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El gran historiador estadounidense Guillermo Prescott nació en 1796 y dedicó su vida al estudio del Imperio español. Sus tres obras principales: Historia de la Conquista de México, Historia de la Conquista del Perú e Historia de los Reyes Católicos, son obras de referencia traducidas a varios idiomas. Para escribir La Historia de la Conquista del Perú, Prescott utilizó numerosos documentos que ordenó recopilar de los archivos españoles. Esta edición resumida, más sin dejar de lado ningún hecho fundamental, corresponde a la etapa más importante en la historia de la conquista del vasto imperio Incaico. Abarca desde los primeros pasos dados en preparación para la conquista, hasta la muerte de Atahualpa, el último emperador inca.
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Seitenzahl: 113
Veröffentlichungsjahr: 2023
Guillermo Prescott
LA CONQUISTA DEL PERU
Primera edición
PRESENTACIÓN
Acerca del autor
Acerca de la obra
LA CONQUISTA DEL PERU
I - FRANCISCO PIZARRO
II - PRIMERA EXPEDICIÓN
III - UN CONTRATO FAMOSO
IV - NUEVOS DESCUBRIMIENTOS
V - TERCERA EXPEDICION
VI - EL PERU EN LA EPOCA DE LA CONQUISTA
VII - AVANCE TRIUNFAL DE LOS ESPAÑOLES
VIII - LA VISIT A AL INCA
IX - LA PRISION DEL INCA
X - EL RESCATE DE ATAHUALPA
XI - LA MUERTE DEL INCA
William Hickling Prescott (Salem, Massachusetts, 4 de mayo de 1796 - Boston, 29 de enero de 1859), conocido más como William H. Prescott, o en el mundo hispánico como Guillermo Prescott fue un historiador e hispanista estadounidense y está considerado como uno de los historiador norteamericano más importante del siglo xix, Sus obras sobre la conquista de México y Perú forman parte de la bibliografía esencial de cualquier persona interesada en la historia hispanica.
Hijo de William Prescott Jr., abogado, y de Catherine Greene Hickling, descendía de una prominente familia de origen inglés. Su abuelo paterno, William Prescott, sirvió como coronel de los patriotas en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, y tuvo un destacado papel en la batalla de Bunker Hill. William H. Prescott descendía, por línea materna, del capitán John Linzee, quien combatió en la misma batalla, pero en el bando realista. Las espadas entrecruzadas de ambos soldados, que en su día adornaron la biblioteca del historiador, se encuentran hoy en la Sociedad Histórica de Massachusetts.
Siendo aún joven, sufrió una seria lesión en uno de sus ojos a causa de una corteza de pan duro lanzada con fuerza mientras asistía a la Universidad Harvard, donde se graduó en leyes en 1814. Posteriormente, realizó un extenso viaje por Europa, en el que visitó Inglaterra, Francia e Italia, desde abril de 1816 hasta julio de 1817.
Aunque la lesión ocular se agravó y se extendió al otro ojo y no le permitía leer apenas sino unas horas al día, decidió dedicarse a la historia. En esta decisión, contó con el pleno apoyo de su familia, que poseía medios más que suficientes. Su peculiar método de trabajo consistía en requerir la ayuda de un secretario que le leyera en voz alta; gracias a que desarrolló una excelente memoria sonora (podía recordar hasta sesenta páginas leídas, al pie de la letra), pudo redactar sus primeros trabajos.
En 1821, realizó su primera contribución a la North American Review: un repaso a las cartas de Lord Byron a Alexander Pope. A dicha revista remitió después durante largos años los resultados de sus investigaciones, que por entonces iban desde la literatura francesa hasta el drama isabelino, las baladas inglesas y la literatura italiana. Aunque en un primer momento pensó en dedicarse por entero a esta última, empezó a apasionarse por la hispanística, en virtud de la amistad que empezó a cultivar con el profesor de Harvard e hispanista George Ticknor, quien más tarde sería su biógrafo (The life of William Hikcling Prescott, Boston, 1864, revisada en 1875), y decidió especializarse en la historia de España e Hispanoamérica. Asimismo, trabó amistad con el hispanista y bibliógrafo Obadiah Rich (1783-1850). El 4 de mayo de 1820 se casó con Susan Amory.
Su primera obra fue The History of the Reign of Ferdinand and Isabella, the Catholic (1837), que alcanzó un éxito inmediato. Escribió asimismo diversos estudios críticos e históricos mientras se documentaba para escribir su obra más importante, la Historia de la conquista de México (1843) con ayuda del arabista español Pascual de Gayangos y Arce. Su éxito internacional le granjeó un gran prestigio y le animó a emprender también Historia de la conquista de Perú (1847). Aunque su vista iba debilitándose a causa de los esfuerzos a que la sometía, no cesó sus trabajos, sufrió una apoplejía en 1858 y murió al año siguiente, dejando inacabada su Historia de Felipe II (vols. I y II, 1855; vol. III, 1858). Todas estas obras fueron traducidas a numerosas lenguas y le ganaron el aprecio de los mayores espíritus de su época.
Por más que los trabajos de Prescott aparezcan hoy como superados, su obra sobrevive gracias a su aliento narrativo, su imparcialidad y rigor documental y el vigor y plasticidad de su excelente estilo, y se considera por ello uno de los mejores historiadores norteamericanos y el primero en ser valorado como tal a la otra orilla del Atlántico. Sus Misceláneas biográficas y críticas aparecieron en 1859. Sus obras completas aparecieron en 16 volúmenes editadas por J. F. Kirk entre 1870 y 1874.
Para escribir la Historia de la conquista del Perú Prescott se valió de numerosos documentos que mandó recoger de los archivos españoles. Cuando ya se disponía a comenzar su trabajo, tuvo la desgracia de quedar casi ciego y, por momentos, ciego del todo. Pero quien describió con mano maestra las vidas hazañosas de Hernán Cortés y Francisco Pizarro, no podía retroceder ante ese impedimento físico. Valiéndose de secretarios y de esos aparatos que emplean los ciegos para trasladar su pensamiento al papel, fue con heroica paciencia produciendo página tras página de su extraordinario libro.
Esta edición resumida, pero sin dejar de lado ningún hecho fundamental, corresponde a la etapa más importante de la historia de la conquista del vasto imperio incaico. Comprende desde los primeros pasos que se dan preparando la conquista, hasta la muerte de Atahualpa el último soberano del imperio inca.
A los oídos de los españoles establecidos en Panamá y sus alrededores llegaban noticias de la existencia de un imperio tan rico o más que el de los aztecas, que ya había sido conquistado por Hernán Cortés. Pero. si bien se lo ubicaba en el sur, su posición exacta era sólo objeto de conjeturas. La gran región intermedia ocupada por indios belicosos y la escasa experiencia de los marinos españoles ante mares desconocidos, dificultaban la conquista de ese imperio, haciendo retroceder a los corazones más intrépidos.
La pequeña ciudad de Panamá fue durante algunos años el centro de las discusiones y de los proyectos, a menudo fantásticos, que alentaban numerosos aventureros acerca de la organización de una empresa destinada a apoderarse del Perú incaico. El deseo ardiente de hacer nuevos descubrimientos era estimulado en ellos por las deslumbrantes riquezas que se habían obtenido con tanta facilidad en Méjico.
Así se explica que en el año 1524 tres hombres, en quienes el espíritu de aventura se sobrepuso a todas las dificultades y peligros, se pusieran de acuerdo para llevar adelante una empresa que figura entre las más heroicas empresas humanas. Uno de esos tres hombres se destacó por su carácter y aptitudes. Era Francisco Pizarro, que ocupó en la conquista del Perú el mismo puesto eminente que Hernán Cortés en la conquista de Méjico.
Francisco Pizarro nació en Trujillo, ciudad de Extremadura, en España. La fecha de su nacimiento es desconocida, aunque se cree que fue en el año 1471. Su padre, Gonzalo Pizarro, era coronel de infantería y sirvió con alguna distinción en las campañas italianas bajo las órdenes del Gran Capitán. Su madre, Francisca González, era de humilde condición.
Poco se sabe de los primeros años de nuestro héroe y, aún lo poco, es inseguro. Según algunos, sus padres lo abandonaron, dejándolo como expósito a la puerta de una de las iglesias principales de Trujillo. Añade la leyenda que hubiese muerto a no haberle dado de mamar una puerca, nodriza más improbable que la loba que amamantó a Rómulo y Reno, fundadores de Roma. La historia de los primeros años de los hombres que luego se han hecho famosos ofrece siempre un campo fértil a la inventiva.
Es indudable, sin embargo, que el joven Pizarro fue poco atendido por sus padres y que su educación quedó confiada a la naturaleza. No se le enseñó a leer y escribir; su principal ocupación fue la de porquerizo o cuidador de cerdos. A medida que Pizarro creció en años, su carácter ardiente se revelaba contra ese género de vida. Las noticias que llegaban a España del Nuevo Mundo seducían a la juventud y eran el tema obligado de las conversaciones. No es raro por eso que se sintiera contagiado por el entusiasmo popular y aprovechara el momento oportuno para abandonar su empleo y escaparse a Sevilla, puerto en que se embarcaban los aventureros españoles para ir a buscar fortuna en las Indias Occidentales, o sea América. Pizarro lo hizo, sin duda, con el corazón alegre y sin ningún pesar por alejarse del cuidado de sus cerdos.
Se ignora el año en que ocurrió este importante suceso de su vida. Se oye hablar por primera vez de él en el Nuevo Mundo a raíz de haber sentado plaza en 1510 en la expedición organizada en la isla Española con destino a Uraba en Tierra Firme, bajo las órdenes de Alonso de Ojeda, varón cuyo carácter y hazañas son dignos de las páginas inmortales de Cervantes. Hernán Cortés, cuya madre se apellidaba también Pizarro y era, según se dice, parienta del padre de Francisco, estaba entonces en Santo Domingo y se disponía a marchar con la expedición de Ojeda, lo que no pudo hacer por haberse lastimado ligeramente un pie. Si hubiese ido, la caída del imperio azteca, su obra magna, se hubiese retardado por algún tiempo y quizás el cetro de Moctezuma se hubiese trasmitido pacíficamente a la posteridad.
Pizarro compartió con sus compañeros las desgracias que sufrió la colonia de Ojeda, y su discreción inspiró tal confianza a su jefe, que le confió el mando del establecimiento, cuando tuvo que regresar en busca de provisiones. En ese puesto peligroso se mantuvo por espacio de unos dos meses, hasta que la muerte disminuyó el número de· hombres de la colonia y resultó posible embarcar a los pocos que quedaban en el único buquecillo que poseían.
Con posterioridad, vuelve a aparecer Pizarro asociado a Vasco Núñez de Balboa, el descubridor del océano Pacífico, y cooperando con él en la fundación de la colonia de Darien. Tuvo la gloria de acompañar a este intrépido español en su terrible marcha a través de las montañas y de ser uno de los primeros europeos cuyos ojos contemplaron las aguas azules del tan anhelado mar del Sur.
Muerto prematuramente Balboa, Pizarro se adhirió al gobernador Pedrarias, quien lo ocupó en varias expediciones militares que, si bien no le producían grandes ganancias, lo acostumbraban a las privaciones y peligros que había de afrontar más adelante como conquistador del Perú.
En el año 1515 se le encomendó, con otro militar llamado Morales, la misión de cruzar el istmo de Panamá y comerciar con los indios de las playas del Pacifico. Allí, mientras se afanaba en recoger su botín de oro y perlas, su mirada se extendía a lo largo de la costa hasta perderse en el horizonte y su imaginación se inflamaba al concebir la posibilidad de descubrir y conquistar las misteriosas regiones ocultas tras la inmensa mole de las montañas. Su nombre se hizo célebre en más .de una arriesgada expedición en que había que luchar a brazo partido con tribus que defendían palmo a palmo su territorio. Pero por gloriosas que fuesen esas hazañas, poco oro le producían. Al cumplir cincuenta años el capitán Pizarro sólo poseía un lote de tierra malsana y un repartimiento de indios como premio a sus servicios militares. El Nuevo Mundo era una lotería en que eran tan escasos los premios grandes que casi todas las probabilidades estaban contra el jugador, a pesar de estar dispuesto a arriesgar su salud, su fortuna y hasta su vida.
Tal era la situación de Francisco Pizarro en 1522, cuando Andagoya regresó de su expedición incompleta al sur de Panamá, trayendo noticias, mucho más amplias que las conocidas hasta entonces, de la opulencia y grandeza de las regiones situadas al sur, a las que denominaba el "Birú". Los padecimientos y las dificultades que habían debido sufrir los expedicionarios retraían, sin embargo, a los españoles más animosos y les quitaban todo deseo de imitarlos. Pizarro, carente de recursos, no tenía la más remota esperanza de realizar sus viejos sueños. Pero, inesperadamente, encontró el auxilio que necesitaba en dos españoles, cuyo papel en los acontecimientos posteriores es tan importante que no podemos dejar de referirnos particularmente a cada uno de ellos. Se llamaban Diego de Almagro y Hernando de Luque.
El primero era un soldado de fortuna, probablemente de más edad que Pizarro, nacido en Almagro, Castilla la Nueva, según se deduce de su nombre. Poco se sabe de su origen y primeros años, porque era uno de aquellos seres a quienes la fermentación de las épocas turbulentas levanta de golpe a la superficie, haciéndolos menos dichosos quizás de lo que hubiesen sido de permanecer siempre en la oscuridad y el anonimato. Almagro había alcanzado la reputación de soldado valiente. Poseía un carácter franco y generoso, aunque algo atropellado y violento en sus pasiones; su temperamento sanguíneo hacía que fuera fácil apaciguarlo después del primer estallido de su genio. Poseía, en resumen, todas las cualidades y los defectos del hombre honrado que no ha sido mejorado por la disciplina de la educación o el dominio de sí mismo.
El segundo era un eclesiástico español que desempeñaba las funciones de cura en Panamá y había sido antes maestro de escuela en la catedral de Darien. Parece haber sido hombre de singular prudencia y conocimiento del mundo. Sus cualidades respetables le habían permitido ganar mucha influencia en la pequeña sociedad del Nuevo Mundo y manejar fondos. Su cooperación al buen éxito de la empresa era, por lo tanto, indispensable.
A esos tres hombres - Pizarro, Almagro y Luque - se debe la conquista del Perú. Juntos prepararon pacientemente una de las expediciones más notables de todos los tiempos.
