La ciudad autónoma - Alexander Vasudevan - E-Book

La ciudad autónoma E-Book

Alexander Vasudevan

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La ciudad autónoma es la primera historia de la okupación tal y como se ha practicado en Europa y América del Norte. Alexander Vasudevan sigue el rastro de la lucha por la vivienda en ciudades como Ámsterdam, Berlín, Copenhague, Detroit, Hamburgo, Londres, Madrid, Milán, Nueva York o Vancouver para analizar la organización de formas alternativas de convivencia, así como la respuesta de los gobiernos, incluyendo la reciente criminalización de la okupación y la brutalidad de los desalojos. Frente a la agresividad de los estados y los promotores inmobiliarios, estas páginas presentan la okupación como una forma de reimaginar y reivindicar la ciudad que hace frente a la inseguridad habitacional, la especulación y los perniciosos efectos de los planes neoliberales de regeneración urbana. Ahora, más que nunca, debemos reanimar y recuperar nuestras ciudades como el lugar de una transformación social radical.

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Seitenzahl: 672

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Alexander Vasudevan

LA CIUDAD AUTÓNOMA

UNA HISTORIA DE LA OKUPACIÓN URBANA

Prólogo de Javier GilTraducción de Iosune de Goñi García

ÍNDICE

Prólogo

Prefacio a la segunda edición

Introducción

1. De los barrios de chabolas a la operación mudanza: la soberanía okupa en Nueva York

2. «¿Quiénes son los okupas?»: la historia oculta de londres

3. Construir un movimiento okupa: la política de la preservación y la provocación en Ámsterdam y Copenhague

4. «La lucha por la vivienda continúa»: okupación urbana y enfrentamientos violentos en Fráncfort y Hamburgo

5. Reensamblar la ciudad: urbanismos improvisados y la política de la okupación en Berlín

6. Apoderarse de la ciudad: urbanismos autónomos y la fábrica social

7. La vida en las marismas y la ciudad improvisada: colonialismo, reinvención artística y las contradicciones de la okupación en Vancouver

8. Recuperar Nueva York: la okupación y la ciudad neoliberal

9. Okupación, refugio y santuario: repensar la metrópolis migrante

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

Para todos los okupas que siguen luchandopor construir una ciudad más justa y sostenible.

PRÓLOGO

Este verano una amiga farmacéutica me comentó que, durante el mes de agosto, varios ancianos habían llegado a la farmacia muy preocupados porque les fueran a okupar el piso mientras bajaban a la compra. La farmacia está situada en Vallecas, un barrio obrero de Madrid y una de las zonas de menor renta de la ciudad. ¡Pero si es imposible que a estos ancianos les okupen la vivienda! Las okupaciones no se pueden ejecutar sobre una vivienda que es morada —en la que hay alguien viviendo—, sino solo sobre una vivienda que esté abandonada. Pero el caso de estos ancianos no es un hecho aislado. Para muchas personas, la okupación se ha convertido en una grave preocupación y uno de los principales problemas del país. Y esto es lo que verdaderamente sorprende. En un país donde se rescata a los bancos con fondos públicos, donde se vende vivienda pública a fondos buitre y que acumula el mayor parque de vivienda vacía de Europa, personas sin vivienda, sin trabajo y sin perspectiva de futuro se preocupan por la okupación.

Esto se debe a que se ha extendido la idea de que toda la población es susceptible de que le okupen la casa en su ausencia, cuando bajan a hacer la compra o se van de vacaciones, por ejemplo. Pero judicialmente es imposible. Si alguien entra en la vivienda de una persona en su ausencia, será desalojada y detenida de inmediato. Así lo establece el delito de allanamiento de morada, que será efectivo cuando se trata de la morada de la persona, es decir, del lugar de residencia de la persona o su segunda residencia (sí, tu casa, la de la playa, la del pueblo e incluso otra que puedas tener en la montaña). En cambio, si estamos ante un inmueble abandonado, que no constituye morada, el delito será de usurpación. En este caso, la pena es más baja, y el procedimiento judicial para ejecutar el desalojo, más largo. La legislación española diferencia entre los delitos de allanamiento de morada y usurpación, que son tipos penales distintos, y su comisión depende de la naturaleza del inmueble en el que se ha entrado1.

Por lo tanto, una condición necesaria para que a alguien le puedan okupar la casa es que tenga una vivienda en propiedad en situación de abandono y desuso. Pero la mayoría de la población no cumple esta condición, porque la gente corriente no se puede permitir tener una vivienda en desuso, sino todo lo contrario. De hecho, según el CIS, solo el 2,9% de los hogares tienen una vivienda sin habitar2. De esta manera, quienes acumulan mayoritariamente vivienda en desuso y son susceptibles de sufrir una okupación son las entidades financieras, las inmobiliarias, los multipropietarios o aquellas personas que se pueden permitir tener viviendas desatendidas. ¿A cuántas conoces? Por eso la mayoría de los pisos okupados son propiedad de grandes tenedores, y principalmente de bancos (que llevan años vacíos porque el banco no los ha vendido ni alquilado tras desahuciar a la familia que los habitaba, esperando a una subida de los precios para movilizar la vivienda).

Los medios de comunicación han tenido un papel clave. Han dedicado largas horas de sus programas a difundir comentarios y reportajes sin base jurídica, distorsionando la realidad al confundir los delitos de allanamiento de morada y usurpación. Una confusión creada intencionadamente, para hacer creer que los intereses de la población coinciden con los de los grandes propietarios de vivienda. Y lo han logrado. Porque el anciano que se manifiesta contra la okupación por miedo a que le okupen la casa en realidad se está manifestando en favor de los intereses de los bancos, porque él no cuenta con las condiciones socioeconómicas necesarias para sufrir una okupación. Aunque la población no se vea afectada por el fenómeno de la okupación, se han creado un relato y una cultura en los que grandes grupos de población viven atemorizados porque su vivienda sea okupada, cuando en realidad no cumplen las condiciones para que esto suceda. Según escribo estas líneas, pongo en el buscador de noticias la palabra «okupas» y el espectáculo está servido: «Los okupas arruinan la vida a un hombre: “Perdí el piso y los hijos y no levanto cabeza”»; «Una mujer okupa la casa del asesino del pequeño Álex en Lardero y atemoriza a los vecinos»; «Los grandes propietarios de viviendas denuncian la escalada de la okupación con la “técnica Telepizza”»; «Vecinos de A Coruña denuncian cómo es vivir al lado de un edificio okupado: “Lanzaban heces por la ventana”»; «Temor en la zona de San Fernando en Palma: los okupas toman una segunda sucursal bancaria». Noticias de las últimas 24 horas. Estar un rato navegando por estas páginas es desolador. Es imposible no odiar a los okupas ni a sus defensores, aunque no quede muy claro exactamente qué es un okupa: si un ladrón, un drogadicto, un salvaje o un delincuente cualquiera. Pero lo que sí queda claro es que hay que acabar con la okupación.

Sin embargo, la okupación es mucho más de lo que nos muestran los medios. No es algo exclusivo de España, ni un fenómeno reciente, ni mucho menos un fenómeno creado por Antena 3, aunque a veces lo parezca. La ciudad autónoma reconstruye la historia de los movimientos de okupación en Londres, Berlín, Ámsterdam, Nueva York y otros lugares del Norte Global desde el período de decadencia fordista hasta nuestra actual era de austeridad, como la define Vasudevan. Cada capítulo muestra las diversas y múltiples formas en que la okupación se ha desarrollado en distintos lugares y contextos, destacando algunas de sus cuestiones más significativas. Al hacerlo, despliega una serie de conceptos y argumentos sobre la importancia de la okupación y cómo podemos conocer y vivir la ciudad de forma diferente. Las okupaciones que muestra Vasudevan no tienen nada que ver con las que salen en Antena 3. Son personas que han tomado viviendas abandonadas para vivir. Por pura necesidad, o simplemente por el deseo de cambiarlo todo e imaginar formas de vida colectiva. También okupan edificios y solares para darles usos comunitarios, para impulsar proyectos contraculturales o modelos económicos alternativos. El libro también muestra que los okupas pueden ser personas que luchan contra un pelotazo urbanístico y contra la especulación, que se organizan para defender los derechos de los inquilinos o las personas de un barrio, junto a migrantes, feministas, personas LGTBIQ+ o antifascistas, o encapuchados que levantan barricadas y se enfrentan a la policía para reivindicar otro modelo de ciudad. Este es el amplio panorama de okupaciones que aparecen en el libro, cuyos efectos políticos trascienden la okupación en sí.

La ciudad autónoma refleja cómo la okupación es un fenómeno histórico de resistencias, reapropiación, autonomía, lucha por derechos y utopías. Es una de las formas en que se manifiesta la lucha de clases en las ciudades postindustriales. Pero una lucha de clases muy particular: una que está atravesada por la construcción de autonomía. Donde la revolución no espera a que se den determinadas condiciones, ni está atravesada por transiciones como la dictadura del proletariado. Una revolución que se practica desde el aquí y el ahora. Una revolución que resiste contra los avances y ataques del capital, al tiempo que prefigura la sociedad utópica por la que se lucha y en la que se desea vivir.

Desde una perspectiva histórica, el movimiento de okupación nace con el auge de los nuevos movimientos sociales y el ciclo de militancia de finales de la década de 1960 e inicios de 1970 en Europa y Norteamérica. En el Norte Global, esta época vio nacer todo tipo de movimientos emancipadores que rechazaron las formas de organización y representación política de la izquierda tradicional, al tiempo que el denominado como Tercer Mundo se independizaba de los países coloniales a golpe de revoluciones socialistas. Fue, en definitiva, una época de fuertes cambios, también en términos económicos y de dominación.

Tras la crisis de la década de 1970, nació una nueva forma de gobernar el mundo: la desindustrialización, el ataque al Estado de bienestar y a las políticas sociales, la desarticulación del movimiento obrero y el giro neoliberal impulsado por la contrarrevolución conservadora que lideraron Reagan y Thatcher. Todo ello produjo fuertes cambios políticos y económicos, que también repercutieron en las formas de vida y en la propia ciudad, que dejó de ser un lugar desde el que sostener la producción económica y la reproducción de la fuerza de trabajo que la hace posible para convertirse en un espacio clave para la acumulación en sí misma. La ciudad, el urbanismo y el territorio se convirtieron en medios en los que depositar el capital (que huía del sistema productivo o de la denominada «economía real»), bajo la expectativa de que ese capital anclado en el territorio aumentaría su valor de forma exponencial con el paso del tiempo. Así es como el urbanismo se convirtió en un elemento central para los procesos de acumulación de las siguientes décadas. La ciudad postindustrial, la ciudad global o la ciudad neoliberal han sido formas de nombrar este nuevo rol de la ciudad. Una ciudad que se incrusta, se conecta y se vuelve dependiente de los circuitos globales del capital a la vez que es moldeada por estos. El empresarialismo urbano convierte a la ciudad en una máquina de crecimiento capitalista: la atracción de inversión se vuelve la nueva norma urbana. Para ello, la ciudad se reconfigura para producir elementos simbólicos y materiales de distinción que, por encima de todo, la hagan competitiva. Los pelotazos inmobiliarios van acompañados de grandes eventos deportivos y culturales que produzcan señas de identidad y faciliten la atracción de capital. Así, la ciudad se convierte en una empresa que compite con otras ciudades-empresas. En última instancia, se configura según las necesidades de los mercados financieros, ya que estos son la principal fuente de financiación municipal tras los procesos de privatización y las bajadas o la eliminación de impuestos. Durante este proceso se cierran las fábricas, los talleres y la industria, y las reformas laborales crean una nueva situación en la que las empresas de trabajo temporal sustituyen a los sindicatos y la precariedad a los derechos. Los espacios y relaciones de la ciudad se vuelven susceptibles de ser mercantilizados y el capital comienza a ordenar los territorios, las calles, los recursos y los usos de las ciudades según sus posibilidades para producir valor.

El neoliberalismo también produce cambios subjetivos que impactan en la forma en que la población vive y percibe la ciudad. Los obreros, según acceden a una vivienda en propiedad, se empiezan a ver a sí mismos como clase media, y la subida del precio de su vivienda hace que su patrimonio aumente más por la revalorización de su propiedad que a través de mejoras salariales. El rumbo colectivo y la justicia social se dejan de lado, ya que la fantasía de la individualidad parece alcanzable. Un sueño que está atravesado por el rechazo de los sistemas de aprovisionamiento y organización colectivos, como los sindicatos o los lazos de vecindad. Este proceso desliga subjetivamente el bienestar individual del bienestar colectivo. El futuro ya no depende de conquistas sociales ni nuevos derechos que les hagan vivir mejor, sino de una eficiente gestión de sus propiedades —principalmente la(s) vivienda(s)— que les permita aumentar su riqueza familiar y ampliar su consumo. El acceso de la población al crédito es lo que empuja a la población hacia este modelo, un proceso que va acompañado de políticas de desregulación laboral y está marcado por el auge de la economía de servicios, la precariedad, las reformas laborales y las empresas de trabajo temporal. En definitiva, un proyecto profundamente ideológico cuyo resultado se puede comprender como la derrota histórica del proletariado a manos del capital.

En este contexto surgió el movimiento de okupación. Un movimiento que desafió todos estos procesos de reestructuración y sus nuevas formas de vida. Un movimiento que cuestionó las nuevas estructuras económicas y laborales, al tiempo que resistió contra los procesos de privatización o los pelotazos urbanísticos. Un movimiento que produjo nuevos modelos contraculturales e identidades que posibilitaron otras formas de imaginar, sentir y habitar el mundo. Un movimiento que, frente al individualismo y la atomización social, activó formas comunitarias de vida articuladas en torno a lo común, creando formas radicalmente distintas de relacionarse y vincularse. Un movimiento que se apropió del excedente para impulsar economías paralelas basadas en los valores de uso, las necesidades y los deseos de la población, donde la vida no se subordinó a la economía sino que la economía se incrustó en nuevos sistemas de reproducción social. Todo ello se articuló experimentando con formas políticas radicales, que surgieron al margen de los sistemas de representación política de la izquierda institucional e incluso los negaron. En definitiva, un movimiento utópico tremendamente posibilista, donde las prácticas se convierten en actos revolucionarios que prefiguran la utopía postcapitalista hacia la que se camina.

No es solo okupar edificios

Hay una fotografía de una manifestación vecinal celebrada en Iruña en 1978 que sigue circulando a día de hoy por redes sociales debido a la fuerza de la imagen. Una manifestación abarrotada de gente que se aglutina tras la pancarta de cabecera, que dice: «Tenemos derecho a un piso. O nos lo dan, o lo cogemos».

La relación entre el derecho a la vivienda y la okupación siempre ha sido muy estrecha. Cuando hay problemas de vivienda en contextos que no están marcados por la escasez, la okupación de viviendas vacías siempre es una solución. En aquellos lugares donde hay problemas de vivienda, pero también escasez, entonces lo que se okupan son tierras para construir asentamientos: en el Sur Global la toma de tierras y la autoconstrucción son prácticas muy extendidas, como lo fueron en ciudades como Madrid o Barcelona a mediados del siglo XX. En el capitalismo, la asignación de recursos no se hace teniendo en cuenta las necesidades de la población, sino según elementos abstractos como el valor y el capital. Por lo tanto, es frecuente que los problemas de vivienda se den más en contextos de abundancia que de escasez. La escasez, por lo demás, se crea políticamente, ya que se legisla favoreciendo el mercado y no las necesidades de la población ni los valores de uso de los recursos. La okupación de viviendas abandonadas o la de tierras son acciones que desobedecen dichos marcos políticos, creando una asignación alternativa de los recursos basada en las necesidades de la población. Por eso en las sociedades capitalistas se produce una situación donde hay «gente sin casas y casas sin gente», como dice un viejo eslogan del movimiento de vivienda. Cuando se da esta situación es cuando surge la okupación de inmuebles.

Históricamente, la okupación ha funcionado como un medio de acceso a la vivienda para los grupos sociales más empobrecidos. En el imaginario popular se suele asociar el movimiento de okupación a gente joven, punki o anarquista, un perfil que se puede encontrar a partir de las décadas de 1960 y 1970 en Berlín, Londres o Nueva York. Pero, como se verá a lo largo del libro, el perfil de las personas que han recurrido a la okupación como forma de acceder a un hogar es mucho más variado y complejo. Algunos casos resultan incluso sorprendentes, como el de los soldados ingleses que, ante la falta de viviendas sociales, okupaban edificios para vivir con sus familias cuando regresaban de la Segunda Guerra Mundial.

La ciudad autónoma recoge muchos ejemplos de la fuerte relación que siempre ha existido entre los movimientos de vivienda y la okupación. Como Vasudevan nos cuenta, en 1970 un grupo de familias puertorriqueñas okupó varios edificios abandonados en Nueva York para convertirlos en viviendas. Se trató de un movimiento liderado por mujeres puertorriqueñas de clase trabajadora. También en Nueva York, a principios del siglo XX, las primeras grandes movilizaciones de inquilinas estuvieron protagonizadas por mujeres migrantes (principalmente judías). Estas mujeres impulsaron huelgas de alquileres, paralizaron desahucios, establecieron redes de apoyo entre inquilinos y crearon los gérmenes de los movimientos de inquilinos de Nueva York, una ciudad fuertemente marcada por las huelgas de alquileres desde entonces hasta nuestros días. Pero esta composición sigue muy vigente hoy, ya que las personas migrantes son las que más sufren la exclusión habitacional, y las mujeres siguen siendo las principales activistas y lideresas de los movimientos de vivienda. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que ha parado decenas de miles de desahucios en España desde la crisis de 2008, también responde a esta composición, ya que las mujeres migrantes tienen mucha presencia en el movimiento.

Lo que normalmente se denomina «movimiento de okupación» es un fenómeno mucho más amplio y diverso de lo que suele pensarse, que va más allá de la okupación como medio de acceso a la vivienda. Un movimiento que surge en la década de 1960 y 1970 en Berlín, Nueva York y Londres, al calor de los nuevos movimientos de protesta y la reestructuración del capitalismo, protagonizado por personas dispuestas a cambiarlo todo pero a quienes las formas políticas de la izquierda institucional (como los sindicatos y los partidos) no les valen. Así, se impulsa la vida en comunidad como germen de una futura sociedad; nuevas formas de vivir, pensar y organizarse que cuestionan los modelos tradicionales. El «hazlo tú mismo» o DIY (do-it-yourself) se convierte en una forma de vida marcada por la autogestión y el rechazo de todas las formas clásicas de integración social: el trabajo asalariado, la vivienda en propiedad o las formas tradicionales de familia. Se trata, por el contrario, de desarrollar y experimentar con nuevas formas de vivir y de relacionarse, de no esperar a un futuro mejor, sino de construir la utopía postcapitalista en el día a día. Formas de vivir que prefiguren modelos alternativos de vida, donde el único límite sea la imaginación. La okupación se convierte en un medio para crear un mundo mejor, al tiempo que se rechazan las estructuras y los principios básicos del capitalismo. «Tomamos lo que nadie quiere, pero tenemos lo que todos buscan»; esta frase del movimiento es muy ilustrativa de la materialidad que impulsa y sobre la que se organiza la okupación: usando los desechos del mercado (viviendas vacías, reciclaje de todo tipo de recursos y el principio del «hazlo tú mismo»), impugnando las estructuras de dominación que coaccionan las vidas de las personas (como el trabajo asalariado o la familia) y aprovechando el impulso de las relaciones sociales fundamentadas en el apoyo mutuo y la comunidad, crear formas de vida y relaciones alternativas que constituyan la base de la emancipación.

Los centros sociales okupados constituyen la infraestructura básica del movimiento. En ellos se practican nuevas formas de intervenir políticamente, de vivir la ciudad, de relacionarse, de desarrollar comunidades y subculturas y de engendrar formas novedosas de deseo. Son lugares de encuentro para la discusión y la socialización política, en los que se debaten, se crean y se experimentan otro tipo de relaciones. Los centros sociales producen nuevos mundos de posibilidades y promesas radicales. Aunque cada centro social es un mundo, el recorrido histórico y geográfico que muestra Vasudevan refleja la gran diversidad de proyectos que componen la infraestructura del movimiento: librerías, bibliotecas, cafeterías, comedores (normalmente vegetarianos y veganos), talleres de serigrafía, estudios de grabación, espacios de debates y jornadas, salas de exposiciones y de conciertos, clases de todo tipo (apoyo escolar, idiomas para personas migrantes, yoga o baile), talleres de bicicletas, radios libres, hacklabs, asesorías legales, huertos urbanos, cines, gimnasios y lugares para practicar deporte, y en algunos casos hasta asistencia médica o clínicas alternativas (sobre todo en aquellos lugares donde se excluye a la población de los sistemas sanitarios por cuestiones étnicas o económicas).

Los centros sociales también se convierten en infraestructuras básicas para otras luchas y para los movimientos autónomos de la ciudad. De hecho, son cruciales para financiar estas luchas y recaudar dinero para los movimientos y colectivos. En algunos casos también se crean proyectos de autoempleo, con el objetivo de impulsar infraestructuras económicas al margen de la economía de mercado que les permitan subsistir sin tener que emplearse en la economía capitalista. Además, otro rasgo de los centros sociales okupados es que constituyen una acción directa permanente contra el sistema de propiedad privada y la especulación inmobiliaria. En la década de 1970 se okupó una antigua base militar de decenas de hectáreas en Copenhague, en lo que pasó a llamarse la Ciudad libre de Christiania. Christiania fue un intento de trascender y poner en práctica las formas y relaciones del centro social a una escala más amplia, nunca experimentada con anterioridad en la vida urbana. Un intento de crear la ciudad del futuro, basada en la autonomía, la autogestión y la vida en comunidad.

En la mayoría de lugares, los movimientos de okupación también han sido un actor clave de denuncia e intervención política en cuestiones relacionadas con la situación de la vivienda y el urbanismo de la ciudad. Se trata de adaptar el principio del «hazlo tú misma» a la cuestión de la vivienda. No esperar que el Estado lo solucione por ti (algo que, en muchos casos, nunca llega), sino enfrentarse a ello desde la autoorganización y la desobediencia, al tiempo que se antagoniza y entra en conflicto con el sistema de vivienda privado, sus estructuras y sus actores. Do it yourself! Take the solution of the housing problem into your own hands era el eslogan de la oficina de okupación de Ámsterdam. En la década de 1970 se abrieron oficinas de okupación en ciudades como Ámsterdam o Londres, y se publicaron numerosos manuales de okupación. El objetivo era difundir información práctica, compartir saberes y apoyar a las personas que necesitaban un lugar donde vivir para que también okuparan una vivienda abandonada. Décadas más tardes, se abrieron y publicaron este tipo de oficinas y manuales en ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao. El impacto de estas prácticas es doble: solucionar los problemas habitacionales de la población al tiempo que se denuncia la situación inmobiliaria de la ciudad y la mercantilización de los sistemas de vivienda. En algunos casos, incluso se realizaron okupaciones masivas y públicas para denunciar la situación de la vivienda en una ciudad, contando con un amplio apoyo social. Estos repertorios se observan también hoy en muchos lugares. En España, tras la crisis financiero-inmobiliaria, la PAH lanzó su campaña de Obra Social. Se trataba de «una campaña que persigue la reapropiación ciudadana de aquellas viviendas vacías en manos de entidades financieras fruto de ejecuciones hipotecarias. De manera que en aquellos casos en que las concentraciones ciudadanas no consigan paralizar los desalojos, la PAH apoyará y dará cobertura a las familias para que no se queden en la calle». El objetivo era realojar a familias desahuciadas en las viviendas vacías que acumulaban los bancos (fruto de los desahucios que habían ejecutado). Muchos de estos bancos habían recibido dinero público o incluso habían sido rescatados por el Estado. Por lo tanto, estas acciones de okupación contaron con un amplio apoyo social.

Por lo general, solemos asociar el movimiento de okupación a un perfil de persona muy concreto: gente joven, punki y anarquista, como se ha dicho. Pero la historia de la okupación muestra que se trata de un movimiento mucho más variado. La diversidad en la composición y las prácticas en el amplio y heterogéneo campo de la okupación refleja cómo en muchos casos la okupación ha sido un medio para potenciar las luchas e interseccionar con otras. De hecho, durante los últimos cincuenta años la okupación ha desempeñado un papel muy importante dentro de un amplio panorama de protestas en el Norte Global. Este libro es buena muestra de ello, ya que describe cómo ha sido también parte de las luchas feministas, queer, ecologistas o antifascistas. De hecho, en muchas ciudades ha habido centros sociales o viviendas colectivas feministas, queer o trans. Hoy día en Madrid pervive la histórica Eskalera Karakola, una «kasa pública transfeminista», como anuncian en su página web.

Una debilidad del movimiento de okupación es que cada okupación tiene fecha de caducidad. En algún momento, antes o después, llega el desalojo. Los desalojos han dado lugar a situaciones de elevada conflictividad en las ciudades, como bien recoge el eslogan «Los desalojos son disturbios». Se trata del último acto de resistencia, de defensa del territorio y de la infraestructura de todos los proyectos que se sustentan sobre los centros sociales. En la ciudad industrial, los imaginarios y repertorios de resistencia eran otros. Obreros de mono azul haciendo barricadas, cortando carreteras y lanzando objetos con tirachinas contra la policía. Eran repertorios para resistir ataques empresariales y conquistar derechos. Pero en la ciudad postindustrial, con el cierre de las fábricas y la terciarización de la economía, estas acciones fueron despareciendo. Las imágenes de obreros en lucha que eran capaces de paralizar ciudades durante días forman parte del pasado. Precisamente en el cambio de modelo de ciudad (como reflejo de la reestructuración económica y política) estos imaginarios de luchas y resistencias comenzaron a ser producidos por el movimiento de okupación.

La ciudad autónoma está lleno de muestras de cómo la defensa de centros sociales y edificios okupados también paralizó ciudades. Barricadas, disturbios, acciones directas que se extienden por toda la ciudad, a veces incluso por todo el país y hacia otros países. El algún caso, el resultado es la victoria. Se paraliza el desalojo, el edificio se vuelve «indesalojable». En otros, el edificio es desalojado, pero se manda una señal muy importante a las autoridades que afecta a otros centros sociales: mejor llegar a acuerdos, porque los costes políticos de un desalojo pueden ser muy elevados. Todo ello ha dejado impactantes imágenes de resistencia, pero también de represión y ataque policial. Helicópteros y policía militarizada contra encapuchados que no lo ponen nada fácil, detenciones masivas y vulneración de derechos, acompañados de fuertes campañas mediáticas de criminalización de la okupación para legitimar la acción policial (asociando a los okupas con grupos terroristas, por ejemplo). Quizás el mayor mito en este sentido sean los desalojos de Mainzer Straße, que tuvieron lugar a finales de 1990 en Berlín. Tuvieron que intervenir 3.000 policías, con cañones de agua y un escuadrón de helicópteros. Tras tres días de batalla campal, cientos de heridos y 417 detenidos, los edificios fueron desalojados. Su equivalente en Madrid podría ser el desalojo de La Guindalera en 1997, que finalizó con 158 detenidos, fuertes disturbios y destrozos en varias sucursales bancarias (por valor de 25 millones de pesetas, según fuentes judiciales). También forma parte de esta historia el desalojo en 1996 de los Cines Princesa de Barcelona, que culminó en una batalla campal en el centro de la ciudad y dejó un saldo de cincuenta y cinco detenidos. Más recientemente se volvieron a vivir estas situaciones en 2007, con el desalojo del Ungdomshuset en Copenhague, en 2011 en Berlín con el desalojo de Liebig 14, o en 2014 en Barcelona, cuando tras días de fuertes protestas y disturbios se consiguió detener el desalojo del CSA Can Vies (que sigue okupado y en funcionamiento a día de hoy). Todos estos desalojos han dejado espectaculares imágenes de resistencia, que han sido básicas en los imaginarios y la socialización de las nuevas generaciones del movimiento de okupación.

Otra forma muy extendida de protestar contra un desalojo es okupando un nuevo espacio, como indica uno de los eslóganes más célebres del movimiento: «Un desalojo, otra okupación». Un desalojo es un golpe muy duro para un centro social, porque en muchos casos significa el fin de todos los proyectos que se desarrollan en él, debido a las dificultades para darles continuidad. También puede significar la dispersión de las personas que formaban parte del centro social y que cada uno tome rumbos distintos (debido a la ausencia de un espacio aglutinador). Por eso, una forma importante de responder a un desalojo es okupando otro edificio. Pero no se trata de una tarea fácil. El agotamiento que puede producir un desalojo, encontrar un edificio adecuado o no ser desalojados nada más okuparlo son algunas de las dificultades que entraña. En Madrid, varios proyectos han conseguido mantener una continuidad en el tiempo superando los contratiempos y duros golpes de los desalojos: por ejemplo, El Laboratorio (que llegó a okupar cuatro edificios entre 1997 y 2003), el Patio Maravillas (que tuvo tres sedes entre 2006 y 2015) o La Ingobernable (tres edificios entre 2017 y 2022). O una serie de centros sociales okupados entre 2005 y 2012 en torno a Lavapiés, aunque en este caso cada centro social adquiría un nuevo nombre, por mucho que la asamblea fuera la misma. Estos fueron: La Escoba (2005), La Alarma (2006), Malaya (2008), La Mácula (2009) y Casablanca (2010).

La confrontación y la resistencia directa para detener los desalojos es una estrategia con muchos límites. Por un lado, porque en muchos casos no funciona, y el desalojo se termina produciendo. Por otro, porque se trata de repertorios de acción de elevados costes, como pueden ser la represión o la violencia sufridas. Un centro social es más que cuatro paredes. Son todas las relaciones y proyectos que se construyen sobre él. Son elementos de intervención política fundamentales que van más allá del espacio físico pero que necesitan de un espacio físico que funcione como infraestructura para existir. Por eso, los desalojos, en muchos casos, matan de un plumazo proyectos con un enorme potencial transformador. Frente a esta impotencia, muchos centros sociales optaron por otra solución: negociar con las autoridades la cesión de espacios o edificios para continuar con sus proyectos.

La cesión de espacios ha sido un factor que desde sus inicios ha creado divisiones y fuertes conflictos dentro del movimiento. La política autónoma propia del movimiento de okupación se caracteriza por impulsar procesos políticos al margen del Estado, sus instituciones y sus recursos. Para algunos, eso significa no negociar la cesión de espacios con las autoridades. Para otros, la negociación de espacios es clave para poder sostener a largo plazo proyectos y luchas autónomas que permitan acumulan fuerzas con el paso del tiempo. En este libro se verán muchos casos de legalizaciones de espacios okupados de distintos tipos (tanto viviendas como centros sociales), en distintas ciudades y en distintos momentos históricos. También se observará que las legalizaciones o las cesiones son siempre producto de una situación de fuerza por parte del movimiento, que presiona a las autoridades para que negocien y les cedan parte de su patrimonio.

Hoy en día Berlín probablemente sea la ciudad con mayor número de centros sociales legalizados. La primera fase de legalizaciones se produjo a principios de la década de 1980, tras una ola de okupaciones que dividió al movimiento en lo referente a la cuestión de la legalización. La segunda, tras las okupaciones que se produjeron con la caída del Muro de Berlín. Transcurridos los fuertes disturbios por el desalojo de Mainzer Straße, las autoridades fueron conscientes de que no podían desalojar más edificios ante el elevado nivel de resistencia y confrontación. Un nivel que tampoco el movimiento de okupación estaba preparado para sostener. Por ello, la mayoría optaron por la negociación. Como relata Vasudevan, más del 75% fueron legalizados, mientras que el resto fueron desalojados.

En definitiva, el recorrido por la historia de la okupación que Vasudevan muestra en este libro refleja que es un movimiento que trasciende la toma de edificios vacíos en sí misma. Se trata, en definitiva, de un movimiento y unas prácticas que han sido clave en las múltiples luchas y resistencias contra el capital que se han desarrollado en las ciudades durante las últimas décadas. Sus impactos son diversos e inconmensurables, pero podemos afirmar que, de no ser por ellos, las ciudades que habitamos probablemente habrían sido menos justas y vivibles de lo que son hoy en día.

Ciudad turística vs. centros sociales okupados: la lucha por el espacio urbano

El libro de Vasudevan muestra cómo la okupación ha influido en el desarrollo de nuestras ciudades. En este sentido, es un ejercicio de memoria, una manera de recordar las luchas del pasado. Pero también se puede leer pensando en el presente, en cómo la pugna entre la ciudad neoliberal y la ciudad autónoma sigue vigente y da lugar a nuevas resistencias.

La ciudad neoliberal se desarrolla según las posibilidades que tiene cada espacio de aumentar su valor económico. Desde una perspectiva económica, en muchas ciudades el «mejor uso» que se le puede dar a un territorio, edificio, vivienda o comercio será el turístico, porque es lo que le permite a su dueño extraer mayor beneficio de la propiedad. Esto se traduce en fuertes cambios en los usos del territorio y de los inmuebles. Lo que antes era una fábrica ahora es un hotel, y lo que antes era un hogar familiar ahora es un piso turístico. Por eso, en el contexto actual, la ciudad turística constituye una de las últimas fronteras de la ciudad neoliberal.

Durante la última década el turismo urbano ha sido fundamental para ampliar los límites de la ciudad neoliberal. El turismo ha tenido un papel clave tras la crisis del 2008 a la hora de atraer inversiones y reactivar nuevos ciclos inmobiliarios, y la promoción del turismo urbano se ha convertido en una prioridad política tras la crisis. El caso de los pisos turísticos es muy ilustrativo. Convertir viviendas en pisos turísticos permite obtener más beneficios de las propiedades, lo que ha motivado que muchos caseros extraigan viviendas del mercado residencial y las conviertan en pisos turísticos. Esta estrategia ha sido clave para reiniciar un nuevo ciclo inmobiliario tras la crisis, aumentar el valor de las propiedades y atraer inversiones. Aunque plataformas como Airbnb lo hayan enmarcado como procesos de economía colaborativa, se ha visto que el negocio y los beneficios rápidamente se han concentrado en actores y corporaciones muy profesionalizados. Al fin y al cabo, Airbnb y los pisos turísticos no son más que nuevas formas de ampliar el mercado turístico, las rentas y el valor de los inmuebles.

El resultado de estos procesos es que la ciudad y el territorio cada vez se ordenan más según los intereses de la industria turística, impulsando procesos de turistificación. La turistificación es la transformación completa del espacio urbano en un espacio turístico, donde el turismo pasa de ser una «práctica cultural» a constituir una nueva estrategia de política urbana, en la que intervienen tanto actores locales como transnacionales, con el objetivo de atraer visitantes e inversores3. La transformación del espacio urbano en un espacio turístico tiene como resultado la conversión de muchas zonas de la ciudad en espacios no habitables para los residentes, tanto de forma material como simbólica. Se suele recurrir al concepto de «disneyficación» para referirse a estos procesos según los cuales las ciudades se orientan hacia el entretenimiento y el consumo turístico, transformándose en «parques de atracciones» urbanos. A través de la turistificación del comercio, el paisaje comercial tradicional, como las instalaciones orientadas a los residentes, las tiendas, los servicios y los restaurantes, tradicionalmente frecuentados por los habitantes locales, son sustituidos por actividades y negocios orientados a los turistas. Los servicios que atienden a las necesidades de la población local son cada vez más escasos, más difíciles de alcanzar, más caros y de peor calidad. Esto da lugar a un ruido constante, a la saturación de las calles y del transporte público, a la generación de residuos y a determinadas prácticas que impiden a la población local utilizar el espacio público urbano como lo venía haciendo en el pasado. Entonces es cuando surgen tensiones entre los residentes y los turistas en cuanto al uso social de los recursos de la ciudad, lo que ejerce presión sobre la habitabilidad de la comunidad y constituye formas de desposesión simbólica y material de los residentes.

El resultado de estos procesos es que la vida se hace imposible para la población local, hasta el punto de que es expulsada del barrio. Las fuerzas que presionan para que abandonen sus barrios son múltiples. Algunas son directas, como las subidas de los precios de los alquileres, que hacen que las personas se vean expulsadas de su vivienda. Pero también la propia disneyficación del barrio, la transformación del comercio local o los usos del espacio público, que hacen que las personas no puedan seguir viviendo en él: ya sea por razones económicas —el desayuno en el bar de la esquina ahora se llama brunch y vale tres veces más—, de convivencia —mi calle y edificio están repletos de turistas de fiesta y no me dejan dormir—, espaciales —antes había jóvenes jugando al fútbol en la plaza y ahora hay grupos de turistas haciendo fotos a los edificios— o simbólicas —ha cambiado tanto la composición del barrio que siento que ya no pertenezco a él—. Todas estas fuerzas hacen que en última instancia la población local sea expulsada de las zonas turistificadas, que cada vez se ordenan más según los intereses y deseos de los turistas, en detrimento de la población local.

No es descabellado plantear que el incontrolable crecimiento del turismo urbano se ha convertido en un problema para la propia industria turística. Los turistas comienzan a quejarse porque odian hacer turismo rodeados de turistas. Odian sentirse turistas y sentir que consumen una ciudad disneyficada. Desde los activismos se reclaman regulaciones que acaben con el monocultivo turístico y promuevan formas de decrecimiento turístico. Pero la propuesta del sector es otra: superar la turistificación mediante la colonización de nuevas zonas urbanas, expandir su frontera y abrir nuevos mercados turísticos: la periferia, los barrios obreros, aquellos lugares donde se puede encontrar «autenticidad» porque las relaciones sociales y los espacios urbanos no están moldeados por la industria turística (no se han disneyficado). Airbnb es la punta de lanza de esta forma de colonización urbana del turismo. Desde el punto de vista de la oferta, tiene mucha facilidad para penetrar en zonas periféricas de forma rápida. Desde el punto de vista de la demanda, toda su publicidad y marketing —el «vivir como un local»— animan constantemente a los turistas a hospedarse fuera de los circuitos turísticos. La plataforma es consciente de ese nuevo mercado, y quiere hacerse con el monopolio. De hecho, en 2016 Airbnb publicó una lista de 17 barrios a nivel internacional que había que visitar. En el puesto décimo aparecía el barrio madrileño de Usera: una muestra de cómo la plataforma quiere convertir el conjunto de la ciudad en objeto de consumo turístico.

Habría que preguntarse de qué forma la ciudad autónoma que describe Vasudevan en el libro responde, entra en conflicto y se enfrenta a la ciudad turística que se acaba de describir. Tomemos el caso del barrio ateniense de Exarcheia. Durante la última década, Exarcheia se ha convertido en el símbolo de barrio rebelde y autónomo. Es un barrio tomado por centros sociales okupados, anarquistas y espacios de experimentación política radical. Proyectos de contracultura y de autoorganización. Un foco de resistencia contra la especulación, la turistificación o el urbanismo neoliberal; pero también contra las políticas migratorias o de austeridad de la Unión Europea. Desde 2008, Atenas, y en concreto Exarcheia, han sido el símbolo de la resistencia en Europa contra la política de austeridad impuesta por la Troika. Manifestaciones masivas, disturbios, enfrentamientos contra la policía, okupación de plazas, universidades, fábricas y centros sociales. Nuevas generaciones cuya socialización política estaba marcada por las luchas e imágenes que se difundían desde Atenas. Durante toda una década, Exarcheia se configuró como la máxima expresión de la autonomía urbana, un barrio que la policía no podía pisar y donde los centros sociales okupados por anarquistas, personas LGTBIQ+ o refugiados y migrantes creaban espacios temporalmente autónomos de utopías postcapitalistas. Exarcheia, al igual que Chiapas y Rojava, ya forma parte de los referentes culturales de la autonomía contemporánea.

«Don’t take photos. Exarcheia is not a museum»: esta es una de las muchas pintadas de Exarcheia que denuncian cómo el turismo está penetrando en el barrio. Los turistas quieren visitar esta zona popular, experimentar el paisaje cultural y político alternativo de la vida urbana de Exarcheia. El memorial a Alexandros Grigoropoulos, el joven de 15 años asesinado en 2008 por un policía, todo un símbolo de resistencia y lucha, se ha convertido en un lugar de culto para militantes. Pero ahora la ciudad turística también lo incluye entre las atracciones de sus tours, transformándolo en objeto de consumo. El capital, en su despliegue turístico, consigue incluso convertir la resistencia, la insurrección y la autonomía en mercancía y fuente de valor.

La ciudad turística también está siendo contestada. En aquellas ciudades donde las autoridades han impulsado el turismo como estrategia de acumulación urbana, donde el capital turístico ordena y produce el espacio urbano, surgen colectivos y luchas contra su expolio. Las más interesantes son las que no se centran en algunos de sus efectos, sino en el conjunto del modelo. Las que denuncian la mercantilización de la totalidad del espacio urbano y se organizan y protestan contra un modelo que destruye el «derecho a la ciudad». Son las que no se resignan y convierten las situaciones de expolio en lucha y contestación.

La historia reciente de Madrid4 refleja esta pugna entre dos modelos de ciudad: entre la ciudad turística y la ciudad autónoma. A lo largo de la última década, toda una serie de okupaciones en los barrios céntricos de la ciudad evidencia cómo este movimiento está disputando el territorio y la ciudad al turismo. En estos casos las okupaciones han trascendido el conflicto territorial en sí para constituir infraestructuras de lucha mayores, también contra el modelo de ciudad. Esto se debe a que la ciudad turística se produce convirtiendo los espacios urbanos en lugares para el consumo turístico. La ciudad, como espacio mercantilizable, puede aumentar su valor al cambiar sus usos hacia los turísticos. Esto permite atraer más inversiones y aumentar los beneficios que un mismo espacio puede generar con otro uso. Por eso hay un impulso creciente a incrustar los entornos urbanos en los circuitos turísticos, aunque sea en detrimento de la población local. Pero estas transformaciones no son inmediatas, y en algunos casos el propio proceso de revalorización asociado a los cambios de usos es arduo, lo que produce situaciones que son aprovechadas por aquellos que luchan por otro modelo de ciudad. En otros casos, producen situaciones de expolio y expulsión, lo que también genera resistencias. Porque los cambios de usos del entorno urbano crean oportunidades políticas para que surjan formas alternativas de intervenir sobre la ciudad. En este sentido, el caso de Madrid parece paradigmático, ya que se observa una fuerte pugna por el territorio entre la ciudad turística y la ciudad autónoma, algo que puede verse al repasar algunos centros sociales y luchas de las últimas décadas.

En 2007 se okupó el ESA Patio Maravillas. El Patio Maravillas fue un referente de los movimientos sociales y urbanos entre 2007 y 2015, un centro social que siempre rebosaba de actividades de todo tipo, que llegó a impulsar proyectos de autoempleo (como la librería, la producción de cerveza artesanal o el mesón) o un bar solidario que durante muchos años fue la principal fuente de financiación de los movimientos, colectivos y luchas de la ciudad. El Patio Maravillas también fue un espacio de referencia en el ciclo municipalista. Desde el año 2013, un grupo de la asamblea impulsó la formación de Ganemos Madrid, que pasaría a formar parte de la coalición Ahora Madrid. Esta coalición se hizo con el ayuntamiento y gobernó la ciudad durante una legislatura, y tres activistas de la asamblea del Patio Maravillas fueron concejales del nuevo gobierno.

El Patio Maravillas sufrió varios desalojos y el proyecto se desarrolló en tres edificios distintos en el centro de la ciudad. Su primer desalojo se produjo el 5 de enero del 2010. Ese mismo día por la tarde, unas 800 personas okuparon un nuevo edificio en el barrio, en la calle del Pez. Ese edificio estaba abandonado, ya que se encontraba en proceso de conversión de usos para autorizar su uso turístico (sigue abandonado, ya que no han conseguido el cambio de uso). De este inmueble fueron desalojados en 2015. Ante el desalojo, se okupó un edificio en la calle Divino Pastor. Se trataba de un inmueble que el Ayuntamiento de Madrid, bajo la alcaldía de Ana Botella, había vendido a Miguel Ángel Capriles, primo del líder opositor venezolano. La operación fue polémica, ya que se vendió por 853 €/m², en una zona donde el precio medio estaba en torno a los 3.000 €/m², lo que hizo que incluso las inmobiliarias de la zona denunciaran que el edificio se había malvendido a dedo y que cualquiera habría podido superar el precio de haberse hecho una venta limpia5. En 2017, el Ayuntamiento de Madrid aprobó el cambio de uso del edificio con los votos a favor de la coalición municipalista Ahora Madrid. En la actualidad, las viviendas del inmueble son pisos turísticos y el local comercial alberga una cocina fantasma.

Entre el inicio y el fin del Patio Maravillas, el Movimiento 15M sacudió la ciudad de muchas maneras. Durante los años siguientes, la autonomía y la okupación de centros sociales cobraron un fuerte impulso debido a la fuerza del Movimiento 15M6. La Oficina de Okupación que albergaba el CSOA Casablanca tuvo una actividad frenética durante aquellos años, asesorando a asambleas que querían okupar centros sociales, pero también a personas que no tenían donde vivir. De hecho, en 2011 publicaron el «Manual de Okupación», una guía de 120 páginas que compartía saberes legales y prácticos, desde cómo detectar un inmueble abandonado hasta cómo dar de alta la luz.

El 15 de octubre del 2011 se celebraron manifestaciones en cientos de ciudades y decenas de países, impulsadas y promovidas por la plataforma Democracia Real Ya! Tras la masiva manifestación de Madrid, una multitud de activistas okuparon el «Hotel Madrid», a escasos metros de la Puerta del Sol, donde se había desarrollado la acampada. El inmueble es propiedad de Socimi Silicius, que ha unido el hotel con el antiguo Teatro Albéniz para abrir un complejo hotelero de cinco estrellas. En 2012, la Asamblea del 15M de Lavapiés okupó un solar en la plaza central del barrio, que pasó a denominarse el Solar de Lavapiés. El solar era de titularidad pública, propiedad del Instituto de la Vivienda la Comunidad de Madrid (IVIMA). En 2014, el solar fue desalojado por la Comunidad de Madrid para destinarlo a la construcción de un hotel. Las protestas contra el proyecto turístico se aglutinaron en la campaña Stop Hotel, que denunciaba que «la colonización del territorio ya no se hace a través de grandes guerras, sino a golpe de especulación, desahucios, cultura instituida desde arriba y a través de proyectar una imagen exótica y atractiva para el turismo»7. Ahora, sobre el solar se levanta un hotel de la cadena hotelera Ibis y un local comercial de una multinacional de comida rápida. Unos años más tarde, en el mismo barrio de Lavapiés, los antiguos estudios Odeón fueron okupados para dar paso al centro social La Casa Roja. Tras el desalojo, el edificio fue transformado en un hostal de la cadena The Central House (con sedes en Barcelona, Lisboa, Marrakech o Estambul). En su página web lo anuncian como situado en «el auténtico centro de Madrid».

En mayo de 2017, la plataforma Madrid No Se Vende convocó una manifestación en el centro de la ciudad bajo el lema: «Por una ciudad que merezca la pena ser vivida». La plataforma aglutinaba a aquellos movimientos que construyen la ciudad autónoma día a día: colectivos ecologistas, de vivienda, feministas, vecinales o centros sociales. En el comunicado8 se puede apreciar que se trata de una respuesta contra la ciudad moldeada por el capital y una apuesta por otro modelo de ciudad que ponga a las personas en el centro: «Nos manifestamos para reclamar que Madrid no se vende, que Madrid es de todas, que esta ciudad que habitamos no pertenece a las grandes empresas, ni a la clase política, sino que pertenece a quien la vive, quien la siente y quien la defiende». De hecho, no se trata de una apuesta política para denunciar un tipo de gestión de la ciudad, sino el propio modelo de la ciudad neoliberal: «No se trata solo de la corrupción, sino de un programa para la privatización y mercantilización de la vida, con la que se nos despoja del derecho a vivir la ciudad […]. Nuestras vidas no se venden y Madrid no está en venta. Salimos para volver a decir que Madrid es de todas, y por esa ciudad que queremos defenderemos la alegría».

La manifestación finalizó con la okupación de un edificio de 3.000 metros cuadrados propiedad del ayuntamiento, situado en un eje central de la ciudad. En poco tiempo, el centro social denominado La Ingobernable se transformó en un referente político de la ciudad y en el centro neurálgico de la política y la contracultura madrileñas. Durante los dos años que estuvo activo, por este espacio pasaron miles de personas semanalmente, que acudían a los centenares de actividades que se organizaban cada mes. Todo esto hizo que La Ingobernable acumulara mucha fuerza y se transformara en un elemento fundamental para la cotidianidad de los movimientos sociales de la ciudad. La financiación o el altavoz mediático de numerosos colectivos de Madrid, así como la interseccionalidad entre muchos de ellos, pasaban por la intervención en este centro social. Probablemente un elemento central digno de resaltar fue el papel que desempeñó durante el proceso de organización y sostenimiento de las huelgas feministas. Entre 2017 y 2019 el movimiento feminista organizado a nivel internacional convocó huelgas y paros la jornada del 8 de marzo. Al detener toda actividad productiva y reproductiva, el objetivo era hacer visibles, por un lado, las múltiples tareas que realizan las mujeres y que garantizan el sostenimiento de la vida cotidiana en nuestras sociedades y, por otro, poner de relieve el repertorio de violencias y desigualdades al que están sometidas las mujeres y otros cuerpos y sujetos disidentes9. En Madrid, las sucesivas convocatorias fueron todo un éxito, y millones de personas salieron a las calles. La Ingobernable fue una infraestructura fundamental para que se llevaran a cabo estas movilizaciones: tanto en los meses previos, actuando como espacio de reunión, organización y financiación, como el mismo día de la huelga, cuando funcionó como centro de medios y comunicación, lugar de descanso y encuentro para las huelguistas, comedor popular y punto de cuidados para criaturas y personas adultas con necesidades de atención. Como señalaron en múltiples ocasiones las activistas, el centro social funcionó durante la huelga feminista como lo hace el tradicional centro sindical en las huelgas productivas-laborales.

Dos años más tarde se celebraron elecciones municipales en Madrid. El candidato del Partido Popular a la alcaldía, José Luis Martínez-Almeida, posicionó a La Ingobernable en el centro de su campaña electoral, hasta convertir al centro social en un elemento clave de la guerra cultural que emprendió contra el gobierno municipal. El PP ganó las elecciones, y a los pocos meses La Ingobernable fue desalojada. El día del desalojo, Almeida declaraba: «Hay tolerancia cero con la ocupación ilegal, los que quieren vivir por la cara no son bienvenidos en esta ciudad […]. Estoy seguro de que los madrileños quieren que en ese edificio haya un hotel que cree empleo, que cree prosperidad, que desarrolle el beneficio económico de la ciudad a que haya una serie de personas sin oficio ni beneficio que quieran ocuparlo»10. Las palabras de Almeida reflejan muy bien la pugna entre ambos modelos de ciudad y de qué lado estaba el nuevo gobierno municipal. Una forma de gobernar basada en mercantilizar la ciudad y eliminar toda disidencia. Con La Ingobernable ya desalojada, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid sentenció que el ayuntamiento no tenía legitimidad para iniciar el procedimiento ni para ejecutar el desalojo del edificio. Dos años más tarde, el Tribunal Supremo ratificó que el desalojo había sido ilegal.

En 2021 La Ingobernable okupó una nueva sede en el centro de Madrid. Se trataba del antiguo Hotel Cantábrico, que llevaba cinco años abandonado. Tras su desalojo en mayo de 2022, la asamblea volvió a okupar otra sede. Una vez más en el centro de Madrid, en el corazón de la ciudad turística, «en una calle con más 3.000 plazas de alojamientos turísticos»11. Esta vez el edificio era la antigua sede central del sindicato UGT. En febrero del mismo año el sindicato había conseguido cambiar el uso del edificio a hospedaje en régimen exclusivo, para transformar el edificio en un hotel. Nada más hacerse pública la okupación, UGT la denunció y pidió el desalojo, además de emitir un comunicado criminalizando a La Ingobernable en el que exponían que UGT tiene «la potestad de decidir la gestión de su patrimonio como considere oportuno, con el fin de obtener el máximo rendimiento»12. El mensaje de UGT fue claro: gestionar sus propiedades inmobiliarias de acuerdo con principios mercantiles, al margen de los procesos, dinámicas e impactos que puedan producir en la ciudad.

Unos meses más tarde, La Ingobernable volvió a okupar un edificio en el centro de Madrid. Se trataba de la segunda sede del Patio Maravillas. Aunque fueron desalojados inmediatamente, la acción sirvió para denunciar el modelo de ciudad, la especulación inmobiliaria y el hecho de que, siete años después del desalojo del Patio Maravillas, el edificio aún seguía vacío. En un comunicado titulado «Ellos destrozan la ciudad por dinero, nosotras la reconstruimos por amor», señalaron que «Madrid lleva años siendo el laboratorio de políticas neoliberales que ahondan en la pobreza de las condiciones de vida de las vecinas y convirtiendo nuestros barrios en parques temáticos para el beneficio de especuladores y fondos buitres».

Durante todos estos años, los pisos turísticos también han tenido un papel crucial como punta de lanza de la turistificación. Desde 2014, los precios de los alquileres empezaron a subir en todo el país, poniendo fin y revirtiendo el ciclo de caídas que se vivía desde la crisis de 2008. En este contexto, los pisos turísticos tuvieron un papel clave como dispositivo dinamizador del ciclo, principalmente en los centros urbanos de ciudades como Madrid, Barcelona o Málaga, donde se concentra una mayor oferta (además de las zonas turísticas como Baleares). En estas áreas surgieron nuevos movimientos, colectivos y plataformas que luchaban contra los pisos turísticos y la turistificación, creándose nuevas alianzas.

El barrio madrileño de Lavapiés es una de las zonas de la ciudad donde antes comenzaron a subir los precios de los alquileres en el nuevo ciclo. Un elemento clave fueron los pisos turísticos, ya que este barrio concentra una parte muy importante de toda la oferta de la ciudad. Los caseros comenzaron a convertir viviendas en pisos turísticos y la turistificación del barrio se disparó, lo que aumentó la desposesión material y simbólica del barrio y de sus habitantes. Las subidas de los alquileres y las expulsiones de la población se convirtieron en la norma: personas que llevaban décadas habitando el barrio se vieron desplazadas hacia otras zonas de la ciudad (lo que a su vez impulsó nuevos procesos de expulsión). Todo ello en Lavapiés, un barrio con una fuerte historia de okupaciones y de centros sociales que lo habían convertido en el símbolo del movimiento autónomo de la ciudad. Hoy, todo esto forma parte del pasado y Lavapiés es uno de los principales frentes turísticos de la ciudad.

Uno de los casos más destacados de resistencia al nuevo ciclo inmobiliario y de turistificación de la ciudad de Madrid se produjo precisamente en Lavapiés, en el edificio situado en el número 11 de la calle Argumosa, una de las calles principales del barrio. Una empresa entró en la propiedad del edificio, dispuesta a vaciarlo para transformar las viviendas en pisos turísticos. Lo consiguieron, pero el coste ha sido mucho mayor de lo que calcularon. En el edificio vivían familias que llevaban más de veinte años allí. Personas que eran del barrio de toda la vida. Trabajaban en el barrio, iban a misa en el barrio y sus familiares y amigos también eran del barrio. La nueva propiedad les daba dos opciones: abandonar las viviendas o aceptar subidas de los alquileres del 300% (que no podían pagar). Pero un grupo de vecinas optaron por una tercera opción: resistir.

El caso de Argumosa 11 se convirtió en todo un símbolo de resistencia y contestación al nuevo ciclo inmobiliario, a la subida de los alquileres y a la turistificación. En torno a Argumosa 11 se creó una alianza entre colectivos de vivienda (Sindicato de Inquilinas e Inquilinos, Plataforma de Afectados por la Hipoteca) y un colectivo surgido contra la turistificación del barrio (Lavapiés, ¿dónde vas?). La campaña lanzada por los colectivos tuvo un enorme impacto: se activaron fuertes redes de apoyo y de resistencia para impedir los desahucios, y se logró un gran efecto mediático y político.

Durante meses se consiguió paralizar más de una docena de desahucios en el edificio. Se convocaron acampadas en la calle, bloqueos dentro del edificio, se hicieron multitud de entrevistas y reportajes en los medios y muchos políticos (a nivel municipal, autonómico y estatal) mostraron su apoyo a las familias. Finalmente, el 22 de febrero de 2019 cuatro familias fueron desalojadas simultáneamente. El desalojo se convirtió en una enorme acción de protesta. Cientos de personas trataron de evitarlo en la calle. Otras decenas se encerraron y barricaron en el edificio para impedir la entrada a la policía, y un total de cuatro personas fueron detenidas. Un gran despliegue policial (incluido un helicóptero) sitió el edificio y sus alrededores. El desalojo duró horas. Los principales medios de comunicación realizaron conexiones permanentes en directo y el impacto en las redes sociales fue enorme, llegando a ser trending topic en Twitter en todo el mundo. Tras el desalojo, el presidente del gobierno tuiteó: «Hoy 4 familias han perdido su hogar por los desahucios en #Argumosa11. Esta vez la política no ha llegado a tiempo y la sociedad sigue esperando respuestas. No pueden tardar más. Todas las fuerzas políticas debemos llegar a acuerdos y acabar con el drama de la vivienda en España». De hecho, unos días después el gobierno reformó la Ley de Arrendamientos Urbanos, incluyendo algunas reivindicaciones de los colectivos que habían formado parte de la campaña de Argumosa 11.

Unos meses más tarde, el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos lanzaba una nueva campaña: Madrid vs. Blackstone. El fondo buitre Blackstone había sido una de las entidades financieras que más se había enriquecido con la crisis de 2008 en España, comprando empresas con problemas de solvencia y activos inmobiliarios devaluados. En pocos años el fondo buitre se había convertido en el primer propietario de viviendas y hoteles de España, aplicando agresivas prácticas en la gestión de sus propiedades y vulnerando los derechos de los inquilinos. En 2019, el Sindicato lanzó la primera campaña contra el fondo buitre. El fondo estaba aplicando subidas abusivas a sus inquilinos de en torno al 100%. Desde entonces, los conflictos y las campañas contra el fondo han sido recurrentes.

En julio de 2022, los Sindicatos de Inquilinas e Inquilinos de Madrid y Barcelona realizaron una acción contra el fondo buitre. De forma simultánea, los activistas entraron y ocuparon temporalmente dos hoteles del fondo buitre en el centro de Madrid y de Barcelona. En Madrid, la acción se realizó en el Axel Hotel Madrid, situado en la calle Atocha 49. Se trataba del edificio que había sido la sede del antiguo Palacio Social Okupado y Autogestionado Malaya. En 2008, la asamblea del recién desalojado CSOA La Alarma okupó este antiguo palacio abandonado en el centro de la ciudad. El edificio estaba intervenido por el juzgado de instrucción n.º 5 de Marbella, el juzgado del «Caso Malaya» (una operación contra la corrupción urbanística llevada a cabo contra dirigentes del Ayuntamiento de Marbella y su entorno), ante la sospecha basada en indicios racionales de que este edificio era parte del patrimonio del exconcejal de urbanismo de Marbella, Juan Antonio Roca, y que sus actuales propietarios estaban actuando como sus testaferros. A finales del mismo año se produjo el desalojo. Aunque el edificio estuviera intervenido, el poder político de los propietarios agilizó el procedimiento. Tras el desalojo, la propiedad reforzó la puerta y contrató seguridad privada para mantenerlo vacío. Años más tarde comenzaron las obras, y al final se convirtió en un hotel que pasó a engrosar las propiedades del fondo buitre Blackstone.

Este breve recorrido por los últimos quince años de okupación en Madrid buscaba mostrar la fuerte relación entre dos modelos de ciudad: la ciudad turística, como frontera de la ciudad neoliberal, y los centros sociales okupados, como arterias de la ciudad autónoma. Como se ha visto, no se trata solo de una pugna discursiva o simbólica. Es una lucha real por el territorio. Por los usos de la ciudad, por el tipo de ciudad que se construye. El papel que han desempeñado los centros sociales es evidentemente enorme. Pero también se perciben muchos límites. Los desalojos se siguen produciendo y la ciudad turística avanza. En realidad, no son límites, sino derrotas: el triunfo del neoliberalismo sobre todas las esferas de la vida, también sobre la ciudad. Pero un triunfo temporal e históricamente determinado, marcado por crisis cada vez más agudas y continuas, donde un factor de crisis se solapa con otros, ampliando exponencialmente sus efectos. Crisis que son cada vez más difíciles de resolver, y en las que la autonomía seguirá actuando como un contrapoder hasta que estas no se resuelvan.

¿El fin de la okupación?

Durante los años posteriores a la crisis financiera del 2008, España, Países Bajos, Inglaterra, Gales o Grecia aprobaron cambios legales para acabar con la okupación de inmuebles. Según escribo estas líneas, se publica la siguiente noticia: «Francia amenaza a los okupas con tres años de cárcel. Los diputados de Macron endurecen la ley con el apoyo de los conservadores y la ultraderecha, mientras que la izquierda se opone».