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El libro completa las conclusiones a las que han llegado otros trabajos sobre el tema y demuestra que el resultado del proceso de conversión no fue exclusivamente el esplendor del culto sino un traslado del lenguaje musical y del ritual indígena al calendario cristiano.
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Seitenzahl: 426
Veröffentlichungsjahr: 2016
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
LA CONQUISTA MUSICAL DE MÉXICO
Primera edición, 1993 Segunda reimpresión, 2006 Primera edición electrónica, 2016
D. R. © 1993, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
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ISBN 978-607-16-4400-8 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Seguramente el lector de este libro participará de la fascinación que ejercen sobre nosotros, habitantes de un siglo XX que termina, los textos castellanos del XVI en los que conquistadores, misioneros, funcionarios y otros autores fuera de la clasificación, dieron cuenta de estas tierras —a las que acabaron llamando Nueva España— y de sus gentes: los “indios”. En esos testimonios las voces suenan recio y se articulan en un fraseo que parece elemental. Paisajes, hombres, sociedades, formas de hacer, de mandar, de obedecer y también de desobedecer y de intrigar se nos presentan y nos atraen como palabras de niño que relata lo que percibe con la intensidad del asombro, haciéndonos cobrar conciencia de cosas que hemos relegado al limbo de las rutinas hasta hacerlas invisibles.
La verdad es que en esas relaciones claras y de apariencia simple se articulan significados muy amplios; se trata de la apropiación de un mundo a través de un lenguaje, la expresión verbal escrita, que abarca a su vez otros lenguajes. Expresiones verbales, ruidos y sonidos, movimientos corporales, vestimentas, situaciones y apariencias intencionadas y fortuitas y, en fin, todo el juego de significados de realidades humanas o mundos que se ponen en contacto y que al percibirse en tal momento, el de la sorpresa dominada por el lenguaje, descargan sobre nuestro presente muchas actualidades o vigencias. De ahí el encanto de las relaciones y crónicas de la Conquista y el de un sinnúmero de textos que han llegado hasta nuestros días y que es necesario recuperar para asumir nuestra historia.
Sin embargo, adueñarse de la historia exige ir más allá del documento para hacerlo testimonio o relación significante, y en ello va nada menos que la interpretación, la visión del mundo que engendró el texto, valiéndose de éste y de otros elementos.
Así lo hizo Lourdes Turrent al rescatar una historia viva, La conquista musical de México, título que no oculta su deuda con la clásica obra de Robert Ricard: La conquista espiritual de México, y en cuyo desarrollo se reconoce la inspiración en otras obras de gran aliento, como las de Adolfo Salazar, quien desde su llegada a México iluminó, con amplísima visión, el significado sociocultural de diversas expresiones de la música a través del tiempo.
La obra de Lourdes Turrent se ciñe a un tiempo —el del arribo de los franciscanos y el predominio de las regulares en la evangelización, hasta el momento en que empieza a imponerse el clero secular como rector del adoctrinamiento— y a un espacio determinado: el valle de México, en especial el ámbito dominado por los franciscanos. Sin embargo, en ese espacio coinciden y se complican mundos tan interesantes como las sociedades indígena e ibérica, de cuya relación bélica —“la conquista” por antonomasia— y posterior sometimiento político y económico hay un buen cúmulo de relaciones e historias. En ellas, sobre todo en las que abunda calidad de testimonios directos —como las relaciones de los misioneros, por más que no sean los únicos— hay infinidad de referencias a cantos y danzas, a melodías y ritmos que eran parte de la cultura y fueron medios por los cuales se comunicaron y acomodaron los vencedores y los vencidos. Es decir: todo un lenguaje que debe interpretarse recuperando las expresiones musicales de la sociedad española de finales del siglo XV y de principios del XVI, y de la de los indígenas del valle de México. Éste es el objeto de la primera parte.
Su mérito más relevante es, tal como lo percibo, la sistematización de una amplia información sobre aquella sociedad indígena culta y muy complicada, para descubrirnos y explicarnos el tiempo organizado en un calendario donde se preveían celebraciones con música y danza; la pertenencia de estos elementos a un mundo, y de los cuales tratarán de valerse los franciscanos para acomodar en él su doctrina y atraer al universo cristiano a los indígenas fascinados por la música, la suya propia y la que irían aprendiendo de los frailes.
La explicación de este hecho es el propósito de la segunda parte, en la que se cuenta la conquista musical de México. Narra la acción evangelizadora mediante la música, la creación de instituciones que permanecerían en los pueblos indígenas, cuya afirmación como comunidades se comprende y se explica mejor cuando advertimos este componente “sociomusical”, como lo llama la autora. En los capítulos III y IV se nos entregan testimonios plenos de sentido, para dar paso a otra parte de la historia; en el capítulo V y último, el conflicto que enfrentaron los conquistadores, el clero regular y secular, ante la difícil relación con los conquistados y entre ellos mismos.
Estos conflictos se anunciaban ya en el periodo mismo de la Conquista. El entusiasmo evangelizador decaía ante la evidencia del fracaso: los indígenas, dóciles en apariencia y atraídos por el lenguaje musical, usaban éste y otros medios para continuar prácticas y “antiguallas” que los frailes y sacerdotes del clero secular suponían inspiradas por el demonio.
Evidencias y advertencias políticas convencieron a las autoridades de no hacer partícipes a los conquistados y a sus descendientes de las órdenes sacerdotales. El relegamiento de los indígenas a un papel pasivo quitó su razón de ser a los colegios de Santa Cruz de Tlatelolco y de San José de los Naturales. Lo que no decayó fue la integración de cantores y músicos en las comunidades indígenas. Harían más suya la práctica del lenguaje musical y, valiéndose de formas e instrumentos europeos, lo desarrollarían como parte de la vida de sus pueblos, cuya identidad, aún en nuestros días, se manifiesta en y a través de la música.
Este estudio, circunscrito al valle de México en el siglo XVI, es punto de partida para adentrarse en otros lugares de nuestro país y llegar hasta tiempos presentes. La música como hecho social se ha destacado espigando con buen criterio en muchos textos. Quizá más de un especialista discutirá a Lourdes Turrent la interpretación de tal o cual testimonio y le señalará —como siempre ocurre— cosas que debió hacer. En buena hora. Ello será señal de la vigencia del problema por ella planteado: el de la preocupación por algo que debe ocupar a estudiosos de diversos ámbitos y tiempos de nuestra realidad.
ANDRÉS LIRA
La extensión de nuestro territorio y su amplia diversidad de climas y accidentes geográficos, han propiciado que México sea un gran mosaico cultural. Y si bien la radio y la televisión tienden a unificar poco a poco los lenguajes de los mexicanos, todavía existen regiones en donde privan características singulares en el trabajo artesanal, la danza, la arquitectura, la pintura y la música. Numerosos investigadores están dedicados a rescatar, estudiar y conservar esta riqueza, especialmente en las artes plásticas y la danza. Por desgracia no podemos decir lo mismo de la música.
Hasta 1986 carecíamos de una síntesis histórica sobre la música en México. Sólo existían estudios aislados como los de Gabriel Saldívar, Baqueiro Foster y Orta que, si bien son trabajos serios, no dan una idea general de nuestro pasado musical.
Sobre tales textos se impartían los cursos de historia de la música en México, en los que se hablaba de lo que nadie sabía con exactitud. Por eso es destacable el trabajo realizado por Julio Estrada y el Centro de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Se trata de La música de México, colección cuyos cinco tomos intentan cubrir la vida musical desde la época prehispánica hasta nuestros días. Pero este trabajo debe considerarse sólo como pionero. Tiene, como todas las recopilaciones, errores de interpretación, información repetida, falta de unidad, etc. Por lo tanto, no se debería usar como libro de texto. Los alumnos reciben de sus páginas datos aislados, muchas veces fuera de contexto y con distintas perspectivas, cuando lo que necesitan es información clara y sistemática.
En este sentido nuestro trabajo pretende ser una aportación. Se trata de responder lo más claramente posible a la primera pregunta que se plantea todo estudioso de la historia de la música en México: ¿cómo fue la conquista musical?
Decidimos trabajar sobre la Conquista no sólo porque con ella empieza la historia de nuestro país, sino porque alrededor de la vida musical del siglo XVI han quedado todavía preguntas sin respuesta. Por ejemplo: sabemos que la música fue utilizada por los religiosos para atraer, convertir y luego catequizar a los indígenas. Así lo explicó en los años cuarenta el libro de Ricard, considerado ahora un clásico: La conquista espiritual de México. Sin embargo, desde entonces nadie ha intentado aclarar el rumbo que tomó esa conquista espiritual, en la que la música ocupó un lugar destacado y que el autor francés denominó “esplendor del culto”. De esta manera establecimos la primera hipótesis de trabajo: explicar por qué la evangelización había desembocado en un “esplendor del culto” y qué había pasado con él.
Una primera etapa nos condujo a los cronistas franciscanos: Motolinía, Sahagún, Mendieta. Después trabajamos a Torquemada, el Código franciscano y los Documentos de García Icazbalceta. Así nos planteamos nuevas preguntas, porque los franciscanos habían utilizado la música como canal de comunicación y de contacto con los indígenas, pero ¿lograron su proyecto de comunidad cristiana? ¿Fue posible la formación de un clero indígena? Si esto no sucedió, ¿cuál fue el camino que tomaron los religiosos para penetrar en las comunidades indígenas? ¿Cómo funcionaron las cofradías de indios? ¿Cómo se estructuró el Cabildo Indígena? ¿Qué función tuvieron la música y los músicos en este proceso de conversión?
Es decir, qué papel desempeñaron los lenguajes artísticos sonoros: la música, la danza, los instrumentos, el canto, en la estructuración de un conjunto de comunidades que, si bien se convirtieron en los cimientos económicos de la Colonia, continuaron viviendo independientemente de ella, atenidos a sus propios medios de identificación y comunicación. Fue así como investigamos a los grupos sociomusicales que en las comunidades indígenas posibilitaron el esplendor del culto, en un primer momento ligados a la vida de los monasterios y los frailes, y después sin ellos.
A continuación deseamos establecer los límites de este proyecto. Aunque analizamos un hecho que afectó la vida indígena de todo el territorio nacional, el trabajo se circunscribe al valle de México. La razón es que la otrora ciudad de Tenochtitlán se convirtió en la capital del virreinato de la Nueva España, desde donde se aplicaban las políticas culturales, los planes de nuevas conquistas, las leyes que sometían a los indígenas, la organización de la explotación minera, etcétera, decisiones todas ellas dictaminadas en España por la Corona.
Por otro lado, como fue en dicha sociedad en donde se desarrolló el trabajo franciscano, no se analiza el trabajo ni las crónicas de las demás órdenes que se establecieron también en la Nueva España en el siglo XVI. Tampoco profundizamos en la información que atañe al clero secular, a menos que se refiera a la obra de los franciscanos.
Este paréntesis puede justificarse porque de hecho la orden franciscana tuvo a su cargo la evangelización de los naturales en el centro de México. Por ello ocupó la mayor extensión en su campo de trabajo, abarcó un mayor número de actividades misionero-culturales, contó con más frailes y legó a la posteridad el mayor número de crónicas.
Los franciscanos pudieron hacer una labor de tal magnitud porque los envolvía un misticismo apocalíptico. Los primeros 12 religiosos que llegaron a la Nueva España provenían de la provincia de San Gabriel de Extremadura, primer fruto sobresaliente de la contrarreforma realizada en España por el cardenal Cisneros, que era franciscano. Entonces se creía inminente el fin del mundo y también que la Conquista era la última oportunidad de la Iglesia para alcanzar su ideal misionero. La orden soñó y luchó en América por esa Iglesia modelo. Su proyecto afectó la vida nacional porque, como veremos, el clero secular, incluso el trabajo misional jesuita, adoptó el método de conversión de los franciscanos. Esta es la razón por la cual La conquista musical de México sólo cubre 66 años: de la caída de Tenochtitlán a la llegada de la Compañía de Jesús y de la Inquisición al valle de México.
Queremos destacar por otro lado que aunque este proyecto se despliega alrededor de la música, no aborda específicamente tal expresión artística; es decir, la técnica y cualidades de los instrumentos o del sonido y su combinación. No se trata aquí de un análisis de la estructura sonora, sino del fenómeno social que de su práctica se deriva. Nos acercamos a la música como lo que es: un lenguaje social. Por lo tanto, la investigación no explica cómo era la música: trata de encontrar la liga íntima entre quienes la practicaron y su sociedad, ya se trate del maestro de capilla de la catedral de Sevilla o ya del tlatoani que participaba en la danza netelcuitotiliztli del mes Izcalli.
Este concepto de la música como lenguaje social; es decir, como un medio de expresión que posee el ser humano, junto con todas las artes y el habla, para identificarse, expresarse y comunicarse, nos dio la pauta, como introducción a la Conquista, para un estudio de la estructura social y cultural de la sociedad mexica y de la sociedad española del siglo XVI.
Resolver estos nuevos capítulos no fue sencillo, sobre todo por la falta de información sobre el tema. En relación con la vida musical mexica, la carencia de material organizado nos llevó a elaborar un cuadro en el cual distribuimos ordenadamente la información disponible sobre las fiestas del calendario azteca. Gracias a las conclusiones obtenidas en él, comprendimos por qué fue tan sencillo para los indígenas la asimilación del lenguaje sonoro español. Por otro lado, con los datos ordenados pudimos apreciar con relativa exactitud el papel de la música en la vida azteca.
Por lo que se refiere al capítulo sobre España, organizamos la información disponible de tal manera que entendiéramos la función de la música en esa sociedad, especialmente alrededor de sus estratos. Este planteamiento nos permitió obtener numerosos datos explicativos de por qué la conquista del valle de México se desarrolló de la manera en que lo hizo y, sobre todo, por qué se obtuvieron de ella los resultados que exponemos en la conclusión.
Quiero agradecer principalmente al doctor Andrés Lira González la asesoría de este trabajo. Deseo mencionar de forma especial a la maestra Eloísa Ruiz de Baqueiro, fallecida hace unos años, quien me alentó a terminar mis estudios en Música y Sociología. Al maestro Lazar Stoychev, con quien adquirí los conocimientos y la técnica musical. A mis hijas Beatriz y Ana Elisa, a Juan Manuel Nava, mi esposo; a don Eduardo y doña Carmen Turrent, y a Enrique e Isabel Krauze, que tuvieron la paciencia de esperar el fin de este proyecto y me facilitaron todos los medios a su alcance para llevarlo a cabo. A la señorita Yolanda Noriega, quien realizó sin descanso el trabajo de mecanografía. A la señora Beatriz Mendoza, que leyó con paciencia el manuscrito y me sugirió correcciones y enmiendas.
Finalmente, deseo agradecer al CENIDIM y al Conservatorio Nacional de Música, instituciones que me proporcionaron información que no hubiera conseguido por otro medio, así como al personal de la Biblioteca de El Colegio de México.
L. T. D.
Desde que España fue invadida por los musulmanes en el año 711, los nobles españoles que vivían al norte de la península, herederos de la tradición cristiana y del reino de los visigodos, rechazaron las costumbres árabes y se organizaron para reconquistar su territorio y continuar dentro de la cultura europea. Los más poderosos en riquezas y vasallos se reunieron para organizar un poblado defensivo, con el tiempo nombrado Castilla —Castella— por su situación especial de fortificación contra los ataques moros. Sus señores se hicieron llamar condes, y paulatinamente extendieron territorio e influencia sobre los reinos vecinos.
En el siglo X (946), bajo Fernán González, Castilla ya constituía un poblado bastante autónomo, y aunque se debilitó con Fernando I, quien lo supeditó legalmente a León, surgió como cabeza cultural de los reinos cristianos con Alfonso VI, en 1085. Este monarca impuso una plena europeización en la vida cortesana. Bajo su reinado llegaron los monjes de Cluny a España, para igualar la vida de la península a la del resto de la cristiandad. Ellos imprimieron la huella distintiva de la cultura románica: el uso de la letra carolingia que sustituyó a la letra visigótica y el misal romano que sustituyó al mozárabe. También se introdujo el rito religioso del centro de Italia en todas las iglesias católicas de España. De este rito, lo más importante eran los cantos que para igualar las ceremonias del mundo cristiano había mandado recopilar san Gregorio en el siglo VI.1 Lógicamente la unificación de costumbres tomó en la península mucho tiempo: se alcanzó hasta el siglo XVII. Sin embargo, con este paso se logró atraer la atención del papa, a quien los nobles cedieron muchos de los poderes de la Iglesia ibérica independiente, como el control de los matrimonios entre sus príncipes y los de Europa, que era la clave de la vida política medieval.
Fue así como la nobleza española se empezó a ligar sanguíneamente con las grandes familias del continente, relación que maduró en los últimos años del siglo XII. Ese mismo siglo, y ante la constante presión de los árabes, Fernando el Santo convocó a todos los gentileshombres del continente a dar la batalla definitiva contra los invasores del territorio español. “¡Hay que detener su avance!” fue la consigna. Las tropas cristianas vencieron en la batalla de las Navas a los ejércitos musulmanes, que se replegaron hacia Granada.
En el transcurso de la cruzada, los nobles españoles aprendieron las costumbres de los caballeros europeos y adoptaron sus formas de vida.2 Poco después de las batallas, el rey Fernando III recuperó Andalucía e impulsó notoriamente la literatura y el arte. Mandó construir al estilo de Notre-Dame las espléndidas catedrales de León y Burgos. Mientras tanto, su nobleza se rodeó de lujo y dio cabida en sus castillos a sabios, hombres de letras y músicos notables. Los ricoshombres promovieron la edición de libros y manuscritos musicales que mostraron su interés por la producción sonora de su tiempo. Aún se conservan varios de estos ejemplares, como el Códice Calixtino que dedica sus primeras cinco partes a diversos aspectos de las peregrinaciones a Compostela, y la última a piezas musicales monódicas y discantus* a dos o más voces. (Durante la Edad Media, Santiago de Compostela fue un lugar de peregrinaje importante. No sólo llegaban a él creyentes de toda Europa a visitar las reliquias de San Yago, Santiago, también era sitio de reunión de juglares y truhanes que cantaban y divertían. Una muestra de su música se conserva en este manuscrito.)
Además se preserva el Códice de las Huelgas, más tardío. Contiene piezas al estilo polifónico de la Escuela de Notre-Dame, el gran centro musical europeo del siglo XIII, ubicado en París. Notre-Dame formó grandes maestros como Léonin y Perotin, quienes organizaron la escritura musical en función de un ritmo terciario, estableciendo así las bases para el desarrollo de la polifonía renacentista.3
El sucesor de Fernando III, Alfonso X el Sabio (1221-1248), es considerado por muchos como “el gran emperador de la cultura del siglo XIII”. Aunque no pudo igualar a su padre en hazañas militares ni políticas: durante su reinado planeó no sólo la reconquista, sino la expansión hasta África, mas el sitio de Algeciras le fue adverso. También fracasó en su intento por dominar directa o indirectamente a Portugal y Navarra y obtener la Corona de Alemania. Incluso el papa le prohibió la vanidad de hacerse llamar Rey de los Romanos. Sin embargo, Alfonso tuvo la brillante intuición de que España podía llegar a ser el centro político de Europa. Deseaba algo que los Reyes Católicos y Carlos V lograron hasta el siglo XVI: convertir en eje de la política europea a Castilla, “coto que circundan las adestas tierras bengalíes y los risueños vergeles andaluces”, dice el cronista.4
Y si bien Alfonso X estancó el proceso de las armas, supo agrupar en torno a su corte a los sabios más destacados en las distintas disciplinas y a los representantes más notables de las diversas culturas de su tiempo. La lista de sus colaboradores incluye científicos, astrónomos, historiadores, escribas y artífices de la miniatura, que trabajaron junto a poetas, músicos, traductores, etcétera.
Alfonso X era no sólo un gran concertador sino un gran lírico. Lo demuestra su obra capital: Las Cantigas de Santa María. Magnífica muestra de la primera notación mensural en Europa, esta obra la forman más de 420 canciones monódicas que relatan milagros y favores de la Virgen, una de cada 10 dedicada a María.
Con la muerte del Rey Sabio, Castilla y los reinos cristianos entraron en un proceso de cambio ideológico y cultural que se vio afectado por la situación general de la Europa del siglo XIV. Grandes pestes acabaron con la mitad de la población central del continente y, junto con la Guerra de Cien Años entre Francia e Inglaterra, provocaron el debilitamiento de los países tradicionalmente fuertes y posibilitaron el florecimiento de varias culturas en la región flamenca, los reinos de Alemania y, por último, Italia, cuna del Renacimiento.
De manera concomitante, los valores de la Edad Media entraron en crisis. “Las virtudes varoniles, los héroes, los actos heroicos, dejaron su lugar a la Virgen, al amor galante, al triunfo de la sensualidad. Del interés por las gestas, los escritores pasaron a los temas novelescos de los libros de caballería (Francia), la escuela del dolce stil nuovo (Italia) y los comienzos de Dante y la literatura mariana en España.”5
A partir de 1300 los nobles y gentileshombres de España decidieron esmerar su educación. Aprenden a leer y hablar latín, a oír y recitar versos, a conocer los secretos de la música y también a cantar y danzar.
La caballería como ideal de vida alcanzó su apogeo con Enrique IV (1412-1474), a quien sucedería en el trono de Castilla Isabel I. Bajo su reinado, los romances, los torneos y las fiestas se convirtieron en la mayor afición de la aristocracia. El rey se declaró inepto para manejar los asuntos del Estado y encomendó el gobierno al condestable don Álvaro de Luna, noble, simpático, hábil y ambicioso, que terminó sus días en el patíbulo. Antes de tan trágico fin, se dedicó a satisfacer las aficiones literarias, artísticas y festivas del monarca. Así, la corte de Castilla se convirtió en un centro de poetas y trovadores, de músicos y caballeros galantes que se enfrentaban en torneos.
Don Álvaro mismo llevaba una vida fastuosa. Gracias a las investigaciones realizadas por don Higinio Anglés sobre las costumbres musicales de la época,6 tenemos conocimiento del dispendio con que este noble organizaba cualquier acontecimiento. Por ejemplo, el nacimiento de su hija en 1435, celebrado con grandes fiestas en su posada de Madrid. El rey y la reina asistieron al banquete, y se oyeron muchas danzas, juegos e instrumentos. En 1448 el condestable se encargó del recibimiento de sus majestades en Escalona. Los soberanos fueron escoltados por una gran compañía de ballesteros y “de hombres que sabían mucho de monte” acompañados de sus atabales, ministriles y trompetas. Para festejar a los reyes se hizo un gran convite en el que cada platillo fue servido por un maestresala que se hacía acompañar de música. Como siempre, después del banquete las mesas fueron levantadas y los caballeros danzaron con las doncellas hasta altas horas de la noche.
El gusto por el ocio, los torneos y la vida holgada hicieron de Enrique IV un pésimo rey. No sólo cedió las riendas de su gobierno a otra persona: incapacitado para controlar a la nobleza, nombró otra de hidalgos arrogantes e incapaces. Los conflictos entre los nuevos y los antiguos aristócratas duraron todo su reinado. Mientras se enfrentaban en banderías, todos se dedicaban a vivir con ostentación. Hombres y mujeres invertían su tiempo en arreglar su atuendo porque así ganaban la voluntad real. Además, se esmeraban en manejar bien el caballo, escribir versos y cantar con gracia.7 Mientras tanto el monarca soñaba: “el tono de su voz era dulce y muy proporcionada. Todo canto triste le daba deleite. Preciábase de tener cantores (capilla de músicos a su servicio que lo acompañaban siempre) y con ellos cantaba muchas veces”. Además, “en los divinos oficios mucho se deleitaba, estaba siempre retraído, tañía dulcemente el laúd sintiendo la perfección de la música”.8
Esta situación se agravó con la aparente impotencia del monarca. Al no poder engendrar un heredero, se dice que permitió a la reina tener amores con don Beltrán de la Cueva. De esta relación nació una niña, doña Juana, a la que despectivamente el pueblo designó como la Beltraneja. El rey murió en 1474, y unos cuantos meses después su sucesor, don Alfonso. Quedaron dos posibles herederas: doña Juana Beltrán y la hermana del rey, doña Isabel de Castilla.
La nobleza de los reinos se dividió. Unos lucharon por coronar a la Beltraneja, porque apostaban a que con ella como reina continuaría el derroche de Enrique IV. Otros prefirieron apoyar a la hermana del difunto rey. Para entonces doña Isabel ya tenía como confesor al fraile Cisneros y éste le aconsejó buscar apoyo fuera de su reino, casándose con un príncipe fuerte. Fue así como unió su vida a la de Fernando de Aragón.
Después del enlace, los dos jóvenes se dedicaron a luchar por el trono de Castilla. Recorrieron cada pueblo importante de este reino, y después de vencer a los seguidores de doña Juana, Isabel subió al trono.9
Para festejar este acontecimiento, “la Serenísima reina mandó” hacer en la plaza de Segovia un “muy alto asentamiento donde fue puesto su escudo real”. Ella, ricamente adornada, “recibió en tal lugar a los oficiales de armas mientras la acompañaban trompetas, atabales y tamborines”.10
Con esta celebración Isabel se convirtió en la heredera del trono de Castilla y también de la tradición festiva y musical de las cortes católicas españolas. Y aunque continuó viviendo con lujo y practicando el mecenazgo acostumbrado, aplicó desde un principio medidas prácticas para controlar a la nobleza. Canceló las mercedes y los títulos de las personas más nefastas del reinado anterior. Al mismo tiempo dio su apoyo a los más cultos e inteligentes, para que organizaran a través de la Santa Hermandad un ejército fiel que luchara por la paz y por la seguridad pública.
Su consejero, el cardenal Cisneros, fomentó la restructuración de las órdenes mendicantes y alentó, desgraciadamente, la implantación de la Inquisición. (Desgraciadamente, porque esta institución impidió en gran medida el desarrollo cultural y económico de España en los siglos siguientes.)
Otra medida política también afectó la estabilidad de las finanzas y del comercio: la intolerancia del gobierno de los Reyes Católicos hacia las minorías, entre ellas los judíos. En esta época el manejo de la Hacienda estaba en sus manos. Los judíos constituían una verdadera subaristocracia de capitalistas, comerciantes y altos funcionarios dedicados a las actividades mercantiles y especulativas y que representaban al sector económico más moderno de España. En 1492 la Corona les impuso una disyuntiva: convertirse al catolicismo o salir del país. Algunos se quedaron, pero la mayoría se fue con sus capitales y empresas. Este éxodo sumió a España en un atraso económico notable respecto de los demás países de Europa.
Mientras, la intolerancia de la Inquisición y de los reyes surtía efectos nocivos en la sociedad. A medida que esta corriente de signo negativo, de conservadurismo e inflexibilidad se generalizaba como política real varios años después, Isabel y Fernando incorporaron sus reinos al Renacimiento. El primer hecho en tal sentido fue la muerte de Juan II de Aragón en 1479, y la elevación al trono aragonés de Fernando, rey de Castilla desde 1474. Así se integraron en una monarquía los dos mayores reinos de España: Castilla y Aragón. Quedaron fuera Navarra, la monarquía nazarí de Granada y Portugal.11
El resultado de esta unión fue notable no sólo dentro de la península: marcó un brillante momento de España como país influyente de Europa. Los nobles españoles gozaron de una presencia importante en el continente especialmente a través de conquistas terrenales y espirituales. Los lazos familiares con los notables de Anjou, Borgoña, Flandes y Nápoles por fin fueron firmes; había un trato de igualdad que incluía el intercambio de artistas y personajes notables. Por otro lado, el acceso del valenciano Alfonso Borja, o Borgia, al trono pontificio, fue causa de que Roma se llenara de españoles. El más ilustre de todos fue Nebrija, que vivió en Italia 10 años antes de establecerse en Salamanca.
Por cierto, en esta ciudad y en Alcalá, la España renacentista fundó sus primeras universidades, en un intento por romper con la educación medieval en manos de los colegios conventuales.12 La fundación de estos centros de educación superior coincidió con un deseo asombroso de aprender. La introducción de la imprenta permitió que los principales textos renacentistas llegaran a todos los rincones de la península. La reina Isabel y sus hijos estudiaron lenguas romances mientras las damas tomaban cursos, tenían acceso al magisterio e impartían cátedra.13
La Universidad de Salamanca llegó a tener 7 000 inscritos y fue la primera del mundo en conferir un doctorado en música. La producción sonora de España alcanzó entonces un alto grado, al nivel de las principales ciudades de Europa. Se logró un gran profesionalismo en virtud del contacto de los artistas españoles con los compositores italianos y flamencos. La península contó con grandes polifonistas que manejaban con maestría el contrapunto. Un brillante ejemplo: Juan Carnago, músico de la Corte de Alfonso V, que luego pasó a la capilla de Fernando el Católico.14
La figura central del Renacimiento literario y musical de España fue Juan del Encina,15 músico, poeta y escritor de cancioneros, con facilidad asombrosa para la creación de melodías. Encina vivió como muchos artistas de su época mirando por un lado al pasado, a la tradición rígida medieval y, por otro, a la filosofía mundana del Renacimiento que sostenía el derecho del hombre a la alegría. Encina se educó en Salamanca, en donde recibió la influencia de las dos filosofías de su tiempo. Fue alumno de Nebrija, con el que aprendió sobre el cosmopolitismo sevillano, y además convivió con los campesinos de la pequeña aldea en que estaba asentada la universidad. De esta doble experiencia surgió una poesía española que requería aparearse con la música. Encina también escribió villancicos con estribillo, gracias a él convertidos en obras independientes, no supeditadas a las representaciones acostumbradas durante la Navidad. Asimismo, escribió numerosas piezas dramáticas de ambiente pastoril para conmemorar el nacimiento de Jesús: varios personajes, sin necesidad de escenografía o de vestuario especial, comentaban con gracia hechos y chismes del momento, cuando un ángel o un pastor les avisaba que ya había nacido el Niño Dios. Entonces los actores salían cantando a visitarlo.
Estas obras de Encina se interpretaban en los palacios de los nobles, en las mismas salas en que se cantaban los maitines de la noche de Navidad. Representaciones de este tipo se repetían el día de “Antruejo”, el martes último de carnaval. En esta fecha se hacía una invitación para divertirse, comer y beber, ya que se acercaba la Cuaresma.
Tomamos hoy gasajado,
que mañana vien la mueste,
bebamos, comamos huerte,
vámonos cara al ganado.
No perderemos bocado,
que comiendo nos iremos,
y mañana ayunaremos.16
Juan del Encina también escribió un género dramático característico de la Edad Media: el teatro escolar, de tradición pastoril y universitaria a la vez. Con una técnica sencilla afilaba las burlas que los estudiantes hacían a los aldeanos reunidos en la ciudad de Salamanca los días de mercado.
La costumbre de representar estas pequeñas piezas hizo que algunos estudiantes dividieran su tiempo entre el estudio y la vida de truhán. Iban de pueblo en pueblo a cantar y actuar. Generalmente coincidían con las fiestas del patrono de la región.
Estas celebraciones hacían convergir los rituales de la Iglesia con una o varias representaciones teatrales casi siempre precedidas por un baile acompañado de guitarras. Después, el famoso “introito” explicaba el argumento. Poco a poco a este introito se le añadieron música y bailes que empezaron a ser indispensables aun en aquellas obras escenificadas dentro de las iglesias y conventos. Hasta piezas populares se bailaban en estos recintos.17
En España también se acostumbraban los misterios en los que se narraban pasajes de la Biblia o de la vida de los santos, con su parte musical incluida, y los moros y cristianos, donde dos grupos se enfrentaban acompañados por música.18
También en estas fechas se llevaban a cabo las procesiones con disfraces, máscaras o flores, y las danzas que casi siempre consistían en carreras de hombres y mujeres entrelazados por las manos. Asimismo, desde el siglo XV se acostumbraban las mascaradas y los carros en sus dos formas: procesionales y representativas. Las mascaradas eran a pie y a caballo (cabalgatas), diurnas y nocturnas, y en ellas los enmascarados corrían por las calles y danzaban empuñando hachas encendidas. Por otra parte, eran tradicionales las fiestas de cañas y torneos como el del estafermo y la sortija, y las coplas en las que intervenían los nobles y los reyes. Todos los habitantes de una región participaban en las celebraciones en las que se mezclaban expresiones cultas con otras espontáneas que contribuyeron al surgimiento del arte nacional español.19
La población total de los reinos unidos bajo los Reyes Católicos era, en 1492, de 8 500 000 habitantes.20 Su número se incrementó con las conquistas de Granada, el Rosellón, Cerdeña y Navarra entre 1492 y 1515. Posteriormente la paz y la estabilidad favorecieron la entrada de mercaderes y artistas, y en virtud de una marcada corriente de migración de norte a sur las ciudades con mayor número de habitantes fueron Sevilla y Valencia.
Sin embargo, una política de los Reyes Católicos continuó afectando el número de habitantes en la península: la eliminación de las minorías confesionales. Como ya vimos, tal política provocó la salida de los judíos que desde 1492 dejaron de ser minoría legal. En cuanto a los moros, consolidaron en Granada un núcleo importante, pero se les aceptó porque se dedicaban a la agricultura y a la artesanía.
La mayoría de la población, ocho décimas del total, presentaba un carácter rural. Sin embargo, no cesó de fluir una acentuada corriente migratoria hacia las ciudades, sobre todo por el aumento del comercio, la industria, la seguridad, la organización municipal y las fiestas. Los torneos y festejos de los nobles, que duraban semanas, más las entradas y salidas de la corte y de otros caballeros, hacían muy atractiva la vida lejos del campo.
La inmensa mayoría de la población en la península tenía un carácter agrícola y ganadero con excepción de unos cuantos nobles empobrecidos, clérigos y escribanos. Constituían la base de la sociedad de la época: 95% de la población.
Sólo en las ciudades cuya población era mayor a 2 000 o 3 000 almas había gente modesta y al margen de la agricultura: artesanos, jornaleros, pequeños comerciantes y ministriles.
Una parte del estrato medio, los gremios de artesanos, adquirió importancia en el comercio citadino y en la manufactura de artículos suntuarios en la vida festiva de la ciudad. Además de los artesanos formaban estos estratos los miembros de los consejos, los pequeños propietarios campesinos y todas las personas que no eran clérigos ni militares ni campesinos o gente sujeta a otra jurisdicción que la del rey.
Obviamente su reducido número generaba un gran vacío entre la base y la aristocracia, llenado en cierto modo por los eclesiásticos y los judíos que no estaban cerca de la aristocracia. Los estratos medios constituían un 3.75% de la población.
Estaba formada por tres grupos: los nobles, los militares o los gentileshombres y el patriciado urbano.
Los nobles, llamados ricoshombres, grandes o varones, eran tan pocos que demográficamente carecen de importancia: no llegaban a 500 hombres adultos. Sumados con sus familias a la alta nobleza eclesiástica, su número no llegaba a 5 000.
Eran más numerosos los gentileshombres, con sus diversas categorías: infanzones, hijosdalgo, donceles, etc., sobre todo en el norte, en donde era mayor el arraigo del régimen señorial. Su número llegaba a 50 000 y su situación económica no siempre era próspera, aunque distaba mucho de la de las bases campesinas.
Por último, la nobleza ciudadana de origen burgués y estrechamente emparentada con la nobleza militar. Sólo estaban separadas en las Cortes, en donde los burgueses constituían un estamento aparte con mayor potencia económica. Lo deben de haber constituido unas 60 000 personas.
La población de España a principios del siglo XV21
La población de España a principios del sigloXV[conclusión]
Al desigual reparto numérico de los estratos sociales ya examinados correspondía un reparto económico similar pero en sentido contrario. El principal origen de la riqueza y signo primordial de potencia económica era la tierra: “posesión de tierra era igual a riqueza”.
En este país de economía predominantemente agraria los mercaderes o ciudadanos enriquecidos por el comercio, la industria o cualquier cargo o profesión, continuaban invirtiendo en la compra de tierras o derechos derivados del suelo o de su jurisdicción, como si la propiedad fuera el fin natural del enriquecimiento.
Puede decirse que 2 o 3% de los españoles poseía o tenía jurisdicción sobre 97 o 98% del suelo ibérico. El régimen imperante era el latifundismo, según corroboran los siguientes ejemplos: las inmensas planicies de La Mancha se repartían prácticamente entre las Órdenes de Santiago y Calatrava y el Arzobispo de Toledo. El monasterio femenino de Las Huelgas poseía 14 villas y 40 aldeas en Castilla la Vieja. En Asturias y Galicia, los Osorio (condes de Lemos), los Enríquez (condes de Alba de Liste) y los De la Cueva, junto con la poderosa mitra compostelana, señoreaban comarcas enteras.
Más aún: como grandes propietarios se ostentaban algunos municipios como el de Toledo y Barcelona; y ciertas instituciones como la Diputación General de Cataluña que eran dueñas (entre otros dominios) de casi toda la península de Cabo de Creces.
Junto a estos propietarios de comarcas enteras se situaba la propiedad de la subaristocracia en términos municipales. Por abajo de ellas, las clases medias con menos de 5% de la tierra repartida en la ciudad o el campo en parcelas de menor extensión.
Las clases humildes no participaban prácticamente en el reparto de tierra cultivable, salvo en pastos de montaña o en propiedad comunal.
Semejante desigualdad en la distribución de la tierra se tradujo en un reparto similar de la riqueza monetaria. Quienes manejaban sus bienes con dispendio eran muy pocos, y sus gustos personales afectaban inevitablemente la vida cultural y festiva de regiones enteras. Toda vez que la agricultura y la ganadería eran las principales fuentes de ingreso, los grandes propietarios manejaban cantidades fabulosas para ese país tan pobre. Las enormes rentas se dividían entre los ricoshombres, la Iglesia y la Corona. El restante 95% de la población sobrevivía con un ingreso muy bajo.
A pesar de que los reyes obtenían grandes sumas por concepto de rentas e impuestos, Fernando e Isabel encontraron las arcas vacías. Las continuas guerras internas que precedieron su reinado y la reconquista habían menguado considerablemente el tesoro de las iglesias, el oro judío y los empréstitos extranjeros. Además, la Inquisición provocó un éxodo cada vez mayor de capitales de los moros y judíos. La riqueza americana no comenzó a llegar sino hasta 1513. Sin embargo, el orden, la paz y la seguridad internas permitieron lentamente un aumento de divisas y un manejo del tesoro más desahogado.
La mayoría de las familias de la élite provenía de ramas salidas por línea segundona o bastarda del tronco real en época más o menos reciente. Todas las estirpes permanecían unidas entre sí por inmediatos lazos de sangre y lo estaban también con los reyes, especialmente con don Fernando. Los nobles formaban un clan cuya considerable riqueza les permitía viajar y costear una vida cosmopolita. Casi todos tenían casa en las ciudades en que residía la corte, aunque es verdad que no vivieron muy cerca de los Reyes Católicos porque éstos sustituyeron a los nobles en los oficios palatinos por ciudadanos medios pero más capaces. Cuando en 1480 las Cortes de Toledo redujeron el papel de los magnates dentro del consejo de Estado al de meras comparsas con voz pero sin voto, puede decirse que la alta nobleza castellana quedó prácticamente eliminada del gobierno del país. También se redujo el papel de la nobleza catalanoaragonesa por las prolongadas ausencias de la corte.
Pero en realidad fue el prestigio de los reyes el que mantuvo a los nobles lejos de las decisiones políticas en esos años. Porque en cuanto falleció la reina y se apartó al rey del gobierno de Castilla, los nobles volvieron a agruparse en banderías con todo su poder económico y social, por ejemplo, cuando el conde de Aranda luchó en 1510 contra el de Ribagorza con una movilización de 500 hombres.
A pesar de su eclipsamiento, la nobleza encabezada por Isabel y Fernando conservó su enorme poderío económico y social y sus privilegios: exención de impuestos, poder jurisdiccional amplio, inmunidad al tormento y a la prisión por deudas, privilegios que compartía con el clero y la pequeña aristocracia. Además, conservaban a su favor la jurisdicción señorial que podía extenderse a la vida y la muerte de los campesinos que laboraban en sus tierras.
Gracias a sus rentas, la aristocracia llevaba un tren de vida fastuoso. Por las crónicas de la época conocemos sus costumbres, la riqueza de sus joyas, vajillas y mobiliarios. Tenían sus propias capillas de músicos y cantores, e incluso contrataban a los cantores de las catedrales para que los acompañaran: desde un torneo hasta las batallas de reconquista. Al finalizar los combates se ordenaba que comenzara la música.22 Los banquetes eran servidos por un gran número de criados uniformados que después levantaban las mesas para dar paso a la danza.
Los nobles no eran ejecutantes destacados, porque tocar con destreza un instrumento se consideraba indigno de su rango; sin embargo, tenían un interés personal en escribir poesía y prosa. Por eso el almirante Enríquez mandó traer de Italia a Lucio Marino Século, y el conde de Tendella a Pedro Mártir de Anglería, para que instruyeran a jóvenes de alcurnia. Además, los aristócratas poseían enormes bibliotecas y eran versados en latín.
Aunque de su seno no salieron en esta época figuras como el marqués de Santillana o Jorge Manrique, la alta nobleza de Aragón produjo un poeta notorio: Pedro de Urrea, y varios personajes letrados que representaron en sus palacios piezas de Juan del Encina, como el duque de Alba.23
Más numerosa que la de los magnates, la pequeña nobleza estaba formada por los nobles menos ricos y por la alta burguesía. En la terminología de la época se les conocía como militares, caballeros o hijosdalgo a los primeros y ciudadanos honorables a los segundos. Estaban en situación de igualdad frente al rey, excepto en las Cortes, donde la pequeña nobleza formaba el brazo militar por derecho propio, mientras los ciudadanos sólo concurrían como síndicos o procuradores.
Los caballeros, gentileshombres o hijosdalgo, residían generalmente en sus posesiones rurales, aunque pasaban temporadas en sus casas de la villa vecina o en las ciudades con sus parientes ricos. También ellos se enlistaban en banderías urbanas que, como ya dijimos, Isabel y Fernando lograron reducir durante su reinado. En el seno de esta clase reclutaba la monarquía sus mejores elementos: diplomáticos, funcionarios, capitanes, grandes jerarcas de la Iglesia y caballeros de las órdenes militares. Algunos mandaban a sus hijos a las universidades.
El patriciado urbano constituía por su parte la aristocracia de las ciudades, cuyo gobierno acaparaba con los hijosdalgo. Eran terratenientes que invertían en negocios mercantiles, igual que los reyes y los magnates. Se trataba de una clase culta, pues sus hijos llenaban las universidades participando en el renacimiento español. Ya educados, esos jóvenes se convirtieron en canónigos, abades, obispos y secretarios de la monarquía. También formaron fila en las órdenes militares.
Participaban en las justas y torneos indistintamente con los nobles, tomaban parte en las banderías urbanas y poseían blasón y derecho de enterramiento en las capillas de iglesias y monasterios. Su tren de vida era lujoso y con frecuencia en sus casas alojaban a los soberanos.
Más que un estrato social, el clero se insertaba como una verdadera sociedad dentro de la vida española. Tenía su propia aristocracia, sus clases medias y sus masas populares. A la inmensa mayoría de sus cuadros inferiores los reclutaba entre los niveles más modestos de la sociedad, especialmente del campesinado. De las clases medias conseguía adeptos para sus cuadros medios, y de la aristocracia, sus jerarquías.
El clero formaba un estamento ostensiblemente corporativo. Defendía sus cuantiosos privilegios: en primer lugar, la exención de impuestos. Sus inmunidades y fueros se extendían a sus parientes, criados y, sobre todo, a los tonsurados, es decir, aquellas personas que recibían la primera tonsura en edad infantil y luego colgaban los hábitos.24
Los magnates de la Iglesia, segundones de la grandeza o bastardos de la realeza, eran dueños de enormes propiedades y estaban en condiciones de trepar al mismo tren de vida y refinamiento en el que viajaban los laicos. En general se distinguían de ellos por una mayor colaboración con la monarquía y por una más firme participación en la alta política del Estado y la diplomacia.
Aunque la Corona o el ejército habían echado mano de los tesoros de las iglesias y los monasterios, la Iglesia contaba con una fuente de incalculables ingresos: los diezmos. Se les cobraban a todas las parroquias, fuesen señoriales (tierras de particular), realengas (bajo jurisdicción real) o eclesiásticas. Los diezmos se cobraban en especie y, por supuesto, eran controlados por las jerarquías eclesiásticas. Así se daba el contraste entre las iglesias paupérrimas, con curas sin recursos incluso para comer, junto a las grandes fortunas privilegiadas. Dentro del clero existía un desigual reparto de la riqueza, semejante al que privaba en la sociedad civil. También, una marcada diferencia de costumbres y formas de vida entre los estamentos: aristocracia, pequeña nobleza, clases medias y masa popular.
El tipo más acabado de estos personajes de la Iglesia, fastuoso y mecenas, lo ofrece el cardenal Pedro González de Mendoza, quien en una ocasión ofreció a la virgen un pontifical con su aparador de oro, valorado en 80 000 pesetas, renta anual de su arzobispado.25
En cuanto a las costumbres del clero español, el reinado de los Reyes Católicos preside la transición del clérigo guerrero, de clase medieval y bullanguero, al erudito versado en latines y humanidades. Poco a poco el nivel cultural del clero aumentó, especialmente el de los prelados, quienes recibían una educación cuidadosa. Muchos de ellos fueron eminentes hombres de letras, historiadores, teólogos o canonistas insignes; por algo los Reyes Católicos seleccionaron a su gente más cercana de entre estos prelados. También su moral era bastante elevada. Llevaban una vida privada sana aunque no exenta de lujo. Junto a ellos estaban los abades y abadesas de los principales conventos del país. Abajo, la subaristocracia de la Iglesia, constituida por obispos y abades menores, canónigos y dignidades de los capítulos catedralicios y otras jerarquías análogas. Exhibían un alto nivel intelectual, y entre ellos abundaban los graduados en cánones o teología, seleccionados para ingresar a los capítulos catedralicios. Además, muchos de ellos desempeñaban cargos políticos, administrativos o diplomáticos de alguna importancia.
La capacidad económica de los 47 capítulos, más el millar de canónigos, beneficios, etc., era enorme. La renta de esta subaristocracia eclesiástica triplicaba la de los prelados. Por sus ingresos y por su apego a la tierra representaban, además, la parte más reaccionaria del clero. Su conservadurismo se hizo patente en la oposición que halló Cisneros a su política reformista entre el propio cabildo toledano. También en los choques entre los obispos, agentes del rey y los canónigos, y en los conflictos entre los capítulos y las autoridades municipales.
La moralidad de este estrato era inferior a la de los prelados, pero más o menos digna. Su rasgo más característico: la belicosidad. El concilio de Sevilla tuvo que preconizar la confiscación de sus armas porque aún bajo el reinado de los Reyes Católicos seguían participando en riñas callejeras.26
En el clero inferior secular y regular estaban presentes las lacras que los historiadores suelen hacer extensivas en todo el clero de la época: inmoralidad, ignorancia y falta de vocación. Entre el clero regular la disciplina era muy relajada, exceptuando a cartujos y franciscanos. Un gran número de conventos eran lugares de buena vida y fiesta continua.
El espectáculo era tan triste que los reyes obtuvieron en 1494 una bula papal para intentar la reforma a que nos hemos referido. Ésta se practicó en 1496-1497 y estuvo a cargo del cardenal Cisneros. En muchos conventos de Castilla y Aragón se repitió entonces el espectáculo: frailes que se defendían con las armas y se negaban a dejar el convento y sus mujeres. En Toledo, por ejemplo, unos 400 frailes prefirieron emigrar al norte de África, e incluso convertirse al islamismo, antes que abandonar a sus familias.
Aunque en Castilla el concubinato del clero secular estaba a la orden del día, ésta no era la situación general en España. Por ejemplo, los sacerdotes vascos mantenían un nivel moral bastante alto. Sin embargo, sí era general el bajo nivel de instrucción, al grado que en 1510 los reyes dispusieron que a las Indias sólo irían los frailes examinados por el doctor Matienzo.
A esta Iglesia estratificada como la sociedad civil, correspondía organizar las fiestas de los patronos de cada región de España y del calendario litúrgico. El año se dividía de acuerdo con las grandes fechas de la vida de Jesús, de sus discípulos y de la Iglesia: Navidad, Cuaresma, Pentecostés, Pascua, etc. Cada una de estas fiestas era motivo de celebraciones públicas que contaban con la presencia de los nobles, de los ciudadanos y del pueblo. Obviamente en estos días, al igual que en los que se festejaba algún acontecimiento familiar como nacimientos, bautizos, bodas, etc., la música ocupaba un lugar primordial. Era entonces cuando el lenguaje sonoro de cada estrato y de la sociedad en su conjunto se expresaba públicamente. Se repetían fórmulas con las que cada individuo se identificaba, mientras se mezclaban los diversos tipos de expresiones musicales.
Convivían, a un tiempo, la música religiosa, las tonadas que se interpretaban durante las procesiones y las marchas de los nobles o de los gremios de cada ciudad. Simultáneamente se escuchaba a los juglares, a los pequeños conjuntos de músicos que cantaban de ciudad en ciudad, a las compañías de teatro ambulantes, etcétera.
Estas celebraciones influyeron para que ciertos clérigos menores, como los mendicantes o los goliardos, se ajuglararan. Otros juglares penetraron en el templo y fueron utilizados por los clérigos, principalmente como ministriles de instrumentos, ya que las fiestas requerían grandes músicas en los recintos de la iglesia, y en muchos pueblos alejados de las ciudades no había músicos suficientes.
Otras personas útiles en estas fechas fueron los cómicos solitarios trashumantes, herederos del histrión o mimo y aun del juglar cazurro o remedador, y que eran protegidos por el cura, el sacristán o el barbero de los pueblos por donde pasaban.
Uno de tales clérigos andariegos, medio escolar, medio juglar, en el siglo XIV fue Juan Ruiz, el arcipreste de Hita, que bailaba, tañía e improvisaba música, componía admirables estrofas a veces llenas de un misticismo rebosante de sensualidad, y en otros casos hacía transcripciones fidedignas de fábulas procedentes de Oriente.27
En realidad, en estas fiestas religiosas heredadas de la Edad Media había una amplia zona en que lo eclesiástico y seglar se mezclaban indistintamente. “En esta zona de extensión se mezclaba todo: cultura, moral, sentimiento romanesco de los episodios de la Historia Sagrada, sentimiento poético popular inspirado por esos episodios o por el amor que encendían en las almas líricas Cristo, Nuestra Señora, etcétera.”28
De esta amalgama de sentimientos, de los residuos paganos, de la religión católica y de las pequeñas piezas dramáticas sobre temas religiosos surgió el arte religioso popular de la península. El teatro popular y las canciones de los juglares constituyeron por varios siglos la vida sonora de la sociedad profana de España. Claro que el desarrollo de estas expresiones fue diferente en cada zona del país, sobre todo en las ciudades en donde el nivel cultural era, respecto de las regiones agrícolas, bastante más alto.
