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Contribución a la discusión internacional sobre la cuestión de la legitimidad: ¿qué es lo que permite hoy decir que una ley es justa, un enunciado verdadero? Ha habido los grandes relatos, la emancipación del ciudadano, la realización del Espíritu, la sociedad sin clases. La edad moderna recurría a ellos para legitimar o criticar sus saberes y sus actos. El hombre postmoderno ya no cree en ellos. Los "decididores" le ofrecen como perspectiva el incremento del poder y la pecificación por la transparencia comunicacional.
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Seitenzahl: 200
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Jean-François Lyotard
La condición postmoderna
Informe sobre el saber
Traducción de Mariano Antolín Rato
INTRODUCCIÓN
1. El campo: El saber en las sociedades informatizadas
2. El problema: La legitimación
3. El método: Los juegos de lenguaje
4. La naturaleza del lazo social: La alternativa moderna
5. La naturaleza del lazo social: La perspectiva postmoderna
6. Pragmática del saber narrativo
7. Pragmática del saber científico
8. La función narrativa y la legitimación del saber
9. Los relatos de la legitimación del saber
10. La deslegitimación
11. La investigación y su legitimación por la performatividad
12. La enseñanza y su legitimación por la performatividad
13. La ciencia postmoderna como investigación de inestabilidades
14. La legitimación por la paralogía
CRÉDITOS
Este estudio tiene por objeto la condición del saber en las sociedades más desarrolladas. Se ha decidido llamar a esta condición «postmoderna». El término está en uso en el continente americano, en pluma de sociólogos y críticos. Designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. Aquí se situarán esas transformaciones con relación a la crisis de los relatos.
En origen, la ciencia está en conflicto con los relatos. Medidos por sus propios criterios, la mayor parte de los relatos se revelan fábulas. Pero, en tanto que la ciencia no se reduce a enunciar regularidades útiles y busca lo verdadero, debe legitimar sus reglas de juego. Es entonces cuando mantiene sobre su propio estatuto un discurso de legitimación, y se la llama filosofía. Cuando ese metadiscurso recurre explícitamente a tal o tal otro gran relato, como la dialéctica del Espíritu, la hermenéutica del sentido, la emancipación del sujeto razonante o trabajador, se decide llamar «moderna» a la ciencia que se refiere a ellos para legitimarse. Así, por ejemplo, la regla del consenso entre el destinador y el destinatario de un enunciado con valor de verdad será considerada aceptable si se inscribe en la perspectiva de una unanimidad posible de los espíritus razonantes: ese era el relato de las Luces, donde el héroe del saber trabaja para un buen fin épico-político, la paz universal. En este caso se ve que, al legitimar el saber por medio de un metarrelato que implica una filosofía de la historia, se está cuestionando la validez de las instituciones que rigen el lazo social: también ellas exigen ser legitimadas. De ese modo, la justicia se encuentra referida al gran relato, al mismo título que la verdad.
Simplificando al máximo, se tiene por «postmoderna» la incredulidad con respecto a los metarrelatos. Esta es, sin duda, un efecto del progreso de las ciencias; pero ese progreso, a su vez, la presupone. Al desuso del dispositivo metanarrativo de legitimación corresponde especialmente la crisis de la filosofía metafísica, y la de la institución universitaria que dependía de ella. La función narrativa pierde sus functores, el gran héroe, los grandes peligros, los grandes periplos y el gran propósito. Se dispersa en nubes de elementos lingüísticos narrativos, etc., cada uno de ellos vehiculando consigo valencias pragmáticas sui generis. Cada uno de nosotros vive en la encrucijada de muchas de ellas. No formamos combinaciones lingüísticas necesariamente estables, y las propiedades de las que formamos no son necesariamente comunicables.
Así, la sociedad que viene parte menos de una antropología newtoniana (como el estructuralismo o la teoría de sistemas) y más de una pragmática de las partículas lingüísticas. Hay muchos juegos de lenguaje diferentes, es la heterogeneidad de los elementos. Solo dan lugar a una institución por capas, es el determinismo local.
Los decididores intentan, sin embargo, adecuar esas nubes de sociabilidad a matrices de input/output, según una lógica que implica la conmensurabilidad de los elementos y la determinabilidad del todo. Nuestra vida se encuentra volcada por ellos hacia el incremento del poder. Su legitimación, tanto en materia de justicia social como de verdad científica, sería optimizar las actuaciones del sistema, la eficacia. La aplicación de ese criterio a todos nuestros juegos no se produce sin cierto terror, blando o duro: sed operativos, es decir, conmensurables, o desapareced.
Esta lógica del más eficaz es, sin duda, inconsistente a muchas consideraciones, especialmente a la de contradicción en el campo socio-económico: quiere a la vez menos trabajo (para abaratar los costes de producción), y más trabajo (para aliviar la carga social de la población inactiva). Pero la incredulidad es tal que no se espera de esas inconsistencias una salida salvadora, como hacía Marx.
La condición postmoderna es, sin embargo, tan extraña al desencanto como a la positividad ciega de la deslegitimación. ¿Dónde puede residir la legitimación después de los metarrelatos? El criterio de operatividad es tecnológico, no es pertinente para juzgar lo verdadero y lo justo. ¿El consenso obtenido por discusión, como piensa Habermas? Violenta la heterogeneidad de los juegos de lenguaje. Y la invención siempre se hace en el disentimiento. El saber postmoderno no es solamente el instrumento de los poderes. Hace más útil nuestra sensibilidad ante las diferencias, y fortalece nuestra capacidad de soportar lo inconmensurable. No encuentra su razón en la homología de los expertos, sino en la paralogía de los inventores.
La cuestión abierta es esta: ¿es practicable una legitimación del lazo social, una sociedad justa, según una paradoja análoga a la de la actividad científica? ¿En qué consistiría?
El texto que sigue es un escrito de circunstancias. Se trata de un informe sobre el saber en las sociedades más desarrolladas que ha sido propuesto al Conseil des Universités del Gobierno de Quebec, a demanda de su presidente. Este último ha autorizado amablemente su publicación en Francia: gracias le sean dadas.
Queda añadir que el informador es un filósofo, no un experto. Este sabe lo que sabe y lo que no sabe, aquel no. Uno concluye, el otro interroga, ahí están dos juegos de lenguaje. Aquí se encuentran entremezclados, de modo que ni el uno ni el otro llevan a buen término.
El filósofo, por lo menos, puede consolarse diciéndose que el análisis formal y pragmático de ciertos discursos de legitimación, filosóficos y ético-políticos, que subtiende la Relación, verá el día después de él: lo habrá introducido, mediante un rodeo un tanto sociologizante, que lo acorta pero que lo sitúa.
Tal y como está lo dedicamos al Instituto politécnico de filosofía de la Universidad de París VIII (Vincennes), en el momento muy postmoderno en que esta universidad se expone a desaparecer y ese instituto a nacer.
Nuestra hipótesis es que el saber cambia de estatuto al mismo tiempo que las sociedades entran en la edad llamada postindustrial y las culturas en la edad llamada postmoderna1. Este paso ha comenzado cuando menos desde fines de los años 50, que para Europa señalan el fin de su reconstrucción. Es más o menos rápido según los países, y en los países según los sectores de actividad: de ahí una discronía general que no permite fácilmente la visión de conjunto2. Una parte de las descripciones no puede dejar de ser conjetural. Y se sabe que es imprudente otorgar un crédito excesivo a la futurología3.
Más que de trazar un cuadro que no puede ser completo, se partirá de una característica que determina inmediatamente nuestro objeto. El saber científico es una clase de discurso. Pues se puede decir que desde hace cuarenta años las ciencias y las técnicas llamadas de punta se apoyan en el lenguaje: la fonología y las teorías lingüísticas4, los problemas de la comunicación y la cibernética5, las álgebras modernas y la informática6, los ordenadores y sus lenguajes7, los problemas de traducción de los lenguajes y la búsqueda de compatibilidades entre lenguajes-máquinas8, los problemas de la memorización y los bancos de datos9, la telemática y la puesta a punto de terminales «inteligentes»10, la paradojología11: he ahí testimonios evidentes, y la lista no es exhaustiva.
La incidencia de esas transformaciones tecnológicas sobre el saber parece que debe de ser considerable. El saber se encuentra o se encontrará afectado en dos principales funciones: la investigación y la transmisión de conocimientos. Para la primera, un ejemplo accesible al profano nos lo proporciona la genética, que debe su paradigma teórico a la cibernética. Hay otros cientos. Para la segunda, se sabe que al normalizar, miniaturizar y comercializar los aparatos, se modifican ya hoy en día las operaciones de adquisición, clasificación, posibilidad de disposición y de explotación de los conocimientos12. Es razonable pensar que la multiplicación de las máquinas de información afecta y afectará a la circulación de los conocimientos tanto como lo ha hecho el desarrollo de los medios de circulación de hombres primero (transporte), de sonidos e imágenes después (media)13.
En esta transformación general, la naturaleza del saber no queda intacta. No puede pasar por los nuevos canales, y convertirse en operativa, a no ser que el conocimiento pueda ser traducido en cantidades de información14. Se puede, pues, establecer la previsión de que todo lo que en el saber constituido no es traducible de ese modo será dejado de lado, y que la orientación de las nuevas investigaciones se subordinará a la condición de traducibilidad de los eventuales resultados a un lenguaje de máquina. Los «productores» del saber, lo mismo que sus utilizadores, deben y deberán poseer los medios de traducir a esos lenguajes lo que buscan, los unos al inventar, los otros al aprender. Sin embargo, las investigaciones referidas a esas máquinas intérpretes ya están avanzadas15. Con la hegemonía de la informática, se impone una cierta lógica, y, por tanto, un conjunto de prescripciones que se refieran a los enunciados aceptados como «de saber»).
Se puede, por consiguiente, esperar una potente exteriorización del saber con respecto al «sabiente», en cualquier punto en que este se encuentre en el proceso de conocimiento. El antiguo principio de que la adquisición del saber es indisociable de la formación (Bildung) del espíritu, e incluso de la persona, cae y caerá todavía más en desuso. Esa relación de los proveedores y de los usuarios del conocimiento con el saber tiende y tenderá cada vez más a revestir la forma que los productores y los consumidores de mercancías mantienen con estas últimas, es decir, la forma valor. El saber es y será producido para ser vendido, y es y será consumido para ser valorado en una nueva producción: en los dos casos, para ser cambiado. Deja de ser en sí mismo su propio fin, pierde su «valor de uso»16.
Se sabe que el saber se ha convertido en los últimos decenios en la principal fuerza de producción17, lo que ya ha modificado notablemente la composición de las poblaciones activas de los países más desarrollados18, y que es lo que constituye el principal embudo para los países en vías de desarrollo. En la edad postindustrial y postmoderna, la ciencia conservará y, sin duda, reforzará más aún su importancia en la batería de las capacidades productivas de los Estados-naciones. Esta situación es una de las razones que lleva a pensar que la separación con respecto a los países en vías de desarrollo no dejará de aumentar en el porvenir19.
Pero este aspecto no debe hacer olvidar el otro, que es complementario. En su forma de mercancía informacional indispensable para la potencia productiva, el saber ya es, y lo será aún más, un envite mayor, quizá el más importante, en la competición mundial por el poder. Igual que los Estados-naciones se han peleado para dominar territorios, después para dominar la disposición y explotación de materias primas y de mano de obra barata, es pensable que se peleen en el porvenir para dominar las informaciones. Así se abre un nuevo campo para las estrategias industriales y comerciales y para las estrategias militares y políticas20.
Con todo, la perspectiva así aislada no es tan simple como se acaba de expresar. Pues la mercantilización del saber no podrá dejar intacto el privilegio que los Estados-naciones modernos detentaban y detentan aún en lo que concierne a la producción y difusión de conocimientos. La idea de que estos parten de ese «cerebro» o de esa «mente» de la sociedad que es el Estado se volverá más y más caduca a medida que se vaya reforzando el principio inverso según el cual la sociedad no existe y no progresa más que si los mensajes que circulan son ricos en informaciones y fáciles de descodificar. El Estado empezará a aparecer como un factor de opacidad y de «ruido» para una ideología de la «transparencia» comunicacional, la cual va a la par con la comercialización de los saberes. Es desde este ángulo desde el que se corre el riesgo de plantear con una nueva intensidad el problema de las relaciones entre las exigencias económicas y las exigencias estatales.
Ya en los decenios precedentes, las primeras han podido poner en peligro la estabilidad de las segundas gracias a formas nuevas de circulación de capitales, a las que se ha dado el nombre genérico de empresas multinacionales. Estas formas implican que las decisiones relativas a la inversión escapan, al menos en parte, al control de los Estados-naciones21. Con la tecnología informacional y telemática, esta cuestión amenaza con convertirse en más espinosa aún. Admitamos, por ejemplo, que una firma como IBM sea autorizada a ocupar una banda del campo orbital de la Tierra para colocar en ella satélites de comunicaciones y/o de banco de datos. ¿Quién tendrá acceso a ellos? ¿Quién definirá los canales o los datos prohibidos? ¿Será el Estado? ¿O bien este será un usuario entre otros? Se plantean así nuevos problemas de derecho y a través de ellos la cuestión: ¿quién sabrá?
La transformación de la naturaleza del saber puede, por tanto, tener sobre los poderes públicos establecidos un efecto de reciprocidad tal que los obligue a reconsiderar sus relaciones de hecho y de derecho con respecto a las grandes empresas y más en general con la sociedad civil. La reapertura del mercado mundial, la reanudación de una competencia económica muy viva, la desaparición de la hegemonía exclusiva del capitalismo americano, el declive de la alternativa socialista, la apertura probable del mercado chino al comercio, y bastantes otros factores, ya han venido, en los últimos años de los 70, a preparar a los Estados para una seria revisión del papel que habían adquirido la costumbre de interpretar a partir de los años 30, y que era de protección y de conducción, e incluso de planificación de las inversiones22. En ese contexto, las nuevas tecnologías, dado que hacen que los datos útiles para las decisiones (y por tanto, los medios del control) sean todavía más móviles y sujetos a la piratería, no vienen sino a agravar la urgencia de ese reexamen.
En lugar de ser difundidos en virtud de su valor «formativo» o de su importancia política (administrativa, diplomática, militar), puede imaginarse que los conocimientos sean puestos en circulación según las mismas redes que la moneda, y que la separación pertinente a ellos deje de ser saber/ignorancia para convertirse, como para la moneda, en «conocimientos de pago/conocimientos de inversión», es decir: conocimientos intercambiados en el marco del mantenimiento de la vida cotidiana (reconstitución de la fuerza de trabajo, «supervivencia»), versus créditos de conocimientos con vistas a optimizar las actuaciones de un programa.
En ese caso, este tendría la transparencia del liberalismo. Lo que no impide que en los flujos de dinero unos sirvan para decidir mientras que los otros solo sirvan para adquirir. Se imaginan paralelamente flujos de conocimientos que pasan por los mismos canales y de la misma naturaleza, pero de los que unos estarían reservados a los «decididores», mientras que los otros servirían para pagar la deuda perpetua de cada uno con respecto al lazo social.
1 A. Touraine, La société postindustrielle, París, Denoél, 1969 (trad. esp., La sociedad postindustrial, Ariel, Barcelona, 1973); D. Bell, The Coming of Post-Industrial Society, Nueva York, 1973; Ihab Hassan, The Dismemberment of Orpheus: Toward a Post Modern Literature, Nueva York, Oxford U. P., 1971; M. Benamou y Ch. Caramello (eds.), Performance in Postmodern Culture, Wisconsin, Center for XXth Century Studies & Coda Press, 1977; M. Kohler, «Posmodernismus: ein begriffgeschichtlicher Ueberblick», Amerikastudien, 22, 1, 1977.
2 Una expresión literaria ya clásica de esto la da M. Butor, Mobile. Etude pour une représentation des Estáts-Unis, París, Gallimard, 1962.
3 Jib Fowles (ed.), Handbook of Futures Research, Westport, Conn., Greenwood Press, 1978.
4 N. S. Trubetzkoy, Grundzüge der Phonologie, Praga. T.C.L.P., VII, 1939 (trad. esp., Principios de fonología, Madrid, Cincel,1976).
5 N. Wiener, Cybernetics and Society. The Human Use of Human Beings, Boston, Hougton Mifllin, 1949; W. R. Ashby, An Introduction to Cybernetics, Londres, Chapman and Hall, 1956.
6 Véase la obra de Johannes von Neumann (1903-1957).
7 S. Bellert, «La formalisation des systémes cybernétiques», en Le concept d’information dans la Science contemporaine, París, Minuit, 1965.
8 G. Mounin, Les problémes théoriques de la traduction, París, Gallimard, 1963 (trad. esp., Problemas teóricos de la traducción, Madrid, Gredos, 1977). Se fecha en 1965 la revolución de los ordenadores con la nueva generación de computadores 360 IBM; R. Moch, «Le tournant informatique», Documents contributifs, anexo IV, L’informatisation de la société, París, La Documentation française, 1978; R. M. Ashby, «La seconde génération de la micro-électronique», La Recherche, 2, junio de 1970, págs. 127 y ss.
9 C. L. Gaudfeman & A.Thaïb, «Glossaire», en P. Nora y A. Mine, L’informatisation de la société, París, La Documentation française, 1978 (trad. esp., La informatización de la sociedad, Madrid, F.C.E., 1980); R. Beca, «Les banques de données», Nouvelle informatique et nouvelle croissance, anexo I, L’informatisation..., loc. cit.
10 L. Joyeux, «Les applications avancées de l’informatique», Documents contributifs, loc. cit. Los terminales domésticos (Integrated Video Terminals) serán comercializados antes de 1984, al precio de unos 1.400 dólares U.S., según un informe del International Resource Development, The Home Terminal, Conn., I.R.D. Press, 1979.
11 Watzlawick, J. Helmick-Beavin, D. Jackson, Pragmatics of Human Communication. A Study of Interactional Patterns, Pathologies, and Paradoxes, Nueva York, Northom, 1967.
12 J. M. Treille, del Grupo de análisis y de prospectiva de los sistemas económicos y tecnológicos (G.A.P.S.E.T.), declara: «No se habla bastante de las nuevas posibilidades de diseminación de la memoria, en particular gracias a los semiconductores y a los lásers [...] Cada uno podrá muy pronto almacenar a bajo precio la información donde quiera, y disponer de un aumento de la capacidad de tratamiento autónomo» (La semaine media, 16, 15 de febrero de 1979). Según una encuesta de la National Scientific Foundation, más de un alumno de high school de cada dos utiliza corrientemente los servicios de un ordenador: las instalaciones escolares poseerán todas ellas uno desde comienzos de los años 80 (La semaine media, 13, 25 de enero de 1979).
13 L. Brunel, Des machines et des hommes, Montreal, Quebec Science, 1978; J. L. Missika y D. Wolton, Les réseaux pensants, París, Librairie technique et doc, 1978. El uso de la videoconferencia entre Quebec y Francia va camino de convertirse en una costumbre: en noviembre y diciembre de 1978 ha tenido lugar el cuarto ciclo de videoconferencias en directo (a través del satélite Symphonie) entre Quebec y Montreal por una parte, y París (Universidad París Norte y Centro Beaubourg) por otra (La semaine media, 5, 30 de noviembre de 1978). Otro ejemplo, el periodismo electrónico. Las tres grandes cadenas norteamericanas A.B.C., N.B.C. y C.B.S. han multiplicado tanto sus estudios de producción por todo el mundo que casi todos los acontecimientos que se producen pueden ahora ser tratados electrónicamente y transmitidos a los Estados Unidos por satélite. Solo la redacción de Moscú continúa trabajando con película, que manda a Frankfurt para su difusión vía satélite. Londres se ha convertido en el gran packing point (La semaine media, 20, 15 de marzo de 1979).
14 La unidad de información es el bit. Para sus definiciones, véase Gaudfeman & Thaíb, «Glossaire», loc. cit. Discusión en R. Thom, «Un protée de la sémantique: l’information» (1973), en Modèles mathématiques de la morphogenèse, París, 10/18, 1974. La transcripción de mensajes a un código digital permite especialmente eliminar las ambivalencias; véase Watzlawick et al., op. cit., 98.
15 Las firmas Craig y Lexicon anuncian el lanzamiento al mercado de traductores de bolsillo: cuatro módulos en idiomas diferentes aceptados simultáneamente, cada uno con 1.500 palabras, con memoria. La Weidner Communication Systems Inc. produce un Multilingual Word Processing que permite alcanzar la capacidad de un traductor medio de 600 a 2.400 palabras a la hora. Comporta una triple memoria: diccionario bilingüe, diccionario de sinónimos, índice gramatical (La semaine media, 6, 6 de diciembre de 1978).
16 J. Habermas, Erkenntnis und Interesse, Frankfurt, 1968.
17 «La base (Grundpfeiler) de la producción y de la riqueza [...] se convierte en la inteligencia y la dominación de la naturaleza en la existencia del hombre en tanto que cuerpo social», de modo que «el saber social general, el knowledge, se convierte en fuerza de producción inmediata», escribe Marx en los Grundisse der Kritik der politischen Oekonomie (1857-1858), Berlín, Dietz Verlag, 1953, página 594, de la traducción francesa de Dangeville, Fondements de L’économie politique, París, Anthropos, 1968, hay una versión en castellano: Fundamentos de la crítica de la economía política, La Habana, Instituto del Libro, 1970. No obstante, Marx concede que no es «en la forma del saber, sino como órgano inmediato de la praxis social», el modo en que el conocimiento se convierte en fuerza; es decir, como máquinas: estas son «órdenes del cerebro humano forjadas por la mano del hombre, fuerza de saber objetivada». Véase P. Mattick, Marx and Keynes, The Limits of the Mixed Economy, Boston, Sargent, 1969. Discusión en J. F. Lyotard, «La place de l’aliénation dans le retournement marxiste» (1969), en Dérive à partir de Marx et Freud, París, 10/18, 1973. Hay edición castellana, A partir de Marx y Freud, Madrid, Fundamentos, 1975.
18 La composición de la categoría trabajadores (labor force) en los Estados Unidos se ha modificado como sigue en veinte años (1950-1971):
1950
1971
Obreros industriales de servicios o agrícolas
62,5%
51,4%
Profesionales liberales y técnicos
7,5%
14,2%
Empleados
30%
34%
(Statistical Abstracts, 1971)
19 En razón de la duración del tiempo de «fabricación» de un técnico superior o de un científico medio con respecto al tiempo de extracción de las materias primas y de la transferencia del capital moneda. A fines de los años 60, Mattick evaluaba la tasa de inversiones netas en los países subdesarrollados del 3 al 5 por 100 del P.N.B.; en los países desarrollados, del 10 al 15 por 100 (op. cit.).
20 Nora & Mine, op. cit., en especial la primera parte: «Los desafíos»; Y. Stourdzé, «Les Etats-Unis la guerre et des communications», Le Monde, 13-15 de diciembre de 1978. Valor del mercado mundial de los aparatos de telecomunicación en 1979: 30 mil millones de dólares; se estima que en diez años llegará a los 68 mil millones (La semaine media, 19, 8 de marzo de 1979).
21 F. de Combret, «Le redéploiement industriel», Le Monde, abril de 1978; H. Lepage, Demain le capitalisme, París, 1978 (trad, esp. en Alianza Editorial, 1979); Alain Cotta, La France et l’impératif mondial, París, P.U.F., 1978.
22 Se trata de «debilitar a la administración», de llegar al «Estado mínimo». Es el declive del Welfare State, concomitante a la «crisis» iniciada en 1974.
