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La Caserita roja no solo te enseña a preparar comidas saludables y nutritivas de manera entretenida y simple, es también una guía para comenzar a vivir de forma saludable. Cambiar de hábitos y sentirse mejor depende de nosotros. Lo más difícil es empezar y este libro puede ser tu ticket de partida". (Marcela Trujillo, Maliki). Cuando hay alimentos de buena calidad, hay nutrientes. Y eso buscamos al alimentarnos; nutrirnos. Lamentablemente la industria alimentaria ha llenado nuestra rutina de golosinas, bebidas, chatarras e incluso alimentos que se venden como saludables ¡pero no lo son! Luego de años cocinando de manera consciente, generando cambios en sus hábitos y en el de muchas otras personas, la Caserita Roja comparte su experiencia en un manual de cocina que combina una propuesta de alimentación sana con deliciosas recetas. Una cocina que no sigue modas, dietas ni tendencias, sino que respeta y se adapta a todas las opciones de alimentación.
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Seitenzahl: 124
Veröffentlichungsjahr: 2020
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la Caserita Roja
cocina consciente, sana y fácil
POLLA TRUJILLO
LA CASERITA ROJA
Cocina consciente, sana y fácil
UNA GUÍA PRÁCTICA
PARA ALIMENTARSE MEJOR
AB
ÍNDICE
PRÓLOGO
bienvenidos
Nuestra relación con los alimentos
Qué necesita nuestro cuerpo y dónde encontrarlo
¿Qué comemos cuando comemos?
Cambiando nuestros hábitos: ¿qué comer?
¿Cómo reemplazo alimentos?
Recetario Básico De La Caserita Roja
RECETAS BREVES, SENCILLAS Y FUNDAMENTALES PARA COMENZAR A COCINAR E INVENTAR TUS PROPIOS PLATOS.
SOPAS
LECHES VEGETALES
HAMBURGESAS
LEGUMBRES
Entradas y picoteos
PARA UNA VIDA SOCIAL MÁS SANA
DIPS
SALSAS
CARPACCIOS
ROLLS
Platos de Fondo
LO MEJOR DE MIS ESPECIALIDADESLLEVADAS CON AMOR A LA MESA
PLATOS VEGANOS
ACOMPAÑAMIENTOS
FONDOS DE INVIERNO Y VERANO
Lo dulce
AUNQUE NO SOY TAN DULCERA, ¡MIS HIJOS ME EXIGEN POSTRES! AQUÍ ESTÁN MISINFALIBLES PARADEJARLOS CONTENTOS.
por Marcela Trujillo,Maliki
Ocurrió a principios de los noventa en la casa de La Reina. Mi hermana Polla y yo aún vivíamos con nuestros padres. Compartíamos una buhardilla de madera del segundo piso, muy caliente y oscura, con dos dormitorios y un baño. Yo tenía un taller de pintura en el patio donde pasaba la mayor parte del día y subía al segundo piso cuando quería un recreo, copuchar o reírme un rato. Con la Polla eso siempre estaba garantizado. Un día cualquiera, subí corriendo al baño y la encontré enchufando unas lámparas de escritorio para una toma. Preparaba el examen del ramo más importante de su carrera de fotografía. La Polla tenía conflicto con comer animales muertos desde que era muy chica cuando tuvo su primer gato, la Cuqui. Pero con un abuelo carnicero y la premisa familiar de que toda comida debía llevar carne, no fue sino hasta la adolescencia cuando pudo ejercer su derecho de elegir qué comer y qué no. Ese verano había decidido hacer un diaporama llamado “Naturaleza muerta”. Sería un trabajo audiovisual atractivo de colores bellos y húmedos que irían desde un desenfoque total hasta ver la cruda realidad: huesos, tripas, interiores y pedazos de animales muertos. La idea era provocar en los espectadores el mismo shock que a ella le daba comérselos. El diaporama tendría un audio de gemidos sexuales reales (grabados con su pololo) que transformarían las imágenes en una verdadera obra de arte conceptual.
En una bolsa de supermercado tenía todo lo necesario para hacer una auténtica parrillada surtida, con cortes clásicos e interiores varios, solo que esta tendría otro destino, uno artístico, y en perspectiva, uno que cambiaría su vida. Pero en ese preciso momento no lo sabía. Horas más tarde cuando subí, el segundo piso olía tan mal que la Polla estaba con un pañuelo amarrado a su muñeca untado con perfume para poner en su nariz entre cada toma. Nuestros dos gatos, el Zapallo y la Zapalla, arañaban el vidrio de la ventana que ella había cerrado para que no se comieran el modelo, que aunque oliera putrefacto a cualquier nariz humana, para ellos olía a chicharrones en aceite.
La Polla tenía las horas contadas porque las tomas tenían que quedar bien ese mismo día. La incertidumbre de no tener las fotos en pantalla para saber cómo quedaban la hicieron aguantar. Era la era manual, con rollos de 36 fotos y la paciencia de esperar que un laboratorio las revelara. Cuando terminó salió a botar el modelo a un basurero lejos de la casa. La idea de que los gatos se lo comieran la aterraba.
Pero a pesar del horror que experimentó, dos cosas buenas ocurrieron después de ese día. Las fotos salieron geniales y me sirvieron como referentes para una pintura que estaba haciendo con una tripa voladora, y lo más importante, ese mismo día la Polla le dijo a nuestra mamá que POR FAVOR no le diera carne esa semana. Y esa semana se transformó en dos, en un mes, en tres, en toda la vida.
La Polla se convirtió en vegetariana. Pero de las que comen pescados y lácteos. En esa época no comer carne en Chile era raro y en nuestra casa hasta los platos de lentejas venían coronados con un bistec. Pero nada de eso la hizo ceder. De a poco todos nos acostumbramos a verla comer sus propios platos y a verla dentro de la cocina preparándolos.
En el 95 viajamos juntas a Nueva York. Éramos fanáticas de lo japonés, amábamos a Miyazake, Akira y sobre todo el sushi. Entramos a un supermercado japonés en St. Marks Place y la 2da av. Era en un segundo piso. Queríamos comprar un postre japonés, una bolita blanca rellena con algo negro. Se llamaba Mochi. Nos compramos dos mochis. Uno negro y otro blanco. Eran grandes como una manzana. Venían en un paquete transparente lleno de letras japonesas que encontramos tan hermosas que guardamos los envases. Eran pesados y blandos. Dimos la primera mascada esperando encontrar un manjar japonés, pero lo que saboreamos era una goma semi dulce y pegote rellena con legumbre molida. Nos dio ataque de risa. Era como comerse un bol de arroz con porotos negros espolvoreado con azúcar flor. Raro, pero lo comimos igual, éramos fieles fans de todo lo japo. Quedamos tiesas. Más que un postre, era un almuerzo. Los japoneses no comen lácteos y consumen muy poca azúcar.
Pero en esos años no sabíamos mucho de alimentación sana aparte de haber crecido en una casa con comida casera, sin bebidas gaseosas, sin golosinas, con jugos de fruta natural y muy poca fritura. Para mí el tema no era la salud, era el peso. Así es que me mantenía alejada o hasta el cuello (según la época) de la comida chatarra, de los carbohidratos refinados y de las grasas saturadas. Si engordaba era malo. Tenía tiempos buenos y tiempos malos. Sin embargo, el vegetarianismo de la Polla me llevó a entender que la voluntad también funcionaba si cambiabas tus ideas. Ella no sufría por no comer carne como sufría yo por no poder comer chocolate o papas fritas. “Pero come un pedacito, si da lo mismo”, le decían a veces en un asado o en un restaurante cuando le traían un plato con algo de carne de vacuno o cerdo. A la Polla no le daba lo mismo. Su elección de no comer carne era importante y debía respetarla y hacerla respetar. Esa lección la aprendí con ella. Si accidentalmente probaba un plato que contenía carne o pollo, se sentía mal. Tan mal que una vez lloró.
A mí NYC me quedó gustando y al año siguiente del Mochi me mudé a la Gran Manzana, mientras la Polla estudiaba diseño gráfico, y al igual que la era manual de la fotografía, le tocó justo el año antes de que la era digital se instalara para siempre en el ADN de las personas. Las tareas de diseño también eran con olor, pero a neoprén, y con papelitos, tijeras, lápices de color y plumones, con mesones de dibujo, colegas conversando, materiales, estuches, cachureos, revistas, reglas, doble contacto, stickers. Cuando el computador entró a la vida de mi hermana ya era demasiado tarde. La manualidad estaba en su alma. Fue tanto que cuando nadie necesitaba un diseñador que hiciera las ilustraciones con plumones y las letras con letra set, la Polla se estaba convirtiendo en una artista del collage (bidimensional y tridimensional).
Cuando volví de NYC hicimos una exposición juntas. Ella con sus collages y cajitas y yo con mis cómics. Era su segunda muestra y vendía sus trabajos, era una artista visual. En poco tiempo comenzó a hacer clases de collage y abrió un taller en el Barrio Yungay. Sus alumnos recortaban y pegaban sussueños, fantasías y pesadillas con recortes de revistas, papeles reciclados, cachureos, miniaturas y conversaban con ella, se reían, igual como yo me reía en esa buhardilla, y pasaron algunos años hasta que se convirtió en madre.
La maternidad transformó su espíritu lúdico en espíritu práctico y abrió una mini pyme con nuestra hermana mayor, Katy, de canguros de tela para llevar al bebé cerca del corazón, como lo hacen las mujeres indígenas, y de cuadernos para el pediatra y una caja de juguetes y artículos varios para el cuidado del recién nacido.
Nosotras, las hermanas Trujilllo, siempre hemos creído y dicho que el gen comerciante de nuestro padre fue un gen recesivo en las tres. Cero a la izquierda en matemáticas y en temas de negocio. Y cuando uno cree y dice algo por tanto tiempo se vuelve real, así es que el negocio de los morrales de guaguas no prosperó y la Polla volcó toda su creatividad en preparar comida sana para sus hijos. En poco tiempo el taller de collages y canguros fue cambiado por la gran y hermosa cocina de su departamento.
La Pollita amaba a sus hijos, pero extrañaba a sus alumnos, copuchar, echar la talla, reírse mientras movía sus manos. Entonces inventó los Comidrinks, unas cenas pagadas para amigos y amigos de amigos en el comedor/cocina de su departamento. Y de preparar colados vegetarianos y leches vegetales para sus hijos, pasó a preparar cenas para 12 personas, con tanto esmero y amor, con tanto éxito, que comenzó a pensar que el gen de comerciante se había reactivado. Sus comensales comenzaron a convencerla de abrir un restaurante, de que se profesionalizara, que sus deliciosos platos con los que los agasajaba eran dignos de un chef pituco. Pero la Polla no tenía tiempo de abrir un restaurante. Las madres no tienen tiempo ni energía de hacer muchas cosas, pero ella tenía algo mejor que eso; no solo tenía ganas de cocinar para los demás, también le dieron ganas de compartir sus recetas y expandir sus creaciones culinarias con personas como ella, interesadas en comer conscientemente. ¿Qué tal si las recetas de esos platos sabrosos, lindos, nutritivos, entretenidos y originales los enseñaba?, ¿qué tal si hacía clases de cocina saludable?, y eso hizo. La Pollita se rebautizó como la Caserita Roja, inspirada en un collage que ella había hecho años antes, se convirtió en una verdadera Chef saludable y pudo hacer realidad su sueño: enseñar a comer sano y rico. Y rentable, que no es menor.
El camino a la comida sana de la Polla coincidió con mi entrada al Grupo Goce, donde a punta de terapia grupal, dieta sin azúcar y una reprogramación cerebral, bajé 25 kilos y me convencí de que los genes se reactivan, que se puede cambiar y que se puede recuperar el amor propio y llevar una vida más sana y más feliz. Mis dos hermanas comenzaron a tomar diferentes cursos de cocina (ortomolecular, rawfood, etc.) y en menos de un año toda nuestra familia estaba en el sendero de la alimentación no procesada, con una gran líder que nos iluminaba: la Caserita Roja, una similar a la del cuento, alegre, confiada, con una canasta llena de alimentos caseros para compartir. Y si aparece el lobo, ella no se asusta, porque eligió cruzar el bosque y llegar a su destino: cocinar siempre con ingredientes de muchos colores y olores ricos, con naturaleza viva.
Tienes en tus manos un ejemplar de la Cocina saludable de la Caserita Roja. Esa soy yo, una mezcla de “caserita” que hace las compras en la feria a sus “caseros”, y de “caperucita roja”, una niña curiosa que recolecta y prepara delicias para agasajar a su abuela. Dos historias que se cruzan y combinan en mi vida para crear mi personaje de cocinera saludable, que compra materias primas naturales a pequeños productores y que cocina cosas ricas para alimentarse mejor.
Luego de años cocinando de manera consciente, escuchando a mi cuerpo, haciéndoles caso a mis emociones, generando cambios en mis hábitos y en el de muchas otras personas, puedo ahora compartir esta experiencia contigo y ordenarla como un manual básico para que comiences a alimentarte con una dieta rica y saludable. Voy a hacerte preguntas para que reflexiones acerca de tu historia alimentaria, porque lo que tú comes hoy, es lo que te enseñaron a comer cuando eras niño, son hábitos que adoptaste y ahora repites sin cuestionarte demasiado. La cocina que te propongo no sigue modas, dietas ni tendencias, sino que respeta y se adapta a todas las opciones de alimentación: vegana, vegetariana, crudivegana, higienista, paleolítica, ayurvédica, etc. Pero no se enmarca ni se restringe en ninguna. Este recetario está armado desde la intuición de una simple premisa: alimentarse de forma consciente, lo más sano y natural posible, respetando al cuerpo y aportando los nutrientes necesarios para estar en equilibrio. ¡Sin olvidar lo más importante! Que sea delicioso, fácil, y asequible para todos.
Las recetas que encontrarás en este libro son las que utilizo en mis clases de cocina saludable, las cuales imparto desde hace años en la casa de la Caserita Roja. Comencé como una forma de despertar conciencia sobre nuestras costumbres alimenticias, de enseñar que si nos alimentamos de manera saludable, con alimentos vivos y de origen vegetal, y mantenemos un orden de horario, porciones y variedad de alimentos, podemos mantener nuestro peso, comer rico y asegurar nuestra salud sin necesidad de dietas especiales.
Cada una de estas recetas fue elaborada lo más equilibradamente posible, tratando de aportar todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Al mismo tiempo en que se aprovechan los alimentos disponibles según la estación del año, he ido configurando recetas y consejos fáciles de hacer, que demuestran que no tienes que ser ningún master chef para llevar un plato delicioso, sano y nutritivo a tu mesa. Sí, a tu mesa; no a tu escritorio, computador, ni a tu sillón frente al televisor, porque comer es un rito que toma tiempo para disfrutarlo, asimilarlo y ojalá, compartirlo.
¿Cómo nos alimentamos? ¿Dónde compramos nuestros alimentos? ¿Qué nos cocinamos? En este libro nos haremos conscientes de qué, cómo y cuánto comemos, haciéndonos cargo de nuestra alimentación desde la intuición, escuchando al cuerpo y aprendiendo a identificar dentro de la gran oferta de alimentos disponibles en el mercado, aquellos más naturales y sanos, y aprender a cocinarlos. Aprenderemos recetas elaboradas con vegetales de temporada, cereales integrales, legumbres, harinas y aceites alternativos a la oferta acostumbrada, frutos secos y semillas, logrando platos sabrosos y de alto valor nutritivo. Por supuesto, también tendremos picoteos, colaciones, chatarra saludable y cosas dulces, que nos harán más fácil la tarea de llevar a la práctica esta nueva forma de ver y recibir la comida. ¡Bienvenidos!
La pasión por la cocina puede surgir de diferentes lugares. De la familia, por los aromas y recetas heredados de la mamá o la abuela, por una historia continua de cocineras, o por los almuerzos familiares, ese rito en peligro de extinción en que la familia se une a compartir una comida nutritiva y ojalá llena de amor. También puede surgir del gusto por ir a comprar al mercado, a la feria,
