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EN UN CASO QUE SE REMONTA VEINTE AÑOS ATRÁS, HARRY BOSCH BUSCA LA ÚNICA PIEZA QUE PUEDE RESOLVER EL PUZLE. El detective Harry Bosch relaciona la bala de un crimen reciente con un expediente de 1992, el asesinato de una joven fotoperiodista durante los disturbios de Los Ángeles. En un principio, Bosch investigó el asesinato, pero el caso pasó a manos el caso pasó a manos de otro departamento y nunca se resolvió. Ahora, la coincidencia descubierta por Bosch indica que esa muerte no fue un acto de violencia al azar, sino algo más personal y relacionado con una intriga más profunda. Como un investigador que registra los restos de un avión estrellado, Bosch busca la «caja negra», la única prueba que resolverá el caso. Con un ritmo trepidante, "La caja negra" enfrenta a Bosch a uno de sus casos más complejos y peligrosos.
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Seitenzahl: 547
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Michael Connelly
La caja negra
Traducido del inglés por Antonio Padilla
A todos los lectores que han mantenido vivo
a Harry Bosch durante veinte años,
muchas muchas gracias.
Y al hombre que salió de la multitud
y me dejó pasar aquel día de 1992,
muchísimas gracias.
Durante la tercera noche, el número de muertos empezó a dispararse con tal rapidez que muchos de los equipos del Departamento de Homicidios fueron apartados de la primera línea de contención de los disturbios y asignados a turnos de emergencia en South-Central. Al inspector Harry Bosch y a su compañero Jerry Edgar les hicieron salir de la comisaría de Hollywood y les encomendaron un equipo de vigilancia B del que también formaban parte dos agentes de patrulla, armados con escopetas y que tenían funciones de protección. Su misión era dirigirse allí donde se los requiriera: en cualquier punto donde apareciese un cadáver. El equipo de cuatro hombres circulaba en un coche patrulla blanco y negro, trasladándose de una escena del crimen a otra, sin permanecer mucho tiempo en ningún lugar. No era la forma adecuada de llevar la investigación de unos homicidios, ni por asomo, pero era lo mejor que se podía hacer bajo las surrealistas circunstancias de una ciudad que se había venido abajo de sopetón.
South-Central era una zona de guerra. Había incendios por todas partes. Los saqueadores se movían en bandadas, yendo de escaparate en escaparate, y cualquier asomo de dignidad y de principios morales se había desvanecido en el humo que se alzaba sobre la ciudad. Las pandillas de South Los Angeles habían entrado en acción para controlar las sombras, y hasta habían firmado una especie de tregua en sus luchas intestinas con el objetivo de establecer un frente unido en contra de la policía.
Hasta el momento, habían muerto más de cincuenta personas. Algunos propietarios de tiendas habían abatido a saqueadores, igual que los hombres de la Guardia Nacional, y los saqueadores habían abatido a otros saqueadores… Y luego estaban los demás: los asesinos que se amparaban en el caos y los disturbios para ajustar viejas cuentas pendientes y que nada tenían que ver con las frustraciones del momento y la emoción a flor de piel que se palpaba en las calles.
Dos días antes, las grietas raciales, sociales y económicas que había bajo las calles de la ciudad habían emergido a la superficie con una intensidad sísmica. El juicio de cuatro agentes del LAPD –el cuerpo de policía de Los Ángeles– acusados de haber propinado una tremenda paliza a un conductor de raza negra después de una persecución a toda velocidad había terminado con la absolución de todos los cargos. Una vez hecha pública, la decisión –tomada por un jurado íntegramente formado por personas de raza blanca en el juzgado de una zona residencial situada a más de sesenta kilómetros de distancia– tuvo consecuencias casi inmediatas en South Los Angeles. En las esquinas empezaron a formarse pequeños grupúsculos de gente indignada. Y la situación pronto se tornó violenta. Los medios de comunicación, siempre atentos a lo que se cocía, empezaron a cubrir las noticias en directo y desde helicópteros, retransmitiendo aquellas imágenes a cada rincón de la ciudad y, muy poco después, del mundo entero.
El estallido pilló desprevenido al cuerpo. Cuando se hizo público el veredicto, el jefe de policía estaba fuera de la comisaría central, en un acto político. Así mismo, otros miembros de la cadena de mando estaban fuera. Nadie asumió el control de forma inmediata, y –lo más importante– nadie acudió al rescate. El cuerpo de policía entero se batió en retirada, y las imágenes de aquella violencia impune se extendieron como un incendio forestal por las pantallas de televisión de la ciudad. Pronto, Los Ángeles quedó fuera de todo control y ardiendo en llamas.
Dos noches más tarde, el hedor acre del caucho quemado y los sueños convertidos en humo seguían por todas partes. Las llamas de mil incendios se reflejaban como un baile del demonio en el cielo oscurecido. Los disparos y los gritos iracundos resonaban sin cesar en la estela del coche patrulla. Sin embargo, los cuatro hombres a bordo del vehículo no se detenían ante los gritos y los disparos. Tan solo se paraban en caso de asesinato.
Era el viernes primero de mayo. Vigilancia «B» era la designación del turno nocturno de vigilancia en caso de movilización de emergencia, desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana. Bosch y Edgar iban en el asiento trasero, mientras que los agentes Robleto y Delwyn estaban sentados al frente. En el asiento del copiloto, Delwyn tenía la escopeta en el regazo, de tal forma que el cañón del arma asomaba por la ventanilla abierta.
Se dirigían a examinar un cadáver encontrado en un callejón que salía de Crenshaw Boulevard. La llamada había llegado al centro de comunicaciones de emergencia desde la Guardia Nacional de California, desplegada en la ciudad durante el estado de emergencia. Tan solo eran las diez y la media, y las llamadas empezaban a acumularse. En ese turno, el coche patrulla ya se había ocupado de una llamada que había avisado de un homicidio: un saqueador muerto a tiros en la puerta de una tienda donde se vendían zapatos de oferta. El autor de los disparos había sido el propietario del comercio.
Aquella escena del crimen estaba en el mismo interior de la tienda, cosa que permitió a Bosch y a Edgar trabajar con relativa seguridad, mientras Robleto y Delwyn montaban guardia con las escopetas y el material y la vestimenta antidisturbios frente al escaparate del establecimiento. También tuvieron tiempo para recoger pruebas de lo sucedido, dibujar la escena del crimen y tomar sus propias fotografías. Grabaron la declaración del propietario del comercio y echaron un vistazo a la cinta de vídeo de la cámara de seguridad de la tienda. El vídeo mostraba cómo el saqueador se valía de un bate de béisbol de aluminio para hacer trizas la puerta de cristal del establecimiento. El hombre entonces entraba a través de las astillas de la puerta, y al momento caía abatido por dos disparos efectuados por el propietario del negocio, quien estaba agazapado y vigilante tras la caja registradora del mostrador.
Como la oficina del juez de instrucción estaba sobrecargadísima de trabajo y no daba abasto para investigar todas las muertes que se iban anunciando, una ambulancia vino y se llevó el cadáver al Hospital Universitario de Boyle Heights. Allí iba a seguir hasta que las cosas se calmaran –si algún día llegaban a calmarse– y el juez de instrucción pudiera investigar todos los casos pendientes.
En lo concerniente al autor de los disparos, Bosch y Edgar optaron por no detenerlo. Más tarde, la oficina del fiscal del distrito se encargaría de decidir si había disparado en defensa propia o si se trataba de un caso de homicidio doloso.
No era la forma adecuada de proceder, pero era lo que había. En el caos del momento, la misión era simple: asegurar las pruebas, documentar el lugar de los hechos lo mejor y más rápidamente posible, así como llevarse el cadáver de turno.
Entrar y salir. Y corriendo los menores riesgos posibles. La verdadera investigación tendría lugar más adelante. Quizá.
Mientras conducían en dirección sur por Crenshaw, se cruzaron con algunos grupos de gente, jóvenes en su mayor parte, reunidos en las esquinas o vagando apelotonados. En la esquina de Crenshaw con Slauson, un grupo de pandilleros que lucían los colores de la gran banda de los Crips se mofaron de los policías cuando el coche patrulla pasó a toda velocidad sin la sirena o las luces de aviso puestas. Les arrojaron botellas y piedras, pero el automóvil iba demasiado rápido, y los proyectiles cayeron sobre su estela sin causar el menor daño.
–¡Ya volveremos, hijos de puta! Por eso no os preocupéis.
Era Robleto quien había gritado aquello, y Bosch tuvo que suponer que hablaba de forma metafórica. Las amenazas del joven agente eran tan vacuas como lo había sido la respuesta del cuerpo de policía una vez que, el miércoles por la tarde, la televisión había retransmitido la sesión en la que se leyó el veredicto del caso.
Sentado al volante, Robleto solo empezó a aminorar cuando se acercaron a un puesto de control formado por vehículos y soldados de la Guardia Nacional. La estrategia establecida la víspera, cuando la Guardia Nacional llegó a la ciudad, era la de retomar el control de los principales cruces de calles en South Los Angeles para, a continuación, expandirse hacia el exterior e ir haciéndose con todos los puntos problemáticos. Se encontraban a poco más de un kilómetro de uno de esos cruces clave, el de Crenshaw con Florence, y las tropas y los vehículos de la Guardia Nacional ya estaban desplegados a uno y otro lado de Crenshaw a lo largo de varias manzanas de casas. Robleto tan solo bajó la ventanilla de su lado al detenerse frente a la barricada levantada en el cruce con la Calle 62.
Un guardia con distintivos de sargento se acercó a la portezuela y agachó la cabeza para mirar a los ocupantes del automóvil.
–Soy el sargento Burstin, de San Luis Obispo. ¿Qué puedo hacer por ustedes, amigos?
–Homicidios –informó Robleto, que señaló con el pulgar a Bosch y a Edgar, sentados en la parte posterior.
Burstin se enderezó y movió el brazo, indicando a sus hombres que dejaran pasar a los recién llegados.
–Muy bien –dijo–. La chica está en un callejón en el lado este, entre las calles 66 y 67. Vayan hacia allí; mis muchachos les mostrarán el lugar. Vamos a establecer un perímetro de vigilancia y prestar mucha atención a los tejados. Nos han llegado informes sin confirmar de fuego de francotiradores en el vecindario.
Robleto cerró la ventanilla mientras conducía el coche a través del puesto de control.
–«Mis muchachos…» –dijo, imitando la voz de Burstin–. Lo más seguro es que, en el mundo real, ese fulano sea maestro de escuela o algo parecido. He oído que ninguno de estos tipos que han hecho venir son de Los Ángeles. Los han traído de todas partes del estado, pero no de Los Ángeles. Lo más seguro es que no sepan encontrar Leimert Park ni con la ayuda de un mapa.
–Hace dos años, tú tampoco sabías, compañero –dijo Delwyn.
–Lo que tú digas. Pero ¿y ese fulano que no sabe una mierda de esta ciudad y ahora se las da de que está al mando…? Un puto soldado de fin de semana, eso es lo que es. Lo único que estoy diciendo es que no hacía falta traer a esta gente. Porque nos hace quedar mal. Como si no fuéramos capaces de controlar el asunto, como si por eso hubieran tenido que llamar a estos machotes de tres al cuarto, ¡del puto San Luis Obispo, nada menos!
En el asiento trasero, Edgar se aclaró la garganta y dijo:
–Para que lo sepas. Es un hecho que no hemos sido capaces de controlar el asunto. Y no hemos podido quedar peor que el miércoles por la noche. Nos mantuvimos con los brazos cruzados y dejamos que la ciudad ardiese, colega. Ya has visto toda esa mierda en la tele, supongo. Pero a nosotros no nos has visto repartiendo leña en el terreno. Así que no les eches la culpa a esos maestros de escuela de San Luis Obispo. La culpa la tenemos nosotros, socio.
–Lo que tú digas –repuso Robleto.
–En el lateral de este coche hay una leyenda: «Proteger y servir» –agregó Edgar–. Pero no hemos hecho mucho ni de lo uno ni de lo otro.
Bosch seguía en silencio, pero no porque estuviera en desacuerdo con su compañero. El cuerpo de policía se había cubierto de vergüenza por su débil respuesta al estallido inicial de violencia. Pero Harry no estaba pensando en ello. Se había quedado sorprendido por lo que el sargento había dicho: la víctima era una mujer. Que Bosch supiera, hasta el momento no había habido víctimas femeninas. Lo que no quería decir que no hubiese mujeres implicadas en la violencia que había asolado la ciudad. En asunto de saqueos e incendios se imponía la igualdad de oportunidades. Bosch había visto a mujeres implicadas tanto en los unos como en los otros. La noche anterior había estado en misión de control de los disturbios en Hollywood Boulevard y había presenciado el pillaje de Frederick’s, la famosa tienda de lencería. La mitad de los saqueadores eran mujeres.
Con todo, el informe del sargento le daba que pensar. Una mujer que se había visto inmersa en el caos del lugar había perdido la vida.
Robleto terminó de cruzar la abertura en la barricada y continuó hacia el sur. Cuatro manzanas más allá, un soldado empuñaba una linterna y dirigía el haz de luz hacia un hueco situado entre dos de las tiendas que se sucedían en el lado oeste de la calle.
Dejando aparte a los soldados apostados cada veinticinco metros, Crenshaw estaba dejada de la mano de Dios.
La tranquilidad resultaba tan oscura como inquietante. No llegaba luz alguna de los comercios situados a uno y otro lado de la calle. Muchos habían sido asaltados por saqueadores y pirómanos. Otros seguían milagrosamente intactos. En algunos otros, en los tablones clavados a modo de protección sobre los escaparates, había pintadas en las que se podía leer «DE PROPIEDAD NEGRA», como un intento patético de defenderse contra las turbas.
La entrada al callejón estaba entre una tienda de llantas y neumáticos –llamada Dream Rims, saqueada–, y un comercio de electrodomésticos que había ardido hasta el techo y cuyo nombre era Used, Not Abused. El lugar estaba perimetrado con cinta amarilla; los inspectores municipales lo habían marcado como «inhabitable», con notificaciones en papel rojo. Bosch adivinó que esa zona debió de ser una de las primeras afectadas por los disturbios. Tan solo estaban a unas veinte manzanas del punto donde había prendido el estallido de violencia, en el cruce entre Florence y Normandie, el lugar donde habían sacado a la fuerza a varios conductores de sus coches y camiones y los habían molido a palos mientras el mundo miraba desde lo alto.
El guardia con la linterna echó a andar por delante del coche patrulla, dirigiendo el vehículo hacia el callejón. Al cabo de unos diez metros, se detuvo y levantó la mano en un puño cerrado, como si estuvieran en misión de reconocimiento tras las líneas enemigas. Había llegado el momento de salir. Edgar dio un golpecito en el brazo de Bosch con la palma de la mano y dijo:
–Harry, acuérdate de mantener la distancia de seguridad. Dos metros, como poco y en todo momento.
Era una broma para intentar distender el ambiente. De los cuatro hombres que viajaban en el coche, tan solo Bosch era de raza blanca. Si por allí rondaba un francotirador, casi con toda seguridad sería su primer objetivo. Bueno, mejor dicho, el casi seguro primer objetivo de todo individuo armado y dispuesto a disparar.
–Mensaje captado –dijo Bosch.
–Y ponte el sombrero.
Bosch llevó la mano al suelo del vehículo y agarró el casco blanco de antidisturbios que le habían entregado cuando pasaron lista. Tenían la orden de llevarlo puesto cuando estuvieran de servicio. Bosch se decía que precisamente ese plástico blanco y reluciente era lo que les convertía en unos blancos perfectos, más que cualquier otra cosa.
Edgar y él tuvieron que esperar a que Robleto y Delwyn salieran y les abrieran las puertas traseras del coche patrulla. Bosch salió a la noche. Se encasquetó el casco de mala gana, pero no llegó a ajustarse el barboquejo. Tenía ganas de fumarse un cigarrillo, pero no disponían de mucho tiempo; además, solo le quedaba un pitillo en el paquete que llevaba en el bolsillo izquierdo de la camisa del uniforme. Lo mejor era conservarlo, pues a saber cuándo podría comprarse otra cajetilla.
Bosch miró a su alrededor. No vio ningún cadáver. En el callejón se acumulaban desechos, viejos y nuevos. Contra la pared de Used, But Not Abused había una hilera de vetustos electrodomésticos que, al parecer, no merecía la pena revender. Había basura por doquier, y una parte de la estructura del tejado se había venido abajo durante el incendio.
–¿Dónde está? –preguntó.
–Por allí –indicó el guarda–. Al lado de la pared.
El callejón tan solo estaba iluminado por los faros del coche patrulla. Los viejos electrodomésticos y los demás desechos proyectaban sus sombras contra la pared y el suelo. Bosch encendió su linterna Mag-Lite y enfocó en la dirección señalada por el guarda. La pared de la tienda de electrodomésticos estaba cubierta de pintadas hechas por pandilleros. Nombres, óbitos, amenazas… La pared era un tablón de anuncios de los Rolling Sixties, la pandilla local vinculada a los Crips.
Anduvo unos pocos pasos por detrás del guarda y pronto la vio. Una mujer pequeña, tumbada de costado al pie de la pared. La sombra de una lavadora oxidada había estado escondiendo su cuerpo.
Antes de acercarse un solo paso más, Bosch barrió el suelo con el haz de luz de la linterna. En su momento, el callejón estuvo pavimentado, pero el suelo ahora era una mezcla de hormigón resquebrajado, de grava y de tierra. No vio ninguna pisada o muestra de sangre. Terminó de acercarse lentamente y se acuclilló. Apoyó en el hombro el pesado cañón de su linterna de seis pilas y recorrió el cuerpo con el haz de luz. Bosch estaba más que acostumbrado a examinar a personas muertas y se dijo que la mujer había fallecido entre doce y veinticuatro horas antes. Tenía las piernas muy dobladas por las rodillas, una postura que podía ser tanto el resultado del rigor mortis como una señal que indicaba que estaba de rodillas un momento antes de morir. La piel visible en los brazos y el cuello estaba cenicienta y oscurecida allí donde la sangre se había coagulado. Tenía las manos casi completamente negras, y el olor a putrefacción comenzaba a impregnar el aire.
En gran parte, el rostro de la mujer estaba escondido bajo el largo mechón de cabellos rubios que lo entrecruzaba. Se podía ver la sangre reseca en el pelo de la nuca; además, aparecía acumulada en la espesa onda que le oscurecía la cara. Bosch enfocó la pared que había al lado del cadáver y vio una salpicadura de sangre y unos goterones que indicaban que a la mujer la habían matado en ese punto preciso, que no es que hubieran abandonado el cuerpo en aquel lugar.
Sacó un bolígrafo del bolsillo y se valió de él para apartar los cabellos del rostro de la víctima, al tiempo que lo enfocaba con la linterna. Había salpicaduras de pólvora en torno a la cuenca del ojo derecho y una herida de penetración que había hecho estallar el globo ocular. Le habían disparado a pocos centímetros de distancia. El tiro había sido ejecutado a quemarropa y en trayectoria frontal. Bosch devolvió el bolígrafo al bolsillo y acercó el rostro un poco más; examinó la parte posterior de la cabeza con ayuda de la linterna. Se podía ver el orificio de salida, grande y recortado con picos. Sin duda, la muerte había sido instantánea.
–¡La puta de oros…! ¿Es una mujer blanca? –dijo Edgard, que se había acercado por detrás y estaba mirando por encima del hombro de Bosch como un árbitro de béisbol que comprobara la situación del receptor de la bola.
–Eso parece –dijo Bosch.
Con el haz de la linterna, recorrió el cuerpo de la víctima.
–¿Y qué carajo estaba haciendo aquí una chica blanca?
Bosch no respondió. Se había fijado en algo escondido bajo el brazo derecho. Dejó la linterna en el suelo para coger un par de guantes.
–Ilumínale el pecho con tu linterna –indicó a Edgar.
Tras enfundarse los guantes, Bosch volvió a cernirse sobre el cadáver. La víctima yacía sobre el costado izquierdo y tenía el brazo derecho extendido sobre el pecho, ocultando algo que estaba sujeto en torno al cuello por un cordel. Con cuidado, Bosch lo sacó de debajo del brazo.
Era una acreditación de prensa emitida por el LAPD, de color naranja brillante. Había visto muchas acreditaciones de ese tipo a lo largo de los años. Aquella parecía nueva. El plastificado exterior estaba impoluto. En ella había una foto de carné de una mujer con el pelo rubio. Más abajo venía su nombre y el medio de comunicación para el que trabajaba:
ANNEKE JESPERSENBERLINGSKE TIDENDE
–Una periodista extranjera –dijo Bosch–. Anneke Jespersen.
–¿De dónde? –preguntó Edgar.
–No lo sé. De Alemania, quizá. Aquí dice algo de Berlín… Berlín nosequé. Ni idea de cómo se pronuncia.
–¿Y en Alemania cómo se les ocurre enviar a una persona para esto? ¿Por qué no se ocupan de sus propios asuntos?
–Ni siquiera estoy seguro de que sea de Alemania. No puedo decirte.
Bosch pasó por alto los sarcasmos de Edgar y estudió la fotografía de la acreditación de prensa. La mujer retratada resultaba atractiva incluso en una foto de carné. Sin sonreír, sin maquillaje, seria y reconcentrada, con el pelo tras las orejas y la piel tan pálida que era casi translúcida. Sus ojos mantenían las distancias, como los de los policías y soldados que habían visto demasiadas cosas cuando aún eran demasiado jóvenes.
Bosch le dio la vuelta a la acreditación. No parecía que fuese una falsificación. Sabía que las acreditaciones de prensa se renovaban anualmente y que debían tener una pegatina de validación para que a quien la portase le dejaran pasar a las ruedas de prensa del cuerpo de policía o a los lugares acordonados por la policía y donde hubiera tenido lugar un crimen. Aquella acreditación tenía una pegatina de 1992, lo que indicaba que la víctima la había recibido en alguno de los ciento veinte días anteriores. Sin embargo, por lo inmaculada que estaba, Bosch dedujo que se la habían dado hacía muy poco.
Harry volvió a estudiar el cadáver. La víctima iba vestida con vaqueros y un chaleco sobre una camisa blanca. El chaleco era el de una profesional, con multitud de protuberantes bolsillos. Aquella mujer debió de ser fotógrafa, pensó Bosch. Sin embargo, no había cámaras sobre el cuerpo ni en torno a él. Se las habían llevado. Incluso era posible que ese robo fuera el motivo por el que la habían matado. La mayoría de los fotógrafos de prensa que había visto llevaban consigo numerosas cámaras y material de muy alta calidad.
Harry abrió uno de los bolsillos del chaleco. En circunstancias normales, le hubiera pedido a un investigador forense que se encargara de hacerlo, pues la jurisdicción del cadáver recaía sobre el Departamento Médico Forense. Sin embargo, no podía asegurar que un equipo de dicho departamento llegara a presentarse en la escena del crimen, y no pensaba quedarse esperando para averiguarlo.
En el bolsillo había cuatro recipientes negros con carretes fotográficos en el interior, pero no sabía si estaban usados o por usar. Volvió a abotonar el bolsillo. Al hacerlo, notó una superficie rígida bajo la prenda. Harry sabía que la rigidez de un cadáver aparece y desaparece en un mismo día, dejando el cuerpo blando y manejable. Abrió el chaleco y tocó el pecho con el puño. Era una superficie rígida, cosa que le confirmó el sonido. La víctima llevaba puesto un chaleco antibalas.
–Mira… –intervino Edgar–. Fíjate en este listado de bajas.
Bosch levantó la mirada del cadáver. La linterna de Edgar apuntaba a la pared. Directamente sobre el cuerpo de la víctima, bajo el epígrafe «187», había un listado de muertos con los nombres de muchos pandilleros caídos en distintas batallas callejeras. Ken Dog, G-Dog, OG Nasty, Neckbone y demás. La escena del crimen era territorio de los Rolling Sixties, un subgrupo de la gigantesca banda de los Crips. Ese subgrupo estaba en permanente guerra con los cercanos Seven-Treys, otra pandilla dependiente de los Crips.
La opinión pública en general tenía la impresión de que la guerra entre bandas que se daba en la mayor parte de South Los Angeles y se cobraba víctimas todas las noches de la semana se reducía a una lucha entre los Bloods y los Crips para hacerse con la supremacía y el control en las calles. Pero, en realidad, las rivalidades entre subgrupos de una misma banda eran de las más violentas en la ciudad y explicaban la mayoría de los listados semanales de víctimas. Los Rolling Sixties y los Seven-Treys encabezaban dichos listados. Ambas pandillas dependientes de los Crips operaban según un protocolo de tirar a matar, y era costumbre que en el barrio aparecieran pintadas que informaran del desarrollo de la guerra entre la una y otra. Los listados con el encabezamiento «RIP» homenajeaban a las bajas propias víctimas de aquel interminable conflicto, mientras que los que llevaban el título «187» enumeraban los muertos causados entre las filas del enemigo.1
–Mira tú por dónde… Blancanieves y los Seven-Treys Crips –comentó Edgar.
Bosch meneó la cabeza, irritado. La ciudad se estaba viniendo abajo, y ahí estaba el resultado, delante de sus mismas narices: una mujer alineada contra la pared y ejecutada. Pero su compañero parecía incapaz de tomárselo en serio.
Sin duda, Edgar leyó el lenguaje corporal de Bosch. Al momento, apuntó:
–Solo estaba bromeando, Harry. Anímate un poco, hombre. Tal como está la cosa, un poco de humor negro resulta necesario.
–Muy bien –dijo Bosch–. Haré lo posible por animarme mientras llamas por la radio. Explícales lo que hemos encontrado, déjales claro que se trata de una periodista de fuera de la ciudad e intenta que nos envíen un equipo completo. Si no puede ser, que por lo menos nos manden un fotógrafo y unas luces. Diles que, en este caso en particular, nos vendría bien un poco de tiempo y un poco de ayuda.
–¿Por qué? ¿Porque la chica es blanca?
Bosch se tomó un momento antes de responder. El comentario de Edgar tenía mala intención. Edgar le estaba devolviendo la pelota por el hecho de que antes se hubiera tomado a mal el comentario sobre Blancanieves.
–No, no porque sea blanca –respondió Bosch sin levantar la voz–, sino porque esta mujer no es una saqueadora ni una pandillera. Y porque más les vale darse cuenta de que los periodistas van a poner el grito en el cielo cuando sepan que la víctima es de su misma profesión. ¿Queda claro? ¿Es suficiente?
–Mensaje captado.
–Bien.
Edgar fue hacia el coche para hablar por la radio, y Bosch volvió a sumirse en el trabajo de la escena del crimen. Lo primero que hizo fue delinear el perímetro. Ordenó que varios de los guardias se retirasen por el callejón para crear un área que se extendía a lo largo de diez metros a uno y otro lado del cadáver. El tercer y el cuarto lado del rectángulo lo constituían la pared del comercio de electrodomésticos de segunda mano, por un lado, y la de la tienda de llantas y neumáticos, por el otro.
Mientras marcaba el terreno, advirtió que el callejón atravesaba una manzana residencial directamente situada tras la hilera de tiendas en la acera de Crenshaw. Los cercados de los patios traseros que daban al callejón no eran uniformes. Algunas de las viviendas contaban con muros de hormigón, mientras que otras tenían cercados de madera o vallas metálicas de red.
Bosch se decía que en un mundo perfecto examinaría todos esos patios y llamaría a todas aquellas puertas, pero, en todo caso, eso sucedería más adelante. Por el momento estaba obligado a centrar la atención en la escena del crimen y en sus inmediaciones. Si más tarde podía hacer preguntas puerta a puerta, pues mejor.
Reparó en que Robleto y Delwyn se habían apostado con las escopetas en la boca del callejón. Estaban juntos charlando, probablemente quejándose de una cosa u otra. Por la época en que Bosch había estado en Vietnam, un despliegue semejante recibía el nombre de «dos por el precio de uno» para los posibles francotiradores del enemigo.
Había ocho guardias situados en el interior del perímetro situado en el callejón. Bosch advirtió que en el extremo más lejano estaba empezando a congregarse un grupo de mirones. Con una seña, le indicó al guardia que los había llevado al interior del callejón que se acercara.
–¿Cómo se llama usted, soldado?
–Drummond, pero todo el mundo me conoce como Drummer.
–Muy bien, Drummer. Yo soy el inspector Bosch. Dígame quién fue el que la encontró.
–¿A la chica? Pues fue Dowler. Entró un momento para echar una meada y la descubrió. Dijo que primero la olió, que él ese olor ya lo conocía.
–¿Y ahora dónde está Dowler?
–Creo que en el puesto de control que hay al sur.
–Tengo que hablar con él. ¿Puede decirle que venga?
–Sí, señor.
Drummond echó a andar hacia la boca del callejón.
–Un momento, Drummer. Aún no he terminado.
–Drummond se giró.
–¿Cuándo les asignaron a este lugar?
–Llevamos aquí desde las dieciocho horas de ayer, señor.
–Entonces, ¿tienen controlada esta área desde entonces? ¿Este callejón?
–No exactamente, señor. Anoche empezamos por Crenshaw y Florence, y hemos estado avanzando hacia el este por Florence y hacia el norte por Crenshaw. Manzana a manzana.
–¿Y cuándo llegaron a este callejón?
–No estoy seguro. Creo que lo tuvimos cubierto hacia el amanecer.
–¿Por entonces ya se habían terminado los saqueos y los incendios en este sector en concreto?
–Sí, señor. Por lo que entiendo, todo eso sucedió durante la primera noche.
–Muy bien, Drummer. Una cosa más. Necesitamos más luz en este lugar. ¿Puede hacer que venga uno de esos camiones con los focos en lo alto?
–Se llaman Hummer, señor.
–Ya, bueno. Traiga hasta aquí uno de esos que están al final del callejón. Que pase junto a ese grupo de gente e ilumine con los focos la escena del crimen que estoy investigando. ¿Entendido?
–Entendido, señor.
Bosch señaló hacia el otro extremo, frente al coche patrulla.
–Bien. Lo que quiero es iluminar la escena del crimen de forma cruzada, desde uno y otro lado, ¿entiende? No creo que nos sea posible hacer mucho más.
–Sí, señor.
Drummond echó a andar con paso rápido.
–Oiga, Drummer.
Drummond se giró y volvió a su lado de nuevo.
–Sí, señor.
Bosch acercó la boca a su oído y musitó:
–Todos sus hombres están mirando lo que hago. ¿No sería más conveniente que estuvieran mirando al otro lado, vigilando la avenida?
Drummond dio un paso atrás, se volvió y chasqueó los dedos por encima de su cabeza.
–¡Eh, ustedes! ¡A mirar hacia el otro lado, hacia la calle! Tenemos una misión que cumplir. Mantengan la vigilancia.
Señaló al grupo de mirones y añadió:
–Y asegúrense de mantener a esa gente a distancia.
Los guardias hicieron lo que se les ordenaba, y Drummond salió del callejón para llamar a Dowler por radio y hacer que viniera el todoterreno con los focos.
El busca zumbó en la cadera de Bosch, que se llevó la mano al cinturón y sacó el aparato de la funda. El número en la pantalla era el del puesto de mando, y supo que a él y a Edgar les iban a asignar otra misión. Ni siquiera habían empezado en este lugar y ya se los querían llevar, cosa que no le gustaba. Volvió a meter el busca en la funda ajustada al cinturón.
Echó a andar hacia el primer cercado que había junto a la esquina posterior de la tienda de electrodomésticos usados. Era una valla de listones de madera, demasiado alta como para que pudiese mirar por encima. Sin embargo, se fijó en que estaba recién pintado. En él no había dibujos ni pintadas, ni siquiera en la parte que daba al callejón. Tomó nota mental, pues era un indicio de que el propietario de la vivienda al otro lado se tomaba la molestia de borrar las pintadas de su cercado. Era posible que se tratara de una persona vigilante de cuanto sucedía alrededor y que hubiese oído o incluso visto algo.
Desde donde se encontraba, cruzó el callejón y se acuclilló en la esquina más alejada de la escena del crimen, como un boxeador en el rincón del cuadrilátero, a la espera de salir a luchar. Empezó a barrer con la linterna la superficie de hormigón resquebrajado y tierra del callejón. En aquel ángulo oblicuo, la luz reflejaba los incontables desniveles de la superficie, aportándole una perspectiva única. No tardó en ver el destello de algo metálico, que siguió enfocando con la linterna. Se acercó y encontró el dorado casquillo de una bala entre la grava.
Se puso a cuatro patas para mirarlo de cerca sin necesidad de moverlo. Acercó la linterna y comprobó que se trataba de un casquillo de latón de nueve milímetros con el logotipo familiar de la marca Remington inscrito en su base, plana. En el pistón había una minúscula hendidura producida por el percutor. Bosch reparó en que, de hecho, el casquillo estaba situado sobre la base de grava. Nadie lo había pisado, a pesar de que aquel parecía ser un callejón bastante transitado. El casquillo no debía de llevar mucho tiempo allí.
Bosch estaba buscando algo con lo que marcar su localización cuando Edgar volvió a acercarse a la escena del crimen. Llevaba consigo una caja de herramientas; Bosch dedujo que nadie iba a prestarles ayuda aquella noche.
–¿Qué es lo que has encontrado, Harry?
–Un casquillo Remington del nueve. Y parece fresquito.
–Bueno, pues por lo menos ya hemos encontrado algo útil.
–Puede ser. ¿Has conseguido hablar con el puesto de mando?
Edgar dejó la caja de herramientas en el suelo. Pesaba lo suyo. En ella llevaban todo cuanto habían podido coger rápidamente en el almacén de la comisaría de Hollywood después de que les dijeran que no contaran con la presencia de equipos forenses en el terreno.
–Sí que he podido hablar con ellos, pero los del puesto de mando dicen que nanay. Todo el mundo está asignado a otros casos. Así que estamos solitos, colega.
–¿Tampoco podemos contar con forense?
–Tampoco. La Guardia Nacional va a encargarse de recoger a la chica. En un vehículo de transporte de tropas.
–Estás de broma, ¿no? ¿Van a llevársela en un puto camión descubierto?
–No solo eso, sino que ya nos han asignado otra misión. Uno que se ha achicharrado. Los bomberos han encontrado el cuerpo dentro de un restaurante mexicano incendiado en Martin Luther King.
–Qué leches… Pero si acabamos de llegar aquí.
–Ya, bueno, pero resulta que somos los que estamos más cerca de Martin Luther King y quieren que vayamos para allá.
–Pero no hemos terminado aquí. Ni de lejos.
–Harry, no podemos hacer nada al respecto.
Pero Bosch se resistía.
–Yo aún no me voy. Aquí queda mucho por hacer, y si lo dejamos para la semana que viene o cuando sea, vamos a quedarnos sin escena del crimen. No podemos hacer tal cosa.
–No nos queda otra, colega. Nosotros no hemos inventado las normas.
–A tomar por saco.
–A ver. Te digo lo que vamos a hacer: nos tomamos quince minutos más. Hacemos unas cuantas fotos, nos quedamos con el casquillo, ponemos el cuerpo en el camión y nos vamos de aquí. El lunes, o cuando se haya terminado todo esto, ya ni siquiera vamos a estar asignados a este caso. Cuando las cosas se hayan calmado, van a devolvernos a Hollywood, pero el asunto va a seguir donde está. Eso significa que lo llevarán otros. Este lugar cae dentro de la jurisdicción de los de la 77. Así pues, del caso se van a encargar ellos.
A Bosch le daba igual lo que fuera a suceder después, si el caso iba a pasar a manos de los inspectores de la comisaría de la calle 77 o no. Lo que le importaba era lo que tenía delante de las narices. Una mujer llamada Anneke venida de muy lejos yacía muerta a sus pies, y Bosch quería saber quién la había matado y por qué.
–No importa que el caso no vayamos a llevarlo nosotros –dijo–. Esa no es la cuestión.
–Harry, aquí no hay ninguna cuestión que valga –respondió Edgar–. Ahora no, no en esta situación de absoluto caos. En este momento, todo da lo mismo. La ciudad está fuera de control. No puedes esperar que…
Un repentino sonido de arma de fuego desgarró el aire. Edgar se tiró al suelo; instintivamente, Bosch se arrojó hacia la pared de la tienda de electrodomésticos. Su casco salió volando por los aires. Resonaron varias ráfagas procedentes de los guardias, hasta que unos gritos les pusieron fin.
–¡No disparen! ¡No disparen! ¡No disparen!
Dejaron de oírse disparos, y Burstin, el sargento de la barricada, llegó corriendo al callejón. Bosch vio que Edgar se levantaba poco a poco. Su compañero parecía estar ileso, si bien miraba a Bosch con un gesto peculiar.
–¿Quién ha disparado? –gritó el sargento–. ¿Quién ha sido el primero en disparar?
–Yo –respondió uno de los hombres en el callejón–. Me pareció ver un arma en un tejado.
–¿Dónde, soldado? ¿En qué tejado? ¿Dónde estaba el francotirador?
–Por allí.
El soldado señaló el tejado de la tienda de neumáticos.
–¡Maldita sea! –exclamó el sargento–. Deje de disparar de una puta vez… Ese tejado ya lo hemos examinado. ¡Ahí arriba solo estamos nosotros! ¡Nuestra propia gente!
–Lo siento, señor, He visto un…
–Chaval, me importa una puta mierda lo que hayas visto. Como te cargues a uno de los míos, juro que te meto una granada de mano en el culo.
–Sí, señor. Lo siento, señor.
Bosch se levantó. Los oídos le zumbaban y tenía los nervios a flor de piel. El repentino estallido de fuego automático no era nuevo. Pero habían pasado casi veinticinco años desde que aquel sonido formara parte habitual de su vida. Se levantó del suelo, recogió el casco y volvió a ponérselo en la cabeza.
El sargento Burstin se acercó a él.
–Prosigan con su trabajo, inspectores. Si me necesitan, estoy en el perímetro norte.
Uno de nuestros camiones viene para llevarse los restos. Por lo que entiendo, tengo que formar un grupo de apoyo para escoltar su coche a otro lugar en el que hay otro cuerpo.
Dicho esto, se marchó del callejón.
–Santo Dios… ¿Tú has oído eso? –apuntó Edgar–. Ni que esto fuera la operación Tormenta del Desierto o algo así. Ni en Vietnam, vaya. No sé qué pintamos en todo esto, socio.
–Lo mejor será que volvamos al trabajo –respondió Bosch–. Tú dibuja la escena del crimen. Yo me encargo del cadáver, de hacer las fotos y demás. Vamos, venga.
Bosch se acuclilló y abrió la caja de herramientas. Quería tomar una fotografía del casquillo de bala en el lugar donde se encontraba, antes de llevárselo como posible indicio. Edgar seguía hablando. El subidón de adrenalina provocado por los disparos seguía allí. Edgar hablaba mucho cuando estaba nervioso. Demasiado, a veces.
–Harry, ¿has visto lo que has hecho cuando ese merluzo ha empezado a darle al gatillo?
–Sí. Tirarme al suelo, como todo el mundo.
–No, Harry, lo que has hecho es cubrir el cadáver con tu propio cuerpo. Lo he visto. Estabas escudando a nuestra amiga Blancanieves como si aún siguiera viva, o algo parecido.
Bosch no respondió. Levantó y llevó a un lado la bandeja superior de la caja de herramientas y metió la mano para coger la Polaroid. Tan solo les quedaban dos carretes de película. Dieciséis fotos, más lo que quedase en la cámara. Quizá veinte fotos en total, y tenían que tomar imágenes de esta escena del crimen y de lo que se encontraran en Martin Luther King. No era suficiente. Cada vez se sentía más frustrado.
–¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso, Harry? –insistió Edgard.
Bosch terminó por perder la calma y le soltó una voz a su compañero:
–¡No lo sé! ¿Vale? Así que pongámonos a trabajar de una vez y tratemos de hacer algo por ella, para que, con un poco de suerte, con mucha suerte, alguien, algún día, tenga un hilo del que tirar.
Su grito había llamado la atención de la mayoría de los guardias desplegados en el callejón. El soldado que había disparado le miraba muy fijamente, contento de que fuese otro el que despertara la antipatía general.
–Bueno, Harry –dijo Edgar en voz baja–. Pongámonos a trabajar. Hagamos lo que tenemos que hacer. Quince minutos y nos largamos a por el otro.
Bosch asintió con la cabeza y contempló el cadáver de esa mujer. Quince minutos, pensó. Había terminado por resignarse. Tuvo claro que el caso estaba perdido antes incluso de haber empezado.
–Lo siento –susurró.
1 En el código de la policía estadounidense, el número 187 designa un asesinato o una muerte por otras causas. (N. del T.)
Le hicieron esperar. Coleman estaba comiendo. Llevárselo ahora sería un problema, porque después de la entrevista tendrían que conducirle al segundo comedor, donde podía tropezarse con algún enemigo que los guardias desconocieran. Alguien podía pillar desprevenidos a las guardias y tratar de agredirle. Era algo que querían evitar, por lo que le dijeron a Bosch que esperase cuarenta minutos mientras Coleman terminaba de comerse el filete ruso y las judías verdes sentado a una mesa de pícnic en el patio D, tan cómodo como seguro entre los suyos. Todos los Rolling Sixties encarcelados en San Quentin utilizaban los mismos comedores y patios.
Bosch mató el tiempo pensando en sus cartas y ensayando lo que iba a decir. Iba a hacerlo todo solo. Sin la ayuda de ningún compañero. Porque estaba solo. Los recortes en el presupuesto para viajes del cuerpo de policía habían convertido casi todas las visitas a las cárceles en misiones en solitario.
Había tomado el primer vuelo de la mañana y no había reparado en que llegaría a la prisión justo a la hora de comer. Pero el retraso tampoco es que tuviera demasiada importancia. El vuelo de regreso era a las seis de la tarde, y la entrevista con Rufus Coleman probablemente no fuera muy larga. Coleman, o bien aceptaría su oferta, o bien le diría que no. En uno u otro caso, Bosch no iba a estar demasiado rato con él.
La sala de entrevistas era un cubículo de acero con una mesa empotrada que lo dividía en dos mitades. Bosch se sentó en un lado, con una puerta directamente a sus espaldas. Al otro lado de la mesa se extendía un espacio de tamaño similar con otra puerta idéntica. Por esa puerta iban a traerle a Coleman, pensó.
Bosch estaba investigando el asesinato –cometido veinte años atrás– de Anneke Jespersen, una fotógrafa y periodista que había muerto de un tiro durante los disturbios de 1992. Por aquel entonces, Harry estuvo investigando el caso y la escena del crimen durante apenas una hora, hasta que tuvo que dedicarse a investigar otros asesinatos de aquella demencial noche de violencia que le llevó de un caso a otro.
Después del cese de las revueltas callejeras, el cuerpo de policía estableció un departamento para la investigación de los crímenes cometidos durante los disturbios (DICD), y la investigación del asesinato de Jespersen quedó al cargo de esa unidad. El crimen nunca se resolvió; después de estar clasificada como abierta y activa, la investigación y los escasos indicios disponibles fueron discretamente encarpetados y metidos en los archivos.
Sin embargo, cuando ya empezaba a acercarse el vigésimo aniversario de los disturbios, el jefe de policía –quien se las sabía todas en lo referente a los periodistas– envió una circular al teniente al cargo de la Unidad de Casos Abiertos en la que ordenaba un nuevo examen de todos los asesinatos sin resolver que se habían producido durante los tumultos de 1992. El jefe quería estar preparado cuando los medios de comunicación empezaran a elaborar los consabidos artículos y reportajes del vigésimo aniversario. Al cuerpo de policía seguramente le habían pillado desprevenido en el 92, pero no iba a suceder lo mismo veinte años después. El jefe quería poder decir que todos los asesinatos no resueltos sucedidos durante los disturbios aún estaban siendo investigados.
Bosch pidió de forma específica que le asignaran el caso Anneke Jespersen; veinte años después, volvía a estar al frente de la investigación…, sin que lo tuviera demasiado claro. Sabía que, o bien los casos se aclaraban en las primeras cuarenta y ocho horas, o bien la cosa se complicaba. A aquel caso apenas le había dedicado atención durante una de las primeras cuarenta y ocho horas. Habían actuado con cierta negligencia, y Bosch siempre había tenido remordimientos al respecto, como si hubiera abandonado a Anneke Jespersen a su suerte. A ningún inspector de Homicidios le gusta dejar un caso sin resolver, pero en su momento no había tenido más alternativa. Se lo habían arrebatado de las manos. Lo más fácil para él habría sido echarles las culpas a los investigadores que le sucedieron, pero Bosch tenía que incluirse a sí mismo entre los responsables. Fue él quien emprendió la investigación en la escena del crimen. No podía evitarlo y se decía que, por muy poco tiempo que hubiera estado allí, tenía que haber pasado algo por alto.
Y ahora, veinte años después, tenía otra oportunidad de resolver este caso. Una oportunidad entre mil. Bosch consideraba que todo caso tenía su propia caja negra. Un indicio en particular, una persona, una reevaluación de los hechos que aportaba cierta comprensión y ayudaba a explicar lo que había sucedido y por qué. Sin embargo, en el caso de Anneke Jespersen, no había ninguna caja negra. Lo único que había era un par de mohosas cajas de cartón, sacadas de los archivos, que aportaban escasa dirección o esperanza a Bosch. En las cajas estaban las prendas de vestir y el chaleco antibalas de la víctima, su pasaporte y otros efectos personales, así como una pequeña mochila y el equipo fotográfico recuperado en su hotel después de los disturbios. También estaba el pequeño casquillo de nueve milímetros encontrado en la escena del crimen, así como el escueto informe de investigación redactado por el Departamento para la Investigación de los Crímenes Cometidos durante los Disturbios. La denominada ficha de asesinato.
En realidad, esta última venía a ser una crónica de la inactividad del DICD en lo referente a este caso. La unidad había estado operando a lo largo de un año y se había encontrado con centenares de crímenes por investigar, entre ellos decenas de asesinatos. Sus integrantes se habían visto casi tan abrumados en sus investigaciones como lo estuviera Bosch durante los mismos disturbios.
El DICD había pegado carteles en South Los Angeles anunciando una línea telefónica de información y recompensas a cambio de aquellos datos que condujeran a detenciones y condenas por crímenes relacionados con los disturbios. Había distintos carteles con diversas fotos de sospechosos, escenas de crímenes o víctimas. Tres de ellos llevaban una foto de Anneke Jespersen y animaban a ofrecer cualquier información sobre sus movimientos y su asesinato.
La unidad trabajaba sobre todo a partir de lo que llegara por medio de los carteles y otras iniciativas de cooperación ciudadana y seguía aquellos casos en los que existía información de tipo sólido. Pero ningún dato de valor apareció en lo tocante a Jespersen, de forma que la investigación no llegó a ir a ninguna parte. El caso era un callejón sin salida. Incluso la única prueba que habían encontrado en la escena del crimen –el casquillo de bala– carecía de valor sin una pistola a la que vincularla.
Al examinar los efectos personales y los archivos, Bosch encontró que la principal información que se había obtenido de la primera investigación era la relativa a la propia víctima. Jespersen tenía treinta y dos años y procedía de Dinamarca, no de Alemania, como Bosch había dado por supuesto durante veinte años. Trabajaba para un periódico de Copenhague llamado Berlingske Tidende, en el que era fotoperiodista, en el sentido más preciso del término. Jespersen escribía artículos y tomaba fotografías. Había trabajado como corresponsal de guerra y había documentado los conflictos mundiales en palabras y en imágenes.
La chica había llegado a Los Ángeles la mañana posterior al comienzo de los disturbios. Y al final de esa misma noche estaba muerta. Durante las semanas que siguieron, el Los Angeles Times publicó unos breves perfiles de todas las personas fallecidas durante aquel estallido de violencia. El breve artículo sobre Jespersen citaba al director de su periódico y a su hermano en Copenhague, y describía a la periodista como dispuesta a correr riesgos, siempre presta a ofrecerse voluntaria para que la enviaran a las regiones más peligrosas del mundo. Durante los cuatro años anteriores a su muerte había cubierto los conflictos en Irak, Kuwait, el Líbano, Senegal y El Salvador.
Ciertamente, los desórdenes en Los Ángeles no estaban a la altura de muchos de los conflictos armados que había reflejado en fotografías y artículos, pero, según el Times, Jespersen se encontraba de vacaciones en Estados Unidos cuando estallaron los disturbios en la ciudad. De inmediato, telefoneó a la sección de edición gráfica del BT, como solían denominar al periódico en Copenhague, y dejó un mensaje a su editora haciéndole saber que se dirigía a Los Ángeles desde San Francisco. Pero Jespersen murió antes de enviar artículo o fotografía algunos al diario. Su editora nunca llegó a hablar con ella después de recibir el mensaje.
Después de que el DICD fuera disuelto, el asesinato no resuelto de Jespersen se asignó al Departamento de Homicidios de la comisaría de la calle 77, pues el crimen había tenido lugar en su jurisdicción, por así decirlo. Encomendada a unos inspectores jóvenes y con su propia acumulación de casos abiertos, la investigación no tardó en quedar archivada. Las anotaciones en la cronología de la investigación estaban muy espaciadas y en gran medida no pasaban de informar del interés que el caso había despertado en el extranjero. EL LAPD ni por asomo lo estaba llevando con dedicación, pero la familia de la fallecida y los conocidos de Jespersen entre la prensa internacional no abandonaban la esperanza. La cronología hacía mención a sus frecuentes preguntas sobre el caso. Unas preguntas que se repitieron hasta que los efectos personales y los documentos vinculados a este se archivaron. Desde entonces, quienes se interesaban por Anneke Jespersen solían ser ignorados, tanto como el propio caso por el que expresaban su interés.
De forma un tanto curiosa, las pertenencias personales de la víctima jamás se le devolvieron a la familia. En las cajas de archivo estaban la mochila y los efectos entregados a la policía varios días después del asesinato, cuando el gerente del motel Travelodge situado en Santa Monica Boulevard se fijó en el extraño nombre de la periodista, que había aparecido en un listado de víctimas publicado en el Times, y lo cotejó con el registro de huéspedes del establecimiento. Hasta ese momento, en el hotel pensaban que Anneke Jespersen sencillamente se había escabullido de su habitación sin pagar lo que debía, por lo que habían metido todas sus pertenencias en la mochila que habían encontrado en su habitación, que a su vez guardaron en un armario de almacenamiento que había en el motel. Tras determinar que Jespersen jamás iba a volver porque estaba muerta, el gerente envió la mochila al DICD, que en ese momento operaba en unas oficinas temporales situadas en la comisaría central de la ciudad.
La mochila estaba en una de las cajas de archivo que Bosch había recuperado. En ella había dos pares de pantalones vaqueros, cuatro camisas blancas de algodón y varios calcetines y prendas de ropa interior. Estaba claro que Jespersen siempre viajaba con poco equipaje, como correspondía a una corresponsal de guerra, incluso de vacaciones. La explicación de esto quizá fuera que estaba previsto que volviera a cubrir una guerra después de las vacaciones en Estados Unidos. Su editora en Copenhague había explicado al Times que el periódico tenía proyectado que Jespersen se trasladara directamente de Estados Unidos a Sarajevo, en la antigua Yugoslavia, donde la guerra había empezado pocas semanas atrás. Los medios de comunicación estaban empezando a hablar de violaciones en masa y de limpieza étnica, y Jespersen iba a dirigirse al ojo del huracán: su viaje estaba planeado para el lunes siguiente al estallido de los disturbios de Los Ángeles. Lo más probable era que aprovechara esa breve parada para hacer fotos de los saqueadores como un simple aperitivo de lo que la estaba esperando en Bosnia.
En los bolsillos de la mochila también estaba el pasaporte danés de Jespersen, así como varios carretes de película de 35 milímetros sin usar.
El pasaporte de la chica mostraba un sello de entrada estampado por el Servicio Nacional de Inmigración en el aeropuerto internacional John F. Kennedy de Nueva York seis días antes de su muerte. Según los informes de la investigación y los artículos de prensa, había estado viajando por su cuenta y había llegado a San Francisco cuando salió aquel veredicto exculpatorio en Los Ángeles y estalló la violencia.
Ninguno de los documentos o artículos hacía referencia a en qué lugares de Estados Unidos había estado Jespersen durante los cinco días anteriores a los disturbios. Al parecer, no se consideraba que dicha información pudiera resultar relevante en la investigación de su muerte.
Lo que sí parecía claro era que la erupción de violencia en Los Ángeles fue una fuerte motivación para Jespersen, quien de inmediato viajó de noche a la ciudad, al parecer al volante de un coche de alquiler recogido dos días antes en el aeropuerto internacional de San Francisco. La mañana del jueves 30 de abril presentó su pasaporte y sus credenciales periodísticas danesas en la oficina de comunicación del LAPD con el propósito de obtener una acreditación de prensa.
Bosch había estado en Vietnam en 1969 y 1970. Allí había conocido a muchos periodistas y fotógrafos en los campamentos militares y en los mismos sectores de combate. Todos ellos le habían impresionado por su peculiar forma de valentía. No era la valentía que se le presumía a un soldado, sino más bien de cierto ingenuo convencimiento de la propia invulnerabilidad, pasara lo que pasara. Era como si creyeran que sus cámaras y credenciales de prensa eran unos escudos capaces de salvarles incluso en las peores circunstancias.
Bosch había conocido particularmente bien a uno de esos fotógrafos. Se llamaba Hank Zinn y trabajaba para la agencia Associated Press. En cierta ocasión, había seguido a Bosch al interior de uno de los peligrosos túneles excavados por el Vietcong en Cu Chi. Nunca dejaba pasar la ocasión de adentrarse en «territorio comanche» y conseguir lo que él denominaba «algo auténtico». Murió a principios de 1970, cuando el helicóptero Huey en el que se había colado para llegar hasta el frente cayó abatido. Recuperaron una de sus cámaras entre los restos del aparato, intacta, y a alguien del campamento base le dio por revelar las fotografías. Resultó que Zinn había estado tomando imágenes sin cesar mientras el helicóptero recibía los disparos del enemigo y terminaba por precipitarse al vacío. Nunca llegó a saberse si Zinn estuvo documentando valerosamente su propia muerte o si pensaba que iba a tener unas fotos sensacionales cuando regresara al campamento base. Pero, tras conocerlo, Bosch se dijo que aquel fotógrafo pensaba que era invencible y que el choque del helicóptero contra el suelo no supondría el final del camino.
Al enfrentarse otra vez al caso Jespersen, después de tantos años, Bosch se preguntó si Anneke Jespersen habría sido como Zinn, una persona convencida de su invulnerabilidad, segura de que su cámara y su pase de prensa le abrirían paso entre el fuego. No cabía duda de que se había metido en la boca del lobo. Se preguntó cuál fue su último pensamiento cuando el asesino apuntó al ojo con la pistola. ¿Jespersen era como Zinn? ¿Le habría tomado una foto a su asesino?
Según un listado proporcionado por su editora en Copenhague e incluido en el informe de investigación del DICD, llevaba consigo un par de cámaras Nikon F4, así como diversas lentes y objetivos. Por supuesto, le habían robado su material de trabajo, que nunca pudieron recuperar. Las posibles pistas fotografiadas que hubieran podido encontrarse en sus cámaras se habían esfumado mucho tiempo atrás.
Los investigadores del DICD revelaron los carretes fotográficos que encontraron en los bolsillos de su chaleco. En la ficha de asesinato había algunas de estas impresiones de 20 × 25 centímetros, así como cuatro pruebas de negativo que contenían imágenes en miniatura de las noventa y seis fotos al completo; sin embargo, su valor era muy escaso como indicios o pistas de investigación. Eran simples fotografías de los efectivos de la Guardia Nacional de California reunidos junto al Coliseum tras ser llamados para ponerle fin a la violencia en Los Ángeles. Otras imágenes mostraban a los guardias en los puestos de control establecidos en cruces de calles de esa zona sumida en los disturbios. No había fotos de violencia, de incendios o de pillaje, aunque sí bastantes de guardias patrullando las aceras frente a las tiendas saqueadas o incendiadas. Según parecía, había tomado esas imágenes el día de su llegada, después de que el LAPD hubiera concedido una acreditación de prensa a Jespersen.
A pesar de su valor histórico para la documentación de los disturbios, en 1992, esas fotos se consideraron inútiles respecto a la investigación del asesinato; veinte años más tarde, Bosch estaba de acuerdo con aquella consideración.
Así mismo, el informe del DICD contenía una nota fechada el 11 de mayo de 1992 referente a la recuperación del automóvil alquilado a la agencia Avis que Jespersen había recogido en el Aeropuerto Internacional de San Francisco antes de los disturbios. Encontraron el coche en Crenshaw Boulevard, a siete manzanas de distancia del callejón donde apareció el cadáver. Durante los diez días que había estado abandonado, alguien había entrado en el vehículo por la fuerza y había destrozado su interior. La nota explicitaba que el automóvil y lo que había dentro –o lo que no había– carecía de valor para los investigadores.
De eso se deducía que el único indicio hallado por Bosch durante la primera hora de la investigación seguía constituyendo la principal esperanza para solventar el caso: el casquillo de bala. Durante los últimos veinte años, las tecnologías policiales se habían venido desarrollando a la velocidad de la luz. Muchas cosas que antes eran impensables hoy resultaban rutinarias. La aparición de aplicaciones tecnológicas para el análisis de pruebas y la resolución de casos criminales habían hecho que, en el mundo entero, se reevaluaran multitud de antiguos crímenes no resueltos. Los principales cuerpos metropolitanos de policía contaban con equipos asignados a la investigación de este tipo de casos «fríos». A veces, el empleo de nuevas tecnologías para el esclarecimiento de antiguos casos hacía que la cosa fuera pan comido: cotejar muestras de ADN, huellas dactilares y pruebas de balística solía cerrar los casos definitivamente con la detención de unos culpables que hasta ese momento habían gozado de impunidad, convencidos de que jamás los atraparían.
No obstante, otras veces la cosa resultaba más complicada.
Uno de los primeros que Bosch dio al reabrir el caso número 9212-00346 fue el de llevar el casquillo de bala a la Unidad de Balística para que lo analizaran y lo identificaran. Los de Balística estaban sobrepasados de trabajo. Teniendo en cuenta que las peticiones relativas a los casos «fríos» procedentes de la Unidad de Casos Abiertos eran muchas, pasaron tres meses antes de que a Bosch le llegara una respuesta. Y no resultó ser la panacea, algo que lo condujera a la inmediata resolución del asesinato. No obstante, sí que indicó qué camino seguir, lo que no estaba nada mal después de veinte años sin que a Anneke Jespersen se le hubiera hecho justicia.
El informe de Balística le dio un nombre: Rufus Coleman, cuarenta y un años, destacado miembro de la pandilla de los Rolling Sixties, que era dependiente de los Crips. En aquel momento, Coleman cumplía una pena de prisión en la penitenciaría estatal californiana de San Quentin, por asesinato.
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