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El texto narra las razones y acontecimientos que llevaron a los y las trabajadoras a luchar decididamente por la supervivencia, y resistir el ultraje de la burguesía francesa y las fuerzas alemanas, hasta el violento derrumbamiento de la Comuna en 1871.
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Seitenzahl: 926
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Título original: Histoire de La Commune de 1871© lom ediciones / txalaparta Primera edición en Chile, abril de 2021 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impreso: 9789560014009 ISBN digital: 9789560014177 Primera edición de txalaparta Enero de 2004 © autor: H. Prosper-Olivier Lissagaray © de la traducción: R. Marín y D. Iribar Maquetación: Amagoia Arrastio Fotografía de Portada : Barricadas de la Comuna, abril de 1871. Esquina de la Plaza del Ayuntamiento con la calle Rivoli.Pierre-Ambroise Richebourg (1810-1875) Metropolitan Museum of Art (New York) LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 [email protected] | www.lom.cl Registro n°: 403.021 editorial txalaparta s.l.l.www.txalaparta.eus Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile
Introducción
Primera parte El desastre
Capítulo I Prólogo del combate el derrumbamiento del segundo imperio Francia antes de la guerra
Capítulo II Cómo los prusianos se apoderaron de parís y los rurales de Francia
Capítulo III Primeros ataques de la coalición contra parís. Los batallonesde la guardia nacional se federan y se incautan de sus cañonesLos prusianos entran en París
Capítulo IV Los monárquicos abren fuego contra París se constituye El comité central Thiers ordena el asalto
Segunda parte La Comuna
Capítulo V El 18 de marzo
Capítulo VI El comité central convoca a los electores. los alcaldes de París y los diputados del sena se alzan contra aquel Nuestros corazones destrozados, llaman a los vuestros. Los alcaldes y adjuntos de París y los diputados del sena a la guardia nacional y a todos los ciudadanos
Capítulo VII El comité central se proclama, reorganiza los servicios y se adueña de París
Capítulo VIII Los alcaldes, los diputados, los periodistas y la asamblea se lanzan contra París. La reacción se enfrenta a los federados
Capítulo IX El comité central vence todos los obstáculos y obliga a los alcaldes a capitular
Capítulo X Proclamación de la comuna
Capítulo XI La comuna en Lyon, en Saint-Etienne, en Le Creusot
Capítulo XII La comuna en Marsella, Toulouse y Narbona
Capítulo XIII Primeras sesiones de la comuna deserción de los alcaldes y adjuntos
Capítulo XIV Salida el 3 de abril los parisinos son rechazados en todas partes. Flourens y Duval asesinados. Los versalleses asesinan a los prisioneros
Capítulo XV La comuna vencida en Marsella y Narbona
Capítulo XVI Los grandes recursos de la comuna. las debilidades de su consejo el comité central decreto sobre los rehenes la banca
Capítulo XVII Los primeros combates de Neuilly y de Asnieres organización y derrota de los conciliadores
Capítulo XVIII El manifiesto de la comuna las elecciones complementarias del 16 de abril hacen que surja una minoría primeras disputas. gérmenes de derrota
Capítulo XIX Las parisinas suspensión de hostilidades para la evacuación de Neuilly el ejército de Versalles y el de París
Capítulo XX Los servicios públicos: hacienda, guerra, policía, relaciones exteriores, justicia, enseñanza, trabajo y cambio
Capítulo XXI Los francmasones se unen a la comuna primera evacuación del fuerte de Issy creación del comité de salud pública
Capítulo XXII Rossel sustituye a Cluseret estallan las rivalidades rencillas en la comuna. Rossel continúa la obra de cluseret la defensa del fuerte de Issy
Capítulo XXIII París bombardeado el Fuerte de Issy sucumbe la comuna renueva su comité de salud pública. Rossel huye
Capítulo XXIV Las conspiraciones contra la comuna
Capítulo XXV La política de Thiers con las provincias. La traición de la izquierda
Capítulo XXVI Impotencia del segundo comité de salud pública. Son evacuados el fuerte de Vanves y el pueblo de Issy. El manifiesto de la minoría. La explosión de la Avenida Rapp. Cae derribada la columna Vendôme
Capítulo XXVII París en vísperas de la muerte. Versalles
Tercera parte Lucha a vida o muerte
Capítulo XXVIII Los versalleses entran. El domingo 21, a las tres de la tarde, se disuelve la asamblea de la comuna 285
Capítulo XXIX Lunes, 22 los versalleses invaden los barrios del este París se alza
Capítulo XXX Martes, 23 toma de montmartre las primeras matanzas en bloque Arde París La última noche del Hôtel-de-Ville
Capítulo XXXI Miercoles, 24 los miembros de la comuna evacuan el Hôtel-de-Ville. Toma del panteón los versalleses fusilan a los parisinos en masa.Los federados fusilan a seis rehenes la noche del cañón
Capítulo XXXII Jueves, 25 toda la orilla izquierda en manos de las tropasMuerte de delescluze Los «brassardiers» activan la matanza la alcaldía del XI, abandonada
Capítulo XXXIII La resistencia se concentra en Belleville. El viernes 26 son fusilados 48 rehenes en la calle haxo El sábado 27 es invadido todo el distrito XX toma del Pere-lachaise El domingo 28 termina la batalla a las once de la mañana El lunes 29 se rinde el fuerte de Vincennes
Cuarta parte La venganza
Capítulo XXXIV la furia versallesa Los mataderos Los tribunales prebostales muerte de varlin. La peste Los enterramientos
Capítulo XXXV Los convoyes de prisioneros el invernadero Satory Las detenciones Los delatores La prensa la extrema izquierda maldice a los vencidos Manifestaciones en el extranjero
Capítulo XXXVI Los pontones Los primeros procesos
Capítulo XXXVII Los consejos de guerra Los suplicios Balance de las condenas
Capítulo XXXVIII Nueva Caledonia. El destierro
Capítulo XXXIX La asamblea de la desgracia El mac-mahonado Los indultos El gran regreso
La Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.
Karl MarxLa guerra civil en Francia
La bibliografía de la comuna de parís es muy extensa y variada en sus interpretaciones. Todavía hoy, los artículos, folletos y libros dedicados a esta primera experiencia de la clase obrera en el ejercicio del poder político tienen un gran interés. Son reeditadas las obras de los participantes en la Comuna y también las obras posteriores a la misma que desarrollan sus experiencias. Desde los escritos de Benoit Malon y K. Marx, pasando por los de Lenin y Trotsky, ha sido la corriente socialista la que ha extraído más enseñanzas del movimiento de 1871; aunque la historiografía no marxista posterior a la Comuna ha sido, también, muy extensa1.
A partir de la derrota de la Comuna, en mayo de 1871, en Francia, Inglaterra, Bélgica y Suiza, aparecen folletos y libros tanto de los partidarios del gobierno de Versalles como de los comuneros y adictos a la Comuna. Entre los escritores acérrimos enemigos de la Comuna destacan el mismo Thiers2, el general G. Vinoy3 y la conocida obra de Maxime Du Camp, Les convulsions de Paris4. En estas obras los comuneros son presentados como agentes de los prusianos, bandidos y terroristas, y la Asociación Internacional de Trabajadores como la organizadora de la conspiración, todo ello con el fin de justificar la represión llevada a cabo por las fuerzas del orden durante la semana sangrienta que siguió al fracaso de la Comuna.
Entre los autores simpatizantes de la Comuna y los participantes en ella no existe un criterio uniforme acerca de la interpretación y evaluación de los hechos. Las diferencias entre los federalistas y socialistas, y los republicanos son muy pronunciadas. En primer lugar, destacan las memorias de dirigentes como Elisée Reclus, Louise Michel y Jean Larocque5.
En segundo lugar, los relatos históricos de Gaston Da Costa, Charles Beslay, Benoit Malon, Arthur Arnould, Gustave Lefrançais y primero, formado políticamente en los medios estudiantiles revolucionarios del Barrio Latino, pertenecía al grupo blanquista y era uno de sus más jóvenes dirigentes. Colaboró con Raoul Rigault en la Comisión de Policía y Seguridad, y escribió La Commune vécue, publicada en París en 1903-19056. Ch. Beslay, que evolucionó desde un liberalismo burgués a un socialismo liberal, siguiendo a los prudhonianos, llegó a ser el delegado de la Comuna ante el Banco de Francia y escribió Mes souvenirs 1830-1848-1870 y La Verité sur la Commune7.
A Benoit Malon se debe uno de los escritos más importantes para la comprensión del carácter proletario de la Comuna: La troisième défaite du prolétariat français8. De oficio jornalero, Malon, se adhirió a la ait, primero en la corriente prudhoniana y luego en la colectivista. Fue, junto con Varlin, uno de los que mantuvo organizada la sección francesa de la Internacional. Elegido diputado por la Asamblea Nacional, dimitió y se incorporó a la Comuna, destacando como miembro de la Comisión de Trabajo y Cambio. Después del fracaso huyó a Suiza y se adhirió al ala federalista de la Internacional. En 1880 regresó a Francia y fundó con el exanarquista Paul Brousse9 el partido de los «posibilistas». Desde 1885 editó la Revue Socialiste, y se fue aproximando a la tendencia dirigida por Marx.
La Histoire populaire et parlamentaire de la Commune de Paris10 escrita por Arthur Arnould fue utilizada por Stalin al elaborar su folleto ¿Anarquismo o Socialismo? Arnould fundó el Journal du Peuple y fue elegido por el cuarto distrito del Comité de la Comuna. Al separarse de los republicanos se unió a la minoría socialista, adoptando los criterios federalistas. Huyó a Suiza. En el mismo país se refugió también Gustave Lefrançais, autor de Étude sur le mouvement communaliste á Paris, en 187111, obra que resultó muy bien acogida por la Federación del Jura y por Kropotkin, en particular.
Finalmente, una de las obras más conocidas sobre la Comuna fue la de H. P. O. Lissagaray, Histoire de la Commune de 1871, editada por Kistemaeckers en Bruselas en 187612, con varias ediciones posteriores en francés, traducida al alemán y al castellano en 1931 en una colección dirigida por Wenceslao Roces, de la Editorial Cenit.
Hippolythe Prosper-Olivier Lissagaray, nació en Toulouse el 24 de noviembre de 1838.13 Cursó estudios de filología y realizó un viaje por América. En 1860 regresó a Francia y se convirtió en uno de los opositores de Luis Napoleón a través de sus artículos en el periódico L’Avenir, fundado por él y que no tardó en ser el centro del movimiento democrático del S.O. de Francia. Conocido por sus agresivos artículos y por un duelo con el bonapartista Cassagnac, le son impuestas varias multas y es condenado a pena de prisión. Sale de la cárcel en la primavera de 1870 y huye a Bruselas. Proclamada la República, se dirige a Tours, donde colabora con Gambetta en la organización de los ejércitos de reserva. Es trasladado al frente en enero de 1871, y allí le sorprende el armisticio.
Desmovilizado, después del 18 de marzo se traslada a París y se adhiere a la Comuna, fundando los periódicos L’Action, journal politique quotidien14, cuyo primer número ve la luz el 4 de abril y el último el 9 del mismo mes, y Le Tribun du Peuple15 que aparece el 17 de mayo y del que salen solo ocho números. A través de estos periódicos se exigían enérgicas medidas políticas y militares supeditando toda consideración de principios y teorías a las necesidades del momento. Participó directamente en los combates de los últimos días en el distrito once y en Belleville. En el último instante se marcha a Londres, donde entra en contacto con el círculo de Marx, aunque nunca se afilió a ninguna organización. Amnistiado en 1880 con el último grupo de comuneros, vuelve a Francia, donde funda y dirige el periódico La Bataille (1881-1883). Reemprende su publicación en 1888 hasta 1893, donde combate las aspiraciones del general Boulanger. Muere el 25 de enero de 1901.
Además de la Histoire de la Commune y de sus artículos en L’Avenir, Le Tribun du Peuple y La Bataille, es necesario destacar dos obras más: Les huits Journées de Mai derrière les barricades, editada por el Bureau du Petit Journal, en 187116, y La Visión de Versailles, editada en Bruselas en 187317.
Por último, mencionar como aportaciones al estudio histórico y político de la Comuna el folleto de Karl Marx La guerra civil en Francia y el libro de P. Lavrov18Parizhskaia Kommuna, obras fundamentales para la interpretación de los hechos de la Comuna, que sirvieron de base a los análisis que sobre el poder político realizaron posteriormente los autores marxistas, especialmente Lenin19, Trotsky20 y Stalin21.
En julio de 1870 estalla la guerra franco-prusiana. En los primeros momentos, Napoleón iii parecía el invasor22, pero las rápidas victorias de los prusianos convirtieron la guerra en un problema de defensa nacional para los franceses. Sin embargo, el proletariado francés, con una visión más clara de la situación, sobre todo los grupos organizados como las secciones parisinas de la Asociación Internacional de Trabajadores, llevaron a cabo un vigoroso ataque a la amenaza de guerra y lanzaron un Manifiesto a los trabajadores de todos los países23, dirigido fundamentalmente a los «hermanos de Alemania» en nombre de la paz, señalando que la guerra sería fratricida y que las divisiones no llevarían más que al triunfo completo del despotismo.
En Alemania, el joven Partido Social Demócrata, dirigido por Liebknecht y A. Bebel, se abstuvo de votar los créditos de guerra pedidos por Bismarck, pues no podían apoyar al gobierno, pero tampoco la agresión de Napoleón iii. El curso victorioso para los prusianos de la guerra, la derrota y capitulación de Sedán llevó a la caída del ii Imperio (2 de septiembre), y dos días más tarde era proclamada la República con un gobierno provisional de Defensa Nacional24. Gambetta intenta organizar varios ejércitos en el interior y Thiers es enviado a Europa en busca de ayuda. En París, sitiado por los prusianos, era reorganizada y armada la Guardia Nacional, dentro de la cual los obreros representaban una gran mayoría25. Fracasados los intentos de Thiers, derrotados los ejércitos de Gambetta y sitiado el ejército imperial en Metz, el gobierno provisional dimitió y convocó elecciones para la Asamblea que fue elegida en febrero de 1871, después del armisticio entre París y los prusianos.
La organización que el gobierno de Defensa Nacional hizo de las elecciones a la Asamblea llevó a que esta estuviera formada por una gran mayoría de monárquicos, legitimistas y orleanistas, una minoría de liberales y republicanos y solo cuatro de los candidatos socialistas revolucionarios26: Pyat, Malon, Gambon y Tolain. Después de elegir a Thiers como jefe del gobierno, la Asamblea debía firmar la paz con los prusianos aceptando las condiciones de Bismarck: cesión de Alsacia-Lorena, una fuerte indemnización y la ocupación de París.
La Guardia Nacional eligió un nuevo Comité Central y mantuvo en su poder las armas y los cañones construidos mediante suscripción pública. Los prusianos entraron en el barrio de los Campos Elíseos, aunque solo ocuparon los fuertes del norte y este de París; la mayoría de la población se retiró a los distritos obreros. Thiers, que había trasladado el gobierno a Versalles, ordenó la evacuación de la administración de la capital. En París quedaron como grupos organizados el nuevo Comité Central de la Guardia Nacional, los grupos sindicales obreros y las secciones de la Internacional.
Mientras, la Asamblea reunida en Burdeos aprobó una serie de decretos desfavorables a la pequeña burguesía, que acrecentó la indignación del pueblo de París.
Como afirma Engels27, Thiers «se daba cuenta de que las clases poseedoras estaban en peligro mientras los obreros estuviesen armados». Por lo tanto, después de una «especie de consejo de guerra» según el prefecto de policía Chopin, celebrado el día 17, intenta el golpe de fuerza sobre París. A partir de las tres de la madrugada del día 18, las tropas versallesas ocupan los puntos estratégicos de la orilla derecha del Sena, mientras que varios destacamentos se dirigen a los depósitos de cañones de la capital. El más importante era el de Montmartre, conocido como «Campo polaco». Pero la intervención del comité de vigilancia del distrito xviii, en el que Ferré y Louise Michel eran los principales dirigentes, frena el avance de las tropas del gobierno, y a las nueve de la mañana la derrota de las mismas era total. Thiers había declarado la guerra civil, y el pueblo de París, armado, se disponía a resistir los ataques de las clases poseedoras, representadas por el gobierno de Versalles y el ejército prusiano28. Engels afirmó, en 1891:29 «El carácter de clase del movimiento de París, que antes se había relegado a un segundo plano por la lucha contra los invasores extranjeros, resalta con trazos netos y enérgicos desde el 18 de marzo en adelante».
El desarrollo económico y social de Francia durante el siglo xix, la progresiva independencia política de los obreros de París y la experiencia de 1848, entre otros factores, hacían que las reivindicaciones de los obreros y del movimiento popular representasen una amenaza contra el orden social y político existente. Esta situación quedaba endurecida al estar los obreros organizados y armados. El 26 de marzo era elegida y el 28 proclamada la Comuna. La mayoría de los dirigentes eran jacobinos y blanquistas y el resto internacionalistas,30 entre los que prevalecían los partidarios de la Escuela de Proudhon31. El día 29 eran organizadas las comisiones de la Comuna en una comisión ejecutiva32 que el 20 de abril quedó constituida por los delegados de las nueve comisiones de la forma siguiente: Finanzas (Jourde, empleado de banca y prudhonista); Guerra (Cluseret, militar adherido a la Internacional); Justicia (Protot, hijo de campesinos, abogado republicano); Seguridad Nacional (Rigault, blanquista); Subsistencias (Viard, empleado de comercio, posteriormente anarquista); Trabajo y Cambio (Léo Frankel, obrero joyero, partidario de Marx); Relaciones Exteriores (Grousset, periodista jacobino y posteriormente socialista oportunista); Servicios Públicos (Andrieu, empleado administrativo, miembro de la Internacional); Enseñanza (Vaillant, ingeniero, doctor en Ciencias y médico, blanquista). De esta manera, tanto los órganos dirigentes como la misma Comuna de París, estaban integrados por las fuerzas populares de la capital.
Es interesante destacar el papel de las cámaras sindicales. Al final del Segundo Imperio se pueden contar treinta y cuatro sindicatos obreros o cámaras sindicales a los que es necesario añadir cuarenta y tres cooperativas de producción y siete de consumo. Son organizaciones recientes y débiles, que sufren un importante deterioro debido a la guerra y de las que, sobre todo, destaca su colaboración con la Comisión de Trabajo y Cambio, y Frankel en particular33.
Destaquemos, también, el papel de los clubs34 organizados paralelamente a las cámaras sindicales y a las secciones de la Internacional, y que desde octubre de 1870 ya propagan la idea de formar una Comuna Revolucionaria de París, motivo por el que fueron clausurados. A pesar de ello, su actividad continuó, confeccionando listas de candidatos a la Asamblea, entre los que destacan posteriores dirigentes de la Comuna: Delescluze, Lefrançais, Blanqui, Pyat, Gambon... Uno de los primeros objetivos era la educación política de los ciudadanos, objetivo que queda superado durante la Comuna por el de las necesidades sociales. Denuncian el derecho de propiedad y admiten como necesaria la supresión de todo privilegio35, elaboran numerosos programas sociales como bases para la edificación de la nueva sociedad36, atacan la influencia del clero defendiendo la separación de la Iglesia y el Estado, reclaman la emancipación de las mujeres37 y denuncian la prostitución. Exigen la reorganización de los servicios públicos, reduciendo la administración a la estrictamente necesaria y la reorganización de la policía –algunos incluso preconizan su supresión38-, insisten en la autonomía comunal y en la necesaria unidad de sus miembros. Actitud esta última que hace que acusen de deserción la retirada de los minoritarios (internacionalistas) del Consejo de la Comuna, aunque en más de un punto sostienen concepciones políticas próximas. Otro principio mantenido por los clubs es el de la soberanía del pueblo. Su participación en la defensa de la Comuna es muy importante, aunque crítica en algunos aspectos.
Por último, resaltemos el papel de las secciones parisinas de la Internacional39. En primer lugar, y como ya hemos indicado anteriormente, los internacionalistas no forman un bloque homogéneo, pues una mayoría es partidaria de las ideas de Proudhon y una minoría de las de Marx, incluyendo algunos blanquistas que colaboran con la mayoría de la Comuna. La Internacional no aparece como organización en el 18 de marzo, aunque destacan en esta fecha dirigentes como Assi, Avrial, Duval y Varlin. En los primeros momentos, las secciones de la Internacional dudan en comprometerse con el Comité Central, y es necesaria toda la autoridad de Frankel para superar las dudas. Otro aspecto destacable son las insuficientes relaciones de las secciones parisinas con el Consejo General de Londres, aunque de esto no puede deducirse, en ningún momento, que Marx no estuviera informado de lo que sucedía en París, pues mantenía correspondencia directa con Frankel, Varlin y otros. La Federación de París contaba con veintinueve secciones y no disponía de órgano central de prensa, pero su opinión se reflejaba en La Révolution Politique et Sociale. Sus deficiencias estribaban fundamentalmente, además de en su heterogeneidad, en la falta de un programa coherente y de una organización centralizada, sin la cual muchas de sus iniciativas quedaban diluidas en los numerosos frentes de lucha de los que participaban.
Destaquemos, además de los grupos organizados, el importante papel jugado por la prensa. Dos aspectos es necesario exponer. En primer lugar, la falta de decisión y energía en suprimir la prensa adscripta al gobierno de Versalles. Algunos de los periódicos enemigos de la Comuna subsistieron durante casi todo el tiempo.
Lissagaray atribuye este hecho perjudicial para la Comuna a la desorganización de la Comisión de Seguridad y Policía, y a la incompetencia de la misma, sobre todo de Raoul Rigault. Pero es necesario destacar que esto era más bien la consecuencia de que no se lograran superar las antiguas formas de la libertad de opinión y de prensa. Así como se dieron cuenta de que la clase obrera no podía ejercer el poder político con la vieja máquina del Estado y lo aplicaron en los aspectos más directamente ligados a la represión (ejército y policía), no llegaron a dilucidar la importancia que tenía el cambiar de modos y formas de acción en los aspectos de propaganda, como la prensa; pues al mismo tiempo la existencia de la prensa reaccionaria, la de la Comuna, dirigida por intelectuales pequeño-burgueses, no reflejaba tanto la opinión de una organización, a pesar de su sincero deseo de servir a la causa común, como la de sus fundadores o directores40.
Esta falta de energía es formulada y denunciada por Lavrov de la forma siguiente: «El París de los ricos y el de los proletarios míseros, el de los contrastes sociales, en tanto que Comuna política, exigía en el nombre de los principios liberales una completa libertad de palabra, de reunión, de critica de gobierno, etc. París, que acababa de realizar la revolución en interés del proletariado, y que se había señalado por principio el de realizarla en las instituciones, necesitaba, en tanto que Comuna del proletariado obrero emancipado, medidas revolucionarias, es decir, dictatoriales, con respecto a los enemigos del nuevo régimen»41.
Esta debilidad en el ejercicio del poder no solo destaca en el aspecto de la propaganda, sino también en aspectos políticos y militares fundamentales remarcados por Marx en el Manifiesto de la Asociación Internacional de Trabajadores sobre la guerra civil en Francia precisamente unos días después del desastre de la Comuna. Estos aspectos eran, por una parte, su actuación respecto a la actividad de los versalleses en la Comuna y la pasividad de los comuneros ante la huida hacia Versalles de los funcionarios del gobierno de Thiers, dejándoles la posibilidad de organizar el ejército de la represión42 y, por otra, su actuación dudosa y finalmente desfavorable respecto al Banco de Francia.
Estas deficiencias y la permanencia de las antiguas formas de acción están directamente relacionadas con la falta de consistencia de un programa político que, además, se hallaba todavía confuso y, por lo tanto, poco determinado. Agravado todo ello por las divergencias existentes entre los dirigentes de la Comuna. Esta confusión política y estas divergencias fueron señalados por Marx en una carta a los dirigentes de la Internacional en París, Frankel y Varlin, en mayo de 187143.
También por Lavrov, que en su estudio sobre la Comuna afirma que el primero de marzo de 1871, días antes de la proclamación de la Comuna, las «personalidades dirigentes de la Internacional en París no tenían todavía un programa político definido»44 y que «después del 18 de marzo París estaba en manos del proletariado, pero sus líderes, desconcertados por su inesperado poder, no tomaron las medidas de seguridad más elementales»45. El mismo Lissagaray los señalaba al reproducir una declaración de un miembro del Comité Central de la Guardia Nacional, en la que afirma que su talla no está a la altura del papel que deben jugar y que la única salida es la de sustraerse a las responsabilidades. Posteriormente, Trotsky, en su polémica con Kautsky, afirma que «reverenciaremos el recuerdo de la Comuna, a pesar de su restringida experiencia, la falta de preparación de sus militantes, la confusión de su programa, la ausencia de unidad entre sus dirigentes, la indecisión de sus proyectos, el excesivo desorden en sus decisiones y del espantoso desastre en que fatalmente concluyó»46.
Un breve examen de las medidas tomadas por el Consejo de la Comuna en las Comisiones de Trabajo, Enseñanza, Justicia y Finanzas, y de las divergencias entre el poder político y el militar, nos dará una pequeña imagen de la inexistencia de un programa político definido y de las contradicciones que representaba la puesta en práctica de determinados objetivos.
En la Declaración al pueblo francés, del 19 de abril, se afirma «el reconocimiento y consolidación de la República como única forma de gobierno compatible con los derechos del pueblo y el desarrollo regular y libre de la sociedad»; y el 13 de mayo, L. Frankel declara que «no debemos olvidar que la Revolución del 18 de marzo ha sido realizada por la clase obrera. Si no hacemos nada por esta clase, no veo la razón de ser de la Comuna»47. La misma Comisión de Trabajo, sostenida por las organizaciones de base, manifiesta la necesaria intervención del Estado en las relaciones del capital y del trabajo. Ahora bien, frente a la claridad de estos principios, las medidas tomadas son parciales y dirigidas exclusivamente a la solución de determinados aspectos de política social inmediata. Fundamentalmente son abordados el problema del paro, el de los alquileres, el control de los mercados y se prohibe el trabajo de noche de los panaderos. Respecto al paro se encarga a las cámaras sindicales la elaboración de un censo de talleres abandonados, un estudio sobre las condiciones necesarias para la explotación de estos talleres, no por los antiguos propietarios (huidos a Versalles), sino por la asociación cooperativa de los trabajadores allí empleados, y la constitución de un jurado arbitral para decidir las condiciones de la cesión definitiva de los talleres a las sociedades obreras y la indemnización a los patronos correspondientes.
El control de los mercados se realiza mediante su revisión por la Comisión de Trabajo, la adjudicación de los mercados a las corporaciones y el establecimiento de precios obligatorios fijados por Intendencia, la cámara sindical de la corporación, una delegación de la Comisión y la Comisión de Finanzas correspondiente. Además de las medidas señaladas anteriormente, se soluciona también el problema de los desempeños del Monte de Piedad, que afecta a los obreros en paro y a los comerciantes, y el de vencimientos de créditos que afecta a los comerciantes y artesanos.
En la Comisión de Enseñanza se regula la enseñanza laica y se organizan dos escuelas profesionales, peticiones realizadas por los adheridos a la Internacional y algunas cámaras sindicales. Al mismo tiempo, se realizan en algunos distritos campañas favorables a la gratuidad de la enseñanza (distrito xx).
La reforma del sistema judicial, basada en la necesidad de disponer de unos servicios de justicia gratuitos y en la elección de los jueces, era deseada por los miembros de la Comuna. Protot, delegado de la Comisión de Justicia, no pudo realizar más que algún arreglo en el sistema vigente, lo que provocó algunos descontentos en la opinión popular. Por último, la vacilación y la no nacionalización de la Banca llevó a que la Comuna se hallara siempre sometida a un insuficiente presupuesto para abordar los problemas de la guerra y de la organización interior, a pesar de los préstamos que tomó , y de que el gobierno de Versalles pudiera utilizar fondos de la Banca para destruir la Comuna.
Respecto a las divergencias entre el poder político y el militar, es necesario destacar que varios organismos se disputaron la dirección de los asuntos políticos y militares, el Comité Central de la Guardia Nacional, el Consejo de la Comuna y el Comité de Salud Pública. Pero el problema fundamental no era el de qué organismo detentaba la delegación del poder popular, sino de si el poder militar debía estar sometido al poder político o mantener una autonomía total, y de cuál era la organización más apropiada de este poder militar, pues no podemos olvidar que el primer y más importante problema de la Comuna era la guerra. El Comité Central de los veinte Distritos incluía en su programa para las elecciones comunales el mantenimiento de la autonomía de la Guardia Nacional, el reconocimiento del principio de elegibilidad de todos los jefes militares y la subsistencia de la organización federativa del ejército popular parisino. Además, la supresión del ejército permanente en el interior de la ciudad48. La Comuna llevó a cabo la última de las reivindicaciones, al disponer la supresión del reclutamiento. Pero la autonomía de la Guardia Nacional quedó mermada al constituir como jerarquías militares superiores a la comisión militar (entre los que destacan Pindy, Eudes, Duval...) y el delegado para la guerra (entre los que destacan Cluzeret, Rossel y Delescluze). Con estos dos organismos se aseguraba la dirección política del aparato militar. Estas medidas llevaron a una continuada lucha entre los órganos de la Comuna y los de la Federación de la Guardia Nacional. La preponderancia de los órganos civiles es sostenida generalmente por toda la literatura revolucionaria comunalista, aunque de forma más acentuada por los socialistas federalistas que por los jacobinos y blanquistas.
El intento de explicar las causas de la inexistencia de una estrategia política definida y determinada nos llevaría, necesariamente, al estudio, no solo del modo de producción existente en Francia a mediados del siglo xix, sino al de la formación social dominante, y al análisis de las clases y capas sociales que intervinieron en la constitución de la Comuna, de sus necesidades político-económicas y de la correlación de fuerzas entre estas clases sociales. También al análisis de las organizaciones y de grupos dirigentes en determinados aspectos de cada una de las clases sociales interesadas en el derrocamiento del gobierno de Versalles y en la instauración de un poder popular. Es necesario considerar que todo este análisis debe realizarse en el marco de una situación de guerra con el imperialismo prusiano.
Ahora bien, lo que sí puede afirmarse, pues la realidad de los acontecimientos lo confirma, es que la Comuna fue el intento de una revolución popular, ya que no debemos olvidar que en la Francia de 1871 el proletariado no formaba la mayoría del pueblo. Y la revolución no podía ser popular si no englobaba tanto al proletariado como a los campesinos como fuerzas sociales fundamentales del pueblo. La Comuna intentó esta alianza, mediante los movimientos comunalistas que se produjeron en otras poblaciones aparte de París, si bien no alcanzó sus objetivos por las múltiples causas internas y externas conocidas. De todas formas, aunque la clase obrera compartiera el poder con las clases medias parisinas, destaca el reflejo del papel dirigente que jugó la clase obrera en el seno del movimiento popular, como indica Marx en La guerra civil en Francia49, al escribir que «era esta la primera revolución en que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única capaz de iniciativa social incluso por la gran masa de la clase media parisina (tenderos, artesanos, comerciantes), con la sola excepción de los capitalistas ricos. La Comuna los salvó, mediante una sagaz solución de la constante fuente de discordias dentro de la misma clase media: el conflicto entre acreedores y deudores»50.
Si bien la clase obrera no fue la única detentadora del poder político, ya que comerciantes, artesanos y profesionales liberales jugaron también un importante papel, la Comuna ha servido de importante experiencia para el movimiento obrero posterior y para la elaboración de la teoría socialista del poder y del Estado, además de que supo combinar el problema nacional, surgido de la invasión prusiana, con el internacionalismo propio de la clase obrera51.
Marx mismo aprovechó esta experiencia en su lucha posterior, destacando la elaboración realizada a raíz del Congreso de Gotha52.
Posteriormente, cabe señalar el desarrollo llevado a cabo por Lenin, destacando sus folletos El Estado y la Revolución, La Revolución Proletaria y el renegado Kautsky, además de su aplicación práctica a partir de la Revolución Rusa.
Los rasgos fundamentales de la experiencia de la Comuna, extraída por Lenin y la generación bolchevique de 1917, se condensan en los puntos siguientes, elaborados por Lenin en abril de 191753: «1º La fuente del poder, no está en una ley, previamente discutida y aprobada por el Parlamento, sino en la iniciativa directa de las masas populares desde abajo y en cada lugar, en la toma directa del poder, para emplear un término en boga. 2º Sustitución de la policía y del ejército, como instituciones apartadas del pueblo y contrapuestas a él, por el armamento directo de todo el pueblo; con este poder guardan el orden público los mismos obreros y campesinos armados, el mismo pueblo en armas. 3º Los funcionarios y la burocracia son sustituidos también por el poder directo del pueblo, o, al menos, sometidos a un control especial, se transforman en simples mandatarios, no solo elegibles, sino amovibles en todo momento, en cuanto el pueblo lo exija; se transforman en casta privilegiada, con una elevada retribución, con una retribución burguesa de sus puestecitos, en obreros de un arma especial, cuya remuneración no exceda al salario corriente de un obrero calificado. En esto, solo en esto, radica la esencia de la Comuna de Paris como tipo especial de Estado».
Francesc Bonamusa(Agosto de 1970)
1.- Citemos entre las obras más interesantes las de Georges Bourgin, Histoire de la Commune, París, 1907; La Guerre de 1870-1871 et la Commune, París, 1939; Maurice Dommanget, Hommes et choses de la Commune, Marsella, hacia 1937; Edouard Vaillant, un grand socialiste (1840-1915), París, 1956; Henri Guillemin, L’héroïque défense de Paris (1870-1871), París, 1959; Heinrich Koechlin, Die Pariser Commune im Bewusstsein ihrer Anhänger, Mulhouse, 1950, trad. castellana, Buenos Aires, 1965; Guy de La Batut, Les Pavés de Paris. Guide illustré de Paris révolutionnaire, París, 1937; Albert Ollivier, La Commune, París, 1939, trad. castellana, Madrid, 1967; Edward S. Mason, The Paris Commune. An Episode in the History of the Socialist Movement, Nueva York, 1930.
2.- Notes et souvenirs (1870-1873), París, Calmann-Lévy, 1901.
3.- et la Commune. Opérations de l’armée de Paris et de l’armée de réserve, París, Plon, 1872.
4.- París, Hachette 1878-1879, 4 vols.
5.- Elisée Reclus, La Commune de Paris au jour le jour 18 mars-28 mai 1871, París, Reinwald-Schleicher 1908. Louise Michel, Mémoires, París, F. Roy, 1886.Jean Larocque, Souvenirs révolutionnaires, París, Savine, 1888.
6.- En la editorial Anciènne maison Quantin, 3 vols.
7.- La primera editada en París, Neuchatel y Bruselas, Sandoz et Fischbacher 1874. La segunda en Bruselas, Kistemaeckers y en Neuchatel, Sandoz, 1878.
8.- Neuchatel, G. Guillaume fils, 1871.
9.- Había pertenecido a la Federación del Jura y militaba en ella cuando Kropotkin ingresó en la misma (P. Kropotkin, Memorias de un revolucionario), p. 597, editorial Cajica, Puebla, México,1965.
10.- Bruselas, Kistemaeckers, 1871, 3 vols.
11.- Neuchatel, Imp. G. Guillaume fils, 1871.
12.- Reeditado en París en 1896 por Dentu. Posteriormente se han publicado varias reediciones más.
13.- Según Jean Bruhat, Jean Dautry y Emile Tersen en La Commune de 1871, París 1960, Edition Sociales.
14.- El principal colaborador era Henri Maret y tenía una extensión de dos páginas en gran formato, vendiéndose al precio de 10 cts.
15.- Los principales colaboradores eran Henri Maret y Edmond Lepelletier. Su extensión era de dos páginas en gran formato y se vendía al precio de 10 cts.
16.- viii-322 págs. Es un esquema de la Histoire de la Commune de Paris, 1871.
17.- Es una evocación literaria de las pesadillas de los jueces de Versalles que asisten a la resurrección de sus víctimas.
18.- Desterrado durante la persecución realizada a raíz del atentado al zar Alejandro ii, tomó parte en la Comuna de París, que le envió a Bruselas y a Londres para organizar la ayuda exterior. Pudo escapar de la represión y en 1873 se estableció en París, donde fundó el periódico Vperiod. Socialista convencido ya, elaboró sus doctrinas sociológicas. Durante los años de la principal campaña terrorista se mantuvo alejado del movimiento revolucionario ruso. Posteriormente se unió a la Narodnaya Volya.
19.- El Estado y la Revolución, Petrogrado, 1917. La Revolución Proletaria y el renegado Kautsky, Moscú, Petrogrado, 1918.
20.- Terrorisme et communisme (L’anti-Kautsky). Edición original, mayo 1920. Edición consultada, París 1963.
21.- Anarquismo y socialismo.
22.- Marx afirma que Thiers influyó en el Segundo Imperio para la guerra con Prusia «arremetiendo ferozmente contra la unidad alemana, no por considerarla como un disfraz del despotismo prusiano, sino como una usurpación contra el derecho conferido a Francia de mantener desunida a Alemania» (La guerra civil en Francia, p. 38).
23.- Entre los firmantes del manifiesto destacan Camélinat, Langevin, Benoit, Malon, etc., que jugarán más tarde un importante papel en la Comuna.
24.- En el que destacan Jules Favre, Gambetta, Picard, Rochefort, Jules Simon, etc. J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, La Commune de 1871, p. 70.
25.- F. Engels, Introducción a la guerra civil en Francia de Karl Marx, Berlín, 1891. Editorial Progreso, Moscú, p. 7. Marx, La guerra civil en Francia, Editorial Progreso, Moscú, p. 53.
26.- La Candidatura estaba formada por cuarenta y tres miembros de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Cámara Federal de las Sociedades Obreras y la delegación de los veinte distritos. J. Bruat, J. Dautry y E. Tersen, La Commune de 1871, pp. 90-92.
27.- Introducción a La guerra civil en Francia, p. 8.
28.- J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, La Commune de 1871, pp. 103-104.
29.- F. Engels, Introducción a La guerra civil en Francia, p. 10.
30.- Entre ellos destacan: Charles Beslay, Charles Longuet, Jean Baptiste Clément, Louis-Jean Pindy, A. A. Assi, Victor Duval (primer delegado de la Comisión de Policía y Seguridad), Albert Theisz (director de Correos) y, sobre todo, Benoit Malon, Allemane, François Jourde (dirigente de la Comisión de Hacienda), R. Z. Camélinat (director de la Casa de la Moneda), Eugène Varlin (dirigente de los sindicatos obreros, miembro de la Comisión de Finanzas y uno de los dirigentes de la Internacional en París), Léo Frankel (dirigente de la Comisión de Trabajo y Cambio y el más joven de los de la Internacional).
31.- F. Engels, Introducción a La guerra civil en Francia, p. 12.
32.- La primera comisión ejecutiva estaba formada por Eudes, Tridon, Vaillant, Lefrançais, Duval, Pyat, y Bergeret.
33.- J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, op. cit. p. 150.
34.- Id., pp. 153-166.
35.- Le Proletaire, 10 de mayo de 1871.
36.- Según Bruhat, Dautry y Tersen, de los conservados el que mejor lo resume es del Club Saint Ambroise.
37.- Destacan entre ellos el Club de Libres Penseurs y el Club de la Révolution Sociale (Bruhat, Dautry y Tersen).
38.- La Révolution politique et sociale, 2 de abril de 1871.
39.- J. Bruhat, J. Dautry, E. Tersen, op. cit., pp. 145-150.
40.- Le Mot d’Ordre, de Rochefort; Le Crit du Peuple, de Jules Vallès; Le Vengeur, de Félix Pyat (J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, op. cit., p. 170).
41.- P. L. Lavrov, La Comuna de París del 18 de marzo de 1871, edición de la Librería Goloss, Petrogrado 1919. (Trotsky, Terrorisme et communisme, p. 124.) Primera edición. Ginebra, 1880.
42.- «Hasta los guardias municipales, en vez de ser desarmados y encerrados como procedía, tuvieron las puertas de París abiertas de par en par para huir a Versalles y ponerse a salvo. No solo no se molestó a las gentes de orden, sino que incluso se les permitió reunirse y apoderarse tranquilamente de más de un reducto en el mismo centro de París». (Marx, La guerra civil en Francia, p. 46.)«En su repugnacia a aceptar la guerra civil iniciada por el asalto nocturno que Thiers realizó contra Montmartre, el Comité Central se hizo responsable esta vez de un error decisivo: no marchar inmediatamente sobre Versalles, entonces completamente indefenso, acabando así con los manejos conspirativos de Thiers y de sus rurales». (Marx, La guerra civil en Francia, pp. 47-48.)
43.- «La Comuna parece perder mucho tiempo en bagatelas y querellas personales. Se ve que hay otras influencias que las de los obreros. Pero todo esto no significaría nada si recobrasen el tiempo perdido». (Carta de Marx a Frankel y Varlin (13 mayo 1871), reproducida en J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, Op. Cit., p. 147.)
44.- P. L. Lavrov, La Comuna de París del 18 de marzo de 1871, Petrogrado, 1919, pp. 64-65. Reproducido en Terrorisme et Communisme, de L. Trotsky, p. 116.
45.- P. L. Lavrov, op. cit. p. 71. Reproducido en Terrorisme et Communisme, p. 116.
46.- L. Trotsky, Terrorisme et Communisme, p. 113.
47.- J. Bruhat, J. Dautry Y E. Tersen, op. cit., p. 195.
48.- De la proclama electoral del Comité Central de los 20 Distritos. Citado por Lefrançais en Étude sur le mouvement communaliste à Paris 1871. Piéces Justificatives, p. 33. Consultado en Ideologías y tendencias en la Comuna de París, p. 272, de Heinrich Koechlin.
49.- P. 59.
50.- El 18 de abril, la Comuna publicó un decreto sobre vencimientos, concediendo una moratoria de tres años para el pago de las deudas.
51.- «La Comuna era la verdadera representación de todos los elementos sanos de la sociedad francesa, y, por consiguiente, el auténtico gobierno nacional. Pero, al mismo tiempo, como gobierno obrero y como campeón intrépido de la emancipación del trabajo, era un gobierno internacional en el pleno sentido de la palabra. Ante los ojos del ejército prusiano, que había anexionado a Alemania dos provincias francesas, la Comuna anexionó a Francia los obreros del mundo entero» (K. Marx, La guerra civil en Francia, p. 61.).
52.- Marx, Crítica del Programa de Gotha, mayo de 1875. Publicado por Engels en 1891.
53.- V. I. Lenin, La dualidad de poderes, Pravda, 9 de abril de 1917. Obras escogidas, Editorial Progreso, Moscú, vol. 2, pp. 40-41.
El Imperio es la paz.
Luis Napoleón Bonaparte Octubre de 1892
9 de agosto de 1870. En tres días, el Imperio ha perdido tres batallas. Douay, Frossard, Mac-Mahon se han dejado sorprender, aplastar. Alsacia está perdida, el Mosela al descubierto, Emile Ollivier ha convocado al Cuerpo Legislativo. Desde las once de la mañana, París se ha echado a la calle, llena la plaza de la Concordia, los muelles, la calle Bourgogne, rodea el Palais-Bourbon.
París espera la consigna de los diputados de la izquierda. Son, desde la derrota, la única autoridad moral. Burgueses, obreros, todos se les unen. Los talleres han vomitado un verdadero ejército a la calle; capitaneando los grupos, se ven hombres de probada energía.
El Imperio cruje, está a punto de derrumbarse. Las tropas, formadas delante del Cuerpo Legislativo, están emocionadas, dispuestas a pasarse al pueblo, a pesar del viejo mariscal Baraguey-d’Hilliers, gruñón y cubierto de entorchados. Gritos: «¡A la frontera!». Los oficiales murmuran: «¡Nuestro puesto no está aquí!».
En la sala de Pas-Perdus, republicanos que han forzado la consigna, apostrofan a los diputados adictos al Imperio y claman por la República. Los mamelucos, pálidos, se escabullen por entre los grupos. Thiers llega asustado; le acosan y responde: «¡Implantadla, pues, vuestra República!». Pasa el presidente Schneider hacia el sillón presidencial. Gritos: «¡Abdicación! ¡Abdicación!».
Los diputados de la izquierda, a quienes acosan los delegados de los que aguardan fuera, acuden aturdidos: «¿A qué esperáis? ¡Está todo preparado! ¡Presentaos en lo alto de la escalinata o en la verja!». «¿Hay bastante gente? ¿No sería mejor dejarlo para mañana?». No hay, en efecto, más que cien mil hombres. Alguien viene a decir a Gambetta: «En la plaza Bourbon aguardaremos varios millares». Otro, el que escribe, apremia: «Haceos cargo del poder, que aún es tiempo; mañana os veréis obligados a afrontar la situación, cuando sea ya desesperada». De aquellos cerebros embotados no brota una idea; de las bocas abiertas no sale una palabra.
Se abre la sesión. Jules Favre invita a la asamblea del desastre a que tome en sus manos el gobierno. Los mamelucos, furiosos, amenazan, y, en la sala de Pas-Perdus, se presenta, desgreñado, Jules Simon: «Quieren fusilarnos»; yo me presenté en medio del recinto con los brazos cruzados y les dije: «¡Fusiladnos si queréis!». Una voz le grita: «¡Acabad de una vez!». «¡Sí, es preciso acabar!», y vuelve a sentarse, con gesto trágico.
Se acabaron las contemplaciones. Los mamelucos, que conocen bien a la gente de la izquierda, recobran el aplomo, y, quitándose de encima a Emile Ollivier, imponen por la fuerza un ministerio encabezado por Palikao, el saqueador del Palacio de Verano. Schneider levanta la sesión precipitadamente. El pueblo, suavemente rechazado por las tropas, vuelve a apelotonarse a la entrada de los puentes, corre detrás de los que salen de la Cámara, a cada instante cree proclamada la República. Jules Simon, ya lejos de las bayonetas, le cita para el día siguiente en la plaza de la Concordia. Al día siguiente, la policía ocupa todas las bocacalles.
La izquierda dejaba en manos de Napoleón iii los dos últimos ejércitos de Francia. El 9 de agosto, hubiera bastado un empujón para barrer aquel despojo de Imperio; Pietri, el prefecto de Policía, lo ha reconocido. Guiado por su instinto, el pueblo brinda sus brazos. Pero la izquierda rechaza la revuelta liberadora, y abandona al Imperio el cuidado de salvar a Francia. Hasta los turcos tuvieron en 1876 más inteligencia y más ímpetu.
Francia pasa tres semanas enteras rodando al abismo, ante la impasibilidad de los imperialistas y los apóstrofes declamatorios de la izquierda.
En Burdeos, meses más tarde, una asamblea aúlla contra el Imperio, y en Versalles se alza un clamor entusiasta cuando un gran señor declama: «¡Varus, devuélvenos nuestras legiones!». ¿Quién increpa y quién aplaude esta suerte? La misma alta burguesía que se pasó dieciocho años muda, besando el polvo y entregando a Varus sus legiones.
Aceptó el segundo Imperio por miedo al socialismo, como sus padres se habían entregado al primero para clausurar la revolución. Napoleón i le prestó dos grandes servicios, que no se pagan con la apoteosis, por grande que esta sea. Impuso a Francia una centralización y mandó a la tumba a cien mil miserables, que caldeados aún por el vendaval revolucionario, podían alzarse el día menos pensado, reclamando la parte que les correspondía en los bienes nacionales. A cambio de esto, dejó a la burguesía aparejada para los amos de mañana. Al arribar al régimen parlamentario, adonde Mirabeau quería exaltarla de un salto, estaba absolutamente incapacitada para gobernar. Su motín de 1830, transformado en revolución por el pueblo, fue una irrupción de estómagos glotones. La alta burguesía de 1830 no tenía más que una aspiración, como la del 89: atracarse de privilegios, artillar la fortaleza que defendía sus dominios, subyugar y explotar al nuevo proletariado. Con tal de engordar, el porvenir del país le importa poco. Para dirigir a Francia y embarcarla en sus aventuras, el rey orleanista tiene carta blanca, como el César. Cuando en el 48 un nuevo arranque del pueblo le entrega el timón, no acierta a empuñarlo más de tres años en su mano gotosa, y a pesar de todas las proscripciones y matanzas, el primer advenedizo se alza insensiblemente con él.
Del 51 al 69 reanuda sus orgías de Brumario. La burguesía jubilosa de ver salvados sus privilegios, deja que Napoleón iii desangre el país, lo enfeude a Roma, lo deshonre en México, lo aísle en Europa y lo entregue al prusiano. Lo puede todo, por sus influencias, por su riqueza, y no protesta ni con un voto ni con un murmullo. En el año 69, otro empujón del pueblo la enfrenta con el poder; no tiene más que veleidades de eunuco: se lanza a besar la bota del tirano, y pone lecho de rosas al plebiscito que rebautiza la dinastía.
¡Pobre Francia! ¿Quién pugna por salvarte de la invasión? El humilde, el trabajador, el que, desde hace tantos años, lucha por rescatarte del Imperio.
Al llegar aquí, tenemos que detenernos un momento. ¿A quién se debe esta jornada del 9 de agosto de 1870, esta guerra, esta invasión, estos hombres, estos partidos? Viene obligado un prólogo en las tragedias que van a reseñarse. Lo menos árido posible, pero al que el lector que quiera enterarse deberá prestar atención.
Seis años después de 1852, el Imperio industrial soñado por los saint-simonianos estaba flamante todavía. Muy rezagado respecto a sus más humildes vecinos, el país seguía siendo un gran taller, alimentado por una fuente, hasta entonces misteriosa, del ahorro. Enriquecida por nuevos mercados, la provincia se había olvidado de los siete u ocho mil deportados y proscritos, hábilmente seleccionados por el terror.
El clero, tan crecido por la instauración del sufragio universal, acogía con los brazos abiertos a aquel emperador «salido de la legalidad para reintegrarse al derecho», como había dicho de él el obispo Darboy, comparándole con Carlomagno y con Constantino. La alta y la media burguesía, se brindaban solícitas para todos los servicios que placiese al amo encomendarles. El Cuerpo Legislativo, galoneado como un lacayo, humillado y sin derechos, se hubiera aterrado de tenerlos. Una vasta red de policía, hábil y alerta, vigilaba los menores movimientos. Estaban suprimidos los periódicos de oposición; salvo cinco o seis atraillados, suspendido el derecho de reunión y asociación; el libro y el teatro, castrados. Con tal de asegurarse la paz, el Imperio cerraba herméticamente todas las válvulas.
De tarde en tarde, en París se escuchaba una estrofa de LaMarsellesa, un grito de libertad en el entierro de Lamennais o en el de David d’Angers; una silba en la Sorbona, durante las palinodias de Nisard; algún que otro manifiesto clandestino de los proscritos de Londres o de Jersey, al que apenas se prestaba oído; algún destello de los Castigos, de Victor Hugo pero ni un ligero estremecimiento de la masa; la vida animal lo absorbía todo. Napoleón iii, ridículo fantoche cesáreo, podía decir en el 56 a las víctimas de la inundación del Ródano: «Las inundaciones son como la revolución, y a una y a otras hay que volverlas a su cauce para que no se salgan nunca más de él». Las prodigiosas empresas francesas, su riqueza multiplicada, las fanfarrias de la guerra de Crimea, con la que Napoleón iii pagó su deuda a los ingleses. Todo en el mundo hablaba de Francia, excepto la propia Francia.
Los obreros de París se reponían, no del golpe de Estado del 51, que apenas les había salpicado, sino de la matanza de junio del 48, que ametralló sus barrios, y fusiló y deportó a millares de trabajadores. Ganaban el pan, sin creer debérselo al Imperio, osando incluso a manifestarse contra él al mismo tiempo. En las elecciones del 57, salieron elegidos por París cinco candidatos hostiles, entre ellos Darimon, discípulo de Proudhon, y Emile Ollivier, quien, hijo de un proscrito, había pronunciado estas palabras: «Yo seré el espectro del 2 de diciembre». Al año siguiente, otros dos candidatos de la oposición: Ernest Picard, abogado de lengua acerada, y Jules Favre, celebridad del foro, defensor de los insurrectos bajo Luis-Felipe, exconstituyente del 48, que acababa de cobrar nuevo prestigio con su defensa de Orsini.
Este italiano tuvo la fortuna de vencer con su derrota. Las bombas de enero de 1858 respetaron la única víctima que buscaban: Napoleón iii, de cuyo yugo quería Orsini liberar a Italia, y que fue precisamente su libertador. En seguida una reacción arrojó a las prisiones y al destierro a una nueva hornada de republicanos; pero, a los pocos meses de morir ejecutado Orsini, el ejército francés marchaba sobre Austria. Esta guerra de liberación encontró el calor de la opinión francesa; el arrabal de Saint-Antoine aclamaba al emperador, y cada victoria obtenida era una fiesta en sus hogares. Y cuando Napoleón iii volvió al país sin acabar la campaña de liberación de Italia, el alma francesa se llenó, como la italiana, de amargura.
Creyó aplacar los ánimos de la nación con una amnistía general que no benefició a casi nadie, pues la mayoría de los vencidos de diciembre gozaban ya de libertad desde hacía tiempo. Apenas quedaban unos centenares de víctimas en Argelia, en Francia, y los desterrados más ilustres o más conocidos: Víctor Hugo, Raspail, Ledru-Rollin, Louis Blanc, Pierre Leroux, Edgard Quinet, Bancel, Félix Pyat, Schoelcher, Clément Thomas, Edmond Adam, Etienne Arago, etc. Unos pocos, los más famosos, se aferraban al pedestal del destierro, que les daba fama y quietud. De todos modos, su actuación política hubiera sido estéril; no era la hora de los hombres de acción. A Blanqui volvieron a meterle en la cárcel apenas ponerle en libertad y le condenaron a cinco años54 de prisión, acusado de conspirar contra el régimen.
Se tramaban verdaderas conspiraciones contra el Imperio, se preparaban acontecimientos. Al año de sellarse la falsa paz con Austria, Garibaldi reanuda la campaña de emancipación de Italia, desembarca en Sicilia con mil hombres, franquea el estrecho, marcha sobre Nápoles, y el 9 de noviembre de 1860, pone en manos de Víctor Manuel un nuevo reino. Napoleón iii, que quiere cubrir la retirada del rey de Nápoles, se ve obligado a retirar su flota. Pronto le dará orden de que zarpe rumbo a México.
España e Inglaterra tenían créditos que liquidar. También los tenía Jecker, un suizo, aventurero de grandes vuelos y acreedor usurario del gobierno clerical de Miramon, que había huido ante el gobierno legal de Juárez. Jecker se puso de acuerdo con Morny, hermano del emperador y presidente del Cuerpo Legislativo, elegante empresario del 2 de diciembre, príncipe de los grandes agiotistas enriquecidos en las innumerables empresas de los últimos años. Convinieron el precio, y el segundo hijo de Hortensia se encargó de poner a cobro los créditos del suizo con una expedición del ejército francés. Anteriormente este ya había sido mancillado con la expedición a China, en la que el general Cousin-Montauban le condujo al saqueo, reservando un collar ofrendado a la emperatriz, la cual le premió ridículamente con el título de duque de Palikao.
Esta mujer, que no era francesa, como no lo fue ninguna de las soberanas que se distinguieron en nuestros desastres, hábilmente influida por Morny, por el arzobispo de México, por Almonte y Miramon, solicitada por el clero y los realistas mejicanos, fue convencida en seguida para la idea de la expedición. Su marido, un soñador, sonrió ante la perspectiva de conquistar México para el imperio, aprovechándose de la guerra de secesión que dividía a Estados Unidos. En enero del 62, las fuerzas francesas e inglesas desembarcaban en Veracruz, donde las españolas las habían precedido. Inglaterra y España se dan cuenta en seguida de que no van allí más que a gestionar los intereses de Jecker y de una dinastía cualquiera, y se retiran, dejando solas a las tropas francesas, mandadas por Lorencey. Corren rumores de que Almonte negocia la corona de México con Maximiliano, hermano del emperador de Austria, de acuerdo con las Tullerías. El ministro Billault lo niega descaradamente. Un mes después, Lorencey se pronuncia por Almonte y declara la guerra a la República mejicana. El general Forey acude a México con refuerzos; la opinión se alarma. La izquierda, Emille Ollivier, Picard, Jules Favre, hablan en nombre de Francia. Billault les contesta con un ditirambo.
El pueblo da señales de vida. Las válvulas empiezan a funcionar, el niño del golpe de Estado iba haciéndose hombre. París se agitaba; en el Barrio Latino brotaban a cada paso periódicos panfletarios; manifestaciones de estudiantes y obreros protestaban contra las matanzas de Polonia, que se levantaba heroicamente contra Rusia. El gallinero estaba más que alborotado; en las elecciones parisinas de mayo del 63 salieron derrotados todos los candidatos oficiales y triunfó la coalición de izquierdas, con los nombres de los diputados salientes a la cabeza: Jules Favre, Emile Ollivier, Picard, Darimon; tras ellos, Eugène Pelletan, lamartiniano rezagado; Jures Simon, filósofo ecléctico que en el año 51 se había negado a prestar juramento, lo prestó en el 63; Guéroult, cesarista liberal; Havin, burgués volterianizante, y Thiers, antiguo ministro de Luis-Felipe, jefe de los coaligados contra la República del 48, que se dejó engañar por Luis Bonaparte y a quien ahora se elegía por el daño que podía hacer al Imperio.
Blanc, obrero tipógrafo, presentó su candidatura contra la de Havin, director de Le Siècle, alegando que también los obreros tenían derechos. Su actitud fue muy mal vista; varios talleres se declararon en contra de él. Todavía los obreros no veían más allá de la política. «¡Con tal de que sea un proyectil de oposición, tanto me da uno como otro!», decía un obrero ante el cual se discutían los méritos de Pelletan. Pero quería que el proyectil fuese conocido.
Meses después, en febrero del 64, se reproduce la afirmación obrera, esta vez con mayor precisión. Se trataba de sustituir en París a dos diputados, Jules Favre y Havin, elegidos también por provincias. Sesenta obreros publicaron un manifiesto redactado por Tolain, un obrero cincelador. Ultramoderado en la forma, era, por su espíritu, categóricamente revolucionario:
