La cara oculta de China - Isidre Ambrós - E-Book

La cara oculta de China E-Book

Isidre Ambrós

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Beschreibung

Isidre Ambrós, corresponsal de La Vanguardia en Pekín y Hong Kong durante una década, se sumerge en una sociedad muy reservada ante los extranjeros, como es la china, para narrar el perfil menos conocido del pais que aspira a desbancar a Estados Unidos del liderazgo planetario. A través de sus viajes, cual Marco Polo del siglo XXI, por toda la vasta geografía china, conversa con ciudadanos de toda condición que nos ayudan a comprender la evolución y el día a día de una sociedad de un funcionamiento muy distinto a la nuestra: al mismo tiempo que está controlada férreamente por el Partido Comunista, se esfuerza por enriquecerse como pocas, algo perceptible en la mentalidad de todos y cada uno de los hombres y mujeres con los que conversa Ambrós. Una parte importante del libro lleva al corresponsal a profundizar sobre la capacidad de China para luchar contra las epidemias. A ello se dedica el capítulo inicial del libro, titulado "El bisturí chino", que narra momentos y protagonistas clave de la pandemia de la COVID-19.

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Seitenzahl: 362

Veröffentlichungsjahr: 2021

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La caraocultade China

IsidreAmbrós

Una década en el corazón del gigante asiático

Primera edición: marzo de 2021

 

© de esta edición y derechos exclusivos de edición reservados para todo el mundo:

Editorial Diéresis, S.L.

Travessera de Les Corts, 171, 5º-1ª

08028 Barcelona

Tel: 93 491 15 60

[email protected]

 

© del texto: Isidre Ambrós

© foto de portada: Anson_iStock

 

Diseño: dtm+tagstudy

 

Impreso en España

 

ISBN: 978-84-18011-18-4

Depósito legal: B 4605-2021

Thema: NHF

IBIC: WTL

 

Todos los derechos reservados.

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los autores del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la fotocopia y el tratamiento informático, y su distribución mediante alquiler o préstamos públicos.

 

www.editorialdieresis.com

Twitter / Instagram: @EdDieresis

Índice

El bisturí chino

Wuhan, año 1 de la pandemia

Los remordimientos de la doctora Ai Fen

Madres temporales

El SARS, la epidemia que marcó a Hong Kong

¡Quiero tomar el sol!

¿Qué me pasa, doctor?

Partido, Estado y corrupción

Carné por puntos para ser buen ciudadano

China recluta a ritmo de rap

Destituido por no fumar

Ejecución en directo

El Salón de la Mala Fama

Fútbol, asignatura obligatoria

La pesadilla del 4 de junio

Operación Amor Peligroso

Poder, corrupción, amantes e internet

Sol, playa y patriotismo

Moralidad china

Apasionadas por el lujo

Cómo ligar, asignatura universitaria

El folio DIN-A4 como estándar de belleza

El lío de tener un segundo hijo

La revolución del inodoro

Los niños ignorados de China

Ostentación para difuntos

Muerte en el ascensor

Se alquila novio para Año Nuevo

Azotes en la banca

Protagonistas secundarios

Veinticuatro años buscando a Qifeng

Del palacio imperial al anonimato

El último prisionero de Tiananmen

La millonaria de los 118 huérfanos

La última partida de Stanley Ho

Los nietos de Mao

Historias de Pekín

Adiós al mercado gastronómico de insectos

El puente de Marco Polo pierde protagonismo

Pekín se hunde

Guerra a los ladrones de papel higiénico

Cita en el hutong más célebre de la capital

La otra masacre de Tiananmen

Final español a la rebelión de los bóxers

Todo es posible en Shanghai

Cómo facturar mil millones de euros en dos minutos

Ciudades europeas «made in China»

Algo más que un hotel

El mundo se cita a orillas del Huangpu

La torre que simboliza el siglo XXI

El gueto judío de Shanghai

El español que llevó el cine a China

Hong Kong, donde Oriente se cruza con Occidente

La ciudad que desafía a Pekín

Vivir con estrecheces a precio de oro

La casa encantada de Wanchai

El cementerio que habla

Tras las huellas de Hemingway

Un paseo por el Hollywood de Oriente

La estrella de Hong Kong languidece

Un universo de 263 islas

Del gélido norte al trópico

La «Pequeña África» de Cantón

El Gran Hermano en Urumqi, la capital de los uigures

Harbin, un parque temático a veinte grados bajo cero

La vida renace en Beichuan

Macao, entre la «saudade» portuguesa y el frenesí chino

Pingyao, el Wall Street de la China imperial

Viaje a Dandong, la puerta del régimen norcoreano

El autor

Este libro tiene sus orígenes en la curiosidad provocada por las informaciones pequeñas, a pie de página en muchas ocasiones, publicadas por los medios de comunicación chinos, así como por las situaciones cotidianas vividas durante mi estancia en China. Pero también en numerosas entrevistas personales con gente que, con grandes dosis de paciencia, me ayudó a entender un país enorme y una sociedad inabarcable. La mayoría de estos encuentros, realizados en torno a innumerables cafés y tés, me han resultado imprescindibles para poder escribir mis reportajes a lo largo de una década en Asia. Me hubiera gustado poder citar a todas y cada una de esas personas; sin embargo, algunas con las que he contactado me han solicitado que salvaguarde su identidad. Lo respeto y comprendo su prudencia. Desvelar datos o referencias personales puede resultar peligroso en un país como China, así que he optado por preservar el anonimato de todas. No obstante, mi gratitud hacia ellas es inmensa por su amabilidad y predisposición para hablar de temas que no siempre eran de su agrado.

Gracias a mis colegas y amigos de la sección de Internacional de La Vanguardia, Joaquín Luna, Lluís Uría y Elisenda Vallejo, por su paciencia atendiendo diariamente mis llamadas para publicar unas crónicas que consideraba de máximo interés y sus consejos para mejorar mis textos.

Gracias, igualmente, a aquellos amigos que han leído partes del libro y lo han enriquecido con sus opiniones. Y gracias, asimismo, a José Ángel Martos y Teresa Amiguet, de Editorial Diëresis, por sus contribuciones y correcciones.

Para Alba y Àngels, que han compartido mi década asiática.

El bisturí chino

Wuhan, año 1 de la pandemia

En China todo va muy deprisa. Tanto que, en Wuhan, la primera ciudad que se vio aislada y confinada de la noche a la mañana por la Covid-19, sus once millones de habitantes consideran que este episodio pertenece ya al pasado. Prueba de ello es que, doce meses después del cierre sorpresa de esta urbe durante 76 días, reina la normalidad y la gente intenta volver a su vida cotidiana, aunque con mil precauciones y recuperándose de unas heridas que tardarán en cicatrizar.

«Me siento mucho más seguro aquí en Wuhan que en cualquier otra ciudad del planeta. Ahora mismo, no me iría a ninguna otra parte del mundo». Así de contundente se muestra Sergi Mulet, de 33 años, natural de Terrassa (Barcelona) y residente en esta urbe bañada por el río Yangtsé desde septiembre del 2019, al valorar su experiencia en la capital de la provincia de Hubei.

Mulet, que trabaja como entrenador de fútbol base en el Wuhan Three Towns, uno de los dos equipos de la ciudad, atribuye su confianza de que no caerá contagiado de Covid-19 a la conciencia social de los wuhaneses, a su disciplina y a la actitud de las autoridades chinas. «Fueron, y son aún, muy meticulosos y estrictos», subraya este egarense, a quien el cierre de la urbe le sorprendió de vacaciones por el Año Nuevo Lunar y el club no le dejó regresar hasta septiembre del 2020.

Tras permanecer cerrada a cal y canto entre el 23 de enero y el 8 de abril del 2020, la ciudad muestra ahora una normalidad envidiable, según las imágenes que muestra la televisión estatal china. El bullicio y el ajetreo son palpables. Los centros comerciales están llenos de gente, se organizan conciertos multitudinarios y las señoras salen a ensayar coreografías en los parques al caer la noche (un clásico del paisaje urbano chino). «Normalidad es la palabra», apostilla Sergi Mulet, quien acto seguido precisa que «la gente se mueve con precaución». No hay para menos, pues el coronavirus ha causado en esta ciudad más del 80 por ciento de los más de 4.800 chinos fallecidos, según las cifras oficiales, y más del 60 por ciento de los 100.500 contagiados contabilizados.

Esta prudencia de los wuhaneses es visible en sus actitudes. El uso de la mascarilla, que antes sólo se ponían por la contaminación, ahora se ha generalizado. En el transporte público es obligado llevarla y en determinados espacios cerrados, como bares, restaurantes y centros comerciales, también. La gente intenta evitar, asimismo, las multitudes y desinfecta todo lo que puede desinfectar y más. A ello se suman las medidas de control de temperatura y un rastreo generalizado de la población a través del móvil, que funciona con un código QR para averiguar si has estado cerca de un contagiado.

El propio Sergi Mulet fue protagonista involuntario de la cautela de los habitantes de Wuhan. En otoño, pocas semanas después de reincorporarse a su trabajo y cuando Europa sufría una nueva ola de coronavirus, se sorprendió un día viajando solo con unos amigos en un vagón de metro en plena hora punta. Algo de lo más inhabitual. Y es que nada más entrar en el tren, los viajeros se empezaron a alejar de ellos, hasta dejarlos solos. Los identificaron como europeos y potenciales transmisores de la Covid-19 en una ciudad en la que ya hacía meses que no se detectaba ningún caso de contagio.

Una situación que se explica por la eficaz campaña de propaganda llevada a cabo por el Gobierno chino acerca de su gestión de la pandemia. Además de omitir los errores iniciales al enfrentarse al coronavirus, Pekín ha promocionado la rápida recuperación de Wuhan como prueba de que su modelo de gestión de la crisis es superior al de las democracias occidentales, que siguen sumidas en la lucha contra la pandemia. «Esto demuestra que Wuhan ha obtenido una victoria estratégica en la lucha contra la epidemia», destacó en su momento el portavoz del ministerio de Exteriores, Zhao Lijian, ante la prensa. Un planteamiento que la población china interpreta como: «Nosotros, los chinos, estamos libres del virus y son los occidentales los que nos lo transmiten».

Una propaganda que Pekín ha acompañado con la detención y penas de cárcel a periodistas ciudadanos que narraban la dura realidad de la vida en Wuhan durante el confinamiento en las redes sociales y con una contundente política de prevención. En definitiva, un compendio de medidas que han contribuido a enaltecer el patriotismo de la sociedad china.

Pero el orgullo patrio no siempre encaja con la vida cotidiana. Los once millones de habitantes de Wuhan respiran ahora más tranquilos que hace un año, pero eso no quiere decir que se hayan olvidado de la Covid-19. «Hay miedo», dice la estudiante Fu Ying. «La gente está muy tensa y recelosa», añade la joven en referencia a que, solo con oír a alguien que tose levemente, la gente se aleja temerosa de forma inmediata.

Ese pánico a padecer un nuevo confinamiento prolongado llevó a los wuhaneses a agolparse en los supermercados en enero de este año 2021. Bastó que las autoridades sanitarias chinas anunciaran que habían detectado un brote epidémico en la ciudad septentrional de Shijiazhuang, a más de mil kilómetros de la provincia de Hubei, para que la población de Wuhan se precipitara a los supermercados con el afán de abastecerse de artículos de primera necesidad. No querían sufrir las privaciones a que se vieron sometidos en los primeros meses del 2020, porque en China el periodo de reclusión se cumplió a rajatabla, no como en España y el resto de Europa, donde ha habido numerosas excepciones.

Y es que, aunque la vida sigue y el coronavirus ha quedado atrás, los wuhaneses no han olvidado. En la festividad del Año Nuevo Lunar de este 2021, muchas familias se han contenido y han evitado salir a celebrarlo a un restaurante como es tradicional. Aún no se atreven a encerrarse en un local con mucha gente, por temor a ser contagiados de Covid-19. «Este año sólo tenemos reservadas el 40 por ciento de las mesas, frente al 95 por ciento de otros años», comentó el gerente de un restaurante de Wuhan al diario Global Times.

Pero si el daño económico tardará tiempo en ser reparado, mucho más lo serán los trastornos psicológicos que ha causado el coronavirus. Los terapeutas advierten que las cicatrices psicológicas seguirán supurando en las familias durante mucho tiempo. Para muchos wuhaneses no se trata tan solo de superar la ausencia de los seres queridos, sino del temor a ser estigmatizados por ser originarios de la urbe donde tuvo lugar la primera pandemia del siglo XXI y a ser rechazados en otras partes de China o del planeta.

Un desasosiego sólo superado por el miedo a sufrir una nueva ola de contagios. Una posibilidad que Sergi Mulet descarta, porque considera que Wuhan ya ha superado la pandemia y ahora es la ciudad más segura del mundo. Más vale que sea así y no haya que recordar la expresión de que nunca segundas partes fueron buenas, porque la Covid-19 sigue cobrándose miles de vidas cada día en el resto del mundo.

Los remordimientos de la doctora Ai Fen

«Si llego a saber lo que iba a pasar, hubiera ignorado la reprimenda y lo hubiera gritado a los cuatro vientos». Con esta franqueza, la doctora Ai Fen, jefa del servicio de Urgencias del Hospital Central de Wuhan, la ciudad china que se convirtió en el epicentro de la pandemia del coronavirus Covid-19, confesó los profundos remordimientos que le atormentaban por haber mantenido en secreto la existencia de este virus mortal durante tres semanas, siguiendo las órdenes del responsable disciplinario de su centro sanitario, el más importante de esta urbe de once millones de habitantes. Una mala conciencia atroz alimentada por el elevado número de fallecimiento provocados por esta pandemia, que al cabo de un año había acabado con la vida de más de dos millones de personas en todo el mundo, 4.843 en China según las cifras oficiales y 68.800 en España. Un contador que sigue en marcha y parece no tener fin, en la medida en que siguen apareciendo variantes del patógeno original en diversos países del mundo y este continúa contagiando a miles de personas.

Las declaraciones de esta doctora, desde el año 2010 al frente del servicio de urgencias del Hospital Central de Wuhan, el mayor y más importante de la capital de la provincia de Hubei, causaron un auténtico terremoto en la sociedad china, muy inquieta desde principios de 2020 por la ferocidad del coronavirus y la sensación de que las autoridades les habían estado ocultando información durante semanas. Sus revelaciones a la revista Ren Wu, perteneciente al grupo editorial del Diario del Pueblo, el órgano de prensa oficial del Partido Comunista de China, fueron censuradas rápidamente, pero duraron el tiempo suficiente para alertar acerca de la gravedad de la Covid-19 y amargarle al presidente chino Xi Jinping su visita aquel 10 de marzo a Wuhan, en un gesto que pretendía simbolizar la victoria sobre la pandemia. Pura propaganda política. Un mes más tarde, a principios de abril, trascendió la noticia de que se había perdido la pista a Ai Fen desde mediados de marzo, al igual que antes se les había perdido a otras personas que habían criticado a las autoridades de Pekín por su gestión de esta crisis sanitaria.

El testimonio de esta doctora, casada y madre de dos hijos, en ese artículo de Ren Wu, que llevaba por título «La denunciante», desvelaba la ansiedad, la impotencia y el estrés a que estaban sometidos los equipos sanitarios de su hospital ante una avalancha de pacientes frente a la que no daban abasto, y mostraba la indiferencia de unas autoridades políticas que exigían silencio para no provocar el pánico de la gente y que se generaran desórdenes sociales. Y, mientras tanto, familias enteras se presentaban en los hospitales de la ciudad con síntomas que recordaban a los del SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Grave), que en el 2003 contagió a más 5.300 personas y causó la muerte de 348 en China. Unas cifras que el coronavirus superó el 3 de febrero de 2020, cuando la Comisión Nacional de la Salud del gigante asiático anunció que la Covid-19 había infectado hasta entonces a 17.205 personas y provocado la muerte de 361.

En aquella entrevista, Ai Fen insistía una y otra vez en expresar su arrepentimiento por no haber hecho caso a su conciencia profesional y haber continuado alertando sobre la peligrosidad de aquel virus desconocido. Guardó silencio tres semanas. Un tiempo perdido precioso, que consideraba que hubiera permitido salvar si no a miles, sí a cientos de vidas. Y es que esta doctora empezó a inquietarse a finales de diciembre de 2019, cuando observó que un par de pacientes habían ingresado en urgencias con fiebre alta y problemas respiratorios y que no experimentaban ninguna mejoría tras ser tratados con los medicamentos habituales. Días después averiguaría que ambas personas trabajaban en el mercado de Huanan, el supuesto foco de la pandemia, que estaba situado a una media hora a pie del Hospital Central de Wuhan, en la avenida Xinhua.

Fue, sin embargo, el 30 de diciembre de 2019 cuando su corazón le dio un vuelco. Aquella tarde, mientras analizaba unas imágenes de los pulmones de uno de los pacientes, un colega del hospital Tongji, también de Wuhan, le rebotó un mensaje por WeChat: «No vayas al mercado de Huanan, hay varios casos de fiebre». Y en paralelo, el laboratorio le hacía llegar los resultados de unos análisis de uno de aquellos enfermos en los que resaltaban las palabras «coronavirus SARS» y que la transmisión se daba a través de gotículas respiratorias que se producían cuando una persona tosía o estornudaba a corta distancia. «Me entraron escalofríos», confesó Ai Fen.

Subrayó en rojo la palabra SARS, hizo una foto del informe y, tras hablar con los colegas de su departamento, la envió a un médico amigo de otro hospital de Wuhan. El mensaje circuló y aquella noche todos los círculos médicos de la ciudad se hicieron eco de la alerta. Entre ellos el oftalmólogo Li Wenliang, que la hizo correr con el comentario: «Siete casos de SARS confirmados en el mercado de Huanan». Un mensaje que le costaría caro a Li, que fue obligado a retractarse por la policía, acusado de difundir falsos rumores que habían perturbado el orden social. «Te lo advertimos seriamente, si sigues con estas impertinencias y con esta actividad ilegal, serás llevado ante la justicia. ¿Entendido?», escribió la policía en una carta de arrepentimiento que este oftalmólogo de 34 años, casado y padre de un hijo, tuvo que firmar y rubricar con sus huellas dactilares, según relató en su cuenta de Weibo (el Twitter chino) cuando ya había contraído el coronavirus, que acabó con su vida el 6 de febrero de 2020.

Para Ai Fen, los problemas empezaron pocas horas después de haber enviado aquel mensaje. Aquella misma noche, a las 22:30, recibió un aviso de la Comisión Nacional de Salud local que le advertía: «Esta información no debe ser difundida arbitrariamente. Si se produce el pánico, habrá que buscar al responsable». La amenaza era clara.

Al día siguiente, el último de 2019, China comunicó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) la aparición de un brote epidémico de un nuevo coronavirus en la ciudad de Wuhan, y Pekín autorizó a las autoridades de la capital de Hubei a emitir un comunicado informando de la aparición de 27 casos de una «neumonía viral de origen desconocido», que podrían tener su foco en el mercado de Huanan, que fue clausurado el primero de enero de 2020.

Poco antes de la medianoche de aquel día, Ai Fen recibió un nuevo mensaje más taxativo del jefe del comité de inspección disciplinaria del hospital: «¡Pase por mi despacho mañana por la mañana!». «Esa noche no pegué ojo», confesó la doctora a Ren Wu.

El 2 de enero, a las ocho de la mañana, cuando aún no había terminado su ronda de visitas a los pacientes, Ai Fen recibió una nueva llamada: «¡Venga ahora mismo a mi despacho!». En aquella reunión, recibió «una reprimenda sin precedentes y muy severa», señaló la propia doctora. «¿Cómo has podido caer en esta falta de profesionalidad y del sentido de la disciplina de equipo, difundir falsos rumores y crear tales problemas?», la abroncó su superior antes de ordenarle que prohibiera a los miembros de su equipo hacer alusión alguna a aquella neumonía y que ella tampoco hablara con nadie de ese asunto. «¡Ni siquiera con su marido!», le urgió el jefe del comité disciplinario. Aquella noche, al regresar a su casa, Ai Fen sólo acertó a decirle a su esposo: «Si me pasa algo, procura cuidar bien a los niños».

Disciplinada y comedida, Ai Fen no rompió su silencio en casa hasta el 20 de enero, después de que Zhong Nashan, considerado en China como la eminencia médica que venció al SARS en el 2003, revelara al país entero lo que ella y sus colegas sabían desde hacía tres semanas, que el coronavirus se transmitía de persona a persona. Aquella noche, le explicó a su marido que era objeto de un expediente disciplinario por incumplir su compromiso profesional y discutir con sus colegas acerca de los peligros de un virus desconocido.

A partir de aquel día, los acontecimientos se dispararon. El desplazamiento de cientos de millones de chinos que volvían a sus hogares para celebrar el Año Nuevo Lunar ya había empezado hacía días y la estratégica situación geográfica de Wuhan convertía a la ciudad en un factor clave en la propagación de la epidemia. Y es que esta urbe de once millones de habitantes, bañada por el río Yangtze, es un enclave logístico de primera magnitud en la red de transportes de China, tanto a nivel terrestre, como fluvial y aéreo. Un factor que explicaría que el 23 de enero de 2020, la víspera de aquella efeméride, las autoridades de Pekín tomasen la drástica medida de cerrar la ciudad con 830 casos de contagio confirmados y 27 muertes. Una decisión que dos días después ampliaron a toda la provincia de Hubei. En total, 60 millones de personas fueron obligadas a confinarse en sus casas.

De repente, aquella ciudad, famosa por ser uno de los principales motores del crecimiento económico del gigante asiático al albergar a los principales fabricantes automovilísticos y del acero del país, quedó paralizada. Los medios de comunicación chinos mostraban imágenes de unas avenidas desiertas, silenciosas, sin ningún peatón ni vehículos. La alegría que transmitían los estudiantes de una de las ciudades con mejores universidades del país había desaparecido. El ir y venir de los wuhaneses por la céntrica calle Han, una vía peatonal de casi dos kilómetros de longitud en el distrito de Wuchang, normalmente atestada de gente, había cesado: aparecía despoblada y con los establecimientos cerrados. Igual de huérfana de visitantes estaba la famosa Torre de la Grulla Amarilla, uno de los monumentos más visitados y que ofrece una de las mejores vistas de la urbe; o los alrededores de la antigua iglesia ortodoxa rusa de la calle Poyang Jie, cuya cripta alberga una discoteca.

En total fueron once las semanas que la población de Wuhan permaneció encerrada en sus casas, entre el 23 de enero y el 8 de abril, y sólo se salía para comprar alimentos y acudir en oleadas a los hospitales. Fueron unas semanas de desesperación tanto para ellos como para el personal sanitario, agobiado ante la falta de medios con que afrontar la epidemia, de la misma forma que luego sucedió en Italia, España, Francia o Estados Unidos. Unas carencias de material sanitario que hicieron que alrededor de 250 sanitarios entre doctores y enfermeras se contagiaran del coronavirus en el Hospital Central de Wuhan. Una ciudad que concentró 50.000 de los 100.500 contagiados que registró China por el coronavirus y 3.869 personas fallecidas de los 4.843 muertos contabilizados en el gigante asiático por dicha pandemia, según cifras oficiales del régimen de Pekín.

Fueron unas semanas frenéticas en las que Ai Fen y su equipo se vieron desbordados por el aluvión de pacientes que les llegaban. «El 21 de enero nuestro servicio de urgencias atendió a 1.523 personas, tres veces más de lo habitual, y ninguna de ellas fue admitida a pesar de sus cuadros médicos. Ya no teníamos más camas», relató esta doctora que, al igual que sus colegas, doblaba turnos y se esforzaba lo indecible por salvar vidas.

Una situación que posiblemente la convenció de que el coronavirus iba a transformar la manera de actuar de las personas. «Ahora, siento que cosas que antes me parecían de lo más normal y cotidiano, como sostener a mi bebé y acompañarlo en el tobogán o ir a ver una película con mi esposo, me producen una enorme satisfacción y una felicidad inalcanzable», comentó dos semanas antes de que el programa 60 Minutes, del Canal 9 de la televisión australiana, revelara que no se tenían noticias suyas desde mediados de marzo.

Tras la emisión del programa, apareció un mensaje críptico en su cuenta de Weibo. Acompañado de una foto de la céntrica calle peatonal Jianghan Lu, había un comentario que decía: «Un río. Un puente. Una calle. La campana de un reloj». Fue su primer mensaje desde el 16 de marzo, cuando agradeció a todos que se preocuparan por su situación y les tranquilizó diciendo que estaba de vuelta al trabajo como siempre.

La realidad, sin embargo, es otra. La doctora Ai es víctima de una profunda depresión desde finales del año 2020, cuando perdió prácticamente la visión de un ojo al sufrir un desprendimiento de retina a los pocos meses de ser operada de cataratas en mayo, después de que lo peor del coronavirus ya hubiera pasado en China. Ai Fen acusa a los médicos que la intervinieron de falta de profesionalidad y de causarle el deterioro de la visión.

Una situación que llevó a la doctora Ai a confesar en su cuenta de Weibo a principios de este año que «este problema ocular me ha colapsado» y que se siente incapaz de hacer nada. «Mi familia tiene que acompañarme cuando camino y no puedo ni siquiera sostener a mi bebé. Vivo permanentemente angustiada». Un desenlace cruel para la doctora de Wuhan que alertó al mundo de la Covid-19 y luchó sin descanso para vencerlo.

Madres temporales

«Los primeros días no decía nada. Nunca gritaba, ni lloraba, parecía traumatizada y cada vez que los médicos, con sus trajes protectores blancos y sus gafas que les cubrían la cara, entraban en la habitación para verificar su temperatura, el miedo era visible en sus ojos. Yiyi empezaba a recular e intentaba esconderse. Los miraba como si fueran monstruos». Así explicaba Li Ren a la publicación digital china Sixth Tone sus primeras experiencias a cargo de una niña de cuatro años que el coronavirus había convertido en huérfana de la noche a la mañana en Wuhan, la ciudad epicentro del brote epidémico que el Gobierno chino aisló para evitar la propagación del virus entre el 23 de enero y el 8 de abril del 2020. Una epidemia que se cobró la vida de 3.869 personas y contagió a más de 50.000 en esta urbe, según las cifras oficiales chinas.

El testimonio de Li Ren sobre el comportamiento de Yiyi no es, sin embargo, un hecho aislado. Otras muchas personas que se ofrecieron voluntarias para cuidar niños en aquella ciudad durante los meses de confinamiento por el virus Covid-19 relataron situaciones semejantes. Al igual que Yiyi, también vivieron experiencias parecidas Meilin, Lili, Qinqin y tantas otras criaturas que integraron una verdadera legión de huérfanos temporales, debido a que, de golpe y porrazo, descubrían que estaban solos, desamparados, sin ningún adulto al que recurrir. Todos habían visto cómo se llevaban a sus padres en una ambulancia a un centro hospitalario para ser tratados del coronavirus, sin saber si los volverían a ver, y sus abuelos también habían desaparecido de su entorno sin que nadie les hubiera explicado si habían fallecido o estaban en otro hospital, y sin tener a más familiares cerca que los acogieran.

Se trataba de una situación de abandono, angustiosa, para estos pequeños, que no se empezó a resolver hasta que los medios de comunicación se hicieron eco. Fue necesario que la prensa local denunciara que un adolescente de diecisiete años con parálisis cerebral había muerto solo en su casa, debido a que su padre tenía que pasar la cuarentena en un hospital, para que las autoridades reaccionasen. El revuelo que levantó este suceso llevó al ministerio de Asuntos Civiles a ordenar a los funcionarios de Wuhan y de otras ciudades confinadas que cuidaran de los menores que se quedaban solos debido a la epidemia.

El mandato tenía su lógica, pero su ejecución no era fácil. El personal de Wuhan estaba desbordado por las urgencias en una ciudad asediada por el coronavirus, que cada día diezmaba a su población. Una situación que provocaba que el cuidado de los menores fuera irregular en la práctica. Así, por ejemplo, una madre de dos niños que tenía que cumplir la cuarentena explicó a la prensa que los miembros de un comité de vigilancia le habían sugerido que su hija de trece años se hiciera cargo de su hermanito de cuatro años en casa. Al final, tras mucho tira y afloja, los dos menores fueron a parar a un piso de acogida con una tutora.

Algo parecido le sucedió a Meilin, una niña de cuatro años que en dos semanas vio cómo su familia desaparecía y una mujer desconocida se hacía cargo de ella en un apartamento extraño. En pocos días su abuela había ingresado en un hospital para pacientes graves, su abuelo en un centro para pasar la cuarentena y a sus padres se los habían llevado a un hospital de campaña, según el diario HK01 de Hong Kong. En esta ocasión, la historia tuvo final feliz y la familia se reencontró.

Estos casos, junto a otro de una mujer que denuncio que una niña de su vecindario llamada Qinqin estaba sola en casa sin los padres, fueron los que impulsaron finalmente a los responsables municipales de Wuhan a recurrir a voluntarios para atajar el problema de desamparo que estaba generando el coronavirus. No hay cifras oficiales acerca de cuántos niños se quedaron en una situación de orfandad temporal a causa de la Covid-19 pero debieron ser varios centenares como mínimo, si se tienen en cuenta los más de 4.800 muertos y 100.500 contagiados oficiales que causó la epidemia del coronavirus. Li Ren fue una de aquellas voluntarias que acudieron en la ayuda de los chiquillos desamparados.

A mediados de febrero, cuando la Covid-19 se hallaba en plena fase expansiva en Wuhan, Li Ren recibió la llamada de un funcionario local que le preguntó si aquel mismo día podía hacerse cargo de una niña de cuatro años cuyos padres estaban siendo ingresados en un hospital. Su abuela, que la había criado, acababa de morir y no había más parientes a los que acudir.

Nada más colgar, habló con su esposo, le dijo a su hijo que tenía que emprender un largo viaje de negocios y se fue a recoger a la pequeña Yiyi. El encuentro no debió de resultar fácil, ni para la niña ni para ella, según dio a entender en su momento la joven madre wuhanesa. Se encontró con una criatura menuda, tímida, con el pelo recogido en una cola de caballo y los ojos enrojecidos de llorar. Después se encaminaron juntas hacía un hotel que se había habilitado como centro de acogida de menores, donde les proporcionaron una habitación en la misma planta en la que ya había otros seis pequeños en las mismas circunstancias que Yiyi.

Ren reconoció más tarde que al principio la relación con la niña fue complicada. Durante los tres primeros días no dijo ni una palabra. «Cada vez que intentaba hablar con ella, nunca respondía. Nunca gritaba, ni lloraba, parecía traumatizada por la situación de su familia», explicó la tutora a Sixth Tone. Para ganarse su confianza decidió prescindir de todas las medidas de protección que marcaba el protocolo del lugar y sólo usaba una mascarilla. Una iniciativa que adoptó tras observar que cada vez que llegaban los médicos, pertrechados con los trajes de protección blancos y sus gafas que les cubrían la cara, para tomarle la temperatura, Yiyi se asustaba e intentaba esconderse.

La estrategia de Ren funcionó y, al cuarto día, Yiyi empezó a sonreír. A partir de aquel momento, la convivencia fue más fluida. Cuando la niña miraba la televisión señalaba sus personajes favoritos y días después empezaron a cantar y jugar juntas. Una relación que fue mejorando, si bien aquella tutora, de común acuerdo con su madre, no le permitió realizar videollamadas con su mamá para evitar que se estresara al verla enferma y demacrada.

Pero mientras Li Ren cuidaba sólo de Yiyi, otra cuidadora voluntaria, Zhou Huiqin, se encargaba de los otros seis menores que estaban en aquella misma planta del centro de acogida. Esta mujer relató a la prensa que su trabajo fue mucho más complejo que el de Ren, ya que eran todo chicos y de edades diferentes, entre los cuatro y los diecisiete años. Una horquilla de edades que la obligó a multiplicarse, ya que tanto debía entretener y jugar con los más pequeños, como ayudar a los mayores a no perder comba en sus tareas escolares.

No obstante, al igual que Li Ren, Zhou Huiquin subrayó que su tarea más ardua consistió en conseguir ayudarlos a superar el dolor de estar lejos de sus padres y de no saber si los volverían a ver, así como a que se mantuvieran tranquilos y optimistas. «Todos estaban muy nerviosos el primer día, cuando llegaron al centro de acogida», precisó la cuidadora, quien recordó que el que tenía ocho años se pasó la primera noche llorando y diciendo que quería irse a su casa y que tenía miedo de dormir solo. Huiqin le tuvo que prometer que permanecería a su lado hasta que se durmiera. Palabra que cumplió hasta el último día.

Ren y Huiqin terminaron a finales de marzo sus periodos de «madres temporales» con un balance positivo. Los niños que tenían a su cargo recuperaron a sus padres de manera progresiva y pusieron fin a su periodo de orfandad temporal. La experiencia, sin embargo, dejó huella en los menores y algunas madres relataron que, tras recobrar la normalidad, sus hijos se mostraban más cariñosos, dicharacheros y con ganas de permanecer más tiempo con los padres. Una reacción que los expertos en psicología infantil consideran normal, porque estos menores expresan las carencias emocionales a que se vieron sometidos durante el tiempo que permanecieron separados de sus padres.

Los expertos advierten, por otra parte, que una tarea mucho más ardua y difícil es el tratamiento que hay que aplicar a aquellos menores a los que la epidemia del coronavirus ha arrebatado a uno o a los dos progenitores. Un reto mucho más complejo y en el que los psicólogos precisan de la complicidad familiar para lograr que el síndrome de orfandad que se apoderó de ellos desaparezca de sus mentes. Un estigma nada fácil de borrar.

El SARS, la epidemia que marcó a Hong Kong

Es difícil imaginar Hong Kong, una ciudad trepidante que nunca duerme, vacía y en silencio. Sin tráfico, ni nadie por las calles. Pero no es la primera vez que sucede, ya había pasado en una ocasión antes de la pandemia de la Covid-19. «La vida se paralizó en marzo del 2003. Las escuelas cerraron, los centros comerciales y los restaurantes estaban desiertos y la poca gente que iba por la calle se cubría el rostro con mascarilla y evitaba acercarse a otras personas. ¡Parecía el fin de mundo!». Javier Falcón, director de ventas para Asia-Pacífico de una empresa papelera española, describe de esta forma sus recuerdos sobre el impacto que tuvo la epidemia del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS, por sus siglas en inglés) en Hong Kong, ciudad en la que vive desde los años noventa.

Mucha gente mantiene un vago recuerdo de la que se considera que fue la primera pandemia del siglo XXI. Sin embargo, en el 2003, el SARS produjo tal conmoción en la antigua colonia británica que sus efectos aún perduran actualmente en la sociedad hongkonesa, obsesionada por la higiene y la salud. Una actitud que es perceptible desde entonces al observarse la presencia de dispensadores de desinfectante de alcohol en todos los edificios públicos, de oficinas y bloques residenciales, así como en los restaurantes, colegios y clubes privados. O la continua tarea de limpieza y desinfección que se lleva a cabo en mesas, pasamanos, pomos de las puertas y ascensores. Un reflejo heredado de aquellos meses en los que esa epidemia causó estragos en Hong Kong.

Y es que a diferencia de lo que ha sucedido más recientemente con el brote epidémico del coronavirus Covid-19, en el 2003 aquella crisis sanitaria sin precedentes puso contra las cuerdas a la metrópoli hongkonesa y reveló sus debilidades. No sólo resaltó los riesgos a los que se enfrentaba la ciudad como centro de tránsito global, sino que también expuso la fragilidad de su sistema médico a la hora de afrontar una epidemia, tanto por la carencia de recursos como por la falta de protocolos a la hora de actuar.

Al igual que en el 2020 con el brote epidémico de la Covid-19, en aquella ocasión el patógeno llegó de incógnito, procedente del sur de China. Las autoridades sanitarias de la vecina provincia china de Guangdong habían localizado la existencia de varios casos de una neumonía atípica desconocida en la ciudad de Cantón y otras urbes de la región, pero no compartieron la información ni con la Organización Mundial de la Salud (OMS) ni con las autoridades de Hong Kong. Una opacidad que hizo que el médico Liu Jianlun, que había estado en contacto con un paciente que había contraído aquella neumonía atípica, se convirtiera en el agente transmisor al viajar a la antigua colonia británica en autobús para asistir a la boda de un pariente el 21 de febrero del 2003.

El doctor Liu sólo estuvo una noche en la ciudad, pero fue tiempo suficiente para extender el virus a una treintena de países, contagiar a casi 8.300 personas y provocar la muerte a 774 de ellas. A su llegada a la ciudad, Liu se alojó en el hotel Metropole, situado en la populosa área comercial de Mong Kok en el distrito de Kowloon. En el ascensor de aquel establecimiento coincidió con un grupo de extranjeros que apenas repararon en aquel chino que tosía y estornudaba… y les pasaba un virus que ellos transportarían después a sus países.

Al día siguiente, el doctor Liu era ingresado en el cercano hospital Kwong Wah de Yau Ma Tei, en el mismo distrito de Kowloon, y tanto el propio paciente como el centro hospitalario de la vecina ciudad china de Zhongshan donde trabajaba advirtieron a los médicos hongkoneses que se trataba de una neumonía especial y que debía ser aislado. Falleció diez días después, el 4 de marzo. Aquel suceso afectó de tal forma a los propietarios del hotel que, en el curso de una renovación del establecimiento en 2006, le cambiarían el nombre de Metropole, vinculado al estallido de la epidemia, por el de Metropark Kowloon y eliminaron la habitación 911, donde se había alojado el doctor Liu Jianlun, que pasó a convertirse en la número 913.

La pesadilla, sin embargo, no había hecho más que empezar. En los días siguientes, cerca de un centenar de sanitarios del centro hospitalario donde estuvo ingresado, entre médicos, enfermeras y estudiantes en prácticas, contrajeron aquella neumonía atípica y la transmitieron a sus familias. A partir de entonces el virus empezó a propagarse de forma incontrolada y la OMS decidió bautizar a la nueva enfermedad como Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS, en inglés) y considerar a Hong Kong como el epicentro de una epidemia que cuando se dio por dominada había acabado con la vida de 299 de sus ciudadanos.

En Pekín, mientras tanto, el Gobierno guardaba un estricto silencio. A finales de marzo del 2003 ya había decenas de muertos y centenares de infectados en el país, pero las autoridades comunistas seguían sin darle importancia a aquella epidemia, evitaban relacionarla con la neumonía que había creado la alarma social en Cantón en enero y no se preocuparon de alertar a la población a través de los medios de comunicación. Entre otras razones porque el régimen vivía una etapa de transición y nadie parecía querer asumir responsabilidades. El presidente del país, Jiang Zemin, y su primer ministro, Zhu Rongji, ya habían concluido su mandato, pero sus sustitutos, Hu Jintao y Wen Jiabao, ya designados por el Partido Comunista, aún no habían sido ratificados por la Asamblea Popular. Un vacío de poder que propiciaba que nadie tomara ninguna iniciativa.

Mucho más tarde, a principios de abril de aquel año, China pidió disculpas oficialmente por su lenta respuesta al SARS, en medio de acusaciones de que los funcionarios habían encubierto el verdadero alcance de la propagación de aquella enfermedad. Unas justificaciones que llegaron tarde y que no evitaron que en el gigante asiático se contabilizaran 348 víctimas mortales y más de 5.300 contagiados, según cifras oficiales.

Pero mientras en Pekín reinaba el desconcierto por el silencio oficial y se disparaban los rumores, en Hong Kong la tensión y el miedo a lo desconocido se apoderaban de la población. «Fue horrible. Muchas personas murieron en pocas semanas, la mayoría personal sanitario. El mundo se alarmó y aisló Hong Kong. Era como vivir en un estado de sitio», recuerda Juan José Morales, un consultor internacional que en aquellos tiempos presidía la Cámara de Comercio española en aquella región especial de China. «Ahora ha sido distinto» y remarca que en su opinión el sistema sanitario local ha aguantado la embestida de la Covid-19. «Tenía los protocolos de tratamiento bien aprendidos de cuando el SARS y las medidas de contención y prevención han funcionado bien», precisa este madrileño que reside en Hong Kong desde hace un cuarto de siglo.

Si durante marzo del 2003 el terror y la ansiedad se adueñaron de la población, aquel sentimiento se convirtió en pánico el último día del mes. Los habitantes del bloque E del complejo residencial Amoy Gardens, un conjunto de diecinueve edificios situado cerca del antiguo aeropuerto de Kai Tak, se despertaron con la desagradable sorpresa de que no podían salir del inmueble. La policía y el personal sanitario, ataviados con trajes protectores, les habían aplicado una orden de confinamiento inmediata. Una iniciativa que respondía al hecho de que 200 residentes habían contraído una enfermedad respiratoria mortal —que luego resultó ser el SARS— en una semana y a que nadie sabía cómo se había propagado. Un tiempo después se descubrió que el virus lo había transmitido una persona enferma de Shenzhen que había ido a visitar a su hermano, que vivía en un apartamento de aquel bloque, a mediados de marzo.

La medida horrorizó a los hongkoneses, que temían correr la misma suerte que los vecinos de aquel edificio del Amoy Gardens. «Nadie quería acercarse a este barrio. Los taxistas se negaban a venir aquí, porque tenían miedo de contagiarse», recordaba Wilson Yip, un antiguo residente en aquellos apartamentos y concejal del distrito hasta el 2019, quien calificó aquellos meses de frenéticos. «Intentamos mejorar la limpieza del complejo, pero los casos seguían y seguían aumentando y la situación se tornó insostenible», explicó. No obstante, al final el SARS fue derrotado, si bien acabo con la vida de 42 de los 329 vecinos infectados de aquel bloque de viviendas situado en Kowloon Bay y cuyos diecinueve edificios albergaban a 19.000 familias de bajos ingresos.

La desaparición de los seres queridos no fue, sin embargo, la única huella que dejó el SARS entre la población local. Diecisiete años después, son muchos los hongkoneses que todavía padecen secuelas físicas y psicológicas de aquella enfermedad y algunos aún temen actualmente acercarse a un hospital. Y muchas familias todavía recuerdan compungidas y con horror cómo les explicaban a sus hijos, entonces pequeños, la imposibilidad de poder ir a los columpios o a jugar con sus amiguitos.

No obstante, hongkoneses de nacimiento, como Wilson Yip, o de adopción, como Javier Falcón y Juan José Morales, reconocen que la epidemia del SARS marcó un antes y un después en la ciudad. Inculcó a sus habitantes la obsesión por la higiene y a las autoridades locales la necesidad de reforzar y modernizar el sistema sanitario para afrontar futuras epidemias. El balance de la lucha contra la epidemia del coronavirus Covid-19 despeja cualquier duda sobre el resultado de aquella experiencia: a mediados de febrero de 2021 Hong Kong contabilizaba 10.770 casos y 193 fallecimientos. Sobran las palabras.

¡Quiero tomar el sol!

La vida de los casi 250 huéspedes y cien empleados del hotel Metropark Wanchai de Hong Kong cambió radicalmente la tarde del primero de mayo de 2009, cuando un cliente mexicano abandonó con tos y síntomas de fiebre el establecimiento, al que había llegado unas horas antes. Una ambulancia lo transportó al hospital Princess Margaret, donde le diagnosticaron que había contraído la gripe A (H1N1), como había bautizado a este virus la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 20 de abril de ese año, y le comunicaron que se había convertido en el primer caso en Asia de una epidemia que azotaba México y Estados Unidos desde el mes de marzo.

De repente, aquellas 350 personas, entre ellas ocho españoles, pasaron a estar en cuarentena y el Metropark dejó de ser un hotel para convertirse en una cárcel para turistas. Un establecimiento que, casualidades de la vida, se había hecho famoso en 2003 por convertirse en el foco original de transmisión del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS, por sus siglas en inglés), lo que impulsó a sus propietarios a rebautizarle en 2006 como Metropark Kowloon, en el curso de una renovación del establecimiento. «Creo que se ha exagerado un poco y se ha montado un espectáculo», comentó el huésped catalán Javier Boada cuando recuperó la libertad tras los ocho días de aislamiento a que se vio sometido para comprobar que no estaba infectado por el virus de aquella gripe A, que había desencadenado una epidemia con epicentro en la ciudad mexicana de Veracruz. Para él, al igual que para el resto de clientes españoles, chinos, coreanos, japoneses o australianos que estaban encerrados en el hotel, aquella situación suponía un engorro y les echaba por tierra sus planes de ocio o de trabajo. Las autoridades hongkonesas, sin embargo, lo veían con otros ojos.