La creación de un monstruo - Manuel Gárate Chateau - E-Book

La creación de un monstruo E-Book

Manuel Gárate Chateau

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Beschreibung

Pocas cosas irritan y provocan más que el lacerante filo de la ironía y la sorna que se planta desafiante ante el poder tiránico. Quizás más que el panfleto y la denuncia fundada, la caricatura y el humor políticos pueden ser un arma efectiva para desnudar las flaquezas de las dictaduras y de quienes las encabezan: sus bravuconadas pronunciadas siempre a resguardo, sus gestos genuflexos y desmesurados, sus absurdas muestras de gala y entronización. De eso precisamente trata este libro, que reúne caricaturas publicadas fuera de Chile, especialmente en Europa y Estados Unidos, en torno a la figura de Augusto Pinochet.

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Seitenzahl: 272

Veröffentlichungsjahr: 2023

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La creación de un monstruo

La imagen de Augusto Pinochet en caricaturas de prensa extranjera

Manuel Gárate Chateau

Ediciones Universidad Alberto Hurtado

Alameda 1869 - Santiago de Chile

[email protected] – 56-228897726

www.uahurtado.cl

Primera edición septiembre 2023

Los libros de Ediciones UAH poseen tres instancias de evaluación: comité científico de la colección, comité editorial multidisciplinario y sistema de referato ciego. Este libro fue sometido a las tres instancias de evaluación.

Esta investigación se financió parcialmente a través de proyecto Fondecyt de postdoctorado

Nº 3130649: “La construcción de la imagen del dictador latinoamericano a través de las caricaturas

sobre Augusto Pinochet publicadas en la prensa extranjera: 1973-2006 (Estados Unidos, Francia e Inglaterra)”, y también forma parte del proyecto COES ANID/FONDAP/ 15130009.

ISBN libro impreso: 978-956-357-439-5

ISBN libro digital: 978-956-357-440-1

Coordinador colección Historia

Daniel Palma Alvarado

Dirección editorial

Alejandra Stevenson Valdés

Editora ejecutiva

Beatriz García-Huidobro

Gestión de derechos de imágenes

Malena Bastías y Daniela Belmar

Diseño interior

Elba Peña

Diseño de portada

Francisca Toral

Imagen de portada: KAL, The Observer (septiembre, 1985). Se agradece la generosa donación.

Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.

Diagramación digital: ebooks Patagonia [email protected]

Para Acacia, Amalia y Clara, quienes siempre me han acompañado.

Y a mi familia, colegas y amigos.

Un especial agradecimiento a todos los caricaturistas y medios que

cedieron generosamente el uso de sus imágenes y que transmitieron

un mensaje positivo y alentador en esta búsqueda que me

animó a seguir trabajando.

Pero dedico este libro especialmente a los caricaturistas de

Charlie Hebdo, y a todos quienes, de una u otra forma,

han enfrentado la intolerancia y el autoritarismo a través del humor,

incluso a costa de sus propias vidas.

“Tu imagen en el mundo es horrorosamente mala (Augusto). Pero pésima.

Es sinónimo de orangután, de ogro. Las caricaturas son horrorosas…”.

General Gustavo Leigh Guzmán1

NOTAS

1Grabación secreta de conversación entre el general Gustavo Leigh (integrante de la Junta de Gobierno) y el general Augusto Pinochet. La transcripción completa se encuentra en el libro escrito por la esposa del general Leigh. Ver: García, Gabriela, Leigh, el general republicano, Santiago, Ediciones GLG, 2017. El extracto de audio puede escucharse en el reportaje de TVN:Los audios secretos de la Junta Militar | 24 Horas TVN Chile: https://www.youtube.com/watch?v=KhAY1rrReQ4. Agradezco a Rafael Gaune por entregarme los detalles de esta información.

Agradecimientos

Este libro es el fruto de una década de investigación en distintos archivos, colecciones y bibliotecas chilenas y extranjeras. Pero además es el resultado de discusiones con diversos colegas, amigos y artistas a quienes no quiero dejar de mencionar. En primer lugar, mis agradecimientos para Francisco Graells (Pancho), caricaturista de Le Monde y que tuvo la gentileza de recibirme en París y dedicar tiempo a conversar sobre su oficio, además de regalarme una caricatura original sobre Augusto Pinochet. También para el personal de la biblioteca de Sciences-Po, de la BDIC de París y los encargados de la sección de periódicos de la Biblioteca Nacional de Francia, así como a los funcionarios de la sección de microfichas de la Biblioteca Pública de Nueva York y de la Tamiment Library de la misma ciudad.

Fueron numerosos los dibujantes que generosamente me permitieron analizar y reproducir sus obras, pero quiero agradecer especialmente a Kap (Jaume Capdevila), Allan McDonald y Rainer Hachfeld, quienes me hicieron llegar sus imágenes y me recomendaron las obras de otros colegas. No puedo dejar de mencionar el gran trabajo de Malena Bastías y Daniela Belmar, quienes, desde el extranjero, gestionaron buena parte de los derechos de reproducción de las caricaturas publicadas en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Lo mismo ocurre con Francisca Benítez, quien, desde Nueva York, y en apenas pocas horas, me ayudó a conseguir las respectivas autorizaciones de las obras de Bill Andrews y Ollie Harrington.

Jorge Montealegre, escritor, académico y gran conocedor del humor gráfico, me animó a continuar mis investigaciones cuando recién estaba comenzando a trabajar el tema. Agradezco también a Alfredo Joignant, Tomás Ariztía y Rodrigo Cordero, de la Universidad Diego Portales, quienes me vieron literalmente “empapelar” una oficina de imágenes de Augusto Pinochet y me entregaron sus comentarios y recomendaciones cuando más las necesitaba. Por supuesto, no puedo dejar de mencionar los aportes de Tomás Cornejo (estudioso del humor gráfico del siglo XIX) y Cristián Castro García, quien posee un amplio conocimiento de las caricaturas extranjeras sobre el Golpe de Estado, y especialmente del periodo inicial de la dictadura militar. En Francia le debo mucho a Anne Pérotin-Dumon, Olivier Compagnon, Delphine Grouès, Olivier Dabène, Smilja Dabène, Frédérique Langue, Hernán Saavedra y Manuel Arriagada, por el entusiasmo con el cual me acogieron, y permitieron que difundiera los primeros resultados de este trabajo.

En el Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica agradezco a Claudio Rolle por su apoyo incondicional en esta empresa de largo aliento, y también a mis amigos y colegas de siempre: Alfredo Riquelme, Rafael Gaune, César Albornoz, María Montt, Olaya Sanfuentes, Javier Correa, Ximena Illanes, Jaime Valenzuela, Rafael Sagrado, Bárbara Silva, Fernando Purcell y María José Cot, quienes insistieron en que no aflojara cuando parecía imposible publicar un libro con imágenes de diferentes medios y países. Sin su apoyo, consejo y buen humor no habría llegado jamás a puerto. El apoyo de Daniel Palma, director de la colección Historia de la Universidad Alberto Hurtado, fue esencial en esta empresa. Sin embargo, nada de esto hubiera sido posible sin la ayuda y perseverancia de Alejandra Stevenson, directora de ediciones de la UAH, que nunca dejó de creer en este libro a pesar de mis dudas, vacilaciones y momentos de desánimo. Obviamente, no puedo dejar de mencionar a Beatriz García-Huidobro por su cuidada edición y recomendaciones al texto.

A los integrantes del COES también les agradezco sus consejos y aportes desde disciplinas tan diversas como la sociología, la arquitectura, la economía y la sicología. Mi reconocimiento también para Mauro Basaure y Marco Ceballos por sus aportes teóricos y profundas conversaciones en torno a las imágenes y los símbolos del autoritarismo. Un reconocimiento especial para Cristina Quezada, por su humor intransable, y sobre todo para Tomás Undurraga, amigo de tantos años y compañero escrituras conjuntas, quien siempre me demostró su apoyo incondicional ante las dificultades logísticas de un mundo donde los grandes bancos de imágenes monopolizan su uso y distribución.

A mi familia, la paciencia de haber visto nuestro hogar saturado de dibujos y fotografías de un personaje que representa una época de dolor, sufrimiento, pero también de mucho y buen humor. Seguramente he olvidado a personas que participaron en este viaje de investigación por las imágenes de la monstruosidad, y desde ya me disculpo si no las he mencionado.

Santiago de Chile, julio 2023

Índice

CAPÍTULO IEn el principio estaba la imagen

CAPÍTULO IIEl golpe de Estado de 1973: un acontecimiento mundial

CAPÍTULO IIIAugusto Pinochet entra en escena: nace un nuevo villano global

CAPÍTULO IVLa segunda vida del viejo dictador: el arresto en Londres y su regreso a Chile

CAPÍTULO VEl ocaso del dictador y su imagen en la cultura pop

Referencias

CAPÍTULO I

EN EL PRINCIPIO ESTABA LA IMAGEN

Prácticamente limpiamos de marxistas la nación.

Los derechos humanos son una invención, muy sabia, de los marxistas.

Augusto Pinochet Ugarte1

Siempre he creído que en el comienzo de todo están las imágenes, las mismas que impactan en el momento en que somos lanzados al mundo, cuando literalmente nos “dan a luz”. Esta investigación también surgió de imágenes que irrumpieron en mi vida y que, inicialmente, no fueron buscadas ni menos deseadas. Ello ocurrió durante el año 2005 mientras investigaba en París sobre la historia del modelo económico chileno. Revisando la prensa europea y anglosajona donde se hablaba de Chile y sus profundas reformas económicas de libre mercado, una y otra vez aparecían imágenes sobre Augusto Pinochet, un personaje al que deseaba dejar definitivamente en el pasado. La mayor parte de las veces se trataba de fotografías, pero en numerosas ocasiones también eran caricaturas editoriales. Fueron estas últimas las que concentraron mi atención, pues invariablemente el sujeto era retratado como un villano y, en algunas oportunidades, como la encarnación misma del mal. De ahí surgió la idea y la necesidad de reunir estas imágenes para trabajar sobre ellas en un futuro cercano, seguramente cuando ya el general hubiese dejado este mundo, pues su muerte sería, sin lugar a duda, una nueva ocasión para que los caricaturistas del mundo lo retrataran.

Pero no fue sino más de una década más tarde, a inicios de 2017 y cuando el manuscrito ya estaba bien avanzado, que una nueva imagen caricatural sobre Pinochet irrumpió confirmando mis primeras intuiciones sobre la imagen internacional del personaje. El día 22 de enero de 2017 el periódico norteamericano The Washington Post tituló en su portada: “Trump es el primer presidente ‘latinoamericano’ de Estados Unidos”, aludiendo a su estilo autoritario, propio de la imagen que la opinión pública estadounidense tiene de los dictadores de nuestro subcontinente. Pero lo más interesante no estaba en el título ni en el artículo mismo. Era la ilustración que acompañaba el texto lo que me pareció más impresionante. Utilizando casi un cuarto de página había una imagen de Donald Trump vestido con el uniforme militar y las condecoraciones de Augusto Pinochet. El texto que acompañaba la imagen decía en grandes letras de molde: “El caudillo yanqui”. ¿Qué quería decir esta imagen? ¿Por qué se comparaba a Trump con Pinochet?, y lo más importante: ¿Qué significaba todavía Pinochet para un sector importante de la sociedad estadounidense, que usaba su imagen para tratar un asunto interno? No se trataba simplemente de un “meme” anónimo de los miles que circulan por Internet, sino que de un montaje fotográfico realizado por uno de los periódicos más prestigiosos del mundo.

Como si el episodio anterior no fuera suficiente, el mundo de los caricaturistas políticos se ha visto sacudido por la irrupción de Donald Trump en la escena política internacional. Centenares de caricaturas se han publicado en todo el mundo desde el inicio de su campaña política y, especialmente, desde que fue elegido presidente de los Estados Unidos. Su estilo, lenguaje y comportamiento lo han convertido en uno de los personajes favoritos de los caricaturistas de prensa de todo el mundo. En la mayor parte de los casos, su figura también se ha asociado con la maldad, la mala educación y la falta de escrúpulos: una suerte de monstruo político contemporáneo. Pero este libro trata sobre otro personaje de la caricatura política del siglo XX, pero que circunstancialmente quedó unido a Trump en esta extraña imagen de portada: Augusto Pinochet.

■ Imagen 1 - The Washington Post (22 de enero, 2017)

El miedo a los monstruos

Este libro es fruto de una reflexión que cruza distintas disciplinas del ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, pero en estricto rigor es difícilmente clasificable, y de una cierta manera me alegro de que sea así. Si bien es el producto de una investigación de índole historiográfica, su origen está en aquellas imágenes que van más allá de cualquier racionalización y que se hunden en lo más profundo de nuestra psique: los miedos de la infancia y, especialmente, el miedo a los monstruos. Luego aprendí que esto en el lenguaje de la psicología se conoce como bogifobia,en referencia al personaje de la cultura anglosajona que asusta a los niños: el bogeyman; algo así como el “cuco” en nuestra cultura popular chilena. Este libro trata de un viaje visual hacia esos miedos y monstruosidades y que, creo, son también compartidos por muchas de las personas que han vivido desde la segunda mitad del siglo XX y, más específicamente, los largos años de la dictadura militar chilena e incluso después. Pero no viajo solo en esta aventura intelectual, pues me acompañan algunos de los cultores de aquella característica tan especial que poseen los seres humanos (aunque lamentablemente no todos): el sentido del humor y la risa. Estos se encuentran condensados en el arte singular que es la caricatura política, y que por más de dos siglos nos ha permitido reírnos del poder, la injusticia, los “tontos graves”, los intolerantes y de quienes usan la fuerza y la violencia para imponer sus argumentos.

Este libro cuenta entonces una historia, pero no la “gran Historia”, aquella con mayúscula, que busca desesperada y pomposamente su espacio en la posteridad, sino una historia que, partiendo desde los propios recuerdos, se sumerge en las representaciones colectivas del pasado reciente del país. Se trata de comprender cómo el mundo se imaginó y representó la tragedia de Chile desde la crisis y el colapso de la Unidad Popular pero, sobre todo, a partir del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Pero el relato que propongo no es una cronología de hechos ni de acontecimientos, tampoco de procesos a la manera como la historia los ha entendido tradicionalmente aunque, sin duda, nos guiaremos por un hilo temporal. Se trata de un relato que transcurre en el gran marco de la Guerra Fría, pero que no se explica solo por ella. Es una historia que trasciende por lejos las fronteras de Chile, pero que es indisociable de su cultura y pasado reciente. Es también una historia del humor y de la representación del mal en la política, pero que no se agota en las imágenes. Si hubiese que clasificarla, sería algo así como una historia cultural del miedo, según lo entienden historiadores como Jean Delumeau o Joanna Bourke2, pero exorcizada a través del humor, conjurada con la sonrisa de aquel que piensa que quien ríe último, ríe mejor. Aquí, entonces, encontrarán simultáneamente, y en dosis controladas, tanto el veneno como el antídoto; la representación del mal y el humor que lo conjura, pero no podría asegurarles cuál es más poderoso.

Augusto Pinochet ha dejado de ser solo un sujeto histórico relevante para convertirse en un continente de símbolos y emociones; tampoco les pertenece exclusivamente a los chilenos, sino que a un imaginario universal. La pregunta en torno a lo que es Pinochet se ha vuelto tan relevante como la pregunta de quién fue. Baste decir que estas líneas se comenzaron a escribir pocos meses después de cumplirse los diez años de su muerte. Sin embargo, su recuerdo está más presente que nunca, quizá no tanto en su persona, pero sí en su legado institucional, social y económico.

Las movilizaciones sociales de los últimos años en Chile han estado marcadas por las consignas que condenan la “educación de Pinochet”, la “Constitución de Pinochet”, “las pensiones de Pinochet”, como si él hubiese sido el único cerebro, ejecutor y beneficiario de la revolución capitalista que vivió Chile durante los diecisiete años de dictadura. Como si todos quienes formaron parte de su gobierno hubiesen sido simples espectadores, o “cómplices pasivos”, como dijo el expresidente Sebastián Piñera; o bien como si los años posteriores de la transición fueran un simple interregno entre la implementación autoritaria de las reformas y su crítica reciente. Es un hecho que Pinochet fue sepultado antes (e incluso olvidado) por muchos de sus antiguos seguidores, pues “la obra” siempre les ha parecido mucho más importante que el ejecutor.

Este es un libro en torno al general Augusto Pinochet, pero no respecto de su biografía ni tampoco de lo que “efectivamente sucedió” en su vida como militar de carrera, dictador, comandante en jefe del Ejército, senador vitalicio y sujeto detenido en Londres. Más bien se trata de un viaje a través de la representación de un Pinochet imaginado, temido, admirado, odiado y caricaturizado; de un personaje que, de alguna manera, se convirtió en un gran villano; una suerte de monstruo, especialmente para las izquierdas y los demócratas de todo el mundo. En otras palabras, de cómo se produjo la transformación de un militar de carrera casi desconocido y sin grandes luces ni méritos intelectuales, en un icono mundial de las dictaduras latinoamericanas de los años 1970, y del arquetipo de los violadores a los derechos humanos del siglo XX3. ¿Cómo ocurrió aquello?; ¿por qué un militar de un país lejano y bastante desconocido para el mundo desarrollado irrumpe en la historia y se lo asocia tan rápidamente con los peores crímenes de la humanidad?, ¿cómo Pinochet entró al fatídico panteón de los grandes dictadores y criminales del siglo pasado al punto de ser comparado con Hitler, Stalin, Pol-Pot, Idi Amin, Trujillo o Gadafi?, ¿por qué el mundo volvió a poner los ojos en él a partir de 1998 y a darle un significado global en el ámbito de la justicia penal internacional?

Estas y otras preguntas rondan permanentemente este relato, pero no intento responderlas únicamente desde la historia y las ciencias sociales, sino que es una invitación también a abordarlas desde el lenguaje y el estudio de las imágenes, de la exageración, del humor, la ironía, el desparpajo e incluso el mal gusto. Ciertas respuestas o pistas se resuelven en la mueca, la sonrisa y la perplejidad que producirán en el lector algunas de las imágenes que presento. Y de eso se trata, pues el humor político apela tanto a la emoción como a la racionalidad de quien las mira. Es un lenguaje en sí mismo que no puede ser reducido solo a códigos y significados. Siempre habrá espacio para la sorpresa y el asombro, como niños ante una representación de marionetas. La caricatura utiliza todos estos recursos y otros más en lo que el gran historiador del arte E. H. Gombrich ha definido magistralmente como el arsenal del caricaturista4.

El señor que gritaba en la tele…

Estudiar a Augusto Pinochet en tanto imagen y representación de lo político es, además, una opción personal surgida desde mi propia biografía. No se trata de una curiosidad o interés puramente historiográfico y académico, sino que es el resultado de una necesidad muy primaria, incluso atávica, por explicarme esos miedos de la niñez y conjurar esos monstruos de las pesadillas infantiles. Habiendo nacido en octubre de 1972, no tengo recuerdos del período anterior al golpe de Estado, ni tampoco de los primeros años de la dictadura. Y si bien viví una infancia que podría definir como “feliz”, no dejo aún de pensar en las emociones que generaba en mi familia la imagen del dictador cuando aparecía en televisión o al escuchar su voz en la radio. Era una especie de temor, de profundo miedo, pero contenido por la necesidad de ocultar esos sentimientos que podían delatar la molestia y la censura respecto de lo que pasaba en el país, pero especialmente para alejarnos, a quienes éramos aún niños, de los llamados “temas de adultos”.

Mis primeros años de vida los pasé en un pueblo rural cercano a la ciudad de Rancagua, donde mi padre era el único médico en kilómetros a la redonda y tenía que lidiar regularmente con los representantes civiles y militares de la dictadura, sin contar con algunos importantes propietarios agrícolas que defendían abiertamente a Pinochet. Por aquellos lugares solo llegaba la señal de Televisión Nacional de Chile, el canal del Estado y, además, el órgano oficial de difusión del régimen por aquellos años. Mis padres sintonizaban cada noche el noticiario “60 minutos”, donde se elogiaba al gobierno, a Pinochet y a su esposa por cada acción o decisión que tomaban.

Recuerdo vivamente las imágenes en blanco y negro de ambos personajes cortando cintas por todo el país, inaugurando obras y besando niños y ancianos como si cada beso y apretón de manos los acercara a eso que alguna vez llamamos pueblo. Veíamos noticias que mis padres sabían manipuladas y falsas, pero aún perduraba la vieja costumbre de “informarse”, de ver el noticiario, con la vana esperanza de que algún día esas emisiones contaran verdades. Pero en ese mismo canal también se difundían hasta el hartazgo y la saturación los discursos y peroratas del dictador. Su tono amenazante y voz aguda aún retumban en mi cabeza como ecos de un pasado que se resiste a ser olvidado. Nos gritaba y amenazaba todo el tiempo. Se refería continuamente al marxismo, los marxistas-leninistas, los “señores políticos”, los violentistas, los comunistas y tantos otros que formaban parte de su repertorio de malvados, traidores y antipatriotas. Con mis cortos años no tenía la menor idea de lo que podía ser el “marxismo”, pero intuía que se trataba de algo diabólico y quienes lo practicaban, eran seres malévolos. Según Pinochet, ellos amenazaban a Chile, a su pueblo, a sus trabajadores, a los niños y a las mujeres del país, pues actuaban maléficamente en favor de una potencia extranjera: la Unión Soviética, y sus colaboradores más cercanos, los cubanos y los “comunistas” instalados en cada país. Y cuando preguntaba a mis padres quiénes eran estos sujetos tan “malvados”, notaba en ellos la incomodidad y la necesidad de buscar evasivas. Los niños éramos de alguna forma peligrosos para muchas familias, pues podíamos hablar en la escuela, en casas de amigos, en un cumpleaños, o hacer comentarios inconvenientes en el vecindario. Tenía familiares que habían sufrido la violencia y el exilio como resultado de sus militancias y afinidades en partidos de la Unidad Popular, y aunque mis padres eran simpatizantes democratacristianos, temían por la familia, por nosotros o simplemente porque el miedo campeaba en esos años y se respiraba en el ambiente. Pero no se trataba solo del temor de quienes pertenecían a la izquierda, sino que el miedo simplemente a disentir, a ser confundido con un “izquierdista” o a formar parte de su círculo familiar o de amistades, un miedo que incluso permeaba a quienes se sentían cercanos al régimen, porque el poder era arbitrario y la sospecha podía caer sobre cualquiera5. Esa es la verdadera fuerza de toda dictadura: la arbitrariedad, la desconfianza, el miedo a ser delatado o acusado incluso por un desconocido. Como en un macabro cuento de hadas… se parecía a una suerte de reino de los “sapos”6, pero habitado también por culebras.

Augusto Pinochet concentraba muchos de estos sentimientos y emociones. Se le podía odiar o admirar pero, de alguna manera, siempre se le temía. Y los que fuimos niños en esa época podíamos percibir estas sensaciones, miedos e incomodidades. A veces, algún familiar se atrevía a hablar de “Pinocho” o a imitar su voz en tono jocoso, o bien repetir uno de los tantos chistes que circulaban sobre la junta militar y la falta de inteligencia del general Mendoza y la voz traposa del almirante Merino. Pero esos chistes contados en la intimidad eran justamente reflejo del miedo y de la necesidad de conjurar, a través del humor, aquello que resultaba amenazante y opresor.

Mis primeros recuerdos de Pinochet son de un señor que gritaba en la televisión y amenazaba con una guerra, una guerra que no había terminado (ni podía terminar) y donde los enemigos podían surgir de cualquier parte y en cualquier momento. El personaje juraba entregar, si fuera necesario, la vida por Chile y los chilenos para evitar que el marxismo volviera al país. Sus discursos estaban marcados por momentos de calma, seguidos de ira y gritos amenazantes. Después volvía a la calma mediante una respiración gutural y se refería a todos tratándolos de “señuures”… A veces, mis padres simplemente apagaban el televisor pero, en otras ocasiones, su voz se escuchaba durante horas, en todos los canales de televisión y en todas las radios… porque la cadena informativa era en realidad una cadena, y no existía el cable ni menos Internet como para huir de aquella perorata. Pero ahí estaba, el 1 de mayo, día de los trabajadores (a quienes había despojado de buena parte de sus derechos laborales), hablando durante horas y también los 11 de septiembre, recordando el golpe al cual llamaba gesta liberadora y también durante su mensaje de fin de año. Su fotografía estaba en todas las escuelas y liceos, además de las oficinas públicas y diariamente en Televisión Nacional (canal 7 en la perilla giratoria del televisor). Pinochet era omnipresente, si bien algunos historiadores han sostenido que no hubo culto a la personalidad7. Quizá no hubo estatuas ni grandes monumentos dedicados a él, pero Pinochet estaba ahí, todos los días en algún momento de nuestras vidas. Era la personificación de la amenaza, de la vigilancia, que todavía muchos añoran como la encarnación de “la mano dura” y el orden. En mi cabeza, y a partir de los recuerdos de infancia, Pinochet no era ni un militar ni un político, cuestión que comprendería mucho más tarde, sino que una presencia, una imagen del poder al que no se cuestiona ni se lo mira a los ojos.

Solo con el transcurso de los años, y a través del humor, he podido conjurar esta imagen, aunque nunca la he logrado erradicar completamente de mis pesadillas. Es parte de mi historia y de la de muchos de mi generación y también de la de mis padres.

¿Qué significa Pinochet?

En general, los estudios y reportajes periodísticos sobre la figura de Augusto Pinochet han permanecido centrados en su biografía y en su influencia como actor político durante el régimen dictatorial y en la llamada transición democrática. Su muerte en 2006 marcó definitivamente el fin de un ciclo donde la política chilena estuvo marcada por su presencia real o incluso virtual (especialmente tras el retorno de su arresto en Londres). Mucho menos conocida y estudiada es la imagen de Augusto Pinochet fuera del país, sobre todo en Norteamérica y Europa. En Chile, y hasta hace poco tiempo, el golpe de Estado y la dictadura tendieron a ser estudiados como un fenómeno nacional, singular, desconectado de ámbitos regionales y globales, si bien actualmente el contexto de la Guerra Fría cobra cada vez mayor importancia.

Resulta particularmente interesante constatar hasta qué punto el país es identificado hasta el día de hoy con la figura del exdictador, y cómo su trayectoria ha tenido, incluso, consecuencias en la transformación del derecho internacional en relación con las violaciones a los derechos humanos en el marco de regímenes de fuerza. Lo mismo sucede con el alcance de la tradicional inmunidad de los exjefes de Estado en tensión permanente con la extendida nueva conciencia sobre la justicia extraterritorial8. La detención y procesamiento de Pinochet en Londres, en octubre de 1998 y a pedido de un juez español, marcó un hito en la materia y volvió a proyectar su imagen incluso más allá de lo que lo había sido con posterioridad al golpe de Estado de 1973 y durante la década de los ochenta.

Durante los primeros días de diciembre de 2016, se conmemoraron los diez años de su muerte, y distintos medios nacionales e internacionales emitieron sendos reportajes analizando su vida y legado sociopolítico, mostrando hasta qué punto su figura sigue estando presente en la sociedad chilena, generando divisiones y pasiones. Si bien el juicio histórico condenatorio sobre su persona parece bastante asentado, no está claro si en el futuro su figura será recuperada por distintos actores políticos y económicos que reivindiquen la herencia de la dictadura y alguna forma de gobierno autoritario. Las diferentes versiones triunfantes de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos, han dejado abierta esta posibilidad. Incluso, hemos visto recientemente emerger una suerte de revisionismo histórico conservador sobre el período dictatorial, inspirado principalmente en el rechazo a las movilizaciones sociales que ha vivido el país, sobre todo desde al año 2011 y particularmente después del estallido social de 20199.

En este libro no tengo la intención de estudiar la vida de Pinochet o su legado histórico, sino su imagen o, mejor dicho, la forma en que este personaje fue representado e reinterpretado fuera de Chile, especialmente en Europa y Estados Unidos, a través del lenguaje de la caricatura política. En otras palabras, cómo una parte del mundo occidental se imaginó a Augusto Pinochet durante el período en que fue un actor histórico de relevancia (1973-2006) no solo para Chile, sino también a escala global. Y la pregunta permanente que cruza este libro es ¿por qué un militar, que encabezó una dictadura en un país lejano y casi desconocido de los centros de decisión mundial, alcanzó tal nivel de notoriedad y se transformó en una figura relacionada con la maldad y con los peores episodios de la historia de la segunda mitad del siglo XX?, ¿por qué en una época donde dominaron las dictaduras militares en Latinoamérica, Chile y Pinochet, en particular, se transformaron en los símbolos de la brutalidad y la represión contra las fuerzas de la izquierda? Si la dictadura chilena no fue la más larga del período (con respecto a Paraguay), ni la que generó el mayor número de víctimas (Argentina), ¿por qué entonces el dictador chileno se transformó en una suerte de figura paradigmática de la violencia de los militares represores de la década de 1970 y 1980? Augusto Pinochet fue asociado, desde las primeras semanas posteriores al 11 de septiembre de 1973, con las imágenes de la brutalidad, traición, barbarie y el intervencionismo norteamericano en el continente.

La pregunta sobre el papel histórico del general Augusto Pinochet en el fin de la Unidad Popular y el establecimiento de una dictadura de diecisiete años, han rondado por más de treinta años el trabajo de los historiadores del tiempo presente, tanto en Chile como en el extranjero. Los debates en torno a las explicaciones que priorizan su importancia en cuanto actor en contraposición de aquellas, más bien funcionalistas, que realzan el peso de las estructuras económicas, políticas y sociales de un país como Chile, especialmente en un contexto regional y de Guerra Fría, parecen no agotarse. Si a ello agregamos el arresto en Londres y el posterior regreso, procesamiento judicial y muerte del aludido, nos encontramos frente a un largo período de casi treinta y tres años donde el general Augusto Pinochet se convirtió en un icono de la traición política y la violación a los derechos humanos a nivel mundial. De esto último dan cuenta los cientos de imágenes, fotografías y editoriales dedicadas al personaje.

Por lo tanto, la pregunta que motiva este trabajo ya no se relaciona solo con el sujeto de carne y hueso o actor político, sino que con el Pinochet imaginado, construido, como una fuerza simbólica e imagen plenamente cargada de una estética asociada a los peores episodios de la historia contemporánea. Como bien me lo sugirió un filósofo hace casi una década10, la cuestión se puede plantear ya no en términos de ¿quién fue Pinochet?, sino más bien en ¿qué es Pinochet? Es esta la reflexión que nos permite escapar de una historiografía puramente local para entrar en la complejidad de lo transnacional.

Es importante recordar que, durante los meses posteriores al golpe de Estado, la junta militar tuvo clara conciencia de la imagen negativa que el mundo se estaba haciendo del nuevo régimen y del general Pinochet en particular. Prueba de ello es que, en julio de 1974, según la investigación de Pablo Pryluka, la reconocida agencia de publicidad estadounidense J. Walter Thompson (JWT) firmó un contrato con la junta militar chilena para mejorar la imagen internacional del régimen. Sin embargo, a los pocos meses, la propia empresa debió enfrentar la queja de muchos de sus empleados, principalmente de las filiales europeas, y debió cancelar el contrato en septiembre del mismo año. En efecto, resultaba prácticamente imposible mejorar la imagen de un gobierno que era rechazado a nivel internacional por las noticias que llegaban de la represión en Chile y el fin trágico de la Unidad Popular, y cuya imagen encarnaba la figura de Pinochet11.

Esto nos vuelve a la pregunta que guía este libro: ¿Por qué un dictador de un país relativamente pequeño y alejado de los principales centros del poder mundial alcanzó esta categoría universal por sobre muchos otros dictadores contemporáneos y anteriores?

¿Por qué estudiar la caricatura de prensa?

Frente a las múltiples posibilidades iconográficas disponibles para estudiar al personaje a partir del cine, la fotografía, el documental, la televisión o la prensa escrita, elegimos hacerlo desde la caricatura de prensa de periódicos y revistas —de alcance nacional— franceses, ingleses y norteamericanos. Lo anterior no nos ha impedido incorporar algunas caricaturas provenientes de los más diversos países y contextos sociopolíticos. En tal sentido, la caricatura de prensa constituye un tipo de fuente que promueve y crea estereotipos; simplifica las situaciones; apela a un lenguaje sintético; comunica universalmente y suele reflejar la vieja lucha entre las fuerzas del bien y del mal. La caricatura nos interpela al instante y nos pone frente a realidades maniqueas, donde las zonas grises, las complejidades y los matices del mundo político y social no tienen cabida. Se trata de la transformación de la sátira en lenguaje visual, entendiendo a esta como un tipo de discurso donde se critican agudamente las costumbres o vicios de una persona o un grupo con intención moralizadora. El historiador Tomás Cornejo la considera una suerte de venganza o contraataque de los débiles contra los poderosos y el orden imperante12. El análisis de las imágenes se hace desde una mirada primero descriptiva y también contextual. En otras palabras, se analizan las imágenes y se describen los elementos que ahí aparecen, para posteriormente explicar el contexto político e ideológico en el cual fueron producidas. Esto no excluye un tercer nivel de análisis, de carácter semiótico, en base a ciertos símbolos utilizados por los caricaturistas para entregar ciertos significados de manera condensada.