Pimpollo 4: Salchichas picantes - Ledicia Costas - E-Book

Pimpollo 4: Salchichas picantes E-Book

Ledicia Costas

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Beschreibung

La nueva saga infantil de Ledicia Costas, protagonizada por Pimpollo, el perro más famoso de internet. La vida en el parque es genial... hasta que alguien empieza a poner trampas para perros. Gordon se come una salchicha envenenada y Pimpollo y su pandilla empiezan la investigación para descubrir al culpable, mientras adoptan a un gato que quiere ser perro. ¿Quién odia tanto a los perros como para envenenarlos? ¿Localizarán Pimpollo y sus amigos al culpable? Pero lo más importante: la vida de Gordon corre peligro. ¿Logrará recuperarse?

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Seitenzahl: 30

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Edición en formato digital: febrero de 2026

© Del texto: Ledicia Costas, 2026

© De las ilustraciones: Mili Koey, 2026

© De esta edición: Grupo Anaya, S. A., 2026

Valentín Beato 21. 28037 Madrid

www.anayainfantilyjuvenil.com

ISBN ebook: 978-84-143-4336-4

Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro electrónico, su transmisión,su descarga, su descompilación, su tratamiento informático, su almacenamiento ointroducción en cualquier sistema de repositorio y recuperación, en cualquier formao por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, conocido o por inventar, sin elpermiso expreso escrito de los titulares del Copyright.

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Capítulo 1

Libertad para ser perro

En los últimos meses han ocurrido tantas cosas que parece que he vivido varias vidas: he sido un perro influencer;he visto cómo una ola se tragaba a mi humana y se la llevaba mar adentro; una garrapata se ha venido a vivir a mi cuello; he dejado de ser influencery me he reconvertido en perro callejero; he conseguido tener una pandilla; he pasado hambre; me ha secuestrado una niña fan llamada Angélica; me he vuelto a hacer influencer;he logrado escaparme de la

casa donde estaba secuestrado; he vuelto a ser perro callejero y he recuperado mi pandilla.

—Y con la excusa del secuestro, has intentado librarte de mí mandándome a vivir a ese perro tan cochino de ahí —replica mi garrapata.

Se llama Superferolítica y la odio y la quiero con las mismas fuerzas. No me hace falta verla para saber que está señalando a Gordon, el perro menos limpio del grupo, por decirlo suavemente.

Querrás decir que te he salvado la vida al convencerte de que saltases al cuellode Gordon.

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—Quirrís dicir qui ti hi silvidi li vidi il quinvincirti di qui siltisis il quilli di Guirdin…—contesta ella.

Me da igual que me haga burla. Los dos sabemos la verdad: Angélica tenía el plande rociarme con un producto antipulgasy garrapatas y luego hacerla desaparecer para siempre por el desagüe de su lavabo. Lo que pasa es que no quiere reconocerlo porque sería como admitir que me debe un FAVOR. ¡Qué digo un favor! Me debe la vida.

—Tampoco te pases, colega —dispara la garrapata.

A veces se me olvida que puede leermeel pensamiento.

—Mirad, ¡un gato! —anuncia Flecha, interrumpiendo nuestra discusión.

No hay ningún asunto más importante que un gato en las proximidades. Me pongo en posición de ataque y empiezo a gruñir hasta que

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localizo al felino con la mirada. Pero resulta que no es un gato, es un bebé gato, que no es lo mismo. De hecho, no tiene nada que ver. Su pelo me recuerda al que yo tenía en mi primera época pimpolla, cuando vivía en una mansión con vistas al mar, una esteticista me limaba las uñas una vez al mes y usaba botines para no dañar mis almohadillas con el duro asfalto.

—Cuando eras un perro idiota, quieres decir —me suelta la garrapata.

—¡No hace falta insultar! —le grito. ¡Eso está muy mal!

—Pero ¿qué está haciendo con la pata trasera levantada? —pregunta King Kong, concentrado en el bebé gato.

—¡Pipí! —contesta Flecha—. Nos está imitando y por eso levanta la patita. ¡Es muy mono!

Nos acercamos al lindo gatito con curiosidad. Si fuese un gato adulto, ahora

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mismo estaríamos corriendo como locos, persiguiéndolo por toda la ciudad. Pero este es un bebé y los bebés nos encantan. Aunque sean de gatos.

—¿Dónde está tu mamá? —le pregunta Flecha.

—¡Guau! —contesta el micho.

—Pero