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La conexión anunnaki es una guía que conecta un amplio abanico de teorías acerca de los anunnaki, al tiempo que explora su posible conexión con el pasado, el presente y el futuro de la humanidad. ace unos 6000 años, la primera civilización del mundo, los sumerios, dejó un legado de relatos acerca de unos extraños dioses celestes conocidos como los anunnaki que, según creían ellos, habían venido de los cielos para crear la humanidad. abiéndose escrito tan poco acerca de los anunnaki, muchas personas se preguntan acerca de su verdadera historia y sobre qué papel jugaron en la creación de la humanidad. Lynn rastrea la evolución de estos dioses mesopotámicos por todo el Oriente Próximo de la antigüedad, analizando la religión, los mitos, el arte y el simbolismo de los sumerios. ¿Hasta qué punto son precisas las actuales traducciones de los textos sumerios? ¿Existe alguna conexión entre los anunnaki y otros dioses? ¿Y con los demonios? ¿Dónde están ahora los anunnaki?
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Seitenzahl: 407
Veröffentlichungsjahr: 2021
HEATHER LYNN
La conexión anunnaki
Deidades sumerias, ADN alienígena
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Nota del traductor y el editor: Los tiempos, y la justicia social, exigen que nos enfrentemos a nuevos retos que, hace ya mucho tiempo, deberían haberse asumido. Uno de ellos es el del lenguaje de género, y, sin duda, el castellano no es un lenguaje fácil para conciliar la igualdad de género. A lo largo de este texto, se ha intentado equiparar géneros en el lenguaje. Considérese ésta una advertencia para que nadie se asombre ante el uso indistinto del masculino o el femenino en el uso de sustantivos o adjetivos.
Colección Crónicas de la Tierra
LA CONEXIÓN ANUNNAKI
Dr. Heather Lynn
1.ª edición en versión digital: noviembre de 2021
Título original: The Anunnaki Connection
Traducción: Antonio Cutanda
Corrección: Sara Moreno
Diseño de cubierta: TsEdi, Teleservicios Editoriales, S. L.
Maquetación ebook: leerendigital.com
© 2020, Dr. Heather Lynn
(Reservados todos los derechos)
© 2021, Ediciones Obelisco, S.L.
(Reservados los derechos para la presente edición)
Edita: Ediciones Obelisco S.L.
Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida
08191 Rubí - Barcelona - España
Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23
E-mail: [email protected]
ISBN EPUB: 978-84-9111-802-2
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.
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Índice
Portada
La conexión anunnaki
Créditos
Prefacio
Agradecimientos
Introducción: Conectando los puntos
Capítulo 1: La aparición repentina de una civilización
Capítulo 2: Los comienzos primordiales
Capítulo 3: Las deidades anunnaki
Capítulo 4: El origen del hombre
Capítulo 5: Los vigilantes del cielo
Capítulo 6: Dimensiones superiores
Capítulo 7: Nibiru y el Armagedón
Capítulo 8: El encubrimiento
Epílogo: El momento de la conexión
Bibliografía
Dedicado a aquellas personas
que trasnochan para soñar,
cuando el resto del mundo sigue
dormido en la oscuridad.
Prefacio
Como humanos finitos que somos, llevamos a cabo una búsqueda incesante de nuestro lugar dentro de un cosmos infinito. Para las gentes de la antigüedad, la experiencia humana era de carácter dual, fuera el bien frente al mal, la luz frente a la oscuridad o el cielo frente a la tierra. Según el gran experto en mitología comparada Joseph Campbell, «Todo en el campo del tiempo son pares de opuestos» (Campbell, 2012, p. 125). Nuestra propia historia está arraigada en la dualidad, pero, como también señaló Campbell, el pensamiento mítico trasciende la dualidad. Y es a través del pensamiento mítico como podemos apreciar plenamente la profunda conexión que tenemos con los anunnaki. En este libro nos ocuparemos del tema de los anunnaki, de los orígenes de la humanidad y de los extraterrestres con el respeto y la seriedad que merecen. Pero, antes de intentar comprender las conexiones que se proponen en este estudio, tendremos que abordar primero lo que entendemos por el término mito.
Normalmente, se acepta que los mitos constituyen la forma en la que la gente de la antigüedad explicaba lo inexplicable. Sin embargo, esta interpretación no es del todo satisfactoria y, por otra parte, da escaso crédito a nuestros distantes antepasados. Personalmente, sostengo que el mito no es una búsqueda de significados, en tanto en cuanto los significados son productos de la mente racional; más concretamente, del hemisferio izquierdo, la sección lógica del cerebro, que conecta los detalles del presente para categorizar y organizar la información. El hemisferio izquierdo piensa en términos de lenguaje, y es la voz interior que establece significados entre el mundo interno y el externo. Sin embargo, el mito, por su propia naturaleza, dispone del potencial para trascender incluso esta dualidad interior. El lenguaje del mito no es en modo alguno racional, pero tampoco es irracional. Es pre-racional. El mito es el lenguaje de los sueños, los símbolos y los arquetipos. Es el modo en el que las personas de la antigüedad –y, con el tiempo, nosotras– compartimos nuestras percepciones universales y nuestras visiones del mundo entre nosotras. Así pues, los dioses, las diosas y los mitos de la antigüedad no deberían juzgarse exclusivamente desde una perspectiva racional, sino que deberían valorarse por su capacidad para trascender tanto el tiempo como el espacio. Es esta naturaleza trascendente del mito la que puede abrir la puerta para la ascensión de la propia humanidad.
Agradecimientos
Me gustaría dar las gracias, en primer lugar, a toda la plantilla de Red Wheel/Weiser, sobre todo a mi editor en New Page Books, Michael Pye, por su inmensa fe y su paciencia. Gracias a tantos investigadores e investigadoras alternativas como me han inspirado y me han llevado a formularme preguntas de mayor alcance, sobre todo a Michael Cremo, por animarme a ir siempre un paso más allá. Gracias a Gary A. David, por la devoción que puso en sus investigaciones y por compartirlas conmigo y con el mundo. Gracias al doctor John DeSalvo, por su sabiduría y, más importante aún, por su amistad. Gracias también al incomparable Edmund Marriage. Y, por último, pero no menos importante, gracias a mis lectoras y lectores por la valentía exhibida al aventurarse a ir más allá de la narrativa histórica establecida para explorar ideas radicales y posibilidades revolucionarias.
INTRODUCCIÓN:
Conectando los puntos
La omisión es la más poderosa forma de mentir, y es deber del historiador asegurarse de que esas mentiras no consigan introducirse en los libros de historia.
George Orwell, novelista británico
Durante los últimos doscientos años, el antiguo Egipto atrapó nuestra imaginación. La campaña napoleónica de Egipto en los territorios otomanos de Egipto y Siria –expedición que llevaría al descubrimiento de la piedra de Rosetta– puso en marcha un fenómeno conocido como egiptomanía. Tan extendida fascinación con el antiguo Egipto se acrecentó con el descubrimiento de la tumba del rey Tutankamón por parte de Howard Carter, en 1922. Y la egiptomanía aún es reconocible en la cultura posmoderna en todas partes, desde el entretenimiento hasta la arquitectura.
En este nuevo milenio, una civilización diferente y aún más antigua, la de los sumerios, ha atrapado también la imaginación de muchas personas en todo el mundo, sumergiéndonos en otra manía más: la Sumer-manía. Gracias a Internet, nos encontramos con información sobre los sumerios por todas partes, especialmente sobre su panteón de dioses y diosas, conocidos como los anunnaki. En el momento de escribir este libro, la búsqueda de la palabra «sumerio» en YouTube nos ha dado 762 000 resultados, mientras que el término «anunnaki» ofrecía más de 509 000. Ésta es la muestra de una pujante fascinación en casi todos los medios. Lo que en otro tiempo fue una subcultura se está convirtiendo poco a poco en cultura dominante, y por buenos motivos. Los sumerios fueron ciertamente excepcionales en muchas cosas, como descubrirás a lo largo de este libro. Fueron tan excepcionales que incluso el mundo académico se ha llegado a obsesionar con preguntas no resueltas acerca de quiénes fueron realmente los sumerios y de dónde vinieron. Los expertos creen que todos los pueblos conocidos de la región de Mesopotamia hablaban lenguas semitas, pero los sumerios no, y esto plantea lo que muchos han llamado «el problema sumerio».
Propuesto por el profesor Jonathan Ziskind en 1972, el problema sumerio se plantea cómo puede ser que la lengua sumeria fuera única entre los pueblos del Oriente Próximo de la antigüedad; todo apuntaría a que deberían haber emigrado de algún otro lugar lejano (Ziskind, 1972, p. 41). Pero la lengua sumeria no es lo único que sitúa a esta antigua civilización aparte del resto. Sus conocimientos del cosmos eran sorprendentes por su precisión, tanto, que influirían posteriormente en civilizaciones tan avanzadas como la de Egipto, Grecia e incluso nuestra propia cultura moderna. ¡No resulta difícil comprender por qué los sumerios resultan tan fascinantes!
Sin embargo, la creciente obsesión por los sumerios y los anunnaki plantea más preguntas que respuestas. Aunque algunos autoproclamados expertos han propuesto intrigantes teorías alternativas acerca de los anunnaki, muchas de estas teorías caen en uno u otro de los diversos sesgos que socaban sus argumentos. En primer lugar, apoyan sin cuestionarse la obra de Zecharia Sitchin, un economista y asiriólogo aficionado que dio una interpretación singular a los mitos sumerios, fomentando la teoría del paleocontacto o, como la industria del entretenimiento la llama ahora, la «teoría de los astronautas de la antigüedad». En el extremo opuesto, hay también académicas y académicos convencionales que estudian a los sumerios y a los anunnaki. La mayoría de estas personas son titulares de puestos en las universidades y no admiten teorías alternativas. El absoluto descrédito que estos pocos investigadores vierten sobre los primeros impide que un creciente número de personas que exige saber la verdadera historia de los anunnaki pueda conectar los puntos. Tal cerrazón mental no sirve para otra cosa más que para dividir aún más el campo; pero, por desgracia, estas académicas también dan la impresión de estar ocultando algo en lo más profundo de su torre de marfil universitaria. Y lo único que consiguen con este secretismo es incrementar extraordinariamente las especulaciones.
En su infinita sabiduría, mi abuela, que era de los Apalaches, solía decir que quienes no tienen nada que ocultar no ocultan nada. Así pues, ¿qué podrían estar ocultando estas personas? Esa creciente división y secretismo ha dado lugar a un abismo que algunos oportunistas buscan ahora rellenar con una fantasía desbordada a fin de vender innumerables libros, DVD, rutas guiadas y mucho más. Las creencias populares van desde lo mundano hasta lo fantástico: evidencias de gigantes, de extraterrestres, de tecnología en la antigüedad, etc. Pero ¿qué hay de verdad? La humanidad tiene derecho a saber.
Estamos viviendo en una era en la que pocas son las personas que intentan genuinamente resolver los misterios de la antigüedad. Pero esas pioneras intelectuales, que lo arriesgaron todo para ofrecernos formas diferentes de abordar los textos antiguos, las civilizaciones perdidas y la verdad sobre el origen de la humanidad, han ido desapareciendo. Todavía quedan unas pocas que siguen luchando por lo que creen, pero no se puede negar que no les queda mucho tiempo. Para ellas es habitual despertarse de pronto una mañana y enterarse de que otro gran investigador ha fallecido.
¿Dónde nos deja eso a todas aquellas personas que seguimos haciéndonos preguntas sobre estos grandes misterios? Enciende la televisión por cable cualquier día de la semana y te encontrarás con maratones de programación donde se embellece el trabajo de estas investigadoras e investigadores. Algunos programas llegan tan lejos que incluso resultan cómicos. ¿Acaso el estudio de esta gran civilización ha llegado a caer tan bajo como para que un canal de televisión por cable nos intente hacer creer que los sumerios cabalgaban sobre dinosaurios y establecieron contacto con los vaqueros del salvaje Oeste? (Pues sí, eso he llegado a ver en un programa).
¿Qué ha ocurrido? Con los medios de comunicación convencionales burlándose de este gran misterio y la vieja guardia académica ignorándolo, ¿adónde te puedes volver en busca de respuestas? A Internet, claro está. Pero aunque Internet ha permitido que los investigadores establecieran contacto entre sí y que sus hallazgos hayan llegado al gran público, también ha tenido una consecuencia desafortunada: la de fomentar un clima de desinformación y de noticias falsas, convirtiéndose en la plataforma perfecta para los vendedores de humo. Por tanto, para aquellas personas que buscan la verdad acerca de los anunnaki, ¿cómo podríamos conectar los puntos que nos permitan crear una imagen precisa del tema?
El acceso a las evidencias referentes a los anunnaki y su conexión con el origen de la humanidad sigue estando restringido merced a un mecanismo de control por parte de las élites académicas, un mecanismo de control que el escritor Michael Cremo ha denominado «el filtro del conocimiento» (Cremo y Thompson, 1993). El filtro del conocimiento es una realidad, y yo misma lo he visto en acción tanto en mi época de estudiante de grado como siendo ya candidata al doctorado. Sin embargo, basándome en esta experiencia personal, he tomado este concepto de Cremo e, incluso, lo he llevado un poco más allá. Creo sinceramente que este filtro del conocimiento es el compartimentado brazo de un mecanismo de control más grande al que yo denomino complejo industrial académico. Una de las consecuencias de este mastodonte del secretismo es que existen evidencias que todavía no pueden examinarse; no, al menos, en tanto no se desvelen o se liberen públicamente. Por tanto, no voy a poder decirte que en este libro voy a responder definitivamente a todas las preguntas que tienes acerca de los anunnaki. Mi única esperanza es poder proporcionarte más puntos –puntos de datos históricos, como las historiadoras los denominamos–, porque cuantos más puntos tengamos, más clara se nos volverá la imagen. Como historiadora, se me ha formado y educado al modo convencional. Sin embargo, he adoptado un enfoque no convencional a la hora de estudiar los misterios de la antigüedad.
Mientras trabajaba como arqueóloga, descubrí que gran parte de lo que sabemos de la historia se basa en el consenso de una élite de personas e instituciones que, con frecuencia, transpira motivaciones políticas. Tras este descubrimiento, me embarqué en un viaje espiritual que me llevó a romper con las corrientes convencionales para ir en busca de la verdad en lo relativo al origen de la humanidad, y no he hecho otra cosa que encontrarme con todo un mundo de engaños. En los cavernosos sótanos de museos de todo el mundo, miles de objetos se ocultan a la vista del público porque se consideran «demasiado amenazadores» para la narrativa histórica establecida. Mientras tanto, oscuras organizaciones y corporaciones multinacionales, que blanquean dinero a través de las universidades, financian rutinariamente excavaciones arqueológicas secretas. En mi búsqueda, me he infiltrado en organizaciones secretas, he descifrado textos antiguos y he investigado innumerables documentos desclasificados del gobierno. En este libro, investigaré la conexión anunnaki para descubrir la verdad que se oculta tras ellos, incluyendo:
• ¿Quiénes son realmente los anunnaki?
• ¿Hasta qué punto son fiables las actuales traducciones de textos sumerios, y cómo podemos saber de quién fiarnos?
• ¿Qué papel podrían haber jugado los anunnaki en el origen del ser humano?
• ¿Existe alguna conexión entre los anunnaki y otros dioses? ¿Y con los demonios?
• ¿Dónde están los anunnaki ahora? ¿Podría su regreso significar el fin del mundo?
Esta búsqueda puede parecer un empeño excesivamente ambicioso, habida cuenta de la inmensa cantidad de información que existe sobre los anunnaki. Y quizás sea así. Pero creo que es deber tanto de historiadoras como de arqueólogas hallar la verdad y aclarar el pasado, dejando a un lado las mentiras sistémicas aceptadas. Como E. B. Tylor, padre de la antropología cultural, dijo en cierta ocasión, «Toda posible vía de conocimiento debe ser explorada, y toda puerta que se encuentre hay que comprobar si se puede abrir». Éste es el motivo por el cual presento aquí la totalidad de los hechos, tal como los conocemos hoy en día, así como las teorías, tanto convencionales como marginales, para que tú puedas sacar tus propias conclusiones.
CAPÍTULO 1
La aparición repentina
de una civilización
La civilización apareció la primera vez que una persona furiosa lanzó una palabra en vez de una piedra.
Sigmund Freud,
neurólogo austríaco y padre del psicoanálisis
Hace 200 millones de años, los dos supercontinentes de la antigüedad, Laurasia, en el norte, y Gondwana, en el sur, comenzaron a acercarse, y posterior colisión hizo que se desgajaran multitud de masas costeras, creando así lo que ahora conocemos como Oriente Próximo. El desplazamiento de la placa arábiga forzó el descenso de la placa iraniana, creando así el golfo Pérsico y las tierras bajas mesopotámicas. Y este mismo proceso produjo la elevación de otras tierras, formándose así la cordillera de los montes Zagros.
Las transformaciones en el nivel del mar continuaron durante cientos de miles de años y, luego, al término de la última glaciación, algo importante ocurrió. Ingentes masas de hielo que cubrían las regiones polares se fundieron, provocando un aumento asombroso del nivel del mar, según sabemos ahora. En un estudio publicado por la revista Global and Planetary Change, se descubrió que el nivel del mar ascendió en aquella época, al término de la última glaciación, un promedio de casi un metro por siglo, con períodos intermitentes de dos metros y medio de elevación por siglo (Stanford et al., 2011). Este proceso se prolongó hasta hace unos 6 000 años, hasta el período Ubaid (h. 6500 a 3800 a. C.), más o menos la época en la que se creó la antigua ciudad-Estado sumeria de Ur. Por entonces, el nivel del mar en el golfo Pérsico era mucho más elevado que ahora. Pero, además del cambio en el paisaje, el clima se hizo cálido y húmedo, favoreciendo la aparición de densos bosques al este de esta región, en los montes Zagros, actualmente en Irán. Había allí coníferas y árboles caducifolios, como pinos, enebros, robles y cedros, que son citados en la obra literaria más antigua que se conoce, La epopeya de Gilgamesh. Oriente Próximo se convirtió en una tierra rica en llanuras fértiles y, con el tiempo, se convirtió en hábitat de diversos animales terrestres como gacelas, ovejas, cabras y vacas. Esto atrajo inevitablemente a la región a muchos seres humanos, viendo en aquellas tierras una oportunidad para el crecimiento. La región que los expertos denominan el «Creciente Fértil» fue hogar de muchos pueblos prehistóricos. Esta región, conocida en general como Mesopotamia, se extiende entre dos ríos y alrededor de ellos, el Tigris y el Éufrates, que tienen sus fuentes en las fronteras de las actuales Siria y Turquía, cruzan el actual Irak de noroeste a sudeste y desembocan en el golfo Pérsico. Cerca de estos dos ríos, en sus fértiles valles, crecieron las primeras ciudades-Estado de la región: Kish, Lagash, Ur, Uruk, después Acad y, posteriormente, Babilonia.
En los registros arqueológicos no existen indicios de poblaciones humanas permanentes y organizadas con anterioridad al auge de la civilización sumeria. Sabemos de sociedades primitivas y sorprendentemente complejas formadas por poblaciones cazadoras-recolectoras, como Göbekli Tepe, donde se han hallado evidencias de celebración de festividades, banquetes, danzas y de espiritualidad. También Stonehenge parece haber sido un lugar de celebración ritual de masas y de una importancia espiritual significativa. Sin embargo, conviene recordar que estos emplazamientos, aunque absolutamente fantásticos, no pueden verse como asentamientos permanentes ni como centros urbanos, pues todavía no se han encontrado vestigios de plantas o animales domesticados en Göbekli Tepe (Peters, Schmidt, Dietrich y Pöllath, 2014). Y ésta es una de las principales evidencias, si bien circunstancial, para sustentar la idea de que el simbolismo y la religión llevaron al desarrollo de la agricultura y la domesticación, y no al revés (Peters, Schmidt, Dietrich y Pöllath, 2014). Así pues, aunque hubo culturas avanzadas de cazadores-recolectores en la región mucho antes de la aparición de los sumerios, estas culturas carecían de los atributos clave de lo que los expertos definen como civilización.
Arqueólogas e historiadores disponen de una serie de rasgos que, juntos, configuran la definición de lo que entendemos como civilización. La mayor parte de estos rasgos los catalogó el arqueólogo Vere Gordon Childe (1892-1957), que fue profesor en Edimburgo. Según Childe, para considerar que un colectivo humano conforma una civilización, y no, por ejemplo, una tribu o una agrupación, debe disponer de (Trigger, 2010):
• Grandes centros urbanos
• Ocupaciones especializadas a tiempo completo
• Productores primarios de alimentos que tributan con excedentes a una deidad o dirigente
• Una arquitectura monumental
• Una clase dirigente, exenta de la realización de trabajos de carácter físico
• Un sistema de registro de la información (escritura)
• El desarrollo de unas ciencias exactas y prácticas
• Un arte monumental
• La importación regular de materias primas
• Una estructura de clases (campesinos, artesanos, dirigentes)
• Una religión/ideología de Estado
• Estructuras estatales persistentes
Algunos colectivos organizados de seres humanos compartieron algunos de estos rasgos. La cultura ubaid, por ejemplo, desarrollo una cerámica pintada, herramientas de terracota y los comienzos de una arquitectura sagrada distintiva. No obstante, no mostraban todos los rasgos que Childe considera necesarios, como el disponer de un gran centro urbano o de arte monumental. Se cree que la cultura ubaid fue la primera cultura en conducirse como una fuerza civilizatoria en la región porque desarrolló técnicas agrícolas, comercio y ciertas industrias. Pero por avanzadas que fueran sus gentes, palidecen en comparación con el pueblo sumerio.
El descubrimiento de los sumerios trastocó las creencias previas acerca del surgimiento de la civilización humana. ¿Quiénes eran estas gentes, y por qué no aparecían en ningún registro arqueológico o histórico durante más de 2 000 años (Kramer, 1963)? No hay duda de que la gente de la antigüedad era inteligente, creativa y sumamente compleja, al igual que la gente de ahora, pero los sumerios destacan por encima de los demás como los más inusuales. De hecho, los expertos dicen que los sumerios exhibían un «intelecto creativo inusual» (Armstrong, 2015), algo que queda claro si tenemos en cuenta que, en sólo 300 años, después del período Ubaid –históricamente, un simple parpadeo–, emergieron enormes y complejas construcciones, una teología, tecnologías avanzadas, ciencia, matemáticas y una forma de gobierno. Se trata de invenciones completamente distintas a cualquier otra cosa que hubiera conocido el mundo hasta aquel momento, y cambiarían para siempre el rumbo de la cultura humana.
Lo que viene a continuación es una lista de algunas de las invenciones y tecnologías que se acreditan a los sumerios (Kramer, 1988):
• La invención del tiempo basado en incrementos de sesenta
• La astronomía
• Pesos y medidas
• Embarcaciones de vela
• Mapas
• Energía eólica
• Un congreso bicameral con un senado y una cámara de representantes
• Bibliotecas
• Escuelas y universidades
• El concepto de carrera profesional
• El clero
• Las matemáticas
• La geometría
• El círculo de 360°
• La rueda
• Los vehículos con ruedas
• Economistas
• Filósofos
• El concepto de un fin para la jornada laboral o escolar
• Los sindicatos
• La cirugía
• La odontología
• La optometría
• Las pastillas
• Los créditos y la financiación
• Los abogados
• Los banqueros
Como se puede ver, esto no son herramientas de piedra ni chozas. Se trata de habilidades enormemente intelectuales y transmisibles, arraigadas en un tipo de pensamiento más profundo y conceptual. El primer centro urbano se formó, al menos, en el cuarto milenio a. C. Estas primeras civilizaciones comenzaron con los sumerios e incluirían posteriormente a los acadios, los babilonios y los asirios. Este increíble salto desde el grupo de cazadores-recolectores hasta una civilización moderna desconcierta a los expertos. Pero no es esto lo único que encuentran difícil de explicar. El aspecto más controvertido, hasta el momento, guarda relación con lo distintivo de la lengua sumeria. De hecho, la lengua sumeria resulta tan desconcertante que la han calificado como «el problema sumerio». ¿Qué es exactamente lo que hace que esta lengua sea un problema?
Pues que el sumerio no encaja con ninguno de los principales grupos lingüísticos, lo cual ha llevado a los expertos a concluir que, dado que todos los demás pueblos mesopotámicos hablaban lenguas semitas –es decir, la rama del grupo de lenguas afroasiáticas que tuvo su origen en Oriente Próximo–, los sumerios tendrían que haber emigrado desde algún otro lugar lejano (Ziskind, 1972). Los investigadores descubrieron el problema sumerio cuando arqueólogos franceses y estadounidenses encontraron, a finales del siglo XIX y principios del XX, inmensos depósitos de tablillas cuneiformes en las antiguas ciudades de Lagash y Nippur, similares a las ya conocidas tablillas acadias. Y, cuando los expertos descifraron finalmente esas tablillas, descubrieron que un gran número de palabras y de valores silábicos no se correspondían del todo con la gramática y el vocabulario semita conocidos hasta la fecha. No tardaron en darse cuenta de que lo que habían descifrado no era acadio en modo alguno, sino una lengua completamente desconocida. La lengua sumeria era un enigma y lo sigue siendo cien años después de su descubrimiento.
Por aclarar las cosas, los acadios llegaron después de los sumerios, cuando Sargón de Acad (el Grande) se apoderó de Sumer y reinó sobre Mesopotamia, creando así el primer imperio del mundo, el Imperio acadio, en 2334 a. C. Sin embargo, los acadios siguieron utilizando el sumerio en sus tablillas, del mismo modo que se usó el latín durante la Edad Media y el principio de la Era Moderna. La lengua sumeria se preservó como una «lengua de aprendizaje y de elevado intercambio cultural» (Ziskind, 1972, p. 3). Es éste un testimonio del respeto que sentían los acadios por esta avanzada cultura.
Pero volviendo al tema principal, ¿qué provocó tal cambio cultural desde una sociedad cazadora-recolectora hasta una sociedad con los rasgos reconocibles de una civilización?
Copia de una inscripción votiva bilingüe (sumerio-acadio)
de Rimush, rey de Acad. Hacia el 2270 a. C.
La teoría normalmente aceptada plantea que un incremento en la competencia por los recursos generó la necesidad de más mano de obra, y que esta nueva clase obrera precisaba de dirección y gestión, lo cual llevó al desarrollo de una superestructura estatal y un gobierno. Posteriormente, la burocracia introducida por este nuevo sistema de gobierno habría precisado de una estructura física de apoyo, como templos y centros administrativos. Más tarde, la creciente centralización de la actividad económica debió de exigir el desarrollo de métodos más precisos de registro, dando así paso a la invención de la escritura, las matemáticas, etc. Estas habilidades tenían que ser transmitidas, de ahí el desarrollo de escuelas para formar a una mano de obra especializada. Se formaba a la gente para convertirse en escribas, gestores, habilidosos artesanos, constructores, médicos, científicos, sacerdotes y otros cargos en elevados niveles gubernamentales. Para entonces, se había dado toda una transición desde el clan o la ley tribal hasta un estado de gobernanza moderno reconocible. En términos arqueológicos se denomina a este cambio la Revolución Urbana.
La sagrada trinidad sumeria: Poniendo los cimientos
El simbolismo y la religión llevaron al desarrollo de la agricultura y la domesticación, y no al revés (Peters, Schmidt, Dietrich y Pöllath, 2014). La religión fue el catalizador de todo con anterioridad a la Revolución Urbana. Comprender esta idea es tomar conciencia de cuán importante era la religión para los sumerios. Podemos deducir que las culturas cazadoras-recolectoras y precivilizadas valoraban también enormemente los rituales y la espiritualidad. Sin embargo, en un momento determinado, probablemente con los sumerios, los rituales se organizaron en una religión. Los sumerios tenían una estructura muy clara para su espiritualidad y sus ritos, algo que sabemos gracias a los escritos que dejaron tras ellos. Los mitos mesopotámicos que nos han llegado son relatos escritos que, en un principio, se perpetuaban a través de la tradición oral. Por tanto, tenemos que intentar comprender su significado dentro de un contexto más amplio, el del subtexto mayor que se daba por sobrentendido dentro de la sociedad y que no se plasmó por escrito. Tampoco ayuda el hecho de que muchas de las tablillas en las cuales se registraron estos mitos estuvieran rotas, algo que resulta bastante habitual en el estudio de los textos sumerios –de hecho, en todos los textos antiguos–. Así pues, a medida que avances en la lectura de este capítulo, recuerda que la visión general de la religión sumeria que se te va a ofrecer aquí es la interpretación normalmente aceptada por expertos y expertas. En modo alguno es todo cuanto hay que decir al respecto ni tampoco la única interpretación posible. No obstante, convendrá establecer una narrativa base para los dioses y diosas mesopotámicas con el fin de que dispongas de un buen punto de referencia cuando llegue el momento de analizar interpretaciones alternativas a estos mitos, a medida que este capítulo se desarrolle.
Aunque existen multitud de volúmenes de textos sumerios a la espera de ser estudiados, de entre los traducidos hasta la fecha, más de cincuenta cuentan relatos de las diosas y dioses sumerios a los que se dio en llamar los anunnaki. Estos relatos son siempre fragmentarios y, claro está, no forman un conjunto coherente, dado que existen diferentes versiones o variantes en las tramas, las genealogías divinas, etc., y en ocasiones hacen referencia a otros relatos que aún no hemos descubierto. De aquí las dificultades a las que nos enfrentamos para comprender con claridad las creencias de los sumerios. Con todo, un buen número de grandes figuras emergen de forma relativamente coherente a partir de los registros históricos.
La religión mesopotámica no es sólo politeísta, no sólo consta de una multiplicidad de dioses; sino que, en contra de la creencia habitual, resulta bastante difícil saber el número exacto de dioses y diosas que la componen, porque no siempre resulta fácil determinar si un nombre representa a un dios hasta el momento desconocido o si es un epíteto de un dios ya conocido. A medida que se descubren y se descifran textos, vamos obteniendo una imagen más clara, pero para esto necesitamos tiempo. A partir del tercer milenio, las ciudades-Estado de Mesopotamia parece que acordaron un panteón común, al que cada ciudad añadió algún tipo de panteón local. Las divinidades eran jerárquicas, según el modelo del poder real, sobre todo al diferenciar entre los anunnaki, los «grandes» dioses, y los igigi, los «pequeños» dioses. El dios que ejercía el poder supremo era Enlil, cuyo santuario se encontraba en Nippur, que constituía la capital religiosa, que no política, del país. Y parece ser que, con el tiempo, la religión mesopotámica se concentró en torno a un número más reducido de grandes figuras divinas, en la medida en que los «grandes» dioses absorbían las prerrogativas de deidades mucho menos importantes y desarrollaban una personalidad propia. Con el tiempo, Babilonia llegaría a centrarse en un dios único y nuevo, Marduk, a quien los babilonios veían como al sucesor espiritual de Enki, sobre todo en el papel que desempeñó en la creación de los seres humanos. Y, aunque no podemos considerarlo como una forma de monoteísmo, todos los poderes supremos quedaron congregados en las manos de un único dios supremo.
Al estudiar a los anunnaki, una queja habitual es que resulta complicado seguir el rastro de quién es quién. La mayoría de las veces, los nombres de dioses y diosas se nos dan tanto en sumerio como en acadio, del mismo modo que con las divinidades griegas y romanas. Por ejemplo, la diosa griega del amor, Afrodita, era conocida como Venus por los romanos. Y lo mismo ocurre con Mesopotamia, donde los nombres de las principales deidades se suelen presentar así: nombre sumerio/nombre acadio. Esto puede confundir mucho en un principio, pero puedo asegurarte que, tras la lectura de este libro, comprenderás mejor la naturaleza de estas deidades. En el capítulo 3 tienes un perfil y una descripción de cada deidad anunnaki, que te servirá de guía de referencia en tu posterior estudio. Pero, de momento, echemos simplemente un vistazo a algunos puntos generales para, de este modo, obtener una idea más ajustada de la visión sumeria del mundo.
De forma un tanto similar a la religión cristiana, los sumerios tenían también una santísima trinidad, formada por An/Anu, Enlil/Ellil y Enki/Ea. Los tres dioses principales del panteón mesopotámico eran reconocidos como los dioses supremos en todas las ciudades-Estado y se citaban por orden de importancia decreciente. An/Anu era el dios padre de Enki y Enlil, con quienes posteriormente sería sincretizado. El sincretismo religioso se da cuando los símbolos, deidades, mitos o rituales de una religión se combinan con los de otra religión o con una combinación de componentes de diferentes religiones para conformar un nuevo sistema. El término sincretismo se remonta al griego , y significa «unión». Éste es el motivo por el cual, cuando leemos algo acerca de los sumerios, podemos encontrarnos con referencias a An y Anu como identificando al mismo dios.
A Enki se le suele describir en términos muy reales, biológicos, en tanto que a Enlil se le describe como a un espíritu, o «Señor Espíritu». La palabra sumeria líl, cuyo equivalente acadio es zaqîqu, significa «espíritu, fantasma, encantado» (Michalowski, 1989, p. 98; Tinney, 1996, pp. 129-130; Michalowski, 1996). Pero hay expertos que dicen que ésta no puede ser una traducción correcta, porque no parece tener sentido en el contexto de las capacidades mitológicas de este dios. Veremos esto con más detalle en el capítulo 4. Sin embargo, lo que sí queda claro en este contexto son los orígenes sumerios de una trinidad patriarcal compuesta por un padre celestial, un hijo y un espíritu santo, todos los cuales tenían un poder igual, aunque compartido, sobre la humanidad.
Éstas eran las tres deidades principales. No obstante, la progenie de An no terminaba ahí, y sus otros hijos e hijas serían conocidos como los anunnaki. Sin embargo, los expertos no tienen claro si los anunnaki eran o no verdaderas deidades. Los detalles relativos a este misterioso colectivo están muy dispersos. De hecho, nadie sabe siquiera con seguridad cuántos anunnaki había en total. En un texto se sugiere que eran unos cincuenta, mientras que en otro dice que eran siete. Un relato completamente aparte cuenta que Marduk asignó a 300 anunnaki para cumplir con sus obligaciones en los cielos, y a otros 300 en el inframundo, totalizando así 600 anunnaki. Así pues, no existe consenso sobre el número de anunnaki.
El propósito principal de estos seres, tal como se explica en el mito sumerio Enki y el orden mundial, era decidir el destino de los seres humanos. También se dice que residían en el inframundo. Muchos relatos populares modernos nos llevan a pensar que a los anunnaki se les dio culto religioso; y, aunque esto podría parecer lógico, no existen evidencias contundentes de ello en los registros arqueológicos, con la excepción de sólo tres declaraciones en textos administrativos del período de Ur III, que dan a entender que se hacían ofrendas a los anunna (anunnaki). En los mitos de Mesopotamia, sin embargo, su importancia difiere. Por ejemplo, a Enki se le representaba como inferior en rango a An y Enlil; y, en algunos casos, como en el mito de la inundación, Enki tenía una importante intervención. An era el dios de «lo alto». Se decía que había sido el primer dios en gobernar el universo, quien había establecido el orden cósmico; pero en la mayoría de los relatos está como más apartado, dejando el poder a su hijo Enlil.
El santuario principal de Enlil estaba en Nippur, desde donde gobernaba al pueblo. Enlil estaba ligado al cielo y al aire, y era similar al dios griego Zeus en que era el líder supremo de los dioses. Pero las similitudes se detienen ahí, pues Enlil no era el más fuerte de los dioses, y estaba lejos de ser el más sabio. Varios mitos le dan a Enlil un papel sorprendentemente pequeño en la creación del universo. Hay mitos que incluso lo retratan como torpe o brutal. El santuario central de Enlil estaba en el templo de Ešumeša, en Nippur. Enlil tenía una esposa, una diosa llamada Ninlil. Juntos, Enlil y Ninlil formaban una pareja real, comparable a Zeus y Hera.
A Enki/Ea se le suele representar como al más inteligente e ingenioso de los dioses, por lo que ejercía funciones técnicas en el poder. Con frecuencia le llaman Nudimmud, «aquél cuya ocupación es manufacturar y producir». Símbolos divinos de poder, que aparentemente representaban diversos aspectos de la vida civilizada, se «concretaron» bajo el aspecto de joyas o talismanes que incrementaban el poder de un dios cuando estos objetos se los concedía otro dios. Enki tenía un importante santuario en Eridú. En la geografía mundial mítica, An y Enlil residían en el palacio de los dioses celestiales, An en un lugar más elevado que Enlil, mientras que Enki, aunque frecuentemente se mudaba también arriba, disponía de una residencia aparte, el Abzu, caracterizada por hallarse bajo la capa freática de agua dulce sobre la cual flota el disco plano de la Tierra donde habitan los humanos. Enki creó también a los Apkallu, los Siete Sabios, los «sumamente expertos» del Abzu, que adoptaron la forma de un pez con una segunda cabeza con rostro humano. Enki utilizaba a los sabios como intermediarios para llevar la cultura y la civilización a los seres humanos. Según el mito, los Apkallu se salvaron de la Gran Inundación, el mismo diluvio que, según los expertos, debió de ser la fuente original del diluvio de la Biblia. Pero existen otros muchos dioses y mitos sumerios que guardan una relación directa con los relatos del Antiguo Testamento. Esta conexión bíblica es uno de los muchos motivos por los que los dioses de Mesopotamia merecerían un estudio más profundo, no precisamente para reforzar los argumentos de una religión u otra, sino para remarcar el incontrovertible hecho de que estos anunnaki conservan su conexión con la humanidad incluso ahora, después de miles de años.
Lo que hemos visto hasta aquí es la narrativa aceptada de los dioses mesopotámicos, pero ésta no es en modo alguno la única interpretación. A pesar de la importancia de los textos sumerios, historiadores e historiadoras aún tienen que descifrar la mayor parte de lo que se ha excavado, lo cual deja una brecha en nuestra base colectiva de conocimientos, que se ha ido ampliando a lo largo de tantos años. De hecho, da la impresión de que en cuanto se resuelve un misterio aparece otro. El mundo académico aún no se ha puesto de acuerdo en muchos aspectos del Problema Sumerio, un asunto mucho más importante que una simple cuestión de origen. Y así, ha habido quien ha dado un paso al frente para ofrecer sus teorías e interpretaciones de los mitos sumerios, dejando aún más preguntas por responder. Una de las figuras más populares en esta búsqueda fue Zecharia Sitchin.
Una novedosa perspectiva
Mucha gente ha oído hablar de los anunnaki bien a través de los relatos académicos convencionales o bien a través de los medios de comunicación populares. Los anunnaki y sus mitos llamaron la atención del público cuando el escritor Zecharia Sitchin reinterpretó estos mitos en su libro El 12.º planeta, en 1976.[01] Fue en este libro, así como en otros posteriores, donde Sitchin presentó una cosmología alternativa sobre los anunnaki. Sitchin fue, hasta cierto punto, una figura controvertida. La mayoría del mundo académico desestima sus interpretaciones sobre las tablillas sumerias y considera que sus teorías son pseudociencia. Otros expertos le respetan por su pasión y su dedicación, así como por haber sacado a la palestra los mitos sumerios. Pero ¿quién fue Sitchin?
Zecharia Sitchin nació en Bakú, la capital y la ciudad más grande de Azerbaiyán, en 1920. Vivió en Palestina durante treinta años para, finalmente, trasladarse a Estados Unidos. Durante su estancia en Oriente Próximo, Sitchin aprendió hebreo antiguo. Estudió ciencias económicas en la Universidad de Londres y fue editor y periodista en Palestina durante el mandato británico antes de mudarse a Nueva York en 1952, donde trabajó como ejecutivo para una naviera. A pesar de tener un empleo de lo más mundano, Sitchin no perdió su pasión por la historia y la arqueología, y era profundamente religioso. Dedicó gran parte de su juventud a reunir materiales sobre las culturas prehistóricas y, con el tiempo, aprendió sumerio de manera autodidacta.
La teoría de Sitchin quedó perfectamente expuesta y matizada en siete libros que constituyen la serie que él mismo denominó Las Crónicas de la Tierra. Su reinterpretación de los mitos sumerios está claramente influenciada por los trabajos previos de otros autores que creían en la teoría del paleocontacto, popularmente conocida hoy como la teoría de los astronautas de la antigüedad o la teoría alienígena de la antigüedad. Las influyentes obras de teóricos de los astronautas de la antigüedad como Erich von Däniken e Immanuel Velikovsky sugieren que seres extraterrestres desempeñaron un papel importante en la historia antigua. Todos estos teóricos reinterpretan los mitos de Mesopotamia desde una perspectiva moderna, de la era espacial, motivo por el cual comparten atributos comunes. En el siguiente capítulo examinaremos las teorías de Immanuel Velikovsky, pero, primero, echemos un vistazo a los puntos de vista de Sitchin en una versión muy condensada.
Según Sitchin, el universo no siempre fue tal como lo conocemos hoy en día. En los orígenes, había un huevo cósmico, una masa atómica concentrada que estalló tras alcanzar un teórico «límite de densidad», hace alrededor de 15 000 millones de años. Este abrumador acontecimiento arrojó escombros cósmicos por todo el espacio. Algunos de esos fragmentos incandescentes formaron las estrellas, mientras que otros se enfriaron y formaron planetas y meteoritos. Los restos de la explosión, viajando por el espacio, terminaron formando las galaxias que constituyen el universo. Posteriormente, las fuerzas gravitatorias de nuestro sistema solar atrajeron a un planeta rojizo llamado Nibiru, que se introdujo en nuestro sistema por debajo de la eclíptica, pasando a través de las órbitas de Neptuno y Urano.
La intensidad de su campo magnético hizo que Urano girara sobre su costado, permitiendo así el paso a Nibiru. Por entonces no existía el planeta Tierra, pero sí un planeta mucho más grande llamado Tiamat, que estaba cubierto principalmente de agua. En el curso de su trayectoria, uno de los satélites de Nibiru impactó contra Tiamat y lo partió en dos mitades. La mitad que recibió el impacto quedó pulverizada y dio origen al cinturón de asteroides existente entre Marte y Júpiter. La otra mitad de Tiamat salió despedida hacia una órbita más cercana al Sol, la actual órbita terrestre. Durante este proceso, la gravedad de la Tierra atrapó a una de las lunas de Nibiru, tomándola como satélite propio. El primer tránsito de Nibiru por el sistema solar fue el responsable de la actual configuración de éste. Plutón era una luna de Saturno que, atraída por la gravedad de Nibiru, terminó alejándose y tomando una órbita propia alrededor del Sol. Nibiru tiene un período orbital de 3600 años, y se mueve en torno a dos soles. Sitchin afirmaba que los sumerios describían a Nibiru como cuatro veces más grande que la Tierra, y que Nibiru era el responsable de las grandes catástrofes que se producían en la Tierra cada vez que Nibiru atravesaba el sistema solar. Sitchin decía que la aproximación de este planeta fue lo que provocó el diluvio, tanto del mito mesopotámico como de la Biblia, debido a un desplazamiento de los polos de la Tierra.
En el relato de Sitchin, Nibiru era el planeta madre de un pueblo que los antiguos describieron como una «raza de dioses», o anunnaki. Tales dioses visitaron la Tierra en el pasado y tuvieron una profunda influencia en la cultura humana. Según las propias traducciones de Sitchin, anunnaki significa «aquellos que descendieron de los cielos», también conocidos como nefilim o elohim por los hebreos, y como neter por los antiguos egipcios. Estos dioses alienígenas aterrizaron en la antigua Mesopotamia hace alrededor de 450 000 años, y colonizaron la Tierra con la intención de extraer grandes cantidades de oro. Anu, Enki y Enlil llegaron al sur de Mesopotamia, donde establecieron el asentamiento de Eridú, que, según la traducción de Sitchin, significa «hogar lejos del hogar».
Sitchin proseguía su relato afirmando que los anunnaki construyeron después las instalaciones necesarias para la colonización del planeta y para sus trabajos de minería; y que, con el fin de asegurar su subsistencia, crearon el Edén, lo que vendría a ser un complejo agrícola y ganadero. Poco después, descubrirían abundantes depósitos de oro en el sur de África, por lo que Anu, satisfecho, dejó el mando de la misión a Enlil, mientras Enki gestionaba las minas de oro en lo que hoy en día es Zimbabue. Pero los anunnaki que le acompañaban, que no estaban acostumbrados a un trabajo tan duro, no tardaron en rebelarse, lo cual nos retrotrae al relato bíblico en el cual hay una rebelión contra los elohim.
Sin embargo, Enki propuso una posible solución al problema. Enki había estado estudiando a algunos grupos de Homo erectus que, por entonces, habitaban el sur de África, y pensó que quizás ellos podrían llevar a cabo los trabajos mineros. Hizo capturar a una hembra y se la llevó a Enlil. A partir de este punto, Sitchin reinterpretaba la historia de la creación de un modo más científico que narrativo, al afirmar que los anunnaki manipularon genéticamente un óvulo de esta hembra, para injertarle a continuación el ADN de la esposa de Enki, Ninhursag. De este modo, hace alrededor de 200 000 años, los anunnaki desarrollaron un híbrido estéril, inteligente y físicamente fuerte. Lo llamaron lulu y procedieron a clonarlo. Los lulu fueron creados con el único propósito de obedecer y trabajar. Entusiasmado y divertido con el experimento, Enlil ordenó a sus científicos anunnaki que crearan otros seres nuevos mezclando el ADN del lulu con el de otros animales de la Tierra, creando así una multitud de quimeras.
La creación de estas quimeras explicaría supuestamente la existencia de tantos dioses primitivos antropomórficos, así como las versiones mixtas de humanos y animales. Pero dado que se trataba de clones genéticamente modificados, estos seres no podían tener descendencia. Entonces, Enki pensó que sería bueno que el lulu tuviera descendencia. Enlil se mostró en desacuerdo, pues temía que la nueva especie se multiplicara de manera incontrolable y pudiera rebelarse, perjudicando a la larga la misión de los anunnaki en la Tierra. Pero Enki respondió que, con un número tan limitado de lulus, la misión fracasaría. De modo que Enlil, a regañadientes, terminó aprobando la fertilización del lulu, creando así al primer hombre o Adamah (origen del nombre Adán).
Con el transcurso del tiempo, la idea de que el adamah pudiera ser peligroso debido a que conservaba sus atributos y comportamientos de cazador-recolector dividió a los anunnaki. Enlil recibió el apoyo de la familia real y el Ejército, todos los cuales deseaban eliminar al adamah en favor de los controlables y dóciles clones de lulu. Por su parte, Enki, apoyado por científicas y científicos, creía que un adamah educado y bien entrenado constituiría un valioso recurso para los anunnaki, y que, en el futuro, cuando éstos regresaran a su hogar, los adamah podrían gobernar la Tierra. Por desgracia para los adamah, Enlil montó en cólera cuando se enteró de que humanos y anunnaki habían comenzado a establecer relaciones sexuales e incluso a procrear. Acusó a las hembras humanas del pecado original e, intentando evitar que el problema llegará a Eridú, dio orden de que expulsar a los seres humanos del Edén, episodio que también aparece en la Biblia.
Mientras tanto, en África, Enki había comenzado a transmitir conocimientos a determinados seres humanos con el fin de crear el primer linaje de reyes. Les concedió el título de sacerdote y fundó la primera escuela de misterios. La norma en la escuela era de una obediencia total y absoluta, so pena de ser castigados con la muerte. Los reyes adoptaron la idea del poder absoluto, de tal manera que terminaron sometiendo y explotando a los trabajadores y haciendo uso de la violencia para controlarlos. También se capturó a seres humanos primitivos con el fin de convertirlos en esclavos tras las correspondientes manipulaciones genéticas.
Posteriormente, el sistema colonizador alienígena entró en declive debido a la baja productividad y a las rebeliones de los esclavos humanos, sobre todo en las minas. Se establecieron linajes de reyes y se registraron sus nombres en lo que hoy conocemos como la Lista de los Reyes Sumerios, considerados posiblemente progenie directa de los propios anunnaki. Estos reyes fueron los primeros iniciados de la escuela de misterios, versados en ciencias tales como las matemáticas y la astronomía, y con conocimientos amplios en medicina, arquitectura e ingeniería.
Según la línea temporal de Sitchin, Anu murió hace 100 000 años y le sucedió Enlil como rey de los dioses. Al asumir el cargo, Enlil tuvo que regresar a Nibiru, mientras Enki, su hermanastro, hijo de una concubina, sabiendo que no podía aspirar al trono, continuó en la Tierra, viendo en nuestro planeta sus propios dominios. Enlil, enfurecido, partió, mientras que Enki, no sabiendo qué hacer con todo el oro abandonado, comenzó a darlo a modo de regalo a los más fieles de entre los humanos. Después, hace alrededor de 50 000 años, Enki abandonó África y se trasladó a Eridú, acompañado por sus más leales reyes, sacerdotes e iniciados, así como por su pueblo, dando lugar de este modo a la primera migración humana de importancia desde África a Oriente Próximo. Tiempo después, habría una revuelta en Nibiru, tras la cual Enlil sería desterrado por su propia familia real. No mucho después, Enki sería llamado a Nibiru como heredero al trono. Con este episodio, hace alrededor de 5 000 años, los anunnaki abandonaron la Tierra.
Panspermia
Sitchin, que falleció en 2010, no era el único que creía que la humanidad era el producto de una manipulación genética realizada por extraterrestres, pues las teorías genómicas extraterrestres se remontan incluso a la época clásica. El filósofo griego Anaxágoras puso los cimientos de la hipótesis de los astronautas de la antigüedad con su concepto de panspermia. Anaxágoras creía en la existencia de unas minúsculas semillas o spermata por todo el cosmos –de ahí el prefijo pan–. Posteriormente, en el siglo XVIII, Benoît de Maillet ahondó en la idea al afirmar que estas «semillas» habían caído del espacio en el océano. En general, la premisa básica de la panspermia es que la vida primitiva, teniendo su origen en otro cuerpo sideral, había sido depositada en la Tierra a través de un cometa, un asteroide o cualquier otro tipo de detrito espacial.
La panspermia ofrece una alternativa a lo que el mundo científico denomina abiogénesis, o generación de vida a partir de materia no viva. Desde esta hipótesis, la vida primitiva pudo haberse formado originalmente en algún otro punto del universo, y los fundamentos de la vida podrían haberse sembrado en la Tierra al igual que en cualquier otro planeta habitable. En 1903, Svante Arrhenius (1859-1927), físico y químico sueco ganador del Premio Nobel, formalizó el concepto de panspermia, teorizando que esporas microbianas podrían haberse difundido por el espacio merced a la radiación emitida por las estrellas, y que estas esporas fueron, posiblemente, las simientes de la vida en la Tierra primitiva (Arrhenius, 1908).
La teoría de la panspermia atrajo un gran interés posteriormente, durante los siglos XIX y XX
