La Cristiada. Vol. 3 - Jean Meyer - E-Book

La Cristiada. Vol. 3 E-Book

Jean Meyer

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Beschreibung

La guerra que entre 1926 y 1929 —y en menor escala entre 1934 y 1938—enfrentó a miles de campesinos con un gobierno que se asumía como producto de la triunfante Revolución Mexicana estuvo durante largas décadas bajo el manto del tabú. La composición social de quienes la pelearon, el ánimo jacobino —apenas reprimido— de algunos generales revolucionarios, la hostilidad entre el nuevo Estado mexicano y el Vaticano hicieron que ese largo y cruento episodio de nuestra historia se estudiara poco, casi a hurtadillas, hasta que a comienzos de los años setenta se publicó La Cristiada, libro señero por su método, su profundidad y su empatía con los vencidos. Durante siete años, Jean Meyer hurgó en archivos, realizó encuestas y registró conversaciones con muchos sobrevivientes de este choque fratricida: fruto de esa dedicación es el libro que hoy, cuarenta años después de su primera edición, publica Siglo XXI Editores. En esta historia política y diplomática México, Washington y Roma ocupan el primer plano, con la Iglesia mexicana enfrentada al Estado nacional y al Vaticano, en un conflicto en que el petróleo no anda lejos del agua bendita y en el que resuenan la reforma agraria y las ideas de vanguardia del gobierno. La obra de Meyer está tejida de narración y análisis, de historia militar, económica y sociológica, y es a la vez un ambicioso intento de interpretación, un discurso sobre otros discursos: el de Calles —que no es el de Obregón—, el de la Santa Sede — que no es el de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa ni el del arzobispo de México—, el de los estadounidenses. Este tercer volumen retrata a los cristeros: sus características demográficas y regionales, su relación con el agrarismo, sus bases civiles, las formas que eligieron para gobernarse, los aspectos prácticos de este ejército en guerra, la peculiar religiosidad de quienes estuvieron dispuestos al martirio. Incluye además Pro domo mea, un largo ensayo que el autor escribió tres décadas después de publicar este libro clásico, en el que hace un balance y una autocrítica, complemento esencial para sopesar su importancia. Tiene razón Jean Meyer: "a la Cristiada se la puede leer como la Ilíada". Quien se asome a estas páginas "no dejará de probar una emoción profunda al leer cada uno de los episodios de esa epopeya".

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Índice

Abreviaturas

1. El ejército de los cristeros

Introducción

1] Factores de reclutamiento

a) Economía y sociedad;b) Sexo, edad y estado civil;c) Estructuras étnicas: el indio;d) Sociedad y política: la vida local;e) Resultados sobre 378 cuestionarios completos

2] El problema de los agraristas

a) Su papel militar;b) Fines perseguidos por el gobierno;c) Interpretación de la política de los gobiernos de Obregón y Calles;d) Las reacciones campesinas: agraristas y antiagraristas;e) ¿Quiénes eran los agraristas?;f) Los cristeros frente a los agraristas;g) La política del gobierno: el agrarismo como fuerza represiva, la reforma agraria como política;h) Un falso problema: el de la elección de los agraristas, o mejor, el de los cristeros y la reforma agraria

3] Los jefes

4] Geografía de los efectivos

5] Base civil y logística

a) Complicidades;b) Las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco (BB)

2. El gobierno de los cristeros

1] La zona Quintanar (Zacatecas)

a) Necesidad de un gobierno;b) La justicia;c) El gobierno civil;d) El gobierno económico

2] Sur de Jalisco y Colima

3] La región de la Unión Popular: Jalisco y Guanajuato Occidental

ANEXOS

Documentos del gobierno cristero

i) Discursos de Aurelio Acevedo, B. Ibarra y M. Valdivia (mayo de 1968, Junta de Mezquitic)

ii) Ordenanza general. Trabajo de la Comisión Permanente para el Funcionamiento de las Autoridades Judiciales, Administrativas y militares (5 de junio de 1928)

iii) Instrucciones y comunicados [AAA]

3. La guerra

Introducción

1] Finanzas

a) El problema financiero;b) “Empréstitos” forzosos;c) Las cuentas de un regimiento

2] El material

Las municiones

3] Defectos, problemas, límites

4] Moralidad y moralización

5] Pensamiento y práctica de la guerra popular: el general Gorostieta

6] Un estilo de guerra

7] Aspectos de la represión

8] Balance militar

a) Pérdidas en vidas humanas;b) Pérdidas materiales;c) Costos de la guerra

4. Cultura, religión, ideología

1] Educación y cultura

2] La vida religiosa en la guerra

3] Ideología y teología

a) Conceptos que tienen los cristeros del gobierno;b) Conceptos que tienen los cristeros del ejército;c) Conceptos que tienen los cristeros de la reforma agraria

4] Motivaciones

5] El martirio

6] Un poco de sociología religiosa

7] De lo sociológico a lo sobrenatural

Conclusión

Fuentes

Promo domo mea

La Cristiada a la distancia

I. La autocrítica y sus límites

Aportación;Pecado por omisión

II. Controversia

III. El paso del tiempo

Bibliografía

Anexo documental

I) Rectificaciones y comentarios a La Cristiada de Jean Meyer en L’ordinaire y El Occidental

Documento 1;Documento 2;Documento 3;Documento 4;Documento 5;Documento 6;Documento 7;Documento 8

ii) Polémica de La Cristiada

La formación del “nacionalismo local”;Los cristeros y la crisis del ecosistema;Algunas dudas;El revés del populismo;Todos, pero no tantos;Lecturas paralelas;Los senderos del abismo

iii) Los 250 000 muertos

iv) Alocución del general Amaro sobre el conflicto religioso (1931)

v) Sobre los arreglos

vi) Colofón

Índice de mapas, gráficas, organigramas, figuras y fotografías

historia

Meyer, Jean

La Cristiada. Los cristeros Vol. 3 / Jean Meyer ; trad. de Aurelio Garzón del Camino. – 3ª ed. – México : Siglo XXI Editores, 2022

X + 336 + 16 p.; 16 × 23 cm – (Colec. Historia)

ISBN: 978-607-03-1296-0 (Vol. 3)

ISBN:978-607-03-1294-6 (Obra completa)

1. México – Historia – Conflicto religioso y rebelión cristera, 1926–19292. Iglesia y Estado – México – Historia – Siglo XX 3. Iglesia católica – México I. Ser. II. t.

LC F1234 M652c            Dewey 972.0927 M6121c

© 2022, siglo xxi editores, s.a. de c.v.

primera edición, 1973segunda edición, 1994tercera edición, 2022

isbn 978-607-03-1294-6 (obra completa)

isbn 978-607-03-1296-0 (volumen 3)

isbn-e 978-607-03-1300-4 (volumen 3)

A Aurelio Acevedoy a los compañerosde la imposible fidelidad

Abreviaturas

AAA

Archivos Aurelio Acevedo † (Distrito Federal).

AGN

Archivo General de la Nación, ramo presidentes, Obregón/Calles.

AHDN

Archivo Histórico de la Defensa Nacional.

ARF

Archivos A. Rius Facius.

BNCA

Banco Nacional de Crédito Agrícola.

C

Archivos del P. S. Casas [†] (Guadalajara).

DAAC

Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización.

DSR

Department of State Records, Washington.

L

o

LNDLR

Fondo Palomar y Vizcarra (Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa) (

UNAM

).

MGL

Archivos de Miguel Gómez Loza (en poder del P. S. Casas [†]).

MID

Military Intelligence División, Washington.

SJ

Archivos de la Compañía de Jesús, provincia de México.

UNAM

Universidad Nacional Autónoma de México, departamento de Historia.

V

Archivos de P. Nicolás Valdés [†] (Guadalajara).

1. El ejército de los cristeros

INTRODUCCIÓN

El alzamiento fue premeditado, previsto y aguardado, a la par que inesperado, imprevisto e impreparado, por los campesinos, por la Iglesia, por el Estado. Hombres que desde hacía meses aguardaban, se resignaban, se enardecían, se encontraron lanzados a una guerra que no se esperaban. La insurrección es un término más que un comienzo, al cabo del proceso por el que el Estado pierde por completo su autoridad, y la resistencia se endurece en multitud de lugares, al mismo tiempo, sobre una base local. Entre julio y diciembre de 1926, es a menudo una iniciativa de los agentes del gobierno, un incidente local lo que precipita el enfrentamiento. Desde luego, no hay otro camino que el de una guerra que no se quería, mientras hubiera una posibilidad de compromiso; porque la necesidad de vivir y de trabajar era fuerte. No pocas veces, la Cristiada comienza por provocaciones, por detenciones de sacerdotes, por el armamento de los agraristas, la llegada del ejército, la requisa de las armas y de los caballos. El gran alzamiento de enero de 1927 fue más civil que militar y pareció un plebiscito; pero, a partir de aquel momento, “no había más remedio que ‘el Padre Nuestro a pedradas’”,1 y la guerra, que se había sentido llegar como un cataclismo, como una fatalidad, estaba aceptada. Desde la suspensión del culto, ¿qué podía ser lo peor? Se había hecho penitencia, se habían llevado a cabo peregrinaciones, procesiones, novenas… Llegó la guerra y llameó como un fuego en un pinar, saltando de árbol en árbol, pareciendo extinguirse a medida que avanzaba, para aumentar después en profundidad, tras el espectacular incendio que no hace más que chamuscar el bosque.

Después del alzamiento en masa, “como en los tiempos de nuestro Padre Hidalgo”, se dispersa la multitud de los combatientes a pie, armados de piedras y de garrotes; los más testarudos se echan al monte. Tras de las explosiones aisladas de 1926, después del incendio de enero, vino la reanudación lenta y general, más fuerte esta vez, de la primavera de 1927, que la represión eternizó hasta la marea ascendente e irresistible de los años 1928-1929.

Sin planes, sin organización, sin jefes, los cristeros se levantaron, y con una constancia notable comenzaron por desarmar al enemigo más cercano para procurarse fusiles. Sin uniforme, sin equipo estandarizado, reconocibles en los comienzos por su brazalete negro, signo de duelo, y luego por su brazalete rojo y blanco, de los colores de Cristo, pasaron de la partida al escuadrón, del escuadrón al regimiento y del regimiento a la brigada, y cuando se llegara a las divisiones de varios millares de hombres, la carencia de municiones limitaría la guerra a operaciones de guerrilla. La base seguiría siendo siempre la unidad local, el pueblo o los pueblos que sostenían a los combatientes, a los que se volvía después del combate y la dispersión, para permanecer en ellos hasta la próxima concentración.

La guerra no era más que la intensificación de la lucha anterior, la política de resistencia y de organización de 1925-1926 llevada a un paroxismo. Lo cual le quita todo sentido a cualquier teoría del complot; los primeros golpes se dieron al azar y sobre el objetivo inmediato. Se concentraban para ocupar un ayuntamiento, para abrir una iglesia. Tres años más tarde se proyecta la toma de Guadalajara, y los cristeros son buscados por los militares en rebelión como aliados serios.

La guerra no concierne más que a los combatientes, y los “cristeros mansos” aseguraban una logística rudimentaria pero eficaz: aprovisionamiento en alimento, material, municiones, espionaje e información, correos: organización establecida para reemplazar al gobierno. Estos combatientes y el pueblo que los sostenía se reclutaban2 en todos los grupos rurales y urbanos, por debajo de determinada cifra de ingresos. La gente del campo suministraba a la vez los soldados y sus aliados civiles; la gente de las ciudades trabajaba en la organización, en la propaganda y en el aprovisionamiento. Ciudades y campo se hallaban en comunicación constante, y la afluencia de los refugiados reforzaba esta continuidad, indicadora de que la guerra es también algo más que la guerra: ya un gobierno que refleja los rasgos democráticos y niveladores de este ejército de campesinos soldados.

El ejército es trasunto de los distintos campesinados en que se recluta, y como la rebelión da un corte a través de todos los niveles históricos, como una intrusión del fuego interior que atraviesa las capas geológicas, y esto en las regiones más diversas, resulta que ese ejército es una federación de repúblicas, de comunidades en armas. A veces, se trata realmente de la república pueblerina, o de la confederación de una región entera, dueña de su territorio y de su gobierno; a veces las mujeres y los niños siguen a los hombres al desierto y abandonan el pueblo al ejército federal; a veces, en fin, sólo los hombres marchan y, protegidos por toda la población, merodean sin dejarse prender en torno de los pueblos y de las ciudades, que la noche les permite visitar, que un afortunado cargamento de municiones les permite atacar y tomar.

Ha podido creerse que su reclutamiento condenaba a aquellos “bandidos”, a aquellos “fanáticos”, a una organización muy sumaria; se ha dicho que la guerra, como arte técnico, exigía normas, conocimientos, mentalidades impropias de los rurales, y que la maniobra disciplinada, la exactitud horaria, la previsión en la larga duración eran características urbanas. En tres años, los cristeros pasaron de la partida anárquica al ejército constituido que, por poco que tuviera con qué disparar, derrotaba, en igualdad de fuerzas, a la mejor tropa federal.

El partido gubernamental no era lo bastante fuerte para controlar el campo, por lo cual, después de su huida o su capitulación, el ejército federal tuvo que hacer la guerra a los cristeros. Debilitado, desmoralizado por una guerra de guerrillas para la cual no se hallaba preparado, ejército de invasión al que se oponía una población entera que sostenía a unos combatientes apoyados en su propio territorio, fue el ejército el que propagó el fuego, el que lo atizó como un pirómano, en el sentido propio de la palabra si se piensa en el general Ferreira en Jalisco y en Izaguirre en Michoacán. La historia de esta desmoralización conduce a la de la atrocidad y de la infamia de una manera lógica; la brutalidad ordinaria de un ejército en campaña obedece aquí a las leyes de la guerra revolucionaria, que son las de la sospecha, la represión ciega y, finalmente, el delirio neurótico.3

Pero aunque este ejército federal cuyas debilidades se han referido, hubiera sido mejor y misericordioso, no habría podido vencer. Cristeros “bravos” y cristeros “mansos” formaban un pueblo guerrero temible, ligado hasta la muerte a su Causa, obediente a los jefes que se daba, fiel a su promesa de vencer o morir para que reinara Cristo Rey. Por eso, podían decir, como el coronel Ezequiel Mendoza; “El César, por amor o por fuerza, quiere ser reverenciado y casi adorado de los inferiores; pero también muchas veces un rústico puede humillar la altivez de un poderoso.”4

1] FACTORES DEL RECLUTAMIENTO

Parece probado que la Contrarrevolución de los cristeros reclutó la mayoría de sus guerrilleros entre unos grupos de pequeños propietarios criollos o mestizos —desde Zacatecas hasta Los Altos de Jalisco—, que no tenían ya gran cosa que reivindicar ni que esperar de un reparto de tierras ni de la creación de ejidos.

FRANÇOIS CHEVALIER, Revue Historique, t. 22, p. 17

Los peones acasillados, los campesinos esclavos de hacendados caciques, las víctimas de los explotadores latifundistas, fueron arrastrados a la contienda cristera.

JEAN MEYER / GENERAL CRISTÓBAL RODRÍGUEZ, 1967

a) ECONOMÍA Y SOCIEDAD

Ya se presente a los cristeros como pequeños propietarios que defendían sus tierras contra los agraristas, o como proletarios agrícolas utilizados por sus patronos para proteger el latifundio contra la reforma agraria, o finalmente como a candidatos al reparto de las tierras, del cual no se beneficiaron, es siempre referirse a la teoría que atribuye al régimen de la propiedad una influencia fundamental sobre la conducta del campesinado. Sin negar una influencia efectiva a estas estructuras, no se puede aceptar sin discusión tal privilegio atribuido a una sola causalidad, en el interior a su vez de la causalidad económica ya privilegiada. ¿Es cierto que los cristeros eran pequeños propietarios como la gente de los Altos de Jalisco? No lo es en el resto del país, en el resto del estado, y lo es muy relativamente en el propio corazón de los Altos. La propiedad territorial era ignorada por la mayoría de los cristeros y, si bien todos los combatientes eran rurales, no todos eran trabajadores agrícolas. Finalmente, la teoría del complot de los grandes propietarios que utilizan a los cristeros, es decir a sus “peones”, para evitar que se repartan sus tierras, no resiste un doble examen: el de su actitud frente a los cristeros y el de su actitud frente al gobierno. Aparece muy claramente una estratificación socioeconómica: los ricos están del lado del gobierno y los enteros son los “descamisados”, los “huarachudos”, los “comevacas”, los “muertos de hambre”.

Los resultados del cuestionario5 demuestran que, entre los combatientes, sólo 14% eran pequeños propietarios, la mitad de los cuales poseía menos de cinco hectáreas. Arrendatarios o aparceros (15%) gozaban de un estatuto económico y social comparable: 29% eran, pues, “terratenientes”, hombres que trabajaban libremente y por su cuenta una tierra que les pertenecía o que habían tomado en arrendamiento.

El 60% vivía del trabajo de sus manos, de la fuerza de sus brazos. Estos “braceros” son obreros agrícolas (24%), arrieros, artesanos (alfarero, carpintero, panadero, albañil, etc.), obreros (mineros, fogoneros, fundidores), o bien ejercen diversos oficios manuales, que van desde la fabricación del carbón a la música. Con frecuencia, la acumulación de ocupaciones constituye la regla, incluso para los pequeños propietarios y los aparceros. El 10% restante se distribuía entre los agraristas, la gente acomodada (un sacerdote y nueve rancheros dotados de 100 a 300 hectáreas) y un hacendado, excepción que confirma la regla (300 hectáreas irrigadas y 800 hectáreas de labor).

Los resultados han sido completados con investigaciones al nivel de los estados y de los pueblos, con trabajos de archivos y con encuestas directas, en particular en el pueblo de San Francisco de Asís (Jalisco), en Coalcomán (Michoacán) y Valparaíso (Zacatecas). Los trabajos de Luis González y de Paul S. Taylor ilustran el problema en cuanto a San José de Gracia (Michoacán) y Arandas (Jalisco).6

San Francisco de Asís se encuentra en el corazón mismo de los Altos,7 región originalmente englobada en una sola y vasta hacienda, la de San Ignacio Cerro Gordo, o hacienda de la Trasquiela, que parece haber sido dividida, dice la tradición, por fray Antonio de Segovia. Según otros, fue fray Margil de Jesús quien “arregló el problema agrario”,8 sin que haya prueba alguna que apoye tales afirmaciones. La aparición de varias haciendas más pequeñas es manifiesta en los comienzos del siglo XVIII, y esta lenta parcelación continúa hasta la independencia. Un español, Juan Moriega, vendió por entonces la hacienda a los Hernández y a los Fonseca, que explotaron esencialmente en aparcería aquellas tierras pobres, propias para la cría de ganado lechero. En 1917, un joven sacerdote, el P. Angulo, nacido en la región, obtuvo de Mons. Orozco que la aldea de La Estanzuela (5 casas) se convirtiera en vicariato, y de este modo nació, en 1917, por decreto eclesiástico, San Francisco de Asís. Las propiedades de Aniceto e Ireneo Hernández habían menguado considerablemente, tanto que estos ancianos murieron pobres.9

Cinco mil personas vivían diseminadas en 35 rancherías principales y numerosas granjas aisladas; pero San Francisco creció rápidamente, porque el P. Angulo comenzó por construir allí una iglesia y una escuela, y después un edificio municipal, con lo que se evitaba a los campesinos tener que bajar a Atotonilco. En 1922, tenía el pueblo sus calles, sus plazas, su iglesia y mil habitantes. El trabajo había sido hecho “a pura faena”, es decir recurriendo a la prestación personal colectiva, trabajando todos gratuitamente. Así se construyó una carretera empedrada hasta Atotonilco, Arandas y las principales aldeas. El padre Angulo encontró en su trabajo la oposición de los hacendados y de los comerciantes de Atotonilco, descontentos al ver escapárseles aquella zona, y tal oposición se tradujo por la persecución activa contra su persona y una multitud de vejaciones contra el pueblo (que no existe en 1970 en los mapas oficiales). En 1926, los de San Francisco no eran aún propietarios (pasaron a serlo después, al comprar las tierras que ellos trabajaban); pero su estatus no les preocupaba demasiado: “Aquí fue un lugar libre desde que me crié. No se necesitaba la recomendación de nadie, no había el control de las haciendas, no contábamos con la imposición de los ricos, por eso fuimos muy contrarios al agrarismo ratero y [sic] interesado al ajeno.”10 Algunas grandes familias (Hernández, Fonseca, Angulo) poseían las tres cuartas partes de la jurisdicción; pero estas pequeñas haciendas ganaderas, como en todos los Altos, no empleaban mano de obra; repartían lo esencial de sus tierras en aparcería (“a medias”), lo cual permitía, por ser los arriendos generalmente perennes, un paso fácil a la pequeña propiedad.

Los propietarios no eran tacaños en cuanto al plan de explotación, y el aparcero podía fácilmente tener su caballo y dos o tres vacas; unos cuantos peones empleados en los ranchos más grandes (es decir la porción de la hacienda directamente explotada) y un número muy pequeño de jornaleros completaban el sistema. En 1926, 60% de los jefes de familia de San Francisco eran aparceros o arrendatarios, 30% trabajaban como peones y jornaleros y el resto se repartía entre algunos pequeños propietarios y los artesanos y comerciantes.

En San José de Gracia, de Michoacán, se dio 50 años antes la misma evolución: nacimiento de un pueblo a base de una aldea y en torno de una iglesia, en la periferia de una gran hacienda en vías de fraccionamiento, sobre las regiones más altas y más ingratas. Encuéntranse en él las mismas características: la población llegó de los Altos desde el siglo XVIII, la forma de explotación era la aparcería en las tierras de la hacienda, verdadera concesión de autonomía mediante canon anual, la índole de la explotación que vive de la cría de ganado lechero en pequeño.

NÚMERO Y SUPERFICIE OCUPADA POR LAS HACIENDAS DE MÁS DE MIL HECTÁREAS, EN JALISCO, EN 1930

Fuente: Censo de 1930.

Como San José llevaba cierto adelanto, en 1924 las 600 familias se repartían por terceras partes en propietarios, aparceros y peones. En vísperas de la guerra, los aparceros lograron comprar (a pagar en 20 años) sus pedazos de tierra, lo cual duplicó el número de los pequeños propietarios. En ambos pueblos, las pequeñas haciendas continuaban controlando la mayoría del terruño.

Arandas, tan bien estudiada por P. S. Taylor que se tiende a hacer de ella el prototipo valedero para todos los Altos, representa el tercer estadio, el más maduro, de esta historia: una hacienda, después tres en el siglo XVII, divididas lentamente, conducen a una situación en la que pequeños propietarios (25% en 1927) y aparceros constituyen la mayoría. Lo cual no impide la presencia de cuatro haciendas. Este último estadio es el de la declinación, ya que el paso a la propiedad, que se realiza entre 1850 y 1900 (de 1887 a 1925 en San José; de 1929 a 1940 en San Francisco), cierra un proceso que se reemplaza por la multiplicación del número de los propietarios por herencia o división: la pulverización sucede a la extensión en el espacio. El éxodo a la ciudad, la emigración a los Estados Unidos, el asalariado, aparecen ya antes de 1910.

La pequeña propiedad existe, pues, definitivamente, en los Altos11 y es notable que en los cuestionarios si bien la media general es de 14% para los pequeños propietarios (29% para pequeños propietarios y aparceros) pasa a 25% (o sea la cifra encontrada por Taylor en Arandas). Pero su importancia no deja de ser relativa, ya que una cuarta parte de la población, en el mejor de los casos, lo consigue y que las haciendas continúan aquí un poco menos que en otros lugares, pero como en otros lugares, controlando las tierras más numerosas y mejores.

DISTRIBUCIÓN Y SUPERFICIE DE LAS EXPLOTACIONES DE 1000 HECTÁREAS Y MÁS, SEGÚN LOS EX CANTONES

La localización de las superficies rayadas es relativamente arbitraria aunque próxima a los lugares en que esas explotaciones son efectivamente mayoritarias.

Fuente: Archivo Ramón Fernández y Fernández.

El censo no afectaba más que a las tierras puestas en explotación, o sea 68.51% de la superficie del estado. Para la superficie considerada así, las explotaciones superiores a 1 000 hectáreas representan 1.72% de las explotaciones y 60% de la superficie. Si agregamos los ranchos de 100 a 1 000 hectáreas, esto da respectivamente 12% para 86% del suelo censado. Se halla confirmado al nivel del municipio: 43 propietarios tienen 10 000 hectáreas en Mazamitla y 288 tienen 1 311.

En Jalisco existía, pues, un problema agrario, lo cual explica la presencia de cerca de 25 000 agraristas concentrados en los sectores de Sayula y de Chapala, es decir sobre las mejores tierras, próximas a vías de comunicación. Esta reforma era muy parcial, ya que no afectaba al cantón de Lagos donde las haciendas de más de 1 000 hectáreas representaban 84% de la superficie total, ni a las de Autlán, Mascota y Ciudad Guzmán. En suma, 2.99 de la superficie total había sido repartido, en tanto que 44% quedaba para las propiedades de más de 1000 hectáreas.

La particularidad de Jalisco consiste, en la región de los Altos y en la de los Cañones (ex cantón de Colotlán), en la coexistencia de la micropropiedad (cuya realidad estadística hace pensar en un papel determinante de la pequeña propiedad en esta zona) al lado de la hacienda pequeña o grande. Hay más propietarios que en otras partes; pero la gran mayoría de estos pegujaleros no tiene para vivir “de lo suyo”, y se dedica, por medio de la aparcería y las ocupaciones marginales, a completar sus ingresos.

La parcelación, proceso constante en la región, está contenida sobre superficies relativamente estrechas, en las partes más montañosas y más accidentadas, mesetas de Los Altos, barrancas de los Cañones, muy densamente pobladas. Si bien es eficaz a expensas de las propiedades medias (los ranchos) y de las tierras comunales,12 fracasa contra la gran propiedad siempre en expansión. Habrá de reconocerse que no es en esta parte de Jalisco donde el problema del latifundio ha alcanzado su mayor intensidad, pero precisando que la aparición de un enjambre de pequeños arrendatarios, tras la descomposición de las viejas estructuras del siglo XVIII, no impide la presencia de grandes unidades que controlan lo esencial de la tierra y distribuyen contratas y arriendos a los “pequeños propietarios”. En una primera etapa, la parcelación se hace a expensas de los sectores periféricos de la gran propiedad; después, en una segunda fase, la pequeña propiedad, acompañando la expansión demográfica, aumenta en número y en dimensiones sociales, pero no en superficie ni en peso económico: existe incluso proletarización de los pegujaleros. A veces, el estancamiento está reemplazado por un verdadero reflujo; así, las tierras de la hacienda de San Mateo, de Valparaíso, fraccionada por los gobernadores liberales de Zacatecas en el siglo XIX, deseosos de fomentar una clase numerosa de pequeños propietarios, vuelven a reunirse pronto, a tal punto que en 1910, 14 haciendas pertenecientes a unas cuantas familias cubren todo el municipio.

DISTRIBUCIÓN GEOGRÁFICA DE LOS EJIDOS CREADOS HASTA 1930 POR EX CANTONES.

Fuente: Censo ejidal.

Los Altos, donde los pequeños propietarios alcanzan una cifra de 25%, fueron masivamente cristeros, pero no representaron más que 10% de los efectivos rebeldes (5 000 sobre 50 000), y los volcanes de Colima (Colima y sur de Jalisco) dieron un contingente igualmente numeroso, en proporción y en cifras absolutas, cuando los caracteres étnicos y las estructuras agrarias son muy diferentes. En esta zona de densa población india, las comunidades desempeñaron un gran papel económico hasta mediados del siglo último. A partir de 1870, la ofensiva realizada por los individuos (mestizos y criollos, comerciantes sobre todo) venidos del exterior dio por resultado la destrucción de las comunidades y la formación de grandes haciendas. Al término de esta evolución muy reciente, algunos ricos expoliaron a los “comuneros” indígenas y los emplearon a continuación como peones. En una segunda etapa, iniciada en el siglo XX, las gigantescas haciendas se dividieron en algunas propiedades un poco menos grandes, explotadas en parte directamente por administradores, en parte por aparceros. Casi no hay pequeños propietarios.

Todos los tipos de relación se encuentran allí: la más antigua e inmensa hacienda, como la de Trojes, en el suroeste de Michoacán, abandonada por un propietario ausentista a unos aparceros prácticamente libres que, una vez al año, le pagan en cueros, jabón, queso y miel. La región de Coalcomán. enclavada en sus montañas, pertenece a este sistema; la hacienda, todavía grande pero ya procedente del reparto de una propiedad mayor, en torno de la cual gravitan “comuneros”, a los que se ha ido rechazando sobre las faldas de los volcanes, obreros agrícolas y aparceros, en tanto que los primeros agraristas hacen su aparición (región de Zapotlán, Tuxcacuesco, Apulco, San Gabriel), y finalmente las plantaciones ya capitalistas de la zona nuevamente colonizada de Colima, donde, hecho único, las grandes haciendas continúan progresando entre 1910 y 1926.

El reclutamiento cristero se hizo indiferentemente en todas partes: indios “comuneros” de Jiquilpan (Jalisco), despojados por los Pinzón de la hacienda Buenavista, peones de la hacienda de San Pedro (cerca de Tolimán, al sur de San Gabriel) y aparceros, siguieron el movimiento, en masa, igual que los marginados, los “salitreros”, cazadores que viven en el viejo cráter del Nevado y venden la piel de los animales vueltos salvajes (“ganado remontado o cimarrón”).13

Michoacán suministró quizá los contingentes más numerosos: pequeños propietarios y aparceros de la faja occidental limítrofe de Jalisco, que vivían en condiciones semejantes a las de los Altos (San José de Gracia), “comuneros”, aparceros y peones del sur y de la tierra caliente, donde el italiano Dante Cusi explotaba de manera intensiva dilatadas haciendas (Nueva Italia), comunidades indígenas del lago, del valle y de la montaña tarasca en lucha con los agraristas, “comuneros” y peones del norte y del este, en los confines de Guanajuato y de México. En este estado la gran propiedad triunfaba sin discusión, en tanto que las comunidades, rechazadas ya hacia las tierras más altas, resistían a nuevos enemigos, compañías forestales y agraristas.

En Guanajuato y Querétaro, los pequeños propietarios eran raros, y los cristeros se dividían entre los peones de las grandes haciendas cerealeras del Bajío, los aparceros (en muy pequeño número) y los artesanos. Muy cerca de Los Altos de Jalisco, en la depresión entre San Julián y Arandas, la hacienda de Jalpa de Cánovas, que no tenía más que obreros agrícolas antes de 1910, transformó la terrera parte de sus asalariados en aparceros, dadas las circunstancias difíciles. En Aguascalientes, todos los cristeros eran peones, como su jefe José Velasco. Las haciendas se repartían la llanura, en tanto que daban algunas tierras en aparcería en los confines de Jalisco.

En Zacatecas, conviene distinguir la zona de los Cañones, estrechamente imbricada en el ex cantón de Colotlán, poco extensa y densamente poblada, de los valles y de las cuencas dominadas por las grandes haciendas, que pasan, en dirección al norte semidesértico, a la inmensidad de las propiedades de Chihuahua. La primera región es comparable a los Altos: la pequeña propiedad, de una a tres “yuntas”,14 en manos de la cuarta parte de la población, sufrió la pulverización, mientras que los rancheros acomodados crecían rápidamente, reconstituyendo propiedades cada vez más poderosas. Los Valdés tenían así en la sierra de Totatiche y Villa Guerrero, en Jalisco y Zacatecas, 2 000 cabezas de ganado bovino, sin contar los caballos y las mulas. Don Juan Francisco Valdés, hombre rico, tenía caprichos de poderoso, y vendía sus animales por grupos de un solo color de pelaje.15 Tales rebaños representaban un capital enorme en una región donde las fortunas minúsculas se multiplicaban haciéndose menores. Don Juan Francisco compraba a los pegujaleros y la emprendió con los montes comunales. Lo mismo ocurría en Mezquitic, donde don Luz de Robles desempeñaba el mismo papel. Huejuquilla el Alto y Monte Escobedo se hallaban, en 1926, en estadios diferentes: Monte Escobedo, a causa de su pobreza misma, conservó su tendencia democrática a la igualdad, escapando del puño de los poderosos, que controlaban ya (tres o cutro familias) a Huejuquilla. Tanto en Mezquitic como en Huejuquilla los “grandes” aceleraron su crecimiento monopolizando el comercio y el numerario.

En cuanto se bajaba de las alturas, las haciendas monopolizaban la tierra de manera universal, y hasta el fondo de los cañones de Colotlán, Tlaltenango, etc., les pertenecían. Así, Huejuquilla el Alto se hallaba rodeado por las haciendas de San Juan Capistrano, Abrego, Lobatos (allí fue donde Justo Ávila alzó su división en tiempos de Pancho Villa), etc. Catorce haciendas se repartían todo el territorio de Valparaíso, donde sobrevive una sola propiedad independiente: Potrero de Gallegos, tierra indivisa perteneciente a una serie de familias de pequeños propietarios desde tiempos inmemoriales. Peones y aparceros de esas haciendas, pequeños propietarios de las alturas, todos fueron cristeros, con excepción de los grandes rancheros y de los agraristas recién implantados en Valparaíso y Jerez.

En Durango, peones de las grandes haciendas cercanas a la ciudad, duramente afectadas por la Revolución, y serranos mestizos o indios de las comunidades, fueron los que se alzaron. Los “comuneros” vivían del trabajo de sus tierras y de la explotación del bosque, y si bien ya no temían a las haciendas que los habían rechazado a la montaña, tenían que luchar para conservar la propiedad de los bosques.16

En Nayarit y Sinaloa, la pequeña propiedad casi no se conocía, y coexistían las formas de disfrute y de explotación más diversas, desde la comunidad arcaica de los indios huicholes, que participaron en la guerra, hasta las plantaciones de tabaco, pasando por los lotes de colonización atribuidos en la región del Rosario y Escuinapa a los veteranos revolucionarios del general Ángel Flores. Aquí también las diversas categorías rurales entraron igualmente en la guerra.

En los antípodas de los campesinados modernos del occidente de la República, el sur indio (Morelos, Guerrero, Oaxaca, Puebla) era comparable a la sierra de Durango: propiedad comunal y explotación familiar; supervivencia residual de las comunidades sobre las tierras más aisladas o peores; ofensiva de las haciendas, que, con un retraso respecto de la hora de la nación, se hallaban en plena expansión, dirigidas por sus propietarios españoles, lo cual es una prueba suplementaria de anacronismo. Siendo el ganado la única riqueza exportable, los antiguos “comuneros” pasaron a ser peones y vaqueros.17

Todavía está por hacer una historia del campo mexicano; pero es cosa cierta que los cristeros no pueden ser identificados a los propietarios territoriales, pequeños o grandes. La presencia entre ellos de rancheros y de hacendados es la excepción que confirma la regla: “Sola la gente umilde se está levantando en armas”;18 todos los grupos campesinos, todos los rurales, con excepción de los agraristas, participaron, por bajo de determinado nivel de fortuna, en el movimiento cristero. Los hacendados cristeros son tan poco numerosos que se los puede nombrar a todos: J. Jesús Quintero (Los Reyes), propietario a los 25 años del rancho de Chaniro, con 500 hectáreas de irrigación, 800 de “temporal y monte”, 180 vacas, 14 mulas, 60 cerdos y ocho caballos; José Guadalupe Gómez, 36 años (Tenamaxtlán), 10 hectáreas irrigadas y 500 de temporal, con 800 bovinos y 15 caballos; Manuel Moreno, de Unión de Tula, y Salvador Aguirre, de Tequila, tenían propiedades algo más pequeñas. Luis Ibarra, originario de Sonora, acababa de comprar un rancho de 150 hectáreas cerca de Cocula; Filomeno Osornio y sus hijos explotaban 10 hectáreas irrigadas, 30 de temporal y 200 de “criadero”, por donde vagaban cinco caballos, 45 vacas, 17 mulas y 300 cabras. Con los Osornios (de Santa Catarina, en la Sierra Gorda) se llega a esa categoría de propietarios ganaderos de fortuna bastante modesta, pero que parecen ricos en regiones pobres. Así, Pedro Quintanar, que poseía tierra suficiente para mantener un centenar de vacas cerca de Huejuquilla, y hasta Justo Ávila, el general villista a quien la revolución no había aportado la fortuna, puesto que sólo tenía 25 vacas (Monte Escobedo), o Aurelio Acevedo, que explotaba, como el mayor que era de varios huérfanos, las 60 hectáreas y las 20 vacas de la familia. Rodolfo Loza Márquez (Zapotlán del Rey), sobre cinco hectáreas irrigadas y 45 de temporal, y Gregorio Espinosa (Coeneo) sobre 45 hectáreas irrigadas y 40 de pastos, forman parte de ese pequeño grupo de propietarios acomodados que no hace mucho peso sobre el total: un verdadero hacendado que totaliza 1 100 hectáreas, tres pequeños hacendados en los alrededores de 500 hectáreas, una docena de rancheros poseedores de 50 a 200 hectáreas, la mayoría en “criadero” extensivo, para un total de 50 000 cristeros.19

No todos los rurales vivían del trabajo de la tierra, ya fuesen terratenientes o proletarios; en un mundo que la carretera no había transformado aún, los arrieros desempeñaban un papel esencial de intermediarios entre el comercio, el artesanado, la pequeña industria agrícola (queso, miel, jabón, alcohol, etc.), y la agricultura. El obrero, el artesano, el arriero y el pequeño comerciante eran con frecuencia también campesinos que se veían obligados a ejercer varios oficios.20

La participación armada en la insurrección correspondió, pues, a todo género de campesinos y a todo género de rurales, a los cuales no se puede atribuir una motivación económica común o uniforme. Los habitantes de las ciudades, con excepción de algunos obreros todavía próximos al campo, y de algunos estudiantes (entre ellos una mayoría de seminaristas nacidos en pueblos) se mantuvieron ausentes de los campos de batalla.21 Esta ausencia, compensada por un alistamiento en la ciudad, no tiene la misma significación negativa que la de los ricos propietarios y comerciantes, fundamentalmente hostiles al movimiento, y que dirigían con frecuencia la oposición local, con la ayuda del gobierno.

Muchos piensan, con una segunda intención económica, que los campesinos hubieran debido apoyar al gobierno porque éste realizaba la reforma agraria, y explican su actitud sorprendente (en esta perspectiva) por su cualidad de pequeños propietarios o su dependencia del patrono latifundista. Con la misma perspectiva, quiere verse en el movimiento cristero “una respuesta conservadora al cambio”, esperando que el apoyo al gobierno provendría de los grupos campesinos más modernos y la rebelión de los grupos organizados según el sistema tradicional. Los cristeros, de acuerdo con esto, reclutarían sobre todo en las regiones conservadoras ajenas al modernismo y a la economía de mercado. Es tanto como recaer de manera razonada y por otros caminos en el prejuicio que quiere que la rebelión sea el producto del atraso, del oscurantismo, de la ignorancia y del fanatismo. Pero, si bien es cierto que las comunidades indias, tipo mismo de tradición activa, solían ser cristeras, era en los lugares más “modernos”, más marcados por “la urbanidad”, donde el movimiento se mostraba más fuerte, más unánime, mejor organizado.

En Jalisco, y en el oeste en general, se encontraba el campesinado más ilustrado,22 en una región dotada de una red notable de caseríos y de pueblos pequeños, que servían de estaciones de enlace a las capitales regionales, estas mismas en simbiosis con el campo vecino. Quizá se haya insistido demasiado sobre la oposición entre las ciudades y el campo; esta oposición, por real que sea, no constituye la tendencia de fondo que se encontraría en la historia del campo del oeste. Existe un continuum desde los ranchos de los Altos hasta Guadalajara o León, pasando por Ayo, Arandas y Ocotlán. Colima vivía en relación física estrecha y cotidiana con su campo, como Querétaro, Guanajuato, Durango, Guadalajara y hasta Oaxaca. Lo cual permitía, por otra parte, a los campesinos cristeros entrar en esas ciudades sin ser notados, y suministraba un apoyo a las actividades de aprovisionamiento, organización, espionaje, etcétera.

Estas comunidades rurales con dominante campesina, donde reclutaban los cristeros, variaban según las regiones; pero el movimiento era potente allí donde la integración se ha realizado con el mercado nacional, con la vida política, con la información. Arandas, Tepatitlán, Autlán, Sayula, Valparaíso y Sahuayo están integradas, y el centro-oeste planteaba los problemas militares más serios al gobierno, en tanto que los campesinados tradicionales de la zona del pulque no se movían. Se ha subrayado bastante el papel de los factores económicos y de las estructuras territoriales para no ser tachados de idealismo, pero el hecho es que no existe modelo de homo economicus para explicar al cristero. La insatisfacción económica es universal, así como la pobreza, duramente experimentada como una recaída después de un porfiriato aureolado ya con los prestigios de la edad de oro; pero de 1910 a 1940 los alzamientos populares no son muy numerosos y ninguno moviliza más gente que la rebelión de 1926-1927.23 Las cuestiones se mantienen enteras y el “fanatismo” recobra su dignidad de flogístico.

b) SEXO, EDAD Y ESTADO CIVIL

La historia de la guerra, la de las batallas por lo menos, dedica la mejor parte a los hombres; pero no sólo han marchado al combate, empujados por sus esposas, madres, hermanas, sino que además no hubieran podido mantenerse sin la ayuda constante de las espías, de las aprovisionadoras, de las organizadoras, sobre las que recaía todo el peso de la logística y de la propaganda. Las mujeres, naturalmente, son todo un problema: las muchachas, que festejan a los Libertadores y a las que Gorostieta teme como a la peste; las que los soldados “encuentran” en un pueblo, cuando están de paso y que les agradan. Anatolio Partida, a quien se reprochaba los éxitos de sus soldados (lejos de su Michoacán, en los Altos), respondía: “Traigo hombres, no jotos”;24 pero en total su vida es austera y se enmiendan pronto. Las mujeres de los soldados federales que han perecido suplican a los cristeros de Durango o de Zacatecas que se las lleven con ellos, y todos rechazan la tentación, excepto Ignacio Serrano, jefe de Sombrerete, que atrae con eso la mala suerte sobre la Brigada Quintanar, hasta la expiación y el repudio.25

Pero, si bien las armas “atraen a las mujeres como el imán al hierro”,26 aquéllas no se ocupan únicamente de participar del reposo del guerrero, todo lo contrario. En efecto, eran las primeras en declarar la guerra, y los peores enemigos de los federales, que se lo pagaban con creces. En agosto de 1926, eran las más decididas en montar la guardia en las iglesias, y en todas partes los hombres, en Cocula, en Guadalajara, en Sahuayo, se limitan a desempeñar tímidamente un papel secundario, no enfrentándose al gobierno y a sus soldados más que para defender a sus compañeras. El alma de la resistencia en Huejuquilla fue María del Carmen Robles, que supo resistir al general Vargas, y cuyo martirio le valió una fama de santidad. María Natividad G. González, llamada “la generala Tiva”, era la tesorera de la Brigada Quintanar, mientras que la infatigable doña Petra Cabral, no contenta con dar sus hijos a la Causa, aprovisionaba en las barbas de los federales a los cristeros. Agripina Montes, “la Coronela”, a quien los federales imaginaban a la cabeza de las tropas de la Sierra Gorda, no era quizá un caudillo guerrero, pero organizó el alzamiento de Manuel Frías, en Colón, y lo propagó por toda la región con una energía absolutamente militar. “¡Y de veras, qué bien se portaron las mujeres! Nos iban siguiendo con los chiquititos. ¡Ah! ¡Cómo ayudaban las pobrecitas! ¡Se exponían a tantas cosas!”27 Sin hablar de las Brigadas Femeninas y de sus 25 000 militantes, en todas partes había una Lupita Chaire, como en Victoria, para reemplazar al jefe civil que había sucumbido, y esta participación excepcional tomó la forma de una explosión brutal: las instituciones y las conductas se hallan con frecuencia sexualmente diferenciadas, y por más de un motivo se podría, a propósito de México, citar a Germaine Tillion en Le harem et les cousins. La mujer está en la casa, en la cocina y, en la iglesia, del lado de la epístola; el “paseo”, la “serenata”, la “vuelta” lleva de nuevo a la solidaridad de los sexos, pero esto no conduce sino a la intimidad amorosa. En tanto que los hombres ganan el dinero y hablan fumando, las mujeres, salvo las ancianas, que son más independientes, se encuentran unas con otras en la tienda, en la fuente, en el lavadero. Teóricamente, el amor propio y la valentía son valores masculinos; ahora bien, he aquí que la vergüenza la siente con tal violencia la mujer, en el momento de la crisis religiosa, que suele ser ella la que toma la iniciativa de la rebelión. ¿Se sentirá ligada más conscientemente a la Iglesia, que le atribuye responsabilidades materiales (la administración de los bienes de la parroquia, de los asuntos del párroco, de determinadas cofradías), que el hombre? Aquello mismo que constituye su inferioridad (su no participación en la dirección de los asuntos económicos y políticos) en tiempo normal, ¿constituirá su superioridad permitiéndole la rebelión unánime, inmediata? ¿Cuántas mujeres de generales y de políticos lucharon durante tres años, como otras tantas Penélopes, en deshacer por la noche lo que se hacía de día? ¿Cuántas, las que como la mujer del general Amaro, asistían al culto clandestino, militaban contra el gobierno y se ocupaban de los huérfanos cristeros? Y con mayor razón en las clases populares. Ellas eran las que obligaban a los hombres a cargar con sus responsabilidades, avergonzándolos, y Anacleto González Flores elogió en ellas la fuerza principal de la Unión Popular. Este feminismo repentinamente consciente condujo incluso a la BB a querer dirigir la guerra, colocando a cada jefe de regimiento bajo la “protección” y el padrinazgo de una coronela. Gorostieta refrenó este ardor, limitándolo a las actividades esenciales de intendencia, finanzas, cuidados, propaganda y aprovisionamiento; pero se vieron algunos grupos femeninos que preparaban explosivos, enseñaban a los hombres el arte del sabotaje y hasta practicaban la acción directa. Miguel Gómez Loza, gobernador civil de Jalisco, insistía sobre el papel esencial de la mujer en el combate, y con razón, pues su irrupción en la historia le deparó un papel decisivo y con frecuencia primordial. En efecto, por encima de las apariencias, es el sistema matriarcal el que reina en todo el “Bajío real”, en Jalisco, Zacatecas y Michoacán. En esta tierra de “machos”, el hombre casado sigue obedeciendo a su madre y no toca los bienes de su mujer; ¿no será el “machismo” la expresión de un complejo maternal, destinado a contrapesar este estado de infancia eterna? Existe obediencia efectiva del hombre y no sólo respeto exterior. La peor ofensa es decir a uno que no es un hombre o, lo que es lo mismo, mandarlo a chingar a su madre; ahora bien, en 1926, la mujer le dice al hombre que no es un hombre desde el momento en que acepta tal atrocidad. La hermana le dice a su hermano de 15 años que no vale lo que “los defensores de la Causa de Dios”, y así, no pocos pueblos quedaron prácticamente sin hombres, en tanto que las mujeres trabajaban la tierra para alimentar a los combatientes, o los seguían a la montaña. Esta mezcla de fe y de altivez en los dos sexos fue uno de los factores de la explosión.28

Los cuestionarios29 dan para los combatientes la siguiente distribución: 54% de menos de 30 años, 30% entre 30 y 40 años y 16% de menos de 40 años. Falta, en encuesta, y por la fuerza de la edad, la tercera generación, la que tenía más de 50 años en 1926. Se la ha podido reconstituir para una sola región, por medio de las listas militares conservadas por Aurelio Acevedo, las de la Brigada Quintanar. Los de menos de 30 años son en ella 49% y los de más de 30 años se reparten así:

30 a 40 años,

39%;

40 a 50 años,

8%;

50 a 60 años,

2%; más de 60 años, dos por ciento.

Esto no introduce una gran modificación en el primer cuadro (los de menos de 30 años bajan de 54 a 49%), pero indica la fuerte proporción de los adultos maduros y ancianos (más de 60 años, en 1926, es una cifra notable, ya que la esperanza de vida es breve). Las medias de la Brigada Quintanar (establecidas sobre 2 000 hombres, en tanto que el cuestionario no afecta más que a 378) deberían reforzar ligeramente la proporción de los hombres casados y padres de familia, que alcanza 65 y 55%. Los hombres jóvenes son muy jóvenes: 20% tiene menos de 20 años, en la media general, y el recluta de base, en Colima, podía tener de 17 a 25 años. Había muchachitos de 10 años a quienes los jefes se negaban a alistar y de los que se desembarazaban poniéndoles condiciones que ellos creían insuperables… y un día cualquiera el niño se presentaba con el caballo o el fusil reclamados. Solía tratarse de un huérfano o de un chiquillo que quería vengar a su hermano, o incluso de un hijo enviado por su madre, que había perdido ya a todos los hombres de su familia.30

La participación en la Cristiada fue, sociológicamente hablando, excepcional, ya que no respetó nada, ni el sexo, ni la edad, ni la situación de familia, derribando las barreras de las conveniencias y de la prudencia tradicionales. Aquel que, clásicamente, no toma parte en la “bola” en la trifulca, el hombre muy joven, el cargado de familia (y algunos tenían muchos hijos), así como el anciano, la esposa, que reprueba siempre la aventura, que reprocha al marido su afición a la violencia, y que no desempeña ya su función estabilizadora en esta historia, comunica al movimiento cristero una amplitud notable, que puede compararse, en la escala nacional, a cierto zapatismo en los límites de Morelos y en sus primeros años. La Cristiada fue muy diferente de la horda villista o de la “tropa” carrancista; es un movimiento que reúne indistintamente a la gente de orden, a los antiguos revolucionarios31 y a todos aquellos de quienes el sexo, la raza o la cultura hacían unos marginados.

c) ESTRUCTURAS ÉTNICAS: EL INDIO

Al tratar de identificar a los elementos de la sociedad mexicana que participaron en la insurrección cristera —categorías sociales, grupos étnicos, personalidades regionales—, podríamos sentirnos tentados a privilegiar las subculturas y las zonas culturales, y oponer indios, mestizos y criollos. Entre las numerosas y vagas generalidades, contradictorias sin duda, que se han escrito sobre el movimiento cristero, se encuentra la definición de la rebelión como fenómeno blanco o mestizo no menos que como manifestación indígena específica, bajo el doble aspecto de fanatismo bárbaro (punto de vista gubernamental en 1927) y de protesta étnica (punto de vista etnológico reciente).

Sin entrar en el problema ocioso de la definición del indio, limitándose a los grupos que se consideran ellos mismos como tales y que son reconocidos por los demás como “inditos”, no se puede negar la participación de estos grupos en la Cristiada, desde Sonora hasta Tehuantepec. Si los yaquis, aplastados en 1926-1927, no fueron del movimiento (participaron en él en 1934-1936, cuando “la Segunda”), los pueblos de la montaña: coras, tepehuanos, huicholes de Durango, Zacatecas, Nayarit y Jalisco, fueron en su mayoría cristeros, algunos neutrales, y los menos gubernamentales. Los acaxees de Sinaloa, xiximes de la montaña de San Dimas, tepehuanos, coras y huicholes participan por primera vez después del alzamiento de Lozada en el siglo XIX en un acontecimiento histórico de importancia nacional.

Muy mestizados, en relaciones constantes de trabajo y de comercio con sus vecinos mestizos, los tepehuanos (de 3 000 a 5 000, en 1926) eran católicos sin discusión.32 Los de Pueblo Nuevo, que trabajaban para los aserraderos de El Salto, desde la instalación del ferrocarril, no eran ya muy distintos de los campesinos no indios de la región. Realmente indios, viviendo de la agricultura y diseminados en pueblecillos y en aldeas, los de los municipios de Huajicori (Nayarit), Mezquital y Huazamota siguieron en masa a Dámaso Barraza cuando el gran alzamiento de enero de 1927. Después de la muerte de este último, siguieron a Federico Vázquez los de San Lucas, San Pedro Jicora, San Francisco Tenaraca, San Miguel Yonora, San José Joconoxtla, Santa María Huazamota, Taxicaringa y Temoaya. Juan Cifuentes dirigía a los tepehuanos cristeros de Santa María de Ocotlán, principal centro tepehuano, de Morohuate, Cerrito Gordo y otros lugares. Valente Acevedo y Trinidad Mora, como Vázquez y Barraza, eran unos tepehuanos aculturados, y sus tropas estaban formadas por indios que lo habían sido o que acababan apenas de serlo.

En toda la sierra los únicos pueblos mestizos eran Huazamota y Mezquital, en los que había mestizos, tepehuanos, coras y mexicanos. Huazamota, situado en una montaña impresionante, estaba rodeado de tepehuanos (Durango), coras (Nayarit) y huicholes. En esta región, los caciques mestizos de Huazamota, los Muñoz, eligieron el partido del gobierno, provocando una guerra sangrienta entre los mestizos (Muñoz, Mendía, Solís), apoyados por un solo jefe indio, Ascención Aguilar, el primero en abrir el bosque comunal a las compañías forestales, y los tepehuanos, dirigidos por Florencio Estrada (cuya esposa era prima de los Muñoz). En Mezquital, después de la muerte de Barraza, instaló el gobierno una guarnición de coras, mandados por León Contreras, y de tepehuanos, mandados por Chon Aguilar.

Los tepehuanos, los más aculturados y los más católicos de los indios de la sierra, fueron cristeros en 75%; los huicholes optaron en sus dos terceras partes por los cristeros. Pueblo de fuerte personalidad, religiosamente marcado por las misiones jesuitas, sin dejar de conservar elementos anteriores, en una gran parte dice ser cristiano. Los huicholes cristianos viven sin problemas con los otros y se conforman con ciertas prácticas religiosas, como la fiesta de la cosecha. Las fiestas cristianas se celebran más de 150 años después de la marcha de los misioneros, como en el resto de México: Miércoles de Ceniza, fiestas de la Pasión, Corpus Christi (en que se ofrecen alimentos a las imágenes), San Francisco (que coincide con la fiesta del maíz), Todos los Santos y el día de la Virgen de Guadalupe.33 La actividad del P. Magallanes, que fue el primer sacerdote que reanudó las relaciones con ellos, a partir de 1914, y que fue asesinado por los militares, los hizo sensibles a la crisis de 1926; los de San Sebastián, dirigidos por Juan Bautista, se pusieron a las órdenes de Quintanar; los de San Andrés Cohamiata le pidieron que protegiera su neutralidad simpatizante, y después, bajo la presión del gobierno, decidieron unirse a los cristeros;34 los de Santa Catarina, obligados a seguir a su jefe, Agustín Carrillo, nombrado coronel por el general Anacleto López,35 decidieron abandonarlo para observar una neutralidad absoluta.

La decisión de Agustín Carrillo le había sido dictada por los ricos comerciantes de Mezquitic (los Robles), pueblo que controlaba prácticamente la vida de Santa Catarina. “La tribu huichol ha sido una de las más pacíficas y por lo regular los hombres son tímidos; pero aquellos que resolvieron sentar plaza como soldados de Cristo Rey no mostraron jamás timidez alguna y, por el contrario, se distinguieron por su valentía y arrojo, por la disciplina y unidad de todos los habitantes de los pueblos.”36

En cuanto a los coras (Mesa del Nayar, San Pedro Ixcatán, Jesús María, San Juan Corapan, San Juan Peyotán y Santa Teresa), los menos católicos de los tres pueblos, y sin jefes para incorporarlos a una u otra causa, después de la detención de Mariano Mejía (jefe cristero de Jesús María) y su deportación a las islas Marías,37 participaron de manera individual y no colectiva en la guerra, los unos del lado del gobierno, a las órdenes de los tepehuanos Chon Aguilar y Flores, los otros con los cristeros, a las órdenes de Juan Andrés Soto, Chano Gurrola, etcétera.

La participación (o la no participación) de estos indios conocidos bajo el genérico de “poblanos” (los habitantes de las comunidades), plantea el problema más general, examinado en otro lugar en su detalle: el de los “caciques”, cuya decisión en favor del gobierno (los Muñoz de Huazamota, Chon Aguilar, de Ocotlán, y Agustín Carrillo, de Santa Catarina), provocó la división de las comunidades, hasta entonces sometidas a su autoridad. Como se ve, la decisión del “cacique” es determinante a la vez que no es absoluta.

En Jalisco, los indios sólo son numerosos en el sur, hacia los volcanes de Colima, y estos “comuneros” o los ya “secularizados”, pero todavía reconocidos como “inditos”, participaron en la insurrección, de Ajijic y Zacoalco a Autlán, de Autlán a Colima, de Colima a Tuxpan y de Tuxpan a Zacoalco. En otras partes, aislados, algunos pueblos están calificados de “indios”; Moya, cerca de Lagos, donde los cristeros son soldados de a pie (signo inequívoco, ya que el caballo le estaba vedado al indio en la época de la Colonia), Tlajomulco, San Pedro Apulco (Zacatecas), Tonalá, Nestipac y Huentitán en la región de San Gaspar, Mezquitán, San Pedro Piedra Gorda, Huejotitán, Tecoaltitán, Cuautitán, en los confines de Jalisco y de Aguascalientes; Ixtlahuacan, cerca de Unión de Tula y Juanacata, en Nayarit. Todos dieron su contingente de cristeros, siendo las únicas excepciones las de Suchitlán, en Colima, San Lucas, cerca de Florencia, y Tenayuca, cerca de Mexticacán. En estos tres casos, se trataba de indios convertidos en agraristas para recobrar sus tierras. En Florencia, los indios de Tepizoaque siguieron a Pedro Sandoval contra los de San Lucas. Minoritarios como los teúles del norte, o mayoritarios como los del sur y de Colima, los indios no se distinguían de los campesinos mestizos o criollos ante el movimiento cristero; en situación cultural semejante, el factor étnico no desempeñaba papel alguno.

En Michoacán, “en la guerra religiosa, dieron estos tarascos hirsutos y taciturnos un contingente de sangre igual al efectivo de su población. El fanatismo, el alcoholismo y la miseria, en su gradación más absoluta, determinan el existir del pueblajo […] se desconfía del mestizo, se odia al blanco, a excepción del cura. Es una población absolutamente aborigen”.38 Lo que el periodista escribía de San Juan Parangaricútiro, uno de los primeros pueblos cristeros del estado, valdría para todo el Michoacán indio, fuese tarasco o náhuatl, desde los límites del Estado de México (El Oro, San Felipe) y de Guerrero (Pungarabato), hasta Colima, a través de Ostula, Coire y Pómaro (municipio de Aquila). En todos los lugares en que no había milicia agrarista, la comunidad se decidió por el alzamiento, y donde había comité agrario (Cherán, Nahuatzen, Charapan, Ciudad Hidalgo, Naranja) se realizó una tentativa victoriosa o vana de derribarlo. Liquidados en Cherán, expulsados en Charapan, después que los agraristas de Tanaquillo invadieron el pueblo para destruir las iglesias y maltratar al sacerdote y a los “principales” (autoridades tradicionales), los agraristas fueron las victimas de rencores acumulados desde hacía años y de una explosión de violencia que sucedió a otra violencia sufrida durante mucho tiempo con furor impotente. Al final de la guerra, ya no había prácticamente agraristas ni en la montaña ni en la meseta tarasca: habían ido a refugiarse en el valle (“la Cañada”), habían emigrado a los Estados Unidos o se habían incorporado a los cristeros. En esta región, los encuentros entre cristeros y agraristas fueron los más sangrientos, a causa del vigor de las organizaciones de la comunidad tradicional, que se sentía amenazada por el comité agrario. El problema era aquí más esencial, si esto es posible, que la cuestión de la tierra; se hallaba relacionado con la antropología política, y la comunidad, atacada en sus bienes, en sus funciones, en sus instituciones, se identificaba masivamente con la Iglesia, otra víctima del gobierno. La religión de los tarascos, fundamentalmente católica, sin sincretismo alguno, esencialmente cristiana con algunos adornos históricamente heredados,39 les deparó la ocasión y el medio de resistir al fin a un proceso al que hasta entonces se habían sometido. Eran enteramente cristeros Ihuatzio, San Pedro Cocucho, Parangaricútiro, Paricutín, Tzitzio, mayoritariamente cristeros eran Charapan,40 Nahuatzen, Cherán, después de la eliminación de los agraristas. Los cristeros reclutaron también en los pueblos de “la Cañada”, geográficamente incapaces de levantarse en bloque, en los pueblos tarascos ya asimilados: Chilchota, Quiroga, Charo, Erongarícuaro, Huaniqueo, Jacona, y en los pueblos mestizos: Pátzcuaro, Tzintzuntzan.

Por Pungarabato se pasa del dominio tarasco al dominio mexicano, hacia Guerrero, México y Morelos: Taximaroa, Tlalpujahua, Zitácuaro, Jungapeo, Tuzantla. Estos tres estados, así como las regiones de Puebla, Tlaxcala, Veracruz y Oaxaca, afectadas por el movimiento cristero, pertenecen al México más indio, a la vez que el más variado: se recorre toda la gama histórica desde los grupos atomizados del Estado de México hasta los clanes indocoloniales de las sierras insumisas de Zacapoaxtla o de Ixtepeji, pasando por los pueblos de Morelos en lucha contra las plantaciones azucareras. Zapata reclutaba sus soldados entre esos hombres, y los cristeros fueron también allí numerosos, reuniendo sin distinguir antiguos zapatistas y pueblos que habían resistido a los zapatistas; porque, fuera de Morelos, Zapata le permitía todo a sus tropas. De Pómaro (Michoacán) a Tehuantepec (Oaxaca), y de allí a Zacapoaxtla (Puebla), se encuentran cristeros con ese cristianismo primitivo, hispano-indígena, que habría de dar trabajo a los maestros de la educación socialista diez años después.

Difícilmente podría encontrarse, como no sea en 1810 quizá, un momento comparable en la historia mexicana: unos grupos marginados por definición, en la medida en que se definen por su no participación en una historia que rechazan y de la cual son las víctimas, unos grupos que no cambian de sitio jamás sino particularmente y por motivos localmente circunscritos, participan en ese movimiento, que arrastra, como la presa cuando revienta, todas las aguas mezcladas: la Cristiada.

d) SOCIEDAD Y POLÍTICA: LA VIDA LOCAL

El sistema político de relaciones locales, vinculado con la fortuna y el poder, reposa sobre los poderosos, esos gallos de pueblo, esos ricos comerciantes, esos políticos que son todo esto a la vez y a los que se llama “los caciques”. Una sociedad no se define únicamente por los porcentajes de edad, sexo, ingresos, etc., sino por las “estructuras”, conjuntos de partes interdependientes, de actividades y de instituciones. El cacique se halla en el corazón del sistema, del cual no es fácil decir cuál es su principio y cómo “funciona”. A propósito de la evolución económica y social, se ha hablado de la debilidad de la pequeña propiedad y de su atomización frente a la agrupación de la fortuna en unidades medias, más unidas a la dominación local que las muy grandes haciendas.

El verdadero personaje importante es el hombre rico, ya proceda su fortuna del comercio, de la tierra o de la política, el señor Tal, que es el único que puede emplear y ayudar a todos aquellos cuyo haber es insuficiente, y que esperan de él las condiciones de un arrendamiento, un préstamo en dinero o un adelanto en especie. En torno suyo se forman las clientelas, y a partir de él una jerarquía piramidal, ya que el artesano y el agricultor rara vez viven en condiciones de ganancia y de seguridad. Las relaciones de clase han perdido todo paternalismo, y la dureza de los tiempos acentúa esta evolución: en los Altos de Jalisco, o en los Cañones, el aspecto democrático de una sociedad en la que hay numerosos pequeños propietarios no es más que una apariencia engañosa, y los antagonismos son casi más violentos que en otras. Hay que decir que si se sufren la desigualdad y la pobreza, no se condena, en cambio, la propiedad, que se desea con todas las fuerzas, sino el mal uso que de ella hace el rico, y esta lamentación de su ausencia de caridad implica que se está dispuesto a aceptar el patrocinio del buen cacique, lo cual se halla de acuerdo con la solidaridad moral del pueblo: si la mayoría disfruta de la riqueza del cacique y de su poder puesto al servicio de la comunidad, ¿quién podrá quejarse? Tanto más cuanto que el cacique, intermediario entre el pueblo y el Estado, que obtiene grandes ventajas de esta situación, puede llegar a prestar una gran ayuda. Nadie reconoce una superioridad al rico: Dios lo colocó ahí, ¡y maldito sea si olvida a Lázaro! Pero se le obedece, porque distribuye recompensas y sanciones materiales, por su dinero, por la ley que aplica con frecuencia. Se llega a rico por la política, a político por la riqueza, y es entonces cuando se entra a formar parte del grupo de “los que mandan aquí”, “los de arriba”,41 distinguidos por su manera de vivir y su indumentaria. Se murmura contra ellos, contra su modo de ganar el dinero, el cual no es intrínsecamente malo, contra la sequedad de su corazón, y la indignidad moral corre parejas con la envidia. El buen cacique se libra de esta maldición, ya que el dinero puede ser una forma de relación personal que permite la consecución del bien común y, a través de ella, de la amistad. Pero “no merecemos de esas grandes personas nada; el que está lleno no se acuerda del que tiene hambre”, “los ricos a todo pobre le ven la cara de ladrón”.42

En este país de clientelas, en esta tierra de caciques (el Estado es el patrono, los agraristas sus clientes), gobierno y poderosos locales se protegen mutuamente, y no es extraño encontrarlos juntos contra los cristeros. Tanto más cuanto que el control del cura sobre las poblaciones encaja en este esquema de patrocinio y que siempre existen ocasiones de conflicto entre la Iglesia y los caciques, precisamente al nivel del pueblo; la crisis de 1926 se debió, en parte, a esta rivalidad por la conquista de las clientelas. Caciques sangrientos o caciques patriarcales, de derecha o de izquierda, no se movieron en 1926-1927, y movilizaron todas sus fuerzas al servicio del Estado. Ahora bien, debían su integración local a una situación que la crisis ponía de nuevo a discusión: desde el día en que dejaron de ser los intermediarios para convertirse en los servidores de un Estado ahora hostil, desde el día en que cesaron de prestar servicios43