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Con herramientas propias de la historia del libro, la sociología de la cultura y los estudios culturales, Kant en el kiosco analiza las múltiples transformaciones de la cultura del libro en la Argentina en la primera mitad del siglo XX. Ganador de la primera edición del Premio Ampersand de Ensayo en la categoría Cultura Escrita, este riguroso trabajo de Guido Herzovich se enfoca en el modo en que las estrategias de las editoriales, las prácticas de los lectores y los discursos de la crítica literaria y la publicidad se transformaron y reconfiguraron el espacio literario. Un espacio donde confluyen el origen y los modos de inserción de los escritores, el perfil de los editores y la organización de colecciones, los modos de distribución y la estructura de las librerías, el rol de crítica literaria y de la publicidad, y también las formas de consumo de los lectores, la visibilidad de sus prácticas y el imaginario de los intelectuales sobre las condiciones y las exigencias de la intervención cultural.
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Seitenzahl: 398
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Scripta Manent
Colección dirigida por Antonio Castillo Gómez
Guido Herzovich
Colección Scripta Manent
Buenos Aires
Herzovich, Guido
Kant en el kiosco : la masificación del libro en la Argentina / Guido Herzovich. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Ampersand, 2023.
Libro digital, EPUB - (Scripta Manent / Antonio Castillo Gómez ; 27)
Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-4161-97-0
1. Historia del Libro. 2. Edición de Libros. 3. Acceso a la Cultura. I. Título.
CDD 306.488
Colección Scripta Manent Primera edición, Ampersand, 2023
Cavia 2985, piso 1. C1425CFF – Ciudad Autónoma de Buenos Aires. www.edicionesampersand.com
© 2023 Guido Herzovich © 2023 Esperluette SRL, para su sello editorial Ampersand
Este libro fue el ganador en 2021 de la primera edición del Premio Ampersand de Ensayo en la categoría Cultura escrita, con un jurado conformado por Ana Mosqueda, José Luis de Diego y Antonio Castillo Gómez.
Edición al cuidado de Ana Mosqueda y Diego Erlan Corrección: Fernando Segal Diseño de colección y de tapa: Gustavo Wojciechowski Procesamiento de imágenes: Guadalupe de Zavalía Maquetación: Silvana Ferraro
Imagen de cubierta: Puesto de libros, c. 1960, Sameer Makarius
Digitalización: Proyecto451
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante el alquiler o el préstamo públicos.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-4161-97-0
1. Librería de Buenos Aires hacia 1960. Foto de Sameer Makarius
2. Ilustración de Antonio Mingote (Rico Oliver, 1981: 34)
3. Librería de Buenos Aires hacia 1904 (AGN 147431)
4. Arnoldo Moen en su escritorio (AGN 30574)
5. Kiosco de diarios y revistas en la esquina de San Juan y Boedo, sin fecha (AGN 320112)
6. Veinte poemas de amor, de Pablo Neruda, editado por Tor
7. Ex libris del bibliófilo Abel Cháneton en la contratapa de su libro Un precursor de Sarmiento (1934)
8. Publicidad de la colección policial “El séptimo círculo”. La Nación, 15 de diciembre de 1946, p. 3
9. Campaña de la editorial estadounidense Simon & Schuster para promocionar How to Win Friends and Influence People de Dale Carnegie
10. La Librería Harrods en 1950 (AGN 268738)
11. La calle de los cines de Buenos Aires hacia 1960. Foto de Sameer Makarius
12. Un puesto de diarios y revistas en 1938 (AGN 150841)
13. Un kiosco de diarios y revistas hacia 1960. Foto de Sameer Makarius
14. Publicidad de la librería Platero (Revista Por n.° 1, 1958)
15. Ilustración de Antonio Mingote (Rico Oliver, 1981: 31)
16. Puesto de libros hacia 1960. Foto de Sameer Makarius
17. Puestos de libros hacia 1960. Fotos de Sameer Makarius
18. Publicidad a doble página de la editorial y librería Anaconda. La Nación, domingo 29 de octubre de 1939, pp. 10-11
19. Una página de la sección bibliográfica del diario La Nación durante la “edad de oro del libro argentino”
20. El crítico Paul Groussac reta al poeta Leopoldo Lugones en una caricatura de la revista Martín Fierro de 1924 (n.° 5-6, p. 41)
21. Cuatro críticos de la revista Nosotros (AGN 5496)
Si uno considera que las infraestructuras han tenido siempre una influencia mayor sobre la lectura que uno u otro dispositivo, entonces no se trata tanto de preguntar si leeremos en papel o en línea o en algún dispositivo todavía inimaginable, sino por las interacciones a través de las cuales llegamos a los libros; y aún más importante, por las interacciones que nos incitan a desearlos.
Leah Price (What We Talk About When We Talk About Books, 2019, loc 2275)
Dos episodios aparentemente menores de la historia literaria me rondaron hasta que conseguí darle forma a esta investigación. Se trata de dos expediciones etnográficas a los suburbios de la literatura, separadas por poco más de medio siglo. La primera es de 1902, cuando el ensayista y sociólogo Ernesto Quesada reveló la existencia de un espacio de literatura popular de temática criollista, en buena medida desconocido para las elites letradas de la propia ciudad de Buenos Aires. En un largo ensayo titulado “El criollismo en la literatura argentina”, Quesada consignó decenas de pequeñas editoriales de versos y folletines, con centenares de autores y millares de lectores presuntamente migrantes e inmigrantes. En esa profusión de textos, autores y editoriales, no faltaba ni siquiera un sistema de prólogos donde “[e]stos poetas se inmortalizan unos a otros”. (1) Esta escena paralela, espejo siniestro del circuito letrado, no solo había encontrado lengua propia en el “cocoliche” fluctuante de los inmigrantes, mezcla de diversos dialectos italianos con el español popular, sino que además ostentaba un conjunto de prácticas particulares, que llevaban esos textos a un despliegue oral, callejero y erotizado.
La perplejidad que produjo el libro entre los grupos letrados fue momentánea y no pareció conmover ninguna certeza. En rigor, sin mengua de la curiosidad genuina de Quesada, que le permitió preservar muchos de esos cuadernillos y consignar prácticas lectoras diferentes –aun probablemente inventar algunas–, su voluntad no solo era de censura, sino que la censura ni siquiera se dirigía a esas prácticas. Quesada las registraba, en un tono parejamente sarcástico, para refutar a los literatos que imaginaban todavía la gauchesca como una corriente viva y auténticamente argentina, cuando quedaban ya pocos gauchos en la pampa profunda y la lengua popular resultaba irreconocible a causa de la inmigración. Dar por auténticamente argentino lo popular, aleccionaba Quesada, obligaba a acompañar las mutaciones del gaucho de la pulpería al bodegón de La Boca.
Miguel Cané, uno de los escritores más importantes de la Generación del 80, reaccionó enseguida a través de un género proverbial de la época: compuso una carta pública, la dirigió al autor y la hizo publicar en el diario La Nación el 11 de octubre de 1902. Había leído el libro con “creciente asombro”, decía, “porque parecía imposible, viviendo en mi tierra, curioso de las cosas del espíritu en todas sus formas, que pudiera ignorar, de una manera tan absoluta, la existencia de esa literatura ‘cocoliche’ que usted nos revela en toda su frondosidad y en toda su inepcia”. (2) A continuación, se comprometía a no leer nunca “ese fárrago de folletines encuadernados”. (3) La escuela se encargaría de extinguirlos; luego ese corpus, el “fondo Quesada” –así lo bautizaba Cané perentoriamente–, quedaría disponible para que lo exhumara un investigador del futuro, “antropólogo y filólogo a la vez”, cuando “sea esta una tierra completamente civilizada”. (4)
El episodio es revelador respecto de la visibilidad recíproca de estos modos de producción y apropiación literarios hacia 1900, cuya transformación en el siguiente medio siglo es uno de los problemas centrales de este libro. Optemos por creerle a Cané o desconfiar de su coquetería, es indudable que el circuito letrado afirmó en la práctica la inconmensurabilidad casi absoluta de estos textos con los “literarios”. No había posibilidad ni tampoco interés en poner en diálogo directo esos folletos con la literatura, ni a aquellos “millares de lectores” con la figura icónica que el imaginario ilustrado llamaba “el lector”. A esos impresos ni los recogió el comentario ni los conservó la biblioteca pública. Si algunos se salvaron, al igual que las baladas infames de la Inglaterra isabelina que preservó el archivo de la censura, fue por un motivo heterónomo: la vocación antropológica y archivística del propio Quesada y de Robert Lehmann-Nitsche, un investigador alemán que pasó tres décadas en el país. Sus colecciones personales pasaron a formar parte del Instituto Iberoamericano de Berlín, donde hoy se encuentra el único repositorio público de esa literatura.
La profecía de Cané resultó parcialmente cumplida (o bien autocumplida). Tuvieron que cambiar muchas cosas para que la crítica literaria, ocho décadas después, pudiera finalmente leer esos folletos. Es significativo que haya sido el crítico Adolfo Prieto el que los consultó en Berlín para escribir El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna de 1988, en una década en que el debilitamiento de los presupuestos “modernistas” (en el sentido sajón) y el auge de los estudios culturales –esa combinación de antropología y filología que esperaba Cané en 1902– transformaron las preguntas y ampliaron el espectro de los intereses de la crítica.
En rigor, el interés por la transformación de los públicos y por las prácticas populares de lectura había marcado los primeros trabajos de Prieto, de los que luego se alejó. Treinta años antes de esta exhumación tardía, había emulado al propio Quesada y se había lanzado a los “suburbios literarios” con una pila de encuestas y la determinación de averiguar qué se leía, cómo se lo leía y de qué manera (si acaso) se actuaba a partir de lo leído. Con 27 años y un doctorado en literatura española, Prieto no tenía ninguna inclinación metodológica previa para la tarea que se proponía; salió al suburbio de la literatura como una necesidad o una exigencia, podríamos decir, que emanaba de la propia tarea de la crítica literaria. Corría 1955: la industria del libro llevaba casi dos décadas de vertiginosa expansión; los intelectuales, moldeados casi todos por un imaginario liberal y humanista, intentaban preservar o reinventar su lugar en una sociedad transformada por la conjunción, solo en apariencia fortuita, de la masificación de la cultura y la década peronista, recién interrumpida por un golpe de Estado. La expedición etnográfica de Prieto es el segundo de los episodios a los que me referí al principio.
En su libro de 1988, Prieto comparó la efervescencia de la escena criollista con la literatura “oficial” en el cambio de siglo y llegó a “la casi desconcertante conclusión de que el espacio de la cultura letrada apenas si modificó sus dimensiones en esos treinta años cruciales”: de 1880 a 1910. (5) Era tan baja entonces la visibilidad recíproca entre esos “campos de lectura” –el término es suyo–, que un análisis que buscara “establecer sus zonas de fricción y de contacto, puntos de rechazo y vías de impregnación” estaba condenado casi exclusivamente a la especulación. (6) Medio siglo después, cuando salió él mismo al suburbio literario en 1955, Prieto no consignó ni libro ni género alguno de cuya existencia no tuviera noticia: eran los mismos libros que veía en las librerías donde adquiría los suyos, editados a menudo por las casas editoriales que publicaban los que leía él. Libros que con frecuencia aparecían en las listas de best sellers, que declaraban su “popularidad” en la tapa, en una faja o en la página de información: enésima edición, tantos ejemplares vendidos.
También Prieto, como Quesada, se vio en parte empujado hacia los públicos populares en busca de respuestas para los interrogantes de la “literatura argentina” como proyecto inacabado, todavía bajo el influjo de un imaginario que hacía de la literatura nacional una promesa de cohesión social y de progreso. Pero fue hacia ellos, en primer lugar, porque había llegado entonces a otra “desconcertante conclusión”, inversa a la que se desprendía del archivo criollista: los lectores populares y sus prácticas tenían ahora una influencia enorme y evidente sobre la totalidad de la vida social del libro. (7) Ya no podía hablarse en ningún sentido de un “espacio de la cultura letrada” más o menos autónomo. Y, sin embargo, aunque Prieto reconocía sin dificultad los libros que veía en el suburbio, su Sociología del público argentino (1956) es un testimonio a la vez perplejo e indignado de la frontera infranqueable entre las prácticas y los discursos de esos lectores, y los que esperaba y les exigía él. El único lenguaje que Prieto poseía para hablar de literatura argentina, o quizás el único que estaba dispuesto a hablar y a entender, era ahí una lengua extranjera.
Los cuestionarios, luego de muchas reticencias, fueron consultados a medias por los lectores de este grupo, o más comúnmente dejados en blanco; cuando se recurrió al arbitrio de simular el cuestionario entre los vaivenes de una conversación, no se consiguió un éxito mayor; veíamos a menudo una docena o más de libros puestos sobre un estante, pero su poseedor no se atrevía a dar razón de ellos. (8)
A pesar del fracaso de la encuesta, Prieto concluyó que “el libro ha hecho una irrupción, lenta y extraordinariamente desordenada, pero irrupción al fin, en un ámbito que hasta no hace mucho tiempo le era extraño”. (9) Es una frase notable, en la que el libro es la parte activa y el lector y el territorio son susceptibles de conquista. Subyace a ese giro, además del análisis bélico de Arnold Toynbee de las “campañas” de alfabetización modernas, (10) el imaginario entonces corriente de “la acción del libro”, que espeja aquel otro de “la acción de la cruz”. Pero el “desorden” que percibe Prieto en la “irrupción” del libro delata, en rigor, la crisis de ese imaginario. El libro había llegado al suburbio desprovisto del conjunto de prácticas y discursos que habían permitido imaginarlo como la sinécdoque de un gran proyecto (bio)político. No era claro si había conquistado tierras salvajes, o si en cambio lo tenían cautivo.
En 1955, aun con el peronismo depuesto, casi nadie podía esperar que la escuela erradicara esas prácticas y formara finalmente los lectores (es decir: los ciudadanos) soñados por la república de las letras, como confiaba Cané todavía en 1902. Muchos de los mismos intelectuales que habían sostenido el imaginario humanista de la “acción del libro” en las últimas décadas, imposibilitados de actuar desde la universidad o el Estado, habían sido y eran todavía editores y directores de colección en las nuevas editoriales, construidas a imagen y semejanza de ese público heterogéneo y confuso. Uno de ellos, el filósofo Francisco Romero, que trabajó muchos años para la editorial Losada, se refirió en 1958 a las dificultades que producía este estado de dispersión para “una política del libro”, de consecuencias tanto pedagógicas como económicas. Lo hizo, significativamente, cuando lo invitaron a inaugurar la sede argentina de la editorial estatal mexicana Fondo de Cultura Económica.
Para mí ha sido desde hace años un inquietante misterio el del destino de los muchos miles de ejemplares de la Crítica de la razón pura que se han impreso en Buenos Aires, no solamente aparecidos en colecciones filosóficas, sino también en ediciones económicas de gran tiraje que se venden hasta en los quioscos de las estaciones ferroviarias. Pero este es solo un ángulo curioso de la cuestión, interesante porque muestra hasta qué punto el lector es un enigma. (11)
Estos dos episodios permiten formular del modo más general el principal problema de Kant en el kiosco, a la vez conceptual e histórico: cómo se ha transformado, en el proceso de masificación, la relación entre la circulación de los libros y las formas de elaboración de sus modos de apropiación. Este libro es una crónica y un esfuerzo de conceptualización de los pasos a veces muy pequeños de esa transformación, bajo la hipótesis de que ella permite articular la relación interdependiente entre la transformación de las infraestructuras, la de los comportamientos y la de los discursos en la vida social del libro. Es a la vez un análisis más amplio –en cierto modo, más específico– sobre el modo en que intervinieron en ese proceso las prácticas de la crítica y los imaginarios de intervención de los intelectuales. Y es también, en el posfacio, un intento de mostrar que el análisis histórico de esa transformación clave ilumina algunas de las características que está imprimiendo en la existencia del libro el giro algorítmico actual.
El argumento trabaja por eso en la encrucijada de varias disciplinas: la historia del libro y la lectura, la historia de la crítica y la historia intelectual, la historia de los medios y de la publicidad, pero también los estudios sobre la emergencia de la cultura de masas y la sociología de la cultura.
A diferencia de muchos estudios sobre la cultura de masas, aquí no investigo un tipo de artefactos o de modos de producción específicos. Entiendo el proceso de masificación como una transformación general de las formas de organización y segmentación de los libros y de los públicos, que afectó todos los aspectos de la vida social del libro: el origen y los modos de inserción de los escritores; el perfil de los editores y la organización de sus colecciones; los modos de distribución y la estructura de las librerías; el rol de la crítica literaria y de la publicidad; las formas de consumo de los lectores, la visibilidad de sus prácticas y el imaginario de los intelectuales sobre las condiciones y las exigencias de la intervención cultural.
Para investigar las relaciones e interdependencias entre actores y fenómenos que suelen estudiarse por separado, tuve que desarrollar un lenguaje conceptual que permitiera pensarlos conjuntamente. Este esfuerzo podría pensarse como una suerte de teorización desde abajo, en el sentido de que la apuesta no es visibilizar un conjunto nuevo de acontecimientos o materiales a la luz de un concepto consagrado –un modelo de investigación igual de legítimo–, sino antes bien, inversamente, trabajar con acontecimientos más o menos conocidos en sus respectivos campos, pero articulados en figuras poco habituales, lo que supone buscar nuevos conceptos y, según espero, permitirá nuevas explicaciones. Este segundo modelo me pareció particularmente necesario para analizar una transformación como esta, en razón de que la disponibilidad de grandes conceptos –“masificación”, “modernidad”, “modernización”, “mercantilización”, “entretenimiento”, etcétera– tiende a menudo a ocultar la red compleja de articulaciones coyunturales que dieron un perfil específico a cada momento y permiten dar sentido a las formas, las experiencias y las fantasías de un período. Dicho de otro modo, lo que me interesa investigar son las transformaciones de las infraestructuras y las prácticas que el concepto de “masificación” supone y a menudo oculta.
Esto puede advertirse con claridad en lo que toca a la relación entre las transformaciones del libro y las de la crítica. En cada uno de estos campos, fenómenos de importancia reconocida para las prácticas y dinámicas del espacio literario tuvieron lugar en el período que cubre este trabajo, pero la conexión entre ellos casi no ha recibido atención. La “irrupción de la crítica”, fenómeno de expansión y visibilización del discurso crítico que la historia literaria suele fechar a comienzos de la década de 1950, a menudo alrededor de la revista Contorno (1953-1959), parece haber tenido lugar por casualidad hacia el final del período que los historiadores del libro llaman la “época de oro del libro argentino”, un vertiginoso proceso de tres lustros en que la industria local sextuplicó la cantidad de títulos y multiplicó por 17 la cantidad de ejemplares impresos. No se trata únicamente de que un número mayor de libros requiriera una cantidad más numerosa de críticos y reseñistas; una expansión proporcional no tendría por qué haber transformado ni su lenguaje ni su visibilidad, ni haber hecho de la crítica un discurso de conflictividad inédita y una plataforma privilegiada de intervención, ni permite explicar qué ha llevado a sucesivas generaciones de críticos a confrontarse incesantemente con un conjunto de intervenciones de estos años como un momento épico y fundacional. En el esfuerzo de pensar de manera conjunta estos fenómenos fui ampliando y definiendo el camino de la investigación y desarrollando las hipótesis, que intentaré adelantar aquí mientras presento la estructura del libro.
En la primera parte, “La masificación del libro”, analizo los pasos que dio la vieja tecnología del libro para entrar en la era de la comunicación de masas. Para eso propongo una historia de las principales estrategias de publicación del período, con atención particular al modo en que se articularon con los públicos y con sus prácticas. El mejor modo de entender cómo se dio esta transformación es observar el tipo de sinergias que buscó cada proyecto, en cada momento histórico, entre las publicaciones autónomas (los libros) y diversas publicaciones periódicas: cuadernillos, folletines, revistas o diarios, luego la radio o la televisión. Como los impresos periódicos y los kioscos de diarios, según se sabe, ampliaron antes el número y el espectro social de sus consumidores (y mantuvieron una popularidad mayor durante muchas décadas), resulta lógico que la popularización del libro haya hecho pie en esos modelos y espacios. En los años veinte, emprendimientos editoriales pequeños como Claridad o Babel pasaron de publicar cuadernillos periódicos con textos completos para vender en los kioscos de diarios, a dividir su producción en dos: por un lado, un conjunto de libros con menor o ninguna periodicidad que se vendían en librerías o por suscripción, y por otro, una revista de actualidad, de aparición periódica, que servía de órgano de cohesión y de información para la totalidad de los destinatarios de su producción. Al dividir y articular así su producción, sin embargo, articularon también dos espacios de consumo literario –el kiosco y la librería– que habían estado hasta entonces altamente diferenciados en cuanto a los materiales que ofrecían y los públicos que hacían su consumo en cada uno de ellos.
En esta década y en la siguiente, algunas editoriales empezaron a organizar sus libros en colecciones, más audaces o dinámicas según el caso; construyeron series para generar un interés conjunto que pudiera perseguirse de un libro a otro, y por lo tanto imantar un público y hacer la venta más previsible y fluida. Las nuevas editoriales que se fundaron en Buenos Aires a partir de los años treinta –proyectos de gran envergadura y operaciones transnacionales como Emecé o Sudamericana– tenían en circulación en cada momento una cantidad de títulos tan enorme y diversa, dirigida a un conjunto de públicos tan heterogéneo, que necesitaron en cambio desarrollar una sinergia mucho más compleja y flexible que sus predecesoras históricas.
Los cambios en la producción y distribución de los libros y la dispersión de los consumidores en la ciudad, efecto de las transformaciones demográficas y urbanas, tendieron además a homogeneizar la oferta de las librerías, que si hasta los años veinte eran reductos para iniciados, ahora se volvían espacios mucho más hospitalarios para públicos y consumos diversos. El análisis de las sinergias y las estrategias de serialización permite observar así el debilitamiento progresivo de las fronteras materiales que existían entre los libros y entre los públicos a principios de siglo, tal como muestra el episodio de Quesada y Cané en 1902. La separación estaba dada tanto por las características físicas de los objetos como por los espacios donde se los vendía, lo que a su vez estaba asociado a modos de uso más o menos heterogéneos en cuanto a las razones para leer, las maneras de leer o los modos de conservar o circular lo leído. No es posible entender la inconmensurabilidad simbólica entre los diversos artefactos literarios sin tener en cuenta estos aspectos extremadamente concretos de su existencia social.
Los nuevos proyectos popularizaron no solo el libro, al volverlo más disponible en el espacio y más accesible en precio, sino también ciertos valores y prácticas hasta entonces más restringidos de la cultura literaria, como su intemporalidad, la importancia de coleccionarlos y exhibirlos, o la relativa autonomía de la experiencia de lectura. Inversamente, la cultura literaria se vio crecientemente atravesada por el valor y la urgencia de lo nuevo, el carácter ostentatorio de la posesión de ejemplares, o la legitimidad creciente de formas de apropiación y géneros cuya vinculación con el tiempo libre –con el ocio–, en tanto conquista a la vez personal y social, se explicitaba de manera cada vez más franca en los diversos estadios de su circulación.
El debilitamiento de esas formas de segregación es perceptible en los sellos, en las colecciones, en los géneros y en los espacios de venta: en todos estos “espacios” la heterogeneidad es mayor y más flagrante. Este proceso produjo un fenómeno de creciente indiferenciación material y espacial entre los libros y entre los públicos, lo que implicó formas de visibilidad e interdependencia inédita entre ellos.
En la segunda parte, “La indiferenciación de los públicos”, muestro uno de los efectos de ese proceso: la crisis de las ideas humanistas sobre el lector y la lectura, que analizo y contextualizo a partir de una serie de intervenciones donde se afirma el carácter confuso y misterioso del público argentino y del lector contemporáneo. La más elaborada, y la que analizo con mayor profundidad, fue la Sociología del público argentino (1956) que publicó el joven Adolfo Prieto, primer vocero de “la nueva generación intelectual”. Más que la obsolescencia de un saber exacto, lo que indican estos textos es la caída de un presupuesto de transparencia: la vocación del lector y las motivaciones del acto de lectura, protegidas de su propia realidad multiforme por la hegemonía del discurso humanista, emergían ahora a primer plano en la expansión omnívora de la industria editorial y las transformaciones sociales de la década peronista. Exploro así las necesidades, las fantasías y los instrumentos con que los intelectuales, en particular los jóvenes, se acercaron al público como un enigma de enormes consecuencias, y que ya no era posible hacer a un lado como lo había intentado Cané. Estaban ahora en juego, entre otros problemas clave, el lugar de la cultura literaria en la era de su circulación masificada, el destino de la función pedagógica tradicional de la tarea intelectual ante la legitimidad creciente de usos heterogéneos de la lectura, el papel de las revistas literarias en la “organización” del público. Este capítulo es por lo tanto un acercamiento descentrado a la generación de la revista Contorno, que intenta mostrar de qué modo la indagación sobre el público aspiró a volver inteligible, para grupos de jóvenes que llegaban a la cultura literaria cuando su promesa parecía diluirse, el universo de acción en que intentaron redefinir la dimensión política de la literatura.
Fig. 1. Librería de Buenos Aires hacia 1960. Foto de Sameer Makarius. “Los únicos comercios que gozan en Buenos Aires la franquicia de mantener sus puertas abiertas hasta altas horas de la noche son las librerías. Todas estas librerías nocturnas cuentan con mesas consagradas, de manera exclusiva, a la venta de ediciones populares accesibles a las economías más modestas. Hurgar en estas mesas, hojear sus libros, es uno de los entretenimientos predilectos del paseante nocturno de la ciudad” (epígrafe de Córdoba Iturburu, en Makarius, 1960: s/n).
En la tercera parte, “La génesis de una infraestructura discursiva”, investigo el desarrollo de la función publicitaria de las “solapas” de los propios libros, la multiplicación de la publicidad editorial en los diarios, y la presencia crecientemente ubicua de la reseña en publicaciones de todo tipo. Mi hipótesis es que la transformación de estos espacios y géneros debe entenderse, de manera conjunta, como una reacción frente al relativo debilitamiento de las formas espaciales y materiales de segmentación. Jalonada por actores diversos, esta red pasó a cumplir una función crecientemente importante para la circulación de los libros y de la literatura, en un sentido a la vez material y simbólico: necesaria no solo para que los libros pudieran reunirse materialmente con los lectores, sino para que estos últimos tuvieran el deseo de apropiárselos y pudieran darle a su experiencia con ellos algún tipo de sentido social o comunitario.
Un aspecto significativo de este proceso es la centralidad que adquirió la crítica como plataforma de intervención cultural, al tiempo que la virulencia polémica se volvía una de sus características más visibles. En estos años, las secciones de reseñas de los principales diarios se regularizaron y ampliaron; ocuparon un lugar mayor en las páginas y los suplementos culturales, e incluso arrastraron el contenido general hacia el comentario de novedades. Proliferaron al mismo tiempo pequeñas revistas literarias que concedían enorme relevancia a la crítica literaria, tanto en la asignación de espacio como en la grandilocuencia con que reivindicaban su función y sus obligaciones. Ubicua, la crítica se volvió el principal género de inserción de nuevos participantes –como antes lo había sido la poesía–, por lo tanto, el que cultivaba el espectro más heterogéneo de colaboradores, y su deontología convocó casi todas las firmas, constantes reclamos de honestidad y compromiso, indignación y llamados exasperados a actuar contra la confusión, la indiferencia y la corrupción reinantes. Tan fomentada como deplorada, esa virulencia es testimonio de la importancia del discurso crítico pero también de la influencia decreciente de escritores e intelectuales en otros aspectos de la vida social del libro, en tanto el desarrollo industrial de su producción y comercialización –editoriales que eran grandes empresas y diversificaban sus influencias, librerías que se dirigían a públicos heterogéneos– fue percibido a menudo como un proceso de mercantilización, es decir, bajo la certidumbre de que el movimiento editorial operaba según valores e intereses ajenos a la cultura literaria. En ese contexto, tanto las exigencias como las esperanzas que recayeron sobre la crítica resultaban inéditas.
Es debido a la estabilidad y la importancia de la función de estos espacios discursivos que propongo referirlos, en el contexto de una sinergia moderna que es consustancial con la masificación del libro, como infraestructuras. Según el antropólogo Brian Larkin, las infraestructuras “son redes instaladas que facilitan la circulación constante de bienes, gente o ideas y permiten su comercio a través del espacio”. (12) El concepto de infraestructura ha sido reelaborado en los últimos años a partir del trabajo de antropólogos y sociólogos, que lo aprovecharon para pensar lo que podríamos llamar infraestructuras blandas: no ya redes viales, ferroviarias o eléctricas –infraestructuras en el sentido más tradicional– sino conjuntos más complejos y heterogéneos de actores humanos y no-humanos de los que depende, como dice Larkin, la circulación de algo, sea material o simbólico. Incluso la sociabilidad más o menos estable de un grupo de mujeres de El Cairo puede pensarse como una “infraestructura social de canales comunicativos”, en la medida en que la información y las redes que genera son aprovechadas para otros fines sociales o económicos. (13)
Mi propuesta es que la crítica se vuelve una infraestructura en la medida en que el proceso de masificación tiende a desacoplar la circulación material de los libros de los espacios donde se elaboran y difunden sus modos de apropiación, es decir, el conjunto de prácticas –de consumo, de lectura, de intercambio– que determinan su vida social. En los años del episodio de Quesada y Cané que referí al comienzo, la vida social del libro literario tenía en la librería –en rigor, en un puñado de librerías céntricas cuyo modelo llamo aquí la Librería Total– un anclaje espacial casi completo. El librero, a menudo extranjero, era fuente de novedades literarias, importaba de manera directa libros europeos, mandaba a imprimir a Francia o España las ediciones de autor de los escritores locales, los visibilizaba al concederles un lugar en su vidriera –lo que suponía una primera consagración– y ofrecía un espacio para la tertulia entre figuras de la cultura y la política.
Consideradas como parte del proceso de masificación del libro, las sinergias con publicaciones periódicas que investiga este libro se revelan como estrategias sucesivas y aun superadoras para hacer lugar a una proliferación e interacción de modos de apropiación crecientemente diversos y conflictivos. En rigor, el giro que va de las formas de segregación espaciales a las formas de segmentación discursivas de los libros y los públicos, en la medida en que favorece la convivencia y la visibilidad recíprocas, no solo permite sino que tiende a potenciar la diversidad y la conflictividad de los modos de apropiación.
Este fenómeno puede describirse como un movimiento doble de unificación mercantil y fragmentación de las prácticas, que la sociología de la cultura ha considerado inherente a la cultura urbana en las sociedades de masas capitalistas. Pensar en este marco el discurso de la crítica permite advertir un conjunto de condiciones que hicieron posible los desarrollos singulares que la historia de la crítica ha investigado con preferencia. Permite preguntarse, por ejemplo, no solo cómo intervinieron en ella los intelectuales y los escritores, sino por qué la crítica literaria alcanzó rápidamente una centralidad, una visibilidad y una virulencia polémica que no dejó a nadie indiferente, al merecer una inversión inédita de tiempo y energía de casi todas las plumas de la época. En última instancia, por qué fue un espacio de intervención privilegiado y poderoso, como no lo había sido nunca antes y como probablemente no ha vuelto a serlo hasta ahora.
Mi esperanza, sin embargo, es que estas investigaciones e hipótesis sobre la masificación contribuyan a pensar también las transformaciones contemporáneas del libro. Después de varias décadas de discursos crepusculares, todo indica que la era de las pantallas no acabará con el libro, y ni siquiera con el libro impreso –mucho menos con la literatura–, sino precisamente con el libro masificado que analiza Kant en el kiosco. La internet de las plataformas y los algoritmos está potenciando nuevamente tanto la unificación como la fragmentación del universo del libro, porque multiplica de manera inédita los títulos disponibles –sea para adquirirlos en papel, descargarlos en digital o escucharlos en audiolibro– pero a la vez construye espacios de visibilidad crecientemente personalizados a partir de un conjunto de “datos” de los usuarios. Buena parte de las prácticas que organizan la vida social e incluso la existencia misma del libro –tanto digital como impreso– están mediadas, de manera creciente, por dinámicas algorítmicas que operan detrás de los sitios de compra o suscripción, las redes o sitios donde se postean, reseñan o recomiendan, y de los navegadores a través de los cuales accedemos incluso a las notas de diarios y revistas. La infraestructura algorítmica, hoy altamente centralizada, parece encaminada por eso a deshacer la separación entre los “espacios” de circulación de los libros y los “espacios” donde se elaboran, disputan y difunden las prácticas del libro. El posfacio, “El fin del mercado de masas: de la segregación espacial al filtrado algorítmico (1900-2022)”, intenta pensar algunas de las consecuencias de estas transformaciones para la cultura del libro.
1. Quesada (1983: 66).
2. Ibid., pp. 231-232.
3. Ibid., p. 237.
4. Ibid., p. 8.
5. Prieto (2006).
6. Ibid., p. 13.
7. Prieto (1956a: 80-81).
8. Ibid., p. 102.
9. Ibid., pp. 102-103.
10. Toynbee (1951).
11. Romero (1958: 2).
12. Larkin (2013: 328).
13. Elyachar (2010: 460).
Uno de los mejores empleados del Palacio del Libro, el señor Hojman, ofrecía a una ilustre dama argentina, en mi presencia, varios libros de autores nacionales. La dama contestó: “¿Libros argentinos? No, joven... No están a la altura de las mujeres. Prefiero leer a Anatole France, a Marcel Proust, a Nietzsche, a Giovanni Papini, a D’Annunzio. Son autores menos pretenciosos que los argentinos”. “Algunos…”, insinuó el librero. “Sí, joven, algunos... Pero yo no puedo perder tiempo en buscar violetas entre los cardales”.
Juan José de Soiza Reilly
(Última Hora, 10/5/1926, p. 5., citado en Gasió, Que sean libros en blanco, 2011, p. 113)
En el número de junio de 1934, en su sección de notas misceláneas, a continuación de una noticia breve que pedía “Por la pureza del lenguaje en las transmisiones radiofónicas”, la Academia Argentina de Letras informó en su Boletín:
Declaración motivada por la venta de libros al peso. — La Academia en fecha 7 de junio ppdo. acordó hacer pública la siguiente declaración: “En conocimiento de que un comercio de esta plaza ha iniciado, con gran despliegue de propaganda, la venta de libros al peso, equiparando así la producción intelectual a una vil mercancía, la Academia Argentina de Letras, asumiendo la natural función que le corresponde en el sentido de velar por la dignidad del pensamiento y el respeto a sus manifestaciones entre nosotros, resuelve llamar la atención pública acerca de un hecho que resulta tan denigrante para la cultura nacional, que no tiene precedentes en ningún país ni en ninguna época y que de ser conocido en otras partes, arrojaría verdadero descrédito sobre la faz moral de la República. En nombre del decoro espiritual de la Argentina, la Academia cree, pues, de su deber de exhortar al público lector de Buenos Aires, en cuya educación de sentimientos confía plenamente, a no fomentar con su favor una iniciativa de esta naturaleza, cuya prosperidad significaría un desmedro muy sensible para el legítimo prestigio de nuestro pueblo. (1)
Una suerte de contrariedad recorre el texto. La Academia “confía plenamente” en el público, pero sin embargo ha decidido intervenir; al fin y al cabo, es en la censura de los comportamientos perniciosos donde la Academia encuentra su función. Pero la amonestación pública de una transgresión tiene fatalmente un efecto consagratorio, y por eso la declaración omite deliberadamente el cómo y el quién. La historiografía del libro vino a paliar este pudor insidioso:
Allá por 1930 –escribía en 1974 el historiador del libro Domingo Buonocore–, [Juan] Torrendell instaló una librería en la calle Florida –luego pasó a la calle Maipú– con el objeto de comercializar al menudeo obras de su sello propio. Fue por entonces que tuvo la peregrina ocurrencia de vender los libros por kilogramo, a cuyos fines colocó en su comercio, con gran despliegue de propaganda, lujosas balanzas sobre los mostradores. (2)
Pero el episodio es más ambiguo, en parte por su fragmentariedad y en parte porque está en disputa la causa original del conflicto, lo cual vuelve significativa esa ambigüedad. También sus protagonistas son significativos: se trata tal vez de la primera de una serie de impugnaciones de las prácticas de la Editorial Tor, que según las cuentas de Carlos Abraham llegaría a ser “la mayor editorial que haya existido en América Latina”: (3) en medio siglo de existencia (1916-1971), Tor publicó un total aproximado de diez mil títulos en libros y dos mil revistas. A pesar de estas dimensiones, “a esta editorial no la tiene en cuenta ningún cronista –escribió en 1965 el editor y militante nacionalista Arturo Peña Lillo–, por constituir una página negra en la historia editorial”. (4)
Fig. 2. Ilustración de Antonio Mingote (Rico Oliver, 1981: 34).
Pero Peña Lillo, mal que mal, y aunque sin citar el episodio de 1934, estampó el nombre de Tor, que desde entonces se ha ido volviendo insoslayable para la historiografía editorial. Buonocore, por ejemplo, que la había omitido en su Libreros, editores e impresores de Buenos Aires, de 1944, la consignó sin embargo en la ampliadísima reedición del 1974 que cité más arriba, aunque refrendando en buena medida las razones que habían animado su omisión. A medida que mutó el lugar de Tor, también el sentido del episodio de 1934 se ha ido modificando. En 1996, Leandro De Sagastizábal incluyó, en un paréntesis, una segunda versión: “(Según el testimonio personal de un nieto del editor se había tratado de una ironía, un acto de repudio a la censura que habían sufrido algunos títulos publicados por él)”. (5) En 2015, en una nota al pie, José Luis de Diego completó esta inversión: “Según he oído, Borges fue uno de los pocos que salió a defender a Torrendell, pero no pude corroborar el dato”. (6)
En ambos casos se trata de rumores, confinados a los márgenes del archivo histórico –un paréntesis, una nota al pie–, pero que se han vuelto no solo verosímiles sino también deseables. Torrendell ha pasado de ofensor a humillado, y la historiografía del libro ha tomado a su cargo reivindicarlo. El relato de su nieto hace de él un vanguardista, más parecido al Oliverio Girondo que en 1932 salió por los barrios a vender su Espantapájaros detrás de una carroza funeraria, que al mercenario que acortó su apellido “para ahorrar la tinta del resto de las letras”. (7) La venia de Borges consagra este giro. Si Torrendell equiparó “la producción intelectual a una vil mercancía”, como lamentó la Academia Argentinas de Letras, los investigadores actuales juzgamos que actuó así solo en la medida en que el mercado representaba entonces una instancia más democrática que el elitismo del campo cultural de entonces: la “equiparación” no denunciaba el estatuto de excepción de la obra de cultura sino el protocolo de desigualdad que segregaba los libros “populares” de los libros “cultos”.
Las transformaciones de la mirada crítica permiten advertir el arco mayor del conflicto histórico, que llega hasta hoy. Más allá de si hubo o no impugnación a “algunos títulos” específicos de Tor, anterior al episodio de la venta al peso, lo significativo es que la declaración de la Academia ocurrió en un momento de plena expansión, a la vez que de transformación cualitativa de los títulos, la organización de su oferta y los canales de distribución de Tor. Yuxtapuesta a la que vela por la pureza del lenguaje radial, se advierte en ambas una misma preocupación por la propiedad de los instrumentos de la cultura letrada: la lengua pública, la palabra impresa. Esa preocupación general, sumada a la tensión entre lo que se saca a la luz (el pecado) y lo que se deja en la sombra (el pecador), señala además que estaba en juego la visibilidad creciente de usos que no se ajustaban a la norma culta. Así, el episodio es menos demostrativo de la “peregrina ocurrencia” (Buonocore) o las “extrañas modalidades” (De Sagastizábal) de Torrendell, que ejemplar de ciertas transformaciones de la época, que sus “lujosas balanzas”, en efecto, sacaban a la calle “con gran despliegue de propaganda”. La política, que de hecho está en el origen de la literatura argentina, podía sonar todavía armoniosamente entre las cosas de la imaginación, a diferencia de lo que opinó Stendhal; los platillos no, al menos no los platillos de una balanza.
Hasta principios de los años treinta, según Carlos Abraham, Tor “resulta indistinguible de la pléyade de editoriales argentinas del momento”. (8) Juan Torrendell era un editor más o menos típico entre los que protagonizaron el “boom del libro barato” en los años veinte, como Samuel Glusberg, Antonio Zamora o Manuel Gleizer. Inmigrantes ya aclimatados, de origen humilde, sin capital cultural ni monetario, comenzaron a publicar libros baratos y de buena factura porque advirtieron, además de las condiciones técnicas y económicas para hacerlo, las expectativas insatisfechas tanto de los nuevos públicos como de ciertos productores más o menos legitimados por la cultura letrada, a la que aspiraban aquellos. Su actividad, en efecto, puede pensarse como una alianza entre unos y otros.
A partir de estrategias diversas y relevantes en sí mismas –como veremos en el próximo capítulo–, estos pequeños emprendimientos efectivamente popularizaron el libro, según ha mostrado la historiografía editorial. (9) Pero su actividad también cumplió un rol inverso y complementario: adecentó el libro popular, que en rigor no tenía nada de nuevo.
El aparente sofisma de esta formulación doble –que sea posible popularizar algo que ya tenía existencia popular– toca el corazón mismo del problema. La cuestión no reside en la definición abstracta de qué es un “libro” entre las formas de encuadernar hojas de papel con inscripciones, por otra parte no tan numerosas; es cierto, sin embargo, que la definición actual de la Unesco no considera como libro el formato común de los impresos populares que circulaban en la Argentina desde las últimas décadas del siglo XIX: los juzga, en su mayoría, folletos, en razón de que rara vez alcanzaban las 49 páginas. (10) La cuestión de qué es tenido en cuenta como “libro”, de la que derivan sus aparentes movimientos de ascenso o descenso –adecentamiento o popularización–, depende en primer lugar de las formas de circulación, de visibilidad y de legitimidad entre circuitos de impresos más o menos heterogéneos. La transformación de los años veinte debe pensarse por eso en relación con el debilitamiento de las fronteras materiales que organizaban el espacio del libro hasta entonces.
Desde las últimas décadas del siglo XIX, la existencia de un espacio creciente de cultura popular escrita “surgido masivamente de las campañas de alfabetización”, (11) si bien no fue en absoluto invisible para los sectores letrados, escapó a la obliteración prácticamente perfecta para dejar apenas algunos gestos de escarnio y otros de vértigo. Al desarrollo exponencial de ese circuito entre 1880 y 1910, Adolfo Prieto contrapuso “la casi desconcertante conclusión de que el espacio de la cultura letrada apenas si modificó sus dimensiones en esos treinta años cruciales”. (12) De ahí la dificultad de “establecer [las] zonas de fricción y de contacto, puntos de rechazo y vías de impregnación” entre circuitos que Prieto conceptualizó como “campos de lectura” diferenciados. (13)
Los principales garantes de esta segregación de espacios, y por lo tanto de la existencia social relativamente custodiada del libro letrado, fueron las pocas librerías elegantes que había en el centro.
Los dos santuarios de peregrinación de los lectores cultos estaban en el breve espacio de las cuatro solas cuadras de Florida verdaderamente animadas por el tránsito y el comercio. Eran la librería de Arnoldo y Balder Moen y la de Espiasse, cuyo fondo lo formaban principalmente libros franceses. (14)
Un puñado de librerías céntricas constituían entonces una suerte de “institución total”, si se permite un uso muy laxo de la noción que acuñó Erving Goffman para aquellas que aspiran a supervisar las vidas de sus huéspedes en la totalidad de sus aspectos. (15) Ese era el caso de la Librería Total: información, importación, publicación, visibilización, venta y socialización del libro estaban centralizadas en una unidad espacial circunscripta.
Estas librerías eran una extensión de la figura de sus dueños, siempre de origen europeo; la librería, hasta la Primera Guerra, era fundamentalmente un negocio de importación. Tan así que fue habitual que los libreros franceses –Espiasse, Lajouane– se ocuparan de libros franceses; los italianos –Cantiello, los hermanos Albasio, Fratelli Treves–, de libros italianos; y las de José Bosch y Juan Bonmatí, “dos librerías importantes dedicadas al libro español”, eran “atendidas, como es de suponer, por comerciantes oriundos de la madre patria”. (16) Todavía en 1913, en vísperas del conflicto que hará caer la oferta europea de impresos y desencadenará un proceso de sustitución, cuando el español Pedro García, recién inmigrado, decidió instalar la librería icónica y luego también editorial El Ateneo, su primer paso fue viajar a España y a Francia para hacer acuerdos. (17) Era rutina que al entrar en sus pequeños templos se hallara a estos libreros redactando correspondencia; así, no solo eran fuente de las novedades europeas sino también responsables de su importación, a menudo en diálogo con su mejor clientela. El poeta y bibliófilo Rafael Alberto Arrieta recordaba en 1926 la llegada de novedades:
Interrogo al librero acerca de una obra recién llegada de Europa y largamente anunciada en los boletines bibliográficos. Me responde:
— Recibimos media docena de ejemplares, los únicos llegados a la capital, pues somos los representantes de la casa editora, y se han vendido enseguida. Pero ya hemos renovado el pedido. Dentro de mes y medio, cuando mucho… (18)
Se ocupaban además de coordinar la impresión de los libros “serios” de autor argentino, que por regla general eran financiados por el autor o por sus amigos, y se mandaban a componer, estampar y/o encuadernar a París. (En rigor, incluso muchos de los folletos populares se imprimían en Milán, aunque no por la calidad artesanal y el prestigio, sino porque resultaba más barato entrarlos impresos que importar el papel, sobre todo en tiradas grandes). (19)
