo y a una persona que partió a su encuentro, mi amada tía madre Ruth Pino Garrido.
Todos los hombres tienen derechos, entre ellos, el de elegir su propio destino: el país al cual quieren pertenecer y a sus gobernantes. Así lo decidieron muchas naciones del mundo que comprendieron que aquello era posible.
Los sucesos aquí relatados acontecieron en Filipinas, localizada en el sudeste asiático, en el Pacífico Occidental. Es un país que abarca más de siete mil islas y fue colonia del Imperio Español por más de trescientos años, lo cual resultó en tres baluartes culturales y religiosos: el nombre de la nación en honor al rey Felipe II, la religión católica y, por un período de tiempo, el español como idioma.
Alcanzó su independencia con la ayuda del gobierno estadounidense, que proporcionó asistencia logística y armamentística. Los filipinos independentistas recibieron dicha ayuda con los brazos abiertos, ya que creyeron que los norteamericanos, con un ánimo altruista, les habían brindado apoyo debido a que, al igual que ellos, habían sido una colonia, aunque del Imperio Británico.
Hasta que los Estados Unidos declararon la guerra al reino de España, al cual vencieron, resultando en la firma del Tratado de París, documento que estableció que España cedía Filipinas a los Estados Unidos de América. El presidente estadounidense, William McKinley, señaló que los filipinos eran incapaces de autogobernarse y Dios le había indicado que no podían hacer otra cosa más que educarlos y cristianizarlos.
Ahí se inició la guerra filipino-estadounidense (1899-1902), la cual tuvo como corolario la derrota filipina, la muerte de un importante porcentaje de su población, muchos de ellos civiles, y su conversión en colonia norteamericana.
A lo largo de la historia ha habido personas que han luchado por derrotar las injusticias, comprensivas de que la dignidad no tiene fronteras. Julie Brady Flanagan es una de esas personas. Nacida en una vibrante ciudad de Nueva York a finales del siglo XIX. Sus padres se conocieron en suelo americano y formaron parte de las familias irlandesas que llegaron a los Estados Unidos huyendo de la gran hambruna que azotó esa isla.
Luego de la ceremonia militar, los beneficiados con ese permiso salieron felices del regimiento. Los dos tenientes, Dylan Stuart y Bill Collins, amigos desde que se conocieron en la academia militar de West Point, eran inseparables, y por eso Dylan invitó a Bill a disfrutar el fin de semana en su casa. Primero quería presentarle a su prometida, Julie Brady, y por ello se dirigieron en carruaje a su hogar, una cómoda mansión de tres pisos, típica del distrito de Manhattan en la ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos de América, muy cercana a la residencia de los padres de Dylan, la familia Stuart.
—Amigo, por fin voy a conocer a tu amada Julie —comentó con cierta picardía Bill.
—Te he hablado mucho sobre ella, debo haberte fastidiado —dijo con incomodidad.
—No, Dylan, es todo lo contrario. Me alegra saber que eres feliz, se nota que la amas mucho.
Los dos militares transitaban por las callejuelas de esa ciudad ícono de la modernidad norteamericana, inmersos en su conversación, ignorando los ruidos que generaba el avance del carruaje, el sonido de las ruedas y las herraduras de los caballos sobre los adoquines, así como el tráfico de automóviles que cruzaban las calles colmadas de personas que conversaban afanosamente en diversos idiomas.
Ambos jóvenes reflejaban en su semblante confianza; la vida parecía fácil para ellos, comprendían que eran parte de un mundo privilegiado y asumían que eso era voluntad de Dios.
En un momento en que el carruaje se detuvo, Dylan comentó:
—No me percaté del tiempo, ya llegamos a casa de Julie.
El conductor del carruaje confirmó lo dicho por Dylan:
—¡Señores, hemos llegado!
Los dos militares se bajaron del carruaje y caminaron la distancia que separaba la acera de la mansión de los Brady. Al llegar, Dylan llamó a la puerta con el aldabón.
Pasó solo un momento hasta que les abrió una sirvienta.
—¡Buenas tardes, señor! —saludó una mujer rubia y corpulenta de más de cuarenta años, en un inglés con acento eslavo.
—¡Buenas tardes, Janica! ¿Sus patrones están en casa? —consultó Dylan, teniendo la certeza de que la respuesta sería positiva, porque había avisado previamente su visita.
—Sí, señor, adelante, los están esperando.
Se quitaron sus gorras y se las entregaron a la sirvienta. Dylan ingresó con completa soltura al salón principal, evidenciando su confianza con la familia Brady.
En el salón, los esperaban sentados en cómodos sillones los dueños de casa, don Oscar Brady y su señora, doña Dorotea, un consolidado matrimonio de veintidós años de unión. Ambos eran muy religiosos y respetuosos. Sus hijos estaban sentados en unos arrimos: además de Julie, que era la mayor, de veinte años, estaban Emma, de dieciocho, y el pequeño Todd, de nueve.
—¡Buenas tardes, jóvenes! —les dijo don Oscar.
—Buenas tardes, señor —saludaron al unísono los militares, bajando la cabeza en señal de respeto, mientras estrechaban la mano del patriarca de la familia. Luego se dirigieron al resto de la familia.
Era la primera ocasión en que Dylan presentaba a su amigo a su entorno cercano.
—Por favor, tomen asiento —les pidió don Oscar.
En ese momento apareció Janica en el salón con una bandeja con tres vasos de brandy.
Los hombres los aceptaron y degustaron con agrado.
Ese salón era el lugar donde la familia se reunía a conversar. Entre su mobiliario había una chimenea, apagada en ese caluroso verano, pero muy utilizada en los meses de invierno. Había tres cómodos sillones, con arrimos y estantes circundando el lugar, completamente llenos de libros.
—Qué agrado que estén acompañándonos, jóvenes
—señaló doña Dorotea.
—Para nosotros también es un agrado, señora Dorotea —respondió Dylan.
—¿Y cómo está tu familia, Dylan? —preguntó don Oscar—. Hace tiempo que no me encuentro con tu padre.
—Bien, señor, como sabe, él siempre dedicado a sus negocios. Mi madre en la casa, quejándose de que mi padre no tiene mucho tiempo para la familia, y mi hermana Claire se encuentra bien.
—Entiendo más de lo que crees a tu padre, lo conozco desde que éramos niños. Ambos soñábamos con ganar dinero y, como lo planeamos, lo conseguimos con mucho sacrificio —señaló don Oscar—. Pero a veces mi amigo pierde la perspectiva, se olvida de que ya cumplimos con el sueño americano y de que tiene una familia hermosa que lo ama y lo necesita.
Y sí, efectivamente, ambas familias, los Brady y los Stuart, habían cruzado el océano Atlántico juntas, comprando un pasaje en tercera clase con la ilusión de una nueva vida en el Nuevo Mundo, en los denominados "barcos ataúdes", donde se apilaba a la mayor cantidad de pasajeros posible. Entre ellos estaban estas dos familias irlandesas, que durante tres largas semanas hicieron la ruta desde el puerto inglés de Liverpool hasta la ciudad de Nueva York en el barco a vela Isaac Webb Wall.
Luego de su llegada, aunque tenían muchas más oportunidades de prosperar que en el viejo continente, al principio no les fue fácil integrarse a la sociedad norteamericana. Por prejuicios, los irlandeses eran considerados alcohólicos y agresivos, por lo que sufrieron muchas necesidades económicas. Tanto don Oscar como el padre de Dylan, don James, experimentaron lo que es vivir en la estrechez y sentir el hambre que punza la barriga.
Gracias a trabajar mucho y limitar su consumo día a día, ambas familias lograron reunir un capital que invirtieron en negocios exitosos. Poco a poco fueron aceptados en la burguesía de la ciudad. Sin embargo, los Brady siempre inculcaron a sus hijos valores como la honradez y la humildad.
—¡Nunca olviden nuestros orígenes! Siéntanse orgullosos de sus logros, pero que nunca los acompañe la soberbia —recomendaba don Oscar a los tres.
—Y dígame, Bill, ¿de dónde es usted? —preguntó el patriarca.
Bill había permanecido en silencio escuchando la conversación que su amigo había entablado con don Oscar, pero en el momento en que le preguntaron, se explayó describiendo su vida.
—Mi familia es del sur, de la ciudad de Greenwood, Mississippi. Mis abuelos eran propietarios de una plantación de algodón cercana a la ciudad, que perdieron luego de la guerra civil contra la Unión. Mi padre creció en esa plantación y me comentó que era enorme, comprendía cientos de hectáreas.
—¿Ustedes tenían esclavos en esa plantación? —interrumpió Julie.
—Por supuesto, para trabajar la tierra se requieren hombres.
—¡Pero eso es inhumano, las personas de color, al igual que nosotros, tienen derechos! —exclamó exaltada.
—Ellos eran felices, se les trataba bien, además tenían comida y alojamiento asegurados.
—Una cárcel, aunque sea de oro, no deja de ser una cárcel —indicó Julie con certeza.
—Es un designio de Dios que el hombre blanco sea el encargado de subyugar a las otras razas, somos más fuertes —respondió Bill, con cierta molestia.
—La historia está llena de opresores, pero ¿qué sentiría usted si ellos fueran su amo y usted su esclavo? Le recuerdo que en la antigüedad muchas personas blancas fueron esclavos, se les denominaban bárbaros.
En ese preciso momento regresó Janica, interrumpiendo la dura conversación que se estaba convirtiendo en una discusión.
—Señora, la comida está servida. —La sirvienta les ofrecía una bandera blanca de tregua que ayudaba a distender el tenso ambiente que se había creado.
—¡Gracias, Janica! Por favor, pasen al comedor —les invitó doña Dorotea.
Una vez allí, don Oscar acomodó caballerosamente la silla de su señora, Dylan hizo lo propio con su prometida y Bill con Emma.
Esta acción no pasó desapercibida para don Oscar, quien aprovechó el momento para alabar la caballerosidad de los dos oficiales.
—¿Te acuerdas, querida, que el otro día comentábamos con desazón que los jóvenes de ahora no tienen modales de comportamiento, se expresan y se comportan como maleducados? Pero mira, algunos de ellos aún mantienen la caballerosidad como una cualidad presente.
—Sí, querido, pero esta cortesía solo está presente en pocas personas, porque Dylan fue muy bien educado por sus padres. Además, ellos son oficiales del ejército de los Estados Unidos de América, hombres que representan los valores más nobles de nuestra sociedad. Los jóvenes de hoy desconocen la palabra caballerosidad.
Una vez sentadas las damas, los tres varones, además del niño, se acomodaron en sus sillas. Dylan se sentó al lado de su prometida y, mirándola, le expresó sus sentimientos profundos:
—No tengo que esforzarme por ser caballero, solo deseo que Julie sea tan feliz como yo lo soy a su lado.
En ese momento, Emma esbozó un suspiro de admiración que reflejaba la emoción que había sentido al escuchar las palabras de Dylan.
—Qué hermosas palabras, Dylan. Mi hermana es una mujer bendecida por tener a un hombre como usted a su lado.
—Claro que soy feliz, querido —comentó Julie, emocionada, pero un tanto apenada por el arrebato apasionado de su prometido.
Doña Dorotea cambió de tema y expresó su anhelo de que la preparación fuera del agrado de los invitados.
—Le pedí a Janica que preparara su mejor comida casera, en el ejército no debe haber mucha preocupación por agradar a los comensales.
—Tiene razón, señora Dorotea, esta comida es un verdadero manjar. Le agradezco que se haya tomado el tiempo para agasajarnos —comentó Bill.
—Para nosotros es un placer recibirlos. Siéntase bienvenido, Bill —dijo doña Dorotea, y luego compartió una anécdota sobre los enamorados—. En las ocasiones en que nos reuníamos con la familia Stuart, Dylan y Julie eran inseparables desde pequeñitos. Nos causó mucha gracia cuando se tomaron de la mano y nos comunicaron que se habían casado; aún ahora me causa ternura recordar sus rostros.
—Por eso estábamos seguros de que en algún momento esta pareja se comprometería —reveló don Oscar.
Aunque los dos invitados estaban muy a gusto, después de una hora de conversación, dejaron el hogar de los Brady.
Dylan decidió caminar las cuadras que los separaban de su hogar.
Bill había disfrutado la velada y consideró como una simple anécdota el cruce de opiniones con Julie. Mientras caminaba relajado, encendió un cigarro y, en ese instante, expresó su opinión a su amigo:
—Te felicito, Dylan, sin duda tu prometida es una joven muy bella y su familia es encantadora.
Dylan interrumpió a su amigo para explicar las verdaderas razones por las que amaba a su prometida. La belleza, sin duda, era un fuerte aliciente, pero muchas muchachas bellas se le insinuaban constantemente. Había otro elemento que lo atrapaba, y se lo reveló:
—Debo confesarte que no solo amo a Julie por su belleza, que está a la vista de cualquiera, sino también por sus fuertes convicciones. Es una mujer excepcional. Aunque todo el mundo esté en su contra, lucha por lo que considera justo, aunque las consecuencias no sean las mejores para ella. Sus valores son excepcionales. A veces me pregunto si la merezco, nunca conocí a una persona con su fuerza interior y tenacidad.
—Recién crucé unas palabras con ella y, sin duda, comparto plenamente tu apreciación.
—Pero debo decir que hay algo que me llamó la atención. ¡Te vi muy entretenido conversando con Emma! —comentó Dylan en tono de broma.
Bill asintió y reveló la impresión que tuvo de la joven:
—Sí, es una mujer muy dulce. Me sentí muy cómodo conversando con ella; parecía un loro parlanchín, así que en un momento guardé silencio y le di tiempo para que me revelara sus puntos de vista sobre la vida, pero tiempo al tiempo, hay que ver cómo se dan las cosas.
—Conozco a Emma desde que era bebé. Es una buena chica y merece ser feliz. Pero vamos, apuremos el paso; mis padres deben estar preocupados esperando nuestra llegada —dijo Dylan.
Julie pertenecía a esos grupos de ayuda y, sin lugar a dudas, era una de las integrantes más activas; la palabra cansancio no existía en su conciencia. En ocasiones, desoyendo los consejos de sus padres –preocupados por su seguridad–, recorría completamente sola las atestadas calles ofreciendo servicios de apoyo a los inmigrantes recién llegados. En otras ocasiones, ayudaba en los comedores públicos o, por sus conocimientos en enfermería, prestaba colaboración de forma completamente desinteresada en el consultorio que abrió la iglesia con el aporte de los mismos feligreses.
—Padre, para mí sería un honor que usted consagrara mi matrimonio con Dylan. Lo considero un segundo padre; usted es mi padre espiritual. ¿Quién mejor que usted para bendecir mi unión?
—Por supuesto que lo haré, pero no sé si a su futuro marido le agradará su petición. Recuerde que su familia considera al padre Murphy como su confesor. Usted lo sabe, hija.
Julie comprendía que el padre Murphy era el confesor de la familia Stuart, pero le confidenció al padre O’Brien que si Dylan la amaba, cumpliría su sueño de niñez.
—Usted es una persona muy importante en mi vida; me bautizó, también de su mano hice mi primera comunión y confirmación. Por ello, para mí sería realmente especial que celebrara mi matrimonio.
—Bueno, hija —aceptó el padre O’Brien—, pero luego expresó su pedido a Julie—. Lo principal es que todo salga bien en su matrimonio, y por eso me gustaría pedirle que más adelante todos sus esfuerzos se orienten a ser feliz con su marido. Recuerde que, después de ese sagrado vínculo, dejan de ser dos personas individuales y forman una pareja para toda la vida, que se une en la dicha y en la enfermedad. Pero eso no quiere decir que se olvide de sus hermanos más débiles.
Dos meses después, Julie contrajo matrimonio con Dylan en la Catedral de San Patricio de Nueva York. Luego, el centro de eventos que eligieron estaba colmado por la alta sociedad neoyorquina, acompañada de familiares, empresarios, políticos y, principalmente, oficiales del ejército y sus esposas. Todos los varones vestían rigurosamente de etiqueta y ellas, hermosos vestidos de fiesta de finales del siglo XIX.
El padre O’Brien, el sacerdote que consagró el sagrado sacramento del matrimonio, felicitó en su sermón a la feliz pareja, dedicando unas palabras especiales para la novia:
—Conozco desde pequeña a esta dulce joven. Las personas que estamos a su alrededor tenemos la dicha de conocer su hermosura espiritual; ella entrega su amor al servicio de los demás sin mediar en su propio beneficio. Les deseo un feliz matrimonio a estos jóvenes, que Dios los bendiga.
Julie estaba radiante; su bello y dulce rostro resaltaba con el vestido blanco de época. El padrino de matrimonio de Dylan fue su compañero de promoción y amigo, el teniente Bill Collins. Julie escogió como madrina de su matrimonio a su confidente, su amada hermana Emma.
En medio del festejo que se llevó a cabo en los salones de un exclusivo local de la ciudad, la pareja recorrió las mesas saludando a los invitados.
En ese instante, Julie escuchó que los oficiales conversaban acaloradamente sobre una guerra que desconocía.
—Ahora es el momento de demostrar al mundo que nuestra nación es grande; el presidente McKinley debe declarar la guerra.
Otro oficial, con cierta molestia:
—Cuba debe abrirse a nuestro comercio, pero mientras esté bajo la tutela de ese gobierno, eso no sucederá.
—Estamos preparados, el ejército dispone de hombres capacitados y del armamento para hacerlo. Nuestros buques son los más modernos del mundo. ¿Qué espera el gobierno? No lo entiendo.
En ese momento, uno de los oficiales de más alta graduación hizo presente su posición:
—Disfrutemos de esta velada; nuestras mujeres se van a disgustar —dijo mientras se levantaba y, tomando de la mano a su señora, le pidió que lo acompañara—. ¿Querida, bailamos?
—Por supuesto, querido, pensé que nunca me invitarías. ¡Y ustedes, jóvenes, disfruten de la velada!
—Háganle caso a mi señora. Nuestra patria en cualquier momento puede requerir de nuestros servicios, así que estas ocasiones deben disfrutarse. El apoyo de nuestra familia es nuestro sostén en la vida; por ellos luchamos.
Los otros oficiales, comprendiendo la veracidad de su comentario, se alejaron y se dirigieron al centro de la sala de baile con sus mujeres. Entre ellos estaban el teniente Bill Collins y Emma Brady.
La pareja llevaba un par de meses en una relación sentimental que había comenzado tímidamente con la atracción que ambos sintieron en el momento en que Bill conoció a Emma en su casa de Manhattan. Al principio, Bill ocultó este romance a su amigo porque pensaba que se molestaría. Aunque era un hombre joven, tenía una posición muy conservadora respecto a las relaciones de pareja y los acontecimientos de la vida, por lo que consideró que estaba siendo desleal al comenzar una relación sentimental con la cuñada de su mejor amigo.
Esas aprehensiones fueron completamente desechadas por Dylan, quien, al enterarse, se alegró por su amigo y lo felicitó, deseándole los mejores parabienes en su nueva relación sentimental.
—¿Y no me va a invitar a bailar? —preguntó Emma a Bill.
—No soy buen bailarín, pero, querida, si se arriesga a pasar algún bochorno conmigo —respondió en tono coloquial.
—Sí, me arriesgo —señaló con entusiasmo.
Luego, como muchas parejas jóvenes, disfrutaron de todas las divertidas actividades organizadas en el matrimonio.
—¡Ahora es el momento de los discursos! —exclamó don Oscar—. Solo quiero desearle la mayor felicidad a mi hija Julie y a su marido Dylan. Ella nos deja en este momento para comenzar una nueva familia, parece que fue ayer cuando la tenía en mis brazos. Junto a tu madre, estamos muy orgullosos de ti, hijita. En cuanto a ti, Dylan, te conozco desde que eras un bebé y para mí eres un hijo más. Ambos son unos chicos maravillosos, así que sé que Dios los va a bendecir con mucho amor.
Luego, don Oscar pidió que todos los asistentes tomaran sus copas y brindaran por la felicidad de ese matrimonio.
Se sucedieron los discursos de don James Stuart, padre de Dylan, de ambos padrinos y de los amigos de la pareja, con sus respectivos brindis.
Al otro día, los recién casados se levantaron temprano y, después de despedirse de sus familiares y amigos, se dispusieron a comenzar su luna de miel.
