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¿Por qué no funcionan las recetas de comunicación? ¿Por qué es normal que se produzcan malentendidos? ¿Cómo criticar sin perjudicar a los demás? Cómo se ejerce la crítica sin dañar a los demás? ¿Es el arte de comunicarse con los demás también un arte de vivir? Este es un libro acerca de los grandes y pequeños problemas de la comunicación, un diálogo entre el psicólogo Friedemann Schulz von Thun y el especialista en medios Bernhard Pörksen. Con humor, rigor y ánimo de debatir y hacer matizaciones esclarecedoras, los autores desarrollan los modelos centrales de la psicología de la comunicación (el cuadrado de la comunicación, la metáfora del círculo vicioso y la imagen del equipo interno, el modelo situacional y el ideal de la sintonía) y muestran cómo la psicología humanista y el pensamiento sistémico, así como los campos de fuerzas internas y externas, pueden relacionarse productivamente. Además, se pone en evidencia cómo poner en práctica de forma eficaz estos diferentes modelos y perspectivas (en el coaching, la pedagogía y la comunicación intercultural). El libro concluye con una conversación acerca de la felicidad y la muerte, y la cuestión sobre lo que puede proporcionar la comunicación ante el hecho de su propia finitud. De esta forma se crea el panorama de un pensamiento que no ofrece recetas prefabricadas para vivir mejor, sino más bien instrumentos de reflexión y guías mentales para hallar soluciones individuales, coherentes con uno mismo.
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Seitenzahl: 357
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Bernhard PörksenFriedemann Schulz von Thun
La comunicacióncomo arte de vivir
Filosofía y praxis
Traducción de Ana Schulz
Herder
Título original: Kommunikation als lebenskunst. Philosophie und Praxis des Miteinander-redens
Traducción: Ana Schulz
Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes
Edición digital: José Toribio Barba
© 2015, Carl-Auer-Systeme Verlag GmbH, Heidelberg
© 2016, Herder Editorial, S.L., Barcelona
1.ª edición digital, 2016
ISBN DIGITAL: 978-84-254-3661-1
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Herder
www.herdereditorial.com
Índice
El principio dialogante. Prólogo de Bernhard Pörksen
I. Las grandes preguntas
1. El cuadrado de la comunicación
En busca de la frase clave
El poder del receptor
La hermenéutica del oyente
Elogio del malentendido
La historia de una idea
Sobre personas y máquinas
La aplicación de un modelo
2. Los principios de la comprensibilidad
La práctica de la parodia
Los cuatro aspectos de la comprensibilidad
La malicia de Karl Popper
El esquema de los tres mundos
Los límites del entendimiento
3. El círculo vicioso y la dinámica de la relación
Sin principio ni fin
Víctima y culpable
El poder surge de la obediencia
Adiós al esto o lo otro
La simultaneidad de lo diverso
Autonomía y dependencia
La doble orientación
Teoría y biografía
4. El ideal de la sintonía
El dilema narcisista
La necesidad original del alma
El enfado de Abraham Maslow
Autenticidad óptima y autenticidad máxima
Coherente con nuestra esencia y con la situación
El modelo situacional
La soberanía de orden superior
De la norma a la alternativa
Una orientación vital coherente
5. La comunicación con nuestro equipo interno
La tesis del paralelismo
La auto-parálisis y el auto-sabotaje
El enigma del carisma
Etapas de la auto-aclaración
La actitud afín al pluralismo
Contra el destierro
El poder de la metáfora
6. El cuadrado de los valores y la imagen del ser humano
La tercera cualidad
Una guía para el pensamiento dialéctico
El fin de la unilateralidad
Variantes de la integración
La naturaleza del ser humano
Libertad y condicionamiento
El experimento de Stanley Milgram
II. Las cuestiones concretas
1. Psicología de la comunicación para directivos
Asesoramiento con doble enfoque
La triple presión
El directivo integral
Compromiso de orden superior
El cuadrado de los valores como cuadrado del feedback
Meta-comunicación implícita y explícita
La competencia significa dependencia
2. Psicología de la comunicación para pedagogos
Libertad y represión
La experiencia de un niño en edad escolar
La creación de la imagen propia
Practicar la mirada de cisne
3. Psicología de la comunicación y construcción de la realidad en la comunicación intercultural
El equívoco beso
La justificación de la norma
Realidad de primer y segundo orden
Entender vs. rebatir
III. Las cuestiones finales
La fortuna y la muerte
El fin de la comunicación
Autodeterminación y sometimiento al destino
Círculo vicioso y círculo virtuoso
Lo cierto y lo incierto
La búsqueda de la sintonía, en la comunicación y en la vida. Epílogo de Friedemann Schulz von Thun
para Felix, Maxie y Samuel
El principio dialogante Prólogo de Bernhard Pörksen
Escribir es un ejercicio solitario. Al menos en teoría. Se dice que a la hora de escribir el autor está totalmente solo y entregado al diálogo íntimo consigo mismo, lo que Platón denominó el pensamiento. Desarrolla sus ideas, les da forma, afina su formulación en silencio, concibe una dramaturgia. Pero no será hasta su publicación cuando regrese al escenario social del intercambio con el otro. No fue así en la paulatina confección de este libro. Todas las frases, desde la primera hasta la última, surgieron de conversaciones y encuentros. Podría afirmarse que es el registro e ilustración del principio dialogante, y no el resultado de una solitaria introspección de estructura monologante. Incluso durante el proceso de escritura en sí, durante el repliegue y consecuente aislamiento, los dos teníamos muy presente la voz del otro. La conversación y el diálogo no solo han sido el instrumento para aclarar y preparar los contenidos, sino también la estructura y forma de presentación de los pensamientos e ideas que se desarrollan, aclaran y a veces también se discuten en el libro.
El trabajo junto a Friedemann Schulz von Thun se inició hace tres años con una carta. En ella le proponía presentar a la editorial Carl-Auer la publicación de una pequeña biografía intelectual que explicara el surgimiento de su psicología de la comunicación —un hallazgo histórico mucho tiempo ignorado por el mundo académico— y a la vez describiera su propio encuentro con la psicología humanista y el pensamiento sistémico. De hecho, él mismo combina estos dos paradigmas en su trabajo, poniendo a veces en primera línea al individuo, y otras priorizando las condiciones y reglas de la comunicación que influyen y determinan al individuo. Lo que sí pretende siempre es analizar conjuntamente la autonomía y la dependencia, y cuando ejerce de asesor y coach, observar por igual los ámbitos de poder internos y externos de la persona para poder armonizarlos.
En la carta le decía que podría ser muy interesante reconstruir los procesos de surgimiento de sus ideas y modelos (el cuadrado de la comunicación y el de los valores, la metáfora del equipo interno, el modelo situacional, los criterios de la investigación sobre la comprensibilidad, el descubrimiento de la sintonía como ideal de la comunicación, etc.), poniéndolos en relación con los procesos de razonamiento personales. Es decir, escribir desde el punto de vista personal la historia teórica de los conceptos modernos de la comunicación. Me parecía muy instructivo por dos razones: por un lado, Friedemann Schulz von Thun vivió de cerca el surgimiento de la psicología humanista. Por intermediación de su maestro de Hamburgo, el psicólogo Reinhard Tausch, entró en contacto con Carl Rogers. También entabló amistad con la terapeuta judía Ruth Cohn, quien, siendo una estudiante, tuvo que abandonar Berlín en 1933 para instalarse primero en Nueva York y después en Esalen (California). Allí conoció las nuevas formas de la teoría experimental y de la Gestalt y las importó y difundió a su manera en Europa. Por otro lado, Friedemann Schulz von Thun ya se había convertido en una de las figuras clave de la psicología moderna y de la filosofía de la comunicación.
Los modelos y conceptos desarrollados por Friedemann Schulz von Thun (solo hay que pensar en el cuadrado de la comunicación y la referencia a los cuatro aspectos de toda manifestación) han cambiado nuestra manera de pensar sobre la comunicación. Hace tiempo que forman parte de los planes de estudio de diversas formaciones profesionales y hace décadas que se imparten en la secundaria y en seminarios del mercado libre, y se ponen en práctica cada vez más por asesores y psicoterapeutas. Las publicaciones y formaciones que ofrece su instituto, y los actos y publicaciones de sus colegas y colaboradores, han influido en el mundo del coaching y la asesoría como pocos científicos de habla alemana lo han hecho. Sus libros sobre cuestiones generales de psicología de la comunicación y sus ámbitos individuales de aplicación son desde hace mucho tiempo obras de referencia que cuentan con millones de ejemplares publicados.
A las (cada vez menos frecuentes) conferencias que organiza su instituto de la calle Rothenbaumchaussee de Hamburgo todavía asisten cientos de personas, que posiblemente solo quieran tener la oportunidad de ver, al menos una vez en vivo y en directo, al autor cuyas ilustraciones, aforismos e ideas inspiran su trabajo. En resumen: Friedemann Schulz von Thun es uno de los científicos alemanes más leídos y ha creado su propio ámbito de especialización dentro de la psicología de la comunicación. Es una estrella, a su pesar, que rechaza el papel de gurú y el corsé de las relaciones de veneración y admiración con sentido del humor, ironía y una característica modestia melancólica. De este modo, permite que los encuentros tengan lugar a la altura de los ojos.
Pero en Friedemann Schulz von Thun no solo observamos una actitud increíblemente relajada e indiferente al éxito. A través suyo podemos conocer las condiciones necesarias para que prenda la llama del pensamiento científico. De hecho, sus ideas no surgieron en la torre de marfil de la universidad, sino en el contacto directo con la profesión, y con los malentendidos, embrollos y bloqueos cotidianos que aparecen en las relaciones. Su trabajo es un ejemplo de lo inspirador que puede ser el intercambio entre la teoría y la praxis, y lo productiva que puede ser la autoimposición de que las ideas se trasmitan a grupos amplios y se popularicen —y, de esta manera, conseguir estímulo permanente para el tema en cuestión—. En aquella primera carta que remití a Hamburgo le planteaba el interés de analizar con más exactitud y detalle esa estimulante relación entre teoría y praxis, para dar a conocer un marco ejemplar y altamente productivo para el conocimiento. ¿Acaso no sería, precisamente en la época en la que la investigación universitaria alemana está muy aislada y el mundo académico presenta un nuevo hermetismo, un incentivo para que los jóvenes investigadores e investigadoras sigan su propio camino y que su trabajo, orientado a la praxis y a la vida, goce de relevancia y tensión?
No es exagerado afirmar que la manera de proceder de Friedemann Schulz von Thun, su investigación inspirada en la práctica y su estilo de comunicación, pueden ser un ejemplo de lo estimulante que llega a ser la relación entre la ciencia y su aplicación práctica, y del desafío que supone tratar de ser claro, coherente y dar consejos concretos, que catapulta a un estado de estimulante reflexión interna. De este modo, uno deja de presentarse como supuesto experto omnisciente o catedrático jerárquicamente superior, para convertirse en un empático traductor del conocimiento, en un intérprete de la propia disciplina, con el objetivo de ayudar a otras personas, entenderse mejor a uno mismo y a los demás y hacer que los conflictos se puedan, al menos, dialogar o mitigar, y a veces incluso resolver por completo. Pero lo que cuenta aquí realmente es que esta forma de proceder nos transforma a nosotros mismos.
Esta orientación hacia el otro, la exposición ante un gran público, la necesidad de acentuar algo en esa situación, la alegría evidente de acertar con las formulaciones, todo esto genera un sistema de conocimiento y un campo de fuerzas inspiradoras. De pronto uno piensa, habla y escribe de forma diferente. En esta constelación dialogante implícita, uno se esfuerza por ese interlocutor real o imaginario, promueve a su oyente y lector, que su vida y experiencia cotidianas alcancen una categoría propia y salgan a relucir. Uno concibe su propio pensamiento y escritura como parte de una conversación social más grande sobre la posibilidad de una vida diferente, tal vez mejor. Desde la primera frase uno se dirige a esta conversación, está dialogando incluso en el monólogo, y es capaz de sacar provecho de ello.
Tal como lo demuestran los pasajes biográficos de este libro, en el proceso de popularización de las ideas se generan las circunstancias que ayudan en el proceso de reflexionar y crear conceptos. Hay una especial presión hacia la transmisión y el entendimiento precisos e ilustrativos y que inmediatamente hace que las energías mentales entren en un proceso de sinergias. Se pone de manifiesto que el principio dialogante genera un espacio propio de resonancia. En este juego estable de intercambio de conceptos abstractos y puntos de vista, de estímulos y reacciones, se va construyendo toda una metodología del conocimiento sobre la que una ciencia alejada del mundo no sabe ni puede saber nada.
Sea como fuere: esa primera carta finalmente me llevó a visitar el Instituto Schulz von Thun de Hamburgo. Y fue allí, en la conversación, donde surgió la idea de escribir un libro conjunto que, por un lado, reconstruyera las experiencias intelectuales clave y los hitos del pensamiento de Schulz von Thun y que, por otro, hiciera hincapié y mostrara el valor de la psicología de la comunicación para conducir nuestras vidas, y para el mismísimo arte de vivir. Finalmente fue en 2013 cuando tuvieron lugar los encuentros más importantes. Hora tras hora, mes a mes, conversamos sobre el surgimiento de la psicología de la comunicación y su aplicación práctica para la vida; debatimos y discutimos sobre los límites del pensamiento sistémico y sobre el optimismo antropológico de la psicología humanista, que cree en la bondad del ser humano y en su capacidad de desarrollo, de forma tan decidida. Y durante toda una tarde discutimos sobre si el abedul que estaba frente a nosotros y que el viento agitaba con fuerza mientras mirábamos por la ventana solo existía en el ámbito de nuestra comunicación y gracias al lenguaje, o si existía con independencia de que tomáramos conciencia de él. ¿El abedul sigue ahí cuando nosotros no estamos? ¿Existe realmente esa experiencia común susceptible de resumirse en la palabra abedul? Tampoco nos pusimos en absoluto de acuerdo en la importancia de este problema de la verdad, expuesto de forma tan concreta y simple en el ejemplo del árbol, para alcanzar el éxito de la comunicación, o si no es más que un divertimento intelectual sin mayor trascendencia para la práctica comunicativa.
Así pues, a partir de reiteradas conversaciones de carácter a veces riguroso y enérgico, y otras alegremente serpenteante, fue surgiendo un flujo estable de transcripciones que finalmente alcanzó las 600 páginas aproximadamente —en el mejor de los casos, un legajo mal ordenado que estábamos seguros que nadie desearía leer, y en el que solo la disputa sobre el abedul y la posibilidad de que únicamente existiera en nuestra percepción ocupaba 17 páginas—. En las semanas y meses posteriores a partir de las transcripciones elaboramos este libro. Reescribimos algunos pasajes, tratamos de ser más concisos en aquello que habíamos ido diciendo al calor del momento y nos dimos cuenta de que el diálogo transcrito al papel y reestructurado para su publicación constituía, en un sentido muy tangible y práctico, un documento polifónico. Se trata de un texto con dos autores que luchan por obtener el mejor resultado, en vista de un público difícil de definir. Hemos intentado recoger un diálogo real y, al mismo tiempo, un posible diálogo imaginario con lectoras y lectores interesados.
Lo que tiene en sus manos frente a usted se divide en tres partes. La primera versa sobre las grandes preguntas que nos dan acceso a la obra de Friedemann Schulz von Thun. En ella discutimos sobre sus modelos, entre ellos: el cuadrado de la comunicación, el análisis de la comprensibilidad, la imagen del círculo vicioso, el cuadrado de los valores, la metáfora del equipo interno y el ideal de la sintonía, acorde a la esencia de la persona y a la situación. Arrojamos luz sobre la historia de su surgimiento y sus posibles influencias, para dar a conocer una filosofía práctica de la comunicación, en todas sus dimensiones. En la segunda parte tratamos las cuestiones concretas de su aplicación. Con base en los ejemplos del coaching a directivos, la pedagogía y la comunicación intercultural se enseña cómo utilizar cada modelo en favor del desarrollo individual y colectivo, del análisis de los conflictos y de la reflexión sobre soluciones concretas, y sobre todo —en vista de los desafíos, embrollos y malentendidos concretos— cómo combinarlos. Es aquí, en el capítulo sobre la comunicación intercultural, donde cobra todo su sentido la disputa sobre la existencia del abedul mágico de Hamburgo. Y para acabar, en la tercera parte se tratan las cuestiones últimas. El punto de partida de toda filosofía de la comunicación es que la persona tenga la vitalidad, fortaleza y salud suficientes para seguir comunicándose. Y el caso ideal que debemos asumir es que siempre hay una segunda oportunidad; se puede hablar de otra manera, resolver un conflicto. De una u otra forma se consigue salir adelante y la comunicación iniciada sigue siendo, por principio, reversible. También es evidente que, en algún momento, la enfermedad, la ruptura o la muerte pueden acabar con esta posibilidad de reiniciar la comunicación, destruyéndola definitivamente.
En los últimos fragmentos de este libro nos aproximamos, con mucho tiento y buscando el tono adecuado, al problema de la muerte desde el enfoque de la filosofía de la comunicación, que se basa en la comunicación interpersonal, pero también sabe que ese intercambio simbólico en algún momento se tiene que terminar. Se trata de un momento profundamente delicado de la conversación, ya que corremos el riesgo de estar dando consejos sin ser preguntados por ello y proporcionando fórmulas cerradas para el arte de la vida que no concuerdan con el carácter dramático de la situación y, probablemente, más bien pertenezcan a los innumerables libros de autoayuda que copan el mercado. Friedemann Schulz von Thun «resuelve» esta tensión entre el esfuerzo por ofrecer una orientación y el riesgo siempre presente de incurrir en un paternalismo que no tiene en cuenta las circunstancias concretas, rechazando de forma radical la idea de una norma o máxima de conducta de validez universal (esto también vale para el resto de los capítulos del libro y en general para la aplicación práctica de sus modelos) y presentando la sintonía como una especie de ideal superior que, por un lado, se ajusta a la esencia de la persona y, por otro, hace justicia con la situación o las circunstancias concretas.
El arte de vivir, dice, «no se pude fijar en un manual de conducta, ya que representa una pauta vital que debe ajustarse a mi persona y a mi tesitura individual, pero que a la vez está condicionada por lo que la propia vida me depara y me exige. Consiste en un equilibrio dinámico entre la atención a uno mismo y la entrega a un todo del que formamos parte. En lugar de respuestas cerradas ofrecemos una heurística en el sentido de un arte del descubrimiento. Los modelos y métodos heurísticos invitan al trabajo individual». Una pauta tan abierta es clave. No solo hay que renunciar a la perspectiva de una optimización válida para todas las circunstancias. También debemos despedirnos de esa manera cómoda de pensar basada en recetas y principios válidos para cualquier situación, persona, tiempo y lugar. Lo que perdura son las metarrecetas, los marcos de pensamiento y las herramientas para descubrir las soluciones individuales personales. «El que se tome en serio el concepto de la sintonía», continúa en otro punto, «dejará de ser capaz de ofrecer pautas de conducta, y si en algún momento ofrece una receta, siempre se limitará al ámbito del trabajo individual». Se trata, por así decir, de la libertad interna de la psicología de la comunicación: son herramientas de reflexión y modelos de pensamiento que permiten crear un marco para buscar la mejor solución, pero no son una imagen acabada propiamente ni una respuesta última. Más bien son (y ahí está su valor) un punto de partida y un andamiaje intelectual para un proceso de búsqueda personal razonable e inevitablemente individual, que permite que la comunicación con uno mismo, con las diferentes voces internas y con los demás se convierta en un arte para la vida.
Este prólogo comenzaba con la afirmación de que escribir es una actividad solitaria y monologante, y los textos, el resultado de un repliegue en soledad, sin ningún eco social. En este caso es evidente que no ha sido así. Y no solo porque sea un libro sobre una filosofía de la comunicación en esencia dialogante, presentado además en forma de diálogo —el foco existencial fundamental lo ponemos aquí siempre en la persona en relacióncon la otra persona—. También porque los meses de preparación del libro estuvieron plenos de conversaciones con colaboradores, amigos y compañeros de Friedemann Schulz von Thun. Quiero agradecer personalmente esta oportunidad para el intercambio y debate a Karen Knipping, Dagmar Kumbier, Marcus Poenisch, Alexander Redlich, Eberhard Stahl, Roswitha Stratmann, Christoph Thomann y a Ingrid Schulz von Thun.
Las investigaciones en el archivo del Instituto Esalen me familiarizaron con los grandes filósofos y psicólogos de la contracultura. Allí, en una pequeña casa de madera sin ventanas ubicada en la impresionante costa californiana del Big Sur, me topé con cientos de grabaciones inéditas de la prehistoria y primeros años de la psicología humanista y del pensamiento sistémico. Y al retirarme unos días al interior semioscuro de esa casita y reproducir cualquiera de sus innumerables DVD, de pronto volvieron a tomar la palabra los antiguos inspiradores resultando extrañamente actuales. Escuchas al experto en cibernética Gregory Bateson hablar del juego de las nutrias y su metacomunicación, y cómo necesitan indicar que lo que están haciendo y trajinando solo es un juego y no una lucha seria y amenazante. Te encuentras con Virginia Satir, pionera de la terapia familiar, y observas cómo monta un sistema familiar. Te cruzas con Abraham Maslow y su parodia sobre ese hombre viejo y triste llamado Sigmund Freud, que estaba tan centrado en las patologías, defectos y carencias infantiles que obvió la inmensa capacidad creativa del ser humano y las épocas vitales de alegre y plácida normalidad. También tropiezas con una reunión del fumador permanente y terapeuta de la Gestalt, Fritz Perls, representando las diferentes voces internas de una persona en diferentes sillas. Y cuanto más tiempo escuchas, observas y te dejas llevar por la magia de estos seres dialogantes reunidos, más palpable resulta el ambiente de ruptura y punto de inflexión intelectual que acompañó al desarrollo del pensamiento sistémico y humanista, y la manera profunda en la que impregnó al nacimiento de la psicología de la comunicación.
Mi amigo, el coach Jan-Lüder Röhrs, me introdujo —después de esta incursión en los terrenos limítrofes entre ciencia y cosmovisión, y de mi visita a Esalen— en la aplicación práctica de los modelos de Friedemann Schulz von Thun y me mostró cómo combinarlos en la vida cotidiana. Kati Trinkner me ayudó con su instinto detectivesco en la obtención de bibliografía, con el apoyo de Nina Linsenmayer, Sabine Volk y sobre todo de Judith Schächterle en el tratamiento y transcripción de los materiales de archivo. Ralf Holtzmann, de la editorial Carl-Auer, hizo un seguimiento del proyecto con un entusiasmo muy alentador que tampoco decayó cuando los plazos se nos venían encima. Como siempre, la primera lectora fue Julia Raabe, que formula sus objeciones con tanto estilo que se convierten en una auténtica inspiración. Sin la disposición incansable de conversar y el compromiso y confianza de Friedemann Schulz von Thun todo esto tampoco hubiera sido posible, y yo lo hubiera lamentado muchísimo, eso lo sé ahora, tres años después de enviarle la carta con la que solo pretendía que él iniciara un monólogo y escribiera un libro en el silencio de su despacho. Por consiguiente, gracias de corazón también a él.
I. Las grandes preguntas
1. El cuadrado de la comunicación
En busca de la frase clave
PÖRKSEN: para empezar, y como pequeño experimento intelectual, quisiera preguntarle si sería capaz de formular una única frase que defina al conjunto de su obra.
SCHULZ VON THUN: ¿una única frase? ¿Debo simplificar la riqueza de toda una obra en un único punto? ¡Esto preferiría ahorrármelo!
PÖRKSEN: evidentemente, un reduccionismo así sería nefasto para comenzar la conversación. Tendría que ser una frase que dé pie a profundizar en el tema. En cierta ocasión Sigmund Freud ofreció una formulación de este tipo sobre el psicoanálisis. Decía que el yo «no es dueño y señor de su casa», y el inconsciente es la fuerza impactante. A partir de esta frase se puede desprender toda su obra.
SCHULZ VON THUN: desde luego que es un ejemplo bonito. Me alegraría mucho encontrar una frase tan impactante sobre mis enseñanzas, así que prefiero devolverle la pregunta: ¿ha encontrado usted una frase clave que contenga o pudiera contener el conjunto de mis enseñanzas?
PÖRKSEN: pues, de hecho, sí creo que su obra tiene un único enfoque fundamental que podría formularse así: la calidad de nuestra comunicación determina la calidad de nuestra vida.
SCHULZ VON THUN: ciertamente esto no es falso, al menos no en relación con nuestra vida aquí en el mundo occidental y en tiempos de paz. Llegamos al mundo como seres sociales y, desde que nacemos hasta que morimos, construimos y perdemos muchas cosas —en la vida privada, profesional y política— en función de la calidad de nuestras relaciones. Por otro lado, la calidad de nuestro diálogo interno también es determinante para alcanzar una vida lograda. ¿De qué modo hablo conmigo mismo? ¿A qué voces permito hablar cuando estoy solo? Incluso entonces, ¿estoy en buena compañía?
PÖRKSEN: aun así, me da la sensación de que no está usted muy de acuerdo.
SCHULZ VON THUN: tiene razón. Por un lado, conviene relativizar y añadir que la salud, la enfermedad, las casualidades y reveses del destino también pueden ser igualmente decisivos. Y por otro, su tesis solo subraya la importancia de la comunicación, pero no recoge el contenido de mis enseñanzas —cómo conseguir estar a la altura o aprender a estar a la altura del reto de la comunicación interpersonal.
PÖRKSEN: ¿no le parece muy instructivo que nuestra conversación empiece con una discordia? Estamos evidenciando que la comunicación parece fácil, pero es tremendamente difícil, equívoca y compleja. Usted mismo ha explicado esta complejidad señalando el carácter simultáneo de la comunicación. ¿A qué se refiere con esto?
SCHULZ VON THUN: me refiero a que la comunicación puede ser entendida como un juego muy particular que se juega en cuatro campos al mismo tiempo. Este proceso simultáneo de escucha puede basarse en una única frase que, no obstante, recibimos en forma de cuatro mensajes simultáneos. Lo he resumido en el modelo del cuadrado de la comunicación (figura 1). Está el aspecto del contenido, de la información sobre las circunstancias de la vida, donde fundamentalmente entra en juego la veracidad. Toda manifestación también contiene un mensaje relacional que señala lo que opino sobre el otro, si lo valoro, si lo acepto como un igual, si lo veo con ojos críticos o si lo tomo en serio, etc. Aquí también entra en juego la aceptación. Además de esto, en toda manifestación también ofrecemos una pequeña degustación de nuestra personalidad; revelamos algo sobre nosotros y dejamos traslucir, en mayor o menor medida, cómo estamos, qué nos preocupa, que nos inspira o qué nos atormenta. Este es el nivel de la auto-manifestación. Aquí la cuestión gira en torno a la sinceridad y la autenticidad. Antes me refería a esta dimensión de la comunicación como el auto-sinceramiento, pero suena ligeramente a estriptis emocional y provoca una reacción innecesaria de resistencia; por lo tanto, hablamos de auto-manifestación que es más fácil de explicar. Finalmente, las manifestaciones contienen el aspecto de la incitación. Aquí entra en juego la efectividad: queremos influir, hablamos para conseguir o provocar algo.
Figura 1. Los cuatro mensajes de una manifestación. El cuadrado de la comunicación.
PÖRKSEN: usted describió por primera vez el cuadrado de la comunicación en 1981 en un libro del que se han vendido más de un millón de ejemplares. Al menos en el ámbito germano parlante, no ha habido ningún modelo de la comunicación que haya tenido un impacto tan grande. Sus ejemplos —generalmente frases inofensivas de la vida cotidiana y fragmentos de expresiones— también gozan de la categoría de clásicos y aparecen en los libros de texto desde hace mucho tiempo. A modo de pequeño ejercicio ilustrativo, ¿le puedo pedir que rescate alguno de estos ejemplos clave?
SCHULZ VON THUN: de acuerdo, tomemos el ejemplo inicial que, en efecto, se enseña hoy en día en las escuelas. La situación es la siguiente: un hombre y una mujer van en coche, el hombre en el asiento del copiloto y la mujer al volante. Él dice: «¡El semáforo del fondo está en verde!». En cuanto al contenido objetivo, se trata de una información contrastable que puede ser falsa o verdadera. Es una información sobre las circunstancias del mundo. Al mismo tiempo, de forma simultánea, el hombre está revelando algo sobre sí mismo —la auto-manifestación— por ejemplo, que está impaciente o que tiene prisa. No se sabe a ciencia cierta. En el nivel relacional puede que esté cuestionando la capacidad de conducir de ella. Y posiblemente, la manifestación también contenga la incitación a conducir más deprisa para pasar antes de que se ponga en rojo («¡acelera!»). En todo caso, lo que demuestra este breve ejemplo es que tres de los cuatro mensajes están implícitos, tienen capacidad significativa y están abiertos a la interpretación, y para poder descifrarlos hay que tener en cuenta el tono y los gestos que lo acompañan, conocer el contexto y posiblemente también el pasado conjunto de la pareja.
El poder del receptor
PÖRKSEN: en la descripción del cuadrado de la comunicación usted también insistía en que no solo quien habla envía cuatro mensajes y, de alguna manera, tiene «cuatro picos», según sus palabras, sino que también el oyente tiene cuatro oídos y es quien decide lo que le parece más importante de la manifestación. ¿Puede darnos un ejemplo igual de ilustrativo para la parte del receptor?
SCHULZ VON THUN: sí, por supuesto. Una mujer le dice a su marido: «¡Los niños también sufren porque estás muy poco en casa!». El receptor tiene que decidir qué oído activar y a cuál de los cuatro mensajes reaccionar. ¿Escucha con el oído del contenido? ¿Le da prioridad a la información objetiva de la manifestación? ¿Escucha con el oído de la auto-manifestación? ¿Intenta, por lo tanto, captar y comprender a la persona que hay detrás de la manifestación? ¿Escucha con el oído relacional y reacciona sobre todo al modo en que le hablan y a cómo se siente tratado como persona? ¿O escucha con el oído de la incitación y reacciona a lo que el otro le pide de forma más o menos clara? En función del oído que active, reaccionará internamente de forma diferente y, en consecuencia, también externamente y de este modo dará continuidad al curso de la conversación. Una cuestión diferente es si es consciente de esta «libre elección», pero lo que no puede eludir es la elección.
PÖRKSEN: esto significa que la manera que tenemos de escuchar también condiciona lo que va a suceder. A grandes rasgos, determina qué abordarse y de qué modo en la conversación, puesto que nuestra primera reacción espontánea como receptores reduce en gran medida el abanico de posibilidades de comunicarse hasta un estrecho camino.
SCHULZ VON THUN: exacto, y muchas personas tienen un oído mucho más desarrollado que los otros, con independencia de los requisitos concretos de cada situación. Un hombre de talante objetivo escucharía: «Primero, estoy poco en casa. Segundo, los niños sufren. Tercero, el sufrimiento de los niños surge porque apenas me ven». El interesado en el contenido tal vez preguntaría: «¿En qué te basas para afirmar que los niños sufren? Cuéntame...».
PÖRKSEN: se trata del mensaje que capta el oído del contenido objetivo. ¿Qué otras variantes podemos imaginar?
SCHULZ VON THUN: también puede tratarse de un hombre con experiencia terapéutica y sensibilidad para la escucha de la auto-manifestación. En este caso el hombre captaría la decepción y desesperación de la mujer. Le llamaría la atención que ella ha dicho que también los niños sufren en esa situación. Entonces puede que reaccione con empatía hacia la necesidad de la emisora: «¿Te sientes muy sola con los niños y demás cuestiones familiares?».
PÖRKSEN: ...y la conversación avanzaría por derroteros muy diferentes.
SCHULZ VON THUN: así es, sí. Vayamos ahora con el padre con un oído de la relación agudizado. A él sobre todo le llegaría el reproche: «¡Eres un mal padre y eres el culpable del sufrimiento e infelicidad de nuestra familia!». Es fácil imaginar que esto acabe en una pelea. «¡Maldita sea!», podría decir, «¿crees que me divierte hacer horas extra en el trabajo?, ¡acaso crees que es una afición, ¿eh?!».
PÖRKSEN: y finalmente el padre que escucha principalmente con el oído de la incitación.
SCHULZ VON THUN: lo más seguro es que a él le llegue el mensaje: «¡Preocúpate más por nosotros! ¡Haz algo!». Y si reacciona a la apelación, lo más probable es que proponga una solución: «¡Hagamos juntos una excursión en bici este fin de semana!».
PÖRKSEN: de esta forma, el oyente es capaz de crear un mundo...
SCHULZ VON THUN: ...y si toma conciencia de ello puede desarrollar cierta sensibilidad para detectar el oído que activa en cada momento y darse cuenta de que no es el único oído que puede implicar. Se puede corregir sobre la marcha y cambiar así el curso de la conversación. Pero, por norma general, reaccionamos de forma refleja sin pensar sobre ello.
PÖRKSEN: de sus explicaciones surge una imagen nueva y diferente de la comunicación. Hay que abandonar la idea de la transferencia lineal de la información. El modelo clásico y arcaico de la comunicación se construye sobre el siguiente esquema: hay un emisor todopoderoso, un canal de comunicación y un receptor impotente que decodifica obedientemente la información que le envía el emisor a través del canal de comunicación. Esta es la idea de la comunicación como transporte. En cambio, en su modelo, lidiamos con toda una multiplicidad de mensajes posibles. Y el receptor gana poder de significación.
SCHULZ VON THUN: exacto, así es. El receptor, solo con hacer un uso selectivo de sus cuatro oídos, influye en gran medida en lo que permite que le llegue. Hay personas con el oído relacional siempre sintonizado en el modo de alarma, lo que hace que se tomen de forma personal cualquier manifestación, mirada o risa y sean muy susceptibles de ofenderse, sentir que las miran mal o se ríen de ellas; en consecuencia, pierden su capacidad de empatizar y de interactuar en términos objetivos.
La hermenéutica del oyente
PÖRKSEN: el experto en cibernética y constructivismo Heinz von Foerster radicalizó este pensamiento de la escucha selectiva para hablar de la hermenéutica del oyente: el oyente, y no el hablante, según él, determina el mensaje.
SCHULZ VON THUN: yo no lo llevaría tan lejos. El significado de lo que se dice y lo que se oye, y el posible entendimiento entre dos personas, me parecen un producto más bien conjunto. Es evidente que el emisor también influye enormemente en lo que le llega al receptor. Y precisamente por eso merece la pena perfeccionar las capacidades comunicativas, para reducir la probabilidad de malentendidos, interpretaciones erróneas y distorsiones en el otro. Esforzarse por que al otro le llegue un significado determinado. Pero el esfuerzo solo merece la pena si hay alguna perspectiva de que vaya a funcionar, ¿no crees?
PÖRKSEN: aun así, al final lo determinante es la interpretación que hace el oyente. La tesis de Heinz von Foerster era que en boca del otro descubríamos lo que acabábamos de decir. El día que presentó su fórmula hermenéutica, el público se inquietó bastante. Al final alguien gritó: «¡Esto no tiene ningún sentido!». Y la reacción de Foerster fue: «¡Lo ve, el oyente determina el sentido del mensaje!». Y todos se echaron a reír.
Schulz von Thun (se ríe): reconozco que es una diablura estupenda, pero no debemos subestimar ni eliminar con un chiste «el poder de la palabra» que ostenta el que habla. Si yo le dijera, cosa que por supuesto nunca haría: «Señor Pörksen, ¡es usted un impresentable!», y usted respondiera: «Señor Schulz von Thun, me siento muy ofendido», no me puedo excusar haciéndole responsable único de su supuesta construcción significativa puramente personal.
PÖRKSEN: esto supondría que el hablante sí es responsable de lo que dice, y el receptor, por su parte, responsable de su propia reacción. Y para los dos rigen unas convenciones que también se aplican, interpretan y entienden de manera individual.
SCHULZ VON THUN: el interlocutor es responsable de su reacción, pero no es el responsable único del sentido último de lo que se dice. No es necesario. Es más, es apropiado que usted no reaccione ofendido a mi insulto. Usted podría reírse o darse cuenta de que he elegido el ejemplo con fines ilustrativos y para seguir conversando. La reacción queda claramente del lado de la soberanía del receptor. Aunque, al mismo tiempo, no es completamente libre, porque es el resultado de la interacción entre lo que uno expresa y lo que el otro recibe.
Elogio del malentendido
PÖRKSEN: hasta ahora hemos abordado lo que sucede cuando hablamos y cuando escuchamos, antes de volver a tomar la palabra. Pero ¿qué sucede cuando parece que ya no sucede nada, cuando ambos interlocutores de pronto se quedan en silencio? En este caso ¿podemos recurrir al cuadrado de la comunicación para entender mejor esta forma difusa y poco precisa de comunicarse?
SCHULZ VON THUN: yo pienso que sí, porque el silencio, en principio, también se puede considerar una manifestación. Si bien, para entender los cuatro mensajes del silencio, necesitamos información especialmente rica del contexto y debemos analizar con detalle lo siguiente: ¿quién está frente a quién? ¿Quién guarda silencio? ¿Qué acaba de suceder? ¿Qué manifestaciones se esperan, se anhelan o se temen en esta situación? ¿En qué nivel del cuadrado de la comunicación se interpreta el silencio? ¿Ambos perciben este silencio como una ruptura de la conversación? Hay quien extrae un mensaje-tú del nivel de la relación: «¡Tú no eres digno de una respuesta!». O quien interpreta el silencio como una auto-manifestación de una reflexividad absorta en la que se ha caído repentinamente. En este caso el mensaje central es: «Estoy pensativo, no estoy listo. Lo que quiero decir no está maduro para ser expresado».
PÖRKSEN: pero semejante aclaración del contexto requiere tiempo y parte de la premisa de que los dos estén dispuesto a hablar de lo que en realidad quieren decir cuando están en silencio. Lo que en realidad esto significa es que es altamente improbable que nos comuniquemos bien. Enviamos mensajes múltiples y poco precisos en diferentes niveles, recibimos de forma selectiva y con base en una sensibilidad individual, e incluso cuando estamos en silencio tenemos que hablar sin parar para descifrar lo que está sucediendo y lo que queremos decir. En realidad, nos movemos en un universo en mayor o menor medida oscuro, dejándonos de lado los unos a los otros. Solo cuando resulta palpable que no nos hemos entendido y el malentendido es manifiesto nos damos cuenta de lo poco que sabemos los unos de los otros y lo poco que nos comprendemos. Visto así, el malentendido manifiesto es paradójicamente la única manera de entenderse y de que haya un intercambio auténtico.
SCHULZ VON THUN: ¿quiere usted decir que lo normal es que la comunicación fracase, pero que no lo queremos ver? Se trataría de un ámbito de intervención ideal para los psicólogos de la comunicación que, si no, nadie necesitaría. Ahora en serio, al margen de mis intereses profesionales, yo no soy tan pesimista. ¿Más bien no habría que valorar el éxito de muchos procesos de entendimiento? ¿La aportación tan grande que supone una buena comunicación para tener una vida buena? ¿Acaso no es sorprendente todo lo que aprende, capta y comprende un niño pequeño? Sin embargo, hay un punto en el que sí estoy de acuerdo con usted: un malentendido o incomprensión manifiesta contienen la oportunidad de una aclaración que, en caso contrario, tal vez no se hubiera dado. La reacción del otro hace que reajustemos nuestro punto de arranque, que reformulemos el punto de vista y que lo transmitamos con más precisión.
PÖRKSEN: ¿aquí no serviría también el cuadrado de la comunicación como modelo de ordenación? Se podrían localizar las cuatro variantes posibles de malentendidos, en relación con los cuatro aspectos de la comunicación...
SCHULZ VON THUN: totalmente cierto. Los malentendidos pueden surgir en cada uno de los cuatro aspectos del cuadrado de la comunicación. ¿Me permite dar también aquí un par de ejemplos concretos? Pensemos primero en un malentendido que tiene lugar en el nivel objetivo: una vez ocurrió que mi compañera de trabajo me dijo que podía pasar a recogerme en coche para ir a un evento al que teníamos previsto asistir los dos. La estuve esperando en la puerta de casa, pero no apareció. Había ido a recogerme al despacho de la universidad. Este es un malentendido puramente objetivo. También hay malentendidos en el nivel de la auto-manifestación. Un ejemplo: alguien llora. Su llanto puede ser interpretado como tristeza, pero en realidad son lágrimas de rabia o rencor. Es diferente, ¿verdad? Además están los malentendidos del nivel de la relación, que son posiblemente los más frecuentes. Imaginemos a un jefe que convoca a sus trabajadores para anunciarles que, con motivo de una nueva ley, deben hacerse unas modificaciones en una serie de formularios administrativos, una tarea laboriosa y aburrida pero que exige un alto grado de exactitud y minuciosidad: «Señor Castillo, ¿usted podría asumir estos cambios?, siempre lo hace tan bien...». El señor Castillo se siente ridiculizado y puesto en evidencia ante sus colegas, y piensa: «Precisamente para este trabajo de idiotas soy el más adecuado». Pero es muy posible que el jefe en realidad quisiera honrarlo y hacerle un halago y no una descalificación, según el concepto: «Esta tarea requiere de alguien meticuloso hasta en el pie de nota». Y finalmente el malentendido en el nivel de la incitación. Aquí también voy a poner un ejemplo: la madre ya anciana le cuenta a su hijo por teléfono que por las tardes muchas veces se siente sola. Al otro lado de la línea telefónica, el hijo lo interpreta como una apelación a que vuelva a visitarla, y reacciona con brusquedad porque esto supondría para él un viaje largo. Pero también es posible que no pretenda esto en absoluto. A lo mejor solo le alivia expresar lo que siente.
La historia de una idea
PÖRKSEN: un pequeño resumen provisional sería: la comunicación tiene cuatro aspectos; en consecuencia, cuatro mensajes, cuatro maneras de escuchar y cuatro tipos de malentendidos. Se trata de una idea absolutamente central en su obra, que descubrió de forma casi casual. Y esa idea fue el comienzo de todo lo que vino después. Concreta y detalladamente, ¿cómo fue el desarrollo del cuadrado de la comunicación?
SCHULZ VON THUN: en relación con esto hay que saber que mi maestro, el psicólogo de Hamburgo, Reinhard Tausch, había publicado a finales de los sesenta una investigación muy estimulante. Según él, padres y pedagogos a menudo tienen una conducta paternalista, autoritaria, para nada respetuosa y muy poco solidaria con los niños —una situación incompatible con la convivencia democrática y basada en el pensamiento autoritario—. La gente de British Petroleum (bp) en Blankenese también recibieron noticias de esta investigación y entraron en contacto con Reinhard Tausch. Decían que se habían enterado de sus investigaciones y cursos de formación, y se lamentaban de que sus propios directivos también pertenecían a esa vieja escuela. Le pedían que desarrollara una formación específica, para fomentar entre ellos una comunicación menos autoritaria. Por su parte, Tausch delegó este encargo en sus asistentes. Y así fue como mis colegas, Bernd Fittkau y Inghard Langer, que acababan de doctorarse, y yo mismo, recién graduado como psicólogo, concebimos toda una serie de actividades al respecto. En un momento dado surgió entre los directores de la formación la pregunta de si el asesor junior iba a recibir el mismo honorario que ellos. Finalmente se me concedió, pero a cambio tenía que concebir y dar la conferencia principal sobre teoría de la comunicación. Es evidente que resultaba un tanto descabellado: ¡¿el novato tenía que asumir el papel central?! Pero ese había sido nuestro acuerdo. Así que me encerré en la biblioteca para tratar de averiguar qué habían escrito las mentes preclaras de este mundo sobre el tema.
PÖRKSEN:
